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EL GUSANO Y EL ARCOIRIS

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EL GUSANO
Y
EL ARCOIRIS
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Dr. Ruperto Renella Arias Salazar
INTRODUCCIÓN
Esta es la historia de un gusano al que le apretaron tanto, tanto le apretaron
que le salieron alas y aprendió a volar. Maravillado voló en busca del
arcoíris y aunque nunca llegó, sí aprendió a reír y llorar como los humanos;
a agradecer a Dios que le enseñó a amar la gota de lluvia en una flor, una
tarde de primavera, una noche de terciopelo cuajada de estrellas, la risa de
un niño; a saber que todo es posible cuando se nació para volar; que el
Cielo y el Infierno existen aquí mismo y que, sólo hay que merecerlos.
CAPÍTULO I
La vida sigue el oráculo bíblico: nacemos, crecemos y morimos.
Cada una de nuestras células lleva en sí la fatal decisión; por más que cada
una de sus partes se renueva constantemente en el camino, al final hay un
“hasta aquí no más”; de tal manera que esquemáticamente vamos muriendo
todos los días.
Sí es así; cuántas veces me he preguntado: ¿qué razón hay para venir a este
mundo? No importa lo que hagamos, no importa cuanto nos esforcemos,
no importa cuanto lo logremos, no importa quienes seamos, al final todos
tendremos el mismo destino.
“El hombre, individualmente muere; pero, colectivamente es eterno”, se ha
dicho; pero, tampoco es verdad. Uno muere, pero según haya trascendido,
vivirá por lo menos en el recuerdo de pocos o muchos; pero al final
también aquel recuerdo se acabará y habrá espiritualmente muerto también.
Ni los astros, los sistemas planetarios son eternos; la idea misma sólo vivirá
mientras haya quien la siga. Entonces; ¿por qué este esfuerzo de trascender
más allá de la materia?
El misterio de la vida es tal que creo que nunca llegaremos a dilucidarlo.
Estamos viendo que el átomo en lo micro y el universo en lo macro cada
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vez se extienden más; lo que hace pensar que nuestro ingenio y nuestra
inteligencia por hoy son el límite.
Nosotros no somos nadie si no somos nosotros mismos; y no seremos
nosotros mismos si no nos conocemos y para ello el recuerdo de lo pasado
nos da la verdadera dimensión.
Y nosotros tenemos la capacidad de revivir mientras tengamos la facultad
de recordar, rememorar, hacer andar nuevamente al tiempo y talvez ver,
oír, palpar una vez más cada trozo de nuestras vidas y como
prestidigitadores sacar con una varita mágica del consabido sombrero, los
retazos más espectaculares de nuestras simples vidas. Porque en cada vida
entre tanta vuelta siempre hay alegrías y tristezas que cuando pasan los
años hasta las más tristes o dolorosas se las recuerda con esa tibieza de
jardincito ya llovido. Lo malo también es que con el tiempo se van
perdiendo como las fotos antiguas, las caras y los nombres de mucha gente
que fueron algo en nuestros viejos tiempos.
Como han sido para mí de gratos y queridos estos momentos que, alrededor
de esta mesa padres, hijos, nietos, nueras y yernos nos reunimos con
cualquier pretexto y nos ponemos a filosofar, discutir, aprender o vivir bajo
la experiencia de los que más han vivido.
Recuerdo aquel trozo de versos del poeta gaucho en la Leyenda del
Cedrón:
Llovía torrencialmente
en la estancia del cedrón
como adorando al fogón
estaba tuita la gente.
Dijo un hombre derrepente:
Ahora que el agua y el viento
Trae a la memoria mía
Cosas que naide sabía
Y que yo diré al momento:
Allá, en mis años de mozoY perdonen la distanciaSucedió que esta estancia
Hubo un crimen misterioso...
Cuando uno repasa la vida, encuentra que se vivió y que si la vida de uno a
nadie interesa, a veces sirve de experiencia para el que viene siguiendo, o
para el que quiere saber de donde vino.
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Cuando yo tenía unos dos o tres años me llevaba con un amiguito de mi
misma edad que era hijo del herrero Mejía.
En una fiesta de Corpus Cristi, nosotros nunca habíamos visto una cosa
igual, bajaban por la calle empedrada del pueblo una cantidad enorme de
gente con unos vestidos raros: llenos de plumas, espejos, churos, unas
cabezas chiquitas colgadas de la cintura, lanzas con plumas en la punta,
pájaros muertos al rededor del cuello y lo peor: unas caras horribles ¡de
alambre!
Nosotros temblábamos del miedo y cuando al pasar nos hicieron ¡Buf! casi
nos desmayamos y corrimos por entre las piernas de las gentes a la tienda
de mi mamá. Vivíamos entonces en la casa de doña Facunda –quién
también sería- Era una tienda chiquita y mi mamá no tenía cara; al menos
no recuerdo como era. Lo que sí recuerdo es que yo tenía un pitito que
hacía ¡croac! ¡croac! cuando se le aplastaba y que recuerdo que me regaló
mi tía que tampoco tenía cara; pero, seguro que tenía un lindo corazón.
Creo que antes habíamos vivido en la casa de un señor gordo y medio viejo
que se llamaba Don Brito. Teníamos unos lindos conejos blancos que
habían hecho huecos en el fogón de la cocina desde donde salían a comer la
hierba que había en la calle.
Al lado de la cocina vivía la abuela Nicolasa que tampoco tenía cara, pero
sabía que era mi abuela. Se comunicaban ambas cocinas por una ventanita
y por allí la abuela nos pasaba platos de morocho para el almuerzo.
Yo no sé; pero parece que era solito; no recuerdo ni de mi papá, ni de mis
hermanos. A mi papá la recuerdo cuando vivíamos en Tinajillas en casa de
don Ramón. La Tinajillas era una quebrada fea y lúgubre que daba miedo
aventurarse por allí; era el final del pueblo. Pero, al filo de la quebrada
vivía un viejito carpintero que se llamaba Bedoya y que tenía un hijo ya
señor que no se llamaba Bedoya. Decían que era muy chumado y que se
curó después de una noche que regresaba muy alumbrado vio al filo de la
quebrada una señorita toda de blanco que le llamaba muy insinuante y que
él la seguía y seguía hasta que ella se dio la vuelta y él al darse cuenta que
era una calavera se desmayó; al otro día le encontraron con espuma en la
boca y que nunca más volvió a tomar. Le llamaban el Calvo Correa.
A la orilla del camino había una piedra grandota donde por las noches se
escondía el Diablo; de día yo pasaba corriendo sin regresar ni a ver. Ese
camino tenía unos portillos por donde la gente entraba a los potreros de
doña Carmen nosecuantos, potreros que eran lugar de aventuras de los
mocosos, paseo obligado de los ladrones de guabas, letrina de todo el
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mundo. Allí habían también unas matas de carrizos donde mi hermano
Julio de adrede se había herido la mejilla para que no le peguen ya que se
había perdido un gallo de pelea de las jaulas que tenía mi papá que dizque
era gallero. Eso era un enorme martirio para la familia, pues las jaulas
tenían barrotes verticales que permitían peleas de los gallos del cubículo de
arriba con el de abajo. Nosotros sabíamos que cada gallo valía más que
una mamá, no se diga un pobre guambra; y cuando se despicaban... ¡Santo
Dios!. Cuando eso sucedía mi madre y todos llorábamos porque tarde que
papá venía –que tampoco tenía cara- nos pegaba a toditos y se ponía como
loco; le teníamos un miedo horroroso.
Tanto le importaban los tales gallos que, en una libreta grande y larga que
tenía donde anotaba las cosas más importantes, se leía algo así como: este
día la gallina Colorada puso un huevo del gallo Rubí y, más abajo: hoy día
nació mi hijo Renella, ¡Imagínense como sería la tragedia si se perdía el
gallo fulano de tal!
El papá de mi mamá que apenas recuerdo su cara –era juez- decía en la
gallera “¿Cuál es el gallo del Jorge? –su yerno- e invariablemente apostaba
al contrario, porque era fama de que mi papá nunca ganaba una pelea.
Bueno, es un decir porque las peleas que tenía con mi mamá siempre
ganaba.
El tal gallo Rubí era un desgraciado; yo le corría porque cuando me veía
volaba a picarme en la parte más dolorosa de mis pantorrillas. Talvez yo
era su enemigo personal.
No sé, pero creo que yo era un niño triste; pues, hasta el Singo –el perro del
dueño de casa- se le antojó que mi mejilla era comestible y una vez que
logró agarrarme casi me saca un pedazo si alguien no me salva en ese
momento.
Yo, pensaba que no era de la familia y cuando me pegaban decía: cierto ha
de ser que me hallaron en un cuero debajo de la piedra grande: ¡Claro,
cómo me iban a querer si no soy de la familia!
Mas bien la Elena –una nieta de don Ramón- parecía que me quería porque
algunas veces me llevaba a la huerta, detrás de la curtiembre; allí me
abrazaba, se acostaba y me hacía jugar encima de ella.
El José, El Ramón y el Melo los otros nietos de don Ramón jugaban
conmigo pero siempre terminábamos peleando y ellos me hacían pelear con
el Ramón que era mayor y más grande que yo y siempre me sacaba
llorando.
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No recuerdo cómo vivíamos, ah pues, recuerdo de un solo cuartito; la
cocina y las jaulas que quedaban atrás. Pero allí le visitaba a mamá una
señora muy guapa de pelo rubio ensortijado y ojos verdes que le llamaban
Tía Dolores. Iba descalza y se sentaba en el suelo a conversar. También
venía un viejito de cara chiquita y moreno que montaba un caballo
grandote, usaba zamarros y le decían tío Luis y era hermano de mi abuelo
Julio.
Cerca de la casa había una plaza y allí una tienda donde vendían unos
panes de leche deliciosos, riquísimos y que allí nos llevó una vez papá a
comer y allí nos presentó a unos jóvenes muy guapos, muy altos, muy
rubios y que iban descalzos.
Mi hermano Julio ya estaba en la escuela y yo tenía miedo sólo en pensar
que a mí también me pongan. Decían que los profesores saben pegar con la
regla.
Yo, seguramente era un niño muy malo. Hacía cosas que eran malas; pero,
es que nadie me decía qué es bueno o qué es malo, sólo me pegaban; lo que
sí sabía era que mi padre era muy bravo y que hay que tenerle miedo. Y
vaya que yo solo oyéndole llegar por la tarde me ponía a temblar y no sabía
qué hacer o dónde meterme. Lo cierto es que una vez huyendo de él que
me perseguía alcancé a meterme debajo de la cama y él trataba de
alcanzarme con una pértiga; en un momento de descuido salí corriendo
hacia la piedra grande. No recuerdo que pasaría; tal vez nada importante
ya que estoy contando ésta.
Una escapada al centro del pueblo siempre era una aventura. Alguna vez
conocí allí a unas primas que habían venido de vacaciones y vivían en casa
de un Buenaño eran Paquita, Piedad y la Negrita que le decían alfiler por lo
flaquita que era. Bailaban entre ellas al son de una vitrola.
Allí conocí también un taller de zapatería de un señor flaco, verde y que
decían que allí trabaja mi hermano mayor. Por lo que me contaban o más
bien por lo que oía decir a mi hermano mayor yo le tenía pena porque
decían que mi papá le perseguía con un axial grandote que por pegarle
botaba las tejas de las casas.
Cuando le conocí a mi hermano mayor era una tarde de toros –de Niña
María- decían. En estas fiestas se jugaban hasta ocho tardes de toros.
Me gustaba esa temporada porque entonces yo podía salir al pueblo.
Seguramente nadie sabía que yo estaba allí porque siempre tenía la
sensación de estar solito.
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Andaba por fuera de las barreras y oía y veía lo que sucedía bajo los
tablados donde se instalaban las chinganas; siempre llenas de gente mayor
que tomaban cerveza, trago y comían hornado con tortillas. Las que
atendían casi siempre cargaban un guagua o tenían otro durmiendo en un
cajón; pero siempre estaban sudorosas. Allí es que cierta vez se había
entrado un toro que se escapó de la plaza; habíase puesto como loco
botando botellas, tortillas, borrachos y guaguas y la pobre dueña de la
chingana dizque corría como esas gallinas cluecas, de aquí para allá
queriendo salir con el guagua cargado pero volviéndose a entrar por el
guagua que tenía en el cajón, gritando como loca hasta que al toro le dio la
gana de salir envistiendo a los que llenaban la puerta.
Mientras tanto la banda de música tocaba esas músicas de toros de pueblo
que al oírlas ponen la carne de gallina.
Todo el mundo tomaban, se reían o gritaban. De vez en cuando se oye un
¡Ay! enorme, fantástico, que indicaba que a alguien acababa de coger el
toro, y lo enviaba por loa aires. Mientras tanto otros jóvenes más atrevidos
cogían al toro por el rabo obligándole a soltar al pobre borracho o al
aprendiz de torero que tuvo la mala suerte de estar por donde pasaba el
toro.
Eran famosos los toros de pueblo y se decía que habían sido mejores
mientras más desgracias causaban. Habían haciendas muy nombradas por
la bravura de sus toros: los pullurimas, los antisanas, los pedregales, los de
El Colegio. Todos ellos escogidos de los páramos donde vivían
remontados.
Bajaban a los corrales de la plaza en la madrugada cuidados y guiados por
mayordomos y peones que venían envueltos en ponchos gruesos, de colores
brillantes, con bufandas espesas, zamarros de cuero de oveja, lobo o león
según la categoría, con apartadores recios y filudos para controlar a los
toros más levantiscos.
Habían ocasiones en que cuando estos toros salían a la plaza no quedaba
nadie para recibirles –daba miedo sólo de verlos-.
Generalmente estos administradores, mayordomos o mayorales eran tan
diestros manejando sus huascas que parecía que guiaban con sus dedos los
lazos para enlazar un toro desde lugares imposibles.
Era fama que tío Luis había enlazado desde la plaza a un toro suyo que
andaba haciendo diabluras por el pretil de la iglesia. A más de las palmas
del público, la banda le había dedicado una linda tanda de cachullapis.
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Cuando los toros eran muy bravos les sacaban a la plaza entre dos
montados que en último momento le soltaban. Como no había nadie a
quien embestir comenzaban a recorrer las barreras metiendo un cuerno
entre tabla y tabla y a veces como sacar carne de entre los dientes sacaban
uno que otro borracho. Al cipo que se escapaba por una barrera le había
metido un toro el cuerno por el recto; el cipo chillaba pero no se soltaba de
la barrera.
El Gabrielito también queriendo hacerse notar por alguna damicela se había
lanzado a la plaza y como era tan chiquito no alcanzó, perseguido por el
toro, sino a meterse en la pila que llena de agua y resbalosa no le permitía
sino nadar y, cada que quería salir, el toro le pasaba la lengua por su cara
mojada y más blanca que alma bendita.
Entre los borrachos –ya sin miedo- un indio grandote le llamaba al toro con
su poncho partido casi en dos. Verle el toro y lanzarse hacia el indio había
sido sólo uno. La gente lanza un ¡Ay! espantable intuyendo como va a ser
destrozado el indio. Pero suerte de borracho el toro escoge uno de los
trozos del poncho y pasa de largo. Envalentonado el indio sigue tras el
toro, éste que se regresa y otro ¡Ay! fantástico de la gente y el toro que pasa
por el otro trozo del poncho. Persiste el indio y el toro se desentiende y en
fila hacia el atrio de la iglesia; el indio que le persigue, se regresa el toro y
en las gradas es el encontrón. Esta vez el toro logra cornearle en pleno
tórax y mandarle como un trapo por los aires hasta caer en la banca de
piedra de la plaza, destrozado.
Por un momento se hace un silencio enorme en la plaza hasta cuando la
banda de música les recuerda que donde hay toros también hay muerte.
Esto sabía yo. Por eso ese grande miedo al ver que mi hermano Jorge con
el poncho de castilla y de dos caras –una prenda intocable de mi abuelosentado en media plaza entre el Ciego Barriga, el Efraín, el Pegue, el Moco
y otros dizque jugaban a las cartas haciendo alarde de sangre fría –aunque
estoy seguro estaban con la boca seca, las rodillas temblando y más pálidos
que guambra en pecado-. Salido el toro no quedaba uno... y el poncho de
dos caras desgarrado ¡Un horror! Pero no importaba... el abuelo adoraba a
su nieto.
Cuentan que cierta vez... como de costumbre, guardaban el toro más bravo
para el último. Casi anochecido –Es el toro de la oración-.
Habían sacado un toro barroso tan grande como una catedral. Que, pese a
salir entre dos huascas, al entrar en la plaza paga tal salto que de poco no
alcanza uno de los tablados. Coces por aquí, coces por allí no permitió que
nadie se le acerque.
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El feroz animal venía cubierto con la colcha más rica; bolsas de monedas
en cada punta, billetes prendidos por toda la colcha. Los enormes cuernos
no permitían ni acercarse a chullitas que a más de la gloria querían ganarse
una pequeña fortuna.
Allí asomaron los taitas de la torería chúcara: el Patojo Corredores, el Cuy
Salas, el Sergio, el Humberto; todos de la jorga de mi papá.
El feroz toro con los hachones encendidos y amarrados a cada cuerno,
asesina al que se pone por delante.
En poco tiempo la plaza luce regada de borrachos, indios y medios toreros.
Nadie podía quitarle la colcha y el animal se paseaba bufando alrededor de
la plaza. Mas, por un costado de la plaza aparece una doña con una soga y
tambaleándose le llamaba al toro; éste, al verla se lanza como un rayo y la
gente grita y advirtiendo el peligro trata de alertar a la doña, mas ella y el
toro caminan al encuentro. Se hace un silencio total y sólo se oye la carrera
de la bestia y la voz de la india que en su media lengua le decía: mapa
mugigatu istrupiando blancos tan, ociusu, carishino, taita tan esperandu istá
pis, rastrujo intiritu está pis...Y ¡Oh! milagro. El toro ya cerca de la india
para en seco y agachando la enorme cabeza se acerca a la doña que con la
pilche soga le amarra los cuernos y ¡asombro general, alivio total! india,
soga y guagra con la preciosa colcha por una de las esquinas de la plaza, se
perdían en la noche camino de su chacra.
Tras los ocho días de toros la gente comenzaba a desarmar los tablados, las
barreras y no era raro que cada cual vaya reconociendo un pilar, una tabla,
unas sogas como suya y que habían sido requisadas sin su consentimiento
por las noches por los auspiciantes de la fiesta.
Parece que a mi papá todos le tenían miedo. El Loco no más le llamaban.
El era el mentalizador de las fiestas, las protestas, los mitines políticos;
porque era el más socialista de los socialistas, aunque ello le significaba un
obligado ostracismo de sus coterráneos que ni siquiera unas piezas le
querían arrendar. Aunque se daban perfecta cuenta de lo duro que debía
resultarle a él que en su juventud brillaba como una gran promesa
matrimonial, por sus ancestros, por la holgura y singular situación
económica de los padres que todos sabían eran dueños de casi todo San
Pedro Taboada, varios y extensos terrenos en Jatunpungo, Pintag y hasta la
misma Tinajillos. Que doña Mercedes, su madre, todos los días hacía
recorrer el pueblo a sus criados llevando viandas de almuerzo a las gentes
que ella sabía no podían pedir caridad o estaban inválidos o enfermos.
Pero todo ello se había derrumbado como un castillo de naipes cuando don
Prudencio su padre que, parece que de prudente no tenía nada; a tal punto
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que todas sus propiedades estaban dadas a parientes, compadres o
amistades para que les administraran; pero, sin ningún documento, capaz
de que cuando el murió casi todos negaron y se quedaron con las
propiedades sumiendo a la familia en la pobreza.
De esos tiempos se cuenta que cuando joven el padre le mandaba a
controlar las propiedades y cuando una vez después de haberles advertido a
los indios del lugar que en sus terrenos estaba prohibido pastar otros
animales que no fueran de la familia y habiendo encontrado burros y vacas
pastando en los terrenos había cogido un chaguarquero y con él había
quebrado las patas de algunos de ellos, provocando en los indios tal
reacción que le seguían para matarlo. De nada había servido que algunos
indios cayeran bajo el castigo del chaguarquero; pues, cada minuto
aumentaba más la indiada a tal punto que para salvarse había tenido que
lanzarse al torrentoso río San Pedro.
Se vivían días violentos en ese entonces. No era raro que el padre castigara
a los hijos amarrados al poste del patio, con un látigo y hasta que
chorreando sangre caían desmayados. Aquellos hijos no buscaban sino la
oportunidad de salir disparados de la casa paterna a correr mundo; sólo las
mujercitas solían quedarse en casa a veces estudiando alguna carrera.
Decían que era completamente intolerante con la injusticia, el engaño, la
patraña y las brabuconadas. Le decían el Loco porque siempre estaba
presto a correr cualquier riesgo con tal de esclarecer una situación. Los
amigos –se decían amigos- más de una vez se valían de ello para probar su
hombría y la cobardía de ellos.
En aquellos tiempos donde todavía no había llegado la luz eléctrica,
abundaban los cuentos de duendes, diablos y aparecidos. Se rumoraba que
en la calle del Conventillo –detrás de la iglesia- pasadas las nueve de la
noche, algunas veces se aparecía el cura sin cabeza. Intrigado por ello, en
lo que no creía, comenzó a rondar el conventillo, curioso por comprobar lo
que otros habían visto.
Una noche obscurísima mientras hacía su guardia arrimado a una puerta de
una huerta, ve venir en efecto al padre sin cabeza. Pues faltándole la
cabeza se le veía enormemente alto metido en su hábito que tampoco
tocaba el suelo. Cual no sería su susto cuando aquella sombra se dirigía a
donde él estaba. Reacción muy natural, se arrimó con fuerza a la puerta
que se abrió y de bruces fue a dar a un montón de paja; cuando oye decir...
-¡Qué es pues el señor curita como entra!...
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Había sido una mujer que se entendía con el cura de la parroquia y cuyo
nombre nunca quiso revelar.
Las reuniones de la jorga de amigos dizque solían hacerse en la cantina del
Patojo Pacho y allí...
-¡Púticas! Este Loco sí que es bien macho... ¡Imagínense que apuesta con
el Justiniano a que esta noche va a seguir la procesión de las calaveras de
Molinuco!
De tiempos se conocía que por las noches, generalmente a media noche, se
veía una hilera de luces y como que cantaban un himno desconocido. Esto
llenaba de terror no sólo a las mujeres, sino incluso a los hombres; y, todos
evitaban el acercarse por aquella quebrada de Molinuco.
Pues, una noche de apuestas el Loco se dirige con sombrero y poncho a
seguir a las calaveras.
Todos al otro día le buscaban al Loco creyendo que de ésta ya no
regresaba. Cuando asomó les decía... ¡Cierto es! son un millar de
calaveras que tienen sólo unos ojos enormes y tienen luz pero no tienen
cuerpo ni esqueleto y van cantando despacito algo que no se entiende;
llevan espermas y, vean, votan una cera verde.
-Cera verde dicen que tiene el Diablo... explicó el Humberto.
-Vamos ahora de noche y te aseguras...
-¡Ni arrastrado Loquito!
Se veía que el poncho y el sombrero tenían los restos de la cera que había
caído de las espermas que portaban las calaveras.
Como nadie quiso acompañarle, él se fue de día a la quebrada de Molinuco
a inspeccionar por donde es que desaparecieron la noche anterior.
Entre las chilcas, los sigses y las hierbamora había una cueva enorme cuyo
suelo estaba cubierto de cera verde y el techo por miles de mariposas
enormes, negras que descansaban en el techo y las paredes.
Pero la aventura que verdaderamente conmocionó al pueblo y convenció de
la valentía del “Loco” había sido la que tuvo con el indio Pilataxi.
Este indio dizque vivía en una cueva que había en la quebrada de Capelo.
Era tan temido y remontado el indio que, casi nunca salía de su quebrada.
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Los que alguna vez le vieron, decían que era un indio enorme; tan alto
como ancho; con una pelambre que le daba más aspecto de fiera que de
hombre. Robaba y violaba impunemente y cuando le daba la gana; pues
nadie se animaba a reclamarle o encarcelarle. La población cansada de
tantos vejámenes había solicitado ayuda a la capital. Ayuda que había
venido en forma de un piquete de policías que, puestos en el sitio nada
pudieron hacer, pues el indio amatrerado en su cueva estaba dispuesto a
matar antes que dejarse coger. Ante semejante fracaso y otro igual del Jefe
Político, el Loco se ofrece poner fin a tanto atropello y sólo pide al Jefe
Político autoridad para meter preso al indio.
Una mañana armado de una gruesa rama tierna de eucalipto se dirige a la
cueva del indio Pilataxi.
La gente escondida en los alrededores de la cueva miran expectantes lo que
sucede; seguros de que “de ésta si que no sale el Loco”.
El indio sentado en un tronco de eucalipto dizque daba sus formidables
espaldas al joven que le decía:
-¡Date preso Pilataxi!
Callado el indio no se mueve ni responde haciendo ver su ninguna
preocupación por el llamado de la autoridad.
-¡Date preso Pilataxi!
-Quispis... ¿vos también ya queriés morié? ¡Mapa blanco manavalí. Venié
pes si queriés cuger preso a endio!
Se da la vuelta. Sólo de verle era de salir corriendo. Con el enorme
machete en la mano se acercaba amenazador al joven atrevido que así
invadió sus dominios.
Mientras tanto mi papá –que aún no era mi papá- con la rama tierna,
flexible y larga de eucalipto le esperaba.
El indio que lanza un machetazo a la cabeza. Un quite en el último
segundo acompañado de un formidable palazo al cuello del indio. Cogido
por sorpresa el indio cae de rodillas soltando el machete. Con una agilidad
comprensible por el momento y el peligro, la rama de eucalipto cae
inmisericorde sobre la cara, la cabeza, el cuello, los brazos del indio con
tanta rapidez y energía que el indio no hace sino taparse la cara y gemir.
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-¿Qué ti echo pes a vos que queriés matar?
-¡Indio desgraciado! A cuánta gente has matado, a cuántas mujeres has
ultrajado. Ahora te toca pagar a vos indio criminal. Y, el garrote no
descansaba de visitar el cuerpo del indio que, ahora gemía pidiendo perdón.
Cogiendo el machete dizque le decía: ahora te toca a vos indio criminal; te
voy a cortar la cabeza, ¡ya verás!
Viendo que se acercaba con el machete en alto, el indio de rodillas gemía y
pedía perdón.
-No mateís amito... Yu ga pobre endio pur cumer pes tengo que rubar...
mujieres tan viniendo vienen pes a pruvucar pes. Hacié lo qui quiráis pis
amito pero no mateís pubre endio.
Más tarde ante el asombro del pueblo entraba el indio llevando en sus
espaldas al jovencito que al fin lo dominó, camino de la cárcel.
La gente contaba que igual procedía con los que se creían los dueños del
pueblo.
Alguna vez don Alfonso Nosecuantos montado en un famoso caballo
entero color plata y con algunos traguitos adentro, bajaba por la calle
principal sacando chispas al empedrado y haciendo colorear a las señoras
que como de costumbre comadreaban a las puertas de sus casas.
Parado en media calle mi Viejo dizque le reclamaba lo peligroso que
resulta para la gente un caballo desbocado y el lenguaje poco recomendable
del señor.
-¡Apártate de mi camino cholo infeliz! –decía el señor mientras
acompañaba sus palabras con la fusta en la mano.
Pues, ¡allí se acabó el Señor Nosecuantos! Cogiendo con una mano las
riendas del caballo y con la otra la fusta el señor Nosecuantos: gamonal
hacendado, sangre azul y plateado, recibió unos buenos fustazos ya caído
del caballo...
-No ve que no se deben decir malas palabras delante de las señoras... ¿No?
No pasaría ni media hora cuando por orden del señor Jefe Político era
reducido a prisión el defensor de la moral pública; por haber cometido la
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irreverencia y haber faltado al señor Nosecuantos, persona principal y sobre
todo gamonal.
Pero más se tardaron en meterle en el calabozo que de un par de patadas
volaba la puerta y sentado sobre ella llamaba al señor Jefe Político para que
le juzgue y que, hay que señalar, nunca se presentó a juzgarle.
No es posible tener una idea y más aún juzgar las acciones y conductas de
las gentes en aquellos tiempos violentos; sólo nos es dable comparar con
aquellos del Oeste norteamericano.
Se dice que el Viejo en su juventud tanto por su carácter como por su
situación económica era admirado y disputado por las casaderas del pueblo;
pero muy natural en él escogió para enamorarse, la chica que no le regresa
ni a ver y más aún, que no le creía nada de sus juramentos.
-Para que vea que las cosas van en serio, un día de estos voy a pedir su
mano.
¡A pedir su mano! ¿Qué?, ¿A quién? si en mi casa no le pueden ni ver.
Cierta noche ¡gran serenata!
golpecitos en la puerta ¡nada!
Asomar alguien a la ventana ¡nada!;
Entonces: terrible empujón en la puerta; salta la aldaba, las hojas de la
puerta al golpear contra la pared suenan como un bombazo. Los viejos
estaban dormidos, saltan espantados. ¡Jesús y Dios! ¿Qué pasa? chilla la
madre...
Soy yo Doña Nicolasa... que vengo a pedir la mano de su hija.
-¡Bárbaro, desgraciado, mal nacido!... Vocifera el padre. ¿Cómo se le
ocurre semejante atropello? ¿Es posible que para pedir la mano de una hija
tenga que atropellar, insultar y hasta invadir la casa de una familia
honorable?
Temblando y medio desnudo dizque trataba de sacar del cuarto al engendro
de semejante locura.
-Conste que he venido a pedir la mano de su hija. Yo sé que no soy bien
venido aquí; pero por respeto, he querido que las cosas se hagan
formalmente.
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Creo que desde entonces suegros y yerno nunca se pudieron ver y mi madre
en medio, nunca supo ser feliz.
Por ello creo que el medio en que se desenvuelven las personas tiene que
ver mucho en su formación mental, psíquica; como es de todos conocida la
influencia en la parte corporal.
Un pueblo miserable sin mayores medios de superación hace individuos
indolentes o rebeldes; de allí, esa dualidad en su comportamiento.
Las personas medianamente acomodadas; mejor dicho, menos miserables
eran aquellas familias que de una u otra forma tenían relación con las
fábricas cercanas a la población: la fábrica El Progreso que hacía escobas
y cigarrillos, la fábrica de San Juan que hacía alfombras y la fábrica de
Chillo Jijón que hacía tejidos donde jóvenes y señoritas algo ganaban y eso
daba vida a la población; los artesanos poco y nada hacían por la misma
pobreza del pueblo.
Mi tía Lola casada con tío Manuel que administraba la hacienda de San
Antonio podía contarse entre las afortunadas.
¿Qué edad tendría yo? Talvez unos tres años... lo cierto fue que un buen
día, domingo por cierto debía ser porque después supe que a veces los
domingos bajaban al pueblo para visitar a la familia, oír misa y hacer
algunas compras. Apenas recuerdo que me llevaban por delante montado
en un caballo grandote. Además resultó que me salió un primo que se
llamaba Víctor y que era más o menos de mi edad pero que él se iba
montado solito en un caballo. Bueno, mis respetos... porque aunque me
gustaba montar a caballo, no era tan valiente como para montar solito.
Recuerdo que el camino, era casi un camino; estrecho, lleno de huecos, a
los lados habían pencos y unas manchas de carrizos, también habían las
cañas bravas tupidas y abundantes donde decían que vivían las cebricabras
–una especie de cabras pequeñas pero salvajes-.
Ya a media tarde llegamos a la hacienda. Un patio enorme, con una puerta
de entrada enorme, una cantidad enorme de perros que aullaban de alegría.
A cada lado del patio en hilera estaban los cuartos de los empleados:
mayordomos, escribientes y sus familias; en el otro lado quedaba la
vivienda del administrador, la fábrica de quesos, un corral de chanchos y
haciendo esquina con la sección que unía estas dos alas, estaba la Capilla;
el resto eran trojes donde se almacenaban las cosechas de maíz, morocho,
trigo, cebada, papas. Todos estos cuartos daban por delante a unos
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corredores amplios y de tierra. Atrás quedaban las cocinas y las
pesebreras. Detrás de los trojes había una quebrada y un árbol grande.
Este fue para mí el primer paraíso: tíos buenos, comida buena, nada de
pegadas ni gallos despicados, nada de temblar las tardes a la llegada del
Viejo. Un primo que aunque mimado y todo jugaba conmigo. Yo entendía
que él tenía preferencia para todo y no me disgustaba darle la iniciativa.
Éramos unos exploradores intrépidos que buscábamos en los potreros los
huevos de los curiquingues; aves casi tan grandes como las gallinas pero
con espuelas y que decían que cuando les cogen de pollitos y les crían con
las gallinas les cruzan para gallos de pelea.
Nos gustaba visitar las pesebreras, pues habían dos caballos que nadie los
montaba y que decían que les tienen de reproductores. Uno era un castaño
grandote y brillante con unos cascos enormes que cuando le daba la gana
pateaba la pesebrera y volaban las tablas; tenía unas crines y una cola
hermosas; sus ojos eran burlones y diabólicos que parecían decir: acércate
no más... El otro caballo era un moro peseteado, alto, esbelto, casi
aristocrático, juguetón e inquieto. También había un burro japonés de color
bayo y de patas larguísimas y que también era reproductor.
Cuando nos cansábamos de jugar en un cochecito de madera, nos íbamos al
corral de los chanchos para montarlos, que era un decir porque la mayor
parte del tiempo nos tenían en el suelo; pero con una gran alegría y en
medio de sonoras risas, dado a lo ariscos y mañosos que eran los tales
puercos.
Por las noches, casi siempre, se reunían las mujeres de los empleados.
Eran las horas más esperadas porque a más de los juegos, la gente grande
contaba una serie de historias que nos tenían pendientes con la boca seca,
los ojos fuera de las órbitas, la carne de gallina y cada vez más apretaditos.
Contaban que cierta noche de desgrane en que se decía que tras los trojes
en el árbol que allí había, las noches rondaba por ahí un duende que se
creía dueño del árbol y que nadie podía pasar por allí. Que el indio Jacinto
Catacucho se burlaba de tales y que esa noche él iba a traer al duende
enlazado con un cabestro. Pero que la gente esperó y esperó que regresara
el Jacinto y como no volvía se fueron a dormir. Al otro día encontraron al
indio ahorcado y colgado del árbol con su mismo cabestro.
Contaban que el mayordomo, un tal Duque, cuando una noche regresaba
del pueblo, al llegar a la hacienda vio a las ovejas desparramadas en el
camino y que por más que espoleaba a su caballo, éste no quería pasar y
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que muerto de las iras hundió tanto las espuelas que, el pobre caballo dio
un salto enorme y pudo pasar. Cuando fue a reclamar al ovejero por no
cuidar las ovejas, se encuentra que todas estaban recogidas en el corral.
Ahí le había entrado un miedo que no podía bajarse del caballo y éste
bufaba y echaba espuma por la boca.
Contaban también que doña Dolores, la mujer de un escribiente, una tarde
que lavaba alguna cosa en el ojo de agua que hay cerca de la mancha de
cañas bravas, vio salir una gallinita pequeñita seguida de unos pollitos
diminutos que brillaban como si fueran de oro puro; que se quedó muda y
cuando quiso cogerles ya se perdieron.
También decían haber visto en ciertas noches una mula negra con ojos
como carbones encendidos que corría de un lado para el otro dando saltos y
coces y que cuando ella aparecía seguros que alguien iba a morir.
Estos cuentos nos ponían tanto miedo que íbamos a dormir calladitos,
regresando a ver y lo más juntitos.
Sin embargo ese enorme patio que se ponía más negro y más grande en las
noches obscuras, según contaba mi tío Manuel, era visitado
invariablemente por este servidor con el reloj despertador en la mano para
depositarlo en el centro mismo del patio. Mi tío Manuel, santa paciencia,
tenía que levantarse a recoger el reloj y regresar a la cama.
Una de esas noches me despierto con gran susto porque al bajarme de la
cama me encontré con una lavacara con agua helada bajo mis pies. Demás
está decir que por fin descansó el pobre reloj despertador de visitar el
tenebroso patio.
Un poco lejos de la hacienda quedaban los corrales de ordeño y allá fuimos
una madrugada para ver el famoso ordeño... Bruma, frío, sombras que se
mueven despacio, como amortiguadas. Mugidos, balidos, gritos de las
ordeñadoras, maldiciones y órdenes del mayordomo. Olores a boñiga,
orines y sudores. Caballos que corren tras los terneros que pugnan por
llegar donde sus madres; voces que reclaman a sus crías.
-Don Onofre, suelte al ternero de la Valerosa...
-¡Micaela! Cuidado que tu vaca va a patear el balde de la leche...
-Ya se safó el ternero de la cimarrona. ¡Rosa! Cógele con el garabato no
más.
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-¡Don Timoteo! No se dejará ganar del aparte... porque ahí si que nos
jodimos.
En medio de esa baraunda, nosotros esperamos sin desmontarnos, que la
semanera nos traiga los pilches de leche ordeñada que, con el tostado de
manteca de Mamita Lola, hacían un desayuno inolvidable. Sobre todo
porque ahí conocimos al legendario Balseca –un Rambo del cerro y la
montaña.
Allí se contaba del Balseca que era mayordomo del Cerro –una hacienda
del mismo dueño que quedaba precisamente en el cerro, a la altura de las
nieves y los pajonales.
Se decía que el cóndor que tenían amarrado de una pata en el corredor de la
hacienda, pájaro enorme que tenía unas patas tan gruesas como el brazo de
un niño y unas garras más grandes y largas que la mano de un hombre; con
la cabeza roja y pelado y una gola al cuello de plumas blancas y unas alas
tan grandes que extendidas eran como tres pasos de un hombre.
Más mal genio que el viejo Ramón Toaquiza que andaba bamboleándose
de un lado al otro y saltando por el dolor de las niguas que tenía en los pies;
no dejaba que nadie se le acerque y es que podía sacarle un ojo de un
picotazo.
Había sido cazado por el Balseca cuando en el cerro había muerto un
caballo y él se idea para cubierto con matas acostarse junto al caballo
muerto pero, antes armando una trampa con su cabestro y esperado horas
de horas hasta que bajara uno de los cóndores y cuando pisó la trampa él
haló el cabestro y quedó preso el cóndor que, en cuanto sintió el lazo quiso
emprender el vuelo que no pudo por el cabestro y tanto intentar se rompió
un ala; allí el Balseca le cubrió con su poncho y pudo cogerlo. En un
principio no quería comer ni los conejos que el Balseca le ponía; después
ya comió y entonces le llevó a la hacienda para regalarle al patrón.
Igual, los zamarros de cuero de león que se ponía eran hechos de uno que el
había cazado una madrugada que iba camino del ordeño y que el puma le
saltó al anca del caballo que salió desbocado y que mientras el puma
trataba de mantenerse en equilibrio, él le enlazó cortito con la huasca y se
hizo seguir hasta el corral de ordeño donde le colgó en el orcón que hay en
la mitad; después de causar una loquera y algarabía de ordeñadoras, peones
y vacas.
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Alguna vez le oíamos contar lo lindo que resulta la cacería de conejos.
Cuando la tarde va terminándose allá en los pajonales dizque salen los
conejos de sus madrigueras a retozar; entonces hay que hacer un círculo
grande de paja y prenderlo. Allí los conejos que no saben donde escapar
por las llamas, el humo y la ceniza, a veces hasta con la mano, en bolsas o
con palos se pueden cazar unos tantos conejos.
Una tarde de aquellas le había salido un cimarrón ¡con unos cuernos! más
grandes que una deuda al patrón; que, le siguió en medio del pajonal y que
cuando ya sentía el aliento del cimarrón en el pescuezo ¡zas! que se cae en
un hueco justo a su medida donde sólo podía estar sentado. Como él, el
cimarrón también se sorprendió y trataba de sacarlo ya con el un cuerno, ya
con el otro; pero, como el hueco era estrecho no podía y mientras tanto le
lamía la cara con la lengua y una porción de babas. Allí se quedó el
cimarrón cuidándole a que no se pierda en la noche paramera hasta la
madrugada en que se retiró; mientras el Balseca había agotado todo su
repertorio de Ave Marías, Padre Nuestros y hasta rosarios y ya pudo
moverse más pálido y ojeroso que reo perdonado de la horca.
Pero lo raro del asunto es que, el Balseca nunca dejaba su carabina; podía
salir desnudo, pero nunca sin su carabina. El no confesaba, pero lo más
probable sea que del miedo se le cayó.
El Balseca y su carabina eran una sola cosa; y debía ser cierto porque
ambos eran flacos, ambos eran callados y hasta creo que parecidos. Lo
cierto es que él decía que su carabina le obedecía siempre , tanto que donde
el quería poner un tiro ahí lo ponía; era tan bueno como el viejo Onorio.
Pues, contaban que en una cacería de venados a donde iban casi todos los
años a levantar las piezas para que los patrones Ruiz, Buendía y
Zaldumbide cacen en la temporada de verano que tanto les gustaba,
llevaban unos cuantos naturales que cargaban con la impedimenta; carpas,
vituallas, utensilios, licores, cobijas; unos buenos caballos parameros –
pequeños pero muy resistentes- unos cuantos perros como el Cuen y la
Dina venaderos que se parecían a la gente de cacería; pues se pasaban
aullando inquietos hasta cuando la comitiva se ponía en camino. Estos
perros eran los más mimados de Balseca; tanto que cuando regresaban de la
cacería, les envolvía las patas con fundas de tela por lo que quedaban en lo
vivo después de corretear por el pajonal. Ellos era cazadores natos, pues,
colgados uno de la cola y otro del pescuezo no soltaban al venado incluso
cuando por salvarse entraba en la laguna, hasta cuando se rendía, le sentían
muerto, entonces le soltaban.
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Pues, en una de aquellas cacerías donde los batidores se situaban a decenas
de metros de distancia; cuentan que una vez lograron levantar un soberbio
macho que se escapaba porque con el oído tan fino que tienen y más aún
que los sonidos más pequeños se oyen a gran distancia; había detectado a
los cazadores y a grandes saltos levantando la pequeña y blanca cola
cruzaba entre los puestos del Balseca y el viejo Onorio. Se oyeron dos tiros
simultáneos y dando un último gran salto caía muerto el venado.
-¡Ya le di carajo! –decía el Balseca.
-Compadre, usted está loco; yo le di en pleno rabo ¡caray!
Para que no se enojen el hermoso ejemplar mostraba un solo orificio de
entrada, pero dos de salida a los costados.
Cualquier aventura era bienvenida para nosotros; pues, también nos
sentíamos Balsecas.
Así fue que una mañana nos aventuramos en un bosquecito que había cerca
de la hacienda ¡Qué maravilla! había una cantidad de lindas mariposas,
pájaros de colores, unos árboles viejos llenos de unas plantas que los
cubrían.
Nos pusimos a buscar nidos y ¡oh! fantástico, colgado de la rama más
delgada había un nido de abejas. Con nuestras catapultas tratamos de bajar
el nido; pero lo que logramos bajar fueron cientos de ¡avispas! Allí ardió
Troya porque enojadas comenzaron a picarnos sin dejar centímetro de piel
libre; ¡y que dolía!
Cuando todo hinchados hasta los párpados nos encontramos con tío
Manuel, nos decía:
-Cuando se quiere la miel de las avispas hay que quemar un buen montón
de hojas tiernas que, con el humo se van las avispas y se puede coger el
nido -¡Haberlo dicho antes!
Cuando llovía y había truenos, nos gustaba ver como el ganado se quedaba
quieto bajo la lluvia. Pero cuando había truenos y rayos empezaban a
mugir bárbaramente e inquietos empezaban a esconder los cuernos
hincándoles en el potrero. ¿Cómo sabían ellos que la electricidad se escapa
por las puntas y atrae los rayos?
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Pero lo que verdaderamente nos impactó; causó expectación y verdadero
miedo fue ver la pelea de dos animales, verdaderos colosos, de toros: el
Estanquero y el toro Julio. Ambos pastaban en el potrero de las
cashambas; enorme potrero donde los peones muy de madrugada iban a
recoger una cantidad fantástica de hongos comestibles que de la noche a la
mañana parecían brotar entre la hierba del potrero; al igual como por
temporadas aparecían los catzos blancos que también comían los naturales
después de tostarles al fuego. Para ese tiempo el potrero estaba en ceba; es
decir con la hierba más tierna y más alta donde pastaban lo mejor de los
animales ya sean yeguas de cría, vacas de reproducción. Precisamente los
toros Julio y Estanquero eran dos magníficos ejemplares para reproducción.
El Estanquero era un toro negro, largo, enorme con un morrillo tan grueso
como el resto del toro. El toro Julio era un toro blanco con manchas cafés,
alto y tan voluminoso como bravo.
Venían de ambos extremos del potrero y se acercaban por detrás del caserío
de la hacienda. Venían bufando y meneando sus cabezotas; mientras el
resto del ganado como que sabían lo que iba a suceder habían dejado de
comer y quietos miraban a los enormes toros. Como luchadores de sumo:
despacio, pesadamente se acercaban hasta quedar frente a frente y
mirándose de soslayo parecían calcular sus fuerzas. El rato menos pensado
y con una velocidad increíble en semejantes gigantes se lanzaron,
chocaron, retrocedieron como atontados y buscándose más bien sus
flancos. Ya cerca de la pequeña quebrada de la hacienda el toro Julio hacía
retroceder al Estanquero hasta que logró mandarlo a la quebrada. Aun allí
quería seguir corneándole y no contento con ello, se hincó en el filo de la
quebrada y metiendo su enorme cabezota bajo el vientre de su enemigo,
con una fuerza de espanto logró lanzarlo a la otra orilla. Sólo ahí se acabó
la pelea; cada uno a un lado de la quebrada.
Ese mismo espíritu montarás parece reflejarse en el comportamiento de las
personas. Contaban que, no hace mucho, en el huasipungo del indio
Marcillo había habido una tragedia.
El Marcillo, indio medio viejo, un tanto cojo, mal humorado siempre;
huyendo de los demás, matrero y de mirada huidiza, era casado con la india
Anselma. Esta, todo lo contrario, parecía más joven, siempre andaba
riéndose llena de vida, moviendo sus caderas un poquito más de lo
necesario; buena ordeñadora y mimada de uno de los mayordomos.
Cierto día en que el indio sentado a la puerta de su choza después de las
tareas de haciendas que, para él, el mayordomo buscaba sean las más
fáciles y livianas –dizque por su cojera-; con la olla de barro entre las
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piernas comía su mazamorra de maíz tranquilamente; mientras la Anselma
cerca del indio; sentada en un tronco de pumamaqui le observaba callada,
llega la longa Georgina trayendo un recado del mayordomo.
-¡Misia Anselma! Dicié amo mayordomo que aura di noche le toca pes il
disgrane in troje di hacienda –mientras esto decía, con los ojos le hacía
ciertas señas de complicidad que no pasaron desapercibidas para el
Marcillo.
El desgrane hacían los peones y las ordeñadoras por turnos; pues, no era
pequeña la cantidad de granos que se cosechaba anualmente. Sentados en
el suelo amarraban con cabuya un poco de tuzas, unas junto a otras hasta
formar una rueda de regular tamaño donde refregaban una y otra vez las
mazorcas de maíz provocando el desgrane.
La Georgina sabía como casi todos los de la hacienda que la Anselma se
entendía con el mayordomo. El indio Marcillo también algo sospechaba...
de allí su mal humor y su humillación. Lleno de vergüenza por las
descaradas señas cómplices de la Georgina: hablá
-¡Ista nuche ca, la Anselma nua dier disgrane!
-Pur qué pes nue dier disgrane
-Purque yuga nu quieira pes...
-¿Y pur qué nu queriés pes? amo mayurdumu ca bueino is pis cun vus; raya
tan hacié de pagar sin trabajar.
-¡Carajú! Nuas dier, nuas dier...
-¿Cúmu queriés pes vivier? Vus ca casie, casie no podier pes trabajar y
sien embargo amu mayurdumu nunca falta pes con asignados tan Amu
mayudumu prefieri qui disgrane di nuche pes para nu perdier urdeño.
Vus ca no sabiés cumu rigala anacu, postora nueiva in navidad tan...
-¡Carajú! Yuga he die matar mayurdumu...
-Cúmo vais pis matar mayurdumu ¡Ah! Il ca humbre cumplitico is pis...
¡Para tudu is pis! El indio Marcillo, lentamente deja la olla de mazamorra a
un lado, coge un palo de leña y acercándose a su mujer le dice:
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-¡Cun isto hi di matar!
Burlonamente la Anselma se ríe y provocativamente le dice a su marido:
-Il ca humbre is pis; para tudu is pis.
Ciego de ira el Marcillo le mete un garrotazo a la Anselma que cae al suelo;
y allí todavía la india con una furia salvaje seguía diciendo; il ca humbre is
pis, para tudu is pis, rusca manavali so... No había terminado sus insultos
porque el indio cogiéndole de las trenzas le ponía entre sus piernas y
mientras le apretaba iba descargando palazos en la cabeza hasta que con un
palmo de lengua afuera, la india había caído muerta.
El indio blanco de furia y despecho se había sentado a seguir comiendo su
mazamorra, mientras seguía murmurando: ¡humbre! ¡humbre!
Cerca del corral de ordeño y sobre una peña desde la que se podía ver tanto
el corral de ordeño como el de las ovejas, vivía el Ovejero –nunca supe su
nombre –que tenía una hija que parecía una enana y que era muda.
Una noche mientras merendábamos llegó el Ovejero: humilde, lloroso,
inconsolable; mientras daba una y otra vez vueltas a su sombrero entre sus
manos que temblaban decía:
-Pur veda suya ameto, patrunceto mi enocenteca ca siá cabó. Tudu il de ya,
tudu tarde tan grita que grita con dulur simijante tan sin pudier parier. La
ginti tan deciendo decie que nunca, nunca pes el Cuichi deja hijo suyo
nazca tan... Pur ieso pis me enocenteca qui sabié durmiedo coidando uveja
in putrero la vié cogiendo pes el Cuichi ¡Elé! Aura ga qui tan harié con me
enocenteca... Y llorando le daba la queja al tío Manuel que por esos lados
tenía que hacer de todo.
La inocentita como decía el Ovejero se llamaba Sara y le ayudaba al padre
a cuidar las ovejas. Seguramente como decía su padre, al quedarse
dormida en el potrero le cogió el arco iris y por eso murió sin poder dar a
luz.
Y bien que tenía que hacer de todo: los domingos la gente de hacienda
solía salir al pueblo a proveerse de cosas que en la hacienda no había como:
sal, fósforos, espermas, kerosene, rapadura, azúcar, telas, hilos, etc.; pero
generalmente el peonaje, las ordeñadoras, los viejos no podían abandonar
la hacienda principalmente por la distancia y porque no había transporte.
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Católicos como eran no podían quedar sin oír misa del domingo so pena de
caer en pecado mortal y lógicamente sólo ver el cielo desde el purgatorio.
Tan rígida regla rezaba por igual a cada uno y al responsable; en este caso
el patroncito.
Por eso el tío Manuel tenía que celebrar una misa... ¡a su manera
naturalmente!
Muy de madrugada más que verles se les adivinaba entre las sombras a la
peonada que comenzaba a reunirse en la capilla de la hacienda. Esta era
una muy hermosa capilla con altar, imágenes de santos, santos querubines,
ángeles, la Virgen María, San José y también había una urna con custodia,
cáliz y demás ornamentos litúrgicos que sólo se usaban cuando venían los
santos padres por las fiestas de San Antonio.
A las cuatro de la mañana acurrucados uno junto a otro para contrarrestar el
tremendo frío de aquellas alturas; con ese viento helado que se metía por
debajo de los ponchos y los anacos y cushmas de los naturales.
Medio lelos, medio dormidos seguían los Padre Nuestros y las Avemarías
que el tío Manuel rezaba pasando las cuentas del rosario; luego venían los
cánticos que casi siempre ponderaban los milagros de los santos.
Con una devoción primitiva, inocente, pura, sólo cargada con las angustias
de la semana, la gente se transportaba a su cielo, porque, estoy seguro que
esa capilla se transformaba con esos cantos en un rincón del cielo. Esa era
una experiencia tan hermosa que no recuerdo haber sentido igual en
ninguna iglesia o catedral.
Luego de la misa tío Manuel, el mayordomo, el escribiente y el cuentayo
alrededor de una mesa se preparaban para los pagos de la semana.
El tío Manuel lista en mano iba llamando de uno en uno a empleados,
peones, ordeñadoras, criados y demás:
-Pedro Singuenza... cinco rayas y media –once reales.
-Pero patrunceto Yu ga...
-¡Nada de yuga! Intervenía el mayordomo –el miércoles faltaste de mañana
a destapar las chambas para el agua del potrero.
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-Patrunceto... no podié pes caminar; pata tan grandota ista pis; dulur
simijante quedo pis con pisada de buey in arada pis.
-Dale once reales decía el tío Manuel al escribiente Jarrín.
-María Catota.
-Cuatro rayas... durante toda la semana mandó a la guambra chiquita de la
hermana que aún no sabe bien, bien ordeñar.
-Tudi simana istado tusi que tusi sin podier durmier pes amito; aura ga
quiaré pis, tingo que pagar mujier de escrebiente que pristú remedio tan.
-¡Jarrín! Dale ocho reales.
Y, así se iba haciendo una lista interminable de desgracias y dolencias que
daba la medida de como aquella pobre gente vivía en medio de una pobreza
aterradora, sin un hoy, peor un mañana. Un todos los días iguales; sin
color, ni forma, ni esperanza. Como las vacas... que salen al potrero, las
ordeñan y al potrero. Sólo saben lo que tienen que dar; pero, no saben lo
que deben recibir.
Después de los pagos donde el pobre indio en lugar de alegrarse, sólo
siente el inmenso peso de su nada; con su cara de piedra cincelada por el
hambre, el miedo, la angustia y la enfermedad, va retirándose seguro de
que mañana comenzará otra vez la rueda de la vida a dar las vueltas, las
mismas vueltas. Pero ¿quién dijo mañana? Hoy mismo el mayordomo va
a repartir los turnos y el trabajo:
-Darío Tinpantiza, Rosa Alulema –semana en la quesería.
Clemencia Ango, Vitalina Anangonó, Toribia Saquicela, Mariano
Tancituna y Georgina Cachimuela: ordeño por la tarde. Las demás como
de costumbre ordeño a la madrugada.
Presentación Tomalá, turno de servicio de hacienda hasta el mes que viene.
Rafico Taco: turno de semanero hasta que se sane el Víctor Paspuel.
-Patrunceto yuga no cunuzcu pes bien la ciudad. Ca pueido perdier pes. In
luma también diecen qui hay asaltantes tan.
-Le dices al Víctor que te enseñe bien como hay que llegar... y ¡tienes que
llegar! porque sino el patrón te ha de buscar con la policía.
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Y, el indio blanco del miedo no sabe qué decir; pero, si sabe lo que le
espera.
El “Semanero” como le llamaban al peón que dos veces por semana salía a
la ciudad arriando dos mulas que iban con dos cajones llenos de quesos que
se hacían en la hacienda ya que la leche no podían vender porque el pueblo
casi no consumía leche. Estos quesos iban a la casa del patrón en la ciudad
y allí seguramente lo comerciaban. Este semanero era un personaje
importante en la hacienda porque, él era también correo. El patrón
mandaba con él órdenes y recibía de él las novedades. Las gentes le
encargaban miles de pequeñas cosas que sólo se podían adquirir en la
ciudad, y el Víctor Paspuel era un hombre bueno y servicial y además
conocía la ciudad. Casi siempre iba montado en una mula que se llamaba
Anilina. Que sólo le faltaba hablar –decían- Lo cierto es que esta mula
negra, de ojos maliciosos conocía mejor que el calendario cuando era
miércoles y sábado; los días que tenía que salir a la ciudad. Esos días
madrugado, entre claro y obscuro el Víctor salía a buscarla en el potrero y
nunca le encontraba porque la Anilina metida en lo más espeso de las cañas
bravas, inmóvil y acostada a ras del suelo que casi no se le podía ver.
Cuando la localizaban y lograban enlazarla como que tuviese manos se
sacaba el cabestro del pescuezo y parecía reírse de sus bromas; pero, eso sí,
para el trabajo era inmejorable; tanto así que cuando por alguna razón había
un cajón más del acostumbrado clavaba sus cuatro pezuñas en tierra y no
había poder supremo que la moviera. Pero el Víctor le mordía la oreja...
entonces saltaba y se movía rapidísimo.
Nosotros creyendo que algo le decía sabíamos preguntarle y, él
invariablemente decía:
-Movete porque te van a casar con el cuentayo Llumiquinga. Y es que el
cuentayo Llumiquinga era más feo que un dolor de todas las muelas y era
soltero.
Era tiempo de preparar la yeguada y los cimarrones.
-¡Patrón! –decía el Balseca que había bajado desde el Cerro – Ya ha de ser
tiempo de preparar la yeguada y los cimarrones; el domingo que subí al
cerro vi las huellas de los cascos que están como platos. –Los cascos de los
animales les crían tanto que a veces incluso les impide andar y es necesario
cortarlos a tiempo.
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Cada año se vendían yeguas, potros y vaconas que permanecían en el cerro,
eran salvajes, difíciles de traerlos y peor de tratarlos.
¡Qué experiencia!. Desde el administrador, mayordomos, escribientes,
reseros, peones forman una tropa muy pintoresca y brava; caballos de
vaquería enseñados a pisar el páramo, pequeños pero de gran fortaleza que
incluso pueden perfectamente parar de frente el tirón de un cimarrón
rebelde o, correr de igual a igual con un potrillo salvaje ya enlazado;
monturas vaqueras desprovistas de adornos pero con cinchas poderosas,
pretales y bragueros resistentes; porque el tirón de una huasca es tan fuerte
que puede arrastrar al jinete y al caballo. Veces han habido que el templón
de una huasca ha causado serias heridas como la que cuentan de mi abuelo
Julio que perdió un dedo pulgar que había estado apoyado en el cabezal y
cuando templó la huasca había quedado atrapado el dedo entre el cabezal y
la huasca y limpiamente se cortó el dedo y no se dio cuenta sino cuando la
montura y los zamarros estaban bañados en sangre.
Huascas enormes hechas con un cuero entero de buey, bien encebadas,
dúctiles, resistentes que, llegado el caso bien pueden servir para romper el
cuello de un cimarrón muy peligroso como el caso que le había pasado al
Balseca hace tiempo cuando en una recogida de cimarrones allá en el
páramo, montado en su famosa yegua vaquera la Flor de Mayo, no alcanzó
a esquivar la envestida y perdió a su yegua preferida que fue destripada por
el toro. Ciego de ira y de vergüenza montando en el bayo Siete Machos, le
llamó al toro que al verlo se lanzó como el rayo. Era un toro padre que
cuidaba su manada. Él, que le esperaba con el lazo listo, en corto y en el
último instante con el peligro de ser arrollado nuevamente lo enlazó y acto
seguido torciendo en contra logro que con un ruido seco se quebrara el
cuello del toro que, quedó instantáneamente muerto.
Para estas recogidas llevan apartadores de caña brava que son muy fuertes
y flexibles y parados de trecho en trecho comienzan a gritar para juntar las
bestias salvajes que siguen a unos bueyes amaestrados que llevan a
propósito como madrinos. Así, poco a poco, lentamente van llevándoles
hacia los corrales de hacienda. Más de una vez se han tenido que lamentar
heridas graves e incluso muertes de algún personal cuando los toros padres
presintiendo el peligro se desmanan y hay que llevarlos nuevamente al
rebaño. A veces dura varios días la recogida; pues, es tan extenso el
páramo que unos grupos de animales que son guiados por un toro padre
queda muy distante de otro y cuando están reunidos comienzan las peleas
donde no es raro ver mutilaciones de cuernos, desgarros de ancas y lomos y
a veces hasta destripamientos.
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Llegados a los corrales de hacienda viene lo más difícil y peligroso; el
aparte como llaman el ir separando el ganado ya marcado del que necesita
marca; las vacas, los toretes, novillos, vaconas y terneros que son
colocados cada clase en corrales aledaños. Aquí es hermoso ver la
habilidad de los reseros y rapidez de su trabajo.
Una vez cada clase en su lugar viene el trabajo chúcaro. Comienza con los
toros padres que salidos al corral grande, se lanzan como enloquecidos
contra los de a caballo. Ellos están apercibidos e instantáneamente dos
huascas anulan al toro ¡Ay! del que falle... entonces comienza el carreteo
de montados y de a pie: unos que corren alrededor del corral y otros que
buscan las tapias para subirse; hasta cuando logran anularlo con esa
valentía que da el constante peligro y la tranquilidad que da el oficio.
Saltan los peones y mientras la bestia bufa y patea, le cogen del rabo entre
varios peones, mientras otro a caballo pasa un cabestro entre las patas
traseras del toro y hala hasta tumbarlo de costado. El escribiente verifica si
el animal tiene marca de hacienda; sinó: está listo –sobre un fuego grande
hecho de leña de eucalipto, el fierro como ellos llaman a una varilla de
hierro que en un extremo tiene en letras o dibujos la marca o emblema de la
hacienda. Este hierro al rojo vivo es colocado sea en el costado del cuerpo,
el anca o el cuello a una presión que chamusca hasta el cuero del animal
que así queda marcado como perteneciente a la hacienda.
Entonces el escribiente lo registra y el mayordomo examina el rabo, las
crines, los cuernos y los cascos. Cortan las crines o los rabos largos y
“hacen los cascos” que les crían deformes; cuando necesitan de su fuerza o
ya no quieren que se reproduzca le “capan”. Con unas tenazas enormes le
cogen al escroto entre las pinzas y haciendo una presión enorme, logran
interrumpir toda relación de arterias, venas, conductos y nervios hasta
cuando como cuerpo extraño caerá. Así se transformará al toro en buey
que servirá para la arada u otros oficios. Igual procedimiento siguen con
los demás animales que, unos irán para la venta, otros para engrosar el rejo
de hacienda.
