Uploaded by OfficialZVideo

training

advertisement
Dividir y vencer
Argumento
Baltimore, Maryland, es una ciudad en peligro. La violencia creciente está
avivando las llamas de la indignación general, y todas las autoridades
competentes, incluyendo el FBI, asumen la culpa. De este modo se llevan a cabo las
últimas ideas del FBI para mejorar las relaciones públicas: una liga municipal de
softball y cursillos para representantes comunitarios. Pero las nuevas obligaciones
significan más tiempo en el cual los agentes especiales Ty Grady y Zane Garrett
tendrán que estar separados mientras que felizmente van descubriendo cómo ser
más que compañeros al pie de la letra.
Entonces la última oleada de crímenes les explota en la cara –literalmente–
sumiendo a la ciudad, al FBI, y a la imprevisible relación de Ty y Zane tanto dentro
como fuera de la oficina en el caos. Están metidos hasta el cuello en un problema,
tratando de rastrear terroristas y ladrones de bancos, a oscuras y con muy pocas
pistas, y el único modo de alcanzar la luz y el final del túnel juntos requiere que Ty
y Zane cierren los ojos y confíen el uno en el otro hasta el ardiente final.
Capítulo 1
Complementadas por el tintineo de la estación, las luces se encendieron en
el set de las noticias de televisión y apareció una delgada mujer negra, de rostro
agradable con una blusa blanca y chaqueta verde sentada ante el escritorio y un
hombre alto y sonriente que llevaba un traje gris carbón. El logotipo de la estación
apareció en la pantalla.
—Aquí la WBAL TV 11, noticias a las 6. Soy Jeff Barns.
—Y yo Alicia Harrison. Buenas noches.
La cámara enfocó a Harrison mientras una foto de un coche de policía en
llamas aparecía sobre su hombro izquierdo.
—Los disturbios sacudieron la ciudad ayer por la noche después de que los
Raven perdieran contra los Pittsburgh Steeler en las eliminatorias. Ha sido el tercer
disturbio desde la Víspera de Año Nuevo y la violencia continúa en aumento.
Andrea Gregg tiene más información sobre la historia. –Una sirena cambió de
plano a la imagen nocturna de un coche de policía ardiendo. La gente corría
delante, sacando fotos y gritando mientras los bomberos trabajaban para apagar
las llamas. Las ventanas de la tienda detrás de ellos estaban rotas, los cristales
esparcidos por todas partes. Un adolescente estaba pateando una ventana al fondo.
—Por tercera vez en un mes, los residentes de Baltimore han despertado en
una ciudad en ruinas.
El sonido de cristales crujiendo al ser arrastrados por el cemento acompañó
el cambio de plano. Un hombre mayor, calvo barría los cristales en frente de una
tienda.
—Saquearon el lugar —dijo el hombre, identificado por los créditos como
Steve Vilnick, propietario de la tienda—. Es la segunda vez este mes. No estoy
seguro de si abriremos de nuevo.
Mientras seguía barriendo, la voz de Gregg volvió a sonar.
—Hasta ahora, nadie ha sido gravemente herido en los disturbios, pero el
daño a la propiedad alcanza millones. La policía dice que están haciendo todo lo
posible para llevar a los responsables ante la justicia, pero los ánimos están
empezando a crisparse. Hoy, los residentes de la ciudad mostraron su frustración
en una serie de protestas organizadas ante las sedes de la policía.
El plano cambió a una manifestación frente a la fea fachada de uno de los
muchos edificios de la policía de Baltimore.
—Ellos no están haciendo lo suficiente —dijo una joven identificada como
Jasmine Burke, estudiante—. ¿Qué han hecho para detenerlo? Nada. Están
consiguiendo que de noche no puedas salir sin meterte en medio de un campo de
batalla.
—¿Para qué les estamos pagando? –Dijo Roy Monroe, empleado de la
tienda.
—No han hecho ningún arresto, no han conseguido ninguna pista. Tío,
después de que destrozaran la tienda en la que trabajo, tuvimos que cerrar durante
una semana, y no me pagaron ese tiempo. ¿Por qué seguimos pagándoles a ellos?
—Estoy preocupado. Por supuesto que estoy preocupado —dijo Bob
Smitherman, banquero—. Lugares que siempre han sido seguros en la ciudad ya
no lo son y ¿acontecimientos públicos? Después del Año Nuevo, los estoy
evitando. Gente demasiado enojada y muy pocos policías.
El plano cambió al jefe de policía de Baltimore.
—Por supuesto, estamos haciendo todo lo posible para detener a los
instigadores de estos disturbios, pero necesitamos que el público ayude a restaurar
la paz y la seguridad de nuestra ciudad. No podemos ser fuertes cuando estamos
divididos.
Una joven con una chaqueta de color azul claro apareció en pantalla con un
micrófono. El crédito decía Andrea Gregg, reportera de la WBAL. Un número
apareció en la parte inferior de la pantalla.
—La policía está pidiendo que cualquier persona con información o fotos de
los manifestantes que destruyen la propiedad llamen a la línea de información.
También puede enviar información anónima a www.baltimorepolice.org. Aquí
Andrea Gregg, informando para la WBAL TV 11.
*
*
El agua bien caliente cayó sobre sus hombros, y el agente especial Zane
Garrett gimió, mientras giraba la cabeza para estirar los músculos tensos del cuello.
La ducha era un placer después del entrenamiento matinal de dos horas que había
culminado en otro duro combate de boxeo con su compañero.
Permitió que sus ojos se cerraran, echó la cabeza atrás para lavarse el pelo y
dejó escapar un largo suspiro mientras disfrutaba de la presión del agua.
Era un gimnasio viejo, uno pequeño escondido en el sótano de la oficina de
campo del FBI de Baltimore. Pero Zane lo prefería al centro de fitness más brillante
y más nuevo de la ciudad que algunos de los agentes frecuentaban. Sobre todo
porque este viejo vestuario tenía duchas maravillosamente altas y no tenía que
agacharse, uno de los peligros de medir metro noventa y cinco, y las paredes de las
duchas llegaban a media pared, lo que significaba que a veces podía comerse con
los ojos a su muy guapo compañero sin demasiado riesgo de ser atrapado.
Enderezándose, abrió los ojos, cambiando su atención del agua que le bajaba
por la cara hacía el hombre que estaba a menos de un metro al otro lado del muro
de azulejos.
El agente Especial Ty Grady estaba con la cara hacia el agua y las manos
apoyadas en la pared de azulejos frente a él, los hombros encorvados hacia delante
y la espalda arqueada. Llevaba el cabello castaño oscuro corto, más corto de lo
habitual, una necesidad después de habérselo teñido de rubio para su última
misión. El agua caía sobre esos músculos definidos, enjuagando los restos de jabón
de su cuerpo y haciendo que el oro mate de su anillo de sello del cuerpo de
Marines brillara. Bajo la ducha era una de las pocas veces que Zane veía a su
compañero inmóvil, una verdadera novedad en lo que se refería a Ty Grady.
Aunque si Ty se quedaba en el lugar durante más de un minuto, podría
poner sus manos sobre él… gruñó y metió la cabeza bajo el agua, estiró una mano
para abrir el agua fría antes de agarrar su botella de gel. Su capacidad para
mantener en el trabajo la lujuria bajo control era por lo general mejor que esto.
Cuando echó un vistazo un par de segundos después, Ty había apoyado los
brazos en la separación entre ellos y estaba sonriéndole. Zane arqueó una ceja,
preguntándose no por primera vez si podía leerle le mente.
Ty le miró de arriba abajo y luego por encima del hombro a las duchas por
lo demás vacías.
—Se me ha ocurrido una cosa —dijo a Zane de manera casual.
—Peligro, Will Robinson —comentó Zane mientras apretaba el gel en una
mano y empezaba a enjabonarse.
—No seas así –le dijo Ty, su voz sonó herida, pero llevaba el matiz de
picardía al que se estaba acostumbrado.
Zane resopló y se movió bajo el agua para lavarse y poder mirar a Ty sin
estirar el cuello.
—Se te ocurrió una cosa –animó con una pequeña sonrisa.
—No, ahora tendrás que trabajarlo —respondió Ty con otra sonrisa y se
volvió de nuevo a su propia ducha.
Zane puso los ojos en blanco y tiró la toalla mojada sobre la separación,
sonriendo cuando escuchó el choque mojado contra la piel de Ty. La risa
contagiosa de este se mezcló con el repiqueteo relajante del agua corriendo a través
de las viejas tuberías, recompensando su esfuerzo. Sonrió, dejando que la pequeña
chispa de calidez se extendiera por su cuerpo mientras terminaba de enjuagarse.
Estaba estirando la mano para cerrar el grifo cuando una alarma atravesó la
tranquilidad relajante del agua cayendo.
—Alarma contra incendios. Hora de irse —anunció Ty con calma mientras
apagaba el agua y agarraba su toalla de la pared al fondo de la ducha.
No se secó. Sólo la envolvió alrededor de las caderas y se dirigió a la salida
como si no hubiera nada raro en ello.
Zane hizo una mueca mientras se cubría una oreja.
—Ty —gritó mientras cogía su toalla y corría detrás de su compañero. Le
agarró del brazo cuando le alcanzó—. No puedes salir empapado y prácticamente
desnudo en mitad del maldito enero. —Comenzó a tirar de él hacia los vestuarios,
donde al menos podrían agarrar pantalones cortos, camisetas y zapatillas de
deporte.
—El frío es mejor que el fuego –discutió Ty, aunque dejó que Zane lo
arrastrara.
—No hay fuego aquí abajo.
—No sabes eso.
—Y la salida está a veinte metros de distancia —dijo Zane mientras
arrastraba a Ty a toda prisa detrás de él—. Ahora vístete. Y zapatos.
—¡Garrett, cuando una alarma comienza a sonar, voy a la salida! —gritó Ty
con tristeza. No estaba asustado, por supuesto. Ty nunca se asustaba a no ser que
estuviera atrapado en la oscuridad o no pudiera encontrar su amado Bronco en el
parking. Se quitó la toalla, se puso un par de pantalones cortos y deslizó sus pies
en las zapatillas gastadas. Luego agarró el brazo de Zane y tiró de él hacia la salida,
sin importarle que estuviera tratando de entrar en sus pantalones cortos.
—¡Está bien, maldita sea, dame un segundo! —exclamó Zane, agarrando su
camiseta y toalla después de meter los pies en las zapatillas de correr, resistiéndose
a los tirones de Ty mientras se inclinaba para agarrar la camiseta de este antes de
dejar que su compañero le empujara.
—Arrastra tus pies más tarde, Lone Star. O el edificio está en llamas o es un
simulacro y estaremos haciendo papeleo hasta que los dedos nos sangren si no
salimos a tiempo —insistió Ty mientras tiraba de Zane a lo largo del pasillo hacia
la salida de emergencia.
Ty era notoriamente voluble y podía distraerse fácilmente, pero en caso de
emergencia, estaba afinado en una cosa y sola una cosa: la supervivencia. No había
modo de luchar contra el puño de hierro que tenía sobre su brazo o su insistencia
de que estar medio desnudo y fuera era mejor que cualquier otra alternativa en ese
momento.
—Estoy pensando que tendremos un poco de margen, ya que estábamos en
las duchas —espetó Zane mientras corrían por los escalones de hormigón del sótano
y atravesaban la puerta de emergencia que daba al exterior, al frío y el viento.
El sol de la mañana cegó a Zane mientras empujaban la puerta de la salida
de emergencia y salían a la acera mojada en la parte delantera del edificio. Lo
siguiente que supo, Ty estaba agachado frente a él como si fuera a ponerse a
cubierto de un proyectil, y Zane se volvió instintivamente para comprobar la
amenaza. Un golpe terrible explotó en su cara con un chorro de agua helada contra
la piel enrojecida de la ducha.
Otro golpe inmediato, éste en el brazo, otro en el muslo cuando algo más le
golpeó, y más agua le salpicó en el aire frío mientras balbuceaba y se secaba los
ojos con una mano, golpeando con la otra algo oscuro volando hacia su cara. Sintió
la breve sensación de goma en los dedos y luego otro chasquido doloroso como
una banda elástica, luego más agua. Zane se volvió hacia el movimiento en su lado
izquierdo. Habían pasado cinco segundos.
Cuando Zane dio cuenta de que acaba de sufrir una lluvia de coloridos
globos de agua, Ty estaba de pie otra vez y miraba a la multitud ruidosa mientras
era empujado por detrás de las barreras de nieve a la acera frente al edificio del
FBI. Más manifestantes.
Los manifestantes lanzaron más globos de agua a través de la calle. Ty
hábilmente atrapó uno, sosteniendo como una pelota de fútbol para evitar que
explotara. Se echó hacia atrás como si se preparara para lanzarlo hacia la multitud.
—¡Grady! –El agente especial a cargo Dan McCoy gritó desde algún lugar
cerca de la entrada principal.
Ty dejó caer los hombros, haciéndole parecer un perrito regañado que era
milagrosamente bueno en esquivar globos de agua, y dejó caer su munición
mientras aterrizaba más a su alrededor.
Zane no estaba tan tranquilo. Enfadado golpeó el siguiente globo que le
lanzaron y chocó contra el cemento con un golpe y salpicaduras. El viento helado
mordió su piel húmeda y se quedó sin aliento, Zane no pudo suprimir el temblor,
seguía sintiendo el golpe de los globos en su piel.
—¿Qué demonios?
—Deja de quejarte. Por lo menos estaban llenos de agua y no algo peor — le
replicó Ty con los dientes apretados Cruzó las manos sobre el pecho y sobre las
palabras blancas en su camiseta azul “Relájate, soy divertido”, encorvó los
hombros mientras se giraba para mirar la estructura de hormigón detrás de ellos.
—Maldita sea, ¡no está en llamas! —Aquellos a su alrededor lo
suficientemente cerca como para oírle se echaron a reír, incluso algunos de los
manifestantes en la calle. Zane sacudió la cabeza.
¿Cómo diablos lograba Ty relacionarse con la gente sin siquiera intentarlo?
Nunca dejaba de sorprenderle.
Otro globo voló por el aire y aterrizó a los pies de un hombre con un
megáfono que estaba de pie cerca de la entrada del edificio de oficinas.
Comenzó a informar a la gente que cualquier medida adicional sería
considerada como un ataque contra la propiedad federal y los agentes federales, y
se harían arrestos. Cuando las palabras “hasta incluyendo fuerza letal” salieron de
su boca, la multitud comenzó a retumbar.
Zane había leído los memos. Pero esta era la primera vez que se había
metido en un ataque.
—Supongo que imaginan que no los arrestaremos por asalto –dijo,
sacudiendo la cabeza mientras veía su aliento casi cristalizarse mientras exhalaba,
del frío que hacía.
Ty miró a la multitud, con el rostro inexpresivo.
—Un par de rondas de goma debería arreglarlo —decidió, con los dientes
comenzando a castañetear por el frío.
—¿En los globos, o en la multitud? —Se cruzó de brazos, imitando a su
compañero, y dio un paso atrás. Echó un vistazo a Ty—. Imagina el papeleo.
—¡Garrett! ¡Grady! ¡Meted el culo dentro! –Gritó McCoy desde el otro lado
del césped—. No voy a firmar la baja por enfermedad si pillais una neumonía.
—Eso dices ahora, pero yo n­no voy a r­rellenar ningún formulario –gritó
Ty, tartamudeando. Estaba observando a uno de los agentes ataviados con
uniformes antidisturbios, mirando específicamente la pistola llena de balas de
goma. Otra andanada de globos, amarillos, verdes, rojos y azules, llenos de agua
helada salieron volando hacia ellos.
Si Ty tuviera uno de esos fusiles en mano, podría hacer un impresionante
espectáculo con esos objetivos voladores, podría despejar a estas personas
rápidamente.
Zane sabía que eso era exactamente lo que Ty estaba pensando. También
sabía que no iba a pensar en las consecuencias de las relaciones públicas. Incluso si
Ty considerara la reacción pública de sus acciones, lo que rara vez hacía.
—A la mierda —gruñó Zane. Tomó a Ty por la parte superior del brazo
cuando dio un impulsivo paso hacia el hombre con equipo antidisturbios. Le hizo
girar y empezó a tirar hacia el edificio, descartando a la gente que les miraba y se
burlaba de ellos.
—Esos pequeños f­formularios amarillos con l­lados rotos, y los azules q­
que hacen las m­mismas preguntas c­catorce veces, y los malditos r­rosas que te
ponen los dedos a­azules –divagó Ty mientras seguía adelante sin protestar.
Sonaba como el cerdo Porky—. L­los rellenaría todos si pudiera d­disparar a
alguien en este momento.
—Esta vez estoy contigo. Merecería la pena. —Otro agente deslizó una
tarjeta de identificación para ellos, y Zane abrió la puerta lateral del edificio,
empujó a Ty dentro y le siguió, cerrando la puerta de acero sólido detrás de ellos y
haciendo una mueca, porque la alarma seguía gimiendo.
Ty echó el brazo sobre los hombros de Zane y lo abrazó.
Su piel estaba fría contra la de Zane.
—Esto se está p­poniendo feo —dijo, sin mirar a Zane.
Este sabía que se refería a la situación en general, a los disturbios en la
ciudad. Siguió hablando, bajando la voz hasta que Zane no pudo oírle por encima
de la sirena a todo volumen.
—Tenemos que volver a las duchas. Agua caliente —dijo Zane mientras se
estremecía y no en el buen sentido—. El equipo antidisturbios despejará a esos
idiotas antes de que salgamos. Y sabes que quienquiera que apretara la alarma
contraincendios está metido en mierda.
Ty sacudió la cabeza. Sus dedos se arrastraron contra la piel de Zane
mientras apartaba el brazo de los hombros de Zane.
—Trabajo, trabajo, trabajo —murmuró, sacudiendo la cabeza.
—Hablo en s­serio —dijo Zane mientras el resfriado comenzaba a arraigarse
—. Tengo demasiado frío. —Sus dedos estaban casi entumecidos mientras trataba
de agarrar el dobladillo de su camiseta mojada para sacársela.
—Te calentaré más tarde —prometió Ty. Era un pensamiento agradable,
pero nada útil en estos momentos. De alguna manera Ty había dominado el
temblor y castañeteo de los dientes. Una vez le había dicho a Zane que el mejor
modo de dejar de temblar era relajar conscientemente el cuerpo, et voilà, no más
temblor. Pero nunca había conseguido que funcionara.
Se giró y abrió el camino de vuelta a los vestuarios, logró quitarse la ropa
mojada y se frotó con la toalla, tratando de librarse del frío que le hacía doler los
huesos.
La alarma se cortó abruptamente, pero el zumbido en los oídos de Zane
todavía cubría cualquier sonido que Ty podría haber estado haciendo a sus
espaldas. Luego tres dedos tocaron la nuca de Zane y bajaron por su espalda, entre
los omóplatos, la parte baja, sobre una cadera mientras Ty pasaba junto a él.
—Jornada laboral de ocho horas por delante, Lone Star. Aguanta –dijo Ty
mientras abría su propia taquilla.
Esta vez el escalofrío que se deslizó por la piel de Zane no tenía nada que
ver con el frío y todo con encontrar la paciencia para pasar el día con la mirada
puesta en la noche.
*
*
La luz intermitente en su teléfono captó la atención de Zane y le apartó del
informe que estaba tratando de analizar. Siempre silenciaba el teléfono cuando
estaba en la oficina, sobre todo en momentos como hoy, cuando todo el equipo,
estaba atascado sudando tinta china con sus trabajos.
Estaba sentado con Michelle Clancy, Scott Alston, Fred Perrimore y Harry
Lassiter, los demás miembros de su equipo en la Oficina. Sin embargo, podría ser
una llamada de uno de los otros departamentos, un contacto, u otro agente. Así
que Zane sacó el móvil de debajo de una pila de carpetas y pasó el pulgar para
desbloquearlo mientras miraba la pantalla. Era un mensaje de texto. Frunciendo el
ceño, Zane lo abrió.
¿Cuál es el procedimiento apropiado para coger un ordenador y tirarlo por la
ventana? ¿Abrir la ventana primero o romper el cristal?
Zane parpadeó y leyó el texto de nuevo. A continuación, se centró en el
número y se dio cuenta de quien le había enviado el mensaje. Suspiró y dejó el
teléfono, volviendo a su informe. No era un mensaje que necesitara respuesta. Su
compañero no estaba más que a tres metros de distancia, sentado en su escritorio,
mirando la pantalla del ordenador y pulsando repetidamente la misma tecla de
error en su teclado. Si Ty quería una respuesta, podía abrir la boca y hablar.
Cuando Zane le miró, le vio recostarse en la silla y ladear la cabeza hacia el
ordenador. Había dejado de teclear, y parecía desganado y frustrado.
El ordenador de Ty nunca funcionaba de la manera que se suponía. El
equipo bromeaba con que Ty emanaba pulsos electromagnéticos, porque no
importaba lo que tocara, la máquina casi siempre acababa en mal estado. El
ordenador, la impresora, el fax, a veces incluso los grifos automáticos en los baños.
Nunca funcionaban correctamente para él. También odiaba el papeleo con inusual
pasión, por lo que era doblemente divertido.
Zane miró los archivos distribuidos en la mesa frente a él. Podía sentarse y
recopilar detalles durante todo el día, apelaba a su cerebro analítico. Ty, sin
embargo, no se disculpaba por estar aburrido de papeleo. Sin duda, era un hombre
de acción. Normalmente, Zane intentaba enviarle a hacer recados, pero hoy ni
siquiera tenía ese recurso. Con una última mirada a Ty, Zane volvió a conciliar
datos sobre transferencias bancarias de sospechosos con una serie de secuestros.
Varios minutos después, la luz en su teléfono volvió a parpadear. Zane dejó
de teclear mientras miraba el teléfono y luego a través de las mesas a Ty. No
parecía haberse movido, y su teléfono no estaba a la vista. No le estaba mirando y
no había sombra de sonrisa en los labios como habría habido si hubiera estado
tramando algo. Zane había visto esa sonrisa demasiadas veces para pasarla por
alto. Cogió el teléfono y vio el segundo mensaje de texto. Mismo número de
teléfono.
Nunca había tenido tiempo de programar el nombre de Ty en la lista de
contactos.
Debatió si mirar el texto, no estaba seguro de querer animar a Ty a que le
distrajera en el trabajo. Luego, después de un momento, se sacudió No había razón
para estar tan tenso sobre esto. Activó el teléfono para leer el mensaje.
Los últimas 3 llamadas en mi teléfono son para pedir respaldo, pizza y sexo. En ese
orden. No puedo decidir lo que eso dice de mí.
Zane casi olvidó reprimir su sonrisa. La noche anterior Ty le había llamado
para decir que había pedido una pizza y que Zane debía recogerla de camino.
Tenían la intención de ver un poco de fútbol en la televisión pantalla grande de Ty,
pero las eliminatorias que echaban no eran de sus equipos y no retuvieron su
atención mucho tiempo.
Después de terminar la pizza, se sentaron frente a la televisión haciendo
algo completamente diferente a verla.
Zane bufó. Muy a propósito no se movió en la silla mientras dejaba su
teléfono sin contestar o mirar a su compañero.
Tal vez él escogiera la cena esta noche.
Su teléfono se iluminó casi de inmediato de nuevo. Zane ni siquiera había
recogido su bolígrafo. Esta vez miró a las mesas de sus compañeros de equipo,
ninguno de ellos les estaban prestando atención, antes de abrir el mensaje.
Te das cuenta de que tengo plan de mensajes de texto gratis ¿no?
Obviamente, ignorar a Ty no iba a funcionar. Pero Zane apartó el teléfono,
decidido a hacerlo. Simplemente porque la lucha divertiría a Ty, si estuviera
siendo honesto consigo mismo. Y mantener a Ty divertido era bueno para el resto
de la humanidad.
El teléfono se iluminó de nuevo, y cuando Zane miró a Ty, su compañero
estaba recostado en su silla, con los pies apoyados abiertamente sobre su escritorio
mientras sostenía el teléfono en sus manos.
Zane siguió escribiendo con una mano mientras discretamente movía su
teléfono a través de los papeles esparcidos delante de él para poder apretar el
botón y leer el mensaje sin llamar la atención.
Examen de compañero sorpresa. ¿Cuántas letras tiene el alfabeto del gobierno?
Mordiéndose la lengua, Zane trató de decidir cuál sería la respuesta. Estaba
casi seguro que era una broma. Pensó que Ty estaba tratando de romperle, de
hacerle reaccionar, tal vez incluso reír. Mirando por el rabillo del ojo, pudo verle
mirándole, con la cabeza agachada lo suficiente como para hacer que se viera un
poco depredador. Conocía muy bien esa mirada. La mayoría de la gente que no
conocía a Ty se sentía intimidada por el brillo en sus ojos color avellana y la curva
levemente maliciosa de sus labios. Pero Zane había llegado a aprender que Ty sólo
adoptaba ese aspecto cuando se estaba divirtiendo. Y eso hacía que su rostro recién
afeitado con forma de corazón pareciera mucho más apuesto, lo que irritó a Zane
en algún extremo. Irritó y excitó.
Para chincharle, Zane ignoró el mensaje, volvió a trabajar en la comparación
y trató de construir la resolución de no reaccionar al siguiente mensaje que
intentara romper su calma.
El teléfono se iluminó de nuevo, esta vez Ty había vuelto su atención a su
ordenador cuando Zane subrepticiamente le miró. Se preguntó cómo diablos
escribía tan rápido en el teclado pequeñito del teléfono.
Le hubiera gustado haberlo visto, si no hubiera echado a perder el juego.
Le hizo esperar cinco minutos mientras discutía unos activos con Alston
antes de teclear el botón para abrir el último mensaje de texto.
Respuesta: 19. ET se fue a casa en un OVNI y el FBI fue tras él.
Zane parpadeó varias veces ante la pantalla mientras mantenía la cara seria,
aunque con toda justicia, eso merecía una risa. ¿Quién habría sabido que estaría
aprovechando años de experiencia trabajando encubierto para ocultar que estaba
jugando a juegos de texto en la oficina? Tocó el bolígrafo pensativamente sobre el
libro mayor mientras miraba sin comprender. Ahora estaba distraído sin duda.
Sospechaba que Ty lo sabía. Pero ambos seguirían disfrutando de ello si Zane
intentaba no admitirlo. Hacía un año, no habría soñado estar perdiendo el tiempo
en el trabajo de este modo. Diablos, ni hacía seis meses. Pero Ty Grady había hecho
lo imposible por sacarle el palo del culo…
El pequeño icono de mensaje en la esquina de la pantalla del teléfono
empezó a parpadear, indicando que tenía otro mensaje. Ni siquiera le había visto
moverse. ¿Era posible programar estos textos antes de tiempo? Eso sería
demasiada previsión, pero era justo el tipo de trama que animaría a Ty. Revolvió la
pila de carpetas, tomó un sorbo de café, y comprobó el mensaje.
Sabes que quieres reírte
Un punto para Zane Garrett. Levantó la mirada lentamente, el rostro sereno,
y enarcó una ceja.
Ty le observaba. Le guiñó un ojo cuando Zane le miró a los ojos, pero aún
no estaba sonriendo por completo. Todavía portaba esa sonrisa exasperante. En
lugar de responder de alguna manera, Zane bufó y se giró hacia su ordenador. Esa
reacción sin duda provocaría a su compañero. Además, ahora estaba intrigado por
ver con que saldría Ty para que se riera a pesar de su control.
No tuvo que esperar mucho tiempo para el siguiente intento. Su teléfono se
iluminó, y Zane fue capaz de echar un vistazo a Ty dejando su propio teléfono
sobre el escritorio. Esperó deliberadamente un par de minutos antes de darse la
vuelta en la silla para cambiar los archivos y comprobar el mensaje.
¿Has oído hablar del tipo de abajo que perdió su brazo izquierdo y la pierna
izquierda en un accidente? Ahora está bien1.
Zane miró la pequeña pantalla con fuerza durante largo rato antes de poder
mover la cabeza ligeramente y apartarse del teléfono.
Lentamente, miró al resto del equipo, preguntándose cómo ninguno de ellos
les había pillado. ¿Realmente prestaban tan poca atención? ¿O era que no se
sorprendían de ver a Ty mandando mensajes de texto a alguien, y simplemente no
lo relacionaban con su compañero? Zane sabía que Ty recibía cerca de media
docena de mensajes de texto de varias personas en un día normal, pero rara vez los
revisaba o respondía cuando estaba trabajando.
Metió deliberadamente algunos archivos en la bandeja de salida y no miró
en su dirección. Volvió su atención a una conversación entre Clancy y Perrimore
sobre pedirle a un juez una orden de registro, pero era hiperconsciente de su
1 Un juego de palabras intraducible al español. Cuando pone que perdió su brazo y pierna
izquierad y que ahora “está bien” Ty usa el “He’s all right now” que significa “estar bien” como “él
todo derecho ahora”.
compañero.
Oyó crujir la silla de Ty cuando se movió. Esa silla siempre crujía porque era
condenadamente duro con la cosa, siempre moviéndose y agitándose. Su silla
estaba rota y ruidosa, al igual que su ordenador.
El teléfono de Zane se iluminó de nuevo, y tecleó con su mano derecha,
mientras respondía a una pregunta de Clancy.
Cuando se dio la vuelta, por fin miró el teléfono.
¿Cómo llamas a un mono en un campo de minas? A baboom.
Tuvo que admitirlo: este era gracioso. Esta vez Zane tuvo que cerrar los ojos
para mantener su reacción bajo control. Cuando los abrió, giró deliberadamente la
cara para mirar a Ty en abierto desafío.
Este seguía con los pies apoyados sobre el escritorio y estaba reclinado con
un brazo sobre la mesa, los dedos cubriendo estratégicamente la boca mientras se
sacudía en silencio. Estaba observando a Zane, y su mano no podía cubrir las
líneas de expresión alrededor de los ojos o los pequeños hoyuelos que se le
formaban cuando se reía.
Maldita sea, Ty Grady era un hombre apuesto. Más aún cuando estaba
relajado y sonriente.
Zane ya no sintió el impulso de reír. Encontró sus pensamientos un poco
más eróticos, pensando en el hombre sentado a varios metros de distancia y
exactamente en lo guapo que era, tanto dentro como fuera de ese traje. Se empujó
hacia su escritorio con la silla, sólo para taparse el regazo. Luego le ofreció a Ty
una sonrisa angelical.
Este sacudió la cabeza y se mordió los labios para detener su risa silenciosa,
aunque los hoyuelos siguieron allí mientras sonreía. Zane se quedó mirándole
durante unos instantes, pensando en lo increíble que era cuando Ty sonreía o se
echaba a reír, sus ojos se iluminaban y el caparazón se partía.
Ty movió su mano en dirección a Zane en aparente rendición mientras
giraba la silla hacia su escritorio de nuevo, todavía moviendo la cabeza y riendo.
Zane dudaba que fuera el final y esperaba otro mensaje de texto en pocos
minutos, pero el agente especial Scott Alston eligió ese momento para ponerse de
pie.
—Es hora de reunirse con McCoy —les dijo a Ty y Perrimore.
—Que os divirtáis, chicos —bromeó Clancy mientras bebía su batido.
Ty se levantó con una buena cantidad de quejas y fanfarria, fingiendo reunir
sus archivos, la chaqueta y sacando el arma fuera del cajón para deslizarla en la
funda. Zane ordenó un archivo, lo dejó a un lado y abrió otro mientras observaba a
Ty discretamente.
—Salúdale por mí —dijo con aire de suficiencia. Sabía que la única cosa
peor que el papeleo, en opinión de Ty, era una reunión de varios departamentos
donde se esperaba que se quedara quieto.
—No rompáis nada jugando al solitario —replicó Ty mientras los tres se
dirigían hacia los ascensores.
Zane dejó que la sonrisa tirara de sus labios cuando tocó con los dedos el
teléfono y observó alejarse a Ty.
*
*
Ty tenía los ojos cerrados y se masajeaba el puente de la nariz mientras
apoyaba el codo en el brazo de la silla, reclinado ligeramente. Estaba escuchando.
Muy atentamente, a su eterno pesar. Podía escuchar con los ojos cerrados.
Estaba seguro de que Alston, Perrimore y él habían sido convocados a esta
reunión por error. Hasta el momento, habían estado hablando de la escalada de
violencia en la ciudad, en particular un desagradable caso de incendio en el que
una segunda explosión había sido manipulada con el expreso propósito de herir o
matar a los bomberos. Todo el mundo estaba en pie de guerra, incluyendo a Ty.
Habría un memorial por los héroes caídos la próxima semana.
Pero mientras que la escalada de violencia podría estar en la descripción de
trabajo de Ty, los incendios provocados sin duda no.
A continuación golpearon los atracos a bancos que tenían escrito “trabajo
profesional” por todas partes. Habían atrapado una pausa publicitaria con uno, ya
que ocurrió el mismo día de la tragedia del incendio provocado y no había recibido
mucha prensa todavía. Como­se­llame de Delitos Financieros había dicho que
buscaran robos similares en estados vecinos durante el fin de semana. Algo tan
organizado probablemente había sido ejecutado antes en alguna parte y, sin duda,
se ejecutará de nuevo. Pronto.
Asignaciones de fin de semana. Impresionante.
Y los robos a bancos tampoco eran el trabajo de Ty.
A continuación, el programa pasó a la imagen negativa que el FBI estaba
consiguiendo últimamente y que la gente de relaciones públicas se había ingeniado
para cortar de raíz.
Nada de eso tenía que ver con Ty, por lo que todavía no estaba exactamente
seguro de por qué se suponía que debía estar aquí.
—Entonces —estaba diciendo el agente especial Dan McCoy—, nosotros
vamos a darles lo que quieren por lo que nos los quitaremos de encima durante un
tiempo. Y Grady, la próxima vez que tú y tu compañero queráis explotar algo, por
lo menos fingid que después lo lamentáis, ¿de acuerdo?
—Sí, señor —dijo Ty cuando abrió los ojos y se movió a una posición
ligeramente menos miserable, al menos exteriormente. Sin embargo, no lo
lamentaba. Esa máquina de fax se merecía lo que recibió. Y Zane se había partido
el culo de risa.
Sólo quedaban treinta minutos para el final del día de trabajo, y entonces
sería libre de ir a dar volteretas en el parking. Echó un vistazo a Alston, que estaba
haciendo otra pregunta, y luego el bolsillo del pantalón de Ty vibró.
Casi saltó en la silla antes de poder detenerse, inclinándose rápidamente
hacia delante para colocar los codos sobre la mesa y cubrir la reacción.
—¿Algo que añadir? —Preguntó McCoy.
—Nada constructivo —admitió Ty con una sonrisa inocente.
McCoy puso los ojos en blanco y asintió. Mientras continuaba delineando el
plan para convertir a la Oficina en más “amigable con los fans”, Ty se recostó de
nuevo y sacó el teléfono del bolsillo lentamente. Lo guardó debajo de la mesa
mientras lo abría y apretaba el botón que abrir el mensaje de texto que había
recibido. Ty casi se sorprendió al ver que era de Zane y no de uno de los
sospechosos habituales.
Una cría de foca entra en un club.
Apretó los labios con fuerza y miró a McCoy mientras tecleaba su respuesta
al débil gambito2 de apertura de Zane.
No deberías aporrear crías de foca. Bastardo.3
No pasó ni un minuto antes de que el teléfono vibrara en su mano otra vez. Lo
puso en silencio rápidamente para que nadie oyera las vibraciones, y luego bajó la
mirada para leer el nuevo mensaje.
Conejo Energizer arrestado. Cargos de agresión4.
Los labios de Ty temblaron mientras tecleaba una respuesta rápida.
¿Está recluido en una duracell5?
Volvió su atención a McCoy justo a tiempo. McCoy deslizó un archivo sobre la
mesa hacia él, y Ty lo abrió mientras se masajeaba la sien izquierda.
Era una propuesta que esbozaba un plan para lograr que tantas
organizaciones gubernamentales y de servicios municipales como fuera posible
organizaran una liga de softball y luego abrieran los juegos al público. Ty resopló
2 Apertura de ajedrez.
3 Juego de palabras intraducible. Club en inglés es un club y también garrote o porra.
4 Juego de palabras. Charged with battery. Battery significa batería, pila y agresión. Así que está
“cargado como pilas” o los cargos fueron de agresión.
5 Cell significa celda.
divertido.
—¿Crees que podrías conseguir que la bola ruede si el plan va a adelante?
—preguntó McCoy.
Ty asintió con la cabeza y luego miró a McCoy.
—Conozco a un tipo que conoce a un tipo –respondió arrastrando las
palabras con una sonrisa fácil.
—Pensé que podrías —dijo McCoy, sonando satisfecho de sí mismo.
Por eso estaba aquí, entonces, porque había jugado en el equipo de la
Oficina desde que había sido trasladado a Baltimore y conocía a casi todo el
mundo. Eso tenía que ser, porque todo el mundo sabía que a Ty le importaba una
mierda la opinión pública y no tenía nada que ver con los robos de bancos o
incendios.
McCoy se movió hacia el tipo de Delitos Financieros, que todavía no tenía
nombre pero que tenía todo un infierno de opiniones, y Ty comprobó
subrepticiamente el teléfono otra vez. El icono de mensaje parpadeaba y abrió el
teléfono para leerlo
Dos cacahuetes entran en un bar. Uno era un salado.
Ty lo miró durante un momento antes de levantar la vista y lamerse la
comisura de los labios para no sonreír. ¿Por qué demonios no podía Zane haber
hecho esto cuando estaba aburrido y no sentado en una reunión? Probablemente
estaba por ahí buscando bromas en Google.
—Grady, ¿qué te parece? —Preguntó McCoy.
Ty miró a su superior durante una fracción de segundo de indecisión, a
sabiendas de que no tenía ni idea de lo que le había preguntado.
—Creo que es una idea de mierda —respondió finalmente con confianza.
—¿Te importa exponer eso? —le preguntó McCoy con ironía.
—En realidad no —respondió Ty, su voz no tan estable.
—Bueno, al menos todos estamos de acuerdo en eso —respondió McCoy
mientras tomaba un pedazo de papel que probablemente reflejaba otra propuesta
de Relaciones Públicas y la tiraba por encima del hombro.
Ty dejó escapar lentamente el aliento que había estado conteniendo y
comenzó a teclear una respuesta a Zane.
Jódete Zane. Que te jodan. Mucho.
La respuesta llegó rápidamente. Zane tenía que haber estado sentado
esperando.
Te llevaré un sándwich de salami para la cena. Con bastante mayonesa.
Ty levantó la mirada y echó un vistazo a la mesa, tratando
desesperadamente de concentrarse en lo que decían mientras apuñalaba las teclas
de su teléfono para responder. Los intentos de Zane de insinuaciones seductoras
eran más divertidos que sus bromas.
Todo lo que conseguiré de ti es que me despidan.
Si vas a una entrevista en una empresa de sellos de goma, tratar de hacer una buena
impresión.
Ty luchó para no poner los ojos en blanco mientras apartaba la mirada del
teléfono que todavía estaba tratando de esconder en su regazo. Se negaba a que
uno de los malos juegos de palabras de Zane fuera la última palabra.
Tuvo que sentarse un momento, buscando en su almacén de chistes malos
una respuesta adecuada. Odiaba hundirse al nivel de Zane, pero tenía que luchar
contra el juego de palabras con juego de palabras….
Levantó la mirada y se tomó los siguientes cinco minutos para contestar
preguntas y tratar de, al menos, parecer que participaba en la reunión. La idea del
equipo de softball del FBI y la creación de torneos con otros equipos de la ciudad y
agencias estatales que estaría abierto al público parecía estar echando raíces. Y Ty
se había convertido en el foco de la planificación, por lo que tenía que prestar
atención.
En realidad, le gustaba el plan. No sabía si funcionaría, pero nunca era una
mala idea poner un rostro humano sobre la gran línea azul de vez en cuando. Una
desventaja, como señaló, era que podrían conseguir un contragolpe si demasiada
gente se preguntaba por qué los policías y conductores de ambulancias estaban
jugando a softball mientras la ciudad estaba siendo saqueada. Pero joder, ya se
estaban quemando, así que no podía hacer daño.
Ty tomó algunas notas, gente con la que necesitaba contactar en otras
agencias para ver si podían montar algo, campos en la ciudad, horarios y cosas
para las que en realidad no tenía tiempo pero las haría de todos modos. Luego la
conversación cambió y Ty se reclinó en su silla.
Miró a McCoy con indiferencia mientras su mente comenzaba a vagar de
nuevo.
Tecleó su respuesta a Zane lentamente, tratando de escribir el mensaje y
prestar atención al mismo tiempo.
¿Si un cazador puede disparar a un ciervo con cualquier mano eso le convierte en
bambidextro?
¿Has visto águilas atrapar a sus presas? Son realmente garrañosas6.
6 Juego de palabras. Talented (Talentosas) por Talonted viene de talón (garras).
Ty cerró los ojos. Los juegos de palabras eran demasiado. Eran demasiado
estúpidos para que su cerebro tratara con ellos al final de un largo día. Decidió
levantar la bandera blanca y vivir para pensar otro día, así que se echó atrás en la
silla y tecleó lentamente el último mensaje.
Tú ganas. Haré lo que quieras pero por favor haz que pare.
Un minuto, pero por fin apareció la respuesta de Zane.
Promete que gritarás para mí esta noche.
Ty se quedó mirando el teléfono un momento demasiado largo. Cuando se
aclaró la garganta y levantó la mirada, McCoy le miraba expectante.
Ty le sonrió ampliamente, la sonrisa que decía que sabía que había sido
atrapado y ¿ McCoy no se alegraba de que fuera tan bueno en su trabajo para no
tener que castigarle?
—¿Te importa compartirlo? —preguntó McCoy secamente.
Ty miró a las otras personas alrededor de la mesa y suspiró profundamente.
Perrimore metió la mano en su regazo y le quitó el teléfono. Ty no trató de
resistirse, sólo les pondría más curiosos. Nunca había estado más agradecido de no
ponerles nombres reales a sus contactos más que rara vez.
Perrimore leyó el último mensaje de Zane en voz alta, con las cejas
levantadas.
—¿Quién es Lone Star? —preguntó con una sonrisa mientras miraba el
nombre que Ty había almacenado en su teléfono—. ¿Y lleva ella un látigo?
—Todos fuera antes de que me exploten los ojos –ordenó McCoy mientras
se sentaba frotándose las sienes con las palmas de sus manos.
Ty le arrebató el teléfono a Perrimore y le dio una colleja mientras salían.
Alston se arrastró detrás de ellos, riendo.
*
*
Zane levantó la vista de los archivos que estaba apilando cuando oyó la voz
de Ty, baja, irónica y casi rozando el agravio. Una sonrisa tiró de sus labios. No
había habido respuesta a su último mensaje de hacía menos de diez minutos.
—Hey, Garrett, ¿has conocido al último ligue de Grady? Suena como una
verdadera pieza –dijo Alston cuando llegaron, riendo entre dientes—.
Probablemente tiene la llave de las esposas perforada en la lengua. —Eso
ciertamente no era lo Zane esperaba oír cuando volvieron de la reunión. Así que
probablemente significaba que habían pillado a Ty. Sin embargo, no parecía tener
ese aspecto de marginado por sus compañeros de trabajo, y Zane sabía que Ty
apodaba a todos sus contactos del teléfono, por lo que era relativamente seguro
que estaban bien.
—¿Recibiendo mensajes de texto en el trabajo de nuevo, compañero? —
preguntó Zane arrastrando las palabras mientras miraba a Ty.
—Bueno, ya me conoces —respondió Ty con una sonrisa empalagosa al
pasar junto al escritorio de Zane—. Nada de auto­control y un montón de
problemas mentales. –Sin embargo, sonó exasperado.
—Eso nunca pareció molestarte —respondió Zane mientras se levantaba y
descolgaba la chaqueta del respaldo de la silla.
Alston se rió y se fue con un saludo, sin molestarse en quedarse para
escuchar las bromas a las que todo el equipo se había acostumbrado. Clancy y
Lassiter se habían ido hacía media hora, y Zane había visto a Perrimore desviarse
hacia los ascensores cuando el grupo regresó de la reunión. Así que una vez que
Alston desapareció por el pasillo, sólo quedaban él y Ty cerrando los cajones de las
mesas.
Ty le miró sombríamente, y Zane sonrió. Oh, iba a pagar por sus fechorías
esta noche. La mirada en sus ojos lo prometía.
Ty miró por la planta casi vacía mientras se acercaba a Zane. Sostenía el
teléfono en la mano con el abrigo colgando del brazo. Dio un paso más cerca, los
nudillos rozaron el estómago de Zane mientras sostenía el abrigo entre ellos.
—Yo gritando por ti, ¿eh? —preguntó en voz baja, con los ojos casi verdes
barriendo los rasgos de Zane.
—Ya que no puedes aceptar el castigo de palabras –dijo Zane, sintiendo
como se calentaba más bajo el escrutinio de Ty.
—Uno más, Garrett —advirtió Ty mientras levantaba un dedo—. Uno más y
veremos quién puede soportar más tiempo la cama fría.
Zane frunció el ceño y resopló en voz baja.
—Bien. Tú, gritando –recordó—. Me ofrecí a llevarte a cenar.
—La cena más tarde. Mi casa. Trae ropa para el fin de semana, porque no
volverás a casa. —Ty no dijo una palabra más, sólo se dio la vuelta y se dirigió al
ascensor a zancadas, poniéndose el abrigo mientras caminaba.
Zane lo vio alejarse, disfrutando de la vista.
—Punto para mí —dijo en voz baja antes de agarrar el teléfono, las llaves y
correr para seguirlo.
Capítulo 2
Necesitó hacer malabarismos con una pequeña bolsa de lona, la chaqueta
del traje, una gran bolsa con comida caliente, y una llave, sobre todo de pie sobre
una pequeña escalinata de cemento. Pero Zane tuvo éxito y empujó la puerta con el
pie.
—Nada de fuego amigo, por favor —gritó mientras cruzaba el umbral.
La planta principal estaba en silencio y un poco oscura. Sólo había una luz
encendida en la planta baja, en la cocina, en la parte trasera de la casa de Ty. Sin
embargo, la luz se derramaba escaleras arriba, y Zane podía oír a Ty hablando con
alguien.
—¡Espera! —gritó Ty. Entonces su voz se convirtió de nuevo en un
murmullo bajo.
Zane cerró la puerta detrás de sí y encendió la luz con el codo. Atravesó el
estrecho salón y la pequeña zona comedor al lado de las escaleras hasta llegar a la
barra de la cocina, donde dejó caer las bolsas. La comida caliente en el mostrador,
la bolsa al lado de la pared, la chaqueta del traje en el respaldo de una silla, las
llaves en un bolsillo. Preguntándose con quien estaría hablando Ty, rodeó la barra
para sacar platos y vasos del armario.
Oyó las fuertes pisadas de Ty en la escalera detrás de él. No era una buena
señal. La única vez que oía a Ty moverse era cuando estaba enfadado. De lo
contrario, era aterradoramente silencioso.
—No, eso estará bien –decía Ty mientras bajaba las escaleras, con la voz un
poco más profesional de la que uno normalmente utilizaba por teléfono—. Gracias,
señor, estaré en contacto —dijo rápidamente. Luego cerró el teléfono al llegar al
último escalón.
Abrió los brazos y le dirigió a Zane una mirada incrédula.
—¿Qué, nada de luces de neón parpadeantes con la señal de sexo para
alertar a los vecinos? ¿Vídeos incriminatorios para enviar a mi madre?
Zane le miró de reojo mientras sacaba sándwiches tostados de la bolsa.
—Te han pillado haciendo cosas muchas peores que recibir mensajes de
texto en una reunión —respondió suavemente.
—Tendré que dejar de llamarte Lone Star en voz alta —gruñó Ty mientras
lanzaba su teléfono por encima del hombro a la sala. Aterrizó en el sofá con un solo
rebote—. ¿Qué hay para cenar?
Zane no trató de ocultar su sonrisa. El mal humor de Ty podía ser bastante
entretenido si no le permitías lanzarte la culpabilidad.
—Sandwiches italianos. Te prometí salami.
—¿Están calientes? —preguntó Ty mientras rodeaba el mostrador y se
acercaba al lado de Zane, tirando de la bolsa de comida hacia él.
—Sí, querido —aplacó Zane—. Los envolví dos veces en papel de aluminio.
Ty se acercó, lanzó un brazo contra el pecho de Zane y le agarró por la
pechera de la camisa. Lo empujó hacia atrás hasta que Zane golpeó el frigorífico y
luego lo inmovilizó allí con su antebrazo mientras una docena de botellas de cristal
en el frigorífico chocaban con estrépito.
—Entonces se mantendrán calientes durante un tiempo —dijo Ty, lo
suficientemente cerca de Zane para que sus palabras fueran respiraciones contra
sus labios.
Por unos salvajes segundos, Zane apenas pudo creer que hubiera dejado
que le atrapara con la guardia baja. Entonces captó el olor familiar de Ty y el calor
de su piel, y la lujuria que se había cocinado a fuego lento desde la ducha de esa
mañana comenzó a hervir.
—Sí –susurró, el pulso zumbando mientras llevaba las manos a las caderas
de Ty.
La presión del brazo se aflojó cuando movió la mano por el pecho de Zane,
deslizando la palma contra el costado de su cuello y agarrándolo con fuerza
mientras lo besaba.
Era fácil inclinarse contra Ty para tratar de acercarse. Zane quería esos
besos, y quería que Ty le tratara con rudeza. Aunque había sido increíblemente
seductor el como se había comportado durante el caso encubierto que había
terminado hacía un par de semanas, jugando a ser un marido trofeo exteriormente
dócil en un crucero y dando un paseo por el lado sumiso, Zane no podía evitar
anhelar que Ty tomara el control. Era jodidamente caliente, y Ty lo hacía tan bien.
Gimió en su boca con sólo pensar en ello.
Esto era por lo que le había pinchado durante toda la tarde. Funcionaba casi
todo el tiempo, ponle un poco molesto y planta algunos comentarios sugestivos
para darle una salida.
Ty todavía estaba besándole cuando levantó la mano y tiró del nudo de la
corbata de Zane.
—No puedo creer que no esbozaras ni siquiera una sonrisa —murmuró
contra sus labios—. Babooms, hombre. Esa mierda es divertida.
Zane dejó escapar una risa sin aliento.
—Años de práctica —murmuró mientras perseguía los labios de Ty con los
suyos.
Ty tiró con brusquedad de la corbata y la lanzó por encima del hombro,
luego se estiró a por la camisa.
—Has estado practicando las cosas equivocadas —gruñó mientras le
empujaba. Zane oyó rasgarse la tela y varios botones salieron volando. A Ty no
pareció importarle. Y eso hizo que los pantalones de Zane se sintieran más
apretados.
—¿Qué debería estar practicando? —incitó mientras se inclinaba para
mordisquearle el lóbulo.
Ty le empujó hacia atrás contra el frigorífico y el contenido se meció en el
interior de nuevo. Algo se volcó y chocó.
Entonces Ty le dio un tirón hacia delante de nuevo, a la cocina estrecha.
Enganchó el pie detrás de la pierna de Zane y prácticamente lo derribó, cayendo
los dos al suelo. Usó su peso para sujetar a Zane contra la madera desnuda
mientras este jadeaba en busca de aire. Le sujetó por las muñecas y le besó de
nuevo, allí mismo, en medio del suelo.
Zane sólo podía susurrar el nombre de Ty cada vez que sus labios se
separaban. Abrió los dedos mientras le sujetaba por las muñecas contra cualquier
fuerza que intentara, pero estaba bien y verdaderamente atrapado. Gimió contra
sus labios, rogando más en silencio mientras empujaba las caderas contra las de su
amante.
Se dio cuenta de que Ty había tenido un plan cuando empezó esto, tal vez
uno ideado para torturarle sólo un poco, bueno, joder, tal vez mucho, en un primer
momento.
Pero ahora Ty parecía haber perdido la sensación de control. Aflojó las
manos en torno a las muñecas y movió una por el cuerpo de Zane para apartar los
restos de su camisa y meterla bajo el cinturón, deslizando los dedos ásperos contra
la piel sensible. Zane gimió feliz y se movió bajo ese toque, alargó una mano hacia
la hebilla y comenzó a aflojarla.
Ty se alzó para darles espacio a las manos, ayudándole con el cinturón
mientras seguía sosteniendo su otra muñeca contra el suelo.
—Joder, Zane —gruñó, soltando por fin la otra mano y empujando para
arrodillarse sobre los muslos de Zane—. ¿Por qué llevas siempre tanta ropa?
—Oh, por amor de Dios —murmuró Zane mientras se desabrochaba los
pantalones y abría las solapas—. ¿Cómo iba a suponer que me iba a desnudar en
cuanto entrara? —preguntó mientras se enderezaba lo suficiente para quitarse la
camisa arruinada y la fina camiseta por la cabeza y las tiraba a un lado—. O tal vez
sólo estoy esperando que me digas qué hacer —pinchó mientras se apoyaba sobre
los codos, esperando que eso empujara a Ty a la acción. Estaba duro y visiblemente
tenso contra los calzoncillos. Le sucedía rápidamente cuando Ty tomaba el control.
—Con tu trayectoria, vendrás como un strippergrama y yo estaré en medio
de la cena de Acción de Gracias o algo así —refunfuñó Ty. Se inclinó más cerca de
Zane, poniendo las manos en el suelo a ambos lados de sus caderas—. Cállate –
añadió casi en el último momento, moviendo los labios a pocos centímetros de
distancia de los suyos. Estaba a cuatro patas de nuevo, todavía con la ropa puesta,
incluso después de quejarse sobre el insatisfactorio estado de desnudez de Zane y
le miraba con ojos entrecerrados.
Zane le miró inocentemente.
—¿Qué? ¿Tengo que inventarme más juegos de palabras?
—Realmente no tienes ni idea de lo cerca que estás de no ser jodido,
¿verdad? —Preguntó Ty oscuramente. Zane cerró la boca y le miró de cerca en
busca de pistas. No creía que hubiera empujado demasiado, pero podría haber
calculado mal—. Eso es lo que yo pensaba –gruñó Ty antes de besarle con rudeza
otra vez, lo que obligó a Zane a tumbarse en el suelo, a deslizarse sobre la madera
con fuerza y sin darle apenas la oportunidad de respirar mientras prácticamente le
devoraba.
Algo dentro de Zane soltó un grito lastimoso de agradecimiento cuando se
derrumbó bajo el peso de Ty, sin importarle que sus hombros y su cráneo
golpearan el duro suelo. Ya estaba mareado y todas sus terminaciones nerviosas
chispearon cuando Ty le tocó.
Ansiaba esto. Lo necesitaba, como necesitaba el aire.
Su reacción sólo estimuló a Ty. Manos ásperas recorrían el cuerpo de Zane.
Caderas contra caderas. Los dientes rasparon contra los labios, la lengua, la mejilla,
la barbilla y el cuello de Zane. La barba de un día en el rostro de Ty era casi
dolorosa contra su piel, pero le hacía esto tan raramente que no iba a protestar.
Quería ser abrumado, era un jodido paseo salvaje cuando Ty se metía en esto de
cabeza y les conducía a otro nivel.
Se estremeció como le ocurría cuando realmente no le parecía sólo sexo. Era
más, más apasionado, más emocional, más energizante, más drenante… en ese
momento, no estaba seguro de que hubiera sido sólo sexo entre ellos jamás. Sabía
que Ty le amaba, y algunas veces podía sentir cuanto le deseaba. Zane gimió y se
aferró a él.
—Por favor —susurró.
Ty se apartó y rápidamente se sacó la camiseta por encima de la cabeza,
revelando el impresionante despliegue de músculos con los que Zane se había
familiarizado tanto. Tiró la camisa a un lado mientras se tendía de nuevo sobre
Zane y lo besaba con avidez, sus pieles desnudas frotándose mientras se movía.
Zane le envolvió con los brazos, bajando los dedos por su espalda antes de
abrir las manos y apretarlas para deslizarlas bajo sus pantalones de chándal. Las
manos de Ty encontraron su camino entre el pelo de Zane, uno de sus
movimientos favoritos cuando quería que se quedara donde lo ponía. Su lengua
lamió la de Zane, el beso contundente y abrumador mientras Zane sentía tensarse
y flexionarse los músculos contra él.
Sentir ese notable y desenfrenado poder contra su cuerpo hizo que le
atravesara otro estremecimiento de necesidad y se sintió casi asfixiado por el calor
del mismo.
Era el paraíso absoluto.
—Quiero que al menos podamos subir las escaleras –jadeó Ty con lo que
probablemente se suponía que era sinceridad mientras utilizaba una mano para
quitarle los pantalones de chándal que llevaba.
—Fóllame aquí –rogó Zane con voz ronca.
El suspiro de Ty salió ronco. Durante un breve momento estuvo cautivado
por la idea porque dejó de moverse. Luego le mordió el labio inferior, lo lamió y
ahondó en otro beso sin aliento. Zane podía sentir lo duro que Ty estaba mientras
mecía sus caderas, podría sentir la excitación y la necesidad corriendo por su
cuerpo en tensión, como cada gramo de él se tensaba.
Quería sentirlo dentro de él con tanta intensidad que apenas podía quedarse
quieto. Era así más y más a menudo, sintiendo como si no pudiera respirar sin él.
Tye levantó la cabeza de repente, como si acabara de oír sus pensamientos y
se sintiera ofendido por ellos.
—Levántate –gruñó prácticamente.
Zane jadeó sin aliento y estiró una mano para que le ayudara. Ty ya se
estaba levantando y le agarró por el antebrazo para ponerle de pie. Lo atrajo hacia
sí y le besó brutalmente mientras usaba una mano para bajarle los pantalones por
las caderas.
Zane gimió feliz contra su boca mientras se quitaba los zapatos y los
pantalones, y levantaba una mano para acunar el rostro de Ty y animarle. Tuvo el
lejano pensamiento de que había hecho un trabajo impresionante planificando esto
para un viernes. Iba a estar arañado, marcado y raspado por la mañana.
Le importaba una mierda. Intentó tirar de Ty más cerca mientras cedía bajo
la embestida de su boca.
Ty le empujó hacia atrás contra el mostrador y no paró, desequilibrándole
mientras se insinuaba entre sus piernas. Zane le dejó maniobrar, más interesado en
tocar toda esa piel recalentada y que siguiera tocándole que en su seguridad
personal. Confió en Ty para evitar caer. Giró la cabeza para otro beso. Podía sentir
sus labios palpitar, ya hinchados por los besos devastadores de Ty. Era intenso y
abrumador, estaba tan duro y tenso que no recordaba donde estaban hasta que Ty
extendió una mano sobre el mostrador a su lado, derribando todo lo que había al
suelo en un estrépito de chucherías, correo basura, cubiertos y sándwiches. Aupó a
Zane para que se sentara en la barra, y este le envolvió con sus largas piernas por
las caderas y se apoyó sobre los codos mientras Ty se inclinaba sobre él. Parecía
tener toda la intención de trepar sobre el mostrador tras él y follarle hasta dejarlo
sin sentido, pero en lugar de eso levantó la cabeza de repente del rastro de lamidas
y mordiscos sobre el torso de Zane.
—¿Has oído eso? —preguntó mientras ladeaba la cabeza.
—¿Eh? —Zane no estaba escuchando ni una maldita cosa excepto la sangre
que golpeaba en sus oídos y la agitada respiración de Ty.
Este le miró con el ceño fruncido, volviendo la cabeza como un perro
tratando de escuchar un ruido extraño. Entonces llegó a los oídos de Zane también.
Risas distante, cada vez más fuertes. Pronto se hizo reconocible como el cacareo de
la Malvada Bruja del Mago de Oz.
—Joder, ¿y ahora qué? —Ty inhaló mientras miraba hacia el sofá donde
hacia arrojado su teléfono.
Zane cerró los ojos mientras le soltaba, luego los volvió a abrir para mirar al
techo mientras se pasaba las manos por el pelo en señal de frustración. Con un
gruñido golpeó la encimera con un puño.
—Maldita sea. Contesta la maldita cosa para que podamos volver a esto.
—Sabes quién es, ¿verdad? —Preguntó Ty sin aliento.
Lo sabía. Había oído ese tono un montón de veces. Siempre provocaba risas
en la oficina cuando Dan McCoy llamaba a Ty y la Malvada Bruja soltaba su
malvada risa floja por toda la oficina.
—Es como si supiera cuando voy a echar un polvo —comenzó Ty a
murmurar mientras trataba de desprenderse de las extremidades de Zane.
Este le miró fijamente unos segundos mientras la niebla de intensa
excitación comenzaba a aclararse, y luego gimió de dolor cuando dejó que sus
brazos se deslizan hacia abajo para caer de espaldas sobre la barra.
—A veces odio a Mac —murmuró.
—Volveremos a esto. Si nos está llamando para volver, podría matarlo —
murmuró Ty. Se apartó del mostrador, resbalando las manos por los muslos y se
alejó. Pasó ante la mesa de comedor en dirección al sofá.
—Me pregunto cuánto tiempo tendremos —reflexionó Zane. Si sería sexo o
sexo oral o trabajo de mano, o Dios no lo quiera, nada… todo dependería de lo que
McCoy tenía que decir.
—Hijo de puta —acordó Ty enfáticamente. Agarró el teléfono antes de que
dejara de sonar, y su voz sólo era un poco ronca cuando respondió con su habitual
—: Grady.
Zane miró al techo unos cuantos segundos más antes de sentarse con
cuidado y bajar de la encimera de la cocina. Soltó un bufido. En el mostrador de la
maldita cocina. Nunca había intentado eso antes, pero ciertamente le había gustado
cuando Ty se puso a ello. Sacudió la cabeza con leve incredulidad cuando sus pies
tocaron el suelo y se ajustó los calzoncillos. Se quedó mirando los sándwiches, el
correo sin abrir, bolígrafos, llaveros y una pila de servilletas de papel esparcidas
por el suelo y luego se agachó para rescatar la cena cuando oyó hablar a Ty.
—Espera, ¿qué? —preguntó Ty con un ceño evidente en su tono—. Nunca
recogí ningún archivo. ¿Qué servicio de mensajería?
Zane devolvió los sándwiches envueltos a la barra y miró en su dirección
antes de empezar a recoger la ropa que habían arrojado. Una vez que desenredó la
camisa de la camiseta, la sostuvo en alto para inspeccionar los daños. Ty casi la
había destruido: varios de los botones habían desaparecido, ahora bajo los pies, y
las costuras en los hombros estaban desgarradas. Obviamente había estado muy
decidido en desnudarle. Se estremeció y miró a su amante. Ty ni siquiera había
tenido tiempo de quitarse los pantalones. Pensó que le habría follado con la
maldita cosa alrededor de sus muslos si hubieran sido capaces de llegar tan lejos.
Dejó caer la ropa en una pila y se acercó a Ty, se deslizó sigilosamente
detrás de él para envolver los brazos alrededor de su cintura y besarle la línea del
pelo. No había razón para perder el tiempo que podía pasar tocando. Le distraería
del hecho de que podrían tener que marcharse, o peor sólo Ty, y esta última
posibilidad hacía que se le tensara el pecho incómodamente. Se había convertido
en más y más doloroso estar lejos de Ty sin saber dónde estaba, si estaba a salvo o
por cuánto tiempo estaría fuera. No ser capaz de cuidarle la espalda. Ty llevaba
tiempo sin ser llamado para uno de esos trabajos, no desde su terrible experiencia
con la familia en Virgina Occidental, pero Zane todavía esperaba una llamada de
esas cualquier noche.
Sospechaba que Ty había ido donde Burns para quedar fuera de esos
trabajos ocasionales, pero nunca lo había preguntado y nunca planeaba hacerlo.
Todavía contenía el aliento cada vez que sonaba el teléfono, de día o de noche.
Cerró los ojos y apoyó la barbilla sobre su hombro. Le rozó la cálida piel del cuello
con los labios y eso le hizo pensar en el colgante de brújula escondido en su
apartamento en el cajón con sus camisetas. Todavía no había encontrado el
momento adecuado para dárselo.
Ty alargó un brazo hacia atrás para apoyar la mano sobre la cadera de Zane.
—No lo entiendo —dijo Ty a McCoy con voz preocupada—. ¡No, no estoy
siendo deliberadamente espeso! ¡Sólo que no entiendo por qué tenemos que ser
nosotros! —Zane movió una mano sobre el estómago de Ty y empezó a frotar con
suavidad, tratando de calmarlo. Después de todo, era en parte su culpa que
estuviera tan excitado.
Ty se volvió, frunciendo los labios en un gesto de silencio para que estuviera
callado y luego apretó el botón del altavoz.
La voz de su jefe salió del altavoz y Dan McCoy era audiblemente molesto.
—… porque se supone que es bueno para las relaciones públicas y tenemos
que enviar agentes que gusten a la gente.
Zane frunció el ceño y pronunció la palabra "gustar" a Ty con una mirada
inquisitiva.
Ty se quedó en silencio por un momento, mirando el teléfono.
—¿Y nosotros somos lo mejor que tienes? —preguntó, sin expresión.
McCoy rió.
—A la gente le gustas, Ty. Eres un tipo gracioso. Y sabes cuánto les gusta
Zane a las damas.
Zane abrió la boca para protestar, pero la mano de Ty se la cubrió antes de
que saliera un sonido de protesta.
—Por supuesto –respondió Ty, mirando a los ojos de Zane y sonriendo—. Si
hacemos esto, ¿qué ganamos?
—La oportunidad de mantener vuestros puestos de trabajo, pirata sin valor
–respondió McCoy sin ninguna calidez.
El rostro de Ty estaba casi inexpresivo mientras sostenía el teléfono entre
ellos.
—Sí, bien.
Zane negó con la cabeza, lanzando a Ty una mirada obstinada. Todavía no
sabía de qué demonios iba todo esto, pero tenía la aguda sensación de que no le
gustaría.
Ty se apartó de él, no podía objetar nada.
—Mira —dijo McCoy—, Garrett da una gran conferencia sobre
ciberseguridad y conexiones criminales. La he oído y no siento la necesidad de
pegarme un tiro o a él. Con toda la delincuencia en Internet últimamente, el tema
es popular. Y tú tienes suficiente sentido del humor para hablar de investigaciones
encubiertas sin caer en el morbo o asustar. Sé que es poco tiempo, pero va a haber
toda una serie de estas cosas…
—¿Toda una serie? —interrumpió Ty, alzando la voz molesto.
—¿Recuerdas cuantas veces has dicho “yo soy malo en las relaciones
públicas”? —McCoy suspiró con disgusto.
—Treinta y siete veces, Mac.
—¿Las has contado? –preguntó McCoy sin sonar sorprendido.
—Conducta obsesivo compulsiva latente —respondió Ty, sin vergüenza.
Zane apretó la boca contra el hombro de Ty para ahogar la risa que
amenazaba.
—Está bien, mira, está bien. Ambos sois agradables y competentes, pero el
verdadero truco es que sois guapos y en el fondo es mejor tener ojos dulces en el
periódico que algunos aviones no tripulados anodinos. Estad allí a las ocho, con
vuestros mejores trajes. Y llama a Garrett e infórmale por mí, ¿quieres?
Ty lanzó un gruñido de indignación, pero el teléfono se iluminó en su
mano, y lo apartó para mirarlo. Zane podía ver la pantalla que le informaba que la
llamada había terminado.
—Guapos –dijo Zane. Por lo general, era divertido cuando se burlaba de él
por ser guapo, pero esto era demasiado—. ¿Cuándo demonios nos hemos
convertido en platos de moda?
—Ocho de la mañana del sábado, Zane —dijo Ty con los dientes apretados.
—¿Este sábado? ¿Cómo mañana sábado? ¿Tenemos que dar conferencias en
doce horas? ¡No estamos preparados! No puedo sacarme una conferencia sobre
ciberdelitos del culo. —Podría, pero era cosa de principios.
Ty asintió y dejó caer el teléfono al sofá. Miró a Zane arriba y abajo y
entrecerró los ojos, mientras se le iba formando una sonrisa lentamente.
—Pero todavía tenemos la noche —señaló.
Zane dejó que la molestia momentánea pasara a un segundo plano.
Podrían quejarse del trabajo más tarde.
—¿Todavía quiere postre antes de la cena?
—Tú no eres el postre, Zane. Eres el plato principal –le informó Ty con
acento ronco—. Y tienes unos cinco segundos para elegir la superficie plana antes
de que yo lo haga por ti.
*
*
Una cosa acerca de trabajar para el FBI era que a veces el tiempo pasaba y
Ty pensó que podría estar pasando también en sentido inverso. Otras veces se
estiraba sin que te dieras cuenta de que habían pasado meses. Zane y él hacían sus
trabajos, tanto si incluía papeleo espantosamente aburrido e investigación de la
que Zane parecía disfrutar o seguían y perseguían criminales que era más del
gusto de Ty. Por desgracia, trabajar para el FBI consistía en un 5 por ciento de
persecución y seguimiento, 90 por ciento de papeleo, y 5 por ciento de poner tu
culo a disposición de tu superior, un periodista, una enfermera que insistía en que
habías roto tus puntos de sutura, o tu madre.
Ty había preferido atropellar a un tipo y placarlo en el Inner Harbor que
tener que sentarse y rellenar los formularios.
Había arruinado ese traje, pero había sido un día cojonudo.
Las noches de Ty habían pasado de una de estas cuatro formas durante
enero y hasta mediados de febrero: a menudo habían estado fuera trabajando, lo
que significaba poco tiempo con Zane fuera del trabajo. De lo contrario iba a los
entrenamientos de softball y luego a casa tarde, con Zane, o sufría otra aterradora
presentación de relaciones públicas. Y luego a casa tarde. Con Zane. Todavía no
estaba muy seguro de cómo se sentía acerca de todas las responsabilidades
adicionales que se estaban produciendo en su tiempo libre, por lo que la mayoría
del tiempo trataba de no pensar en ello y sólo seguía la corriente.
El tiempo pasaba sin pena ni gloria cuando tenías tantos planes, así que
cuando Ty fue a encontrarse con su compañero para una cena la noche del viernes
después de una conferencia particularmente desgarradora para un grupo de chicos
de secundaria que sólo querían saber si estaba soltero o si alguna vez había matado
a alguien, no había esperado el desorden caótico que encontró. Llegó a uno de sus
restaurantes favoritos para encontrar Zane esperándole en el parking.
El aparcamiento estaba hasta los topes y habían ocupado el del banco de al
lado. Una multitud de personas esperaba fuera en la fría noche de febrero, algunos
sosteniendo pequeños buscas para alertarlos cuando la mesa estaba lista, algunos
aferrados a los abrigos y acurrucándose con sus novias.
Ty no había sido ni siquiera capaz de encontrar un lugar para aparcar su
Bronco. Había ido en la moto de Zane, no podía creer que hubiera montado la
maldita cosa en el invierno frío y seco y sonrió con una sonrisa sardónica. El día de
“San Valentín” era toda la explicación que había necesitado.
Ambos habían olvidado por completo el día y el fin de semana de
vacaciones. Sólo habían querido una buena cena tranquila después de las
agotadoras semanas de apenas verse. Todavía estaban riéndose cuando le guió a
su casa adosada en North Ann Street. Había algunas parejas románticas,
olvidándose de San Valentín y sorprendiéndose por la multitud.
—Tendremos que conformarnos con lo que hay en el frigorífico –le dijo a
Zane mientras cerraba la puerta contra el frío invierno de Baltimore.
Zane se detuvo en seco, con la apaleada chaqueta de cuero negro abierta
hasta la mitad y se volvió.
—¿Crees que será mejor que vaya a Whole Foods? —preguntó.
Probablemente hablaba en serio. Ty no cocinaba mucho y ambos sabían cómo
mantenía su cocina equipada.
—Dame un poco de crédito, ¿eh? —respondió Ty, sintiéndose insultado—.
Tengo… cosas.
Zane enarcó una ceja.
—Bacón, huevos, queso, leche, carne del almuerzo, pan, Dr Pepper,
limonada que fingiste que no había, galletas de chocolate…
Ty trató desesperadamente de no sonreír, apretando los labios con fuerza a
pesar de saber que hacía que le salieran los hoyuelos. Zane le conocía demasiado
bien. Excepto por las galletas con chispas de chocolate.
Zane se las había comprado para él y las había dejado aquí. Sabía muy bien
que a Ty no le gustaba el chocolate y estarían a salvo.
—También hay chuletas de cerdo. Y algunas verduras enlatadas de
emergencia en el sótano –le dijo a Zane con una sonrisa traviesa—. Al lado del
agua embotellada y las balas perfora zombis.
—Es bueno saber que no nos moriremos de hambre cuando los zombis
ataquen —dijo Zane mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en el gancho
junto a la puerta, guiñándole el ojo por encima del hombro de manera perezosa.
—Todo el mundo critica —murmuró Ty mientras observaba a Zane
apreciativamente.
Desde la torpeza de Año Nuevo, habían caído en una confortable rutina,
una en la que Ty estaba contento de estar. Había dado el paso, literalmente, y le
había dicho a Zane que le amaba. Este nunca lo había dicho en tantas palabras,
pero no mucho después de que volvieran del crucero después de Navidad, Ty
había notado que Zane no se había puesto su verdadera alianza de boda. Eso era
suficiente para él.
Ese simple gesto había hablado en voz alta. Ty sabía cuánto había
significado su esposa para él y el infierno que había atravesado después de que
muriera. Zane todavía había llevado el anillo durante más de seis años después de
que ella se hubiera ido. Ver el dedo de Zane desnudo le calentaba de un modo
como pocas cosas podían. Nunca lo había mencionado, y nunca habían hablado
sobre lo que había dicho esa noche en el calabozo del barco. De todos modos, era
probablemente mejor mantenerlo todo enterrado. Zane estaba feliz y relajado. Ty
estaba feliz y… bueno, todavía nervioso, pero eso no era culpa de Zane. Eran
felices.
—Entonces, hazme la cena y te pagaré con favores sexuales.
—Me parece bien —dijo Zane mientras arqueaba la espalda y estiraba los
hombros—. ¿Alguna idea de lo que quieres?
Ty se limitó a sonreír. Zane seguramente sabía que tenía intenciones de
saltarse la cena.
Zane rió entre dientes.
—Comida, Grady, comida. O no tendrás energía para el sexo más tarde.
—Bueno, entonces, ponte con ello –le gruñó Ty, escoltándolo por la estrecha
casa.
En poco tiempo, los dos estaban con ropa informal y la cocina de Ty estaba
iluminada y cálida con la actividad. Zane no cocinaba a menudo, pero en algún
momento había pasado de las habilidades de cocina corrientes y en general estaba
dispuesto a hacer una cena rápida si estaban demasiado agotados para salir
después del trabajo. Después de rebuscar en el frigorífico de Ty, los armarios y la
despensa, concibió unas chuletas de cerdo asadas, judías verdes, una barra de pan
de la panadería de la calle y ahora estaba haciendo puré de patatas. Desde cero, lo
que agradaba a Ty. Parecía una tarea muy doméstica para el tipo duro de su
compañero.
Las chuletas crepitaban en un quemador, y Zane estaba empujando una pila
de patatas por un lado de la tabla de cortar y comenzando con otra, el cuchillo se
movía con rapidez y eficacia en sus manos. Una olla de agua hervía en un tercer
quemador detrás de él.
Ty permaneció lejos, sobre todo porque había el espacio justo con ambos
tratando de moverse alrededor de la estrecha cocina de la casa adosada. También
porque a Ty le disgustaba cocinar, demasiadas noches en el desierto o la selva
perdiendo un juego de piedra, papel o tijeras y viéndose obligado a ir a cazar la
cena para todo el equipo recon, y rara vez tenía que hacerlo, incluso si quería. Así
que se mantuvo al otro lado de la barra, observando. Ocasionalmente Zane le
lanzaba una mirada, al parecer, sólo para comprobar que todavía estaba allí.
Ty apoyó los codos en la encimera y se sostuvo la barbilla en las manos,
tratando de evitar moverse inquieto. Zane terminó de cortar la segunda patata y le
miró mientras recogía los trozos con las manos.
—¿Estás bien? —Preguntó Zane—. Estás nervioso.
Ty rió y le tendió la mano.
—¿Me conoces? —preguntó, bromeando.
Zane se encogió de hombros mientras dejaba caer cuidadosamente los
trozos en la cazuela de agua hirviendo.
—Creo que hemos estado yendo a toda velocidad desde que volvimos del
crucero, pero me imaginé que te habrías relajado un poco, por lo menos. Tu cabello
ya ha crecido, así que ya no puedes quejarte de eso. Las bromas sobre gatos por fin
han muerto en el trabajo. Y sé que estás disfrutando de los entrenamientos de
softball.
