HOMERO ILÍADA TRADUCCIÓN, PRÓLOGO Y NOTAS DE EMILIO CRESPO GÜEMES s EDITORIAL GREDOS BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 150 A seso r p ara la sección griega: C arlos G arcía G u a l . Según las normas de la B. C . G ., la traducción de este volumen ha sido revisada por C a r l o s G a r c ía G u a l . © EDITORIAL GREDOS, S. A. Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1996. P r im e r a e d ic ió n , 1 9 9 1 . 1 .* R E IM P R E S IÓ N . El autor ha realizado esta traducción con una «Ayuda a la creación literaria» del Ministerio de Cultura y en el marco del proyecto de investigación sobre «Homero: critica textual y estudios lingüísti­ cos» (CICYT 817/84). Depósito Legal: M. 10765-1996. ISBN 84-249-1446-5. Impreso en España. Printed in Spain. Gráficas Cóndor, S. A., Sánchez Pacheco, 81, Madrid, 1996. — 6830. CANTO I La cólera 1 canta, oh diosa, del Pelida Aquiles, m aldita, que causó a los aqueos incontables dolores, precipitó al H ades muchas valientes vidas de héroes y a ellos mismos los hizo presa para los perros y para todas las aves —y así se cum plía el plan de Zeus— , desde que por prim era vez se separaron tras haber reñido el A trida, soberano de hom bres, y Aquiles, de la casta de Zeus. ¿Quién de los dioses lanzó a am bos a entablar disputa? El hijo de Leto y de Zeus. Pues, irritado contra el rey, una m aligna peste suscitó en el ejército, y perecían las huestes porque al sacerdote Crise» había deshonrado el A trida. Pues aquél llegó a las veloces naves de los aqueos cargado de inmensos rescates para liberar a su hija, llevando en sus m anos las ínfulas del flechador Apolo en lo alto del áureo cetro, y suplicaba a todos los aqueos, pero sobre todo a los dos A tridas, ordenadores de huestes: «¡O h A tridas y demás aqueos, de buenas grebas! Que los dioses, dueños de las olímpicas m oradas, os concedan 1 La primera palabra del poema cumple la misma función que el título en los libros modernos. También en la primera frase se indica a partir de qué momento de la leyenda comienza el poema. Los escolios dan títulos a distintas partes del poema, muchas de las cuales coinciden con un canto completo; en el caso del canto I, el título tradicional es el de «Cólera» (Ménis). ILÍADA 104 saquear la ciudad de Príamo y regresar bien a casa; a m i h iia ñ o r fa v o r, lib e rá d m e la y a c e p ta d el re sc a te 20 Dero a mi n ija , ρ υ ι ■ > nor piedad del flechador hijo de Zeus, de Apolo. Entonces todos los demás aqueos aprobaron unánimes respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate, oero no le plugo en su ánimo al Atrida Agamenón, 25 nue lo alejó de mala manera y le dictó un riguroso mandato q «Viejo que no te encuentre yo junto a las cóncavas naves, bien porque ahora te demores o porque vuelvas más tar , no sea que no te socorran el cetro ni las ínfulas del d10s. No la pienso soltar; antes le va a sobrevenir la vejez jo en mi casa, en Argos, lejos de la patria Oh Esminteo! Si alguna vez he techado tu am abk temP1 si alguna vez he quemado en tu honor pingues muslos de toros y de cabras, cúmpleme ahora este deseo, que paguen los dáñaos mis lágrimas con t u s dardos.» A s î habló en su plegaria, y Febo Apolo le escuchó v descendió de las cumbres del Olimpo, airado en su corazon, 45 con el arco en los hombros y la aljaba, tapada a ambos lados. Resonaron las flechas sobre los hombros del dios irritado, al ponerse en movimiento, e iba semejante a la noche . 40 o 2 E1 eDÍtet0 o bien es un derivado de un nombre de un topónimo de a la peste que en s e g u i d a enviará Apolo contra los aqueos. 5 Es decir, «negro de ira». CANTO I 105 Luego se sentó lejos de las naves y arrojó con tino una saeta; y un terrible chasquido salió del argénteo arco. Primero apuntaba contra las acémilas y los ágiles perros; mas luego disparaba contra ellos su dardo con asta de pino y acertaba; y sin pausa ardían densas las piras de cadáveres. Nueve días sobrevolaron el ejército los venablos del dios, y al décimo Aquiles convocó a la hueste a una asamblea: se lo infundió en sus mientes Hera, la diosa de blancos brazos, pues estaba inquieta por los dáñaos, porque los veía muriendo. Cuando se reunieron y estuvieron congregados, ^ levantóse y dijo entre ellos Aquiles, el de los pies ligeros:' «¡Oh Atrida! Ahora creo que de nuevo a la deriva regresaremos, en caso de que escapemos de la muerte, si la guerra y la peste juntas van a doblegar a los aqueos. Mas, ea, a algún adivino preguntemos o a un sacerdote o intérprete de sueños —que también el sueño procede de Zeus— que nos diga por lo que se ha enojado tanto Febo Apolo, bien si es una plegaria lo que echa de menos o una hecatombe, para ver si con la grasa de carneros y cabras sin tacha se topa 4 y entonces decide apartar de nosotros el estrago.» Tras hablar así, se sentó; y entre ellos se levantó el Testórida Calcante, de los agoreros con mucho el mejor, que conocía lo que es, lo que iba a ser y lo que había sido, y había guiado a los aqueos con sus naves hasta Ilio gracias a la adivinación que le había procurado Febo Apolo. Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo: «¡Aquiles! Me mandas, caro a Zeus, declarar la cólera de Apolo, el soberano flechador. Pues bien, te lo diré. Mas tú comprométete conmigo, y júrame que con resolución me defenderás de palabra y de obra, pues creo que.voy a irritar a quien gran poder sobre todos los argivos ejerce y a quien obedecen los aqueos. 4 La parte de los sacrificios que arde y, al ascender al cielo, llega hasta los dioses. 106 80 Poderoso ILÍADA es un rey cuando se enoja con un hombre inferior: incluso si en el mismo día digiere la ira, mantiene el rencor aún más tarde, hasta satisfacerlo, en su pecho. Tú explícame si tienes intención de salvarme.» En respuesta le dijo Aquiles, el de los pies ligeros: 85 «Recobra el buen ánimo y declara el vaticinio que sabes. Pues juro por Apolo, caro a Zeus, a quien tú, Calcante, invocas cuando manifiestas vaticinios a los dáñaos, que mientras yo viva y tenga los ojos abiertos sobre la tierra, nadie en las cóncavas naves pondrá sobre ti sus manos pesadas 90 de entre todos los aqueos, ni aunque menciones a Agamenón, que ahora se jacta de ser con mucho el mejor de los aqueos.» Y entonces ya cobró ánimo y dijo el intachable adivino. «Ni es una plegaria lo que echa de menos ni una hecatombe, sino que es por el sacerdote, a quien ha deshonrado Agamenón, 95 que no ha liberado a su hija ni ha aceptado el rescate, por lo que el flechador ha dado dolores, y aún dará más. Y no apartará de los dáñaos la odiosa peste, hasta que sea devuelta a su padre la muchacha de vivaces ojos sin precio y sin rescate, y se conduzca una sacra hecatombe loo a Crisa; sólo entonces, propiciándolo, podríamos convencerlo.» Tras hablar así, se sentó; y entre ellos se levantó el héroe Atrida, Agamenón, seflor de anchos dominios, afligido: de furia sus negras entrañas a ambos lados muy llenas estaban, y sus dos ojos parecían refulgente fuego, ios A Calcante en primer lugar dijo, lanzando malignas miradas: «¡Oh adivino de males! Jamás me has dicho nada grato: siempre los males te son gratos a tus entrañas de adivinar, pero hasta ahora ni has dicho ni cumplido una buena palabra. También ahora pronuncias ante los dáñaos el vaticinio no de que por eso el flechador les está produciendo dolores, porque yo el espléndido rescate de la joven Criseida no he querido aceptar; pero es mi firme voluntad tenerla en casa; pues además la prefiero antes que a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no es inferior a ella CANTO I 107 ni en figura ni en talla, ni en juicio ni en habilidad. Pero, aun así, consiento en devolverla, si eso es lo mejor. Yo quiero que la hueste esté sana y salva, no que perezca. Mas disponedme en seguida otro botín; que no sea el único de los argivos sin recompensa, porque tampoco eso está bien. Pues todos lo veis: lo que era mi botín se va a otra parte.» Le respondió el divino Aquiles, de protectores pies: «¡Oh gloriosísimo Atrida, el más codicioso de todos! ¿Pues cómo te van a dar un botín los magnánimos aqueos? Ni conocemos sitio donde haya atesorados muchos bienes comunes, sino que lo que hemos saqueado de las ciudades está repartido, ni tampoco procede que las huestes los reúnan y junten de nuevo. Mas tú ahora entrega esta joven al dios, y los aqueos con el triple o el cuádruple te pagaremos, si alguna vez Zeus nos concede saquear la bien amurallada ciudad de Troya.» En respuesta le dijo el poderoso Agamenón: «A pesar de tu valía, Aquiles igual a los dioses, no trates de robármela con esa excusa; no me vas a engañar ni convencer. ¿Es que quieres que mientras tú sigues con tu botín, yo así me quede sentado sin él, y por eso me exhortas a devolverla? Sí, pero.si me dan un botín los magnánimos aqueos seleccionándolo conforme a mi deseo, para que sea equivalente; mas si no me lo dan, yo mismo puede que me coja el tuyo o el botín de Ayante, yendo por él, o el de Ulises me llevaré y cogeré. Y se irritará aquel a quien yo me llegue. Pero esto ya lo deliberaremos más tarde. Ahora, ea, una negra nave botemos al límpido mar, reunamos remeros a propósito, metamos en ella una hecatombe, y a la propia Criseida, de bellas mejillas, embarquemos; sea su único jefe uno de los consejeros, Ayante o Idomeneo o Ulises, de la casta de Zeus, o tú, oh Pelida, el más terrorífico de todos los hombres, para que nos propicies al Protector, ofrendando sacrificios.» Mirándolo con torva faz, replicó Aquiles, de pies ligeros: 108 ILÍADA «¡Ay! ¡Imbuido de desvergüenza, codicioso! un aqueo te va a obedecer, presto a tus palabras, para andar un camino o luchar valerosamente con los hombres? No he venido yo por culpa de los troyanos lanceadores a luchar aquí, porque para mí no son responsables de nada: nunca hasta ahora se han llevado ni mis vacas ni mis caballos, 155 ni nunca en Ftía, de fértiles glebas, nutricia de hombres, han destruido la cosecha, pues que en medio hay muchos umbríos montes y también el resonante mar; a ti, gran sinvergüenza, hemos acompañado para tenerte alegre, por ver de ganar honra para Menelao y para ti, cara de perro, 160 de los troyanos 5. De eso ni te preocupas ni te cuidas. Además me amenazas con quitarme tú mismo el botín por el que mucho pené y que me dieron los hijos de los aqueos. Nunca tengo un botín igual al tuyo, cada vez que los aqueos saquean una bien habitada ciudadela de los troyanos. 