Esta labor dura varios días; días de trabajo duro y peligroso; pero al parecer
de mucho agrado para todo el mundo. Tío Manuel ha ordenado sacrificar
un buey; de tal manera que por carne no ha de faltar. Las peonas cocinan
mellocos, habas y papas en unas pailas enormes, mientras en ollas igual de
grandes se cocina la mazamorra de harina de maíz.
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Son días de abundancia; comida diaria y abundante; al gusto de trabajar y
correr el peligro hace que todos anden contentos y el rato del almuerzo se
comentan los lances del día y, hasta ríen; cosa muy difícil en ellos.
De igual manera, más o menos, se procede con la yeguada; aunque menos
peligrosa, es más movida y hay que trabajar por parejas para impedir el
desboque de los más ariscos y veloces.
Una vez que han entrado a los corrales, varios vaqueros aprestan sus lazos
mientras la yeguada asustada corre alrededor del corral; entonces lanzan
sus huascas que, a veces son tan amplias que se tragan al animal o logran
enlazar las patas. Entonces, un peón, a veces dos se lanzan a cogerle de las
orejas y bajarle la cabeza para impedirle que con las patas delanteras haga
daño y más bien se rinda. Logran botarle de costado; allí, un peón le pasa
el rabo por los ijares y le anula cualquier movimiento; pues, es peligroso
que en su desesperación el animal se desnuque. Le examinan las crines, si
están largas le hacen la balona; le hacen los casos, les cortan y les pulen;
les ven los dientes para ver la edad y su estado, que según se encuentre, irá
a la venta, a vaquería, a la carreta o a reproducción. Les examinan la nariz
y si están con muermo, tío Manuel hace que se pare el animal y con una
jeringuilla de metal donde ha llenado con una preparación de trago con sal
y jugo de hierba mora, le introduce en la nariz y luego con toda la presión
le lanza a las fosas nasales todo el menjurje. El pobre animal por un
segundo se queda temblando sin saber que le pasa; luego salta hasta el cielo
y vuelve a saltar hasta que casi enloquecido comienza a botar una sustancia
media blanca, medio verdosa ¡creo que es la masa encefálica!
Igual se separan las potrancas, las yeguas y según su calidad podrán
quedarse en la hacienda para reproducirse con los caballos de remonta o el
burro japonés.
Luego siguen los chanchos de engorde. Sin anestesia, le cogen al animal y
con una navaja le parten el escroto y con los dedos cogen los testículos y
les cortan de raíz. Nada de sutura; sólo un poco de tintura de yodo y ¡ya
está!
Esta naturaleza campestre, primitiva, brutal, simple, ingenua parece que
fuera un himno al vivir. Todo resume esfuerzo, lucha y alegría de vivir.
Desde las plantas, los árboles, los sembríos parecen esforzarse por cumplir
la Ley de Dios. Las aves, los animales parecen el colmo de felices cuando
retozan libres en su hábitat. Hasta el hombre –el más desheredado- parece
no darse cuenta que los días, las tardes y las noches forman un solo hoy y
30
que el mañana... ¡Qué mañana! Sólo cuenta el hoy y el aquí y, así son
felices; aunque nosotros no queramos verlo así.
“Pobrecito mi patrón cree que el pobre soy yo” reza una canción tan cierta
como lo que acabo de decir.
En la enorme simplicidad de su vida está su riqueza. “No es más rico el
que más tiene sino el que menos necesita” –se ha dicho y esto lo habíamos
comprobado sin comprender entonces la noche en que acostados en las
parvas de trigo veíamos emocionados una hermosísima noche obscura
como útero grávido, cálida y generosa como madre dadivosa, en medio de
un páramo frío y cristalino; nos regalaba un fantástico manto de terciopelo
cuajado de diamantes que titilaban ante nuestros ojos asombrados. Pocas
veces y en pocos lugares es dado ver y gozar de un espectáculo tan
soberbio que ofrecen las nebulosas y las estrellas. Habíamos conseguido
de tío Manuel que nos dejara dormir esa noche sobre las parvas de trigo
que nosotros habíamos ayudado a formar en esos días en que se hacían los
cortes de trigo.
Este mismo corte de trigo semejaba una ceremonia milenaria. El trigo
brillaba como río de oro. Los peones en cuadrillas formados al pie del
trigal con sus sombreros anchos y grandes, en camisa con sus brazos
desnudos morenos y nervudos entonando un estribillo que sólo ellos
comprenden, van cortando las espigas y formando gavillos que las doñas –
que generalmente son de la familia- caminando detrás van recogiendo.
Atrás irá otro familiar que irá cortando las espigas que se han escapado de
la hoz del peón; éstas le pertenecen pues “ha chugchido”.
Las sorpresas son muy alagueñas; se encuentran a veces nidos de pájaros y
hasta camadas de conejos. Luego van los peones llevando las gavillas
hasta la carreta que conduce hasta una explanada del patio de hacienda
donde formarán las parvas que son unos montones circulares y altos donde
se espera que el generoso sol las seque y cuando ello sucede, entonces
proceder a la trilla. Esta misma es muy elemental y primitiva; deshacer la
parva en el suelo y allí una junta de bueyes o de caballos se les hace dar
vueltas y vueltas pisoteando los gavillos que, estando ya secos, fácilmente
dejan caer el trigo separado de las espigas. Nosotros tampoco nos
perdimos la trilla; pues, sentados en unas tablas tiradas por los bueyes
jugábamos a hacer algo. Cuando consideran que todo el trigo está bien
trillado entonces comienza la venteada. Ésta consiste en levantar del suelo
las espigas con unos palos hacia lo alto, donde aprovechando el fuerte
viento, las espigas que han perdido el grano vuelan fuera del círculo de
trilla donde van quedando los granos de trigo.
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Con ocasión del mismo corte de trigo fue posible circunstancialmente
conocer la chocita donde vivía la familia del Moromenacho: padre de dos
longuitas tiernas del color de las papas cholas; llenitas, sonrientes y
carraspositas que, cogidas del anaco de la Eliodora nos miraban curiositas.
Su chocita era pequeñita pero alegre; con una puerta de entrada hecha de
palos delgados y tan apropiada con el entorno que no desentonaban.
El techo de paja visto desde afuera parecía pequeñito, como queriendo
esconder vergonzoso las paredes hechas de lodo y chamizas; pero, por
dentro era espacioso y, un hombre pequeño podía estar de pie
cómodamente. En una esquina había unas tres piedras que sostenían una
olla de barro, seguramente era lo que llamaban el fogón; en la otra esquina
había un montón de cutules secos y amarillos que seguramente servían de
cama. Prendidas en las paredes se veían unas estacas donde estaban
colgadas algunas ropas y una soga que de un extremo al otro del cuarto
sostenía algunas mazorcas de maíz prendidas de los cutules.
Adentro, se sentía fresco; mientras afuera el sol pegaba duro y seguramente
por la noche no sería tan frío. Por eso construían las chozas de barro y paja
y era bajitas.
A simple vista: una miseria espantable; una simplicidad de vivir
inconcebible, francamente desconocida e impensable que, de bruces le
pone a una persona a pensar el ¿cómo es posible que alguien pueda trabajar
al máximo todos los días como lo hacen ellos y, no tengan la compensación
debido a su esfuerzo y les lleve a vivir mejor?
Pero, ¿qué es vivir mejor?: ¿la competencia?, ¿las angustias de las deudas
por pagar?, ¿la desesperación por el día de mañana?, ¿el mañana de los
hijos? ¿Y todas las angustias y las mañanas de las gentes que dicen “viven
mejor”? ¿De qué están hechos los hombres para que haya tantas
diferencias?
Pues; se arruga el alma al mirar la vida; como se va arrugando el paisaje
cuando va entrando la tarde, cuando va acabándose el hermoso verano y va
entrando el invierno. Sí, los heraldos que anuncian su llegada son los
vientos fríos, persistentes; que se meten en las casas persiguiendo a las
personas; que en las madrugadas se pegan tanto al cuerpo que, hay que
hacerles a un lado para poder andar. El mismo cielo, como un viejo cenizo
y miope y mal genio, baja tanto que aplasta.
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Todo cambia; el paisaje, el cielo, las gentes y nosotros también. Hay que
regresar a casa...
Así fue como un domingo de madrugada, después de la ceremonia de la
capilla nos preparábamos para bajar al pueblo. Todo era movimiento,
nerviosismo, frío, obscuro.
¡De repente!... el saludo del peón encargado de preparar los caballos...
-Guenos días su mersé patrón... ya están ensilladas las bestias patrón.
-¿Ensillaste la yegua Margarita para el guagua? La yegua Margarita una
alazana mansa y hermosa que al decir de las gentes –“era como ir sentado
en una mesa: yegua de paso elegante y seguro”.
-Sí patrón. El Tordillo cabos blancos para la patrona también. Aunque ya
está viejo y lento; pero, es muy seguro todavía patrón...
-Yo quisiera para mí el macho Ojo de Perdiz.
-¿Qué tan será patrón? No le ensillé porque está moquiando... ¿frío será?
¿muermo será? Por eso le ensillé el Gobernador que también es bueno y
menos pajarero que el macho.
-Decile al Víctor Paspuel que se adelante con la carga y me espere en la
casa de mi cuñada allá en el pueblo...
-Bueno patrón...
Mientras tanto dentro de casa, todos se visten con ropas del domingo,
guardadas con naptalina, planchadas la víspera; con zapatos medio nuevos,
tiesos, todavía ajustados.
Los servicias de un lado para otro, agitadas, nerviosas preparan el desayuno
de leche con tortillas de maíz y queso tierno.
La Manuela Guata se ríe por todo y por nada, nerviosita no sabe donde
poner las cosas. Para ella es un día muy especial; pues, a sus 16 años es la
primera vez que va a salir de la hacienda a conocer el pueblo y no sabe qué
hacer; llena de alegría. Estas gentes tienen dentro de su alma un
sentimiento muy especial hacia sus patrones y hacia la hacienda. Se
entregan de la forma más sencilla y natural al creer que son parte de los
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unos y los otros. No conciben que alguna vez puedan dejar su huasipungo,
ni que los patrones dejen de velar por ellos.
Mamita Lola también está muy alegre; pues, irá a visitar a sus viejos y a su
hermanita querida.
-Manungó ¿Ordenaste que lleven las cargas al pueblo?
-¡Sí, mujer! Sí. Las cargas eran los regalos que tío Manuel llevaba a los
familiares en el pueblo: costales de papas, maíz, morocho, trigo, quesos,
cebolla, coles y demás que repartiría por igual a los familiares de Mamita
Lola.
¿Yo?, yo ya extrañaba la casa aunque sabía que no me esperaban días muy
buenos. Recién volvía a acordarme de correas, gritos, lamentos, gallos y
miedos.
No sé como sería, pero el viaje del patrón ya se conocía a lo largo del
camino de hacienda.
-Guenos días patrunsetos.
-Buen día hijo.
Se repetía cada vez que la pequeña caravana llegaba a un huasipungo.
-Mañana a dier la Vicenta patrón...
-Bueno, que no falte porque la otra servicia acaba esta noche.
-La barrega negra parió un parcito patrón...
-Irás a la hacienda para que el escribiente les anote.
-Gueno patrón...
-Hay un novillo rodado en la quebrada grande patrón...
-A mi vuelta quiero ver para que en mi presencia le entierren.
-Así sia diacier patrón...
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Siempre que una res muere por cualquier causa; invariablemente se entierra
el animal. Al parecer es una crueldad ya que los pobres indios muy rara
vez comen carne; pero también es cierto que de otro modo empezarían a
rodar los animales con mucha frecuencia.
La mañana era fría y un poco triste. Poco a poco se iban perdiendo los
pajonales, las manchas de carrizos y cañas bravas. En los tapiales se veían
los pencos, las chilcas, los tzimbalos, los guantos. Uno que otro árbol de
capulí, guabo, pumamaquis, abetos y cedros. Ya en lo plano venían los
maizales, las habas y demás sembríos. Todo avisaba que ya íbamos
llegando al pueblo.
¡Había salido el sol! Por el camino se veía más cantidad de gente; todos
endomingados; todos en una misma dirección; todos callados aunque el día
comenzaba a sonreír.
Algunos naturales llevaban cargas de cebollas, col, choclos de sus
huasipungos a la venta para así completar las necesidades de la semana.
Otros llevaban atados de pan, arepas, quesos y huevos. Iban a la feria del
pueblo.
Inmemorial rito y costumbre donde se compraba y vendía de todo.
A más de aquel arco iris de ponchos, sombreros, cushmas y anacos que de
por si le deban un aire exótico, alegre y familiar, conforme avanzábamos al
centro del pueblo se iba poniendo más difícil el caminar.
Gentes amigas de tío Manuel y Mamita Lola saludaban y se acercaban a
saludar; otros, arrimados a los puestos de comida se desayunaban con las
famosas guatitas, el tripa-mishqui, las tortillas de papa o el más famoso
hornado de chancho. En toldos de variados colores se veían frutas,
legumbres, hierbas medicinales, abarrotes, ropa de trabajo, ponchos,
sombreros, en fin de todo.
-¡Lolaaa!... -decía mi tío Manuel- creo que vamos a tener que dejar las
bestias donde el José María...
-Bueno. Así puedo llegar también donde papá y mamita –decía mi tía
Lola- pues, mis abuelos vivían en un departamentito chiquito que mi tío
José María les daba para que vivan; lógicamente con el disgusto mal
disimulado de Margarita, su mujer.
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No sé, o no me acuerdo a donde llegamos; lo cierto fue que ahí
desmontamos y lógicamente la gente mayor se puso a conversar, reír,
contarse penas y novedades.
Lógicamente se olvidaron de mí que, como barro chirle de carreta caí en un
sitio y allí me quedé quieto, aplastado, sin saber qué hacer ni qué decir.
Cuando llegué a casa; igual. La gente mayor se puso a conversar. Mamá y
Mamita Lola –como gustaba que le llamen- locas de alegría se abrazaban,
reían y no se hallaban; mientras afuera tío Manuel conversaba con papá,
serios y tranquilos.
Para mí... ¡igual! Como si no hubiese estado fuera tanto tiempo; ni me
vieron ni me dijeron nada. Toda mi importancia se fue a los suelos.
Solo el Singo –el perro que me mordió- me miraba y me oliscaba como
bocado conocido; el gallo Rubí, igual, se hacía el desconocido esperando
que me descuide para picarme. La nieta del dueño de casa fue la única que
me sonrió ¡En fin! Se acabó; volvía a ser nadie.
No sé cuanto tiempo había pasado. Difícil decirlo porque en el pueblo
todos metidos en el molino de la vida solo vivíamos, mejor dicho; creo que
vivíamos, porque todo era tan igual; ayer, hoy, mañana y sólo se rizaban
las aguas del tiempo cuando había algún acontecimiento posible de sacudir
el marasmo, esa indolencia, esa indiferencia.
Yo recuerdo que un día mamá lloraba desconsoladamente.
Allí, me enteré que mi papá y mi hermano Julio –que seguían sin tener
cara- estaban trabajando en casa de mi tía Victoria, allá en la ciudad y que
había allí una guerra y que los muertos se contaban por miles, que estaban
botados en las calles. Muchas gentes del pueblo habían avanzado hasta una
loma desde donde se veía como peleaban los soldados; cómo se oían los
disparos de los fusiles y los cañones.
Era una guerra civil que duró cuatro días y que dejó más muertos que el
cólera.
También ahí supe que teníamos un nuevo hermanito. ¿Cómo también
sería?... como a uno ni le avisan...
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CAPÍTULO II
Y era tan cierto aquello de que a uno no le avisan que, el rato menos
pensado me vi en la Plaza de Santo Domingo, en la ciudad.
Era tan repentino para mí todo aquello que medio lelo sólo alcanzaba a
comprender que habíamos llegado en un camión verde; que el dueño era un
señor Pinto, muy amable y ceremonioso que ese rato hablaba con mi
mamá.
Era media tarde y veía que las gentes amodorradas caminaban sin mirar a
quien. Había algunos buses parados junto al parterre al lado de la plaza;
varios hombres entraban al convento de Santo Domingo para beber agua de
San Vicente. La verdad que yo también estaba medio amodorrado pues
nada me llamaba demasiado la atención como había esperado conociendo
la ciudad.
Parada junto al camión estaba mi hermana menor que creo recién la conocí;
chiquita, pero dada de importante, no se estaba quieta; lucía un sombrero
blanco de tela que casi le tapaba la cara, un vestido también blanco de
vuelos con unas cintas rosadas; pero lo que sí recuerdo bien es que no tenía
zapatos.
-¿Ya bajaron el maletón? –preguntaba imperiosa a la gente que acomodaba
nuestras pertenencias en el camión.
Digo que recién le conocía a mi hermana menor porque ahí la veía toda
importante, toda desenvuelta; mientras yo no sabía que me pasaba o qué
nos pasaba.
¿Qué veníamos a hacer aquí? ¿Por qué habíamos venido? ¡Claro!... como
yo no era de la familia, tal vez no me hicieron saber lo que pasaba.
Bueno; es que, en aquellos tiempos no se creía que la gente menuda
también piensa, sufre y quisiera ser parte del todo.
El camión nos llevó por unas calles empedradas hasta una casita blanca,
bajita en un barrio donde había mucha gente. El dueño de casa era un
señor con cara de sastre; pequeño, gordito, colorado, con un chaleco negro
abierto a una barriga respetable... ¡Sí! Debía ser sastre. Se apellidaba
Serrano y nos miraba... mas bien creo que nos tazaba el pago de la próxima
mensualidad.
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La casita era toda una novedad; tenía dos cuartos entablados que daban a la
calle; por un corredor amplio se llegaba a unas gradas que daban a un patio
pequeño, empedrado y a un costado estaba la cocina y mas allá la huerta.
No creo que estuviéramos allí mucho tiempo porque a poco, así mismo un
buen día ya estábamos en una casa muy grande, donde vivía un mundo de
gente y estaba cerquita a la casa de mi tía, hermana de mi papá y que se
llamaba Mamita Toya. La casa tenía dos patios; nosotros vivíamos en el
delantero en unas piezas de la parte baja y con ventana a la calle.
Allí recomenzaron los sufrimientos de este pobre micro ciudadano; pues,
empezaba a tener obligaciones: una de ellas era madrugar antes que
ninguno de la familia a traer la leche para el desayuno; de la lechería de los
Acostas. Había que ir muy temprano porque la venta se acababa y cuando
esto sucedía... ¡ardía Troya!. Cierta madrugada que me había quedado
dormido, sentí un correazo que más que dolerme –que sí me dolió- fue el
susto de ver a mi padre con la correa en la mano; con los ojos que le salían
chispas y que algo me decía que no alcanzaba a comprender pero que sabía
que era porque me había quedado dormido y no alcanzaría a la leche de los
Acostas. Fue tal el susto que no sabía por qué no podía hablar – había
perdido el habla- y tan fuerte fue el asunto que llegado a la lechería no
sabía como pedir y sólo le mostraba el dinero a la señora Carmelita. En
casa, todos creían que me hacía el mudo.
Parece que no fue muy conveniente el vivir a la calle porque, muy pronto
estábamos viviendo en el segundo piso en unas piezas grandes y
confortables que daban a un corredor muy amplio donde jugaba con mi
hermano chiquito. ¿Qué sería del resto de la familia? No me acuerdo...;
sólo recuerdo que un buen día mi hermanito que sólo gateaba, se paró y se
puso a andar. Fue la algarabía de todos y yo me sentía muy importante
porque yo le hice andar... ¡Travesuras de niños!
Siguieron las penas para este minúsculo ciudadano; pues, al poco tiempo
caía enfermo con sarampión. Me confinaron a un rincón del cuarto y a la
banca donde dormía daba la luz del foco y eso me hería la vista una
barbaridad; entonces mi tía Victoria –la Mamita Toya- me regaló una
lámpara ¡linda!. Era de cartón prensado con figuras en relieve de bailarinas
y músicos todos en color plata y bronce; puesta sobre el foco ya no me
hirió la vista. No sé cuanto duró la enfermedad; lo cierto fue, que se
llevaron a mi hermano chiquito a la casa de arriba como comenzamos a
llamar a la casa de la Mamita Toya. Sería para evitar el contagio del
sarampión, sería porque mi mamá cayó enferma y no podría atenderlo; la
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verdad que desde allí él se quedó arriba. Cuando quería jugar con él tenía
que irme a la Casa de Arriba.
¡Estaba escrito! Yo sí creo... pues siguieron las penas y cada cual peores:
tenía que ir a la escuela. ¿Es que no se daban cuenta de que yo sólo tenía
cinco años? ¡No! Nadie se acordaba de ello y como mi hermano Julio ya
estaba matriculado... ¡Desgracia! ¿Para qué inventarían la escuela? ¿No
era suficiente con mi hermano Julio?. Pues, yo no había dado ningún
consentimiento; igual pasaron, pasaron por sobre mi negativa ¡Qué
negativa! ni me preguntaron.
Debió ser en Octubre. Un cierto día: con pantaloncito chiquito de cacinete
que dejaba al descubierto las piernas y con el frío desgraciado que hacía;
una blusita blanca, de olán; bien peinaditos, con los ojitos hinchados de
tanto llorar y fuera de las órbitas del susto, nos dejaron en el patio de la
cárcel; digo, escuela.
Señor profesor, aquí le dejo a este muchacho para que aprenda las primeras
letras –decía mi padre- Es muy inquieto. Los profesores son los segundos
padres; de tal manera que si es necesario corregirlo... ¡déle! que la letra con
sangre entra.
Yo, que sabía de correas y de castigos; que a esa edad ya era un experto me
puse a temblar y al señor Alvarado –tenía la cara igual al Mariscal Sucreempecé a calcularlo. La cara: no era de una persona mala; era alto y sus
brazos... bueno era suficiente para ya darme cuenta ¡dónde había caído!.
Pero lo más terrible fue que mi hermano Julio desapareció en medio de un
montón de niños. Allí sí que me sentí perdido, solo, abandonado. ¿Cómo
regresaría a casa? ¡Qué enorme problema!. A llorar se ha dicho; felizmente
lágrimas no me faltaban.
El señor Alvarado sólo me veía y de cuando en cuando me paloneaba en la
cabeza.
¡Sonó una campana! Nos hicieron formar para salir al patio. De todos los
grados salían los alumnos corriendo, gritando y riéndose... En eso, siento
que me cogen de la mano; era mi hermano Julio que estaba en grados
superiores y me venía a ver.
-No perderás el lápiz –me decía- pues me habían dado un pedazo chiquito
de lápiz para escribir. ¿Escribir? ¿Cómo? ¿Y el lápiz? ¿dónde está el
lápiz?. En medio de mi tragedia había desaparecido.
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¡Desaparecido! ¡Qué horror! ¿Qué dirá papá? De la nada me pegan; ahora
sin el lápiz... ¡me matan! Seguro... ¿no será posible desaparecer como el
lápiz?
-No llores... papá no se ha de dar cuenta y no vamos a avisarles.
-Yo, desesperado revisa por centésima vez los dos bolsillos de mi pantalón
y cada centímetro de las piedras de mi rededor.
No sé qué pasaría después; lo cierto es que seguimos yendo a la escuela,
llorando de la nada, tratando de no dar motivo para que no le castigue el
profesor. Mas, creo que le caí en gracia porque continuamente me cogía de
la mano ayudándome a hacer las letras.
Tenía como compañeritos a: un niño que se llamaba Corral, calladito, muy
educadito, muy blanquito, muy rubiecito y muy aplicado. El otro era de
apellido Páez; también era rubio; pero, era la mar de inquieto y le gustaba
salir a la ventana y ver la calle. El profesor le cogía del brazo y le hacía
sentar; porque, cuando sólo le llamaba, él no hacía caso, no le obedecía.
Pero, no nos pegaba al profesor.
¡Cosa curiosa!: ellos llevaban zapatos... Me gustaban los del Corral porque
eran brillosos y ñatitos.
Había un compañero que le llamaban el Omoto Ortega; era un peliaringo, a
todos pegaba y casi todos le teníamos miedo. Otro compañero se llamaba
Armendáriz; con el Ortega hacían dúo y molestaban a todo el mundo.
Ambos usaban zapatos.
Nunca me he disfrazado. Sólo una vez me disfrazaron para una ronda
infantil; de indio; sombrero, poncho de colores, pantalón de liencillo y
alpargatas. Pobres mis viejos lo que habrán tenido que hacer para salir del
compromiso.
A medio año le bajaron del tercer al segundo grado a mi hermano Julio. Mi
padre nunca se enteró. Capaz que le sacaba de la escuela.
Pasaron los años y la escuela iba convirtiéndose en algo natural y querido.
Sólo en tercer grado nuestro profesor el señor Landázuri que era medio
loco una vez le pegó al alumno Barrera con tanta furia que montado encima
en el pupitre le pisoteaba ¡Qué miedo!
Pero lo lindo del tercer grado fue que separado del grado por una mampara
de vidrio era la enfermería y la señorita enfermera se llamaba Lucía: ¡era
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linda! Y yo estaba enamorado. Ella me acariciaba y me llamaba Mi
bermejito. Yo no perdía la oportunidad de pasar a la enfermería donde la
señorita Lucía que, por cierto creo que se dejaba cortejar por el señor
Aguirre que era el profesor de quinto grado.
Nosotros a esa edad ya nos dábamos cuenta que el Omoto Idrovo cortejaba
a la señorita Caviedes; que el loco Landázuri andaba con la señorita
Carrillo. Nos reíamos porque nosotros no les perdíamos de vista y ellos
creían que nosotros no nos dábamos cuenta.
Mientras crecía, a Mi Bermejito se le dio por aprender cosas; me gustaba
sorprender a los compañeros con mis nuevos conocimientos.
Había en el grado un compañero medio plazuela que era hijo de un
cachinero de la Marín y traía frecuentemente libros viejos que yo le
compraba con tantos días de pan o tantos de guineo que juntos con la leche
nos daban de desayuno escolar. Yo adoraba coleccionar esos libros e iba
poco a poco formando una mini-mini biblioteca; aunque muchos días me
quedaba sin el desayuno.
Comencé a ingeniarme el cómo hacer dinero. De una caja de madera porta
tizas, hacía unas rendijas para juego de sapo. Yo les vendía los botones y
ellos me daban los centavos; desgraciadamente el negocio colapsó cuando
en casa comenzaron a protestar porque faltaban botones en camisas, sacos
y pantalones. Cambié de negocio... ahora negociaba con bolas o canicas y
con los caos. Yo era un niño afortunado que podía darme el gusto de
comprar las melcochas o las mistelas en la confitería del Gordo Salazar.
Los días, las semanas, los meses y los años pasaban y cada uno de los
compañeros iban mostrando sus aficiones y preferencias; El Tuerto Guerra
hacía comedia con su hermano y otros compañeros; eran los infaltables en
las celebraciones escolares; el Día de la Madre, la Navidad, el santo del
Director. Y la verdad que nos gustaba porque a más de los chistes hacía
malabares, mientras el Santa Cruz tocaba la guitarra y cantaba. El Omoto
Ortega y el Armendáriz se especializaron en armar peleas de la nada y
nosotros porque no nos tomen por cobardes a veces teníamos que pelear
quieras o no. El Negro Bermúdez –el más grandote de la escuela- era la
estrella del básquet y formaba el equipo de la escuela. El Suco
Villavicencio jugaba al fútbol y nos martirizaba de vez en cuando.
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Este Suco Villavicencio era el típico guambra matón de barrio; en el grado
era el temebun, le tenía al Caucho Yépez como su mujercita, se sentaban
juntos y cuando le daba la gana le besaba delante de todos nosotros. No
decíamos nada porque le teníamos miedo. Andaba siempre con zapatos de
fútbol y se trenzaba a golpes con cualesquiera.
Era tal el carácter y su fanfarronería que, una tarde en que vino al grado el
señor Director Vinueza; un hombre maduro, mal genio; colorado, que
cojeaba un poco y además tenía estrabismo en uno de sus ojos; que algo
nos decía –entre nosotros su sola presencia infundía respeto y temor- el
Villavicencio como de costumbre le besaba al Caucho Yépez. El señor
director alarmadísimo de semejante audacia le increpaba duramente,
mientras el Villavicencio con las manos en su quijada le veía burlonamente
al señor director hasta cuando perdiendo los estribos con un balón
desinflado que tenía el Villavicencio sobre el pupitre el señor director
comenzó a golpearlo en la cabeza. El Villavicencio más se burlaba y le
decía sí ¡tuertooo! ni me dolió ¡patojooo!, pégale a tu mamá. Nosotros
estábamos espantados por semejante audacia y lógicamente más se
agrandaba el miedo y el respeto al Villavicencio.
Pero, cosa curiosa... Un buen día –seguramente una tarde que no teníamos
profesor y todos sentados en nuestros pupitres pasábamos el rato- el
Villavicencio fanfarrón y crecido se levanta y va donde el Espinoza que era
el chico más alto del grado de modales suaves, con una carita rocsadita y
caderoncito que, por su peculiar forma de andar le decían Rosita.
-Rosita dame una muchita... –le decía- mientras el otro lleno de vergüenza
le esquivaba. Insistía e insistía y nosotros llenos de vergüenza dábamos por
seguro que lograría besar a Rosita.
Pero ¡No!. En un momento dado Rosita se arma de valor y
desesperadamente carga a golpes de puño y puntapiés con una velocidad
inaudita sobre Villavicencio que trata inútilmente de contrarrestar el
sorpresivo ataque.
¡Nada que hacer! Rosita muele a golpes a Villavicencio que por fin se
retira maltrecho y refunfuñando amenazas.
¡Rosita campeón! ¡Villavicencio acabó!
Pero no todo era malo en la escuela, a veces era peor. No sé a quien se le
ocurrió que Mi Bermejito podía recitar y fui a parar como juguete
desarmable donde doña Anunciata Caputi que vivía en la calle Maldonado.
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Allí la señora se esforzaba por sacar un recitador de un niño tímido y
miedoso nada hecho a las exhibiciones.
Se acercaba el natalicio o muerte –no recuerdo- del Mariscal de Ayacucho
y yo tenía que representar a la escuela con una recitación. Total que
aprendí a mover los brazos en coordinación con las palabras y éstas con el
texto de la recitación. Lo que nadie me dijo fue que el acto iba a ser en la
Plaza de Santo Domingo frente a todos los establecimientos municipales,
las respectivas autoridades y demás.
Ese día me hicieron parar precariamente en un borde del monumento
mientras un policía municipal me sostenía de las piernas para que no pierda
el equilibrio. Yo, lo que más temía era que me olvidara la poesía; pero, tal
era el miedo que cuando iba a comenzar, las rodillas me temblaban una
barbaridad.
-¡Téngame las rodillas! le dije lleno de rabia al policía por su falta de
seguridad.
Le había dicho en tan alta voz que todo el mundo oyó y sonó la carcajada.
Esto mas bien me dio ánimos y terminé la recitación...¡Y nunca más! he
recitado... ni en casa.
Cuando terminé la escuela mi papá estaba tan orgulloso y yo tan
avergonzado que ya no quería salir con él.
Cuando se encontraba con alguien, enseguida decía:
-Mi hijo salió el mejor de la escuela; mientras me alzaba el pelo de la frente
–le han dado diplomas y...
Yo, quería que me tragara la tierra... ¿Era necesario tanto alarde?...
Los veranos extraordinariamente luminosos; los inviernos fríos, crudos,
persistentes; el viento que nos envuelve como si fuésemos sus extraños; las
tardes suaves, primorosas como amigas complacientes; las noches
primorosas, llenas de misterios astrales van dejando en las rocas, los
árboles, las plantas y en nosotros mismos páginas que aprendemos a leer y
amar. El tiempo; ese arquitecto sideral nos va moldeando el alma y el
cuerpo, dándonos forma, color y carácter. A estas alturas íbamos
haciéndonos urbanos.
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Seguramente buscando más comodidad conforme crecíamos, fuimos a vivir
en casa de una familia Félix, un poco más cerca de Santo Domingo.
Allí recuerdo recién como va la familia tomando forma. Tenía un hermano
mayor y se llamaba Jorge. Allí enfermó gravemente. No sé que tenía, pero
sentado en el centro de su cama se sostenía con una sábana blanca que le
cubría la espalda. Sólo sabía que era algo muy grave porque mi mamá
lloraba. Mi Mamita Toya mandaba el almuerzo exclusivamente para él.
Cuando se sanó, fue a trabajar en una bomba de gasolina del Negro Carrera
en Santo Domingo. Se quejaba de lo fuerte del trabajo incesante; llueva o
escampe y todos los días. Pero eso era bueno –pensaba yo- pues, con lo
que ganaba se compró un pantalón de casimir plomo muy bonito y más
tarde completó el terno. Desde allí, mi hermano mayor fue el más elegante
del barrio; tenía un gusto muy especial para vestirse; siempre de lo mejor;
casimires, zapatos, camisas, corbata, en fin era muy escogido y escogedor.
Nosotros le temíamos más que a mi papá porque era muy serio, nunca nos
dirigía la palabra pero, ayudaba mucho a mi mamá.
La casa, era grande. A más de la familia del dueño de casa vivían otras
familias como los Sierras; dos jóvenes solteros: el uno era empleado en la
fábrica de tacos de caucho de los Villagómez que funcionaba en el patio
trasero y la otra que creo era profesora. Los García: madre e hijo que no
se les veía si no de cuando en vez, callados y muy formales y que vivían en
el piso alto. Los hijos del dueño de casa que eran algunos; Agustín el
mayor que creo regentaba la hacienda familiar, Carlota que no conocíamos
porque estudiaba en el exterior. Una hermosa señorita pequeñita que no se
amistaba con nosotros, Alicia la morenita esbelta y alegre que a veces
jugaba con nosotros. Paco y Alfonso que eran los panas en nuestros juegos
y Rosita la última.
Pasamos una buena temporada allí. Por la noches jugábamos en el amplio
patio a los perros y venados, huevos de gato, las cogidas, etc.
Con Rosita que, talvez tendría unos cuatro años –yo tenía cinco- nos
escapábamos pretextando jugar a las escondidas y nos trepábamos a una
ventana grande que había en nuestra cocina y, allí la besaba mientras a ella
le temblaban las manitos. Experiencias que no se olvidan, estoy seguro de
ello por cuanto cierta vez que su mamá me encontró –habían pasado un
montón de años y saludamos; ella, Rosita haciendo un gesto despectivo
muy coqueto viró la cara.
Ciertamente hay cosas que le impactan a un niño de manera indeleble y
hace que recuerde muy claro ciertas circunstancias como aquellas que
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protagonizaba Gerardo, sobrino de los Sierra y que vivía allí y que tendría
seguramente mi misma edad; pues él, tenía un papá, que felizmente venía
de tarde en tarde. Era un señor seguramente costeño, rubio, de ojos azules,
colorado, que hablaba, andaba y veía el reloj rapidísimo y que cuando
venía le pegaba unas tundas al pobre Gerardo como “para que no se
olvide”.
Fuera había dos tiendas muy grandes: la una era la lechería de las Acostas
y la otra la carnicería de los Sarzosas.
Por las tardes de algún sábado venían unos jóvenes de otros barrios
trayendo guantes de box y quieras o no le hacían pelear a uno, pues mas
valía la curiosidad que el miedo. Casi siempre me tocaba pelear con el
menor de los Sarzosas que me daba unas tundas como a ajeno mismo y por
más que me aguantaba siempre me sacaba llorando. Mi hermano Julio sí
que era macho y no lloraba y casi siempre ganaba.
Como cuando uno abre una ventana y poco a poco va viendo lo de afuera,
así se le veía al barrio; ¡lindo, calientito, dulce y propio. La Mama
Cuchara, la Loma Grande pasó s ser el hogar de todos los que vivíamos del
Arco de Santo Domingo para adentro. Calle luminosa, amplia; parecía que
el sol sólo se había hecho para la Loma Grande. Todos se conocían; desde
los más pequeños hasta los más grandes. Todos vivían las alegrías ajenas,
compartían los quebrantos. Ese mismo sol que penetraba en cada ventana,
en cada patio y la calle era un patio de todos, habíanos enseñando a ser
solidarios y tolerantes.
La gente pequeña conocía cada hueco, cada piedra del barrio; las piedras
grandes de la mitad de la calle donde los herrajes de los caballos de los
coches de alquiler, sacaban chispas por las noches; el hueco mal genio
frente a la casa de los González donde cada vez que se caía una rueda de
los coches, esparcía el lodo chirle y frío y nos mojaba las piernas a los
guambras que como monos íbamos cogidos a la baranda posterior del
coche lleno de clavos pero que nos permitía esquivar los fuetazos que
lanzaba el cochero cuando se percataba que íbamos agarrados a la baranda.
A veces nosotros medio orgullosos íbamos hasta Santo Domingo a llamar
un coche que la familia necesitaba y, naturalmente regresábamos montados
en el coche. Estos se parqueaban a lo largo del parterre de la iglesia o
frente al colegio de los Sagrados Corazones. Cocheros y caballos; unos
con los sombreros hasta las orejas y los otros con las orejas hasta los ojos,
permanecían somnolientos. Por las noches prendían unos faroles que los
tenían a cada lado del pescante que, les daban cierta familiaridad, calidez
embrujante. La persona que podía darse el lujo de alquilar un coche de
esos como que se daba más importancia.
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En aquella casa vivimos algún tiempo; aunque nosotros pasábamos entre la
Casa de Arriba y la nuestra.
Allí, en la Casa de Arriba, alquilaban un departamento pequeño unas
señoritas medio bermejitas, medio chullitas, medio misteriosas y que según
ellas eran importantes porque allí llegaba un señor que creo que era algo así
como un alto funcionario del Gobierno. La verdad fue que en cierta
ocasión creo que cometieron el sacrilegio de disgustar gravemente a la
Mamita Toya; a tal punto que se quejó a mi papá.
Mi viejo sabía seguramente las horas que venía el tal señor; entonces, un
buen día mandó a pedir la llave de la puerta de calle, se preparó
convenientemente con una manopla de bronce que tenía, cerró con llave la
puerta de calle y golpeando la puerta del departamento de las señoritas
decía:
-Buenas tardes señoritas...
-¿Qué se le ofrece?
-Vengo a visitarlas. Pero la cara de mi papá no era de una visita... Ellas,
comprendiendo el motivo llamaron al señor importante que, como
importante que era trató despectivamente a mi papá que, sólo creo que
esperaba eso, para como un tigre, como una tromba entrar al cuarto y
comenzar a zamarrear al señor importante que, cogido por sorpresa bajo los
sobacos de mi papá recibía una tanda de manoplazos y no sabía lo que le
pasaba. Mientras tanto, las señoritas casi bermejitas, como gallinas cluecas
corrían a la puerta de calle a pedir auxilio, hacer gente y testigos; al
encontrar la puerta de calle con llave regresaban al departamento a recibir
la parte que les correspondía, en el castigo por haberse atrevido a ofender a
la hermana de mi papá.
Esto le valió el que el señor importante llenara la calle de pesquisas que
querían comerse crudo al señor autor de mis días que, lógicamente
desapareció de la circulación encerrado en casa sin trabajar y sin trabajar...
¡era difícil!
Viendo y aprovechando la situación tan desesperada; un buen día, alguien,
seguramente pesquisa se acerca a Mamita Toya ofreciendo un trabajo a mi
papá y ella...
-¡Corre! Llámale a tu papá que aquí hay un señor que quiere darle trabajo.
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-Papá, dice Mamita Toya que venga que hay un señor que quiere darle
trabajo...
-¡Pobre mi hermana! Queriendo que vaya a entregarme a la policía...
Seguramente el encierro era muy duro para mi papá que decide huir,
cambiar de aire...
En aquella época en que aquí aún no se conocían los reverberos ni las
cocinas eléctricas, las amas de casa empleaban el carbón vegetal y por ello
solían venir campesinos arreando recuas de burros cargadas de costales de
carbón que ofrecían a las carbonerías y a las casas particulares que les
compraban para el consumo diario.
Pues, mi papá se había ideado conchabar a uno de estos arrieros,
seguramente por algún buen dinero. Lo cierto es que mientras los
pesquisas como moscos en miel rondaban el barrio, el carbonero entró
como de costumbre cargando la bolsa de carbón a la casa. Al poco tiempo
salió el carbonero con su sombrero, su poncho, sus alpargatas, cu cara más
tiznada que de costumbre, sacudiendo las bolsas de carbón y en medio de
una nube gris diciendo:
-Mi shus ca tudu quieren regalado pis...
Coge los burros, se monta en uno de ellos y, tranquilamente calle arriba
regresa a su pueblo. Sólo que esta vez el verdadero carbonero salía de la
casa con un pantalón y saco un poquito más grandes; pero, muy contento.
Así, mi viejo burló al enjambre de pesquisas y fue a parar unos dos meses
largos en la hacienda de San Antonio donde tío Manuel.
Mi papá seguramente sabía el modus operandi y movimiento de los
pesquisas; porque, el primer empleo que tuvo cuando llegamos a la ciudad
fue el de comisario cuarto que, por cierto nos sirvió muchísimo a la gente
menuda. Pues, había un “Chapa Negro” grandote y bravo que nos quitaba
los balones cuando jugábamos en la calle; balones que después de visitar la
comisaría, por las tardes nos traía papá.
Por ese entonces la gente menuda conocíamos todas las tiendas y talleres
del barrio. Así por ejemplo en el Arco de Santo Domingo había un
aserradero de un tal Juan Nosecuantos medio pariente de papá. Lo
interesante, como en casi todas las casas antiguas era que la puerta era de
madera con incrustaciones de hierro y el corredor de piedras sellares y
huesos –decían de muertos- entre piedra y piedra. Más abajo había la
confitería de las Pérez; pero más interesante era su salón de comidas que,
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sábados y domingos no se podía pasar por delante porque los tamales, los
chigüiles y las fritadas eran tan apetecidos y provocativos que había que
saborearlos a la fuerza. Más adentro del barrio había una peluquería de un
viejito calvo y bajito de corbata de lazo como todos los peluqueros y, un
joven alto, colorado que también usaba corbata de lazo y hacía contraste
con el dueño; allí, de vez en cuando nos llevaban a martirizarnos. En la
misma casa que creo era de los Alarcón: dos hermanos de pelo ensortijado,
uno chico y otro grande con la importancia a su pesar, de tener una
¡hermana!... bueno, que hacía duplo con una compañerita del colegio de
apellido Jarrín. Luego había una sastrería de un señor Yánez: serio y
solitario que quedó alelado por una señorita medio alhaja, de ojos verdes
que le llevó de las solapas al altar y luego le ayudaba en la sastrería.
Casi frente con frente a la escuela de los Dominicos quedaba la casa de
unas preciosas guaguas de ojos de porcelana azul, medio gorditas, pero
muy calladitas e inaccesibles de apellido Albuja. En los bajos funcionaba
la confitería de doña Teresita que tenía como gancho para la jorga de los
Velas, los Amador a unas hermanitas muy a propósito que, aumentaban las
ventas. Al frente vivían los turcos Amador que decían que eran muy ricos
pues, eran dueños del pasaje Amador, unas haciendas por Machachi; un
almacén de casimires que funcionaba en la misma casa y un mundo de
turquitos hombres y mujeres que, eran difíciles de contar porque todos eran
iguales de gordos y sonreídos.
Al frente, haciendo esquina había una casa bajita medio misteriosa que
alguna vez que se abría la puerta de calle se podía observar un corredor de
los antiguos y más abajo un patio empedrado; pero todo obscuro, callado,
miedoso. Afuera sólo había una especie de papelería y una relojería.
Casi al frente estaba la zapatería de un señor Suasti que tenía como letrero
a un gallo amarillo cogido de una traba y a la entrada de la zapatería. Este
le hacía competencia a la zapatería del señor Lalama de la calle Paredes
frente al Club Bretren para niños. A veces en esta zapatería nos mandaban
a hacer los zapatos cuando no habíamos alcanzado a los zapatos de las
Cuatro esquinas de la Plaza del Teatro que eran más baratos pero así mismo
duraban hasta el primer aguacero y como a nosotros nos daban un par para
todo el año, cada vez que llovía nos sacábamos los zapatos; pues, los pies
duraban lo que quierita porque ¡Ay! del que destruyera los zapatos, además
eran tan queridos que la noche del día que nos regalaban dormíamos
abrazados de ellos.
Alguna vez fuimos a vivir en la calle Paredes en casa de una familia muy
honorable. El señor Alfoncito era un militar y en la casa ni agua ni
pescado. La señora Carlotita era como una hormiguita; pequeñita,
diligente que se encargada de todo; los hijos, los inquilinos, la casa, sus
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plantas de tomates y pepinos llenos de babosas; sino hubiera tenido piel y
ojos había dicho que era una calavera ¡Parecía increíble! tan pequeñita y
ya tenía tres hijos: la Finita, una señorita muy seria que renunció a gozar
de la vida por los estudios; el Alfonso: un patuchito con ínfulas de grande
que enamoraba a la Elbita, la hija mayor de nuestros vecinos que vivían
junto a nuestro departamento y, la Marinita, la última, vivo retrato de la
madre no me había extrañado que cualquier momento le conteste con un
aullido pues, era tan manualita como un perrito pequinés.
El señor Alberto, nuestro vecino: alto, colorado más bien dicho medio
morado, vivía casi siempre tomado; creo que era empleado público, pues
parecía que todo el sueldo se gastaba en trago y la familia vivía de milagro.
La señora Blanquita alta, huesuda, nerviosa, temblorosa parecía el mismo
milagro pero, en compensación tenía bastantes hijos; Elbita la mayor que
jugaba a los novios con el omoto Alfonso; Conchita: una morenita de pelo
rizado, alta y esbelta; Alina que era la que le seguía en edad era rubia,
bonita; tenía un tío materno que no la dejaba en paz; Gerardo, el mayor de
los varones, con Guillermo y Raúl eran niños todavía.
Esa casa de la calle Paredes tenía para mí buenos y malos recuerdos.
Buenos porque en aquella época mi papá fue a construir unas tantas casas
en Saloya, en la propiedad de un señor Viver y yo fui luego de mis
hermanos a ayudar dizque a mi papá a cuidar las cosas y los peones.
¡Fue un viaje fantástico! Y una experiencia única; fue en las vacaciones
después del tercer grado de la escuela. Fui llevando unos cabestros muy
necesarios para amarrar los árboles antes de cortarlos porque ya cortados al
caer se perdían en medio de varios pisos de troncos, árboles podridos de
quien sabe cuantos cientos de años y el trabajo perdido significaba mucho
dinero para papá.
Tenía 9 años y debía viajar solo a un lugar desconocido confiando en las
indicaciones de papá.
Para empezar... ¡el camino! Así le llamaban pomposamente a una trocha
abierta en pleno granito de la montaña donde apenas cabían las cuatro
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ruedas del carro; o más bien diré; casi cabían porque la mitad de las ruedas
del un costado casi iban en el precipicio que, se adivinaba muy profundo
porque las piedras que desprendía el carro y caían al precipicio nunca se les
oía tocar fondo. El carro iba muy despacio, rogando a Dios que no venga
otro en sentido contrario porque ahí sí que alguno tenía que dar retro y
regresar hasta un lugar donde pudiesen pasar ambos carros.
Desde que comenzaba a bajar la loma de San Juan hasta Chiriboga las
mujeres quebraban el rosario y los padre nuestros y ave marías de cuando
en vez agrandados por un ¡Jesús y Dios! ¡Jesús y Dios! y vuelta a quebrar
el rosario hacían del viaje una penitencia no deseada.
Llegados a Chiriboga, sitio hasta donde entraba el carro, me dijeron.
-Siga no más este camino... pero vaya rapidito porque ya mismo es de
noche y no ha de ver el camino. Los cabestros que llevaba pesaban una
tonelada; pero, el miedo hacía que ni les sintiera. Corría; más al poco
tiempo se obscureció. Los loros que seguramente regresaban en enormes
bandadas metían un ruido infernal sumándose al chillido de otros pájaros y
los monos. Mas, la selva comenzó poco a poco a encenderse; millares de
luciérnagas alumbraban el camino fantasmagóricamente tal que parecía los
nacimientos que el Hermano Tomás elaboraba en la capilla de la Virgen del
Rosario en las navidades en Santo Domingo.
Corría y corría medio asustado, medio miedoso acompañado de los
múltiples ruidos de los insectos nocturnos y del corazón que quería salirse
por la boca.
Esa noche cerrada, no sé cuanto había corrido; no sabía donde estaba ni
cuando encontraría la hacienda que había dicho papá; cuando, al doblar una
curva de sopetón asomó la luz de una casa y casi en medio del camino una
carreta con algunos hombres que conversaban. Me acerqué y... allí estaba
papá deleitándoles con algún cuento; pues, mi padre era un sabroso
conversador.
Una cosa que me llamó poderosamente la atención fue un pequeño
montículo que brillaba como la plata, seguramente era plata porque brillaba
fantásticamente; al otro día que acudí curioso a conocer el montón de plata,
me encontré que en el mismo lugar había un enorme tronco de árbol
podrido que por la noche brillaba con la luz vaya a saber por qué.
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Cosas como éstas sucedían todos los días; y para un mocito que no ha
salido de su barrio eran motivo de entusiasmo, admiración, sustos y
sobresaltos.
Al otro día de la llegada fuimos a desayunar en un galpón que hacía de
comedor para todos los trabajadores. Allí, servían siempre colada de harina
de plátano, más hirviendo que el infierno; servía una señora tapada con un
pañolón negro que le cubría toda la cara; más tarde, supe que tenía viruela.
Eran bastantes entre peones y artesanos que papá empleaba en las
construcciones. El mayordomo de la hacienda Saloya vivía con su familia
en un ala del edificio donde dormíamos; la tal hacienda daba –por lo
pronto- sólo naranjillas y carbón.
Después del desayuno fuimos a ensayar la utilidad de los cabestros que
había llevado. En efecto; para el caso, uno de los carpinteros llamado
Agustín, trepó al árbol elegido llevando el cabestro para amarrarlo a una
rama fuerte ya que el otro extremo lo teníamos amarrado a otro árbol. Se
trataba de un enorme árbol de manzano frondoso y grueso que, había sido
medio cortado ya. El Agustín sube y amarra a una rama suficientemente
fuerte, capaz de resistir el templón al caer; pero, resultó que ni bien acababa
de sujetar el cabestro al árbol; éste comienza a caer: caer con el Agustín
arriba. Con la caída, como de costumbre el árbol hace palanca en los
árboles caídos y se catapulta hacia arriba... y el Agustín agarrado de una
rama. Es tan fuerte el templón que vemos al Agustín salir volando abiertos
pies y manos y con un solo grito que nos heló la sangre.
-¡Se murió el Agustín! Gritan todos, mientras todos nos lanzamos a
buscarlo en medio del montón.
¡Agustín! ¡Agustín! Nada... ¡Se murió el Agustín!
¡Agustín! ¡Agustín! Gritan todos mientras desesperados se desparraman
por el monte en busca del cadáver.
¡De pronto! Como si viniera del otro mundo se oye apenas una voz que
dice:
-¡Aquí toy! Aquí toy... En verdad, casi del otro mundo tenemos que
sacarlo al Agustín que ha descendido por el entramado de árboles caídos,
ramas y matorrales hasta un tercer nivel bajo la superficie ¡Sano y salvo!;
pero con los pelos de punta. Buen debut y resultado del cabestro que
soportó la prueba.
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Otro día, yo también caería en un hueco tal que me llevó a una especie de
cueva donde la luz del día se filtraba de un color medio azulado; pero, allí
había vida, una vida maravillosa; quindes de color celeste y negro,
mariposas hermosísimas de colores que no se veían en la superficie y unas
plantas desconocidas con unas flores tan hermosas y de colores tan
brillantes que yo contemplaba embelezado; tanto que no me di cuenta que
algo comenzaba a picarme por todo el cuerpo. La gente que me buscaba
me ayudó a salir; pero como el maní enconfitado; era tanta la cantidad de
hormigas, tan grandes y resistentes y agresivas que nada podía librarme de
su ataque.
Tuvieron que desnudarme, bañarme materialmente en
aguardiente para que sólo así se desprendan las hormigas. Casi no vale
decir que pasé algunos días afiebrado; aunque, no fue todo malo: la
sobrina del mayordomo me cogió a cargo para sobarme el cuerpo con una
toalla con agua fría.
Esto de curar con aguardiente por esos lares, era la mano de Dios.
Recuerdo que una mañana que llovía, mi papá trataba de enseñarle al longo
Morales –carpintero- el cómo quería que quedara el labrado de los
canecillos de la cubierta, con tan mala suerte que al resbalarse en una solera
se caía de la cubierta; y, no sólo era eso sino que la azuela le seguía atrás.
Al darse cuenta de semejante peligro, mi papá trata con la mano de desviar
la azuela que, sin embargo alcanzó a herirle: casi desprenderle el dedo
pulgar.
He visto a mi padre pegarse el dedo a la mano, bañarlo en aguardiente,
envolverlo primero con unas hojas del monte, luego con unas tiras de tela.
Por algunos días la mano se le hizo enorme; pero, poco a poco fue
rebajando hasta que cuando se quitó el dicho vendaje... ¡todo estaba
cicatrizado!.
Yo no sé si son las circunstancias o el medio que moldea el
comportamiento de las gentes que toman actitudes radicales, definitivas y
hasta al parecer salvajes; pero es el caso que más de una acción de esas
pude observar en aquellos tiempos.
Contaban el caso de un peón llamado Candelario que, medio cojeaba
porque no tenía los dedos de un pie. Se los había cortado con la misma
barra que estaba trabajando cuando sintió que le picó una culebra equis
muy venenosa.
Igual hablaban de don Bucay, el carbonero. Dicen que estando armando un
horno de carbón en un pequeño claro del monte acompañado de su mujer
que estaba embaraza; alcanzó a ver que se había dormido sentada y que una
culebra enroscada en su falda amenazaba con morderle un brazo. No quiso
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despertarle por prudencia, entonces con una resolución salvaje, lanza su
machete con tanta destreza que parte a la culebra sin dañarle a la esposa.
Gente bravía que le toma a la vida como viene y así le da la solución.
Papá seguramente pertenecía a este tipo de hombres: enteros, decididos,
generosos; sí, generosos hasta despreciar el peligro cuando de ayudar a
alguien se trata.
Era una mañana lluviosa, como todas las mañanas; porque allí llovía todo
el día; una lluvia menuda pero persistente que lo empapaba todo, hasta el
alma. La gente trabajaba y caminaba en silencio; como si temiera ahogarse
si abría lo boca. Los peones como anestesiados sacaban los tablones y las
tablas que habían cortado el día anterior en los puestos de aserraderos, por
unas trochas temblonas y estrechas donde se mantenía precariamente el
equilibrio; hasta el camino de hacienda. El Obdulio, un peón joven,
trabajador, fuerte y voluntarioso, sacaba unas cuantas tablas hacia el
camino, ya en él, los compañeros ven muy alarmados que una culebra de
entre las tablas sale a la altura del cuello del peón de un color de cobre con
unos anillos negros de trecho en trecho por todo el cuerpo. La alarma fue
general y un solo grito...
-¡No te muevas! Tienes una coral cerca del cuello.
El pobre Obdulio quedó paralizado y más blanco que la tiza; sólo podía
mover los ojos que se le salían de las órbitas y no se le entendía lo que
decía porque estaba trabado la lengua.
¡Estate quieto! –le decía mi padre mientras se acercaba al pobre peón. La
culebra salida de las tablas un tanto como una o dos cuartas, se movía de un
lado para otro sacando la lengua. Con una serenidad tan justa y necesitada
en esos momentos; mi padre, más rápido que una mangosta, coge a la
culebra con sus dos dedos por detrás de la cabeza. Sentirse atrapada y salir
toda entera de entre las tablas fue sólo una y enseguida se enrolló en el
antebrazo. Talvez era muy fuerte el apretón porque mi papá me decía de
urgencia un frasco donde meter a la culebra. No sé de donde salió el
frasco; lo cierto fue que allí le metió a la culebra de cabeza y enseguida le
tapó con un corcho. Pienso que mi padre creyó que la culebra sin aire se
moriría; pero al otro día no había culebra alguna.
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Para un chico como yo que andaba husmeando por todo lado no acababa de
maravillarme: una lombriz de metro y medio de largo que ponía huevos
como salchichas y rebotaban como el caucho; lagartijas que viven como las
abejas en panales y ponen huevos blancos del tamaño de un guisante;
culebras tan gruesas como la muñeca de un hombre, de más de dos metros
de largo, blancas como la manteca, que se desplazaban por los matorrales
tan rápido como cualquier reptil, sólo que no tenían ojos; culebras de lomos
transparentes como el cristal que, tenían dibujándose una equis negras y
grandes; pájaros que hacen el nido al revés y en la rama más externa de un
árbol a donde no pueden llegar las culebras; luciérnagas tan grandes que
colocadas varias de ellas en un cañote de caña de azúcar vaciado, pueden
alumbrar como una regular linterna; ramas secas de árbol que caminan,
como la que me sorprendió cuando queriendo explorar el hueco de un árbol
podrido lleno de hormigas y quise coger la ramita más próxima y salió
andando; escarabajos que tienen un cuerno como la manilla de un bastón
que son tan duros imposibles de quebrar, pero que el rato menos pensado
ellos los enderezan para pelear; monos que enamoran a las chicas como le
había pasado a la hija de la señora Constante que nos daba la comida; ella
era casi una señorita y solía lavar alguna ropa de la familia en un chorrito
de agua que había a un lado del camino y siempre que lo hacía asomaba un
monito medio maltón que llamaba la atención de la chica balanceándose y
haciendo piruetas en una rama de árbol que quedaba justo junto al chorro
de agua. Dicen que cuando ella regresó a su cuarto el mono enamorado la
siguió y se metió al cuarto; ella al darse cuenta comenzó a chillar, el mono
asustado también empezó a chillar, ella y él querían salir del cuarto y no
podían del miedo que se tenían hasta que vinieron los padres y a escobazos
sacaron al mono.
Hablando de chillidos y loqueras, contaban que la sobrina del mayordomo:
medio señorita ya, una noche como de costumbre, había salido a hacer sus
necesidades en un terreno que había detrás de la casa de hacienda. El rato
menos pensado siente un golpe bajo las posaderas y sale chillando diciendo
que alguien le había golpeado. El Leonardo –que así se llamaba el
mayordomo- con justa inquietud sale con la petromax a cazar al infeliz y
atrevido; encandilado por la luz encuentra a un sapo gualac del tamaño de
una mano grande que, todavía tenía encima restos de las necesidades de la
señorita.
Pasaron las semanas y ya me había acostumbrado al perenne aguacero, a la
colada de harina de plátano, a la comida con viruela de la señora de
Constante que nos alimentaba, a andar con alpargatas –que era lo propio
para esos troncos resbaladizos-, a arrastrar el machete grande que cargaba
como cualquier peón; cuando mi padre que había permanecido ocho largos
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meses sin salir de ese infierno, anunció que regresábamos a la ciudad
porque el trabajo se había terminado.
Salimos hasta Chiriboga en la carreta y allí cogimos el único bus que había:
el bus del señor Ballesteros.
-¡Señor Ballesteros! Usted tiene cien sucres –una fortuna en ese entonces –
si usted me pone sano y salvo a las 7 de la noche en la 24 de Mayo...
-Si no nos derrumbamos ¡Hecho!
No recuerdo como fue ese fantástico viaje, pero antes de las 7 de la noche
estábamos en la 24 de Mayo.
Tanto sacrificio del pobre viejo y el sufrimiento de toda la familia se
esfumó en pocas semanas, que mi viejo cayó enfermo muy mal, pero muy
mal y se gastó todo lo que había ganado.
Decía que aquella casa tenía buenos y malos recuerdos; los malos como
digo fueron de enfermedad de mi padre y también de mi hermano Jorge que
le recuerdo con la cara deforme por un diente infectado, sentado en la cama
y repitiendo DO-RE-MI-FA-SOL-LA-SOL-FA-MI-RE-DO porque en ese
entonces estudiaba en el conservatorio. O cuando mi hermano Julio y yo
parados en el espaldar de la cama queríamos volar, sí, volar de intoxicados
con una buena cantidad de shanshi –un alucinógeno- creyendo que eran
mortiños que crecían por doquier en el cerro de El Censo junto al río
Machángara y por las noches teníamos tales angustias que sentíamos
morirnos. Nos dieron a tomar tal cantidad de agua tibia que botamos hasta
las entrañas, pero nos salvamos.
Cualquier cosita que disgustara a mi padre era motivo de harto miedo entre
nosotros; por ello no era de extrañar que...
Una noche que mi hermano Julio se quejaba de un dolor de cabeza, decía:
-Insolación de lo que pasan todo el día jugando en el sol ha de ser... ¡ponele
mentol en la frente!
-Otra vez ¡ay! ¡ay! ¡ay!
-¡Qué te duele carajo!
-La barriga
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-Ya qué comería este guambra... ponele cebito en la barriga.
-Otra vez. ¡Ay! ¡Ay!
-Y, ahora ¿qué te duele?
-¡El oído!
-Pulga le ha de haber entrado... ponele algodoncito con trago.
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!
-¡Carajo! este guambra cacar ha de querer...
-Sííí...
¡Pasó algún tiempo!
Ya nos era familiar el mayor de policía Jaramillo que era grandote; que
usaba unos lentes redondos y grandotes; que usaba unas botas grandotas tan
naturales en él que creo nunca se sacaba. Dizque era marido de la Jodi, hija
del José Alejandro un primo de nariz alzada.
En esa casa vivían también los Arias; el padre ingeniero y español y los
hijos Luis, Agustín y Pedro que más tarde se hicieron aviadores y hasta
tuvieron una compañía de aviación.
Al frente vivían los Uquillas: una familia de huérfanos de padre muy
honorables, muy estimables que más tarde fueron colegas por las
profesiones.
Casi frente a la casa que vivíamos vivía el más entrañable y noble amigo de
mi hermano Jorge que con los hermanos Vela, los turcos Amador, el pálido
Tejada formaban una jorga de lo más distinguido del barrio.
Frente a los Uquillas vivía el burro García: chofer de uno de los carros de
mi tío Daniel que tenía la agencia en la Plaza Grande.
