En defensa de la filosofía
Por Higinio Marín, publicado en La Opinión de Murcia el 10/10/2015
En plena Guerra Mundial, el autor de Las crónicas de Narnia y profesor en Cambridge,
C.S. Lewis, se preguntaba qué sentido tenía seguir cultivando y enseñando
humanidades en semejantes circunstancias. A él le pareció que la modesta e inútil
labor de seguir enseñando latín, griego, literatura, historia o filosofía era como honrar
y justificar el terrible esfuerzo que hacían los combatientes y el país: preservar y
mantener un mundo en el que la desgracia de morir, si se hacía inevitable, tendría al
menos la nobleza de contribuir a salvar la memoria y la posibilidad de lo humano
frente a la barbarie.
Que millones de compatriotas estén muriendo a manos de otros hombres a los que a
su vez están intentando matar, y que después de toda esa devastación de cuerpos y de
almas, queden en pie unos saberes donde poder mirarnos para aprender de nuevo a
ser humanos, no fue en efecto servicio pequeño.
El argumento de Lewis vale también para tiempos de paz. Incluso para tiempos de
gobiernos con una estrechez intelectual en materias educativas como el actual; tal vez
el más obtusamente arrogante de nuestra reciente historia política, nada afortunada a
ese respecto. Es triste pero revelador tener que recordar que las humanidades en
general y la filosofía en particular mantienen abierto el camino por el que los hombres
conocen y aprenden a apreciar lo humano de sí mismos y de los otros. Es triste pero
urgente porque la majadería está perpetrada.
Es necesario carecer por completo de la experiencia vital del enriquecimiento propio y
ajeno que supone la apertura comprensiva y crítica de la realidad que reporta el
pensamiento filosófico, para dispensarle un trato tan displicente y reducirlo todavía
más en los recorridos educativos de nuestros jóvenes. Seguramente es la milenaria
acusación de inutilidad de la filosofía la que anima a nuestros ufanos adelantados del
futuro para suprimirla. Se olvida „seguramente se ignora„ que la declaración de
inutilidad de la filosofía procede de los filósofos mismos y que significaba en realidad
una declaración de libertad: el pensar filosófico no sirve a ningún interés distinto del
deseo humano de saber buscado por sí mismo y no por cuanto pudiera derivarse de él
en términos de utilidad. Es, ciertamente, un puro lujo que solo puede darse el animal
al que los afanes por la supervivencia no lo hocican sin remedio en la urgencia de las
necesidades. En esa capacidad para ´perder el tiempo´ y sobrepujar lo necesario, en
esa sobreabundancia dispendiosa de la vida que se expresa en mirar el mundo sin otro
particular que aprenderlo y entenderlo, reside la genuina libertad y dignidad de lo
humano.
Pero solo la estupidez puede suponer que lo anterior implique que la filosofía no sirve
para nada, porque precisamente desde esa supuesta inutilidad, la filosofía presta un
servicio cívico de naturaleza esencial: mantener la expectación de la verdad, es decir,
ejercitar el afán humano por mirar a la cara a la realidad sea cual sea la suerte que
hacerlo nos depare. Y de ahí que el tesón de la inteligencia que se resuelve a no servir
„al menos exclusivamente„ de instrumento para ningún interés, es, no obstante, un
elemento estructural de las sociedades democráticas porque abre una instancia de
discusión y autoconciencia crítica sin la que resulta improbable una ciudadanía
razonablemente libre.
Ciertamente los filósofos somos los principales responsables de la actual irrelevancia
pública de la filosofía que -enjaulada en la carrera académica y los requisitos del
reconocimiento gremial- hemos ausentado no ya de los avatares históricos, sino de las
encrucijadas de la existencia humana universal ¿Qué pensar de alguien que se haga
llamar filósofo y no tenga nada relevante que decir sobre la muerte, la libertad, la
amistad, el amor, la existencia de Dios, el deseo o el dolor y el sufrimiento humano,
pero acumule publicaciones, sexenios, estancias internacionales, acreditaciones y
subvenciones públicas a proyectos de investigación?
Con todo, y aunque sea a pesar de los filósofos, la filosofía es un lujo imprescindible
porque el hombre para serlo necesita saber que lo es, aunque sea solo lo
estrictamente necesario para poder preguntárselo. Filosofar es solo la forma
insistente, metódica, crítica y dialógica de esa pregunta; y la historia del pensamiento
filosófico es el cúmulo de los esfuerzos más penetrantes y esclarecedores por indagar
qué somos, para poder serlo, y qué es el mundo, para poder habitarlo humanamente,
es decir, comprensivamente. Tal vez no sea posible conseguir al respecto de tales
preguntas una visión unánime, pero sabemos al menos que somos el ser que se
pregunta qué es, y sabemos que dicha pregunta abre en el mundo el camino del
hombre.
Un camino incierto pero en el que la resistencia de la inteligencia a ser reducida a un
recurso sofisticado para la producción, reivindica al hombre como un ser singular,
irreductible a la condición de instrumento. Y es que la rebelión de la filosofía contra la
ley de la utilidad y la producción desencadena la revelación de lo humano del hombre.
Tal vez sea esa rebelión-revelación la que les trastorne.
Pero todo lo anterior está en constante peligro porque los caminos por los que los
hombres buscan lo humano pueden desaparecer y borrarse bien por desuso y olvido,
bien por sobreuso estereotipador. El ministerio es culpable de lo primero, pero los
filósofos lo somos de lo segundo, porque la enseñanza de la filosofía requiere el
ejercicio de un pensar viviente o carece por completo de justificación. Solo el arraigo
del pensamiento en la realidad puede revitalizar lo que el exceso o la falta de
costumbre desvanecen.
Al respecto la filosofía ejerce la modesta misión de los antiguos peones camineros:
evita que el olvido o el abuso borren los rastros del saber sobre sí y sobre el mundo
que nuestra tradición ha acumulado. Así es como los caminos del hombre para
indagarse a sí mismo y al mundo siguen abiertos. Menospreciarlo y postergarlo es
simple ignorancia investida de enfática suficiencia tecnocrática. ´Idiotez´, decían los
griegos.