165 Sin embargo, la mayor parte de la impetuosa batalla son mis manos las que la soportan. Mas si llega el reparto, tu botín es mucho mayor, y yo, con un lote menudo, aunque grato, me voy a las naves, después de haberme agotado de combatir. Ahora me marcho a Ftía, porque realmente es mucho mejor no ir a casa con las corvas naves, y no tengo la intención de procurarte riquezas y ganancia estando aquí deshonrado.» Le respondió entonces Agamenón, soberano de hombres: «Huye en buena hora, si ése es el impulso de tu ánimo; no te suplico yo que te quedes por mí. A mi lado hay otros 175 que me honrarán, y sobre todo el providente Zeus. Eres para mí el más odioso de los reyes, criados por Zeus 6, porque siempre te gustan la disputa, las riñas y las luchas. 150 ¿Cómo 5 La expedición de los diferentes estados griegos pretendía recobrar a Helena, raptada por Paris, y castigar la fechoría de los troyanos. 6 Aunque Agamenón es el general en jefe de la expedición, hay otros reyes de estados y pueblos independientes, por lo que la autoridad de Aga­ menón es poco segura siempre y a veces puramente nominal. CANTO I 109 Si grande es tu fuerza, es porque un dios te la ha otorgado. Vete a casa con tus naves y con tus compañeros, y reina entre los mirmidones; no me preocupo de ti, ni me inquieta tu rencor. Pero te voy a hacer esta amenaza: igual que Febo Apolo me quita a Criseida, y yo con mi nave y con mis compañeros la voy a enviar, puede que me lleve a Briseida, de bellas mejillas, tu botín, yendo en persona a tu tienda, para que sepas bien cuánto más poderoso soy que tú, y aborrezca también otro pretender ser igual a mí y compararse conmigo.» Así habló, y la aflicción invadió al Pelida, y su corazón dentro del velludo pecho vacilaba entre dos decisiones: o desenvainar la aguda espada que pendía a lo largo del muslo y hacer levantarse a los demás y despojar él al Atrida, o apaciguar su cólera y contener su furor. Mientras revolvía estas dudas en la mente y en el ánimo y sacaba de la vaina la gran espada, llegó Atenea del cielo; por delante la había enviado Hera, la diosa de blancos brazos, que en su ánimo amaba y se cuidaba de ambos por igual. Se detuvo detrás y cogió de la rubia cabellera al Pelida, a él solo apareciéndose. De los demás nadie la veía. Quedó estupefacto Aquiles, giró y al punto reconoció a Palas Atenea; terribles sus dos ojos refulgían. Y dirigiéndose a ella, pronunció estas aladas palabras: «¿A qué viene? ahora, vástago de Zeus, portador de la égida? . ¿Acaso a ver el ultraje del Atrida Agamenón? Mas te voy a decir algo, y eso espero que se cumplirá: por sus agravios pronto va a perder la vida.» Díjole, a su vez, Atenea, la ojizarca diosa: «Para apaciguar tu furia, si obedeces, he venido del cielo, y por delante me ha enviado Hera, la diosa de blancos brazos, que en su ánimo ama y se cuiaa de ambos por igual. 7 La égida es el escudo de piel de cabra que es atributo de Zeus. no „ lllADA Ea, U ^ Vr - T Mas sí, injuríalo de p“ * S S J ' . n Í J S l 1” 0 , ued a ri cumplido: estoy muy irritado en mi ánimo, pues asi es mej a isr,srs · . Ξ.ν£^ El Pelida de nuevo con dañinas voces „ ha“ t r : ae - B m u c ta ^ im o d o S - T X - P - — » de ios a,ueos c^r-SSS L r ; « C a 'd e " io , prestaré * * * por este c e tro 8, que ^ B , hará brotar una J q Ξ · l o s a n t e s el tocón, k peló „ ,„ contorno y ~ ““ — le ios aqueos “ « J Pa'° “ " T T n o : - d* a tos h¡1“ de - T ^ * e de lener e„ i , m»»o, pues en i» _ M uso de la palabra lleva el cetro. » * »“ “ 'á “ CANTO I 111 sin excepción, y entonces no podrás, aunque te aflijas, socorrerlos, cuando muchos bajo el homicida Héctor sucumban y mueran. Y en tu interior te desgarrarás el ánimo de ira por no haber dado satisfacción al mejor de los aqueos.» Así habló el Pelida, y tiró al suelo el cetro, 245 tachonado con áureos clavos, y se sentó. Y el Atrida al otro lado ardía de cólera. Entre ellos Néstor, de meliflua voz, se levantó, el sonoro orador de los pilios, de cuya lengua, más dulce que la miel, fluía la palabra; durante su vida ya se habían consumido dos generaciones 250 de míseros mortales que con él se habían criado y nacido' en la muy divina Pilo, y ya de los terceros era soberano. Lleno de buenos sentimientos hacia ellos, tomó la palabra y dijo: «¡Ay! ¡Gran pena ha llegado a la tierra aquea! Realmente, estarían alegres Príamo y los hijos de Príamo, 255 y los demás troyanos enorme regocijo tendrían en su ánimo, si se enteraran de todo esto por lo que os batís los dos que sobresalís sobre los dáñaos en el consejo y en la lucha. Mas hacedme caso; ambos sois más jóvenes que yo. Ya en otro tiempo con varones aún más bravos que vosotros 260 tuve trato, y ellos nunca me menospreciaron. Pues todavía no he visto ni creo que vaya a ver a hombres como Pirítoo, Driante, pastor de huestes, Ceneo, Exadio, Polifemo, comparable a un dios, y Teseo Egeida, semejante a los inmortales 9. 265 Aquéllos fueron los terrestres que más fuertes se criaron. Los más fuertes fueron y con los más fuertes combatieron, con las montaraces bestias, que de modo asombroso aniquilaron. Con ellos traté yo cuando acudí desde la lejana Pilo, aquella remota tierra, pues ellos mismos me habían convocado. 