Junto a la zapatería del Suasti había una confitería: la confitería de la
Lojanita como le llamaban los maltoncitos. Era una señora seria, guapa
que todos querían competir con la suerte del marido que andaba orejero al
menor indicio de acercamiento; así se vaya todos los días como hacían
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algunos a comer las ricas milhojas ¡dizque!... que aunque era un pretexto,
siempre eran sabrosas. El dueño de casa era un señor de Ibarra con cara de
Yo no fui... pero que si había sido hasta ser el pionero del autódromo de
Ibarra.
Junto a esta casa estaba la del señor Alcalde y su familia. Era una casa
estilo renacimiento, con patio de piedra con pila y todo. No sé que obras
haría el señor Alcalde, lo que sí me consta que sus mejores obras estaban
en casa; ¡unas hijas! bellísimas, con unos rostros de patricias romanas,
altas, esbeltas, rubias y más serias que un ajuar de novia. Eran tan bonitas
que ahora que caigo en la cuenta no recuerdo si tenían pies; pues andaban
flotando sin nunca bajar a ver donde moraban los simples mortales
arrastrando su insignificancia.
Una cosa curiosa de aquellos tiempos era que casi nadie tenía automóvil;
pese a que eran gente acomodada, dueñas de industrias, haciendas. El
mismo señor Alcalde andaba siempre a pie y solo como toda la familia que
parecía que no tenían amigos; por estos lados por lo menos.
El que sí tenía hartos amigos era el doctor Flores que como médico de
familia hacía de partero, pediatra; es decir toda la medicina en general.
Todo el barrio acudía donde él; más que por bueno, porque era el único
permanente. Porque, para los casos más difíciles se acudía donde el doctor
Bejarano; verdadero espíritu de médico que acudía a las citas domiciliarias
hasta altas horas de la noche en su carrito negro y medio ruidoso que
avisaba así cuando se iba acercando.
Cuando entraba en casa, como que husmeaba y decía:
-¿Quién está con tifoidea? ¿Quién está con viruela? Sólo con el olor ya
conocía las enfermedades. Verdaderamente era de confiar. Parecía que no
le importaba mucho la plata pues, cobraba muy poquito; sin embargo
cuando sacaba la cartera para dar el vuelto uno no se imaginaba como
podrían entrar tantos billetes en esa cartera y esa cartera en un bolsillo.
Junto a la casa del señor Alcalde vivían unas señoritas medio pinti-paradas
que hacían esfuerzos sobrehumanos para darse importancia junto con su
hermanito un poquito ordinario que también era mártir de la moda con su
sombrerito a la pedrada, sus pantalones arremangados al desgire. Les
decían los guaneños, porque eran hijos de una señor gorda de blusa bordada
y debajero que vendía cobijas de Guano en el portal del colegio de Los
Corazones. Allí también hacían sus negocios las pintorescas cajoneras.
Eran unos negocitos que se armaban con cajones por la mañana y por las
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tardes les retiraban. Vendían cintas, botones, hilos, resortes, encajes y las
famosas muñecas de trapo de caras pintadas y trenzas de hilos y que eran
muy buscadas por la gente pobre, pues eran muy baratas. En ese mismo
portal se situaban bajo los arcos los betuneros con sus sillas cada cual más
pintoresca y adornada con tapas coronas o monedas falsas que, les daban
un aire muy particular. Era muy conocido el Ratón, betunero pequeñito,
muy servicial, alegre, dispuesto a cualquier trabajo.
Lógicamente junto a la consulta del doctor Flores había una farmacia
pequeñita, servible para el barrio ya que para remedios más complicados
había que buscar la botica Alemana de la García Moreno. El señor que
atendía esta mini farmacia lógicamente no era boticario, más parecía un
señorito venido a menos. Allí también, -adentro-, había la carpintería de
los Baldeón: muy conocidos porque padre e hijo bebían juntos y también
peleaban juntos.
Bajando la calle Vásconez vivían los Alarcón: familias que tenían
ferreterías en la calle Guayaquil que lógicamente no nos llamaba la
atención como las lindas y hermosas criaturas; lindas de verdad: Martha y
Cecilia emparentadas con ellos.
Haciendo esquina en una casita blanca y bajita vivía un señor que decían
que era chulquero; yo creo que sí ha de haber sido cierto porque tenía unos
ojos de máquina registradora, una panza que parecía caja de caudales y, la
cara mismo: roja y abotagada parecía billete de a cinco de tercenista.
Allí vivían los Benalcázar, padre e hijo. Tal parecía que el padre se las
pasaba tomando trago y pintando a su hijo largo y pálido que parecía un
muestrario de pinturas a paleta de artista moderno.
Para mí aquella casa de corredor y patio empedrado tenía especial interés
porque allí vivía en un departamento con ventana enrejada a la calle, el
Zambo Ayala: huérfano tempranamente que, le enseñó a sobrevivir
rápido, tenía algo de poeta, algo de bohemio y mucho de sincero y
confiable que, era amigo muy especial de mi hermano Jorge que llegaba
allí para travesear con las letras y la guitarra y que según él, doña Tránsito,
la madre del Zambo hacía los morochos de leche mejores del mundo y que
nunca se olvidan.
Junto a esta casa había una casa de tres pisos y en la tienda una señora
grandota con un marido pequeñito y un guagua bizco.
Mi mamá visitaba esa casa porque allí vivían unas primas un poco
especiales, un poco apartadas, un poco que no devolvían las visitas y será
por eso que no me acuerdo de sus nombres aunque al escritor que se
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llamaba Jorge y al médico que se llamaba Walberto si los conocí como
hijos de ellas.
Frente a esta casa haciendo esquina había una casa grande que más tarde se
hizo hotel y tras él había la fábrica de medias del turco Ramadán y donde
trabajaban unas señoritas de no creer; pero que sí había que creer porque el
turco Dasun que era su socio se casó –decían- con una de esas señoritas y
tenían una hijita pecosita de pelo candela.
En la misma calle Pontón, al frente había una casa vieja de arcos de ladrillo
que parecía abandonada, pero que no lo era porque allí vivía una familia
Dousdebes aunque sólo se veía a los jóvenes: dos varones y dos
mujercitas. Allí viviría más tarde Alfonso García Muñoz el famoso autor
de Estampas de mi ciudad que inmortalizara a don Evaristo y al Omoto
Albán que llevó a las tablas esas sabrosas historietas. En esta misma calle
en un departamento obscuro, húmedo y triste fuimos a vivir; felizmente por
unas pocas semanas ya que tuvimos la suerte de trasladarnos a vivir en la
casa “De los Tres Patios”. No era raro para aquella época que las casas
antiguas tuvieran 2, 3 o 7 patios o, en su defecto una huerta.
En la casa “De los Tres Patios” vivimos por dos ocasiones; la primera en el
segundo patio que era el más pequeño y en la planta alta; ocupábamos un
cuarto grande y una cocina que también hacía de comedor con una ventana
que daba al tercer patio. En la planta baja vivían unas chicas de apellido
Galarza y un guambrito que le decían el Quinde, un hermano mayor y su
mamá que eran carameleros.
Parece que nosotros nos quedamos acoquinados respecto a los fantasmas
desde cuando vivíamos en casa de la familia Félix. Una noche en que mi
mamá estaba enferma nos mandó a hacer una agüita de remedio en la
cocina que quedaba en el patio de atrás que no tenía luz, que era negra de
hollín. Con mi hermana Bertha que no vivía con nosotros pero que esa
noche estaba allá nos llevó a mi hermano Julio y a mí para que le
acompañáramos. Lógicamente ante lo tenebroso de la noche íbamos muy
juntitos, cogidos de las manos y haciendo adelantar la esperma. Se hacía el
agua en el fogón y, en un momento dado, sin que hubiera viento ni temblor
el candado en la armella de la cocina comenzó a moverse y a sonar. ¡Qué
miedo...! paramos las orejas y con los ojos saltados nos quedamos
petrificados; en eso, un segundo sonar del candado y un titilar de la llama
de la esperma hizo que con el alma en un hilo automáticamente se desgranó
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de nuestras gargantas el Padre Nuestro más sentido, mientras nosotros
comenzábamos a temblar como perros mojados.
Viendo nuestro susto y oyendo nuestras preses, mi hermano Jorge que con
un palito movía el candado, estalló en carcajadas... mientras a nosotros nos
volvía el alma al cuerpo.
Esta experiencia nos quedó tan grabada que todo lo que sabía a obscuridad
nos aterraba; por ello, cuando otra noche se enfermó mamá –casi siempre
se enfermaba de noche- nos mandaron a Julio y yo, los más manualitos, a
hacer la consabida agüita en la cocina. En esta casa también la cocina era
obscura, negra y grandota. Abrimos la puerta y ¡oh sorpresa! ¡Qué susto!
Un señor gigante sin piernas estaba al abrir la puerta. Un ¡Uy! de
escalofrío lanzamos y como el rayo regresamos al cuarto. Mi papá
extrañado nos decía:
-¿Qué pasa? ¿Por qué salen corriendo?
-Un señor gigante, sin piernas está delante en la cocina.
paciencia papá coge una esperma y nos lleva a ver al gigante.
Con santa
En efecto... colgado de una soga en media cocina se secaba un
impermeable habano.
¡Claro! en esa casa y siempre a la gente menuda nos sucedían cosas. En
nuestro patio, en la parte alta vivía un señor solemne: con cara larga, ojos
salidos, pálido que parecía hermano mayor del paraguas que siempre
llevaba, siempre callado, siempre de negro y tenía a una mujer medio
gordita con ruleros eternos en la cabeza, que cuidaba a una hijita
delgaducha, triste, sí, muy triste que parecía un aguacero perenne, como
perenne era su acicalamiento, su peinado, su limpieza y su silencio:
Nosotros temíamos encontrarnos por la noche, en la grada con el señor cara
de entierro.
Semejante panorama era muy proclive a toda clase de miedos.
El tercer patio: enorme, empedrado y muy familiar; pues, allí vivían la
mayoría de los inquilinos y la mayoría de chicos y chicas casi de nuestra
edad. Allí había en medio patio un montón de tierra muy acogedor sobre
todo para nuestros juegos de arquitectura e ingeniería: construíamos unas
casitas de adobes hechas en cajas de fósforos con techitos de paja o de
cartón corrugado como tejas. Había cualquier cantidad de guaguas: doña
Clorinda, la planchadora de ropa ajena tenía a la Aldina, la Elba, el Aníbal,
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hijos de un señor medio aindiado que según decía mi padre: era “un papá
de no venir” y, el Raúl que también era hijo de un papá de no venir.
Decían que doña Clorinda le seguía juicio de alimentos con un famoso
abogado que ¡vaya! que le hizo ganar el juicio y también una guagua que
por pura coincidencia era igualita al abogado. Habían también los Dávila
que a más de hacer café destilado para la venta, hacían caretas de cartón y
mi hermana Gloria les llamaba los Cara Caretas; habían muchos más que
con el tiempo se han ido difuminando y hoy se han perdido sus nombres.
Pero no se han perdido ciertos hechos que con pinceles celestes se pintaron
en la niñez y han quedado grabados en nuestra memoria.
Parece que fue ayer no más que mientras toda la gente menuda, ya de
noche jugaba en el tercer patio, mi hermano Julio y yo decidimos darles un
buen susto.
Envuelto en una sábana blanca y montado en unos enormes zancos
atravesaba el largo zaguán que separaba el segundo patio donde vivíamos
del tercer patio donde jugaban. Todo estaba perfecto y bien preparado para
el tremendo susto; pero con lo que no contaba era con el eco que producían
los zancos al caminar por el corredor –ahora lo sé-. Yo daba dos pasos y
alcancé a oír que alguien me seguía; otros dos pasos… y tac tac alguien me
seguía; regreso a ver y no había nadie. Otra vez dos pasos y alguien tac,
tac, regreso a ver y ¡nadie!. Loco del miedo boto los zancos y envuelto en
la sábana irrumpo en el tercer patio… al momento en que todos jugaban.
Ellos al ver semejante fantasma con un largo ¡Uyyyyy! corrían
despavoridos a meterse en sus cuartos y yo que creía que sí me seguía un
fantasma no podía entrar en ningún cuarto porque todos me cerraban las
puertas mientras asustado les decía: ¡Yo soy ¡Yo soy!
Nuestro Quito ha sido siempre tierra de temblores y el mes de agosto el
escogido para sacudirnos y por la noche la hora más frecuente.
La segunda vez que fuimos a vivir en la casa de los Tres Patios, nos tocó un
departamento en el tercer patio con ventanas que miraban al Panecillo y al
patio; es decir, era una galería de vidrio muy bonita, muy independiente
con una azotea que nos separaba del que más tarde sería el famoso sastre
Moisés Traves, la cocina y el comedor quedaban abajo a un costado del
patio y eran cómodos y alegres.
Una noche en que todos dormíamos nos despertamos con los chillidos de
las mujeres y la bulla en el patio a donde habían salido todos los inquilinos
que hincados de rodillas en nuestro montón de tierra imploraban a toda la
Corte Celestial que aplacara el castigo del terremoto.
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En efecto eran tan fuertes y seguidos los temblores que Julio y yo que
dormíamos en el cuarto del fondo, al salir parecía que nunca acabábamos
de recorrer esa bodoquera de vidrios que temblaba como un pudín de
gelatina, se cayera el techo y nos aplastara. Mis hermanas que ocupaban el
cuarto de adelante, ya habían salido; sólo mi hermano Jorge estaba hincado
frente al cuadro de la Dolorosa porque cuando trató de salir corriendo la
puerta se cerró y él quedó adentro. Igual me sucedería a mí que viendo la
puerta abierta me lancé corriendo y en ese instante otro temblor cerró la
puerta, me di de bruces contra ella y automáticamente me hinqué junto a mi
hermano Jorge.
Afuera; el cuadro era patético. Casi todos en ternos interiores no se daban
cuenta de su desnudez y juntando sus manos rezaban toda clase de
oraciones. Cuando otro temblor venía, como que subía la intensidad de los
rezos al igual que el traqueteo de nuestra galería de vidrio que nos hacía
estremecer el cuerpo y ya no queríamos ni entrar a los cuartos. El ¡Jesús!
¡Jesús y Dios! nos hacía parar los pelos. Esta temporada de temblores duró
algunas semanas y por seguridad bajamos a dormir en la cocina comedor;
sin percatarnos que allí el peligro era mayor porque la pared que formaba
los cuartos altos daba precisamente a la cocina y cualquier derrumbe
fácilmente nos habría sepultado. Mi papá; no se daba por enterado de los
tales temblores y seguía durmiendo en el departamento.
Esto de los temblores y en aquellas épocas se hicieron verdaderos
terremotos como el de Ambato, Pelileo, Patate donde montañas enteras se
derrumbaron, cambiaron de curso algunos ríos creando problemas graves
en cuanto a propiedades y linderos; algunos pueblos pequeños
desaparecieron sepultando cientos de gentes.
Por acá, en Sangolquí; se abrió la tierra, cayeron algunas casas.
Recuerdo que fue una temporada de varios años; tanto que la gente ya se
preparaba y sabía qué hacer. Nosotros lo que hacíamos era correr a la Casa
de Arriba a “morir en familia” como decía mi tío Daniel.
Para la gente menuda dejando el miedo a un lado; hasta nos gustaba la
temporadita porque, en primer lugar, los mayores contaban cosas muy
interesantes, anécdotas cómicas o tristes como:
Allá en la hacienda, mi Tía Lola que se aterraba con los temblores en una
noche de las tantas salían al patio grande y ella al paso iba agarrando al
nieto dormido. Cuando la criatura comenzó a llorar desesperada, ella le
acariciaba, le palmeaba, le adulaba y el guagua más lloraba.
-Creo que al guagua le dio el espanto –decía.
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-¡Cómo no ha de llorar pues Lola; si le tienes al guagua al revés y le estás
acariciando los pies!
Más común de lo que imaginamos eran las situaciones insólitas a que
llegaban las gentes por el terror a quedar sepultados en un derrumbe de la
casa.
Por ejemplo: mi prima Blanca hija de Mamita Toya tenía tal terror que,
apenas sentía un remezón de temblor, instantáneamente se tiraba a la calle
y si estaba durmiendo, salía como estaba: y en la calle corría sin saber a
donde iba. Cuántas veces se regresaba del arco de Santo Domingo ya
media serena y avergonzada porque vestía tan solo un pijama. Ella contaba
que también en la calle era de miedo porque se veía que las casas como que
se acercaban, se saludaban y luego se enderezaban. La misma calle se le
veía como una alfombra negra que se ondulaba y como serpiente avanzaba
a Santo Domingo.
Pero, lo más curioso le pasaba a mi tío Daniel: él también era de los que
perdía la cabeza con los temblores, también se tiraba a la calle
inconcientemente. Cierta noche, mientras dormía, un remezón le despertó
y medio dormido bajaba las gradas de la cocina rumbo a la calle; al paso ve
tendida en el pasamano una cobija y se la lleva para cubrirse. Ya en la
calle y en medio de familiares y desconocidos hacían bomba contando las
incidencias, pero él, no podía intervenir porque le castañeaban los dientes
en forma tan inusual que se vio obligado a explicar que, no era de miedo lo
que temblaba sino de frío. Mamita Toya se acerca para cubrirle mejor con
la cobija; pero…
-¡Daniel! como no has de tener frío si te has traído la cobija recién lavada
que estaba en el pasamano.
La familia nos reuníamos en la Casa de Arriba en un cuarto que daba justo
a las gradas a la calle; dizque para no perder el tiempo y poder salvarnos en
la calle.
Mi tío Daniel, mientras todos hacían la bomba para escuchar la
conversación de los mayores que era tan dulce, tan animada y tan a lo
vívido que nadie se movía, respiraba o hablaba en medio de un silencio
63
comprensible; él, ocupaba el lugar más estratégico para huir, en una
mecedora que no se bamboleaba porque mi hermano Julio se le antojó
tenerla inactiva con un zapato que impedía el balanceo de la mecedora.
Cansado su pie en tan precaria situación decide retirarlo, con lo que se
perdió el equilibrio y comenzó a balancearse.
Sentir el balanceo y salir disparado a las gradas fue uno solo. Todos le
quedaron viendo y él muy azorado:
-¡Qué! ¿no es temblor?, mientras todos sonreían respetuosamente.
A la gente menuda hasta nos llegó a gustar la época de temblores: jugar
hasta la madrugada, conversación sabrosa y nueva de la gente mayor y
sobre todo las agüitas de canela con galletas que era lo obligado.
Aquella casa de tantos recuerdos nos albergó por algún tiempo y aunque el
departamento era peligroso –según papá-, que decía: que éramos muy
vulnerables dada la fragilidad de la construcción y más aún porque
cualquier rato un cañonazo desde el fortín del Panecillo nos haría añicos.
Esta observación dicha al paso, la habíamos asimilado muy bien; quien lo
creyera, porque se evidenció una noche que todos dormíamos y se
empezaron a escuchar cañonazos del lado del Panecillo: Como desde el
palomar, según expresión de papá refiriéndose al departamento, se podía
ver hacia el Fortín y el Cumandá, detectamos en efecto llamaradas y
explosiones en el Cumandá. Noveleros como éramos Julio y yo,
lógicamente después del consiguiente alboroto familiar, decidimos salir a
ver las explosiones…
¡Falsa alarma! Las tales explosiones eran camaretas de alguna celebración.
Regresamos a casa a dar tranquilidad; pero, nos quedamos muy
intranquilos porque mi hermano Jorge no estaba, había salido y no
regresaba hasta el otro día… es que, al primer cañonazo, había bajado a
dormir ¡a la cocina!
A veces los juegos rebasaban los ámbitos de la casa, y era la calle el lugar
de los encuentros de tantos mocitos ya medio crecidos que del barrio o de
otros barrios armaban los partidos de fútbol, los perros y venados y mucho
más que, además servían de pretexto para de paso visitar a las mocitas
maltoncitas, y que habían algunas. Allí se reunían los monos Armendáriz
los Heredias, los Carrillos, los Mena: medio enamoradizos, medio
fumadores que nos enseñaban con el ejemplo a los más pequeños. Que
lógicamente no siempre era bueno. Cierta noche que yo fanfarroneaba
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detrás de la puerta de calle con un tabaco en la boca, sentí que alguien
entraba… me di la vuelta para ver quién era y ¡mi papá! ¡quedé helado!;
pero, no por mucho tiempo porque mi papá de un manotazo me hizo tragar
el cigarrillo encendido y todo.
En esa calle: patio grande y de todos, se veía, oía y conocía también de
todo: pecados, virtudes, cuentos y chismes; en fin, creo que nadie se
libraba del mágico filtro de nuestras murmuraciones: que el vecino de la
tienda chiquita de enfrente ha muerto porque el domingo que se había ido a
ver el juego de la pelota de guante en El Ejido le llegaron con la pelota de
guante en la nuca y: “que era de ver como la nuca del pobre y la pelota
viajaron unos metros juntos hasta que el vecino cayó muerto. Que a los
gitanos que hacen pailas y cacerolas de cobre, que viven junto al colegio
Fernández Madrid, hay que tenerles cuidado porque roban los guaguas.
Que no hay que dejar prendas en la contaduría de los Armendáriz porque
son monos y ya mismo se han de ir. Que no hay que irse a bañar en los
baños públicos de agua caliente de la Bermeja Nosecuantos porque el
marido que es chofer ha cogido una enfermedad contagiosa, y así…
Allí, vi por primera vez pelear a mi hermano Jorge: yo jugaba como de
costumbre en la calle; -era un poco plazuela- ya medio obscuro mi hermano
estaba tranquilamente parado en la puerta de calle, cuando el Guaneño y
otro amigo pasaban por la calle; algo debieron decirle a mi hermano que de
repente le vi que se trenzaba a golpes con los dos. Yo creo que como era
zurdo, les madrugó a los dos; pero, de cualquier manera le alcanzaron a dar
un puntapié donde más duele. Allí se acabó la pelea, pero mi hermano se
retorcía del dolor. La gente que había visto el incidente decía:
-¡Denle orines!. Que se tome orines, eso es bueno, es lo mejor. No
recuerdo cómo apareció donde orinarse; pero, la verdad es que me oriné ¡Y
se tomó!
Allí decían que mi mamá había tenido un mal parto y que perdió a los
gemelos. Ciertamente, fue a parar a la maternidad que quedaba en el
barrio, en la calle Montúfar.
Yo le visitaba una mañana al medio día, cuando de repente, chilló la sirena
de la fábrica y un perro que ladraba afuera, entró aullando y se metió a
seguir aullando debajo de la cama de mi mamá.
Siempre había oído hablar de que cuando una persona va a morir, los
perros aúllan lastimeramente y ¡el desgraciado lo hacía!... Yo, inconsolable
abrazaba y lloraba a mi mamá convencido de que moriría.
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Cuando salió de la Maternidad, le visitaban parientes que yo no conocía;
uno de ellos y que me impresionó por su gallardía, su naturalidad y
elegancia fue mi primo Enrique: sobrino de mamá, mayor del ejército,
edecán del General Rivadeneira y que desgraciadamente poco después
murieran ambos en un accidente de aviación en Manabí.
También casa adentro se vivían las pequeñas tragedias cuando,
involuntariamente desde luego olvidábamos un mandado; un calzón roto
involuntariamente cuando en la bajada de piedras de la calle Madrid
interveníamos en las competencias de tabla encebada e involuntariamente
una piedra salía al paso y detenía involuntariamente la tabla mientras
nosotros seguíamos el recorrido sobre nuestras posaderas y el sufrido
calzón; o cuando involuntariamente nos atrasábamos a la comida y los
otros ya estaban instalados o cuando involuntariamente nuestro dedo
meñique oportunamente mostrado criticaba la delgadez de mi hermana
Gloria que como consumada artista que era, derramaba verdaderas lágrimas
delante de papá o mamá o, cuando misteriosamente desaparecía un vaso de
leche, un trozo e queso o un pan destinados para el almuerzo; bueno… allí
nos caía mamá con un odioso trozo de cabestro amarillo mágicamente
poderoso y que invariablemente nos castigaba en los lugares desprotegidos
de ropa. Tanto odiábamos Julio y yo los mayores usuarios de este
adminículo, terrorífico y de ilimitada capacidad de causar dolor que,
decidimos desaparecerlo de la circulación. Una tabla suelta del piso que
mucho se insinuaba con sus vaivenes, nos pareció que ni mandada del cielo
para nuestro inocente propósito. En un momento oportuno fue a parar allá
el tal cabestro.
Nosotros convencidos de que mamá tendría que posponer cualquier castigo
ante la falta involuntaria del adminículo de tortura, medio sonreíamos o
más bien dicho; sonreíamos a escondidas; mientras tanto mamá removía
cielo y tierra en busca del inseparable aliado…
En eso, apareció la Maravilla: mi hermana Gloria.
-¿Qué busca mamá?. ¿El cabestro?
¡Yo sé dónde está!
Mientras nosotros le mirábamos con ojos espantados, prematuramente
dolidos por lo que se avecinaba; ella, muy segura, casi alegre levantaba la
susodicha tabla y mostraba triunfante, como un tesoro el cabestro amarillo.
No estoy seguro, pero sí creo que, allí guardado el cabestro adquirió un aire
siniestro, diabólico y un poder de destrucción inimaginable.
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Desde ya planeamos la destrucción física y definitiva que, al fin
desapareció convertido en mil pedazos amorosamente esparcidos por todos
lados y, muy cuidadosamente ignorados de la Lindura.
Pues, ella era la adulada de la casa, la consumada artista que a la menor
provocación, la ojo de nigua volaba donde mamá hecha un mar de
lágrimas. Allí, mamá, cogía el cabestro y nos daba de lo lindo; siempre
aconsejándonos no molestar a la Lindura que; intertanto nos miraba
compungida, con ojos reidores nos miraba saltar al son del yaraví; ¡así te
quise ver!. Debió ser tal el gusto de molestar a la Lindura que no
perdíamos la ocasión de halarle las trenzas, hacerle muecas o alargando el
dedo meñique enseñarle que en nuestro lenguaje quería decir; cuica des…
Claro está, siempre que no estén cerca papá o mamá.
Esto, debió llegar a saturar la paciencia de nuestra madre que; un día que
estaba cosiendo y se repetían las teatralidades de mi hermana con el
consabido llanto, mi mamá cogiendo lo que tenía a la mano me lanzó
mientras yo corría a la salida del cuarto con tan mala suerte que se incrustó
en mi nalga. ¡Había sido una tijera!. En otra ocasión fue un juguete de
palo que no me alcanzó a llegar a mí; pero sí a un armario cuya puerta se
hizo astillas.
Parecía que mamá no tenía fuerza, puntería… ¡pero sí las tenía! Yo soy
testigo.
Bueno… lo cierto es que mucho más pasa diariamente y en las mejores
familias; lo malo era que no había ninguna manifestación de afecto, cariño,
voluntad para balancear.
Otra de las cosas que yo francamente odiaba era las peleas de barrio. Pero
ni modo; cualquier momento, por cualquier nimiedad en los juegos de kaos,
coco, bolas, trompos, surgía alguna palabra terrible que era necesario “lavar
con sangre” –que algún desgraciado le venga a llamar ¡cuñado!, o que le
venga a mentar a la madre, era motivo de grandes peleas “hasta la primera
sangre”.
-¡No señor! con esa deshonra no se podía vivir… peor jugar con los
amigos.
Ellos, los amigos muy diligentes azusaban al agraviado.
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-¡Ve, lo que te dice!
-No te aguantes
Aunque uno veía clarito lo que se le venía encima, había que mostrarse
decidido, valiente.
Rápido se concertaba la pelea… y todos al callejón de los Estancos.
¡Otra vez! Como siempre me tocaba pelear con mayor o más grande, o
ambas cosas; y como siempre un trompón en el ojo y a llorar. ¡Se acabó la
pelea! Igual era en la escuela; y, allí era peor porque la pelea se armaba sin
motivo y sólo por el gusto de pelear. ¡Hasta la primera sangre! que era el
límite.
Junto a la casa donde vivíamos había una casa grande, con un patrio grande
y un jardincito en el medio; rodeando el jardincito había unos corredores.
Allí vivían: Vinicio: militar, teniente de ingeniería. Para nosotros los
guambras daba gusto verle uniformado con su capa que le llegaba hasta las
espuelas de plata, una pelliza bordada como el uniforme de los militares de
la Independencia; me recordaba a mi bisabuelo que sólo conocía por
retrato: un bigotazo rojizo igual que su pelliza. Parecía que había nacido
para el uniforme pues, lo llevaba con una elegancia y marcialidad muy
naturales. Marco era el hermano menor y todavía era el hermano del
teniente Vinicio. La Zambita: sólo así le conocíamos a un primor de
jovencita de pelo negro rizado, mejillas sonrosadas, ojos claros y alumna
del Liceo Fernández Madrid. Todos eran muy formales y no parecían tener
amistades en el barrio. Sólo se podía ver el interior de la casa cuando
alguien salía o entraba. Tenían un corredor de piedra con figuras de huesos
y la puerta era de esas de tablones con incrustaciones y clavos de hierro
forjado en forma de flores de liz.
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CAPÍTULO III
Al frente quedaba el colegio municipal de señoritas Fernández Madrid.
Colegio de categoría y no sé si por las lindas y distinguidas señoritas que
allí se educaban, por lo excelente de su educación o porque allí era rectora
la señorita Angélica, hermana del señor Tarquino mi profesor de cuarto
grado, que era una rectora estrictísima, exigente y que sólo recibía a
estudiantes por ella escogidas.
Era tanto el renombre de lindas y distinguidas de las alumnas que a la hora
de salida, más que a la de entrada de las estudiantes, se llenaba la calle de
jovencitos estudiantes y no estudiantes que provistos de piropos
prefabricados colman de ilusiones las cabecitas de las inalcanzables; o en
su defecto los más mojigatos ponían caras de desvalidos o inocentes
tratando de despertar el instinto maternal de alguna de ellas. Mas de una
vergüenza se pasó cuando tras meses de salutaciones ignoradas, suspiros
ruidosos, guiños, piropos, esperas; al fin la diosa de las trenzas doradas,
ojos de esmeraldas y andar de princesa se dignó consentir que se le
acompañe; sólo hasta el bus porque el pobre guambra, pobre de solemnidad
no tenía para pagar su pasaje de bus; peor el de ella.
Era un colegio que se distinguía en todo: estudios, sociedad, deportes, etc.
Diana Lange se llamaba la basquetbolista estrella; era completita. Cuantos
no habrían deseado ser siquiera su pasabolas. Allí se graduaron una
pléyade de lindas señoritas que más tarde figurarían en la sociedad, en la
vida pública y de trabajo.
En el Fernández Madrid también funcionaba un consultorio dental a donde
teníamos que acudir obligatoriamente los escolares. Desde la entrada se
percibía un olorcito muy especial a esterilización, alcohol quemado, pinzas
recalentadas que le estremecían todo el cuerpo y, cuando le llamaban por el
turno, un escalofrío con mezcla de mal de estómago le recorrían los nervios
desde la nuca a los pies. Peor aún cuando ya sentado en el sillón el Doctor
Ordóñez cogía el forceps, le apretaba la muela y le balanceaba con su
enorme brazo, su enorme fuerza y su enorme cuerpo; nunca sabré cómo
pudo uno sobrevivir semejante tortura.
Otras veces se servía de un taladro que le zarandeaba el cerebro y de adrede
le tocaban el nervio más doloroso del mundo y, cuando uno de un salto que
le llevó al techo volvía le decía:
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-¿Le dolió? ¡No!
¿Para qué Taita Diosito nos habrá dado dientes?… ¡y tantos!
Junto al colegio había una media casita; eso parecía porque sólo tenía la
puerta de entrada y una tienda. No tendía mayor importancia si no hubiese
sido porque el dueño, un señor lluro medio aindiado era el Papá de no venir
de la Aldina, la Elba, elAníbal, mis grandes amigos. Esta casa era justo al
tope de la calle Vásconez que haciendo esquina con la Rocafuerte había la
carnicería en cuya trastienda practicaban los de la Estudiantina Quito.
Al frente: también haciendo esquina había una casa grande de una familia
Hurtado; debían ser muy importantes porque el hijo que se le veía un señor
muy decente, recién salido de la plancha con almidón; tal aparecía su
camisa, su terno, sus zapatos, su cuello, sus puños… bueno, y creo que
debía ser diplomático; pues a mí se me figuraba.
En el piso bajo vivía un señor Basabe que decían que era médico; yo no sé
a qué categoría pertenecía, pues mi papá solía decir que hay doctores sin
título y hay títulos sin doctor.
Más adentro de la calle había una casita que era panadería. Allí vivía un
doctor Bonilla que decían que era psiquiatra; cierto debe haber sido porque
el señor era medio zafado. Pero más importante en esa casa era que allí
vivía Laurita que no era así no más, si no que toda ella era linduras por aquí
y por acullá. Su hermano, que era amigo sufría cuando ella se asomaba
porque casi siempre alguien decía:
-¡Ve, esa mamacita! Cómo quisiera… acompañando con gestos muy
elocuentes. Y, cuando el hermano decía:
-¡Bruto! Si es mi hermana…
-¡Ah! Entonces no quisiera… haciendo ademán de retroceder.
Frente a esta casa, estaba la casa del Luis, nuestro gran amigo y miembro
de la jorga. Su padre y su abuelito tenían unas cuantas ferreterías que les
permitían llevar una vida holgada; demasiado holgada diría yo, porque ello
les impidió a los hijos crecer y valerse por sí mismos y nunca fueron nada.
Allí existió la única carbonería del barrio, su dueño era un viejito chiquito
con el pelo más gris que blanco. Tenía un hijote, gordo y grande, que era
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mecánico y le llamaban el Tanque Rosales. Allí, era que con frecuencia
paraban los campesinos que traían los costales llenos de carbón.
Al frente fueron a vivir una temporada la familia de mi amigo Raúl. El
hijo del dueño de casa: Jaime, medio poeta, medio escribidor, hacía su
show de enamorado colgado de la ventana: conversando no más, como era
la regla entre gentes respetables con la hija del Mayor de la Rosa. Casa de
gratos recuerdos y primeras apariencias… Cuántas veces nos quedaríamos
hasta altas horas de la noche “jugando” con las hermanas de mi amigo
Raúl.
Alguna vez, ya mocitos, Raúl y yo esperábamos parados al filo del
terraplén que daba a las gradas que bajaban a la calle Morales y los
Estancos y Alcoholes, a Lucho que saliera para completar el trío de amigos;
cuando, hemos visto que alguien se había olvidado un sombrero de cuero
bien alón sobre un látigo, allí en las gradas más bajas de esa escalera.
Pensamos que talvez pertenecía a alguien de la casa del General que
quedaba justo junto a las gradas. Pero, fue el caso que el sombrero y el
látigo comenzaron a moverse… después de la primera impresión Raúl dijo:
-¡Es el duende!
En nosotros primó el miedo antes que la curiosidad y nos retiramos de allí.
Sabíamos de sobra lo que se decía sobre tales fenómenos… pues, se
aseguraba que la hija de la lavandera María con quien vivía en un
cuartucho de piso de tierra cubierto con una estera; tenía unos ojazos
negros, una mata de pelo largo y negro y era perseguida por un duende que
la visitaba siempre a la hora del angeluz. No sabiendo como librarse del
duende, decidieron en forma intempestiva y secreta mudarse al barrio.
Cuando descansando y felicitándose de su decisión estaban en el nuevo
cuarto; a la hora precisa aparece el duende que cargando la estera olvidada
les decía a manera de saludo y soltando la estera…
-¿Qué? ¿Aquí nos pasamos?
A veces, el grupo se agrandaba con la concurrencia del Manuelito, como le
llamábamos respetuosamente porque era mayor que nosotros y tocaba el
violín y estudiaba en el Conservatorio de Música. Su hermano menor Julio
era aprendiz de mecánico, también mayor que nosotros pero no tanto como
para que nos malcríe; pero sí para que nos enseñe sus experiencias
varoniles. Recuerdo que cierta vez me decía:
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-¿Has estado alguna vez en un cabaret?
-No, ¡nunca!
-¡Pues vamos! Hoy te voy a llevar a uno que queda en Santa Clara.
No podía negarme, so pena de quedar en entre dicho mi masculinidad… y,
casi arrastrado fui al tal cabaret.
Las cosas que había oído contar de los cabarets me daban un poquito de
temor y un gusanillo de curiosidad.
Como para salvarme en el último minuto le comenté:
-Yo no puedo…
-¿Por qué no puedes?
Porque no tengo plata… como si eso hubiese sido novedad.
-Yo te invito… ¡No tengas miedo!
-¿Miedo yo? ¡Qué va! Y fuimos adentro.
Era un salón grande y largo. Frente a la entrada que estaba cubierta por
una cortina de paño, estaba el escenario donde tocaba la orquesta en medio
de bambalinas de medio uso; abajo, alrededor de la pista de baile había
algunas mesas con botellas y copas y sentados a su rededor algunos clientes
conversaban, mientras otros bailaban un bolero; digo que bailaban, pero no
se movían abrazados hasta el ahogo en tanto la mujeres hacían contorsiones
que hacían más evidentes sus dotes y que; había unas bien dotaditas.
Yo, naturalmente había puesto cara de canchero: como que no me
impresionaban sus cuerpos, sus vestidos, sus caras pintadas, sus bocas
exageradamente coloreadas y con un vocabulario que dejaban como
inocente a los cocheros de Santo Domingo.
-Yo tengo aquí una conocida y le voy a decir que traiga una para vos –decía
Julio-.
En eso, se acabó la música… y como salida de no sé donde, como una
flecha, derechito a mí vino de improviso una casi criatura: jovencita, de
nariz respingada, con una permanente recién hecha seguramente; que, sin
que mediara ninguna presentación, se lanzó a mi cuello y me propinaba
besos por toda la cara.
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¡Tremendo susto! Toda mi cara y mi actitud de canchero y conocedor de
esos menesteres se fue transformando en ¡susto!, ¡pánico! que, seguramente
fue demasiado evidente porque todo el mundo se echó a reír a carcajadas.
En un instante Julio desapareció con su conocida y un señor ya maduro
cogió, al parecer con todo el derecho del mundo a mi criatura y se la llevó.
Quedé un instante solo que, aproveché para yo también desaparecer… Pero
a mi casa.
Con Julio hicimos una amistad muy especial: generalmente nos reuníamos
por la noche e íbamos a la Biblioteca Nacional a dizque estudiar
astronomía que nos gustaba mucho; otras veces nos quedábamos en el
barrio a conversar con los otros amigos: oyéndoles contar sus aventuras y
experiencias, principalmente aquellas de cómo conquistar una chica, o no
dejarse embaucar fácilmente. Hasta formamos un club que funcionaba en
casa de los Zaldumbides donde tenía un cuarto el Manuelito.
En esa casa murió electrocutado el Fernando, hijo de Mama Delia, tratando
de componer algo en el techo de su casa sin percatarse de la proximidad de
los alambres de alta tensión.
Fue muy valiosa para nosotros los menores, la amistad con los más
grandes; pues, ellos eran los primeros maestros en cosas de varones y las
relaciones con las mujeres –eso creíamos-.
A más de ellos habían veces que se reunían también el Gabriel, el Yayo, el
Jorge, los locos Miño y más. Casi todos tenían sus entradas económicas ya
sea porque trabajaban o porque sus papás tenían negocios y se ingeniaban
para conseguir el dinero. Se ponían a jugar baraja, alquilaban bicicletas,
motos y hasta automóviles para pasear con sus enamoradas y derrochar el
dinero.
Así resultó que el Lucho se enamoró de Emilia, un peruanita sonrosada
como una manzanita, rubia auténtica y cuyos padres consentían sus
relaciones sabiendo del dinero que poseían sus padres. Tanto era que se
armó alguna vez una farra en casa de ella por su cumpleaños. Recuerdo
aquello porque allí juré que nunca tomaría licor hasta emborracharme; y
esto debido a que allí me presentaron a un señor coronel muy correcto, muy
serio, muy bien uniformado que en el calor de la fiesta se había pasado de
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copas y sentado en una esquina de la sala reía grotescamente poniéndose
flores en la cabeza diciendo que era masetero.
Como yo por la ausencia casi completa de dinero no podía acompañarles a
sus juegos, paseos y juergas; pasaba por el serio el grupo y
concomitantemente a ser el confidente y consejero.
El barrio comenzaba a cambiar; la modernidad invadía y avanzaba a ojos
vistas. Los coches de caballos comenzaron a desaparecer pues, los buses
más rápidos y más baratos acortaban las distancias y el tiempo. La Plaza
de Santo Domingo era el mejor muestrario de cómo íbamos cambiando:
los mismos lugares que antes ocupaban los coches de alquiler, ahora
ocupaban los automóviles de alquiler y los buses iban ocupando lugares
estratégicos para desplazarse a pueblos y provincias. Aparecieron nuevos
empleos, nuevos ricos, nueva clase social. A la misma plaza le desnudaron
de sus cobijas de piedra y le pusieron un cubrecama de brea bonito y
vistoso pero también teníamos que aprender nuevas cosas; como eso de que
al medio día el sol derrite la brea y uno tenía que buscar los sitios menos
brillantes para poder andar, porque si se te pegaba la brea en los pies, te
hacía ampollas; entonces andaba a saltos. En una de esas saltaditas conocí
a mi hermana Bertha que venía en un bus y al ver mis equilibrios,
cogiéndome del brazo y trepándome en el bus me decía:
-Yo soy tu hermana. Vamos a la casa…
Junto a la casa de los Hurtado había una casa que decían era del Mayor de
la Rosa, no sé si tenía una hermana menor llamada Rosa, o así era su
apellido; lo cierto es que decían que era una especie de criado de una
familia Gangotena que era dueña de una guardería para niños pobres
llamada Casa Cuna que cuidaban una familia cuyos hijos eran compañeros
nuestros en el Colegio Juan Montalvo.
Frente a esta guardería había un pasaje donde vivían pocas familias como
los Romoleroux, los Quiñónez, los Román, los Villacís, cuyo papá era
Director de LEA.
Así llegamos a la calle Madrid, calle de hermosos y lindos recuerdos para
nuestra familia. Esa casa la compró mi tío Daniel a un señor Ruiz que era
dueño de casi una media manzana.
En la una esquina, entre Madrid y Rocafuerte tenía doña Delia una tienda
que en la trastienda era cafetería durante el día y ya de nochecito era
cantina. Doña Delia era la estampa del trabajo; trabajaba de domingo a
74
domingo: siempre sudorosa, siempre apurada, siempre buen genio, nunca
le vi descansar. Tenía varios hijos: César, Fernando, Jorge y alguien más
que no recuerdo. Lógicamente también tenía marido que creo trabajaba de
electricista y alguna vez le deba una manito en la tienda.
Doña Delia conocía a todo el barrio, grandes y chicos y todo el mundo
conocía a Doña Delia.
Yo no sé si a alguien le gustan los ratones; a mí, particularmente nunca me
han gustado y en esa tienda como cosa natural había más de uno que como
buenos inquilinos se paseaban pausadamente por paredes y estanterías.
Cierta tarde, después de almuerzo, me mandaron a comprar fósforos. Yo
era lógicamente el guambra más cómodo para mandar a un mandado y
sabedor yo de esa lógica, resignadamente fui a la tienda de Doña Delia y:
-Señora Delia: deme una caja de fósforos.
-Vos mismo cogé pes hijito; arriba en la estantería están, yo no puedo
subirme.
Yo, subo al mostrador para alcanzar la estantería y allí las cajas de fósforos.
Parece que al alagar la mano desperté a un ratón que dormitaba su
aburrimiento sobre las cajas de fósforos. Creyendo que la manga de mi
saco era un hueco y su salvación, de un salto se metió en mi manga. No sé
cuál estaba más asustado: el ratón o yo; lo cierto fue que desesperado
golpeaba con la otra mano mi manga ya arriba, ya abajo, mientras el ratón
no sabía por donde mismo salir, hasta que en uno de los sacudones logró
salir y yo que no sabía que me pasaba, sólo pensaba en la sensación
escalofriante que significó para mí sentir su piel y sus uñas.
Más tarde, ya jovencito tendría ocasión de otras experiencias similares
como la que me pasó en el cine Edén.
Asistía a una función y junto a mi butaca habían unas cuantas señoritas
conversando.
¡De pronto! Chillidos de enloquecidos y que se paraban en los asientos de
las butacas. No sabía de qué se trataba y lógicamente no tenía por qué
ponerme a gritar. Cuando quise pararme ya fue tarde… A una diabólica
velocidad la rata subió por mi pierna tan alto que, sin saber lo que hacía,
logré agarrarla a través del pantalón y mientras me arañaba y pataleaba, con
la otra mano yo le daba golpes a mil por minuto hasta que dejó de patalear
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y la solté. Mientras todos me miraban salí del teatro experimentando la
película de terror más real de mi vida.
También cuando asistía al anfiteatro de anatomía en mis primeros años de
estudiante universitario; veíamos siempre unas ratas por todo lado: cafés,
musgas, plomas, negras; todas gordas y enormes que se movían lentamente
porque los estudiantes no les preocupábamos. Era nuestra costumbre dejar
nuestros sacos en un cancel y cambiarnos con el respectivo mandil para
asistir a clases.
Yo, conocedor de mi miedo, había escogido un cancel de segundo piso que
para alcanzarlo tenía que subirme a un taburete. Parado en el taburete una
vez terminada la clase, alcancé mi saco. Cuál no sería mi sorpresa cuando
de un bolsillo salía una rata gorda, medio café, de orejas redondas medio
rosadas, de uñas amarillas que sin ninguna vergüenza escalaba mi saco,
subía por mi mano y perezosamente saltaba y se perdía entre los canceles;
mientras yo hipnotizado no movía un músculo para no gritar pues había
mujeres presentes.
En ese mismo anfiteatro, cuando realizaba la disección de los nervios del
ojo de un cadáver; cierta noche entre 9 o 10, lógicamente después de rezar
mis oraciones y pagar la consabida comisión al Mudo Arias que era el
portero del Anfiteatro y me permitía entrar a esas horas ya que yo no podía,
como los otros estudiantes, por mi trabajo, hacerlo de día; sentí que ¡el
cadáver se movía! ¡Caray! estoy tan nervioso que me hace sentir
pendejadas y seguí trabajando ¡Vuelta! Allí si vi que el cadáver se movía.
Con los pelos de punta, los ojos fuera de las órbitas seguramente sin poder
hablar muy claro fui en busca del Mudo Arias y le decía:
-El ca-ca-cadáver se mu-e-ve.
-¿Qué?
-Que el cadáver se mueve.
-¡Tonterías! Vamos a ver.
Y fuimos a ver el cadáver que se movía. Naturalmente yo iba atrasito del
Mudo Arias.
¡Verdaderamente el cadáver se movía!. Seguramente experiencias de
muchas batallas, el Mudo Arias, de un manotazo quitó la sábana que cubría
el cadáver y una hermosa rata, casi como un gato salía del vientre del
cadáver.
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El Mudo Arias no dijo nada; sólo me miró desde muy alto y yo rojo de
vergüenza continué con mi labor.
En la vereda, fuera de la tienda de Doña Delia, recuerdo que mi papá por
las noches, bajo la luz de unas lámparas que alumbraban la calle y colgaban
de uno alambres leía un libro grandote de las Mil y una Noches. Había
tanto interés que noche a noche iba aumentando la audiencia.
Poco a poco el barrio iba tomando forma y personalidad. Pavimentaron la
calle Rocafuerte hasta la Mama Cuchara. Esto le dio más categoría de la
que ya tenía; pues, se decía que el barrio de la Loma Grande era el barrio
más escogido de la ciudad. Talvez era cierto, pero entre la gente menuda
nos conocíamos todos y éramos igual de amigos. Además conocíamos a
toda la gente grande y el correo nuestro funcionaba a las diez mil
maravillas.
Sabíamos que diagonal a Doña Delia, en una tienda que no era tienda
vivían los Conde; en esa época no sabíamos que Armando llegaría a ser
figura del toreo. Al frente funcionaba la bodega de la Fruit y sabíamos
quienes de los guambras se subían a la azotea y se robaban las botellas para
venderlas.
La casa de la tienda de doña Delia pertenecía a una familia Regalado, la
formaban dos matrimonios cruzados de hermanos; ellos fueron los
primeros que tenían automóviles de alquiler.
La casa donde vivieron los Conde, más tarde fue vivienda de un señor
Chiriboga que creo era Vicepresidente de la República.
Junto a nuestra casa que, también era del señor Ruiz vivía con su familia un
señor Becdach, pariente de los que vivían en la bajada a la capilla de los
Milagros. Decían que el hermano mayor que era mudo se mató
estrellándose contra un poste cuando iba colgado de un bus. Estos turcos
eran comerciantes de telas y casimires y mujeres y hombres se escogían
entre ellos y como gozaban de ciertas comodidades eran también muy
respetables y preferían hacer sus matrimonios entre ellos. Yo creo que estos
turcos jugaron en ese tiempo un papel positivo para la ciudad; pues,
comenzaron a aparecer negocios variados regentados por ellos
favoreciendo así la migración. Se hicieron comunes los apellidos Chediak,
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Amador, Thorne, Rosanía, Agami, entre otros. A todos se les llamaba
turcos sean egipcios, libaneses o árabes.
Poco a poco iban apareciendo las jorgas de guambras, jóvenes y señores.
Las más numerosas naturalmente eran las de los guambras y la calle fue el
gran escenario de sus juegos, chácharas y peleas. Eran continuas las peleas
del Pallico con el Víctor. Ambos eran amigos y jugaban juntos, pero
cualquier discusión les llevaba a los puños y se daban largo y fuerte hasta
la “primera sangre”, que era la regla, pero en ellos no había eso porque no
les salía sangre sino ceniza de sus caras.
Recuerdo una tarde que jugábamos a la plancha con unas monedas frente a
la casa de los Piedrahita, y viendo que por abajo se acercaba nada menos
que la Leonor, el Velasco que tendría pues unos 15 años que era hijo del
dueño de casa de frente a los Yépez, que tenía un camionzote igual a él,
apostaba con alguien que a Leonor la Inmaculada como la llamaban porque
era rubia, medio pecosita; que más que andar flotaba en el aire, que tenía
una naricita respingadita siempre fruncida porque creo todo le olía mal, le
besaría allí delante de todos. Se acercaba la Leonor como siempre linda
enterradora, lejana porque a los pobres mortales no se dignaba mirarlos y
creo que eso fue lo que le permitió al Velasco acercarse. Aun ahí no
creíamos que este paliducho y flaco se atrevería a lo que según él era un
hazaña inigualable. Pues sí, se acercó y cogiéndole la cabeza le besaba una
y otra vez. Mientras ella pataleaba, lloraba, escupía y se frotaba los labios,
nosotros de una sola pieza, mudos e inmóviles a lo que nosotros creímos
una balandronada del Velasco se hacía realidad; y, aunque todos habrían
querido estar en lugar de él, nos dolía mucho que se haya mancillado a
Leonor la Inmaculada.
Algunas jorgas había de chicos que se pasaban todo el día jugando en la
calle, les llamábamos plazuelas; eran también amigos, pero hacían cosas
que no nos gustaban o nos daban miedo. De allí recuerdo que Pallico
viendo a un señor borracho tirado en la vereda y que tenía un estilógrafo en
el bolsillo del pecho nos invitaba a quitarle y luego venderlo. Nadie se
animó, pero él se acercó y rápido le quitó el estilógrafo; pero, el castigo de
su mala acción resultó que era sólo la tapa; nuestras burlas fueron el pago
de su chasco. Sin embargo el barrio era de lo más tranquilo y sano, de allí
su fama de barrio selecto. Sólo en nuestra cuadra vivíamos: el
Vicepresidente Chiriboga, el embajador Vela, la familia Piedrahita, la
familia Becdach, la familia Thome, la familia Morejón, la familia Agami,
los Cayetano. Pero lo mejor, lo más bonito y representativo del barrio eran
las lindas chicas, hermosas, donairosas, distinguidas: las Alarcón, las
Jarrín las Hurtado, las Larrea, las Dousdebés, las Gavela, las Romo, las
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González, las Félix, las Román, Villacís, Quiñónez, Espinoza y docenas
más que principalmente los domingos vestían sus mejores galas y bien
emperifolladas iban a adornar las misas de la iglesia de Santo Domingo y
luego a pie hasta la Vereda Tropical en el Ejido que así dieron en llamar
precisamente por la nota de hermosura, elegancia y donaire de las chicas
que allí paseaban.
Por la tarde era religión asistir al Especial del Teatro Bolívar que lucía
único por el lujo de sus instalaciones.
Los jóvenes como es natural formábamos la cola de este romántico desfile.
Cuando no había para pagarse la entrada al teatro asistíamos al desfile de la
salida del Especial ¡Qué lujo! estolas de piel, sombreros, encajes y
terciopelos, perfumes, donaire hacían un espectáculo único, hermoso,
romántico e inolvidable; inolvidable sí, porque allí se tejieron muchos
amores y muchos matrimonios.
Era de buen tono y el ápice de buena costumbre invitar a la chica al
Especial del Bolívar y luego a un té o unos helados en el Wonderbar donde
uno se sentía también como si fuera de categoría y fortuna. Algunos
chullas se destrozaban las encías con un palillo de dientes frente al Wonder
como le llamábamos para que crea la gente que acaban de salir del café,
cuando ni siquiera habían entrado; pues era el ápice del buen gusto, moda y
distinción.
Una de las pocas diversiones que en ese tiempo habían en Quito, eran los
toros, la Corrida de la Prensa.
Mi tío Daniel era muy taurino y por la agencia de automóviles que tenía se
relacionaba con no pocas figuras del toreo que ocupaban sus servicios allí
conocí a Liciaga, Rodríguez, Conchita Sintrón y tantos otros que le
brindaron su amistad y más de una vez pudimos asistir a sus corridas. A
más de espectáculo del toreo se gozaba con el espectáculo de la gente que
asistía, sombreros cordovés, mantillas y peinetas españolas, botas de vino y
música ponían alegre hasta al más endeudado.
Mi papá y el Danielito como dimos en llamar a mi tío, casi nunca se reían,
de tal manera que para nosotros fue una sorpresa cuando mi hermano Julio
y yo salíamos del automóvil de las vituallas una vez en Alangasí.
Una vez al año, creo que en el santo, el Danielito se festejaba y toda la
familia nos trasladábamos sea a Tumbaco o Alangasí donde él había
previamente comprado varios árboles de guabas y desde temprano la gente
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joven y los cholitos del lugar nos dedicábamos a subirnos a los árboles y
hasta de las ramas más difíciles arrancar las guabas; había cierto encanto en
correr ese peligro que más de una vez nos hizo visitar el suelo.
A veces con orquesta del pueblo, o la banda o una vitrola se iniciaba el
baile de la gente grande. Los choferes con sus familias y una que otra
familia invitada hacían alegre, divertida y de grandes recuerdos esas
reuniones.
En uno de aquellos paseos se les ocurrió meternos a Julio y a mí en el
automóvil que llevaba los licores, los postres y más menesteres para la
fiesta. Éramos unos niños entonces pero no creo que haya sido por sed, lo
cierto que con el chofer el “Cuturpilla” nos acabamos una de las botellas de
vino y cuando bajábamos del automóvil nos cogió el efecto del vino y
comenzamos a trastrabillar y hablar cosas que, bueno, fue la primera vez
que les veía reír con ganas a papá y Danielito.
Aunque las reuniones familiares eran muy pocas, nosotros las amábamos
entrañablemente. Semana Santa por ejemplo era un motivo muy
apropiado. La Mamita Toya invitaba a toda la familia a gustar de la famosa
fanesca. Daba gusto como en una mesa grande todos disfrutaban del calor
familiar, la buena conversación y el recuerdo que hacían los mayores de los
tiempos pasados. Yo creo que allí aprendimos a tener ese orgullo familiar,
la importancia de seguir la tradición y ser alguien para no traicionar la
sangre.
La Navidad era otra de las fiestas que adorábamos: la reunión familiar y
los caramelos y regalos que nos hacían en nombre del Papá Noel.
Invariablemente nos hacían dejar en la azotea de la Casa de Arriba los
zapatos viejos para que el Viejo Noel nos ponga unos nuevos y nos dé
regalos y juguetes; que eran los que habíamos pedido, en una carta que
hablaba de nuestras ilusiones; pero éstas debían ser limitadas a un solo
juguete, por ejemplo sólo se podía pedir una pelota o una pistola; aunque la
carta dijera “Yo quiero una pelota...de tiro seguido”.
Hasta ya mocitos creíamos firmemente que el Papá Noel traía los juguetes
y por ello Julio y yo nos escondimos en el baño del patio para desde allí ver
como era y como llegaba el Papá Noel.
No esperamos mucho Mamita Toya y la Blanquita acomodaban los
juguetes en la azotea; más quiso la mala suerte que se cayera una pelota al
patio y tuvimos que subir a entregarles ¡Adiós Papá Noel! Qué mala
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suerte... juntos con la pelota cayó una de las creencias e ilusiones de la
niñez.
Cuando éramos más jovencitos concurríamos a la Plaza de San Francisco,
donde por la época de la Navidad se había hecho tradicional la instalación
de las “Rifas” como llamábamos a los juegos de la ruleta, el bingo, el tiro al
blanco y más entretenimientos; claro está, también seguido de los pequeños
y ocasionales negocios de comidas, bebidas y golosinas. Pero lo que más
nos atraía era la costumbre de las buenas familias que salían en conjunto; a
veces a jugar, a gustar algún bocado tradicional y siempre a pasear en
familia hasta entradita la noche. Las chicas del brazo de sus madres y
sintiéndose seguras se hacían más audaces y coquetonas; los chullitas en un
alarde de esplendidez delante de las desdeñosas, perdían sus sucrecitos
creyéndolos bien empleados.
Otra distracción familiar era el carnaval y aunque se trataba de empapar al
extraño, los preparativos se hacían en familia; para empezar aún no se
conocían los globos de caucho, por tanto, era los cascarones los sustitutos y
estos cascarones se preparaban con tiempo porque su elaboración era muy
laboriosa: primero se conseguía unos moldes en cerámica que tenían dos
tapas y un agujero en un extremo; por allí se metía el agua con perfume y
luego cera derretida, se chocolateaba al molde y a poco el agua había
quedado cubierta por la cera. Debía ser de un grosor tal, porque estas
armas mortales podían sacarle un ojo o dañarle la cara y lo que pretendía
era que llegado a una persona se rompa y le moje.
Llegados los días de carnaval mi prima Blanquita a veces acompañada de
una o dos amigas, ponían detrás de la ventana del balcón una sábana, de tal
suerte que cuando los enamorados carnavaleros tiraban sus cascarones que
casi nunca llegaban a la persona y pasaban derechito a la sábana que suave
y dulcemente cogía el cascarón y lo depositaba en la alfombra y servían
para devolver el cumplido.
Era costumbre ver a los jóvenes enamorados que recorrían el barrio de
arriba a abajo haciéndose seguir de un muchacho con uno o dos canastos
llenos de cascarones para lanzar a la dueña de sus sueños.
En el fragor del carnaval mi papá provisto de una llave especial abría el
hidrante de la esquina de la casa y, entonces comenzaba la grande; el barrio
quedaba sitiado pues los carnavaleros provistos de lavacaras, ollas, o tarros
mojaban a cualquier persona que se atrevía a pasar por allí. Más de un
automóvil quedó apagado por el remojón.
Llegaba a tanto la euforia por el carnaval que algunas veces, chicas de
familia, lindas, tímidas y honestas salían de sus casas donde habían jugado
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con hermanos, parientes o amigos e invadían las casas de la vecindad y,
entonces el juego pasaba a ser del barrio y más de una vez de barrio a
barrio. Tarde ya ateridos de frío y felices comentando las incidencias del
lance se regresaba a casa con una lavacara o un balde que no era el nuestro.
Alguna familia armaba luego el famoso baile; siempre alegre, siempre muy
honesto y caballeroso.
El secreto del juego del carnaval era el mojar, pero no dejarse mojar. Fiel a
este principio, cierta vez en la casa había logrado mojar a doña Enmita:
una inquilina de la casa muy amiga; pero que, para no dejarme mojar y que
se desquite, pasé enjaulado en mi cuarto hasta casi las seis de la tarde del
martes de carnaval. Sorteando el peligro salí bien empaquetado con
impermeable rumbo a los billares “América” que quedaban en la calle
Flores junto al hotel Cordillera. Sonreído entre mí pensando que doña
Enmita tendría que esperar el otro año si quería desquitarse. Casi llegaba a
los billares cuando sin saber de donde, me sentí bañado de pies a cabeza y
de la espalda a los calcetines por un generoso lavacarazo desde una ventana
del hotel.
Quise reaccionar airadamente, pero, otro lavacarazo de extraordinaria
puntería llenaba mi boca de agua.
Era tal la tradición del carnaval que los hermanos ya casados y con familia,
se reunían en una casa y allí participaban hasta los hijos más tiernos.
En la Villaflora, a donde fuimos a vivir por algún tiempo, un grupo de
jóvenes salíamos en la euforia del carnaval a ganarnos las casas de los
amigos; llegamos a la casa de unas medias amigas y como la casa tenía una
pila se nos ocurrió coger a una de ellas y llevarla a la pila; uno le cogió de
las axilas y yo de los pies y comenzamos a balancearla para botarla al
centro de la pila, mas ¡Oh sorpresa! Mi amigo la soltó y yo me quedé con
los pantalones y mi amiga desnuda fue a parar al centro de la pila . Demás
está decir que la amiga nunca más nos reconoció en la calle.
Años más tarde se trató de culturizar el carnaval, influenciados
seguramente por personas que habían visto los hermosos carnavales de
Venecia o Niza.
Si bien yo creo que aquellos carnavales son muy bonitos, elegantes y hasta
lujosos; la verdad es que la mayoría de la gente, la gente del pueblo
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solamente puede mirar, las comparsas, los carros alegóricos; mientras que
aquí intervienen todos y el pueblo se divierte.