—Es divertido. Deberías venir a uno de los partidos. —Ty respondió con
una mirada atenta hacia su compañero. Estaban a punto de dar comienzo a la liga
de softball que habían organizado, este fin de semana, de hecho. Se había
convertido en un gran espectáculo, y le quitaba un montón de tiempo. Más del que
le gustaba.
Zane recogió el cuchillo y comenzó a cortar de nuevo, con una ligera sonrisa
en los labios.
—¿Quieres decir ir a ver o ir a jugar? –preguntó—. Puedo ver. Jugar, no
tanto. ¿Yo y los deportes en la escuela secundaria? –sacudió con la cabeza.
—Creí que habías estado muy ocupado con el baile de cuadrillas –respondió
Ty arrastrando las palabras y tratando de no sonreír.
Zane se rió entre dientes mientras empujaba patatas picadas al lado de la
tabla de cortar con el dorso de una mano.
—Eso también —admitió. Miró a Ty—. Pensaba unirme al equipo de todos
modos, ya sabes.
Ty sonrió, pero con el ceño fruncido también.
—¿Por qué? Pensaba que no te gustaba.
—No me gusta hacer el ridículo en público —estuvo de acuerdo Zane,
volviendo a cortar—. Pero entre esos malditos seminarios de relaciones públicas y
tus entrenamientos, hemos tenido suerte de tener un par de noches a la semana
para nosotros que no fueran para caer en la cama agotados.
Ty se encogió de acuerdo, frunciendo los labios. Era cierto. Y molesto.
—¿Quieres que lo deje?
Zane levantó la cabeza de golpe con los ojos muy abiertos y clara sorpresa.
—No, en absoluto. Disfrutas demasiado. Sólo pensaba que podría aprender
algo que los dos pudiéramos hacer. Pero pensé que, por ahora, las reuniones de
AA eran más importantes.
Los labios de Ty temblaron y levantó una ceja mientras miraba a Zane. No
tocaba el tema de las reuniones AA de Zane. Nunca lo hacía.
—Te llevaré a las jaulas de bateo una noche –ofreció.
La sonrisa de Zane volvió a aparecer.
—Trato hecho.
Ty tarareó y miró distraídamente las manos de Zane moverse. Después de
unos momentos de silencio, bajó la mirada hacia sus propias manos, dándoles la
vuelta y frunciendo el ceño ante la línea de bronceado que se estaba borrando en el
dedo donde había llevado el falso anillo de boda. Al final habían tenido que
cortárselo, pero lo había guardado. Estaba escaleras arriba en una caja, escondido
con todos los otros trozos y piezas que guardaba de los casos. La línea se iría
pronto.
—Supongo que no querrás ir a bailar si yo voy a un partido –sugirió Zane
mientras echaba más patatas picadas en el agua.
Ty levantó la mirada y resopló.
—No me importa ir a bailar. Es sólo que los clubes me ponen nervioso,
demasiadas maneras de que te maten.
—Y luces estroboscópicas –añadió Zane, obviamente recordando lo que le
había dicho cuando se había negado a ir al club del crucero—. Todavía estoy a tu
espalda –dijo, levantando la mirada para mirarle a los ojos.
Ty le devolvió la mirada, sintiendo un escalofrío por su columna vertebral
mientras miraba hacia los ojos oscuros de Zane. A veces era frustrante cómo una
mirada de los ojos de Zane hacía que quisiera arrojarlo todo por la ventana. Pero
sobre todo era muy divertido.
Rodeó la barra para robar un beso pero fue interrumpido cuando la radio en
la banda de la policía que guardaba en un rincón poco utilizado de la cocina crujió
a la vida, la voz sonaba ligeramente asustada mientras pedía respaldo y al equipo
de bombas.
—10­79
Ty se enderezó mientras miraba la radio. La señal era lo bastante débil para
recoger solo las llamadas de su barrio, alertándole cuando había algo en la
vecindad en lo que podía ayudar. Rara vez se encendía.
Zane dejó el cuchillo y cogió un trapo, secándose las manos mientras se
volvía a escuchar, el ceño fruncido en su rostro.
—10­79 —volvió a escupir la radio a través de la estática—. 501 East Pratt
Street.
Otra voz respondió, también asustada y sin aliento.
Estas personas no estaban haciendo llamadas oficiales de la policía, sino que
tenían que estar fuera de servicio.
—Jesús, es el acuario –dijo Ty a Zane.
Ty se enderezó y se apartó de la barra mientras Zane apagaba el fuego.
—¿Qué es? ¿Diez, doce manzanas? —preguntó Zane mientras se acercaba al
sofá, se colocaba la sobaquera con un movimiento rápido y largamente practicado,
y deslizaba la pistola en su lugar.
Ty asintió mientras trotaba hacia el perchero junto a la puerta y al pequeño
cajón de la mesa donde guardaba sus armas. Se apresuró a ponerse la funda del
hombro, ajustando las correas sin pensar. Zane agarró sus llaves y la chaqueta de
cuero.
—Llegaremos más rápido a pie con este tráfico –le dijo Ty mientras abría la
puerta principal.
—Conduciré entre los coches y sobre las aceras si tengo que hacerlo —
respondió Zane.
Ty se paró ante la puerta, indeciso. Montaría con mucho gusto tras Zane en
la trampa mortal de la Valkyrie si realmente pensara que podrían atravesar el
tráfico nocturno de un viernes de Fell’s Point a Inner Harbor más rápido de lo que
podría ir a pie. Tal vez.
—Tú monta. Yo correré –le dijo a Zane, totalmente sincero en su creencia de
que podía llegar más rápido.
—Nos encontraremos allí —respondió Zane mientras se dirigía hacia la
moto aparcada en frente de la casa adosada.
Ty aplastó la mano sobre la placa que estaba sobre la mesa, se deslizó la
cadena por encima de la cabeza mientras cerraba la puerta y saltaba desde el
escalón más alto de su escalinata hasta la acera. Corrió hacia la calle Fleet mientras
Zane arrancaba la moto con un salto rápido y aceleraba el motor. Quitó el apoyo y
puso en movimiento a la Valkyrie mientras se colocaba el casco sin abrochárselo.
Ty le vio zigzaguear entre el tráfico y siguió la ruta de Zane durante media
manzana, pero luego hizo lo que sólo un hombre a pie podía hacer y saltó sobre las
verjas y corrió entre los callejones de los edificios. No era sólo cuestión de llegar a
tiempo al acuario, era cuestión de orgullo. Superaría a esa maldita moto incluso si
se mataba al hacerlo.
Capítulo 3
—Aquí la WBAL TV 11 Especial Noticias del Sábado. Soy Andrea Gregg.
»Anoche, una falsa amenaza de bomba hizo que agentes de policía fuera de
servicio y trabajadores voluntarios lucharan por evacuar a un grupo de niños del
acuario de Baltimore. El acuario estuvo abierto hasta tarde para el Sea Life Safari,
un programa nocturno de educación para los niños de guardería de segundo
grado. El programa se completó con cuarenta niños presentes.
Cambio de plano a un hombre mayor de rostro sombrío con cabello gris que
llevaba un polo azul bordado con el logo del acuario. El cargo le identificaba como
Supervisor.
—Nos lo estábamos pasando muy bien –dijo—. Los niños estaban
disfrutando de verdad. Estábamos repartidos por todo el acuario en pequeños
grupos, para darles más atención uno­a­uno, pero eso hizo que fuera más difícil
sacarlos sin que se asustaran. No queríamos que se dejaran llevar por el pánico.
—¿Cómo se enteró de la amenaza de bomba? –preguntó la reportera.
—Un guardia de seguridad se acercó y me dijo que teníamos que sacar a los
niños de forma rápida y silenciosamente. No me contó por qué, sólo que teníamos
que irnos ya. Ahora, debe entender que son niños pequeños y estaban repartidos
por toda la sala, sólo teníamos dos adultos por cada diez niños, que normalmente
está bien —respondió el hombre, empezando a divagar.
La periodista intervino:
—Así que ordenó la evacuación de las instalaciones.
—Seguridad lo hizo —dijo, empezando a verse un poco nervioso—. Lo
hicimos tan rápido como pudimos.
El vídeo se cortó de nuevo a la parte exterior del acuario y a Andrea.
—Noticias WBAL llegó justo cuando los niños estaban siendo escoltados
fuera del edificio y, según nos contaron, justo después de que llegara el primer
coche de la policía. –La imagen cambió a una escena nocturna bien iluminado de la
parte delantera de cemento del puerto. Durante unos segundos, los niños
deambulaban por las puertas, algunos saltando y cantando, algunos corriendo,
otros siendo arrastrados mientras los supervisores intentaban ahuyentarlos en
dirección opuesta a la puerta principal. Una voz en off comenzó.
Dos coches patrulla aparcados sobre la acera, las luces azules parpadeando, pero los
policías uniformados estaban a unos cincuenta metros en el muelle hacia el museo, alejando
a los niños del edificio. Al mismo tiempo, el ruido de un motor cubría el parloteo de las
voces de los niños.
—Mientras filmábamos, llegaron varios oficiales fuera de servicio a la
escena. —Las imágenes temblaron y giraron hacia un hombre que corría hacia el
acuario a través de la mezcla de hormigón y arbustos cuidadosamente cuidados
entre los edificios. Saltó sobre una barrera, usando su mano para apoyarse contra
el muro mientras corría y luego saltó de nuevo, corriendo a toda velocidad hacia la
entrada del acuario, saltando por encima de las barreras bajas y jardineras de
hormigón en lugar de rodearlas. La insignia que colgaba de su cuello era fácil de
distinguir, ya que rebotaba, brillando bajo las distintas luces del puerto.
—¡Ahí! —Un miembro del equipo gritó y la cámara giró de nuevo. Una
moto azul cobalto irrumpió por el Pier 3 de Pratt Street al patio de ladrillo y
cemento y derrapó hasta detenerse junto a un poste de luz.
El casco del hombre golpeó el cemento cuando lo tiró en su prisa por
desmontar de la moto, y la cámara enfocó una insignia enganchado en el cinturón
antes de girar a la derecha para seguirle mientras corría.
Más policías de civil comenzaron a llegar, la mayoría a pie desde los
parkings y la cámara saltó de uno a otro, volviendo a los dos que habían llegado de
una manera tan espectacular cuando se reunieron en unos pocos segundos en el
centro del patio con algunos otros policías y luego se apresuraron a la entrada del
acuario. La cámara permaneció enfocada en la puerta principal un momento antes
de que se abriera de una patada y un agente fuera de servicio saliera llevando a un
niño en cada brazo.
—Con la ayuda de los oficiales, la evacuación terminó rápidamente. Se nos
informó que la noticia se difundió boca en boca y a través de las radios de la
policía, aunque los agentes no están obligados a dejar las radios encendidas si no
están de guardia.
»La brigada de explosivos llegó cuando la evacuación terminó y, después de
buscar por el edificio, lo declaró como una falsa alarma. A pesar de esto, los padres
y los oficiales están molestos por realizar tal amenaza. —La cámara enfocó a dos
hombres, el motorista y el corredor… mientras salían del acuario, con aspecto
claramente disgustado. El corredor empezó a ponerse la chaqueta que se había
quitado antes, pero el motorista le detuvo el tiempo suficiente para alcanzar y fijar
una correa retorcida de la sobaquera.
El vídeo cambió rápidamente y la cámara y la reportera convergieron sobre
ese hombre que había corrido a la escena: llevaba una chaqueta de cuero marrón,
zapatillas Converse, y un profundo ceño en su cara en forma de corazón, junto con
más que un poco de barba.
—¡Disculpe, señor! WBAL 11 TV. ¿Corrió hasta aquí, señor? ¿Desde dónde
ha venido?
El hombre parecía que iba a moverse para evitar la cámara, poniendo su
hombro hacia ella y dirigiéndole a la lente una mirada cautelosa. Luego miró a su
compañero, cuyo cabello oscuro seguía revuelto por el casco de la moto que había
descartado. Compartieron un encogimiento de hombros.
—¿Puede decirnos para qué agencia trabaja y por qué está aquí? –La
reportera insistió desde fuera de la pantalla, empujando el micrófono hacia él.
El corredor suspiró pesadamente y miró a la reportera a los ojos. Todavía
estaba sin aliento cuando habló.
—Soy un agente especial de la Oficina Federal de Investigaciones. Mi
compañero y yo oímos la llamada a través de la radio y vinimos a ayudar. —Sus
palabras tenían un carácter definitivo en ellas, como si eso fuera todo lo que iba a
decir. Comenzó a alejarse.
—¿Está esta amenaza vinculada a las otras? ¿Qué tiene la intención de hacer
la policía de Baltimore con respecto a estas amenazas continuas? –La reportera
preguntó apresuradamente.
El hombre se detuvo ante la última pregunta, la cabeza baja, y la cámara se
llenó brevemente con sus anchos hombros cuadrados y la cara de su compañero,
que estaba mirando a la periodista por encima de un hombro con los ojos
entrecerrados.
A continuación, el agente se volvió y miró a la reportera de arriba abajo
antes de girar los ojos directamente a la cámara.
—La policía de Baltimore va a patear a esta amenaza en el culo —respondió
acaloradamente, sus ojos de un color extraño parpadearon furiosamente. Señaló
con un largo dedo a la cámara, como si estuviera hablando directamente a los
terroristas que habían establecido su base en Baltimore.
—Vamos a por ti.
Un padre cercano empezó a aplaudir, y varios otros padres de familia,
personal del acuario y oficiales rompieron en un aplauso espontáneo mientras el
compañero del hombre, que no hacía nada por ocultar la sonrisa, le guiaba con una
mano en el hombro.
El vídeo se cortó y apareció el jefe de la policía de Baltimore.
—Por supuesto que consideramos esta amenaza tan seriamente, si no más,
que cualquier otra —dijo con firmeza—. Los niños de Baltimore son nuestro mayor
tesoro, y trabajaremos estrechamente con el FBI para encontrar al autor de este
engaño atroz.
—¿Engaño atroz? ¿Quién habla así? –se quejó el agente especial Scott
Alston.
—Siempre intento de evitar la aliteración —dijo Ty con una cara seria.
Alston soltó una carcajada.
—Cállate — espetó McCoy mientras señalaba con el dedo a Ty.
Todo el departamento estaba reunido en una de las salas de conferencias­
auditorio de la planta principal de la oficina de campo el sábado por la mañana.
La gente todavía estaba entrando cuando McCoy vio la cinta de las noticias
de la mañana otra vez. Se tiró del pelo cuando Ty apareció delante de la cámara, y
este se hundió más en la silla, ocultando el rostro detrás de la mano y tratando de
hacerse más pequeño. Sabía que en esta ocasión estaba de mierda hasta el cuello.
Pero lo diría de nuevo si se le presentara la oportunidad.
—¡Y tú, Garrett! ¡Estabas ahí! ¡Deberías haber sabido que no podías dejar
que Grady hablara con un reportero! —agregó McCoy desde donde se encontraba
en el pequeño escenario, obviamente se estaba calentando.
Ty oyó a Zane contener el aliento, pero nada más. Volvió la cabeza para ver
a Zane sentado inmóvil, mirando fijamente a McCoy, con los labios apretados.
Sabía que significaba que su compañero quería decir algo, pero se contenía. Le
hubiera gustado oírlo. Zane no perdía el genio a menudo.
Para su sorpresa, no fue Zane quien finalmente habló. Ni siquiera fue
alguien de su equipo. Fue una voz en el fondo.
—Señor, con el debido respeto, era hora de que alguien lo dijera. —Un
estruendo de acuerdo atravesó la sala de conferencias.
—No hemos estado recibiendo nada más que mierda de la prensa y la gente
desde el otoño –añadió el agente especial Fred Perrimore, su voz profunda llegaba
fácilmente a todos los rincones de la sala—. Pero hoy he conducido y nadie me ha
lanzado globos de agua a mi coche. Todavía estaban gritando que deberíamos
estar haciendo algo, pero es una mejora.
McCoy comenzó a frotarse en el puente de la nariz, cerrando los ojos con
fuerza.
Ty se aclaró la garganta y se enderezó. Tendía a pensar que la gente
necesitaba a alguien a quien patear un poco el culo políticamente incorrecto, y
hacerlo en voz alta, pero no se le pagaba por tomar esas decisiones. Se le pagaba
por patear culos en silencio.
—Lo siento, Mac –ofreció—. No debería haberlo dicho, pero… no puede
empeorar las cosas.
—¡Puede convertirte en un objetivo, Grady! —gritó McCoy, obviamente en
el límite.
Zane finalmente habló.
—No más que al resto de nosotros –dijo de manera tranquila—. Si
conocieran su nombre, lo habrían salpicado por todas partes en la emisión.
—¿Tienes alguna idea de cuántas llamadas hemos recibido preguntando
quienes eran los dos agentes del FBI del acuario? No será difícil de averiguar quién
sois y al final lo averiguarán. Por ahora te llaman a ti el “Motorista” y a él “el
Corredor”.
—Original —observó Alston sarcásticamente con una mirada a Ty.
—Pegadizo —respondió Ty con un movimiento de cabeza.
—Pensé que la reportera iba a quedarse seca cuando apareciste montando
esa cerda, Garrett. Muy bueno –dijo Perrimore con un ligero golpe al bícep de Zane
—. Debes ser bueno con las damas.
Zane puso los ojos en blanco, suspiró y sacudió la cabeza. Ty le sonrió antes
de poder evitarlo. Que Perrimore no supiera que la Honda Valkyrie no era una
Harley probablemente irritaba más a Zane que el hecho de que pensara que Zane
la utilizaba para recoger chicas.
—Una palabra más desde la primera fila y os dispararé a todos en el acto –
amenazó McCoy—. Ahora. Tenemos un orador de Relaciones Públicas para una
charla. Todos podéis agradecérselo al agente especial Grady cuando acabe —
anunció, luego bajó del escenario y le dijo al orador invitado que adelante.
El tipo de relaciones públicas comenzó poniendo de nuevo el programa de
noticias.
Cuando Ty y Zane salieron ante la cámara y Ty habló en esta ocasión, con el
dedo apuntando a la cámara, la sala llena de agentes estalló en vítores, silbidos y
aplausos. Ty se hundió más y se cubrió la cara otra vez para que McCoy no
pudiera verle sonreír y le disparara. Sintió un golpe en el pie. Una mirada de reojo
a su compañero le valió un guiño divertido. Anoche Zane le había dicho que estaba
de acuerdo con lo que había dicho y el modo de entregar el mensaje, a pesar del
hecho de que McCoy reventaría. La predicción de Zane se había cumplido. Había
explosiones a montones esta mañana.
—Ahora, si bien he de estar de acuerdo con la frase del agente especial
Grady, podría haber sido más diplomático —dijo el representante de relaciones
públicas, mostrando sus perfectamente alineados dientes blancos extra­brillantes
—. Tengo que decir que la imagen que presenta sólo puede ayudarnos. La gente ha
estado exigiendo acción, y les hemos dado acción en letras grandes y resaltadas.
—Ahora eso es lo que deberían llamarnos —dijo Ty con un gesto satisfecho.
—Oh Jesús —murmuró Alston.
—Y para ser franco –Hileras Blancas continuó—, los programas sobre el
procedimiento y la agencia están en todas las televisiones y son grandes éxitos, y
Grady y Garrett aquí presentes parecían como los agentes granujas que salen en
televisión.
Zane se atragantó con su sorbo de café, lo que desató una ronda de risitas y
carcajadas.
—Bueno —dijo Alston, lo bastante alto para que Ty y Zane lo oyeran.
—McCoy dijo que erais bastante guapos.
Ty se acercó y le golpeó la punta de su nariz. Alston rió mientras giraba la
cabeza.
—… Y estimamos que la opinión pública del FBI subió hasta un 8 por ciento
después de la primera emisión —continuó Hileras Blancas.
—Ooh, entonces Garrett y Grady ahora son estrellas sexys de la televisión –
la agente especial Michelle Clancy canturreó mientras Zane hablaba más alto
diciendo:
—Esos porcentajes no significan nada.
—Significa, agente especial Garrett –dijo Hileras Blancas con una sonrisa
zalamera—, que debido al aumento repentino de popularidad, usted y su
compañero de alto perfil acaban de ganar otros tres meses de clases de servicio
comunitario.
—¡Oh, hijo de puta! —soltó Ty con una ráfaga de movimientos de mano y
pateando con el pie, provocando otra oleada de risas por toda la sala de
conferencias.
—Yo ni siquiera dije nada –protestó Zane.
—Su imagen de motorista chico malo habló por usted, agente especial
Garrett –señaló Hileras Blancas—. Debería haber pensado en eso antes de pasar
zumbando con esa moto por el muelle.
—Sí, Garrett, la próxima vez reduce tu calentura –disparó Ty. Cruzó los
brazos y se dejó caer en su asiento como un niño enfurruñado. Más clases, más
conferencias, más trato con la gente y ser amable con ellos. Iba a volverse loco—.
¿Y yo no obtengo ningún crédito en absoluto por correr la misma distancia en la
misma cantidad de tiempo que él en moto? ¡Vamos!
Hubo un breve coro de exclamaciones poco compasivas de awwwwws
seguidas de la voz de Alston.
—Y ¿eso es por qué…?
—Vamos de compras al mismo supermercado —dijo Zane con dulzura,
cortando lo que fuera que Alston estaba empezando a decir.
—Ty no come comida de verdad —observó Alston con el ceño fruncido.
Ty le dijo cállate con la mano.
—De vuelta al asunto –insistió Hileras Blancas, recogiendo un montón de
manuales gruesos y empezando a pasarlos—. Es hora de una revisión general de
las pautas de la agencia sobre relaciones públicas.
Ty gimió para sus adentros. Esperaba que el apoyo repentino de sus
compañeros agentes aguantara el ser abofeteado con un manual de reglas durante
la siguiente hora. Lo dudaba.
*
*
Zane aparcó cerca de la ambulancia que estaba junto al lado del campo de
softball y se bajó, dejando la camioneta en marcha con la calefacción puesta. Sólo
necesitó un par de pasos para llegar a las puertas traseras abiertas de la
ambulancia donde estaba Ty, terriblemente abatido. Llevaba una camiseta suelta
de béisbol azul y gris con la palabra “Feds”, escrita en cursiva sobre el pecho,
estaba cubierto de tierra roja, casi de pies a cabeza. Llevaba cosidos el número doce
y el nombre de “Bulldog” en la espalda, donde debería haber estado su apellido.
La camiseta estaba fuera de los pantalones de béisbol grises, revelando una camisa
azul oscuro de deporte que abrazaba el torso de Ty.
Cuando Zane se detuvo a su lado, volvió la cabeza y le dirigió una sonrisa
tímida
—Hey —saludó.
Después de mirar a Ty de arriba abajo, Zane sonrió.
—¿Cómo te sientes?
—He tenido noches mejores –las palabras de Ty fueron lentas y cuidadosas.
Luego levantó la mano derecha, que estaba envuelta en esparadrapo blanco.
Su dedo meñique era casi imperceptible. Sostenía una bolsa de hielo
desechable en la otra mano, presionando sus costillas.
—Fui atropellado por un bombero.
Zane no podía dejar de reír.
Una técnica de emergencias envuelta en una chaqueta pesada asintió
solemnemente.
—Me sorprende que lo recuerde.
—Calla –le gruñó.
—¿Puede irse?
—He hecho todo lo que podía hacer por él —respondió ella con un guiño y
una palmada al hombro de Ty.
—Vamos, tu carruaje ha llegado –dijo Zane, dando un paso hacia atrás y
gesticulando hacia su camioneta—. ¿Viste la matrícula del camión?
—¿Qué camión? —preguntó Ty mientras bajaba cuidadosamente de la
ambulancia y la rodeaba. No estaba enteramente estable mientras daba un paso
más allá de Zane, arrastrando las zapatillas por la grava. Parecía estar moviéndose
en piloto automático mientras Zane lo guiaba al asiento del pasajero.
Zane le ayudó a subir, cerró la puerta, dio la vuelta al lado del conductor y
subió.
—El camión del bombero.
—No usó un camión –respondió Ty con toda sinceridad—. Su camiseta dice
que es “Tanque”. Me pillaron, tío. El tipo me cogió y me tiró al suelo. Dame
Vicodin —le dijo a Zane con el ceño fruncido, al parecer sin notar que sus procesos
de pensamiento saltaban.
—¿Qué hiciste? ¿Romperlo? —preguntó Zane, extendiendo la mano para
tratar de atrapar la mano envuelta que se movía.
—Me dijeron que estaba magullado y roto. Dedo dislocado, tal vez una
costilla rota. Traté de escuchar, pero la TEM tenía… —Ty levantó la mano cerca de
su garganta y pareció buscar la palabra adecuada, sus ojos color avellana no del
todo enfocados—. Realmente escotado… me distraje.
Zane apretó los labios para contener la sonrisa.
—¡Y contaron la carrera! Le tenía fuera de la base. Me aferré a la pelota.
Bueno, se quedó en mi guante, de todos modos. El guante se salió. Debería haber
sido una media carrera.
—Eso es terrible —murmuró Zane mientras miraba el desorden del
esparadrapo que prácticamente envolvía la mano de Ty.
—¡Es terrible, Zane! ¡Estábamos a sólo una!
Zane rió entre dientes mientras ponía en movimiento la camioneta.
—Abróchate el cinturón –recordó—. Hay un buen paseo de media hora a tu
casa.
Ty asintió y se abrochó con dificultad.
—¿Estabas ocupado?
—No, está bien —dijo Zane, mirando a Ty mientras conducía—. Estaba
trabajando en detalles de casos. Noche lenta. –No mencionó que simplemente
había estado pasando el tiempo en espera de que Ty llegara a casa y le llamara
para que fuera. La temporada de softball había estado yendo fuerte desde hace dos
semanas. Zane habría ido a ver los partidos, pero había estado atrapado por los
últimos acontecimientos de relaciones públicas para los profesionales de negocios
de Baltimore. Frunció la nariz. Sólo un mayor compromiso de trabajo que les
mantenía separados. Realmente le molestaba no poder ver a Ty en acción.
—¿Puedes quedarte conmigo? —Preguntó Ty, con el ceño fruncido
preocupado.
—Por supuesto.
—No puedo quedarme solo cuando tomo estas cosas –le dijo Ty, agitando
un pequeño paquete de papel que Zane supuso contenía pastillas de algún tipo.
Frunció el ceño, sintiendo una punzada de preocupación.
—¿Por qué no? Además de todo eso del andar tambaleante. –Las reacciones
de Ty a las drogas iban desde lo histéricamente gracioso a lo espantosamente
horrible, y Zane no iba a correr ningún riesgo. Odiaba decir que disfrutaba de Ty
cuando estaba drogado, porque por lo general le daban ganas de vomitar. Pero
antes de eso era como un gran oso de peluche, cálido, abierto, firme y dulce.
—Bueno, eso, a veces… dejo de respirar —explicó Ty de manera
improvisada mientras miraba por la ventanilla.
Zane se quedó absolutamente frío y agarró el volante con tanta fuerza que
sus nudillos se pusieron blancos.
—¿Qué? —Preguntó, su tono creciente y agudo por la sorpresa.
—Sólo un poco, como si mi cuerpo se olvidara que necesita aire –ofreció Ty
con la misma actitud despreocupada y enloquecedora con que manejaba todas las
situaciones en que se encontraba que amenazaban su vida—. Y por lo general no
por mucho tiempo.
—Jesús Cristo de mierda, Ty, ¿no crees que es algo que yo debería saber? —
Preguntó Zane, la voz dura por la preocupación.
—Pero te lo acabo de decir –respondió Ty con voz herida.
—¿Cuando ya has tomado algo? —Zane tomó aliento y se obligó a relajarse,
pero su pulso había saltado y ahora estaba corriendo—. Bueno, ahora estoy muy
contento de que me hayas llamado, porque la epinefrina está en tu casa.
—Lo siento —ofreció Ty sinceramente.
Zane suspiró cuando se detuvo en un semáforo en rojo y se acercó para
rozarle el hombro con los dedos. Sacudió la cabeza ligeramente. Sólo la idea de
perder a Ty amenazaba con noquearle. Cuando llegara a la casa, encontraría uno o
dos de esos inyectores que Ty había guardado por todas partes y mantendría uno
al alcance en todo momento. Sus reacciones alérgicas raras se salían de las tablas
cuando aparecían, y necesitaba estar preparado.
—Estaré bien. La muñeca sexy paramédica me dio su número para llamar si
necesitaba ayuda —continuó Ty su mano buena buscando débilmente la de Zane
—. Juega de primera base.
—Eso está bien.
—Preferiría estar contigo.
Zane se esforzó por aplacar la preocupación.
—Es bueno escuchar eso. Apuesto que nunca me lo dirías si no estuvieras
drogado.
—¡No! —dijo Ty alegremente. Miró a Zane con una sonrisa casi serena. Este
se inclinó y capturó sus labios en un beso rápido y cálido antes de pisar el pedal
del acelerador—. Debería decírtelo más a menudo —susurró Ty, sin moverse de
donde Zane le había dejado, la cabeza apoyada contra el asiento.
Zane miró por el parabrisas la concurrida calle mientras conducía.
Después de un largo silencio, extendió la mano para coger la mano buena
de Ty y tirar de ella para besarle los nudillos manchados de tierra.
—No me importaría oírlo más a menudo —dijo, las palabras salieron más
ronca de lo que esperaba.
Cuando Ty no respondió, Zane apretó suavemente la mano y la movió,
notando que el brazo de Ty colgaba flojo. Echó un vistazo y lo vio desplomado
hacia un lado, dormitando, la respiración irregular pero constante. Zane no pudo
evitar poner los ojos en blanco y sonreír. Mantuvo la mano de Ty en la suya y las
apoyó sobre su muslo derecho mientras se concentraba en llevarlos a casa.
*
*
Para entrar en el complejo de béisbol, Pierce habría tenido que o bien forzar
la cerradura o aparcar el coche en la calle y arriesgarse a recibir una multa mientras
trepaba la valla. Conocía la historia criminal. Demasiadas personas habían sido
atrapadas porque habían aparcado en el lugar equivocado en el momento
equivocado.
Había un coche en el parking cerrado, un viejo Ford Bronco con pegatinas
viejas en las ventanillas. Sabía a quién pertenecía: a ese agente federal
desvergonzado que le había gritado en las noticias locales.
Pierce había hecho su investigación. Incluso sabía su nombre. Grady.
Tyler Grady. Pierce se burló mientras pensaba en el noticiero. El hombre
tenía nervios de acero para soltar esa mierda cuando ni siquiera tenía ni una pista.
Pero Pierce tenía planes para él también. No sabía porque había dejado la
camioneta atrás, pero le ahorraría la molestia de tener que encontrar la dirección de
Grady.
Grady no era lo único que había investigado. También había buscado en
google cómo abrir cerraduras, y estaba razonablemente seguro de poder hacerlo.
Los demás se quedaron en el coche mientras lo intentaba.
Los oía cada vez más y más impacientes, abucheándole por las ventanillas
abiertas mientras luchaba con el conjunto de ganzúas que había comprado en
eBay. Finalmente maldijo y corrió de vuelta al SUV.
—Puedo conseguirlo —dijo a sus compañeros. Señaló a Ross y Hannah en el
asiento de atrás—. Vosotros quedaos en el coche. Si viene alguien, encended un
porro y empezad a fingid, ¿entendido?
Le miraron rebeldes por quedarse atrás, pero asintieron con la cabeza.
Hizo una seña a Graham, el último miembro de su pequeño grupo de
emprendedores, para que lo acompañara. Entonces Pierce sacó el equipo del
maletero, le entregó una de las bolsas y llevó la otra mientras se abrían paso a
través de la barrera del parking hacia el primer campo de softball, en los que
estaban teniendo lugar los partidos de la Liga Municipal.
Cuando llegaron al plato de home, Pierce sacó con cuidado la bomba de
fabricación casera de la bolsa y la puso a su lado en el suelo, sonriendo con no poco
orgullo.
—¿Tenemos que desenterrarlo? —preguntó Graham. Incluso en las
sombras, era fácil ver la mirada amarga en su rostro.
—Tenemos que esconderla —dijo Pierce con soltura. Ya había explicado
todo esto, no había manera de que lo hiciera de nuevo, no aquí al descubierto
cuando el tiempo era esencial.
Graham se quejó y gruñó cuando empezaron a trabajar, desenterrando el
plato de home. En el momento en que tuvieron un espacio lo suficientemente
grande debajo para que encajara el dispositivo, los dos estaban cubiertos de sudor
y una fina capa de polvo rojo. Metieron el dispositivo en el agujero, esforzándose
porque encajara. Tenía que ser perfecto, o el interruptor de presión en la parte
superior no se activaría a menos que alguien se pusiera encima de ella y bailara.
Era una bomba grande. Lo bastante grande para dejar un cráter donde
estaba la base y matar a todos en un radio de tres metros aunque estuviera bajo
tierra cuando explotara. Tardíamente Pierce se dio cuenta de que no podría ocultar
todo el exceso de tierra y frunció el ceño mientras se secaba la frente. El aire era frío
contra su piel, pero la adrenalina combatía el intenso frío. Su plan estaba
funcionando, y no había nadie más sabio porque él lo planeaba todo por
adelantado. Por eso, después de que un par de bombas hubieran ido bien, había
realizado el simulacro en el acuario, bastante fácil, ya que trabajaba allí a tiempo
parcial, para comprobar la respuesta de los servicios de emergencia de la ciudad.
—Empieza a poner la tierra extra en la bolsa. Ajustaré el interruptor —
ordenó.
—¿No podemos esparcirla?
—Estos son los policías, tío. La única forma de que no noten que hay como
cinco kilos de tierra extra aquí por la mañana es si estuvieran drogados.
—Vale —murmuró Graham.
—Date prisa. Y asegúrate que el plato está recto. Todavía tenemos que
encargarnos de otra cosa —gruñó Pierce mientras miraba el Bronco en las sombras
del parking.
Le mostraría al señor Misterioso B. Tyler Grady lo que era ser pateado en el
culo.
Capítulo 4
Lo primero que Ty notó fue que hacía calor. El aire que inhalaba, donde
fuera que estuviera acostado, lo que habían tirado sobre él, incluyendo un cuerpo
pesado que yacía contra él, todo era un calor sofocante. Para colmo de males,
cuando abrió un ojo cautelosamente, el día era luminoso y soleado, ya que las
persianas sólo estaban medio bajadas.
Sentía su cabeza como si estuviera llena de algodón, y sus miembros
pesados y poco cooperativos. Gimió y comenzó a apartar mantas y el peso muerto
contra él. Se movió casi inmediatamente y se alejó.
—¿Estás bien? –preguntó Zane, voz ronca por el sueño.
—Calor —gruñó Ty en tono acusador. Empujó a Zane de nuevo e hizo una
mueca por la presión sobre su cuerpo dolorido.
Zane se deslizó hacia atrás, y el calor que irradiaba de él se desvaneció.
También apartó la manta, dejando sólo la fina sábana de algodón sobre la parte
inferior del cuerpo de Ty. Este pateó una pierna y rodó, cerrando los ojos y
levantando la barbilla, estirándose cuando el aire frío le golpeó.
—Mejor —murmuró, aunque sus oídos parecían estar zumbando como si
tuviera resaca.
Zane se giró, moviendo el colchón ligeramente.
—¿Cómo te sientes?
—Como si me hubiera golpeado un camión —respondió quejumbroso.
—En realidad dijiste un tanque. —La cama se movió de nuevo, y Zane se
levantó y empezó a moverse—. ¿Duele?
Ty abrió los ojos para seguirle por la habitación.
—Un poco, sí —admitió. Trató de sentarse despacio pero se rindió y se
tumbó con un gemido—. Mucho. Resaca.
Zane se detuvo a su lado.
—¿Qué puedo hacer por ti? —Estaba mirándole con clara preocupación.
Ty le despidió con la mano y negó con la cabeza, luego respingó. Cerró los
ojos y se frotó la frente con los dedos lentamente, masajeando y tratando de hacer
que la sensación del algodón desapareciera. Era raro que se sintiera tan hecho
mierda que ni siquiera pensara en manosear a Zane cuando despertaba a su lado.
—¿Qué hora es?
—Alrededor de las nueve.
Ty se incorporó rápidamente, lamentándolo al instante incluso mientras
pateaba lo que quedaba de la sábana y trataba de levantarse de la cama.
—¡Voy a llegar tarde!
—¿Tarde para qué? Es domingo por la mañana —dijo Zane, dando un paso
atrás para salir de su camino.
—¡El partido! Ayer fue sólo la primera ronda del estúpido torneo de Buena
Voluntad. —Ty dio un paso y se detuvo en seco cuando la habitación se tambaleó a
su alrededor—. Vaya.
Zane estuvo allí de inmediato, las manos debajo de los codos para ayudarle
a recuperar el equilibrio.
—¿Vas a volver a jugar después de la lesión de anoche? –No sonaba
incrédulo o curioso. Era más cómo si quiera estar seguro de haberlo entendido
correctamente.
Ty sacudió la cabeza y parpadeó rápidamente, a continuación, se centró en
Zane y asintió con la cabeza mientras se estabilizaba.
—No me duele tanto.
—Recuerdo haber escuchado las palabras “costilla rota”.
—Sólo me pegaron en el jardín derecho7 o algo.
—Tu mano de lanzar está herida.
—Usaré la izquierda —Ty se echó hacia atrás.
Zane bajó la cabeza para tratar de atrapar la mirada de Ty.
—No me preocupa que sientas dolor.
—¿Qué?
—Estás un poco inestable –señaló Zane—. Incluso para el jardín derecho. –
Se enderezó y dejó que sus manos se apartaran de los brazos de Ty—. Pero si
quieres ir, te llevaré.
Ty tuvo que aceptar que probablemente no estaba en forma para conducir
en ese momento, pero unos pocos minutos de movimiento y despertar ayudarían.
No estaba seguro de que un partido de softball fuera realmente del estilo de
Zane. Sabía que el escepticismo era evidente en sus ojos cuando asintió.
—Los partidos duran un par de horas.
—Me gusta ver deportes, Ty. —Entonces Zane le guiñó un ojo y le dirigió
una leve sonrisa—. Sobre todo los pantalones de uniforme. —Ty puso los ojos en
blanco y le señaló mientras se acercaba a la puerta del dormitorio. —No me comas
con los ojos delante de los compañeros de trabajo —advirtió. Se volvió e hizo una
mueca cuando todo su cuerpo protestó. Gimió y se apoyó contra la jamba de la
puerta, bajando la cabeza un momento—. Cristo, estoy dolorido —murmuró.
—Si tomas el Vicodin, estarás bien –dijo Zane amablemente.
Ty se estremeció y miró su dedo, su otra mano rodeaba las doloridas
costillas.
—Ty, mírame –pidió Zane.
Ty le miró obedientemente, incapaz de borrar el ceño fruncido de la cara.
—Si realmente estás herido, toma las píldoras. Ya no te preocupa beber
cerveza delante de mí. ¿Por qué esto sí? —Estaba usando la lógica, y no sonaba
molesto.
—¿Está seguro? —Preguntó Ty de todos modos. No se sentía bien agitando
7 Término de béisbol.
los medicamentos recetados ante la cara de Zane—. Tal vez pueda sentarme fuera
de juego. No es como si el mundo se acabara si no juego o algo.
—Como si eso fuera a suceder. —Zane sacudió la cabeza mientras se reía.
Agarró un par de vaqueros que yacían doblados sobre el tocador y se acercó para
pararse delante de él. Eran el par favorito de Ty, robados en su última operación
encubierta. A Zane le valdrían, sus cinco o siete centímetros de altura estaban en su
mayoría en el torso. Después de una sonrisa, se inclinó para besar la comisura de la
boca de Ty—. Gracias. Por importarte lo suficiente como para preocuparte por ello.
Ahora ve a tomar la maldita píldora. O la mitad. Una entera te pondrá de nuevo en
tu culo. Están en el mostrador del baño.
Ty murmuró mientras se daba la vuelta y se dirigía hacia el cuarto de baño.
Si tomaba una mitad ahora y otra mitad en un par de horas, conseguiría acabar el
partido y luego tendría el resto del día para dormir la mona antes de ir a trabajar el
lunes por la mañana. Si no las tomaba, podría ser capaz de aguantar el partido,
pero su caja toráxica magullada ya estaba gritando que se tumbara en la cama.
Se quedó mirando indeciso el pequeño paquete durante un largo momento
antes de alcanzar las pastillas y echárselas en la mano. Cogió una, devolvió el resto
al paquete, y luego hizo fuerzas para tratar de romperla por la mitad. Maldijo
cuando no pudo partirla en dos como se suponía que tenía que hacer y sacó otra
para tratar de partirla.
Después de probar con cada una de las pastillas y no romper ninguna de
ellas, gruñó en voz baja y maldijo. Sus dedos no estaban funcionando como se
suponía que debían.
En lugar de pedir a Zane que lidiara con eso, se metió una pastilla entera en
la boca y tragó con una mueca ante el sabor amargo. Una cada seis horas era lo
mismo que una media cada tres, ¿no?
En realidad no, pero serviría.
Continuó murmurando para sí mientras se apresuraba para estar listo para
el partido. Después de unos minutos, se unió a Zane abajo.
—¿Necesitas ayuda? —Preguntó Zane.
—¿Crees que puedes encontrar mis tacos? —preguntó Ty mientras se
abrochaba el uniforme gris de los federales con dedos que se sentían demasiado
gruesos.
—Claro —dijo Zane amablemente, y se dirigió a la puerta principal.
Ty seguía metiéndose el suéter y ajustándose la camiseta que llevaba debajo
cuando Zane le trajo las sucias botas de béisbol. Ty podía sentir que la pastilla
empezaba a hacer efecto. Ahora puso en duda la sabiduría de tomarla, y se
preguntó si era demasiado tarde para ir a vomitarla. Por lo general, necesitaban
más tiempo para que le afectase.
Zane lo miró de arriba abajo con una pequeña sonrisa antes de hacer un
gesto con un dedo para que Ty girara.
—¿Qué? —y frunció el ceño con desconfianza, pero extendió las manos a los
costados y dio una vuelta lenta como le había solicitado. Cuando terminó para
hacer frente a Zane, le vio mirándole y mordiéndose el labio inferior.
—Bueno, funcionará para el béisbol –murmuró Zane mientras se levantaba.
Ty resopló e inexplicablemente se encontró ruborizándose bajo el escrutinio.
—Eres un idiota, Garrett —murmuró mientras se movía para agarrar las
botas.
—Así dice el culo en pantalones muy apretados —dijo Zane, medio riendo
mientras tomaba su cartera y las llaves—. Vamos. Comida, luego campo de pelota.
*
*
El SUV estaba aparcado cerca del First Maryland Bank. Pierce miró su reloj.
El primer partido estaba programado para empezar en diez minutos. Si lo
había planeado bien, y lo había hecho, la explosión eliminaría a por lo menos la
mitad de la gente y los jugadores. Sonrió. La mayoría de ellos eran policías, y
cualquiera de los otros… bomberos, técnicos de emergencias médicas o regulares
espectadores, eran sólo daños colaterales.
Les serviría de escarmiento por jugar con los cerdos o tragarse ese
espectáculo. Además, cuantos más muertos hubiera, menos probable sería que
alguien prestara atención al robo de un banco al otro lado de la ciudad. Esperaba
que alguien pisara el plato durante el himno nacional. Caos, pánico, trastorno, todo
lo anterior.
Sería genial. Sintonizó la radio frecuencia de la policía, esperando las
llamadas inevitables de ambulancias, camiones de bomberos y escuadrones de
artificieros.
Sólo deseaba poder estar allí para verlo explotar.
*
*
El número de vehículos que obstruían los parking, calles y áreas verdes,
incluso alrededor de los campos de juego sorprendió a Zane. Claro, era un torneo
de softball en una tarde de domingo, pero vaya. Había gente por todas partes, en
varios estados de vestimenta de invierno. Le recordaba a una feria del condado con
todos los vendedores recaudando fondos. Casi esperaba oler la barbacoa, pero eso
habría sido en Texas. Aquí en Baltimore sería el dulce aroma de las croquetas de
cangrejo.
—¿Dónde dejaste el Bronco? —preguntó Zane.
—En la esquina más alejada por allí –respondió Ty de inmediato, señalando
hacia el borde del parking donde varios árboles grandes con ramas delgadas
desnudas se alzaban sobre los coches estacionados en la hierba crujiente.
Zane trató de encontrar un espacio cerca, pero terminó yendo en dirección
contraria para aparcar cerca del campo de manera que Ty no tuviera que caminar
tanto.
—Déjame adivinar. Ella está lejos de las faltas.
Ty miró al Ford cariñosamente. Zane nunca había visto nada especial en el
viejo SUV excepto el hecho de que Ty la amaba, y Ty era firme en que el vehículo
era un ella. Ella era un Ford Bronco del 88, verde con un bajo marrón claro, y cada
centímetro de ella estaba muy bien conservado, si no prístino. Por lo que el
hermano de Ty, Deuce, le había dicho, Ty tenía el Bronco desde que iba a la escuela
secundaria. Lo había rescatado de un depósito de chatarra y reconstruido él
mismo. El parabrisas delantero estaba lleno de los restos pegajosos de etiquetas de
entrada antiguas, algunas de ellas conservaban la forma de antiguas pegatinas de
la base de Marines en Camp Lejeune. Más pegatinas cubrían los bordes de las
ventanas traseras y laterales.
Zane nunca se había tomado el tiempo de detenerse y examinarlas todas,
pero adivinaba que había docenas.
Había una muy prominente pegatina blanca en la ventana trasera que decía
"Semper Fidelis" debajo del águila, el globo y el ancla del USMC (Cuerpo de
marines de US).
Había varias pegatinas más pequeñas esparcidas que conmemoraban ciertos
tramos del Sendero de los Apalaches. Un cuadrado de color amarillo con una
familiar serpiente enroscada y las palabras “No me pises”. Una vieja pegatina que
se estaba despegando y que había visto mejores días era lo que Zane habría dicho
una estrella náutica. Estaba el logo Smith & Wesson. En varios lugares podía ver la
flor de lis de los Saints de Nueva Orleans, el tomahawk de los Bravos de Atlanta,
una pegatina descolorida de los Grateful Dead "roba tu cara", y una muy antigua
M con un círculo que Zane sabía que representaba un Triatlón Ironman. Una
pegatina reciente lucía la palabra “infiel” en estilizada escritura árabe con un rifle
de asalto utilizado como la mayúscula I. En contraste directo, en la ventana de
enfrente, estaba el símbolo OM. En el centro de una de las ventanas de atrás había
una pegatina negra de prisionero de guerra, desaparecido en combate
(POW/MIA)
El Bronco y sus aderezos contaban la historia de la vida de Ty y ofrecía
destellos de su corazón y su alma, tanto si Ty quería como si no. Zane sabía que
había viajado con Ty a casi todas las partes donde había estado, sirviendo incluso
como su casa algunas veces cuando Ty estaba en transición entre vidas.
—La gente ha llegado a apuntarla. Tratar de golpearla con sus bolas de falta
–se quejó Ty.
Se dibujó una sonrisa en Zane y se echó a reír.
—Eso es horrible —le compadeció.
—¡Lo sé! —exclamó Ty con total sinceridad. Se inclinó hacia adelante en su
asiento, rebuscó en la bolsa de lona del suelo y sacó sus botas, que se había negado
a ponerse antes de entrar en el coche.
Zane se encogió de hombros, a pesar de que le divertía la total seriedad de
Ty.
—Si alguien le lanzara una pelota de béisbol a la Valkyrie, tendría que darle
una paliza.
—Lanzar es diferente. Una bola de falta tiene gravedad de su lado —explicó
Ty mientras abría la puerta del lado del pasajero y trataba de balancear las piernas
antes de desabrocharse el cinturón de seguridad. Gruñó cuando el cinturón apretó,
luego metió la mano detrás de él para buscar a tientas el mecanismo antes de
soltarlo y bajar tambaleante con las botas y el equipo, desapareciendo de la vista—.
Estoy bien –le oyó Zane decir.
—Está bien —murmuró Zane mientras levantaba la gorra de béisbol del
suelo del coche, agarraba las llaves y salía de la camioneta. Rodeó el lado del
pasajero, medio esperando ver a Ty en el suelo.
Sin embargo, había logrado permanecer de pie, y estaba agachado,
poniéndose las botas. Llevaba la bolsa de equipo sobre un hombro, el mango del
bate colgaba cerca de la parte posterior de la cabeza. Se ató la bota antes de
levantarse y lanzarle a Zane una sonrisa torcida.
Este le tendió la gorra azul marino del FBI.
—Necesitarás esto.
Ty la tomó y se lo puso, sacudiendo la cabeza.
—Nunca la uso en el juego. Tapa la cara —dijo a Zane. Asintió con la cabeza
hacia el campo y empezó a caminar—. No tienes que quedarte, ya lo sabes. Hay un
montón de cámaras de los noticieros aquí.
Zane frunció el ceño mientras le seguía, mirando a la prensa.
—Lo sé. ¿Quieres que me vaya? —preguntó tentativamente. Ty podía ser
difícil de leer, y desde que lanzó toda la declaración de amor a la mezcla, tratar con
él era como navegar en un campo minado. No habían hecho la tradicional
distinción tuyo vs. nuestro y compartir todavía no era una fuerte habilidad para
cualquiera de ellos. Esto era del ámbito de Ty y no estaba seguro de ser bienvenido
aquí.
—No —respondió Ty fácilmente. Se volvió y le miró, luego extendió la
mano y se quitó la gorra de béisbol, devolviéndosela a Zane como si hubiera
olvidado que él se la había dado—. Es sólo que no quiero que te aburras. Ponte
esto o la gente pensará que eres uno de los chicos malos.
—¿Uno de los malos? —Zane rió mientras se ponía la gorra cómodamente
en la cabeza. Olía lo bastante a Ty para hacer que valiera la pena llevarla.
—Bueno, a los otros equipos les encanta odiarnos. –Las botas de Ty hicieron
ruido sobre el hormigón mientras caminaba, y aunque Zane sabía que había
tomado más medicamento antes, no parecía demasiado descoordinado o ridículo.
Atravesaron una multitud de fans y varios equipos, incluyendo el de la
policía local, el de un par de compañías de seguros, y un hospital de la zona antes
de doblar la esquina de la mesa de entrada y ver al equipo del FBI. Una vez más,
Zane se sorprendió por el número de personas implicadas, sobre todo aquí en el
frío a mediados de febrero. Había oído rumores de que Ty había sido parcialmente
responsable de la organización de la liga, pidiendo favores, llamando a contactos
en diferentes ámbitos de la ciudad. Al ver el espectáculo ahora, Zane tuvo que
preguntarse lo conectado que su compañero había estado.
De repente fueron asaltados por una joven reportera alegre que soltaba
preguntas y su descomunal cámara. Ty se limitó a sonreír y la despidió con la
mano, diciéndole:
—Después del partido, ¿de acuerdo?
—Jesús, no estabas bromeando cuando dijiste que esto era grande —
murmuró Zane mientras se pegaba a Ty para protegerlo de la mafia—. ¿Por qué no
he oído más sobre ello?
—Porque trabajas para vivir —respondió Ty mientras se aflojaba el cuello
de su camiseta ajustada. Se estaba poniendo más nervioso a medida que
avanzaban, aunque eso no le parecía particularmente inusual a Zane. Estaba a
punto de responder cuando alguien habló para llamar la atención de Ty.
—Estábamos empezando a preguntarnos si ibas a venir, Grady. Te perdiste
el himno nacional —dijo Scott Alston mientras se acercaba a ellos. Llevaba el
mismo uniforme que Ty, pero su suéter estaba metido y abrochado y su cinturón
suelto.
Zane había oído que todos los equipos habían dado apodos a sus jugadores,
como el “Bulldog” de Ty. Algunos eran más interesantes que otros. Desde el lado,
Zane podía ver que el de Alston era “Hombre de Hojalata”. Tenía que haber una
historia.
Alston miró a Zane y le tendió la mano, claramente sorprendido de verlo
allí.
—No es un gran problema a menos que hubieras programado cantarlo, ¿no?
Garrett, me alegro de verte.
—Gracias —dijo Zane mientras estrechaba la mano de Alston—. Aunque
me alegraría por el equipo. ¿Se suponía que iba a cantar?
—Así es. —Alston asintió lentamente y miró entre ellos conocedor—. Está
demasiado drogado para conducir, ¿verdad?
—¿Grady? ¿Drogado? Nunca sucederá —respondió Zane, mirando a los
ojos de Alston sin pestañear.
—Claro que no —dijo Alston con una carcajada. Extendió la mano y tomó la
de Ty, levantándola para mirar la cinta que Ty había envuelto alrededor de sus
dedos—. Veo que tiene un guante zurdo hoy. ¿Rota o simplemente dislocada?
Ty se acercó un paso y tiró de su mano.
—Siéntate en ella y gira, Scott —murmuró mientras pasaba junto a él hacia
el grupo más grande de jugadores.
Alston rió de buena gana y miró a Zane con una ceja levantada.
Zane se encogió de hombros.
—Me dijo que quería jugar.
—Él siempre quiere jugar –le aseguró Alston—. Eso es lo que estaba
diciendo anoche cuando lo levantamos del suelo.
—He estado allí, hecho eso —dijo Zane secamente—. ¿Ty puede cantar?
Alston sólo se rió como si Zane bromeara, y este lo dejó pasar, sintiéndose
estúpido por no saber algo así de su compañero.
Su amante. Miró a su alrededor, reconociendo a algunos otros miembros del
equipo y a los espectadores.
—Sólo voy a pasar el rato y relajarme. —Hizo una pausa, mirando a Ty—.
Probablemente debería preguntar dónde están los paramédicos. Por si acaso.
—No te preocupes. A una de ellos le gusta Grady. Estará encima si se hace
daño –le dijo Alston mientras se giraba, saludando por encima del hombro—.
¡Gracias por traerlo!
Zane le despidió con la mano y se volvió para revisar las gradas, ahora que
el equipo se había marchado. Estaba casi completo, pero tendría espacio para
estirar las piernas si tenía cuidado. Acababa de empezar a avanzar cuando oyó el
chasquido de tacos detrás de él.
Ty le agarró del codo para detenerlo; Zane se giró para mirar a su
compañero. Los ojos color avellana de Ty brillaban al sol, y sonrió con malicia
mientras dejaba que su mano se deslizara por el brazo de Zane.
—Gracias por traerme, Zane —dijo con una palmadita cariñosa en su
vientre, y luego se dio la vuelta y corrió de vuelta hacia el banquillo al otro lado del
campo sin esperar a que Zane respondiera.
Este se quedó mirándolo, clavado en el suelo, y no era el bonito culo de Ty
enfundado en esos pantalones lo que atraía su atención. No, era ese destello de luz
en los ojos de Ty que había golpeado a Zane justo en el estómago y le había dejado
sin aliento. Tuvo que intentarlo dos veces para tragar, y su rostro se sentía caliente
en el aire fresco. Parpadeó con fuerza antes de darse cuenta de que estaba
boquiabierto y se forzó a girar hacia las gradas y sentarse unas cuatro filas arriba.
Actos ocasionales como ese convencían totalmente a Zane de que Ty estaba
diciendo la verdad acerca de amarlo. Le atravesó y sintió una oleada de vértigo.
Cerró los ojos con fuerza y los abrió de nuevo, Ty entró en foco al otro lado de la
valla, se había concentrado en él inconscientemente.
Una chica joven, de primaria probablemente, saltó de repente en su línea de
visión, subió las gradas con destreza, y se sentó a su lado como si perteneciera allí.
Le dedicó una sonrisa alegre.
—¡Hola!
Zane miró de nuevo entre ella y Ty antes de dejar la mirada en la niña.
—Hola –dijo, un poco sorprendido. Él no era el tipo al que los niños se
acercaran. Muy alto, ancho de hombros, musculoso, de pelo y ojos oscuros,
chaqueta de cuero y botas, imponía. Pero eso no parecía molestarla a ella.
—Soy Elaina —dijo mientras le tendía la manita para estrechar la suya—.
¿Eres amigo de Ty?
Su mano envolvió la de ella mientras se la estrechaba suavemente.
—Soy Zane, el compañero de Ty. Encantado de conocerte, Elaina.
—Encantada de conocerte —dijo con entusiasmo. Se escabulló en el duro
asiento de metal frío de la grada para sentarse con remilgo a su lado, mirando
hacia el campo como si le perteneciera.
—Mami me dijo que buscara a alguien que tuviera FBI en su ropa. Entonces
te vi hablando con Ty, así que supe que estaría a salvo. Él y mamá solían salir —
dijo a Zane con todo el tacto de una niña de ocho años de edad.
Zane ahogó una risita mientras la observaba, intrigado.
—¿Y quién es mami?
—Ella juega en la segunda base. El número cinco. —Elaina señaló hacia el
campo, donde el equipo del FBI estaba comenzando a calentar. El cinco era una
atractiva morena, atlética, bronceada y sonriente. El apodo en su uniforme era
"Zurdita". Sin embargo, lanzaba con la derecha.
Zane no tenía ningún problema imaginándola con Ty.
—¿Vienes a todos los partidos? —preguntó Zane, optando por una pequeña
charla.
—Oh, sí. Nosotros somos el mejor equipo –anunció la niña con orgullo—.
Bueno, tal vez casi los mejores. Pero los bomberos juegan sucio.
—Por supuesto —estuvo de acuerdo Zane. Se agachó a un lado cuando una
mujer que llevaba una bandeja de comida subió las gradas a su lado.
—Tendré que empezar a seguir los resultados.
Zane vio a Ty de pie delante de la alambrada del banquillo, inclinado y
atándose las espinilleras, frenado por los dedos vendados, mientras el resto del
equipo de catcher estaba en la hierba junto a él. Zane sonrió cariñosamente, Ty era
muy metódico con algunas cosas. Llevaba el Kevlar religiosamente y fastidiaba a
Zane sobre ello cuando salían en misión porque Zane odiaba llevar el chaleco Ty
limpiaba su arma cada dos días tanto si era necesario como si no. Y cada lazo,
correa y hebilla de su equipo tenían que estar perfectos, si Zane no lo ajustaba para
él primero, incluso si no tenía ni siquiera tiempo de arreglarlo. Parecía que trataba
a su equipo de juego de la misma forma.
Sacudió con la cabeza, pero no apartó la mirada. Ty Grady era un estudio de
contrastes, y del tipo de enigma al que era imposible que se resistiera.
Aunque no estaba seguro de por qué Ty estaba satisfecho de ser el catcher.
Definitivamente no debería, no con la mano de lanzar inútil. Pero obviamente
estaba bajo la impresión de que podía lanzar con la mano izquierda y coger con la
derecha, en lugar de al revés. Zane sabía que podía disparar un arma, lanzar
dardos y jugar al billar, con las dos manos. Incluso le había visto garabatear
apresuradamente con las dos manos, aunque nunca podías leer el resultado final,
sin importar que mano usara. Tal vez él era verdaderamente ambidiestro, otro
hecho que Zane se avergonzaba un poco de no saber, si era cierto.
Ty seguía enredando con la correa del protector de pecho mientras él y
Alston se acercaban al plato de home para reunirse con los árbitros y el capitán del
otro equipo. Zane no podía oírles, pero podía ver a Ty y Alston murmurando entre
sí mientras Ty intentaba y fracasaba varias veces en enganchar la correa del
costado usando la mano herida. Finalmente, Alston extendió la mano, se puso el
casco de Ty bajo el brazo, le apartó las manos de la correa y se inclinó para
abrocharla por él mientras los otros se reunían alrededor del plato de home
tratando de no reírse. Zane sacudió la cabeza mientras observaba. Aunque Ty era
irascible, tenía un montón de amigos, personas que parecían ver a través de la
fachada que tanto había le confundido a él cuando conoció a Ty Grady.
Los hombres reunidos se dieron la mano en el cajón del bateador. Se
acercaron mientras se estrechaban las manos, pateando tierra roja sobre el
inmaculado plato blanco. Zane observó divertido como Ty evitaba
cuidadosamente las líneas de color blanco tiza y el plato de home. La reunión duró
unos minutos, mientras repasaban las reglas de juego, luego los hombres rasparon
la tierra en los cajones con los tacos, suavizando las aristas desiguales de suciedad.
Luego se separaron y volvieron a sus respectivos banquillos. Ty se tomó la
molestia de pasar por encima de las líneas de tiza blanca del campo, mientras
caminaban, pero era difícil saber si era para evitarlas o porque esa pastilla le estaba
pegando.
Elaina se inclinó más cerca de Zane.
—Mami dice que Ty es muy supersticioso —le confió en voz baja—. Lleva
los mismos calcetines en cada partido.
Zane volvió la cabeza para mirarla.
—¿Los lava? —Bromeó. Trató de recordar si Ty se había puesto los mismos
calcetines que Zane le había quitado la noche anterior.
—Mamá lo intentó una vez, pero él los salvó y le hizo prometer que no
volvería a hacerlo. Se encerró en el baño.
Zane rió y miró a Ty.
—Eso suena a él.
—También me enseñó a nunca cruzar los bates en el banquillo, nunca tocar
las líneas o el plato de home antes de comenzar el partido y sólo las mariquitas
llevan guantes de bateo.
Zane volvió a reír.
—Creo que él lo sabría —dijo encogiéndose de hombros—. Nunca he
jugado al béisbol. O al softball.
Elaina le miró de reojo.
—Sin embargo, puedo jugar al fútbol –ofreció Zane en un intento
conciliador.
Ella se encogió de hombros y miró al campo con entusiasmo ya que el
equipo del FBI salió entre unos cuantos aplausos, abucheos y silbidos de la
multitud. Zane se unió a los aplausos mientras la mayoría de los jugadores corrían
a sus posiciones, pero Ty y Alston, quien estaba lanzando, bailotearon como si
tuvieran todo el tiempo del mundo.
Ty tenía la cabeza baja, el guante en una mano y la máscara en el otro, y de
alguna manera ya tenía la cara y el pelo corto sucio. No era fácil para él caminar
con el voluminoso equipo, pero se las arregló para salir de todos modos. El equipo
encajaba bien con su cuerpo, y no sólo añadía la ilusión de que era más grande de
lo que realmente era. Zane sabía que en la mayoría de los partidos de la liga de
softball, el receptor no se molestaba en usar equipo.
Pero esto no era tu promedio de lanzamiento en la liga de softball. Los
lanzadores lanzaban por encima de la cabeza, y se juega con una pelota de béisbol
de tamaño reglamentario. Las mujeres que participaban eran atletas, no estaban ahí
para exhibirse, y ciertamente nadie bebía cerveza en el campo.
Ty había enviado a Zane un mensaje una noche a principios de mes,
bromeando que era un asunto serio.
Cuando Ty se acercó al plato y miró hacia las gradas, los ojos casi de
inmediato localizaron a Zane.
Este sintió que su corazón latía con fuerza un par de veces, y tuvo que tomar
aire, porque durante un segundo, se quedó sin respiración. Entonces Ty sonrió con
esa media sonrisa suya, la que hacía aparecer arrugas de risa en los ojos y boca,
antes de guiñarle el ojo rápidamente. Luego inclinó la cabeza y bajó la máscara,
dándole la espalda a la multitud cuando se detuvo detrás del plato.
Zane tragó saliva. Ese guiño había sido para él.
Una revelación clara como el cristal le golpeó como un relámpago de verano
chisporroteando en el aire frío de febrero.
Quería a Ty con él, le quería mucho. Le necesitaba como compañero y no
sólo en el trabajo. Le anhelaba como amante más de lo que nunca había anhelado
la heroína. Conectaba con él de tantas formas que no podía ver ningún modo de
desenredarse y ni siquiera quería intentarlo.
Ty le amaba. Zane lo creía. También había creído que no tenía nada dentro
para amarle como se merecía. No era culpa de Ty.
Había tanto dolor conectado con su pasado, un tenue vínculo persistente
entre Zane y Becky, su esposa muerta, que había saltado directo sobre los signos
evidentes. Había estado demasiado ocupado lidiando con dejar ir lo que se había
ido y preguntándose si tenía algún derecho a agarrarse a lo que estaba delante de
él.
Era importante para él entender cuándo anhelar a Ty se había convertido en
necesitarle, y cuándo necesitarle se había convertido en importarle y si era posible
que el importarle se convirtiera realmente en más.
Porque Ty no merecía nada menos.
Podía verlo ahora. El ansia que le preocupaba no era una adicción. Era
mucho más desgarradora. Algo bastante significativo que Zane estuviera
cambiando toda su vida para ser digno de ello, y no había ninguna otra explicación
posible.
Amaba a Ty Grady con todo lo que tenía en su corazón, y al final, todo lo
que había necesitado era un guiño para por fin estar de acuerdo con ello.
Mientras se recostaba dándose cuenta de repente, el mundo siguió adelante
sin él. Los jugadores siguieron calentando. Alston sólo había realizado un
lanzamiento de calentamiento, alimentando la imagen arrogante y segura de sí
mismos que el equipo de federales cultivaba. Los aficionados en las gradas a su
alrededor seguían hablando, comiendo y quejándose con sus diversas opciones de
asientos, y Elaina farfullaba a su lado.
Ty se puso a hablar con el árbitro, su lenguaje corporal decía claramente que
estaba bromeando con el hombre. Estaba tranquilo y relajado, después de haber
tomado el analgésico y luchado contra su incapacidad natural de estar quieto.
Un momento más tarde se apartó del árbitro y se arrodilló detrás del plato
cuando el primer bateador del juego se acercó a la caja de bateo. Pero Ty no estuvo
allí más de un segundo antes de que levantar una mano para pedir tiempo y
retroceder.
Un gemido colectivo recorrió ambos equipos y la multitud.
—Oh, santo cielo —dijo Elaina mientras descansaba la barbilla en la mano.
Zane se sacudió de sus pensamientos y miró a Elaina antes de volver los
ojos hacia Ty.
—¿Qué?
—Lo hace cada partido –se quejó Elaina—. ¡Dice que el plato está torcido!
Una mujer sentada detrás de ellos se echó a reír.
—Dice que es conducta obsesiva compulsiva latente. —Zane frunció el ceño.
Los hombros de Ty estaban rectos y rígidos, en total contraste con la relajación
suelta que había exhibido un par de minutos antes. Eso no era TOC. Zane se
inclinó hacia un lado para tratar de obtener una mejor visión de lo que estaba
pasando.
Ty y el bateador se encontraban juntos, Ty apuntaba hacia el plato mientras
el bateador asentía. El árbitro estaba sacudiendo la cabeza, sosteniendo su máscara
en la mano y con el ceño fruncido. Nadie podía adivinar lo que se estaban
diciendo, pero fuera lo que fuera que Ty estaba diciendo, se mantuvo firme.
Finalmente, se quitó la máscara y se arrodilló sobre el plato, señalando algo que
Zane no podía ver.
—¡Estas no son las jodidas ligas mayores, Grady! ¡No tiene que ser perfecto!
—Gritó alguien desde el banquillo visitante.
Zane se movió en las gradas de metal mientras observaba.
—Algo está mal —murmuró.
El bateador se acercó y se quitó el bate del hombro, apuntando al plato. Ty
extendió la mano y agarró el extremo rápidamente para evitar que lo pinchara,
luego se enderezó y levantó las manos con impaciencia, como si estuviera pidiendo
que le escucharan.
Se volvió a analizar las gradas, sus ojos encontraron a Zane rápidamente.
Este reconoció la expresión de la cara de su compañero y se movió antes incluso de
que Ty se dirigiera hacia la valla y le hiciera gestos con la mano.
Zane se encontró con él en la valla, metiendo los dedos entre los agujeros de
la valla.
—¿Qué pasa?
—El plato está mal —dijo Ty en voz baja—. Ya no está torcido.
—¿Tal vez alguien lo arregló? —preguntó Zane. No tenía la menor duda de
que Ty notaría si algo estaba diferente de lo habitual. Sólo que no sabía si eso era
algo digno de parar el juego.
—Me he estado quejando de ello durante semanas, y finalmente ¿lo
arreglaron en medio de la noche? —murmuró Ty mientras miraba a la multitud
inquieta. Sus ojos se encontraron con los de Zane. Mirándolo así de cerca, era fácil
ver qué le estaban haciendo los analgésicos—. Está demasiado alto. –El plato no es
lo único que está demasiado alto. Pero lo que Ty estaba diciendo sonaba como si
alguien hubiera metido algo debajo.
—¿De verdad crees que hay problemas? —Preguntó Zane en voz baja—.
Aquí hay un montón de policías.
—Por eso estoy preocupado –respondió Ty mientras varias personas les
gritaban molestas. Ty les ignoró como sólo él podía—. ¿Tienes tu teléfono?
Zane lo sacó de su bolsillo trasero y se lo ofreció. Lucharon casi
cómicamente por pasarlo a través de la alambrada mientras los que les rodeaban
expresaban su descontento de manera cada vez más franca.
—¿Por qué simplemente no lo levantamos y lo ajustamos? —preguntó el
bateador a Ty con curiosidad.
Finalmente Ty consiguió el teléfono y miró por encima del hombro al
hombre mientras abría el teléfono de Zane.
—¿A quién llamas? —Preguntó el árbitro, obviamente molesto.
—A los artificieros —contestó Ty bruscamente.
Zane apretó los dedos sobre la valla. Ty no bromearía sobre algo así.
—Es mejor comenzar a decirle a la gente que despeje –le dijo al árbitro sin
inmutarse. Volvió a Ty sin importar lo apedreado que estaba su compañero con los
analgésicos—. ¿Hay un locutor de campo?
—¿Me estás tomando el pelo? –dijo el árbitro con incredulidad. Otros
jugadores comenzaban a acercarse, obviamente, al darse cuenta de que algo
andaba mal más allá del plato torcido y de la supuesta TOC de Ty.
Alston empezó a correr hacia ellos desde el montículo, y Ty dio un paso
rápido y lo señaló.
—¡Alto! —Gritó con urgencia antes de que Alston llegara al plato de home.
El tono de su voz pareció hacerles reaccionar. Todos sabían que Ty no
bromeaba y sonó realmente asustado.
—Haré que el locutor haga el anuncio –murmuró el árbitro mientras se
apresuraba hacia la torre de madera cerca de los banquillos.
Zane observó en silencio mientras Ty daba rápidamente la información por
el teléfono, mientras los jugadores del campo se reunían en los banquillos a
esperar.
Los rumores aún no se habían extendido. Zane miró por encima del hombro
a las gradas. Había muchas familias y niños. Sus ojos se posaron en Elaina. Ella
parecía muy pequeña e inocente allí sentada.
El traqueteo de la alambrada junto a su cabeza atrajo su atención de vuelta a
Ty. Este tenía los dedos enganchados a la valla y miraba a las gradas.
—¿Me haces un favor, Zane? —susurró.
Ty se veía muy preocupado, lo que no hacía mucho por tranquilizar a Zane.
—Sí.
—Coge a la niña y no la dejes fuera de tu vista, ¿de acuerdo? –pidió Ty al
mirarle por fin—. Tan pronto como la gente escuche “bomba”, se asustarán y se
dispersarán.
Zane asintió lentamente. Había una historia en algún lugar relacionada con
el comentario de "él y mamá solían salir". Pero no importaba.
—Sí, lo haré. Ten cuidado.
Ty se limitó a asentir y tocó los dedos de Zane a través de la valla antes de
alejarse. Cogió su casco, y luego trotó hacia el banquillo mientras los altavoces
sonaban.
—Damas y caballeros, en este momento le pedimos que por favor se
muevan de forma ordenada hacia el campo sur.
Zane dio un par de pasos cuidadosos hacia atrás, sin dejar de mirar Ty,
antes de volverse hacia las gradas para encontrar a Elaina. Con unos pocos pasos,
estaba a su lado.
—Vamos, Elaina —dijo, tendiéndole la mano.
—¿Qué pasa con mamá? —preguntó Elaina mientras bajaba las gradas.
—Ty se ocupará de ella y del resto del equipo —dijo Zane mientras
deslizaba su mano en la suya y empezaba a caminar, acortando casi de inmediato
sus pasos porque sus piernas eran más largas en comparación con las de ella.
Estaban casi al otro lado del parking cuando la bonita morena de la segunda
base les alcanzó y tomó la otra mano de Elaina.
—¿Es usted Garrett? —Preguntó a Zane sin aliento.
—Sí, señora, lo soy —respondió Zane automáticamente. Miró a Elaina y
notó el gran parecido. Cabello castaño oscuro, grandes ojos tan marrones que eran
casi negros—. Usted debe ser mami.
Ella se rió un poco y asintió con la cabeza.
—Soy Shannon. –Sin embargo, no le ofreció la mano, sino que se agachó y
aupó a Elaina para poder moverse más rápido—. ¿Esto es real o Ty hundiéndose
hasta el fondo?
Zane la miró, sorprendido.
—Diría que es real. —Señaló al banquillo, al otro lado del campo siguiente.
La parte inferior estaba hecha de tablones de madera, la parte superior metálica—.
Ese debería ser un buen lugar para refugiarnos. Estamos lo bastante lejos.
—Dios, esperaba que sólo hubiera tomado demasiados analgésicos —dijo la
mujer en voz baja. Aupó a su hija en la cadera y apretó el paso. Zane oyó las
sirenas en la distancia cuando llegaron al otro campo.
Zane se detuvo en los escalones para dejar entrar a Shannon en el banquillo
primero, luego esperó a que varias personas pasaran, ofreciendo distraídamente
un brazo para ayudarles a bajar los escalones de hormigón, buscando a Ty
mientras los camiones de bomberos se detenían en el campo. Odiaba estar aquí
atrás sin hacer nada.
Finalmente vio a Ty, de pie al lado del camión azul de los artificieros,
hablando con uno de los técnicos. Estaba gesticulando de forma errática,
obviamente nervioso, y el técnico parecía estar tratando de razonar con él. Por
último, llegaron dos bomberos para unirse a la conversación, y uno comenzó a
apartar a Ty, hacia los banquillos. El bombero era mucho más grande que Ty, un
verdadero armatoste, y aunque no parecía feliz con el arreglo, avanzó sin quejarse
hasta que llegó a la caseta donde Zane estaba.
—¿Esto es tuyo? –preguntó el bombero a Zane con una voz profunda y
resonante, agarrando a Ty por el cuello de jersey como un perro callejero.
Zane enarcó una ceja ante la frase, pero asintió con la cabeza de todos
modos.
—Debería haberme asegurado de que llevara sus etiquetas, supongo —
respondió mientras trataba de evaluar las condiciones de Ty.
Este puso los ojos en blanco y movió la mandíbula, molesto.
—No me creen –le dijo a Zane entre dientes—. Este es Tanque, por cierto.
Atropella personas.
El bombero grande rió de buena gana y sacudió la cabeza. Sus dientes
brillaron contra la negra piel.
—Tengo que cargar con el hombro cuando veo un tío bloqueando el plato.
Ya lo sabes.
—Sí, el hombro, no el parachoques delantero —replicó Ty.
Tanque miró a Zane.
—Estaba en forma la última vez que lo vi, no me sorprende que sea así.
—Le pusiste en órbita –confirmó Zane antes de preguntar a Ty—, ¿van a
echarle un vistazo?
Ty apretó los labios con fuerza y asintió con la cabeza, mirando a Zane de
reojo como si supiera que estaba en problemas. Tanque habló cuando Ty no lo
hizo.
—Les dijo que si no lo hacían, anunciaría públicamente que lo puso él
mismo y entonces tendrían que comprobarlo.
Zane resopló.
—Jesús, Ty —murmuró, sacudiendo la cabeza.
—¡Había marcas de herramientas! —insistió Ty.
—Tómatelo con calma, Bulldog –dijo Tanque mientras se volvía y le daba
unas palmaditas en la espalda con fuerza suficiente para mandarlo tropezando
hacia Zane, quien reaccionó de forma automática y levantó los brazos para
agarrarlo.
Todavía tenía el equipo de receptor, pero cuando Ty envolvió un brazo
alrededor de la cintura de Zane para mantener el equilibrio, estuvo claro que la
pastilla se había llevado lo mejor de él. Su cuerpo estaba flojo y relajado, sus
movimientos no tan controlados como de costumbre.
Ty murmuró obstinadamente cuando se volvió para mirar a la escena detrás
de ellos, su cuerpo aún rozaba el de Zane mientras permanecían esperando.
Obviamente estaba seguro de que tenía razón acerca de la amenaza. Pero era muy
posible que sólo hubieran evacuado a unos pocos cientos de personas frente a las
noticias locales porque Ty estaba dopado. Zane suspiró y mantuvo el brazo
discretamente alrededor de la cintura de Ty. La mayoría de sus compañeros de
trabajo se figurarían que Zane le estaba reteniendo.