270 Y yo combatí, solo por mi propia cuenta. Contra aquéllos nadie 9 Los héroes del pasado mencionados son lápitas de Tesalia que, ayuda­ dos por Teseo de Atenas, lucharon contra los Centauros cuando intentaron durante la celebración de las bodas de Pirítoo e Hipodamía raptar a las mujeres. ILÍADA 112 de los mortales que ahora pueblan la tierra habría combatido. Y atendían mis consejos y harían caso a mis palabras. Mas hacedme caso también vosotros, pues obedecer es mejor. 275 Ni tú, aun siendo valeroso, quites a éste la muchacha; dejásela, pues se la dieron como botín los hijos de los aqueos, ni tú, oh Pelida, pretendas disputar con el rey frente a frente, pues siempre ha obtenido honor muy distinto el rey portador del cetro, a quien Zeus otorgó la gloria. 280 Y si tú eres más fuerte y la madre que te alumbró es una diosa , sin embargo él es superior, porque reina sobre un número mayor. ¡Atrida, apacigua tu furia! Soy yo ahora quien te suplica que depongas la ira contra Aquiles, que es para todos los aqueos alto bastión que defiende del maligno combate.» 285 En respuesta le dijo el poderoso Agamenón: «Sí que es, oh anciano, oportuno cuanto has dicho. Pero este hombre quiere estar por encima de todos los demás, a todos quiere dominar, sobre todos reinar, y en todos mandar; mas creo que alguno no le va a obedecer. 290 Y si buen lanceador lo han hecho los sempiternos dioses, ¿por eso le estimulan a proferir injurias?» Le interrumpió y respondió Aquiles, de la casta de Zeus: «De verdad que cobarde y nulidad se me podría llamar si es que voy a ceder ante ti en todo lo que digas. 295 A otros manda eso, pero no me lo ordenes a mí, que yo ya no pienso obedecerte. Otra cosa te voy a decir, y tú métela en tus mientes: con las manos yo no pienso luchar por la muchacha ni contigo ni con otro, pues me quitáis lo que me disteis. 300 Pero de lo demás que tengo junto a la veloz nave negra, no podrías quitarme nada ni llevártelo contra mi voluntad. Y si no, ea, inténtalo, y se enterarán también éstos: al punto tu oscura sangre manará alrededor de mi lanza.» Tras reñir así con opuestas razones, ambos se levantaron 10 Tetis. CANTO I 113 y dieron fin a la asamblea junto a las naves de los aqueos. 305 El Pelida fue a sus tiendas y a sus bien equilibradas naves con el Menecíada y con sus compañeros. Y, por su parte, el Atrida botó al mar una veloz nave, puso en ella veinte remeros elegidos, una hecatombe cargó en honor del dios, y a Criseida, de bellas mejillas, 3io llevó y embarcó. Y como jefe montó el muy ingenioso Ulises. Y tras subir, comenzaron a navegar por las húmedas sendas. El Atrida ordenó a las huestes purificarse; y ellos se purifiéaron y echaron al mar el agua lustral, y sacrificaron en honor de Apolo cumplidas hecatombes 315 de toros y de cabras junto a la ribera del proceloso mar. Y la grasa ascendió al cielo enroscándose en el humo. De esto se ocupaban en el campamento; mas Agamenón no olvidó la riña ni la amenaza proferida contra Aquiles; por el contrario, dijo a Taltibio y a Euríbates, 320 que eran sus dos heraldos y diligentes servidores: «Id ambos a la tienda del Pelida Aquiles, y asid de la mano y traed a Briseida, la de bellas mejillas. Y si no la entrega, yo mismo en persona puede que la coja yendo con más; y eso será todavía más estremecedor para él.» 325 Tras hablar así, los despachó con este riguroso mandato. Ambos mal de su grado, bordeando la ribera del proceloso mar, llegaron a las tiendas y a las naves de los mirmidones, y lo hallaron .junto a la tienda y a la negra nave sentado. Realmente no se alegró Aquiles al ver a ambos. 330 Los dos, por temor y respeto del rey, se detuvieron sin atreverse a decir ni a preguntar nada. Pero él se dio cuenta en sus mientes y les dijo: «¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos. No sois vosotros culpables de nada, sino Agamenón, 335 que a ambos ha despachado en busca de la joven Briseida. Mas, ea, Patroclo, descendiente de Zeus, saca a la muchacha y entrégasela para que se la lleven. Sean ambos testigos ante los felices dioses y ante los mortales hombres, 150. — 8 ILÍADA 114 340 y ante él, ante el implacable rey, si alguna otra vez hay necesidad de mí para apartar un ignominioso estrago de los demás. Pues con mente funesta se lanza ahora furioso y no sabe mirar al mismo tiempo hacia delante y hacia atrás, para que los aqueos luchen por él a salvo junto a las naves.» 345 Así habló, y Patroclo obedeció a su compañero, y sacó de la tienda a Briseida, 'la de bellas mejillas, y se la dio para llevarla. Volvieron a las naves de los aqueos, y la mujer marchó con ellos de mala gana. A su vez, Aquiles se apartó al punto de sus compañeros y se echó a llorar sentado 350 sobre la ribera del canoso mar, mirando al ilimitado ponto. Muchas plegarias dirigió a su madre, extendiendo los brazos. «¡Madre! Ya que me diste a luz para una vida efímera, honor me debió haber otorgado el olímpico Zeus altitonante. A hora bien, ni una pizca me ha otorgado, 355 pues el Atrida Agamenón, señor de anchos dominios, me ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder.» Así habló vertiendo lágrimas, y le oyó su augusta madre sentada en los abismos del mar al lado de su anciano padre y al punto emergió, como nubareda de polvo, del canoso mar . 