Pocos años duró la euforia cultural. Se presentaban carros alegóricos muy
bonitos, muy costosos; hacían el recorrido desde la Plaza de Santo
Domingo hasta la Alameda. A lo largo del recorrido de los balcones les
tiraban serpentinas y las chicas bonitas y de sociedad desde los carros las
devolvían con flores; las bandas municipal y de la policía amenizaban el
desfile; la gente del pueblo desde muy temprano ocupaban las veredas a lo
largo del recorrido alabando la belleza de las niñas y aplaudiendo algún
carro en especial.
En ese entonces el parque de la Alameda estaba cercado por unas
bellísimas hechuras en hierro forjado que semejaban lanzas entrelazadas de
hojas y frutas.
Quiso la mala suerte que un joven que trataba de encaramarse en lo alto de
la cerca, perdiera el equilibrio y cayera de estómago en una de aquellas
lanzas y lógicamente le atravesaran el cuerpo. La gente trataba de librarle
de la lanza haciendo inútiles maniobras que más lastimaban al joven que
chillaba, dando un espectáculo horrible.
No sé si fue esta la causa, pero al poco tiempo desapareció la cerca de la
Alameda.
La casa en que vivíamos, si bien no era muy cómoda, al menos tenía el
encanto de lo propio. Allí tuvimos oportunidad de tratar y conocer a
familias muy honorables que arrendaban un departamento: los Vacacela
Gallegos, Gómez Arturo, De la Torre y más que nos brindaron una amistad
muy entrañable; cada una nos han dado recuerdos gratos; entre aquellos
recuerdos con sabor a travesura está el que dejó una linda criatura un poco
menor que yo. Desde el momento que la vi quedé prendado y, aunque
todavía usaba pantalones cortos y mi voz era de tiple, parece que no le fui
indiferente y decidimos hacer nuestras entrevistas en la azotea de la casa.
A esa edad uno tiene miedo hasta de la sombra y nuestras entrevistas tenían
ese gusanito de la incertidumbre y por lo mismo nos atraían.
Cierta mañana que platicábamos en la azotea, oímos pasos que subían por
la grada y una voz que la llamaba por su nombre. Comenzó a llorar la
criatura y yo no sabía donde esconderme. Junto a la pared de la fachada de
la casa había un poste para los cables de luz grandote y gruesísimo. Mi
tabla de salvación –dije- y me tiré a abrazar al poste desde el segundo piso;
el susto, el miedo obraron el milagro de que no cayera y sólo me deslizara
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aunque rápido pero agarrado al poste. Sólo cuando llegué al suelo y alcé a
ver pude darme cuenta de la locura que había hecho y un estremecimiento
recorría mi cuerpo; o talvez, mi estremecimiento se debía a que en mis
pobres piernas llevaba incrustadas cientos de pequeñas astillas que el poste
me había regalado como recuerdo de sus servicios.
De la criatura nunca supe más nada ni la volví a ver; seguramente la
regresaron a su natal Riobamba.
Ese poste era tentación para las aventuras; por allí pasaban unos alambres
rojos muy gruesos que nosotros suponíamos eran de alta tensión.
En aquellos tiempos habían dos compañías que daban electricidad a la
ciudad; la una era municipal y la otra era americana.
No sé si era costumbre o la pobreza, lo cierto es que en casi todas las casas
usaban planchas y reverberos eléctricos libremente, aun cuando estaba
prohibido por la empresa su uso; porque en ese tiempo no había los
medidores de luz y este consumo se pagaba por el número de focos. Los
inspectores de estas empresas tenían autorización de entrar
intempestivamente en cualquier casa y controlar el contrabando, incluso
estaban autorizados a confiscar el aparato causa del delito. Generalmente
eran buenas personas y por unos sucrecitos pasaban por alto la infracción;
mas cuando la reincidencia era abusiva, le quitaban el derecho a la
conexión.
Cada vez que asomaba un inspector, la familia se ponía en movimiento
para esconder el contrabando: un foco demás, una plancha, un reverbero.
Alguna vez Mamita Toya que nos visitaba y que en ese momento algo se
cocinaba en un reverbero hecho rudimentariamente en casa en una base de
ladrillo, coge el ladrillo y como si nada caminaba dándole la espalda al
inspector, sin darse cuenta que iba arrastrando el cordón del reverbero.
Ante tanta audacia él le decía:
-¡Señora! No trate de engañarme porque va arrastrando el cordón del
reverbero...
-Disculpe señor inspector... no vale la pena, es un viejito... Viejito que
debe haber consumido lo que tres reverberos.
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Cosas como éstas debieron colmar la paciencia de los inspectores y, un
buen día nos encontramos a obscuras y sin solución porque de ambas
empresas nos habían negado.
Bueno... sin solución ¡No!; pero la que le dimos bien pudo costarnos la
vida a mi hermano Julio y a mí.
Por los tumbados de esas casas se comunicaban entre sí; entonces, nosotros
pasamos un alambre de bobina casi invisible pero que resultó muy fuerte
por los tumbados hasta el alero de la casa vecina por donde pasaban los
alambres rojos. Mi hermano Julio provisto de unos delgados guantes de
cirujano pelaba uno de los alambres rojos mientras yo cogido de sus
piernas cuidaba de que no se cayera a la calle.
¡Han pasado tantos años!. Todavía me estremezo al pensar lo que habría
pasado si el alambre que pelaba era de alta tensión...
¡El resultado fue fantástico!. El otro polo lo cogimos de un tubo de agua
potable y así tuvimos luz y fuerza para todos los menesteres del
departamento y por mucho tiempo.
Así, descubrimos que el soberado que daba a la cocina era un sitio
excelente para poner un pequeño taller de zapatería donde nosotros mismos
componíamos nuestros zapatos; se hizo como un pequeño altillo para
bodega, componer un aparato eléctrico o sitio ideal para saborear un dulce,
un pan o una golosina que acababa de desaparecer de la despensa.
La azotea que compartíamos con los inquilinos era nuestro lugar de
descanso, asoleo y diversión a más de que de allí se veía gran parte del
vecindario y mis hermanas lo alababan porque desde allí cómodamente,
habían visto la tremenda paliza que mi hermano Julio cuando cadete del
Colegio Militar, le obsequiaba al Atilano que hacía de crédito para los
trompones de su familia. En efecto, fue tal la paliza que las familias
tuvieron que llevarle casi cargado a su casa.
Esta rivalidad se había suscitado porque mi hermano Jorge; que hasta ahora
no comprendo cómo es que se fijó y se casó con Fany, hermana de Atilano,
una señorita más que pasadita de años y que no podía negarlos porque los
llevaba insertos en su cara. Juzgo que se enredó por consejo de su gran
amigo el Zambo Ayala que vivía justo en la esquina frente a esta familia y
ya estaba enredado con una de las hermanas; o estaba ciego o despechado;
lo cierto fue que ella desató la furia de esa familia que se creía muy decente
e importante, aunque en verdad eran del tipo de los vividores y arrivistas,
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incrustándose como las babosas en medio de la gente verdaderamente
decente.
Una noche que mi hermano Jorge regresaba a casa, en el arco de Santo
Domingo, uno de los hermanos de Fany llamado Juan que, le había estado
siguiendo, con una palmada en el hombro le llama la atención, cuando mi
hermano regresa a ver quién era, en un acto de verdadera cobardía y
traición, recibe un puñetazo en plena boca que por poco le parte, pero sí la
hinchó feamente.
Para nosotros el hermano Jorge era algo intocable, casi sagrado; de tal
manera que este acto propio de ellos, nos indignó tanto que les buscábamos
para castigarlos. Ese día domingo por lo tanto esperábamos que saliera mi
hermano Julio del Colegio Militar para armar la pelea de familia a familia.
Ese domingo que, conversábamos con Raúl en la esquina de su casa,
apareció el desgraciado acompañado de su amigo Guerra. Tal sería la
indignación que sentía que directamente me lancé a pegarle y él a
defenderse con un puntapié que pasó muy por encima de mi cara y que
aproveché para lanzarle un golpe al pecho que le mandó contra la puerta
del Colegio Fernández Madrid. Diciendo maldiciones e insultos se largó
con su amigo.
Yo regresé a contar en casa lo sucedido y a advertir que estuviesen sobre
aviso. Regresaba a la calle con mi amigo Raúl cuando:
-¡René! Ahí te siguen... era mi hermana Gloria que viendo que me seguía
el Gustavo, hermano menor de ellos, me alertaba. Regreso a ver y en
efecto ahí estaba siguiéndome el bendito; con la intención seguramente de
repetir la cobarde agresión a traición de su hermano.
Nos trenzamos a golpes; pero, él cayó; cuando me aprestaba a darle su
misma receta apareció mi tío Daniel que, en su peculiar manera de ser me
pedía que no le pegue, que no pelee. Yo no podía pese a mi arrebato
desobedecerle, de tal manera que allí quedó la pelea.
Cuando mi hermano Julio salió del Colegio Militar se instaló en la azotea
hasta que apareciera cualquiera de ellos ; quien apareció fue el Atilano que,
comenzó a lanzar injurias e improperios. Apenas salió mi hermano, se
tranzaron a los golpes.
Los hermanos de esta familia gozaban de cierta fama como peleadores y
otras habilidades nada recomendables; de tal manera que una pelea así,
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concitó la curiosidad de buena parte del barrio y de sus amigos que dizque
querían ayudarlos.
Manuel, mi primo, y yo queríamos que la gresca se extendiera a los demás,
ya que parecía que Julio estaba cansándose; pero ellos rehuyeron
fingiéndose heridos. En tanto Julio de cada golpe le mandaba al suelo y
cuando decentemente mi hermano le extendía las manos para ayudarle a
levantarse, éste le mordía hasta los muslos.
Hasta mi hermana Gloria, con una rama de palma de cocos le pegaba a uno
de los amigos que pedía coteja.
-¡Toma coteja! Toma coteja le decía mientras le castigaba con la rama de
coco.
Hasta la Mamita Toya que casi emparentaba con el Rey de España, según
sus aires, les decía:
-Sinvergüenzas, arrivistas, metidos... ¿qué se han creído que son mis
sobrinos?
-¡Ellos son mi misma sangre! Y yo les conozco a ustedes desde que tras la
puerta de calle vendían caldillos.
Fue tanta la vehemencia e indignación de la Mama Toya que hizo que
avergonzados la vieja y el viejo padres de la familia se fueran a su casa.
Se llevaron a hombros al Atilano, mientras mi hermano Julio decía:
-¿Hay alguien más que quiera pelear?
No había nadie más, se acabaron los famosos fulanos, se acabó el
matrimonio de mi hermano Jorge, y nosotros también nos retiramos con esa
alegría burbujeante del deber cumplido.
No sé, pero en aquellos tiempos la honra era una cosa muy sagrada en las
familias y, quienes la guardaban eran las mujercitas y quiénes la defendían
eran los varones; de tal manera que desde pequeños aprendimos a “cuidar”
a las mujercitas. El término era cuidar; pero lo que hacíamos, ahora lo veo,
era martirizarlas. Pobre del cristiano que se arriesgaba a acompañar a una
hermana hasta el barrio. ¿Qué van a decir los amigos? ¿Qué va a creer el
pobre desgraciado que las hermanas son botadas? ¡No! Talvez sería una
vez, la siguiente tendría que saborear nuestra dignidad que, en forma de
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piedritas pequeñas lanzadas desde una catapulta con una puntería de
guambra plazuela entrenado en cientos de cacerías, tenían la mala
costumbre de golpear sus posaderas... o donde llegue. Mientras tanto
nuestras hermanitas lindas, elegantes, distinguidas sólo podían tener
amigos. Sin embargo algún mayor de ejército que fuera encontrado lejos
del barrio conversando “no más”, pasó un buen susto por su atrevimiento; o
algún otro que viajaba en un bus hecho el enamorado junto a la hermanita,
tenía que abandonar el vehículo con algún moretón y unos tantos pelos
menos.
Igual; las mujercitas, si alguna fémina no reunía los rigurosos requisitos
para andar con un hermano, no se paraban en pelos y les hacían poner los
pies en polvorosa. Daba gracia tanto celo; pero ¡cariño de hermana!... al
fin terminábamos riéndonos.
El barrio fue lindo, era lindo, cálido, cariñoso, acogedor, como casa grande,
como casa de tantos patios, con tantos vecinos. Podíamos conocerlos desde
lejos a las gentes; por su manera de andar, su manera de vestir o por las
horas que acostumbraban entrar o salir del barrio: el caminar cadencioso,
señorial del coronel Maldonado que siempre andaba del brazo con su hija
menor; los pasos menudos y ágiles del turco Dasun que, siempre andaba de
prisa y vivía en el mismo callejón; el andar pausado y casi equilibrado del
señor Miranda que decían que tomaba mucho, era hacendado y vivía de las
rentas; el casi desconocido ingeniero Espinosa con su inconfundible e
infaltable abrigo gris; la silueta inconfundible del capitán Parada, que así le
llamábamos porque su mujer que era mucho más alta que él, cuando salían,
ella le ponía la mano en los hombros; la marcialidad confiada y
campechana del coronel Tobar que siempre andaba uniformado, en cabeza
y con la gorra bajo el brazo; la pareja ideal que formaban el doctor
Alzamora y su linda hija cuando salían a andar por el barrio un poquito
lejos de la Mama Cuchara donde vivían. Allí también, vivían los suegros
del señor Ramírez, inquilino de la casa de la Mama Toya; parecían una
estampa del pasado siglo: él, con su pantalón gris de fantasía, su shaquet,
su camisa de cuello pajarita, su corbata negra de lazo; salía y entraba al
barrio a la hora fija que señalaba su reloj de bolsillo, leontina cruzada en su
chaleco negro. Bigote almidonado y en puntas a lo Salvador Dalí,
haciendo adelantar su paraguas negro aunque fuera verano; rumbo a su
puestito de ventas de camisas, corbatas, guantes que tenía en una puerta de
calle de la carrera Sucre.
Ella: menudita, con su cara polveada con polvo de arroz, con su pelo negro
estirado hacia un moño en la nuca, callada, pulcra y educada; no sé si
sabría hablar, pues nunca se le oyó pronunciar palabra.
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Más abajo vivía la familia Noroña: el ingeniero, su extraño hijo y sus dos
bonitas hijas que no hacía amistad con nadie del barrio. Junto vivía el
doctor Avilés que tenía la casa más linda del barrio con un porche y
corredores de mármol y unas columnas romanas que le daban un aire de
palacete. Él, inconfundible con un andar ceremonioso, quería sacar el
pecho pero siempre se le adelantaba la barriga.
Por allí, en el pequeño pasaje que conectaba la Loma Grande con el Barrio
Obrero vivían los Jáuregui: jóvenes muy formales, el uno se hizo aviador,
su mamá parecía hermana de la esposa del señor Casares, que era alta,
rubia señorial madre de un aviador y un dentista.
El señor Casares fue actor joven en la compañía de teatro Gómez Albán y
autor de la música de una de las más sentidas piezas musicales
“Lamparilla”.
No sé si el vivir en espacios pequeños o en comunidades pequeñas influyen
mucho en el carácter y comportamiento de las gentes, tanto que se habla de
un “aire de familia”, o de tal sector o de tal región. La verdad que el núcleo
familiar resulta en buenas cuentas el núcleo de la sociedad haciendo más
felices a aquellas familias más numerosas.
En nuestra familia, si bien pudo ser más numerosa, los seis que la
conformábamos compartíamos por igual las penas, alegrías, triunfos,
fracasos de cada uno; manteniendo una individualidad indiscutible en
cuanto al carácter y manera de ser; pero, todos bajo una sola mira que
celosamente ayudábamos a mantener:
el orgullo de familia.
Verdaderamente no sé en qué nos basábamos; pero, seguíamos fielmente la
sombra de nuestros ancestros. Día a día, inculcados y probados llegó a ser
en nosotros una religión y la Mamita Toya la sacerdotisa encargada de
mantener viva la llama de aquel orgullo.
Con el tiempo, habíamos llegado a constituir una sola familia que vivíamos
en casas separadas pero que permanecíamos en una sola casa casi todo el
tiempo; la casa de Arriba como dimos en llamar a la casa de la Mama
Toya.
Era un verdadero matriarcado el de mi tía, pues, mi padre aunque rebelde y
arisco dependía en gran manera de su hermana. Mi tío Daniel era
absorbido enteramente por la voluntad de hierro, espíritu de avance e
iniciativa que miraba sin mayores aspavientos pero certeramente hacía el
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futuro. Los demás no éramos más que fichas a colocar en tal o cual
andarivel cuando el momento llegaba.
Por ella dejamos el pueblo y vinimos a la ciudad; como los viquingos, los
españoles o los portugueses que se lanzaban a lo desconocido sin más
armas que el corazón, la voluntad y el orgullo de raza.
Pisamos la ciudad y la hicimos nuestra y ella, generosa nos absorbió y nos
hizo sus hijos. Nos enseñó sus latidos, sus articulaciones, sus secretos, Así
fuimos creciendo y pisoteando los años con nuestros pies descalzos,
nuestras manos robustas y nuestras mentes que aprendieron desde pequeñas
una sola y mágica palabra: “Adelante”.
¿Quiénes éramos? ¿A dónde íbamos? ¿Por dónde debíamos caminar? Yo
creo que no lo sabíamos; sólo sabíamos que: “Se hace camino al andar”.
Los ejemplos más palpables nos daban cada uno de nosotros: mi hermano
Jorge; un señor. Era el ejemplo a seguir por el camino más derecho. Su
ejemplo más que sus palabras guiaban nuestro espíritu y mente por el
camino de la nobleza, la honradez y el hermoso sacrificio de darlo todo por
los demás. Imperceptiblemente íbamos mirándonos en aquel espejo que
mudo nos decía: “Así hay que ser”.
Mi madre: pequeñita, con una voluntad de acero y un heroísmo que
llegaba al sacrificio; era la columna vertebral, el cordón umbilical que
sostenía y unía a todos los hijos. Callada, herida en lo más profundo de su
yo, nunca se quejó, nunca se derrotó, nunca abandonó lo que creía su deber.
¿su mudo llanto era una queja? o ¿era su impotencia, o su rebeldía, o su
agradecimiento de ser ella la que cargue sola el dolor, la angustia, la
desesperación por toda la familia?
Queríamos entender en ello que las metas exigen sacrificios grandes, con
voluntad de acero, con una paciencia de mártir y, su ejemplo de virtud nos
iba diciendo: ¡Así hay que ser!.
El padre: severo e incomprensible hasta la brutalidad; también con sus
actitudes nos decía: ¡Así no hay que ser!
En medio de este calidoscopio de ejemplos, de voluntades fuimos
creciendo y formándonos; cada uno a su manera de ver la vida y el futuro.
Pero era el presente maravilloso, casi mágico en el que vivíamos el que
verdaderamente fue poniendo capa por capa como los escultores en pan de
oro el que formaría nuestro carácter.
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Tuvimos la suerte de vivir un entorno propicio, una época de oro, rodeados
de gente parientes y amigos maravillosos.
Luego de aquella experiencia única, riquísima inolvidable de los trabajos
con mi padre en Saloya salimos de la calle Paredes directamente a lo que
sería de verdad nuestra casa de la calle Madrid. Experiencia burbujeante
como la que sentíamos de pequeños cuando dormíamos con los zapatos
nuevos de Navidad bajo la almohada. Nos sentíamos nuevos; la cabeza
misma instintivamente se levantó y parece que hasta habíamos estrenado
una sonrisa: ¡Teníamos derecho a sonreír!.
CAPÍTULO IV
Terminaba la escuela primaria; tenía 11 años. Había salido con los
máximos honores para orgullo de mi padre; pero, que para mí no
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significaban nada ¡Nada! Porque quería estudiar y nadie se preocupaba de
mí. Comprendía que para la familia en la situación que llevábamos era
imposible; por cuanto mi hermano Julio ya estudiaba en el colegio Juan
Montalvo. Comprendí así el silencio de la familia.
Como me gustaba la mecánica fui a hablar con César hijo de doña Delia
que tenía una cerrajería en el barrio para que me cogiera como aprendiz;
pues no quería de ninguna manera seguir otro oficio. Me aceptó y
quedamos en que desde Octubre yo entraría a su taller; mientras tanto,
decidí que los meses que me quedaban los gozaría a plenitud.
¡Y, vaya que se les gozaba! Para ello, bastaba con salir de casa, enfilar
hacia el Cerro, ver algunos amigos y ya estaba.
El Cerro llamábamos a todo lo que constituía propiedad de nadie: desde el
final del Barrio Obrero hasta las rieles del tren que iba a Ibarra.
Enorme espacio que incluía las quebradas y el río Machángara que, cerca
del final de la calle Morales en medio de un bosquecito de arbustos de
guagra manzanas, abetos, guabas y capulíes había un puentecito antiguo y
olvidado que daba a un molinito de cuento de hadas abandonado, poético y
soñador; donde el río comenzaba en serio a ser río en medio de sigses,
cabuyas y chilcas y en cuyas orillas habían una serie de oquedades que
valerosamente llamábamos cuevas; donde escondíamos fósforos para
prender los cigarrillos hechos con hojas de chilca envueltos en papel
periódico que, nos hacían creer que éramos gente mayor.
Alguna vez, habíamos tragado tanto humo que en el almuerzo con lo
caliente de la comida salía repentinamente de nuestra boca una nube de
humo que, nadie sabía explicar por qué botamos, peor nosotros. Era la
época en que nos creíamos hombres valientes, tarzanes y que podíamos
emprender cualquier aventura.
Y, la aventura estaba allí, cerca de los molinos “El Censo” y a orillas
mismas del río había un ojo de agua cristalina; allí iban las lavanderas de
ropa ajena a lavar la ropa que la secaban en las piedras mismas del río o en
las matas de chilcas de los alrededores. Frente a este pozo de agua,
pasando el río, se levantaba un farallón casi vertical de unos cincuenta y
más metros de piedra, tierra y uno que otro arbusto.
El reto: subir y bajar el farallón; ¿cómo? sencillamente agarrándose de lo
que se pueda, sangrando rodillas, pies y manos, uno que otro rasguño en la
cara, pero inmensamente felices. Luego venía el baño en el ojo de agua:
fría, fría que nos ponía morados y tiritando.
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Siguiendo el curso del río más abajo, había otro puente; este sí carrosable,
justo frente a los silos del Molino “El Censo”. Cruzando el puente había un
túnel al parecer muy largo; pues, nunca pudimos llegar hasta el fondo
porque a cierta distancia las espermas que llevábamos para explorar se
apagaban y quedaba obscurísimo, nos entraba el miedo y a tropezones
salíamos corriendo. Nuestro paraíso quedaba más arriba: era una
explanada enorme llena de pasto, hierbas, matas de chilcas, guagra
manzanas; donde pastaban los caballos de la Policía. Enormes caballos
bravos, ariscos, pajareros, mañosos pero hermosamente veloces y
saltarines.
Éramos bastantes los guambras que provistos de unas sogas acudíamos
donde los guardianes que los pastoreaban y, por uno o dos cigarrillos nos
permitían montar tan mañosos caballos.
¡Cuántos sustos!. La adrenalina debió correr a ríos.
¡Cuántos costalazos!. Más de una vez salíamos volando ya por la cabeza,
ya por el rabo si al bendito animal se le daba por saltar una mata de chilca o
frenar de golpe. El viento en la cara le acariciaba como una carcajada; la
velocidad de la carrera le levantaba a uno de los lomos del animal y cogido
de los crines teníamos por montura una ilusión. Guambras al fin, no
sentíamos ni los costalazos ni las nalgas peladas; aunque después, por
varios días pasábamos en casa de barriga y a punte fricciones de cebo.
Cruzaba esta explanada una quebrada que bajaba desde las rieles del
ferrocarril hasta el río. Era profunda y de trecho en trecho habían socavado
las aguas unos pozos poco profundos que nosotros les habíamos
pomposamente bautizado de “Las Lagunas Azules”. Pero eran nuestras
propias piscinas donde dábamos rienda suelta a nuestra energía e
imaginación porque nos creíamos tarzanes; hasta teníamos un trampolín
formado por una especie de roca ovalada, delgada desde la cual saltábamos.
Me parece hoy al recordarlo que bien pudo ser un hueso de cadera
fosilizado de algún animal antidiluviano. Tardes bellísimas, gorjeos del
alma, ojos de alegría, carcajadas de inocencia.
Años más tarde, los cuatro hermanos recorreríamos por los mismos
senderos. ¡Inolvidable!. El hermano mayor y el menor nos acompañaban a
la aventura. Llegamos, por las rieles del tren, a un tramo desde donde se
veía las espaldas del Ilaló; a lo lejos como fondo de una pintura turística, el
valle se desperezaba entre muecas de quebradas y somnolientas nubes que
bajaban del Antisana a curiosear los pajonales. Mas cerca, una mancha de
manzanas silvestres nos hacía señas desde el fondo del valle. Allá fuimos y
esa quietud del día y de la hora nos cosquillaba el alma haciéndonos reír de
nada.
93
¿Cuántas cogimos? No recuerdo; sólo recuerdo que ya en el valle nos
acercamos a un minúsculo caserío y, allí supimos que estábamos en
Lumbisí.
Regresábamos ya, cuando una sementera de choclos nos había estado
esperando. Cogimos algunos choclos y en un fogón improvisado los
asamos; aunque sería mucho decir los asamos porque el hambre y el tiempo
hizo que nos los comiéramos medio chamuscados, medio crudos. Por allí,
un costal abandonado nos decía a gritos que servía para llevar choclos. Así
lo hicimos; llenando el costal de choclos y cargándole cuesta arriba. Mas,
de todas partes, como si hubiesen estado esperando que llenemos el costal
de choclos, aparecieron unos naturales que armados de palos nos seguían
gritando. ¡shuguaaaas!. Era tal el número y la rapidez con la que nos
seguían que botando el costal de choclos emprendimos la carrera para
salvarnos... hasta las rieles del ferrocarril.
En otra ocasión, convencido como estaba de que mi persona no significaba
nada para la familia y que tampoco les importaba; decidí probar suerte con
algo que por fin les despertaría.
En efecto, una mañana salí rumbo al Censo y me instalé en una de nuestras
cuevas esperando que me buscaran. El único que podía hallarme era mi
hermano Julio que conocía las cuevas; entonces tranquilamente me senté a
esperar que así sucediera.
Allí, mientras pasaban las horas, imaginaba a mi familia buscándome
desesperados, reprochándose la casi ninguna atención que me prestaban.
Pasaban las horas y un cierto gusanillo de triunfo se iba formando;
imaginaba que a la hora del almuerzo mi puesto vacío llamaría la atención
y toda la familia estaría pensando que mil cosas me habrían sucedido. El
hambre poco recomendable que me invadía acompañado de ciertos ruidos
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indiscretos del estómago me hacía pensar que bien valió tal sacrificio si
lograba llamar la atención familiar.
Pasaban las horas y nada sucedía. El día iba gastando los minutos
lentamente, demasiado lentamente para mis propósitos. El sol que a
conciencia había calcinado todo lo que me rodeaba, también comenzaba a
bostezar; mientras que el viento que prudentemente había permanecido de
espectador comenzó tímidamente, distraídamente a despertar los sigses y
las hierba moras de los alrededores de la cueva; los mirlos y las tórtolas
también se retiraban y el día mismo parecía que en puntillas entraba devoto
en la magia del angeluz.
El hambre me urgió quebrando como tallo de hierba seca mi delgada
voluntad.
¿Y, si me buscan y no me encuentran? ¿Y, si se asustaron tanto que más
bien me castigan por la huida? y ¿qué les diré cuando me encuentren?
Talvez mi papá está culpando a mamá por mi desaparición...
Comprendiendo que al quedarme más tiempo se haría noche y la quebrada
sería miedosa, decidí salir y volver a casa.
Yo me imaginaba los abrazos y sollozos de mis hermanos, la alegría
escondida de mi madre y la mal disimulada indiferencia de mi padre.
Llegué a casa... ¿Dónde estaba la tragedia griega? ¿Por qué no me
abrazaban y se alegraba mis hermanos? ¿Dónde estaban mi mamá y mi
papá?...
¡Estaban allí! donde siempre, como siempre y haciendo lo de siempre...
¡He pasado escondido! ¡No vine a comer!...
¡Nadie! ¿Nadie?
Ni siquiera se percataron que no estuve en el almuerzo... ¡Vaya pretensión
mía!... Así éramos, así vivíamos.
Pero, también habían gestos de hermandad que, quién lo creyera, marcaron
el futuro de esta criatura.
Mi hermano Julio que, entonces cursaba el primer año en el Colegio Juan
Montalvo, me llevó una mañana a ver las notas de sus exámenes.
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Mientras él averiguaba los resultados, yo jugaba con algunos chicos, allí en
el patio del colegio.
-¡Ve! ¿por qué no te presentas a los exámenes de admisión que van a dar
este ratito los que quieren ingresar?
-¿Yo? Yo no he estudiado nada...
-No importa, vos siempre has sido buen alumno.
-Pero, así me admitieran, la familia no puede sostener a dos estudiando...
-Eso, ya se ha de ver después.
Fue así como me presenté a los exámenes que ventajosamente aprobé en
tercer lugar.
Medio indeciso iría con la novedad donde papá.
-Papá; me aprobaron el ingreso al Juan Montalvo y se necesita S/. 6,50 para
la matrícula.
-¿Te presentarías?. Decíle a la Toya pues.
-Sí, salí en tercer lugar...
¡Bendita ingenuidad de niño! Fui donde la Mamita Toya.
-¡Mamita! Me aprobaron el ingreso al Juan Montalvo... se necesita S/.6,50
para la matrícula.
-Ahorita no tengo; pero mañana te matriculamos.
Así, por una iniciativa del hermano quedaba despejado el futuro de esta
criatura...
The principal parts of the woman body ar... Me sabía a castigo, a
imposible, a desesperación porque no entendía nada y podía perder el año;
y ¿entonces? ¡adiós colegio!; mientras tanto mister Crespo que, de mister
no tenía nada y de crespo peor; porque tenía una melena aleonada, pero no
por el color sino porque creo que nunca la peinaba.
Eran tantas las sorpresas y tan brusco el cambio de la escuela al colegio
que, empecé a tenerle miedo, mucho miedo.
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Para empezar: el profesor corría lista...
-Ruperto... fulano de tal. Nadie contestaba.
¡Ruperto! Fulano de tal. Nadie... sólo allí me acordaba que desde ese
momento me llamaría Ruperto cuando toda la vida me había llamado René.
Cuando fuimos a sacar la partida de nacimiento no había ningún René.
Allí murió el René que, sólo quedaría para aquellos que me conocieron de
niño y la familia. Oficialmente me llamaría Ruperto por el resto de mis
días.
Había otros compañeros; ninguno de la escuela Sucre, los nombres de:
Aguinaga, el hijo del profesor de matemáticas –ya no se decía aritmética
como en a escuela; Velásquez –el negro Velásquez- el hijo de un canterón;
Puertas, el que me daba recelo porque mucho se rascaba; Ruiz –el locoque nunca llevaba un cuaderno pero, era un prodigio para el Inglés y las
Matemáticas; Kistermacher, de apellido alemán pero que hasta el castellano
hablaba mal, de lo puro nacionalito que era; el Omoto Salgado, gran
futbolista, pero era mayor que nosotros; el Guatito Proaño, recién llegado
de su pueblo tenía las costumbres y las expresiones de su provincia; el
Chingolo Paz y Miño, el de los zapatos de charol y mimado de todo el
mundo; el Bejarano, el Suárez y tantos otros que poco a poco fuimos
creciendo y tomando su personalidad.
Ya no era sólo un profesor; había profesores para cada materia y cada cual
creía que sólo existía su materia y nos mandaban deberes a morir.
El señor Manangón nos daba Latín y Griego. Menos mal que a mitad del
año suprimieron esas materias que ¡sino, hoy estaría en la mecánica del
César de doña Delia!
No sé cómo pasé el año; mas bien dicho cómo pasé los años. Pero, siempre
fueron los profesores de inglés mis fantasmas y mis pesadillas. En segundo
año teníamos como profesor a mister Rabit. No sé porque le llamaban así;
más tarde me enteraría que también le llamaban el Conejo García. Era muy
bueno y las jugadas que le hacían los alumnos eran muy malas. Cierta vez
que alguien había logrado cazar a un ratón imprudente que se entró a la
clase, lo encerraron en el cajón del escritorio y allí le golpeaban de todo
lado, de tal manera que el pobre animal debió estar al borde de la locura
porque cuando el señor García abrió la tapa del cajón, el ratón le saltó
derechito al cuerpo. Se oyó un ¡Ay! de terror... y mientras todo el curso
reía, el señor García fue en busca del señor Rector.
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En tercer año fue profesor de inglés mister Stacey: un señor pequeñito con
una cara que seguramente era la mitad de su persona, de andar pausado,
terriblemente enérgico y exigente.
Yo era conocido ya del señor Stacey precisamente por mis nada brillantes
dotes para el inglés.
Cierta vez, un medio pariente y compañero sabiendo de mis dificultades
idiomáticas me decía:
-Sentaraste conmigo en la banco porque voy a copiarle el examen al mister.
-¡Me salvaste hermanito! Le decía yo contentísimo.
Llegado el examen, yo junto al Luis, palabra que él copiaba palabra que yo
ponía en el examen. Yo estaba eufórico porque creía que así, mínimo,
mínimo me sacaría un 8 o 9 sobre 10.
Llegó el día de la entrega de notas y, mientras yo sonreído esperaba la mía,
mister Stacey decía:
-¡Ruperto!, el corazón dio un salto en el pecho; tienes 3 por ¡Mudo!; le
copiaste al Lucho y, éste por bruto, tiene 0; me copiaste en la página
equivocada.
Sólo al llegar al quinto curso pudimos darnos el lujo de reírnos del Omoto
Stacey. Alguien que había traído una bolsa de arvejas secas al entrar a la
clase se rompió la bolsa y todas las arvejas se desparramaron por el suelo.
El Omoto Stacey que entraba en ese momento, pisó las arvejas secas y
comenzó a danzar para un lado, para otro mientras su portafolio volaba
lejos y él hacía prodigios con pies y manos para no caerse. Reímos como
nunca y el señor Stacey sabiendo que no se trataba de una travesura sino de
un accidente, nunca dijo ni hizo nada.
A mí, seguramente el miedo me atrofió el cerebro, porque mientras más
estudiaba una materia, más miedo de perder el año me daba. Y, así yo
andaba en medio de los cuatro jinetes del apocalipsis que para el caso,
andaban a pie y no me soltaban: el ingles, la química, la física y el álgebra,
no atinaba ni a pronunciarlas; de tal manera que mister Stacey, el Virgo
Ortega, el Zuco Yánez y el Tanquecito Torres eran los magos del inglés, la
física, la química y el álgebra y me ponían a soñar en torturas, catacumbas
y destierros de la amada casa. Sólo me despertaba de estas terribles
pesadillas cuando sonaba la campana para salir al recreo.
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En una de esas; recuerdo que el Loquito Ruiz que, me tenía acoquinado, y
cuando todos salían a recreo me pega un manotazo en la nuca. Ciego de la
ira y la preocupación y sin meditar nada me regreso de sopetón y le lanzo
un golpe con toda mi alma que, hizo que el Loquito se extendiera no más
de espaldas sobre un pupitre, con la boca extrañamente abierta y haciendo
unos ronquidos que traspasaron mi razón y decidí huir hasta las cuevas de
donde sacaban arena y que quedaban sobre el patio de recreo. Desde allí
podía ver la puerta del curso para ver si el Loquito salía y... ¡nada!; quería
gritar de la angustia que sentía; pero, gracias a Dios, a poco asomaba la
desfachatada figura del Loquito por la puerta. ¡Por fin Loquito lindo! Se me
salió decir.
Por extraño que parezca yo nunca he tenido un amigo; un amigo así como
se dice a todo dar, de tal manera que andaba de grupo en grupo sin intimar
con nadie. Talvez por timidez, talvez porque no conozcan dónde ni cómo
vivo ni quién soy, talvez porque siendo muy pobre no podía tener lo que los
otros tenían: desde las melcochas que vendían a la subida al colegio en la
calle Chile, o los chocolates que el Chigolo nos brindaba a veces al Guatito
y a mí. Hoy que han pasado los años, se me llenan los ojos de lágrimas
cuando algunas veces, justo a la hora de la comida iba a tocar la puerta de
la cocina de la Mama Toya para pedirle una peseta para comprar un
cuaderno. Mama prudente y generosa que sabía perfectamente que no
había ningún cuaderno, ¡nunca negaba mi pedido!.
Igual; cuando había sido escogido para representar al colegio en un
concurso de saltos en caballete y se precisaba de un uniforme, yo exigía y
exigía a mi madre que me comprara. Tuve todo lo necesario. ¿De dónde
sacaría mi pobre madre para comprarme mis exigencias?
La verdad sea dicha: desde quinto curso donde no tenía que cruzarme con
mis cuatro jinetes apocalípticos, comencé a ser un buen alumno; tanto que
muchas veces me escogían para concursos de historia, de literatura y hasta
recuerdo que algunos fuimos escogidos para con alumnas del colegio
Manuela Cañizares, presentar en el teatro Sucre una “Danza Húngara”.
Esto, motivó una serie de repasos, visitas y coloquios de algunos
compañeros. Fue un hermoso intermedio en nuestra cotidianidad que pagó
en algo los malos momentos que pasábamos en el colegio. Tan importante
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fue para algunos compañeros como el Chingolo que, apenas se graduó, se
casó con la chica que había sido su pareja en la “Danza Húngara”.
En los cursos superiores gozábamos de ciertas consideraciones y hasta de la
amistad de algunos profesores como el cuico Bastidas, el Negro Arauz, el
señor Alvarez; tanto así que se planeó un paseo al Oriente con motivo del
fin de curso.
Íbamos a conocer el Puyo cuando aún no habían carreteras. Sería la
primera vez que conocería el Oriente; la primera vez que viajaría en tren
por el sur de la provincia. En efecto, llegamos a Ambato a casa de un
profesor: el señor Vásconez. Dormimos como angelitos pero en el suelo;
al otro día madrugamos para coger un bus que nos llevaría a Baños, la
puerta de entrada al Oriente; me pareció una población especial porque
quería despertar al turismo con sus aguas termales y sus melcochas; sin
embargo a mí me pareció muy deprimente su situación que parecía una
grande taza rodeada de montañas tan altas y tan próximas que parecía que
se iban a volcar encima.
Salimos casi enseguida por un camino lastrado, labrado en la misma roca
de la montaña; pero, que mostraba raras bellezas como la cascada del
Agoyán; tremendo salto del río de más de 70 metros, ruidosa, salvaje y
brutal; el Manto de la novia, luego río Verde y río Negro donde decidimos
bañarnos sin saber lo peligroso que resultan aquellos ríos caudalosos que
cuando uno va hasta el fondo, parece que la corriente del río le obligaría a
no salir a la superficie. La compañía petrolera Shell que hizo el camino
carrosable, tenía su campamento cerca a la población de Mera a cuyo
costado corría el río Pastaza; río grande, correntoso y al decir de los
pobladores también peligroso. Si peligroso era el río, yo creo que más
peligrosa era la presencia de la colonia penal que el gobierno mantenía al
otro lado del río, y tan peligrosa como el río o la colonia era un cable del
que colgaba un cajón hecho de tablas y que decía la tarabita; sólo de pensar
estar suspendido en medio del río de tan precarios elementos se pagaría
cualquier pena.
De allí en adelante y a pie por un camino que amenazaba cerrarse invadido
por el bosque y la selva, llegamos a una hacienda: “La Morobia”, se molía
caña y se destilaba aguardiente. Todo nos parecía novedoso e interesante
porque era la primera vez que veíamos. Allí, generosamente nos ofrecieron
el licor dulce, cristalino y tibio; muy agradable, del que abusamos más de
una copa; “para no sentir el camino” nos decían los dueños. En efecto:
qué íbamos a sentir si al primer kilómetro de andar, el camino parecía
como si una ametralladora hubiese abatido a los compañeros: todos tirados
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en el suelo soñaban dormir en su casa, en las posturas más extrañas, con
unas caras más extrañas aún en una borrachera de antología.
Casi al anochecer llegamos al Puyo; no era sino una plaza rodeada de
casas; llegamos tan cansados y tan doloridos que cuando sirvieron la
merienda, comimos lo que sirvieron. Al otro día nos decían que habíamos
comido culebra y mono; yo no creo porque parecía una comida normal
como cualquier otra.
Las imágenes grabadas de aquella bella aventura fueron: la magia de los
paisajes, las cascadas, los ríos, la selva en nuestras retinas y nuestra piel.
Pero ya sería de Dios que me había destinado a conocer por jirones la
Patria.
Tío Manuel que había permanecido con nosotros mientras se hacía tratar
una terrible ciática, cuyos dolores le tenían postrado y en un solo ¡Ay!; al
fin estaba mejor y justo en los meses de nuestras vacaciones regresaba a su
empleo de administrador de las haciendas del Vínculo, El Salado y La
Bretaña en San Gabriel. Víctor Manuel su nieto político regresaba también
después de sus cursos en el colegio “Mejía”, de tal manera que también me
invitaron a pasar las vacaciones.
San Gabriel estaba en el Carchi; era una población muy lejana, y debíamos
atravesar medio Ecuador para llegar allá; pero, valía la pena.
Se viajaba todo un día para llegar allá; pero eso nos permitía apreciar de
cerca lo variado del paisaje de la serranía: el paisaje de piedra y arena de
las laderas del Guayllabamba que, iba transformándose en ocres y verdes
iridiscentes de los valles de Cayambe, Otavalo y San Pablo que parecían
engastar el turquesa del espejo de la laguna de San Pablo con sus caballitos
de totora, los naturales lavando ropa o bañándose a sus orillas; mientras el
Taita Imbabura con su cabellera gris hecha de nubes, majestuoso y
flemático, parece abarcar cariñoso el cobertor multicolor de sus faldas
pintadas con el sudor de las parcialidades indígenas que viven a sus faldas.
La cordillera, lejana y medio difuminada por la distancia y el fondo
lapislázuli de un cielo de verano, parece sonreír a un sol juguetón que
retoza saltando de cumbre en cumbre. De trecho en trecho una choza
diminuta como resistiéndose a salir enteramente de la tierra, con sus
puertitas enanas que bostezan al día ponen una pincelada de poesía en ese
maravilloso paisaje de la serranía.
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Otavalo mismo es una carcajada de colores; como un poncho tendido en el
valle de mil colores de sus techos, sus huertas con puntadas de ponchos y
cushmas y anacos de sus naturales.
Ibarra, asentada en su planicie se insinúa terca y segura de que jamás será
nuevamente arrasada por un terremoto y todo anuncia esperanza y corajes
desde la arquitectura de sus casas y monumentos hasta su iglesia; todo
blanco y puro como un canto a la vida, derrama su pujanza en cascada de
techos y jardines hacia el valle del Chota.
Y, al poco de dejarlo, entre vueltas de polvo, piedra y acacias entramos en
otro paisaje extraño, donde un sol vengativo, feroz e impávido parece
anestesiar los hombres, las plantas y hasta las piedras y el viento que parece
empeñado en no discutir con el entorno. Todo se mueve como en el cine
mudo: sin ruido y en cámara lenta.
El bus, llegando se mete como inyección en medio de un pueblo dormido
que apenas abre un ojo para ver quien llega. Al despertarse, asoman
lentamente a la carretera bateas de frutas, toscas artesanías, las locales en
manos de rostros de pianos con sonrisas de teclas blancas de marfil que
ensayan canciones de sabor africano con tristezas de serranías. El bus llega
llevando como invitado un ventarrón de polvo que tiene la magia de hacer a
todos iguales. Cadencias, ritmos y cantos van perdiéndose mientras
atravesamos el puente Juncal sobre un río raquítico que corre como
avergonzado de llamarse río. Una cuesta interminable, el run run del motor
pone a dormir a todos los pasajeros; poco a poco el calor va cediendo a la
altura y el paisaje cambia totalmente: grandes extensiones de tierra
labrada, sementeras y potreros avisan que estamos en el Carchi. Una plaza
cuadrada rodeada de casas sin mayor significación es nuestro final.
Caballos, monturas, saludos y abrazos, patroncito por aquí, patroncito por
allá fue el saludo de mayordomos, escribientes y empleados menores que
pugnaban por hacerse presentes, saludar, congratularse por su mejoría y
demostrar que en verdad era querido y extrañado.
Poco a poco fue haciéndose una caravana que enfiló para la hacienda. Por
un camino no muy estrecho fuimos dejando el pueblo. Como cordón
umbilical que nutre y se nutre, aquel camino iba atravesando la campiña
que como revista de turismo mostraba con justo orgullo enormes
extensiones de pastizales, sembríos y manchones de bosques; infinidad de
animales pastando decían a las claras, la importancia y riqueza de las
haciendas.
102
Mientras nosotros admirábamos el paisaje, mi tío con los mayordomos y
escribientes se ponían al día de las novedades.
Ya en la hacienda que era una muestra adelantada de todo por la pulcritud,
orden, buen gusto y comodidad; los escribientes Tamayo y Jarrín nos
invitaban a un tour exclusivo para jóvenes y capitalinos ansiosos de
aventuras de todo tipo y que, aunque estaba bien calculado no habían
tomado en cuenta nuestra timidez y primeras armas.
Total que fallamos en toda la línea. Más tarde las féminas entre cuchicheos
maliciosos se reían de nosotros; pero, eso fue sólo a un principio porque
luego demostraríamos sin lugar a dudas nuestras habilidades. Entre risas y
sonrisas los patroncitos eran bien recibidos cuando las visitábamos en sus
chozas o cuando las visitábamos fuera de sus chozas.
Una parte de nuestras vacaciones comenzaba a las 4 de la mañana cuando
nos levantábamos en puntillas para no despertar a nadie. Bueno, digo nos
levantábamos porque si bien en un principio solo se levantaba el Víctor
Manuel que, ya conocía lo perezoso que era allá en casa y hoy estaba
maravillado con su cambio.
Algún dulce ha de tener me dije yo y una madrugada que le seguí a
escondidas constaté su dulce: no era bonita pero estaba a la mano y no
protestaba; de tal manera que cuando se enteró de mi descubrimiento, me
incluyó en sus aventuras.
Dos caballos escogidos por los escribientes que eran jóvenes y enseguida se
hicieron amigos, nos esperaban de madrugada. Ellos, los escribientes,
previamente pactaban con las jóvenes ordeñadoras que estaban muy de
acuerdo en recibirnos fuera de sus chozas y a las cuales esperábamos
escondidos tras los pencos y tzímbalos de los tapiales. Cuando ellas
aparecían a lo lejos nosotros en veloz carrera las sorprendíamos; ellas
corrían y nosotros desde los caballos nos tirábamos a su lado y ambos entre
risas y jolgorios rodábamos sobre el pasto alto y tierno; mientras los
caballos bien enseñados por los escribientes, se acostaban mansamente y
así, todo quedaba como que nunca pasó nada. Ya en el ordeño, todos y
todas sólo trataban de alagar a los patroncitos que les habían caído muy
bien.
Otras veces nos gustaba acompañar a los vaqueros en sus tareas chúcaras y
más de una vez recibimos verdaderos sustos: como el que pasó Víctor
Manuel cuando asistíamos a una faena de marcaje.
103
Tenían a un novillo dominado contra el suelo mas, el momento menos
pensado al sentir el hierro al rojo de la marca, saltó el novillo y la
emprendió contra el que estaba más a la mano que era precisamente el
Víctor Manuel. Él corrió hacia la tapia seguido del novillo, pero no
alcanzó a subirse y el novillo le envistió, con la gran suerte que su cuerpo
quedó justo entre los dos cuernos, pero la cara del animal al insistir en el
enviste le subió de un golpe a la tapia ¡sano y salvo!. Se había hecho un
silencio de espanto mientras corría que estalló en una carcajada cuando el
Víctor Manuel sobre el tapial blanco y mudo nos miraba sin entender nada.
Casi siempre salíamos al pueblo con los escribientes: ellos eran nuestros
guías y profesores en el arte de vivir; por ello nos gustaba acompañarlos.
Nos habían presentado a dos lindas jovencitas de apellido Soto que siempre
nos invitaban a su casa, donde mi tío era especialmente considerado.
Como eran de una de las familias más distinguidas, nosotros andábamos
muy donositos, muy educaditos, muy adorables. Nos poníamos; digo que
nos poníamos porque si bien Víctor Manuel tenía su pantalón de montar y
botas a su medida; yo, procuraba no desentonar poniéndome un pantalón de
montar de tío Manuel que, tenía que ajustarme casi en el pescuezo porque
me quedaba muy grande; unas medias de fútbol por botas que remataba con
un par de zapatos de caucho. A mí, me daba un poco de vergüenza mi
terno de montar; pero, parece que nadie se daba cuenta; al menos eso creía
yo.
Luego de la visita los maestros nos llevaban a los famosos cuyes. No sé
por qué eran famosos; talvez porque allí se remataba la comida con los
canelazos de naranjilla que no eran otra cosa que trago hervido con
naranjilla que entraban dulce y suavecito y al poco rato uno estaba
gorjeando pegándose las famosas borracheras.
Alguna vez que queríamos alardear delante de las chicas Soto; fuimos
montando un par de potros recién sueltos de padrino, muy nerviosos y de
un andar garbosísimo. Luego de la visita fuimos a lo de los canelazos y
regresamos a la hacienda ya obscuro.
Al otro día dábamos gracias a Dios que no nos pasó nada; pues, mi montura
casi se caía sola y el freno del potro del Víctor había desaparecido; parecía
que no habíamos hecho ruido al entrar al dormitorio pero la aldaba de la
puerta estaba rota y yo había dormido materialmente en el suelo, pues las
tablas de la cama se habían caído.
Con el fin de probarse en el peligro uno de joven no mide las
consecuencias; ello, me había pasado cuando cierta vez le pedía al
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escribiente Tamayo ya fuera de la hacienda que, cambiásemos los caballos;
no porque el mío fuera malo, sino porque él montaba en Gavilán: un
caballo de cuartel, grande, arisco, fuerte y duro con el freno pero que tenía
un andar de príncipe. Cambiamos de cabalgadura y apenas me sintió
encima, salió corriendo desbocado. Inútiles eran mis esfuerzos por
frenarlo, y como ellos me seguían dándome consejos que hacer, más corría
el maldito. Los árboles y los tapiales empezaron a pasar a mi lado a una
velocidad de vértigo. En el último instante agaché la cabeza cuando
pasábamos bajo el umbral de una puerta de la hacienda vecina; casi me
destapo el cráneo.
-¡Apégate a la peña! –me decían y eso sirvió para quedarme casi desnudo
pues, mi blusa y hasta la camisa quedaban hechas jirones en las ramas y
los pencos del camino.
Haciendo un gran esfuerzo, torcí las riendas al caballo contra la peña. Allí
paró y más se tardó en parar que yo de un salto bajarme del famoso
Gavilán, engendro del infierno; pero eso me sirvió para apagar mis
vehemencias y aires de centauro.
No había día que lo desperdiciáramos. Siendo una hacienda lechera habían
encontrado lo más lógico industrializar la leche extrayéndole la grasa y
transformándole en mantequilla. Para ello, habían instalado una fábrica
muy bien montada pero que a mi parecer se desperdiciaba mucho la leche,
que luego la botaban como cosa inservible. Sin embargo, había varias
gentes que tenían el permiso de tío Manuel para llevarse la leche “cuarro”
como ellos la llamaban y que les servía como alimento para los chanchos o
hacer quesos que parecían de caucho.
Pero esto, no tendría nada de interesante si no hubiese habido de por medio
Georgina: una preciosidad de jovencita maravillosa, ingenua que tendría
apenas unos 15 años y que andaba con un hermanito que le ayudaba a
llevar los baldes de leche cuarro hasta el pueblo. O sea que el flechazo fue
mutuo, pues no me rechazó y por varias ocasiones conversábamos en los
potreros a manera de citas amorosas, pero que de ello no tenían nada
porque el hermanito no sabía pestañear mientras estábamos juntos, aunque
con él me mandaba papelitos dándome cita en tal o cual lugar. Un día
desapareció y no la vi más. Aún sonrío cuando evoco tales juegos de
niños.
Todo tiene su fin y estas vacaciones de gratos recuerdos también habían
terminado. Había que regresar al colegio.
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CAPÍTULO V
Ahora el colegio tenía nuevas connotaciones: entrados al quinto año
teníamos que prepararnos para ser futuros maestros de escuela. Éramos los
nuevos alumnos maestros y, tanto Decraby como Pestalozi y muchos otros,
por fin pasarían a demostrar que se podía enseñar.
Era un cambio enorme en nuestras vidas; ahora sí, en serio veíamos la vida
y para lo que nos habíamos preparado.
Desde el cuarto curso, yo sabía que como profesor tendría que alejarme de
los míos y con dolor me preparaba para que la familia y yo no suframos
mucho la separación.
Poco a poco quería desligarme de los afectos familiares y para el efecto
comencé a tomar actitudes liberales que nadie comprendía ni se paraba a
averiguar: primero, cierta indiferencia a los hechos de casa, cierto
desprendimiento del cariño maternal, más tiempo lejos de casa, llegar lo
más tarde a dormir. Todo ello motivó para que se me tomara como un
joven rebelde, terrible. Para mí, era muy doloroso actuar así; pero
comprendiendo que sería inútil cualquier explicación con paciencia
soportaba las raspas que me daban e incluso a veces me pegaban; pero yo
persistía en mi propósito; permanecía en cualquier puerta de calle
esperando que se hiciese una media hora más tarde que la noche anterior
hasta que me considerasen un caso perdido.
Algo mitigó el mutuo dolor cuando una vez graduado tuve que dejar la
familia.
En el colegio las cosas me preocupaban un poco pues, si bien los
compañeros sabían lo pobre que era; porque siempre me habían visto con
zapatos o prendas de vestir fuera de mi talla porque me ponía las que mi
hermano Jorge o el Julio ya no las usaban. Ahora tendría que como alumno
maestro presentarme a las clases de las escuelas y; sabía como eran de
imprudentes y hasta crueles los niños cuando de burlarse se trata.
En realidad no tenía un terno formal y mis pantalones tenían remiendos
muy visibles atrás y, esto sí me preocupaba; aunque cuando se trataba de
escribir en el pizarrón lo hacía inclinándome hacia atrás, capaz de que la
falda del saco tapara algo.
La necesidad mueve el ingenio: había salido como novedad los
estilógrafos. Yo no sabía el mecanismo hasta que a mi hermano Julio le
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compraron uno de color rojo; con un canutero al que amarré una ampolla
de inyección llena de tinta y, ¡ya tenía mi estilógrafo! y… escribía.
Me preocupaban mucho mis estudios y hasta soñaba que perdía el año; por
ello, estudiaba seriamente; quería ganarme una beca para poder comprarme
ropa y zapatos. En efecto, en sexto curso me dieron una beca de 40 sucres.
Fue un verdadero alivio.
Mi hermano Julio tuvo el coraje de ingresar al Colegio Militar. Y digo el
“coraje” porque en la situación que vivíamos era una verdadera locura. Se
sabía que la tal carrera militar estaba reservada para las gentes de dinero y
clase media de la sociedad.
Fue enorme la alegría, el orgullo que nos proporcionó; pero, más grande
fue la preocupación del cómo afrontarla: sólo el equipo costaba por los
cuatro mil sucres.
Toda la familia se movió: los ahorros de mi hermano Jorge fueron el
grueso de la solución, hasta un corte azul de casimir destinado a un terno
para mí, se puso alas y voló.
Toda la familia arrimó el hombro para ayudarle; sabíamos que
comenzábamos a subir el camino hacia arriba. Con qué gusto mi hermano
Jorge le regaló un reloj nastrix –para que no se sienta menos entre los
compañeros-. Pero, él no podía usarlo en el Colegio de tal manera que le
heredé yo como otras cosas.
Mi hermano Jorge siempre fue nuestro modelo y eso que él, casi no
hablaba pero actuaba. Se vestía de lo mejor y con un gusto especial serio y
formal. Nosotros no sabíamos cuanto le importábamos pues, él se había
sabido quedar sin irse al cine pero nos daba unos sucrecitos el domingo.
Llegó a tanto su desprendimiento que, una vez que se probaba un terno que
le acababan de entregar frente al espejo y que le quedaba de maravilla, al
verlo yo entusiasmado le decía:
-¡Qué lindo que le queda ese terno Jorgito!
-Eh. ¿Te gusta?
-Le queda a las mil maravillas…
Seguramente él vio ojos de admiración y orgullo que también él con una
sonrisa también de orgullo me decía…
-¡Tomá! Ponete vos…
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No sabía si arrepentirme de haberle admirado o avergonzarme de su
nobleza. La verdad; con ese terno me gradué de profesor y de alumno en
la escuela de la generosidad y la obligación de ver por los demás.
Pero la vida tiene también su escuela de violencia y yo había sido un
testigo obligado de ella; tanto que el día que había dado una clase de
aritmética como alumno maestro en segundo grado de una escuela anexa al
colegio, fui llamado la atención por el preceptor del grado que argumentaba
que no había dado todos los pasos pedagógicos pese a demostrarle con un
alumno presente lo equivocado que estaba y quería ponerme una mala
calificación. Tosudamente insistía y en el calor de la discusión llegó a
empujarme; fue un craso error porque mi reacción fue violenta y él tuvo
que retroceder y al hacerlo se cayó. En ese instante pasaba casualmente el
Director por allí y lógicamente el resultado no podía ser otro que la
suspensión del alumno maestro. Fui suspendido 15 días, pero no perdí mi
beca.
Digo que había asistido a una escuela de violencia involuntariamente. Sé
que la hay en todas partes; pero la mía fue muy cercana: fue en mi casa.
No quiero juzgar y nunca lo haré, pero, mi alma de niño, luego de joven y
más tarde de adulto se resintió enormemente porque no estaba en mi
naturaleza.
Desde los relatos que daban escalofrío, de mi hermano Jorge; de una vida
sin nombre; donde él creía que sólo se comía cuando había que comer,
desconociendo lo que es desayuno, almuerzo o merienda; que tenía que
caminar por un camino lleno de piedras agudas como vidrios que
destrozaban sus pies descalzos y sin poder decir ni ¡Ay! O, ver al padre
beodo que arremete contra toda la familia, especialmente la madre. O, ya
jovencito, sentir los latigazos que le propinaba el padre en su lugar de
trabajo; latigazos que dolían menos que la vergüenza de sentirse vejado y
humillado.
O, saber que Julio prefirió herirse una mejilla para aplacar la ira del padre
por la pérdida de un gallo de pelea… Me lleno de preguntas que nunca han
tenido contestación: ¿era necesario hacerle sentir extraño a la familia
diciendo que fue hallado envuelto en un cuero debajo de “la piedra
grande”?
¿Era necesario cazarle con una pértiga a un bebé que se refugiaba debajo de
una cama?
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¿Era necesario, era justo el despertar con un fuetazo en la madrugada
porque no se levantó a tiempo a hacer un mandado?
¿Fue inconciente el hacerle sentar de un empujón a un niño en la olla de
comida hirviendo mientras se ponía delante defendiendo a su madre?
¿Lo fue también cuando recibía un martillazo en el cráneo porque
momentáneamente se distrajo en el trabajo?
¿Era justa la zozobra que se vivía sábados y domingos cuando se sabía que
vendría el padre borracho y maltrataba inmisericordemente a la madre?
¿Era justo vivir en ese terror?
¿Era natural que en un arrebato de ira le clavaran una tijera en la nalga
cuando el niño trataba de escapar? O ¿que rompieran la tabla de un
armario al impacto de una madera que no llegó a tocar al culpable?
Cuántas veces rogaba a mi madre que no provocara a mi padre… ¡No! no
se me oía.
¿Otra vez que la madre se refugiaba con uno en una pieza e la vecindad, el
padre se daba de cabezazos tratando de romper la puerta y la madre prefería
sacrificarse y salir antes que él se haga daño y ser arrastrada de los
cabellos?
Alguna vez en pleno almuerzo los hijos fueron testigos de cómo el padre
ante un reclamo justo de la madre, con una pesada cuchara de bronce le
rompía la cabeza…
¿Era justo que el hijo tenga que interponerse delante del padre borracho
cuando con un cuchillo trataba de alcanzar la madre?
¿Era justo que el padre maldijera al hijo ya joven que le enfrentaba por
defender a su madre?
Nunca he hallado respuestas… Y, hoy al ser padre la pregunta es más
indescifrable aun para mí.
Habría querido preguntar a mi madre sobre el motivo de tanto sacrificio de
su parte; pero eso me creaba más peguntas que respuestas.
¿Cómo pudo pasar que al cabo de muy poco tiempo dos jóvenes sanos y
normales bajaran tanto económicamente y en estima capaz de llegar a vivir
en casas abandonadas, ella quedar descalza y él usar alpargatas?
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¿Nunca se planeó el presente, peor el futuro como personas o como
familia?
¿Qué milagro los sostuvo unidos en semejante desgracia y por tanto
tiempo?
¿No eran suficientes los malos tratos, la miseria y el egoísmo para buscar
más bien una separación?
¿No hubo amor desde un principio?
¿No se pensó en los hijos que venían?
Yo, sólo sé que veía a mi madre consumirse callada y miserablemente cada
día, cada hora. Nunca le oí quejarse o lamentarse de su situación ni de sus
dolores.
Talvez sabía que no tenía una tabla de salvación y que ella y sus hijos no
tenían a donde volver los ojos, ni siquiera para mendigar un mendrugo.
¿Era el deber? ¿Era el juramento en un altar?
Ahora sé que aquel sacrificio no fue en vano; fue también una escuela. La
escuela de la vida; donde, del dolor nace la fuerza; de la venganza la
superación; de la angustia la esperanza; del sacrificio el amor a la justicia;
de la resignación al triunfo, al premio a la gloria. Yo sé que los hijos
guardan en el rincón más sagrado de su corazón el recuerdo de su madre;
nosotros la llevamos circulando todos los días en nuestra sangre
procurando ser siempre medianamente dignos de su memoria.
Hasta el último momento de su vida, cuando el cáncer la consumía, con su
doloroso silencio parecía decir: “No importa mi sufrimiento porque sé que
debo padecer todos los dolores para que los hijos no lo sufran”.