Los técnicos de desactivación de bombas dirigieron un pequeño robot por
una rampa desde la parte trasera de su camión, y otro miembro del equipo sacó un
megáfono para dirigirse a la multitud mientras el robot resoplaba a ritmo de
caracol hacia el plato. Aparte de eso, era difícil ver lo que estaba sucediendo en el
campo.
Ty se aclaró la garganta y volvió la cabeza para mirar a Zane. Se acercó y le
habló en voz baja.
—¿Dónde están Shannon y Elaina? ¿Están a salvo?
—Están por aquí —murmuró Zane. Extendió la mano sobre la parte baja de
Ty contra la tela—. No tienes buen aspecto.
—Cállate —murmuró Ty mientras se daba la vuelta y miraba al banquillo.
Siguió sujetándose al brazo de Zane para sostenerse firme.
Zane suspiró y se resistió a la tentación de apoyar la frente contra la de Ty
en un intento de apoyo y consuelo. Este definitivamente no era el momento ni el
lugar, sin importar lo mucho que los instintos de Zane le gritaran que arrastrara a
Ty a algún lugar seguro donde pudiera cuidar de él. Tendría que lidiar con eso y
las consecuencias de las otras realizaciones trascendentales de la mañana más
tarde.
Una voz resonó por el megáfono, y Ty se sobresaltó contra Zane antes de
darse la vuelta para mirar el campo cuando el locutor advirtió a la gente que
permanecieran donde estaban y se cubrieran la cabeza.
—¡Tyler, baja aquí antes de que te caigas! –gritó Shannon.
Salió y agarró la correa del protector de pecho de Ty.
—¿En qué estabas pensando, tomando algo antes de venir aquí?
—Estaba pensando… eh, me dolían las costillas —respondió mientras se
tambaleaba hacia los lados.
Zane lo soltó cuando Shannon se hizo cargo y empujó a Ty hacia el
banquillo.
—Realmente quería estar aquí.
—No conseguir lo que quiere no le matará –les informó a Shannon. Empujó
a Ty por el pecho, y cayó contra el viejo banco de madera con un golpe y el
repiqueteo del equipo de protección. Ella le señaló con el dedo a la cara y lo agitó
—. Mejor será que algo vuele ahí fuera –advirtió.
—Mami, creo que necesita tiempo fuera –observó Elaina, su joven voz
irónica y divertida.
Ty se limitó a asentir mientras la miraba con los ojos muy abiertos. Era un
poco gracioso, la verdad. Zane nunca había visto a Ty actuar así en torno a una
mujer, excepto tal vez su madre. Por lo general, era todo encanto y ocurrencias
carismáticas. Zane tuvo que cubrir su sonrisa con una mano y darle la espalda.
Cuando lo hizo, vio a uno de los equipos artificieros correr en su dirección.
Cuando llegó a ellos, se apoyó en la cerca de atrás del banquillo para hablar con Ty
a través de la alambrada.
—Definitivamente hay algo ahí abajo –les dijo el hombre les dijo en voz baja
—. Parece un interruptor de presión de algún tipo.
Ty volvió la cabeza, y el hombre siguió hablando con él en un tono más bajo
un momento antes de enderezarse bruscamente y volver corriendo hacia el
camión. Zane bajó a la caseta para pararse al lado de Ty.
—¿Y bien?
Ty le miró y se humedeció los labios con inquietud.
—Piensan que es un interruptor de presión –repitió Ty a las personas a su
alrededor—. Algo del tipo Bouncing Betty 8, las minas antipersonas saltarinas. Los
artificieros van a mandar uno de esos robots kamikazes para apretarlo –le dijo a
Zane en voz más baja.
Zane se sentó junto a él.
—Ayer hubo partidos, ¿verdad? ¿Así que tuvo que haberse hecho durante la
noche?
—Sí. Estuve prácticamente recostado sobre la maldita cosa anoche —
murmuró Ty—. Y estaba torcido.
—Jesús, Grady –dijo alguien cerca—, nunca más voy a burlarme de tus
supersticiones.
—Te dije que tocar el plato de home antes del primer lanzamiento daba
mala suerte —respondió Ty en voz baja, apartando la mirada de Zane mientras
8 Se la llamó así en la II Guerra Mundial, es la más conocida de las minas antipersona saltarinas.
Cuando se detonaban, saltaban en el aire y explotaban a la altura de la cintura o cabeza.
hablaba.
Zane apoyó los codos en las rodillas mientras escuchaba el circo de la
brigada de explosivos, bomberos, cámaras de las noticias y policías rodeando el
otro campo de juego. No quería pensar en lo cerca que había estado Ty de grave
daño corporal. Podía desear que Ty hubiera estado en la parte exterior del campo,
pero no apostaría a que otro hubiera notado el problema con el plato.
Suspiró y dejó caer la cabeza, sacudiéndola.
El hombro de Ty rozó el suyo y Zane pudo sentirlo zumbando con energía
nerviosa.
—¿Estamos a salvo aquí? —Preguntó alguien—. ¿Deberíamos ir más lejos?
—Estamos bien –les aseguró Ty secamente—. Si no explota antes de que
puedan desarmarlo, dicen que no está cargada, así que no habrá metralla. A menos
que vuele los brazos del robot o algo.
—He visto suceder eso —dijo una voz desconocida desde más abajo de la
caseta.
—Tonterías —respondió alguien con una carcajada.
—Dios, es la pura verdad. El brazo voló por el aire y aterrizó como una
maldita flecha.
—¿Nos alcanzaría si eso sucediera? —preguntó una voz preocupada.
—El robot está hecho para volar mierda —respondió Ty con una voz
molesta—. Las partes articuladas no explotan —espetó. A primera vista, el tono de
su voz decía que estaba hablando con un civil que le estaba poniendo de los
nervios, pero en el fondo Zane reconoció que su compañero estaba bastante
alterado. Zane se enderezó y se echó hacia atrás, cuando logró meterse, no
fácilmente ya que la gente estaba apiñada en el banquillo, se deslizó lo suficiente
para que sus piernas se tocaran desde la cadera hasta la rodilla.
—¡Todos al suelo! –gritó alguien desde algún lugar detrás de Zane.
Las manos de Ty estuvieron inmediatamente sobre Zane, tirando de él al
suelo con todos los demás a la tierra apisonada. Zane golpeó el duro suelo con las
rodillas, cambiando el peso hacia atrás justo a tiempo de evitar caer hacia adelante
sobre la cara. Ty tiró a Shannon y a su hija cerca y se apiñaron todos juntos,
envolvió el brazo sobre Zane y lo apretó hacia la tierra. Su protector de pecho se
clavó en el costado de Zane mientras trataba de proteger a los tres de la explosión
que supuestamente no les alcanzaría.
Las sirenas sonaron a través del parking, y alguien gritó por un megáfono
para asegurarse de que la zona estaba despejada. La escena tenía que ser más fácil
de manejar que la mayoría, teniendo en cuenta que todo el mundo estaba
involucrado con la ciudad y conocía los procedimientos de emergencia de alguna
manera. Demonios, la mitad de ellos probablemente habrían estado trabajando en
la escena si hubieran estado de guardia.
Fueron diez largos segundos de lo que pareció puro silencio antes de que
sonara la explosión. Obviamente desarmarla no había ido bien.
Zane se estremeció. Fue muy, muy alto para una bomba lo suficientemente
pequeña como para caber debajo del plato.
Un silbido de tierra y pequeños trozos se filtraron a través de la valla para
revolotear por encima de ellos, y Ty se curvó sobre él de manera protectora cuando
el aire pasó flotando. Esperó un largo rato, hundiendo los dedos en el hombro de
Zane mientras lo aferraba, su respiración áspera contra su oreja. Este cerró los ojos,
agradecido de que Ty estuviera junto a él en lugar de al otro lado del campo. Poco
a poco comenzó a sentarse.
Ty se incorporó cuando le sintió moverse, levantó la cabeza y miró a su
alrededor para inspeccionar los daños. La gente alrededor tosía y escarbaba en el
suelo del banquillo, todos tratando de ponerse de pie al mismo tiempo. Ty se
irguió vacilante y miró a través de la cerca mientras ofrecía su mano para ayudar a
Zane y Shannon a levantarse.
—Oh Dios —dijo de repente, la mano cayendo floja a su lado mientras
acercaba la cara a la alambrada.
Zane se puso de pie junto a él y miró hacia el campo con el ceño fruncido.
—¿Qué?
—Garrett —Ty prácticamente gimoteó mientras se agarraba a su hombro—.
¡El Bronco!
El Bronco verde se sacudió cuando el brazo robótico del robot anti bomba
rodó lentamente por el capó. La abolladura que dejó fue enorme, dando la
impresión de que la parrilla estaba frunciendo el ceño.
—Ay –suspiró Zane.
—Mi camioneta –gimió Ty.
—Oh, Ty —dijo Shannon con simpatía mientras se levantaba y se asomaba
al parking.
Alguien más en el banquillo soltó un silbido bajo y varios de los otros
agentes se echaron a reír.
—Las piezas articuladas no explotan, ¿eh? —preguntó alguien con voz
burlona.
—Mi camioneta —repitió Ty lastimosamente.
—Estoy seguro que… se podrá pulir, hombre –le dijo uno de ellos a Ty con
una voz que intentaba ser consoladora, pero que sólo logró vacilar cuando el
hombre trató de no reírse.
—¡En tres años, nada ha aterrizado allí! —gritó Ty de repente. Todo el
mundo en el banquillo comenzó a reír.
Zane se movió lentamente, decidiendo que girarse hacia Ty e interponerse
entre él y la salida del banquillo probablemente no era una mala idea. Con el
estado de ánimo de Ty, podría salir corriendo y tumbarse sobre la camioneta para
protegerla. Después de otra mirada, Zane se aferró a su antebrazo. Por si acaso.
—¿Quién demonios cree que esa mierda es graciosa? —le gritó Ty a todo el
mundo—. ¿Dónde está mi arma? —Exigió con toda seriedad mientras comenzaba a
palparse.
—¿A quién vas a disparar? ¿Al robot? —preguntó Zane con un suspiro.
Vio a uno de los hombres del escuadrón de artificieros dar la señal de todo
despejado y tiró del brazo de Ty. Los reporteros comenzaron a desplazarse hacia la
zona acordonada cuando la gente comenzó a moverse.
—Vamos. Comprobaremos los daños. —Ty salió del banquillo y comenzó a
acercarse al Bronco, murmurando airadamente mientras empezaba a despojarse
del equipo protector de catcher.
Zane corrió tras él, esquivando las espinilleras y el protector de pecho,
cuando rebotaron contra el suelo.
—No puedo creer esta mierda —exclamó Ty—. Cuál es la jodida
probabilidad de esto, ¿eh?
—¡Agente especial Grady! –gritó una reportera y Zane se giró para verla
correr tras ellos con un par de impresionantes de tacones de aguja.
Ty se volvió hacia ella y dejó caer las manos.
—¿En serio? —Gritó con enojo.
—¿Es su coche, agente Grady? —Gritó tras él, con el micrófono extendido
mientras ella y su cámara continuaban corriendo hacia ellos, tratando de
alcanzarlos desde unos veinte metros detrás. Zane se preguntó cómo sabía el
nombre de Ty.
Ty volvió a mirar al Bronco, agitando su mano.
—¡Sí, es mío! ¡Mírelo!
Dio un paso más hacia el Bronco con el ceño fruncido, y el capó explotó
hacia arriba, expulsando llamas. El sonido que siguió, un grito de metal y
maquinaria, como una súplica mecánica aterrorizada de ayuda, y el viejo Bronco
saltó en el aire, llamas y calor volando como si el tanque de combustible hubiera
explotado. La conmoción de la explosión golpeó a Ty y Zane hacia atrás al suelo, el
calor silbó sobre ellos con lo que Zane habría jurado que era un gemido dolorido
del vehículo.
El último aliento del amado Bronco de Ty.
Ty se levantó lentamente, mirando con horror absoluto las llamas que
lamían las ramas de los árboles de arriba. De pronto se incorporó y echó a correr
hacia los restos del vehículo. Zane lo agarró y lo tiró al suelo. Zane no tenía
ninguna duda de que Ty trataría de apagar las llamas por sí mismo y
probablemente se iría en una gloriosa llamarada de fuego tratando de salvar la
maldita cosa.
—¡Ella se quema, Zane! —Gritó Ty, en estado de pánico, con la voz llena de
angustia, mientras trataba de retorcerse y soltarse.
El sonido rompió el corazón de Zane. Tuvo que envolver los dos brazos
alrededor de su compañero y poner todo su peso sobre él para evitar que Ty
arremetiera ciegamente mientras los bomberos les adelantaban corriendo.
—Ty, para —dijo con firmeza.
Ty se tensó como si fuera a lanzarse de nuevo, pero luego se relajó debajo de
Zane como si alguien le hubiera sacado el aire. No profirió ni un sonido, y parecía
estar conteniendo la respiración mientras estiraba el cuello, mirando las llamas
crepitantes y la columna de humo negro.
El cámara patinó hasta detenerse junto a ellos, filmando el ardiente Bronco,
a los bomberos tratando de contener las llamas con los extintores, filmándoles
mientras Ty debajo de Zane observaba a su amiga más vieja arder.
Capítulo 5
Zane bajó corriendo las escaleras a la sala de estar y se detuvo, mirando a su
alrededor para encontrar a Shannon. Ella les había llevado a la casa de Ty, ya que
la camioneta de Zane había estado detrás de la línea de seguridad acordonada.
Habían decidido que necesitaban llevarle a casa, lejos de las cámaras de televisión
que parecían adorar atormentarle, donde podría derrumbarse en paz.
La encontró sentada en un sillón, y Elaina tirada en el sofá, por lo que Zane
se movió para unirse a ellas.
—¿Cómo está? —Preguntó Shannon dubitativa—. Sé lo que sentía por esa
camioneta.
Zane sacudió la cabeza mientras se despojaba de la sudadera antes de
sentarse.
—Todavía está en estado de shock. No se pasea ni despotrica o cualquier
otra cosa que yo esperaría de él. No estoy seguro de que sea mejor. —Levantó la
vista hacia el techo—. Se supone que tiene que tomar una ducha.
—Silencio y sigue sin ser una buena señal —dijo Shannon mientras se
enderezaba y se ponía las manos en las rodillas. Se puso de pie y miró hacia el
techo también—. ¿Quieres una cerveza? Creo que todos nos merecemos una
después del día de hoy —dijo en voz baja mientras se dirigía a la cocina.
—Dr Pepper está bien —dijo Zane—. Estaba pensando en sugerir que
pidiéramos algo de comida. Quiero mantener un ojo sobre él después de la
reacción que tuvo a los analgésicos.
—No son los analgésicos lo que me preocupa. Habla de esa furgoneta suya
como si fuera una persona. Acaba de perder a su más vieja amiga.
—Lo sé —dijo Zane con gravedad.
—Las pastillas sólo empeorarán las cosas. ¿Cuántas se ha tomado, de todos
modos? —preguntó Shannon mientras buscaba en el frigorífico. Ciertamente se
comportaba como si hubiera estado allí antes. Zane tuvo que esforzarse para no
preguntarse cuánto tiempo había estado saliendo. Nunca le había oído a Ty hablar
de ella y nunca la había visto antes.
Ella dejó que la puerta se cerrara y volvió con Zane con una botella de
cerveza y una lata de refresco.
—No le vi tomar la pastilla. Después de la forma en que estaba anoche, diría
que tomó una entera, lo que me hace pensar que debería darle una colleja –divagó
Zane, aceptando el Dr. Pepper con un tranquilo gracias mientras pensaba en lo
enfermo que estaría Ty por la mañana.
Shannon se rió de él en voz baja y se sentó enfrente.
—Vosotros dos sois divertidos —comentó con un movimiento de cabeza.
Zane parpadeó y se concentró en ella, pensando en lo que había dicho y
considerando si era seguro
—¿Por qué dices eso?
—Quiero decir, no te lo tomes a mal ni te ofendas –dijo rápidamente,
manteniendo la voz baja mientras Elaina roncaba a su lado—. No sólo tomas esto
por los cuernos. Y al verle hoy, es obvio que confía en ti. Es… raro verle mostrar
tanta emoción por alguien.
Zane la miró durante un largo momento antes de relajarse en la silla.
—Bueno. Hemos pasado por muchas cosas juntos.
—Eso me han dicho —reconoció con un asentimiento lento. Se humedeció el
labio inferior y miró la alfombra, dando golpecitos con el dedo en la botella de
cerveza con inquietud, como si se hubiera quedado sin cosas que decir y no
pudiera decidirse sobre un nuevo tema seguro.
Zane resistió las ganas de sonreír. Ella no era agente de campo: era
demasiado fácil de leer.
—¿Y qué has oído? –preguntó curioso—. Supongo que estás asignada a la
oficina de Baltimore, pero no te he visto antes de hoy. –Le dirigió una sonrisa
sincera—. Te recordaría.
Ella resopló y le sonrió con ironía.
—No puedes hechizarme, agente Garrett —advirtió, señalando hacia arriba
donde podían escuchar a Ty moverse—. He sido bautizada en el fuego.
—Por favor, llámame Zane —pidió. Estaba empezando a ver por qué Ty se
había sentido atraído por ella. No sólo era atractiva, era inteligente y directa.
Ella sonrió más y asintió en señal de agradecimiento, luego se miró las
manos mientras jugaba con la etiqueta de su cerveza.
—Soy una analista que se centra en Oriente Medio. Así es como conocí a Ty.
Hace un par de años necesitaba un hablante nativo para una grabación, y alguien
me habló de él.
Zane siguió mirándola.
—Elaina me dijo que tú y Ty solíais salir. —Miró hacia el techo de nuevo al
oír abrirse el agua de la ducha.
Ella se aclaró la garganta y asintió con la cabeza, mirando a su hija antes de
volver la atención a Zane.
—Estuvimos juntos durante unos meses. Nada serio, más… —Se encogió de
hombros y sacudió la cabeza, buscando las palabras adecuadas—. Como una cinta
en la ventana. Sabes que al final se caerá, pero al menos puedes hacer patrones
interesantes en el ínterin.
Zane se rió en voz baja.
—Esa es una descripción extraña.
—Pero apropiada, ¿no es verdad? ¿Con Ty? No pretendo insultarle. Fue
bueno para mí. Todavía lo es. Nos separamos en buenos términos. Y él fue como
un regalo del cielo para Elaina cuando realmente necesitaba a alguien. Todavía
hace el esfuerzo de pasar tiempo con ella cuando puede. No es del tipo que traes a
casa para mamá, pero es un buen tipo —afirmó ella con una sonrisa tímida.
—Uno de los mejores que he conocido. —Zane miró a Elaina y pensó en la
familia de Ty—. No me sorprende que pase tiempo con ella. Es adorable.
—Gracias —dijo Shannon con una sonrisa. El grifo se cerró escaleras arriba
con un fuerte ruido metálico y miró hacia arriba. Miró de nuevo a Zane, y su
sonrisa vaciló.
Zane negó con la cabeza, preguntándose porque estaba ansiosa. Entonces se
le ocurrió. Ella estaba esperando que se excusara.
—Ah, no vivo lejos, pero hace bastante frío para caminar. No puedo
marcharme hasta que llame a un taxi –dijo, haciendo alusión a irse para darle
tiempo con Ty. Ahora a ver si lo tomaba.
Ella comenzó a sacudir la cabeza rápidamente.
—No, no hay necesidad de eso, te puedo llevar a casa. Yo sólo… él no
debería quedarse solo esta noche. Pero… —Se detuvo y contuvo la respiración un
segundo antes de soltarlo con fuerza mientras sonreía y se reía de sí misma—.
Cuando está tan destrozado y drogado de esta manera, yo realmente no debería
estar cerca de él —admitió mientras se sonrojaba furiosamente—. ¿Podrías
quedarte con él?
Zane ni siquiera trató de ocultar la sonrisa. Sí, ella era valiente.
—Bueno, si ese es el caso, sí, si me puedes llevar a mi camioneta para que no
estemos varados. —Se encogió de hombros y tomó un trago de la lata medio vacía
que tenía en la mano.
—Por supuesto —ella estuvo de acuerdo con gratitud.
Podían oír a Ty moverse arriba de nuevo, lo que era bueno, porque antes
había estado prácticamente catatónico. Unos momentos más tarde, bajó
pesadamente las escaleras y entró descalzo en la sala, tenía el cabello todavía
húmedo y despeinado. Llevaba un par de pantalones de chándal y una camiseta
fina y desteñida que una vez había tenido algo escrito, se había tomado el tiempo
de vendarse los dedos después de la ducha. Se veía horrible, como si alguien
hubiera puesto su cachorro en un asador. Echó un vistazo a los dos tímidamente y
se les unió, pero luego hizo un gesto con la mano a la cerveza de Shannon y
resopló.
—Siéntete como en casa, cariño —bromeó en voz baja.
Shannon resopló.
—Por lo menos es auténtica cerveza y no limonada.
—Probablemente también tiene —comentó Zane antes de vaciar su lata de
refresco. Señaló a Ty—. Pero nada para ti.
—¿Qué tiene de malo la limonada? —preguntó Ty, claramente ofendido.
Shannon se echó a reír mientras se levantaba y dejaba la botella sobre la
mesa junto al sofá.
—¿Estás bien?
Ty se encogió de hombros, incómodo, obviamente buscando una respuesta
que fuera algo honesto. Zane miró de uno a otro, decidiendo que sería mejor
quedarse fuera de esta conversación. Él tendría su propia versión con Ty después.
—Bueno —murmuró Shannon, obviamente conociendo a Ty lo bastante
bien para saber que no estaba bien. Se acercó y lo abrazó con fuerza.
—Voy a llevar a Zane a recuperar su camioneta, ¿de acuerdo? Se quedará
contigo esta noche para asegurarse de que no te tires por el balcón.
Zane se puso de pie y se alejó, dándoles un poco de espacio, preguntándose
si Ty se sentía tan torpe como él. Nunca había conocido a una de las antiguas
novias de Ty. No se había dado cuenta que tenía antiguas novias.
Ty se limitó a asentir cuando ella lo soltó. Hizo un esfuerzo por darle una
sonrisa, pero su corazón no estaba obviamente en la tarea de mantener una
fachada. Era interesante que no pareciera sentir la necesidad de molestarse con
ella.
Shannon recuperó el bolso del mostrador de la cocina, Ty miró a Zane a los
ojos. Este inclinó la cabeza a un lado como si preguntara alzando una ceja. Ty
respondió con un gesto de impotencia que no era lo bastante identificable, aparte
de decir que estaba de verdad incómodo y probablemente con el corazón roto.
Ty se aclaró la garganta y se acercó al sofá donde Elaina aún dormía
pacíficamente, se inclinó y la tomó con cuidado en brazos antes de levantarla con
facilidad. Ella murmuró adormilada y se acurrucó en su hombro.
—Vamos a llevarte al coche —dijo, y Shannon los observó con una sonrisa
triste mientras Ty llevaba a la niña a la puerta.
Miró a Zane.
—¿Listo?
Zane asintió, observando a Ty de cerca, pero pensó que tenía que confiar en
él para saber si confiaba en sí mismo lo suficiente para llevar a la niña. Verle con
ella, tan cuidadoso, casi amoroso… era una cara totalmente diferente de Ty,
incluso de la que solía ver en él, y dudaba que viera todos los lados del hombre al
que llamaba su amante alguna vez.
*
*
Ty se sentó en su sala de estar con todas las luces apagadas y las persianas
bajadas, mirando los contornos de los muebles en la oscuridad. La cabeza le latía,
pero era de ira y la angustia más que de la pastilla que había tomado hacía varias
horas.
No sólo era alguien tratando de matar a la mayor cantidad de federales,
policías, bomberos, técnicos de emergencias médicas y funcionarios públicos que
pudieran, estaban colocando bombas en lugares públicos donde cualquiera podría
tropezar con ellas.
Y habían bombardeado a su Bronco.
Ty cerró los ojos mientras una oleada de náuseas le atravesaba. Sabía que
era una tontería estar sentado en la oscuridad de luto por un vehículo, pero le traía
sin cuidado. Ese Bronco había sido parte de él. La había tenido la mitad de su vida.
La rescató de la chatarrería y reconstruyó cada pedazo de ella con sus propias
manos. Por qué la bomba había explotado cuando lo hizo era algo que nadie sabía,
pero Ty creía firmemente que el Bronco lo había hecho, sin importar lo tonto que
sonara. Ella había sido una compañera leal, y ahora había recibido el golpe para él.
Arrojada a sí misma sobre la granada.
Sabía que tenía lágrimas corriendo por su rostro, pero no le importaba.
Merecía ser llorada.
El roce de la llave en la cerradura de la puerta principal ni siquiera le
desconcertó. Zane entró con un chorro de luz del sol y una ráfaga de aire frío, con
un susurro de plástico y papel. Cerró la puerta detrás de él y se quedó quieto.
Probablemente dejando que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad.
—He traído algo de comer.
—Ajjj —respondió Ty automáticamente cuando la idea de comida hizo
protestar a su estómago.
—Sí, me imaginé que esa sería tu reacción. –La voz de Zane contenía un
toque de diversión—. Así que tengo pollo, puré de patatas y galletas. Cosa
sencillas para asentarte el estómago. —Comenzó a moverse hacia la barra de la
cocina.
Ty tragó con dificultad y lo vio alejarse, tratando de pensar en algo que
decir que no tuviera relación con comida, bombas, coches, mujeres, o él allí sentado
solo en la oscuridad y secándose las lágrimas de la cara. Observó a Zane poner un
par de bolsas sobre la barra junto con las llaves, la cartera y la placa. Después de
encender la pequeña luz bajo el microondas, se quitó la pesada chaqueta de cuero
y su arma se unió a la pila. Luego se volvió y se apoyó en la barra, con las manos
en los bolsillos, mirando hacia su compañero.
—¿Ha pasado el efecto del Vicodin?
—Oh, sí —respondió Ty mientras su estómago daba vueltas y los nervios
inexplicablemente le asaltaban. No sabía por qué estaba nervioso. Demonios, no
había hecho nada malo esta vez. No mucho.
Zane lo miró un largo momento antes de caminar y pararse delante de él.
—¿Puedo traerte algo? –Sonaba, y parecía, honestamente preocupado.
Ty le miró mientras el torno alrededor de su pecho se aliviaba un poco.
Sonrió débilmente y extendió la mano para deslizar los dedos por el dorso de la
mano.
Zane se puso en cuclillas frente a él, le tomó la mano y le besó los nudillos.
Suspiró.
—Lo siento. Odio que estés dolido —agregó en voz baja.
Las palabras golpearon ese acorde ya familiar en el pecho de Ty que hacía
que se retorciese y se tensase. Sacudió la cabeza para librarse de la sensación
dolorosa que el ataque y la pérdida subsiguiente habían provocado y extendió la
mano para acariciarle la mejilla.
—Estoy bien. Me despertaré mañana listo para la venganza, y todo volverá
a la normalidad.
El gruñido que Zane soltó en respuesta no sonó muy seguro, pero no hizo
ningún comentario. Giró el rostro para besarle la palma antes de levantarse.
—Vamos. Por lo menos come algo de puré por mí. —Tiró de la mano de Ty
suavemente—. Luego iremos a la cama, veremos películas, y haremos el vago el
resto del día.
—Está bien —dijo Ty sospechosamente mientras se levantaba. Conocía a
Zane lo bastante bien como para saber cuándo le estaba ocultando algo. Pero
también sabía que se lo soltaría en su propio momento y no antes, a menos que Ty
excavara con fuerza por ello. Y no quería hacerlo. Sólo quería sentarme, llorar y
que el día acabara—. ¿Podemos saltarnos la comida e ir a la cama?
Las arrugas del rostro de Zane se suavizaron visiblemente.
—Sí. Meteré la comida en el frigorífico. Sube. Llevaré un poco de agua. —Ty
asintió mientras se movía hacia las escaleras en el centro de la estrecha casa
adosada. Dejó que la mano se deslizara por el antebrazo de Zane y su vientre
mientras pasaba, luego bajó la cabeza y subió al dormitorio en sombras del
segundo piso. Supuso que era normal sentirse como si algo estuviera mal después
de casi ser volado y luego ver a tu más viejo compañero y tu más querida posesión
volar en humo mientras la gente que te rodeaba lo filmaba. Por no mencionar el
hecho de que él era ahora oficialmente un objetivo. Se había convertido en el chico
de póster para la mierda que necesitaba volar Baltimore.
Unos minutos después oyó los pasos de Zane en las escaleras, y luego
apareció en la puerta, con una pequeña bolsa de lona en una mano, la pistola en la
otra y dos botellas de agua en el hueco del brazo. El arma y las botellas fueron a la
mesita de noche, el petate al suelo junto a la cómoda. Probablemente tenía más
ropa escondida en su habitación libre que la que tenía en su propio apartamento.
Ty a menudo se preguntaba cómo se las arreglaría si Zane se acobardaba y lo
terminaba. ¿Llegaría a tirar por el balcón toda su mierda y montaría una escena?
Esa era realmente la única cosa sobre el final que esperaba con interés.
Se sentó en la cama, frunciendo el ceño a los zapatos de Zane mientras lo
pensaba. Luego el colchón se hundió a su lado.
—Pensar debe ser terriblemente difícil para alguien que ha estado
atiborrado de analgésicos toda la mañana. –Era una tomadura de pelo suave.
—No me dejes volver a tomar otra de esas cosas. –Sabía que necesitaría una
por la mañana, por supuesto.
—Si eso es lo que quieres, está bien. Puedes pegarte al Tylenol y a la cerveza
—respondió Zane.
Ty extendió la mano y palmeó la rodilla de Zane, dejando que la mano
descansara allí cuando finalmente se obligó a levantar la mirada y mirar a los ojos
de Zane.
—Gracias por creer en mí hoy –dijo ásperamente—. Nadie más lo hizo.
—Confío en ti —dijo Zane simplemente.
Ty apretó la mano un momento, luego miró hacia otro lado y dejó que sus
dedos resbalaran de la rodilla.
—Ty, yo…. –se calló y soltó un suspiro tembloroso antes de intentarlo de
nuevo—. ¿Qué tal si te acuestas? Parece que estás a punto de quedarte dormido ahí
sentado.
—Sí –asintió Ty tranquilamente. Se echó hacia atrás y rodó hacia el centro
de la cama, apartando las sábanas y pateándolas a la parte inferior de la cama—.
¿En qué estás pensando, Zane?
Este se inclinó hacia atrás de costado y se volvió para mirarle. Sus ojos
decían que no planeaba responder. Ty dejó caer la mano a un lado, cayó sobre la
espalda justo debajo de la camisa. Zane le dirigió una media sonrisa por encima
del hombro antes de quitarse la camisa por encima de la cabeza, dejando al
descubierto la espalda llena de cicatrices a la luz de la lámpara de la esquina. Se
levantó, se quitó los zapatos y pantalones vaqueros, y pronto se arrastró en la cama
junto a Ty con solo los calzoncillos.
Ty se estiró y dejó caer su antebrazo sobre el pecho de Zane, luego se giró y
deslizó el otro brazo a su alrededor, acercándolo más y curvándose contra él con
gratitud. Zane se acomodó a su lado, cerró los brazos alrededor de Ty y suspiró. Ty
sintió las palabras en su lengua y conscientemente contuvo la respiración, evitando
pronunciarlas. Sabía que Zane se sentía incómodo con las palabras "Te amo",
aunque no entendía exactamente por qué.
A ninguno de ellos les daría una paliza. Sabía que Zane le amaba, a su
manera.
Y esperaba que Zane supiera que la única cosa que había amado más tiempo
que a él era el Bronco.
*
*
Ty sentía que estaba despierto desde hacía mucho tiempo antes de que su
mente realmente se diera cuenta de ello. Era consciente de estar en la cama. Era
consciente de la luz del sol muy temprana golpeando su rostro. Era consciente de
todo su cuerpo dolorido. Era consciente de un dolor sólido en su corazón que tenía
la forma de un Ford Bronco verde y marrón.
Simplemente no podía convencerse de moverse o abrir los ojos. Pero,
finalmente, volvió la cabeza y abrió un ojo con un suave gemido.
Zane yacía de costado a su lado, la mano extendida sobre su pecho. Parecía
relajado y profundamente dormido, aunque Ty lo conocía bien. Zane seguía
durmiendo ligeramente, aunque mejor las pocas noches a la semana que dormían
juntos.
Se quedó quieto un largo rato, tratando de reconstruir el ayer y tratando de
decidir que le dolía esta mañana. Se sentía como si le hubiera golpeado un tanque.
Otra vez.
Por fin, tuvo que moverse y rodar. Se quedó sin aliento por la sorpresa
cuando al hacerlo, un dolor inesperado le apuñaló el costado.
Zane abrió los ojos de golpe y se incorporó sobre un codo.
—Cuidado, estás muy magullado.
—Lo siento –jadeó Ty mientras trataba de decidir de qué forma moverse.
Porque después de acomodarse, no iba a moverse de nuevo. Nunca.
—¿Tienes que levantarte? Podría ser una buena idea. Apuesto que estás
rígido.
Ty gruñó y asintió con la cabeza, levantándose con cuidado. Miró la cinta en
sus dedos e hizo una mueca mientras se sentaba por completo. Zane se quedó
donde estaba, observando en silencio. Todavía estaba caliente y con sueño, y
también miró.
—Siento haberte despertado –ofreció Ty lastimosamente tan pronto como se
sentó.
Zane se encogió de hombros y se deslizó hacia abajo, tirando la almohada
contra su pecho.
—¿Tienes Tylenol? —le preguntó Ty con una mueca de dolor. Se frotó con
cautela las costillas.
—Sí. No he tirado el Vicodin, si quieres –dijo Zane en voz baja.
Ty volvió y miró a Zane con sorpresa. Este enarcó una ceja pero no dijo más.
Ty le dio un gruñido y con cautela se tumbó. Extendió la mano buena en silencio y
deslizó los dedos entre los de Zane mientras cerraba los ojos.
Zane se quedó quieto después de cerrar la mano alrededor de la de Ty y
pasó un minuto antes de respirar hondo y soltar el aire con fuerza antes de
sentarse.
—Voy a conseguir algo. Te tiene que doler bastante.
Ty no discutió. Lo había pasado mucho peor que esto, pero en los últimos
años su lema se había convertido en algo así como "¿por qué doler cuando no
tienes por qué?”. Abrió los ojos y observó a Zane con admiración pero no trató de
sentarse de nuevo.
Zane sonrió, al parecer, no sorprendido por la respuesta.
—Enseguida vuelvo. —Salió del dormitorio y desapareció por el pasillo.
Cuando regresó, colocó el pequeño sobre en el regazo de Ty antes de
alcanzar una botella de agua de la mesita de noche y ofrecérsela.
Ty miró el paquete de Vicodin con disgusto mientras aceptaba la botella.
—¿Crees que me dolería más si no tomo otra? —preguntó con
incertidumbre.
—¿Está pensando ir a alguna parte? Es lunes, ya lo sabes —dijo Zane—. Es
posible que, al menos, consideres ir al trabajo, aunque… —Sacudió la cabeza
mientras miraba todos los moretones.
—Tengo que ir a trabajar. Pillaré todo tipo de mierda si llamo.
Zane se encogió de hombros.
—Es tu elección. Puedes levantarte, ir a trabajar, y ser miserable todo el día,
o te puedes quedar aquí, relajarte y tratar con la mierda de la gente mañana. —
Comenzó a sacar ropa del armario—. Probablemente estás en todas las noticias de
todos modos. Otra vez.
Ty suspiró y empezó a tratar de salir de la cama.
—Cuando lo pones de esa manera —murmuró mientras se levantaba.
Zane cogió su petate y lo arrojó sobre la cama. Luego se detuvo y miró a Ty.
—¿Tomarás al menos el Tylenol? Porque te ves como una mierda y duele
mirarte.
Ty ladeó la cabeza e hizo una mueca.
—¿Me veo tan mal? —preguntó realmente preocupado—. Quiero decir por
las drogas, no las contusiones. —Estaría condenado si se corría la voz de que
estaba con resaca o dopado esta mañana, no después de la escena que hizo ayer.
Zane negó con la cabeza.
—No, parece como si tuvieras un verdadero dolor. Por supuesto, otras
personas pueden no reconocerlo y pensar que estás de tu humor gruñón normal.
—Puedo lidiar con eso —dijo Ty con gesto satisfecho. Hizo una mueca
cuando Zane le dio la espalda y se dirigió a la habitación de invitados, donde
colgaban un par de sus trajes en el armario.
—Usa el gris –gritó por impulso, con la esperanza de que Zane lo hiciera
sólo para complacerlo.
Amaba a Zane con el traje color carbón, hacía que su tez oscura fuera mucho
más llamativa. Zane podría argumentar en contra de ser guapo, pero estaba
equivocado.
—Sí, vale –gritó Zane.
Ty sonrió, luego suspiró mientras miraba a las pastillas en la mano.
Abriendo el paquete, se echó unas pastillas en la mano y las contempló con
amargura. Zane volvía por el pasillo justo cuando se metía una en la boca y la
hacía bajar con un par de tragos de agua.
—Supongo que yo conduzco –observó Zane antes de girarse hacia el cuarto
de baño.
—Eso no es divertido, Zane –le disparó Ty.
—No se suponía que lo fuera, Ty.
Se vistieron rápidamente. Ty le dio a Zane una de sus mejores corbatas
porque la suya que había dejado allí había sido desgarrada en algún momento y
estaba destrozada sin remedio. Ty prefería corbatas estrechas, y aunque se veía
bien en Zane, la gente podría darse cuenta que no era suya. Sin embargo, tendrían
que lidiar con eso. Con todo el bombo de las relaciones públicas, la Oficina había
tomado medidas enérgicas con el código de vestimenta, las corbatas eran una
necesidad en la oficina.
Salió al pasillo llevando los zapatos debajo de un brazo y tirando del
esparadrapo de los dedos. Se lo quitó con cuidado para comprobar su dedo. Las
articulaciones estaban azules e hinchadas, y dolió al moverlo. Estaba empezando a
sospechar que no lo habían arreglado correctamente.
Suspiró e hizo una bola con el esparadrapo. Tendría que asaltar el botiquín
de primeros auxilios, cuando llegara a la oficina.
—¿Qué haces normalmente para desayunar? —preguntó a Zane en voz alta.
Se dio cuenta de que, en realidad, nunca había estado aquí por la mañana antes del
trabajo. En los días de semana que se quedaba, se levantaba temprano y se iba a su
apartamento para prepararse, mientras que Ty iba a correr, y luego se reunían en la
oficina. Era una sensación extraña tenerle aquí. Algo agradable.
Zane apareció en la puerta del dormitorio, atándose la corbata.
—Hay una buena panadería y un deli de camino a la oficina desde mi casa.
Me detengo y compro un café, al menos. –Se lió con el nudo, tiró de los extremos
para aflojarla y empezó de nuevo mientras volvía al dormitorio.
Ty se acercó a Zane y extendió la mano para agarrarle el hombro. Zane se
relajó mientras le rodeaba para agarrar la corbata desde atrás.
Lo había intentado antes, pero la única manera de poder atar una corbata
era si la llevaba puesta. Ató el nudo con destreza con los brazos envueltos
alrededor de Zane, y la calidez de Zane permitió que la simple acción se hundiera
profundamente en su interior.
Cuando terminó, colocó sus manos sobre el pecho de Zane y lo abrazó,
luego retrocedió antes de que el momento pudiera ser demasiado dulzón.
—Voy a necesitar comer algo o me pondré todo… picante –le dijo Ty con un
ceño mientras se alejaba.
—Eso iría bien en la oficina —dijo Zane con ironía—. Me gustaría verlo.
Ty asintió y murmuró en silencio, se dirigió a las escaleras, llegó a la sala de
estar para ponerse los zapatos. Iba a ser un día largo.
*
*
Zane aparcó su camioneta en la acera junto a un SUV del gobierno sin
distintivos.
—¿Por qué no te quedas aquí? Ya hay un equipo aquí, no es como si fuera a
estar solo.
Ty asintió mientras miraba la variedad de uniformes de la policía de
Baltimore y cazadoras del FBI en la calle. Se les había llamado para investigar un
paquete sospechoso en una zona comercial de lujo en el Inner Harbor. Los clientes
y empleados se apelotonaban en las aceras que estaban cerradas por barricadas, el
edificio ya había sido evacuado como medida de precaución, y los reporteros se
abrían camino a codazos de cualquier manera. Un montón de periodistas.
—No tienes que decírmelo dos veces —murmuró. La breve chispa de
energía mañanera del Vicodin había desaparecido rápidamente, dejándolo
dolorido, con náuseas y totalmente miserable, como Zane había predicho.
Este se desabrochó el cinturón de seguridad y ofreció Ty una media sonrisa.
—Tómalo con calma. Enseguida vuelvo, conseguiremos un almuerzo
temprano y te llevaré a casa. —Salió y cerró la puerta, caminando hacia un grupo
de agentes mientras se ponía una cazadora azul marino del FBI pasándosela por
encima de la cabeza. Ty pensó tardíamente que debería haberle dicho que se
pusiera el chaleco.
Nunca llevaba la maldita cosa a menos que Ty le fastidiara al respecto.
Se deslizó en su asiento y se puso las gafas de sol para que nadie notara si se
dormía allí sentado. Tenía el estómago revuelto, la cabeza todavía palpitaba, y se
sentía… como flotando. Estaba seguro de que había otra palabra para ello, pero esa
era la que más se acercaba a describir la sensación. Era del todo desagradable.
Probablemente debería haber llamado y quedado en casa. En el lado positivo, las
costillas no se sentirían como si estuvieran a punto de romperse, por lo que podría
ser capaz de eliminar el resto de las píldoras cuando llegara a casa. Y Michelle
Clancy había echado un vistazo a su dedo esa mañana, agarrando la mano y tirado
el dígito infractor poniéndolo en su lugar antes de que pudiera gritar por ayuda.
Había dolido como un hijo de puta, pero ahora el dolor había disminuido hasta ser
un latido sordo, y pensó que podría estar bien.
Vio como Zane entraba en el complejo comercial con un grupo mixto de
agentes y policías, siguiendo a los perros detectores de bombas, y luego miró la
fachada del edificio con paredes de cristal, tratando de decidir a qué parte se
dirigían y preguntándose por qué iban con los artificieros. ¿Protección, tal vez?
¿Respaldo para la evacuación? Si no recordaba mal, no había tiendas en los pisos
segundo y tercero, había estado en el patio de comidas un par de veces.
Ty gimió al pensar en la comida y cerró los ojos. Debería haber tomado el
Tylenol y refunfuñado todo el día por estar dolorido. Si empezaba a vomitar, sus
costillas se dañarían de nuevo.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y se hundió aún más en su asiento,
prácticamente en posición horizontal, con las piernas extendidas sobre el
salpicadero del lado del conductor. Observó el edificio sin hacer nada, esperando a
que Zane volviera y le llevara a casa, donde podría revolcarse en la miseria el resto
del día.
Divago un rato, dormitando, pero tenía los ojos abiertos cuando todas las
ventanas de la esquina más alejada del tercer piso del edificio reventaron en una
explosión que provocó llamas lamiendo los marcos.
Ty ya estaba saliendo de la camioneta, los pies golpeando el cemento, antes
de saber lo que estaba haciendo. Él y otros agentes que habían estado merodeando
fuera corrieron hacia el edificio cuando las llamas retrocedieron de nuevo por las
ventanas y las alarmas comenzaron a sonar a todo volumen. Primero en atravesar
las puertas, Ty fue hacia las escaleras con varios agentes tras sus talones. Subió la
escalera de dos en dos, los otros se retrasaron cuando llegó a la salida de incendios
del tercer piso.
Cuando empujó la puerta, se encontró cara a cara con una fina niebla por el
agua que caía de los aspersores para apagar las llamas. El humo llenaba toda la
explanada destrozada, escombros humeantes y goteando llenaban los suelos de
mármol otrora brillantes, y marcas de quemaduras ennegrecían las paredes.
—¡Garrett! —gritó mientras se tapaba la boca y la nariz con la manga y se
movía en el espacio desordenado.
—Bomberos en camino –le dijo un agente sin aliento cuando entró por la
puerta detrás de Ty.
—¿Cuántos subieron aquí? –preguntó Ty.
—Diez, al menos –respondió el hombre—, sin contar los policías.
Ty comenzó a abrirse camino en el vestíbulo en ruinas, permaneciendo
agachado y mirando al techo por si caía algo. Oyó a un perro lloriquear y siguió el
sonido.
—¡Garrett! —gritó una vez más antes de toser.
Feas y espesas columnas de humo ondeaban en el una vez despejado
vestíbulo, atraídos por las ventanas rotas que actuaban como un conducto,
haciendo que le picaran los ojos. Paredes enteras de las boutiques de lujo habían
explotado, enviando la mercancía volando por todo el edificio como un globo de
nieve ceniciento girado y sacudido violentamente. El patrón de la explosión se
abría hacia fuera, hacia las paredes exteriores, era imposible decir dónde podría
haber estado su gente. Entonces Ty encontró dos agentes con cazadoras
apoyándose el uno en el otro, uno cojeando fuertemente, luchando entre los
escombros.
Ty agarró a uno por el hombro, buscando heridas evidentes. Vio un brazo
roto en uno; el otro parecía solamente magullado y maltratado.
—¿Estáis bien? —preguntó, alzando la voz en previsión de que los dos
hombres estuvieran casi sordos por la conmoción de la explosión.
Uno alzó la vista y asintió con la cabeza, aunque hizo una mueca.
—Dos escaparates por ahí —dijo con voz ronca mientras señalaba—.
Algunos de nuestros chicos han caído.
Ty fue en la dirección que el agente había señalado, moviéndose sobre los
escombros con menos cuidado de lo que debería. Pasó por encima de un macabro
maniquí quemado y derretido, la mitad de un muro de ropa desgarrada volada de
una de las tiendas. Ante el sonido de un chasquido seco, miró hacia abajo para ver
un par de gafas de sol de aviador ahora rotas. Más gafas de los escaparates cubrían
el suelo como diamantes esparcidos brillando bajo la lluvia que salía de los
aspersores que estaban intactos. Rodear una puerta de metal tomó unos segundos
preciosos que no tenía y luego se tropezó con un grupo de agentes con diversas
heridas, algunos peores que otros. Un perro estaba encorvado sobre su amo,
gimiendo lastimeramente y alejándose como si tratara de decidir si ir en busca de
ayuda o quedarse.
Un agente se volvió y le hizo señas a Ty con la mano.
—Necesitamos técnicos de emergencias —dijo el hombre, con la voz muy
alta. Señaló a la mujer con una cazadora del FBI. Ella sonrió, las vetas de hollín de
la cara hacían hincapié en lo pálida que estaba por el dolor, agarrándose la pierna
rota, mientras otro agente trató de inmovilizarla.
Ty sacó su teléfono, aunque estaba seguro de que ya habían avisado a los
paramédicos y estaban justo detrás de él. Se acercó a ellos, mientras hacía la
llamada de todos modos. ¿Por qué no lo había hecho primero? ¿O al menos dicho a
alguien más que lo hiciera? No estaba pensando con claridad.
—¿Cuántos? —preguntó Ty al hombre, que parecía ileso.
—Cuatro caídos aquí, dos en paradero desconocido. Estaban en la tienda,
comprobando las habitaciones de atrás. —El hombre señaló a un par de agentes
que trabajaban frenéticamente para hacer a un lado los escombros ardiendo donde
algunas paredes interiores se habían derrumbado—. Estaban más cerca —dijo, el
temor era claro en su voz.
Ty se movió para ayudar y terminó ordenando a uno de ellos que saliera
porque tenía la cabeza abierta y sangraba.
Su formación estaba pateándole, así que no iba a asustarse por Zane
todavía. Sabía que más tarde, cuando la adrenalina se desvaneciera, estaría
enfermo sin importar lo que pasara.
Movían trozos de yeso y madera rota, arrojándolos a un lado mientras
excavaban.
—¡Garrett! –volvió a gritar Ty tan pronto como hicieron un agujero. Más
tarde, no recordaría cuando tiempo había pasado.
Algunas de las placas de yeso en el suelo se movieron y el otro tipo las quitó
de un tirón para revelar a una agente inconsciente con terribles quemaduras en la
cara y las manos. Se arrodilló y le comprobó el cuello y espalda, luego la hizo girar
en sus brazos antes de asentir a Ty para que siguiera adelante, luego salió de la
tienda en ruinas.
Ty asomó la cabeza en el agujero que habían hecho, pero no había nada más
allí que más yeso y bloques de cemento.
—Joder –suspiró Ty mientras se retiraba y miraba a su alrededor un poco
salvajemente. Afuera en la explanada, por donde había venido, podía ver a dos
bomberos con sus voluminosos trajes amarillos yendo hacia él.
Habían pasado al menos seis minutos, contando con el tiempo de respuesta
estándar. Parecía como si hubiese sido pasado mucho más. Toda una vida. Ty se
volvió y miró más profundamente en la tienda llena de humo opaco y sombras
cambiantes.
—¡Garrett! —gritó mientras iba en esa dirección. Estaba oscuro donde las
luces habían volado y la mayoría de los escombros era inidentificables. Se agachó
bajo un trozo de techo caído, obligado a arrastrarse por la alfombra empapada que
había debajo.
Los escombros bloqueaban gran parte del suelo por lo que tuvo que trepar
por ellos en lugar de apartarlos. Cuanto más se acercaba a la parte trasera, el humo
se disipaba, despejado por la brisa fría del exterior. Y entonces lo vio: una mancha
brillante de color rojo contra una pared gris carbonizada. La sangre manchaba en
líneas verticales como si alguien hubiera intentado limpiarla de la pared y una
gruesa puerta de metal quemada yacía en un ángulo bajo, bloqueando la esquina.
Pero una larga pierna que terminaba en un zapato de vestir familiar estaba
extendida y sobresalía del montón de tableros astillados de lo que solía ser la
entrada al almacén
—Zane —Ty quedó sin aliento mientras parecía que perdía la sensibilidad.
Se movió tan rápido como pudo, pateó las piezas ligeras de yeso y apartó la
puerta de metal aún caliente fuera de su camino. Se arrodilló junto a él.
—¿Zane? —Susurró. Su voz vaciló mientras pasaba la mano por el rostro de
Zane.
No tenía cortes ni quemaduras, la puerta de metal lo había salvado de la
explosión Un zapato estaba quemado, pero los cordones todavía estaban intactos.
No parecía herido, aparte de la mancha de sangre chillona en la pared que tenía
detrás por su impacto y posterior deslizamiento al suelo debajo de la puerta que lo
había protegido de la explosión.
Pero Zane no se movía, no se retorcía, no abrió los ojos cuando Ty le tocó la
mejilla. Nada.
A Ty se le revolvió el estómago. Apretó los dedos sobre el cuello de Zane,
buscando el pulso. Su otra mano recorrió el cabello de Zane mientras lo hacía.
El pulso estaba allí. Ty jadeó de alivio, se inclinó y presionó sus labios
contra su frente, sin importarle quien pudiera verle, y luego volvió a mirar a la
tienda en busca de ayuda. Sabía que él no podía sacarle de allí.
—¡Eh! —Gritó mientras veía un rayo de luz atravesando los remolinos de
humo—. ¡Hombre herido! –Gritó al bombero desesperadamente.
A medida que el bombero se acercaba, abriéndose camino entre los
escombros para despejar el camino para su retirada, Ty le reconoció sólo por su
tamaño.
—Podría besarte, tío —dijo al gran hombre negro que sólo conocía como
Tanque. El hombre entregó el hacha al otro bombero y se arrodilló al otro lado de
Zane.
—No en la primera cita —respondió Tanque. Revisó a Zane rápidamente en
busca de heridas y lo cargó sobre sus anchos hombros con un gruñido—. ¿Estás
herido? –preguntó.
Ty sacudió la cabeza.
—Muévete, entonces, Bulldog. El edificio es inestable —dijo mientras se
volvía y cargaba a Zane entre el humo.
Ty se quedó allí, incapaz de moverse. Todo su cuerpo se estremeció al verlos
desaparecer.
El otro bombero le agarró del brazo.
—Vamos. Tenemos que salir de aquí –dijo—. El techo está empezando a
derrumbarse.
Ty asintió y obligó a sus pies a moverse. Siguió al hombre a lo largo de la
ruta que Tanque había cortado a través de la devastación.
En el momento que salió del edificio, mojado, sucio, medio ciego y tosiendo,
las ambulancias habían desaparecido y los bomberos estaban tratando de apagar lo
que quedaba de las llamas.
Lo que quedaban eran las cámaras de televisión. Los reporteros le vieron
cuando salió, y Ty pudo ver el barrido de reconocimiento a través de ellos mientras
se limpiaba el hollín de la cara. Comenzaron a gritar preguntas por encima de la
barrera que había sido colocada apresuradamente.
Ty no les hizo caso y se dirigió hacia los trabajadores de desescombro de
emergencia.
—Eh –gritó Ty a un joven agente con una cazadora prístina que miraba al
edificio. El chico le miró con los ojos muy abiertos, al parecer reconociéndole. Ty se
había ganado una reputación entre los novatos, no necesariamente por las hazañas
sino a través del boca a boca. Todos estaban demasiado aterrorizados de él para
darse cuenta de que la mayor parte de las historias eran exageradas.
Ahora mismo le traía sin cuidado.
—¿A dónde han llevado a los heridos? –preguntó.
—Eh, yo…
—¿Dónde? —gritó Ty con enojo.
—Al UMMC –tartamudeó el chico.
—Tú conduces –le dijo Ty mientras señalaba la camioneta de Zane.
Capítulo 6
Parecía que tardaban una eternidad en atravesar el tráfico hasta el Centro
Médico de la Universidad de Maryland (UMMC), a pesar de que no estaba a más
de dos kilómetros del Inner Harbor. En el viaje hacia allí, Ty se sentó tenso y
silencioso en el asiento al lado del novato que no conocía y que le importaba una
mierda en ese momento. Cuando llegaron, Ty le dijo lacónicamente el chico que
regresara a la oficina y que recogería las llaves más tarde. A pesar de que el novato
abrió la boca aturdido, Ty corrió dentro de la sala de emergencia sin una mirada
atrás.
Estaba en el mostrador de información preguntando por la localización de
Zane y su estado cuando escuchó una voz familiar detrás de él.
—Grady, me alegro de verte. —McCoy estaba detrás de él, con aspecto
sombrío y agotado.
Ty se giró con sorpresa, pero cualquier saludo formal a su inmediato
superior se perdió.
—¿Lo has visto, Mac? ¿Está bien?
McCoy se metió las manos en los bolsillos del pantalón y ladeó la cabeza
antes de responder con voz cansada.
—No sé nada todavía. Acabo de llegar. ¿Dónde estabas tú durante todo
esto?
—Estaba en la camioneta, mareado por un Vicodin que tomé esta mañana
—respondió Ty inmediatamente. Ni siquiera se le pasó por la cabeza disimular.
La ceja de McCoy saltó, pero no hizo ningún comentario.
—Tengo seis agentes en este hospital esta noche, Grady. ¿Vas a ser capaz de
trabajar? —preguntó sin rodeos.
Ty asintió bruscamente. McCoy se limitó a mirarlo, sin romper el contacto
visual.
—Haré lo que sea necesario —insistió Ty con voz ronca.
McCoy asintió lentamente.
—Por ahora, necesito que vayas a casa. —Levantó una mano cuando Ty
abrió la boca para protestar.
—En serio. Parece que acabas de ser escupido por un perro baboso gigante,
y yo tengo que reunir un grupo para investigar lo ocurrido.
Ty se miró consternado. No se veía tan mal.
—Pero puedo ayudar…
—No cuando eres un blanco. No puedo permitirme el lujo de ponerte un
equipo para protegerte, así que te quiero fuera del radar. Esto puede haber sido un
segundo intento, por lo que sabemos. —Volvió la cabeza cuando un agente
apareció a su lado y le murmuró al oído. McCoy volvió sus ojos hacia Ty—. Muy
bien. Están preguntando por ti en el Centro de Trauma. Quinto piso. Dame un
informe sobre la situación, y luego vete a casa. No te sientes aquí con Garrett y le
conviertas a él y a ti en objetivos, ¿entendido?
—Sí, señor —dijo Ty con rebeldía—. ¿Algo más?
Quería lanzarse al ascensor y llegar hasta allí tan rápido como pudiera, pero
al menos tenía que fingir que aún le importaba una mierda el caso.
—Adelante —respondió McCoy, asintiendo con la cabeza hacia el ascensor.
Luego empezó a hablar con el otro agente, quien sostenía un puñado de
carpetas de archivos.
La mente de Ty zumbó durante toda la subida, lanzando todo tipo de
escenarios sombríos que se esforzaba por ignorar. Tan pronto llegó a la estación de
enfermeras escuchó su nombre otra vez.
—¿Agente especial Grady?
Ty se giró para encontrarse con el médico que había gritado su nombre, un
terror abyecto le obstruía la garganta.
El doctor era un hombre joven a pesar de su pelo casi blanco, y proyectaba
un aire de conocimientos y experiencias a su alrededor.
—Soy el doctor Jameson —dijo, tendiéndole la mano—. Un agente de la
planta baja llamó para decir que estaba en camino.
Ty le estrechó la mano de forma automática, sin molestarse en tratar de ser
amable.
—El agente especial Garrett le ha puesto como su contacto de emergencia.
¿Tiene familia? ¿Esposa o hijos? —Preguntó Jameson, bajando la voz a un tono que
probablemente se suponía era calmante.
La boca de Ty se quedó completamente seca, y tuvo que esforzarse mucho
por tragar saliva suficiente para lograr que las palabras salieran.
—Tiene familia en Texas —dijo con voz ronca.
El doctor asintió.
—Sus familiares tendrán que ser notificadas, por supuesto.
Ty se quedó mirando al hombre, tratando de asimilar lo que estaba
insinuando cuando sintió la visión de túnel amenazando. Simplemente no iba a
pasar por esto. Abrió la boca para responder, pero no pudo.
—¿Agente especial Grady? ¿Está bien? —preguntó Jameson con
preocupación—. Me dijeron que no estaba herido. Su compañero necesitará a
alguien con él hasta que su familia pueda llegar.
Ty cerró los ojos e inclinó la cabeza hacia un lado, tratando de mantener el
control solo un poco más.
—¿Está diciendo que está vivo? —consiguió preguntar con voz temblorosa.
Jameson se quedó boquiabierto. Habría sido cómica en otras circunstancias.
—Lo siento mucho… creía que ya había sido informado. El agente especial
Garret se encuentra en estado grave pero estable.
Ty respiró hondo y cerró la mano en un puño, diciéndose que estrangular el
médico no le serviría más que para acabar en la cárcel.
—¿Puedo verle? —preguntó con los dientes apretados, mirando al médico
peligrosamente.
—Por supuesto —dijo el médico de inmediato, al parecer dándose cuenta de
lo molesto que estaba Ty—. Por aquí.
Se giró y abrió la marcha, tecleando un código de acceso en una puerta de
seguridad, que mantuvo abierta para Ty antes de llevarle a través de un laberinto
de zonas débilmente iluminadas. El médico se detuvo en la entrada de una puerta
de cristal.
—Debería tener un poco de tiempo. Vamos a hacerle un TAC.
Ty estaba en el umbral, mirando una escena demasiado familiar.
Iban a tener que llegar a un acuerdo sobre permanecer fuera de los
hospitales durante un tiempo. Estaba empezando a atacarle los nervios.
—Gracias –se obligó a decir al médico antes de entrar en la zona oscura.
—Tiene una conmoción cerebral —dijo Jameson—. Aún no sabemos lo
grave que es. No ha despertado, pero la inflamación en el interior de su cráneo ya
está bajando. Creo que estará bien.
—Cree un montón de cosas, doctor —dijo Ty con frialdad y sin apartar la
mirada de la cama—. ¿Qué sabe?
Jameson habló después de una pausa incómoda.
—El agente especial Garrett tiene una cabeza muy dura –dijo con franqueza
—. Esperaba varias fracturas de cráneo, pero sólo he encontrado hematomas y un
corte en el cuero cabelludo que hemos cosido. Como fuera, su cerebro quedó
sacudido. Nos estamos centrando en tratar de reducir la hinchazón, y mi esperanza
es que no encontremos ninguna hemorragia interna. No hay evidencia de ninguna
hasta ahora. Eso no descarta otras lesiones o coágulos de sangre. Pero, ¿en general?
Su compañero es un hombre muy, muy afortunado. —Con eso, el médico asintió
incómodo cuando Ty le miró y se fue.
Ty le observó irse, luego volvió a mirar a Zane con una sacudida
repugnante de su estómago. Se acercó a la cama y se inclinó sobre él, mirándolo de
cerca.
—Ya hemos hecho esto antes, Zane —le susurró a su compañero—. Tienes
que ser más creativo con tus experiencias cercanas a la muerte.
No hubo respuesta. Zane estaba absolutamente inmóvil, el ascenso y caída
de su pecho sólo apenas visible bajo la bata de algodón y sábanas. Estaba
conectado a tres IV diferentes, y su cabeza estaba envuelta en suficiente gasa para
hacer un turbante.
Ty dio un resoplido y miró a la cara de Zane de nuevo.
—Bien, copión. No hables conmigo, entonces. No me voy a ir —dijo
tercamente mientras arrastraba la pesada silla de la esquina y se sentaba junto a la
cama. Cruzó los brazos sobre el pecho y decidió quedarse allí sentado hasta que
Zane despertara, a la mierda las órdenes de McCoy.
Seguía sentado allí cuando dos enfermeros llegaron casi una hora después
para llevarlo a hacer el TAC.
Ty se quedó a un lado y les observó preparar a Zane para moverlo.
Sabía que no le dejarían ir, aunque mostrara su placa. Olía a humo, su traje
estaba mojado, sucio y probablemente arruinado. Le dolía todo el cuerpo, desde la
cabeza a los pies, y no podía descifrar que lesiones provenían de su choque con
Tanque en el campo de softball y cuáles de su temeraria búsqueda a través de los
restos de las bombas.
También notó que tenía la cara manchada de humo y suciedad mientras
miraba su reflejo en el acero inoxidable del dispensador de toallas de papel.
McCoy tenía razón: parecía recién salido del infierno. No le haría ningún
bien a Zane si despertaba para encontrarle allí sentado con este aspecto.
Se aclaró la garganta y tocó a uno de los enfermeros en el brazo para llamar
su atención.
—Si se despierta, dile que su compañero volverá pronto –pidió con voz
ronca.
El enfermero le miró, le miró de arriba abajo, y luego sonrió.
—Por supuesto.
—Gracias —murmuró Ty mientras le daba Zane otro vistazo y luego iba a
llamar un taxi.
*
*
—¡Era él! —gritó Pierce, con los ojos brillantes de emoción.
Graham levantó una ceja, cada vez más convencido de que su amigo estaba
perdiendo la cabeza.
—¿Quién era él?
—¡Ese agente gilipollas del FBI del acuario! ¡Me hizo llevarle al hospital!
—¿Qué hizo, sostener una pistola contra tu cabeza? –preguntó Ross
secamente.
—No —respondió Pierce, sonando más emocionado que enojado—. Sólo me
señaló y me dijo que iba a hacerlo, y tuve como esta respuesta física cuando tuve
que hacer lo que me dijo. ¡Fue increíble!
Graham frunció el ceño.
—Eso no suena increíble. —Hannah puso los ojos en blanco. Estaba
empezando a cansarse del juego; Graham podía decirlo por los suspiros constantes
que emitía últimamente. Pronto volvería con un jugador de fútbol de la escuela.
—El tipo del FBI de la TV estaba bueno. A mí podría decirme cualquier cosa
–les dijo mientras contaba las pilas de dinero de su último robo.
—¿Por qué es eso emocionante? —Preguntó Graham, ignorando su
comentario.
Pierce sonrió maniáticamente y sacó un par de llaves del bolsillo,
sosteniéndolas en lo alto y dejándolas colgar.
—Porque me dejó las llaves.
—Eso fue un poco estúpido por su parte, pero no lo pillo.
—Es un jodido monstruo, mide como metro noventa y ocho y sólo come
esteroides y bebés.
—Tío.
—Él es como Moby Dick y yo el capitán Ahab –continuó Pierce.
—Tercer año de inglés AP – refunfuñó Hannah.
Graham frunció el ceño.
—¿Terminaste ese libro?
—No, ¿por qué? —respondió Pierce distraídamente.
—Por nada.
Pierce asintió, con aire satisfecho.
—Voy a matarlo —dijo Pierce mientras sus ojos se desenfocaban.
—Espera, ¿qué? —exclamó Hannah, sonando igual de alarmada que
Graham.
—Vamos. Tenemos trabajo que hacer —dijo Pierce a Ross, y los dos salieron
de la cocina de Graham pavoneándose.
Graham y Hannah se miraron. Graham no estaba seguro cuando sucedió,
pero en algún lugar a lo largo de la línea, las bombas se habían vuelto más
importantes para Pierce que los robos. ¿Y ahora quería matar a alguien?
Graham frunció el ceño cuando Hannah se mordió el labio y miró hacia otro
lado. Ninguno de ellos tenía el descaro de ir contra Pierce, y ambos lo sabían.
*
*
Cuando Ty volvió menos de una hora más tarde, justo después del
almuerzo, subió de inmediato hasta el quinto piso, marcó el código que había visto
introducir al médico para conseguir el acceso a la zona de seguridad, y se dirigió
directamente a la zona de Zane, esperando que ya hubiera vuelto de la
exploración. La última vez que Ty había tenido que mantenerse inmóvil en una de
esas malditas cosas, sólo habían sido unos diez minutos, entre todo.
Cuando llegó, había dos médicos, ninguno el Dr. Jameson, y una enfermera.
Se quedó atrás, prácticamente vibrando con la necesidad de obtener
información y ver cómo iba. Entonces vio que Zane giraba lentamente la cabeza
hacia uno de los médicos, que le hablaba en voz baja. Zane estaba despierto.
Ty contuvo el aliento y entró. La enfermera debió haber visto el movimiento
por el rabillo del ojo, porque se volvió hacia él con alarma.
El médico se giró también.
—¿Y usted es…?
Ty simplemente le mostró su placa. Él también podía ser un culo oficioso.
El médico no estaba impresionado.
—A menos que sea familiar del agente especial Garrett, no debería estar
aquí, señor. No he sido informado de ninguna asignación de guardia.
—Considérese informado –le dijo Ty en voz baja.
—Debo insistir…
—¿Ty?
Ante la suave palabra de Zane, los médicos y la enfermera se volvieron
hacia su paciente. Ty se acercó a la cama, mirando a Zane con una mezcla de alivio
y culpa.
—Eh —respondió con voz débil.
Zane movió la mano y giró la cabeza, pero sólo parpadeó lentamente y miró
con ojos desenfocados.
—¿Estás bien? Estabas en la camioneta –dijo. Las palabras eran tan confusas
que Ty necesitó un rato para descifrarlas.
—Sí —respondió Ty cuidadosamente mientras le estudiaba. Conocía esa
mirada. Le llevó un buen rato registrarla, pero la conocía. Era la misma que su
bisabuela había tenido cuando él era pequeño, mirando más allá de él al escuchar
el sonido de su voz—. No puedes ver –espetó.
—Disculpe —interrumpió uno de los médicos—. Agente especial Garrett,
¿está de acuerdo con que este hombre se quede? ¿Lo conoce?
Zane parpadeó lentamente.
—Es mi compañero –dijo, las palabras salían un poco más claras, aunque
todavía dificultosas—. Cuéntele. Estaba en la camioneta.
—Cuénteme, mi culo. Él no puede ver –gruñó Ty al médico mientras
señalaba acusadoramente a Zane.
El segundo doctor habló.
—Está en lo cierto, ¿agente…?
—Grady –respondió Ty molesto al hombre—. ¿Por qué no puede ver?
—Ty —dijo Zane en voz baja, el tono claro, pidiéndole que se calmara y
dejara que los médicos se explicasen.
El primer médico pasó una página del gráfico.
—Cuando estábamos explicando al agente Garrett, había una gran cantidad
de hinchazón por el golpe en la cabeza. Aunque la mayor parte de ella ha
disminuido y hemos confirmado que no hay hemorragia interna, pensamos que
había suficiente para formar un par de coágulos de sangre. Hemos comenzado a
darle los medicamentos apropiados, y en un par de días, le haremos otro TAC para
determinar la magnitud de los daños.
—Los coágulos están muy cerca de los nervios ópticos, posiblemente,
incluso dentro de ellos —dijo el segundo doctor—. Por eso no puede ver.
Ty les miró fijamente, tratando de decidir si estaba justificado golpear a uno
de ellos o a ambos. Suponía que no.
—Coágulos –repitió—. Por lo tanto, no es permanente…, ¿no? ¿Se puede
arreglar?
—Hemos elegido un fármaco muy eficaz para disolver los coágulos —dijo el
primer médico—. Una vez que tengamos la oportunidad de repetir el TAC y hacer
un examen de la retina, sabremos más, pero diría que es sólo temporal y no
requerirá cirugía para resolverlo.
Durante la conversación, la enfermera estaba cambiando una vía
intravenosa, y Zane ni siquiera se inmutó mientras se la colocaba.
—¿Puedo traerle algo, señor Garrett? –preguntó—. ¿Le duele algo?
—La cabeza. Viviré –respondió Zane arrastrando las palabras.
—Bien, agente Garrett, trate de descansar un poco —dijo el primer médico.
—Puede que le resulte más fácil mantener los ojos cerrados. No me atrevo a
cubrirlos hasta que sepamos más sobre su condición. Volveremos a evaluarle en
unas pocas horas. —Con eso, los dos médicos asintieron en dirección a Ty y se
fueron.
La enfermera deslizó el cable de botón de llamada dentro de la curva del
brazo de Zane.
—Si necesita algo, simplemente aprete y vendré corriendo. Me llamo Bree.
—Entonces los dejó solos.
Ty se quedó allí, sin saber qué hacer. No podía luchar contra la sensación de
que todo esto era culpa suya de alguna manera. Si hubiera ido con ellos…
—Para —murmuró Zane.
—¿Qué? —Preguntó Ty a la defensiva.
Zane volvió su rostro hacia Ty.
—Deja de golpearte. ¿Estás bien? Estabas en la camioneta —repitió por
tercera vez, su voz baja y agotada.
—Realmente tienes una conmoción cerebral, ¿eh? —murmuró Ty. La silla
pesada donde se había sentado antes estaba en la esquina, así que la acercó a la
cama y se sentó en el borde—. Lo siento —ofreció sin convicción—. Debería haber
estado allí contigo.
Zane movió la mano contra el muslo de Ty.
—Ambos estaríamos aquí. —Su tono transmitió que sería una mala cosa.
Ty no respondió, sólo bajo la cabeza y miró la mano de Zane.
—¿Te duele? —Preguntó finalmente.
Zane gruñó.
—La cabeza. Viviré.
Ty habría sonreído ante la absurda repetición, pero sabía que Zane no
podría evitarlo después de ese golpe tan duro en su cabeza. Asintió en silencio,
recordando con retraso que no podía verle.
—¿No puedes ver nada? —preguntó tentativamente—. ¿Ni sombras, nada?
Zane se quedó en silencio un largo rato mientras parpadeaba sus ojos una y
otra vez.
—Nada —susurró.
Ty se agachó y le agarró la mano, apretando con fuerza. McCoy le había
ordenado volver a casa, pero ¿qué bien hacía allí? Por otro lado, Zane no
necesitaba nada más que atención médica, y Ty sabía que cuando él estaba en el
hospital, odiaba tener gente alrededor.
—¿Qué puedo hacer? —preguntó, sintiéndose impotente e inútil.
Zane se lamió el labio inferior y le abrió los ojos, volviendo la cara hacia Ty.
—No me dejes solo. —Su voz realmente temblaba.
Ty le miró con preocupación y puso su otra mano sobre la de Zane,
sujetándolo con ambas manos y dejando que sus dedos se deslizaran por el brazo.
—No voy a ninguna parte —prometió.
Zane asintió, era un movimiento espasmódico, incómodo. Cerró los ojos con
fuerza como si fuera a ayudar.
—Estoy un poco sacudido —dijo con voz ronca.
Ty le acarició el brazo de manera mecánica. No tenía idea de qué más hacer.
—Vamos a tener que encontrar a un tercero para cuidar de nosotros cuando
resultemos heridos –sugirió Ty—. No somos muy buenos en esto.
—Demasiado buenos. Esto es nuevo —dijo Zane con un resoplido suave—.
Me duele la cabeza.
—Eh, prefiero mi racha de heridas en los dedos –respondió Ty mientras
pasaba el pulgar por la muñeca de Zane—. Y no es nuevo, es sólo más épico que lo
que hice en Nueva York.
Zane resopló y pareció encogerse cuando el silencio se prolongó.
—Es una mierda —murmuró finalmente.
—Piensa en ello como… una formación especial para tus otros sentidos —
instruyó Ty, fingiéndose alegre.
Zane frunció el ceño y tomó aire.
—Si pudiera verte –anunció—, te daría un puñetazo.
—Debe ser mi día de suerte entonces —respondió Ty con ironía.
Zane abrió y cerró el puño entre las manos de Ty, flexionando los dedos
antes de dejarlos descansar, cerrándolos alrededor de su muñeca.
—¿Y ahora qué?
Ty abrió la boca para responder, tratando de encontrar una broma, un
aspecto positivo o una bonita mentirijilla. Pero sólo pudo hacer unos sonidos
suaves antes de cerrar la boca de nuevo y sacudir la cabeza.
—No lo sé –respondió—. Supongo que sólo nos queda esperar.
—Vaya –murmuró Zane con voz cansada, la cabeza colgando hacia atrás
contra la almohada—. Debes estar cagado de miedo si eso lo mejor que tienes.
Ty apretó los labios y miró a Zane, impotente. Le miró a los ojos, sabiendo
que no podía verle. Sin embargo, se alegraba. No necesitaba ver su miedo. Si él
estaba tan asustado, no podía ni imaginar cómo se sentiría Zane.
*
*
Estar completamente en la oscuridad había adquirido un nuevo significado.
Esto no era sólo oscuridad, era negro como la pez, ni alivio, ni gris, ni rastro
de luz debajo de una puerta, ni el brillo desnudo de estrellas en el cielo. La nada
absoluta.
Cada vez que Zane se despertaba de su dormitar, sin dormir de verdad, la
enfermera insistía en despertarlo cada quince minutos, era más fácil pensar, y lo
primero que pensaba siempre era que cuando abriera los ojos, sería capaz de ver.
Pero entonces lo hacía y… nada.
Si no fuera porque siempre era capaz de oír algo en la habitación del
hospital, se habría muerto de miedo.
Con un suspiro, se movió un poco en la cama, con mucho cuidado, sin estar
seguro de si alguna parte dolería cuando se moviera. Oyó jadear a Ty
repentinamente y sintió un tirón.
—¿Qué? —preguntó Ty con voz ronca y soñolienta.
Zane frunció el ceño.
—¿Ty? ¿Estabas durmiendo?
—No estoy seguro –respondió Ty con una voz que le dijo a Zane que
definitivamente había estado dormido y todavía estaba en el proceso de tratar de
recordar dónde estaba. Sintió su mano rozarle el pecho, como para asegurarse de
en realidad estaba allí y no estaba soñando. Levantó la mano para cubrir la de Ty
durante un momento.
—Suena como si lo estuvieras —murmuró Zane. Movió los ojos para mirar a
su alrededor, aunque no había nada que ver—. ¿Qué hora es?
—Tarde —respondió Ty, su voz sonaba como si se hubiera girado—.
¿Puedes… puedes ver algo? —preguntó tentativamente.
Zane se movió un poco más hacia su lado, frente a Ty, dejando que la
mejilla descansara sobre la almohada.
—No —susurró. Sus dedos se movieron ligeramente sobre la mano de Ty.
Aunque nunca había sido de tocar mucho, ahora que no podía ver, tocar era
mucho más importante para su estado de ánimo.
Se preguntó cuánto tiempo lo toleraría Ty.
—Maldita sea —suspiró Ty. Le apretó la mano y se alejó mientras se
levantaba, como Zane sabía que haría—. ¿Necesitas algo? Voy a buscar cafeína. Tal
vez un poco de comida de verdad.
Zane se resistió a sacudir la cabeza ligeramente. Dolía y se sentía mareado.
—No. ¿Has estado aquí todo el tiempo?
—Sí —respondió con voz sorprendida. Casi sonaba ofendido de que Zane
preguntara—. ¿Por qué?