360 Se sentó delante de él, que seguía vertiendo lágrimas, lo acarició con la mano, lo llamó con todos sus nombres y dijo. «¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pena invade tus mientes? Habla, no la ocultes en tu pensamiento, sepámosla ambos.» Con hondos suspiros respondió Aquiles, de pies ligeros: 365 «Lo sabes. ¿Por qué relatarte todo eso que ya conoces? Fuimos a Teba, la sacra ciudad de Eetión, la saqueamos por completo y nos trajimos aquí todo. Los hijos de los aqueos se distribuyeron el resto con equidad y seleccionaron para el Atrida a Criseida, de bellas mejillas. 370 Entonces Crises, sacerdote de Apolo, que dispara de lejos, llegó a las veloces naves de los aqueos, de broncíneas túnicas 12, 11 Tetis, la madre de Aquiles, es una diosa marina, una hija de Nereo. 12 Ë1 epíteto puede hacer referencia al escudo o a la coraza. CANTO I 115 para liberar a su hija, cargado de inmensos rescates, llevando en sus manos las ínfulas del flechador Apolo en lo alto del áureo cetro, y suplicó a todos los aqueos, pero, sobre todo, a los dos Atridas, ordenadores de huestes. 375 Entonces todos los demás aqueos aprobaron unánimes respetar al sacerdote y aceptar el espléndido rescate; pero no le plugo en su ánimo al Atrida Agamenón, que lo alejó de mala manera y le dictó un riguroso mandato. El anciano se marchó irritado. Y Apolo 380 le escuchó en su súplica, porque le era muy querido, _ y lanzó contra los aqueos su funesto dardo. Las huestes morían en rápida sucesión, y los venablos del dios recorrían por doquier el vasto campamento de los aqueos. El adivino, gracias a su saber, reveló el vaticinio del arquero, 385 y al instante yo mandé el primero que se aplacara al dios. El Atrida entonces fue presa de la ira y al punto se levantó y profirió una amenaza que ya está cumplida: a la una con una veloz nave los aqueos, de vivaces ojos, la acaban de enviar a Crisa y llevan regalos para el soberano; 390 y con la otra se han ido de mi tienda ahora mismo los heraldos, con la muchacha de Briseo, que los hijos de los aqueos me dieron. Mas tú, si puedes, socorre a tu hijo. Ve al Olimpo y suplica a Zeus, si es que alguna vez en algo has agradado el corazón de Zeus de palabra o también de obra; 395 pues a menudo te he oído en las salas de mi padre jactarte, cuando afirmabas que de Zeus, el de oscuras nubes, tú sola entre los inmortales alejaste un ignominioso estrago, cuando quisieron atarlo entre todos los demás olímpicos, Hera y también Posidón y Palas Atenea. 400 Mas tú, oh diosa, ascendiste y lo soltaste de las ataduras, llamando de inmediato al espacioso Olimpo al Centimano, a quien los dioses llaman Briáreo, y todos los hombres Egeón, porque él es a su vez más fuerte que su padre 13, 13 Los demás ejemplos en los que se menciona una denominación distinta 116 ILÍADA 405 quien se sentó al lado del Crónida, ufano de su gloria, los felices dioses sintieron miedo de él y ya no lo ataron. Recuérdaselo ahora, siéntate a su lado y abraza sus rodillas, a ver si quiere proteger a los troyanos y acorralar en las popas y alrededor del mar a los aqueos 410 entre gran mortandad, para que todos disfruten de su rey, y se entere el Atrida Agamenón, señor de anchos dominios, de su yerro, por no dar satisfacción al mejor de los aqueos.» Respondióle entonces Tetis, derramando lágrimas: «¡Ay, hijo mío! ¿Por qué te crié si en hora aciaga te 415 di a luz? ¡Sin llanto y sin pena junto a las naves debiste quedarte sentado, ya que tu sino es breve y nada duradero! Temprano ha resultado ser tu hado e infortunado sobre todos has sido; por eso, para funesto destino te alumbré en palacio. A comunicar ese mensaje a Zeus, que se deleita con el rayo, 420 voy yo misma al muy nevado Olimpo, a ver si me hace caso. Mas tú ahora, sentado junto a las naves, de ligero curso, conserva tu cólera contra los aqueos y abstente del combate. Zeus fue ayer 14 al Océano a reunirse con los intachables etíopes para un banquete, y todos los dioses han ido en su compañía. 425 Al duodécimo día regresará al Olimpo, y entonces yo iré a la morada, de broncíneo piso, de Zeus y me abrazaré a sus rodillas, y creo que me hará caso.» Tras hablar así, se marchó y lo dejó allí mismo, irritado en su ánimo por la mujer, de bello talle, 430 que por la fuerza y contra su voluntad le habían quitado. En tanto Ulises llegó a Crisa conduciendo la sacra hecatombe. Cuando arribaron al interior del puerto, de múltiples simas, arriaron velas y las depositaron en la negra nave, en la lengua de los dioses y en la de los hombres son II 813 s., XIV 290 s., XX 74, Od. X 305, XII 61. 14 Los versos 221 ss. anteriores dan por sentado que Zeus y las demás deidades están ese mismo día en el Olimpo. Otro período de once días, du­ rante el que hay una tregua para el funeral de Héctor, se menciona en XXIV 664 ss. (cf. 784 ss.). CANTO I 117 abatieron el mástil sobre la horquilla, arriándolo con cables raudamente, y a remo impulsaron el barco hasta el fondeadero. 