La vida como un campo de trigo nos veía crecer y ni los vientos helados y
persistentes del páramo lograron romper nuestros tallos.
Los soles fecundos de los buenos ejemplos maduraron nuestros frutos.
Hubieron noches fantásticamente bellas en nuestros sueños; mi hermana
Bertha era la argonauta que nos llevaba con sus sueños a caminar sobre el
arco iris hasta la otra orilla, la ansiada orilla donde no había angustias,
pobrezas ni escarnios. Sus sueños nunca nos parecieron sueños sino metas
a donde llegar porque en nuestra sangre había orgullo y en nuestro corazón
la fuerza necesaria.
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Los inviernos crueles, las noches obscuras no lograron abortar la dorada
mies, más bien la robustecieron. Como los trigos de los cuentos de hadas
fueron creciendo, haciendo mujeres íntegras y hermosas y varones robustos
de pasos firmes y frentes levantadas con sus raíces ancladas en la familia
cada cual buscando un surco donde agarrarse a la vida y poder crecer.
El último curso, si bien había tenido sus tropezones había sido
relativamente agradable y rápido. El momento menos esperado habíamos
llegado a enfrentar la graduación, y con ella el terrible dilema de si nos
tocaría un buen tribunal, de si podríamos contestar correctamente las
preguntas, de si no nos levantarían el grado.
Asistíamos a los grados de los compañeros con los nervios en la piel, las
manos sudorosas, los ojos de espanto y cada pregunta retrocedía nuestra
memoria a los cuadernos que acabábamos de dejar.
¿La nota? No importaba; el asunto era graduarse. Nos habían puesto en
una lista y a ella se regían rigurosamente.
Antes que a mí, le tocaba a Salgado; pero Salgado no asomada.
Fui en su busca… no vayan a querer que me toque a mí y ¡No! No era el
momento, fracasaría; estaba terriblemente nervioso.
En las gradas encontré a Salgado.
-A vos te toca… te están esperando. Yo creo que voy a fracasar estoy
terriblemente nervioso.
-Andá a la tienda de enfrente pedí un trago y verás que enseguida te calmas
–me decía-.
Lleno de incertidumbres llegué a la tienda…
-¡Señor! Deme una copita. Con la copita no sentí ningún alivio.
-Deme otrita por favor…
Cuando subí las gradas sentía un leve mareo. Luego… lo que recuerdo era
que estaba sentado en una silla delante de un escritorio y al otro lado el
Omoto Stacey, el Cuico Bastidas, el Negro Aráuz, el Suco Yánez y alguien
más; pero estaban cambiados: El Omoto Stacey se reía con una boca que
se abría de oreja a oreja; el Suco Yánez escondía medio baja la cabeza para
no reírse y el Cuico Bastidas y el Negro Aráuz subían y bajaban no sé
cómo; mientras yo golpeaba la mesa reforzando dizque mis argumentos.
111
¡Al fin! Dios que cuida de los inocentes hizo que los maestros
comprendieran mi situación y disimularan el papelón que acababa de
cometer.
¡Al fin! ¡Me gradué! ¡Se acabó, se acabó!
En la casa supieron de mi graduación sólo cuando subí a agradecer a la
Mama Toya por todas sus ayudas.
El hermano mayor, casi enseguida se casaba. Una ceremonia íntima, breve,
al apuro como cuando se quiere que pase un purgante.
-Yo, ya me caso. Ahora te toca a vos sostener la casa. -¡Sentenció el
hermano!-.
-¿Y ahora? ¿Dónde busco trabajo?
Algunos compañeros se habían adelantado y ya tenían destinos: Benavides
iría a Píntag, su tierra; Dalgo y Ruiz a Archidona; Aizaga a Milagro; Loza,
Larrea y Morán a Ancón. Paz y Miño quedaría a escribir en el Comercio;
Proaño seguiría el Bachillerato en el Colegio Mejía; Toro y Romero a
Piñas. Sólo quedábamos muy pocos sin colocación. La situación era tan
apremiante que mi prima Blanca que era directora de la escuela Juan León
Mera de Quito, me había conseguido una vacante en Tabacundo.
-¿Dónde era Tabacundo? ¿Había ese pueblo? En verdad nadie sabía nada.
Mas, da la suerte que un día que trataba de averiguar dónde quedaba y
cómo haría para llegar allá, en la Dirección Provincial, me encuentro
precisamente con el director de la escuela que era el lugar de mi destino.
Con él, al otro día acordamos encontrarnos en la estación del ferrocarril del
norte para viajar a Tabacundo.
Tenía 17 años y unos meses y era el 21 de Noviembre de 1945. El día 19
se había descarrilado el tren en el sitio de Monjas y hubo muchos muertos y
heridos que iban de peregrinos al Quinche.
Un viaje, largo, cansado, pesado; eso sí, un poquito menos que el director
de la escuela que me acompañaba y que a toda costa quería hacer notar que
era muy, muy importante y que la distancia que separaba a un principiante
del director, era de muchas leguas.
112
Entre las 2 de la tarde llegamos al cruce del camino que va a Tabacundo y
allí nos bajamos. Un sol de plomo martirizaba un camino de arena estrecho
y tísico en medio de pencos, sigses, tunas; mi maleta, aunque sólo llevaba
unas cuatro pilches cosas, pesaba más por la distancia.
Al cabo de unas pocas horas llegamos a la población. ¿Qué había pasado?
Muchas casas mostraban sus paredes de bareque, desconchadas,
despintadas; seguramente pasó un huracán y desprendió las ventanas que
sostenían precariamente de una sola bisagra; pero, lo más extraño… ¡no
había gente! y las contadas que asomaban desaparecían presurosas en
puertas y zaguanes obscuros que parecían engullirlas. Un manotazo de
miedo cerró mi boca y no hice ningún comentario.
Llegamos a su casa:
-Señor: esta es mi familia –decía presentándome a unas personas que
demostraban claramente una curiosidad displicente- mi padre, mi madre y
mi hermana. En este cuarto va a dormir hoy, mañana ya buscará donde
alojarse.
Tabacundo era frío; pero no penetraba tanto en los huesos como el
recibimiento de la familia de mi director.
Al otro día fui presentado a los compañeros profesores: Neptalí y Rafael;
oriundos del lugar pero que enseguida se hicieron amigos.
Tenía el primer grado y debía enseñarles a leer, escribir y contar.
113
¡Gran susto! ¿Cómo sería de enseñar? ¿Dónde estaba la pedagogía
aprendida? ¿Por dónde empezar? Bueno… ¡Dios bendito! Lo único que
recordaba es que “Se hace camino al andar”.
Ya tarde, iría al telégrafo; quería mandar un telegrama a mi familia y
averiguar al mismo tiempo dónde había un hotel; porque aún me sonaba el:
“y mañana ya buscará donde alojarse”.
Llegado al telégrafo me encontré con que allí era reunión de algunos
forasteros; entre ellos un tipazo que se rió muy divertido cuando pregunté
por un hotel.
-¿Hotel compañerito? Si aquí no hay donde comer, peor un hotel.
-Bueno, a alguna parte tengo que ir porque… les conté lo del director.
-¡Uf! razón, si creen que son la sangre azul de por aquí.
Seguramente puse cara de ponerme a llorar porque el “Médico” que así le
decían a mi interlocutor me decía:
-Me llamo Jaime y soy el sanitario de este cementerio –mientras reía
divertido- y como no tiene a donde ir a dormir, le invito a mi cueva para
hoy y mañana ya veremos donde le alojamos.
Pie con pie, hacíamos que dormimos en una banca estrecha que hacía de
cama para el “Médico”. Vivía en casa de la señora Rosa Emilia que
también servía comidas. Y, ello fue bueno porque allí comían también
varios forasteros y entre ellos Gonzalo, quiteño, normalista y más aún
vecino de barrio.
Allí, permanecería varios días hasta que doña Rosa Emilia nos indilgaría a
una familiar suya que tenía una pieza desocupada.
La escuela donde trabajaba quedaba en un extremo del pueblo y como
estábamos en campaña de alfabetización de adultos, después de la merienda
era obligatorio colaborar por las noches.
Una noche, en que regresaba a donde vivía después de dar la instrucción de
alfabetización y tenía que forzosamente pasar por delante del cementerio
frente al cual un poste sostenía un foco terriblemente avergonzado de así
llamarse porque la luz que brindaba no llegaba ni a alumbrar todo el poste,
114
peor la calle. Sin embargo, dos sujetos conversaban al pie del poste y al
pasar les oí decir:
-¡¿Ah?! ¿Este es el maestrito nuevo?
-Acercándome ingenuamente preguntaba:
-Señores, ¿hablan de mí?
Dos relámpagos, dos botellazos: uno en cada hombro fue la respuesta
muda de los desconocidos que me pusieron en fuga todo desconcertado.
-¿Qué pasó? ¿Por qué me atacaron? ¿Qué hice yo?
No sé, no entiendo ni nunca entenderé por qué gente que no conocía, a
quien no había hecho ningún daño pudo atacarme salvajemente. Nunca
hubo una repuesta; sólo sé que el saludo del pueblo no fue muy amigable
que digamos.
Dormía la mañana del primer domingo cuando me despertó una banda de
música que tocaba una muy alegre “conga” que estaba muy de moda.
Curioso me levanté a ver qué celebraban. ¡Sorpresa! acompañaban a un
muerto al cementerio ¡Qué extraños eran!
-¡Médico! ¿Por qué no vamos a hablar donde la señora que nos indilgó
doña Rosa Emilia?
-Inútil compañerito… a mí, nadie me quiere arrendar.
-¿Por qué?
-Dicen que me gusta mucho tomar… ¡Mentira! Yo odio el trago, tanto que
le quiero hacer arrodillar; por eso me sacrifico –decía mientras hacía gestos
de perfecta inocencia.
De tal manera que yo fui solo a hablar con la viuda para arrendar el cuarto.
Éste daba directamente a la calle y había sido una especie de troje para los
granos que la señora cosechaba en su parcela.
La señora era viuda, alta, huesuda, nerviosa que semejaba un cabo de vela a
medio consumir.
-Bueno señor, ya puede pasar desde mañana sus muebles aquí.
115
¡Muebles!. Recién me daba cuenta que no tenía cama, ni colchón, peor
muebles.
-Señora… no podría alquilarme usted una cama, un…
-Señor… allá al frente, en esa tienda hay unas señoritas Aizaga que talvez
le puedan alquilar. Allá fui.
-¿Las señoritas Aizaga por favor?
-¿Qué se le ofrece señor? La que así hablaba era una joven ya madura,
pequeña, morena y de cara bondadosa.
-Soy Ruperto, el nuevo maestro de la escuela de San Blas y la señora de
enfrente me ha dicho que talvez usted me pudiera alquilar una cama, un
colchón porque acabo de arrendarle una pieza que tenía vacía.
-Sí sabemos quién es usted porque aquí al lado es la casa de los padres del
director de la escuela. No podría alquilarle porque eso sería una inequidad
de nuestra parte. Y, en ese instante se asomaba curiosa una señora
pequeña, morena, entrecana que tenía una cara que decía a las claras que le
había caído bien.
-Tenemos unos muebles que no son muy bonitos y que le podemos prestar.
Debe ser muy triste tan joven salir de casa a pasar incomodidades.
-Bueno, le diré que es la primera vez que salgo de casa y pensé que aquí
habría un hotel o pensión donde llegar; por eso, he venido como me ve;
talvez más tarde podré traer en el tren algunas cosas.
-¿El tren? Dios mío; si parece que vivimos al otro lado de la luna,
semejante lejura y no hay ni siquiera un carro; sólo llegan hasta Cayambe.
No se preocupe, nosotros le prestamos no más mientras usted trabaje aquí.
Al otro día, con el médico nos pasábamos al nuevo cuarto; él con sus
pilches y yo con cama, colchón, mesa, silla y hasta escoba.
De la luz… ni hablar, tendríamos que usar espermas. La primera noche
después de una larga conversación apagamos la esperma y a dormir.
¡Dormir! A poco sentí unas pisadas como que habían entrado perros.
116
-Médico, ¿cerró la puerta?; parece que han entrado perros.
Prende la vela y una alfombra parda se ondula a nuestros pies y por el
cuarto; que con la luz, cientos de ratas y ratones buscaban aterrados los
agujeros de donde habían salido. Yo, que era muy conocido de estos
pequeños seres y que no me gustaba verlos, peor cerca y tantos, quedé
aterrado. Solución: dormir con la vela encendida hasta que mañana el
“Médico” metiera un quintal de raticida en cada hueco. Así se hizo:
taponó con tusas y papeles todos los huecos. Durante varias noches oímos
morir a las ratas que, se daban contra el entablado. Así se saneó todo y
quedamos en paz; salvo que una mañana se despertó el Médico con un
ejemplar que había durante la noche aplastado bajo el brazo.
Se estableció así una amistad muy agradable. El “Médico” resultó ser un
quiteño de cepa, con chispa y todo que había ido a parar a la antesala de la
luna –como llamábamos al pueblo- a olvidar la tremenda experiencia de
haber visto a su esposa en brazos de otro hombre. Era un tipo que, aunque
amargado, hermosamente romántico y en sus horas de tristeza le gustaba
mucho cantar: Sonia. Esa canción rusa que era tan propia para él y que al
oírla me partía el corazón. La cantaba con tanto sentimiento que a veces se
le iban las lágrimas.
Por las noches, y a veces hasta la madrugada leíamos “Sonia o los martirios
del pueblo ruso”; una preciosidad que nunca más he vuelto a leer. Otras
veces, sentados en las camas arreglábamos la ropa “a nuestra manera”. Yo,
haciendo trucos con cada hueco de media que trataba de soletear, mientras
él me decía:
-Cuando vuelva a Quito, tráigase hilos de lana bien gruesos que así se
soletean rápidamente las medias.
En la escuela tenía una veintena de alumnos que no sé cómo; pero iban
aprendiendo a leer y contar. Las mujercitas, más vivarachas aprendían más
rápido.
Los compañeros profesores y aun el director, eran buenas personas y en los
recreos entre charla y charla practicábamos la barra y sacar físico.
A las cuatro de la tarde se acababa la jornada de trabajo y yo quedaba mano
a mano con mis recuerdos, mis nostalgias y mi yo íntimo. Una especie de
frío me corría por la columna vertebral que no me gustaba y más bien
procuraba salir junto con mis compañeros al centro de la población. En tal
recorrido me extrañaba mucho no ver gente; de cuando en cuando en una
puerta o en una ventana se veía una sombra que espiaba y se ocultaba.
117
Tampoco ahí me gustaba irme a mi cuarto porque comprendía que yo
mismo no era buena compañía; entonces, enrumbaba a lo del telégrafo.
El telegrafista era como todos los telegrafistas: blanco, pálido por falta de
sol, fácil de hablar por la costumbre de recibir gente en su oficina; natural
de Otavalo, casado, con hijos y una hermanita que me comía con los ojos.
Allí venía también a refugiarse Portugalito como todo el mundo lo llamaba.
Él, se había hecho de ambiente entre los forasteros y uno que otro de la
población, pues trabajaba allí un par de años. Tempranamente había
madurado y era un hombre completo pese a sus cortos años. Su
experiencia formaría poco a poco mi carácter. Había corrido una serie de
aventuras galantes muy sabrosas y pintorescas que endulzaron más de una
vez nuestra conversación. Contaba que cuando era muy niño su padre le
dio una lección muy dura: le subió a una mesa y de allí le invitaba a tirarse
a sus brazos; cuando lo hizo, él se retiró y Portugalito cayó al suelo,
mientras lloraba le decía “Acuérdese mijo para que en la vida no confíe en
nadie, ni en su padre”. Sus experiencias recontadas a lo largo de la amistad
que íbamos teniendo, se acumulaban como diccionario en mi vacía
memoria.
Cantaba muy bonito y tocaba la guitarra con gran habilidad; y eso me
gustaba mucho. A la salida de clases comenzamos a encontrarnos y a
frecuentar la cantina del Mono Alejandro.
-¡Don Alejandro! Dése unos sanduchitos.
-Lo que usted guste don Portugalito… y nos servía unos sánduches de
queso que, talvez por el hambre veíamos en medio del pan una lámina
transparente que él juraba que era queso.
-Don Alejandrito: así, solito el sánduche ¿no le da miedo que nos
atoremos? Dése una cervecita… con la cervecita venía la guitarra; después
de unas templadas y unos acordes venían las canciones y con las canciones
venían más cervezas y con ellas las horas. Yo también ensayaba a cantar
algunas canciones que sabía: boleros, pasillos, guapangos y marineras.
Me gustaban enormemente aquellos momentos porque así recordaba a mis
padres, mi familia, mi barrio.
Allí comprendía porqué Portugalito había hecho amistad con algunos del
pueblo y más aún el porqué despertaba gran interés entre las mujeres. Él
había sido comensal donde el Mocho Cisneros, donde comían los forasteros
y las Profesoras que él, se cuidaba mucho de no presentarnos. Algunas
veces se unían a nosotros algunos compañeros y, entonces las veladas se
prolongaban hasta muy tarde; nos unía a todos la soledad y la nostalgia. La
guitarra era como una dulce mano que escarbaba en lo profundo de
118
nuestros sentimientos haciendo aflorar los recuerdos y nosotros mismos
vibrar al son de las letras y la música. Y es que el medio en que vivíamos
era un grande pañuelo para llorar.
Recuerdo un cualquier domingo: la mayor diversión es asistir a la salida de
la misa dominical. Una iglesia grande; demasiado grande para un pueblo
sin gente; frente al pretil, un parque más solitario que mi alma, donde las
plantas parecen aburrirse viendo las mismas caras. Las gentes salen
dobladas como si el sermón del cura les hubiese encargado las penas de los
demás. Las mujeres, envueltas en sus pañolones casi todos negros, que les
cubre parte de la cara dejan más que ver, adivinar unos ojos curiosos y
desconfiados; los hombres tras de las mujeres custodiándolas, atentos a la
menor manifestación de los curiosos.
Pasado el minúsculo desfile, sólo queda uno que otro parroquiano como
papel higiénico votado en el suelo.
-¡Don Portugalito! Qué se ha hecho que no le hemos visto últimamente…
-Trabajando no más señor Centeno.
-¿Y el joven?
-Es mi paisano y el nuevo profesor de la escuela de San Blas. Y, van las
presentaciones:
-Este es mi amigo De la Torre.
-Mucho gusto…
-¿Qué le parece don Portugalito si festejamos al nuevo maestro?
Y, así diciendo nos dirigieron a la primera cantina de la esquina del parque.
En sendos banquitos rústicos tomamos posesión de una mesa tan triste
como yo. Allí, el frío de la mañana pone música de castañuelas en nuestras
bocas.
-¡Don Rodriguito! Sírvase unas seis botellas y unos cuatro vasos.
Tomar cerveza en este frío –me digo yo admirado. Pero más admirado
quedé cuando veo pasar seis botellas de licor y más aún cuando veo que
llenan los vasos hasta el borde con el licor.
¡Salud! Y suás que se pegan de un solo trago todo el vaso de licor.
119
Donde fueres, haz lo que vieres… dice el refrán del aprender a vivir y yo,
cerrando los ojos me mando también todo el vaso ¡Y, nada! Tal era el
frío… Eran las 10 de la mañana.
Después al almuerzo donde doña Rosa Emilia. En un corredor de tierra
junto al patio empedrado una mesa grande de madera y a cada lado unas
bancas, era el comedor. A un costado una pieza grande, negra del cocinar
con leña; en una rendija entre la cocina y el patio quedaba la cueva del
“Médico”. Arriba, en el segundo piso quedaban seguramente los
dormitorios.
Completaban el cuadro: César, el hermano borracho de doña Rosa Emilia
que no se le hacía pizca de cuidado el vomitar desde arriba su borrachea
mientas estábamos comiendo y Clementina la criada tampoco se cuidaba de
limpiar las diarreas del José Luis con el delantal que servía.
¡Doña Rosa Emilia ha hecho pastel de mortiños! –decíamos admirados al
entrar y ver una bandeja en la mesa con los mortiños ¡Qué mortiños! Al
acercarnos alzaron el vuelo cientos de negras y grandes moscas que cubrían
el pan.
Alguna vez, pese a no saber nada de gallos, fui a la gallera; pues era una
novedad que allí hubiera gallera ya que nunca vi un gallo; y no estaba vacía
y ¡Dios bendito! hablaban y discutían como en cualquier otra parte. Se
jugaban dos gallos muy bonitos que dos hombres sostenían en sus manos
mientras se hacían las apuestas. Era muy notoria la diferencia de los dos
hombres: el uno que vestía poncho y se mostraba preocupado y el otro que
vestía botas, sombrero y corbata que se paseaba muy orondo por el
redondel y decía que su gallo no peleaba por menos de cincuenta sucres.
-¿Nadie tiene cincuenta sucres?
-Hemos reunido treinta señor Hurtado…
-Por menos de cincuenta sucres no se ensucian las patas de mi gallo…
Hería esa prepotencia.
120
-¡Va los cincuenta! –me oí decir; mientras era el blanco de todos los
presentes. Ya era tarde para desistir, de tal manera que me tocó sacar toda
mi fortuna y poner en manos del juez.
Se jugaron los gallos; se carearon, se despedazaron y al fin uno quedó sin
pico mientras el otro medio ciego le buscaba sin encontrarlo; al fin, le
sintió que estaba delante, alzó las patas y en un revuelto de plumas y
alboroto de la gente, el sin pico se acostó en el suelo. ¡Ganó el gallo que yo
aposté! Cogí la plata y me juré nunca más pasar esos sustos.
Los fines de semana eran un tormento; cada cual se iba por su lado y yo
tenía que meterme en mi cuarto a arreglar la ropa y escribir algo.
Cuando llegaba la quincena íbamos al correo y allí nos pagaba un señor
muy serio y ceremonioso de apellido Mármol; bueno, Mármol tenía que ser
porque allí todos o casi todos son Jarrín o Mármol. En ese día siquiera se
veía reír a la gente, aunque sea por un ratito; como era el caso mío que
entre pagar el arriendo, la comida y unas cuentas donde el Mono Alejandro,
mandar un poco a la casa, el dinero no estaba sino instantes en mis manos.
Me preocupaba el que casi no tenía ropa y no podía ahorrar nada para
comprarme.
A poco, una verdadera novedad cayó en el pueblo: un señor de apellido
Olmedo había traído un bus para hacer el recorrido Tabacundo-Quito. Fue
general la alegría del pueblo y creo que éste no le defraudó; porque si bien
en un principio hacía dos viajes por semana, pronto lo hacía diariamente.
Las cosas se facilitaron grandemente yo mandaba la ropa sucia a casa y
regresaba arreglada y con golosinas que el “Médico” y yo devorábamos
inmediatamente.
Era muy curioso ver que, desde la entrada al pueblo los chicos seguían a la
carrera al bus hasta el parque, donde ya estaban reunidas algunas gentes
que esperaban a algún pasajero o simplemente curioseaban.
Las reuniones donde el Mono Alejandro se habían incrementado y algunas
veces nos acompañaban Neptalí, Rafael, Jorge y a veces el Médico.
También venía un señor inspector de alcoholes que cantaba muy bonito con
voz de tenor y me enseñaba a respirar para alcanzar las notas más altas en
algunas canciones.
121
Sobre todo, los fines de semana, después de las clases nos quedábamos
hasta muy tarde abusando que teníamos crédito.
Cuántas veces acabábamos tomando un licor que sabía a cal y luego
provocaba más sed.
Resbalaban sobre nuestra nostalgia aquellos boleros de los Panchos, los
pasillos y por momentos nos hallábamos en otro lugar; dejábamos de sentir
la hostilidad de las gentes; parecía que por momentos estábamos en
nuestros barrios de Quito.
Entre canción y canción salían a flote el relato de las aventuras de cada
uno, la experiencia y también por qué no un consejo para quien quería
aprender; pues todos eran mayores que yo; todos habían tenido sus
enamoradas o sus amantes; mientras que de mi parte no podía aportar nada
porque no había tenido ni lo uno ni lo otro. Sólo aprendía cómo es de vivir
o cómo es de actuar en tal o cual circunstancia. Para mí, todo era nuevo:
no había tenido ni amigos ni hermanos que tuviesen estas experiencias que
sólo da la experiencia y las circunstancias.
Cierto fin de semana Portugalito me decía:
-Vea, quisiera que me acompañe a una invitación que me ha hecho una
familia Mármol.
-Pero ¿cómo voy yo a asomar allí si a mí no me han invitado?
-Aquí es así, no se preocupe, ya le dije también al Médico. Creo que habrá
bailachi…
A la hora en punto estábamos golpeando la puerta de la familia.
Inmediatamente nos abrieron y nos hicieron entrar.
Como a Portugalito le invitaban por sus habilidades con el canto y la
guitarra, yo me imaginé que había también otros invitados. Cuál la
sorpresa que la tal invitación no tenía ni patas ni cabeza a mi entender.
La casa tenía por delante un pequeño jardín atapialado por todos los
costados; frente a la entrada estaba directamente el cuarto al que nos
hicieron entrar.
La primera impresión fue muy deprimente para mí; pues, se trataba de un
cuarto pequeño con piso de tierra cubierto parcialmente por una vieja
estera, en uno de los rincones una cama y en ella una mujer seguramente
122
enferma, estaba sentada medio cubierta por las cobijas; en el otro rincón al
frente había una mesa y en ella una lavacara con papas cocidas y choclos,
casi junto había otra lavacara más pequeña llena de chicha y un jarro de
loza; un par de sillas de madera completaban el mueblaje. ¡Ah! También
habían dos señoritas de negro medio mayorcitas con sus semblantes entre
sorprendidas y avergonzadas.
Se hicieron las presentaciones de costumbre y los dos hermanos Mármol se
hacían los obsequiosos y comenzaron a servir la chicha en el jarro. Parecía
que tenían prisa en que se iniciara la diversión y nos servían seguido,
seguido la chicha.
Al fin, le pidieron al Portugalito que cantara y con ello prácticamente nos
invitaron a sacar a bailar a las señoritas. Primero se deshicieron de la estera
de tal manera que el Médico y yo iniciamos en el piso de tierra una especie
de baile.
No pasó mucho tiempo y como la chicha empezaba a hacer sus efectos, yo
salí al jardín con el fin de hacer pis; me llamó mucho la atención que
hubiesen puesto candado a la puerta del jardín. Estos quieren tenernos
hasta la madrugada –pensé- y al volver al cuarto le decía al Portugalito:
-Estos creo que quieren tenernos hasta la madrugada porque han puesto
candado en la puerta del jardín.
-¿Está seguro? –me decía muy serio.
-¡Claro!
-Vea cholito: después de un ratito salga al jardín, salte la tapia y ¡sálvese!
Como la cosa más natural del mundo, salí al jardín y como allí mismo
había adquirido cierta práctica en saltar muros, salté éste sin dificultad.
Casi enseguida saltaba el Médico y a poco la guitarra del Portugalito caía
en mis manos seguida del Portugalito que, bien se entiende me había
enseñado la mejor manera de salir de un jardín con candado.
En instantes oímos voces airadas que trataban de abrir el candado y la
puerta. Nosotros volábamos haciendo milagros de equilibrio en el
empedrado desigual y rústico. Nos seguían con piedras, palos, insultos que
nosotros educadamente cuidamos de no devolverlos hasta estar a buen
recaudo.
-¿Qué pasó Portugalito? ¿Por qué trataron de golpearnos?
123
-¿Golpearnos? ¡Matarnos dirá usted! Estos chagras no se iban a contentar
con apalearnos, por eso echaron candado en el jardín.
-¿Pero, por qué? Si le invitaron…
¡Silencio total y cómplice! No había para qué preguntar más. Nos hicieron
una encerrona con el fin de lavar alguna manchita que, por puro descuido
debió dejar caer el Portugalito.
En otra ocasión caímos presos: Portugalito, Villacís, Mármol y yo.
En el barrio de la escuela donde trabajaba había hecho por casualidad
amistad con Virginia; una chica que también por casualidad se cruzaba
cuando yo salía de la escuela.
Era una chica agradable, casi bonita, de ojos claros y rubia que, talvez tenía
mi misma edad. Me había presentado a una amiga suya que por casualidad
conversaban cuando yo salía de clases.
-¡Ruperto! Le presento a mi mejor amiga…
-Mucho gusto señorita… Yo pensé que por estos arenales no se cultivaban
flores tan delicadas y hermosas. Gran risa de las dos. Cómo se ve que
usted es de Quito.
-¿Son así todos tan galantes?
-No sé señorita… sólo sé que habló la parte más sincera de mi corazón.
Nuevas risas, un tanto nerviosas y enseguida Virginia tenía que hacer algo
urgente y se fue.
-Se va Usted para el centro?
-Sí, claro por allí vivo.
-¿Le puedo acompañar?
-¡Oh! Bueno aunque por aquí la gente es muy habladora.
-¿La gente? ¿Dijo usted? ¿No será más bien “el gente”?
-¡No! Dios santo… mis papás son muy estrictos.
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Total que resulté acompañándole hasta su casa que queda por el parque a
un lado distante de la iglesia.
Era una niña bastante bonita, seguramente educada en Quito porque era
completamente diferente a sus paisanas; rubia de ojos verdes, seguramente
de mi misma edad y seguramente muy acomodada al ver sus modales, sus
vestidos y su casa.
De allí surgió una especie de curiosidad tanto de ella como la mía que, me
permitía al caer la noche saltar el muro de su huerta y correr a refugiarme
en un árbol que había en el centro al ser perseguido por los perros de la
casa.
Al oír los perros, ella salía y mientras yo estaba encaramado en el árbol,
ella abajo conversaba conmigo. Cuando quería bajarme, ella decía que se
iría adentro. Santa paciencia… decía yo algún rato permitiría que me baje.
Luego ella se iba con los perros y yo podía bajar del árbol, saltar la tapia e
irme a mi casa.
Según el artículo No. 2 del código de consejos del Portugalito, era
necesario de toda necesidad un “serenito” a la guitarra. Organizamos uno
para Sulemita que así se llamaba mi amiguita:
¿La hora? Mas bien temprano. Portugalito cantaba, yo le seguía, Villacís
con las maracas y Mármol hacía de campana. Se cantaron dos boleros muy
sentidos y comenzábamos el tercero cuando se oyó la voz muy disgustada
de un hombre que decía:
-¡Es prohibido dar serenatas! De todas maneras terminamos pero mi amiga
no salió.
Al otro día, muy temprano me llegó una citación del Jefe Político del
Cantón para las 12 horas de ese día. Iguales citaciones habían recibido los
otros compañeros, de tal manera que a las 12 en punto estábamos como
gatos escaldados en el despacho del Jefe Político.
También en punto llego él y de entrada nos dijo:
-Les he citado por cuanto ustedes han cometido una contravención de
segunda clase al perturbar la tranquilidad pública con un sereno y esto es
penado por la Ley con prisión o multa.
-Señor secretario… anote la identificación de cada uno.
-¡Usted señor! ¿Cómo se llama?
125
-Ruperto señor.
-¿Qué edad tiene?
-Diez y siete años señor…
-¿Diez y siete? Señor Jefe Político el señor es menor de edad.
¡Menor de edad! No le podemos juzgar…
Y como la contravención es de todos, tampoco les puedo juzgar a ustedes –
decía el Jefe Político mientras se sonreía socarronamente.
-Vean señores… entiendo que todos ustedes son profesores y como tales
les puedo hablar claramente: Ustedes no pueden llevar serenatas si no
tienen el permiso de esta oficina. Por hoy, quedan en libertad.
-Gracias a este niño;
comprensivamente.
mientras
me
palmeaba
en
la
espalda
Ya afuera el Portugalito decía:
-Pedir permiso para dar serenos… Como que él nos iba a dar tratándose de
su hija.
¡Hija! ¿hija? ¿Sulema es hija del Jefe Político? ¡Por qué no lo dijo antes!
-Porque no hubiera habido sereno…
Según el artículo No. 3 del Código Portugalino “El que la sigue la
consigue”. De tal manera que yo seguí escalando muros y corriendo a
salvarme en el árbol.
Pero, una noche en que estábamos en un tienda frente a casa de Sulemita,
se hizo noche; una noche negra y obscura más que conciencia de beata;
escalé el muro pero era tal la obscuridad que no sabía por donde tirarme a
la huerta. Salté a la huerta y apenas alcancé a pararme oí un tiro cerca mío.
Fue tal el susto que, me pegué como estampilla al muro; mientras una
linterna me alumbraba y el señor Jefe Político que seguramente hacía sus
necesidades me decía:
-¡Jovencito! ¿Usted por aquí? ¿Qué pasó?
126
-Verá señor: Usted sabe que a mí no me gusta tomar y mis amigos están
tomando en la tienda de enfrente y para evitar que la luz de la puerta me
delate mi retirada, subí al muro con el fin de saltar más abajo; pero resbalé
y ya ve las molestias que le causo.
-No es ninguna molestia, además comprendo su situación. Venga por
aquí… y diciendo esto me introdujo en su casa. Delante la familia reunida
seguramente por las radionovelas, les decía:
-Imagínense que este joven mi amigo ha tenido que escalar el muro de la
huerta para librarse de los borrachos de sus amigos.
Yo, que no sabía donde poner la cara de la vergüenza, lo único que
recuerdo es que, Sulemita me veía con la boca abierta y ojos de espanto
mientras yo abandonaba la casa.
Demás está decir que yo estoy convencido que el señor no se tragó el
cuento.
¡No! él, generosamente me daba una salida.
También
generosamente yo nunca más intenté escalar ese muro.
Años más tarde supe que Sulemita se había casado con mi gran amigo
Ansízar.
Los días pasaban como viejos gotosos que lentamente dan cuenta de las
horas, mientras el tedio les arrastra de las solapas. Una que otra aventurilla
sin significado ni recuerdo; sólo para no sentirse como el pueblo: muerto y
seco.
Pero era Potugalito el héroe de las jornadas; pues, tenía la suerte de que las
mujeres sin distinción y de toda condición le prefieran y él, muy fiel al
artículo No. 1 de su código que decía: “no quiero arrepentirme después de
lo que pudo ser y no fue”, no se alcanzaba. Contaban que con Centeno
hacían pareja para visitar unas profesoras y que hasta Portugalito prestaba
sus hombros para que Centeno pudiera alcanzar un balcón.
Por otro lado nuestras serenatas se hacían famosas y por ello nos hicimos
de amigos; hasta llegamos a formar un núcleo literario ya que el que menos
escribía poemas, prosa, versos; comprensible después de todo si vivíamos
en semejante destierro. Las amistades nos llevaron a frecuentar el único
salón de billar que había en el pueblo y que, como único entretenimiento
era frecuentado por gente de la población; pero nosotros fieles al artículo
No.4 del Código Portugalito que decía “No confiar ni en tu sombra” les
mirábamos con algún recelo, sabiendo perfectamente que no éramos santos
de sus devociones.
127
A pesar de nuestros cuidados, alguna vez tuvimos un episodio no muy
ventajoso para nosotros; pues, Portugalito despertaba muchas envidias,
celos y recelos de tal manera que una noche que jugábamos en pareja con
otros dos jóvenes del lugar, la menor provocación originó una reyerta que
lógicamente me arrastró también a mí. Así experimenté cuan valioso
puede ser un taco de billar para defenderse y también que, el taco de billar
nada puede cuando una bola del juego le pega a uno por la espalda, le hace
ver luces, te duele como patada de mula, se cierran los oídos y duermes por
algunos minutos.
Nuestro compañero Villacís que siempre andaba solitario; oyendo que
teníamos un núcleo literario, le había pedido a Portugalito los requisitos
para ingresar al grupo. Le había sugerido que escribiera algo para que en
una sesión especial leyera a los socios.
Villacís era mucho mayor que nosotros ceremonioso con afectación tanto al
hablar, conversar o andar; era color del cobre tostado, casi como si le
hubiesen hornado. Procuraba hacer notar su pulcritud.
Cuando leyó, o más bien dicho comenzó a leer su autobiografía decía:
En un día de primavera vino al ignoto regazo de mi madre un hermoso
varón de tez blanca y nacarada”… no terminó de leer porque todos reímos
sin disimulo y uno del grupo con toda crueldad le decía:
-Compañerito y qué le pasó que se ha puesto así…?
Abandonó la reunión y nosotros quedamos mudos de arrepentimiento:
¡como abofeteados!
Más tarde, este señor me prestaría un significativo servicio.
128
A estas alturas yo sabía que la juventud pueblerina era taimada, matrera y
vengativa y, más tarde la vida me daría la razón.
En la escuela no podía creer lo que pasaba; pues, los niños comenzaban a
leer y contar. El mérito, creo yo, lo tenía Valencia: una niña, la más
grande del grupo, que con regla en mano les hacía repasar lo escrito en el
pizarrón mientras nosotros practicábamos las barras en el patio.
Llegaban las vacaciones de Navidad y con ellas regresaríamos a Quito.
Salimos por la mañana el grupo de profesores forasteros y algunas personas
del lugar. Todos se hacían bromas y reían contentos de dejar por unos días
el pueblo fantasma.
El camino, daba la impresión de que el pobre carro seguía por el lecho
pedregoso de algún río; las sacudidas, los saltos eran tantos y tales que la
gente poco a poco fue calmándose, poniéndose seria y alguna hasta
durmiéndose; pues las vueltas y revueltas que daba el camino para sortear
decenas de quebradas hacían el camino más largo y tedioso. Algunos
pasajeros aprovecharon la llegada a Cayambe para desayunarse a punte
bizcochos y queso de hoja. Las profesoras, muy estiradas, formaban un
grupo al cual yo no era invitado. Rumiando mis recuerdos y mis nuevas
experiencias no formaba parte de ningún grupo y más bien iba callado y
aparte.
Entre las tres de la tarde llegamos a Quito, al parque de El Ejido y allí cada
cual cogió por su lado.
Dolía el ver la enorme diferencia de la ciudad y el pueblo que acababa de
dejar. Habiendo vivido siempre y conocerla bien; sin embargo la ciudad
me parecía renovada, recién pintada, luminosa; parecía que incluso el sol se
alegraba de tenerla que cobijar.
Al llegar a casa, los abrazos de la familia, de mi mamá me daba la
impresión de que me habían extrañado y a pesar de ser muy corto el tiempo
de separación, me parecía que habían transcurrido muchos meses. En
efecto, habían transcurrido muchas cosas: mi hermano mayor había
regresado a casa; a Dios gracias se había divorciado y nuevamente estaba
con nosotros. Mi abuela materna que desde que murió el abuelo su esposo,
vivía con nosotros, había muerto. Mi hermano Julio seguía haciendo
progresos en el Colegio Militar y yo comencé a tener parte de sus
amistades castrenses. Sin embargo... todo en la casa seguía igual: cada
cual por su andarivel y toda la familia por el mismo sendero. La jorga de
129
amigos también seguía igual entre ellos; el que había cambiado era yo que
me sentía mucho mayor y veía que por sus charlas y experiencias no habían
madurado.
Las festividades navideñas volvían a ser como antes: se reducían a visitar
la plaza de San Francisco donde se instalaban las rifas, los bingos, los
fusiles de presión, algunos puestos de comidas rápidas, golosinas, música al
más alto volumen y los megáfonos invitando a probar la buena suerte.
Como antes, las noches, concurrían las familias a pasearse por las veredas o
a jugar una que otra ruleta. Las chicas, que me parecían angelitos bajados
del cielo al involuntariamente compararlas con las de mi destierro,
coqueteaban y se reían que era un contento, poniendo la nota de ilusión en
uno que otro jovencito que, como agarrado del pescuezo seguían atrás,
atrás a la familia. Las madres, comprensivas, las alcahueteaban si veían
que el joven prometía; entonces las niñas se hacían más valientes,
regresaban a ver y hacían un mohín alentador que enganchaba al incauto
hasta el barrio, la casa y algunas veces hasta el altar. Otras veces, cuando
se había llegado a la fase en que ella jugaba con las fichas de él; el camino
se hacía más rápido, pero tremendamente peligroso. Allí, en las ruletas de
la vida, se jugaban las ilusiones, la libertad o, a veces sólo se ganaba en
experiencia.
130
CAPÍTULO VI
Como todo llega a su fin, así también habían terminado las vacaciones y
tocaba regresar. En casa, nadie ni nada sabían de mis sinsabores y mis
experiencias amargas; ni tampoco quería contarlas.
Llegado el día, me despedía de los míos como la cosa mas natural del
mundo; pero, en la puerta de calle el corazón me daba vuelcos.: ¿qué
esperaba de mi vida? ¿Tendría que ser siempre maestro de escuela?
Enseñar siempre me gustó; pero la condición de maestro de escuela no me
parecía un futuro para mí. Estaba de acuerdo con mi hermano Julio que,
habiendo estado discutiendo sobre algo y, al yo opinar al respecto, en
forma poco política me decía “Qué sabes vos, no pasas de ser un maestro
ignorante”. Tentado estuve de decirle que él como hermano mayor le
tocaba el deber de sostener la casa; pero, reflexioné y en lugar de sentirme
humillado ahí mismo me juré que yo también sería alguien. Pero tendría
que esperar la oportunidad y ella no llegaría mientras mi casa necesitara de
mi sostén.
Nuevamente, en el carro del señor Olmedo me encontraba viajando a
Tabacundo. Todos iban callados; parecía que igual que yo sentían como
iba entrando en el alma el ácido del destierro. Yo, meditaba en mi
situación y en la de mi casa. ¿Me tocará quedarme donde estoy mientras
mis hermanos van escalando otras posiciones? ¿Será el destino que me
tocó a mí esta situación? ¡No! Yo no era quien se iba a dejar maniatar por
la vida ¡Tendría que luchar! ¿Pero cómo?
Por otro lado las reuniones en la cantina del Mono Alejandro se iban
haciendo más frecuentes y menos convenientes; pero, tenían el valor de
distraer la mente y las preocupaciones pues, la soledad de un cuarto, las
cuatro paredes que parecía que le apretaban el alma hasta ahogarla. El
dinero; se iba haciendo cada vez más importante y necesario: Hasta ese
entonces no había podido hacerme un terno y mi hermano Jorge me había
regalado uno que ya no se ponía pero que a mí me quedó de perlas. No
quería involucrarme con ninguna chica pues, siempre pensaba que son
interesadas soñando que uno tiene que darles todo para casarse y yo, no
tenía ni para empezar.
Llegado a este punto, iba recordando de las pocas chicas que había
frecuentado y que en resumidas cuentas nunca me había enamorado. Una
sonrisa interior acompañaba el recuerdo de Carmela, Alolina, Matilde;
todos recuerdos muy tiernos, de niños comparados con la realidad que
estaba viviendo. Yo mismo me sentía transportado a un mundo de adultos
131
y sentía que debía responder como tal; que yo era el único representante de
yo mismo y que tenía que responder como hombre ante las circunstancias
que la vida me ponía por delante. Las compañeras mientras tanto, juntas
reían; pero yo no las conocía, mejor, no las quería conocer.
Llegados al pueblo, cada uno cogió por su lado y yo fui a enterrarme en mi
cuarto. Me parecía lúgubre, destartalado, vacío. Más tarde que llegaba el
Médico, con su charla, con sus bromas algo se disipaba el ambiente;
aunque luego, en la merienda al ver de nuevo ese comedor, doña Rosa
Emilia, la Clementina, el José Luis; me entró de sopetón por ojos, nariz y
garganta la brusca realidad y unas ganas tremendas de ponerme a llorar y
regresarme.
Pero, luego pasó y después del chubasco; como perro mojado me sacudí,
cerré la ventana azul de mis recuerdos y bajando la cabeza me situé
nuevamente en mi destierro.
Días largos, monótonos, grises, pesados y cansinos iban sucediéndose; las
semanas unas tras otras como vagones de un tren fantasma que no tiene a
donde ir dentro de uno como paisaje en blanco y negro de una película que
se hubiese deteriorado.
En el régimen escolar, cambiaba a veces la monotonía la venida del
“Visitador escolar” y luego la reunión del Centro Pedagógico. El señor
Montalvo: un viejito medio calvo con los ademanes y energías de Velasco
Ibarra, nos visitaba para dar clases demostrativas, indicaciones
pedagógicas, calificar a cada uno de los maestros, coquetear con las
profesoras que así aspiraban a una mejor calificación; luego, el agasajo al
Visitador; de cuenta de los maestros y... fin de la película.
-Ha llegado a la escuela de mujeres una nueva profesora, decía Rafico el
profesor compañero de escuela, sin mayor, mayor importancia. Mi
hermana que está en la escuela nos contó hoy en el almuerzo...
-¡Le conocí a la nueva profesora! Decía Rafico todo él importante.
¿Saben? ¡Es verdaderamente linda!
Así como los diarios van día a día dando noticias de un cometa que se
acerca peligrosamente a la tierra y hay la expectativa de un choque, así, día
a día nos traía más noticias.
Curiosos con Portugalito nos asomamos una tarde por la esquina de la
escuela de mujeres que diré de paso, que no conocía y ¡oh! sorpresa: una
calle y una esquina donde nunca se vio gente, estaba concurrida con parte
132
de la escogida juventud tabacundeña que, tampoco conocía ni había visto
antes: esperaban seguramente la salida de la nueva profesora.
Nosotros, a pesar de la curiosidad no nos quedamos y más bien
enrumbamos al telégrafo a charlar un poco, conocer novedades, cuentos y
mentiras de los que allí se reunían.
-Hoy, tenemos que asistir a la escuela de las mujeres por la tarde, porque
han venido los del Centro Pedagógico de Otavalo y nuestro Centro les ha
invitado, nos decía con su habitual modulación de voz, cuerpo, manos y
cara el señor director de la escuela.
-¿Y cómo así? Nadie les ha invitado –decíamos nosotros; sintiendo los
sucrecitos que ello nos iba a significar. Pero, todos enfilamos tarde a dicha
escuela. Recién tenía conciencia de lo que era una escuela grande, de
muchas alumnas y varias profesoras. Algunas de ellas les había visto en el
bus, pero había otras desconocidas.
Parados en el corredor de salida esperábamos que alguien nos dijera que
íbamos a hacer. De pronto, empezaron a salir las alumnas formadas con
sus profesoras de cada grado a sus casas.
Yo, sólo atiné a pegarme a la pared para ver pasar alumnas y profesoras.
¡Sorpresa! Allí venía la profesora... toda de negro. Sólo alcancé a ver sus
ojos. ¡Dios mío! Eran como el trigo verde; ese verde translúcido y puro,
luminosos como dos soles que alumbraban una palidez de magnolia, que
hablaban de hondos sufrimientos.
-¡Vamos pues! Alguien me tiraba del brazo; pues, me había quedado
sembrado en el corredor.
-Tenemos que irnos a la escuela Francia que allí va a ser el agasajo a los
profesores de Otavalo.
Allá fuimos... medio atrasados. Un salón grande, con bancas de estudiantes
al rededor; unos músicos seguramente de la banda del pueblo se alistaban
en uno de los rincones para tocar; algunas profesoras y profesores sentados
en los bancos, conversaban. Portugalito y yo, sentados en otra banca,
conversábamos; mientras afuera se preparaba una mesa con botellas y
vasos de cerveza.
Ya conocía a algunos de los profesores invitados que habían sido algunos
años antes alumnos como yo del colegio Montalvo. Portugalito saludaba
amigablemente con otros que habían sido sus compañeros.
133
Se sirvieron varios turnos de cerveza antes que los músicos comenzaran a
tocar.
Iniciada la música, como si todos se hubiesen puesto de acuerdo, acudieron
a pedir a la nueva profesora permiso para bailar.
Algo feo se vio cuando las demás profesoras se quedaban sentadas sin
solicitantes. Algunos profesores del lugar sintiendo la desigualdad se
acercaron a solicitarles baile a las demás profesoras.
Terminada una pieza, los visitantes se quedaban parados delante de la
profesora, listos para la siguiente pieza. Lógicamente, por educación ellos
eran los preferidos y hacían imposible que cualquier profesor del lugar
accediera a bailar.
Viendo semejante situación, Portugalito, algunos profesores y yo optamos
por quedarnos sentados tomando.
Se bailaron algunas piezas y como no nos interesaba bailar con las
profesoras nos entregamos en cuerpo y alma a la cerveza.
-¡Portugalito! Caramba... ¡creo que estoy enamorado!, nunca he sentido lo
que estoy sintiendo...
-¿Y? ¡Qué espera! Vaya y dígale...
-¡No sea volado! Cómo voy de buenas a primeras a soltarle semejante
noticia; además, cada uno que le saca a bailar, estoy seguro, le dirán más o
menos lo mismo; además, usted ve, no dejan ni acercarse.
-Entonces ¿cómo va a saber ella que se ha enamorado?
-No sé; además, póngase que me diga no ¡Qué vergüenza! De pronto...
haciendo a un lado a las personas que la rodeaban; ella, la nueva profesora
venía hacia nosotros. Nos quedamos un momento en suspenso...
-¿No baila usted señor? -decía- mientras extendía su mano invitándome a
bailar.
-Es que... usted está tan solicitada señorita...
-Me llamo Blanca... y ¿usted?
-Sabe mi apellido y seguramente sabe mi nombre.
134
-Sí, pero quería que usted me lo dijera... y cogida de mi mano me llevaba al
centro del salón.
Frente a frente y de cerca pude admirar a mis anchas su belleza.
Verdaderamente era una hermosura. Aquellos ojos verdes de cristalina
esmeralda eran los más bellos que nunca había visto; y sonreían amistosos,
más aún, diría que hablaban. Sus labios: rojos, deliciosamente carminados
tenían una forma y un mohín que estoy seguro sabían que podían
conquistarlo todo; resaltaban soberanos en medio de un rostro tan delicado
y perfecto como las magnolias.
-Es usted muy jovencito y no me gusta que tome. ¿Por qué toma?
Yo, embelezado, mudo, solamente la miraba y casi no seguía el compás de
la música.
-Vea señorita...
-Llámeme Blanca...
-Vea, quizá todos le habrán dicho lo mismo: ¡Estoy enamorado, como un
loco y es la primera vez que esto me pasa!...
-¡Gracias! Lo que más voy a necesitar de hoy en adelante son amigos;
pero, no quiero ofenderle ni que se desengañe: yo, soy apenas una mujer y
un hombre habrá de tener muchas en su vida. Desgraciadamente estoy
comprometida con un estudiante de ingeniería y apenas se gradúe me
casaré con él. Pero, seremos amigos y usted será el mejor de ellos.
Mientras así conversábamos había terminado la pieza musical y yo, me
dirigía con ella a dejarla en su asiento.
-¡No me gusta que tome!; ¿me jura que no lo hará?
Y, el cascabel de su risa como una serpentina nos envolvía a todos y
repicaba en mi corazón.
-¡Portugalito! Dice que está de novia y que sólo puede ser una amiga.
-¡Jovencito! Artículo tercero: el que sigue, la consigue.
-¡Claro! Como usted no está enamorado, todo lo ve fácil.
135
Siguió la fiesta; vinieron la horas y, el momento menos esperado le
llamaban de parte de la mamá que la esperaba. Se fue; no sin antes volver
la cabeza para hacerme acuerdo de su petición.
El agasajo se prolongó bastante; algunas profesoras se quedaron todavía.
Asomó una guitarra de un profesor de Otavalo; por allí, otra que le
entregaron a Portugalito y se hizo el dúo. Cantaban de maravilla, desde el
colegio se conocían y se acoplaron muy bien.
-Portugalito: ¿no cree que sea necesario aplicar el artículo dos? Necesario
de toda necesidad un serenito...
-Ciertamente... ¡Yancooo! ¿Damos un serenito a la profesorita?
Fue así, como entrada la noche dimos con la casa del Cadena que, era
donde estaba viviendo la profesora.
-Caribe soy,
De la tierra del amor...
Canción que estaba de moda y que el dúo la cantaba como si ellos fuesen
los enamorados.
Luego vendría...
Y al verme tan solo y triste
cual hoja al viento...
Muy apropiada canción mejicana para el caso.
Se abre la ventana y, es ella quien se asoma a agradecer.
-Gracias, muchas gracias; pero, acuérdese lo que le dije... En ese estado
que me encontraba y en aquel momento en que habría sido capaz de no sé
qué cosas; no hice sino despedirme de los amigos y, andando en las nubes
dirigirme a mi cuarto.
Hacía que dormía... Pasarían dos o tres horas cuando alguien golpeaba la
puerta; como el Médico dormía también, me extrañó mucho que llamaran a
esas horas.
-¿Quién es?
136
-Yo, Ruperto, por favor abre la puerta. Era el Portugalito que venía
huyendo de Yanco su compañero del dúo que, quería, tosudamente que le
acompañe a tomar.
-Deme una posadita. El Yanco conoce mi casa y ahorita ha de estar
buscándome allí.
No pasarían diez minutos cuando oímos en la calle un caballo encabritado
y el Yanco que, con palabras irrepetibles trataba al Portugalito de
traicionero, mal amigo y más; pero, lo que no esperábamos fue que con el
caballo intentara abrir la puerta y luego con una piedra grande lanzar por la
ventana donde el Médico tenía sus frascos, vasos, tubos de ensayo,
inyecciones que se hicieron trizas y, peor aún el ruido que metía que
parecía que el mundo se venía abajo. Al fin... se fue dejando a todo el
mundo despierto. Al otro día, con justísima razón la dueña de casa me
decía:
-¡Vea señor!: a usted le arrendé el cuarto porque sé que es un joven
honorable y de buenas costumbres; pero, al Médico yo no le he arrendado y
peor ahora con semejante alboroto que originó en la madrugada con los
otros borrachos... de tal manera señor que, sintiéndolo mucho quisiera que
me desocupara la pieza lo más pronto posible.
Donde iba a solicitar una pieza, no querían arrendarnos por el Médico,
hasta que la familia Aizaga que medio me había adoptado, me indicaba que
en la casa del Cadena –donde vivía la profesora- habían cuartos vacíos.
Saliendo por la mañana de la escuela fui a donde lo del Cadena que resultó
ser un señor chumadito que me decía que no podía arrendarme porque allí
vivía la señorita profesora nueva y que tendría que preguntarle a ella si
permitía otro inquilino. Quedamos en que por la tarde me daría el
resultado.
.¿Qué fue señor Cadena? ¿Qué dijo la señorita profesora?
-La señorita dice que bueno. Si quiere, pase a conocer la pieza. Era en el
segundo piso al que se subía por una grada de caracol.
La casa parecía como que hubiese estado abandonada mucho tiempo pues:
la puerta de calle se aseguraba con una piedra grande y todos los cuartos
parecían vacíos.
El cuarto que me ofrecía, quedaba justo al lado del de la señorita profesora;
en el mismo corredor. Pero ya entrando se veía un cuarto pequeño donde
parecía que las paredes se sostenían de milagro; pues, enormes grietas
137
dejaban ver claramente el azul del cielo tabacundeño. Quedé consternado.
Pero la oportunidad de verla todos los días hizo que pasara por alto esa
“pequeñez”; ni siquiera el alquiler del cuarto -10 sucres- mensuales me
parecieron nada, aunque sabía que por esa cantidad podría tener un cuarto
por un año.
-Está bien señor Cadena; mañana me paso con mis cosas.
-¡Vea Médico! Nadie quiere arrendarnos las piezas; sólo hoy conseguí
donde el Cadena un cuarto; pero, sólo para una persona. De tal manera
Médico que, después de agradecerle de todo corazón lo que hizo por mí:
aquí nos separamos.
-¡Compañerito! Está bien; no se mortifique, yo sé que si no quieren
arrendarle es por mí.
Decía verdad; pero, esta vez él no tenía ninguna culpa y sin embargo
pagaba los platos rotos.
Al otro día por la tarde, me instalaba con una cama, una mesa, una silla y
un biombo que la familia Aizaga había tenido la gentileza de prestarme.
Por la noche, vino con su mamá a mi cuarto a presentarme.
-¿Cuántos años tiene usted pues, criatura?
-Dentro de poco cumpliré diez y ocho, afirmaba yo, poniendo cara de
responsable.
-No parece... ¿Recién se graduó? ¿Primera vez que sale? Y mil preguntas
más que me hacía doña Marujita; como quedé en así llamarla de allí en
adelante.
Me causaba un poco de ternura el ingenuo y genuino interés de conocer
tanto sobre mí. Era una persona maravillosamente sencilla, noble, generosa
que demostraba a las claras que le había caído muy bien.
Aquella noche dormí en un colchón mullido de ilusiones, de esperanzas y
feliz de sentirme enamorado de un imposible.
Recordando aquellas frases de autor desconocido:
“Es preciso reír cuando se sufre;
necesario callar cuando se ama.
Sublime es la tristeza que se cubre;
138
Hermoso el amar sin decir nada.”
Yo, ya le amaba locamente. Si la suerte quiso que viviera junto a ella; ella
no sabría de mi dolor. La amaría tan profundamente y en silencio con tal
de que me permita verla, conversar, estar a su lado.
¡Oh, Dioses! Primera vez que me enamoro y como en las tragedias
griegas: tengo que enamorarme de un imposible.
Al otro día; mientras iba a la escuela... ¡Milagro! La mañana, las casas, la
calle y hasta las personas me parecía que habían sido roseadas con polvo de
estrellas; todo estaba más clarito, más brillante, más alegre.
¿En la escuela, qué hice? No lo sé, recuerdo que había una vieja máquina
de escribir; la pedí prestada y antes de almorzar pasaría por mi cuarto.
Allí, en medio de papeles, cuadernos y uno que otro libro, encontré un
librito con las poesías de Félix Valencia y en la pequeña máquina me puse
a copiar unos versos.
Tac, tac, tac; pasos apresurados que subían las gradas; pasos que luego me
serían tan conocidos, tan esperados.
Como tenía la puerta de mi cuarto abierta; ella, directamente con una
generosa confianza entró.
-¿Qué está escribiendo señor?
-Unos versos de un poeta colombiano –le decía- mientras dejaba el asiento
para saludarla.
Sin esperar nada se sienta y...
-Dícteme, ¿quiere?
-Se titula “Tu boca”
-¡Qué bonito!
-Tu boca de púrpura encendida... Y, al terminar de escribir me regresaba a
ver para que continuase. Así, al verla, el rubí de su boca era una tentación
imposible de resistirla. Y yo; en un momento con una audacia impropia en
mí, sin meditar nada, sin pensar en lo que hacía: estrechando su rostro
entre mis manos, mis labios cometían el sacrilegio de besar su boca.
139
Quedé: mudo, aterrado y sólo atiné a decir... ¡Oh, Dios mío! Perdóneme,
no pude contenerme.
-Ella, con su rostro entre las manos quedó un momento callada.
-No se mortifique... ¡Mejor así! Tendría que pasar y más bien le agradezco
que no me ha dado tiempo para pensar.
Yo: me quedé paralizado; no sabía si saltar de alegría o ponerme a llorar;
sólo atiné a decir a manera de excusa.
-¡Nunca me había enamorado!
-Ella también, viendo mi confusión, cogía mi rostro entre sus manos y
besándome como si fuera un niño me decía:
-¡Ya pasó! Ahora váyase a almorzar que se va a atrasar.
Así; como si hubiese por casualidad, por golpe del destino entrado al
palacio de Aladino; así, poquito a poco; envuelto en el milagro de una
noche estrellada, fui descubriendo el amor, su corazón y el mío. Quedé
suspendido en medio de la vida; no sabía si era uno o éramos dos. No
quedó espacio para pensar en tú o en yo, aquí o allá, ayer o mañana. Sólo
sabía que la quería y que ella también me quería. El vernos, el cogernos de
las manos y sentir nuestras mutuas caricias era todo nuestro universo.
140
-Blanquita me dice que usted padece de insomnio... decía doña Marujita
entrando en mi cuarto y trayendo una taza en sus manos. Aquí le traigo
esta coladita que dicen es muy buena contra el insomnio.
-Gracias señora Marujita.
dificultad para dormir.
Desde que yo recuerdo siempre he tenido
-Es raro porque los jóvenes duermen aunque sea en un pie; pero; debe ser
el ambiente, los nuevos problemas porque esta señorita también ha perdido
el sueño y de un momento a otro ha cambiado... ¡porque no era así!; ahora
se pasa contando de usted como que se hubiesen conocido de antes, como
que si fueran amigos de tiempos. Eso me tranquiliza un poco porque en
tierra extraña una no sabe la clase de gente que le rodea.
Y, como ambos son como criaturas... doña Miche la dueña de casa dice:
“da gusto verles, pues parecen como hermanos”.
Ya no se acuerda de la casa y eso me tranquiliza también porque ella,
pobrecita, es la fuerte de la familia y tiene que hacer del padre que se fue.
Así, entre confidencias y consejos se fueron las horas hasta que se
despidieron y se fueron a su cuarto. Otro día se había ido y en verdad era
tal la necesidad de estar juntos que, nos parecía que el día no duraba nada.
Ella me esperaba o yo le esperaba en mi cuarto antes de irme a almorzar,
porque era necesario que nos viéramos, nos besáramos, que estuviéramos
juntos siquiera instantes; luego de almorzar regresaríamos cada cual al
trabajo; de allí, otros instantes juntos antes de merendar; es decir, que nos
faltaba un montón de tiempo.
Por la noche, en la soledad de mi cuarto me ponía a recordar mi vida
anterior. ¿Qué había sido de mí? ¿Cómo por no tener un par de pesetas –
nunca las tenía- quedé tan avergonzado con Matilde que, cogía el bus para
irse a casa; el único día que me dio un chance y no pude acompañarla?
¿Cuántas veces por la misma razón me había negado a acompañar a los
amigos del barrio a sus andares de juventud, en sus programas con las
enamoradas? ¿El destino me regalaba hoy las horas más felices que tendré
seguramente en esta vida? ¿Era así que me pagaba tantos años de estar
solo? ¿Mis amargos días de estudiante habían tocado su fin? ¿Era cierto
aquello de: “Cada calvario de Semana Santa tiene su domingo de
Resurrección”? ¿Es posible que sea tan feliz?