—Relájate, ¿de acuerdo? —Dijo Zane con un suspiro—. Me imaginé que lo
habías hecho, lo que significa que no te has tomado ni un descanso. ¿Cuándo
comiste por última vez?
—Almuerzo —respondió Ty mientras se alejaba por completo—. ¿Quieres
que enc… al doctor y vea… conseguir algo de comida? —Murmuró, su voz
entrando y saliendo del alcance del oído. Zane pensó que podría estar buscando
algo o posiblemente poniéndose la chaqueta. Podría haber detectado algún roce de
la tela.
—Sí –dijo Zane, tragando el nudo de temor que le golpeó el pecho. Se
mordió el labio y se movió más hacia un lado, poniendo la almohada con fuerza
contra su pecho, como hacía en casa. Maldición, odiaba esto.
Y odiaba aún más tener miedo de ello. Cerró los ojos con fuerza.
—¿Qué ocurre? –preguntó Ty mientras su voz se acercaba de nuevo.
Zane se recordó que era un hombre adulto que se enfrentaba a todo tipo de
peligrosos desafíos realmente aterradores en su vida y trató de relajarse, con sólo
un poco de éxito. Se aclaró la garganta.
—Volverás, ¿no? —preguntó finalmente. Hizo una mueca. Maldita sea,
sonaba como un bebé.
Se hizo el silencio como respuesta, pero Zane todavía podía sentir su
presencia al lado de su cama. Finalmente, Ty se movió, y el denim de los vaqueros
raspó suavemente. Extendió la mano y la puso sobre la frente de Zane.
—Todo irá bien —le aseguró y luego quitó la mano.
Parte de la tensión se derritió, lo suficiente para que Zane pudiera respirar
fácilmente otra vez. Asintió con la cabeza contra la almohada.
—Vamos. Estaré aquí. –No hubo respuesta, ningún sonido de Ty en
movimiento, pero sentía el calor que había dejado en la habitación, así que sabía
que se había ido. Apretó la mandíbula y empujó la cara en la almohada. Esta
mierda de ceguera había sido más fácil de manejar cuando estaba inconsciente y no
podía enfocar. Sin nada más que hacer, empezó a escuchar, cerrando los ojos y
escuchando realmente.
*
*
Después del infierno claustrofóbico que era el patio de comidas del hospital
lleno de gente, Ty se encontró inquieto y nervioso mientras se abría camino hacia
los ascensores. No sonreía y no asentía hacia la gente al pasar, ni siquiera veía a la
gente.
Mantenía la cabeza gacha, un ceño fruncido pegado a la cara mientras se
preocupaba por lo que había que hacer. Había hablado con su madre por lo menos
durante media hora mientras esperaba en la fila de la cafetería, tratando de
convencerla de que nadie había muerto y que él y Zane tenían todas sus partes
intactas. Cuando colgó, se dijo que apreciaba el hecho de que a ella le importara,
recordaba que era por amor, que estaba contento que su madre todavía estuviera
por allí. Zen, Ty, zen.
Entonces el pensamiento de que Zane tenía una madre le había golpeado
como un camión cargado de pollos asustados y necesitó sentarse. Perdió su lugar
en la fila. A la mierda la fila.
Estaba registrado como el contacto de emergencia de Zane, lo que
significaba que notificárselo a la familia era cosa suya. La posibilidad de llamar a
los padres de Zane para contarles que estaba gravemente herido, y oh, por cierto,
yo soy el compañero de su hijo que le dejó entrar en el edificio que explotó,
encantado de conocerles, ¿le ha dicho él que le gustan las pollas?
Ty cerró los ojos y negó con la cabeza, sorprendido de encontrarse a sí
mismo en el ascensor.
Inhaló profundamente y lo soltó lentamente. Esto no era más que falta de
sueño y, posiblemente, un poco de trauma. Estaría bien. Zane iba a estar bien.
Todo estaría bien.
—Bien —dijo en voz baja.
Cuando llegó a la habitación de Zane, casi estaba bien de nuevo.
Entonces lo vio, su compañero, su amante, allí tendido en la cama, pálido e
inmóvil, de alguna manera logrando parecer frágil a pesar de ser un hombre alto y
musculoso, el “bien” salió por la ventana, cayó tres pisos y se aplastó contra el
asfalto.
Ty entró en la habitación, preguntándose si debía quedarse o irse, ya que
Zane parecía estar durmiendo. Al diablo con eso, si tenía que sufrir, también lo
haría Zane. Se acercó, sus ojos pasando por encima de la maquinaria de la
habitación, y se sentó con cuidado en el borde de la cama.
La esquina de la boca de Zane se curvó.
—Old Spice —murmuró.
Las palabras calentaron a Ty más de lo que estaba dispuesto a admitir. Se
acercó y olfateó ruidosamente a Zane.
—¿Desesperación?
Zane levantó la nariz.
—Enjuague bucal. Mierda desagradable. –Movió la mano más cercana para
tocar a Ty. Había un pequeño vendaje, blanco contra su piel, donde el IV había
estado.
Ty agarró su mano y la apretó.
—¿Lo llevas mejor?
—No duele tanto —admitió Zane—. Se llevaron todos los cables y me
dieron ginger ale. Odio el ginger ale. –No había mucha fuerza detrás de sus
palabras, pero al menos era algo más que el sordo sí y no y “tú estabas en la
camioneta” de esa tarde.
Ty asintió, sin saber qué más decir. Su mente todavía estaba corriendo, un
pato pateando furiosamente bajo la superficie lisa de un estanque. Estaba bastante
seguro de que si Zane pudiera ver, lo habría mencionado.
—Hablé con Ma hace un momento. Dijo que te dijera hola –dijo Ty,
aferrándose a un hilo antes de empezar a vagar de nuevo. Tendría que echar una
siesta cuando llegara a casa.
—Podría ir a por un poco de pastel ahora mismo —dijo Zane, alegrándose
visiblemente aunque sus ojos se mantenían sin brillo y en blanco.
—Estoy seguro de que está horneando con furia —murmuró Ty. Se miró la
mano que aún sostenía entre las suyas—. ¿Quieres que llame a tus padres? —Di
no, por favor, di que no, por favor, di que no…
—No —dijo Zane inmediatamente.
¡Gracias Dios!
Ty se aclaró la garganta y siguió hablando a pesar de su alivio.
—¿Estás seguro? Parece algo que quizá deberían saber.
Zane frunció la nariz y el ceño antes de suspirar unos momentos después.
—Supongo que podría llamar a Annie. Pero mis padres no. Nosotros no…
no estamos en contacto.
Ty hizo una mueca, pero no presionó. Sin embargo, no pudo evitar
preguntar:
—¿Quién diablos es Annie?
Zane sonrió y volvió la cabeza en la almohada.
—Mi hermana pequeña.
—Ah. ¿Voy a tener que llamarla? —Preguntó Ty, incapaz de ocultar el
desagrado en su voz.
—No te haría eso –le tranquilizó Zane, frotando el muslo de Ty con
suavidad. Estaba claro que había captado el tono de Ty—. Sin embargo, ella sabe
quién eres.
—¿Ella sabe que soy el compañero que te dejó entrar solo en un edificio que
explotó y que te gustan las pollas? —preguntó Ty sin siquiera pensar en darse la
vuelta para ver si había alguien dentro del rango de audición.
Los ojos de Zane se agrandaron cómicamente antes de parpadear varias
veces y sacudir la cabeza.
—Que eres el compañero que me ha salvado la vida varias veces —corrigió
tranquilamente—. Y sí, sabe que cambié de equipo.
La mente acelerada de Ty finalmente se detuvo chirriando y de manera
dolorosa.
—Espera, ¿qué?
—Ni siquiera tengo que ver tu cara para saber que estás a punto de
enloquecer. —Zane suspiró—. Ella sabe que somos compañeros en el trabajo. Eso
es todo. No comparto detalles sobre mi vida privada con ella ni con nadie, pero sí
que sabe en términos generales que en el pasado me he acostado con hombres y
mujeres. ¿De acuerdo?
Ty cerró los ojos y se apretó el puente de la nariz para protegerse de las
ardillas que trataban de taladrarle el cerebro.
—Zane –gimió quejándose—. ¿Cuándo sales de este sitio? Necesito dormir
antes de que me vuelvas loco.
—No lo sé —fue la respuesta tranquila.
Ty miró a Zane, realmente le miró, notando la delgadez de su rostro pálido,
la preocupación grabada en cada línea. Había pasado un tiempo desde que Zane
había tenido tan mal aspecto. Le hizo darse cuenta de lo mucho mejor que estaba
desde Navidad. Alzó la mano y rozó el pelo de Zane con la punta de los dedos, no
quería a hacer una demostración pública de su afecto, pero quería consolar a Zane
de alguna manera.
—¿Quieres que vaya a preguntar si puedes venir a casa?
Zane tuvo esa extraña mirada de dolor en su rostro un momento antes de
encogerse de hombros.
—No sé qué hacer. No estoy seguro de cómo me… voy a manejar.
—Me tienes a mí. —Ty apretó los labios con fuerza y se sintió ruborizar.
Abrió la boca para añadir algo, pero supuso que después de haberle dicho a
alguien que lo amabas y caer de rodillas tantas veces como él había hecho por
Zane, estabas más allá de estar avergonzado cuando escupes material de tarjetas
de Hallmark.
La pequeña sonrisa en el rostro de Zane suavizó las arrugas de
preocupación.
—Lo sé. —Frotó los dedos sobre la tela de los pantalones de Ty—. Pero
tienes que trabajar. Y jugar al softball. Y dormir —enfatizó con un suave empujón.
—¿Estás diciendo que no quieres que me quede contigo? —preguntó Ty con
la voz más neutral que pudo reunir. No le culparía si no quería. Si se revirtieran
sus posiciones, él se desharía de Zane en un segundo. Y sabía que decir que no era
el candidato más idóneo para cuidar a alguien sería una subestimación
impresionante. Pero quería estar allí para Zane de todos modos. Quería que
supiera que estaba con él, sin importar el qué.
—No. Te quiero conmigo todo el tiempo. Pero nos conocemos. No
funcionaría.
Ty estaba a punto de asentir de acuerdo, porque mierda no, no funcionaría.
Estarían en las gargantas del otro enseguida… a pesar de que había empezado a
echar de menos a Zane un poco las últimas semanas muy ocupadas. Miró a los ojos
que no veían. Tenía el impulso de preguntar sobre ser mucho más que una niñera.
—¿Me darás una oportunidad? —Suplicó.
La emoción que atravesó el rostro de Zane fue indefinible, al principio
pensó que había identificado sorpresa, luego felicidad, luego tal vez esperanza.
—Sí —respondió Zane.
—Bien —Ty suspiró. Le dio una palmadita a su rodilla—. Voy a cazar a un
médico y le amenazaré hasta que te permita ir a casa.
—Probablemente estará de acuerdo. No está muy feliz conmigo así –dijo
Zane.
—No ¿Por qué?
Zane cerró los ojos y parpadeó varias veces antes de abrirlos.
—Rechacé el tratamiento del dolor —murmuró.
Ty asintió, olvidando por un momento que Zane no podía verle. Le acarició
el estómago y se levantó. No iba a opinar sobre las drogas, como había dejado de
comentar cualquier otra cosa que se refiera a alguno de los vicios de Zane. No
merecía la pena la angustia.
—Vuelvo enseguida —murmuró, y se puso a buscar un médico
desprevenido a quien intimidar.
*
*
—Agente Garrett, ¿cómo se siente? –preguntó la voz de un hombre mientras
alguien entraba en la habitación.
A pesar de que se lo esperaba, Zane se tensó. Abrió los ojos por costumbre y
se sentó.
—Bastante bien, excepto… —Hizo un gesto con una mano a algún lugar al
lado de su cabeza.
—¿Todavía no hay visión? —La misma voz le preguntó con una mueca
audible—. Bueno, eso era de esperar. Empezaremos con los documentos del alta y
podrá irse –dijo revolviendo los papales.
Zane cerró los ojos y apretó la manta en un puño.
No estaba seguro de que fuera una buena idea, aunque no quisiera quedarse
aquí.
—¿A menos que haya algún nuevo problema? —Preguntó el médico, la voz
teñida de preocupación.
—¿Un problema? –La voz de Zane se alzó un poco aguda al final—. ¡No
puedo ver!
El médico se aclaró la garganta.
—Agente Garrett, es un efecto secundario temporal —le aseguró—. Ahora
que sabemos que no hay ninguna lesión importante, no hay razón para que se
quede aquí. Estoy seguro que estará más cómodo en casa.
Zane tragó.
—En casa. Solo.
—¿Está diciendo que desea permanecer en el hospital? —preguntó el doctor
sorprendido—. Eso realmente no es una opción, agente Garrett.
—No, supongo que no —murmuró Zane, dejando caer el mentón.
—Tardará una hora más o menos –le dijo el doctor, sonando aliviado por no
tener que convencerle—. Deje que hagamos esto –dijo. Sus zapatos chirriaron
mientras se alejaba.
—Eh —dijo Zane bruscamente—. ¿Hay algo que pueda hacer mientras estoy
en casa?
Oyó detenerse al doctor y girarse.
—No tropiece con nada –aconsejó el hombre después de un momento de
reflexión.
—Sí, pan comido —murmuró Zane.
—Descanse. Relájese. Deje que alguien se ocupe de usted —le dijo el médico
serio—. La enfermera vendrá enseguida –añadió. Luego los pasos ligeramente
chirriantes desvanecieron.
—Relájate —dijo Zane como si alguien estuviera allí de pie. No estaba muy
seguro de que no hubiera nadie—. Dijo relájate. —Gimió y se frotó la cara con las
manos.
Con un suspiro, Zane dobló una pierna y pasó un brazo alrededor de la
rodilla mientras se quedaba allí sentado preguntándose qué demonios iba a hacer.
Ya había decidido no llamar a Annie. Estaba seguro de que su hermana
volaría allí si la necesitaba, pero no había nada que pudiera hacer. No había nada
que nadie pudiera hacer. Eso era lo malditamente frustrante.
Pocos minutos después oyó un suave golpe en el marco de la puerta de su
habitación.
—¿Quieres Cheetos o Snickers? —preguntó Ty en tono disgustado.
Zane giró la cabeza tan pronto como oyó el golpe.
—Snickers será más fácil —dijo. Aunque los Cheetos sonaban bien, sabía
que no debía luchar contra Ty por ellos.
Podía oír a Ty desenvolver la barra de chocolate mientras se acercaba.
—Extiende la mano –ordenó Ty cuando llegó al lado de la cama.
Moviéndose ligeramente hacia Ty, Zane extendió la mano con la palma
hacia arriba. Ty le puso el Snickers sin decir una palabra, y Zane le sintió alejarse y
caer sobre una silla. Los muelles chirriaron.
Zane levantó la barra tentativamente a los labios, sorprendido cuando
encontró difícil morderla. Le dio un mordisco y masticó lentamente.
—El doctor ha estado aquí —dijo mientras saboreaba el chocolate.
—Eso fue más rápido de lo que esperaba. ¿Y? —preguntó Ty ansiosamente.
—Me envían a casa.
—Eso es bueno, ¿no? —Preguntó Ty—. ¿Cuándo podemos irnos?
—Dijo una hora. —Zane no estaba seguro de que responder a la primera
pregunta.
La silla crujió cuando Ty se inclinó hacia delante. Su voz estaba más cerca
cuando habló.
—Hemos hablado de esto. ¿No quieres ir a casa?
—Sí, quiero ir a casa. Odio los hospitales. Es sólo… —Zane frunció el ceño.
—Que quieres poder ver –proporcionó Ty práctico.
Zane asintió. Tomó con cuidado otro bocado del Snickers.
—No sé qué diablos voy a hacer con mi vida. Será todo un nuevo nivel
mirar a las cuatro paredes.
—Bueno —murmuró Ty pensativo—. Sé un hombre, Zane. La mierda
ocurre, ¿sabes? Saldremos de aquí y conseguiremos algo de comida real. —Zane se
sentó sobresaltado un largo rato y luego rió entre dientes.
—Bienvenido de nuevo.
—¿Qué?
—Has sonado mucho más a tu ser gilipollas gruñón normal —explicó Zane
—. En lugar de reconfortante, quiero decir. —Algo acerca de eso hacía que tuviera
ganas de reír—. Sí, vas a ser un gran ayuda de cámara.
Se sorprendió por un golpe en la punta de la nariz. No le había oído
moverse, ni siquiera sentido. Golpeó con una mano en una reacción tardía.
—¡Eh! Te he visto utilizando una plancha. Eso es malditamente
impresionante.
—Los marines saben cómo usar una plancha o se casan —aconsejó Ty con la
boca llena de Cheetos—. La plancha es menos peligrosa.
Zane resopló y casi se tragó el trozo de barra de caramelo de su boca sin
masticarlo.
—Eso es realmente muy divertido.
—Lo intento.
Capítulo 7
Zane sintió detenerse el taxi. Había perdido la cuenta de las vueltas y
revueltas hacía un rato y no tenía ni idea de si estaban en su apartamento, en la
casa de Ty o en algún lugar completamente diferente. Ya había decidido que de
ningún modo iba a decir las palabras “¿Ya hemos llegado?" o Ty se pondría como
un basilisco.
Así que se quedó sentado en silencio, el rostro vuelto hacia la ventanilla, con
la barbilla hacia abajo.
Llevaba la ropa del hospital, su traje había sido tirado a la basura. Sabía que
no había sangrado, a pesar de las magulladuras por todas partes, así que pensaba
que no se veía tan mal.
—Ya estamos aquí –le dijo Ty. La puerta de su lado se abrió—. Espera. Voy
a buscarte –dijo antes de cerrar la puerta.
Zane no se movió. Sabía que esto iba a ser duro, tratar de moverse, y
ciertamente no tenía muchas ganas de hacerlo. Apenas había dicho una palabra
durante todo el viaje, sólo pensaba a lo que tendría que enfrentarse si no lograba
recuperar la vista. Sabía que era demasiado pronto para empezar a preocuparse y
planificar, pero joder, apenas había conseguido enderezar un poco la cabeza ¿y
ahora esto?
La puerta a su lado se abrió, y Ty tomó su codo suavemente.
—Cuidado con el bordillo cuando bajes. —Murmuró, sonando como si
estuviera mirando hacia el suelo mientras hablaba.
Zane se giró en el asiento y puso un pie en el suelo. Podía sentir el suave
declive de la acera y movió su pie un poco más hacia adelante antes de empujarse
fuera del asiento para levantarse. Ty le subió a la acera, le dio una palmadita en el
hombro, luego apartó la mano del codo de Zane. Este le oyó hablar brevemente
con el taxista.
Moviéndose con cuidado, Zane se apartó del coche y esperó. Podía decir por
el olor familiar de los restaurantes italianos de Little Italy que estaban en su
apartamento. También sabía cuál era el camino a la puerta principal del
apartamento, pero no sabía lo lejos que estaba.
Y había escalones, una barandilla, un banco y algunos fragmentos de
cemento en la acera y ¿si era el día de la basura y había un cubo? Zane gimió. Su
cerebro maltratado estaba enfocando a Ty.
—Aquí —dijo Ty, sorprendiendo a Zane y sacándole de sus pensamientos.
Tomó su mano y le puso algo en ella—. Usa esto —instruyó mientras sostenía la
mano de Zane en torno a un mango de madera curvada.
Zane se dio cuenta de que era el paraguas que solía guardar junto a la
puerta de su apartamento. Frunció el ceño y cerró los dedos alrededor del mango,
moviéndolo ligeramente delante de él. Definitivamente no era un bastón, pero
pensó que si lo movía hacia delante golpearía algo antes que él.
—Buena idea —murmuró.
—Lo sé —respondió Ty, con una sonrisa evidente en su voz. Tomó a Zane
por el codo y le dio la vuelta—. Tómate tu tiempo, tantea con los pies cuando no
estés seguro. Si dudas o te anticipas, más propenso serás a tropezar —aconsejó.
Zane hizo una mueca.
—Bien —murmuró mientras inhalaba y daba un par de pasos. Podía sentir
la superficie dura bajo sus pies, por lo que al menos estaba en el paseo. Aunque se
sentía como un completo idiota, balanceó el paraguas cuidadosamente frente a él,
el extremo hacia abajo alrededor de sus rodillas. Cuando golpeó algo metálico, se
detuvo, sorprendido, tratando de recordar que podría ser.
—Sólo la barandilla —dijo Ty a su lado—. Escalones —añadió mientras
apretaba la mano en el codo.
Zane hizo una pausa.
—¿Hasta dónde? ¿Subo ahora?
—Sí —respondió secamente Ty—. Toca con los dedos del pie para
encontrarlo. —Zane levantó el pie, dio una patada, buscando la parte delantera del
escalón y luego apoyó el pie, un poco sorprendido cuando funcionó. Repitió el
movimiento dos veces más y se detuvo.
—Eso es todo, ¿verdad?
—Sí —respondió Ty y soltó el brazo de Zane. Luego se oyó el sonido de
llaves en la puerta y chirrió al abrirse. Ty le tomó del brazo de nuevo, pero no tiró
—. Vamos –ordenó—. No arrastres los pies, hay un marco.
—Has hecho esto antes, ¿verdad? —Dijo Zane, siguiendo las instrucciones y
entrando sin ningún problema.
—Cuando era pequeño –respondió Ty con una voz más suave—.
Utilizaremos el paraguas hasta que pueda encontrar algo mejor.
Zane frunció el ceño de nuevo y puso una mano en la pared que sabía que
estaba en su lado derecho.
—Nadie en tu familia es ciego.
—Mi bisabuela. Murió cuando yo tenía catorce años. —Zane asintió y
comenzó a moverse, dejando que la mano rozara la pared. Sabía que había varios
metros hasta llegar a una estantería. Estaba en el pasillo principal de la vivienda.
Llevaba a la cocina frente a él. Estaba en la sala de estar, y después de los estantes
había un pasillo a la derecha con cuatro puertas: dos dormitorios, un armario y un
baño. No tenía muchos muebles, así que ¿qué problemas podía haber?
—Por lo menos sé donde están las cosas en mi propia casa —murmuró
mientras caminaba hasta que su mano tocó la madera de los estantes.
—Esa es la idea, listo —murmuró Ty desde algún lugar frente a él.
Zane cerró deliberadamente los ojos para visualizar el sofá y las sillas, y
luego barrió el espacio frente a él antes de dar dos cuidadosos pasos para pararse
detrás del sofá. Arrastró sus dedos por encima mientras caminaba por el lado, y
con un suspiro de alivio que se dejó caer en él.
Ty le dio una palmada en la cabeza tan pronto como se sentó, como haría
con un perro que hubiera realizado un truco correctamente. Su voz era la única
forma de saber dónde estaba. No parecía hacer ningún otro tipo de ruido cuando
se movía. Ni pasos, ni roce de ropa, ni crujido de hueso o articulaciones. Nada.
Escalofriante. El raro de Ty.
—¿Quieres comer? No es muy tarde —preguntó Ty mientras se alejaba.
—Sí —respondió Zane con fervor palmeaba ligeramente la mano de Ty—.
No había nada de malo en mí y me querían alimentar con caldo y gelatina.
—La gelatina está buena —dijo Ty desde la cocina.
—No cuando te estás muriendo de hambre —replicó Zane. Se quitó los
zapatos, asegurándose de empujarlos con cuidado debajo de la vieja mesa de café
antes de quitarse los calcetines y subir las piernas. Apoyó la cabeza contra el
respaldo del sofá. Con los ojos cerrados, casi podía imaginar que era un domingo
por la tarde y estaba haciendo el vago en lugar de ser la noche del lunes después
del día del tercer anillo del infierno.
—Bueno, ¿qué quieres? —preguntó Ty con algo cercano a la molestia. Su
voz se había movido. Estaba de pie justo en frente de Zane.
Zane se crispó por la sorpresa y abrió los ojos.
—Cristo, Ty —se quejó.
—¿Qué? —Preguntó a la defensiva—. ¡Tengo hambre!
—Es bueno que me haya calmado –le dijo Zane—. Si hubiera tenido mi
arma, la habría sacado.
—¿De qué estás hablando?
Zane sacudió la cabeza y se pasó una mano por la cara.
—Ordena una pizza de Isabella’s. Todavía deben estar abiertos.
Ty apretó el teléfono en la mano de Zane.
—Aquí. Necesito ibuprofeno —dijo mientras su voz se apagó.
—En el armario de la cocina junto al fregadero —dijo Zane distraídamente
mientras pasaba los dedos sobre los botones, tratando de averiguar cómo hacerlo.
Era más fácil con los ojos cerrados, a pesar de que no podía ver de todos modos.
Después de dos intentos fallidos, consiguió el número que había memorizado en el
teléfono e hizo el pedido.
Podía oír Ty sacudiendo la botella de ibuprofeno. Le oyó abrir y cerrar la
nevera. Entonces dejó de hacer ruido. Unos segundos más tarde, Zane oyó el pop y
el sisep de un refresco con gas a poca distancia.
Zane volvió la cara en esa dirección.
—Sabes, sabía que podías dar miedo, sólo que no me di cuenta de cuánto.
No te oigo moverte. Nada.
—¿Qué? —preguntó Ty con el mismo tono distraído y un poco confuso que
había usado antes—. ¿Quieres un trago? —Ofreció tardíamente.
—Esperaré a la pizza. Dije que eres tan silencioso que no te oigo moverte en
absoluto. Ni siquiera las pisadas en la alfombra, y sé cómo escuchar esas cosas.
—Oh —dijo Ty ausente—. Lo siento.
—Está bien. Sólo confirma que ni siquiera tienes que pensar en ello. —Zane
inclinó la cabeza, volviendo una oreja hacia él—. ¿Vas a quedarte ahí de pie hasta
que la pizza llegue?
—Pensé en ello. Duele un poco sentarse —admitió.
—¿Todavía te duele mucho del softball? —Zane frunció el ceño—. Tú no
entraste en el edificio y te hiciste daño, ¿verdad?
—No —respondió Ty mientras se sentaba. El sofá junto a Zane se movió
cuando se puso cómodo.
Zane seguía frunciendo el ceño, escuchando su voz cuidadosamente, pero
no había nada que le diera una pista.
—Me gustaría saber qué pasó. En un momento estaba caminando a través
de esa tienda para comprobar el trastero, al siguiente me desperté a negro total.
—Hubo una explosión –le dijo Ty. Gruñó fuertemente, y lo siguiente que
supo Zane, fue que la cabeza de Ty descansaba sobre su muslo—. Alrededor de
una docena de agentes y policías resultaron heridos. Seis de los nuestros están en
el hospital. No hay víctimas mortales, por lo que sé.
El ceño de Zane se desvaneció y movió su mano lentamente para apoyarla
encima de la cabeza de Ty, acariciándole suavemente.
—¿Lo viste desde la camioneta?
—Sí —respondió suavemente Ty. Se estiró, dejó la bebida sobre la mesa y se
acomodó contra Zane—. Te sacó un bombero muy grande llamado Tanque —le
informó divertido.
—¿Tanque?
—Ese es el tipo que me atropelló.
—Oh sí, lo conocí en el campo brevemente. —Zane deslizó los dedos por la
mejilla de Ty—. La pizza tardará una media hora. ¿Por qué no te echas una siesta
rápida?
—¿Estarás bien? —le preguntó Ty, ni siquiera tratando de discutir.
—Estaré aquí mismo –dijo Zane, apoyando la mano sobre el hombro de Ty
mientras los dedos le rozaban al sien. Sintió moverse el brazo de Ty e imaginó que
probablemente estaba poniendo su antebrazo sobre los ojos como hacía cuando
estaba agotado.
—Despiértame si necesitas algo —murmuró Ty.
—Está bien —murmuró Zane mientras descansaba el cuello un poco más
cómodamente sobre el respaldo del sofá y cerraba los ojos. Sintonizó la respiración
con la de Ty mientras este se relajaba, sonriendo al sentirle dormir, después de un
minuto tranquilo, Zane se movió con cuidado, sacó el teléfono móvil que una
enfermera había salvado de su traje, y activó la función de comando de voz.
—Llamar a Deuce Grady.
¿Ha dicho “llamar a Deuce Grady”?
—Sí.
Marcando.
Zane respiró hondo y trató de soltarlo lentamente a medida que el teléfono
sonaba en el otro extremo, en algún lugar de Filadelfia. Ty ni siquiera se contrajo
en su regazo.
—Hola —respondió Deuce después del segundo timbre. No había nada
cortante o tenso en la forma que respondía al teléfono, sólo otro rasgo de Deacon
Grady salvajemente diferente a su hermano.
—Hola, Deuce –logró decir Zane, feliz de que su voz sonara en su mayoría
normal.
—Hey, Zane, ¿cómo te va? —respondió Deuce.
Zane tragó.
—No muy bien —admitió.
—¿Qué ocurre? –preguntó Deuce, su voz perdió la cualidad relajada y se
volvió más urgente—. ¿Está herido Ty? ¿Estás herido? ¿Por qué no me ha llamado
Ty para contármelo? ¿Está consciente? ¿Qué pasó? —Zane resistió el impulso de
reír mientras acariciaba suavemente el pelo de Ty.
—Ty está bien. Está dormido. Esta vez no ha sido él el herido.
—Oh —murmuró Deuce, sin sonar en absoluto avergonzado por su
arrebato—. Pero ¿estás herido? ¿Estás bien? ¿Qué pasó?
—Una explosión. Por sorpresa —respondió Zane—. Estoy bien. En su
mayor parte. No me faltan miembros ni nada —trató de bromear.
—Una explosión por sorpresa —repitió Deuce lentamente. Sonaba como si
estuviera escribiendo—. Interesante –dijo en voz baja—. A diferencia de una
explosión no sorpresa. ¿Y qué hizo, exactamente?
—Al parecer, algunas partes en mi cabeza están un poco revueltas —dijo
Zane torpemente—. No puedo ver.
—¿No puedes ver qué?
—Lo que sea. No puedo ver. Estoy ciego. —Zane estaba muy orgulloso de
que su voz no temblara o se rompiera al decirlo en voz alta.
—Has perdido la visión —resumió Deuce en tono clínico, ni un gramo de
compasión o disculpa—. ¿Es permanente? —preguntó con más cuidado. Parecía
estar oscilando entre el psiquiatra y el amigo mientras hablaban.
Pasaron varios segundos antes de que Zane se diera cuenta de que no había
respondido.
—No lo saben —murmuró, recordando retazos de lo que los médicos le
habían dicho.
—Ya veo. —Deuce se quedó en silencio un largo momento—. Déjame
preguntarte esto, Zane: ¿Estás llamando porque necesitas un amigo o porque
necesitas un psiquiatra?
—Quiero hablar contigo, Deuce, no con el doctor Grady —dijo Zane,
sabiendo que sonaba un poco quejumbroso—. Sé que hemos difuminado las líneas
a lo largo del camino.
—Entonces, permíteme decir: tío, eso apesta —exhaló Deuce con
sentimiento.
Zane esbozó una sonrisa y puso su mano sobre el pecho de Ty para poder
sentir como subía y bajaba de manera constante.
—No jodas, hombre.
—¿Estás con Ty, o te vas a quedar solo?
—Estamos en mi apartamento. Conozco esto —dijo Zane—. Acabo de salir
del hospital. Ni siquiera sé qué hora es.
Deuce tarareó pensativo.
—¿Ty te ha contado que nuestra bisabuela Elsie era ciega? Tenía ese reloj al
que podías darle la vuelta y sentir la hora. Ty podría tenerlo. Pero claro, eso fue
hace veinte años. Creo que en tu teléfono también hay un botón que hace eso.
—No hemos tenido mucha oportunidad de hablar. He estado
desconcentrado un tiempo. Todavía estoy… hundido –dijo Zane lentamente—. El
pánico está comenzando a inundarme y estoy tratando de dejarle dormir un poco.
—Puedo imaginarlo –dijo con Deuce con compasión—. No hace ningún
bien decirte que no te preocupes.
La risa de Zane fue un poco borde.
—Cierto. —Parpadeó varias veces, resistiendo la tentación de frotarse los
ojos secos. Los médicos le habían dicho una y otra vez que no ayudaría y
probablemente provocaría daños. Pero no estaba seguro de dónde estaba la bolsa
del hospital, y si lo supiera no iba a despertar a Ty para alcanzarla—. Esto… esto
no es bueno —dijo, y su voz definitivamente tembló.
—¿Qué puedo hacer para ayudarte, Zane? —preguntó Deuce con voz suave.
—Es solo… que no me asustan muchas cosas, ¿sabes? —trató de explicar—.
Pero esto…
—No llevas bien la incertidumbre —observó Deuce casi clínicamente—. No
mucha gente lo hace. ¿Por qué te asusta?
—No puedo trabajar si estoy ciego. ¿Qué voy a hacer con mi vida? No
puedo soportar la idea de que alguien tenga que… —Zane se interrumpió antes de
que su voz se elevara más. No sería un caso de caridad. Simplemente no tenía
estómago para ello.
—¿Cuide de ti? —terminó Deuce por él—. ¿Esas son las únicas razones? ¿Tu
trabajo y tu orgullo?
—No —murmuró Zane mientras extendía los dedos sobre el pecho de Ty—.
Esas no son las únicas razones.
—Escúpelo, Zane —ordenó Deuce—. Sacátelo ahora.
Las palabras formaron una bola en su garganta. Estaba hablando con el
hermano, de Ty, por amor de Dios.
—Tengo miedo –susurró—. Miedo de que las cosas cambien.
—¿Qué cosas? —Preguntó Deuce—. ¿Cosas de la relación?
—Oh, sí —respondió de prisa.
—Crees que mi hermano va a dejarte porque estás ciego —conjeturó Deuce
con voz preocupada.
Zane vaciló.
—No quiero pensar eso. Es… —buscó la palabra—. Desleal.
—Desleal –repitió Deuce con curiosidad—. ¿A quién? ¿A Ty?
—Sí, a Ty. —Zane frunció el ceño—. ¿Quién más hay?
Deuce tarareó pensativo.
—Estás tú, Zane —continuó después de una pausa.
—¿Yo? —Zane negó con la cabeza mientras inhalaba profundamente y
suspiraba—. No te sigo.
Deuce suspiró, largo y fuerte.
—Si hay una cosa que mi hermano mayor me enseñó, es que a veces tienes
que estar atento al número uno. No te preocupes tanto porque lo que él hará o
pensará.
Zane suspiró.
—Bien, hasta hace poco yo era el único que miraba por mí, así que estoy
acostumbrado a esa parte.
—Dime algo, Zane —dijo Deuce con voz socarrona—. ¿Es realmente eso lo
que más te preocupa en este momento? ¿Qué Ty podría dejarte?
Zane apretó los labios con fuerza. El tono de Deuce le pareció un poco
sospechoso. Pero Deuce nunca era cruel, aunque a veces le gustaba bromear. Zane
estaba preocupado por tantas cosas que ni siquiera podía empezar a clasificarlas,
pero Ty, y si todavía le desearía después de un cambio tan radical destacaba. Pensó
que era un reflejo de lo mucho que se había desarrollado su relación. Las siguientes
palabras salieron antes de pensarlas.
—Dijo que me ama.
—Sé que lo hace —le aseguró Deuce con una sonrisa—. Me sorprendió que
te lo dijera, pero me alegro de que lo hiciera. Así que, teniendo eso en mente, te lo
preguntaré de nuevo: ¿es realmente eso lo que más te preocupa?
Zane cerró los ojos, a pesar de que no había ninguna diferencia en la
oscuridad, y realmente examinó la cuestión. ¿Qué temía en realidad?
Su trabajo y Ty. Si todo se reducía a eso y perdía su trabajo, estaba
relativamente seguro de que podría abrirse camino de manera tambaleante para
hacer alguna otra cosa, de alguna manera. Pero si perdía a Ty, Zane no estaba
seguro de que le importara nada más. Las leves punzadas de dolor que sentían
cada vez que atrapaba a Ty mirándole de una manera particular venían más a
menudo ahora, y estaba empezando a hacerle querer cosas que no estaba seguro de
poder manejar.
—Maldita sea —juró en voz baja, con la esperanza de que Ty estuviera
realmente dormido—. Sí.
—Bueno, diría que eso es bastante bueno, entonces —dijo Deuce feliz—.
Quiero decir, por lo que se refiere a los problemas. Ty es demasiado obstinado para
dejarte si te ama.
Zane dejó escapar un gemido que reflejó tanto la frustración como el alivio.
Ayudaba escuchar eso.
—Así que me estoy estresando por nada probablemente. Paranoia.
—Yo no lo llamaría paranoia. Más… girar tus ruedas mentales. Quiero
decir, ¿te ha dado alguna indicación de que podría marcharse? ¿Qué ha estado
haciendo?
—Ha estado genial, no había nada que pudiera hacer en el hospital. Pero no
me dejó solo –dijo Zane—. Estaba ahí cuando me desperté, estaba sentado conmigo
allí, consiguió que los médicos me dejaran salir y me ha traído a casa. Aparte de
eso, realmente no sé que hacer conmigo mismo. ¿En teoría? Es temporal. Mañana
podría despertar bien. O podría ser permanente. Ni un médico de cinco ha podido
decirme algo más que “tenemos que esperar y ver” –murmuró—, lo que fue un
poco cruel en sí mismo.
—Esperar y ver. Hace que te preguntes que le dicen a las personas sordas –
murmuró Deuce—. Oh Dios, eso fue horrible. Olvida que dije eso.
—¿Sabes cuántos idiomas hay que tienen algo como “ver” o “vista” en
ellos? —preguntó Zane, dejando que un poco de ironía se marcara en su voz.
Gimió en voz alta para acentuar la molestia. Podía oír a Deuce tratando de no
reírse—. Me volveré loco si tengo que quedarme aquí sentado sin hacer anda –
añadió—. No ha pasado ni un día y ya estoy ansioso. Y eso con estar preocupado
por chocar contra una pared.
—Entonces haz algo —sugirió Deuce—. ¿Quién te hizo volar? ¿No puedes
planear la venganza o algo así? ¿Casos abiertos sobre los que puedas reflexionar?
—Estábamos investigando un informe sobre un paquete sospechoso —dijo
Zane mientras comenzaba a pensar en sus casos—. Aunque no me importaría
pensar en alguna pequeña venganza. En cuanto a los casos, no es como si estuviera
asignado a Delitos Financieros, rastreando falsificadores y ladrones de arte a través
del papeleo. Los casos criminales implican más que un poco de trabajo de campo.
—Entonces… ¿por qué había una bomba allí? —preguntó Deuce.
Zane sacudió la cabeza, recordando con retraso que tenía que hablar.
—No tengo ni idea. Y no tengo ninguna información después de estar en el
hospital. Estoy seguro que Ty averiguará lo que pueda cuando esté en la oficina.
—No, Zane. Quiero decir, ¿por qué había una bomba allí? ¿Quién llamó?
¿Fue una trampa? Piensa en ello. Vamos con una teoría.
—Sí, está bien. Puedo hacerlo. –Sacudió la cabeza—. Eh, ¿Deuce?
—¿Sí? —Sonaba divertido.
—¿Por qué te sorprende? —Preguntó Zane, cediendo a la curiosidad que le
picaba—. ¿Qué me lo dijera, o que se sienta así para empezar?
—Sabía que él estaba enamorado de ti cuando estábamos en West Virginia,
Zane. Me sorprende que lo averiguara. Y sí, estoy sorprendido de que te lo dijera.
Zane apenas logró permanecer sentado y no tirar a Ty al suelo.
—¿En West Virginia? Eso fue hace casi cuatro meses.
—¿Eso te sorprende?
—Deuce, si no me hubiera asustado a muerte cuando me lo dijo, me habría
caído por el shock –respondió con cierta cantidad de confianza.
Deuce se echó a reír en voz baja.
—Y entonces él te empujó por el borde de un balcón o algo así, lo sé. Muy
romántico. —Se echó a reír con más fuerza.
—¡Fue una caída de tres pisos! —Zane gruñó con indignación—. Ni siquiera
tuve la oportunidad de decir nada porque los tipos de seguridad del barco nos
estaban esperando.
La risa se fue apagando, y la línea se quedó en silencio un rato.
—¿Qué le habrías dicho ahora que puedes decirlo? —Preguntó Deuce, la
voz neutra.
Zane, literalmente, se estremeció, recordando el montón confuso de
emociones que lo había sacudido en esos ni siquiera dos minutos de la revelación,
el salto y caer después de que Ty dijera “te amo”. Pero ahora, no estaba recordando
la caída literal, desde tres pisos de altura a la piscina de un crucero. Estaba
sintiendo los ecos de su más reciente choque emocional en las gradas en un torneo
de softball lleno de aficionados: la caía no venía. Ya había terminado. Sólo tenía
que encontrar la manera de encontrar las palabras. Palabras sinceras.
—No lo sé —salió en un susurro ahogado.
Deuce tarareó de nuevo.
—Tal vez deberías usar algo de tu tiempo libre para pensar en ello. Porque
si conozco a mi hermano, se pegará a ti con todo, incluyendo la ceguera. Pero no sé
cuánto tiempo se quedará si cree que es el único que está enamorado.
Zane frunció el ceño, pero no tenía nada que responder, y se quedó allí
sentado en silencio, con su mente zumbando en círculos, durante casi un minuto
completo antes de carraspear en voz baja.
—Gracias por la charla, Deuce. Realmente lo aprecio.
—En cualquier momento, Zane. Ya lo sabes –le dijo Deuce con confianza—.
Saluda a mi hermano, ¿eh?
—Sí, lo haré –respondió, bajando la palma por el vientre de Ty—. Hablamos
luego.
Apretó el botón de fin de llamada por costumbre, no necesitaba ver el
teléfono para saber dónde estaba.
—Bien –murmuró—, eso estuvo lleno de subidas y bajadas, ¿verdad?
Ty gruñó como en respuesta y rodó de lado.
Zane sonrió. Se sentía mejor, aunque después de esa última parte de la
conversación, no estaba seguro de si debería.
*
*
Cuando sonó el teléfono, Zane se sobresaltó y se sentó de prisa, tanteando
con la mano izquierda en busca del teléfono. Tocó piel sólida y cálida y se detuvo.
Estaba en el lado equivocado de la cama, y podía decir por el bullicio de sonido de
la calle que no estaba en mitad de la noche. Seguía sin poder ver. La decepción y el
miedo le llenaron la garganta.
—Ay, Zane –gruñó Ty en un tono monótono y soñoliento cuando Zane le
golpeó. Le apartó la mano y la cama se hundió cuando se dio la vuelta. Zane le oyó
tantear sobre la mesita donde sonaba el móvil—. Grady —gruñó en respuesta a la
llamada. Suspiró con fastidio—. ¿Ahora? —preguntó a quien quiera que estuviera
al otro extremo de la llamada—. Bueno, ¿por qué no vienes aquí y me llevas como
a todos los otros testigos? —preguntó con petulancia—. Bien. Estoy en casa de
Garrett.
Luego cerró el teléfono y gimió lastimeramente, rodando otra vez. Zane lo
conocía lo suficiente para adivinar que estaba enterrando la cabeza bajo la
almohada en protesta.
Zane suspiró y se recostó, mirando hacia Ty, arrastrando su propia
almohada debajo de su pecho.
—¿Trabajo? —Murmuró, completamente despierto, aunque el susto ya se
estaba desvaneciendo.
—Más o menos —murmuró en respuesta mientras se levantaba y salía de la
cama, casi sin mover el colchón—. Quieren que haga una declaración—dijo
mientras su voz se fue apagando hacia el pasillo—. Me envían un coche.
Zane echó de menos el calor del cuerpo de Ty inmediatamente. Estiró la
mano para rozarla sábana todavía caliente con los dedos.
—¿Sobre la bomba en el campo de béisbol?
—Eso y el otro. Y tengo que ir y encontrar a ese maldito chico para
recuperar tus llaves.
—No es como si las necesitara —murmuró Zane.
—Lo harás muy pronto –dijo Ty. El agua empezó a correr poco después.
Zane se levantó para ir al baño, pero el tono de su teléfono le detuvo. Volvió
a la mesita de noche para responder con un dejo de temor.
—Zane Garrett.
—Agente especial Garrett, soy Dolores de Relaciones Públicas de la Oficina.
¿Está bien?
Dolores trabajaba para Hileras Blancas. Se preguntó si su jefe le hacía
comprar hilo dental.
—Hemos recibido un gran número de solicitudes de entrevistas, y quería
comprobar cuando le vendría bien conceder alguna.
—¿Conceder alguna… entrevista? ¿Sobre qué? —Zane lentamente se sentó
en el borde de la cama.
—Algunos son peticiones de líderes de la comunidad que asistieron a las
clases que dio recientemente. Pero también hay varias peticiones de la prensa
conectándole de alguna manera con la amenaza de bomba del acuario. Ahora es
una celebridad –dijo alegremente.
Zane no sabía que decir.
—Pensaré en ello —dijo con voz débil.
—¿Planea dar su charla en la clase de la comunidad el próximo sábado?
—¿Sabe lo que me pasó ayer? —Preguntó Zane cuidadosamente.
—Sí, y lo siento mucho —dijo ella, suavizando la voz—. El agente especial al
cargo dijo que es su elección para el sábado. Hágame saber para mañana si va a ir o
no.
—Sí, está bien —dijo Zane. Terminó la llamada y dejó el teléfono sobre la
mesilla de noche cuando oyó cerrar el agua. Sintió moverse a Ty por la pequeña
habitación muy poco después.
—¿Estás bien? —Preguntó Ty en voz baja, mucho más cerca de lo que
esperaba. Le dio unas palmaditas en el hombro y se acercó a su lado.
Zane se estiró justo a tiempo para rozarle la piel húmeda de la espalda con
los dedos.
—Sí.
Ty tarareó en respuesta, el sonido procedía de los pies de la cama.
—¿Has visto mi corbata azul? —preguntó distraídamente.
Zane rió entre dientes antes de poder evitarlo. Se puso de pie, alejándose de
la cama.
—Ah. Tal vez está colgada con el otro traje en la bolsa de la tintorería. –Se
habían metido en suficientes líos los últimos meses para que ahora cada uno de
ellos mantuviera un traje o dos en la casa del otro.
Ty gruñó e hizo un ruido de disculpa.
—Lo siento. Olvidé la cosa de… ver.
—Supongo que me acostumbraré rápido –dijo Zane, mientras trataba de
averiguar escuchando que estaba haciendo Ty—. ¿Han dicho cuánto tardará?
—Una hora o dos. Lo que significa que probablemente cuatro. –Hubo un
crujido y el olor de Old Spice, Zane imaginó que Ty estaba vistiéndose, agitando su
camisa o chaqueta en el aire mientras metía los brazos por las mangas—.
¿Necesitas algo antes de irme?
Zane extendió la mano para tocar la cómoda frente a él. Bien podría vestirse
si Ty iba a estar fuera.
—No, no se me ocurre nada.
Las manos de Ty se deslizaron por sus costados, moviéndose para abrazarlo
mientras apretaba el pecho contra su espalda. Estaba totalmente vestido, la suave
tela del traje Tom Ford era inconfundible. Zane podía sentir el nudo de la corbata,
la calidad reveladora del material.
—El traje azul —murmuró Zane. Se ajustaba a sus hombros y cuerpo, de
lana azul, diseño en espiga rota, solapa de un solo pico.
Ty lucía increíble con él. Por mucho que le encantara vestir camisetas
andrajosas y rotas y vaqueros bajos, sabía cómo verse bien también.
—¿Sí? –respondió Ty, moviendo los labios contra el hombro de Zane.
—Tu favorito. Te gusta la tela. Los pantalones te quedan bien. El ajuste de la
chaqueta. —Zane levantó las manos para tocar las de Ty y deslizarlas por las
mangas hasta los codos—. Hace que tus ojos brillen –dijo antes de pensar
realmente en ello.
—¿De verdad?
Zane bajó la cabeza, contento de que Ty estuviera detrás de él, y no
mirándole a la cara.
—No creo que nadie en la oficina esté preocupado por el brillo de mis ojos.
Excepto tal vez ese tipo de las relaciones públicas de mierda. Pero gracias, de todos
modos –agregó Ty con picardía.
—Sí, bueno —murmuró Zane. Esa no era la clase de cosas que solía decirle.
Simplemente no lo eran—. Creo que ahora me siento como un idiota.
Ty le apretó con fuerza.
—Te sientes muy bien para mí —susurró. Luego sus manos se apartaron y
se alejó.
Zane tragó saliva cuando perdió el contacto cálido y tuvo que agarrarse a
algo que decir. Ty iba a pensar que había perdido la cabeza.
—Creo que volveré a la cama un rato.
—Podría ser una buena idea. –La voz de Ty se alejaba—. Duerme un poco,
Garrett. Llámame si necesitas algo.
Zane oyó cerrarse la puerta delantera y se dejó caer en el borde de la cama.
Sentía calor y un maldito hormigueo por todas partes, y provenía de lo que
probablemente se calificaría como naderías dulces en el mercado abierto.
Dejándose caer de espaldas, rodó, sacó la almohada de Ty de debajo de él, y
hundió el rostro en las sábanas. Era hora de pensar un poco en serio, así que
imaginó que bien podría estar lo más cómodo posible para hacerlo.
*
*
—Gracias por venir, Grady. No estabas herido, ¿verdad? –Preguntó Scott
Alston.
—Como si te importara –le gruñó Ty—. Pongámonos en marcha, ¿vale?
—No seas idiota —replicó Alston—. Todos estamos preocupados por
Garrett y hay más heridos. Wilkinson está en el hospital con una fractura
compuesta en la pierna derecha, y hay otros tres todavía allí.
Ty levantó ambas manos en señal de rendición, cerrando los ojos.
—Lo siento. Lo siento.
Alston suspiró y se sentó.
—Sí, bueno… han sido un par de días de mierda. —Revolvió unos papeles
—. Muy bien. Tengo que exprimir tu cerebro sobre las dos bombas, la del campo
de béisbol y la de las boutiques.
—Hablando de aliteración, Scott —murmuró Ty, ni siquiera logrando
sonreír.
Alston le fulminó con la mirada, luego ignoró las palabras.
—Hasta ahora hemos encontrado sólo cuatro agentes que se encontraran en
ambos lugares. Eso os incluye a ti y a Garrett.
—¿Quiénes son los otros dos? —preguntó Ty mientras se acomodaba en el
asiento frente a Alston. Era incómodo y demasiado bajo, lo que le obligaba a alzar
la mirada al otro hombre. Táctica psicológica clásica para hacer que el interrogado
se sintiera inferior e incómodo. Jodidos federales…
—Waller y Carmichael, ambos de tecnología. Estaban en la calle. Como tú,
¿verdad?
Ty suspiró profundamente y asintió. Pasó la siguiente hora contándole todo
lo que había hecho, visto, sentido, oído y pensado en ambas escenas, que culminó
despotricando durante diez minutos por su Bronco siendo derretido y por quién
demonios iba a pagar para arreglar un viejo Bronco que valía más como prueba de
lo que valía lo que quedaba en la calle y cuando demonios se lo iban a devolver
exactamente.
Después de que Alston logró tranquilizarlo, Ty se vio obligado a sentarse en
la silla incómoda durante otros quince minutos, mientras Alston preparaba papeles
para que los firmara. Cuando regresó, Ty ya se había calmado, concentrándose en
la respiración, inspirar, expirar, haciendo el puto sonido OM en la cabeza.
—Está bien, Grady —dijo Alston después de que Ty agotara la tinta de dos
bolígrafos—. Hay buenas noticias y… bueno, otras noticias. ¿Qué quieres primero?
—Scott, no me hagas hacerte daño –murmuró Ty con desaliento.
—Has acabado aquí, Ty, no más papeleo —dijo Alston con simpatía—.
Pero… también has acabado durante el resto de la semana. Órdenes de Mac.
Ty le miró, no realmente sorprendido, pero todavía disgustado por haber
sido enviado al banquillo. Pero, ¿a quién quería engañar, en realidad? Estaba
destrozado por tratar de evitar que un bombero del tamaño de un refrigerador
marcara durante un partido de softball que era básicamente un truco de relaciones
públicas, su Bronco estaba achicharrado en un patio de pruebas en algún lugar, y
su compañero había sido volado y estaba indefenso en casa. Ty no quería estar
aquí cuando tenía que estar allí.
—Sí, vale —murmuró, mirándose las manos y agarrando el esparadrapo de
los dedos.
—No eres sólo tú, Ty –dijo Alston, sonando sorprendentemente
reconfortante—. También hemos bloqueado a Waller y Carmichael, y, bueno, ya
sabes lo de Garrett. Sabemos que eres un objetivo. Tu rostro ha estado en todas las
noticias. Todavía están emitiendo esa declaración tuya, y esos bastardos fueron
tras tu camioneta. Ahora tenemos que averiguar si Garrett era un objetivo también,
y quisiéramos que te quedaras fuera del campo. También tendrás un equipo
mínimo comprobándote, por si acaso. –Suspiró—. Te llamaré tan pronto como
respondamos a algunas de las toneladas de preguntas, ¿de acuerdo?
Ty asintió y se levantó.
—¿Hemos terminado? —preguntó con voz cansada—. ¿O también tengo un
examen rectal completo?
—Adelante. Tienes mal aspecto, incluso para ti —dijo Alston—. Bonito traje
sin embargo.
—Cállate.
Alston sonrió.
—Protegeremos el fuerte. Avísame cómo le va a Garrett, ¿vale?
—Sí. —Ty se giró y prácticamente se arrastró hacia los ascensores.
Intelectualmente sabía por qué estaba siendo apartado. Sólo que no le
gustaba. No estaba acostumbrado a ser dejado de lado cuando las cosas se ponían
calientes. Se dijo que debía verlo como tiempo libre muy necesario para estar con
su amante, pero incluso eso tenía una nota amarga.
Trató de no pensar en la vista de Zane y cuando o si regresaría.
Se dijo que no debía pensar en nada mientras entraba en el ascensor.
Zen, Ty, zen.
*
*
Zane oyó una llave en la cerradura, y la puerta se quejó en voz alta cuando
se abrió.
—Cariño, estoy en casa –gritó Ty con una voz menos­que­entusiasta.
Cerrando los ojos contra la más absoluta oscuridad, Zane podía verlo: la
puerta de metal maltratada abriéndose, Ty entrando desde la escalinata, el corto
cabello alborotado por el frío viento que podía sentir barriendo detrás de él, estaba
vestido con un abrigo de lana oscura, ese increíble traje azul, funda en su lado
derecho, placa enganchada en el cinturón, lista para ser enseñada cada vez que Ty
ponía su mano en su cadera izquierda, en un gesto de molestia leve.
Por el sonido de su voz, estaba frustrado, lo que significaba que llevaría la
corbata torcida, si es que la llevaba, y lo primero, se quitaría la chaqueta y se
enrollaría las mangas. Ty tenía unos musculosos antebrazos espolvoreados con
vello oscuro y las muñecas sorprendentemente delgadas. Más de una vez Zane
había cerrada la mano alrededor de una de esas muñecas. Y los dedos de Ty eran
chatos pero largos, y todos estaban torcidos de diversas maneras por todas las
fracturas.
Se preguntó si Ty tenía el ceño fruncido. Fruncía la frente, dos líneas como
dardos entre las cejas oscuras, y sus normalmente brillantes ojos color avellana
estarían de algún modo ensombrecidos, con tendencia al marrón o al verde oscuro.
Cuando apretaba los labios en una línea firme, hacía que aparecieran hoyuelos en
esas mejillas perpetuamente bronceadas. Zane se había atrapado varias veces en la
oficina mirando la boca de Ty. Se le aceleraba el pulso cuando se mordía
pensativamente el labio inferior.
—¿Garrett? —Dijo Ty con una voz plana—. ¿Todavía estás ahí? –Puso la
mano sobre el pecho de Zane, apoyándose sobre el respaldo del sofá.
Zane cortó su imaginación con una inhalación brusca.
—Oh, lo siento —dijo, levantando una mano para cubrir la de Ty—. ¿Estás
frunciendo el ceño?
—¿Qué? Ahora estoy… ¿qué clase de pregunta es esa? —murmuró mientras
apartaba la mano.
Zane podía oírle murmurar mientras se alejaba.
—Suenas frustrado. ¿Qué pasó en la oficina?
—Enviado al banquillo –se quejó Ty—. No me dijeron una mierda excepto
que me quedara en casa hasta que se aseguraran que no fuéramos objetivos.
También tendremos equipo de protección siguiéndonos.
Zane frunció el ceño y se sentó. Ty sonaba casi enojado.
—Eh, ven aquí —pidió en voz baja. Algo pesado, probablemente el abrigo
de Ty, cayó sobre el respaldo del sofá. Sintió el peso de Ty en el sofá junto a él, y
pronto le pasó la mano por el pelo cariñosamente, evitando cuidadosamente la
pequeña línea torcida de puntos a lo largo de la parte posterior de su cráneo.
Zane se relajó y se apoyó en la mano, moviendo la suya para chocar contra
el muslo de Ty y deslizarla por él. Era tranquilizador, tenerlo tan cerca, y si
necesitaba algo ahora mismo, era paz mental. Giró la cabeza para presionar la
mejilla contra la palma de Ty y este le besó con suavidad. Pasaron unos pocos
segundos antes de la cadera apoyada contra el cuerpo de Zane comenzara a sonar
y vibrar, pero Ty ignoró el teléfono en el bolsillo a favor del beso. Esto le calentó,
algo tan insignificante como Ty eligiéndole en vez de una llamada del móvil.
Tonto, tal vez, pero iba a tomar todo el karma bueno que pudiera conseguir en ese
momento.
Queriendo estar un poco más cerca, deslizó una mano para ahuecarla
ligeramente en su nuca mientras se rendía bajo sus labios.
Ty se incorporó después de que el teléfono quedara en silencio, pasando la
mano por el pelo de Zane de nuevo mientras se apoyaba contra él en el borde del
sofá.
—Me dieron el resto de la semana libre —anunció de repente—.
Probablemente soy un objetivo. Quieren que permanezca bajo el radar, no vuelvo
hasta el lunes.
—La probabilidad de que seamos objetivos es malditamente pequeña –
murmuró Zane, frotando la espalda de Ty con una mano—. Incluso con la bomba
en el Bronco, fue el único coche que hubo allí durante la noche. Una oportunidad
muy pequeña de que alguien pudiera saber que era tuyo. ¿Y en el centro
comercial? Ni siquiera deberíamos haber estado allí. Nos enviaron en el último
minuto para ayudar. Lo más probable es que quieran tomarte el pelo y molestarte.
—Mac ya no tiene ni un cabello. Se los ha arrancado todos —murmuró Ty
con tristeza—Tengo que comprobar esto —añadió, y Zane pudo sentirle sacando el
móvil del bolsillo. Zane se relajó, manteniendo las manos sobre Ty, sólo por la
conexión. A pesar de los ánimos de hablar con Deuce, todavía se sentía muy
alicaído y perdido.
Ty resopló ante lo que estaba leyendo en su teléfono, y Zane le oyó cerrarlo
un momento después.
—¿Qué pasa? —Preguntó Zane.
—Es sólo mi amigo Nick –respondió mientras se apoyaba contra Zane—. Es
policía, en la última hora de un turno de dieciocho horas, y está tratando de
permanecer despierto volviéndome loco.
—¿Entonces él es quien te manda mensajes de texto a todas horas día y
noche? – preguntó Zane mientras se frotaba la sien. El dolor de cabeza que había
tenido en el hospital todavía latía como un dolor sordo.
—En su mayoría, sí. ¿Por qué, te molesta? —preguntó Ty con un dejo de
preocupación. Tomó su mano mientras hablaba, sus dedos frotando en la base del
pulgar hasta que encontró el punto de presión entre los dedos y apretó con fuerza.
Zane gimió cuando el dolor de cabeza comenzó a desaparecer. Si Ty sabía
una cosa, era cómo usar y abusar de un punto de presión.
—No, no me molesta. –Se apretó la nariz a propósito—. No me has enviado
ni un mensaje desde que te atraparon con tu novia –se lamentó, pero luego lo
arruinó con una risita.
—Todavía te debo eso –dijo Ty con ironía. Soltó el punto de presión un
poco, y el dolor palpitante en la cabeza de Zane comenzó a disminuir casi hasta el
punto de haberse ido—. Estás justo aquí a mi lado. No necesito mandarte un
mensaje.
—Aún así.
—¿Quieres oír algo de la basura que me envía? Entonces no estarás celoso.
Zane sonrió ligeramente. Sospechaba que a Ty le gustaba que fuera celoso.
—Claro —dijo amablemente mientras deslizaba el brazo entre la espalda de
Ty y el respaldo para acercarlo más.
Ty se movió para alcanzar el teléfono de nuevo, y Zane le oyó abrirlo para
encontrar algunos ejemplos de mensajes para leerlos en voz alta.
—El que me envió de regreso a casa, decía… “en mi funeral será tu trabajo
lanzarte sobre mi ataúd y llorar”. Y en que me acaba de enviar, dice, “Falsa alarma,
sigo siendo invencible”. No tengo ni idea de que estaba haciendo para pensar que
podría morir. El anterior era “para futuras referencias una bola de pelusa parece ser la
mejor manera de abrillantar una barba”.
Zane rió.
—Esa es una conversación. ¿Es Nick uno de los chicos Recon? ¿Con el que
hablé por teléfono en Nueva York?
—¿Con el que hablaste por teléfono? —repitió Ty en obvia confusión—. ¡Oh!
Sí, el que llamó y me maldijo por volar por los aires. Sí, ese era Nick. Fue Recon,
pero también estuvo conmigo casi desde el autobús a Parris Island.
—Así que sois muy amigos. –Murmuró Zane, levantando la mano para
frotar el vientre de Ty a través de la suave camisa. Ociosamente se preguntó de qué
color era.
—Sí. Traté de conseguir que se uniera al FBI con Sánchez y conmigo, pero
estaba siendo terco y estaba desilusionado con El Hombre. Así que volvió a casa.
Tuvimos la suerte de ponernos en contacto un tiempo cuando estuve encubierto.
Pero desde Nueva York, llama o me envia un mensaje casi todos los días.
—No está por aquí, entonces —concluyó Zane—. O estarías yendo de bar en
bar con él.
Ty se rió en voz baja.
—Tienes una baja opinión de mí, ¿eh? De bar en bar —bromeó con voz
cálida mientras se apoyaba más contra Zane—. Está en Boston.
Zane sonrió.
—¿Habría ido contigo en busca de chicas?
—Lo ha hecho en el pasado
Zane le pinchó las costillas suavemente.
Ty se estremeció y le codeó a su vez.
—Para —dijo entre dientes. Zane podía sentirlo frotándose las costillas
como si tuviera cosquillas, pero tardíamente recordó el encuentro con Tanque y la
contusión de su caja torácica.
Zane le dio una palmadita en el muslo a modo de disculpa.
—Eso es genial, todavía en contacto con un amigo tan viejo.
—Estoy pensando que probablemente lo odiarías –dijo Ty pensativo, y
luego se echó a reír—. Sobre todo por lo que me odiabas a mí al principio.
—Y era mucho —estuvo de acuerdo Zane—. Probablemente él me odiaría
también.
Ty hizo un sonido desdeñoso y se puso de pie, dando un paso para alejarse
del sofá.
—¿Tienes hambre? Voy a empezar a estar inquieto si no encuentro algo que
hacer pronto.
—Podría comer —respondió Zane, sintiendo frío después de que la calidez
del cuerpo de Ty desapareciera—. Sin embargo, aquí no hay mucho.
—¿Quieres salir? –sugirió Ty, su voz tan tranquila que Zane no pudo
determinar que prefería. Siempre había pensado que las emociones de Ty eran
fáciles de leer. Pero, obviamente, todas esas señales provenían de su lenguaje
corporal—. Podría hacerte algún bien. Escoge. Te llevaré allí.
—¿Qué tal Chiapparelli’s? La comida es realmente buena.
—¿El sitio italiano al que siempre vas? —preguntó Ty.
Zane asintió.
—Tienen una muy buena selección, y has visto mis almuerzos. La gente de
allí es muy agradable. Es un negocio familiar.
—Y supongo que conocerás el diseño ya que vas mucho, ¿eh? Bueno, te ves
bastante bien. Vamos a comer.
Zane se levantó y tímidamente se palmeó el cabello después de que Ty le
despeinara al pasar. Se acercó con cuidado al borde del sofá y lo rodeó, luego dio
un paso a la estantería junto a la pared y tocó los libros, arrastrando los dedos por
los lomos hasta que llegó a la balda con el plato donde dejaba su cartera y las
llaves.
—Necesito una chaqueta —dijo.
—¿Está lejos? ¿Podemos caminar? —Preguntó Ty.
—Sal por la puerta principal, gira a la derecha, cruza la calle, vete al final de
la manzana, está a la derecha al final de la manzana –recitó Zane.
—Muy bien, vamos entonces —dijo Ty.
Capítulo 8
—Hay unos cuantos escalones justo en el interior —dijo Zane cuando se
detuvieron frente a una puerta de cristal bajo un toldo azul que colgaba de un
edificio de ladrillo rojo—. ¿Cuatro, tal vez? No es como si los hubiera contado
antes.
—No tienes que decírmelo, pequeño. Puedo verlos —recordó Ty
amablemente.
Ty abrió la puerta y guió a Zane. Subieron los escalones lentamente, y Ty
echó una mirada crítica al restaurante. Nunca había estado allí, pero Zane siempre
estaba sacando restos de bolsas de papel marrón y parecía disfrutar de la comida.
Definitivamente era un edificio viejo: paredes de ladrillo caravista se habían
mantenido intactas en su interior. La alfombra era de color marrón, roja y con una
especie de adornos florales al estilo italiano antiguo. Había un comedor lleno de
clientes en frente de ellos y otro a la derecha. El mobiliario era oscuro, madera
pesada, incluyendo una caja de vino llena directamente delante de ellos, donde
había una gran variedad de menús para llevar, tarjetas de visita y un plato de
caramelos de menta. El área de espera era bastante pequeña, tal vez podían caber
una docena de personas y estarían apretadas. Incluso las cinco personas que ya
están allí esperando tenían difícil mirar a su alrededor.
Una mujer mayor, de cabello suave y gris, vestida con el uniformes negro de
las camareras, salió del comedor a la derecha.
—Buenas noches, caballeros. ¿Cena para dos? —Entonces Zane se volvió
hacia ella, y añadió—: Oh, señor Garrett, que alegría verle de nuevo. —Tenía un
fuerte acento.
—Me gustaría poder decir lo mismo, Leticia —murmuró Zane con un gesto
vago hacia sus ojos.
Ella rompió con una pregunta fuerte en un idioma que Ty definitivamente
reconoció como italiano. Le hizo estremecerse como a uno de los perros de Pavlov
esperando ser golpeado con un bolso de piel de avestruz.
Zane se encogió de hombros en respuesta. Ella chasqueó la lengua y se
volvió hacia Ty.
—Por aquí, por favor. Enseguida preparo una mesa –dijo ella, haciendo caso
omiso de los otros clientes que esperaban y que habían llegado antes.
Ty la siguió con la mirada, luego se volvió para fruncirle el ceño a Zane.
—¿Ahora hablas italiano? —preguntó peligrosamente. Todavía era un tema
delicado, incluso casi tres meses después de la misión en el crucero donde no saber
italiano casi habían hecho que le mataran.
—No tengo idea de lo que decía —dijo Zane en voz baja—. Pero no sonaba
bien, ¿verdad?
—Estaba a punto de golpearte –refunfuñó Ty. Mantuvo una mano floja
sobre el codo de Zane mientras la mujer los conducía a una de las mesas cerca de
una amplia ventana. Ni siquiera tuvieron que rodear muchas mesas para llegar.
Ty miró alrededor de la sala mientras se quitaba la chaqueta. Era un buen
lugar, pero la comida tenía que ser espectacular para que Zane comiera aquí tres
veces a la semana. Ty prefería más su bar, tenía carácter.
Y una botella de Grand Marnier con su nombre detrás de un cristal encima
de la barra. El One­Eyed de Mike estaba a cuatro manzanas de su casa y casi a
medio camino entre su casa y el apartamento de Zane. Con mucha menos clase y
mucho más cómodo. Sacudió la cabeza mientras se deslizaba en uno de los
asientos.
Zane se estiró tentativamente a su lado, sus dedos rozaron la ventana de
cristal.
—Bien, sé dónde estoy —dijo en tono satisfecho mientras se quitaba la
chaqueta.
Leticia se acercó de nuevo, dejó unos vasos de agua con hielo, una cesta de
lo que parecía pan recién horneado, un plato con mantequilla de verdad, y dos
grandes menús de una sola hoja impresa en papel de alto gramaje. Después de una
pausa, tomó el menú de Zane y le dio una palmada en el hombro.
—Ryan vendrá ahora mismo —anunció antes de marcharse.
—Bueno. Supongo que es bastante obvio que no puedo ver, ¿eh? —comentó
Zane.
Ty levantó la vista del menú. Entrecerró los ojos, se inclinó hacia delante
para mirar a Zane de cerca, luego extendió la mano lentamente y la agitó delante
de su cara. Zane ni siquiera parpadeó.
—Es… bastante obvio —dijo en tono de disculpa. Suspiró y miró de nuevo
el menú. Cuando él y su hermano eran pequeños e iban a visitar a sus bisabuelos,
se habían divertido vendándose los ojos e intentando caminar entre varios
obstáculos, sólo para ver cómo lo había hecho la abuela Griffin.
Pero había una diferencia entre cerrar los ojos y ser ciego. Incluso con una
venda en los ojos, todavía había variaciones en la luz que podían darte pistas sobre
dónde estabas y lo que estaba pasando.
La completa y total oscuridad, la ceguera, podía ser algo solitario y
aterrador. Zane estaba tomándoselo bastante bien, teniendo eso en cuenta.
Ty volvió su atención a la carta llena de platos italianos e hizo una mueca.
—¿Vienes aquí tres días a la semana? ¿Cada semana?
Zane levantó un hombro.
—Está cerca de casa y me encanta la comida italiana. Hay un montón de
opciones si no quieres la tradicional salsa roja. A veces me dan la ensalada
Baltimore. —Ty le miró con recelo.
—No consigo saber que tiene de especial… —Se calló cuando vio a un
camarero girar la esquina y dirigirse a la mesa.
El hombre estaba vestido todo de negro como los demás, y estaba
impresionantemente en forma. La camiseta negra bien podría haber estado pintada
sobre los músculos bien definidos. Sus hombros eran anchos y la cintura delgada.
Tenía la piel oscura y rasgos faciales afilados y definidos, los cabellos habrían sido
oscuros si no se lo hubiera prácticamente afeitado. Le hacía parecer elegante.
—Oh —Ty murmuró con desaliento.
—¿Hmm? —preguntó Zane mientras doblaba la servilleta. Ty sacudió la
cabeza y se apretó el puente de la nariz, tratando de no reírse.
El camarero se detuvo en otra mesa brevemente y luego fue hacia ellos. Sus
labios se retiraron en un gesto de preocupación.
—Zane —dijo el hombre mientras daba el último par de pasos a la mesa—.
Leticia me ha dicho que había sucedido algo. —Cuando se detuvo, puso una mano
sobre el hombro de Zane.
Para sorpresa de Ty, Zane no se inmutó.
—Podrías decirlo así —respondió mientras movía una mano ante los ojos—.
Riesgos laborales. Quedé atrapado un poco demasiado cerca de la explosión en el
complejo comercial —agregó en una muy breve explicación.
Ty miró a Zane y al guapo camarero, sabiendo que tenía una ceja levantada
y la boca abierta. No podía evitarlo.
—¡Eso es terrible! —Exclamó el hombre—. ¿No puedes ver nada?
Zane negó con la cabeza.
—Nada en absoluto. Así que tengo que tener ayuda para moverme. —Hizo
un gesto al otro lado de la mesa hacia Ty—. Ryan, este es mi compañero, Ty Grady.
Ty, este es Ryan Morelli.
—Hola —dijo Ty sin entusiasmo.
—Bienvenido a Chiapparelli’s —dijo Ryan con una sonrisa agradable—.
Gracias por traer a Zane. Si no lo veo cada pocos días, me pregunto si está sentado
en su casa muerto de hambre.
—Vaya, gracias —murmuró Zane.
—Eso… eso es… bonito –logró decir Ty. Carraspeó y cogió su servilleta.
Ryan rió y empujó a Zane por el hombro.
—He visto esa cocina. Es una parodia. La mía es mucho mejor. Ahora, ¿qué
puedo ofrecer a los caballeros para cenar? Zane, hoy tenemos ñoquis —dijo,
tratando claramente de tentarlo.
—Así que es sentarme en casa y morir de hambre o comer aquí y pasar una
hora extra en el gimnasio todas las noches para quemar las calorías —dijo Zane con
tristeza—. Sí, los ñoquis suenan bien. Y algunos provolone fritos para empezar.
—Te traeré té helado. —Ryan volvió su atención a Ty—. ¿Te puedo traer
algo de beber? Tenemos una carta de vinos y un bar bien surtido. Me encantará
describirte cualquier cosa en el menú.
Ty estaba mirando a Zane, y lo estaba pasando mal para dejar la cara
inexpresiva antes de levantar la mirada para mirar al camarero. Sonrió y asintió
inexpresivamente.
—¿Tienes Guinness?
—Sí, tenemos que atender a los otros europeos también —dijo Ryan con una
sonrisa—. ¿Una pinta, entonces?
Ty asintió y lanzó otra mirada a Zane, irritado porque su compañero no
podía ni siquiera verlo.
—Tenemos todos los platos italianos tradicionales —dijo Ryan, señalando el
menú—. También tenemos pescado fresco, si eso suena bien.
Zane rió en voz baja y se cubrió la boca con la mano, probablemente para
ocultar una sonrisa. Ty no era aficionado al pescado desde la debacle de crucero.
Ty se aclaró la garganta otra vez y le ofreció al camarero otra sonrisa que
probablemente pareció más un gruñido.
—Cualquier cosa con salsa blanca —ordenó mientras le entregaba al
hombre su menú.
—Se puede hacer. Eso viene con nuestra ensalada de la casa, a menos que
quieras sustituirla –dijo Ryan. Miró a Zane brevemente por tercera vez.
Ty se mordió los labios y negó con la cabeza. Ofreció el hombre otra sonrisa
forzada, y luego regresó a su mirada de muerte a Zane.
—Bien, entonces —continuó Ryan—. Enseguida vuelvo con vuestras
bebidas y aperitivo. —Le dio una palmadita a Zane en el hombro de nuevo.
—Gracias —dijo Zane, inclinando la cabeza hacia atrás para sonreír a Ryan.
Tan pronto como se alejó, Ty apoyó los codos en la mesa y le pateó en la
espinilla bajo el mantel de lino blanco. Zane gritó y empujó la mesa, haciendo que
el agua con hielo en el vaso temblara.
—¿Y eso por qué? —preguntó, con una mirada herida en el rostro.
—Comes aquí tres veces a la semana —dijo Ty con los dientes apretados.
—A veces —dijo Zane, frunciendo el ceño—. ¿Y?
—¿Y? Ese Jersey Shore es muy mono –se quejó Ty—. Mi cocina es mejor que
la tuya —imitó en voz baja mientras tomaba su vaso de agua.
Zane inclinó la cabeza a un lado, pensativo.
—Me trajo la comida hace unas semanas cuando hice un pedido y luego lo
olvidé porque estaba hablando con Freddy sobre una orden de registro.
—Que amable —dijo Ty secamente.
Zane se encogió de hombros.
—Es un buen chico. Supongo que he sido un buen cliente últimamente.
Ty continuó mirándolo maliciosamente. Y Zane continuó siendo ajeno, ya
que no podía verle. Maldito fuera.
—No lo hizo por eso. Tienes suerte de que sienta compasión por ti ahora
mismo o te patearía el culo —murmuró mientras miraba por la ventana.
Zane dejó el pan tenía en la mano.
—¿Por qué?
Ty continuó quejándose mientras bebía un sorbo de agua.
Aunque Zane no podía ver, estaba sentado justo enfrente de Ty, por lo que
parecía que su compañero le estaba mirando directamente.
Entonces Zane parpadeó un par de veces y se echó hacia atrás.
—Bien, sólo he captado el comentario de mono.
—¿Lento de entendederas? –desafió Ty.
La travesura atravesó la cara de Zane antes de carraspear y ocultarlo.
—Probablemente me patearás de nuevo si digo que el paisaje aquí era tan
bueno como la comida, ¿eh?
—Zane —dijo Ty en advertencia.
Zane puso los ojos en blanco y sacudió la cabeza.
—La comida es realmente buena –insistió.