435 Echaron cameras anclas y ataron las amarras de popa. Saltaron ellos mismos sobre la rompiente del mar y sacaron la hecatombe en honor del flechador Apolo. Y salió Criseida de la nave, surcadora del ponto. Luego, el muy ingenioso Ulises la condujo hacia el altar, 440 la puso en manos de su padre y le dijo: «¡Crises! Agamenón, soberano de hombres, me ha enviado a traerte a tu hija y a ofrecer a Febo una sacra hecatombe en favor de los dáñaos, para propiciarnos al soberano, que ahora ha dispensado deplorables duelos a los argivos.» 445 Tras hablar así, la puso en sus manos, y él acogió alegre a su hija. Con ligereza la sacra hecatombe en honor del dios colocaron seguidamente en torno-del bien edificado altar y se lavaron las manos y cogieron los granos de cebada majada. Crises oró en alta voz, con los brazos extendidos a lo alto: 450 «¡Óyeme, oh tú, el de argénteo arco, que proteges Crisa y la muy divina Cila, y sobre Ténedos imperas con tu fuerza. Ya una vez antes escuchaste mi plegaria, y a mí me honraste e infligiste un g t ^ e castigo a la hueste de los aqueos. También ahora cúmpleme este otro deseo: 455 aparta ya ahora de los dáñaos el ignominioso estrago.» Así habló en su plegaria, y le escuchó Febo Apolo. Tras elevar la súplica y espolvorear granos de cebada majada, primero echaron atrás las testudes, las degollaron y desollaron; despiezaron los muslos y los cubrieron con grasa 460 formando una doble capa y encima pusieron trozos de carne cruda. El anciano los asaba sobre unos lefios, mientras rutilante vino vertía; al lado unos jóvenes asían asadores de cinco puntas. Tras consumirse ambos muslos al fuego y catar las visceras, trincharon el resto y lo ensartaron en brochetas, 465 lo asaron cuidadosamente y retiraron todo del fuego. Una vez terminada la faena y dispuesto el banquete, participaron del festín, y nadie careció de equitativa porción. 118 ILÍADA Después de saciar el apetito de bebida y de comida, 470 los muchachos colmaron crateras 15 de bebida, que repartieron entre todos tras ofrendar las primicias en copas. Todo el día estuvieron propiciando al dios con cantos y danzas los muchachos de los aqueos, entonando un peán 16 en el que celebraban al Protector; y éste se recreaba la mente al oírlo. 475 Cuando el sol se puso y sobrevino la oscuridad, se acostaron a lo largo de las amarras de popa de la nave, y al aparecer la hija de la mañana, la Aurora, de rosados dedos, se hicieron a la mar hacia el vasto campamento de los aqueos; un próspero viento les enviaba el protector Apolo. 480 Izaron el mástil y desplegaron a lo alto las blancas velas, el viento hinchó de pleno el velamen, y las rizadas olas gemían a los lados de la quilla al compás del avance de la nave. Y ésta surcaba olas abajo, llevando a término la ruta. Mas una vez llegados al vasto campamento de los aqueos, 485 remolcaron la negra nave sobre tierra firme, la vararon arriba en la arena y la calzaron con largas escoras; y luego ellos se dispersaron por las tiendas y las naves. Velaba su cólera sentado junto a las naves, de veloz curso, el hijo de Peleo, descendiente de Zeus, Aquiles» de pies ligeros, 490 y ni frecuentaba la asamblea, que otorga gloria a los hombres, ni el combate, sino que iba consumiendo su corazón allí quieto y añoraba el griterío de guerra y la batalla. Pero al llegar a partir de aquel día la duodécima aurora, entonces volvieron al Olimpo los sempiternos dioses juntos 495 con Zeus a la cabeza. Tetis no había olvidado los encargos de su hijo y emergió de las ondas del mar y ascendió de mañana al elevado cielo y al Olimpo. 15 Recipientes donde se mezcla el agua y el vino que luego se escancia en las copas. La transcripción correcta de la forma griega al castellano sería cráter, pero la transliteración caprichosa cratera o crátera se ha hecho común. 16 Canto o grito de alegría con el que se invoca a Peán, nombre que a veces se aplica a Apolo. CANTO I 119 Halló al Crónida, de ancha voz, sentado aparte de los demás en la cumbre más elevada del Olimpo, lleno de riscos. Se sentó delante de él mismo, le abrazó las rodillas 500 con la izquierda y, asiendo con la diestra su barba por debajo n , dijo, suplicante, al soberano Zeus Cronión: «¡Padre Zeus! Si alguna vez entre los inmortales te he favorecido de palabra o de obra, cúmpleme este deseo: honra a mi hijo, sujeto al más temprano hado entre todos 505 y a quien, además, ahora Agamenón, soberano de hombres, ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder ._ Mas tú véngalo, providente Zeus Olímpico, e infunde poderío a los troyanos, hasta que los aqueos den satisfacción a mi hijo y lo exalten de honores.» 510 Así habló, y nada respondió Zeus, que las nubes acumula, y permaneció un rato sentado en silencio. Tetis, una vez asida a sus rodillas, seguía así agarrada y preguntó por segunda vez: «De verdad prométemelo y asiente a ello, o deniégalo, ya que no cabe el temor en ti; así sabré bien 515 hasta qué punto soy la divinidad más vilipendiada entre todas.» Muy enojado, le respondió Zéus, que las nubes acumula: «¡Desastres se avecinan, pues me impulsarás a enemistarme con Hera, cuando ella me provoque con injuriosas palabras! Aun sin motivo, una y otra vez entre los inmortales dioses 520 me recrimina y afirma que protejo a los troyanos en la lucha. Mas tú ahora márchate de nuevo, no sea que note algo Hera. De mi cuenta quedará eso para cumplirlo. ¡Ea, asentiré con la cabeza, para que me hagas caso! Entre los inmortales esta señal, viniendo de mí, es la prueba 525 más segura; pues es irrevocable, no tiene engaño y no queda sin cumplir lo que garantizo con mi asentimiento.» Dijo, y sobre las oscuras cejas asintió el Cronióti; y las inmortales guedejas del soberano ondearon 530 desde la inmortal cabeza, y el alto Olimpo sufrió una honda sacudida. 