141
Habían pasado tres días y Jorge el director de la escuela me decía:
-¡Ruperto! Mañana madrugado los alumnos de sexto grado y los
profesores haremos un paseo a Puéllaro; pues, los profesores de allí nos han
invitado.
-¿Mañana? y ¿cuándo regresamos? Era mi preocupación; pero nadie
debería saber que me dolía hasta el pelo saber que me iba a separar por un
tiempo.
-Regresamos el domingo no más...
Así fue como me arrancaron la piel; o más bien así me parecía tener que
ausentarme esos días.
-¡Blanqui! Nos vamos la escuela de paseo a Puéllaro.
-¿Dónde es Puéllaro? –decía ella también asustada.
-¡Seguramente en el infierno!
-¿Hasta cuándo? y ¿por qué? y ¿todos tienen que irse? y ¿quién les ordenó?
–decía ella francamente contrariada.
Teníamos que caminar un buen trecho por las laderas de la cordillera; pasar
por Picalquí, la Esperanza, Molchinguí y luego bajar por Perucho y al final
Puéllaro.
Me arrepentía haberme ido con zapatos de caucho que me ampollaban los
pies y, más aún un poncho que me habían prestado diciendo que el frío en
la cordillera sería insoportable. Y, la verdad que fue insoportable, pero el
calor; en medio de esos arenales donde subíamos un paso y bajábamos dos.
No entendía como el Falcón –un alumno- iba adelante, adelante, silbando,
envuelto en su poncho y podía soportarlo... pues, yo también haría lo
mismo, y aunque dolido y molido me envolví el poncho y me puse a
silbar... pero no sé si eran silbos o ayes; hasta que me acostumbré y
llegamos a Puéllaro.
¡Era distinto! Mientras los pueblitos que habíamos pasado parecían
dejados, olvidados; puestos allí por una mano malvada; como hermanos
pobres del ya pobre Tabacundo, Puéllaro era una población que bostezaba
142
holgura y aburrimiento en medio de huertos verdes, gordos de flores y
frutales.
Habíamos llegado pasada la media tarde y tal era el cansancio que el
almuerzo que nos obsequiaron pasó desapercibido. Los profesores y los
alumnos generosamente nos hicieron una recepción que se prolongó hasta
entrada la noche. Todos nos sentíamos aliviados y no queríamos sino
dormir. Desgraciadamente las bancas que nos servían de cama no
contribuyeron mucho a nuestro afán por pegar los ojos.
La escuelita a donde llegamos fue nuestro cuartel general;
allí
desayunamos y dejamos nuestro impedimento mientras conocíamos el
pueblo y sus alrededores.
-Esta es la tierra de las chirimoyas, nos decía un profesor que hacía de
sicerone mientras nos mostraba unas huertas bien cuidadas llenas de
árboles frutales.
Los padres de familia habían organizado un almuerzo campestre que
resultó exquisito y luego una “hora social” con los profesores y alumnos:
muy agradable que, se remató con cerveza y licor de caña destilado en el
lugar y que nos metió la alegría en el cuerpo. Así pasaría rápido el tiempo
y regresaríamos.
Asomó una guitarra y con ella un antiguo compañero de colegio: Espinoza
que, no sabía que cantaba, y cantaba muy bonito; al menos a mí así me
parecía porque lo que cantaba me llegaba directo al corazón.
Por alto que esté el cielo en el mundo,
Por hondo que sea el mar profundo;
No habrá una barrera en el mundo,
Que mi amor profundo no rompa por ti...
¡Esto: cantado y con guitarra, lejos de mi ilusión y atravesado unos
cuantos e inofensivos jugos de caña! Casi, casi me ponen en camino de
regreso ese rato. Nunca había oído esa canción y me parecía hecha para mí
y para la ocasión.
Regresamos el domingo...
-¿Qué tal te fue?
143
-Han sido los días más largos, desesperantes e inútiles. No ha habido un
instante en que haya dejado de pensarte. Pensaba que no eras mía
totalmente.
-¡Pero, si soy tuya!
-¿Totalmente? Le decía mientras le acariciaba dulcemente en mi cuarto.
-¿Sabes lo que me pides? ¿Sabes lo que vas a hacer?
-Sólo sé que mi sangre te necesita, que mi sin razón te reclama...
-Igual: ¡yo te necesito!, ¡estos días casi muero sin ti!
-Entonces: ¡Sea!...
Allí comprendí porqué rugen los leones; porqué se despedazan los tigres;
porqué relampaguean y truenan los cielos; porqué da vueltas el mundo;
porqué lloran y se matan los hombres y versifican los poetas...
Un sacudón que hizo vibrar todo mi ser cambió de un momento a otro todo
mi espíritu y aquellos ojos verdes y aquel cascabel de su risa estaban
totalmente dentro de mí. De pronto sentí como si hubiesen pasado muchos
años y mi cerebro, mis brazos y todo yo fuéramos mayores.
Entonces supe lo hermoso, lo grande y sublime que es ser y sentirse un
hombre.
Desde allí, la mata azabache de su pelo nimbando sobre mi almohada; el
mohín de su boca entre mis labios y el sol de sus ojos penetrando en mi
alma; rubricaban día tras día la verdad de una ilusión hecha mujer.
Habíase transformado toda mi vida: la escuela había pasado a ser una sala
de espera: los amigos: compañías ocasionales; el pueblo mismo no estaba
porque yo no lo veía... hasta que...
-¡Vea guambrito! Usted le está haciendo un daño peligroso a su amorcito y
sin querer –decía Portugalito una tarde que nos encontrábamos en el correo
mientras cobrábamos la quincena-.
-¡Cómo! ¿Por qué?
-¡Verá! Este pueblo es taimado y mojigato. Sé que a un profesor hace
algunos años le cortaron las orejas y le obligaron a huir –era un tal
Murgueitio- porque dizque le encontraron con una profesora en plenos
144
arrumacos. Eso, para ellos, es falta de respeto al pueblo, de consideración a
más de inmoral...
-Pero; ¿usted mismo no me contó que en el clan de los Buendía todo es de
todos sean padres, hermanos o parientes?
-¿No le digo que son mojigatos?
Yo los conozco y usted se ha desaparecido; ya no se le ve por ningún lado
y éstos han de decir que le extrañan. ¿Por qué no viene al billar de vez en
cuando y así disimula un poco?
Como siempre Portugalito veía más allá de ahora y me hacía ver el
tremendo peligro que corría ella por mi egoísmo.
-¡Gracias Portugalito! ¿Pero, por qué no vamos como antes y jugamos
juntos unas carambolas?
Esa misma noche le contaba a ella las preocupaciones de Portugalito.
-¡No le habrás contado de lo nuestro!
-¿Sabes? Estamos tan ensimismados que no nos damos cuenta lo que ven y
piensan los otros. Es mejor que vean que sigo como antes y que lo nuestro
no es lo que ellos piensan.
Con Portugalito, como antes, íbamos al billar y allí nos quedábamos hasta
nochecito procurando hacernos presentes a los amigos y al pueblo mismo.
El regreso a casa era un poco miedoso; sin luz, el corredor era una cortina
de tinta que había que ir palpando las paredes; y, la grada era tan tenebrosa
que, yo tomaba vuelo para subirla sin hacer descansos.
-¿Sabes? –me decía ella, yo ya no bajo del cuarto pasadas las siete de la
noche: ¡me da un miedo! Lo mismo mi mamá. La dueña de casa le ha
contado que decían que por las noches una mula subía del patio y se
entraba a los cuartos y toda la noche pasaba relinchando y dando coses…
Una noche que regresaba del billar puesto sobre los hombros mi abrigo
negro y mi sombrero, como de costumbre tomé vuelo y me lancé veloz
escalera arriba; cual no sería mi sorpresa cuando en media grada alguien
me detiene del abrigo. Yo no pensé dos veces y de un sacudón solté el
abrigo y seguí mi carrera. Ya en mi cuarto pensaba que algún chistoso de
los amigos quería gastarme una broma.
145
Al otro día que salía para la escuela encuentro al abrigo sostenido por el
forro por un clavito infeliz que había en el pasamano. Con ello nos reíamos
contándole a doña Marujita; y ella aprovechaba para el sermón: “no es
bueno que se haga muy tarde”…
Cierta noche, me desperté sobresaltado: un enorme gigante estornudaba y
se aclaraba la garganta debajo de mi cuarto en el patio y tan fuerte que
hacía temblar mi pobre cuarto.
¡Cómo podrá existir semejante hombre! Pensaba yo. Imposible dormir.
Me pasé la noche en vela pensando en semejante gigante. Pero para mi
posterior tranquilidad, con la luz del día le pasó el catarro al engendro; y a
mí, al comprobar que era un burro acatarrado amarrado al pilar que sostenía
mi cuarto.
Las advertencias de Portugalito como siempre oportunas, nos pusieron
bastante temerosos y andábamos atentos a cualquier manifestación de las
gentes que nos pusieran sobre aviso; más todavía cuando doña Marujita
tuvo que viajar a Quito donde los otros hijos que habían quedado al
cuidado de la segunda hermana –Balbina- y le llamaban de urgencia para
alguna gestión el montepío del esposo fallecido hacía poco.
Ancizar y Charo: profesores y compañeros hacían pareja y aunque todo el
mundo sabía, pasaban como que no eran. Queríamos preguntarles sino
habían tenido alguna dificultad hasta entonces. Conversa y conversa se nos
pasó las horas y tuvimos que quedarnos allá. ¡Todavía pensábamos que
nadie se daba cuenta!
Un sábado por la mañana que la esperaba que llegara de la escuela, entró
llorando.
-¡Qué fue! ¡Qué le pasa!
-Nada, nada…
-¿Entonces por qué lloras?
146
-No quiero que hagas nada; pero te cuento que el Llerena y el Muñoz
cuando pasaba por su lado decían:
-Esa es la moza del Ruperto.
¡Qué diría yo! Se confirmaba lo dicho por Portugalito. Había que
desmentir enseguida, ¡ahora mismo! El tal Llerena era un inspector de
estancos de alcoholes que entiendo había en todos los cantones. Era un
chagra grandote, anchote, con una carota que parecía de buey; el Muñoz
era lo contrario: pequeño, ratonil, vivaracho, era el guarda almacén.
Cuando le oí decir a ella llorando semejante cosa; mis 18 años no tuvieron
tiempo para pensar y como un cohete salí a la calle y les encontré que
llegaban a la esquina de la plaza.
-¡Oiga carajo! –me dirigía al más grande- ¿Usted dizque se ha permitido
hacer ciertos comentarios injuriosos y descomedidos a la señorita
profesora?
-¿Yo? Respondió el Llerena mientras con su mano abierta –que recién me
daba cuenta cubría su enorme pecho- se golpeaba una y otra vez
produciendo la impresión que golpeaba una puerta de cuero; recién también
me daba cuenta que en estatura me pasaba de los hombros para arriba.
-Sí, ustedes ¡Cobardes!; mientras mis 18 años le lanzaban un golpe que ni
siquiera le hizo pestañar; pero, sí le hizo reaccionar violentamente con un
golpe en mi pecho que me lanzó sin gastar zapatos directamente contra una
pared. Creo que esa pared tenía esas hermosas cuerdas que tienen los rines
de boxeo porque aún no llegaba cuando yo como un resorte me lanzaba
contra el sujeto que me daba la espalda y mis 18 años se treparon a su
espalda, mis dientes saboreaban su oreja y el gigante chillaba y saltaba; en
tanto Muñoz acariciaba mis posaderas con sus pequeños botines.
No sé cómo fue; pero yo había volado por los aires y quedado bajo la
vereda de la calle.
Después me contaba Villacís, que por casualidad había estado en la esquina
de la plaza y testigo de lo que pasaba que; cuando el gigante se aprestaba a
rematarme en el suelo, Villacís –que siempre andaba armado- echó un tiro
al aire y pudo impedir y disuadir que acaben con mis 18 años.
Extremábamos nuestro cuidado. Ella, tenía gran facilidad de hacer
amistades; su maravilloso carácter, su eterna alegría era como un imán para
147
las gentes. Tenía un singular modo de hacerme sentir que yo era su
exclusivo pensamiento. Los fines de semana eran nuestros y esto hizo que
nos sintiéramos unidos cada vez más. Los jóvenes del pueblo no daban
tregua; pero ella sin sembrar resentimientos sabía mantenerlos
desalentados.
Una noche, en su cuarto, sentimos golpes a la puerta y unas voces que la
reclamaban que abriera.
¡Ábranos! –queremos invitarle, somos sus amigos…
-¡Yo no puedo abrirles señores! Cómo se imaginan, además no sé ni
quiénes son…
-No quiere abrirnos porque está acompañada… Y la insistencia era tal que,
podían romper la aldaba de la puerta.
¡El momento era apremiante! Más que el atrevimiento de estos jóvenes se
adivinaba sus muy malas intenciones.
Ella se puso a llorar… yo cogí mi abrigo y mi sombrero y abriendo la
ventana que daba a la calle, me lancé. Casas antiguas de adobón hacen los
pisos muy altos y el empedrado de la calle hacía difícil la caída. Me
pareció una eternidad hasta llegar al suelo; pero más me tardé en caer que
en ponerme de pie, arreglar mi sombrero y entrar a la casa por la puerta de
calle.
Felizmente había dejado mi cuarto con candado de tal manera que subiendo
la grada me sorprendió ver unos tres jóvenes que no eran precisamente
amigos de confianza. Más se sorprendieron ellos al verme llegar con
abrigo y sombrero…
-¿Qué hacen ustedes aquí?
-Venimos a invitarle un trago…
-¿Y a cuenta de qué?
-¡Necesitan los amigos pretextos para brindar?
-Pero ustedes están golpeando la puerta equivocada –les decía mientras
abría mi cuarto- Les hice entrar. Sirvieron unas copas –luego les decía:
-Bueno señores; les ruego me disculpen pero tengo que trabajar y no me
puedo malanochar.
148
Se fueron luego más frustrados y confundidos que perros tras las llantas de
un carro.
Fue una enorme suerte que se pudo armar ese truco; pero nos quedó la
lección de lo audaces y peligrosos que podían ser los tabacundeños.
Mientras tanto en la escuela se iban perfilando los resultados: la mayoría
ya leían y contaban; pero había un chiquito que era medio gago que, no
daba ni para atrás ni para adelante. Se llamaba Rivera.
¡Ve! ¡Vicente!: dile a tu mamá que ya no te mande porque vos vas a
perder el año –le decía, porque de seguro me haría quedar pésimamente en
la sabatina de fin de año. Se fue y me quedé un tanto tranquilo.
Un día otro alumno llamado Germán me decía:
-Señor, mi papá le invita a almorzar en la casa.
-Gracias Germán; pero, es tu papá el que debe venir a invitarme.
Al otro día…
-Señor profesor; soy el padre de Germán y sería un placer y un honor el que
aceptara almorzar hoy con nosotros. El que así hablaba era un señor alto,
maduro de edad con polainas de montar, poncho y sombrero.
-Soy concejal del cantón y nos encontramos muy contentos con su trabajo.
Imposible negarse; de tal manera que de allí mismo me llevaron a la casa.
Yo, estaba bastante inquieto porque Blanqui no sabía nada y no tenía
manera de hacerle saber.
La casa era una casa de dos pisos, relativamente bien presentada para el
término medio del pueblo.
Me presentaron a la familia: la esposa que era una señora pequeñita, gorda,
con los colores característicos de las personas campesinas saludables.
Envolvía y desenvolvía su delantal mientras me presentaba a la hija. Ésta
era una joven de unos 17 años, molde en verde de la madre; un poco más
morena pero igual de robusta y ordinaria.
-¿Un vasito de chicha señor profesor? Es chicha de morocho hecha en casa
para las ocasiones especiales…
149
-¿El señor profesor se enseña en el pueblo? Nos parece una crueldad que
tenga que vivir sin las condiciones a las que de seguro está acostumbrado; y
comiendo pero en un salón que no es para la calidad de la persona
presente… Y, así, se alargaba la conversación que casi no la seguía
preocupado por lo que estaría pensando Blanqui.
Pasamos al comedor: una mesa larga y sin mantel mostraba varias fuentes:
una llena de patatas peladas, otra de huevos duros y cocidos y otra con
choclos todavía humeantes, amén de una jarra de loza llena de chicha. Se
sirvió un locro de papas espeso y sabroso que logré impedir que me lo
repitan. Con las manos el señor servía un plato que ya tenía medio cuy
abierto, las patatas, los choclos y los huevos.
Querían saber de mi familia, de mi edad, de mi fortuna, de mis sueños y se
lamentaba enormemente que “un señor de mi categoría hubiera tenido que
aterrizar” en dicho pueblo.
Conversa y conversa; toma chicha y licor y pobrecito por aquí, pobrecito
por allí…
-Vea señor profesor; si usted quisiera honrarnos, nosotros estaríamos muy
agradecidos si usted aceptar vivir aquí. Venga, conozca el cuarto que sería
suyo: tiene de todo y no le costaría absolutamente nada.
Era tal la insistencia que hasta molestaba; más aún su petulancia
pueblerina.
¡De pronto! Un silbo conocido se oyó en la puerta de calle. La chica que
salió para ver quién era, regresó.
-Es el señor Portugalito que le busca al señor…
Salí inmediatamente. Se había hecho noche y Portugalito venía a ver qué
pasaba.
-¿Qué está pues haciendo aquí jovencito?
-Me han invitado a almorzar y me están invitando que me quede a
dormir…
¡Púchicas! –Usted sí que es bien ingenuo; quédese a dormir y mañana va a
asomar con la guambrita menor de edad, acostada a su lado y el papá
exigiendo que se case.
150
-¡Vamos! No sea niño…
Como siempre Portugalito estaba allí para abrirme los ojos, enseñarme a
vivir y resguardándome.
-Bueno Portugalito, espere me despido.
-¿Me despido? Aquí no se acostumbra eso; vamos, y mañana ya podrá dar
explicaciones.
¡Cuánto había que aprender! Y a brincos y sustos. Mientras tanto en la
escuela había que comenzar los preparativos para la sabatina.
Una especie de examen que los alumnos y el profesor tienen que presentar
ante los padres de familia para ver cuánto han aprendido. Lógicamente es
un reto, y de mucha importancia donde padres y alumnos visten sus
mejores ropas; es un día de fiesta muy especial.
El profesor tiene que engalanar el grado con los dibujos y trabajos
manuales hechos durante el año, cantos y recitaciones aprendidas, una clase
de gimnasia o ronda y lógicamente lectura, escritura y cálculo.
Para tales menesteres se escogía a los alumnos más despiertos para los
cantos y recitaciones.
-¡A ver! ¿Quiénes de ustedes quieren cantar?
Germán Páez exige ser escogido.
-¿Qué vas a cantar?
Y empieza a cantar con una voz de falsete verdaderamente lamentable que
mata de risa a todos.
-¡Y así querrás presentarte!
-¡No, pues señor! Con otra ropita…
Nueva risa de todos.
Ya cerca de los exámenes se presentó Vicente Rivera que se había separado
unos meses atrás y me pego un susto padre.
-¡Ya te retiraste Vicente! No puedes presentarte ahora.
151
-Es que ya sé leer…
-¿Leer? Pues vamos a ver; coge tu libro.
Y Rivera lee mejor que cualquiera de los otros alumnos. Sospechando que
se sabe de memoria le hago leer un periódico. ¡Milagro! Rivera lee de
corrido… Veo que la suerte está de mi lado y ni siquiera pregunté quién le
enseñó.
En casa: llegó la hermana menor de Blanqui:
ayudarla a preparar los exámenes de fin de año.
Balbina que, viene a
Me presentan y quedo encantado: es una sorpresa: rubia, esbelta, de ojos
azules, medio sofisticada, medio remilgosa; pero a quien creo que no le he
caído mal. Su presencia modifica un tanto nuestras costumbres sobre todo
porque parece que está acostumbrada a ser el centro de las atenciones y
como tal actúa.
Para mí, sólo tiene deferencias y me brinda
inmediatamente su amistad.
Una familia Jarrín abre un hotel: El Imbabura e inmediatamente los
profesores foráneos pasamos a comer allí. La cosa cambia totalmente,
aunque resulta más caro.
Llega el fin del año escolar y nos preparamos para ir a Quito.
Dos jóvenes del lugar: un Polanco y un Buitrón vienen a casa para
despedir a Blanqui. Traen unos músicos y cerveza y quieren armar una
farra. Ancízar, Charo, Balbina y yo nos negamos pensando que no son
buenas las intensiones de los señores y nos retiramos al corredor; pero
Blanqui se enoja y sola trata de atenderlos. Al fin Ancízar consigue
convencerlos de lo inoportuno de su visita y logra que se vayan; por fin
podemos alcanzar el bus que sale casi inmediatamente.
Pero Blanqui se ha enojado y es un viaje de mudos y de dolor para mí.
Otra vez en Quito: el verano, las vacaciones grandes, la familia, el barrio
los amigos, todo está igual. Pero yo he cambiado. No me conformo no
verla todos los días y a toda hora. Pretextando un saludo a doña Marujita
me presento una tarde e su casa. Soy recibido con muestras de cariño de
Blanqui y me presenta a toda la familia.
Viven decentemente, aunque sencillamente. Las hermanitas menores son
dos jovencitas de ojos espléndidos; el hermanito, el último es tímido y
callado.
152
Después de pasar unas horas muy agradables aprovecho para citarla en la
tienda del Lucho mi amigo de infancia y dueño de una ferretería en la calle
Flores.
Este ritual se repite una y otra vez. Ella baja pretextando una amiga, la
costurera, algunas compras, en fin, en ello se nos va el tiempo. Siempre
subo a dejarla y estar un momento juntos y de intimidad.
Por esos días hemos tenido unos sustos tremendos que, ha tenido que
visitar el médico; felizmente sin ninguna novedad.
Tácitamente no hablamos de matrimonio. Ya lo hemos discutido varias
veces y hemos llegado a la conclusión que no podemos por ahora: ella
sostiene su casa y yo igual ayudo a sostener la mía. Hemos acordado entre
suspiros y llantos que tendremos que esperar. Además, ella sabe de mis
ilusiones de ser médico y cuando desespero por no poder estar juntos
diariamente me dice:
-Yo; no me casaré sino cuando hayas logrado tu ilusión; me odiarías todos
los días si por mi culpa no pudieras cumplir tu mayor anhelo.
¿Cuándo será eso? -pienso- También pienso que cuando Julio salga de
subteniente, a él le tocará atender la casa; entonces yo podré entrar a la
Universidad.
Ella se empeña en que eso debo hacer; pero para mí es algo tan remoto…
sin embargo, por ella lucharé y haré hasta lo imposible por lograrlo.
Hemos ampliado nuestro círculo de amistades; sobre todo femeninas. Me
molesta un poco que cuando voy al Ministerio de Educación a cobrar las
quincenas, sobre todo las profesoras me quedan mirando y más aún cuando
sin hacer la consabida cola, el pagador me llama deferentemente para
pagarme el sueldo.
A pesar de que nos vemos todos los días, algunas noches subo a visitarla y
allí nos desquitamos un poquito y me hace feliz nuevamente.
En mi casa nada se dice ni en bien ni en mal; tal parece que no supieran
nada. Los amigos la conocen y parece que ella ha motivado que me tengan
más respeto y consideración que la extienden también a ella. Mi vida
parece haber tomado otra forma, pues, ahora cada minuto, cada instante
pienso en ella, en ella, en ella.
Han pasado los días, las semanas, los meses, nuevamente tendremos que
regresar al pueblo. Pero hoy es completamente distinto: llegamos al hotel
153
Imbabura. Doña Delita la dueña, es pariente de Ancízar y por consiguiente
hace deferencias con nosotros los profesores en precios y atenciones. Nos
acomodamos de dos en las habitaciones: Ancízar y yo en una habitación,
Blanqui y Beatriz en otra, Teresa y Rebeca en otra y así los demás.
Aunque ello me quita un tanto la libre intimidad que hemos tenido con
Blanqui; estoy resignado por la seguridad en cambio que significa para ella
el vivir en un hotel. Felizmente Portugalito ha intimado con Beatriz y eso
hace que formemos un cuarteto feliz. La vida en el hotel aun siendo
monótona no es aburrida. Estamos como si fuésemos una familia grande;
los almuerzos y las meriendas por consideración a la señora Delita se hacen
en una sola mesa y de una sola vez, de tal manera que siempre hay
conversación un buen rato: se cruzan comentarios, noticias y se hacen
hasta programas. Las profesoras aprovechando el buen tiempo han
decidido salir por el pueblo en jorga y por las noches y las hermosas voces
de Beatriz y Teresa y el Portugalito más las destempladas del resto rompen
la frailuna monotonía de este pueblo cantando pasillos muy lindos, las
románticas canciones de los Panchos. Habíamos pensado que el pueblo se
escandalizaría; pero, ¡cosa increíble! No tomaron a mal y más bien
comenzaron las familias a salir a sus corredores para vernos pasar y oír las
canciones.
Pues, quizá no nos habíamos dado cuenta que el pueblo había cambiado:
ahora ya no se escondían y hasta colaboraban tanto que el bus comenzó a
hacer viajes semanales al balneario de Ishigto en Cayambe; algo que
resultó agradable, oportuno y provechoso.
Cada día que pasa nos compenetramos más; tal parece que aquel cariño
que nació instantáneo, espontáneo se ha hecho avasallador; nos absorbe
íntegros y sólo vivimos cuando estamos juntos. Parece que mis 18 años
han crecido tanto que siento que mi carácter ha adquirido seguridad,
firmeza y norte. Pero siempre hay algo que nos falta: y es que, nunca
hablamos del futuro; el futuro no existe para nosotros y será por eso que
locamente tratamos de vivir el presente y, en él, nuestro amor encuentra la
solución: ¡sólo amarnos! No esperamos nada; sólo que venga el nuevo
día; hemos dejado que el Destino dibuje nuestro camino. Las noches claras
donde las estrellas titilan de frío nos encuentran en un solo abrazo; porque
nosotros nos sentimos como ellas: solos en medio de muchos. Nos
embelezan las noches de luna que por aquí son maravillosas, donde la luna
aparece enorme entre los eucaliptos. Su ternura se desborda cuando
estamos solos y sueña en que yo debo dejar el magisterio para seguir lo que
quiero.
Una madrugada… gran alboroto: ruido de campanillas por todas partes.
154
¿Qué pasa? Han llegado las fiestas de San Pedro: las fiestas del patrón del
pueblo y todo él se ha volcado a celebrarlo.
Cientos de naturales con un arnés de grueso cuero donde cuelgan pequeñas
campanillas que hacen sonar saltando y bailando, mientras gritan:
¡aruchico Ay! ¡aruchico Ay! una y otra vez. La mujer y los hijos le
acompañan y de tanto en tanto le dan a beber el trago que van llevando.
Es costumbre inveterada que por estas fiestas de San Pedro las haciendas
de los alrededores luchen y peleen por adueñarse de la plaza principal del
pueblo. Desde madrugada se sitúan en cada esquina de la plaza y al grito
que nombre la hacienda, se lanzan a conquistar el centro de la plaza. Es
verdaderamente dantesco ver como bajo el efecto del alcohol se lanzan con
una ferocidad increíble con fuetes, palos y cualquier objeto que pueda
causar daño al contendiente y pelean horas y horas sin ningún miramiento y
sólo se retiran cuando han sido tan diezmados que no pueden seguir
peleando.
El grupo, la hacienda que ha ganado el centro de la plaza, tendrá a su cargo
toda la fiesta del pueblo. Se nombran priostes de entre los naturales más
solventes y estos mismos no tendrán reparo en vender todo lo que tienen
con el fin de dar una fiesta más esplendorosa que la del año anterior y
mejor aún si es de muchos años pasados. Para el natural que ha “pasado
fiesta” como ellos suelen decir; es motivo de orgullo, estatus y especiales
consideraciones dentro del grupo.
Se nombran priostes para cada una de las actividades que habrán, así: para
la corrida de toros para el torneo de gallos, para el baile de la noche de San
Pedro, para la entronización del santo y la misa campal, para los juegos
públicos como:: el torneo de cintas, el palo encebado, el chancho
encebado, el salto de las chamisas y muchas cosas más.
En el barrio de San Blas han plantado dos postes: uno a cada lado de la
calle y a una altura de unos 2 y medio metros han templado un cabestro
muy resistente donde cuelgan por su patas unos 8 gallos vivos con sus
cuellos grotescamente curvados hacia arriba. A una distancia prudencial se
sitúan unos cuantos jinetes en sendos caballos que emprenderán la carrera y
al pasar debajo del cabestro, con sus manos cogerán sin perder velocidad,
la cabeza de un gallo y se la llevará; mas, generalmente los gallos han sido
también sujetos al cabestro que no es raro que el jinete sólo se lleve la
cabeza.
Este torneo macabro, casi siempre termina en medio de vítores, risas y
jolgorios.
155
Entre tanto en la plaza del barrio han instalado un poste con unos palos
entrecruzados en el extremo donde han colgado una serie de obsequios:
dulces, ropa, objetos para el hogar que, se llevará el feliz mortal que logre
coronar la punta del poste. Hazaña por otro lado al parecer imposible por
cuanto al palo lo han encebado tanto que hasta las moscas se resbalan. La
alegría es general cuando alguien que venciendo lo imposible casi llega al
final; pero el palo siempre ganará y el sujeto regresa al suelo en medio de
gritos, risas y alegría.
Se ha reunido bastante gente curiosa principalmente mujeres.
Aprovechando la circunstancia sueltan el chancho al que le han pelado y
embadurnado de cebo en tal cantidad que es muy resbaladizo. Corren los
chicos y hasta los hombres tras del chancho encebado, mientras éste,
asustando, chillando se mete entre las piernas de las mujeres que, a su vez,
chillan, gritan y se ríen haciéndose una batahola pintoresca y alegre.
Por la tarde y en la plaza principal se lleva a efecto el juego de las cintas;
para ello, han colocado dos postes medianamente altos en cuyo extremo se
hallan amarrados los extremos de unas decenas de cintas de colores vivos,
largas y vistosas que llegan hasta el suelo. Pronto llegan algunos donceles
vestidos de sus mejores galas, escogidos entre los jóvenes de las haciendas
que, esperan la llegada de las doncellas con quienes alternarán en el juego.
Al son de un tambor monótono que marca un ritmo, comienzan a pasar,
mientras ensayan una especie de pasos de baile, unas veces por delante y
otras veces por detrás del compañero que tienen delante, lo que origina que
las cintas vayan tejiendo unas trenzas en el poste. Una vez terminado,
tendrán que destrenzar y el que primero termine gana. Esto le da derecho a
escoger pareja del lado perdedor que tendrá que obedecer en todo lo que
mande.
En el parque y por la noche, se lleva a efecto los “juegos pirotécnicos”;
esto, está a cargo del prioste más acomodado. Parece que todo el pueblo ha
salido a disfrutar del espectáculo pues, comienzan lanzando cohetes de
carrizo y pólvora como un abreboca de la fiesta; éstos y las vacas locas van
preparando la alegría que pronto se contagia entre las familias que han
salido a curiosear. Sustos, risas y ayes van sembrando los cohetes a su
incierto paso por la multitud. ¡Pronto, se prende el primer castillo y una
lluvia de saetas, estrellas, silbidos se oyen y ven con las primeras figuras
que forman el castillo. Llega el turno a la torre principal y una cascada de
luces de maravillosos colores alumbran por instantes el parque. Gritos de
júbilo, admiración y sorpresa se oyen por todas partes. Ya en casa se oirán
los comentarios de chicos y grandes.
156
En la plaza que hace de mercado también se ha preparado otro espectáculo
que no había visto antes en mi pueblo. De todas partes llegan gavillas de
ramas secas que van amontonando al parecer formando una especie de
choza pequeñita que ellos llaman “la chamisa”. Los jóvenes del pueblo,
provistos de unos palos largos a manera de pértigas, saltan a través de la
chamisa que pronto forma una llama grande difícil de saltar y que logra a
veces quemar pelo, cejas, pestañas y hasta la ropa de los saltarines; rara vez
pero sucede, el joven cae dentro de la chamisa; allí son los sustos, las risas
y la alegría.
Pero, el número principal de los festejos es la corrida de toros.
Previamente, las jovencitas de las familias principales del pueblo han sido
nombradas madrinas; esto quiere decir que correrán con los gastos de
levantar un tablado y donar una colcha para ponerla en un toro bravo que
será ganada por el torero más audaz, valiente o enamorado.
Para el caso, habían nombrado madrinas a algunas profesoras y entre ellas
estaba Blanqui. Hicieron levantar un tablado y confeccionaron una colcha.
El día de San Pedro fuimos después de almorzar las profesoras y yo al
tablado; con la colcha que se exhibía, naturalmente a ver toros de pueblo de
aquel día.
Pese a que seguramente habían venido curiosos de los pueblos vecinos, sin
embargo la plaza lucía enorme y medio vacía.
La banda municipal se esforzaba por poner alegría en el ambiente.
Algunos jóvenes del pueblo se pasean dentro de la plaza o forman grupos;
cada cual provisto de su poncho y dispuesto a mostrar sus habilidades
taurinas.
El viento, corría furioso levantando una polvareda que tapaba a los toreros.
Salieron unos bueyes relativamente bravos que limpiaron la plaza de
aficionados; sin embargo había uno que otro que hacía buenos quites. Yo,
inconcientemente comparaba con los festejos de mi tierra y me daba
tristeza ver los esfuerzos que hacía la gente por divertirse.
Mas, de pronto unos cuatro jóvenes en los que reconocí al hermano de
Sulema, un De la Torre que era el dueño de la hacienda que daba los toros
que se jugaban ese día, un Buitrón y otro que no era mi amigo se
presentaron frente al tablado donde estábamos y llamándome a alta voces
como para que oiga todo el mundo y quede constancia de su invitación: me
invitaban a torear.
157
Todos nos quedamos sorprendidos; pero yo más porque adivinaba la
segunda intención de hacerme quedar mal y talvez como un cobarde
delante de Blanqui.
La reacción instantánea de las compañeras fue decir:
-¡No sabe torear!
Pero, Blanqui comprendiendo también la segunda intención de los jóvenes
y no queriendo hacerme quedar mal decía:
-¡No puede torear, no tiene poncho!...
-Aquí le prestamos uno…
¡Ah, mis diez y ocho años!
-¡Allá voy! ¿Quién me quiere prestar un poncho?
Al poco rato ya estaba junto a ellos que solícitos me extendían un poncho.
-¡Ruper nooooo! Gritaban las compañeras. Mas, la suerte estaba echada!
¡No podía retroceder! De tal manera que a un toro; digo toro. Era un buey
enorme que buscaba incautos como yo por el otro lado de la plaza. Yo, me
oí que le llamaba y el muy desgraciado, dándose la vuelta emprendió la
carrera hacia nosotros. Lo que sentí ese rato debía ser lo que sienten los
soldados que saben que en ese instante pueden recibir un tiro.
¡Ah!; ¡pero mis 18 años! Salí del grupo con el poncho extendido como
había visto hacer tantas veces en mi tierra. El toro al verme, se dirigió
hacia mí… -nunca había visto de tan cerca una cara de buey en tren de
hacerme pedazos: era una cara enorme; se me figuraba de más de un metro
de altura y a cada lado unos ojos enormes como platos dulceros pero llenos
de sangre y lo más curioso: la cabeza se movía de un lado a otro y yo no
sabía de qué lado embestiría. En ese momento en lo único que pensaba era
en lo enorme que era el animal, que temblaba la tierra a la que se acercaba
y que debía tener más de cuatro patas por el ruido que hacía.
Tan cerca estaba el buey y venía envuelto en una nube de polvo que, lo
único que alcancé a hacer en ese instante fue extender el poncho a un lado
y cerrar los ojos. Un ay! general y un viento que pasó por mi lado me
decían que el animal había pasado sin hacerme daño. Pero, aún no acababa
de reponerme cuando el desgraciado se dio la vuelta sin darme tiempo a
abrir bien el poncho que, sólo pude hacerme a un lado, cuando sentí que su
158
cara me pasaba por un costado; instintivamente extendí la mano justo para
desviar su cuerno; sin embargo, con el dedo pulgar alcancé a lastimarme la
mejilla. Parece que los dichos amigos se pegaron el gran susto pues,
enseguida se acercaron a ver que me había pasado.
Yo no sé si era el polvo o el miedo, lo cierto es que yo me veía todo blanco.
¡Ah, mis diez y ocho años! No sé si todos serán así pero los míos sí que me
dejaron recuerdos…
Un buen día, sin que sospecháramos nada; llega Balbina. Trae la noticia de
que a Blanqui le cambian a Conocoto y ella viene a ayudarle en el traslado.
Esta noticia nos dejó mudos; incapaces de decir o hacer nada. Y, es que no
hay qué decir ni qué hacer. El golpe es tan tremendo que Blanqui no
soporta y se pone a llorar. Balbina como no sabe, no comprende y trata de
159
consolarla diciendo de las ventajas que ello significa para ella y para la
familia.
Balbina parece que me tiene mucha simpatía y ante algunas actitudes mías
medio sobradas cariñosamente me dice:
¡Qué es pues el peltre! Me ha bautizado de su peltrecito.
-¡Peltrecito! Dígale pues, a su amiga lo importante y ventajoso del cambio.
Yo, no soy capaz de articular palabra y asimilar lo brutal de la situación.
En un día se arregló todo y al otro ya partían. La última noche hemos
quedado conversando hasta muy tarde, capaz que me he quedado dormido
en medio de la dos.
Qué terrible resulta dar el adiós a un ser querido sólo con la mirada y el
pensamiento. Nuestras almas gritan como aves salvajemente heridas.
Cómo habríamos querido estar solos y dar rienda suelta a nuestro dolor.
No había promesas que consuelen; sólo una realidad que como niebla de
invierno iba penetrando en nosotros hasta tenernos rígidos y desencajados.
¿Era el destino? ¿Eso quería la vida de nosotros? Tanto nos abrumaba la
situación que Balbina callada nos miraba con honda simpatía.
-Peltrecito; no se olvidará de nosotros, tiene que visitarnos porque nada ha
cambiado y mamá le reclama mucho.
-Sí, claro; allí estaré...
Y una mañana que no se puede olvidar se fueron en el bus llevándose lo
que más había querido hasta entonces: la mujer que me quiso desde el
primer instante, la que rompió barreras por mí, la que me había dado el
primero y más completo de mis amores. La que no dudó un solo instante
en quererme hasta el infinito. La que con su sacrificio me hizo hombre y
me enseñó a confiar en mí y en mis esfuerzos.
¡Solo! Después iba asimilando poco a poco mi tragedia. Hasta entonces
no sabía lo mucho que significaba para mí su presencia; cuánto estaba su
alma dentro de mí.
Las mañanas, las tardes, las noches se hicieron un infierno. Era tal mi
soledad que, como un náufrago me agarré a escribir, escribir, escribir
poesías que luego las mandaba por correo a Conocoto.
160
Una mañana no pude levantarme. No sé qué tenía, nunca lo supe; pero
materialmente, las piernas no me sostenían.
En el hotel, causó sorpresa mi estado y todos querían ayudar.
Teresa fue la más interesada y desde un principio se hizo cargo de mi
situación. Todas las noches me bañaba los pies en agua caliente con sal y
me daba masajes; se quedaba hasta tarde dándome conversación; venía
Ancízar a dormir, entonces se iba y con una devoción increíble venía todos
los días a darme su terapia.
Yo, no sabía lo que me pasaba, pero sus cuidados y su conversación hacían
que poco a poco me fuera sintiendo mejor. Habían pasado 15 días y al fin
pude ponerme de pie; después pude salir al patio y arrimado a las paredes
pude andar; después, agarrado de los alambres que había en el patio para
secar la ropa comencé a aprender de nuevo a andar.
Durante ese tiempo pude conocer a Teresa que antes me había pasado
desapercibida; pues, era una chica solitaria, al parecer muy entregada a su
trabajo de la escuela y a quien asediaba Carlos: un sobrino de doña Delita.
Yo, le estaba muy agradecido pues, mi situación de forastero y muy lejos
de mi familia que nada sabían, no era precisamente envidiable y ella, muy
comedidamente, caritativamente me había atendido.
Una noche, después de merienda, que conversábamos en mi cuarto, se puso
a tararear una canción; tenía una bonita voz; luego me contaba porqué ella
era solitaria y callada. Una ola de ternura llevó mi mano a acariciar su
pelo; mas ella tomo mi mano y la besó. Después de ello, siguió intimando
poco a poco y haciéndose conocer espiritualmente.
Como si hubiese habido un acuerdo tácito en el hotel nadie nombraba ni
hacían acuerdo de Blanqui; pero en mí, su recuerdo era perenne,
dolorosamente abrumador. Sus cartas las esperaba con ansia y angustia
cada semana. No lograba conformarme y no pensaba sino en ella. Pero
Teresa con una paciencia infinita iba penetrando poco a poco en mi sentir.
Era una persona tan agradable, tan moldeable, tan generosa que, aun sin
querer una mañana supe que nunca había habido otro hombre en su vida.
Desde entonces fuimos amantes; aunque ella sentía que todo yo pertenecía
a Blanqui. Descaradamente estaba poniendo en escena el artículo 1 del
código portugalino “No quiero arrepentirme después por lo que pudo haber
sido y no fue”.
Teresa era una criatura adorable y yo al parecer era todo su mundo que,
francamente me dolía el defraudarla. Ella nunca me hizo ningún reproche
161
por mi proceder y procuraba darme gusto en todo y no darse por enterada
por mi falta de cariño. Alguna vez me decía:
-Algún día me querrá; yo sólo quiero que me deje quererle.
Sin embargo, entre las cartas de Blanqui que testimoniaban su profundo
cariño también herida por la distancia; las demostraciones sinceras y
devotas de Teresa, aquella desesperación y angustia fueron atenuándose;
más aún con la espera de la terminación del año escolar.
Personalmente sentía que había madurado mucho, había dejado de ser un
jovencito y me sentía un hombre completo; veía las cosas y la vida de
manera diferente, más real e iba conociendo el carácter fuerte, decidido de
Teresa que me contaba:
-Hace un año más o menos, cuando compartían un departamento con
Beatriz en una casa del cura de la parroquia y de la cual eran las únicas
inquilinas; a ella le tocó por una noche ocupar sola dicho departamento.
Cuando regresa de la merienda, a obscuras, prendió una vela que la dejó en
el hueco de la pata de la cama que solían tener las camas de aquel entonces
y bajó al patio a coger una jarra de agua de un grifo que había allí. Cuál no
sería su sorpresa que, al regresar estaba el cuarto a obscuras y más aún ¡no
había la vela!. Prende otra esperma para buscar la perdida y no la encontró.
Un poco desconcertada se iba a acostar cuando oye un portazo en el cuarto
contiguo que ocupaba Beatriz y pensando que la ventana quedó abierta va
al otro cuarto; ¡pero la ventana estaba cerrada!. Regresa a su cuarto y la
esperma se había apagado; busca la esperma y, hasta el día que me contó
no encontró ninguna de las espermas.
Lo insólito del caso es que ella decide “irse a dormir aunque sea a
obscuras” –como decía ella-. Tamaña sangre fría era algo inaudito.
Personalmente yo creo que me habría ido a dormir aunque sea al parque...
Parece que estas historias no eran nada raras en el pueblo; más aún, se
contaban historias de aparecidos que, en la luz mortecina del pueblo se
hacían creíbles. Basta contar lo que nos sucedió a Ancízar y yo cuando
viviendo en el hotel compartíamos una habitación larga y angosta capaz de
que nuestras camas estaban también a lo largo del cuarto; éste daba al patio
y una sola ventana daba luz a todo el cuarto, además, la esquina de uno de
los vidrios estaba rota y faltaba. Una noche que estaba más negra que
cueva de vampiro me desperté con la sensación incómoda de que alguien
pegado el ojo al hueco del vidrio me miraba. Por más que trataba de
desentenderme del asunto poniéndome de espaldas o cubriéndome con las
cobijas no lograba quitarme esa extraña sensación; pasaron unos minutos
largos cuando Ancízar que también se había despertado me decía:
162
-¿Ruperto: no siente que un ojo nos mira por el vidrio roto?
Nosotros: hombres valientes e incrédulos en aparecidos no salimos a
averiguar de qué se trataba; más bien dejamos una esperma prendida hasta
que se consuma.
Como los dos éramos igual de valientes, no nos dio vergüenza no hacer lo
que debíamos hacer; creo que habíamos perdido completamente ese feo
atributo. Y eso lo comprobamos una vez más, cuando una noche de un
sábado para amanecer domingo, oímos unos ayes tan lastimeros e
inconfundibles con aquellos que nos enseñaban eran de ultratumba. Eran
tan persistentes y tan prolongados que nos confirmaban sin temor a
equivocarnos que “pertenecían al otro mundo”.
Sudando entre sábanas cuando oímos que se abría la puerta del cuarto
contiguo al nuestro que era de Teresa.
-¡Qué bruta, que va a hacer esa mujer! –decía Ancízar- sin embargo nos
quedamos pendientes de los lastimeros lamentos y esperando de un
momento a otro un chillido de auxilio de Teresa. Seguían los lamentos y
oímos que regresaba Teresa. En el colmo de nuestra sinvergüenza valentía
preguntábamos.
-¿Qué fue Tishe?
-Un indio que está herido roto la cabeza.
-Nosotros valientemente quedamos muy tranquilos a seguir durmiendo.
Ella, también como Blanqui supo querer a su manera sino esperar nada de
mí y en cambio dando todo de sí; nunca tuve ningún reproche, ningún
reclamo.
Se terminaba el año escolar y como de costumbre hubieron los ajetreos de
las sabatinas, los ajustes de última hora.
163
Otra vez dejábamos el pueblo; mas, esta vez deseaba con ansia llegar a la
ciudad. Por la noche subí a casa de Blanqui; deseaba verla y quererla como
un desesperado. Yo creo que los únicos que no nos dábamos cuenta de
nuestra desesperación, éramos precisamente nosotros. Doña Marujita y
Balbina me recibían cariñosas; con ese cariño que pone la familia cuando
bien se espera a la persona largamente ausente.
Nuestras vacaciones fueron un premio a nuestros sacrificios y Blanqui tuvo
el acierto de que intimara con una amiga y confidente y le sirviera de
pretexto para vernos casi todos los días. La ferretería de Luis era el lugar
donde yo permanecía mañana y tarde para de allí salir a cualquier parte.
A pesar de que nuestro cariño se acrecentaba más y más, la sombra de una
futura separación nos atormentaba enormemente.
Yo no pensé que la estimación que me tenían mis amigos fuera tan especial
que se extendió a ella y ellos me daban noticias cuando yo por alguna razón
no estaba en ese momento.
Y, esa alguna razón se llamaba Teresa. Como ella vivía con su familia en
Chillogallo, venía sólo una que otra vez; y para ello quedábamos citados
día y hora. Teníamos la facilidad de que una hermana vivía en Quito y le
prestaba la llave del departamento; de tal suerte que casi nunca se nos veía
en la calle. Sin embargo, más de una vez, Balbina aprovechaba cualquier
oportunidad de una conversación para denostar contra Teresa.
Así, pasaron las vacaciones y, teníamos que regresar cada cual a su destino.
Yo, sin embargo me quedaría un día más porque Blanqui regresaría por la
tarde de Conocoto y pasaríamos la noche juntos.
Fue una noche de suspiros más que de caricias y la campana de Santo
Domingo contribuyó a tenernos despiertos toda la noche.
¿Qué íbamos a hacer de allí en adelante? ¿Por dónde se enrumbaría
nuestro destino? Aunque tácitamente nos cuidábamos de topar el tema y
habíamos acordado dejar al destino que manejara nuestro futuro; yo sentía
que me debatía entre dos grandes caminos a tomar, y como hombre
responsable me tocaba a mí elegir y resolver. Blanqui, nada quería que
estorbara mi futuro hacia el doctorado de medicina y, quería ella sacrificar
sus amorosos anhelos de compartir desde ya su vida con la mía. Yo,
personalmente, veía por lo pronto imposible seguir la universidad; y a toda
costa quería a mi lado a quien hasta entonces llenaba mi vida.
164
Al otro día; entre llantos y juramentos, cada cual regresaríamos a nuestras
obligaciones.
Ya en Tabacundo, el molino impersonal e indiferente de la vida nos cogía
en sus engranajes y con los ojos vendados al razonamiento, caminábamos
como borricos de noria, sobre nuestro propio terreno.
Pero, el destino escribe nuestro itinerario a escondidas: nuevamente mi
prima Blanca que era muy estimada y considerada por el Director
Provincial de Educación, me había conseguido el pase a una escuela de
Sangolquí. A principios de noviembre me escribían que debía presentarme
urgentemente a la escuela Juan Montalvo del lugar.
En un día arreglé todos mis asuntos en Tabacundo. Teresa nada quería
saber de despedidas y quedamos en que en Navidad nos veríamos en Quito.
Para mí Tabacundo no significaba nada sin Blanqui; sin embargo, viviría
en mi recuerdo como el lugar más importante de mi juventud; quedaría
grabado en mi memoria, en mis neuronas, en mi psiquis como el lugar
donde un niño se hizo hombre en los brazos de una mujer.
165
CAPÍTULO VII
Tenía 20 años, y un nuevo capítulo de mi vida comenzaría precisamente en
la tierra en que había nacido.
Conocía a varias personas, principalmente jóvenes; pues, en las vacaciones
de verano mis tíos, Mamita Toya, el Danielito, mi prima Blanquita y mi
hermano menor solían veranear en Sangolquí. Era una temporada muy
hermosa porque gran parte de las familias sangolquileñas que no vivían
allí, aprovechaban la temporada para visitar familias o propiedades. Igual,
muchas familias quiteñas y hasta de otros lugares de la república venían
por lo agradable del clima, la cercanía a los baños termales del Tingo, La
Merced, Alangasí; por las facilidades de alojamiento y la singular acogida
de los pobladores.
Se formaban grandes jorgas de jóvenes alegres y bullangueros que, de la
mañana a la noche con sus vestidos multicolores hacían programas de toda
índole: que Alicita y su hermano Rubén aprovechando que los padres no
estarán hoy, nos invitan a su casa; y allá íbamos a tomarnos materialmente
la casa. Que la jorga decide hacer melcochas... bueno; los varones a por
leña y panela mientras las mujercitas a preparar ollas y demás para hacer la
miel; total, un día de jolgorio que termina con el consabido baile. Que las
hermanitas Páez invitan a un paseo campestre por los potreros de Santa
Rosa...
-Irán puestos ternos de baño porque el agua que riega los potreros es de lo
más deliciosa... Allá vamos; llevando la vieja vitrola que no nos abandona
y hace bailar hasta en los potreros.
Nunca sabíamos lo que haríamos el día de mañana, y siempre
terminábamos el día contentos, alegres, cansados; tejiendo ilusiones,
esperanzas o desengaños de juventud.
-¿Para qué recoges esa florcita?
-Es para la Luchita.
La Luchita por quien varios estudiantes suspiran.
-Yo quiero bailar con Gladys...
-¡Pero si tiene novio! Vive en Quito...
166
-¡No importa! Hasta que él venga no más.
Y así: ilusiones y amores de verano que se enlazan en medio de bromas,
risas y paseos.
Por las noches: la mayoría de las familias salen al parque principal y allí,
Luis Aníbal Granja que no faltaba un verano; con su mágica acordeón
encendía el baile; el baile más democrático del mundo porque allí, jóvenes
solteros, adultos casados bailaban en medio parque hasta bien entrada la
noche.
No recuerdo que alguna vez hubiera una descortesía, una falta de respeto,
una patanería, peor aún una pelea. Había tal camaradería y respeto y
confianza entre todos que, los padres nunca prohibían a sus hijos salir a
vagabundear con los amigos.
En ese ambiente, conocí a muchas personas del lugar que guardaban para
mis tíos tal respeto, cariño y distinción que ello se extendía a mi hermano y
yo; incluso cariñosamente le llamaban “El compadre”.
Entonces, un día de noviembre, mi tío Daniel y yo recorríamos el pueblo
buscando una pieza donde habría de vivir mientras trabajaba allí.
Llegados con todos los bártulos al parque principal, enfilamos donde los
Salazares; unas parientes naturales de mi tío a fin de que nos dieran
indicaciones donde fuera posible encontrar una pieza. Allí nos indilgaron
la casa de doña Carmen.
Doña Carmen, casi adoraba a mi tío y allí mismo nos facilitó una pieza en
el cuarto piso de su casa; con ventana a la calle y una hermosa vista sobre
el parque. Allí me quedé. Faltaba arreglar lo de la comida; donde lo de
Mama Lola: especie de restaurante donde por casualidad comían la mayor
parte de los forasteros.
Al otro día me presentaba en la escuela. Allí, el recibimiento un tanto frío
que pretendía ser protocolario, me permitió conocer al señor Director. Un
señor pequeño, más que moreno, maduro con esfuerzos por parecer
importante, severo y nada amigable. Se apellidaba Valencia; nunca le
había visto pero era del lugar y su accionar me recordaba a un moscardón.
Darío: también del lugar era el profesor de quinto; recordaba haberlo visto
en el colegio algunos años delante mío. Parecía amigable y servicial.
167
El señor Bonilla: también del lugar; era mayor; nunca miraba de frente y
no me gustó; pero, tampoco me importó.
Dos o tres profesoras: morenas, anodinas, insignificantes que tampoco me
importaron.
Más tarde vería a Enríquez:
enseguida quería intimar.
típico chulla plantilla, dicharachero que
Me asignaron el quinto grado. Fue tal la impresión que me causaron los
alumnos que, enseguida los quise y los adopté. Parece que fue mutuo;
porque desde el día siguiente venían los padres de familia a ponerse a las
órdenes y testimoniar la impresión que había causado en sus hijos. Desde
allí, todo fue sobre ruedas con ellos.
En el pueblo: lógicamente me acerqué al mentidero público; la tienda de
maestro Pedro, donde confluía la mayor parte de la juventud del pueblo.
Recuerdo que como se acercaban las fiestas de Navidad, vinieron unas dos
hermanas de apellido Escobar profesoras de la escuela de niñas, a pedirme
que les ayudara con algún número para la comedia que presentarían en la
parroquia de San Rafael.
Esto fue motivo para que yo cayera como abeja en miel y entrara a la casa
donde vivía casi todo el profesorado femenino del cantón. Era la casa de la
Directora de la escuela de niñas que les había acomodado en una especie de
celdas en la parte posterior de la casa, una para cada una.
Hice una poesía infantil y una especia de estampa que milagrosamente
tuvieron éxito; tanto como el que yo tuve con el cuerpo femenino que
seguido me brindaron amistad y confianza tanto que yo era el único par de
pantalones que entraba al santo-santorum, e incluso se quedaba a reposar
en cualesquiera de las camas después del almuerzo. Más tarde esto me
traería una que otra alegría y más de una preocupación.
Como más de una ocasión cuando ellas iban a repasar la comedia que
presentarían en la escuela yo, me quedé en una de las camas de las
hermanas Escobar y pronto me había quedado dormido; cuando siento un
pequeño golpe en la cabeza que me hizo despertar y cuál no sería mi
sorpresa al ver que Piedad estaba sentada en la cama haciendo la que tejía
algo.
168
Me cuenta que le dolía la cabeza y por eso se había regresado del ensayo
que hacían las demás compañeras. Al poco rato regresaban las demás
profesoras. Como en otras ocasiones se hizo un poco de conversación y
luego como era tarde me despedía.
¿Despedía? ¡Imposible! No sé qué le pasaba la tal Piedad que prendida de
mi saco me pedía que no me vaya. Es tan inaudito para mí que quedo
sorprendido y no sé qué actitud tomar; pues esta señorita en la cual hasta
ese entonces no me había fijado porque le había visto insignificante,
desengañada más que cualquier otra de las compañeras me deja turulato y
sin querer pasar de grosero le decía:
-¿Qué le pasa? ¿Está loca?
Solo la intervención de las compañeras que veían cuán extraño me parecía
su comportamiento, hizo que entrara en razón y yo pudiera despedirme
normalmente.
-Al otro día Fany y Enriqueta me visitaban muy de mañanita en mi cuarto y
querían saber lo que había pasado.
Convencidas de mi sinceridad y caballerosidad me contaban que la muy
zorra había querido justificar su histerismo culpándome de que había
actuado así porque le había dado no sé qué pastilla. Fue tanta mi
indignación que quise ese instante ir con ellas y enrostrarle su bellaquería;
más ellas me rogaron que no hiciera nada ya que ellas le habían asegurado
que yo no me enteraría.
Desde entonces odié con toda mi alma a semejante alimaña capaz de
semejante engendro.
Mi nueva situación en Sangolquí, me permitía los días lunes, después que
habíamos pasado el fin de semana con nuestras familias, el subir muy de
madrugada hasta la casa de Blanqui, silbarla y ella enseguida salía y
bajábamos amándonos a cada rato hasta llegar al bus que nos regresaba a
nuestros lugares de trabajo.
La hora, la soledad y nuestro inmenso cariño represado tantos días hacía
que nos amáramos con frenesí de armiños.
Igual; los días viernes por la tarde, el mismo bus que me traía de Sangolquí
la recogía a ella en Conocoto y juntos llegábamos a Quito.
169
No sé si ella contaría a sus compañeras; la verdad es que gozábamos de
unas simpatías hermosas y yo fui haciéndome más popular que misa de
domingo. Algunas veces, como adolescentes traviesos nos escapábamos
entre semana y veníamos de incógnitos a Quito. Tal era nuestro amor que
nada nos parecía suficiente ni que lo que hacíamos estaba malo.
Pasaron los días, las semanas, los meses y nosotros como que recién
iniciáramos nuestro amor. En su casa era recibido como un familiar.
En la escuela no podía ser mejor: tenía la simpatía de los padres de familia
y para los alumnos era una especie de líder; de tal manera que la consabida
sabatina tendría que ser un éxito. Con algunos alumnos nos quedábamos
después de clase a preparar una exposición de pinturas y de trabajos hechos
por los alumnos que iban descubriendo sus habilidades y gustosos
sacrificaban recreos y horas extras con el fin de hacer una exposición única.
Me había entregado al trabajo por entero que el grado casi no salía a los
recreos y yo me había olvidado que tengo compañeros.
La sabatina fue un acontecimiento. Decían los alumnos que nunca habían
acudido tantos padres de familia ni tanta gente. Yo sabía que los mismos
alumnos a través de sus conversaciones familiares, talvez sin quererlo
habían sido los mejores propagandistas.
Se acabaron las clases; nuevas vacaciones; nuevamente la casa, la familia,
los amigos y sobre todo mi relación con Blanqui.
Ya en Quito y en vacaciones, Teresa se daba modos en venir a verme a la
ferretería de Luis y entonces reanudábamos nuestras interrumpidas
vacaciones. Todo esto no me gustaba pero; no tenía valor para deshacerlo
¡Tenía tantos motivos de agradecimiento para ella! Además, nunca decía
nada que me diera motivo.
-Sólo te pido que me dejes quererte –repetía. Me parecía pues una
canallada peor de la que le estaba haciendo el tratar de desengañarla; de tal
manera que a toda costa procuraba no hacerla sufrir. El departamento de su
hermana, además, contribuía para que no se nos viera por la calle.
¡Un nuevo año escolar!
Las mismas caras, los mismos compañeros, los mismos amigos.
mismos caminos, los mismos cielos, las mismas preguntas:
-¿Qué voy a hacer de mi vida?
Los
170
La responsabilidad de ayudar a la familia era tal que no podía pensar en
emprender otro rumbo. Además todo debería ser hecho por mí y a base de
mi esfuerzo.
-¿Pero cómo?
He aquí la pregunta que no tenía respuesta. He ahí la no respuesta que
flotaba como nube invisible en mi espíritu poniendo a veces tristezas de
agua en mis ojos porque no encontraba una salida.
Para este año tuve la propuesta de ir de director a una escuela de Calacalí
que, me guardé de aceptar por inconveniente. Luego me propondrían la
dirección de la escuela donde trabajaba; por renuncia del antiguo director.
Me dijeron que lo hacían a pedido de los padres de familia. Propuesta que
tampoco aceptaría por cuanto juzgaba que ese puesto le tocaba moralmente
a Darío profesor más antiguo.
Estas actitudes que obedecían a mi conveniencia de verme con regularidad
con Blanqui me trajeron más tarde el que pudiera transitar por uno de los
capítulos más sentidos de mi juventud.
Mi natural costumbre de no intimar con persona alguna hizo que en la
escuela yo pasase como una persona seria entregada a sus alumnos y a su
trabajo sin intimar con ningún compañero. Igual, en el pueblo no había
persona alguna con quien hacer una verdadera amistad.
Por las tardes, después del trabajo, a veces salía a dar un paseo por el
parque en compañía de José Alejandro: primo hermano que durante
siempre no hizo caso de mí o de mi familia; pero que hoy me buscaba para
charlar y dar un paseo. Esto resultó muy interesante pues, recién conocía
algo de su vida, sus aventuras y sus costumbres y del primo de nariz alzada
y modales escogidos iba quedando mejor un pariente de carne y hueso.
En el restaurante de Mama Lola un inspector de alcoholes se hizo amigo.
Unas largas sobremesas me pusieron al tanto de que se apellidaba
Chiriboga –de los de Riobamba- por si acaso; que era de buena familia
emparentado con algún Vicepresidente; que era un tarambana; que era tan
grande y fuerte como un oso gris y que le gustaba el trago más que el aire
que respiraba.