—Más vale que lo sea — advirtió Ty. Miró a Zane a hurtadillas,
permitiéndose investigar la sensación que ondulaba por él. No era que sospechara
que algo estaba pasando, porque conocía a su compañero bastante mejor. Pero la
sensación de estar celoso, por leve que fuera, era algo ajeno a él. Casi le gustaba,
seguro de que Zane era completamente inconsciente de la atención.
—Él hace las entregas, ¿eh? —preguntó Ty a Zane en voz baja—. Voy a
quemar casa bolsita marrón que encuentre en la nevera de ahora en adelante.
Zane sonrió inocentemente.
—¿Incluso el pastel de queso? –A Ty le gustaba ese maldito pastel de queso
que, por supuesto, venía de aquí.
—No me empujes, Stevie Wonder —gruñó.
*
*
—Sí, lo entiendo –susurró Graham por el móvil, tratando de disimular su
fastidio. Pierce le estaba poniendo de los nervios con todas sus malditas órdenes, y
en su opinión, se estaba tomando esta mierda demasiado en serio.
Una cosa era robar el dinero de los grandes bancos para llenar sus carteras.
Los bancos estaban asegurados. No hacían daño a nadie. Pero las bombas
eran reales ahora y cada vez más grandes y más malas. A Pierce le gustaba la
destrucción.
Quería hacer daño a la gente, especialmente a los policías. Decía que estaban
haciendo algún tipo de declaración, no sólo creando una diversión para mantener
a los policías distraídos. Estaba poniendo nerviosos a Graham y a los otros. Él no
había firmado un manifiesto, sólo quería el dinero extra
—Este es el grande, hombre. Necesitamos todas las manos –estaba diciendo
Pierce furtivamente—. La mejor manera de exponer la corrupción de la sociedad es
abrirla poco a poco y mostrárselo a todos… ¡a todos! Justo con lo que estamos
tratando aquí. Los cerdos del Gobierno…
Graham puso los ojos en blanco. ¿Quién hablaba de esa manera?
—Sí, sí, lo entiendo. Estaré allí, ¿de acuerdo? Me tengo que ir o me
despedirán. —Colgó antes de Pierce pudiera comenzar con su “manifiesto” de
nuevo.
Miró a través de la puerta de la cocina si la mesa tres estaba a la vista. Podía
ver a Ryan ahí hablando con dos tipos grandes que parecían vagamente familiares.
Graham reconoció tardíamente al más moreno. Señor Garrett. No, Agente Garrett.
Era una especie de hombre del gobierno, siempre sonriente y amable, no montaba
jaleos, siempre dejaba propinas generosas. Parecía un tipo decente, para ser un
federal.
Graham miró más de cerca, preguntándose por qué Garrett parecía raro. No
estaba mirando a Ryan exactamente cuando hablaba con él, ni tampoco miraba al
tipo cabreado con el traje azul sentado frente a él. Parecía estar mirando al medio.
Cuando Ryan los dejó y entró por la puerta, se veía preocupado. Graham
asintió en dirección a la mesa.
—¿Qué le pasa?
Ryan miró a los dos hombres.
—Me dijo que fue uno de los agentes atrapados en la explosión de las
tiendas del puerto. Perdió la visión. –Les dirigió una última mirada comprensiva y
luego desapareció en la cocina para dar el pedido.
De repente, Graham los reconoció: los dos agentes de la televisión contra los
que Pierce tenía la vendetta. El nombre del otro hombre era Grady, y Pierce aún
tenía que dejar de hablar de él.
Atrapados en la explosión. Graham se quedó mirando al agente Garrett. La
explosión que ellos provocaron en el centro comercial. La bomba que Pierce insistió
tenía que ser más grande y mejor.
Graham había estado sentado al lado de Hannah cuando ella a
regañadientes llamó para avisar y envió a la policía y al FBI a ese edificio. Él había
ayudado a atraer al agente Garrett a ese edificio. Debido a él y a sus amigos, ese
hombre, un hombre decente, un hombre que conocía, ahora era ciego. ¿A cuántas
personas más como él habían herido? ¿O matado?
Se le revolvió el estómago. Corrió y subió los escalones de dos en dos,
tratando de llegar al baño antes de vomitar.
*
*
Zane suspiró mientras cerraba la puerta y se apoyaba contra ella.
Aunque la cena había sido genial, la comida en Chiapparelli siempre lo
era… había estado tenso, incluso en aquellos entornos familiares, demasiado
consciente de que alguien podía caminar detrás de él en cualquier momento. Tener
a Ty había ayudado, pero estaba contento de estar en casa.
—¿Vas a poner mis sobras en el frigorífico? —preguntó Zane mientras
sostenía la bolsita marrón que contenía el envase de plástico, sofocando la risa que
amenazaba.
Ty se lo arrebató con un gruñido. Un momento después Zane oyó la bolsa
caer al suelo, y sin previo aviso fue golpeado contra la puerta detrás de él. Ty lo
mantuvo allí por los hombros, los dedos clavados con fuerza. Pero rozó sus labios
con los suyos en suave contraste con el rudo tratamiento que recibía. Zane contuvo
el aliento, sorprendido por la dicotomía e inmediatamente interesado en más.
Ty se apretó contra él, lamiendo sus labios.
—Creo que debes encontrar un nuevo restaurante favorito —murmuró
antes de arrastrar los dientes por el labio inferior de Zane.
Este tragó con fuerza.
—Pero me gusta ese. –Colocó las manos sobre las caderas de Ty, deslizando
los dedos por el tejido suave de los pantalones.
—Eso es lo que me asusta —gruñó Ty juguetonamente. Le empujó contra la
puerta con más fuerza y forzó su lengua entre sus labios, recorriendo la parte
interior de los dientes. Empujó contra Zane en una demanda muda.
El calor invadió a este en una oleada repentina, y sintió la urgente necesidad
de pedir más. Había sido tratado con guantes de seda durante dos días. Necesitaba
a Ty sobre él, cuanto más duro, mejor. Cuando sus bocas finalmente se separaron,
avivó deliberadamente las llamas.
—Un montón de razones para seguir yendo allí —dijo, sin aliento.
—¿Estás tratando de ponerme celoso? —preguntó Ty en voz baja. Era casi un
ronroneo con su áspero acento de montaña.
Zane dejó escapar un suspiro tembloroso mientras sentía su cuerpo
reaccionar a la excitación que comenzaba a propagarse por su interior.
—Me parece que ya lo estás. —Clavó los dedos donde sus manos estaban
apoyadas en la cintura de Ty.
Este empujó la cara más cerca de la suya, haciendo que sus labios se
movieran contra suyos cuando habló, su voz cayendo a un gruñido.
—Lo estoy —admitió sin pudor. Zane podría sentirle sonriendo. Ty podría
haber estado diciendo la verdad, que realmente estaba celoso, pero también estaba
disfrutando—. Creo que deberían empezar a gustarte los mariscos en lugar de lo
italiano.
Zane abrió la boca para responder, pero un gemido tembloroso salió en su
lugar. Tenía que parar, tomar un respiro y volver a intentarlo, le sacó la camisa de
los pantalones mientras estaba en ello.
—Me gusta el marisco. También tienen —dijo arrastrando las palabras,
moviendo la ingle contra el muslo de Ty.
—Maldita sea, Zane –gruñó antes de besarle otra vez, sin tener en cuenta los
suaves labios atrapados contra los dientes. Metió la mano entre ellos para dar un
tirón al cinturón de Zane y luego le bajó los vaqueros. Metió la lengua en su boca
con avidez y apretó el cuerpo contra el suyo.
Las entrañas de Zane se tensaron; oír y sentir a Ty tan caliente era muy
excitante. Y el hecho de que fuera porque se sentía posesivo…. su cabeza le daba
vueltas con placer, y trató de dar tanto como recibía. Ty se apartó de él el tiempo
suficiente para quitarse la chaqueta y sacarse la camisa y la camiseta por encima de
la cabeza de un tirón. Zane podía sentir la piel desnuda bajo los dedos, suave y
cálida, pasando sobre los músculos que podía seguir con los ojos cerrados.
Entonces Ty estuvo contra él otra vez, con las manos por todo el cuerpo mientras
tiraba de su ropa, mordiéndolo los labios, la barbilla y el cuello, chapándole el
lóbulo y gruñendo,
—Eres mío. Jersey Shore puede conseguirse otro. —La excitación atravesó a
Zane tan rápidamente que sus rodillas se debilitaron, y se apoyó contra la puerta
con un suave gemido, con el cuerpo de Ty aplastándole.
—Cariño —jadeó indefenso.
Ty finalmente consiguió desabrocharle la camisa, y la empujó por los brazos
dejándola allí, enredada en las muñecas. Subió las manos por las caderas, rodeó su
cintura y las metió debajo de sus calzoncillos para agarrar su culo de manera
posesiva, entonces apretó con fuerza mientras empujaba su ingle contra la de Zane
y le besaba. Bajo sus manos, Zane no podía hacer nada más que retorcerse contra la
puerta y tratar de devolver los besos lo mejor que podía. Tuvo que luchar para
desenredar las mangas de la camisa de las manos, y Ty no le ayudó en absoluto.
Cuando por fin se soltó, se aferró a uno de sus hombros para apoyarse.
Ty movió las manos, clavando los dedos en la suave carne mientras le
bajaba los calzoncillos.
—No te muevas —gruñó Ty contra sus labios.
Y luego se fue, apartándose y desapareciendo en silencio. Zane casi cayó
cuando perdió la sujeción, y se aplastó contra la puerta, tratando de no resbalar al
suelo junto a su ropa interior. Inspiró profundamente, tratando de calmarse un
poco. Su polla estaba dura y dolorida, casi rígida contra su abdomen, y casi estiró
una mano para tratar de aliviar un poco la presión, pero las palabras de Ty
resonaban en sus oídos, y de ninguna manera iba a desobedecer una orden como
esa. Sólo se movió lo suficiente para quitarse los pantalones y calzoncillos a
patadas.
A lo lejos escuchó el sonido de un cajón abriéndose y cerrándose, y después
de unos breves momentos, Ty volvió. Cuando tocó a Zane, era obvio que se había
quitado el resto de su ropa.
Tropezarían con su traje azul camino al dormitorio. Si llegaban tan lejos.
Cuando Ty se apretó contra él, era todo músculos duros, piel suave y manos
ásperas. Agarró a Zane por los muslos y tiró, apartándole de la puerta y casi del
suelo. Le bajó a su altura y frotó su dura polla contra la suya mientras lamía,
chupaba y mordisqueaba los labios.
Zane se aferró a sus hombros para sujetarse con fuerza. Ty estaba caliente y
duro por todas partes y le necesitaba.
—Cariño, por favor –gimió Zane.
—Oh, ahora soy cariño, ¿verdad? —Preguntó Ty bruscamente, su voz ronca
y tensa—. ¿Qué pasó con ponerme celoso? ¿Burlarse del pobre Ty con el camarero
caliente? –Le agarró el culo de nuevo y apretó con fuerza, luego tiró de la parte
posterior de sus muslos y dobló las rodillas, bajando lo suficiente como para que
Zane le pasara la pierna izquierda sobre la cadera.
Zane cambió el peso a la pierna derecha, extendió la mano para agarrarse al
pomo de la puerta con la mano izquierda y enganchó su otro brazo al hombro de
Ty, necesitando algún tipo de sujeción mientras le trataba con rudeza.
—Te necesito demasiado para burlarme —salió entre respiraciones—. No lo
planeé, de verdad que no.
Ty zumbaba con incredulidad. Zane oyó el estallido distintivo de la tapa del
tubo de lubricante, y luego sintió la mano de Ty entre ellos, apretando el gel frío
sobre su propia polla y luego la suya. Tiró el tubo y Zane oyó que caía en algún
lugar mientras la mano de Ty se envolvía alrededor de los dos y comenzó a
excitarlos lentamente.
Sus labios se posaron sobre los de Zane un momento antes de seguir.
—Voy a follarte hasta que no puedas recordar tu nombre —prometió con
una voz extrañamente íntima. Sacó el labio inferior entre los suyos y arrastró sus
dientes a lo largo.
Zane se aferró a su amante desesperadamente mientras este apretaba la
mano.
Joder, quería eso.
—Por favor… por favor, Ty.
—A nadie le gusta suplicar —susurró Ty. Subió más la pierna de Zane y
estiró una mano resbaladiza. Tenía los dedos calientes mientras masajeaba a Zane,
excitándolo, provocándole hundiéndose más y más y girando. Habían follado lo
bastante a menudo para que no requiriera mucha preparación, a veces nada,
excepto lubricante. Ty estaba haciendo esto ahora porque quería excitar a Zane, no
porque lo necesitara.
Zane rió y se quedó sin aliento.
—Te encanta cuando te suplico.
Ty volvió a gruñir, mordiéndole el labio con fuerza mientras se movía a una
velocidad alarmante y poderosa. Enganchó el brazo bajo la pierna de Zane y le
levantó contra la puerta, haciendo que jadeara de sorpresa. Esa pierna ahora
descansaba en el hueco de su brazo y el equilibro de Zane sobre la otra se vio
amenazado cuando Ty le estrelló contra la puerta, manteniéndolo allí con el peso
de su cuerpo y la fuerza de sus brazos. Sus manos tiraron de sus caderas, le inclinó
hacia atrás y pudo sentir la punta de su polla dura como una roca contra su culo.
Un gemido salvaje y necesitado rasgó su garganta mientras intentaba
agarrarse a la piel de Ty. Habría dado cualquier cosa por ver su cara justo en este
momento Podía imaginarlo: ojos color avellana brillantes, el ceño fruncido y los
labios carnosos fruncidos con concentración e intensidad. La cantidad de pura
fuerza bruta y violento deseo que tenía que tener para prácticamente levantarle y
sostener la mayor parte de su peso era increíble.
Empujó a Zane un poco más, gruñendo e inhalando a través de los dientes
mientras luchaba por ponerles en posición. Le costó algunos intentos mientras
tanteaba y le besaba, pero por fin se obligó a penetrarle mientras dejaba que la
gravedad empujara su cuerpo hacia abajo. Por el ronroneo que resonó a través de
los dos, Zane podía decir que Ty estaba saboreando el lento deslizamiento, y
cuando la punta de su polla empujó a través de los músculos apretados, lo premió
con otra exploración violenta de su boca y un duro empujón de sus caderas.
El grito de doloroso placer de Zane fue amortiguada por el beso, clavó los
dedos y tensó la pierna, tratando de aferrarse a Ty. Era incómodo, precario e
jodidamente caliente. Pensó que podría correrse en cualquier momento, correrse
por todo Ty y él mismo justo allí, cuando este estaba comenzando. Habría estado
avergonzado si no lo deseara tanto.
—Joder —dijo con voz entrecortada, tan pronto como sus labios se
separaron—. Oh joder… Ty.
Su amante respondió enterrando el rostro en su cuello y empujando otra
vez, una y otra vez. A ratos alzaba a Zane, la sensación de ser aupado y luego
bajado sobre la polla de Ty era totalmente diferente a cualquier cosa que hubiera
experimentado antes. Ty jadeaba pesadamente por el esfuerzo y le mordió el
hombro como si quisiera devorarlo. Zane quería ser comido vivo. Se agarró
mientras el placer le invadía hasta que no pudo concebir nada más que las manos y
los dientes de Ty sobre su piel y cabalgar su polla.
Un gruñido bajo salió de la garganta de Ty y los envites de sus caderas
comenzaron a golpearle erráticamente contra la puerta. Tensó la mano sobre la
pierna y el culo y lo levantó más alto una vez más, poniéndole de puntillas. Zane
jadeó cuando la cálida piel de su espalda rozó sobre la fría puerta de metal
pintada. El gruñido de Ty se convirtió en un atormentado y brutal grito mientras le
follaba dolorosamente duro, sin ninguna consideración por cualquiera de sus
cuerpos.
Sólo necesitó unos pocos envites para forzar un gemido roto de Zane
mientras la tensión se rompía y caía en el clímax, que llegó en forma de pulsos con
los empujones de Ty, manchándoles a ambos
Todo su cuerpo se tensó en los brazos de Ty, indefenso. Lo único que podía
hacer era confiar en que él evitaría que cayera y disfrutar del placer que estaba
borrando absolutamente todo excepto a su amante moviéndose en su interior,
prolongando el orgasmo.
Fueron un par de segundos gloriosos antes de que los movimientos de Ty se
congelaran y su cuerpo se arqueara. Se quedó en silencio mientras se corría dentro
de Zane. Cuando su cuerpo se aflojó, estaba sin aliento, con la frente apoyada
sobre su hombro. Su piel estaba húmeda de sudor, y sus brazos y hombros
temblaban mientras salía de Zane rápidamente y le bajaba los pies al suelo. Pero
las piernas de este estaban demasiado vacilantes para soportarle y se agarró a él
mientras comenzaba a deslizarse por la puerta a la delgada alfombra. Ty resopló
una carcajada, y se sentaron en el suelo juntos. Se movió y se sentó de golpe al lado
de Zane, de espaldas a la puerta rozándose los hombros. Respiraba con dificultad
por el esfuerzo, todavía jadeando en busca de aire.
Zane se inclinó hacia un lado y apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Cuál es mi nombre? —Murmuró, todavía girando. Era muy difícil dejar
de estar mareado cuando no podía centrar los ojos en algo para detener el
movimiento.
Ty se echó a reír, aunque el sonido era uno agotado.
—Ya lo aprenderás —dijo arrastrando las palabras, obviamente satisfecho
de sí mismo.
Zane extendió la mano para acariciarle el muslo y luego extendió la mano
sobre la curva de su codo, justo debajo de donde descansaba la cabeza. Ty le rodeó
los hombros con el brazo y lo apretó con fuerza. Le dio un beso en al frente, luego
enterró la nariz en su pelo e inhaló profundamente.
—Sabes que no me importa si comes en ese maldito restaurante, ¿verdad? –
murmuró Ty, su voz baja, cariñosa y extrañamente suave después de lo acababan
de hacer.
Zane giró la cabeza lo suficiente para besarle la clavícula mientras una
calidez agradable le llenaba.
—Sabes que nunca le he mirado, ¿verdad?
Ty se quedó en silencio un largo momento. Finalmente, volvió la cabeza y
dijo:
—¿Es el momento adecuado para una broma de ciegos, o es demasiado
pronto?
Zane soltó una risita y le pinchó las costillas.
—Capullo.
Ty rió en voz baja, el sonido cálido y reconfortante, mientras le acariciaba el
pelo con la nariz otra vez. Cuando la risa disminuyó, Zane se dio cuenta de que Ty
estaba conteniendo el aliento, y algo en el ligero temblor de su cuerpo le hizo sentir
que quería volver a hablar. No era la primera vez que lo había notado, y de repente
se dio cuenta de lo que Ty evitaba decir en momentos como éste: Te amo.
Cerró los ojos y le besó el hombro de nuevo, resistiendo la tentación de
arrastrarse sobre su regazo y hacer lo que tenía que hacer para que lo dijera de
nuevo. Quería volver a escucharlo, sólo una vez, después de todas estas semanas,
ahora que significaba mucho más, ahora que había reconocido para sí mismo que
sabía lo que era el peso de plomo en el pecho. Ahora que era capaz de creer que lo
que sentía por Ty era real y no sólo el resultado de las circunstancias y de
proximidad. Ahora que necesitaba coraje no podía encontrarlo para dar ese último
paso y caer deliberadamente.
—¿Estás bien? —Preguntó Ty en voz baja—. No te he hecho daño, ¿verdad?
Zane no estaba seguro pero negó con la cabeza de todos modos.
—El suelo está frío —susurró mientras se estremecía, y reconoció la fuente
de esa reacción. Estaba asustado. Ya estaba. Lo había admitido. Estaba asustado,
terriblemente asustado, porque Ty le amaba y él no sabía cómo manejar la
situación cuando ni siquiera podía explicar cómo se sentía porque todavía estaba
ahondando a través del miedo y la culpa del pasado y tratando de justificar el
alcanzar el futuro que quería tan desesperadamente…
—Sí —acordó Ty con satisfacción. Sus dedos jugaron con el cabello de Zane,
su cuerpo relajado contra el suyo. Parecía perfectamente feliz allí sentado y
abrazando a Zane durante el resto de la noche. Se aclaró la garganta y movió la
barbilla para que descansara sobre la coronilla de Zane—. Nunca vamos a
encontrar ese lubricante —murmuró con irónica diversión.
—Conseguiremos más —murmuró Zane, los engranajes seguían girando
mientras trataba de hacer frente a las preguntas y a la incertidumbre que se
estrellaban sobre él.
En algún lugar había una punzada de malestar: ¿no se suponía que amar a
alguien era algo feliz? Maldijo su hábito innato de analizarlo todo hasta la muerte
y volvió el rostro hacia el brazo de Ty.
—¿Qué tal la cama? —Sugirió en voz baja—. Yo… —Tembló de nuevo.
La barbilla de Ty se movió otra vez, y Zane tuvo la impresión de Ty estaba
mirándole.
—¿Tú que?
Zane se mordió el labio un momento antes de contestar.
—Me gustaría que me abrazaras un rato —susurró. Se sentía extraño decirlo
así, algo tan inocuo pero significativo.
—No lo sé… estás todo sudado —dijo Ty con disgusto fingido.
Apretó la boca y la nariz en la mejilla de Zane y sonrió para que pudiera
sentirlo. Aspiró profundamente, gruñendo la exhalación.
—Sin embargo, hueles bien.
El peso sobre el pecho de Zane se alivió un poco cuando Ty mantuvo la
respuesta ligera. No estaba seguro de lo que había estado esperando. Extendió la
mano para arrastrar los dedos sobre el pecho de Ty, donde le había manchado al
correrse.
—Podría ducharme primero —ofreció.
—No tiene sentido —murmuró Ty—. Todavía.
Zane gruñó inquisitivamente.
Ty sonrió contra su mejilla, luego tiró de su brazo y se puso de pie con un
gemido.
—Oh Dios mío —se lamentó—. Soy demasiado viejo para esto.
—¡Ja! —se burló Zane desde el suelo—. Como el hombre ocho años mayor
que tú, que acaba de ser follado hasta el punto de no ser capaz de recordar
respirar, no estoy de acuerdo.
La mano de Ty encontró la suya y le ayudó a levantarse. Atrajo a Zane a
pesar de que los dos estaban pegajosos y le besó castamente.
—¿Te estás quejando? —Preguntó Ty serio.
—Ni siquiera un poquito —murmuró Zane mientras se equilibraba. Se
acercó más a sus brazos, en busca de la comodidad que tanto ansiaba y necesitaba
para su equilibrio emocional, que se sentía como un balancín descontrolado
—Bien. Porque requirió una gran cantidad de energía —dijo Ty obviamente
divertido. Dejó que su mano se deslizara por el brazo de Zane y le tomó la mano—.
Vamos. Quiero mantenerte en la cama el tiempo suficiente para que la pasta se
ponga mala.
*
*
Graham estaba en la acera, mirando con los ojos abiertos a la puerta. ¿Qué
clase de pelea infernal estaban teniendo esos dos?
Sostuvo el sobre entre los dedos húmedos. La había escrito rápidamente.
Quiso seguir al señor Garrett y su amigo, pero no los había visto salir del
restaurante, mientras estaba lavando platos. Había estado tan asustado por un
momento que casi le dijo a Leticia que tenía que ir tras ellos, pero entonces escuchó
a Ryan hablando de una entrega en su casa y se dio cuenta que tenían que tener su
dirección en los registros de entrega. Resultó que su casa estaba a sólo una
manzana de distancia, lo suficientemente cerca para poder llegar a pie en su
descanso, y así lo había hecho, tambaleante pero decidido.
Graham tenía que decirle a alguien lo que estaba haciendo Pierce. ¿Quién
mejor que un agente del FBI que no podía verle el rostro para identificarlo?
Pero ahora, aquí de pie, escuchando lo que sonaba como un violento
desacuerdo dentro, Graham estaba teniendo otras ideas. La puerta se sacudió
cuando alguien la golpeó de manera irregular. Bueno, el otro tipo había parecido
terriblemente enojado cuando estaban en Chiapparelli’s.
Graham tragó saliva, se armó de valor y aferrando la confesión en el puño
se acercó a la puerta. No llamaría, porque de ningún modo iba a interrumpir lo
batalla épica que se estaba desarrollando dentro, así que alisó la carta con manos
temblorosas y la metió debajo de la puerta.
Se quedó atascada en el tope de la puerta de goma y no pasaba por debajo.
Graham se maldijo y la empujó con más fuerza. Se arrugó y se detuvo. Otra
explosión y otro golpe contra la puerta seguido por lo que sonó como un grito de
dolor que le hizo saltar hacia atrás y levantar la vista hacia la puerta, con el corazón
desbocado en su garganta. La carta no iba a ir a ninguna parte, pero seguro que él
sí.
Se dio la vuelta y corrió hacia la esquina y alrededor de la manzana, de
vuelta al restaurante y a la seguridad.
Capítulo 9
Zane se movió mientras despertaba. Tenía calor, medio envuelto en la
sábana, pero faltaba algo. Frunció el ceño y extendió la mano, tocó la colcha
arrugada antes de tantear la fría sábana a su lado. Se incorporó sobre un codo
mientras empezaba a frotarse los ojos. Después de un momento, se detuvo. No era
como si fuera a ayudar. Seguía sin poder ver nada. Su pecho se apretó
dolorosamente.
—¿Ty?
—Estoy aquí —gruñó Ty desde algún lugar cerca del borde de la cama.
Parecía como si su cabeza estuviera abajo, con voz ronca.
—¿Estás bien?
—Sí, sólo… inquieto —respondió, su voz carente de su vivacidad habitual,
aunque acabara de despertar—. No podía dormir.
—Podrías ir a correr —sugirió Zane. A veces, conseguir que se pusiera en
movimiento ayudaba.
—Estaba pensando en ir a la oficina —respondió Ty, sonando culpable.
Zane frunció el ceño.
—Pensaba que Mac te había dicho que te quedaras en casa. Si te ve, se le
pondrá esa mirada en su rostro, como si hubiera mordido un limón o alguien le
hubiera retorcido los calzoncillos.
—Así es como siempre mira cuando me ve –murmuró Ty casi en voz baja—.
Lo siento. Es sólo que no puedo quedarme aquí sentado. Tengo que encontrar a
alguien a quien intimidar para que me diga que está pasando.
Había pasado todo un día. Zane sacudió la cabeza y tomó una nota mental
para abastecerse de cosas brillantes para entretener a Ty la próxima vez que
tuvieran suerte de tener tiempo libre juntos.
—Sí, está bien —dijo mientras apartaba la sábana para desenredarla de sus
piernas.
—¿Quieres venir? —ofreció Ty con incertidumbre—. Si puedo encontrar a
Alston, puedo chantajearlo para que me de algo. No tardaré mucho.
—Creo que pasaré —murmuró Zane. No quería estar cerca de nadie así.
Todavía no—. ¿Chantaje?
—Es una larga historia. Involucra un pato y un bote de orégano.
—No me lo cuentes, por favor.
Sintió la mano de Ty en el brazo, frotando confortablemente. Ty había sido
inusualmente táctil desde el hospital, compensando la falta de visión de Zane
tocándole siempre que podía, como si de alguna manera supiera lo mucho que
ayudaba. Zane cerró los ojos, agradecido por ello. Cubrió la mano y apretó
suavemente. Era fácil tener pensamientos negros cuando estabas atrapado en la
oscuridad, y el toque de Ty le ayudaba a resistirlo.
—¿Desayuno primero?
—Claro, por qué no —respondió Ty fácilmente. Zane le sintió levantarse y
cuando volvió a hablar, su voz sonaba como si estuviera estirándose. Zane tuvo la
inmediata visión de su delgado y desnudo cuerpo bajo la tenue luz del dormitorio
y se ruborizó con calor, sin registrar las palabras cuando dijo—, iré a ponerlo en
marcha.
Escuchó mientras se vestía, probablemente unos vaqueros y una de sus
numerosas camisetas. Zane no le oyó salir pero le pudo oír dando golpes en la
cocina, maldiciendo en el pequeño y deteriorado espacio, hablando con las ollas y
sartenes. Zane sonrió.
Había razones por las que pasaban la mayor parte de su tiempo juntos en la
casa adosada de Ty en vez de aquí.
Cuando se levantó y se movió, Zane pudo oír el chisporroteo del tocino, y el
olor a salchicha flotando desde la pequeña zona de la cocina y se le hizo la boca
agua. También podía oler la tostada, y conociendo a Ty, habría huevos revueltos.
Ty no cocinaba mucho, pero el hombre podía arreglárselas para preparar un buen
desayuno. Zane hizo una parada en el baño y luego se sentó ante la barra que
separaba la cocina de la pequeña sala de estar.
—¿Sabes de que me he dado cuenta? —preguntó Ty, volviendo a la
conversación que había estado teniendo con las ollas como si Zane hubiera estado
allí durante la primera mitad de la misma—. No tengo coche.
Zane abrió la boca para corregirlo, pero se contuvo. Habían tomado un taxi
a casa desde el hospital, y la oficina había enviado un coche para Ty ayer.
—¿Dónde está mi camioneta? ¿No la trajiste ayer? –Anoche, habían ido al
restaurante caminando, rodeando la manzana. Zane había asumido que Ty había
metido la camioneta en el garaje de Little Italy cuando regresó de la oficina.
—Eso novato que hice que me llevara al hospital se llevó las llaves. La
camioneta todavía está aparcada en la oficina. Esa es otra de las razones para ir.
—¿Tal vez uno de los chicos puede recogerte?
—Son más de las nueve. Todos están ya allí. Demonios, tomaré un taxi o el
autobús o algo así. —Algo en su voz era extraño mientras estaba en su cocina
preparando el desayuno, así que Zane tardó un poco en precisarlo. Ty no sonaba
gruñón o apresurado. No sonaba agitado o preocupado. Estaba tranquilo a pesar
de la necesidad de levantarse e ir. Le puso un poco nervioso, pero en el buen
sentido.
—¿Qué anda mal? —le preguntó Ty, al parecer notándolo—. No es
exactamente como si fuera a ser atacado en el bus.
Zane negó con la cabeza, todavía reconciliando la calidez que se encrespaba
en su pecho con la idea de que Ty pudiera ser feliz aquí, haciendo algo tan simple
como el desayuno.
—No tengo ni idea de cuales son los horarios –dijo.
—Se me ocurrirá algo. Vamos a comer –respondió y Zane oyó un plato
siendo colocado en la barra frente a él—. ¿Me pregunto cómo revisas un arma en el
transporte público? O dos armas, para el caso.
Zane se deslizó en el maltrecho taburete de la barra y tuvo un golpe de
inspiración.
—Tienes otra opción —mencionó.
—¿Ah, sí? Sabes que no puedo sacarme alas del culo y volar, ¿verdad? —
Preguntó Ty, con una sonrisa en su voz.
Una sonrisa tiró de los labios de Zane y la dejó asomar. Adoraba burlarse de
Ty, y esta siempre le irritaba.
—La Valquyrie está atrás.
Ty tosió y escupió, como si se estuviera ahogando con un bocado de
comida.
—Joder, no —dijo finalmente con dificultad—. Iré andando.
Zane sonrió y buscó a tientas con el tenedor cuando oyó el ruido metálico
del plato de Ty. Era malvado, pero le encantaba pincharle sobre la Valkiria.
Se suponía que no debería, no con lo que sabía sobre el Deuce y el accidente.
Ty había enseñado a su hermano menor a montar y le dejó la moto cuando se unió
a los marines. Deuce se había estrellado no mucho después, arruinando su pierna y
cualquier oportunidad de seguir los pasos de su hermano.
Pero Deuce parecía tomárselo todo con calma, por lo que Zane no veía el
daño en burlarse de Ty sobre su odio absoluto a todas las cosas con dos ruedas.
—Bien –dijo, después de varios bocados de huevo revuelto.
—La Oficina no te reembolsará el taxi —recordó, sólo para pinchar más.
—Eso está bien –le aseguró con voz demasiado dulce—. Lo pagué de tu
cartera.
Zane sonrió.
—No tengo dinero en efectivo. ¿Cuándo he sido capaz de ir al banco? —Dijo
razonablemente mientras masticaba un trozo de tocino.
—Los taxis aceptan tarjetas de crédito —recordó Ty.
Zane frunció la nariz.
—Bien —dijo con un suspiro—. ¿Puedo tener mermelada para mi tostada?
Oyó un frasco tintinear sobre la barra y a Ty gruñir. No muy comprensible,
pero, obviamente estaba irritado.
—No he montado en moto en veinte años —dijo, más para sí mismo que
para Zane.
—Tal vez no sea una buena idea, entonces —admitió Zane a regañadientes.
Podía ver a Ty en la Valkyrie, y era una visión maravillosa sobre la que pensar.
Pero esta no era una situación de hazlo o muere, como jugar a ver quien es más
valiente con un taxi de Nueva York. Zane se estremeció y al instante sintió que se
le caía el estómago ante el recuerdo.
Ty suspiró profundamente.
—Supongo que es una opción mejor que poner a caminar mi culo feliz por
la ciudad —murmuró.
Zane parpadeó y se enderezó.
—¿Qué?
—¿Me prestas tu maldita moto para ir a la oficina? —Preguntó Ty,
resignado.
Zane se quedó boquiabierto.
—No hablas en serio.
—Podría puentear uno de los coches del parking, pero por aquí no suelen
ver con buenos ojos ese tipo de cosas —respondió Ty, arrastrando las palabras.
—Todos estos meses, todas las veces que te he pedido que montes conmigo,
y ¿por fin vas a montar la Valkyrie cuando no puedo verlo?
—Hey, la vida es una perra –le dijo Ty sin pizca de compasión. Extendió la
mano y le dio unas palmaditas en la cabeza—. ¿Quieres más?
—¿Más qué?
—Desayuno.
—No, gracias —murmuró Zane, sabiendo que tenía otro pedazo de pan
tostado y un poco de tocino todavía por comer—. Algo de beber, sin embargo, por
favor.
Ty deslizó un vaso hacia él, ya lleno.
—Si no te importa, me voy ahora para poder cogerlos por sorpresa y
derrotar a los más débiles de la manada antes de que puedan reagruparse —dijo
con cierto deleite sádico—. Necesito el casco, la chaqueta y las llaves
Zane suspiró. Se sentía más que un poco engañado.
—El casco está en la moto. La chaqueta donde quiera que cayera anoche. —
Ty no respondió mientras se iba. Enseguida pudo oír el crujido del cuero mientras
se ponía la chaqueta y cerraba la cremallera. Zane deseaba como el infierno poder
ver a Ty en la moto. Hablando de combustible para masturbarse.
Pudo oler el cuero cuando Ty se acercó, le oyó moverse mientras revisaba
los bolsillos. Sin duda encajaría, la chaqueta había sido suya originalmente. Ty
estaba de pie justo delante de él y se inclinó para darle un beso breve.
—Si eres bueno haré esto otra vez cuando puedas ver —prometió, la
travesura llenaba sus palabras—. ¿Llaves?
Zane parpadeó.
—¿En serio? —Sonrió a pesar de la decepción actual—. ¿Cómo de bueno
tengo que ser?
—Muy bueno —susurró Ty, a un suspiro de distancia—. Puedes empezar
por darme las llaves.
Zane dejó pasar unos instantes mientras la conciencia le atravesaba, luego
tragó y colocó ambas palmas sobre el cuero que cubría el pecho de Ty.
—En el plato sobre la estantería junto a la puerta.
—Gracias —murmuró Ty con otro beso. Luego se alejó, sus pisadas apenas
se oían con sus zapatillas Converse y la chaqueta de cuero todavía crujiendo. Las
llaves tintinearon cuando las recogió—. Te llamaré cuando acabe –le dijo camino
de la puerta de atrás—. Mantén el teléfono a mano en caso de que necesites
cualquier cosa. Dos horas, máximo —supuso al abrir la puerta.
—Aquí estaré —dijo Zane con ironía, y luego añadió—: ¿Eh, Ty?
—¿Sí? —respondió mientras la puerta gemía al abrirse. Una visión brilló en
la mente de Zane, el aspecto que debía tener Ty, de pie ante la puerta abierta,
llevando sus vaqueros destartalados, una camiseta y su chaqueta de cuero,
mirando hacia atrás sobre su hombro expectante. Probablemente había levantado
una ceja.
—Ten cuidado. Quiero la oportunidad de ver esto de nuevo —respondió
Zane fácilmente.
—Sí, sí, yo también te quiero —se quejó Ty con ligereza, sorprendiendo a
Zane mientras la puerta se cerraba y se iba.
Parpadeó varias veces, se dio cuenta de que tenía la boca abierta y dejó
escapar un suspiro largo y lento, sentado allí hasta que oyó arrancar la Valkyrie,
estuvo al ralentí un minuto o dos, y luego ronroneó alejándose. Cuando ya no
pudo oírla, se comió la tostada y el bacon frío automáticamente, absorto en pensar,
en sentir, lo que Ty había dicho tan a la ligera, y cómo él mismo no había
encontrado un modo de decirlo.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que cuando alguien llamó a la
puerta, se sobresaltó y el plato golpeó contra el vaso y se estrelló contra el suelo,
salpicando zumo de naranja por toda la barra y él.
—Oh, demonios –juró, levantándose y retrocediendo con cuidado.
Sus manos y brazos estaban mojados y pegajosos por el zumo, podía sentir
que empapaba su camiseta y pantalones de chándal cortados. Giró la cabeza hacia
la puerta ante el siguiente golpe y luego le pareció oír su nombre. Después de jurar
por el cruel humor del destino, Zane se despojó de la camiseta, usándola para
limpiarse las manos y los brazos mientras caminaba tentativamente a la puerta y la
abría temblando ante el viento de febrero.
—¿Zane? Soy Ryan. De Chiapparelli’s
Zane parpadeó sorprendido y abrió la puerta un poco más, aunque se
mantuvo detrás. De repente, fue muy consciente de lo desnudo que estaba y no fue
sólo por la fría brisa de la mañana.
—¿Ryan?
—Hola, sé que es temprano, pero llegué al restaurante para comenzar el
trabajo de preparación, y Leticia y yo empezamos a hablar, y, bueno, como tú no
cocinas, o no cocinas mucho, de todos modos, te hemos hecho un paquete de
emergencia. Ya que estás encerrado en casa y probablemente no trasteas con ollas,
sartenes calientes y cuchillos.
Zane tardó unos segundos en analizar todo eso.
—¿Un paquete de emergencia?
—Si. Embutidos italianos, un poco de pan fresco ya cortado, una olla de
sopa minestrone, cosas fáciles. Ah, y pastel de queso, por supuesto. —Zane resopló
una carcajada, realmente sorprendido.
—Vaya, bueno. Eso es genial. Gracias.
Oyó reír a Ryan en voz baja.
—Te estás ruborizando.
—Debe ser el frío —dijo Zane rápidamente, arrastrando la pegajosa
camiseta sobre su pecho y torso desnudo ocultándose detrás de la puerta.
—Podrías dejarme entrar y cerrar la puerta —sugirió Ryan, la risa reprimida
demasiado evidente en su voz—. Eso podría ayudar con el frío
Zane cerró los ojos y rezó una breve oración. De verdad, de verdad,
honestamente nunca le había dado a Ryan Morelli un solo pensamiento de no
fuera otra cosa que un buen tío. Ahora esperaba tener razón.
—Ah, bien, sí, lo siento. —Se aclaró la garganta y dio un paso atrás,
abriendo la puerta.
Ryan subió los escalones y pasó junto a él, Zane cerró la puerta con firmeza
antes de darse la vuelta para enfrentarse a ciegas en el apartamento.
—Agarré el correo de los escalones. Lo pondré… ah, ya veo. Bueno, eso lo
explica todo.
—¿Explica qué? —preguntó Zane.
—Por qué estás ruborizado. Hay desayuno por todas partes. Dame un
segundo y lo limpiaré. —Zane intentó protestar, pero Ryan siguió hablando—. No
hay problema. En realidad, aquí…
Zane oyó un susurro de tela, luego el fregadero.
Se enderezó al oírle acercarse. Entonces sus dedos le tocaron la mano y se
estremeció de sorpresa. El toque desapareció, y Zane volvió a ser consciente de
estar a medio vestir con la camiseta arrugada en la mano. Cuando Ryan habló, no
estaba muy lejos.
—Lo siento, no pretendía asustarte. Aquí, puedes limpiarte —dijo, y le
cubrió la muñeca con un paño húmedo.
—Gracias —murmuró Zane.
—Ningún problema, Zane, de verdad. –Pasos volviendo a la cocina, Zane le
siguió mientras trataba de limpiar el zumo y la pulpa de los brazos.
—Entonces, ¿Dónde está tu compañero?
Zane se detuvo sorprendido.
—¿Qué?
—¿Tu compañero? Ty, ¿no?
—Oh, sí, Ty —dijo con un asentimiento—. Está en el trabajo.
—¿Te deja solo? –El tono de Ryan transmitía una ligera desaprobación.
Zane frunció el ceño.
—No, sólo está comprobando algo. No tardará mucho.
—Fue un placer conocerlo. Vosotros dos debéis tener diferentes turnos ya
que no nunca ha ido al restaurante contigo. Y ahora estás herido y todavía tiene
que trabajar. Debes echarle de menos.
Zane parpadeó varias veces mientras se filtraba lo que el hombre decía.
—Ah, no, trabajamos juntos, en realidad. Es mi compañero en el FBI.
—¿En serio? —Zane podía oír la sorpresa en su voz—. Ah. No lo vi. Dijiste
compañero y supuse…
Zane ladeó la cabeza, girando el rostro hacia donde pensaba que estaba
Ryan.
—¿Supusiste qué? —preguntó con cuidado.
—Lo siento. —Ahora Ryan sonaba avergonzado—. Hacéis una guapa
pareja.
Zane estaba desconcertado. Ryan les había visto en una cena y ¿había
llegado a esa conclusión? Luego se echó a reír con más de una ligera sorpresa, y las
palabras salieron tan fáciles como pudieron.
—No, tienes razón. Estamos… juntos. No sólo en el trabajo. A mí
“compañero” me hace pensar primero en trabajo.
—Bueno, un hombre tan bien parecido como ese, diría que deberías pensar
“juntos” primero y luego “trabajo”.
Zane podía oír la sonrisa en las palabras de Ryan.
—Ese es un buen consejo —estuvo de acuerdo.
—Lo sé. Bien. Toda la limpieza hecha, la comida en la nevera. ¿Hay algo
más que pueda hacer para ayudar?
Zane sacudió la cabeza, todavía un poco desconcertado. Tendría que
acordarse de contarle esto a Ty. Tal vez dejaría caer su cruzada contra
Chiapparelli’s.
—Gracias por ayudar con el desastre.
—No hay problema. Cuando necesites más comida, llama, y alguien te
traerá otro paquete o Ty puede recogerlo. —Pasó junto a él, hacia la puerta
principal.
—Esperemos que no dure mucho —dijo Zane cuando la puerta se abrió.
—Mantendremos los dedos cruzados. Oh, puse el correo en el extremo de
esa isla. Cuídate, Zane.
La puerta se cerró antes de que Zane pudiera responder. Perplejo, se deslizó
sobre un taburete, luego curioso acarició la parte superior de la barra.
De vez en cuando recibía correo basura y circulares que dejaban en los
escalones delanteros o medio atascados debajo de la puerta, y así era como se
sentía el montón arrugado. Un par de sobres, uno sin sello, algunas piezas de
papel doblado a la mitad o en tercios, algunas hojas grandes de papel brillante con
perforaciones. Zane dejó la pila para mirarla, para que Ty la mirara después.
En este momento necesitaba una ducha u olería como Florida el resto del
día.
*
*
—¿Qué tenéis? —preguntó Ty mientras entraba en la sala de conferencias
donde Scott Alston estaba trabajando con pilas de papeles.
—No estás en esto, Grady —respondió Alston con seriedad—. Vete a casa.
—Me fui a casa
—Sí, pero has regresado.
—¿Quién ganó la porra? —preguntó Ty mientras se encogía de hombros
para quitarse la chaqueta de cuero de Zane.
—Lassiter. Maldición —murmuró Alston—. Te tuve durante cuatro horas.
Ty resopló mientras se sentaba frente al hombre y alcanzaba el archivo en el
que estaba trabajando. Alston tiró de él y se burló, agitándolo fuera de su alcance.
—¿Llevas la ropa de otro ahora? —preguntó Alston con ironía.
—Es una larga historia —murmuró Ty. Hizo un gesto hacia la carpeta.
—No —le dijo Alston con firmeza—. Órdenes del jefe, tío.
—¿Qué? –preguntó.
—Te vieron en ese noticiero, volaron tu coche, volaron a tu compañero. No
puedes involucrarte en la investigación.
—Dame la información o empezaré a montar una escena.
—Como si fuera algo nuevo —murmuró Alston mientras sostenía el archivo
protectoramente contra su pecho y cogía un teléfono del centro de la mesa de
conferencias. Lo levantó y apretó un botón, y luego dijo con voz profunda y
burlona—, necesito respaldo, Sala de conferencias 4. –Menos de diez segundos
después Harry Lassiter y Fred Perrimore se presentaron en la puerta y miraron a
Ty con diversión.
—Tienes que ir a ver a McCoy —dijo Alston neutralmente.
Ty le señaló con el dedo y la agitó amenazadoramente.
—La próxima vez que te vuelen, no me vengas lloriqueando. –Alston le
sonrió torcidamente.
—El siguiente partido es la semana que viene a las siete –le recordó
mientras Ty salía de la oficina—. ¡No te olvides que necesitas que te lleven!
—Bésame el culo, Alston –le disparó por encima del hombro mientras se
abría camino hacia la oficina del Agente Especial al Cargo.
—Entra, Grady. Mi sirena de problemas comenzó a sonar en el minuto que
entraste en el edificio —dijo Dan McCoy antes de Ty incluso oscureciera el umbral.
Estaba sentado detrás de su escritorio, expectante, alisándose la corbata.
Ty apretó la mandíbula mientras se tragaba la respuesta que
inmediatamente le vino a la mente. Respiró lentamente por la nariz, luego, con
calma preguntó:
—¿Cuánto tiempo tengo que mantenerme fuera de este caso?
—Como he dicho, te estamos considerando un posible objetivo —dijo
McCoy con su voz profunda y grave, repitiendo lo que Alston había dicho—.
Garrett y tú estuvisteis en ambos lugares durante los eventos. Ahora, sé que podría
ser sólo coincidencia —añadió, levantando una mano en un movimiento de
“espera”. Pero hasta que no lo sepamos a ciencia cierta, estás castigado.
—No estoy pidiendo ser parte de la investigación —señaló Ty mientras
entraba en la oficina—. Sólo quiero saber lo que hemos encontrado. ¿Tenemos
sospechosos? ¿El forense ha reunido los componentes? ¿Tiene la misma firma?
—No, en proceso, y sí —McCoy se movió inquieto—. Mira, Grady. No hay
mucho que pueda decirte. Estamos convocando a todas las personas que podemos
de ambas escenas para que presenten informes y así poder tratar de reconstruir lo
que pasó. Pero hay muy poco con lo que trabajar ahora mismo. Y otros dos bancos
fueron golpeados en los mismos días, por lo que nuestros agentes están agotados.
—¿Dos bancos más? —preguntó Ty, frenando en seco—. Eso no es raro.
—Sí, gracias, Kojak, ya hemos conectado los puntos.
—Si las bombas están siendo puestas únicamente como distracciones para
poder robar los bancos, entonces ¿por qué soy considerado un objetivo? –plantó
Ty.
—Porque tú… tú siempre eres un objetivo.
—Eso parece razonable —murmuró Ty desconsoladamente—. Mira, tienes
que estar estirado al límite con esto.
—Lo estamos.
—Razón de más para dejarme hacer algo.
—La última vez que trabajaste con una bomba, terminaste volando algo
bastante importante. Y en el último asalto a un banco en el que trabajaste, no tenías
ni una cana — le dijo McCoy.
Ty frunció el ceño y levantó la mirada, como si pudiera verse el cabello.
—¿Tengo canas?
McCoy se rió de él.
Ty gruñó frustrado y miró hacia otro lado. O este era un amigo siendo
franco o era su superior siendo evasivo. De cualquier manera, no iba a conseguir
ninguna información. Suspiró.
—Bien –asintió de mala gana. Encontraría otra manera de conseguir un
poco de información. Mencionó la otra razón por la que había ido—. Necesito
encontrar a un novato que estaba en la segunda escena. Me llevó al hospital, y
luego huyó con las llaves de Garrett.
McCoy frunció el ceño.
—¿Qué novato?
—Parecía tener unos quince. No recuerdo su nombre —admitió Ty mientras
cerraba los ojos y trataba de visualizar el nombre de la cazadora que el chico había
estado usando—. ¿Reece, tal vez? ¿Reeves? —intentó.
—¿Reeves? —preguntó Alston desde detrás de él.
—Suena bien –respondió con un encogimiento de hombros y se volvió para
mirarle. Al parecer él y los demás habían seguido a Ty a la oficina de McCoy para
ver los fuegos artificiales.
—Ty —dijo Alston con el ceño fruncido—. La agente especial Lydia Reeves
estaba dentro del edificio cuando estalló la bomba. La sacaron justo antes que a
Garrett, muy mal herida. Todavía está en la UCI del UMMC.
Ty le miró, sin comprenderlo del todo.
A continuación, las implicaciones cayeron sobre él con tanta fuerza que se
tambaleó casi físicamente.
—Tienen un vigilante —dijo en voz baja—. Colocaron la bomba y
encontraron un modo de ver la respuesta.
—¿El de la bomba cogió su cazadora para acercarse? —aventuró Alston con
el ceño fruncido—. Espera, ¿has dicho que tiene las llaves de Garrett? ¿Dónde está
Garrett ahora?
Ty ya le estaba empujando y corría por la escalera.
—¡Detrás de ti! —gritó Alston, y Ty supo que el hombre estaba llamando al
respaldo para que se reunieran con ellos en el apartamento de Zane. Sacó su
propio teléfono y apretó la marcación rápida mientras corría por las escaleras al
parking y luego a la odiaba Valkyrie.
El teléfono sonó y sonó sin respuesta, saltó el buzón de voz de Zane, la seria
voz grabada y enseguida la señal sonora.
Ty maldijo cuando sonó el pitido y cerró el teléfono. No era como si alguien
fuera a atacar a Zane para hacerle daño. Todo lo que tenían que hacer era llamar a
la puerta, colocar en silencio una bomba en la casa, y dado que Zane no podía verla
y saber que estaba allí, el trabajo estaba hecho. Un vecino con sopa de pollo. Un
repartidor con flores. Zane nunca se enteraría.
Ty empujó a través de la puerta de la escalera y se lanzó a través del
parking. Sabía que debería esperar a Alston, un coche y respaldo, pero también
sabía en el fondo que él podría llegar muchísimo más rápido en la estúpida moto.
*
*
Zane se recostó contra la pared, apoyó el peso en los antebrazos y bajó la
cabeza mientras el agua caliente caía con fuerza sobre su cuello y hombros,
salpicando por su espalda. Inclinó la cabeza de lado a lado, suspirando mientras
sentía los músculos relajarse. Se había librado del olor a zumo de naranja y el
residuo de pulpa pegajosa, pero estaba cerca de la avalancha de todos las posibles
consecuencias de los escenarios de decirle a Ty que Ryan le había traído ese
paquete de comida.
Darle vueltas al asunto no iba a ayudar a su dolor de cabeza, hoy era uno
malo. El médico le había dicho que los tendría. Simplemente no había esperado
que empeorasen. Gimió y se dio la vuelta para que el agua corriera por su espalda.
Entonces oyó un sonido bajo el ruido del agua, algo golpeando en la
habitación exterior. Levantó la cabeza. No habían pasado dos horas para ser Ty.
Tal vez una, pero sin duda dos no.
Frunció el ceño y ladeó la cabeza para escuchar. Otro sonido siguió al
primero, una puerta se abrió de una patada y golpes contra la pared.
Cerró la mano en un puño. Allí estaba, mojado, desnudo, desarmado,
ciego… y podría estar en serios problemas. Sus cuchillos y arma estaban en el
armario del dormitorio. No podía hacer nada más que esperar.
No tuvo que esperar mucho. Después de otro momento de tensión, la
puerta del baño se abrió de golpe, golpeando contra el lavabo cuando alguien
entró corriendo.
—¿Zane? —gritó por encima del torrente de agua.
Zane dejó escapar un suspiro tembloroso, y sus hombros golpearon contra
la pared de azulejos.
—¿Sí?
Ty maldijo en voz baja mientras otra voz desde algún lugar del apartamento
gritaba:
—¡Despejado! –Seguido de otra voz respondiendo lo mismo.
—¿Qué? —Preguntó Zane, confundido—. ¿Qué diablos está pasando?
—¿Por qué coño no contestas al teléfono? –preguntó Ty.
La cortina de ducha fue retirada con brusquedad y el aire frío le agredió.
—Porque estoy en la puta ducha —espetó Zane—. ¿Qué está pasando?
Ty alargó la mano y cerró el grifo. Una vez que dejó de correr, Zane pudo
oír el sonido de varias personas más arremolinándose fuera del baño.
—Vístete —murmuró Ty en tono enojado y tenso y en lo más mínimo de
disculpa.
Luego desapareció, y la puerta del baño se cerró.
Zane gruñó mientras salía con cuidado de la ducha y apoyaba una mano
sobre la encimera. Allí no tenía ropa. Con un bufido, agarró una de las toallas extra
grandes y se la envolvió alrededor de la cintura.
—Mejor que tenga una buena razón para esto –dijo en voz baja mientras se
peinaba con una mano el pelo mojado, dejando que goteara sobre sus hombros, y
abrió la puerta.
Podía oír voces en la cocina y sala de estar. Una gran cantidad de voces. Por
lo menos cuatro, sin incluir la de Ty.
—Jesucristo, Grady, ¿donde aprendiste a montar en moto de esa manera? –
Decía sin aliento una voz masculina mientras Zane se dirigía por el pasillo.
—West Virginia —murmuró Ty en respuesta.
—No creo que tengan aceras en West Virginia. —Zane reconoció la voz de
Alston, teñida de diversión—. Seguro que te hubieras subido a una.
Zane se detuvo en la puerta de la sala de estar, sosteniendo la toalla con una
mano, y de inmediato se estremeció. Dos puertas abiertas creaban corriente con el
frío viento de febrero.
—Repito otra vez, ¿qué diablos está pasando?
Ty se aclaró la garganta en algún lugar a su derecha, en la cocina.
—¿Recuerdas al chico que tiene tus llaves? —preguntó a Zane.
Zane volvió la cabeza ciegamente hacia Ty.
—Sí —aventuró.
—Resulta que no era federal –murmuró Ty—. Freddy, llama a un cerrajero,
¿quieres? —Agregó mientras se alejaba de Zane y hablaba con alguien más en la
habitación. Zane reconoció el tono grave de Perrimore haciendo la llamada de
teléfono que se le había dicho.
Frunciendo el ceño un poco, Zane conectó esa información con los hombres
en la habitación, y sacudió la cabeza.
—Nunca supe que tuviera tantos amigos.
—No tienes –gritó alguien con ironía. Lassiter. Sabelotodo.
Genial. Estaba todo el equipo. Aunque todavía no había oído a Clancy.
—Chicos, cerrar las puertas. Esto se está congelando.
Allí estaba. Genial. Zane reprimió una mueca, y luego la parte trasera se
cerró, cortando el viento.
—Quiero nuevas cerraduras en las puertas en la próxima hora. Barrer el
lugar en busca de dispositivos: micros, bombas, todo. –La voz de Ty interrumpió la
charla—. Quiero el expediente de la investigación, y quiero los nombres de todos
los sospechosos que tengas –dijo Ty en voz más baja, obviamente, hablando con
alguien en particular.
—Sabes que no puedo hacer eso, Ty —respondió Alston serio.
—Me lo debes, Scott —susurró Ty.
Se hizo el silencio como respuesta. Finalmente, Alston murmuró algo, y Ty
le dio las gracias con sinceridad. Entonces Zane oyó pasos deteniéndose frente a él.
—Nosotros nos vamos a mi casa —anunció Ty sin preámbulos—. Hasta que
sepamos que es seguro.
*
*
Después de golpearse contra algo duro por quinta vez, Zane suspiró y trató
de visualizar el primer piso de la casa de Ty. No era un diseño complejo, tenía
forma larga y estrecha, pero Zane tenía que “aprender” el camino, contando los
pasos como lo había hecho en su propio apartamento. Y eso era frustrante.
Oyó algo golpe de arriba y se relajó, Ty estaba allá arriba en vez de aquí
viéndolo avergonzarse. Al menos tenía eso.
Extendió la mano para tocar lo que estaba delante de él. Era el final de una
mesa que estaba junto al brazo del sofá contra la pared de la estrecha sala de estar.
Necesitó un momento para orientarse, y luego giró a la izquierda y dio tres pasos,
que, en teoría, deberían llevarle cerca del sillón donde solía sentarse gran parte del
tiempo, cuando estaba aquí. Cuando lo alcanzó, clavó los dedos en la suave tela y
maldijo en voz baja. Estaba más cerca de lo que pensaba. Hizo un ajuste en el mapa
mental, pero antes de que pudiera caminar en otra dirección, le pareció oír algo
extraño demasiado cerca de él, y se quedó quieto, tratando de identificar el ruido.
Hubo silencio durante unos instantes. Entonces una mano le tocó el codo.
Zane se encogió y aspiró con fuerza a pesar de que una fracción de segundo
más tarde supo que sólo podía ser Ty. Una bocanada suave de Old Spice lo
confirmó.
—¡Lo siento! —Dijo Ty rápidamente mientras apartaba la mano—. No
pretendía asustarte —murmuró mientras la mano volvía a su codo.
—¿No estabas en el piso de arriba como… hace treinta segundos? —
preguntó Zane sorprendido.
—Sí, me estaba poniendo los calcetines —respondió con un encogimiento de
hombros casi audible—. Pies fríos. ¿Por qué, necesitas algo?
—No. Es sólo que no te he oído bajar. –Sacudió la cabeza y cruzó los brazos,
se contuvo a parpadear contra la más absoluta oscuridad. Sus ojos estaban secos y
ásperos, levantó la mano para frotarse uno. La enfermera había dicho que era
porque el ojo no podía percibir la luz para forzar la dilatación, por lo que sus ojos
no producirían las lágrimas de protección como harían normalmente.
La mano de Ty atrapó la suya, separándola del rostro. Le sintió acercarse y
la mano callosa en la mejilla se movió para ahuecarle la cara.
—No hagas eso —reprendió Ty con suavidad—. ¿Quieres más gotas para
los ojos?
Zane asintió, resistiendo la tentación de disculparse como había hecho las
primeras veinte veces.
—Si. Están en la bolsa del hospital —dijo, inundándole la resignación.
Ty se quedó en silencio mientras se alejaba. Zane tuvo que preguntarse si
era porque no sabía qué decirle ahora que estaba ciego.
Era posible que siempre hubiera estado relativamente callado la mayor
parte del tiempo y él nunca se hubiera fijado debido a las rachas de actividad
desenfrenada y paseos. Se dijo que sólo era algo más a lo que iba a prestar atención
si alguna vez recuperaba la vista. Había tanto de lo que se daba cuenta ahora que
había dado por sentado.
Unos momentos más tarde, Zane oyó el crujido de la bolsa, y luego Ty
apretó las gotas para los ojos en su mano.
—¿Necesitas algo más?
Zane sintió el deseo infantil de un beso y un abrazo, pero eso era
demasiado, incluso para él. Ya se estaba convirtiendo en una enorme sangría para
el tiempo y paciencia de Ty.
—No, gracias –murmuró—. Sólo voy a quedarme tirado por aquí si tienes
algo que hacer.
Ty hizo un ruido frustrado.
—¿Sabes qué? Quedarte aquí sentado sintiéndote miserable no va a hacerte
ningún bien –dijo abruptamente. Tomó su mano y le dio un pequeño tirón,
guiándolo hacia el sofá y sin contemplaciones lo empujó—. Siéntate aquí.
Enseguida vuelvo.
—Qué… —Zane se interrumpió cuando rebotó sobre los cojines.
No tenía sentido cuestionar a Ty. En realidad, era un poco refrescante, que
le gritaran por estar deprimido. Se puso unas gotas en los ojos, y luego se echó
hacia atrás en la esquina del sofá y esperó, meditando. Sabía que estaba en un
humor de mierda, pero también se inclinaba a creer que estaba justificado.
Desde algún lugar delante de él se oyó un clic, seguido por la música suave
que emanaba de lo que Zane reconocido como la base del iPod de Ty.
Había sido un regalo de Deuce, algo que Ty rara vez utilizaba, lo tenía en
uno de los estantes a lo largo de la pared de ladrillo de la sala de estar.
Su gusto de música era ecléctico, por decir algo diferente. Algunos días
ponía rock clásico y heavy metal en el Bronco cuando conducían, y en otros
country relajado. Cuando salía, era a algún club con la música a tope, algo que
hacía bombear la adrenalina, pero en casa, en las raras ocasiones en las que
escuchaba la música, a menudo era blues folk o rock indie, en ocasiones, incluso
algo de los días del Rat Pack. Zane nunca sabía qué esperar del sistema de sonido
de Ty.
Ahora la música era lenta y relajada, con un tono agridulce. Luego, debajo
de la melodía, se oyó el inconfundible sonido de la mesa de café al ser apartada de
la alfombra sobre el piso de madera, lejos del centro de la habitación.
Ty le cogió de la mano y tiró de él.
—Ven a bailar conmigo, Zane —pidió en voz baja.
El estómago de Zane saltó cuando se puso de pie, cerrando la mano sobre la
de Ty después del suave tirón. Se preguntó si parecía tan sorprendido como se
sentía y que expresión había en la cara de Ty en estos momentos. Dio unos pasos
cautelosos tras él hasta la alfombra despejada, la sorpresa fundiéndose en una
profunda sensación de placer y el brillo de los nervios inesperado.
Ty se rió mientras le atraía y tropezaron sobre dónde poner las manos y
cómo abrazarse. Su aliento era cálido contra la mejilla de Zane, y por primera vez,
este pudo sentir la forma en que Ty se contenía mientras se preparaba para bailar,
seguro y fuerte. Lo había visto en el crucero cuando había bailado un buen tango.
Cuando bailaron en el club, había sido como girar en la pista. Este sería su primer
baile real.
—Tú guías, yo te sigo –ofreció Ty.
—Prefiero que guíes tú —murmuró Zane, absolutamente consciente de
cuántos significados contenían esas palabras.
Ty apretó la mano, recolocándolas, y envolvió el otro brazo alrededor de
Zane hasta que estuvieron tan cerca que Zane pudo sentir sus movimientos.
Comenzó con pasos fáciles y lentos, un verdadero paso de caja y giró para
coincidir con la música, no sólo arrastraba los pies sin gracia. Esto Zane podía
hacerlo sin pensar, el cuerpo de Ty y la música le guiaban. Literalmente, no tenía
necesidad de ver nada. Pasó la mano libre sobre su hombro y se relajó en sus
brazos, rozando las mejillas con cada paso. Ty volvió el rostro hacia el suyo,
tocando su nariz y labios con la mejilla y curvó la mano de Zane entre ellos,
sosteniéndola contra su pecho. Se balanceaban suavemente con la música, pero de
vez en cuando Ty captaba el ritmo y giraba a Zane en un círculo más rápido
cuando el coro se animaba. Luego, frenaban de nuevo, y le atraía presionando sus
mejillas en un gesto que estaba en el límite sensual mientras la música les movía.
El pulso de Zane vibraba mientras se entregaba totalmente a las manos de
Ty, siguiendo su guía y flotando en la música. Su mal humor no tuvo ni una
posibilidad, y pudo sentir una sonrisa tirando de sus labios. Había pensado en
esto, un baile lento con su amante, no un tango llamativo o un retorciéndose bajo
una bola de discoteca. Pero nunca había soñado que conseguiría uno. Era
posiblemente una de las cosas más eróticas, más amorosa que Ty había hecho
jamás por él.
Ninguno de ellos se había afeitado en un par de días así que la mejilla de Ty
raspaba contra la suya. Pero sus labios se posaron sobre la comisura de sus labios y
allí se quedaron. No fue un beso. Sus movimientos eran relajados y naturales. La
forma en que su cuerpo se movía con la música y era capaz de guiar a Zane
hubiera sido preciosa de ver. Sin embargo, era mejor sentir.
La canción comenzó a disminuir, amenazando con acabar con el momento.
Zane tensó la mano sobre el hombro de Ty sin pensarlo y, por fin volvió la
cara con cuidado, rozando sus labios. Ty le devolvió el beso igual de
tentativamente. Bailaron cada vez más despacio hasta que se detuvieron cuando la
canción finalizó y Ty lo besó otra vez mientras estaban en medio de la sala de estar.
La siguiente canción comenzó, similar en tempo, conmovedora y melancólica como
la primera. Sin embargo, Ty no se movió con la música, eligiendo abrazarle y
besarle, y Zane no tuvo ningún deseo de pasar de ese punto. Esto era algo nuevo y
frágil, algo más intenso y más cómodo.
Tal vez Ty hubiera elegido esto porque sabía cuanto le encantaba bailar y
había estado buscando algo para que pudiera desviar el mal humor de su
compañero. Tal vez había deseado esto tanto como él. Fuera lo que fuese, no le
importaba. Se rindió al deseo que había sofocado antes y poco a poco trató de
envolverse alrededor de Ty.
Este le dejó hacer lo que quisiera, disfrutando del beso mientras comenzaba
a bailar de nuevo, y Zane se sentía mejor de lo que se había sentido desde antes del
accidente. Los besos tiernos, encendían un acogedor resplandor de oro en su
interior.
Con sus labios sobre los de Ty, los ojos cerrados y sus brazos a su alrededor,
el mundo no se sentía oscuro y amenazante.
Continuaron así, balanceándose lánguidamente con la música, y cuando sus
labios finalmente se separaron, Zane se oyó susurrar:
—Te amo.
Ty resopló suavemente, como si las palabras le divirtieran. No dejó de
balancearse mientras bailaban.
—Estás siendo seducido —dijo con voz cálida. Murmuró las palabras contra
la comisura de sus labios.
Zane suspiró temblorosamente, un temblor de sorpresa resonó por su
interior. No se había dado cuenta de lo que había dicho antes de la respuesta de
Ty, y su pulso estaba desbocado. Ahora no sabía que decir, y se sintió ruborizarse,
todavía conmocionado por lo que se le había escapado. No estaba seguro de si
estaba aliviado o decepcionado porque Ty lo hubiera descartado, todo lo que podía
sentir era el dolor del pecho.
—¿Seducido? –logró decir.
Ty tarareó y sonrió contra su mejilla.
—Era bueno en este tipo de cosas antes.
La conciencia que le atravesó hizo que Zane bufara de risa mientras trataba
de recuperar el control y dejar que el pánico desapareciera.
—Sigues siendo bueno en este tipo de cosas. Podrías contarme cualquier
cosa en este momento y lo intentaría.
Ty ralentizó sus movimientos y se detuvo. Rozó los labios de Zane, todavía
sosteniéndole como si estuvieran bailando. Sus palabras fueron susurradas cuando
se separaron.
—Entonces quiero que cierres los ojos y bailes conmigo. Esta noche, olvida
que no puedes ver.
Zane obedeció y bajó los párpados mientras se concentraba en la sensación
de Ty, absorbiendo el poder y el magnetismo de su presencia, con tanta fuerza que
un murmullo cálido le atravesó, instándolo a liberar su sorpresa y preocupación, a
estar simplemente con él.
Ty reajustó su agarre, acercándolo más y comenzando con el lento balanceo
de nuevo. Comenzó a tararear la canción, y pronto estuvo cantando en voz baja
cerca de la oreja de Zane. Este nunca le había oído cantar. Realmente tenía un tono
de voz increíble, profundo y conmovedor con ese toque de un gruñido. Su voz
para cantar no era menos impresionante. Cayó sobre Zane, sus cuerpos
fundiéndose con el baile, y se quedó irremediable e indefensamente perdido en él.
Capítulo 10
Los padres de Graham habían estado en Francia durante los últimos dos
meses y estarían allí una semana más, por lo que el equipo de Pierce había estado
usando la casa como base de operaciones. Graham estaba sentado a la mesa de la
cocina, con una pierna rebotando furiosamente debajo de ella mientras tecleaba en
el portátil delante de él, hojeando artículos de noticias. La cobertura de la prensa
aumentaba cada día, alimentando la confianza de Pierce. Como si su ego necesitara
más caricias. Pierce había estado en su alto caballo, dándoles órdenes a todos. Ross
parecía lo suficientemente contento para seguir los planes de Pierce, pero desde
que supo sobre el señor Garrett, el gran plan maestro había perdido su brillo para
Graham. Estaba bastante seguro de que Hannah sentía lo mismo. Cada vez que la
veía, se parecía más y más a un conejo asustado.
—Entonces, Ross —dijo Pierce desde su asiento a la cabecera de la mesa, el
pecho henchido de autoasumida autoridad—, vas a conseguir las llaves para que
podamos entrar en el gimnasio y poner la bomba. Mañana recogeré el último de
los suministros, y luego puedo empezar a construirla. Esta bomba va a ser la mejor
hasta ahora.
—Claro que sí, Pierce —aceptó Ross, tecleando sus órdenes en el iPad frente
a él.
—¿Qué gimnasio? —Preguntó Hannah.
—No podemos entrar en un gimnasio de polis. Están, como, protegidos o en
la parte baja de las comisarías, ¿no?
—Conseguimos entrar al campo de béisbol, ¿verdad? De todos modos, no
vamos tras un gimnasio de polis. Vamos a ponerla en la Y en Druid Hill —dijo
Pierce.
—¿La Y? –la voz de Hannah subió—. Pensaba que sólo íbamos a volar
lugares con policías. Que no íbamos detrás de la gente común. El centro comercial
ya fue bastante malo.
—¡El centro comercial ha sido nuestro mejor éxito! Y fue porque había
civiles. Y la prensa. Los cerdos tienen más probabilidad de arruinar las cosas si se
están luciendo para la maldita prensa –espetó Pierce.
—Además, el sitio web dice que el gimnasio está cerrado por reformas. No
saldrá herido nadie que no lo merezca.
Hannah bajó la mirada, frunciendo el ceño ligeramente mientras pinchaba
una de las bolsas de banco delante de ella.
—Consiguieron más de un millón de dólares para construir ese nuevo
gimnasio —dijo Pierce, sonando demasiado satisfecho de sí mismo. Graham no
sabía por qué.
¿La Y era una obra de caridad, no? No era como volar alguna tienda de un
millón de dólares. ¿Acaso los demás bombas no hicieron suficiente daño?
—¿Por qué necesitamos una bomba mejor? —Graham no pudo dejar de
preguntar—. ¿Las demás no hicieron suficiente daño?
—No, no lo hicieron —dijo Pierce rotundamente.
—Una bomba es una bomba, ¿no? —preguntó Hannah vacilante—. Se
supone que sólo los mantiene alejados de los bancos.
Pierce golpeó la mesa con la mano y Hannah se encogió.
—Tiene que haber una mejor bomba porque lo digo yo. –El estómago de
Graham empezó a revolverse. Esperaba que el señor Garrett ya hubiera encontrado
esa nota. Robar bancos estaba bien. Era algo guay, que molaba y jodía a los bancos.
No es como si hicieran algo bueno para nadie. Había oído a su padre quejándose
de todo el dinero que habían perdido cuando… bien, Graham realmente no
entendía esa parte, y la otra mitad tenía que ver con la política y a quien le
importaba eso, pero había sido divertido, ir detrás de algo sobre lo que todo el
mundo pensaba que era tan grande y poderoso. Además, si tenían suficiente
dinero Graham podría dejar su trabajo en el restaurante de mierda que su padre le
había conseguido para enseñarle la "responsabilidad fiscal". Pero Pierce daba
miedo. Para él, ya no se trataba de dinero, y Graham no sabía cuando… o si…
pararía. Habían tenido suerte de que no hubieran resultado heridas más personas
en el centro comercial.
—Pierce, realmente estamos haciendo daño a la gente…
—¡Sólo a los putos policías! —gritó Pierce.
—Entonces, ¿cuál golpeamos a continuación? —Preguntó Ross, con un
aspecto tan ansioso que el ácido comenzó a avanzar poco a poco a través de la
garganta de Graham.
—Nosotros no –dijo Pierce con una sonrisa de suficiencia—. Hannah.
Esta se quedó totalmente blanca.
—¿Qué? ¿Yo?
—Es hora de que hagas algo más aparte de realizar llamadas telefónicas —
ordenó Pierce—. Es hora de que te ganes tu parte. Esta vez vas a robar el banco.
—¡P­p­pero yo no sé cómo! —Gimió Hannah, retorciéndose las manos.
—Cállate, Hannah —dijo Pierce con aspereza—. Si quieres tu dinero para
poder escapar de tu queridísima madrastra, harás lo que te digo. ¿Me escuchas?
—Sí –murmuró bajito Hannah, desplomándose.
—Entonces, ¿qué vamos a hacer mientras Hannah atraca el banco? —
Preguntó Ross.
—Graham tendrá el coche cerca para recoger a Hannah cuando salga. Tú y
yo vamos a encargarnos de esos dos pedazos de cerdo de mierda que nos gritaron
en televisión —dijo Pierce con tal entusiasmo que Graham tuvo que tragar con
dificultad.
—¿Ya sabes quienes son?
—El nombre del bocazas es Grady. No puedo encontrar su dirección, pero
voy a seguirlo a casa desde el FBI un día.
—¿Por qué no te ocupaste de él cuando lo tuviste en el coche aquella vez? —
preguntó Ross.
La cara de Pierce enrojeció. Hablaba mucho, pero Graham había visto el
tamaño del agente del FBI. Sabía exactamente por qué Pierce no se había
“ocupado” de él. El agente Grady le arrancaría los brazos como si fuera un pit bull
jugando con un gatito.
—¡Quiero hacerle sufrir primero! —Gritó Pierce.
Ross levantó las manos en un gesto conciliador, y de repente Pierce estuvo
bien de nuevo.
—Entonces Graham, tienes que encontrar un coche para huir.
—Podemos usar esa camioneta guay –sugirió Ross.
—Ese Federal no la necesitará —dijo Pierce con aire de suficiencia, sacando
un manojo de llaves y haciéndolo girar en su dedo.
—No voy a conducir una camioneta robada a un federal —dijo Graham,
sintiendo que su estómago se revolvía desagradablemente.
—Entonces será mejor que vengas con algo propio –espetó Pierce—. No te
gusta la camioneta, entonces la conduciré yo. Ya he reemplazado la placa.
Graham se dejó caer en la silla con una sensación de fatalidad inminente
que se cernía en el aire.
Pierce se puso de pie y se inclinó, apoyando las manos en la parte superior
del lío de esquemas y mapas.
—Seguimos adelante. No saldrá herido nadie que no lo merezca. –Se estiró
hasta la mitad de la mesa de la cocina y levantó la hucha de cerdito de cerámica
color rosa que había puesto allí el primer día que expuso sus planes—. Vamos a
partir esta ciudad por la mitad –dijo, sonriendo antes de dejar caer
deliberadamente el cerdo sobre la mesa y viendo cómo se rompía justo por el
medio.
*
*
—Ty, necesitas un descanso —dijo Zane mientras entraba lentamente en la
sala de estar. Estaba casi seguro de que Ty estaba en la cocina, al otro lado de la
barra. Había oído las botellas de cristal resonar en el frigorífico.
No era ni siquiera el fin de semana, y Zane sabía que el papel de niñera
tenía que estar escociéndole. Aunque Ty había sido bueno como el oro en los dos
días desde que se había mudado a su casa adosada, no podía durar mucho más
tiempo. Zane no quería que durara, estaba empezando a asustarle. Casi quería
pelear, sólo para escuchar a Ty despotricar, así podría sacarle de la Zona
crepuscular.
—¿Qué? —preguntó Ty con una voz amortiguada, como si estuviera de
rodillas bajo la encimera de la cocina.
Zane frunció el ceño cuando extendió la mano delante de él, seguro de que
la barra debería estar allí.
—He dicho que necesitas un descanso. ¿Qué estás haciendo? Suenas como si
estuvieras en un agujero.
Sintió más que oyó cómo se levantaba rápidamente, justo delante de él.
—Nada.
Zane ladeó la cabeza, tratando de recordar que guardaba Ty en los armarios
debajo de la barra. No le creyó ni por un instante, pero ya que no podía oír nada, lo
dejó pasar.
—Nada –afirmó—. Sí, ese es el problema. Necesitas un descanso —declaró
por tercera vez.