530 17 Ésta es la postura típica y ritual del suplicante. 120 ILÍADA Los dos, tras deliberar así, se separaron. Ella entonces se zambulló en el profundo mar desde el resplandeciente Olimpo, y Zeus volvió a su morada. A una los dioses se incorporaron de sus asientos a la vista del padre, y ninguno osó aguardar 535 quieto su llegada, pues todos se levantaron a su paso. Sentóse allí, sobre el trono, y no ignoró Hera, al verlo, que con él había trazado ciertos planes Tetis, la de argénteos pies, la hija del marino anciano. Al punto, con mordaces palabras dijo a Zeus Cronión: 540 «¿Qué dios, urdidor de dolos, ha trazado esta vez planes contigo? Siempre te gusta deliberar cuando estás lejos de mí y tomar decisiones clandestinas, y jamás hasta ahora conmigo has sido benévolo ni has osado decirme el plan que proyectas.» Le respondió entonces el padre de hombres y de dioses: 545 «Hera, no esperes realmente todos mis propósitos conocer; difícil para ti será, aun siendo mi esposa. El que convenga que escuches ningún otro de los dioses ni de los hombres lo conocerá antes que tú; mas de los que lejos de los dioses yo quiera decidir 550 ni preguntes por cada uno ni trates de indagarlos.» Le respondió entonces la augusta Hera, de inmensos ojos: «¡Atrocísimo Crónida! ¿Qué clase de palabra has dicho? No es excesivo lo que a veces te pregunto y procuro indagar, sino que muy tranquilo deliberas lo que quieres. 555 Mas ahora un temor atroz tengo en mi mente de que te engañe Tetis, la de argénteos pies, la hija del marino anciano. Pues al amanecer sentóse junto a ti y te abrazó las rodillas. Creo que con tu veraz asentimiento le has garantizado honrar a Aquiles y arruinar a muchos sobre las naves de los aqueos.» 560 En respuesta le dijo Zeus, que las nubes acumula: «¡Desdichada! Siempre sospechas y no logro sustraerme a ti. Nada, empero, podrás conseguir, sino de mi ánimo estar más apartada. Y eso para ti aún más estremecedor será. Si eso es así, es porque así me va a ser caro. 565 Mas siéntate en silencio y acata mi palabra, CANTO I 121 no sea que ni todos los dioses del Olimpo puedan socorrerte cuando yo me acerque y te ponga encima mis inaferrables manos.» Así habló, y sintió miedo la augusta Hera, de inmensos ojos, y se sentó en silencio, doblegando su corazón. Se enojaron en la morada de Zeus los celestiales dioses, 570 y entre ellos Hefesto, el ilustre artífice, comenzó a hablar, procurando complacer a su madre, Hera, la de blancos brazos: «Calamitosas serán estas acciones y ya no tolerables, si vosotros dos por culpa de unos mortales os querelláis así y entre los dioses promovéis reyerta. Tampoco del banquete 57? magnífico habrá gusto, pues lo inferior está prevaleciendo. A mi madre yo exhorto, aunque ella misma se da cuenta, a que procure complacer al padre Zeus, para evitar que vuelva a recriminarla mi padre y a nosotros nos perturbe el festín. Pues el fulminador Olímpico incluso si quiere 580 de los asientos arrojarnos, es con mucho el más fuerte; mas tú atráetelo con palabras halagadoras. Entonces pronto el Olímpico nos será propicio.» Así habló y alzando una copa de doble asa, se la puso a su madre en la mano y le dijo: 585 «Soporta, madre mía, y domínate, aunque estés apenada; que a ti, aun siéndome tan querida, no tenga que verte con mis ojos apaleada. Entonces no podré, aun afligido, socorrerte, pues doloroso es rivalizar con el Olímpico: ya en otra ocasión a mí, ansioso de defenderte, 590 me arrojó del divino umbral, agarrándome del pie 18. Y todo el día estuve descendiendo y a la puesta del sol caí en Lemnos, cuando ya poco aliento me quedaba dentro. Allí los sinties me recogieron nada más caer.» Así habló, y se sonrió Hera, la diosa de blancos brazos, 595 y tras sonreír aceptó de su hijo en la mano la copa. 18 Es probable que se refiera al incidente aludido en XV 18-24. Hubo además otra ocasión en la que Hefesto fue arrojado del Olimpo (cf. XVIII 394 ss.). Una o ambas caídas deben de explicar la cojera del dios. 122 ILÍADA Mas él a todos los demás dioses de izquierda a derecha fue escanciando dulce néctar, sacándolo de la cratera. Y una inextinguible risa se elevó entre los felices dioses, 600 al ver a Hefesto a través de la morada jadeando. Así entonces durante todo el día hasta la puesta del sol participaron del festín, y nadie careció de equitativa porción ni tampoco de la muy bella fórminge, que mantenía Apolo, ni de las Musas, que cantaban alternándose con bella voz. 605 Mas al ponerse la refulgente luz del sol, se marcharon a acostarse cada uno a su casa, donde a cada cuál una morada el muy ilustre cojitranco, Hefesto, había fabricado con su mañoso talento. También a su lecho marchó Zeus, el Olímpico fulminador, 610 donde descansaba cada vez que le llegaba el dulce sueño. Allí subió y se durmió, y a su lado Hera, de áureo trono. INDICE GENERAL Págs. I n t r o d u c c ió n I. ............................................................................................... 