Cierta noche, a tanta insistencia suya, nos quedamos tomando unas perlas
de trago que había cogido de contrabando. Yo había perdido hace mucho
171
tiempo completamente mi interés por las perlas y por los amigos bebedores
de perlas; entonces quería dejarle solo a que siguiese bebiendo. Esto le
disgustó tanto que, con los tragos que ya tenía dentro formaron una mezcla
explosiva que precisamente explotó en insultos, injurias y empujones que
mi prudencia y mis 20 años no pudieron soportar y en contra de un
razonamiento que habría sido lo sabio y conveniente también le devolví los
empujones. Mala cosa porque enseguida quiso armar pelea. Una pelea
desigual completamente; porque, si bien estaba chumado, esto no le quitaba
nada de fuerza, furia y deseos de hacerme añicos. Quise escabullirme hasta
mi cuarto, pero, él me seguía y de paso cogió una piedra sellar de unos 50
kilos suelta de la vereda y quería lanzarme al cuerpo; como yo corriera ante
tan pequeña amenaza y, a él le impedía seguirme el pequeño proyectil, lo
botó y entonces sí, me siguió hasta mi cuarto del cuarto piso de la casa con
ventana a la calle y balcón al parque. Allí, pretendí hacerle razonar, pero
como más razón tenían los tragos, me pegó un inofensivo golpe que me
mandó contra la ventana que pese a estar aldabada se abrió, dejándome
pasar contra mi voluntad al balcón, y contra mi voluntad romper unos
barrotes de cemento que felizmente impidieron que contra mi voluntad
siguiera camino del parque; menos mal que viendo semejante desgracia se
fue para su casa.
En prevención de que pudieran repetirse semejantes ajetreos y el resto de
barandas no fuesen capaces de impedir mis no mentables e involuntarios
lances al vacío; muy comedidamente agradecí a doña Carmen su
hospitalidad y trasladé mis bártulos a lo de doña Facunda.
Allí, encontré que vivía una colega profesora de nombre Anita, casada con
un paisano que se decía que le “acariciaba” tanto y con tanta frecuencia que
los vecinos conocían como inconfundibles sus pedidas de auxilio.
Esta colega –yo no lo digo- me contaban que decía que yo era una
bendición que haya ido a vivir allí porque “era un jovencito muy serio y
amigo de mi marido”; mas, yo creo que mi presencia en la casa ya sea por
vergüenza o por amistad con el Ronco –su marido- hizo que las caricias tan
nombradas no se repitieran, y de eso estaba agradecida.
Un buen día que subí a visitar a Blanqui y su familia me sorprendieron con
la inesperada noticia de que a Balbina le destinaban precisamente a la
escuela donde yo trabajaba en Sangolquí.
Yo pienso que el destino juega con nuestras vidas como si fuésemos
marionetas de este grande teatro que llamamos vivir; pues, más de una vez
he podido constatar como los acontecimientos se entrelazan unos con otros
172
en forma tan evidente que acaban siendo el “destino”; en el que nosotros no
hemos tomado parte en su elaboración, pero luego forman parte de nuestra
vida.
La noticia que acababan de darme naturalmente me dio mucha alegría y
lógicamente me ofrecí para que en la misma casa de doña Facunda le
dieran un cuarto donde se quedaría a vivir mientras trabajaba en el lugar.
También hablaría con Vicenta, hermana de mi tío Manuel, que acababa de
instalar un restaurante donde nos diesen de comer.
La presencia de Balbina en la escuela vino a romper la monotonía del
quehacer diario. Le destinaron al segundo grado. Los compañeros, me
imagino se sentirían como encogidos; pues, Balbina tenía un porte
distinguido, un andar y una presencia inconfundible y sin ninguna
afectación y todo en ella escogido, hasta la forma de hablar sin ser pedante
era especial; más aún sólo su presencia hablaba de una distancia
considerable con el resto de profesores, que, en cambio se deshacían en
cortesías y halagos.
Naturalmente las distancias se hicieron más evidentes desde el momento
que vieron que me unía una antigua amistad.
Para mí, esta situación por un lado era muy halagüeña al tenerla cerca a
Balbina; pero por otro lado me era perjudicial porque ya no podríamos
vernos los días lunes de madrugada con Blanqui; peor escaparnos entre
semana. Hasta tanto Balbina vivía en una pieza junto a la mía en casa de
doña Facunda.
Los primeros días fueron de expectación para el pueblo. Si bien la
sociedad sangolquileña era con mucho más abierta que la tabacundeña; el
porte, la donosura y belleza de Balbina que iba acompañada del profesor
“estrella” de la localidad, causó más de un comentario.
No sé; si para bien o para mal, el vernos juntos creó simpatías en el pueblo
que al decir de Vicenta que nos hizo ruborizar, decían: “Qué linda pareja
que hacen”.
Al contrario de Tabacundo, en Sangolquí, aquellas personas que siendo
muy mayores para mí, sin embargo me distinguían con sus demostraciones
de respeto y consideración, extendieron a ella sus demostraciones más
sentidas; de tal manera que para ella y para mí se hizo muy agradable andar
siempre juntos.
En la intimidad su presencia creó cierta alegría que poco a poco fue
haciéndose mutua confianza. Siempre andábamos de bromas y de risas.
173
Basta decir que cuando ella cepillaba sus zapatos yo puse mis botas al
alcance de su cepillo y ella decía:
-¡Amba! El chinche... y acababa entre mohinos y risas limpiando mis
botas.
Ante gesto semejante le abrazaba y trataba de besarla y ella muy seria se
ofendía y más luego acabábamos en risas.
Blanqui no se quedó quieta hasta conseguir venir todos los días a dormir a
Sangolquí acompañando a Balbina.
Esto, cambió un tanto las costumbres; pero, vinieron otras que marcaron sin
querer nuestros caminos. Blanqui, muy de mañana pasaba por mi cuarto a
despedirse antes de ir a su trabajo. Siempre dulce, cariñosa, callada me
demostraba su amor hasta el sacrificio de que se enterara la gente. Hasta
llegué a pensar que eso no le importaba.
Con Balbina en cambio, el rose continuó, la libertad y nuestra juventud
jugaban cartas distintas. Aquella intimidad circunstancial, aquellas bromas
y aquellos juegos nuestros; poco a poco fueron introduciéndose en mi alma
y, cuando menos me di cuenta... ¡me había enamorado!
¿Cómo fue posible aquello? Y lo que sentía por Blanqui que era tan
profundo, tan serio y que habíame marcado tan hondamente qué se hizo?
¿Desapareció? ¡No! seguía amando a Blanqui tan profundamente como
siempre... ¿Y entonces? Francamente no lo sabía; pero, era posible.
Alguna vez que yo recuerdo allá en Quito, Balbina nos vio cuando Blanqui
estaba sentada en mis rodillas; pero, de ello era algún tiempo y, más que
nada por voluntad de Blanqui, en su familia pasábamos como amigos muy
entrañables. ¿Entonces por qué Balbina ocultaba sus manifestaciones de
cariño delante de Blanqui?
Siempre hubo y hasta hoy hay más preguntas que respuestas. No era
bonito el juego que yo estaba jugando; lo sé, pero no me resignaba a
perderlas. ¡Cosa curiosa! He vuelto a releer un viejo diario mío
precisamente que hablo de aquella época. Sólo puedo decir que lo mío, o
más bien lo nuestro fue un episodio muy tormentoso. El corazón joven,
inexperto; el alma voluble e inconstante jugaron como quisieron con
nuestras vidas.
En resumen: momentos sublimes, gloriosos, transportado al infinito, a lo
azul, al éxtasis cuando en horas felices y días ella olvidaba –lo que yo
sospechaba- el conocimiento talvez de mis relaciones con Blanqui; cuando
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al embrujo de besar sus labios, sus ojos hablaban aquel lenguaje que sólo
saben interpretar los enamorados y ella se entregaba voluntariamente a
aceptar mis demostraciones de adoración. Otras veces, por lo contrario sus
momentos de reflexión, hacían que se arrepintiera de sus momentos de
debilidad y me hundiera en un océano de dudas, angustias desorbitadas y
suplicios dolorosos que hacían de mí el ser más desgraciado de la tierra.
No sé y nunca lo sabré; pero me niego a creer que ella hiciese a propósito o
con alguna finalidad.
Algún momento llegó en que secuestraron mi diario donde se pintaba mi
alma al desnudo y mis sentimientos hacia ellas eran transparentemente
presentados como era lo lógico; esto, provocó enojos, resentimientos y
dudas de mi parte, pero que no logró quebrar nuestras relaciones y más
bien las robustecieron.
Fue una época maravillosa que no puedo describirla sin que pierda el
espíritu que lo vivió. Fue una época en que mi corazón siempre romántico
me dictó algunas de mis más sentidas poesías. Sólo sé que fue un retazo
maravilloso de mi juventud que al verlo a la distancia de los años me habla
de lo sublime del amor, lo dorado de la juventud y lo voluble del corazón;
más aún dejan lecciones que llamamos experiencias que dicen claro que la
sentencia bíblica siempre y en todo se cumple: “todo nace, crece y muere”.
Todo lo que tiene un comienzo, tiene un final; que las mujeres son
enemigas naturales de las mujeres, porque ellas mismas son el remedio
para los males que causan las otras.
Así, había llegado otro final del año escolar con las consabidas sabatinas y
las consabidas despedidas.
Lo nuestro, como ya era costumbre, seguía ese camino equívoco, entre
lampos de felicidad y heridas por incomprensiones y dudas.
Tendría que hacer un viaje con mi madre a la Libertad de Salinas en la
costa, donde mi hermano Julio subteniente de artillería que tenía ahí su
destino.
Para mí, la cosa era completamente desconocida y, el viaje lo realizaría a
regañadientes ya que eso me alejaba por un tiempo de Blanqui y Balbina.
Pero no había otro remedio; mi madre no podía viajar sola.
El viaje lo realizamos en tren. Yo sólo conocía hasta Ambato; sin
embargo, mi natural romántico pronto estaba admirando esa galería de
volcanes que mi primo Gonzalo había bautizado como “Avenida de
volcanes” en su viaje a Italia. Paisajes maravillosos, únicos; sólo que yo
admiraba más lo inmenso de su extensión, lo colosal de su estructura y lo
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insólito de viajar en un tren que me hacía corroborar lo que cierta turista
francesa decía al ver que el tren paraba donde le decían, donde el
maquinista tenía que recibir un encargo, donde la gente debía comprar
allullas, hornado o cuyes; es decir un tren sin prisas, sin horario ni apuros o
sea “El tren más hermoso del mundo”.
Llegados a Riobamba, sólo quedábamos a pernoctar allí, ver sus avenidas
limpias y señoriales, sus calles adoquinadas y sobre todo el frío, el frío
mordedor.
Al otro día, la continuación del viaje hacia Sibambe; pasaríamos la famosa
“Nariz del Diablo”, en verdad famosa porque para aquella época de
ingeniería hacer subir o bajar un tren por una pared de roca casi vertical si
es de admirar. Poco a poco va cambiando el paisaje, la temperatura. Las
plantas van adquiriendo mayor tamaño, más diversidad y sobre todo una
lujuria insólita; también en las gentes se aprecia el cambio: el color de la
piel, la velocidad del hablar, la alegría y algarabía propia del costeño que
contrasta con la pasividad, seriedad, calma y serenidad del serrano.
En la Sierra generalmente se habla mal del costeño: ¡cuidado con los
cargadores, muchos se van con las maletas; cuidado con los vendedores y
comerciantes y más aún los taxistas que te creen tonto y quieren
aprovecharse! Seguramente esto se debe a que muchos serranos tuvieron
experiencias negativas; pero que repetido una y otra vez, crea una especie
de psicosis en el viajero, en el turista que ve por todo lado pícaros y
ladrones.
Estas recomendaciones, dos únicas maletas y algún dinerillo en los
bolsillos era lo único que llevábamos, amén de unos billetitos cosidos al
forro del saco o dentro de la media y el zapato.
Llegamos por la noche a Huigra. Desde el tren daba la impresión que se
viajaba sobre agua: ¿Será como Venecia? –me preguntabaPronto una nube de jovencitos bullangueros en un lenguaje imposible de
entender se apoderaron de nuestras maletas para de Durán pasarlas a
Guayaquil. Se disputaban nuestras propias maletas y antes de que
desaparezcan les ofrecimos a dos muchachos a que lleven una cada uno.
Para mí, creo que el tren se había detenido, sin embargo veía como las
gentes pasaban en sentido contrario ¡Uf! dije para mí –estos monos tienen
un andén en movimiento-. Antes de ni pensar, ni programar, los monos
con nuestras maletas se tiraron del tren al andén, lógicamente yo también
que falto de experiencia me caí; pero sin perder de vista a mi cargador. Mi
mamá, más práctica, se había apoderado de la falda de la camisa de su
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cargador y no lo soltó incluso cuando yacía en el suelo del andén mamá,
cargador y maleta. Naturalmente todos reían mientras mamá y yo nos
incendiábamos de vergüenza. Tal fue nuestro desconcierto que en lugar de
seguir a los demás viajeros fuimos a parar a un lugar del barco lleno se
sogas, tarros, bultos y más; donde el agua del río nos salpicaba ricamente y
el viento fresco colmaba un tanto el ardor de la vergüenza.
Un taxista que también se adueñó de nuestras maletas nos llevó hasta el
hotel que mi hermano Julio nos había recomendado. ¡Al fin! habíamos
llegado... y con nuestras maletas. Al otro día alguien nos recogerá para
llevarnos a Salinas.
Es de lo más curioso como unos cuantos consejos negativos, un estado de
expectación, un medio desconocido nos transforme en unas personas
verdaderamente inútiles.
Luego comentábamos que cuando los cargadores se apoderaron de las
maletas nosotros pensamos:
¡Cierto! Ya se roban las maletas... y con los ojos fuera de órbita, la boca
abierta y los pelos de punta nos adueñamos de los cargadores.
Entre las 5 y 6 de la tarde llegamos a la Libertad. Nos alojaron en una villa
pequeñita, muy cómoda y enteramente frente a la plaza y al mar.
¡Qué impresionante! Aunque parezca raro, nunca había visto tanta agua;
primera vez que veía el mar. Estaba perplejo ante tanta inmensidad, me
maravillaba su existencia; había mucha distancia entre una película y la
realidad. Pero no paró ahí mi perplejidad; unos pájaros grandes de picos
inmensos, se lanzaban de lo alto de su vuelo a suicidarse en el mar ¿Por
qué? Había oído de los pájaros de la laguna de Ozogochi que se suicidan
por temporadas ¿Así que era cierto? ¿Qué les lleva a semejante sacrificio?
Más tarde sabría la realidad... y me daba vergüenza ser tan ingenuo y
gozaría con semejantes recuerdos.
Desde la orilla hacia el norte se ve un muelle sobre enormes pilotes de
madera; al sur el acantilado ha formado una caleta donde el mar juega a ser
violento pero inofensivo y sobre el puente que forma la caleta se tiene uno
de los miradores más espectaculares del mar, la playa, las casitas de los
pescadores, los barcos y sobre todo del fondo del mar. A un costado, sobre
los riscos hay una casita de paredes blancas, techo rojo y barandas blancas
por donde en algunas tardes, el sol la visita largamente como premiándole
de su sencillez y belleza.
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¡Qué tardes! Una bruma lapislázuli se extiende por el horizonte como un
cobertor sideral para un sol de cobre bruñido que perezosamente bosteza y
se oculta satisfecho de haber regalado tanta maravilla.
Aquí, mi alma poética, mi corazón enamorado y mis recuerdos
martirizados han tenido pretexto para volver a abrir mi viejo diario y, hasta
hacer una poesía. Aquí, he podido serenarme y ver a la distancia mis
amores allá en la Sierra y, si bien estremecen mi alma; el saberlos lejanos
mitigan un tanto mi dolor.
Es una experiencia completamente nueva; como que hubiese entrado un
nuevo aire y éste fuese vital, alegre, juguetón y poco serio.
Esas tardes maravillosas, donde un sol como moneda de oro que se hubiese
pulido en el algodón hecho jirones de las nubes que muestran orgullosas
que arrancaron el polvo de oro que cubre el sol; y los últimos rayos de éste
juegan con la espuma de las olas que coquetas van mansamente a besar la
playa. Va difuminándose el paisaje y la noche de puntillas se le ve venir
desde el horizonte del mar; allá arriba las primeras estrellas como
debutantes avergonzadas esperando entre bambalinas pera entrar en escena
y darnos unas noches de embrujo con ciclos cuajados de diamantes
titilando en misterios de cristal azul.
Allí; entre mañanas de playas, espuma de olas, tardes embrujadas y noches
de ensueño; conocí unos 17 años hechos mujer; digo mal: hechos sirena,
diosa o ilusión; de trenzas de oro, ojos de esmeralda, cuerpo de blanca en
molde de negra como diría García Márquez, dorada generosa y
devotamente por un sol enamorado. Con un alma ingenua y perversa; con
labios de virgen perversamente esquivos y olorosos a ambrosía, generosos
y mortales a la vez.
Que me invitó a jugar a los enamorados; que a esa edad ya sabía como
hacer añicos un corazón. Pero que lo que ella no sabía es que me había
ayudado a mitigar mi dolor, a cicatrizar un tanto aquella herida abierta que
llevé. Que entre juegos, caricias, besos, tardes y noches maravillosas
aprendí que: un amor borra otro amor.
Fueron días, semanas, meses, inolvidables, verdadero regalo para mis años
invernales donde el frío comienza por el corazón.
Marieta se llamaba aquella criatura; más tarde justificaría su arte juguetón
porque tenía en Flora y Blanca sus hermanas, verdaderas maestras para una
precoz discípula.
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Sin embargo debo agradecer mi buena estrella que al decir de Renato, mi
buen amigo que encontré allá: me había permitido saborear algo que creía
imposible y, también porque aprendí a decir adiós sin desgarrarme mucho.
Pero sin embargo había de pasar por el consabido vía-crucis.
Habíamos llegado a aquella peligrosa etapa en que estás seguro que sólo
falta el momento oportuno. Aquellas intimidades semipermitidas que son
la antesala de lo oficial se habían prolija y metódicamente realizado.
Cuando ella, no soltaba acompañamiento de sus amigas con el fin de evitar
una definición; creía yo que se habían terminado. Cuando enteramente sola
y muy elegante salía al pueblo a romper corazones.
-¡Al fin! -dije... creo que se ha decidido; entonces...
¡Marietita! ¿Cómo así solita por estos rumbos?; la pueden robar...
-No se crea: a las feas no nos roban.
-¿Dijo feas? Usted que entre estos maravillosos atardeceres y estas noches
de embrujo ha sido lo que más me ha conmovido...
-Yo creo que la que más le ha conmovido ha sido Marianita...
-Niña muy hermosa; no hay duda; pero usted sabe que cuando el corazón
elige; es un tirano a quien hay que dulcemente obedecer.
-¿Y, a quién ha elegido su romántico corazón?
-Bien dice usted Marietita: un corazón romántico sólo puede elegir las
virtudes que, en usted están bien guardadas en estuche de dorada piel con
dos broches de esmeraldas de sus ojos y la cadena de oro de sus trenzas.
-¡Qué bonito! ¿Debo creer que me eligió a mí? Qué pena que no pueda
seguir su juego: los amores de vacaciones son ligeros y breves y mi
corazón nunca ha jugado y no quiere ser herido.
-Yo no le ofrezco la eternidad. Marietita porque no espero vivir tanto; pero
le ofrezco cada minuto de mi vida si usted antes no me mata con una
negativa...
-¡Fíjese que no se ha de morir!; porque los hombres tienen 7 vidas como
los gatos y usted apenas estaría gastando una. Más bien quedemos como
hasta ahora como dos buenos amigos que se quieren.
179
Yo que al verla me había lanzado con el coraje de un corsario, la dulzura de
un gitano y la palabra de un don Juan; caía nuevamente en mi ingenuidad y
ya no podría retirar lo dicho.
Pero; bueno... ¿Quién conoce el corazón de las mujeres? Esa puerta de
amistad, más tarde me abrirían sus labios.
Ya, en Guayaquil, de regreso a casa mientras con mamá paseábamos por el
malecón: como la brisa que alborota mi pelo; así una figura de mujer o la
música en una rocola revolotean mis recuerdos y desnudan mi nostalgia de
los momentos vividos.
Pero, yo sé que regreso a mis rutinas y tengo que preparar mi espíritu para
afrontar nuevas situaciones y viejas heridas.
En efecto; el nuevo año escolar nos reúne nuevamente a Blanqui, Balbina y
yo.
De algo han servido estos meses de separación: Blanqui seguirá fiel y
amorosa como siempre; para ella, ni el tiempo, la distancia o las
circunstancias harán cambiar su devoción y para ella, yo guardo algo que
también borrarán los nuevos amores. Ella está tan segura de esto, que me
deja como a un niño juguetear con la novedad del nuevo juguete. Está
segura que pasará la novedad, la curiosidad y siempre regresaré a su lado, a
su regazo.
Balbina en cambio no puede ocultar su alegría de estar nuevamente juntos
y entre arranques de cariños y arrepentimientos irá hilvanándose lo que a la
postre será para ella y para mí un amor dulcemente tormentoso. Juega con
lo nuestro sin decidirse de una buena vez, sin darse cuenta que eso nos
hiere y nos lastima.
-Yo, no soy pasatiempo de nadie –me dijo alguna vez-. Pero yo estoy
consciente que no puedo colmar sus ilusiones y sus perspectivas futuras.
Antes que nada está mi voluntad de ser médico.
No sé como lograrlo; pero sí sé que una responsabilidad de pareja me
alejaría definitivamente de mis anhelos. Por ello, y aún sabiendo que me
perjudico, nunca planteo un futuro de pareja. Sé que ello me duele
profundamente; pero he decidido que aunque pueda perderla, no daré
ningún paso que me aleje de mi central propósito.
Pasan los días, las semanas y los meses maravillosamente encantadores.
Las buenas gentes dan por hecho que llegaremos a algo serio; y nos lo
dicen; pero, nosotros coloreamos, nos reímos y ¿para qué contradecirlos?
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Como siempre: yo no tengo amigos; el único confidente como siempre es
mi viejo diario donde puedo depositar mis anhelos, mis ilusiones, mis
dolores y quebrantos y al hacerlo puedo reflexionar y decidir.
Es el año de 1948. Tengo 21 años y estas navidades serán decisivas.
En efecto, a Balbina le cambian a Cotocollao. Yo sabía, y eso me
atormentaba que, con el cambio terminaba absolutamente todo.
Ella, al fin desbordó sus recelos y aquellos últimos días fueron los más
maravillosos que me regaló. Sentada en mis rodillas, abrazados me
regalaba esos besos tan esquivos como queriendo dejar marcada en mi alma
para siempre su recuerdo.
Y, aquel 25 de Diciembre se fue... ¡y se acabó!. Como pájaro que tuviere
un ala rota, deambulaba de la mano de mi melancolía por la plaza de San
Francisco en aquella temporada navideña, como era costumbre en aquellos
años. Miraba una ruleta dar las vueltas cuando sentí que alguien me
miraba. Al regresar a ver quedé sorprendido; pues, una niña de inmensos
ojos verdes y cabellera rubia al verse sorprendida escondió su mirada.
Despertó en mí una curiosidad que hizo que la siguiera mientras con su
madre y hermanas menores también paseaban por la vereda.
181
Disimuladamente regresaba a ver y constatar que la seguía hasta cuando
decidieron irse a su casa.
Varias noches iba repitiéndose la misma ceremonia mientras las hermanas
seguramente enteradas ya de mi interés entre risas y juegos ayudaban a la
hermana a localizarme. Hasta que una noche decidí seguirlas y así conocer
su casa.
Terminadas las vacaciones de navidad regresaba a mis obligaciones en
Sangolquí y sólo podía subir a verla los sábados y domingos en que parado
en la esquina de su casa esperaba que me diera una oportunidad para
hablarle.
Me enteré que se llamaba Nely. Era una chica de hermosa silueta: alta,
distinguida, que estudiaba en el colegio Bolívar. Seguramente mi ausencia
durante todos los días de la semana le intrigaban porque los sábados y
domingos que yo subía a verla, se pasaba todo el tiempo jugando con las
hermanas en la azotea de su casa, sin darme ninguna oportunidad. El
barrio, lógicamente ya estaba enterado; pero graciosamente, igual que sus
padres y su familia no guardaban hacia mí animadversión alguna.
En mi familia habíanse producido algunas novedades: mi hermano mayor
se había vuelto a casar y formaba pareja con Bachita; mi hermano Julio
formaba pareja con Olguita; Berthita y Gloria mis hermanas habían
decidido emplearse y ya se valían por sí mismas.
Con Blanqui habíamos vuelto a aquella rutina de antes: yo subía lunes por
la madrugada a verla y bajábamos juntos al bus que nos llevaría a nuestros
destinos. Los viernes así mismo viajábamos juntos y ya en Quito nos
quedábamos por algún lugar y luego subía a dejarla en casa.
Con Teresa eran cada vez más espaciadas nuestras entrevistas, y casi
siempre en casa de su hermana.
En Sangolquí, hice de mi soledad un escudo que no me permitió hacer
amigos o nuevos amores.
Me parecía una tontería que después de haberme visto con Balbina, me
vieran con alguien que no estuviese a su altura; de tal manera que como
siempre me entregué a mis alumnos. Los compañeros no formaban parte
de mi círculo de tal manera que casi les ignoraba.
182
Tal proceder sin que yo me propusiera me había creado una aureola de
seriedad, respeto y mucha consideración. De cuando en vez solía visitar la
casa de las profesoras que seguían siendo buenas amigas.
Pensaba seriamente en seguir la universidad; pero para ello era necesario
sacar un nuevo bachillerato: ahora en humanidades modernas. Para ello, la
única alternativa era seguir la nocturna. Total: no hay todavía la
posibilidad.
Así seguiría todo aquel año escolar. Pero al comenzarlo, como de
costumbre me quedaba después de clases en el aula dibujando al pastel.
Cuando inesperadamente Piedad, aquella profesorita insignificante, zorra
calculadora y conflictiva se presenta en mi grado. Con un pretexto ridículo
permanecía allí con muestras más que evidentes de ofrecimiento total.
Confieso que le tenía tanta rabia que quise darle una lección de brutalidad
masculina y, allí desgraciadamente metí la pata tan a lo incauto que, más
tarde me arrepentiría como nadie.
Las conversaciones mías de mis aspiraciones universitarias y mis
dificultades para seguirlas mientras trabajaba en Sangolquí; habían tenido
eco en mi tío Daniel, quien calladamente había hecho gestiones con su
amigo el alcalde Chiriboga para que yo fuera de profesor a la escuela
municipal Espejo. Un 11 de noviembre fui presentado en la escuela ante el
encargado de la dirección ya que el titular andaba por los Estados Unidos.
¿Son coincidencias? ¿Es el destino? Yo no moví un dedo para lograrlo y
hoy me encontraba de profesor en la mejor escuela del país; era tal su
prestigio que a veces ni la recomendación de ministros o diputados podía
ser atendida.
Físicamente la escuela era algo impresionante; nada de lo que yo había
conocido hasta entonces podía igualársele: la comodidad y hasta cierto lujo
hacían de su estructura algo único.
Los alumnos... igual; pertenecían a la clase media alta y el señor Director
había cuidado muy inteligentemente de sólo admitir alumnos de familias
escogidas sobre todo por su valor moral.
Cuando regresó de su gira el señor Director, se encontró con que le habían
puesto un profesor sin su consentimiento; lo que creó hacia mí cierta
resistencia o resentimiento de parte del Director.
183
Me habían destinado a dirigir uno de los sextos grados. Era tan grande la
escuela que, en ese entonces había cuatro paralelos de cada grado.
Se inauguraba una modalidad muy inteligente en aquel entonces: se
preparaba a los alumnos para seguir la secundaria, de tal manera que los
profesores dábamos una especia de cátedra en cada uno de los paralelos.
Mis cátedras eran de Geografía y Física. Ambas hermosas asignaturas que
me permitían ensayar mis ideas de como enseñar interesando al máximo a
los alumnos.
La imaginación es el mejor material pedagógico y Julio Verne el más
sobresaliente maestro. Así, mientras imaginariamente viajábamos bajo un
sol insoportable y arenas ardientes del desierto de Gobi, conocíamos las
tribus nómadas y sus tiendas hechas con pieles de yacs, sus famosas
competencias a caballo. O, nos arriesgábamos por los enormes precipicios
del Tíbet hasta llegar a casa, conocer el famoso castillo de Potala con sus
cúpulas de oro residencia del Dalai Lama su gobernante. Asistíamos a una
cacería de tigres en Bengala, conoceríamos los santones de la India,
veríamos a los miles de hindúes bañándose en el sagrado río Ganges. Nos
moriríamos de frío a menos 30º mientras visitábamos los yacimientos
petrolíferos de la Siberia rusa.
Igual sucedería con la Física: ¿cómo podríamos levantar a un compañero
con la fuerza de un dedo sólo moviendo una palanca?; ¿cómo podríamos
reventar un barril lleno de agua tan solo con poner un poco de agua en un
tubo largo conectado a su tapa superior? ¿cómo haríamos que los pelos de
un compañero se levanten en medio de una aureola al rededor? Yo
trabajaba encantado porque tenía alumnos inteligentes, capaces,
disciplinados y, medios adecuados para dictar las clases.
El ambiente mismo entre los compañeros era cordial , muy respetuoso y el
señor Director era una persona muy idónea y muy humana; muy serio y
exigente le daba a la escuela un aire de suficiencia que explicaba el
tremendo éxito de su labor. El señor Director como oía a cada uno de los
alumnos, a cada uno de los padres de familia; sabía sus historias y hasta sus
intimidades. No digamos de los profesores a quienes cuidaba y defendía
como padre y, así mismo exigía presentación, modales, seriedad y
preparación.
Cuando alguna vez me atrasaba, nunca decía nada; pero ese mismo silencio
era para mí la más grande humillación; tanto que, a veces hasta hoy sueño
que me atraso.
184
Inmediatamente que llegué a la escuela, me matriculaba en el colegio
nocturno Abraham Lincoln: seguiría el sexto curso necesario para mi
nuevo bachillerato.
El curso lo formaban compañeros de diversa edad, posiblemente yo me
contaba entre los más jóvenes. Había compañeros que conocía fueron
normalistas de años muy anteriores al mío; había compañeros que eran
altos ejecutivos de algunos ministerios; gente mayor y formada que por el
hecho de volver a ser alumnos se contagiaban de juventud y otra vez eran
bullangueros, bromistas, indisciplinados que buscaban el menor pretexto
para no tener clase y se escondían del profesor cuando éste se atrasaba. En
fin, actitudes propias de adolescentes que cursaban el último año de un
colegio.
Yo sabía y, por amarga experiencia del colegio, que los números eran un
enigma a tal punto que no sé cómo pude pasar los años. Igual aquí: eran
unas explicaciones que me sabían a latín y griego las que daba el señor
Ponce profesor de álgebra. Recuerdo que el examen final donde nos habían
puesto algunos problemas, tuve una inspiración, una iluminación diría yo;
como que se me hubiese abierto la mente y a los problemas propuestos los
vi tan fáciles que los resolví rápido y bien. Mas, pasados algunos días
cuando el señor Ponce entregaba las notas me decía:
-¡Pasaste raspando!
-¡Cómo! si mi examen estaba para 10 –la nota más alta-.
-De acuerdo; pero para diez años en el mismo curso –contestaba riéndose-.
Cosa semejante me sucedía con la Química. En el Normal el Suco Yánez
nos dio química por dos años: más se preocupaba de que le tengamos
miedo antes de que entendiéramos bien sus fórmulas y jeroglíficos. Aquí,
llegado el examen final, el doctor Acosta en un rasgo de magnanimidad,
camaradería y amistad me decía:
-Estudiaraste petróleo que eso te voy a tomar.
Mas llegado el momento crucial...
-Hábleme sobre los azúcares y el alcohol...
Yo, angustiadísimo porque de azúcares sólo sabía que endulzaban;
calladamente y haciendo señas cómplices, le decía:
-Petróleos, petróleos...
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¡Qué petróleos ni qué ocho cuartos! Hice un papelón; menos mal que eran
buenas gentes y aunque con la mínima nota me calificaron y pude
graduarme.
Luego vendría la segunda parte: el ingreso a la Universidad.
186
CAPÍTULO VIII
El programa mínimo de los exámenes de ingreso se centraba en 4
disciplinas: Física, Química, Biología y Álgebra –otra vez el álgebra-.
¿De dónde se habrán sacado tanto nombre, tantos problemas?; pues los
había que nunca, ni siquiera los oí nombrar. Si quería ingresar a medicina
tendría que aprender. Maldecía aquel año de la nocturna que había sido un
verdadero sacrificio: desde las 7 hasta las 10 de la noche; más aún, porque
me había tocado el invierno más crudo que yo recuerde: Llovía
inmediatamente cuando salía de casa al colegio; pero, llovía en serio, capaz
que llegaba empapado y casi panizado del frío. Allí escampaba para volver
a llover con más fuerza a la salida de clases.
Para mí, el ingreso a la universidad era un asunto tan importante, pero tan
definitivo que, en ello me jugaba el futuro. Me gustaba enseñar; pero, no
me gustaba la condición de maestro y como me encontraba atrapado entre
mi realidad y mis sueños, era lógico que considerase a la Universidad como
mi tabla de salvación.
El Director de la escuela que parecía comprender algo de eso, procuraba
mantenerme lejos de desfiles y demás presentaciones. Alguna vez me
decía:
-Vea: usted no me acaba de sorprender. He visto que usted no participa
como los demás profesores de las reuniones y deportes; capaz de creer que
usted les teme a los ejercicios y cuando personalmente le invito a
participar, nos sorprende con un físico de envidia que, dice a las claras que
es un deportista. Creo que es un joven taciturno y retraído y me sorprende
con que es universitario. ¿Sabe? Yo ayudo a todos los que quieren seguir
la universidad y usted nunca me contó nada. Yo conozco a su familia: su
papá, su mamá y le voy a ayudar.
Para el ingreso a la universidad me preparaba en casa con un montón de
libros; pero en medio de la angustia de que el tiempo no me alcanzase, me
gustaba porque aprendía y no pasaba de un tema hasta no haberlo
dominado. Cuántas penas me habría ahorrado si en lugar de asistir al
colegio hubiese aprendido por mi cuenta.
Llegado el momento, el profesor de Física –que allí supe que era el doctor
Ricaurte; el temebum de medicina y el que solito eliminaba al 50% de los
aspirantes- nos puso un problema de electricidad –al parecer sacado de la
187
realidad-; pero que ciertamente eliminó a incontables aspirantes ¡Claro! si
la mejor nota era 3 sobre 10 y yo que fui tercero tenía 1 ¼.
El día que sacaron la lista de los aceptados casi me da un infarto: mi
nombre no constaba en las listas; por más que leía y releía ¡no había! Era
tan grande mi decepción... ahí se derrumbaba todo lo soñado. Un aspirante
que estaba junto a mí empezó a leer de uno en uno los nombres y ¡malditos
sean los que habían puesto mi nombre en letras minúsculas que en mi
desesperación había pasado por alto!
No paraba ahí mi mala estrella...: el horario de clases copaba todo el día y
yo tenía que trabajar para vivir, de tal manera que buscando encontré que
estrechamente podría estudiar odontología.
El día que fui a matricularme, daban unas tarjetas rosadas a los que iban a
estudiar medicina u odontología. Me tocó hacer cola detrás de unas dos
lindas chicas al parecer muy distinguidas que iban a estudiar medicina,
pues, portaban las tarjetas rosadas. Cosa muy extraña que sólo me ha
pasado unas dos o tres veces en mi vida; o sea, el saber que es lo que va a
pasar más adelante y, allí, detrás de una de aquellas hermosas criaturas
supe que ella sería mi esposa. Lógicamente tal anuncio extra sensorial no
lo tomé muy en serio; pues, habían cosas muy urgentes que requerían toda
mi atención y que eran problemas muy serios como trabajar en una escuela
muy exigente y atender mi familia. Era tanta la vehemencia de estudiar en
la universidad que, una y otra vez me decía: ¡Ahora, o nunca!
El día de la iniciación de clases me enteré que el profesor de Anatomía era
el famoso doctor David Paltán famoso por exigente, incorruptible y sabio.
Me enteré también que el 90% de los compañeros eran alumnos que
repetían el curso por el doctor Paltán.
En conversaciones con ellos decían:
-¡Es un desgraciado! Fíjate que califica por décimas de punto. Sacarse un
3 sobre 10 ya es buena nota.
-¡Cuándo te coge en diente! Mejor te despides y te vas a descansar.
-Exige que le den las lecciones con puntos y comas y de memoria.
Y, así por el estilo. A mí, me comenzaron a parar los pelos de punta y
castañear los dientes.
188
Pero, reflexionaba y decía: otros han podido ¿por qué no puedo ser yo
también?... Pero el fantasma del tiempo me atormentaba.
Con alegría constataba que las hermosas chicas de la matrícula también
estudiarían odontología.
En mi casa: mi hermana Bertha era toda euforia y entusiasmo y sentía
como suya la entrada a la universidad. Yo mismo me sentía feliz y capaz
de todas las proezas.
Los compañeros: había de todos los matices y variadas edades; la mayoría
entre 18 y 20 años; unos niños bien y otros del montón. Las que sí se
distinguían eran las chicas:
muy educaditas, formales, serias, de
costumbres y elegancias refinadas; que eran las pitucas y también otras del
montón.
A las 7 de la mañana ya estábamos recibiendo las clases demostrativas del
doctor Paltán en un semianfiteatro que nos permitía observar desde
cualquier posición. ¡Silencio sepulcral! Creo que hasta las moscas dejaban
de volar del miedo.
-¿Alguna pregunta?
-¿Entendieron bien?
¡Silencio total! Como autómatas íbamos desfilando uno por uno afuera.
Por la tarde el señor Reyes –egresado de medicina- nos repetía la misma
clase y, al otro día según una lista preparada en secretaría los ayudantes
tomarían las lecciones calificadas con ¼ de punto que se sumarían al del
examen mensual.
Yo veía que la única manera de entender las clases del doctor Paltán era
adelantándose a él una o dos clases; en la anatomía. Fiel a ese propósito,
aunque me quedase sin dormir, yo adelantaría esas dos clases. ¡Resultó!
muy eficaz el método; pues, el mismo capítulo yo lo veía 4 veces: una
cuando adelantaba la clase, dos cuando el doctor Paltán la explicaba, tres
cuando el señor Reyes repetía y 4 cuando íbamos a dar las lecciones. Era
tan eficaz el método que ya no tenía ninguna dificultad en seguir las
explicaciones del doctor o del ayudante.
Era tan obsesiva la cuestión que, aun yendo a cualquier parte ibas
repasando la lección y si te encontrabas con un compañero era costumbre
entablar competencia sobre los puntos más difíciles. Se dormía, caminaba,
soñaba, conversaba y comía Anatomía.
189
No había reprobado ninguna de las lecciones y habíamos dejado para
después de Navidad el primer examen.
Aquellas Navidades pasé encerrado a cal y canto en mi cuarto estudiando.
Sólo había una dificultad: no podía aprenderme de memoria; mi
razonamiento me decía que lo importante es conocer excelentemente los
detalles, formas, accidentes y demás de cada uno de los elementos
anatómicos antes que recitarlos como están redactados en el libro.
¡Llegó el examen! Angustia infinita... No había olvidado ningún
elemento; pero no había hecho como dizque le gustaba al doctor Paltán.
También había de llegar el día en que se leyeran las notas.
-Abad –alumno repetido- tiene 0,50 de punto.
-Aguirre –alumno repetido- tiene 1 ¼.
-Andrade –alumno repetido- tiene 1 ½ punto. Y, así hasta que llegó el
nombre mío. Con esos preámbulos yo estaba al borde del paro cardíaco...
-Ruperto. ¿Quién es el señor Ruperto?
¡Jesús! ¿Ya qué pasó? Claro, no hice como le gustaba al doctor Paltán;
seguro el cero redondo...
-¿Quién es Ruperto?
-Con una voz inaudible desde el limbo de la conciencia se oye:
-Yo, señor.
-¡Párese!
-Algo más blanco que una esperma se levanta del asiento...
-¡Le felicito! Tiene 10.
-¿Qué? ¿Diez? ¿Yo? Soy blanco de todas las miradas ¡Quisiera gritar!
Abrazar a alguien. No doy crédito a mis oídos... Ya no escucho más, estoy
en el último cielo... ¡Diez! con Paltán. Esto es histórico.
Y, así continuaría todo el año. El Doctor Paltán hace distinciones cada
examen. Yo, soy su mejor alumno... Algunos compañeros y más las
190
compañeras cuando estoy presente antes de que comiencen los repasos, me
piden que les enseñe los elementos al parecer más difíciles en el cadáver; a
lo que yo accedo gustoso no sólo porque ello alimenta mi ego, sino también
porque así repaso.
Se ha hecho rutina en mí estudiar a veces hasta las 2 de la madrugada con
una lavacara con agua bajo mis pies para no dormirme; luego hago unos 20
minutos de Charles Atlas que así llamamos a este método de tensión
dinámica que enseñó este profesor; luego un baño en agua fría y a dormir:
en una cama sin colchón con una sábana para cubrirme y otra debajo para
cubrir las tablas. A las 6 de la mañana me levanto y a poco ya estoy
camino del Anfiteatro. Allí, hasta las 8 menos ¼ y a las 8 en punto en la
escuela. A veces por culpa de los buses llego un tanto atrasado; allí está el
Director al frente del grado; que nunca dice nada pero que duele más que
un golpe directo al estómago. Esto y el conocer que yo ayudo en mi casa
hace que él me cambie de actividad.
Ahora soy el encargado de la biblioteca de la escuela y doy una que otra
clase de lectura a los niños con dificultades para leer.
Esto me permite estudiar tranquilamente y además ganar un estipendio
adicional por manejar la biblioteca que el señor Director se ha ideado para
aliviar un tanto mi situación económica.
Esta vida de sacrificio espartano y estudio me gusta y sé que mis esfuerzos
dan resultados y lo hago satisfactoriamente. Por allá, no he reprobado
ningún trabajo, soy respetado y considerado por los compañeros. Hemos
formado un pequeño grupo de 6 compañeros; precisamente nuevos y que al
parecer guardamos los mismos intereses: Rodolfo; quizá el más joven;
Jaime muy serio y distinguido; Guillermo, un poco vulgarón pero
estimable; Jorge, quizá el más inmaduro del grupo; Gonzalo, un platudo.
Las chicas prefieren relacionarse con nuestro grupo y a veces en un alarde
de derroche de tiempo salimos a remar en la laguna de la Alameda. Es tan
importante estudiar que no hay tiempo de enamorarse de nadie, a pesar de
que hay verdaderas simpatías precisamente por aquella pituquita de la
visión extra sensorial. Se llama Libia, es manabita, al parecer de padres
muy acomodados pues, viste elegante y distinguida. Se lleva mucho con
otra linda compañera: Lucía. Siempre andan juntas y al parecer son
amigas de un par de muchachos del segundo año de medicina.
Durante este tiempo hemos seguido con Blanqui que se siente muy
contenta que yo siga la universidad, de cuando en vez subo a su casa y soy
recibido como de la familia y tan es así que con Balbina somos como
hermanos. Con Teresa aunque muy esporádicamente nos vemos y
seguimos nuestras relaciones.
191
Una mañana de cualquier día decidí esperar a Nelly cuando bajaba sola de
su casa al colegio. Había decidido que había que aclarar una situación ya
bastante larga sin resultados tangibles.
La vi venir muy hermosa; ella también me vio y enseguida palideció. Muy
educadamente me acerqué a saludarla; era la primera vez que
conversábamos.
-Buenos días señorita...
-Buenos días señor.
-Quiero disculparme por abordarla aquí y de esta manera y usted sabrá
perdonarme pero mis obligaciones no me permiten otro tiempo. Supongo
que el tiempo que he pretendido hablar con usted es tanto que seguramente
ya sabrá algo de mí; sin embargo quisiera decirle que a más de mi
admiración por ser bonita y formal quisiera conocerla más íntimamente si
usted me permite.
La verdad que habían pasado muchos meses que la pretendía sin que se me
diera una oportunidad. En mi presencia pude apreciar que ella estaba muy
nerviosa pero de ninguna manera esquiva o violenta.
-Es verdad lo que usted dice: No sólo yo sino mi familia incluida le
conocen y están muy interesados en que yo me decida; pero a más de saber
que es una persona seria y formal y que cualquier mujer se sentiría
orgullosa y feliz de tener su amistad, yo he reflexionado muchas noches y
francamente quisiera estar a su altura en el compromiso; pero me da mucho
miedo no poder estar al nivel de sus expectativas y defraudarle. Créame,
siento hasta miedo y no quisiera...
-Vea Nelly; nunca esperé menos de usted y su honradez habla de que no
me he equivocado.
-Es que usted es un hombre hecho y derecho y yo aún no termino el colegio
y...
-Yo no quiero en ningún momento perjudicarle y si la amistad que yo he
venido a ofrecerle puede perturbar sus estudios o algo más, yo le ruego me
perdone esta impertinencia; justificable sólo por mi admiración y el deseo
de honrar su hermosura.
Me había despedido; quizá aliviado de haber resuelto un problema que,
para problemas ya los tenía bastantes.
192
No volví a verla más, hasta años más tarde cuando ella y yo habíamos
formado familia.
Al fin estaba enrumbado; ahora era cuestión de seguir adelante.
El segundo año, si bien significaban más horas universitarias, tenía la
ayuda del Director de la escuela que me había dado un horario flexible.
Nos enfrentábamos a nuevas asignaturas; pero ninguna de la talla de la
Anatomía ni del doctor Paltán. Naturalmente como mi caso era del todo o
nada y con el entrenamiento del primer año, seguí consiguiendo las notas
más altas.
Los compañeros del grupo sabían de mi interés por Libia y pretendían
favorecerme; pero ella y Lucía tenían como enamorados a los alumnos de
medicina. Aunque yo nada le decía, los compañeros la bromeaban.
Jaime organizó un baile en la quinta de unos parientes y allá fuimos. ¡Qué
diferencia de los de la actualidad! Basta imaginar que comenzaba a las 3
de la tarde y a las 7 ya estaban desesperadas por marcharse. Allí, Jorge le
hace saber de mi interés por ella; pero lógicamente no hay ninguna
respuesta. Sin embargo ella ya está enterada y yo aprovecho cualquier
coyuntura para estar junto a ella o acompañarla.
Aunque el estudio no es muy fuerte, tenemos que sin embargo afrontar
situaciones para las que no estamos preparados. Hacemos exodoncia; y la
verdad que no sabemos cómo ni por dónde. Bajo la vigilancia de alumnos
de cursos superiores iniciamos un entrenamiento.
Lo único de cierto que sabemos es que: con una inyección mal puesta o en
un individuo enfermo o predispuesto puede matarlo; o que una maniobra
puede quebrarle la mandíbula o herir el suelo de la boca, causarle una
infección y matarlo; es decir que el fantasma de las malas maniobras y la
muerte ronda omnipresente en nuestra mente.
Asomó por allí una indiecita que me decía:
-Dotorcito; quiero que me saque una muela.
-Bueno. ¿Cuál es?
Y mientras me señalaba, desesperadamente buscaba un alumno de curso
superior que me enseñara.
193
-Siéntate allí, abre la boca. Te voy a poner una inyección para que no
sientas dolor.
Puesta la inyección según las sabias enseñanzas del ayudante; me daba las
vueltas al rededor de mi primer paciente en mi historia personal.
-¿Se te amortiguó?
-No dotorcito...
Más vueltas sin saber donde poner las manos.
-¿Ya se te amortiguó?
-No dotorcito...
Seguramente no sabe lo que es amortiguado...
-¿Sientes pesada la mandíbula?
-No dotorcito...
Más vueltas y ganas de chillar. ¡A qué me metí en esto!
-¿Se te amortiguó?
-¡Sí! Dotorcito... las piernas, las manos están comenzando a amortiguar.
-¿Y, ahora qué hago? ¿Se estará muriendo? No hay más; yo le saco la
muela aunque grite.
-¡Muela afuera!
-Gracias dotorcito...
Sustos como éste, más que éste, distintos a éste habrían de acompañarme a
través de toda la carrera.
Pero ese año iba a tener muchos sustos y dolores y más grandes.
Una noche mientras estudiaba para un examen de histología para el otro
día...
¡René! Le llevan preso a papá.
194
De dos trancos ya estuve en la calle y al ver que un policía tenía del brazo a
mi papá.
-¿Qué pasa? ¿Por qué quiere llevarle?
-Yo no sé; sólo tengo una boleta de captura.
-Sin saber porqué usted no puede llevarlo.
-Ya le tengo y se va conmigo...
Entonces mis 23 años –porque ya tengo 23 años en forma de puños caen
sobre el policía y mientras se repone asoma otro policía y entre los dos me
llevan preso.
No me importa porque mi padre logró zafarse y mientras los policías y la
gente se ocupaban de mí, mis hermanas le llevaron a la casa.
Fui a parar a un calabozo donde ya estaban tres personas: uno medio loco
que no paraba de hablar; un indio con una melena que habría envidiado un
gorila y otro que quería consolarme aduciendo que ya estaba semanas y
uno puede acostumbrarse.
Toda mi familia que habían seguido el episodio me traían colchón, cobijas
que ni siquiera desdoblé. Permanecí estudiando los papeles que no los
había soltado, a la luz de una lámpara que entraba por las rejas.
Al otro día, gracias a que el comisario era un primo lejano, salía justo a dar
el examen de histología.
195
Al poco, venía Olguita, la esposa de mi hermano Julio con su hijo y una
grave dolencia que no podía ser tratada en el destacamento donde estaban.
Nuestro departamento resultaba pequeño y eso nos obligó a salir primero a
la calle Portilla y luego a la avenida Colón; allí, mi hermana Bertha decide
irse a los Estados Unidos ilusionada por las cartas que le escribía su amiga
del colegio: Clemencia.
Decidido a apoyarla hago toda clase de maniobras para conseguir el dinero
necesario y, al fin, entre el dolor inmenso de toda la familia y su ilusión,
nos deja; gesto que recordaremos como un eslabón más en esta cadena
hacia arriba, que parece hemos emprendido.
Entre éstas y las otras, mi hermano Mario ha escogido ser arquitecto y
cursa la universidad con un éxito inusual. De ello resulta que mi círculo de
amigos y conocidos se ha ampliado mucho; pues, los compañeros de
colegio y universidad de Mario; los del colegio Militar de Julio; Víctor,
Raúl y Gabriel. Muchos de los unos y de los otros han seguido siéndolo en
mi vida profesional.
Pero, los problemas y los dolores seguirían: Cierta mañana apareció en la
universidad Blanqui. Fue una sorpresa porque nunca lo había hecho antes.
-Tengo que hablarte muy seriamente, y lo que tú decidas: eso haré; de tal
manera que quiero que pienses bien antes de decidir.
Su preámbulo me preocupó mucho...
-Bueno: ¿de qué se trata?
-Guillermo, mi antiguo novio acaba de graduarse de ingeniero y vino a
pedirme que me case con él. Por disuadirle le he contado todo lo nuestro y
aún así, me pide que te diga si estarías dispuesto a dejarme la libertad.
-¿Y, tú que le dijiste?
-Lo que habíamos pensado: casarnos cuando te gradúes.
-¿Y entonces...?
-Tú sabes lo que significas para mí; también sabes que yo sostengo la casa
y con lo que gano no puedo cubrir las necesidades de tres hermanos,
196
arriendo, estudios y todo lo demás. Todavía te faltan un montón de años
para graduarte y yo sé que en cambio él se hará cargo de mi familia.
-Pero... ¿Tú le quieres?
-Tú sabes de sobra que eso no podrá ser jamás y se lo he dicho; pero, él
cree que con el tiempo él hará que sea posible.
-Gustoso saldría de la universidad para ayudarte y tú sabes cuánto he
luchado por conseguirlo y lo que significa para mí.
-Yo ¡Nunca consentiría que dejes la universidad!
-El gesto de Guillermo dice a las claras que nunca dejó de adorarte, que te
quiere más allá de lo imposible. Es un gesto de verdadero hombre... y
hombre enamorado y creo que cumpliría su palabra y te tendría muy bien.
Yo, que como hombre soy tu obra; dejo que tú decidas.
-¡Nunca, nunca! Mientras viva te olvidaré...
-Guardaré también tu recuerdo, tú lo sabes, en lo más profundo de mi
corazón.
Y, así se acababa aquello que nació un 17 de Febrero de 1946 y que pensé
que nunca moriría.
No pasaron muchos días cuando, también Teresa me esperaba a la salida de
la universidad.
No me dio tiempo a reponerme cuando en actitud humilde y preocupada
me decía:
-Vengo a contarte que estoy embarazada...
-¿Cómo? ¿Desde cuándo?
-Recién me parece... y quiero que me diga qué debo hacer.
-Verás; yo no puedo dejar la universidad y tendría que hacerlo si me caso.
Ten la criatura que yo te doy mi palabra que en cuanto me gradúe estaré
contigo.
-¿Y mi familia?; ¿y la gente que va a decir?
-Ante esta situación, no queda otro remedio. ¿No te parece?
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-Voy a pensar...
Nunca regresó ni la he vuelto a ver. ¿Fue mentira? Me pregunto todavía...
Yo creo que igual fue el reclamo que me hiciera la zorra de Piedad; pero
ella quería indilgarme su problema.
Como se ve; aquel año de 1952 fue el año del ajuste de cuentas y cabos
sueltos. Yo estaba tan concentrado en mis estudios que aquellas
situaciones resueltas tan radicalmente y al apuro me dejaron turulato.
Pero, yo había tomado un rumbo y de allí no podía desviarme, costara lo
que costara y me estaba costando.
El pénsum de estudios del segundo año incluía estudios de mecánica y
cerámica; lo que significaba la prótesis dental. Para ello fue preciso
proveerme de un soplete de mecánica y todos los elementos necesarios para
la elaboración que yo gustosamente e “interesadamente” había puesto a
disposición de nuestro grupo del cual ya formaban parte también Libia y
Lucía: las dos compañeras más bonitas, distinguidas del curso.
Con este pretexto habíamos estrechado nuestra amistad con las chicas; con
el consiguiente disgusto de sus respectivos enamorados que muy recelosos
veían como nosotros copábamos el tiempo de ellas.
Esto motivó, seguramente discusiones, disgustos y por fin separaciones:
primero de Libia y más tarde también de Lucía; que yo, interesado como
estaba en Libia, me apresuré a aprovechar la oportunidad.
La verdad; yo me iba interesando más conforme la iba tratando; pues,
conocía de sus firmes convicciones morales, sus costumbres, el valor que
daba a las cosas personales y familiares; todo ello hacía que yo de
antemano conociera el duro camino cuesta arriba que me tocaba recorrer si
en verdad llegábamos a algo serio. Algunos compañeros la apoyaban y
otros no estaban de mi parte.
Algún momento que habíamos quedado solos después de una clase de
prótesis y que yo había llevado la conversación a un punto que me
interesaba, le decía:
-No he querido decirle antes lo que le voy a expresar porque para mí las
cuestiones serias me gusta tratarlas seriamente: Para mí, el seguir la
universidad es algo por lo que he luchado furiosamente hasta hoy; es decir,
ha sido lo más importante en mi vida; pero ha surgido algo mucho más
importante que eso y es lo que usted me conteste ahora:
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-Libia... usted ha llegado a ser lo definitivo en mi vida; la quiero tan
profundamente que si usted me rechaza no podría seguirla viendo fuera de
mi mundo y tendría que dejar la universidad.
-Yo no puedo, así, intempestivamente darle una respuesta en un asunto que
me incumbe tan definitivamente.
Salimos de clase para recibir otra: de histología que recibíamos en el
segundo piso. Al subir, en el descanso de la grada, sin que mediara palabra
alguna nos besábamos. La suerte estaba echada. Yo lo sabía; entonces, en
la pared de esa grada dibujé un barco de vela y bajo él un: “AQUÍ
CORTEZ QUEMÓ SUS NAVES”.
Sabía; por la premonición de aquel día en que nos matriculamos que: ella
sería mi esposa. Y lo creía firmemente.
Yo, sabía que ella me admiraba y guardaba cierta consideración hacia mí
como alumno; yo en cambio la quería y también la admiraba: formal,
magnífica estudiante y sobre todo: muy bonita, de una belleza exótica,
unos profundos ojos negros, un cuerpo maravilloso y, sobre todo, de una
seriedad que, me hacía recordar que siempre me enamoraba de las mujeres
imposibles. Me hice el juramento que, si ella iba a ser mi esposa; le daría
todo, y sin reservas y si ella aún no me quería; llegaría a quererme tanto
como yo. Sería tan sincero y vertical como siempre y ella vería en mí
transparentemente.
Amores un tanto amorfos: ella, dejándose querer y yo tratando de quererla
por los dos.
Hicimos un paseo al Tingo todo el curso y creo que allí, se enteraron los
compañeros de nuestra relación. A pesar de que mi trabajo me quitaba la
oportunidad de estar más tiempo con ella; sin embargo, nuestro grupo la
adoptó inmediatamente y con Lucía pasarían a ser parte de los “Duques”;
que así nos llamábamos. Alguna vez nos enojamos. Para mí; un
sufrimiento indecible, pero, yo era un viejo cliente de esos menesteres y
había aprendido a tener paciencia; sin embargo el miedo de perderla me
quitaba todas las fortalezas, las seguridades.
Felizmente algunos
compañeros se interesaban por nosotros y querían a todo trance que
reanudemos nuestra relación y era Fany la más interesada y seguramente a
quién debería más tarde mi felicidad.
Pero, no sólo era yo quien la distinguía; era toda la universidad, tanto que
en unas elecciones generales donde se presentaron señoritas muy bonitas,
sin embargo fue la mayoría de estudiantes que decidieron que fuera ella la
199
Reina de la Universidad. Ella triunfó, tenía que triunfar para orgullo de la
Universidad, de nuestra facultad, de sus compañeros y sus amigos.
¿Cómo me sentiría yo con más de 40.000 compañeros en la competencia?
Fueron ocho días que precedieron a la coronación los que nos llevaron
como un vendaval de un lado para el otro haciendo invitaciones, buscando
las compañeros y compañeros que formarían el cortejo. Todo fue alegría,
frustración, asombro porque allí, quien lo creyera afloraron envidias,
resentimientos, como también lealtades, amistad en personas que no nos
imaginamos que actuarían así.
Ella había consentido en dar su nombre para representar a la facultad; pero
nunca creyó que la elegirían y por tanto no avisó a la familia y entonces
había que sortear tantos problemas económicos, de vestidos, de banquetes,
etc.
Llegó el día de la coronación: todos de etiqueta; ella con un vestido blanco
y la banda de Reina de la Universidad dejaba ver una hermosura con su
maquillaje, algo que justificaba enteramente el porqué los universitarios la
habían elegido; más aún, por su semblante y serenidad, su sencillez y
donaire que nunca fue más de lo que siempre ha sido.
Fue Alfonso, su primo, quien la escoltó y el teatro Universitario lleno de
universitarios vieron desfilar a su reina: linda, distinguida, sencilla con esa
majestad que lucen aquellas niñas que nacieron para reinas. Fue un día
memorable que nunca olvidaremos.
Cuando en la familia se enteraron, vino don Francisco, su padre, a
encargarse de todo: gastos, presentaciones y en especial en dar un
banquete de agradecimiento a todos los que intervinieron en la coronación
y principalmente las autoridades.
Yo, que recién nos habíamos reconciliado y de lo cual sólo conocían
determinados amigos me limité a permanecer en la sombra. Don Francisco
nada sabía y no queríamos que se supiese por temor a que la llevase a
estudiar en Guayaquil; sin embargo una mañana que nos encontramos
manos a boca en la calle Guayaquil tuve que ser presentado... Allí conocí a
un verdadero caballero en el porte y en el proceder. Nunca supe, en
cambio, cual fue la opinión de don Francisco.
Como siempre, los altibajos que tienen los enamorados son el pan del día.
¿Por qué estará tan seria ahora? ¡Ya qué cosa hice o qué cosa dije!. A
veces parecía que algo le impedía quererme y entonces yo me sumía en un
200
piélago de dudas e incertidumbres. Entonces recurría a mi gran amiga la
poesía. Allí volcaba mis dudas, mis angustias y mis dolores. Así, fue
naciendo una poesía sentimental romántica y creo más madura y al mismo
tiempo más numerosa: La Danza de la Angustia, Yo no puedo, Ansiedad,
A solas, No y no, Mi Lejanía, Verdad, Soledad y unas cuántas más que al
releerlas me doy cuenta el camino que mi amor recorrió para enseñarle a
amar, a querer.
La feliz circunstancia de ser compañeros, de vernos diariamente, de estar
juntos hacía más entrañable nuestro cariño; aunque con mayor certeza
diría: mi cariño.
Yo sé; y en ello era un viejo aprendiz, que, el enamorado ve estrellas
titilando aunque el cielo esté nublado; que un gesto de la persona amada
tiene el sortilegio de elevarle a lo infinito, hacer el milagro de levantarlo
cuando uno casi ha muerto; o, hundirle en el más negro abismo, maldecir el
hacer nacido, envidiar a los que en su locura hallan la muerte. Y, sin
embargo de saberlo y tener una profunda experiencia; una y otra vez
tropezamos en la misma piedra.
La familia de ella había decidido que su hermano Guido estudie en Quito y
con ese fin, de ahorrar dinero y tener un mutuo control, arrendaron un
departamento. Ella determinó una nueva conducta suya, una limitación en
nuestras relaciones que, al final motivó un disgusto del que yo era el
culpable y que me escocía el corazón; que un estúpido orgullo me impedía
pedir disculpas y reanudar lo nuestro.
Sin embargo: ¡Qué buenos son los serenos! Aunque aquella noche no se
abrió ninguna ventana, logró que se atenuaran los resentimientos y más
aún, me pareció que ahora sí había entrado en su corazón; al menos por un
tiempo. Habíamos llegado a aquel momento en que los enamorados
empiezan a medir fuerzas de dominio del uno sobre el otro. Sólo que ella
no sabía que estaba destinada a ser mi esposa.
Alguna vez que salíamos de la universidad, mi mamá y mi hermana Gloria
nos vieron y fue saludable la opinión de la incorregible hermana para quien
no había mujer que llenara sus exigencias como novia del hermano.
-¡Hermanito! Ahora sí, no estarás como con las otras: jugueteándoles. Se
ve que la niña es muy linda, tiene hermosa presencia y, más que nada luce
tan seria, tan sana y la mar de ingenua.
Esta niña merece todo tu respeto, toda tu consideración. ¡Cuidado que, allí
sí te las verás conmigo! –me decía entre seria y divertida.