—No estaba haciendo nada —insistió Ty con su voz más inocente. Resultó
más sospechoso a medida que seguía hablando—. ¿Un descanso de qué?
Ahora Zane estaba seguro de que no quería saber qué había estado
haciendo.
—Un descanso de tus deberes de niñera.
—Oh —dijo Ty con un resoplido—. ¿Por qué dices eso? No le he prendido
fuego a nada últimamente.
Normalmente, Zane le lanzaría la mirada, la que decía gilipolleces sin hablar.
Pero como no podía verle para concentrarse en él, no iba a funcionar.
—Pero tienes las cerillas en la mano —dijo Zane sabiéndolo.
Ty se aclaró la garganta.
—¿Qué sugieres, entonces, ya que no se te puede dejar con tus propios
dispositivos incompetentes?
—Creo que puedo arreglármelas por un rato —dijo Zane en serio—. Sal.
Haz algo. Has estado revoloteando como tu madre. No es que no lo disfrute, pero
puedo oírte retorcerte.
—¿Revolotear como mi madre? —repitió Ty con especial énfasis en las
palabras que le insultaron, el significado de todas ellas. Zane le oyó lanzar algo que
sonó papel pesado sobre el mostrador—. Eres un imbécil ingrato —dijo Ty
lentamente.
—Ty, no creo que pueda estar más agradecido. Sólo no quiero que te
resientas de ayudarme.
—¡Me has dicho que revoloteo como mi madre!
—Para mí, ese es un gran cumplido. Significa que te importa lo suficiente
como para quedarte y cuidar de mí, incluso cuando te está volviendo loco—intentó
explicar Zane. Así no era cómo había esperado que reaccionara. Había imaginado
que saldría disparado. No en el mal sentido, sólo como un golden­retriever­
encerrado­en­casa­demasiado­tiempo.
Ty resopló como un toro, y aunque no podía verle, supo instintivamente
que tenía la cabeza agachada.
—Bueno, ¿y tú? –preguntó Ty, su voz obstinada—. ¿También sientes la
necesidad de saltar por la ventana?
—Por supuesto. Pero el abrumador miedo a la caída es un elemento
disuasorio definitivo —respondió Zane, poniendo ambas manos sobre la barra
mientras cambiaba de postura—. Así que estoy pegado con el iTunes en el sofá por
el momento. Puedes descargar un libro nuevo para mí. Eso me mantendrá
entretenido durante horas.
Ty murmuró con tristeza.
—No me gusta la idea de dejarte solo. Y no sólo porque puedes engancharte
un dedo con la alfombra y caer rodando por las escaleras.
—No tienes alfombra en las escaleras.
—Ese no es el asunto.
—Hay que probarlo alguna vez —dijo Zane en voz baja—. Por mucho que
la idea me atraiga, no puedes estar a tiro de piedra para siempre.
—¿Estás cansando de mí? –plantó Ty en el mismo tono.
—No. —Zane también tenía una respuesta más florida, pero no pensaba que
fuera a ayudar a esta discusión el que Ty riera a carcajadas. Sería un hombre feliz si
tuviera a Ty al alcance del brazo en todo momento.
—Vale. Bien. Un par de días separados para que no nos matemos
mutuamente, ¿es de eso de lo que estamos hablando? –preguntó mientras
empezaba a moverse detrás de la encimera.
Zane no había estado pensando en términos de días. Simplemente había
estado esperando conseguir que Ty saliera de casa durante un par de horas.
Realmente no tenía ni idea de cómo se enfrentaría a sí mismo durante días, pero
para que a Ty no se le crisparan los nervios, lo superaría.
—Claro —trató de responder con seguridad.
—No me siento cómodo dejándote solo, Zane –le dijo Ty con el tipo de
honestidad contundente que disgustaba a la mayoría de la gente—. Así que dame
una alternativa, o matarnos mutuamente es lo que tenemos.
Zane se giró en el lugar mientras Ty pasaba junto a él, mantuvo las manos a
la espalda, agarrando el borde de la barra.
—Podría contratar a una enfermera para que se sentara ahí y me leyera —
ofreció, esperando una risa.
—Los baños de esponja son un no. Incluso yo tengo mis límites en cuanto a
con que te dejo salirte con la tuya –murmuró Ty con irritación. Podría o no haber
estado bromeando, pero era la segunda vez que aludía al concepto de los celos de
su parte en la última semana, y Zane sintió una leve oleada de sorpresa. Ty siguió
hablando como si nunca hubiera tocado el tema—. Podríamos pedir refuerzos.
Quizás Deacon podría venir durante unos días, conseguir enderezar tu cabeza.
—Me gusta Deuce, pero no necesito un loquero. Cualquier persona en su
sano juicio tendría miedo en esta situación —señaló Zane, tratando de mantener la
calma. Ambos acabarían gritando con portazos o follando furiosamente, nada de lo
cual resolvería el problema durante más tiempo que una hora. Podía sentir a Ty
dando vueltas por la pequeña zona de comedor que dividía la planta baja de la
casa adosada. La imagen de un tigre enjaulado le vino a la mente.
—Entonces, ¿qué tal esto, Zane? O encontramos una alternativa viable o
deja de decirme que necesito ¡un puto descanso! –le gruñó Ty peligrosamente
mientras avanzaba por la sala de estar—. ¿Qué tal si llamo a Shannon? Se ofreció a
quedarse contigo, y Elaina… —Un repentino golpe en la puerta delantera lo
interrumpió e hizo saltar a Zane.
—Espera un momento —se quejó Ty. Zane le oyó sacar un arma de algún
lado y dirigirse hacia la puerta.
En un momento solitario de optimismo, Ty se permitió esperar que fuera
uno de los agentes de campo que trabajaban en el caso, de pie en la escalera de
entrada, después de haber encontrado mágicamente las llaves de Zane, explicando
que había sido un error y que Zane estaba a salvo.
Se asomó por la mirilla y maldijo enérgicamente cuando vio quien estaba
allí. Cuatro hombres, todos con idénticas bolsas de lona en varias etapas de
desgaste, todos mirando hacia la calle, al discreto sedán del FBI que los civiles no
habrían sido capaces de detectar aparcado a una manzana de distancia de la puerta
de Ty.
El equipo Sidewinder de los Marine Force Recon. Los cuatro. Tan pronto
como puso los ojos sobre ellos, supo por qué estaban allí.
—Mierda, mierda, mierda —murmuró Ty mientras pasaba el cerrojo y abría
la puerta. Todos se volvieron para mirarlo con una sonrisa, pero él estaba en la
puerta con la boca abierta, dispuesto a ofrecer una disculpa.
Sin embargo, debía parecer más sorprendido de lo que pensaba, porque
Nick O’Flaherty puso los ojos en blanco y gimió.
—Lo has olvidado —dijo en tono acusador.
—Sí —admitió Ty de inmediato. Los otros tres hombres gimieron también y
comenzaron un chorreo de comentarios dignos de cualquier gallinero.
Ty miró a Nick y se encogió de hombros. Nick tenía casi su altura, con el
pelo rubio rojizo oscuro y cada distintivo de un irlandés robusto de Boston. Sus
ojos eran de color verde brillante y por lo general llenos de la misma clase de
travesuras que los de Ty. Era su alma gemela en todos los sentidos de la palabra.
Compartieron asiento en el autobús a Parris Island y superaron el entrenamiento
juntos. Nick era, para todos los intentos y propósitos, el mejor y más antiguo
amigo.
—Ha sido una semana infernal —intentó explicar Ty.
—¿Quién es? —Preguntó Zane con curiosidad desde detrás de él.
Ty se puso de lado para mirarle, dando a los cuatro hombres del porche una
visión clara de su compañero.
—Eh… chicos, este es Zane Garrett, mi compañero —dijo mientras trataba
de decidir la mejor manera de manejar el repentino aumento de huéspedes, sobre
todo cuando cuatro de ellos iban a estar muy irritados. Les miró—. Dejad de
holgazanear en mi puerta delantera y meted vuestros culos.
Entraron en fila obedientemente, y con seis grandes hombres de pie en la
sala de estar, la casa de repente pareció muy pequeña. Tan pronto como Ty cerró la
puerta, hizo un gesto hacia Zane de nuevo.
—Perdió su visión en una explosión hace pocos días. Se queda conmigo
hasta que la recupere o atrapemos al tipo. Zane, este es… mi equipo Recon.
—Lo que queda de él, de todos modos. El equipo Sidewinder, a tu servicio –
proporcionó Nick con más de un toque de orgullo.
Zane se quedó quieto al pie de las escaleras, las manos en los bolsillos.
—¿Una visita sorpresa de todo el equipo? —Su voz era un poco monótona y
Ty sabía que tenía que estar incómodo.
—No técnicamente una sorpresa —contestó Nick antes de que Ty pudiera
abrir la boca.
Ty se aclaró la garganta.
—Me olvidé —dijo de nuevo, para beneficio de Zane y de ellos—. Zane, este
es Nick O’Flaherty. Acento de Boston. Owen Johns, del norte del estado de Nueva
York. Kelly Abbott, Colorado. Y Digger, del Bayou profundo. —Su nombre era en
realidad Duruand Garrigou, pero ya que ninguno de ellos había sido capaz de
pronunciarlo a su satisfacción, había sido Digger desde que se unió al equipo.
Cada uno de ellos ofreció un hola murmurado, mirando a Ty extrañamente
mientras lo hacían.
Después de un breve silencio incómodo, Zane habló.
—Entonces ¿hay planeado algo? ¿Lo que has olvidado? —Incitó a Ty.
Ty contuvo el aliento, mirando de Zane a los otros cuatro, incómodo. Todos
le miraban expectantes.
—¡Lo siento! –soltó finalmente—. Ha sido una semana difícil, ¿de acuerdo?
Volaron mi Bronco, luego volaron a mi compañero y he andado un poco distraído.
Kelly y Digger se miraron fijamente.
—Patada de venganza –decidió Kelly.
—Sin duda —estuvo de acuerdo Digger.
Ty les dio a ambos un gruñido de disgusto.
—Eh, no te preocupes por eso —ofreció Nick. Miró a Zane—. Habíamos
planeado salir al bosque y jugar al paintball este fin de semana –le explicó—. Lo
hacemos cada pocos meses. Era el turno de Grady de acogernos.
—Suena divertido —dijo Zane, con un poco más de energía en su voz esta
vez. Debía haber estado escuchando quien estaba parado dónde, porque volvió la
cabeza hacia Ty—. Deberías ir.
—Acabamos de tener esta conversación, Garrett —dijo Ty con frustración—.
No voy a dejarte solo hasta que puedas ver o hayan atrapado al terrorista.
—Esto suena bastante pesado —comentó Nick secamente.
—Bienvenidos a mi puta vida –espetó Ty. Nick simplemente se rió de él.
—No tenemos que ir a ninguna parte. Si nos pegamos a Grady,
probablemente podremos disparar armas de fuego reales. –Ofreció Kelly mientras
se sentaba en el sofá detrás de él. Había sido médico en la marina, el oficial médico.
Había pasado por el mismo entrenamiento que ellos y algo más. Era delgado y
enjuto, con pelo castaño sin gracia y ojos de un color variable entre azul y gris. Su
actitud era modesta y afable, pero era el único miembro del equipo de seis
hombres que había salido invicto en las peleas. Era un infierno sobre ruedas, con o
sin un arma.
—Volé desde el jodido San Diego. Voy a disparar a algo —anunció Owen
irritado.
—He oído eso —murmuró Zane—. Mira. Cambiaron las cerraduras de mi
casa. Puedo ir allí. Conozco el sitio mejor que este de todos modos. —Estaba
sonando sensato, en presencia de testigos, y Ty quería estrangularlo por ello—.
Puedes estar con ellos y luego comprobar como estoy por las noches, si quieres. —
Zane le dio el fantasma de una sonrisa—. Me entregarán la cena.
—¿Estabas en los dos objetivos? —preguntó Nick.
—No —contestó secamente Ty, todavía mirando a Zane.
—Tal vez –corrigió Zane.
—Es posible —concedió Ty de mala gana—. Mirad, no puedo salir de la
ciudad en estos momentos. Un terrorista tiene como objetivos las fuerzas de la ley
municipales, a los federales y los equipos de rescate, los bancos están siendo
robados por todas partes, la ciudad se está volviendo loca…
—Bueno, no eres el Sr. pesimismo –observó Digger con una sonrisa. Era un
hombre bien parecido, con la piel tan oscura que nunca habían tenido que pintarle
con pintura de camuflaje en una misión para ocultarlo en la oscuridad.
Su acento era de la Louisiana profunda, lo que significaba que la mitad del
tiempo no era coherente y la otra mitad estaba quejándose de ellos por no
responder a sus preguntas.
—¿Algo que podamos hacer para ayudar? –ofreció Nick mientras los otros
se acomodaban en el sofá juntos. A Ty le recordaron los monos no­veo, no­oigo,
no­hablo, alineados en fila. Frunció el ceño con desconfianza.
—Por favor, sacadlo de la casa por lo menos durante un par de horas y
hacerle quemar algo de energía —dijo Zane inmediatamente—. Puedo oírle
rebotar. Bajad a Fell’s Point o algún lugar cercano.
—Tú eres quien bajará rebotando por las escaleras, traidor —espetó Ty.
—¡Bien, entonces! —Dijo Nick con una sonrisa. Se acercó y rodeó los
hombros de Ty con el brazo como si fuera a detenerlo—. Pasaremos del paintball y
quemaremos la ciudad durante unos días. En caso de que nos necesites —dijo a Ty.
Los demás asintieron y murmuraron su acuerdo.
—Por lo general termino con verdugones del paintball hasta en los huevos
de todos modos –se quejó Owen mientras examinaba sus uñas con el ceño
fruncido.
—Eso es porque siempre te encorvas y tratas de largarte –le dijo Kelly con
sensatez. Ty puso los ojos en blanco.
Nick habló por encima de ellos, ignorando los comentarios del sofá.
—Garrett, ¿por qué no te vienes con nosotros a cenar? No nos importaría
conocer al compañero de Ty, sobre todo porque ha pasado tanto tiempo sin
largarte o golpearte.
Zane sonrió por primera vez desde que los chicos habían entrado.
—Bueno, solo tienes razón a medias. —Se encogió de hombros—. Estoy en
el juego. Todavía no hemos comido.
—¡Genial! –Dijo Nick mientras miraba a Ty triunfal—. Nunca hemos
conocido a uno de los compañeros de Ty. Estábamos empezando a pensar que eran
sólo un mito.
*
*
El Greene Turtle Sports Bar & Grille atraía a una multitud por las noches.
Era un lugar muy frecuentado en Fell’ Point, ubicado junto a las calles
adoquinadas que se alineaban en el puerto, sus mesas dentro y fuera siempre
estaban llenas y ocupadas con una mezcla de locales y turistas. Pasaron varios
minutos de espera antes de que el equipo más uno pudieran conseguir una mesa lo
suficientemente grande para todos ellos. Nick sabía que no era el sitio favorito de
Ty. Siempre les llevaba a unas calles más abajo, al bar agujero­en­la­pared llamado
One­Eyed Mike’s. Debía haberles traído aquí por consideración a la ceguera de
Zane.
Nick observó como Ty entraba con Zane, permaneciendo cerca,
sosteniéndole el codo. Este Zane Garrett parecía confiar mucho en Ty. No había
cuestionado sus instrucciones ni una sola vez mientras caminaban las pocas
manzanas y atravesaban la multitud hasta una mesa cerca de los televisores en la
parte posterior.
Ty le sentó en la esquina donde la gente no chocaría contra él y se dejó caer
en una silla a su lado.
Cuando Ty por fin se acomodó y miró hacia Nick, este le dirigió una mirada
inquisitiva y asintió con la cabeza en dirección a Zane. Ty se encogió de hombros,
dejando que la pregunta tácita resbalara sobre sus hombros del modo que sólo él
podía. Nick iba a tener que agarrar a su viejo amigo a solas pronto e interrogarlo.
Hasta entonces, se deslizó en el asiento junto a Ty, inclinándose sobre él
para mirar a Zane.
—Entonces cuéntanos la historia —les dijo a ambos—. Zane, necesitamos un
nuevo suministro de cuentos embarazosos sobre Grady.
Zane sonrió, aunque sus ojos seguían bajos. Puso una mano sobre la mesa,
delante de él, cerrando la mano alrededor del borde.
—Bueno, hubo esa vez en lavandería china…
—No –interrumpió Ty de manera urgente. Levantó la mano para llamar a la
camarera, ordenando cinco bebidas levantando los cinco dedos largos y luego
haciendo girar el dedo índice alrededor de la mesa. Los ojos de Nick siguieron el
movimiento, luego volvieron a Ty. Parecía agotado, no tan apto para ir girando
hacia el techo como el Ty Grady que conocía tan bien.
—Somos seis, tío –interrumpió Owen—. ¿Quién no bebe?
—Ese sería yo —dijo Zane.
—Perdonadme por decir lo obvio, pero no pareces ser el tipo designado
para ser el conductor ahora mismo —dijo Kelly con ironía.
Ty le dio un codazo a Nick y cuando este le miró, Ty puso su dedo pulgar y
el dedo índice como si estuviera sosteniendo un vaso de chupito y lo inclinó hacia
su boca. Nick asintió comprendiendo.
—Una bebida es lo último que necesito en este momento —dijo Zane
mientras se reclinaba en su silla.
Nick chasqueó la lengua. Así que el compañero de Ty era un alcohólico. Eso
era incómodo. Buscó algo que decir, observando de cerca a sus compañeros. Zane
parecía estar bien con el tema, pero los hombros de Ty se habían tensado y estaba
mirando a la mesa con devoción. Nick conocía bien esa postura, había visto a Ty
asumirla muchas veces. Se estaba preparando para defender a un amigo.
—Entonces –dijo Nick—, lavandería china, ¿eh?
Zane golpeó con los nudillos en la mesa.
—Tres chicos y un perro caminan hacia una lavandería china… —empezó a
decir, expresándolo como un chiste.
—Tío —volvió a interrumpir Ty—. Les dije antes de entrar: ese perro me
estaba mirando divertido.
Nick se rió entre dientes mientras los demás comenzaban a meterse con Ty.
Nick espero a que Ty volviera la cabeza para mirarlo, encontrándose con esos ojos
color avellana, y luego extendió la mano y le palmeó el hombro para consolarle.
Sólo ellos dos y el hombre que les había interrogado sabían porqué a Ty no le
gustaban los perros.
Zane continuó con la historia, la contó provocando risas de los chicos y una
mirada amenazadora de Ty. Era muy divertida, en realidad, y Nick podía imaginar
a Ty y al perro acabando en una cuba de espuma luchando sobre quién trepaba
sobre quién para salir primero. Por supuesto, el perro había ganado. Digger se
lanzó a otra historia justo después, y las risas continuaron. Cuando entregaron las
bebidas, la camarera trajo también una Coca­Cola, y se movió alrededor de la mesa
para ponerla delante de Zane.
—Gracias, cariño —dijo Ty, arrastrando las palabras. Ella le guiñó un ojo y
apoyó la mano en el brazo de Zane mientras se alejaba. Zane levantó la cabeza y
envió una sonrisa en esa dirección. Obviamente, venían mucho por aquí. Nick
miró a Ty un minuto más. Ty rara vez bebía con sus compañeros de trabajo. Zane
Garrett era obviamente un amigo, y uno cercano.
Zane puso la mano sobre la mesa y la movió ligeramente. No dijo nada. Ty
continuó hablando con Digger mientras movía el vaso de Coca­Cola contra sus
dedos. La comisura de la boca de Zane se arqueó mientras cogía el vaso.
Nick estaba sorprendido de descubrir que Ty y Zane le recordaban a Ty y…
a él. También estaba sorprendido por el aguijonazo de celos. Sabiendo que podía
observar a Zane sin ser visto mientras Ty estuviera ocupado, le observó un rato
más. Era un tipo guapo, tal vez cinco años mayor que Ty y él mismo, tal vez más.
Tenía la cabeza inclinada hacia un lado, el oído hacia Ty, y una pequeña sonrisa se
dibujaba en sus labios mientras este hablaba sobre algo que era imposible que Zane
supiera, ya que se trataba de un viejo cuento de sus días Recon.
Había parecido bien incluírle, ciego y perdido. Echó un vistazo a Ty y se
preguntó si había superado el pánico de “podría haber sido yo”. El Ty que conocía
no toleraría la oscuridad o la impotencia, bueno para nada, mientras que Zane,
según todas las apariencias, parecía haberlo superado de bastante buen ánimo. Al
menos Nick esperaba que lo hubiera superado. No podía imaginar a Ty
quedándose con un compañero con un palo en el culo mucho tiempo.
Se había perdido en sus pensamientos cuando se dio cuenta de Ty se había
inclinado hacia él y preguntado algo. Carraspeó, mirándole con los ojos muy
abiertos.
—¿Qué?
—¿Estás bien? —Preguntó Ty con incredulidad—. Porque Owen ha estado
quejándose de los Sox durante unos buenos cinco minutos, y tú no has dicho nada
todavía.
—Me dejé el arma en tu casa —respondió a la defensiva. Dejó la botella
vacía en la mesa y le quitó la suya. Este ni siquiera protestó, sólo levantó la mano
para pedir otra ronda.
—¿Estamos a favor o en contra de los Red Sox? —preguntó Zane con
curiosidad. Había apoyado un codo sobre la mesa y movido hacia delante, la
cabeza aún inclinada hacia Ty.
Una ronda de abucheos emanó de los otros, y Nick tuvo que cerrar los ojos
y agitar la mano hacia Zane.
—Enséñale.
—O es de Boston —explicó Ty a Zane, señalando a Nick—. Eres de los Red
Sox o mueres a menos que pueda demostrar una afiliación profunda con otro club
o proporcionar una razón de peso para odiar al bateador designado. O patear su
culo.
—Predica, nena —dijo Nick feliz, dando Ty con el puño cerrado.
—Owen, sin embargo, es un fanático de los Yankees, y los dos llevaron
munición extra a las misiones por “accidente” –continuó Ty, usando sus dedos
para acentuar el sarcasmo.
—Yo crecí viendo los juegos de pelota en Arlington —dijo Zane, sonando
muy divertido—. La afiliación no es más profunda que nacer y ser criado tejano.
—Rangers, ¿eh? —Dijo Nick, rodando la palabra como si la pensara—.
Claro, supongo que son bastante inofensivos.
Owen les dio una pedorreta.
Ty gimió suavemente y levantó la mano para detenerlos.
—¿Podemos evitar esto esta noche?
—Grady se ha convertido en pacifista —observó Digger, claramente
desaprobador.
—Acaba de perder sus pelotas, es todo –corrigió Owen.
—¿No recuerdas sostenerlas por mí? —le preguntó Ty sin perder el ritmo.
—Los Rangers parecen realmente buenos esta temporada —dijo Zane.
Había levantado la mirada y aunque sus ojos estaban desenfocados, tenía la
mirada de alguien alimentando deliberadamente el fuego. A Nick le gustaba eso en
un hombre.
—Dios, Zane, por favor —intentó Ty. Nick se acercó y deslizando el brazo
alrededor de los hombros de Ty, le apretó con fuerza. No empezaría una pelea por
el béisbol en medio de la cena. Otra vez.
Zane sonrió y se rió, y sonaba real, no fingido. Nick pensó que Zane podría
no ser tan mal tipo, si disfrutaba de provocar a Ty tanto como el resto del equipo.
Pero Ty no reaccionó a su burla del mismo modo que reaccionaba a las de ellos. No
gruñó ni sacó a relucir ese ingenio agudo con el que Nick sabía que era tan hábil.
Se limitó a mirarle de reojo y resoplar, luego volvió a su botella de cerveza.
Interesante.
Después de cuatro rondas más de cerveza, algunos aperitivos, varias
historias, y un montón de peleas amigables, Digger detuvo a la bonita camarera
para preguntar dónde estaba el mejor lugar para dejar sus zapatos.
—Oh Dios, aquí vamos —murmuró Owen.
—¿Qué está pasando? —preguntó Zane, dirigiendo la pregunta a Ty.
Ty se limitó a sacudir la cabeza. Estaba recostado en su taburete del bar,
apoyado contra la pared de detrás. Se frotó los ojos como si la cerveza estuviera
afectándole, lo cual era inusual según la amplia experiencia de Nick. Realmente
debía haber estado trabajando duro si no podía soportar media docena de rondas.
Obviamente había olvidado que Zane no podía verle.
—No tienen intención de ir a casa esta noche, Zane —respondió Nick por él.
—¿Cómo te llamas, preciosa? —preguntó Digger la camarera.
Ella estaba sonriendo, prestando atención a una mesa de idiotas borrachos.
—Caroline. ¿Necesitamos otra ronda, o hemos terminado por esta noche?
Ty hizo un sonido de dolor tan pronto como les dijo su nombre, y Nick
comenzó a sonreír.
Zane volvió la cabeza, al parecer tratando de seguir la conversación.
—¿Cuál es Caroline? —preguntó a Ty.
—Rubia, huele a sándalo —respondió Ty.
Zane asintió.
Sí. Venían mucho por aquí. Nick le dio un codazo a Ty en las costillas y este
se dobló y le gruñó mientras ponía la cerveza sobre la mesa. Pero ya estaba
sonriendo, así que Nick supo que iban a conseguir que lo hiciera.
Después de seis cervezas, convencer a Ty para que cantara era pan comido.
Después de diez, que parara era el problema.
Al otro lado de la mesa, Kelly y Owen ya estaban proporcionando la
melodía tarareando y tamborileando con los dedos sobre la mesa. Caroline
entrecerró los ojos hacia ellos, pero seguía sonriendo.
—¿De qué va todo esto? —Preguntó con suspicacia.
—Lo siento tanto –le dijo Ty, sonriendo mientras se disculpaba—. Por favor,
no nos prohíbas la entrada después de esto.
Nick le dio una patada a su taburete y se levantó antes de que Ty pudiera
detenerlo, y empezó a cantar las primeras líneas de "Sweet Caroline ", la canción
que el Fenway Park de Boston había hecho su himno no oficial. Nick tenía una voz
para cantar bien, lo suficiente para que la gente no se quejase cuando empezaba.
Zane parecía que se debatía entre la risa y el ceño fruncido.
—¿Ty…?
Ty le miró de reojo, pero no respondió. En su lugar, sostuvo la botella de
cerveza como si fuera a brindar por la pobre camarera que se reía y se unió a Nick
tan pronto como llegaron al coro. El sonido de Ty era puro y hermoso, una voz que
nunca fallaba en enviar escalofríos por la columna vertebral de Nick.
Caroline se ruborizó y se rió, mirando por el bar con la otra mano sobre la
boca mientras le cantaban la serenata y gran parte de las conversaciones en torno a
ellos se apagaban mientras la gente miraba, boquiabierta.
Y entonces sucedió lo inevitable. Casi todo el bar se unió.
Pero nada podía ahogar la voz de Ty al oído de Nick. Rodeó con el brazo a
su más viejo y querido amigo mientras cantaban, tratando de no pensar en por qué
un sentimiento de melancolía se le estaba asentando en el pecho.
*
*
Zane se puso la vieja camiseta y el pantalón de chándal antes de sentir su
camino a lo largo del borde de la cama. Era la habitación de Ty, y estaba más que
un poco inseguro de si debería quedarse allí o ir hasta el futón de la habitación del
tercer piso. Ty no había dicho nada sobre si los chicos se iban a quedar aquí, pero
eran sus amigos. Se podría suponer una invitación para quedarse.
Y sabía muy bien que no caería muy bien si le veían durmiendo en la cama
de Ty. Eso quedaba fuera de lo que podía explicarse como “ayudar” a su
compañero ciego. Resopló y se pasó las manos por la cara.
Caminó lentamente hacia la puerta del baño en el rellano de la escalera,
arrastrando los dedos a lo largo de la pared. Los pies descalzos tocaron baldosas
frías, provocando una mueca y estaba a punto de cerrar la puerta del baño cuando
oyó la voz de Ty. Podía identificarla en cualquier lugar.
—No puedo creer que me hicieras hacer eso —decía, con voz baja y un
ronco gemido, el tipo que venía con demasiado alcohol o cuando Zane estaba a
punto de tener sexo—. Nunca podré volver allí de nuevo.
—No puedo creer que no sigas cantando, tío. Que maldito desperdicio. —
Ese era el acento de Boston. Nick. Cuando Zane había estado cerca de él, su voz no
había llegado a la altura del oído así que era más bajo que el metro noventa y cinco,
pero no tenía nada más con lo que trabajar aparte de los pocos detalles que Ty
había compartido en el curso de la conversación.
—Déjalo en paz, joder, O. Es su talento dado por Dios, puede malgastarlo si
quiere —dijo uno de los otros. Kelly, quizás. Zane no estaba seguro de poder
distinguir a Owen y Kelly. Los acentos no tenían nada especial.
—El taxi está aquí —anunció Digger, las palabras apenas discernibles.
Probablemente había estado de pie junto a la ventana, pero el profundo y
fuerte acento de su voz era inconfundiblemente cajún.
La respuesta de Ty se perdió en los sonidos de movimiento y la puerta
principal se quejó cuando la abrieron. Zane frunció el ceño y salió del cuarto de
baño, acercándose a las escaleras. Sí, los espías nunca oían nada bueno sobre ellos
mismos, pero pensó que sería mejor averiguar en que habitación iba a dormir.
Hubo un montón de ruido y movimiento, adioses y hasta luegos, quien
pagaba el taxi, cierra la boca antes de que te la tape con cinta aislante. Bastante
típico para el tipo de personas que Zane esperaba que fueran amigos de Ty.
Después de que todo se calmara y se cerrara la puerta, el silencio se estiró.
Luego Ty carraspeó.
—¿Agua? ¿Cerveza?
—Sí, cerveza —respondió Nick, mientras pasaban ante la base de las
escaleras hacia la cocina. Así que Nick aparentemente se quedaba.
Zane frunció el ceño, de nuevo tratando de decidir qué hacer. Escuchar a Ty
hablar con un viejo amigo mientras estaba sentado allí con ellos era una cosa.
Merodear por la parte superior de la escalera era otra. Ty le haría vivir un infierno
si lo pillaba y eso fue suficiente para hacerle moverse hacia el baño, aunque de
mala gana.
—Tienes un aspecto infernal, tío –oyó que Nick decía. Su tono de voz ahora,
cuando estaban lejos de los demás, era diferente de alguna manera.
Más serio y sincero, menos burlón. Zane dudó en llamarlo íntimo.
Ty no respondió a la observación con un comentario listillo o trató de
desviarlo. No respondió verbalmente en absoluto, nada que Zane pudiera oír. Se
situó en la puerta del baño, agarrando el marco de la puerta, preguntándose si Ty
admitiría ante Nick lo que había tratado de negarle a él, que estaba exhausto,
asustado, estresado e inseguro.
Ty finalmente sólo se rió en voz baja.
—¿Estás durmiendo? —Preguntó Nick. Era la misma pregunta que Ty
siempre le hacía cuando ya sabía la respuesta.
—Algo. Sé que parezco una mierda, tío. Así me siento también –respondió
Ty, la voz ronca pero logrando sonar frívolo de todos modos—. Está bien. No te
quedas porque Owen de patadas dormido. O para preguntarme sobre si duermo.
—No –admitió Nick—. ¿Trabajáis bien juntos?
—¿Zane? —preguntó Ty. Se rió de nuevo—. No lo creerías por el exterior,
¿verdad?
—No parece el tipo con el que generalmente vas. En cierto modo me
recuerda a ese tipo del departamento de defensa… ¿Cuál era su nombre?
—¿Pike? –respondió Ty con incertidumbre.
—¡Sí! Tieso como un palo, Ray­Ban, siempre sosteniendo un archivo.
—No, hombre, Pike era un metomentodo. Zane es un buen tipo. Es
excelente. Confío en él.
—Bien —dijo Nick, en voz tan baja que Zane casi no lo oyó. Se quedó en
silencio durante casi un minuto, luego añadió—: ¿No fue Pike a quien colgamos
sobre la barandilla?
Ty se echó a reír, el sonido claro como una campana, ya que llegó a oídos de
Zane. La risa de Nick se unió a ella.
—Oh Dios, eso fue divertido —murmuró Ty con satisfacción—. Los gritos.
—Casi acabo en el calabozo por ello.
—Mereció la pena —reconoció Ty.
Hubo otro largo silencio, casi lo suficiente para que Zane se retirara al
cuarto de baño de nuevo. Pero la siguiente pregunta de Nick, salida aparentemente
de la nada, detuvo su retirada.
—¿Todavía sueñas? —Preguntó Nick, su voz baja con reverencia como la de
un hombre en la iglesia. O un hombre con un secreto.
Ty se quedó en silencio durante unos instantes.
—En su mayoría es sólo el desierto —respondió finalmente, sonando un
poco preocupado—. Pero no es malo, sólo estoy allí. No sé qué camino es arriba,
cual es seguro, en qué dirección… volver. Ahora me despierto con sabor a arena en
vez de sangre. No son como solían ser.
Zane estaba íntimamente familiarizado con los resultados de algunos de los
sueños y pesadillas de Ty, y sabía sobre el desierto. Resopló suavemente. Nunca le
había pedido que se lo contara y Ty nunca se había ofrecido.
No saber qué camino es arriba describía su propia situación malditamente
bien ahora mismo. Perdido. Perdido en la oscuridad en lugar de la arena. Tal vez
Ty realmente entendía, aunque fuera un poco.
Sabía que Ty y Nick habían sido cercanos, muy cercanos, la cercanía nacida
de la sangre, la cerveza, el sudor y las lágrimas y todo ese cliché de mierda de
Hermanos de sangre que realmente era verdad. Simplemente se preguntó si todavía
eran tan cercanos y cómo era posible que no lo supiera después de vivir
prácticamente en el bolsillo de Ty durante casi medio año.
—¿Y tú? —Preguntó Ty—. ¿Todavía sueñas?
—De vez en cuando —respondió Nick. Sonaba casi acosado—. Todavía me
despierto gritando tu nombre, tío. Como si nunca hubieras regresado.
—Pero lo hice —respondió Ty con calma.
Zane oyó resoplar a Nick.
—Y sueño con esa maldita mesa.
—Yo también —admitió Ty, las palabras susurradas dolorosas.
Moviéndose incómodo, Zane puso la mejilla contra la fría madera del marco
de la puerta. Algo les había sucedido, a Ty y a Nick, algo como lo que les había
sucedido a ellos en Nueva York y un asesino en serie. Algo lo bastante horrible
para hacer que Ty sonara así cuando hablaba de ello.
El silencio que siguió se sintió pesado con el pasado y la mente de Zane se
desvió hacia los propios recuerdos dolorosos antes de que Nick atrajera su
atención.
—Nadie más que tú, hombre. Habría muerto allí —dijo Nick, su voz áspera
desnuda.
—Los dos lo habríamos hecho –respondió Ty, la voz tranquila de nuevo, en
marcado contraste—. Has vuelto allí, Nick. Quédate aquí. —Zane oyó los nudillos
golpear sobre la mesa de madera—. Vamos —dijo finalmente con suavidad, y Zane
oyó una silla siendo empujado contra el suelo de madera—. Puedes coger la cama
plegable. Compartiré cama con Garrett.
—¿Eh, Ty? Puedo estar borracho y puedo ser irlandés, pero no soy estúpido
—Nick arrastró las palabras, dejando que las palabras chocaran unas contra otras
casi con insolencia—. Recuerdo a que se parecía el borde y tenía tus ojos.
Zane abrió los ojos a pesar de que estaba en la completa la oscuridad.
Debería entrar en el dormitorio, ahora que tenía la oportunidad, como
mínimo, debía cerrar la puerta del baño, debía… pero al borde… ¿de qué?
—Háblame, Grady –insistió Nick, y después de un momento de silencio,
añadió—: Quiero decir, Jesús, después de lo que hemos pasado si no puedes
contármelo, ¿a quién puedes?
—No es nada malo, O –insistió Ty con voz sorprendentemente tranquila y
honesta—. Lo prometo.
—Está bien —murmuró Nick, cediendo y sonando infeliz.
Zane podía oír moverse a Ty, pasos lentos y medidos y no tan tranquilos
como cuando estaba sobrio.
—Buenas noches —dijo Ty a Nick, el tono de las palabras decía
efectivamente “no me preguntas más”.
Zane entró en el cuarto de baño y cerró la puerta con un chasquido,
imaginando que Ty estaría subiendo las escaleras. Mejor que saliera del baño y le
dijera dónde iba a dormir que ser pillado en el lugar equivocado. Se apoyó contra
la puerta cerrada, preguntándose sobre el tono de voz de Ty. Suspiró, deseando no
haber escuchado. No había oído nada inapropiado. De hecho, había oído algunas
cosas muy buenas sobre él. Pero eso simplemente planteaba más preguntas para
las que no podía obtener respuestas. Sacudiendo la cabeza, se dio la vuelta y volvió
a abrir la puerta.
El choque contra el cuerpo de Ty fue casi inmediato. Ty bufó y envolvió los
brazos alrededor de Zane para recuperar el equilibrio.
—Cálmate, Hoss —murmuró Ty. Zane podía sentir una sonrisa, pero
también una persistente incomodidad o molestia y un montón de cerveza en su
aliento.
—¿Subías?
—Yo… no estaba seguro de a dónde ir —murmuró Zane, sin saber si Nick
estaba allí o no.
Ty levantó las manos para cubrir sus mejillas, dedos apretados contra la
barba que crecía después de cinco días sin afeitarse. Podía sentir su aliento en el
cuello mientras le susurraba:
—Sé que huelo a cerveza. Pero preferiría tenerte a ti en mi cama esta noche
que al irlandés.
Zane se estremeció. No Nick, entonces.
—Hueles a ti, en su mayor parte –dijo.
Ty le besó sin decir nada más. Fue un beso rápido, casi furtivo, pero
también había calor detrás, y el sabor amargo de la cerveza era más tenue en los
labios Ty de lo que Zane había esperado. Los escalones de abajo crujieron y Ty se
apartó de él, dirigiéndose hacia el dormitorio. Un momento después, Nick estaba
murmurando buenas noches mientras subía la escalera del tercer piso, y Ty cerraba
la puerta de su habitación detrás de ellos.
—¿No pensará que esto es raro? —preguntó Zane, manteniendo la voz baja.
—Sólo hay dos camas en la casa. Generalmente él duerme conmigo, los
demás se pelean por los sofás. Le dije que necesitabas estar cerca del cuarto de
baño, menos escaleras. –La mano de Ty encontró el camino hacia la parte baja de la
espalda de Zane—. ¿Preferirías que él durmiera aquí y tú arriba?
—Por supuesto que no —Zane maldijo entre dientes—. Es sólo… que él es
tu amigo y todo eso. Un marine. No sé si has… en el pasado… ¿sabe él que tú…?
—Zane hizo una pausa para tomar aliento—. No importa. Estoy cansado y tú
borracho. Hora de dormir.
—¿Estás preguntando si Nick y yo hemos follado? —preguntó Ty,
descartando todos los eufemismos suaves que podría haber usado, para ir directo
al grano.
Algo dentro de Zane se curvó con torpeza, y se estremeció, consciente de
estar en silencio durante demasiado tiempo.
—De hecho, no había llegado tan lejos en el pensamiento sobre amigos en
las buenas y en las malas. Más en la línea de si tendría alguna razón para pensar
que podríamos ser algo más que compañeros de trabajo. —Pero ahora también
quería saber la respuesta a la pregunta que Ty había lanzado.
—Si estás incómodo, puedo dormir en el sofá —ofreció Ty, en voz baja y
suave, como lo había sido durante la mayor parte de la ceguera de Zane. Era el
mismo tono que había adoptado con Nick, diciéndole que permaneciera en el
presente en vez de pensar en el trauma del pasado. Zane nunca había notado
conscientemente que tuviera esa capacidad, calmar y tranquilizar con su voz, o
incluso que lo hubiera estado haciendo con él toda la semana, hasta ahora.
Recordó repentinamente que Ty tenía un título en psicología, y se preguntó
si era realmente tan fácil de manipular. Aunque Ty ni siquiera tenía que intentarlo,
en realidad no.
Zane frunció el ceño.
—No. No, no estoy incómodo. –No estaba seguro de poder explicarse lo
suficientemente bien como para pasar por el filtro de la cerveza, el estrés y el
agotamiento—. Él no sabe lo nuestro, ¿verdad? Estoy tratando de ser cuidadoso.
—No lo sabe —afirmó Ty. Zane podía oír el susurro de la ropa mientras se
desnudaba.
En realidad, no había respondido a la otra pregunta. Zane no se sentía bien
preguntando, aunque sabía que ahora le molestaría. Inspiró hondo para
tranquilizarse, se quitó la camiseta sobre su cabeza y la dejó caer al suelo. Llegó a
la cama y se metió las sábanas, dejándose los pantalones. Un momento después, Ty
se arrastró junto a él, su cálida piel contra la suya, el olor del bar lo suficientemente
débil para ser un poco excitante en vez de nauseabundo.
Ty lo atrajo hacia sí y lo besó con cuidado.
—Nunca ha sido nada más que mi mejor amigo, Zane –susurró—. Deja de
preocuparte.
Zane no se dio cuenta de que se había tensado hasta que se relajó después
de esas palabras, apoyó la frente contra la suya con otro suspiro.
—Me conoces bastante bien, eh.
—No tan bien como me gustaría —respondió Ty, con apenas voz. Le besó
otra vez, dejando que sus labios se arrastraran sobre los suyos. Luego suspiró
pesadamente y rodó sobre su espalda, sus movimientos inquietos y ligeramente
ebrios.
Zane le permitió estirarse, sabiendo que tratar de aferrarse a él en este
estado sólo le haría retorcerse más.
Estaba bastante seguro de que no había nada que no le contaría a Ty, aparte
de algunas pocas experiencias selectas que era mejor dejar enterradas. Pero era una
discusión que ya habían tenido antes, y no esperaba una respuesta, así que se dio
la vuelta, tirando la almohada contra su pecho.
Un momento después, Ty le pasó un brazo y una pierna por encima,
acurrucándose como si fuera su almohada. Le acarició la nuca con la cara,
presionando las caderas contra él. Zane podía decir por la forma en que le tocaba,
la forma en que no podía estarse quieto, que si Nick no hubiera estado en la casa,
ya estarían follando.
La conciencia y la excitación golpearon a Zane como un rayo. Era un cara o
cruz si eran capaces de hacerlo en silencio, sobre todo con Ty borracho.
Este soltó un sonido de gruñido frustrado, obviamente pensando en lo
mismo.
—Dale unos minutos para que se duerma —dijo a Zane.
Su mano se deslizó por su cuerpo, los fuertes dedos se aferraron a la cadera
para atraerle contra él.
Zane cerró los ojos y sonrió, alcanzando la mano de Ty.
—¿Estás diciendo que tu compañero Recon de arriba duerme como un
bebé?
Ty se incorporó sobre un codo, deslizó la rodilla hacia arriba por la cara
interna del muslo de Zane. Este podía sentirle endurecerse contra él, y su propio
cuerpo respondió en consecuencia. Era salvaje tener sexo con Ty cuando todos sus
sentidos estaban trabajando. Pero cuando tenía que depender de los demás para
compensar lo que no podía ver, encontraba que respondía más rápido de lo
habitual. Especialmente el olor: los embriagadores aromas de la cerveza prohibida,
los cigarrillos abandonados y el Old Spice, cubrían el natural almizcle terroso, todo
ello combinado con el olor a sudor de la piel de Ty, y cada vez que lo olía, iba
derecho a sus tripas.
Ty se alejó y le empujó sobre su espalda antes de moverse para cubrirlo, los
músculos tensos y los dedos arrastrándose sobre su piel. El sonido de la
respiración de Ty, lento y cuidadoso, llenó los oídos de Zane.
Suspiró con cuidado. Joder, cómo deseaba a Ty en estos momentos. Se
preguntó vagamente si alguna vez conseguiría lo suficiente de él.
Las manos de Ty se movieron para acunar su rostro.
—Shh —pidió en voz baja.
Luego bajó la cabeza y le lamió los labios. Zane tarareó una negativa y abrió
los labios, invitándole a un beso mientras mordisqueaba su lengua.
Ty se incorporó sobre sus codos y pasó los dedos por el cabello de Zane,
sosteniendo su cabeza quieta mientras le besaba con avidez. El gemido profundo
de su garganta le sorprendió.
—¿Voy a tener que amordazarte? —preguntó Ty con voz ronca mientras
empezaba a besarle la línea de la mandíbula.
—Estaré más callado que la cama —murmuró Zane, señalando el cabecero
contra la pared. Casi se rió cuando de repente recordó la última vez que habían
hecho algo como esto, en el dormitorio infantil de Ty en casa de sus padres en
Bluefield, West Virginia.
Ty comenzó a bajar por su cuerpo en lugar de hablar, besando y mordiendo
las partes sensibles. Zane se tensó un momento, deseando poder ver. Maldita sea,
le encantaba verle hacer esto. Ty le bajó los pantalones, luchando contra las
sábanas y el colchón para hacerlo. Zane movió instintivamente las manos para
deslizarlas entre el corto pelo mientras respiraba:
—Oh mierda…
Ty tarareó descaradamente, besándole la cadera mientras deslizaba las
manos por debajo de sus muslos. Zane rió débilmente y se estremeció sólo de
pensar en lo que se avecinaba. Sin una palabra de advertencia, Ty agachó la cabeza
y tomó la polla en su boca, pasando la lengua alrededor de la punta y succionando.
Zane siseó, levantando las caderas hacia el calor húmedo de esa boca.
Sus dedos se apretaron en su cabello un momento hasta que se obligó a
relajarse. Cuando empezó a chupar, Zane realmente gimió. Ty tarareó de nuevo en
respuesta a los sonidos lastimeros.
Zane no disfrutaba necesariamente más del sexo con Ty cuando este estaba
borracho, pero sin duda cambiaba el juego, estaba más suelto, más propenso a ser
duro y tratarlo con dureza, más posibilidades de hacer cosas que tendría que mirar
en Google para saber cómo llamarlas. No podía formar ningún pensamiento lo
bastante coherente para pensar siquiera en oponerse a esta noche, con compañía en
la casa.
Ty tarareó otra vez, levantándose sobre manos y rodillas y tirando de Zane
más abajo en la cama en una exhibición animal de posesividad. Zane escarbó en las
sábanas, el primer tirón de las manos de Ty hizo que le atravesara una ráfaga de
puro ardiente deseo.
Tragó, la respiración ya era entrecortada. No tenía ni idea de qué esperar de
su amante, y se dio cuenta de que la incertidumbre estaba alimentando el fuego.
Genial, otro vicio que no necesitaba.
Pero, maldita sea, quería esto. Aún mejor, Ty quería esto, le deseaba a él,
ciego y la alegría no adulterada derivada de ese pensamiento fue abrumadora.
Alzó la mano para ahuecarle la mejilla, besándolo por todo lo que valía la pena. Ty
respondió a su deseo, y apoyando el peso con una mano, prácticamente le devoró
mientras deslizaba la otra mano entre sus piernas.
Zane se aferró a sus hombros y gimió bajo el ataque de la boca pecadora de
Ty. Sus caderas se sacudieron sin poder hacer nada, y jadeó cuando sintió el
primer toque de los dedos.
—Shhh —instó Ty mientras empujaba un dedo resbaladizo en el interior del
cuerpo de Zane. Este se mordió el labio inferior y puso los ojos en blanco mientras
resoplaba y luego se relajaba, aunque con las manos apretadas en las sábanas.
Ty le besó con más fuerza, meciéndose más exigente mientras curvaba el
dedo en su interior. Zane gritó en su boca y se sacudió cuando Ty le acarició justo
después de unos pocos intentos. Luego se movió sin pensar, levantándose contra
ese cuerpo y esa mano con insistencia, pidiendo físicamente más. Ty tarareó en
señal de aprobación y siguió moviendo el dedo dentro de él. Pronto añadió otro y
chupó la piel debajo de la oreja.
Zane no pudo evitar arquear la espalda mientras el hormigueo se volvía un
zumbido tenso que resonaba a través de su cuerpo, y jadeó emitiendo suaves
sonidos de placer y estímulo, se volvió desenfrenado por la boca y las manos de
Ty. Un largo dedo le acarició justo entonces y se tragó otro grito.
—Ty… oh mierda —se atragantó.
—¿Lo quieres? —Preguntó Ty, la voz áspera mientras Zane se retorcía
debajo de él.
—Sí, joder, sí —suplicó Zane.
Ty se movió muy lentamente mientras apartaba los dedos y le robaba otro
beso lento. Zane suspiró con nostalgia contra sus labios y movió las piernas,
levantando las rodillas.
—Quiero sentirte, cariño —susurró, chupándole el labio inferior entre los
dientes y preocupándose por ello.
Ty dio un gruñido y obedeció, empujando contra Zane y meciéndose justo
dentro de él.
Apretando los dientes por un momento y cerrando los ojos con fuerza, Zane
gimió cuando la polla de Ty comenzó a estirarle y comenzó a sentirse lleno y al
borde del dolor, arqueó la espalda, aspirando una bocanada de aire que le hizo
temblar todo el cuerpo. Ty curvó la espalda y se inclinó para darle un beso,
dejando que su cuerpo proporcionara la fricción que bordearía el dolor sobre el
placer.
El beso lento y calmante funcionó, y Zane se relajo, incluso se meció
convirtiendo la aguda penetración en un fuerte empujón y el calor floreció en
placer. Gimió en silencio mientras intentaba moverse contra Ty. Suavemente, por
ahora. El hambre seguía allí, aparcado temporalmente por el dolor transitorio. Ty
gimió contra sus labios, empujando hacia él y el placer los atravesó.
Murmuró tonterías y deslizó la mano bajo las caderas de Zane para
levantarlo más.
—Sí, oh sí –siseó Zane, levantando las manos por encima de su cabeza para
agarrar la manta enredada, curvando los dedos. Ty enterró la cara contra su cuello
y empezó a mecer las caderas de manera constante, la polla se deslizaba con la
mínima cantidad de lubricante que había usado, y respiraba con la boca abierta
contra la piel de Zane.
Este exhaló tembloroso y bajó un brazo para curvarlo alrededor de Ty y
sostenerlo cerca mientras se movían juntos. Era caliente, suave y alucinante, el
lento deslizar algo totalmente diferente de los empujes calientes y fuertes.
—Dios, te sientes bien —murmuró Ty, sus movimientos cada vez más
erráticos y casi torturados, la necesidad en ellos tensó el poco control que Zane
tenía.
—Me has quitado las palabras de las boca –jadeó Zane, levantando una
pierna para envolverla sobre el muslo de Ty. Se mordió el labio cuando sintió que
la tensión en el estómago amenazaba con explotar—. Ty, voy a… —
—Hazlo –animó Ty, ya fuera sin importarle si Nick les oía u olvidando la
necesidad de silencio.
—Oh, demonios –rechinó entre dientes, tensando todo su cuerpo durante
otro minuto demasiado corto hasta que echó atrás la cabeza y apretó la mandíbula
para contener un grito agudo. Apretó los dedos en la colcha y se estremeció con
cada disparo de su liberación contra el vientre y el pecho de Ty. Finalmente no
pudo contener un grito roto, medio ahogado de placer.
—Zane —respiró Ty suplicante mientras empujaba con más fuerza.
A medida que su cuerpo continuaba apretándose convulsivamente
alrededor de Ty, Zane movió ambas manos para estrechar su rostro, deseando
poder ver sus ojos vidriosos por la pasión.
—Cariño —dijo con voz ronca antes de besarlo como si no hubiera un
mañana. Ty gimió en su boca, clavándole las uñas en la parte posterior de su
muslo.
—Vamos… fóllame —ordenó Zane contra su oreja con la respiración
entrecortada.
—Dios —gimió Ty y se estremeció de nuevo comenzando a embestir contra
Zane sin piedad. Ahogando un grito gutural, este se curvó a su alrededor mientras
los empujes reverberaban a través de su cuerpo, alimentando el fuego que todavía
crepitaba.
Oyó lejanamente el crujido de la cama.
El estremecimiento a través del cuerpo de Ty y los sonidos que escapaban
de sus labios le dijeron cuando llegó al clímax, y abrazó con más fuerza a su
amante, el pecho todavía subiendo y bajando. Ya sabía que lo que sentía por Ty
duraría. La sola idea hizo que su polla se tensara en una súplica inútil por más.
Ty jadeó encima de él, clavando las manos en sus caderas mientras
temblaba. Comenzó a retirarse lentamente, jadeando en lo debía ser
sobreestimulación, y le besó rudamente. La presión de labios y dientes fue
suficiente para provocarle otro gemido. Fue placentero y doloroso. Su suspiro en
voz baja se convirtió en un largo gemido cuando Ty salió, dejando tras de sí un
hueco dolorido.
Ty se arrastró sobre el cuerpo de Zane para besarlo de nuevo, lenta y
lánguidamente, antes de tirarse a su lado con un gruñido, saciado y sudoroso.
Todavía jadeando, Zane cerró los ojos, sintiendo como si hubiera perdido la cabeza
mientras sacudidas irregulares de sensaciones continuaban disparándose a través
de él.
—¿Por qué no vas a conseguir una toalla? —bromeó Ty en la oscuridad.
Zane le hizo callar en voz baja, sumergiéndose en las secuelas de la gran
explosión. Maldita sea. ¿Cuando le había follado Ty tan bien por última vez? Se
mordió el labio y apretó la mejilla contra la sábana, relajándose un poco y apenas
respirando. Todavía le aterraba la forma que Ty podía hacerle sentir, el modo que
la necesidad podía convertirse en absoluta desesperación.
—Mmm. —Ty se movió, rebotando en el colchón mientras se apartaba y
aplanaba lo que tenía que ser un bulto.
El sonido de contrariedad hizo sonreír a Zane. Se sentó y se acurrucó contra
Ty, las manos sobre él para encontrarlo. Se inclinó y le besó la comisura de la boca.
—Mejor —ronroneó Ty mientras giraba la cabeza,
Zane sonrió con ironía y se inclinó de nuevo, esta vez presionando los labios
en la comisura del ojo, luego acariciando su sien con la nariz. Con un suspiro, se
tumbó y rodó de lado, Ty le siguió para envolverse a su alrededor desde atrás
como si hubiera estado coreografiado. Si se quedaban así el tiempo suficiente, sus
cuerpos juntos y olor a sexo impregnando las sábanas, Zane sabía que follarían de
nuevo.
No es que fuera a quejarse.
Pero oyó a Ty exhalar satisfecho, y en cuestión de segundos su respiración
se acompasó con el cuerpo relajado, y se quedó dormido con Zane cuidadosamente
acurrucado en sus brazos.
Antes de dormirse él mismo, se quedó tumbado, saboreando
conscientemente el abrazo y los pensamientos ociosos de lo feliz que estaba de
estar allí cada noche, en brazos de Ty.
Capítulo 11
Ty se sentó y observó a Nick y Digger discutir sobre la diana, tenía la
barbilla apoyada en la mano mientras se inclinaba sobre la mesa. Estaba sonriendo
torcidamente sin importarle que lo estuviera haciendo. Este era el libro de jugadas
que solían seguir. Salir, empezar a beber en algún antro agradable y respetable,
luego, entrar en una discusión sin sentido sobre algo estúpido que crearía el caos a
su alrededor y, finalmente, conseguirían que los echaran.
En este momento el debate era si la punta del dardo había dado en el verde
o en el rojo. Por supuesto que el dardo había sido arrancado hacía unos minutos,
así que era un argumento sin sentido y tanto Digger como Nick lo sabían. Ambos
sonreían mientras se llamaban mutuamente nombres creativos y apuntaban sus
dardos a la cara del otro.
Ty sonrió ampliamente mientras los observaba. La camarera le rozó el
hombro y puso una cesta llena de alitas de pollo en la mesa. Él la miró y asintió.
—Gracias —murmuró.
Ella sonrió y le puso una mano sobre el hombro.
—¿Necesitáis algo mas chicos? —preguntó, manteniendo la mano allí
mientras se movía detrás de él.
Ty arqueó una ceja mientras miraba al otro lado de la mesa a Owen y Kelly.
Ambos respondieron a la camarera con sacudidas de la cabeza y murmuraron:
—No, señora.
Ty sacudió la cabeza también y estiró el cuello para mirarla.
—Gracias, cariño —dijo en voz baja.
—En cualquier momento, cielo —respondió ella, el tono insinuante de las
palabras era difícil de pasar por alto. Sonrió mientras dejaba que su mano se
deslizara sobre su hombro y se alejó. El toque se sentía bien, y Ty se permitió
disfrutar de la atención. Sin embargo, no respondió a ella como lo hubiera hecho
un año atrás.
Nick silbó por lo bajo mientras sacaba su silla y se sentó con un golpe al
lado de Ty.
—¿Y tú a que esperas? —preguntó a Ty mientras observaba a la bella
camarera alejarse.
Ty inclinó la cabeza hacia ella con admiración mientras se movía a través
del bar lleno de gente, luego suspiró y se volvió hacia la mesa, apoyando los codos
en la parte superior de madera llena de marcas y alcanzaba un palito de apio de la
cesta de alitas.
—Supongo que soy más lento en mi vejez —les dijo con ironía antes de
morder el apio.
Nick levantó una ceja incrédulo y se inclinó más cerca. Ty le observó y
apartó la mirada rápidamente antes de que el hombre pudiera leer algo en su
rostro. Sin embargo, Nick le conocía demasiado bien. Sabía cuándo decir
gilipolleces.
—Cuéntanos –ordenó Nick, con una amplia sonrisa.
Ty le miró, tratando de juzgar su estado de ánimo. Esta era la oportunidad
perfecta para decirles a Nick y a los demás la verdad. Había estado cerca de
confesarselo a sus mejores amigos docenas de veces a lo largo de los años,
diciéndoles que era bisexual o incluso que a medida que se hacía mayor, estaba
empezando a darse cuenta de que definitivamente prefería los hombres a las
mujeres. El miedo a ser expuesto y expulsado de las fuerzas armadas y luego
simplemente el miedo a perderlos, sobre todo a Nick, siempre le había detenido.
Pero el ejército estaba detrás de él, y si eran los hombres que Ty pensaba que eran,
no les importaría. Se recordó que si podía decirle a Zane que lo amaba, podía hacer
casi cualquier cosa.
—¿Grady? ¿Qué es lo que no nos estás contando? —preguntó Nick en voz
baja.
Ty se estremeció.
—Nunca fui bueno en ocultarte mucho –dijo con resignación. Nick se echó a
reír, sacudiendo la cabeza. Ty contuvo el aliento y miró a los demás.
—Garrett y yo…. —se puso la palma de la mano bajo la barbilla y se la
limpió, echando un vistazo a la mesa nerviosamente y luego mirando a Nick
mientras trataba desesperadamente de no echarse atrás. Los ojos verdes de Nick
estaban sobre él, mirándolo con una mezcla de confusión y preocupación—. Somos
un poco más que compañeros.
Nick negó con la cabeza, las líneas de expresión más profundas.
—No entiendo, tío. ¿Qué significa eso?
Ty inhaló tembloroso y giró la botella de cerveza en sus manos
compulsivamente mientras trataba de decidir cómo redactar su respuesta.
—Estás diciendo que eres… que, ¿trabaja en operaciones encubiertas
contigo? —preguntó Kelly.
Ty se quedó inmóvil.
—¿Cómo sabes eso?
—¿Saber el qué? —respondió Kelly con un parpadeo inocente.
—Ty, concéntrate —murmuró Nick.
Ty sacudió la cabeza y trató de tragar. Su boca se había quedado
completamente seca. Kelly y Digger se rieron, tomando su silencio como tímido en
vez de estar enfermo de los nervios.
Nick resopló.
—Ty, vamos. Estoy demasiado borracho para leerte la mente esta noche.
Ty cerró los ojos y sonrió, saltó de la repisa como siempre había hecho.
—Estamos follando –dijo con franqueza, no se sorprendió cuando la
admisión pública hizo que su estómago se revolviera aún más con los nervios.
Miró a los otros tres, y luego a Nick, sin aliento mientras esperaba sus reacciones.
Todos le estaban mirando, sorprendidos.
—¿Me estás jodiendo? Porque no es gracioso —espetó Nick.
Ty tragó saliva y apretó la mandíbula. Un temor frío comenzó a asentarse en
el pecho. Si Nick no manejaba esto bien, Ty no sabía lo que haría. Los otros
seguirían a Nick. Sacudió la cabeza.
—Mortalmente serio —murmuró, la voz salió un poco más fría.
—Lo que… ¿estás diciendo que eres gay? —Preguntó Digger lentamente,
como si tratara de unir los términos con la información que no entendía muy bien.
Ty tragó con dificultad y se mojó los labios. Tenía las entrañas revueltas
como si realmente estuviera en caída libre. Se inclinó hacia delante. No podía leer a
ninguno de ellos, y eso solo le preocupó un poco más. Asintió de todos modos.
—Si. Eso es lo que estoy diciendo.
Contuvo la respiración mientras esperaba que alguno de ellos reaccionara, y
se tomaron su tiempo.
Nick miró a Ty un minuto completo antes de apartar la vista.
—Bueno —dijo lentamente, obviamente, todavía pensando en la manera de
responder—. Estoy un poco sorprendido –decidió finalmente con una risa
incómoda.
Hizo un gesto con la mano por encima del hombro, apuntando con su dedo
pulgar en dirección a la casa de Ty.
—¿Y él es lo mejor que puedes encontrar? —preguntó con una sonrisa cada
vez mayor mientras miraba de reojo a Ty.
Este se le quedó mirando, sorprendido por la aceptación relativamente fácil.
—Tonterías —dijo Owen repentinamente. No parecía sorprendido en
absoluto, simplemente enojado.
Ty bajó la cabeza y miró al otro lado de la mesa, esperando la reacción que
había temido y que sabía que al menos uno de ellos tendría.
—Owen —dijo Nick con una leve sonrisa. Extendió la mano sobre la mesa
—. ¿Qué importa, tío? —preguntó de buen humor.
—Es una tontería –repitió Owen con una sacudida de la cabeza.
—No —dijo Ty en voz baja.
—¿Todos estos años en el campo y sabías esto? —Preguntó Owen
airadamente.
Ty ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos sin decir una palabra. Nada de lo
que dijera o hiciera serviría para algo si Owen estaba cabreado.
De hecho, se sorprendió de que sólo fuera Owen.
—Owen, tío, no es como si fuera contagioso o algo —dijo Kelly en voz baja
mientras se recostaba en la silla. Ty le miró con cierta sorpresa, luego de nuevo a
Owen cuando el hombre se levantó de repente.
—¿Nos dices que todos esos malditos años que se supone que estabas a
nuestras espaldas sabías que eras maricón y no nos lo dijiste? –gruñó Owen.
Las cabezas comenzaron a girar.
—Jesucristo —dijo Digger airadamente mientras se levantaba y agarraba a
Owen del cuello—. ¿Cuál es tu problema, imbécil? ¡Es Grady de quien estás
hablando!
Ty simplemente suspiró y comenzó a frotar un punto de tensión en la parte
posterior de su cuello. Había estado allí durante una semana entera.
—Que se vaya —dijo Nick a Digger con calma. Digger se volvió hacia él,
con el ceño fruncido, pero soltó la camisa de Owen, dándole un pequeño empujón
simplemente para sentirse mejor.
—Me voy de aquí, tío —gruñó Owen mientras cogía su chaqueta del
respaldo de la silla tirádola hacia atrás. Se estrelló contra el suelo mientras Owen
daba media vuelta y salía del bar.
Lo vieron pasar en aturdido silencio.
—Menudo capullo –dijo Kelly finalmente con voz sorprendida.
—No te preocupes por él —dijo Nick a Ty suavemente.
Ty le dirigió una débil sonrisa y asintió.
—Lo ha manejado mejor de lo que pensé que haría —admitió.
—Gilipollas de mierda —murmuró Digger mientras levantaba la silla y la
enderezaba, luego se sentó pesadamente, sin dejar de mirar la puerta por donde
Owen había desaparecido.
—Olvídalo —dijo Nick con autoridad. Ty le miró, y Nick realmente le
sonrió y se inclinó hacia él—. Grady, nada que nos puedas contar después de tanto
tiempo me va a sorprender realmente —susurró serio, aunque seguía sonriendo.
Le tendió la mano, con la palma hacia el pecho de la misma forma que había hecho
miles de veces antes. Ty se acercó y presionó su palma contra la de Nick,
agarrando su mano y cruzando las muñecas. Acercaron las caras, una posición en
la que habían estado muchas veces a lo largo de los años, mientras se recordaban
no recibir un disparo durante una misión.
La voz de Nick fue baja y cálida cuando habló.
—Puedo ver el miedo en tus ojos. Pero me importa una mierda si eres
maricón, tío. Y me debes una disculpa por pensar que me importaría. –Ty sintió
ganas de llorar de alivio, pero logró sólo sonreír y sacudir la cabeza ante la
audacia.
—Tienes razón —admitió en un susurro—. Siento haber pensado que
podrías ser un capullo.
Nick le dio una palmada en el hombro con su botella de cerveza, y luego
soltó la mano y se echó hacia atrás. Apoyó un pie sobre la silla que Owen había
dejado vacante y tomó un largo trago.
—Entonces. Quiero decir, realmente, ¿es lo mejor que puedes hacer? —
preguntó una vez más, burlándose.
Ty puso los ojos en blanco y se tomó su tiempo bebiendo unos tragos de
cerveza.
—Le amo —respondió finalmente, mirándole directamente. Miró a Nick y
asintió con la cabeza, con los labios apretados.
—¿En serio? —preguntó Nick con sorpresa—. ¿Como, con el amor del
corazón o con el amor del pene?
Ty soltó un bufido.
—Para ser honesto, es un poco de ambos.
—Él lo sabe, ¿verdad? has dicho que estabas follando, así que ¿asumo que es
una relación? –preguntó Kelly.
—Si. Él lo sabe. –El pecho se le tensó. Era un alivio poder hablar de Zane
con alguien además de Deuce. Se mordió el labio y finalmente levantó la vista para
mirar a los ojos de Kelly.
—¿Pero? –animó Kelly.
—Le dije que le amaba después del último caso que trabajamos encubiertos
–admitió Ty con un ligero rubor.
—Vaya –ofreció Ky.
—No pude evitarlo.
—¿Pero? —repitió Kelly con el ceño fruncido.
—Cuando se lo dije, él no dijo nada. —Sus tres amigos le dieron un coro de
ruidos de dolor en respuesta.
—Mierda, tío —prácticamente gritó Digger—. Ve donde esa camarera y te
sentirás mejor.
Ty rió en voz alta y cerró los ojos, frotándose la frente con la palma de la
mano.
—Gilipollas —refunfuñó Digger desconsoladamente.
—Por lo menos no te dio las gracias —señaló Kelly con ironía.
Ty se rió antes de llevarse la botella a los labios y tomar un largo trago de
alivio. Esto había ido mejor de lo que nunca había imaginado.
—Entonces, él no siente lo mismo —preguntó Nick, confundido.
—No —respondió Ty, sacudiendo la cabeza—. No, lo siente. Simplemente
no estoy seguro de que lo sepa todavía.
—No puedes hacerlo más fácil, ¿verdad? —Preguntó Kelly, riendo.
—Apostar por la camarera lo sería —refunfuñó Digger.
Los otros se echaron a reír y hablaron, una vez más, ahogando el silencio.
Pero Nick le miraba, todavía con el ceño fruncido por la confusión. Ty
esperó que lo comentara, conteniendo inconscientemente la respiración.
—Tú le amas. Crees que él te ama, pero no lo ha dicho –dijo por fin.
Ty se encogió de hombros y asintió.
—¿Qué pasaría si estás equivocado?
—Entonces conseguiría tirar su mierda por mi balcón. Debe ser divertido.
Nick resopló, mirándolo con asombro.
—¿Cómo vives la vida sin mirar hacia atrás o hacia adelante? Dios, te
envidio.
Ty se limitó a sonreír enigmáticamente. No era la primera vez que había
oído eso. No muchas personas ni siquiera Nick, que vivía a través de su pasado
con él, o Zane, que despertaba con sus pesadillas, sabían lo difícil que era para Ty
sacudirse el pasado y el futuro y sólo vivir en el aquí y ahora.
—Entonces, han sido como dos meses, y él no todavía no lo ha manejado y
decidido si te ama, ¿no? Pero aún así estás follando. —Ty se limitó a mirarlo,
tratando de decidir si era una declaración exacta. Ellos no conocían a Zane como él.
Sabía que su compañero tenía que mirar el problema desde todos los ángulos,
analizarlo a muerte, resucitarlo y luego estudiar su cuerpo en descomposición para
ver los resultados. Sí, podría llevarle cuatro meses decidir si amaba a alguien y, a
continuación, más para decidir si era una buena idea.
A Ty no le importaba esperar.
—Que capullo —murmuró Nick mientras se llevaba la botella a los labios y
miraba hacia el bar con el ceño fruncido.
Ty no dijo nada. Se recostó en la silla y levantó los pies a la otra al lado de
Nick, cruzándolos por los tobillos. Un pie se mecía lentamente mientras bebían en
silencio.
—¿Entonces tú eres el chico o la chica? —Preguntó Digger abruptamente.
Ty soltó otra carcajada, casi soltando cerveza por la nariz.
—Eso no funciona así en realidad –logró responder.
—Entonces, ¿cómo funciona? —preguntó Kelly con su típica voz suave y
divertida.
Ty les miró fijamente un momento, sorprendido de que no sólo aceptaran la
noticia con bastante facilidad, sino que parecieran estar mostrando un interés
genuino.
Se encogió de hombros.
—Nosotros aún estamos tratando con la dinámica —dijo él vagamente.
Nunca había sido un tipo de beso y contar, independientemente de con quien
había estado. Lo sabía. No estaban preguntando por el sexo.
Estaban preguntado por la propia relación de la única manera que sabían, y
Ty no tenían respuestas para ellos.
—Él parece ser el tipo de hombre de “ponte de rodillas, perra” —refunfuñó
Digger por lo bajo.
Ty casi resopló cerveza por la nariz de nuevo. Tosió y escupió mientras Nick
le golpeaba la espalda, riendo a carcajadas. Ty cerró los ojos y sintió que se
sonrojaba mientras continuaban con la conversación. ¿Le molestaba que ahora
supieran que le gustaba ponerse de rodillas y ser follado hasta gritar? Un poco.
Siempre había sido un tipo con quien salir, el músculo a punto, el tipo al que
sabían que podían lanzar cualquier cosa y seguiría en ello. ¿Por qué ser gay tenía
que estropear esa personalidad de tipo duro?
No lo sabía. Pero en su mente, así era, hasta cierto punto. Sin embargo,
supuso que era su propio problema. O problema de la sociedad. Sacudió al cabeza,
concentrándose en la oleada de alivio. No sólo era un alivio que sus amigos más
cercanos hubieran aceptado, en su mayor parte, la noticia con gracia y facilidad,
sino también era un alivio habérselo contado. Hasta este momento, las únicas
personas que sabían que era bisexual y que se inclinaba hacia los hombres eran su
hermano y cualquier hombre al que estuviera follando. Era un gran alivio decir las
palabras. Salir, por así decirlo.
Nick le apoyó la mano en el hombro, como si le ofreciera apoyo en silencio.
Ty le miró a los ojos brevemente y asintió dándole las gracias. Sólo podía
conjeturar cómo sabía Nick que era difícil para él.
La conversación pronto se volvió hacia los dardos, la cerveza y la bonita
camarera a la que tenían la intención que alguien follara antes de que terminara la
noche. Pero a pesar de la fácil aceptación de sus tres amigos más antiguos, Ty no
podía sacudirse el dolor de la traición que había sentido cuando Owen salió de
estampida por la puerta. Había dolido, como había sabido que lo haría. Ese dolor y
la vergüenza irrazonable eran dos de las razones por las que lo había mantenido en
secreto durante tanto tiempo, incluso después de haber sido licenciado del Cuerpo.
Digger y Kelly se levantaron para echar una partida a los dardos, y Nick
acercó su silla, inclinándose hacia él para hablar en voz baja.
—Háblame de Garrett —pidió mientras apoyaba los brazos sobre la mesa.
Ty se encogió de hombros, incómodo.
—Le conociste —respondió a la defensiva.
—Si. Y tengo que decir, Ty, que pensé que tenías mejor gusto —susurró
Nick con desaprobación—. Más vale que sea un polvo fenomenal.
Ty resopló y sacudió la cabeza. Zane no les había causado mucha impresión
a los chicos, sobre todo porque había estado callado, ciego y había tenido una
semana espectacular de mierda. Pero claro, no le habían estado mirando como un
hombre, así de simple. Le habían juzgado como alguien que tenía que cuidar la
espalda de Ty. Le estaban juzgando con los ojos de un Recon. Hombre contra
Recon, los dos estaban en categorías completamente diferentes. El hecho de que Ty
confiara en Zane implícitamente no significaba que ellos lo hicieron o lo fueran a
hacer.
—Es un buen tío –se encontró diciendo Ty—. Está teniendo un mes difícil.
—Sí, lo de la ceguera —dijo Nick dubitativo.
Ty miró y trató de decirse que no se pusiera a la defensiva. Él no era
responsable de la conducta de Zane, ni era responsable de lo que pensaran los
demás de él.
Se encontraba jugando con el anillo de sello del USMC en el dedo.
—Déjame a ver si lo entiendo. Le dijiste al tipo que lo amabas, y ¿él no dijo
nada en respuesta? —Preguntó Nick, ofendido, al ver que Ty se estaba poniendo
nervioso—. Simplemente… ¿se escaqueó?
—Más o menos —dijo Ty por lo bajo. Tomó un sorbo de su cerveza para
cubrir su reacción visceral ante el recuerdo. No pudo evitar sonrojarse y una
mueca de dolor. Había hecho el tonto. Había estado seguro de que Zane no estaba
enamorado de él cuando lo dijo. Había estado seguro de que no obtendría ninguna
respuesta. Ahora habría preferido que Zane se le riera en a la cara que
simplemente dejarlo pasar. No fue hasta semanas después que se dio cuenta que
Zane todavía estaba procesándolo y analizándolo, su cerebro revuelto para
alcanzar su corazón y que sus acciones ya lo estaban diciendo alto y claro.
—¿Entonces él solo está follándote? —preguntó Nick con curiosidad—. ¿Por
qué eres un buen polvo?
Ty le miró y sacudió la cabeza. Zane nunca había hecho ningún secreto del
hecho de que estaba en esto, al menos parcialmente por el sexo. Al principio,
ambos lo habían estado.
—Deja de ser entrometido, O’Flaherty —le reprendió, odiando que las
preguntas le hicieran sentirse incómodo. Murmuró en voz baja—. Bastardo
irlandés.
—Eso es un sí —resopló Nick mientras se recostaba—. ¿Es monógamo de su
parte?
Ty se humedeció los labios y miró a Nick de nuevo, preguntándose hasta
qué punto quería saberlo su amigo realmente.
—Si. Al menos espero que lo sea, porque hemos estado haciéndolo sin
preservativo durante meses.
—Oh Dios, Ty —gimió Nick mientras se pasaba la mano por el pelo.
Ty cerró los ojos y dejó caer la cabeza hacia atrás con un suspiro, pero no
podía dejar de sonreír.
—Lo sé. —Realmente era un alejamiento de todo lo que alguna vez había
hecho, confiar en alguien tanto. Era un paso a una nueva persona, un paso que no
le importaba tomar. Pero aquí sentado con Nick, aparecían las diferencias con la
persona que había sido y la persona que era ahora. A veces echaba de menos al
hombre que había sido hacía diez años. Ese Ty había sido un completo cabrón.
Pero eso era lo único bueno que se podía decir del hombre que había sido
entonces.
—¿Simplemente estás pasando el tiempo esperando que se enamore de ti? –
Preguntó Nick, una combinación de piedad y asombro en su voz.
Ty asintió, sin vergüenza, haciendo girar su anillo de los marines una y otra
vez alrededor de su dedo. Ni siquiera tuvo que pensar en su respuesta, a pesar de
que no era exactamente precisa. Zane ya se había enamorado. Él estaba esperando
a que acabara de recorrer todos los escenarios y aplastara todos los números.
Nick se echó hacia atrás con un pequeño suspiro.
—Bueno, de alguna manera soy feliz por ti –soltó. Extendió la mano y le
acarició la cabeza a falta de algo mejor que hacer, los dos se rieron y chocaron las
botellas ante lo absurdo de la situación.
Ty estaba bebiendo su último trago de cerveza cuando Nick por fin habló de
nuevo.