7 N oticias de o tro s poem as épicos en la Ilíada y en la O disea .................................................. 10 a) La épica en Homero, 10. — b) Temas tradi­ cionales, 12. — c) Los personajes, 12. — d) Los mo­ tivos, 13. — e) Los efectos del canto épico, 14. — f) La Ilíatia y las noticias sobre la épica en Homero, 1 5 . _ g) Noticias sobre otros poemas épicos, 16. II. L a trad ició n épica en G recia ......................... 17 a) Las fórmulas, 17. — b) Las propiedades de los sistemas de fórmulas, 19. — c) Escenas típicas, 21. — d) Estructura narrativa, 23. — e) Temas y motivos, 25. — 0 La lengua, 27. — g) El verso, 28. — h) Los datos de la literatura comparada, 29. / I I I . L a p reh isto ria de la trad ició n épica .... a) La historicidad de la guerra de Troya, 32. — b) La Ilíada y el mundo micénico, 34. — c) La Ilíada y la ‘Edad Oscura’, 42. — d) La Ilíada y la época posterior a la colonización jónica, 43. — e) Los ele­ mentos ‘recientes’, 44. — f) La ‘traditio’ ática, 46. g) La Ilíada como fuente para la historia de Grecia, 46. 31 650 ILÍADA Págs. IV. La individualidad de la Ilíada 48 a) La extensión monumental, 48. — b) Unidad temática, 50. — c) Digresiones del tema central, 51. — d) Procedimientos para crear incertidumbre en el relato, 52. — e) La conexión de los episodios, 53. — 0 La cólera de Aquiles como símbolo de la guerra de Troya, 56. — g) Eliminación de elementos de la leyenda troyana ajenos al tema central, 58. — h) La eleyación de las acciones de los personajes, 59. — i) Los héroes y su destino, 61. — j) Los dioses, 63. — k) El estilo, 63. V. La cuestión homérica ............................................ 65 a) Las fuentes antiguas sobre la vida de Ho­ mero, 65. — b) La tradición homérica en Atenas, 71. — c) La difusión del texto escrito en la Anti­ güedad, 72. — d) La «redacción» pisistrática, 74. — e) La cuestión homérica desde el siglo xvm, 76 (1. Las contradicciones e inconsistencias en el conteni­ do, 76. — 2. Los datos dialécticos jónicos, 76. — 3. La geografía, 78. — 4. Las representaciones ce­ rámicas, 78. — 5. La literatura comparada, 79. — 6 . El incierto papel de la escritura en la difusión de la litada, 81). VI. La transmisión del texto de la Ilíada . . . 83 a) La difusión en la época arcaica, 83. — b) La tradición del texto en la época clásica, 86. — c) Las ediciones de las ciudades, 90. — d) Los pa­ piros, 90. — e) Las ediciones alejandrinas, 91. — f) Los escolios, 95. — g) La transmisión en Bizancio, 98. VII. La influencia de la Ilíada 99 VIII. Bibliografía básica .......... 100 Nota a la traducción 102 IX. INDICE GENERAL 651 Págs. C anto I .................................................................................... 103 C anto II .................................................................................. 123 C anto III ................................................................................ 151 C anto IV ................................................................................ 167 C anto V .................................................................................. 185 C anto VI ................................................................................ - 213 C anto VII .............................................................................. 230 C anto V III .............................................................................. 246 C anto IX ................................................................................ 265 C anto X .................................................................................. 288 C anto XI ................................................................................ 307 C anto X II .............................................................................. 334 C anto X III .............................................................................. 349 C anto XIV .............................................................................. 375 C anto XV .............................................................................. 392 C anto XVI .............................................................................. 415 C anto X V II ......................................................................... 442 C anto X V III ......................................................................... 466 C anto X IX .............................................................................. 487 C anto X X .............................................................................. 501 C anto X X I .............................................................................. 518 C anto X X II ........................................................................... 538 C anto X X III ......................................................................... 555 C anto X X IV ......................................................................... 584
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