—¿Eres un gran gritón abajo, verdad? —preguntó a Ty con certeza.
Este se atragantó con la cerveza que había estado bebiendo. Se levantó sobre
el asiento para inclinarse y escupir la cerveza al suelo antes de que le saliera por la
nariz. Nick se reía mientras Ty tosía y escupía. Le golpeó la espalda y ambos
comenzaron a reír ruidosamente.
—Te traeré otra cerveza —le dijo Nick, riéndose mientras se dirigía hacia la
barra.
—Cristo —suspiró Ty mientras se pasaba la mano por la cara. Nick le
conocía demasiado bien.
Un par de horas más tarde, Nick ya había entrado en los dos dígitos y,
Digger y Kelly ya habían tropezado en su búsqueda de un taxi para posiblemente
matar a Owen si podían encontrarlo. Ty iba más lento, sobre todo porque quería
ser capaz de caminar a casa esta noche, sino también porque cuanto más hablaba
Nick, más enfadado se ponía. Y estaba pensando que podría tener que sacarlo y
atarlo para evitar la violencia antes de que terminara la noche.
—¿Por qué te tomó tanto tiempo contármelo? —le preguntó Nick después
de una perorata sin sentido durante diez minutos sobre los Red Sox que casi
provocó una pelea con un tipo con una camiseta de los Orioles.
Ty le miró con sorpresa. Se sentía como un tonto por haber guardado el
secreto todos estos años, pero nadie podía predecir cómo reaccionaría un ser
querido ante tal sorpresa. Trató de pensar en una manera de ponerlo en términos
que Nick pudiera comprender mientras ardía.
—Imagina si… te hubiera dicho que era un fan acérrimo de los Yankees —
dijo a Nick con una sonrisa—. ¿Cómo habrías reaccionado?
—Esa mierda no es graciosa, Ty. No hablas en serio, ¿verdad? Pensaba que
habías crecido en Atlanta. ¡Cómo vas hacia el lado oscuro recién salido de la nada!
—Nick preguntó con verdadero horror.
Ty rió.
—¿Ves? Siempre existía la posibilidad de que pudieras reaccionar así –
explicó cuando terminó la última cerveza que planeaba beber esta noche—. Era
una perspectiva aterradora.
Nick lo miró fijamente durante un largo momento.
—Pero no eres un fanático de los Yankees, ¿verdad? —Preguntó finalmente
con cuidado.
Ty sonrió y negó con la cabeza.
—Mierda, tío —murmuró Nick. Echó hacia atrás la botella, la vació y la dejó
sobre la mesa entre ellos con un fuerte ruido—. No me asustes así.
Ty sonrió y apoyó la cabeza en la mano.
—No se lo has dicho a nadie, ¿verdad? —le preguntó Nick de repente.
Ty le miró, sólo para encontrar que Nick le miraba con tristeza. Sacudió la
cabeza.
Nick golpeó la mesa con la mano, haciendo sonar las botellas y provocando
que una volcara y rodara hacia el borde. Ty la intentó agarrar pero falló y cayó al
suelo. Rebotó ruidosamente pero no se hizo añicos.
Nick ni si siquiera se molestó en tratar de ser discreto mientras se levantaba.
—Eso no está bien, Ty —arremetió con furia—. No deberías tener miedo de
decirle a alguien quién eres o de quién estás enamorado.
—O, cálmate —instó Ty en voz baja mientras se levantaba y ponía una
mano sobre el hombro de Nick.
—¿Sabes qué? Luchaste y casi moriste por tu país —continuó Nick,
impertérrito—. ¿Lo que nos hicieron ahí fuera? Lo que nos pasó cuando ese
helicóptero fue derribado fue…
—Vale, nos vamos –dijo Ty con firmeza. Le quitó la cerveza de la mano y
buscó la billetera.
—Cada día atrapas asesinos para ganarte la vida —continuó Nick
apuntándole a la cara con el dedo. Ty resistió las ganas de levantar la mano y
agarrarle para que no le pinchara un ojo—. Si tienes que ocultar lo que eres a tus
amigos más cercanos, entonces que se joda el mundo, tío. Eso no es justo —escupió
con un gesto de la mano que casi se convirtió en un golpe de revés si Ty no se llega
a apartar rápidamente.
—Estas borracho, tío. ¿Cuántas has tomado? —preguntó Ty con un
resoplido mientras extendía la mano y le agarraba del codo para sostenerlo.
Puso unos billetes sobre la mesa y saludó a la camarera para hacerle saber
que se iban.
—¿Y sabes qué más? —siguió Nick sin responder. Ty comenzó a guiarle
hacia la puerta, con un brazo alrededor para ayudarlo—. ¿Ese Garrett? Tiene suerte
de tener a alguien como tú de compañero, y mucho más de que estés enamorado
de él. ¿No puede encontrar dentro de sí algo para devolver el sentimiento? ¿No
puede fingir por ti? ¡Bueno, que se joda también!
Ty se aclaró la garganta y apretó los hombros de Nick, acercándolo más en
caso de que decidiera seguir despotricando en voz alta. No querían problemas con
los fanáticos de los Orioles iracundos.
—Creo que tenemos que dar un pequeño paseo a casa —murmuró mientras
salían por la puerta hacia el fuerte viento del puerto. Giraron hacia la calle Fleet,
maldiciendo el frío. Pero sólo era un paseo de cuatro manzanas y Ty no estaba
exactamente preocupado por que los asaltaran.
Metió las manos en los bolsillos y trataba de no pensar en nada mientras él y
Nick empezaban a andar. No estaba seguro de que era lo que más le molestaba,
que Owen estuviera tan absolutamente indignado y enfadado porque estaba
enamorado de un tipo, o que su charla con Nick hubiera dejado a su mejor amigo
con toda esta ira y preocupación por su relación con Zane. Nick no era la primera
persona en cuestionarlo. Deuce había expresado en repetidas ocasiones su
preocupación: ¿qué pasaría si uno o ambos se cansaban del otro, que sucedería
cuando alguno acabara con el corazón roto? Excepto que Deuce había estado
preocupado por el desamor de Zane. Nick parecía pensar que sería el de Ty al
final.
Al pasar por el lado oscuro del edificio Broadway Market, Nick de pronto se
acercó y le tomó del hombro.
—Ty —dijo con urgencia.
Ty se volvió a mirarlo con desconcierto, esperando más tonterías de
borracho. O, Dios no lo quiera, otra brecha en la seguridad nacional. Pero a pesar
de los desvaríos, los ojos de Nick estaban despejados y su voz sonaba firme. Ty se
dio cuenta que no estaba borracho, después de todo. No era imposible, de todos
modos. Pero Ty no podía descifrar la mirada de los ojos de su amigo.
Había tristeza e ira. Y algo más que no pensaba que vería jamás. Anhelo.
—Me gustaría que hubieras confiado en mí con esto antes –le murmuró
Nick—. Si lo hubiera sabido, todos estos años…
Abrió la boca para decir algo más, pero la cerró de nuevo con un suspiro de
frustración. Antes de que Ty registrara lo que estaba pasando, Nick había apoyado
ambas manos sobre sus hombros y le estaba besando, allí mismo, en la calle en
medio de Fell’s Point.
Ty se balanceó, aferrándose a los codos de Nick a falta de un mejor lugar
donde poner las manos. Su instinto natural era acercarlo más y profundizar el
beso, ¡pero era Nick! Era tal vez su amigo más antiguo y más querido, besándolo
sin advertencia. Lo más desconcertante de todo, sin embargo, era que no era Zane
quien se presionaba contra él. Ty se encontró devolviendo el beso tentativamente,
mientras Nick lo abrazaba con fuerza y lo empujaba contra la pared de ladrillo
detrás de él. La culpa y la sorpresa lucharon sobre el placer de un beso realmente
increíble en los breves segundos que tardó en terminar.
Nick se apartó bruscamente de él, inhalando entrecortadamente. Ty se
encontró jadeando, inestable mientras se apoyaba contra la pared sin poder hablar
o incluso respirar.
—Si alguna vez te cansas de esperar a que entre en razón, ya sabes dónde
encontrarme —le dijo Nick sin aliento.
—Nick —susurró con suprema confusión.
—Lo siento. Fue una gilipollez –murmuró Nick. Bajó la cabeza y empezó a
caminar.
Ty se le quedó mirando un momento antes de lanzarse hacia adelante para
ir tras él.
—Probablemente debería volver al hotel en vez de… ya sabes, a casa
contigo —dijo Nick tan pronto como Ty le dio alcance. Estaba extendiendo la mano
a una fila de taxis que esperaban para llevar a la gente a casa cuando los bares
cerraran. Uno de ellos encendió las luces y comenzó a rodar hacia adelante.
—O, espera –rogó Ty mientras le agarraba del codo.
Nick se giró, lo atrajo hacia sí y lo besó de nuevo antes de que Ty pudiera
anticiparlo.
Podía sentir su cuerpo reaccionar, tanto si lo quería como si no.
Nick se adentró en su boca con un golpe de su lengua antes de apartarse
violentamente.
Nick lo apartó y le tendió la mano para detenerle.
—¡Dios! Nunca fuimos buenos en el auto­control. —No le miraba a los ojos
—. Deja que me vaya.
—Vale —acordó Ty con voz afectada.
Nick alcanzó la puerta del taxi y la abrió casi con rabia.
—Oorah, Grady —dijo con una sonrisa triste antes de desaparecer en el
coche oscuro. Ty se quedó solo en la calle mientras las luces traseras se
desvanecían en la noche.
*
*
Ty trató de decirse que no tenía que ir a casa con Zane esta noche. Era cruel
tener alcohol en su aliento alrededor de él y ya lo había hecho una vez esta semana.
Sus otras opciones eran un hotel o el apartamento de Zane, pero había estado
bebiendo, así que no podía conducir y no quería tener que coger un taxi. Sobre
todo, no necesitaba que Zane oyera la culpa, la confusión y la miríada de otras
emociones que sabía que no podría mantener fuera de su voz. Simplemente
debería llamarle, decirle que él y los chicos se quedaban en un hotel, pasar la noche
y fingir que nada que había pasado cuando se despertara con resaca.
Pero sabía que no podía hacer eso.
Cuando llegó a casa, todavía estaba en guerra consigo mismo sobre si
debería contarle lo que había sucedido esta noche.
Se había marginado no sólo a sí mismo, sino también a Zane, sin pensarlo
bien. Y luego estaba el beso.
No era como si Ty nunca hubiera sido célibe. Zane sabía que había rondado
por ahí y que no era tímido en cuestión de sexo. Pero nunca había estado con nadie
que hubiera ocultado a Zane, y desde que eran compañeros permanentemente, no
había estado con nadie más, punto. Sabía que era un simple beso, pero para él no
había zona gris cuando se trataba de sexo. O engañabas o no lo hacías.
No creía que Zane se estuviera tirando a nadie más, pero la sola idea le hizo
encogerse Parecía tan poco probable, ya que estaban juntos tanto tiempo… pero en
realidad no lo estaban. Obstáculos y compromisos les separaban todos los días:
diferentes proyectos en el trabajo, la liga de softball, las reuniones de AA, sus
carreras y las pesas de Zane, varias y diversas otras actividades fuera de turno.
Lánzalo al secreto muy necesario que envolvía su relación, y era un poco
sorprendente que todavía estuvieran juntos. Pero lo estaban, cada noche que el
trabajo lo permitía, a pesar de todo lo que trataba de dividirlos.
Ty no sabía si Zane quería su lealtad, pero la tenía no obstante. Semper Fi.
La verdadera pregunta contra la que se encontró luchando era cómo se lo
tomaría Zane cuando le hablara de esta noche. ¿Lo vería como una amenaza?
¿Chantaje emocional? No lo creía pero había descubierto que había veces que no
podía predecir cómo reaccionaría.
La casa estaba a oscuras y tranquila. Zane debía haberse ido a la cama. Una
oleada de alivio desesperado se apoderó de el y en pocos minutos estuvo sentado
en el escalón trasero con un cigarro barato y un par de botellas para ayudar a
extender el zumbido y protegerse del frío del invierno.
Incontables minutos más tarde, todo su cuerpo resonaba gratamente,
cortesía de las dos limonadas encima de la cerveza que había tomado en el bar.
Estaba lo bastante borracho para no tener que pensar demasiado en lo que
había pasado esta noche. Sostuvo el cigarro barato en sus dedos, fumándolo de vez
en cuando y exhalando anillos de humo a la oscuridad. No le gustaba fumar los
buenos cuando estaba borracho. Parecía un desperdicio.
La puerta se abrió con un crujido detrás de él, llamando su atención y cerró
los ojos cuando Zane salió. Los nervios le asaltaron de nuevo.
—¿Ty? —preguntó Zane, vacilante.
—Sí, estoy aquí —respondió de inmediato, ni siquiera se le ocurrió no
hacerlo. Todavía tenía que aprovecharse de la incapacidad de ver de su
compañero, incluso para divertirse y jugar. No iba a empezar ahora.
Zane salió.
—Olí el cigarro. ¿Os lo habéis pasado bien?
Ty bajó la cabeza mientras otra oleada de culpa, ira, arrepentimiento y deseo
le recorría. Era un montón de emociones confusas que no estaba seguro de como
manejar y el alcohol no ayudaba. Miró hacia atrás y le dio otra calada al cigarro,
inhalando el humo fragante y luego exhalando profundamente. El humo se
arremolinó delante de él.
—Me he marginado esta noche —dijo a Zane con voz ligeramente
sorprendida.
Zane abrió lo ojos mientras su mirada desenfocada se movía en su dirección.
—¿Qué?
—Se lo he contado —dijo Ty con la misma voz sorprendida mientras le
miraba—. Sobre nosotros. Había una bonita camarera y…. —Sacudió la cabeza y
miró a un lado, como si tratara de averiguar cómo había ocurrido—. Les dije que
no estaba interesado —trató de explicar antes de ponerse el cigarro entre los labios
de nuevo. Bajó la mirada, avergonzado de tener que decirlo de nuevo—. Me
pincharon y les conté que estaba enamorado.
Zane se movió incómodo mientras deslizaba las manos en los bolsillos.
No llevaba chaqueta, sólo una delgada camisa de manga larga.
—¿Cómo se lo tomaron?
Ty sacudió la cabeza, mirando el cigarro con una pesada sensación que se le
asentaba en el fondo del pecho. No podía sacudirse el recuerdo de la mirada de
disgusto y el enojo en la cara de Owen.
—Owen se largó del bar —respondió con voz ronca, apartando esos
sentimientos para otro día—. Al parecer, ser gay te hace incapaz de tener a alguien
a tu espalda en una pelea —dijo con amargura. Los hombros de Zane se pusieron
rígidos y frunció el ceño, apretando los labios. Ty asintió, se ruborizó y apartó la
mirada de Zane—. Los otros se lo tomaron bastante bien —continuó, tragando con
dificultad—. Kelly estaba… muy interesado en la logística. –Tomó otro largo trago.
No planeaba contarle lo que los otros hombres pensaban de él. Sabía que Zane no
había estado en su mejor forma cuando los había conocido. Sabía que no habían
visto al verdadero Zane, al que Ty amaba.
Cerró los ojos, el calor atravesándolo una vez más al recordar la forma en
que los labios de Nick se habían sentido contra los suyos. El abrazo se había
sentido bien, en cierto modo, al mismo tiempo que se sentía mal estar besando a
alguien aparte de Zane.
Pero hacía dos años si Nick le hubiera besado así….
Ty sacudió la cabeza para alejar esa línea de pensamiento. Podía torturarse
sin fin con incertidumbres y preguntas. ¿Debería contarle a Zane lo que había
sucedido? ¿Sonaría como una amenaza? ¿Parecería como si le estuviera dando un
ultimátum? ¿Dime que me amas también, o me voy?
No quería eso y nunca lo haría. Pero no contarle el beso se sentía igual de
mal. Se sentía como… engañar.
—Nick me besó —le espetó a Zane mientras le miraba a los ojos.
Zane se congeló por completo, como hacía cuando estaba muy molesto… o
muy enojado. Luego inclinó la cabeza un poco, el movimiento indicaba que quería
que Ty siguiera hablando.
Ty sacudió la cabeza, todavía un poco incrédulo por la historia que estaba
contando. Estaba seguro de que no habría sido capaz de hacerlo si Zane realmente
pudiera verle.
—Estábamos caminando a casa porque él estaba algo… pensé que estaba
borracho, pero… —Se calló y sacudió la cabeza de nuevo, incapaz de mirar a los
ojos ciegos de Zane mientras se le ruborizaban las mejillas—. En un momento
estaba despotricando sobre poner en riesgo tu vida por tu país y ser incapaz de
decirle a tus amigos la verdad, y al siguiente me estaba mirando… y me besaba —
divagaba sin poder evitarlo, contando la historia con una variedad de gestos de la
mano y miradas impotentes a Zane.
—¿Y luego? —Preguntó Zane en voz baja.
Ty le miró con la cara en blanco, preguntándose por la reacción sin emoción.
Era como si estuviera contando otra noche en la ciudad con su compañero, en vez
de contarle a su amante un beso que había compartido con otra persona. Sabía que
así era como Zane reaccionaba cuando algo le devastaba, bloqueándolo, pero aún
así le dolía profundamente. ¿Por qué tenía que esconderse de él?
Le llevó un largo y doloroso momento apartar la sensación que le revolvía el
estómago.
En algún lugar por ahí Nick O’Flaherty estaba acostado en una cama de
hotel solo, preguntándose si había hecho lo correcto, con la esperanza de que Ty le
llamara, con la esperanza de que no le llamara, pensando en lo que podría haber
pasado si sólo se hubieran contado la verdad hacía ocho años, cuando fueron
dados de baja en el servicio. En algún lugar había un hombre para el que Ty no
tenía que presentar un frente de fuerzas. Alguien contra el que no tenía que luchar
día a día. Alguien que siempre le había gustado y respetado.
Alguien de quien no estaba enamorado pero al que sin duda podría follar
hasta la salida del sol cada noche y, sin duda, sería feliz y libre de la angustia
durante el resto de su vida. Nick y Zane eran tan diferentes como el sol y la luna.
Ty se puso el cigarro a los labios y aspiró lentamente, sus ojos se
desenfocaron mientras contemplaba las luces de la ciudad. No podía decirle a Zane
lo que Nick había dicho en realidad. Cuando se cansara de esperar a Zane.
Revelaba demasiado sobre él y lo bien que conocía a su perseverante compañero,
cuánto tiempo pasaría esperando. A Zane se le debería permitir la ilusión de que
todavía tenía secretos, ¿verdad?
Levantó la vista hacia él con cautela. Tenía las mejillas sonrojadas, y una ola
de inexplicable soledad le atravesaba.
—Sólo dijo que sabía dónde encontrarlo.
Cuando Zane se encogió, Ty alcanzó a ver la emoción que le cruzó el rostro.
Podría haber sido el dolor, pero podría fácilmente haber sido ira. O celos. O su
propia imaginación de borracho. No hacía que sintiera mejor.
—Habéis sido amigos desde hace mucho tiempo —dijo finalmente Zane, su
voz evasiva.
Ty bajó la cabeza y los cerró los ojos mientras fumaba el cigarro barato.
Había agonizado sobre si decírselo, y ahora a Zane no parecía importarle de
una manera u otra. Eso, o estaba ocultando sus emociones detrás de esa misma
maldita máscara, y ¿para qué? ¿Alguna vez llegaría al punto en el que
simplemente podía estar con él y no ocultar nada?
—Sí —murmuró por fin tristemente.
Ty se quedó donde estaba, sentado en el escalón inferior con la cabeza
colgando, con miedo de moverse o abrir la boca de nuevo por lo que pudiera hacer
o decir. Había puesto tanto de sí mismo en la línea en las últimas semanas,
recibiendo tan poco a cambio. Menos que nada, en realidad, ya que había perdido
a un viejo amigo y ganado una gran cantidad de nuevos problemas.
Cuando Zane cambió de posición y abrió la puerta mosquitera para poder
volver al interior, dejando a Ty a solas en el porche, este no pudo dejarlo ir.
Maldición, necesitaba a alguien que le permitiera ser débil sólo una vez, que
alguien le permitiera romperse.
—¿Zane? —Dijo Ty tembloroso, con voz angustiada y triste. Inhaló
profundamente, tratando de recuperar el control de sus emociones. Una cosa sí
sabía con certeza: se pondría de rodillas y le rogaría a Zane que no lo dejara solo
esta noche. Dejó escapar una bocanada de aire, y cuando habló, su voz era
tranquila—. Sé que huelo a cerveza barata y humo de cigarro —dijo mientras
miraba hacia la noche—. Pero yo solo… —Bajó la cabeza y cerró los ojos con
vergüenza, incapaz de terminar la solicitud.
Por un momento se hizo el silencio, y luego el crujido y el chasquido de la
puerta mosquitera al cerrarse. Los zapatos de Zane rasparon en el hormigón de la
escalinata. Se quedó allí, esperando.
—¿Tú solo qué? —preguntó, su voz ronca en el aire de la noche.
Ty volvió la cabeza, conteniendo la respiración. Su zumbido se había ido
hacía tiempo y su cuerpo estaba temblando por los nervios y las emociones que
por lo general ignoraba o evitaba. Podía sentir su respiración, desigual y difícil, y
sabía que su corazón le latía con fuerza. Pensó que tal vez Zane sería capaz de
sentir su pulso acelerado si estuviera más cerca.
Muchas veces se había mordido la lengua, avergonzado de abrirse a él.
Muchas veces había elegido ser un cabrón, el que supuestamente no sentía nada, la
roca para los cambios de humor más volátiles de Zane. Había funcionado para
ellos. Había funcionado para él. Ahora parecía que el castillo de naipes se
derrumbaba a su alrededor, y estaba tan cansado de ocultarse como de que Zane
hiciera lo mismo.
Cerró los ojos y tomó una respiración profunda y calmante, se puso de pie y
se volvió para mirar a su compañero.
—Realmente necesito un amigo esta noche, Garrett —dijo con voz ronca,
decidido a evitar romperse, al menos por esta noche. Al menos hasta que Zane
recuperara la vista y pudieran dejar este capítulo atrás—. ¿Crees que puedes
manejar eso por mí?
Después de un momento de silencio, Zane dio un paso a un lado, abrió la
puerta y le tendió la mano.
*
*
Se tumbaron de lado, Zane detrás de Ty con el brazo sobre su cintura
mientras esperaba que su respiración se ralentizara y su pulso se calmara. Ty le
había sorprendido esta noche. Le había asustado.
Salir con su equipo Recon, y luego admitir que estaba enamorado, Zane no
podía ni imaginar siquiera qué tipo de presión había sentido Ty.
Y encima de eso, ¿admitir a quien amaba? Zane estaba seguro de que no
había ido tan bien como Ty había insinuado. Eran sus mejores amigos, pero les
había escondido un secreto muy importante durante mucho tiempo, y el hombre al
que decía que amaba era un desconocido para ellos. No era la mejor de las
situaciones.
Y Nick. Nick, que le invitó a cenar con el resto del equipo Recon. Nick, que
había sido el mejor amigo de Ty desde el campo de entrenamiento, quien entendía
lo que Ty había vivido y cómo tratar con él. Quién había oído hablar de Zane y
había hecho su propio movimiento para dar a Ty una alternativa.
Sabía por qué. Mientras apretaba los brazos alrededor de Ty y presionó la
frente contra su hombro, sabía por qué.
Había deseado a Ty desde que lo había conocido, y cada vez que el caos se
había estrellado sobre ellos, la separación después del caso de Tri­State, la
experiencia cercana a la muerte de Ty en las montañas, el peligro en el crucero,
incluso Ty diciéndole que le amaba, esa unión se había vuelto más intensa, a pesar
de todas las dudas, el miedo y la debilidad que Zane tomaba en consideración.
Pero el apego de Nick a Ty podría ser aún más fuerte.
No creía que pudiese soportar perder a Ty ahora. Amaba a Ty.
Dolorosamente. Desesperadamente. Pero ahora no era el momento de sacar
la cabeza del culo y admitirlo, no después de lo que Ty había dicho esta noche. Lo
vería como una reacción a la presión externa, no como un sentimiento honesto
desde el corazón, y apartaría sus palabras como la primera vez que las había dicho,
bailando lento en los brazos de Ty.
Mientras sus ojos ciegos ardían, Zane pensó muy seriamente que podría
llorar.
Capítulo 12
La mañana siguiente era domingo, y Ty se dirigió al hotel para despedirse
de Nick y los demás. Ya era hora de que se fueran y, aunque no había sido capaz
de pasar mucho tiempo con ellos, había demasiado que hacer para que se sintiera
cómodo con ellos en la ciudad. Por no hablar de las ramificaciones de su confesión.
Owen no habló con él, evitándole bajo la excusa de empacar a última hora. Ty tuvo
problemas para mirar a los ojos de Nick, pero se obligó a hacerlo, reconociendo la
misma torpeza en su mejor amigo.
—Ty —dijo Nick incómodo cuando lo llevó a un lado—. Lo siento. Lo que
hice, fue una mierda y egoísta, y me gustaría poder retirarlo.
—No te preocupes por eso –respondió Ty, deseando que Nick fingiera que
nunca había sucedido, al igual que muchas de las otras cosas de las que nunca
hablaban.
Nick sacudió la cabeza.
—Yo sólo necesito… decirte esto, ¿de acuerdo? —Ty asintió con temor,
preguntándose qué podría ser más difícil para Nick que contar todo lo que había
sucedido la noche anterior—. Yo te he amado desde el día en que te sentaste a mi
lado en el autobús a Parris Island —soltó Nick.
Ty parpadeó, incapaz de hacer nada más.
—Iba a decírtelo cuando terminamos nuestro último servicio. Lo planeé
todas las noches en mi cabeza. —Ty empezó a hablar, pero Nick lo detuvo—. Pero
entonces el helicóptero cayó al suelo. Y… lo qué nos pasó…
Ty cerró los ojos, inmediatamente asaltado con recuerdos que había pasado
años reprimiendo. Lo golpearon como un golpe físico. Destellos de cadenas y
armas melladas, rompiendo el yeso en una celda oscura, haciendo marcas en el
techo tan bajo que no tenías que estar de pie para llegar a él.
Nick dejó de hablar.
Ty abrió los ojos para encontrar la misma mirada atormentado en los ojos de
Nick que la que podía sentir filtrándose a través de sí mismo.
—Siempre voy a ser tu amigo, Ty —Nick prácticamente se quedó sin
aliento. Se abrazaron, un temblor los atravesó a los dos antes de soltarse.
Lo que habían pasado juntos, no había nada que pudiera romper ese
vínculo. Tampoco había nada que pudiera convertir ese vínculo en otra cosa, y en
ese momento, los dos lo sabían.
Cuando llegó la hora para que cogieran el autobús al aeropuerto, todos se
estrecharon las manos y se abrazaron, Owen dijo adiós tieso y Ty les despidió con
una sensación de hundimiento en la boca del estómago.
Nada se había resuelto pero sabía que tendría que tratar con ello más tarde.
Sólo uno o tres problemas personales más que tenía que empujar a un segundo
plano debido a su trabajo.
Zane parecía alicaído y no tenía mucho que decir cuando Ty llegó a casa, y
por primera vez, Ty estaba demasiado cansado para tratar de llegar a su oscuridad
y sacarlo. Se fue a la cama temprano, se durmió antes de que Zane se metiera
debajo de la sábana y se envolviera a su alrededor.
Al día siguiente se dirigió de nuevo al trabajo, algo que temía por primera
vez desde el funeral de Jimmy Hathaway años antes
—Grady, bienvenido. Espero que hayas permanecido fuera de los
problemas, y de la prensa, durante el largo fin de semana —dijo McCoy cuando Ty
se detuvo en la puerta de su oficina.
Ty asintió, tranquilo. Una mala semana sólo había empeorado, y no estaba
de humor para ser ingenioso un lunes por la mañana.
—Hemos revisado todas las pruebas sobre las pudimos poner las manos y
hay toda clase de papeleo por hacer. Le dije a Clancy que dejara algunos en tu
escritorio. Algo muy emocionante a lo que volver, ya lo sé —dijo McCoy, con la
voz de disculpa—. Tenemos una nueva reunión con Delitos Financieros esta tarde
para tocar la base de clientes potenciales para los crímenes combinados, y luego
tengo una consulta con un equipo de la Lucha contra el Terrorismo.
—Genial —dijo Ty sin entusiasmo. Le resultaba difícil concentrarse o
preocuparse por el trabajo. Su compañero todavía estaba fuera de servicio, y
cuanto más tiempo pasaba, más empezaba a temer que la ceguera de Zane pudiera
ser permanente. Además de eso, no le gustaba estar en la periferia de una
investigación que le involucraba directamente. Era estresante tener su destino en
las manos de alguien más, no importaba lo buenos que fueran en sus trabajos. Y
luego Nick había divagado y besado, desenterrando cosas que sólo veía en sus
pesadillas.
Ty se pasó la mano por el pelo y se volvió para dirigirse a su escritorio.
Tal vez el papeleo fuera bueno hoy.
—Hola, Ty. Mac me puso algunos… archivos… ¿Estás bien? –le preguntó
Michelle Clancy una vez que llegó al conjunto de mesas del equipo donde ella se
sentaba con Perrimore, Alston y Lassiter.
—Sí —contestó con un gesto brusco. Se sentó de golpe y le dio a la silla un
momento para protestar por ser utilizada, luego se reclinó y se frotó la cara con
fuerza.
Clancy le miró de reojo, pero por suerte se sentó en su escritorio y se puso a
trabajar en lugar de seguirle.
—Mac me ha puesto como enlace con los Delitos Financieros en lugar de
que vengan y anden por toda la oficina molestando –dijo ella.
—Mis condolencias —gruñó Ty.
—Sigue tratando de manteneros a ti y a Garrett fuera de los focos. ¿Has oído
algo de Zane? ¿Cómo está? —preguntó Clancy preocupada.
—Está ciego —respondió Ty con una voz casi cruel. Levantó la vista hacia
ella, no quería ser desagradable, pero sabía que lo sería si ella seguía hablando. No
necesitaba el recordatorio.
Clancy se encontró con sus ojos, los labios apretados con disgusto, pero o
sintió la crisis inminente emanando a tres metros de distancia o simplemente
decidió que no quería saber. Volvió a sus papeles sin decir una palabra.
El equipo trabajó en silencio, preguntas tácitas colgaban pesadas en el aire y
un compañero del equipo brillaba por su ausencia. Un buen par de horas más
tarde, con Ty bien metido en los montones de papeleo, entró una llamada.
—¡Tenemos otra detonación en Inner Harbor! –La voz de McCoy rompió a
través de la sala en silencio—. ¡Activar protocolo de respuesta de los bancos!
Los dos equipos de agentes y otro de personal de apoyo, unos trece de los
veinte en la oficina, estallaron en movimiento con un propósito. Ty cogió la
cazadora y se la puso mientras se dirigía hacia las escaleras con todos los demás.
La oficina no estaba realmente preparada para respuestas de emergencia de este
tipo, pero se las arreglaron. Las furgonetas en el sótano estaban llenas de armas,
equipo táctico y todas esas cosas divertidas que generalmente mataban gente. Se
apilaron en tres furgonetas, en dirección a tres bancos separados que se habían
señalado como los objetivos más probables. Todo muy lejos de Inner Harbor.
Los ladrones de bancos estaban tratando de dividir y vencer como los
aliados en la Segunda Guerra Mundial, obligando a Alemania a luchar en dos
frentes.
Cualquier mente militar sabía que una guerra de dos frentes era casi
imposible de ganar, y eso era lo que las autoridades de Baltimore habían estado
luchando.
McCoy había ideado un plan propio de respuesta. Tenía miembros
voluntarios de su propio equipo de división criminal, miembros que no
participaban ni en la respuesta de emergencia a una amenaza de bomba o a la
escena de un robo de un banco, y había formado cinco grupos de trabajo
especiales, en colaboración con el Grupo de Trabajo Conjunto de Terrorismo
Maryland, con el apoyo de la División de Campo de Baltimore del Grupo de
Inteligencia.
La respuesta correcta a la siguiente amenaza de bomba sería vista, pero esos
equipos especiales, compuestos por una mezcolanza de agentes y policías de
diferentes agencias, responderían a objetivos pre­seleccionados, basándose en
dónde estaba la bomba.
Tenían actualizaciones sobre el atentado en el camino. Dos tiendas voladas
en pedazos, varias con daños colaterales. Ninguna advertencia, ninguna
evacuación. Incontables heridos, y todos contuvieron el aliento con cada anuncio, a
la espera de oír hablar de las bajas.
Ty cerró los ojos y bajó la cabeza. Se había prometido a sí mismo y todos los
de Baltimore que detendrían a estos monstruos, pero lo único que había hecho
había sido enredarlo, convertirse en objetivo, convertir a Zane en objetivo, incitar a
los de las bombas y, aparentemente hacer que los ataques fueran más personales y
los atacantes más audaces.
No podía evitar la sensación de que todo esto estaba sobre sus hombros.
La furgoneta paró, enviando al agente a su lado contra él. Ninguno de ellos
lo reconoció, sino que corrieron a abrir la puerta y se desplegaron para rodear la
entrada del banco.
Siguiendo el plan predeterminado de acción, se desplegaron para cubrir las
dos entradas y comprobar todos los vehículos presentes, uno de los ayudantes del
agente especial al cargo hizo una llamada al director antes de que un equipo
entrara.
La llamada no fue contestada. Era una especie de milagro, pero el equipo
había encontrado el banco correcto.
Ty se arrodilló detrás de la rueda de un coche de policía, un poli de la
ciudad junto a él, escuchando para obtener instrucciones. Hubo un repentino
estallido de charla, y Ty se giró, apuntando con su arma sobre el capó del coche a
la entrada al banco. Un hombre flaco con una capucha de algodón salió del banco,
sostenía una mujer como rehén frente a él con una pistola apuntando a su cabeza.
Los policías que lo rodeaban gritaron, pero Ty les oía hablar en su oído.
—Amarillo, ¿tienes un disparo?
—Negativo.
—¿Verde?
—No hay línea de visión.
—¿Rojo?
—Nada despejado.
—¿Azul?
Ty cerró un ojo, observó por la mira al ladrón de bancos. Mirando al dedo
del hombre sobre el gatillo. Descansaba sobre el protector del gatillo. Levantó la
mira, comprobando la línea de visión a la cabeza del objetivo.
—Afirmativo —murmuró en respuesta.
—Dispara.
Ty respiró con cuidado, tomándose un momento para pedir perdón.
Luego apretó el gatillo.
El cuerpo del hombre encapuchado fue lanzado bruscamente hacia atrás
cuando la bala golpeó el hombro del brazo que sostenía la pistola. No había peligro
de que disparara con el dedo en el protector y le querían vivo. Un chorro
horripilante de sangre pintó las puertas de cristal detrás de él, y la bala impactó
contra la ventana, provocando una telaraña de grietas en el cristal a prueba de
balas. El hombre dejó escapar un grito agudo cuando rebotó contra la acera. La
rehén se soltó de un tirón y corrió, dejando a los policías y a los agentes disparos
despejados. Si el hombre encapuchado levantaba el arma un milímetro, Ty le
volaría la cabeza.
Pero el arma cayó al suelo cuando el hombre rodó de espaldas, todavía
aullando y agarrándose el hombro.
Ty levantó la cabeza y vio cómo los agentes y oficiales de policía rodearon al
hombre. El policía a su lado le dio una palmadita en el hombro.
—Buen tiro, hermano.
Ty asintió con la cabeza, de pie viendo como el hombre era arrastrado hacia
la línea de la policía para ser interrogado y desenmascarado. Se llamó al banco y
respondieron de inmediato. No había nadie más allí, les dijeron. Sólo había habido
un ladrón de bancos.
Pero todo esto no podía ser obra de un solo hombre. Había habido informes
de dos a tres en cada robo, y con el de la bomba, tenían un grupo de un máximo de
cuatro. Ty se acercó a la ambulancia, con el arma sobre el hombro mientras la gente
se apartaba para dejarle paso. El hombre estaba en una camilla, llorando de dolor,
un grito tan femenino que sonaba casi como un niño. Le arrancaron la máscara
para revelar su rostro, y Ty se quedó en estado de shock.
Era una mujer. No, una chica, una maldita niña, dieciocho si estaba al día. Y
no se estaba tomando bien la herida, sollozando y con la cara roja, diciendo una y
otra vez que dolía y llamando a su madre.
—Toma esto —dijo un policía de la ciudad, deteniéndose junto a Ty. Tenía
el arma de la chica en la mano—. Ni siquiera está cargada.
—¿En qué demonios estaba pensando? —Dijo el primer policía con asombro
y disgustado.
Ty sacudió la cabeza, sin habla. Disparar a una adolescente a través de la
mira de un arma de francotirador no había estado en su lista de deseos. Se le
revolvió el estómago, amenazando con hacerle vomitar su almuerzo.
—Ha sido un tiro limpio –dijo el médico de emergencias—. Estará bien,
pero tenemos que moverla. —Levantaron a la supuesta ladrona de bancos y se
dirigieron a la ambulancia, escoltados por dos policías.
—Eh –dijo el ayudante del agente especial cuando se detuvo al lado de Ty
—. Ha sido un buen tiro. Le has salvado la vida.
Ty asintió, pero aún tenía que tragar para no vomitar. Dio un paso tras la
camilla.
—Eh —llamó a los paramédicos. Se detuvieron, mirándole con expectación.
El ayudante asintió para que le dejaran acercarse. Se paró al lado de la camilla y
miró a la chica. Tenía el rostro surcado de lágrimas, el pelo rubio despeinado y
manchado de sangre por las salpicaduras a alta velocidad del disparo.
—Eres ese tipo de la televisión —tartamudeó, todavía sollozando.
—No. Soy el tipo que te ha disparado —le dijo Ty, con voz dura por la ira.
—Se suponía que no estabas aquí —dijo sollozando histéricamente—. ¡Se
suponía que estabas en el otro lugar!
Los paramédicos terminaron la entrevista antes de que Ty pudiera
preguntarle nada más, citando sus signos vitales como demasiado peligrosos para
continuar con el estrés.
La subieron mientras Ty les fruncía el ceño, tratando de decidir qué
significaba eso de otro lugar.
*
*
—Tienen a Hannah —dijo Graham a Pierce y Ross, tan pronto como los dos
chicos entraron por la puerta—. Le dispararon, tío.
—Bien —respondió Pierce sucintamente.
—¿Qué?
—Ella era un peso muerto, hombre. ¿Por qué crees que la envié sola?
Graham miró a su antiguo amigo, sin creerle.
—¿Qué pasa con los agentes? —preguntó, con el corazón en la garganta.
Pierce negó con la cabeza, no tenía la intención de explicar que había
sucedido.
—¡Pierce! ¿Qué pasa con tu ballena blanca?
—Te dije que lo olvidaras. Él no lo vale.
—Dijiste que era Moby Dick.
—Sí, bueno, ahora es sólo un idiota, y he acabado con él.
—¿Por qué? —pinchó Graham.
—Tío, déjalo –gruñó Ross, irritado.
Pierce se volvió hacia él.
—No iremos tras esos idiotas. Estábamos viendo el banco, ¿de acuerdo?
Moby Dick es el que disparó a Hannah.
Graham frunció el ceño mientras Pierce salía furioso. No lo entendía. Pierce
había querido a Hannah muerta, pero ¿estaba molesto porque había sido el Agente
Grady quien le había disparado?
Miró a Ross en busca de algún tipo de explicación.
—Pierce le tiene miedo —murmuró Ross—. Cree que estaba equivocado y
que no es el capitán Ahab, después de todo.
Graham volvió a mirar a la puerta por donde Pierce había desaparecido.
—Creo que estaba en lo correcto la primera vez.
*
*
Ty caminaba por la sala de estar de Zane, haciendo ochos alrededor de la
mesa de café y el sofá mientras murmuraba y maldecía.
Zane se había ido. Ido.
Ty había ido a casa primero. No había habido ninguna señal de lucha, lo
que le había hecho sentirse un poco mejor. Pero tampoco había ninguna nota,
ninguna llamada, nada para dejarle saber a dónde había ido, con quién estaba, o si
se encontraba bien. Así que Ty había venido aquí en la remota posibilidad de que
Zane hubiera tratado de caminar o alguien le hubiera llevado a por ropa o algo
parecido.
Y de nuevo, nada. Ty estaba asustado y enojado. No le gustaba preocuparse
de esta manera. No le gustaba el abyecto terror que venía de saber que Zane estaba
prácticamente indefenso sin su vista. Y definitivamente no le gustaba saber que
esos chicos, esos adolescentes psicópatas estúpidos y mimados que estaban
matando a gente a diestro y siniestro, les tenían a ellos dos en el punto de mira.
Allí, de pie en el parking del banco, Ty había reflexionado sobre las palabras
de la chica, tratando de decidir que había querido decir con lo del “otro lugar”.
Habría sospechado que era incoherente, refiriéndose a la bomba de distracción.
Pero ¿dónde estaban los otros tres? ¿Por qué la habían usado a ella como
distracción?
Le había llamado la atención que pudieran haber decidido ir a por él, a por
él o a por Zane.
Había llamado, pero Zane no había respondido. En el tortuoso paseo en el
sedán del FBI a su casa adosaba, había tratado de decirse que Zane podría estar en
la ducha otra vez. Eso no había aliviado la prensa alrededor del pecho o la culpa
que sentía cada vez que los ojos azules de la chica le pasaban por la mente.
Ahora, ya no estaba preocupado porque hubiera cogido a Zane. Incluso
ciego, Zane se habría defendido si alguien lo hubiera atacado. Eso significaba que
se había ido sin considerar que Ty podría asustarse a muerte cuando se enterara.
Y eso era, posiblemente, lo peor de todo, que después de toda la mierda que
había soportado la última semana, todo lo de sí mismo que había dado y tomado,
ni siquiera garantizaba un pensamiento o una simple nota antes de que Zane se
fuera saltando por la puerta.
Rumiando y cabreándose durante otros diez minutos estaba a punto de salir
y hacer algo cuando oyó voces fuera de la puerta y luego ruidos en la cerradura.
Cuando la puerta se abrió, Ty estaba justo a un lado de la puerta, con el
arma en la mano mientras saludaba a quienquiera que entrara.
—¡Jesús! –El agente especial Fred Perrimore juró mientras se dejaba caer
sobre una rodilla, llevando una mano al arma y la otra levantada detrás de él para
detener al que estuviera a su espalda y que no cruzara el umbral.
—¿Qué pasa?
Zane.
—Dame una buena razón para no matarte —gruñó Ty peligrosamente a
Perrimore.
Perrimore abrió los ojos de par en par, grandes y blancos contra su piel
negra, y miró por encima del hombro hacia Zane, que tenía el ceño fruncido.
Perrimore volvió sus ojos a Ty, con las manos delante de él en un gesto conciliador.
—¿Porque me relaciono con el departamento de policía de Baltimore? —
intentó.
Ty entrecerró los ojos y bajó la pistola, enfundando lentamente.
—Buena respuesta –ofreció con una inclinación de cabeza. Sus ojos se
movieron a Zane—. ¿Dónde diablos has estado?
Zane enarcó una ceja, atravesándole misteriosamente con la mirada aunque
sus ojos estaban desenfocados. Se tiró de la camiseta sudada visible debajo de su
chaqueta de invierno.
—Freddy me llevó al gimnasio.
—¿Qué te ocurre, Perrimore? ¿No pudiste dejar una maldita nota? –gruñó
Ty.
Perrimore puso de pie y retrocedió hacia la puerta.
—Garrett no mencionó nada sobre tener que dejar una nota —aventuró,
mirando entre los dos compañeros.
—Sólo me fui dos horas, y se suponía que estarías en el trabajo —señaló
Zane.
—Sí, bueno, no lo estoy.
—No es como si pudiera haber ido a algún sitio solo.
—¿Se ha escapado a tu atención que puede haber alguien tratando de
matarte? —le preguntó Ty con los dientes apretados.
Zane entrecerró los ojos en lo que habría sido una mirada furiosa si pudiera
apuntar. Extendió la mano y tocó el brazo de Perrimore.
—Gracias por el viaje.
Perrimore cambió de postura nerviosamente.
—Sí, Garrett, claro. —Miró a Ty, quien le gruñó en silencio—. Sí, me voy
entonces —murmuró Perrimore mientras se giraba y se retiraba.
Zane extendió la mano para tocar el marco de la puerta y entró, moviéndose
para cerrarla tras él. Inclinó la cabeza, escuchando algo. Ty se le quedó mirando
fijamente, sabiendo que debería controlar su temperamento, pero sin estar
dispuesto a hacerlo. Llegó hasta el final.
—¿Vas a decir algo o simplemente vas a mirarme amenazadoramente? —
Preguntó Zane—. Salí un par de horas. Estaba con un amigo, un agente entrenado
que lleva un arma. La única manera de que hubiera sido más seguro es si hubiera
estado contigo.
Ty apretó los labios con fuerza y cerró los ojos, pero no ayudó.
—No me importa a donde vayas o con quien. No soy tu jodida niñera —dijo
con firmeza—. ¡Pero te tienes que tomar en serio esta situación! ¡Tienes que estar
donde dices que vas a estar cuando dices que vas a estar allí! ¡Sólo porque no
puedes ver una mierda no significa que el resto del mundo se detenga también!
—Tomar la situación en serio —repitió Zane.
—Sólo hemos atrapado a uno, ¿lo sabías?
—¿Tomártelo jodidamente en serio?
—No se sabe dónde están los demás o detrás de que van —Ty siguió
despotricando, los dos hablando a la vez y sin oír lo que el otro estaba diciendo.
Por fin, Zane gritó por encima de la voz de Ty.
—¿Has oído realmente la mierda que acaba de salir de tu boca? Créeme, ¡sé
muy bien cómo va el mundo sin mí!
—Y no importa que me haya estado partiendo la espalda tratando de
ayudarte —dijo Ty con enojo—. ¿No te importa si desaparecer me asustaría a
muerte?
Zane hizo una mueca y se frotó la sien.
—Sí, por supuesto que importa, pero…
—Pero lo que tú quieres es más importante —terminó Ty con disgusto.
Zane negó con la cabeza, y Ty le miró mientras sentía el peso de la semana
derrumbarse sobre él.
—¿Sabes qué, Zane? Se acabó –dijo con un gesto de la mano. Quieres volver
a conectar con el jodido mundo, actúa según tu propia independencia, hazlo. Pero
vas a hacerlo sin mí —gruñó al tiempo que cogía su chaqueta del respaldo del sofá
y caminaba hacia la puerta.
—¿Qué diablos se te ha metido por el culo y se ha muerto? ¡Estás
exagerando! —Zane protestó mientras extendía la mano, agarrándole del brazo por
un golpe de suerte.
Ty se volvió y arremetió, acertándole justo debajo de la barbilla.
Totalmente sorprendido, Zane perdió el equilibrio y se desplomó hacia atrás
contra las estanterías, golpeándolas con fuerza suficiente para enviar varios libros
al suelo mientras caía soltando un gruñido sobre la delgada alfombra.
Ty se volvió para dirigirse a la puerta, moviendo la mano y refunfuñando.
—Ty —dijo Zane débilmente.
—Vete al infierno —respondió Ty sin volverse. Agarró el pomo de la puerta
y tiró de la puerta principal.
—Ty —repitió Zane, un tinte real de desesperación en su voz—. Creo que
puedo ver algo.
Ty se detuvo y se volvió hacia él, con el ceño fruncido. La cara de Zane tenía
una mueca de dolor. Apretaba el talón de una mano contra la sien mientras
parpadeaba una y otra vez. Ty ladeó la cabeza y lo miró, esperando. Cuando Zane
alzó la vista, uno de sus ojos estaba totalmente inyectados en sangre, más rojo que
blanco. Seguía parpadeando como si tuviera frente a una luz brillante.
—Hijo de puta —murmuró Ty mientras cerraba la puerta y pasaba junto a él
en dirección a la cocina.
—Vuelve aquí ahora mismo, gilipollas –dijo Zane entre dientes—. ¡Esto
duele!
—Voy a llamar al médico –le espetó Ty. Agarró el teléfono y pulsó los
números airadamente, Zane no le devolvió el gruñido, sino que simplemente se
sostuvo la cabeza entre las manos, con aspecto miserable. En Ty se mezclaba el
instinto de proteger que había estado en marcha desde hacia una semana y las
ganas de darle una patada mientras se revolcaba ahí abajo. Habría apostado a que
instinto ganaría.
Después de algún chasquido, consiguió que uno de los médicos contestara,
se giró hacia Zane y le señaló con el teléfono.
—El doctor quiere hablar contigo —dijo en voz baja.
—Bastardo —murmuró Zane desde donde estaba sentado en el suelo, la
espalda apoyada contra los estantes, cubriéndose los ojos con una mano y
apoyando el brazo sobre la rodilla levantada. Buscó a tientas el receptor—. Sí —
dijo al teléfono. Después de un momento, añadió—, si. He tenido un tremendo
dolor de cabeza todo el día, hasta que fui al gimnasio.
Ty paseó, todavía echando humo y sin poder detenerse.
Al parecer, el doctor estaba disertando, explicando lo que podría estar
sucediendo.
—¿Entonces es algo bueno? —Preguntó Zane después de escuchar. Ty podía
sentir la mirada de Zane siguiéndolo. Después de una semana sin ella, se sentía
incómodamente inmovilizado, y eso sólo le enojó más.
—Está bien —dijo Zane, su tono inseguro, y colgó.
—¿Vas a vivir? —le preguntó Ty secamente mientras agarraba el teléfono.
Zane volvió lentamente la cabeza, como si temiera marearse.
—Si. Tal vez deberías haberme golpeado antes.
—No podría estar más de acuerdo. —Arrojó el teléfono hacia el sofá
mientras se movía hacia la puerta sin decir nada más.
—Ty, espera —gritó Zane, su voz dolía.
Ty respondió cerrando de golpe la puerta principal. Pensó que debía
haberse sentido un poco culpable. Pero no lo hacía.
*
*
Zane entró en su apartamento y cerró la puerta tras de sí.
Cinco horas. Cinco malditas horas sentado en el hospital para que los
médicos le miraran durante cinco minutos, una exploración con el escáner de diez
minutos, una palmadita en la cabeza y un empujón hacia la puerta. Y en todo lo
que había podido pensar era en como lo había jodido tan regiamente con Ty,
aunque hubiera sido sin querer.
Se quitó el equipo y la ropa mientras caminaba por el apartamento a la
cocina en vaqueros y calcetines, tenía la intención de conseguir una Coca­Cola y
luego una ducha de agua caliente. Cuando abrió la puerta de la nevera y vio las
cajas y bolsas de Chiapparelli sin tocar, su primer instinto fue cerrar la puerta,
gritar y tirar… algo. Pero se tragó la ira, y aunque estaba muy, muy cerca, agarró
una lata de refresco de la estantería y cerró la puerta con cuidado. No había estado
tan enojado en mucho tiempo, la cabeza le latía, sus ojos le picaban y, maldita sea,
le dolía el corazón.
Se sentó en una de las sillas de la barra y presionó la lata fría contra la
mejilla, luego la sien, luego la frente, tratando de obtener algo de alivio mientras
luchaba contra la marejada de emociones. Malestar y enojo, obviamente. Una
buena dosis de gratitud absolutamente patética y alegría frenética. Un lamento de
dolor, y un dolor aún más profundo. El conflicto estaba a punto de hacer que su
cabeza explotara.
Con un suspiro, dejó la Coca­Cola, y estaba a punto de levantarse cuando
vio la pequeña pila de correo olvidada en el otro extremo de la barra. Extendió la
mano y lo arrastró. Cupones. Un folleto de la iglesia.
Un oferta de un seguro. Un anuncio de una inauguración de lavado de
coches, otro anuncio de cenas especiales para parejas en uno de los otros
restaurantes italianos prominentes de la zona. Desplegó el último para encontrar
sólo una hoja de papel escrito rápidamente.
Pero su nombre estaba claro en la parte superior.
Zane leyó en silencio las pocas líneas cortas, y las emociones comenzaron a
burbujear de nuevo, amenazando con ahogarlo.
Sr. Garrett, Pierce Sutton es la razón por la que esté ciego. Él tiene su camioneta
también. Tiene que detenerlo antes de que mate a alguien. Por favor.
*
*
Habían pasado cuatro días desde que la adolescente había recibido un
disparo fuera del banco, y el torbellino aún estaba girando. El público estaba
alabando a partes iguales la dedicación del FBI para mantener a Baltimore seguro y
crucificando al “monstruo de gatillo fácil” que había disparado.
Sucedía que ese monstruo era el mismo agente que se había convertido en
uno de los preferidos de los medios de comunicación, pero nadie lo sabía. Y estaba
desaparecido en combate, enviado a casa para pasar desapercibido una vez más
hasta que el caso terminara. Seguía metiéndose en el medio de todos los
problemas, y Dan McCoy simplemente no podía tenerlo por ahí.
Sentía pena por Ty Grady. Por lo general, era como un gato; no siempre
aterrizaba de pie, pero tenía la extraña habilidad de girar durante la caída y, al
menos, caer sobre las cuatro patas. Sin embargo, no parecía que pudiera ganar esta
vez. Estaba a cuatro patas, de acuerdo, pero McCoy no pensaba que fuera
voluntario.
Así que le había enviado a casa, enviado un agente diferente varias veces al
día para comprobarle. Según parecía no estaba manejando demasiado bien el
haber disparado a la chica. Un agente informó que Ty había pronunciado en
realidad la frase “chico, apártate de mi césped” cuando el novato había llamado a
su puerta. McCoy sabía que Ty estaba o jugando un poco con ellos o estaba
verdaderamente traumatizado.
A decir verdad, probablemente era una combinación de los dos.
En el lado positivo, Zane Garrett había sido liberado para trabajo liviano por
el médico de la Oficina ayer por la tarde y estaba “oficialmente” de vuelta en la
oficina.
Había llamado la noche del tiroteo, después de haber encontrado una carta
dejada en su apartamento mientras él estaba ciego, una carta que les daba un
nombre.
Las huellas dactilares no fueron de ninguna ayuda, quienquiera que la
hubiera escrito no estaba fichado, así que no había manera de saber cómo había
encontrado el escritor el apartamento de Zane. Eso todavía molestaba a McCoy, así
como al equipo de Zane, quienes se habían ofrecido voluntarios para continuar con
el plan de protección.
Habría hecho falta una lucha para mantener a Zane fuera de la oficina,
órdenes del doctor o no, por lo que McCoy le había traído, su camioneta todavía
estaba MIA, lo sentó y puso sus habilidades cibernéticas a trabajar dragando
algunas fuentes más tradicionales de información, y manteniendo una estrecha
vigilancia sobre él.
Pierce Sutton resultó ser un chico y por lo tanto, en el aire, sus escasos
registros no decían que dirección podría estar usando y era difícil de precisar. La
búsqueda continuaba, como lo hacían otros aspectos de la investigación,
incluyendo la que actualmente está en la parte superior de la pila de su escritorio.
McCoy apretó un botón para llamar a Zane mientras examinaba el archivo
delante de él.
Tuvo una respuesta inmediata.
—Garrett.
—Ven aquí —gruñó McCoy mientras pasaba una página.
No obtuvo ninguna respuesta verbal, pero en un minuto Zane estaba ante
su puerta. Estaba vestido con vaqueros negros y botas con una indescriptible
camisa azul abotonada, empujando la línea de lo que estrictamente permitía el
código de vestimenta de la oficina, y todavía se veía bastante demacrado, el pelo
despeinado y la cara sin afeitar. McCoy ignoró la interrupción en el protocolo y le
hizo señas para que entrara.
—Siéntate. Necesito tu ayuda con algo. —Zane vaciló un segundo antes de
entrar y tomar una de las sillas frente a él. McCoy le miró por un momento, y luego
al archivo repartido por su escritorio. El archivo de Ty Grady. Estos dos eran como
pararrayos, y cualquier día no estaba seguro de cual podías extraer el máximo
voltaje.
—¿Estás bien, Zane?
Zane resopló silenciosamente.
—Mejor, de todos modos.
McCoy asintió, mirándole críticamente. Los ojos aún estaban inyectados en
sangre, lo suficiente para poder ver el rojo a dos metros de distancia, pero decidió
no decir nada.
—¿Sabes algo de Grady?
Zane se enderezó en su silla e hizo contacto visual.
—No desde hace unos días.
—Yo tampoco. He oído que no está manejando la situación muy bien. Tiene
su teléfono apagado, no deja que nadie le deje mensajes. Has oído que fue él quien
disparó en el banco, ¿no?
Zane se quedó inmóvil. Lo hacía a veces, McCoy lo había notado en el
pasado, por lo general porque era como un contraste con los incesantes tics de Ty.
—No —respondió Zane, su tono bajo—. Oí que tomaron una persona bajo
custodia.
McCoy asintió y empujó el archivo.
—Le dispararon con un rifle de francotirador. Fue un disparo
impresionante, la desarmó pero no la mató. Aún así, no se siente realmente bien al
disparar a una niña, por lo que mis agentes me dicen. De todos modos, no es por
eso que te he llamado. —Volvió el archivo sobre el escritorio. Las páginas estaban
cubiertas de espesa tinta negra, líneas y líneas de información suprimida.
—¿Ella? —Zane ahora estaba frunciendo el ceño profundamente—. ¿Una
chica? —Bajó la mirada al archivo, a continuación, volvió a mirar a McCoy.
McCoy lo miró con cierta sorpresa.
—¿No has oído nada de eso? Tenía diecisiete años. Todo lo que hemos
conseguido es que el cabecilla no es mucho mayor y que no sabe por qué intenta
matar a tanta gente, pero es él y le tenía miedo. También nos dio a entender que
mientras ella andaba por ahí él podría tener esto contra vosotros porque os habéis
convertido en los principales protagonistas de la persecución, por así decirlo. Me
sorprende que Grady no te haya contado todo esto. Tan pronto como lo descubrió,
salió disparado para encontrarte, para asegurarse que no fueras un objetivo
colateral durante todo el caos. —Zane apartó la mirada, hacia la ventana. A ojos de
McCoy parecía incómodo, lo cual era inusual para el ultra controlado Zane Garrett.
Pero había tenido una semana de mierda. Quedarse ciego no haría que sus
emociones fueran ecuánimes.
—No hemos hablado mucho –dijo finalmente Zane—. Tenía cosas que
hacer, y yo tenía que volver al UMMC.
McCoy asintió, satisfecho con la respuesta. ¿Quién diablos sabía lo que
estaba pensando Ty, de todos modos?
Dio unos golpecitos con el dedo sobre el archivo tachado.
—Estoy tratando de ver si hay algo en el archivo de Grady que le pueda
conectar con ese chico, pero como puedes ver, su expediente es sobre todo mierda.
Quería preguntarte si sabes algo que pueda ser relevante.
Zane miró de nuevo los papeles casi tachados por completo, luego a McCoy.
—Si ese es el archivo de Grady, no seré de mucha ayuda.
McCoy frunció el ceño.
—¿Nunca has visto su expediente?
Zane negó con la cabeza ligeramente, hizo una mueca, y detuvo el
movimiento tocándose la sien.
—No.
—Ah. Bien, deberías tomarlo y leerlo, Garrett. Grady puede ser un maldito
campo minado sobre el que caminar sin la menor idea de lo que hay allí –gruñó
McCoy mientras cerraba el archivo y se lo entregaba.
—No hay nada que vaya a ayudar a esta investigación. —Zane miró la
carpeta en la mano como si no estuviera seguro de qué hacer con ella y luego la
dejó caer ligeramente en el borde del escritorio—. Entonces hay más de ellos por
ahí, y ellos nos conocen. A Grady y a mí. Posiblemente donde vivimos. Y
probablemente anden por ahí para atraparnos –resumió con el rostro serio.
—Apostaría que si no lo estaban antes, ahora sí –le dijo McCoy sin rodeos.
Zane ladeó la cabeza, desenfocando los ojos mientras pensaba seriamente en
algo. McCoy había visto al hombre reunir datos de expedientes dispares para crear
hilos potenciales legítimos en investigaciones críticas, se preguntó qué andaba
masticando ahora.
—¿Dónde está Grady? —preguntó Zane abruptamente.
McCoy no pudo ocultar su sorpresa y confusión.
—No lo sé. En casa, probablemente. Tenemos a alguien dando vueltas cada
pocas horas para mantener un ojo sobre él. Al último equipo que intentó que se
sentara, amenazó con dispararles.
—Lo haría —murmuró Zane. Se puso de pie—. Tengo que ponerme al día
con las contingencias, pero no tardaré mucho –dijo, agitando una mano en la
cabeza—. Dolor de cabeza mortal.
McCoy asintió, mirando con curiosidad a Zane.
—No te esfuerces. Vete a casa. Haré que alguien vaya para comprobarte
también.
Zane dudó, al parecer, eligiendo sus palabras antes de decir:
—Voy a pasarme a ver a Ty. Hemos tenido una semana infernal.
—Podría ser una buena idea. Tal vez puedas aliviar su mente un poco. Fue
un tiro limpio. Nadie sabía que era una niña.
—Hizo lo que tenía que hacer. Lo que estaba bien —dijo Zane en voz baja
—.Eso no significa que no duela.
Con eso, salió de la habitación y, McCoy se dio cuenta tardíamente, sin el
archivo de Ty.
McCoy gruñó mientras fruncía el ceño a la carpeta. En su opinión, Ty tenía
más en su conciencia que el disparo de hacía cuatro días. Mucho más.
Alargó la mano y lo guardó en el cajón de su escritorio, cerrándolo.
Capítulo 13
Mientras estaba de pie fuera de la puerta de la casa adosada, Zane se dio
cuenta de lo nervioso que estaba. No asustado, no enojado. Nervioso. No había
visto a Ty ni oído nada de él desde el día que le había derribado de un golpe.
Cuatro largos, solitarios y miserables días que le habían servido para darse cuenta
de lo importante que Ty era para él. Cada noche, acostado solo en una cama fría
con una lámpara encendida para no estar en la oscuridad, había luchado por
aceptar que aunque había sido sin intención, había asustado a Ty y tenía que
disculparse. Había discutido aún más con la posibilidad de que no le diera la
oportunidad, lo que sólo había alimentado su miedo irracional a perderlo todo.
Había visto que Ty perdonaba fácilmente y lo dejaba ir, era uno de sus
aspectos más destacados de su inusual personalidad. Pero nunca le había visto lo
bastante enojado para literalmente largarse. Ni siquiera cuando se emborrachó en
el crucero. En aquel momento, Ty le había arrastrado a la piscina para ponerle
sobrio en vez de decirle que habían acabado. Luego hoy, las noticias sobre Ty y la
chica, casi le había golpeado al darse cuenta de con qué exactamente había estado
lidiando ese día.
Se pondría de rodillas y le rogaría que volviera a su antigua manera de ser,
si eso era lo que hacía falta.
Pero primero lo primero. Golpeó fuertemente la puerta.
Pasó un minuto completo antes de la cerradura de la puerta girara. Cuando
Ty abrió la puerta, no llevaba nada más que una toalla, riachuelos de agua corrían
por su pecho y brazos.
—Garrett —dijo, sorprendido.
Al ver toda esa piel gloriosa, el calor le golpeó tan rápido que perdió la
noción de lo que había planeado decir cuidadosamente. Se acercó, agarró a Ty por
la parte posterior del cuello, y le atrajo para poder besarlo.
Ty se sacudió y luchó para mantener el equilibrio. Zane se dio cuenta
lejanamente que tenía una pistola en la mano. Cuando se apartó, miró el arma que
por suerte apuntaba en dirección opuesta, y luego a Ty una fracción de segundo
antes de hacer lo que había venido a hacer en primer lugar.
Le dio un puñetazo.
Ty se tambaleó hacia atrás, demasiado sorprendido por el doble asalto para
mantener el equilibrio. La pistola resbaló por el suelo de madera, y terminó de
espaldas, la toalla milagrosamente todavía envuelta alrededor de sus caderas.
Zane estaba en la puerta, se quitó las gafas de sol y se tomó un par de
segundos para admirar la vista.
—No lo viste venir, ¿eh? —preguntó mientras colocaba las manos en las
caderas.
Ty sacudió la cabeza con violencia, como si tratara de despejarse y se apoyó
sobre los codos.
—¿Qué demonios, Zane? —Dijo con voz ronca y enojada—. ¿Hay un coche
ahí fuera? ¡La gente me está vigilando!
—Por supuesto que no hay ningún coche, lo he comprobado. Dejaron de
vigilarte después de tu amenaza de muerte —replicó Zane, entrando y pateando la
puerta para cerrarla—. ¿Tú… tú pasas todo ese tiempo cuidándome y luego te
largas? —acusó señalándole con un dedo.
—Tú…
—Me echas la bronca y luego ni siquiera me das la oportunidad de
disculparme por ser un idiota —terminó Zane, sintiendo que la frustración
comenzaba a menguar. Simplemente estar con Ty marcaba la diferencia—. ¿Pero
más que nada? Golpearme mientras estaba ciego fue un golpe bajo, incluso si me lo
merecía. —Le ofreció la mano para ayudarle a levantarse.
Ty miró la mano y luego alzó la vista con incredulidad.
—¿Se supone que eso es una disculpa? Dios, ¡eres un imbécil!
Zane le miró fijamente, demasiado consciente de lo agradecido que estaba
por poder ver su cara de nuevo. Había soñado con esto todas las noches.
—No, eso no era una disculpa. —Cayó sobre una rodilla junto a Ty y exhaló
un suspiro—. Pero esto sí: Lamento haberte asustado. No pensé y lamento que
después de todo ese tiempo que pasaste apoyándome, fueras el único que quedó
defraudado. Sé que no puedo cambiarlo, pero estoy dispuesto a hacer lo que sea
necesario para compensarte.
Ty parpadeó, obviamente sorprendido por la verdadera disculpa. Se levantó
para sentarse, mirándole sombríamente.
—Eso fue mejor —comentó con un gesto brusco—. ¿Te dolió?
—¿Ser golpeado, golpearte a ti o pedir disculpas? —preguntó Zane
tentativamente.
Ty resopló y sacudió la cabeza, mirando por la ventana delantera.
—Espero que todo duela —murmuró, disgustado. Extendió la mano y
agarró el hombro de Zane, usándole para levantarse—. ¿Cómo has llegado aquí?
¿Y por qué estás aquí, además de la necesidad urgente de ofrecer un bocadillo de
nudillos? —preguntó mientras le daba la espalda y comenzaba a caminar por la
larga casa a la cocina de la parte trasera. Su voz era baja y controlada, casi carente
de emoción. Eso significaba que estaba tratando de ocultar que estaba enojado o
herido.
Con solo darle un puñetazo, si Ty seguía enfadado con él después de cuatro
días, no tenía ni idea de qué podía hacer al respecto.
—Vengo de la oficina —respondió mientras se ponía de pie—. Me enteré de
lo que pasó en el banco.
Ty se detuvo ante el mostrador de la cocina, apoyando las manos sobre la
encimera, con la espalda hacia Zane. Estaba tenso, los músculos de la espalda y los
hombros saltando mientras agarraba el mostrador. La toalla estaba perdiendo su
batalla contra la gravedad, y era una distracción que Zane estaba decidido a
ignorar. Por ahora.
Lentamente se acercó, sin tratar de amortiguar sus pasos sobre el suelo de
madera, hasta que estuvo apenas a un paso detrás de Ty. Después de un momento
de deliberación, alargó las manos suavemente para apoyarlas sobre los hombros de
Ty. Estaba tenso como una cuerda de arco bajo sus dedos. Dándole tiempo para
reaccionar, Zane dio lentamente el último paso para sostenerle contra su pecho y
cerrar cuidadosamente los brazos a su alrededor. No tenía nada que decir. Sabía
que las palabras no ayudarían.
Ty bajó la cabeza, levantando una mano hasta colocarla sobre la de Zane. La
tensión que le cubría comenzó a disminuir, y se dejó caer.
Zane apretó su abrazo y le dio un suave beso en la oreja.
—Te tengo —susurró.
—Te ha llevado bastante —respondió Ty con una voz dura. Volvió la
cabeza, la mejilla rozando los labios de Zane.
El dolor apuñaló el pecho de Zane.
—Lo siento —susurró, apretando los brazos aún más. Quería preguntarle
por qué no había dicho nada, por qué no había llamado, pero eran preguntas
estúpidas y no arreglarían nada. Ty había ido buscándole y Zane no había estado
allí. Ese era el resultado final. Tenía que pensar en Ty ahora mismo, no en sí
mismo.
Ty sacudió la cabeza, ya fuera rechazando la disculpa o diciéndole que no
tenía que disculparse de nuevo.
—Ahora estoy aquí —dijo Zane, sacando valor del hecho de que Ty no le
hubiera apartado.
—Siguen mostrando su foto en las noticias —murmuró Ty—. Tuve que
desenchufar la televisión. Apagar el teléfono. —Por un momento, Zane se perdió,
pero luego encajó.
—¿Fue malo? —preguntó en voz baja, poniendo su barbilla sobre el hombro
de Ty.
—Le disparé a la articulación del hombro. Estaba tratando de asegurarme
de que bajara el brazo para que no pudiera apretar el gatillo. Me dijeron que
destruyó la articulación y que nunca usará el brazo otra vez.
—Pero está viva —señaló Zane suavemente.
Ty asintió bruscamente. Estaba mirando la barra con devoción. Zane le
sintió tensarse de nuevo.
—¿Qué demonios están haciendo esos malditos niños?
Zane negó con la cabeza, sabiendo que Ty sería capaz de sentirlo.
—Traté de llamarte.
—Apagué el teléfono. Mac me echó, los Sidewinder se fueron a casa —
murmuró Ty.
Zane no preguntó si había más razones, razones que le incluían.
—Tenemos una pista sobre el cabecilla. Más o menos coincide con el boceto
que dibujaste. Hemos pasado el último par de días tratando de atraparlo. No hay
nada en los registros que diga donde puede estar, por lo que no hubo suerte
todavía. Mac dijo que la niña tenía miedo de él, que no sabía por qué quería hacer
daño a la gente.
Podía sentir a Ty enroscándose como una serpiente a punto de atacar. Era
dolorosamente obvio que la ira, la frustración y la culpa y, probablemente, una
miríada de otras emociones habían estado creciendo dentro de él durante los
últimos días, posiblemente semanas. Levantó la cabeza y exhaló lentamente,
apoyando la cabeza contra el hombro de Zane mientras la tensión
inexplicablemente menguaba.
Se pasó una mano por la cara y se giró a los brazos de Zane.
—No tienes que reprimirlo —dijo este, notando inusuales círculos oscuros
bajo sus ojos.
Ty le miró a los ojos en silencio un largo momento, luego serpenteó los
brazos alrededor de su cuello y le abrazó, enterrando al cara bajo su barbilla. Zane
le abrazó con fuerza, sintiendo arder su mirada, decidido a no moverse hasta que
Ty estuviera listo.
Cuando por fin habló, su voz era ahogada, con un giro irónico.
—Siento si fui a por ti furioso.
Zane frunció la nariz.
—Podría haber sido peor. Algo bueno salió de ello —respondió, abriendo
los ojos, la inundación de alivio por poder ver todavía fresca.
—Te lo merecías.
—Sin discusión.
Ty levantó la cabeza para mirarlo, le soltó y apoyó la espalda contra el
mostrador. Parecía agotado, física y emocionalmente.
—¿Estás realmente mejor? —preguntó Ty con sincera preocupación—. ¿Tus
ojos?
Zane se relajó, a pesar de la preocupación por el estado de ánimo de su
amante.
—Todavía un poco nublada, pero casi de vuelta a la normalidad. El doctor
dijo que no se sorprendería si había un poco más de sangrado o vista borrosa. —Se
encogió de hombros mientras levantaba una mano para acunarle la mejilla—. Más
que nada, necesitaba volver a verte —susurró.
Ty recompensó la honestidad con una sonrisa melancólica.
—Yo también te he echado de menos. Capullo –giró, la sonrisa cada vez
mayor.
—Sí, me lo merezco —murmuró Zane mientras acariciaba el pómulo de Ty
con los dedos—. Podría haberte dejado un moretón aquí.
Ty puso los ojos en blanco.
—Por supuesto.
Zane se inclinó y rozó suavemente la mejilla golpeada con los labios. Ty
cerró los ojos y Zane sintió el escalofrío que le recorrió el cuerpo.
—Eso está mejor —susurró Ty, la voz áspera se había ido.
—¿Me dejarás quedarme? –murmuró Zane, rozándole la piel con los labios.
—No te dejo hacer nada, Zane —respondió en voz baja y seca. Deslizó los
dedos en su pelo—. Pero realmente me encantaría si te quedaras.
Zane ladeó la cabeza.
—El tiempo que quieras. –La diversión atravesó los ojos de Ty—.
Prácticamente te estás arrastrando.
Zane tarareó de acuerdo.
—¿Funciona?
—Estoy descubriendo que eres extrañamente atractivo –dijo Ty impávido.
—¿Qué puedo hacer para hacerme irresistiblemente atractivo?
Ty levantó la mirada como si estuviera pensando en la pregunta. Entonces
comenzó a sacudir la cabeza.
—No, demasiados recuerdos de juegos de palabras horribles.
Zane resopló, sintiendo que más de la tensión en el aire desaparecía. Casi se
tragó una respuesta frívola, pero en lugar de eso, dijo:
—Te los daré si quieres.
—No, no lo harás —dijo Ty con una carcajada.
—Lo intentaría –insistió Zane, bajando los brazos para curvarlos alrededor
de la cintura de Ty.
Ty puso los ojos en blanco otra vez, sonriendo ahora y sacudiendo la cabeza
con exasperación.
—Cristo, Zane, sólo bésame ya. –Lo hizo, gracias a Dios, sinceramente,
dejando que se filtrara en él que Ty le había perdonado. El peligro no resuelto
todavía colgaba sobre sus cabezas, pero por ahora, le tenía entre sus brazos y no
había sido echado o dejado atrás.
Ty parecía dispuesto a cooperar, devolviendo el beso lánguido, mientras sus
manos se movían bajo la chaqueta de Zane. No duró mucho antes de que se
apartara y le diera unas palmaditas en la cadera.
—Déjame hacer una llamada telefónica, ¿de acuerdo?
Zane asintió y le soltó, aunque de mala gana, mientras Ty pasaba a su lado,
rodeaba el mostrador hasta la esquina de la cocina donde guardaba el cargador del
teléfono. Desconectó el teléfono móvil y lo encendió, luego marcó y observó a Zane
mientras esperaba una respuesta.
Era difícil leer la expresión de Ty, y Zane sufrió un momento de
incertidumbre, golpeado con la sensación de que todavía necesitaba reparar algo.
La conversación fue corta.
—Hey, tío. Tengo que dejarte tirado hoy. –Bajó la mirada mientras hablaba
—. No, todo va bien. Sólo tengo que ocuparme de algo. Te llamaré más tarde, ¿de
acuerdo? Bien. Adiós.
Cuando colgó, enchufó el teléfono de nuevo, luego se inclinó sobre el
mostrador para mirar a Zane expectante.
Este resistió el impulso de inquietarse.
—¿Debo disculparme… otra vez?
Ty sacudió la cabeza.
—Deuce —explicó sin apartar la mirada—. Está en la ciudad para algo de
loqueros.
Aunque Zane estaba sorprendido y complacido al escuchar que el hermano
de Ty estaba en la ciudad, no le importaba en este momento exacto.
—No quiero hablar de tu hermano —se las arregló para decir, aunque no
del todo tranquilo.
—¿No? —preguntó Ty inocentemente. Por fin, ese destello de picardía
apareció en sus ojos. Fiel a su estilo, estaba disfrutando de estos últimos momentos
de la tortura de Zane en venganza. Perdonaba fácilmente, pero no olvidaba
exactamente—. Sólo despejé mi día, Garrett. ¿De qué quieres hablar?
Zane sabía que estaba siendo pinchado.
—Cariño —suplicó.
—Oh, eres lamentable. Bien —murmuró Ty, poniendo los ojos en blanco
mientras rodeaba el mostrador—. Déjame encontrar unos pantalones —dijo.
Acarició la cadera de Zane de camino a las escaleras.
Zane le seguía de cerca, tiró de la toalla mientras subían las escaleras.
—No necesitas pantalones —dijo Zane, comenzando a sonreír—. De hecho,
no necesitas ni siquiera esto.
Ty se giró para mirarle, de pie y desnudo en las escaleras, imperturbable.
Levantó una ceja, obviamente, tratando de no sonreír.
—¿De verdad?
—De verdad –reconoció Zane, deteniéndose y acariciándole el culo antes de
darle palmaditas y asentir hacia las escaleras.
Ty resopló tercamente.
—Está bien. Estoy harto de huellas de muebles extraños en mi culo, de todos
modos —dijo con una sonrisa pícara. Se volvió y se dirigió hacia las escaleras
mientras hablaba—. Todavía hay gente a la que le gustaría mucho matarnos, ya lo
sabes. Y compañeros de trabajo dejándose caer al azar por asegurarse de que
“estamos vivos”.
Zane sacudió la cabeza mientras le seguía.
—En este momento todo lo que me preocupa eres tú.
Ty se detuvo en lo alto de la escalera y se volvió para mirarle.
Permaneció allí hasta Zane que estuvo sólo un escalón por debajo de él.
—Deberías intentar decirlo con más frecuencia.
Zane levantó la vista para mirarlo a los ojos con seriedad.
—Lo haré. —Ty estiró una mano para tirarle del pelo, luego se giró y se
dirigió hacia el dormitorio. Zane tomó eso como una aprobación de lo que había
dicho y sonrió, luego le siguió, sin detenerse hasta que se paró en el umbral.
Reclinándose, observó el flujo ágil del cuerpo de su amante mientras este
tiraba de las cortinas en las puertas del balcón para cerrarlas y luego se volvía
hacia él en la habitación en sombras, llevando esa sonrisa suya de nuevo. Zane
pensó que podría ser un buen augurio… o muy bueno. Con una sonrisa propia, se
arrodilló y comenzó a desatarse una de las botas.
Ty rodeó la cama, retirando las mantas, rebuscando en el cajón de la mesita.
Ciertamente no dejaba nada de ropa tirada y Zane se quedó observando en lugar
de desatar las botas. Tiró de una y la arrojó a un lado, luego cambió de rodilla y
empezó con la otra. Tal vez llevaría sus zapatillas y empezaría a conducir la
camioneta un poco más, en vez de conducir la Valkyria y usar botas. Sabía que Ty
lo aprobaría. Zane levantó la mirada y Ty enarcó una ceja. Estaba de pie junto a la
cama, esperando pacientemente. Con tanta paciencia, de hecho, que era casi
sospechosa.
Distraído al verle, Zane fue más despacio mientras se quitaba la otra bota y
la dejaba caer sobre la alfombra.
—¿Qué?
Ty sacudió la cabeza.
—Sólo te espero, Navidad.
En vez de levantarse, Zane le hizo gestos.
—Ven aquí. —La cama era muy práctica, Ty podía sentarse y él podría
ponerse de rodillas y ser capaz de tocar y ver todo lo que quisiera. Si Ty cooperaba.
Ty se movió para detenerse frente a él y pasar una mano por su pelo
cariñosamente. Zane sonrió y extendió la mano para deslizar las manos por la
parte de atrás de sus muslos.
—Me has vigilado durante una semana. ¿Por qué no me dejas que te preste
atención durante un rato?
Ty ladeó la cabeza y miró a Zane con desconcierto.
—Imaginaba menos charla y más ser abordado en la cama cuando
llegáramos aquí —dijo irónicamente mientras hacía girar un mechón del cabello de
Zane alrededor del dedo—. ¿Qué tienes en mente?
Zane decidió que prefería mostrárselo a contárselo. Sin soltar las piernas de
Ty, se inclinó hacia delante y lamió una larga franja por la cara interna del muslo,
arrastrando la lengua a lo largo del lado de la polla de Ty hasta la piel suave del
pliegue de su pierna.
Ty apretó la mano sobre su cabello e hizo un sonido bajo de placer mientras
su cuerpo se tensaba. Animado, Zane dejó caer la cabeza y repitió el movimiento
en el otro lado, esta vez inclinándose más entre las piernas de Ty y rozándole con
la nariz suavemente. Le oyó contener el aliento, y ayudó a reforzar los nervios que
revoloteaban en su estómago. Esta era la primera vez que había intentado esto.
Cuando Ty apretó más la mano en su pelo, se dio cuenta de que estaba tratando
desesperadamente de mantenerse quieto.
Intentó no sonreír.
—¿Quieres sentarte? —preguntó, levantando la vista a la longitud del
cuerpo de Ty mientras articulaba las palabras junto a la gruesa erección. Ty asintió
bruscamente, pero no se movió—. Prometo que no me detendré —dijo Zane
mientras se reclinaba antes de empujarle ligeramente por las caderas. La cama
estaba sólo a dos pasos detrás de él.
Ty dio un gran paso hacia atrás y se sentó pesadamente. Su característica
sonrisa había desaparecido. Zane pensó que podría haber captado un atisbo de
preocupación en sus ojos, pero era difícil decirlo. Aparentemente Ty, o el cuerpo de
Ty al menos, aprobaba la elección de Zane de atenciones: estaba duro como una
roca y sus manos temblaban ligeramente.
—Relájate —dijo Zane mientras se movía para arrodillarse entre sus
rodillas.
—No tienes que hacer esto —le susurró Ty con una sacudida de la cabeza.
Zane apoyó un brazo sobre la rodilla de Ty y le miró a los ojos.
—Quiero hacerlo –dijo simplemente. Y quería. Había pensado en ello varias
veces, y se había convertido en casi una especie de anhelo. Un deseo que le ponía
duro cada vez que pensaba en ello. Quería estar de rodillas para Ty.
Este se recostó sobre los codos, con los ojos aún fijos en los suyos. Zane tuvo
cuidado de no romper el contacto visual mientras bajaba la cabeza, le agarraba y
lamía alrededor de la cabeza hinchada de la polla, lenta y deliberadamente. Su
estómago se revolvió en un revoltijo de nervios, necesidad, deseo y excitación.
Ty se quedó sin aliento y levantó la cabeza, cerrando los ojos. Zane podía
sentir los músculos de sus muslos tensos mientras trataba de contener sus
movimientos. Usó la mano libre para acariciarle la pierna hasta el vientre mientras
cerraba la boca sobre él y succionaba vacilante. Parecía mucho más grande cuando
estaba entre sus labios. Era una sensación extraña, la punta de la polla de Ty en su
lengua. Pero le gustaba.
Le gustaba la forma en que le llenaba la boca y la forma en que la piel era
suave contra sus labios. Incluso le gustaba el modo que podía saborearlo en la
punta de la lengua.
Ty deslizó la mano por su pelo otra vez, cerrando el puño pero sin moverle
la cabeza. Era tranquilizador, y Zane se dispuso a averiguar lo que podía y no
podía manejar, lo que le gustaba, y lo más importante, lo que le hacía estremecerse
bajo sus manos. Era cálido y húmedo, y más de un bocado, la sensación de tenerle
retorciéndose en su lengua casi acabó con él. Sentir sus reacciones le excitaron
tanto que le dolía y bajó una mano para desabrocharse los vaqueros en busca de un
poco de alivio.
Ty maldijo en voz baja, levantando las caderas ligeramente mientras se
retorcía. Zane se estremeció en reacción y se aferró a él mientras movía la otra
mano para abrirla sobre el abdomen y notar los movimientos.
—Joder, Zane —Ty jadeó, con la voz tensa. Los músculos debajo de la palma
se tensaron cuando se movió otra vez. Podría haber estado haciendo todo lo que
podía para no mover las caderas, pero era obvio que era una batalla perdida.
Zane se apartó y tuvo que limpiarse la boca con el dorso de la mano.
—Sigue adelante y muévete. No voy a dejar que me ahogues —agregó antes
de envolver la mano alrededor del eje de la polla y usar la boca para cubrir la
punta. Podía saborearle más, las extrañas especias en la lengua y gimió. Pensó que
podría gustarle que se corriera en su boca, pero no era tan valiente. Todavía.
Ty hizo eco del sonido que él había hecho, un poco más desesperado. Bajó
una mano para aferrarse a Zane, los arrastrando los dedos por su hombro mientras
levantaba las caderas de la cama.
Zane levantó la mirada para verlo, quería verlo, quería verlo todo.
Ty tenía la cabeza echada hacia atrás en la cama, con la barbilla
sobresaliendo mientras separaba los labios en un gemido. Cada músculo de su
cuerpo estaba tenso. Exhaló bruscamente y miró a Zane cuando le sintió moverse.
Se agachó y apretó la palma contra su mejilla.
Este volvió la cara hacia esa mano, frotando, y después de unos cuantos
momentos, le soltó de su boca y se lamió los labios mientras comenzó a bombear el
puño sobre la polla de Ty como sabía que le gustaba.
Ty gimió lastimeramente y se aferró a su cabello de nuevo, echando la
cabeza hacia atrás mientras se sentaba.
—Ven aquí —dijo, su voz baja y ronca. Zane le soltó y se impulsó hacia
arriba con una mueca de dolor, se levantó del suelo y se arrastró con cuidado a lo
largo de su amante.
Ty le deslizó las manos por los costados, debajo de la camisa, empujándola
mientras sus manos callosas se arrastraban por su piel. Estaba observando su cara
sin parpadear, sus labios todavía entreabiertos como si anticipara un beso. Zane no
quería resistirse. Se inclinó para besarle lentamente y a fondo mientras presionaba
la ingle contra su muslo musculoso.
La presión le hizo gemir y jadear contra sus labios.
Ty tiró de su camisa, tratando de quitársela pero reacio a romper el beso.
Gruñó con frustración.
—Sácate esto —ordenó mientras empujaba sus vaqueros—. Te dije que
dejaras de usar tanta ropa.
Zane resopló y se arrastró hacia atrás el tiempo suficiente para tirar de la
camisa y bajarse pantalones y calzoncillos. Entonces estuvo de regreso encima de
él, todo piel caliente.
Ty le rodeó, el deslizar de sus cuerpos tan familiar y natural. Suspiró contra
el beso, premiando a su amante con un suspiro de placer. Zane gimió alegremente.
Se sentía tan bien. Se había ido acostumbrando cada vez más a la felicidad boyante,
a la pura… alegría que se extendía por su cuerpo cada vez que estaba cerca de Ty,
sexo o no. Y cada contacto le hacía mucho más decidido a no dejarlo ir.
—Cariño –suspiró—. Te necesito.
—Lo sé —murmuró Ty. Le besó mientras una mano buscaba a tientas en la
cama, ese pequeño tubo de lubricante que había sacado antes.
Zane tomó varias respiraciones lentas y profundas, tratando de calmarse.
No estaba seguro de si tenía mucho tiempo, o casi ninguno antes de que perdiera
el control.
Gimió y dejó caer la frente contra el hombro de Ty. Este envolvió los brazos
a su alrededor y luego comenzó a empujarle de lado, tratando de rodar mientras
murmuraba algo incoherente. Zane dejó que el impulso le moviera y se posó sobre
el colchón de lado, las piernas enredadas con las de Ty.
—Joder —espetó Zane cuando sus pollas se deslizaron juntas, estaba
dispuesto a agarrarse en ese mismo momento y masturbarlos a los dos hasta que
gritaran. Ty deslizó la mano entre ellos, rozándole con los dedos antes de agarrarle
de la cadera mientras Zane inhalaba bruscamente. Tiró de la pierna de Zane sobre
el muslo, flexionando las caderas.
—No vamos a llegar a la lubricación, ¿verdad? —preguntó con una voz
divertida y ronca mientras presionaba la nariz contra la suya y dejaba que sus
labios se juntaran.
—Segunda ronda —prometió Zane mientras arrastraba los dedos por el
pecho de Ty hasta agarrarle la polla—. Por favor —rogó mientras se apretaba.
Ty gimió contra sus labios y lo besó de nuevo. Metió una mano bajo su
cuello, curvándola para tirar de él. La otra mano se deslizó entre sus cuerpos una
vez más, los dedos acariciando, la palma deslizándose arriba y entre las piernas.
Zane se estremeció mientras tocaba a Ty de la misma forma, y la electricidad del
toque se esparció por él, haciéndole retorcerse y jadear mientras se tensaba, justo
en el borde.
—Vamos, cariño –le incitó Ty, besándolo apresuradamente mientras le
masturbaba más duro. Zane gritó antes de poder refrenarlo. El contacto repentino
del duro cuerpo de Ty contra su dolorida polla fue demasiado para controlar, y
cerró los puños contra su espalda gritando sin palabras mientras se corría en su
mano. Ty continuó sin descanso, acariciándolo y recorriendo sus abdominales con
los dedos. Zane apenas registró cuando le empujó de espaldas, besándole con
entusiasmo. Trató de besarlo, pero estaba temblando demasiado para mantener las
manos quietas.
Ty le acarició la mejilla con los dedos. Sostenía la cabeza de Zane mientras le
besaba, empujando hacia abajo y contra su cuerpo, sus besos más frenéticos y sin
aliento de lo que habían sido. Zane fue arrastrado, se entregó a él, mareado por su
orgasmo y caliente por la presión de sus cuerpos. Le tomó mucho tiempo darse
cuenta de que Ty estaba hablando entre los besos frenéticos.
No podía descifrar que estaba diciendo, pero sabía que escuchó las palabras
“te extrañé” y “amor”, entre ellas, y de repente los ojos le picaron y el pecho se le
tensó. Con un nudo en la garganta, extendió los brazos para abrazarle.
Ty gruñó. Se rozó contra Zane, utilizando los duros músculos. Resbaló las
manos bajo sus brazos, bajo su cuerpo, y se aferró a sus hombros. Era una posición
en la que se habían encontrado un montón de veces y sus cuerpos se fundieron
juntos. Por supuesto, por lo general Ty estaba enterrado hasta la empuñadura
dentro de Zane en este punto, y la sensación de su polla deslizándose contra la
curva de su ingle era excitante y erótico, como Ty deseándole tanto como para
preocuparse de que ambos se corrieran. Le mordió el labio inferior, metiendo la
lengua en la boca de Zane de la misma manera que probablemente quería empujar
algo más en él.
Se filtró a través de la pasión que se sentía querido, necesitado y amado, y le
provocó otro gemido.
—Ty —se quejó una vez que sus bocas se separaron.
Este agachó la cabeza y apretó su mejilla contra la suya, cesando los
movimientos frenéticos por un momento mientras el mundo se movía un poco más
lento a su alrededor. Luego jadeó contra su oreja y se movió sobre él, sus cuerpos
deslizándose juntos. Zane intentó concentrarse en lo que le estaba haciendo, pero
aún estaba mareado y débil. Logró abrir las piernas para darle más espacio.
Ty volvió de nuevo la cabeza, riendo sin aliento.
—No duraría ni cinco segundos si te follara ahora mismo –le dijo tenso.
—Lo entiendo totalmente —dijo Zane en una media sonrisa—. Déjame
ayudarte, cariño.
Ty se empujó hacia arriba, y luego rodaron. Se llevó a Zane con él hasta que
ambos estuvieron de lado de nuevo. Zane extendió la mano para presionar las dos
palmas sobre su pecho, sintiendo como subía y bajaba.
Ty pasó una pierna por encima de su cadera, empujándose con fuerza
contra su cuerpo.
—Sí —susurró Zane, agarrando ese muslo y añadiendo un pequeño
empujón de sus caderas.
—Cristo, Zane —jadeó Ty desesperadamente. Le clavó los dedos en la
espalda, sus uñas romas le arañaron mientras buscaba la liberación, nunca había
sido una persona que intencionadamente causara dolor en la cama, tenía que estar
inmerso en el placer para no saber lo que estaba haciendo.
Zane cerró los ojos y se estremeció. El dolor de los arañazos se mezcló
fácilmente con la excitación que todavía le atravesaba. Sintió que se ponía duro
otra vez, gimió y se aferró a él, tratando de retorcerse para obtener más
estimulación, aunque no podría correrse. Esta vez, al menos.
Ty arqueó la espalda, y el movimiento de sus caderas se volvió más errático.
Su polla se deslizó contra Zane, dura y exigente. Lo atrajo más cerca, besándole
posesivamente, clavando los dedos. Rompió el beso con un jadeo agudo y gimió en
voz alta, el sonido casi desesperado, mientras Zane sentía los cálidos chorros
extendiéndose contra su vientre. Le besó la mandíbula y garganta, silenciosamente
asombrado por lo increíble bien que estaban juntos.
Presionó el rostro contra la sudorosa piel en el hueco del cuello de Ty y lo
sostuvo con fuerza.
Ty todavía respiraba con dificultad, estremecimientos recorrían su cuerpo
mientras abrazaba a Zane. Permanecieron así durante lo que pareció mucho
tiempo, lo suficiente para que recuperara el aliento y para que notaran el aire frío
sobre sus pieles desnudas.
Por fin, se movió, pero sólo lo suficiente para mover el brazo a una posición
más cómoda y abrazar a Zane.
—¿A qué vino eso? —preguntó en voz baja.
Zane no estaba seguro de poder vocalizar las palabras que zumbaban por su
mente como un tiovivo.
—Te eché de menos –salió. Pero luego añadió en un susurro—. Tenía miedo
de perderte.
Ty suspiró pesadamente, con los hombros caídos cuando Zane le soltó.
—Estamos demasiado desnudos para discutir ahora mismo, pero
definitivamente vamos a tener una charla sobre el tema favores­sexuales­para­
mantener­mi­interés —murmuró. Sus palabras eran burlonas, pero el tono era
decididamente menos alegre.
—No se trataba de disculparse o mantener tu interés —intentó ofrecer Zane
en su defensa—. Estaba como loco sólo de pensar en cómo sería chuparte la polla
que casi no podía soportarlo más.
Ty se quedó en silencio, ni siquiera respiraba mientras reflexionaba
aparentemente sobre lo que Zane había dicho. Después de unos momentos de
tensión, dejó salir el aire y se echó a reír.
—Joder, Zane, ¿por qué no lo dijiste? Podría haberte ayudado antes.
Zane frunció la nariz y se encogió un poco bajo el peso de Ty.
—Me llevó un tiempo hacerme a la idea. Por alguna razón, es más… no sé.
Íntimo, supongo. Incluso que follar.
Ty volvió la cabeza, mirándole pensativo. Asintió y se estiró para pasar los
dedos por su pelo. Se sentía como el lugar de un “te amo” de nuevo. Zane
sospechaba que eso era lo que Ty quería decir.
Así que ahora, eso le dejaba las palabras a él. Había llegado el momento. Lo
había pensado mucho, tratado de razonar si estaba bien o mal, esforzado por dejar
atrás el pasado y vivir el ahora, masticado sus temores acerca de ser digno de Ty.
Tragó con fuerza e inhaló rápidamente para sofocar la descarga de adrenalina.
Lucha o huida, pensó lejanamente, su pulso rugiendo en sus oídos.
—¿Estás bien? —Preguntó Ty, leyéndole bien.
Zane cerró los ojos un segundo, luego los abrió y empezó a asentir con la
cabeza, pero se detuvo y se encogió de hombros.
—Estoy un poco… abrumado —dijo con voz ronca.
Ty se acercó y le pasó los dedos suavemente sobre el rostro, arrastrándolos
suavemente alrededor de los ojos.
—¿Has estado durmiendo? —preguntó serio, como si ya supiera la
respuesta.
Zane giró la mejilla a la mano, buscando más contacto. Ty le conocía muy
bien, mejor de lo que él le conocía.
—No realmente —admitió Zane—. Demasiado ansioso para relajarme,
supongo.
—Eso pensaba –respondió Ty con un lento asentimiento. Se levantó, tirando
de su brazo de debajo de Zane, y se sentó—. Quédate —dijo a Zane mientras se
levantaba de la cama y salía de la habitación.
Zane se recostó contra las almohadas y cerró los ojos. Prácticamente podía
oír los latidos de su corazón, latiendo con fuerza. Volvió la cara a la almohada y
aspiró el aroma familiar de Ty. Tenía los nervios desatados todavía y sabía que
pronto tendría que lidiar con el pánico. El intenso alivio por el aplazamiento
momentáneo estaba teñido de una extraña decepción, y se encontró con que quería
aferrarse al momento y traerlo de vuelta, hacerlo de manera diferente.
No abrió los ojos hasta que una toalla cayó sobre su vientre.
—Tienes esa mirada –observó Ty mientras estaba parado al borde de la
cama y le miraba con preocupación.
Zane luchó contra el impulso reflejo de borrar sus emociones de la cara y le
ofreció una pequeña sonrisa.
—¿De verdad?
Pero Ty no le devolvió la sonrisa. Se sentó y luego se tendió junto a Zane en
la cama.
—Parece que estás a punto de echar a correr —observó de manera casi
casual.
Esta vez Zane reprimió su reacción.
—Yo soy quien ha venido aquí buscándote, ¿recuerdas? –Era casi imposible
descifrar lo que Ty estaba pensando mientras observaba los rasgos de Zane y este
sintió un momento de frustración porque pudiera bloquearlo tan fácilmente.
Ty se incorporó de repente, flexionándose y estirándose a los pies de la
cama donde siempre mantenía una colcha de repuesta doblada. La sacudió y la
desdobló, echándola sobre ellos mientras se volvía hacia Zane y apoyaba la cabeza
sobre su hombro.
Inseguro de qué hacer o decir, este simplemente cerró los brazos a su
alrededor. Giró la cabeza y le dio un beso en la coronilla. De pronto, había todo
tipo de palabras hacinándose en su lengua y no pudo decir ninguna, mucho menos
las dos que probarían que sabía que lo mejor que podía pasarle en toda su vida
estaba allí mismo, en sus brazos.
Capítulo 14
—Aquí la WBAL TV 11, Noticias de las 6, soy Alicia Harrison. Buenas
noches.
Una ficha policial de una mujer joven rubia y atractiva con un corte de pelo
bob apareció encima del hombro de la periodista.
—La agente especial del FBI de Baltimore, Lydia Reeves, ha fallecido a los
veintisiete años de edad. Reeves fue una de los seis agentes policiales heridos en la
primera bomba del centro comercial en Inner Harbor hace una semana. Después
de ocho días en coma en la UCI del Centro Médico de la Universidad de Maryland,
falleció anoche a consecuencia de sus heridas. Le sobrevive su esposo.
El vídeo cambió a la foto de un hombre de aspecto sombrío con un traje
marrón.
Los títulos le etiquetan como portavoz del FBI.
—La agente Reeves fue un buen ejemplo del FBI y la policía —dijo el
hombre con un destello de dientes blancos y brillantes—. Su servicio a la ciudad es
digno de elogio, y la echaremos mucho de menos.
La periodista volvió a aparecer.
—Reeves es la tercera muerte en una cadena de todavía inexplicables series
de atentados que aterrorizan a Baltimore. La policía sospecha que un reciente y
fracasado atraco a un banco puede estar relacionado con los atentados.
La imagen cambió para mostrar al jefe de la policía de Baltimore.
—Estamos siguiendo todas las pistas, y la posibilidad de que los
delincuentes utilicen las tácticas de divide y vencerás no será descartada.
—¿Entonces la reciente ola de robos a bancos y las bombas podrían estar
conectadas? —preguntó el reportero.
—No descartamos nada en este momento —repitió el jefe con paciencia
gastada—. Los planes de contingencia para emergencias se mantienen en su lugar.
—¿Qué quiere decir con tácticas de dividir y vencer?
—Es bastante simple —respondió el jefe de la policía—. Al dividir nuestra
respuesta, esperan salir impunes de sus crímenes.
El video volvió al plató.
—Después de esta tragedia más reciente, los funcionarios locales, estatales y
federales anunciaron que se están desviando todos los recursos disponibles para
encontrar la fuente de las bombas.
El portavoz del FBI apareció de nuevo.
—Estamos haciendo todo lo posible para proteger a todos los hombres,
mujeres, y niños de Baltimore y detener esta amenaza. No descansaremos hasta
que lo hagamos. Se lo debemos a Baltimore, y se lo debemos a Lydia Reeves.
La última imagen de la reportera mostró la bandera estadounidense
ondeando por encima del hombro.
—El funeral por la agente caída del FBI, Lydia Reeves, es mañana al
mediodía en el cementerio de Green Mount. Estará cerrado al público.
*
*
Con un suave gruñido de frustración, Zane deshizo el lazo de la corbata que
trataba de anudar por tercera vez y comenzó de nuevo. Había estado un poco
nervioso toda la mañana, pero no se sorprendía de estar tan tembloroso, lo
bastante tembloroso para simplemente haberse recortado la barba en vez de
afeitarse. Los funerales hacían esto a la gente, incluso cuando no conocían mucho a
la persona fallecida. En su caso, resucitaba recuerdos que deseaba se quedaran
enterrados, recuerdos del funeral de otra mujer en el otoño inusualmente frío y
húmedo de Texas. El hecho de que esta mañana hubiera amanecido frío y sombrío,
con la mordida potencial de aguanieve o nieve en el aire, definitivamente no
ayudaba.
El funeral de Lydia Reeves era en dos horas, por lo que sería un día largo,
incómodo y emocional.
Zane se dio por vencido con la corbata cuando oyó un golpeteo y salió del
baño para atravesar la sala de estar. Cogió su Glock de la estantería antes de abrir
la puerta. Seguían sin saber cómo le había encontrado el autor de la nota.
Un marine estaba en su porche. Una gorra blanca con un borde negro que
llevaba el águila real, el globo terráqueo y un ancla ensombrecía sus ojos. Una
franja rojo brillante en el cuello alto azul oscuro de la chaqueta destacaba sobre la
piel bien afeitada, y redondos botones de oro recorrían la parte frontal. Llevaba
varias cintas sobre el corazón y un parche rojo sobre cada uno de sus brazos que
mostraba tres galones dorados y uno curvado sobre dos marcas más. Llevaba unos
guantes blancos prístinos que desaparecían bajo las mangas largas de la chaqueta.
Chaqueta que llegaba hasta las caderas, ajustada al cuerpo y ceñida por un
cinturón blanco impecable con una hebilla dorada con insignias de rama. Los
pantalones eran azules, un azul real, con una larga franja de color escarlata en la
parte exterior de sus piernas, y sus zapatos negros brillaban.
Zane miró todo lo que valía la pena. Ty Grady con el uniforme azul era un
espectáculo glorioso de contemplar.
—Maldita sea —dijo Zane con sincero aprecio.
Ty ladeó la cabeza, la más débil de las sonrisas arqueó sus labios.
—Buenos días —ofreció, sus ojos yendo al nudo destrozado de la corbata de
Zane.
Este siguió su mirada, y con un resoplido se arrancó la corbata y retrocedió
haciéndole gestos para entrar.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Ty mientras entraba, cerrando la puerta
tras de sí. Se quitó la gorra y se la metió bajo el brazo, un movimiento que Zane
había visto muchas veces antes, pero que nunca apreciado en toda su plenitud
hasta ahora.
—Eso parece –contestó—. Pero no con esto. —Tenía la intención de ir al
segundo dormitorio para conseguir otra corbata, pero no podía apartar la mirada
todavía. La última vez que Zane había visto un uniforme azul había sido en el
novio en la boda de su hermana. Sabía lo suficiente sobre galones para identificar
el rango de Ty como sargento, pero no conocía ninguna de la impresionante pila de
cintas excepto el Corazón Púrpura reconocible en la fila superior. Zane levantó la
mano para rozarla suavemente con los dedos.
Ty sonrió suavemente, dejando que la tocara.
—Llamativa, ¿verdad? —Dijo con ironía. No sonaba como si presumiera.
—¿No tienes medallas? —Preguntó Zane. Sabía que la mayoría de las cintas
tenían sus medallas correspondientes, aunque no por qué los militares llevaban
uno o lo otro o ambos.
—Están en casa. Las cintas no suenan.
Zane asintió.
—Luces impecable, Marine –le ofreció el cumplido con una pequeña sonrisa
—. ¿Alguna regla sobre conseguir besar al de uniforme?
—No que yo sepa —respondió Ty, sonriendo más ampliamente.
Zane rió entre dientes y se inclinó para besarle con cuidado, porque no
quería quedar enganchado en las cintas o botones. Podía sentirle sonriendo contra
sus labios, y Ty lo atrajo más cerca. Zane suspiró con aprecio y envolvió los brazos
a su alrededor flojamente. La lana de la chaqueta era suave bajo sus dedos, el
bordado de los galones no tanto, pero los labios de Ty eran cálidos y suaves contra
los suyos.
—Tú también te ves muy guapo —murmuró Ty contra sus labios.
Zane lo besó otra vez como un agradecimiento. Era sólo un buen traje, pero
uno que no llevaba a menudo al ser de un negro intenso, hasta el punto que casi
parecía azul oscuro o índigo cuando le daba la luz correcta y le ajustaba más de lo
que le gustaba para trabajar. Había elegido una camisa gris suave y había estado
luchando con una corbata plateada.
Ty le alisó la parte delantera del traje y tarareó.
—Sé cuál servirá. —Le entregó la gorra y se apartó, camino del dormitorio
de Zane.
Zane giró la gorra entre las manos mientras le observaba moverse en la
habitación de al lado. Notó que caminaba de manera diferente. Más alto, con los
hombros más rectos, pasos más mesurados, con una gravedad de la que
normalmente prescindía. Era algo más que un cambio sutil, uno que curiosamente
encajaba con él.
Algunas personas nacían para ser Marines. Ty era uno de ellos.
De repente le golpeó como una tragedia que Ty ya no estaba en el Cuerpo.
El toque de melancolía que había notado en sus ojos en ocasiones tenía sentido
ahora, y darse cuenta le provocó un agujero de infelicidad en el estómago. Ty
había sido feliz en los Marines. Tenía que echarlo de menos.
Ty volvió un momento después, con una corbata negra y estrecha con
cuadraditos plateados y líneas de color gris carbón entre ellos. Era una de las de Ty
y las comisuras de la boca de Zane se curvaron, porque probablemente tenía diez o
doce corbatas suyas en el cajón. Al menos una al mes quedaba arruinada entre el
trabajo y la falta de paciencia de Ty al final de un largo día de trabajo.
—Bien —admitió, tendiéndole una mano.
Ty sacudió la cabeza, deslizando sus dedos por la cara seda de la corbata.
No se vestía para impresionar a nadie a menudo, pero cuando lo hacía, iba a por
todas. Levantó la corbata y la pasó por el cuello de Zane, mirándolo a los ojos con
una sonrisa.
—Date la vuelta. La ataré. —Zane medio puso los ojos en blanco, pero se dio
la vuelta, haciendo frente a la isla. Adoraba cuando hacía esto. Ty deslizó las
manos bajo los brazos de Zane, teniendo que apretarse con fuerza contra su
espalda para llegar a la corbata. Sus dedos fueron rápidos y seguros mientras la
ataba y Zane podía sentir la nariz y la barbilla presionando contra la parte
posterior de su hombro. Cuando hubo terminado, dio un paso atrás y le hizo girar,
luego alisó y enderezó la corbata. Por último, hizo un gesto de satisfacción.
—¿Paso la inspección? —preguntó Zane.
—Lo harás —respondió Ty mientras le miraba de arriba y abajo. Tomó su
gorra y la metió bajo el brazo—. ¿Estás listo?
—No —dijo Zane con honestidad—. Pero es hora de irnos de todos modos.
Ty le dio unas palmaditas en la mejilla con simpatía. Todo el departamento
estaba de luto, pero Zane había sido la última persona que vio a Reeves consciente,
en la tienda justo antes de que la bomba estallara. Le había dejado sacudido
cuando lo recordó.
El funeral iba a ser un gran espectáculo público: con la participación del FBI
y las fuerzas de la ley, la oportunidad irresistible para las RP, y porque no había
manera realista de mantener a la prensa fuera, habría cámaras por todas partes.
Zane estaba tratando de no pensar demasiado en la posibilidad muy real de que el
propio funeral fuera un objetivo.
—Vamos, terminemos con esto, entonces —murmuró Ty. Sus ojos eran de
un verde intenso, hoy con tendencia hacia al azul, y aunque el uniforme parecía
hacer algo espectacular con su porte, el aire a su alrededor se sentía desgastado y
tenso. No por primera vez, Zane se preocupó por el bienestar general de Ty.
Su compañero no estaba bien y no sabía qué hacer para ayudarlo.
Se dio la vuelta y se dirigió hacia la puerta mientras Zane se ponía el pesado
abrigo de lana. Comprobó la billetera, la placa, el teléfono y el arma y siguió a Ty.
*
*
La tumba yacía bajo un bosquecillo de robles gigantes. Tendría sombra en
verano, pero ahora las ramas desnudas se estiraban hasta el cielo encapotado.
Green Mount era un hermoso cementerio de gran importancia histórica, lleno de
monumentos y mausoleos que prestaban un aire solemne a esa belleza. Incluso
ahora, en pleno invierno, la hierba era verde y húmeda, brillando débilmente
contra los caminos irregulares de adoquines grises. Lápidas y estatuas demasiado
numerosas para contarlas guardaban vigilia sobre las tumbas, mármol y figuras de
piedra que poblaban el cementerio cuando ningún otro ser viviente estaba
presente.
Los portadores del féretro se movieron en silencio entre la multitud después
de colocar cuidadosamente el ataúd de Lydia Reeves cubierto por la bandera, y el
ministro comenzó a hablar. Zane notó distante que el hombre tenía una buena voz,
se elevaba sobre la pulcra tumba a la familia bajo el toldo verde, así como a la
multitud de pie en pequeños grupos en medio de las otras lápidas y monumentos.
Estimó, que al menos había un centenar de presentes, muchos de ellos de la
Oficina, y luego amigos y familiares reunidos cerca de la familia para el servicio.
La prensa había sido sorprendentemente considerada hasta el momento, no se
habían acercado a la familia o a los asistentes, se habían quedado a un lado, sólo un
par de cámaras de vídeo digitales rompían el silencio.
El ministro no habló mucho. Asintió con la cabeza a una mujer de pie cerca,
leyó el Salmo veintitrés, y luego bajaron la cabeza para la oración final. En el amén,
las gaitas, colocadas discretamente en el lado más alejado de la multitud,
resollaron a la vida, y Zane no pudo reprimir un escalofrío cuando comenzaron a
tocar “Amazing Grace”. Dos agentes en uniformes de gala, agentes que Zane
reconoció del trabajo, se movieron para levantar y doblar la bandera americana.
Un movimiento de Ty atrajo su mirada y cuando miró, un escalofrío
repentino e inesperado lo recorrió. Ty había llamado la atención, el cuerpo tenso en
un pulcro saludo. Tenía la mandíbula apretada y sus ojos eran ilegibles, mirando al
frente desde la sombra de su gorra blanca. Enderezado y recto, hasta el último
gramo de él perfecto y rígido, los colores brillantes y el riguroso blanco de su
uniforme en agudo contraste con la sepia descolorida del día. Zane no creía haber
visto jamás algo más increíble y desgarrador que Ty en ese momento. Las gaitas
tocando, una banda sonora a la imagen misma de la abnegación y lealtad.
Sus pensamientos aterrizaron inexplicablemente en Elias Sánchez, un
hombre al que nunca había conocido, un miembro del equipo Marine Recon de Ty,
que también se había unido al FBI. Sánchez había muerto en acto de servicio,
asesinado por un agente compañero convertido en asesino en serie. Sánchez habría
tenido un funeral como éste, con la guardia de honor y el saludo de armas, con
hombres y mujeres vestidos con uniformes impecables de pie en silencioso respeto
por los muertos. Como Ty estaba ahora. ¿Cuántas veces había hecho esto Ty,
despedirse de un camarada caído con ese uniforme?
Zane bajó la mirada, dándole a su compañero la poca privacidad que era
posible. No necesitaba seguir mirando. La imagen ardería para siempre en su
memoria.
Parpadeó cuando un movimiento por su lado derecho le llamó la atención.
Había estado ciego el tiempo suficiente para estar sobrereaccionando ante los
movimientos rápidos e inesperados. Este estaba fuera de lugar, apresurado, y giró
la cabeza para mirar.
Un joven, adolescente, con el pelo rubio despeinado, se abría paso entre la
multitud, obviamente buscando a alguien en particular. La música cubría el ruido
que estaba haciendo. El chico se detuvo a hablar con una mujer, quien miró a su
alrededor, hizo contacto visual con Zane, y apuntó directamente hacia él. Parpadeó
cuando el chico fue directo hacia él. Estaba casi seguro de que nunca había visto al
joven.
Fue consciente del cambio en Ty, como si sintiera la atención de Zane, pero
no se movió, aún saludando a la bandera mientras la doblaban.
Zane le echó un vistazo, luego miró al chico que se tambaleaba hacia ellos.
Caminaba hacia él como si le conociera. Zane tuvo que inclinarse un poco
para oírle por encima de las gaitas y la gente que había comenzado a cantar.
—Tienes que sacar a todos de aquí. Pierce está loco —dijo el chico, casi
hiperventilando—, ha venido con una bomba.
Zane le miró fijamente con fuerza durante unos instantes, luego se volvió
para ver si Ty lo había oído. Ty le miró a los ojos, bajando la mano como a cámara
lenta, el cuerpo ya tenso y los engranajes ya girando, estaba tratando de decidir la
mejor manera de hacer sonar la alarma sin causar un pánico masivo, y Zane no
estaba seguro de que fuera posible.
—¿Sabes dónde está? —preguntó Zane el muchacho. Si este chico conocía a
Zane y tenía una conexión con Pierce, la posibilidad de que fuera de fiar era
demasiado alta.
—No, salí justo antes que él. No podía permitir que lo hiciera. —El chico
parecía a punto de romper a llorar—. Pero no podía detenerle. Tenía miedo. —
Zane le agarró por el hombro antes de girar hacia Ty.
—¿Las familias? –preguntó en voz baja y notó que los agentes reunidos a su
alrededor se habían centrado en la perturbación.
Ty se volvió y le susurró algo al hombre a su lado, luego se trasladó a hablar
con otro, tratando de esparcir la noticia rápidamente. A continuación, una
conmoción estalló al otro lado de la multitud.
—Es él —dijo el chico, señalando, la voz alta por el terror.
Con su altura, Zane veía por encima de la multitud mejor que la mayoría, y
se centró en una persona que empujaba a los civiles reunidos junto a la familia bajo
el toldo. Zane no esperó.
—¡Bomba! ¡Abajo! —Gritó con fuerza, dureza, tratando de empujarse a
través de la multitud, mientras sacaba su Glock y se centraba en el joven que
reconoció como Pierce Sutton.
Sus palabras fueron recibidas con la inmovilización completa. Durante unos
segundos cruciales, nadie se movió. Nadie parecía comprender. Luego, el tiempo
pateó con fuerza y el pánico y la comprensión se estrellaron sobre la multitud en
una ola mientras los agentes sacaban sus armas y la gente se echaba al suelo.
Zane se detuvo y levantó la pistola. Pierce se abrió paso hacia el ataúd, se
encaramó en el carril lateral para arrancar la bandera doblaba con una mano y la
agitó, el rostro contraído en una mueca, antes de tirarla al suelo y saltar desde el
ataúd al suelo con los pie enfundados en botas.
—¡Hijo de puta! —gruñó Ty junto a Zane.
Zane vio su oportunidad cuando Pierce metió la mano deliberadamente en
su gabardina: los civiles habían despejado, el ministro se había escondido detrás de
un roble en las inmediaciones y él tenía un par de segundos para un disparo claro.
No era el único.
Una descarga de balas desgarró a Pierce Sutton antes de que pudiera decir
una palabra, haciendo que su cuerpo se sacudiera como una marioneta con las
cuerdas rotas.
El tiempo se ralentizó. El silencio reinó de nuevo. Varios latidos del corazón,
y entonces el cuadro congelado se rompió. Los civiles se arremolinaron confusos,
los agentes del FBI se desplegaron alrededor de la tumba, comprobando nuevas
amenazas mientras la familia se reunía, la mayoría de ellos llorando con rabia.
Mientras otro agente le comprobaba innecesariamente el pulso, Zane se
detuvo de pie al lado del cuerpo del joven que había planeado robos a bancos por
valor de cientos de miles de dólares, promovido deliberadamente la mala voluntad
y el odio en la ciudad, causado decenas de millones de dólares en daños y
destruido propiedades en cuatro atentados separados que también había dado
lugar a decenas de heridos y tres muertos.
Cuando había muerto Lydia Reeves, Pierce Sutton se había convertido en un
hombre muerto andante.
Zane enfundó el arma cuando la gente comenzó a acercarse. La cacofonía
que destruía por completo la tranquila paz del cementerio le estaba dando dolor de
cabeza. Había notado que estar ciego había agudizado su oído por necesidad y
ahora lo estaba pagando. Niños sollozando, voces altas y nerviosas, vehículos
policiales llegando con las sirenas encendidas, agentes del FBI gritando para
comprobar el perímetro, y para rematarlo, un inesperado trueno resonando en las
turbulentas nubes del cielo.
Ty se detuvo junto a él y se inclinó para coger la bandera de debajo del pie
del niño muerto.
—Escena del crimen, Grady —recordó alguien sin aliento.
—No me importa –replicó Ty mientras salvaba la bandera.
Zane se estaba pellizcando el puente de la nariz, tratando de alejar el dolor,
cuando escuchó un sonido persistente que no encajaba. Frunció el ceño y miró a su
alrededor, en busca de un carrito o una máquina. No llevaba reloj. Pero podía oír
un chasquido.
Se le contrajo el pecho y miró al cuerpo mientras Ty rescataba la bandera.
Un destello de metal en su mayoría cubierto por la gabardina le llamó la atención,
y una ráfaga de puro miedo ardió cuando vio un mecanismo de tiempo
inalámbrico con una pequeña luz roja parpadeante en la mano sin vida de Pierce.
Tic­tac.
Podía oír cómo hacía tictac.
Se dejó caer sobre una rodilla, tiró del abrigo para descubrir la mano que
sostenía el temporizador, y luego manoseó la gabardina hasta que los dedos
golpearon algo duro, un bulto en la cintura. Le levantó la sudadera. Por una vez,
no se detuvo a considerar sus opciones o a pensar en escenarios o a calcular los
porcentajes.
Agarró la bomba, tiró de la cinta adhesiva y salió corriendo.
Gente y lápidas crearon una carrera de obstáculos mientras intentaba
alejarse de la tumba, zigzagueando entre los reunidos, empujando a algunos a un
lado, casi chocando contra un monumento más alto y más ancho mientras
esquivaba a un niño pequeño. Allí, a unos treinta metros de distancia, se
encontraba un antiguo mausoleo, sus paredes de piedra pesada y gruesa con
suerte contendrían la explosión de la caja envuelta en cinta que apretaba contra su
pecho. Por fin se libró de la multitud y, lejanamente consciente de las personas que
le gritaban, cargó contra las puertas del mausoleo, embistiendo una con el hombro.
Prácticamente resbaló en el interior sobre los adoquines suavizados por casi dos
siglos de pisadas.
No sabía cuánto tiempo tenía. Pero mientras corría a través del edificio en
sombras, criptas de mármol y estatuas, dirigió una oración de gracias porque por
lo menos había conseguido alejarse de las familias y los niños.
Se detuvo en seco y giró hacia una pequeña sala en la parte trasera. Sin
ningún tipo de tracción, se clavó dolorosamente contra una pared, pero empujó la
caja detrás del último ataúd de piedra y se dio la vuelta, su corazón atronando en
los oídos mientras atravesaba la puerta y corría.
La luz gris tenue que se filtraba por las puertas principales le hacía señas y
estaba a un par de salas de distancia, apenas veinticinco metros, cuando una
sombra se estrelló contra él desde el lado, chocó dolorosamente contra un
sarcófago de mármol y cayó al suelo.
Ty gruñó su nombre y levantó el dispositivo rojo intermitente, luego
comenzó a arrastrarle por el cuello sobre el suelo de piedra lisa hasta que se
apiñaron detrás de una bóveda de piedra. Ty se sacudió contra él, la adrenalina,
obviamente le alimentaba, y sostuvo la cosa parpadeante arriba.
0:01
0:00
Zane le cubrió la cabeza cuando la explosión resonó en el mausoleo. No fue
una cacofonía alta y estruendosa. Fue más bien un golpe sordo en los pechos y una
ráfaga de aire fétido desde las profundidades del mausoleo. El aire resonó con la
explosión, y luego todo quedó en silencio.
Ty levantó la cabeza y miró a su alrededor.
—No ha sido tan malo —alcanzó a murmurar.
Un estruendo profundo respondió a sus palabras. Desde la parte posterior
del mausoleo llegó otra ráfaga de aire, y la estructura que les rodeaba se estremeció
y gimió. Un dintel de piedra se estrelló contra el suelo, seguido por otro. Luego
otro.
Zane le agarró del brazo y le empujó hacia abajo, tapándose las cabezas
mientras el colapso hacía volar las piedras y volaba las arcadas, cubriéndolos con
una dura lluvia de arena y trozos irregulares de mármol roto. La luz se apagó
cuando el antiguo edificio se hundió y se derrumbó a su alrededor.
*
*
Ty mantuvo los ojos cerrados durante mucho tiempo después de que el
rugido ensordecedor de piedra colapsando terminara. Era un silencio sofocante, el
único sonido era la respiración entrecortada de Zane y la ocasional caída y goteo
de rocas.
Abrió los ojos y levantó la cabeza. Esperaba negrura, o al menos un bonito
ángel con un arpa que le dijera que estaba en el lugar equivocado. Pero había luz
proviniendo de alguna parte y la bóveda de piedra detrás de la que se habían
ocultado había proporcionado cierto soporte a las paredes de piedra caída que los
cercaban. Miró a su compañero.
—¿Estás bien?
Zane gimió y se impulsó hacia arriba, pero no tenía mucho espacio en el que
moverse. Parte de un muro de piedra había caído junto a él, movido hacia un lado
por la bóveda que los albergaba. De lo contrario podría haber estado bajo ese
muro.
—Sí, creo que sí.
Ty le golpeó con fuerza en el estómago, incapaz de poner más fuerza debido
al espacio reducido.
—¡Estúpido gilipollas!
Zane gritó, siseó de dolor y le dio un manotazo a la mano.
—¿Qué demonios?
—Exactamente, ¡qué demonios! ¿Ves una bomba y tu primer instinto es
agarrarla y correr? —Una avalancha en miniatura de piedras y restos de rocas se
deslizó por la repisa de piedra encima de ellos.
—O yo corría o trataba de conseguir que un centenar de personas corriera –
espetó Zane mientras levantaba una mano para protegerse la cara. Ya había una
delgada línea oscura de sangre bajándole por la mejilla por un corte debajo del ojo.
Ty siguió murmurando y maldiciendo en voz baja, tratando de apartar su
cuerpo del suyo en el espacio reducido.
—Eres un idiota, ¿lo sabías? Me asustaste a muerte. Me hiciste correr. Me
has hecho ensuciarme. ¡He perdido mi gorra! Ahora estoy atrapado en una cripta
con un gilipollas.
—Lo siento —murmuró Zane. Incluso parecía sincero.
Ty sólo pudo apartarse un poco y sentarse en los escombros junto a él, las
piernas recogidas contra el pecho. Tuvo que encorvar los hombros y agachar la
cabeza. Todavía podía oír las rocas cayendo y gimiendo amenazadoramente
mientras se asentaban. Una cosa era obvia: Zane nunca habría logrado salir vivo si
todavía hubiese estado corriendo hacia la puerta. Toda la estructura se había
derrumbado sobre sí misma, a excepción de las áreas donde las losas de piedra de
los techos y paredes habían caído contra los sarcófagos de piedra en las esquinas.
—Joder, Garrett.
—Tal vez más tarde.
Ty miró las piedras que los rodeaban.
Tragó saliva al reconocer el frío pánico que comenzaba a formarse en su
estómago. La piedra estaba demasiado cerca, demasiado gruesa.
—Puede ser nuestra última oportunidad —respondió, tratando de sonar
irónico, pero fallando miserablemente.
Zane se movió, girando lo suficiente para apoyar la espalda contra la pared
caída para mirar a Ty.
—Saldremos de aquí. Demasiadas personas me… nos vieron correr para no
cavar para sacarnos.
Ty sacudió la cabeza mientras le miraba en la penumbra. Sólo podía
distinguir su contorno, y estaba a sólo un metro de distancia.
—Zane, ¿en qué estabas pensando?
—Estaba pensando… en alejar la bomba de los niños.
Ty suspiró profundamente. No podía cabrearse con él por eso. Podía sentir
la piedra rozando la parte superior de su cabeza mientras estaba sentado y sólo
podía estirar las piernas delante. Si se volvía hacia otro lado, podría tumbarse, lo
que no hacía mucho por calmarle. Podía sentir la piedra cerniéndose sobre la
cabeza, sentir la presión de la oscuridad y la hinchazón de creciente pánico. Se le
apretó el pecho, se le hizo difícil respirar, y sus dedos temblaban por la adrenalina
de su precipitada huida a través del cementerio detrás de su compañero.
Había observado a Zane salir disparado, había necesitado unos segundos
para comprenderlo y había agarrado el dispositivo de la mano del chico muerto,
reconociéndolo como lo que era. Estaba contando los segundos hasta que la bomba
estallara. Luego había corrido detrás de su estúpido y gilipollas compañero para
poder salvarle su lamentable trasero antes de que explotara. Una vez más.
—Bueno. ¿Y ahora qué?
Zane buscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó su teléfono móvil y maldijo
entre dientes.
—La pantalla está jodida. Tal vez si… —Sin previo aviso, la piedra volvió a
gruñir, y Ty se empujó hacia atrás contra el refugio de la bóveda cuando otro muro
cayó hacia ellos y se rompió, enviándoles una lluvia de fragmentos de piedra. Ty
escuchó un último crujido y cuando abrió cuidadosamente sus ojos, estaba en la
completa oscuridad.
—Oh Dios —gimió. El pánico comenzó a crecer. No podía soportar estar en
espacios cerrados. Simplemente no podía. El aire en su pequeño bolsillo de espacio
se estaba volviendo más cálido.
—Ty. –La voz baja de Zane fue seguida por el toque de su mano y un firme
tirón que lo empujó más cerca de su compañero, y tras otro tirón, Zane
prácticamente le tiró sobre su regazo y contra su pecho, luego envolvió los brazos a
su alrededor con seguridad—. Te tengo, cariño. Estoy aquí.
Ty luchó contra los abrazos.
—Deja de tocarme, Zane —dijo entre dientes con terquedad.
—Para —dijo Zane con firmeza, aunque sus brazos se aflojaron lo bastante
para que Ty resbalara—. Para y cierra los ojos. Escucha mi voz.
Ty se llevó ambas manos a la cara y apoyó la cabeza en el regazo de Zane.
Su respiración era superficial y errática contra sus manos.
—Debería haber dejarte que te aplastara.
—Nunca habrías hecho eso, cariño y ambos lo sabemos. –Le apoyó la mano
sobre la cabeza acariciándole suavemente—. ¿Quién más te haría juegos de
palabras hasta matarte?
—Al menos yo por fin sería más alto que tú.
—Pensé que te gustaba que yo fuera más alto. —Ty intentó responder, pero
la idea de ser lo bastante alto como para rozar el techo con la cabeza mientras
estaba sentado le provocó un vuelco en el estómago y sólo logró respirar
entrecortadamente. El pánico era agudo y abrumador, llenando sus miembros con
una sensación de hormigueo mientras se le revolvía el estómago.
—Ty. –La voz de Zane se agudizó—. Quédate conmigo. Vamos. Habla.
—Cállate. Si pudiera ir a cualquier parte, te dejaría aquí en un santiamén –
logró responder Ty con voz estrangulada. Alzó la mano, horrorizado cuando sus
dedos rozaron piedra fría. Había estado atrapado en pequeños lugares oscuros
antes, era por eso que tenía una reacción tan negativa hacia ellos ahora. Pero el
conocimiento real de que las paredes se cerraban, literalmente, y no sólo en su
mente, le daban ganas de llorar.
Mientras tanto, Zane le peinaba suavemente el pelo con los dedos.
—Sé lo que es estar totalmente en la oscuridad —dijo, su voz tranquila—.
Pero yo no iría a ninguna parte, incluso si pudiera. Preferiría estar aquí contigo que
en otro lugar solo.
Ty se acercó y le agarró la mano, tratando de aferrarse a algo para no entrar
en pánico. Les haría daño a ambos si perdía el control. Los dedos de Zane se
cerraron alrededor de los suyos en un agarre firme.
—¿Puedo contarte un secreto? —preguntó a Zane, en voz baja.
—Si.
—¿Alguna vez tienes corazonadas? ¿Como cuando ves algo y simplemente
lo sabes? —preguntó Ty, sintiéndose estúpido, pero sin importarle. Sintió a Zane
apretarle la mano—. La primera vez que te vi, después de superar lo de odiarte,
supe… supe que moriríamos juntos. Pude sentirlo en el fondo. Nunca me había
pasado antes.
Zane suspiró pesadamente.
—Hoy no. Y mañana tampoco. Y no en mucho tiempo, Ty Grady. ¿Me
escuchas? Muchísimo tiempo.
Ty asintió bruscamente.
—¿Me haces un favor? —Extendió la mano y agarró la otra de Zane en la
oscuridad. La empujó hacia arriba, tratando de que Zane levantara el brazo—.
Aguanta el techo, ¿de acuerdo?
Zane dejó que le moviera la mano para tocar la piedra, lo que
inexplicablemente hizo que Ty se sintiera una pizca mejor, pero mantuvo la otra
unida.
Varios latidos de silencio pasaron antes de que Zane hablara.
—La primera vez que te vi, después de superar lo de odiarte, supe –dijo,
repitiendo las palabras de Ty—. Supe que me enamoraría de ti.
Ty se estremeció, dividido entre el calor reconfortante de las palabras de
Zane y el terror frío de las heridas por aplastamiento inminente. No podía inhalar
el aire suficiente para hablar.
—Me reí de mí mismo —continuó Zane, un indicio de súplica en su voz—, y
luego lo negué. Hice todo lo que pude para probarme a mí mismo que estaba
equivocado, pero no funcionó.
—Lo sé, Zane —susurró Ty, aunque tuvo que admitir que las palabras
trajeron cierto nivel de alivio que no se había dado cuenta que necesitaba.
—Ty. –El tono calmante y tranquilo de Zane finalmente irrumpió en la
pequeña exclamación de su nombre—. Te amo y estoy asustado de perderte. Por
favor no me dejes solo en la oscuridad.
Ty cerró los ojos, tratando de hacer retroceder el peso de las toneladas y
toneladas de piedra que se asentaban precariamente encima de ellos. Sonrió
débilmente ante las palabras de Zane.
—¿Ha sido tan difícil de decir? —Trató de bromear, pero sonó desesperado.
—¿Sí? —Respondió Zane, desamparado—. Jesús, Ty, ven aquí, por favor. —
Sólo la idea de moverse hizo que Ty comenzara a temblar. Cerró los ojos con
fuerza y apretó los dientes. Alcanzó a Zane a ciegas, su mano rebotando sobre su
hombro, pero Zane hizo el resto, moviéndose lo suficientemente cerca como para
abrazarlo en el estrecho espacio.
Levantó una mano para acunarle la cara de Ty.
—¿Tienes alguna idea de lo valiente que eres? —preguntó, los sonidos
roncos y tal vez incluso un poco ahogados.
—Dímelo cuando no esté a punto de enloquecer, ¿de acuerdo? —pidió Ty
con voz hueca. Los temblores pasaron de su cuerpo al de Zane.
—Háblame de las cintas —pidió este bruscamente, su voz de nuevo
tranquila y calmante.
Ty sabía lo que estaba haciendo, trataba de apartar su mente de la muerte
inminente de cualquier forma que pudiera. Sacudió la cabeza.
—Los dos de arriba son la Estrella de Bronce y un Corazón Púrpura —
comenzó sin aliento.
—¿Estrella de bronce? —Repitió Zane, sonando sorprendido.
—La cuarta medalla más alta del país —recitó Ty desesperadamente,
tratando de encontrar la distracción al darse cuenta que no podía respirar.
Estaba a punto de tener un ataque de pánico en toda regla.
—Se otorga a toda persona que, durante su servicio en cualquier ejército de
las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos, se distinguió por el logro o servicio
heroico o meritorio en el ejercicio de una acción contra un enemigo de los Estados
Unidos, en operaciones militares que impliquen conflicto con una fuerza extranjera
de oposición o mientras servía en fuerzas extranjeras amigas que participaran en
un conflicto armado contra una fuerza armada de oposición con la que los Estados
Unidos no es parte beligerante.
—Maldita sea, Ty, ¿estás recitando directrices militares? —preguntó Zane,
sonando impresionado y horrorizado.
—Sí, cállate. Ayuda. Realización o cumplimiento del deber por encima de lo
esperado normalmente, y suficiente para distinguir a la persona entre quienes
ejerzan funciones comparables.
Zane resopló suavemente.
—¿Qué hiciste para ganarla?
Ty respiró profundamente, el aire salió igual de rápido.
—He matado a un montón de gente.
Zane se quedó en silencio un momento, luego se movió contra Ty para
sostenerlo con más seguridad.
—Cuéntame el resto.
Ty sacudió la cabeza y aguzó la vista para encontrar luz. Cuando no pudo
distinguir nada en la oscuridad, estiró una mano hacia el techo.
Si Zane no lo sujetaba, tal vez él podría.
Tocó la fría piedra, y sintió que Zane levantó los brazos para ayudar.
—Yo sostendré mi parte si tú sostienes la tuya —dijo Zane.
—No te burles, Garrett. Sólo aguanta el techo por mí, ¿de acuerdo? —soltó
Ty, pero se estaba riendo de sus propias palabras.
—Sí, Sargento —dijo Zane con elegancia.
Un ruido sordo y un temblor en las piedras interrumpieron la réplica
punzante de Ty, Zane lo agarró y le tiró abajo, cubriéndole la cabeza cuando las
piedras comenzaron a moverse y caer de nuevo. Los crujidos de la piedra
rompiéndose llenó los oídos de Ty, y justo cuando pensaba que su corazón podría
detenerse, justo cuando todo a su alrededor se sacudió violentamente, varias
piedras grandes detrás de Zane cayeron en la dirección opuesta, dándoles un poco
más de espacio y dejando entrar una sorprendentemente luz gris brillante.
Ty se quedó mirando el rayo de luz como si realmente pudiera utilizarlo
para sacarlos del infierno. Sus brazos se apretaron alrededor de Zane, clavó los
dedos en un acto reflejo, mientras luchaba contra el terror absoluto. No era algo
que pudiera controlar, sino que era algo inculcado en él para temer a la oscuridad
y a los espacios que se cerraban cuando no podía ver. Ni siquiera ese rayo de luz y
los brazos de Zane a su alrededor podían contener el ataque de pánico inminente
durante mucho más tiempo. Estaba sorprendido de haber aguantado tanto. Creía
firmemente que era el hacer de Zane, diciéndole las cosas correctas en el momento
adecuado.
Otra piedra cayó, luego otra y el agujero se hizo más grande, Zane
literalmente arrastró a Ty sobre su regazo y lo empujó hacia la abertura. Las voces
empezaron a resonar a su alrededor, sus nombres rebotando en la piedra mientras
la gente les llamaba.
Ty se agachó en la estrecha abertura, tratando de luchar a través de la
bruma de pánico para juzgar si podía salir. No creía que pudiera, y empujar la
piedra equivocada podría derrumbarlo todo. No lo intentó, sino que gritó a los
equipos de rescate y volvió a la oscuridad para sentarse con Zane. La mano le
temblaba, pero se aferró a la suya apretó con fuerza mientras se encontraba con los
ojos de su amante.
—Me pediste que no te dejara solo en la oscuridad.
Zane no respondió, sino que acercó la mano de Ty y apretó los labios
suavemente sobre sus nudillos.
*
*
—Os veis como la mierda.
Zane se detuvo en el umbral de la oficina de Dan McCoy y frunció el ceño
cuando Ty pasó junto a él.
—Peor que eso –respondió. Su dolor de cabeza aún hacía estragos, sentía los
ojos hinchados y llenos de polvo de partículas de roca que le habían golpeado la
cara varias veces, y sólo podía sentir las magulladuras por todas partes.
Mejor que la alternativa.
—¿Estáis bien? —Preguntó McCoy, mirando de uno a otro.
Zane todavía llevaba su traje en ruinas, ahora casi gris por la arena y la
piedra en la tela, tenía un par de costuras abiertas y varios rasguños rojos a un lado
de su cara. El uniforme azul de Ty también había sufrido, pero este había insistido
en cambiarse de inmediato, aun cuando eso significara ponerse los pantalones de
correr de repuesto y la camiseta del casillero de abajo. Era una camiseta color rojo
escarlata, con un piedra bailando, un trozo de papel temblando, y un par de tijeras
torpes de pie en un círculo, todos con armas en las manos y apuntándose
mutuamente.
A pesar de su terrible experiencia, Ty se las había arreglado para parecer
como un héroe de acción al final de la película, el pelo perfectamente despeinado,
una delicada mancha en la mejilla, la cantidad apropiada de suciedad para parecer
duro en vez de una ruina. Zane quería odiarlo.
—¿Alguna vez has sido enterrado bajo varias toneladas de piedra, Mac?
Bueno, yo sí. ¡Tres veces ya! —espetó Ty mientras se acomodaba en una de las
sillas frente al escritorio de McCoy.
Este frunció el ceño pero no mordió el anzuelo, algo por lo que Zane estaba
agradecido. Si pudieran acabar de esto, él y Ty podrían salir de aquí.
—Muy bien, Garrett, siéntate. Ya has hecho tu informe, hemos encontrado
tu camioneta intacta. Te le devolveremos en unos pocos días. Alquila un coche
para el resto de la semana. Puedes llevar a tu compañero, ya que su camioneta es
una tostada.
—Sobre eso…
—Está con el seguro del FBI como un accidente de una propiedad personal
relacionada con el trabajo —dijo McCoy, hablando directo a Ty—. Estoy seguro de
que tendrás todo tipo de papeleo.
Ty hizo una mueca, pero no dijo nada. Zane pensó que todavía estaba de
duelo por el valiente Bronco.
—Revisaré toda la información a finales de esta semana, mientras
reconstruimos el caso —anunció McCoy mientras le entregaba a cada uno una
carpeta de archivos—. Pero mientras tanto, creí que al menos os gustarían algunas
respuestas. Su nombre era Walter Pierson Sutton, hijo de Clarence y Mitzi Sutton
—comenzó McCoy—. Padre médico, madre diseñadora de interiores.
—Upper Crust, ¿eh? —murmuró Ty distraídamente mientras se lamía el
pulgar y frotaba una mancha del brazo, comprobando si era una contusión o
suciedad.
—Los Sutton viven en Roland Park, mucho dinero. Pierce estudió en la
Escuela Gilman. —Hizo una pausa para ver si comprendían.
Zane todavía era nuevo en Baltimore y se encogió de hombros.
—El tipo de lugar con más dinero que sentido, emblemas en los uniformes,
calcetines de colegiala —dijo Ty con cansancio.
—Es una escuela de solo chicos –especificó McCoy.
Ty se encogió de hombros como si eso no importara.
—Ahí es dónde conoció a Ross Sutton Tanger y, a través del programa
electivo de Gilman, a Hannah Myles del Colegio Bryn Mawr y Graham Lewis del
Mount Saint Joseph —explicó McCoy.
—Así que, básicamente, todos fueron juntos a la escuela. Niños bien con
acceso al dinero y nada que hacer —concluyó Zane.
—Justo —dijo McCoy con un asentimiento—. Los Sutton le dieron al niño
todo lo que quiso. Los otros niños tenían razones para querer dinero que no
proviniese de mamá y papá. No buenas, pero razones al fin y al cabo: madrastra
opresiva, responsabilidades forzosas, aburrimiento.
—Entonces, ¿qué salió mal? —Preguntó Zane, pasando las páginas del
archivo.
—No hay manera de saber realmente que lo provocó —dijo McCoy,
sonando frustrado cuando se reclinó en la silla y se pasó ambas manos por el
escaso cabello—. Por lo que hemos logrado descubrir hasta ahora es que tenía una
fascinación reciente con el antiautoritarismo, la anarquía y la rebelión social. El
director de Gilman dijo que tenía una mala actitud con las figuras de autoridad. Y
aunque no tenía que trabajar, Pierce fue de trabajo en trabajo en sitios de Inner
Harbor, incluyendo el acuario, en el transcurso de los últimos dos años.
—Reconocimiento —dijo Ty, casi en voz baja. La falsa alarma en el acuario
de repente tenía sentido.
McCoy asintió sobriamente.
—Ahora podemos verlo como trabajo de base. Tenemos una orden para
conseguir sus efectos personales, el ordenador y teléfono, pero ahora que está fuera
de la foto…− Se encogió de hombros. El caso estaba cerrado. Más investigación
sería redundante.
—Era un chico enojado que sólo… decidió matar gente —dijo Zane, que
tenía dificultades para creer que eso pudiera suceder a pesar de que había estado a
sólo unos segundos de morir.
—Los bancos no eran el objetivo. Eran diversión —murmuró Ty tristemente.
—Este era un joven cabreado —dijo McCoy. Su cansancio era evidente en
las líneas profundas y en las sombras de su rostro—. El perfil inicial dice que según
Sutton, el mundo necesitaba estrellarse, arder y ser reconstruido. Y los otros chicos
han dicho a los interrogadores que se centró en Grady después de lo del acuario.
Le llamaba su ballena blanca.
—Eso… no tiene sentido —murmuró Ty.
—Estaba hablando de Moby Dick —dijo Zane.
—¡Ya sé lo que significa, Garrett! —espetó.
Zane se encogió de hombros y miró a su compañero con recelo, pero no
quiso seguir con la discusión. Cerró el archivo y lo dejó caer sobre su regazo, luego
levantó la mano para frotarse la nuca con una punzada de dolor.
—¿Qué pasa con los otros? —Preguntó Ty abruptamente. Zane sospechaba
que quería saber acerca de Hannah Myles.
—Ha quedado claro en las entrevistas con los otros tres chicos que Sutton se
volvió cada vez más inestable en el último año. Errático, enojado, odioso, pero al
mismo tiempo extravagante y salvaje. No querían que volcara su temperamento
sobre ellos, así que siguieron con sus planes —concluyó McCoy.
—¿Qué va a hacer la Fiscalía de Distrito? —preguntó Zane en voz baja,
pensando en el terror del rostro de Graham.
—Probablemente seguirán nuestras recomendaciones —dijo McCoy—. Un
largo periodo de tiempo en una cárcel de mínima seguridad para Ross Tanger,
asignar a Hannah Myles a unas instalaciones femeninas de baja seguridad y
posiblemente libertad condicional para Graham Lewis, teniendo en cuenta su
decisión de entregar a Sutton y el hecho de que no estuvo personalmente
involucrado en ningún robo.
—Así que se ha acabado —dijo Zane lentamente.
McCoy levantó un hombro.
—Por ahora. Esta vez.
—Yo voy a emborracharme —declaró Ty, levantándose.
Zane se levantó también, palmeando la carpeta de archivos con su otra
palma.
—¿Vienes, Mac?
—Pasaré por ahí —dijo McCoy—. Al menos haré acto de presencia y luego
me retiraré para que los bebedores de verdad puedan comenzar. Id vosotros dos. Y
tú, Garrett, tomate una copa. Eso fue una estupidez, pero eres el héroe del
momento.
—Sí, un verdadero puto héroe —gruñó Ty mientras salía de la oficina, pero
Zane podía oír el tono de orgullo en su voz.
Entonces hizo una mueca.
—Voy a estar en la televisión otra vez, ¿verdad? —dijo, el pavor creciendo.
—Corriendo de la escena del crimen—confirmó McCoy—. Tendremos una
charla acerca de vuestra nueva popularidad la próxima semana. Pero por ahora,
vamos. Fuera de aquí. Os veré más tarde.
*
*
—Tengo la primera bebida de Garrett —anunció Perrimore cuando Zane
entró en el pub que el FBI había ocupado para la noche—. Bien que se lo merece.
Estallaron aplausos y Zane sintió que sus mejillas se calentaban, se alegraba
de haber decidió no afeitarse la barba. No había planeado ser un héroe.
—También es nuestro conductor así que será una Coca­Cola —respondió
Clancy mientras le empujaba con el codo para que rodeara las mesas y se uniera al
resto del equipo.
—Demonios, compraré las bebidas que quiera Garrett toda la noche si eso
significa que no tengo que conducir a casa —dijo Alston, brindando con Zane con
su botella de cerveza.
Zane se quitó la chaqueta y se sentó junto a Lassiter, quien chocó sus
hombros amigablemente.
—Muy buena, Zane —dijo Lassiter en serio, tendiéndole la mano.
—Gracias, Harry —respondió mientras se la estrechaba.
—¿Dónde está tu compañero, Garrett? —preguntó Alston.
—Fue a casa a cambiarse —dijo Zane, frunciendo el ceño un poco—. Creí
que llegaría antes que yo. Estaba más que listo para tomar una copa esta tarde.
—Amen a eso —agregó Perrimore mientras colocaba un vaso de Coca­Cola
frente a Zane.
Zane sonrió en agradecimiento.
—Prácticamente tuvieron que esposarlo a una silla para mantenerlo quieto
el tiempo suficiente para interrogarle. —Todo el que alguna vez había tratado de
mantener a Ty centrado en algo durante más de una hora se echó a reír, y la mesa
se disolvió en una charla sin sentido. Hablaron sobre el trabajo, sobre todo, porque
para un grupo de agentes del FBI, no había mucho más, y porque todos habían
trabajado con Lydia Reeves de alguna manera. Pero también hablaron de softball,
sus hijos, sus cónyuges, sus ex, las victorias de los Raven y las derrotas de los
Orioles, del extraño olor que emanaba del cuarto de suministros del tercer piso
desde hacia una semana, y cualquier otra cosa que llenara el agradable silencio.
Estaban en su segunda ronda, cuando Alston se irguió y saludó a alguien
que acababa de entrar en el bar lleno de gente. Cuando Zane se volvió, vio a Ty
abrirse paso a través de la sala hacia ellos. Ty sonreía y asentía con la cabeza
mientras pasaba entre la gente, deslizando su mano por el brazo de una mujer
mientras se apretaba contra ella, daba palmaditas a alguien en el hombro y sonreía
como si conociera al tipo junto al que pasaba.
Hizo un gesto con dos dedos a la camarera que probablemente conocía muy
bien, ya que no estaba más que a una o dos manzanas de su casa, y se acercó a la
mesa para poner sus brazos alrededor de Alston y Clancy.
—¿Qué me he perdido?
—Estás dos rondas atrás, Grady —anunció Alston.
—¿Qué te tomó tanto tiempo? —Preguntó Clancy prácticamente al mismo
tiempo que Alston—. ¿Y por qué no sigues de uniforme?
Zane sólo observaba a su compañero, otra vez sintiendo la emoción de
gratitud por ser capaz de ver. Ty era, como decía el cliché, un regalo para la vista, y
deseaba estar en cualquier otro lugar, que en un bar lleno de gente con sus amigos
y compañeros de trabajo. Tragó saliva, sintiendo su pulso acelerarse cuando los
mismos pensamientos que habían estado corriendo en círculos en su cabeza
durante las últimas horas comenzaban a enderezarse otra vez.
Le había dicho que lo amaba, no si, y, o peros. No había vuelta atrás, y no lo
haría si tuviera la oportunidad. Pero, maldita sea, tenían que declarar una especie
de moratoria de declaraciones importantes durante situaciones que amenazaran la
vida.
Ty les dirigió a todos su sonrisa torcida marca de la casa, ya fuera ajeno a la
mirada de Zane o haciendo caso omiso de ella como hacía a menudo cuando
estaban juntos en una multitud.
—Tuve que cambiarme y llevarlo a la tintorería antes de que el olor a
quemado se quedara fijado –les dijo justo cuando la camarera gritó su nombre.
Ty se volvió y se estiró por la barra para tomar las dos cervezas que había
pedido. Se quedó allí mismo de pie y se bebió una botella mientras los otros le
vitoreaban. Dejó la vacía sobre la barra, asintió a la chica con descaro, y después se
llevó la otra botella a la mesa con él.
Se sentó en el borde del taburete de Clancy, los dos usándose como
respaldo. Las rodillas rozaron las de Zane mientras se acomodaba y cuando este se
atrapó observando a su compañero, se alegró de que el interior del pub estuviera a
oscuras a excepción de los coloridos emblemas de cerveza y los televisores LCD
montados en las paredes.
Podía ver lo muy cansado que estaba Ty en cada movimiento que hacía,
cuando miraba hacia la nada y luego se sacudía, cómo cuando estaba tan quieto.
Hoy había atravesado un escurridor emocional, y toda la semana pasada, sin duda
no había sido un juego de niños. Estaba aún más preocupado ahora de lo que lo
había estado antes.
Cuando hablaron brevemente antes de salir de la oficina, Zane había
pensado honestamente que podría dejarse caer por el bar y había sugerido que se
saltaran el velatorio. Pero Ty había insistido en que quería ir, así que Zane había
cedido. Se quedarían hasta que la fiesta empezara a decaer, luego Zane llevaría a la
gente a casa y luego se llevaría a Ty con él. Tal vez ahora, por fin, podrían dormir
una noche en paz, sin temer el día siguiente. Más que nada, quería abrazarle toda
la noche y saber que estaría allí por la mañana, sano y salvo.
—Pensamos que Mac te había encerrado en algún lugar —dijo Alston—.
Iban a encadenar a Garrett a la mesa toda la noche para el informe. —Ty tenía la
botella cerca de la boca. Miró de Alston a Zane y asintió, todavía bebiendo.
Después de dejar la botella, extendió la mano y le dio unas palmaditas a Zane en la
rodilla.
—Mi compañero hizo todo el trabajo pesado. No tenían demasiadas
preguntas para mí, sólo lo básico. ¿Te gusta poner tu vida en riesgo por tu
estúpido compañero, tienes tendencias suicidas, el oscuro todavía te hace mearte?
—Oh, lo normal entonces –añadió Perrimore.
Zane no intentó contener la risa.
—Venga, Freddy, no le saques de quicio cuando por fin nos hemos relajado.
Ty le hizo una pedorreta y siguió bebiendo su cerveza, con casi una decente
aproximación a una sonrisa. Toda la mesa se echó a reír, y Zane se empapó de la
inusual sensación de camaradería mientras el grupo caía en la charla informal de
nuevo.
La charla fue interrumpida cuando uno de los agentes se subió a una silla y
gritó llamando la atención de todos. Todo el pub se calmó, y Dan McCoy se puso
de pie, bebida en mano.
—Bueno, creo que ha venido todo el mundo. Ha sido un día absolutamente
infernal, más para unos que para otros, y quiero deciros lo orgulloso que estoy de
que todos hayáis aguantado a través de este lío. Habría sido demasiado fácil
doblegarse cuando el público se volvió contra nosotros y las bombas seguían
llegando. Pero todos hicimos nuestro trabajo, incluso cuando sabíamos que no
obtendríamos nada más que mierda por él. —McCoy levantó la botella—. Por
Lydia Reeves, quien murió en acto de servicio. Que Dios bendiga su memoria.
—Eso —dijo Alston, lo bastante alto para que la mesa lo oyera.
Zane y los otros repitieron el sentimiento mientras levantaban sus copas en
un brindis por su compañera caída.
Unos momentos de silencio expectante después, a Zane se le erizó el vello
de los brazos cuando Ty comenzó a cantar las primeras líneas de “Amazing
Grace”. Cuando llegó a la segunda estrofa, nadie se unió a él, todos ellos
demasiado aturdidos o demasiado fascinados por su voz para hacer otra cosa que
escuchar mientras se lamentaban.
*
*
La luz del sol brillaba de manera intensa a través de las cortinas abiertas del
dormitorio de Zane. Con los ojos apenas abiertos, admiraba adormilado la luz,
empapándose en ella, una alegría tranquila le llenaba porque simplemente podía
verla. Se quedó inmóvil en la cama revuelta durante largos minutos, despertando
lentamente y saboreándolo.
Por último bostezó y se movió, sonriendo a pesar de la impresionante
variedad de dolores y molestias de los moretones que tenía por todo el cuerpo.
Ty no había añadido ninguno anoche. Habían estado tan cansados que lo
único que pudieron hacer fue desnudarse y caer a la cama, donde Ty se había
acurrucado en sus brazos, envolviéndose a su alrededor como una lapa, y
besándole suavemente una y otra vez entre susurros de palabras dolorosamente
tiernas que eran difíciles de mencionar a la luz del día, hasta que se quedó
dormido.
Zane suspiró y rodó de espaldas, extendiendo la mano para buscarlo pero
sólo sintió las sábanas frías. Con el ceño fruncido, se sentó, y, cuando la sábana
cayó sobre su regazo, escuchó un suave crujido. Cogió la hoja de papel y la
desdobló para leer dos cortas líneas escritas con los garabatos de Ty que
derrumbaron la feliz mañana a su alrededor.
Lo siento. Las paredes se están cerrando y tengo que irme.
Te quiero.
Fin
Download