201
Cursábamos el tercer año. Parecía que los profesores veían con simpatía
nuestra relación y nos brindaban una amistad muy particular. A tanto llegó
esto que el Doctor Ricaurte profesor de Radiología y su esposa nos
invitaron a visitar su casa. Igual los empleados de la facultad no ocultaban
sus simpatías.
En cierta ocasión se perdió un contrángulo que Libia había puesto a
esterilizar; fue tal el disgusto del Doctor Ricaurte que ordenó
inmediatamente pagar a todos los alumnos de ese turno el valor del
instrumento.
“Todito marchaba al compás de la dicha y el amor” como diría el poeta
gaucho; cuando este redomado imbécil mete otra vez las de andar...
¡Ahora sí!: otra vez al destierro, a llorar desesperado y darse la cabeza
contra las paredes, a andar como perro apaleado sin saber qué rumbo
tomar; otra vez como ladrón: verla a escondidas y de lejos; otra vez que te
sale el corazón por la boca cuando ves que conversa con un hombre; así sea
un compañero; otra vez como cangrejo que sale de la olla hirviendo cuando
oye decir a las compañeras: ¡ahora sí, esto es definitivo!
Algunas veces me despierto en la noche cuando pienso que puede ser
verdad lo que dicen que: irá a estudiar a Guayaquil. Es tanta mi
desesperación que sueño que me ha dejado, que se ha ido y entonces siento
una soledad infinita; como nunca la he sentido.
Es el año de 1953. Por el mes de junio, Libia desaparece del curso. Mi
desesperación es tal que dejando mi desgraciado orgullo averiguo entre los
compañeros y nadie me da una razón: todos son rumores que circulan por
la universidad. Son varios días al borde de la desesperación y el miedo:
que se ha casado; que sus padres no la dejan venir… y así por el estilo.
¡No soy yo! -¡No sé qué hacer!
En eso: una mañana en la clase de Fisiología ¡La encuentro!
Está pálida como un cirio; hermosamente triste; viste de duelo y ello resalta
aún más su hermosura; tiene la serenidad que da lo definitivo ¡Está como
ausente! Dejando todo a un lado, incluso la posibilidad de ser rechazado,
me acerco. Allí, me entero que su padre ha muerto; que terminará el curso
y después no sabe que resolverá su madre.
Esto, hace que en mi desesperación busque la ayuda de Fany; nuestra
entrañable compañera, para una reconciliación.
202
-Ella dice que tiene miedo regresar porque sabe que mucho le ha hecho
sufrir a usted y tiene miedo de que usted tome alguna venganza.
-Vea Fanicita: yo soy un hombre formal que a pesar de mis cortos años, sé
lo que es la vida. Yo, considero que, cada una de estas dificultades son
escalones que yo necesariamente tendré que vencer hasta llevarla al altar.
Es la primera vez que hablo de matrimonio; sin embargo, duda; hasta que,
terminado el curso regresa a su tierra sin haber resuelto nada sobre nuestra
relación.
Vacaciones amargas, angustiantes, dolorosas. Vuelvo a sentir aquella
soledad infinita que he tenido en sueños; mas ahora es en la realidad.
Escribo cartas y cartas que hablan de mis angustias y mis esperanzas. No
concibo pensar en ella lejos de mí. Tan dentro está de mi ser que, tenerla
lejos me angustia. No tenerla definitivamente me parece que sería
imposible.
Pienso viajar para buscarla pero me detiene el hecho de que no me contesta
mis cartas; no hemos quedado en nada concreto y a lo mejor soy rechazado.
Ese temor me detiene aún contra mi voluntad.
¡Al fin! Recibo una carta: enamorada, que me extraña y que aún no
convence a su mamá de regresar a estudiar en Quito. Los hermanos han
contado de nuestros amores y la madre quiere evitar complicaciones.
Para entorpecer más la situación el Director de la escuela me ha dicho:
-¡Vea Ruperto! Yo ya le he ayudado en lo que he podido y es necesario
ayudar a otros compañeros, de tal manera que con paciencia vaya buscando
como trabajar en su nueva profesión.
Golpe mortal para mí; pues tendré que dejar la escuela cuando más lo
necesito económicamente.
Con el fin de que la familia no le mande a Libia a estudiar a Guayaquil; yo
había pensado incluso en casarnos; pero ahora con esta nueva situación
¿Cómo hacer?
Nunca he pedido apoyo a nadie; incluso no se a quién podría hacerlo.
Como siempre, sin embargo, comenté la situación en casa y naturalmente a
la Mamita Toya.
203
Ella jugó una carta tan decisiva que hasta hoy 58 años más tarde todavía
me ayuda…
Fue así:
-¡Aló, Arturo! Quiero que le des un puesto al René que ya está en tercer
año de odontología y necesita trabajar.
Al otro día me presentaba en la Comandancia General de Policía.
-¿Por favor el señor Comandante General?
-¿De parte de quién?
-De Ruperto.
-Pase no más; mi Comandante General lo espera…
-¿Así que estás en tercer año de odontología?
-Sí; aunque, no sé sino sacar dientes.
-¿Sabes? Yo, siempre quise ser dentista; de tal manera que de alguna
forma soy un dentista frustrado. Vamos, te voy a presentar al jefe que va a
ser tuyo y desde mañana ya puedes trabajar.
Así es que, de la mano del señor Comandante General de Policía mi primo
paterno, entré de policía y de sopetón en la chapería.
Tenía que agradecer a alguien y allá fui muy cumplidamente.
-¡Señor Director! Vengo a agradecerle de todo corazón lo que usted ha
hecho por mí en estos cuatro años y con enorme pena decirle que he
conseguido un empleo de ayudante de odontología en la Policía y allí
trabajaré en adelante.
-¿Cuánto va a ganar?
-Creo que la tercera parte de lo que ganaba aquí…
-¡Pero hombre! ¿Por qué se ha apresurado tanto?: ¿Y cómo va a vivir con
ese sueldo?
-No lo sé señor; pero, era necesario.
204
-¡Vea! Aquí le voy a tener su puesto unos tres meses a ver si se nivela en
lo del sueldo, o a lo mejor no se enseñará ¿Convenido?
-Gracias señor Director.
No sé si los profesores saben mi situación, o es por premiar mi dedicación;
lo cierto es que el Doctor Delgado me pide que le tenga preparado todo lo
necesario para sus clases de ortodoncia en el Orfanato San Vicente de 6 a 7
de la mañana lunes y miércoles. Allí me gano una puchuela; pero, todo
trigo es limosna y agradezco mi buena suerte. No para allí la cosa: el
Doctor Molina me llama también para prepararle lo necesario para las
sesiones de anestesia en el hospital Militar. Allí, gano también una
puchuela; ya son dos puchuelas y trabajo de 6 a 7 de la mañana jueves y
sábado.
Estamos en cuarto año de la universidad.
¡Libia ha regresado! No podría describir la enorme emoción que ello me
ha producido.
-¡Está decidido! Me casaré aunque tenga que secuestrarla. Pero, antes
debo saber cómo voy a mantener un hogar ¡Cosa muy seria! Mejor no
pensar y dejar que las cosas se den.
205
Libia viene con dos de sus hermanos. Arriendan un departamento. Han
traído hasta una muchacha para que los atienda. Yo ¡feliz! Ahora sí sé que
se quedará en Quito y para entonces… ya veremos.
En la Policía como conocen que soy primo del Comandante General no
tengo tropiezos en cuanto al horario de trabajo. Tengo para gran suerte mía
un compañero de universidad de dos años adelante del que soy ayudante
que, a más de enseñarme con una buena voluntad, paciencia y alegría
encomiables, se ha hecho un amigo muy comprensivo; pues, las prótesis
que me caen y que él me enseña a realizarlas, me significan un dinerito
extra que poco a poco van redondeando un sueldo.
Todo esto, me trae buenas ventajas profesionalmente; pues, soy el único del
curso empleado en la profesión: lo que hace que sea el más entrenado, pero
a la vez me perjudica ya que no tendría tiempo para desempeñar una
ayudantía de cátedra que al final del curso me darían magníficos puntos
que se sumarían a lo de mejor estudiante.
Como mi suerte está echada, he resuelto abrir un boliche –como llamamos
al consultorio de un estudiante.
Un aviso en la facultad anuncia la venta de un equipo dental. Cuesta 800
sucres ¡qué equipo! Justo, parece salido de las películas de Julio Verne:
¡el sillón! es de hierro fundido con flores, ramas y adornos propios de una
pieza de museo; ¡la lámpara! era un verdadero telescopio que estoy más
allá de seguro debió pertenecer a Galileo; la mesita para poner el
instrumental era de mármol tan pesada que había que el atril que la sostenía
clavarle al suelo par sostenerla. Pero el colmo de la modernidad estaba en
el motor y sus aderezos; no exagero cuando digo que esas piezas debieron
ser muy valiosas y útiles en tiempo de la Inquisición.
¡Así y todo lo compré! -al fío. Ya veo la cara de alivio que pondría mi
amigo Izurieta cuando se deshizo de semejante maravilla y ¡vendido! ¡Y
todo esto! rematado por la escupidera más ingeniosa que nunca vi. Quienes
hayan leído sobre los instrumentos que tenían los dentistas egipcios podrían
imaginarse una tal maravilla. Tenía su propia agua que la escupía por un
ingenio muy disimulado y, vertía pues a un pedestal que hacía pozo
receptivo. Lo único malo de este ingenio era que tenías que cargar agua
continuamente, desmontar el pedestal y todo esto en medio de un olor a
muerto.
Pero, las falencias hay que suplirlas con un poco de osadía; y eso fue lo que
hice: Hablé con el dueño de un estudio jurídico de gran prestigio en plena
206
calle Guayaquil que tenía una piecita desocupada y allí me instalé, mi
abuso llegó hasta comprar una salita made in 24 de Mayo, hasta tanto
ocupaba la super elegante del estudio jurídico. ¡El arriendo! Como no
había ninguna seguridad de que desde un principio tuviese pacientes,
interesé a un compañero, también profesor y que ocuparía el boliche hasta
las cinco de la tarde que yo podía ir a trabajar, saliendo de mi turno de la
policía. Así se completaba mi día de trabajo hasta las 9 o 10 de la noche.
Pero Dios que vela por sus animalitos y Él estaba conmigo: desde un
principio, desde el primer día hubo trabajo. Una chica de apellido García
que trabajaba en la botica de enfrente me mandó pacientes; además el
horario parecía hecho para empleados y amas de casa que terminan sus
labores precisamente a esas horas.
Como las noticias se riegan rápido, comenzaron a venir las cazadoras de
cabezas, digo de dentistas, de tal manera que había trabajo; aunque un poco
peligroso… Pero mi Mamita Toya me había dicho entre los muchos
consejos que me daba: “Nunca te enamores o te hagas el enamorado de
una persona que no valga la pena porque a lo mejor sales casado y te
amargas para toda la vida”.
En la universidad las cosas marchaban muy bien: había que cumplir cierto
número de trabajos obligatoriamente en exodoncia, clínica y próteis y yo
no podía atender la universidad a tiempo completo, de tal manera que el
ayudante de clínica ocupaba mi sillón vacío para sus trabajos particulares y
así nadie se daba cuenta que yo faltaba. El poco tiempo que tenía, yo lo
empleaba sabiamente haciendo constar todo lo que hacía y pagando todo lo
que entraba –cosa que no todos hacían- y, así logré incluso ahí llenar al
máximo mis obligaciones.
Yo, quería sentar un hito en la facultad: me graduaría inmediatamente de
egresar.
Mi inquietud la comuniqué al señor Decano de la facultad, entonces Doctor
Ricaurte. Él, me guardaba alguna consideración así que:
-Doctor Ricaurte: quisiera denunciar mi tesis de grado.
-Pero no sé si sea posible… nunca se ha hecho con un alumno de cuarto
año.
-¿Hay alguna ley que lo prohiba?
-Ciertamente no…
207
-¡Entones!
-¡Vea! Si vamos a meter la pata; hagámoslo bien hecho… Vea al Doctor
Carrasco que le dirija, haga la solicitud y ¡Adelante!
Con la ayuda de Dios, me graduaría inmediatamente de egresar. Así di
comienzo a mi tesis doctoral.
En la Policía, las cosas no andaban muy bien: el Jefe del Servicio nunca
perdonó que le hubiesen impuesto un ayudante sin consultarle y
continuamente se lanzaba indirectas que por no poderlas decir directamente
a mí, hablaba en plural; de tal manera que Montoya cargaba con parte del
chubasco.
Sus indirectas llegaron incluso a la Universidad; pues él, también allí era
mi profesor de Odontología Infantil.
Un día, mientras él dictaba la clase, yo conversaba de algo con otro
compañero.
-Ruperto sabe mucho que se da el lujo de no atender la clase.
-No es verdad doctor que no haya atendido su clase que la puedo repetir si
usted duda.
-¡Genial! Yo he necesitado unas cuantas noches para preparar la clase y ¡él
la puede repetir sin atender!
Para mi satisfacción su exposición fue bastante clara y didáctica; de tal
manera que la pude repetir casi completa.
¡Fue para peor! Pero, este señor merece todo un capítulo que contaré a su
debido tiempo.
Llegó carnaval y en la Facultad se jugaba muy educadamente: no, como en
el Anfiteatro cuando estábamos en los primeros años; cuando inflábamos
con agua los guantes de goma a manera de bombas inmensas que las
lanzábamos contra los buses que pasaban por allí. Ahora la cosa era muy
distinta: nuestras compañeras eran unas señoritas tan distinguidas y
respetadas por nosotros que ni siquiera habíamos pensado ofenderlas; más
resulta que un alumno de un curso superior al nuestro; tipo ordinario y
208
atrevido se había permitido con un chisguete mojar a mi Adorado
Tormento que se disgustó sobre manera y que yo me disgusté mucho más y
fui a reclamarle a golpes; lo que evidenció definitivamente mi compromiso
con Libia para toda la Facultad.
Cuando mi trabajo me lo permitía, salíamos juntos, y era tal nuestro
ensimismamiento que sólo cuando estábamos empapados nos dábamos
cuenta que estaba lloviendo.
La amaba tan profundamente que habíamos pensado en casarnos a espaldas
de nuestras respectivas familias; y que lo haríamos si su familia insistía en
llevarla para Guayaquil. Sabíamos que Guido –su hermano- así le pedía a
su madre.
Era el año de 1954. Terminábamos el cuarto año y salíamos a vacaciones.
En el boliche, no me iba mal; había reunido algún dinerito y decidí
adecentarlo. Un amigo mecánico de apellido Reyes viendo mi entusiasmo
y mis ideas decidió ayudarme a construir una unidad dental.
Pasé casi todas las vacaciones en la mecánica y al fin salió una lindura de
equipo, hecho de tol y tubos de hierro que no le pedía favor a ningún
extranjero. Bueno, ¡salvando las exageraciones! –naturalmente- Un
escritorito y unas butacas made in 24 de Mayo; unas cortinas floreadas y de
plástico muy alegres, más una mampara de vidrio que separaba la sala de
espera del gabinete de clínica, completaron el nuevo look del que ahora se
llamaba consultorio dental. Para sacar los gastos, arrendé la mañana a
otros compañeros y así comenzó el nuevo año universitario.
Estaba encarrilado yo ya ahora podía pensar en grandes cosas: primero
terminar mi tesis, doctorarme y casarme.
Casi no me importaba lo que me había sucedido casi a mitad del cuarto
año; cuando se elegía al presidente de los estudiantes de odontología. Yo,
como el mejor estudiante del cuarto año, tenía derecho –por tradición- a ser
elegido presidente de los estudiantes y ateniéndome a ello había prestado
mi nombre para la elección. Mas en esa época aparecía la famosa
Federación Universitaria Estudiantil: de tinte izquierdista que buscaba
copar todos los nichos de poder universitarios. Para ello en forma nada
formal ni ortodoxa, tenía por táctica hacer pedazos a cualquier
contrincante. Allí, asomó un compañero, que no era de nuestro grupo
como candidato también. No me había preocupado su candidatura sino
cuando a los pocos días mi nombre andaba enlodado más que una rueda de
209
carreta rural, era arnista –agrupación cuco de los izquierdistas- y un sin fin
de tonterías más que colmaron mi paciencia y retiré mi nombre de la
contienda.
Lo curioso de este dato es que, con los años y trasladado a la política, este
modus operandi de estas agrupaciones ha degenerado tanto que nadie,
ninguna persona de bien se presta ahora a terciar en una contienda;
perjudicando enormemente a la Patria.
Un buen día que viajaba en un bus, coincidimos con Eloy –un paisano
precisamente hijo de doña Carmen Petrona dueña de casa donde viví
algunos meses cuando fui profesor en Sangolquí.
-¡Qué es de su vida doctorcito!
-Haciéndole la lucha Eloy.
-¿Ya se graduó?
Estoy por graduarme.
-¡Qué bueno! Porque en el pueblo tenemos un dentista que a más de
borracho, es incumplido y para colmo: no es de la tierra. Sería bueno que
uno del terruño se haga cargo del trabajo.
-Para mí, sería un placer muy grande servir en mi pueblo…
-Hay que hacerle la lucha en el municipio y el Telmo –su hermano- está de
concejal.
Yo, pensé que aquella conversación entre paisanos no pasaría de ello: un
protocolo entre paisanos.
Mas, a los 8 días el Doctor Telmo se presentaba en mi consultorio…
-Veo que está bien instaladito Ruperto.
-Bien que modestamente Telmo.
-Le traigo el nombramiento de Ayudante del Departamento dental del
Municipio; hasta que se gradúe para darle el definitivo.
-¡Gracias, gracias Telmo!
210
Y así, de la noche a la mañana m encontraba de dentista municipal además,
como recién se formaba el Colegio Juan Salinas, daría unas clases por ahí.
-¿Y ahora? ¿A qué tiempo atendería esto que me había caído del cielo?
Ya había dejado por escasez de tiempo mismo el Hospicio de San Vicente
y el Hospital Militar; lógicamente con mis más cumplidos agradecimientos.
No podía atender Policía y Sangolquí; de tal manera que…
-¡Arturo! Vengo a agradecerte el puestito que me diste aquí en la Policía…
-¿Y cómo así? ¿Ya sabe Mamita Toya?
-¡Verás! Estoy terminando mi tesis, estoy terminando el último año y me
han ofrecido un puesto de dentista en Sangolquí y voy a ganar un poquito
más que aquí y no tengo tiempo de atender todo eso.
¡Qué lástima! Pero bueno. Seguí no más en el nuevo empleo que no te voy
a dar de baja sino después de unos tres meses.
-Gracias Arturo.
Resultado: que se han cumplido algunos de los trabajos y mientras tanto
cerca de cumplirse los tres meses del permiso –léase piponazgo- Arturo
marcha a Europa en gira de observación y allí se queda dos meses. Cuando
él regresa, le voy a agradecer y decirle que ahora sí tengo el tiempo de
atender en la Policía.
-¡Estupendo! Entonces quédate no más.
Las mañanas: atiendo a clases, los turnos de clínica y la Policía; las tardes
Sangolquí y el consultorio hasta las 10 de la noche.
En la universidad tenemos cirugía máximo-facial con el doctor Bonilla.
Una asignatura que me apasiona y más aún por el maestro: exigentísimo,
profesional de cuerpo entero como yo quería ser.
¡La gran novedad! Damos el primer examen trimestral a su manera:
Simula un enfermo; da todas las características físicas, los signos
biológicos, las manifestaciones o signos clínicos, los resultados de los
exámenes de laboratorio. Queda en la duda del profesional si debe o no
operar y por qué.
Me explayo en el examen y pormenorizo lo que creo importante de acuerdo
con lo que sé y la poca experiencia que tengo.
211
El día que entrega las notas, llego atrasado y me quedo de pie al último del
salón muerto de vergüenza porque sé que el doctor Bonilla no tolera a los
atrasados.
Sin embargo, sigue leyendo el examen de un alumno y dice:
-Esta es la manera de abordar a un enfermo; esta es la verdadera forma de
razonar de un médico antes de decidir una operación. Yo tengo que
felicitar a este alumno porque me llena de satisfacción que sí han aprendido
lo que se ha enseñado.
-¿Quién es Ruperto?
-¡Yo, doctor! Avergonzado todavía.
-¡Le felicito! Tiene 10 ¿Por qué se atrasó?
-Trabajo en la Policía doctor…
Así, pasé, como pasó con Paltán a ser apreciado por el doctor Bonilla.
Por el mes de noviembre; después que he hecho miles de maniobras, por
fin, tengo en mi poder un par de hermosos aros de oro y zafiros blancos.
Al terminar una clase de cirugía…
-¡Doctor Bonilla! Perdone que lo molestemos, pero quisiéramos que sea
usted quien nos cambie de aros a Libia y a mí que pensamos casarnos
pronto…
Él, muy serio, pero gratamente sorprendido…
-Es una muy grata sorpresa. Mucho me honra y les felicito… ¿Qué sean
muy felices!
Así: con un par de hermosos aros fuera de todo lo común la secuestraba y
cumplía uno de mis más caros sueños.
Algunas veces que viajaba a Sangolquí, Libia me acompañaba; en una de
esas le decía:
-Quiero que conozcas a mis parientes. Hoy vas a conocer a los más
humildes y pobres. Y fuimos a visitar a tío Manuel y a Mamita Lola,
hermana de mi madre.
212
En otra ocasión; así mismo:
Quiero que conozcas a la Mamita Toya; la jefe del clan. Y la llevé donde
la Mamita Toya; quien sin ninguna ceremonia nos recibió en el comedor.
Allí conversamos…
-Ella, después me decía: Con esa criatura debes casarte; parece muy
formal, de buena familia, tienes que honrarla porque ella se merece mucho.
Yo, tenía que hacerlo todo y a escondidas porque cualquier chisme
significaba que la familia la alejaría de mí. Partidas de nacimiento,
cédulas, permisos de la Curia Metropolitana para casarnos en Sangolquí,
papeles y más papeles… tal parecía que todos querían hacerme desistir de
mi propósito.
¡Al fin! un 23 de Diciembre de 1944, mi hermana Gloria, nuestro
compañero Jaime y mi amigo de infancia Luis; testificaron nuestro
matrimonio Civil y eclesiástico en Sangolquí. Todo muy sencillo, humilde,
callado, sin bombos ni platillos pero con un inmenso amor.
Habíamos planeado que nada diríamos a nadie y que después de la
ceremonia y de tomarnos una copa de vino en un salón de la calle
Guayaquil, cada uno se iría a sus respectivas casas.
Yo no quería que se supiese en casa con el fin de evitar comentario de tan
extraño matrimonio; y ella no quería defraudar a su madre que al saber la
echaría de su casa y sus hermanos perderían el año escolar que cursaban; de
tal manera que esperaríamos que se terminen las clases y entonces la
llevaría a casa..
El compromiso con mi hermana Gloria era que nada diría en casa; pues ese
día celebrábamos el cumpleaños de la Mamita Toya y todos estarían en
casa.
No bien hubimos llegado, cuando…
-¡Se acaba de casar el René!
¡Silencio total! ¡Sorpresa total! Y como yo esperaba las preguntas
consabidas, me apresuré a explicar lo que y porqué habíamos planeado así
Libia y yo. Comprensivamente aceptaron y todo quedó en paz.
Vivíamos entonces en la avenida Colón con mi cuñada Olguita y su bebé.
Mi hermano Julio nunca nos contó que había conseguido la adjudicación de
una casa del plan de vivienda del Seguro Social en la Villaflora. Alejada
213
del centro urbano no había despertado interés entre los afiliados de tal
manera que le fue entregada casi inmediatamente. Con el fin de cuidar la
casa y de ahorrarnos el arriendo, nos trasladamos a la Villaflora. La casa
era cómoda y nos adaptamos inmediatamente.
El barrio, que recién comenzaba a formarse tenía como vecinos lógicos a
profesionales, profesores, militares, policías, empleados, etc.; es decir la
auténtica clase media lo que nos tranquilizó sobre manera.
Mi hermano Jorge se había comprado un terreno junto al cementerio de la
Magdalena y con la ayuda de mi padre comenzó a construir su casita.
Bachita su mujer que de joven había saboreado las holguras que da el
dinero y la posición; de huérfana de padre también había conocido las
estrecheses de la vida; arrimó el hombro y aunque estrechos e incómodos
pero tenían su propio nido.
En la universidad tampoco nadie sabía nada porque no podrían comprender
nuestra decisión. Difícil de seguirla y soportarla; pero, yo la quería, la
respetaba, comprendía su punto de vista y esperaba que ella tomara la
decisión cuando quisiera y pudiera.
A la muerte de su padre habían asomado las obligaciones monetarias que
reclamaban parientes y ajenos con un vigor espantoso hasta por la vía
judicial; tanto que la viuda se vio obligada a vender casi media hacienda
con el fin de honrar las obligaciones y, por el contrario la gente que debía
buen dinero o lo negaba o francamente la estafaban.
Habían quedado casi todos los hijos en edad de estudiar y la viuda con un
coraje salvaje, desconocido, iba haciendo frente a cada situación y saliendo
adelante. El mismo pueblo tuvo que reconocerlo y más tarde le nombraría
“Madre símbolo”.
Bueno… Yo nunca he hecho las cosas calculando o en busca de honores;
no. Sin embargo, si me han gustado los primeros puestos. Ya he dicho que
era el alumno de mejores notas de la Facultad, también que había
renunciado ser presidente de la Asociación de Estudiantes; pero lo que no
214
sabía es que algunos compañeros se habían conseguido ayudantías de
cátedra que algunos profesores les daban aun sin necesitarlo. Esto hizo que
compañeros que me seguían en puntajes lograran pasarme y con ello perder
la oportunidad de oficialmente ser declarado: el primero. Tuve que
contentarme con un tercer puesto; pero, lo que sí no perdí fue el primer
puesto en la conciencia de los profesores. Esto se manifestó claramente en
mi grado de cirugía que, entre nosotros era el que más temíamos y más aún
con el tribunal que me habían asignado:
conocido como el
“Levantagrados”. Lo conformaban los doctores Bonilla, Carrasco y
Pazmiño; éste último que sólo le faltaba morderme para medio calmar su
antipatía.
Como paciente me había tocado una señora que entre otros problemas,
presentaba un alto índice de hemorragia que requería especial atención.
Por mi parte, siempre me ha gustado estudiar a las personas de mi entorno
y como actuarían en tal o cual caso. Sabía que el grado era bravo; sabía
que el tribunal era de lo más exigente y entonces me había preparado
estudiando las distintas eventualidades; sin embargo, hasta el último
momento y mientras subía las gradas del Hospital Militar –donde dábamos
los grados- iba leyendo un folleto sobre la vitamina K que yo había
empleado en mi paciente.
El grado práctico, resultó para mi suerte, bastante bien que dejó satisfechos
al tribunal; sin embargo el grado oral le tenía un poco de recelo
precisamente por la presencia del doctor Pazmiño y el “amor” que me
profesaba y del cual podría esperar cualquier sorpresa.
¡En efecto! Llegado el momento el doctor Bonilla que presidía el tribunal
decía:
-Doctor Pazmiño: quisiera que usted iniciara el grado oral.
-Agradezco la distinción Doctor Bonilla…
-Bueno señor… Prácticamente usted ya es un doctor; lo que quiere decir
que usted debe saber muy bien lo que hacer en su profesión…
Ante este preámbulo yo pensaba: Desgraciado, me vas a meter el estoque
hasta los pulmones.
-En tal virtud y, como su paciente tiene problemas de coagulación quisiera
que usted nos diera ¡la fórmula química de la vitamina K! El resto del
215
tribunal se quedó paralizado viendo claramente la segunda o primera
intención de perjudicarme y regresaron a ver al Doctor Pazmiño.
Al leer el papelito minutos antes sobre la vitamina K había visto sin mayor
interés los anillos bencénicos de la fórmula de la vitamina K y de paso
enterarme que a más de la natural, había una artificial.
¡Comencé a temblar! Y por ganar un poco de tiempo pues, ganas no me
faltaban de protestar por semejante pregunta, más propia de un grado de
químico –le decía:
-¿De cuál de ellas: la naptoquinona o la filoquinona? Semejante pregunta
que no se esperaba el doctor Pazmiño ni el resto del tribunal que;
evidentemente quedó más sorprendido que antes; motivó a que el Doctor
Bonilla dijera:
-¡Ruperto!
Conocemos su carrera estudiantil y estamos más que
satisfechos de su contestación. Por mi parte no haré preguntas y mi nota es
10. No sé si el resto del tribunal quisiera…
-Yo tampoco –decía el Doctor Carrasco.
-Yo, tampoco se obligaba a decir el doctor Pazmiño. Era un tantito más a
mi favor; pero un alfileretazo para el doctor querido que pensaba
sepultarme.
En la Policía, meses antes, el Doctor Pazmiño había congregado al curso
para dar una clase práctica de cirugía de demostración y el paciente sería
nada menos que el General Nosecuantos. Según mostraba en la radiografía
se trataba de una raíz abandonada en el maxilar superior derecho que
posiblemente estaba en el seno maxilar.
Todos preparados para observar una cirugía de demostración.
Los campos estériles hasta metros a la redonda; instrumental suficiente
hasta para una lobotomía craneana; el paciente esterilizado desde la cabeza
a los pies; el cirujano envuelto en blusa, guantes, gorra, mascarilla, tal
parecía que se realizaría una cirugía de corazón abierto.
¡Todos expectantes!
-¡Vamos a extraer una raíz que no sabemos si está o no en el seno maxilar!
216
-El primer corte del bisturí debe ser franco y firme y lograr de una sola vez
la luz suficiente para el objetivo de la operación.
-¡Así! ¡Zaz! Con el bisturí abre en el fondo de la encía una abertura con
tanta energía que, yo que estaba inmediatamente detrás de él recibo un
pedacito de hueso que no sé si es hueso o trozo de raíz. No estando seguro
de lo que es, guardo silencio.
-¡Una vez abierta la encía, con un cincel debemos abrir un orificio en el
hueso maxilar! -nos guía él-.
En este caso vemos que tendremos que con una cucharita escarbar el hueso
en busca de la raíz y coge una cucharita y comienza a raspar y raspar el
maxilar y no encuentra la raíz. Se ve preocupado y su cuello y su cara se
ponen púrpuras.
-Habrá que abrir el seno maxilar… -anuncia- mientras le tiemblan las
manos.
Los alumnos también están preocupados.
Antes de que se embarque en semejante cirugía, yo le muestro el trozo de
hueso y le digo delante naturalmente de todo el curso.
-Esto saltó hacia mí al primer golpe de bisturí franco y firme…
-Coge el trozo de raíz, lo examina abochornado de tanto preparativo y tanto
teatro en un caso que era una verdadera pendejada que quizá estaba sub
mucosa y a la palpación se habría detectado.
Todos nos sonreímos , y él, pese al servicio que acabo de hacerle, me mira
con ojos asesinos.
Este, era otro tantito a mi favor…
En el servicio; pese a las malas caras del jefe pasamos muy
agradablemente; pues Montoya era un sujeto muy especial con anécdotas
inagotables, capaz de que nos pasábamos riendo todo el tiempo. Los
oficiales jóvenes nos visitaban y participaban del jolgorio –este es un oasis
en medio de las amarguras- solían decir.
Pese a que Arturo –mi primo- ya no está de Comandante General, Jefes y
oficiales me guardaban especial consideración; prueba de ello daba el
Comandante Naranjo –secretario de la Comandancia- cuando en algún
217
momento que yo había subido al tercer piso, al encontrarme en el corredor
me decía:
-¿Cuándo se gradúa doctorcito?
-En uno de estos días, comandante.
-Venga un momentito conmigo.
Comandante General.
–Y me introduce en el despacho del
-¡Ve! –presentándome- El doctor se va a graduar en uno de estos días y ha
de ser de hacerle oficial…
¡Ah sí! ¡Magnífico! ¿Hay alguna vacante?
-¡Pues claro!
-Entonces que le digas al Jefe de personal la novedad.
-¡Muchas gracias mi Comandante General!
A los pocos días, soy subteniente de sanidad policial.
Como a uno le enseñaron a ser derechito, este favor me tenía sumido en un
mar de dudas.
¿El Comandante Naranjo me hizo el favor esperando una recompensa? ¿O
fue una gentileza de hombres en recuerdo de Arturo? Mi buen sentido me
decía que le iba a injuriar terriblemente y enlodar una buena acción… y
nunca se lo di.
Cuando salió mi ascenso en la orden del día, el doctor aprovechó la
oportunidad y pidió mi pase a la Escuela Militar de Policía.
¡El hombre tenía una suerte! que le acompañó toda la vida: le encontraba
la suerte en el momento oportuno y en el sitio oportuno. El Doctor
Mosquera se retiraba como Director de Sanidad de la Policía y según las
normas castrenses, las vacantes se llenan con el oficial más antiguo
inmediatamente inferior y él, era 8 días más antiguo que Albuja, Jefe del
Departamento de Medicina Legal y entonces tuvieron que hacerle a él
Director de Sanidad. Igual cosa sucedió con la Facultad de Odontología:
era el profesor más antiguo y logró ser Decano. Pablo Guerrero dejaba el
Rectorado de la Universidad y en reemplazo debía ir el decano más antiguo
hasta que hubiera elecciones y, él era el decano más antiguo y fue rector de
la Universidad Central.
218
En el servicio de la Policía al producirse la vacante de Jefe, sube Velasteguí
que era sub-jefe y yo regreso como sub-jefe del Servicio.
¿En este interín de tiempo, qué había pasado con mi vida, la vida de mi
familia y las de los demás?
Ya era doctor, ya me había casado, ya era sub-jefe del Servicio; pero, para
llegar hasta ahí, mucho agua había corrido bajo el puente; habían habido
mañanas olorosas y con soles radiantes; habían habido días donde la bruma
había puesto gotas de humedad en mis pestañas. Otras veces eran tantas y
tan grandes las preocupaciones que no sabía que había llovido, si había
comido o si las horas de la noche eran tan lentas que las sentía gotear
quemantes en mis entrañas. Pero; era la vida, mi vida que la estaba
construyendo con paciencia de maniatado; con sueños de golondrina que se
lanza al vuelo sin saber lo que va a encontrar; siempre pensando en que hay
que abrir caminos y que los caminos se hacen al andar.
Nos habíamos casado persona con persona. ¡Trabajaba como un
condenado! ¡Pro nunca tenía un centavo! Habíamos comenzado desde
“Bajo Cero” y desde allí sí que hace frío y teníamos primero que cubrirnos.
Hoy, tengo que mirar para arriba recordando a mi linda compañera; sí, no
sólo linda, sino que sus hermosos ojos negros los sentía como dos ángeles
guardianes en mi nuca que me cuidaban y silenciosamente me alentaban.
¡Nunca exigía nada!, dejando en mí la tarea de adivinar lo que necesitaba o
le que había querido. Mi cariño, se hacía adoración; sí, mi Dios bendito la
puso en mi camino para que aprenda que sí hay un cielo; que sólo hay que
merecerlo para tenerlo.
Se humedecen mis ojos al recuerdo de aquel abriguito a rayas que le
compré para que saliera de un duelo más que forzoso; la cama que le
compré a mi hermano Julio porque no teníamos una y, aquella media
docena de platos que me regaló mi madre como obsequio de matrimonio.
Pero, éramos inmensamente felices; con esa felicidad que da el tener dos
brazos, dos ojos y el cuerpo completo.
CAPÍTULO IX
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Recuerdo mi grado doctoral. Ese día me puse mi terno negro que era un
poquito mejor que el azul que tenía. Nadie en casa sabía que ese día me
presentaría al grado oral. Mi aspiración de graduarme los días seguidos a
mi egreso de la Facultad a pesar de estar listo, se postergó; estalló una
huelga con la bendición de algunos profesores y alumnos en un
chauvinismo suicida pretendían un divorcio total con la Facultad de
Medicina que hasta entonces nos había patrocinado y dado lo mejor que de
elementos profesores teníamos hasta allí y, sólo pude presentarme el 20 de
Diciembre de 1955.
El tribunal estaba integrado por el Dr. Ricaurte, el Dr. Paltán, El Dr.
Carrasco, el Dr. Dávalos y alguien más que no recuerdo.
De costumbre sabiendo quienes lo formaban, me puse a estudiar a cada uno
de ellos y las probabilidades que tenía en cada uno. El más fuerte sin duda
era el Dr. Paltán; pues mi tesis se basaba precisamente en algo referente al
sistema nervioso y con lógica pensé que eso preguntaría.
-¡Ruperto! Usted fue mi mejor alumno en muchos años y seguramente
usted recuerda las relaciones que el Simpático Cervical guarda con su
profesión…
Pregunta peliaguda. Habían pasado cinco años desde aquellos hermosos de
Anatomía y aún sólo su mención creaba expectación y susto en cualquier
estudiante. Los estudiantes que asistían al grado hicieron un silencio
expectante, los demás miembros del tribunal se movían nerviosos en sus
asientos esperando que yo pueda superar semejante pregunta.
-¡Caíste! –dije para mis adentros. Precisamente eso era lo que más había
estudiado para el grado.
Lo demás, ya fue protocolo, bromas y alegría.
El momento que Paltán me ponía la capa y birrete de la ceremonia de
graduación, decía:
-“Personalmente tengo que felicitarlo por su brillante carrera estudiantil y
hoy que ya es doctor vuelvo a felicitarlo y darle un consejo “Más vale un
día de señor que muchos de doctor” “por ello y porque usted antes de ser
doctor, siempre fue un señor”.
Eso, y muchas más cosas se dicen en un grado; pero, las menciono porque
cuando en ese entonces uno no tiene nada, le sirven de consuelo.
220
Y, vaya que necesitaba consuelo; y, quién no si era Diciembre; si estaban
cerca las navidades; si estaba cerca nuestro aniversario de matrimonio; si
igual tenía el cumpleaños de mi mujer; si de un momento a otro
esperábamos la llegada de nuestro primer hijo… ¡apenas contaba con unos
pocos sucres!
Como adivinando la situación: Jaime, Jorge y Homero, mis compañeros,
me invitaron a unas cervezas en la Lonchería Italiana.
Por la noche le decía a mi mujer:
Póngase su mejor batita de dormir, porque hoy va a dormir con un doctor…
-Ya me imaginaba. ¡“Le felicito mijo”!
Pronto, también me graduaría de papá.
En efecto; habían pasado pocos días y la familia como nunca había
decidido festejar la Navidad reunidos. Estaríamos en casa de mi hermano
Jorge en la Magdalena. Para la celebración habría: un pavo horneado,
algún licor y abrazos.
Bachita y mi hermano no sabían como mejor agradar. Poné la música,
comenzaron los cachos, las risas y la dulce conversación.
Había más que motivos para celebrar; el mejor: estar toda la familia
reunida. Esperábamos las campanadas de las 12 para la famosa cena de
Navidad.
Pero lo que sonó a las 12 no fueron las campanas sino los ayes de mi mujer
con trabajos de parto.
Ahí quedó todo. La familia entera no sabía que hacer: estábamos en la
Magdalena, muy lejos de la clínica Mosquera donde habíamos previamente
chequeado y seguido el embarazo.
-¡Un taxi! Dijo alguien… Día de Navidad, todo el mundo en sus casas, los
taxis imposibles.
-¡Abajo hay un señor que tiene un carro! –Veámosle, puede ser.
-El taxi y el señor existían; pero, el taxi estaba dañado. Compadecido el
señor, se puso a componerlo y así pudimos ponernos en camino hacia la
clínica.
221
Ella iba muy preocupada, temerosa y en su carita se pintaba el dolor que
venía más frecuentemente cada vez. La gente y las calles llenas de carros
hacían más difícil el llegar.
No sé, francamente como llegamos… Lo que sí recuerdo muy bien es
como nuestra preocupación y miedo contrastaba con la calma del personal
de la clínica.
-¿El doctor Mosquera?
-Está en una cena de Navidad.
-Llámele por favor en nombre de la esposa del Dr. Ruperto.
-Ya le llamamos no tardará en llegar.
Pasados 2 minutos…
-¿Qué hora llega el doctor?
-Ya está en camino.
Pasados otros 2 minutos…
-Por favor dígale que la paciente ya no soporta más…
-No tarda en llegar.
Con toda la calma llega…
-No se preocupe señora, ya le vamos a atender.
Juntos entramos al quirófano: mi mujer, el doctor y yo.
Verdaderamente dramático, brutal si se quiere, entre llantos, ayes y
maniobras juro que no tendré más hijos…
¡Al fin! Tras unos extenuantes y macabros minutos viene una figurita
redonda colorada que llora a la primera palmada que le da el doctor
después de sorberle el resto de líquido de sus pulmoncitos.
¡Qué susto! Ya soy padre de una niña. Mamá está más hermosa que
nunca…
222
Allí, en ese momento recordaba sus palabras cuando ya casi terminábamos
el curso: y este recuerdo es más doloroso para mí porque ella, mi pobrecita
mujer, la calladita, la que nunca protesta ni reclama nada, lejos de su
familia y su madre me decía, en su mirada medio de dolor y de tristeza
¡Sólo te tengo a ti! Y… salió del curso, intempestivamente…
-¡Quiero que me lleve a su casa! Ya les he avisado a mis hermanos y
pronto sabrá mi madre… Pero ella ha dicho que si me caso aquí debo hacer
cuenta que no tengo madre ni familia.
-¡Así!: de un brochazo quedó huérfana de su familia y borrada hasta de la
memoria. Había cometido el sacrilegio de casarse con un don nadie y
escondida de la familia.
Ese día la llevaba a mi casa, le presentaba a mis padres y mi hermana.
Mi cuñada coincidencialmente había viajado a Loja a reunirse con mi
hermano y nosotros ocuparíamos su cama y su cuarto.
Antes de casarme había hecho cuentas y los 460 que ganaba en la Policía,
más unos sucrecitos de las prótesis, más otros sucrecitos del consultorio ¡sí
me alcanzaban! Sí; ¡pero justo!
Al otro día que le había llevado a mi mujer, mi mamá me decía:
-¡Verás hijito! Una boca más de alimentar… tienes que aumentar lo que
me das…
-Bueno mamita… pero para mis adentros: y ahora ¿de dónde sacaré?
Pero, mi Flaquito de allá arriba; siempre me ha querido… y el consultorio
empezó a producir… ¡igualito! Pero alcanzaba.
Comenzaba así mi verdadero matrimonio y creo que desde allí comenzaron
hasta ahora mis insomnios: era tanta la responsabilidad… y ¡tanto el ruido!
Pues allí me enteré que mi media naranja roncaba cuando dormía. Además
la chiquita desde el primer día nos hizo saber lo que deberíamos esperar de
ella: dormía plácidamente durante el día; pero llegada la noche tenía que
mecerle su cuna a cada instante. Si algún momento me quedaba dormido…
¡guaaaaa! Y así hasta la mañana. Pero era un pedacito de cielo que al día
más brumoso y dolido le daba vida con sus gorjeos.
Yo; ¡ni en mi más elaborados sueños había vislumbrado lo que era ser
padre!
223
¡Claro!; el gusto, la felicidad, la novedad, la aventura y todo lo que se
quiera de bueno decir; es el matrimonio. Pero el otro lado de la medalla
que ni remotamente se adivina es: la responsabilidad de una nueva vida
que tiene que alimentarse, vestirse, curarse, educarse, etc. etc. y más etc., lo
que hace que uno comience a ponerse serio, preocupado y cambie hasta de
hábitos y costumbres.
Así pasó cuando mi pedacito de cielo vino a nosotros. No sabía cuántos
días de clínica tendría la madre, cuánto me costaría el parto y lo más grave:
¿Cómo iba pues a pagar las cuentas? Confiaba en que el doctor Mosquera
me diera un crédito, mientras tanto me refugiaba en mi consultorio.
Una tarde; precisamente aquella en que debía salir de la clínica mi mujer,
yo, me estrujaba el cerebro buscando la manera en que pudiera salir del
paso; alguien golpeaba la puerta del consultorio.
-Buenas tardes… ¿El Doctor? Cuando salí a abrir la puerta me encuentro
con una viejita con cara picaresca, arrugada, envuelta en una manta que
algún día debió ser negra y que evidenciaba a gritos la pobreza y que me
miraba de arriba abajo…
-¿Qué se le ofrece señora?
-Verá doctor: casi no tengo dientes; los únicos que me quedan son este par
de caninos y estas dos muelas y quisiera que me ponga un puente…
-Yo creo señora, que lo más conveniente sería hacerle en acrílico una
plaquita parcial con los dientes que le faltan, y eso le resultaría mucho más
barato.
-¿Y un puente en oro cuánto costaría?
-¡Uy! Eso le costaría una fortuna…
-¿Cómo cuánto sería?
-Talvez unos 800 sucres –digo yo- sin calcular el costo del oro, materiales
y laboratorio; seguro que la cantidad anunciada disuadiría definitivamente
de su propósito.
-Bueno doctorcito… aquí tiene la cantidad… ¿cuándo me entregaría?
¡Asustado! Recién comienzo a hacer cálculos, seguro de que cometí una
burrada.
224
Por un puente de oro salían esa noche de la clínica mi mujer y mi hija.
Como las tareas de casa siempre han sido duras y seguramente mamá
quedó cansada de atender a mi cuñada con su enfermedad, de cocinar, lavar
pañales y atender a mi sobrino, me decía:
-Yo ya no puedo atender a otra persona más; ha de ser necesario buscar una
cocinera…
Se buscó, y vino la Miche Mama con toda su familia, muchas bocas que
alimentar; pero mamá había pedido y así se hizo.
Cuando nació mi guagua, Libia le cuidaba; pero yo conciente de que ella
había estudiado como yo y que debía culminar su carrera; decidimos que
debía graduarse. Ello significaba una serie de trabajos, viajes a clínicas y
hospitales para realizar su tesis, lo que le obligaba a salir de casa.
-¡Mijo! -me decía mi madre- Yo no puedo encargarme de cuidar a tu
guagua cuando tu mujer tiene que salir a los hospitales. Tienes que
buscarte una niñera…
-¡Bueno mamita! Y para mis adentros: ¿Cómo podré pagar?
¡Otra vez! Mi Flaco Lindo… desde arriba me mandó la solución: la hija
de la Mama Miche –la criada- que tenía una hija casi señorita, por un
cómodo mensualito haría de niñera y por las tardes ayudaría en el
consultorio.
1957. A los dos años de egresar se graduaría Libia. Hicimos una farra a
toda Ley. Así nos desquitaríamos incluso de lo que no hicimos cuando yo
me gradué. Y, así nos dimos también el gusto de completar su carrera
universitaria… ¡No faltaba más! La Reina de la Universidad estaba en
todo su derecho…
No pasaría mucho tiempo que recibí un lindo telegrama de mi hermano
Julio.
-¡Hermano! Pronto estaré allá con el pase espero desocupes mi casa.
-¿Y, ahora que vas a hacer hijito? –decía mi mamá- ¡Desocupar el campo
inmediatamente!
-¿Pero, cómo, dónde?
-Ya veremos…
225
Mi hermano Jorge que había construido su casa como los pajaritos: de
ramita en ramita, tenía un cuartito que podía prestarme, y, allá fuimos las
tres personas. Fue una situación muy difícil; felizmente por poco tiempo.
Siempre recordaba las palabras de mi viejo que decía:
-El muerto huele a los 3 días; el huésped a los 8.
No sé qué razones tuvo mi madre para desesperadamente buscar una casa,
precisamente más abajo de la de Julio, que arrendé a sus instancias y allá
nos pasamos mi mujer, mi guagua, mis dos viejos, Gloria y yo.
Fue una lección muy saludable –como las que siempre acostumbraba
darme mi hermano Julio. Porque así comencé a amueblar mi casa.
-¡Ve René! Tenemos un problema enorme en casa; parece que Gloria y
Víctor –subteniente de caballería que comía en casa- se han enamorado y él
no quiere casarse.
-¡Ve Glorita! ¿Por qué no te vas a los Estados Unidos donde Berthita?
-¿Con qué plata quieres que me vaya? Si tuviera me iría encantada…
-Yo, te doy para que te vayas.
-Bueno, entonces me voy…
En pocas semanas se armó el viaje y Glorita partía para los Estados Unidos.
Sentimientos encontrados nos quedan: dolor y tristeza por la separación y
por otro lado alegría de haber contribuido a romper su frustrado
compromiso sentimental.
Consuelo familiar también porque, así como Julio hizo lo suyo para entrar
en el Colegio Militar en una época en que allí sólo entraban hijos de la
clase media alta y de dinero. Él, poniendo irreflexivamente en la situación
apremiante de buscar el dinero para su equipo y demás y; al fío entró y ello
significó que aquella locura –como decíamos nosotros-. Dio un sello de
orgullo familiar y una serie de cambios imperceptibles que nos llevarían
adelante tanto en lo familiar como en lo social y más que nada en aquel
sentimiento íntimo y no satisfecho de arrancar hacia adelante.
Así también aquel humilde coraje, aquel lanzarse al vacío que hacían las
hermanas cambiaban espectacularmente nuestro sentimiento del propio
valer.
226
Al poco tiempo…
-Me fui al médico por estos dolores que tengo al vientre y que dice el
médico que tengo descendida la vejiga –me decía mi madre-.
-Eso hay que tratarla. ¿Qué dice el médico que debe hacer?
-Que debo tomarme una radiografía; pero hay que esperar que me pase
porque me he enfermado. ¡Lo más raro a mi edad!
Así, comenzó el calvario que tuvo que recorrer mi madre hasta su muerte.
Tenía un cáncer uterino que ninguno de los médicos que la atendieron pudo
detectarlo a tiempo y ya en estado avanzado no podía hacerse nada.
Mi hermana Bertha al saber tan tremenda noticia se vino de los Estados
Unidos. Ella fue: el consuelo, la enfermera y la hija amorosa que tuvo mi
madre durante su enfermedad.
La Mama Toya la llevó a la “Casa de Arriba” para que tuviera mayor
comodidad y talvez como expiando la animadversión que siempre le tuvo a
mi madre.
Todos los médicos amigos de Berthita hacían lo que podían; pero nada
podía hacerse ya.
Berthita también se constituyó en la tesorera y administradora de los
dineros que Mario y yo le dábamos para la enfermedad de mamá. También
ella fue la que pudo soportar los ayes y quejas de mi madre de esos dolores
salvajes e insoportables. El 27 de Diciembre de 1957 por la tarde, se fue
para siempre y con su sacrificio; estoy seguro, vacunando a sus hijos para
que nunca tengan que soportar y sufrir lo que ella había sufrido.
Luego, casi enseguida, Berthita regresó a los Estados Unidos y nunca más
regresó.
Parta todos fue una experiencia tremenda y un dolor enorme; yo, recién me
había estado reponiendo del tremendo problema que significó unos meses
anteriores con Libia.
Mamá algunas veces me decía:
-Tu mujer algunas veces se queja de unos dolores al vientre…-¡Ve! ¿Por
qué no le llevas al médico?; dice que mucho le duele. La verdad era que lo
que ganaba casi, casi no alcanzaba para la manutención de la familia. Mi
227
hija Tania desde que nació empezó a tener toda clase de enfermedades y lo
que yo ganaba a veces no llegaba ni siquiera al bolsillo cuando ya salía
para pagar algún gasto.
Una mañana, mientras atendía en la Policía, me llamaron de urgencia a
casa. Libia había caído desmayada, en tal estado que tuvimos que llevarla
urgentemente a una clínica.
No había aún un diagnóstico; sólo se sabía que casi no tenía presión arterial
y que minuto a minuto su estado se agravaba más. Los médicos no sabían
a qué atribuir. Desesperado comentaba la situación con el doctor Armas,
amigo, compañero de trabajo en Sangolquí. Él se trasladó a la clínica y
diagnosticó embarazo extrauterino. Ahí, se decidió hacer una cirugía de
exploración; cuando Libia casi, casi me dejaba.
El diagnóstico fue preciso; pero la espera deterioró tanto su estado general
que tuvo que permanecer 13 días en la clínica. Días amargos, angustiosos,
desesperantes; pero, al fin le dieron de alta y pude llevarla a casa.
Qué diferentes son los sentimientos que uno experimenta a lo largo de la
vida.
Aquellos de la primera juventud me parecen como las películas a colores:
todo brillo, música, ilusión; y aquellos de la primera madurez semejante a
un viaje a lo desconocido donde hay sorpresas a cada instante y de
diferentes matices: las hay como aquellos paisajes nocturnos del pleno
verano donde la luna y las estrellas nos hacen vibrar el alma al verlas sobre
un fondo lapislázuli perderse tras la silueta de la cordillera; o aquellas
tardes expectantes cuando los pajonales revolotean sus cabelleras de oro al
susurro musical del viento que respetuosamente les saluda.
El amor, igual: tumultuoso, bravío como potro montaraz que salta, corre,
brinca sin pensar siquiera donde caerá, que llena el mundo de alegría y de
promesas propio de la primera juventud; y, el otro, el de la madurez como
el mar sereno, profundo que besa la arena de la playa como una verdadera
comunión.
Igual son los dolores: Aquellos de la juventud que parecen insondables,
únicos, desesperantes que quiebran la voluntad y nos hacen ver el infierno a
la vuelta de la esquina.
Los otros; los de la madurez: verdaderos, reales, tangibles, inmensos, no
conocidos que precisamente por presentarse en la madurez se los puede
sobrellevar y hasta vivir con ellos.
228
Todas estas experiencias me traían a la memoria como una película en
capítulos de mi vida profesional, y también estudiantil.
Estaba en tercer año; hacía clínica. Una amiga de Libia me pedía que le
atendiera a su muchacha. Era tan nerviosa la criatura que, para calzarle una
muela tuve que ponerle anestesia. En aquella época casi era infalible que al
poner una anestesia troncular a veces se pinchaba una vena y entonces se
producía el drama: efectivamente la criatura cayó sin conocimiento,
desmayada. Yo no sabía desgraciadamente su grado de desmayo porque la
niña era negrita.
-Libia ¡por favor! llama a un profesor que nos ayude. ¡Profesor! No quedó
uno, ni alumnos de cursos superiores que pudieran ayudar. ¡Todos se
marcharon asustados!.
¡Era tal la ignorancia! ¡Era tal el empirismo! con que se practicaba en ese
entonces que yo me maravillo al pensar ¡cómo no había muertos a menudo!
Es que nos ponían a practicar tareas sin antes prepararnos debidamente.
Así, le pasó a un compañero en la sala de exodoncia. Para extraer una
muela le administró anestesia general. –Lo hacíamos a menudo por
instilación con trilene-. Pero en este caso hubo una sobredosis que
determinó la caída hacia atrás de la lengua y obstrucción de la laringe.
Cuando se dio cuenta el compañero, la chica era azul-morada y nada se
hizo; porque allí nadie sabía que quizá con halarle la lengua y darle
respiración artificial quizá se habría salvado y... ¡se murió!.
En la Policía teníamos frecuentemente sustos muy variados; pues el trabajo
era intenso y variado; pero, teníamos suerte.
Pero lo más grave que me había pasado fue cuando recién me había
graduado y estaba fresquito el chasco que pasó el doctor Pazmiño cuando
quiso sepultarme con las fórmulas químicas de la vitamina K en mi grado
de cirugía.
Pues; le traían a una paciente del policlínico para extraerle una muela.
El estado de la paciente era francamente deplorable: apenas podía tenerse
en pie; una facies hipocrática, pálida, sudorosa que, evidenciaba a gritos
anemia, debilidad extrema miedo y dolor.
-¿El doctor Pazmiño?
-¡Sí! ¿Qué se le ofrece?
229
-Mandan del Policlínico esta paciente para que le saque una muela.
-¡Dr. Ruperto! Atiendalá...
-¡Es por usted por quien mandan doctor!
-Pero yo le ordeno que usted le atienda...
-En el estado que está la paciente yo no le puedo atender y usted es el Jefe
del Departamento.
-¿Qué? ¿Usted no dice que es el doctor? ¿No se graduó? O se doctoró
para los casos fáciles...
Ante el reto profesional, reaccioné y me hago cargo del caso.
Procedo a anestesiarla... y ¡Zuaz! Cae sin conocimiento. Nada tenemos en
el Servicio para estos casos y la paciente rápidamente pierde el pulso, la
respiración y hasta el más leve latido. El doctor Pazmiño la ausculta y da
por muerta a la paciente.
-¡Voy a pedir una camilla al Policlínico! Es lo que dice tranquilamente; y
sale...
Ante esa situación desesperada, miles de ideas se me cruzan por la mente:
Recién graduado y con una muerta; dejar por fracaso un empleo; la noticia
en el periódico; el comentario de los colegas; en fin...
Resuelto a luchar hasta el último momento, empiezo a dar de palmetazos a
la paciente con tanta fuerza y frecuencia que ya muerta viene a reclamarme;
entonces procedo a extraer la muela.
Cuando regresa el doctor Pazmiño con la camilla, la paciente repuesta y
sentada me agradece.
-¡Qué fue: revivió! Decía el doctor medio incrédulo ¡Yo! guardo un
silencio acusatorio ante su villanía...
¡Ah! Cuán peligrosa, desconcertante, dolorosa, desobligante e ingrata es la
Medicina; pero también, sus retos dan enormes satisfacciones, sano orgullo
de hermosas victorias ya en la clínica, ya en el quirófano.
Todo esto enseña, fortalece, madura porque la vida es así; se compone de
triunfos y derrotas, éxitos y fracasos, penas y alegrías que, desde muy joven
aprendí a saborear de lo uno y de lo otro.
230
Antes que regresara mi hermana Bertha de los Estados Unidos y asesorado
por un amigo corredor de carros compré una utility Ford con carrocería de
madera. Ocho mil sucres –nada menos- Me dejaron el carro en Santo
Domingo y entre mi mujer y yo la llevamos a casa en la Villaflora; ella
tocando el pito y yo prendido del volante con ambas manos, sin soltar.
El desgraciado de mi “amigo” me había hecho comprar un montón de
chatarra.
¡Entraba toda la familia! Y bien que lo necesitaba para que lo empujen.
Era tan tragona de gasolina que; cuando fuimos a traer del aeropuerto a
Berthita y Janete, una amiga, después que le había llenado el tanque de
combustible, me quedé vacío en media calle Venezuela, con la
consiguiente vergüenza.
Cuando con la familia íbamos a un paseo, tenía que llevar tanques de
combustible y de agua. Renegado al poco tiempo no quería saber nada de
la tal utility y le vendí arreglada, pintada y todo a un señor que tenía
necesidad de repartir dulces y chocolates de su industria. Le vendí al fío,
en 12.000 sucres que casi no me paga; pero al fin me deshice de un
emplasto que me iba dejando en la calle. Sólo trabajaba para pagar los
carros que me compraba. Tuve un lindo carro que era envidia de los
colegas en la Policía; lo que ellos no sabían era que todas las semanas
pasaba en la mecánica y el sábado o domingo que salía con la familia, mis
hijos colocados en la ventana trasera tenían que avisarme de las tuercas o
tornillos que se iban desprendiendo.
Libia tenía tanta ilusión de manejar que cuando tuvimos un Fiat 600
nuevecito, en lo callada y conforme que era, me decía:
-Usted es un egoísta que no me quiere enseñar a manejar. La verdad es que
yo tenía pánico de que le pase alguna desgracia y tenga que ir a la Policía y
pensar en ello, me enfermaba.
-¡Bueno! ¡A ver, maneja!...
Me quedé boquiabierto cuando cogió el carro y nos llevó hasta ¡Machachi!.
Ella dice que nadie le enseñó, que sólo viéndome manejar ella aprendió ¡Y
yo le creo!
En el consultorio que con el fin de ayudarme a pagar el arriendo, les había
prestado a unos dos compañeros, al poco tiempo; como nada sabían de
ética profesional, atendían mis pacientes, de tal modo que pronto me quedé
231
con muy poca clientela que, se agravó con la resolución del dueño de casa
de subirme al tercer piso; pues necesitaba mi local.
Como “las desgracias nunca vienen solas” en Sangolquí, el nuevo
presidente del Concejo que era liberal; enemigo político de la familia
Cevallos que me había llevado a ese empleo, quería mortificarlos y no
encontró mejor manera que botarme del empleo.
Felizmente llegué a saber a tiempo y enseguida fui a enterarme
personalmente.
-¡Señor Larrea! Yo soy el dentista del Centro de Salud Municipal y he
llegado a saber que usted piensa cancelarme.
-¡Sí! Eso es verdad...
-¿Puedo saber cuál es el motivo?
-Eso lo resolveremos esta noche.
-Señor Larrea ¡yo creo que hasta este momento no ha habido queja alguna
ni de nadie sobre mi desempeño profesional!
-¡Eso está resuelto y mañana lo sabrá!
-¡Señor Larrea! Si no hay motivo profesional, yo quiero asegurarle que
políticamente nunca he intervenido –sabía de su venganza liberal-; además,
personalmente soy un padre de familia que cumple a cabalidad su profesión
y su trabajo y esto me perjudica económicamente mucho. Le ruego que
revea esa resolución tan drástica y sin fundamento.
No me importaba rogar; pues era padre de familia y por ello podría llegar a
cualquier extremo.
-Lo siento: ¡Ya está resuelto!
¡Me quedé mudo! Sentimientos violentos y encontrados me venían ese
instante; pero, más era aquel de desesperación por el asunto económico.
Aquella noche no dormí. No quería contarle a mi mujer porque ello le
haría sufrir y eso me atormentaba. También, no sabía como salir del
problema; pues, si no iba a trabajar me preguntaría el motivo y tendría que
contarle. Por otro lado, si me presentaba a trabajar iba a pasar la vergüenza
de que me dijeran que me habían cancelado.
232
Preferí pasar la vergüenza y como siempre madrugué a Sangolquí.
¡Oh! Sorpresa. Mi Flaco lindo desde allá arriba había movido sus hilos y
en medio de la sesión –esa noche- por unanimidad los concejales le habían
destituido por ¡ladrón! con documentos y testigos.
Arreglado ese asunto, decidí cambiar mi consultorio a un lugar más
propicio y elegante y, pasé a un edificio de la calle Benalcázar de las
madres de “La Providencia” que desde un principio colaboraron y volví a
trabajar; esta vez solo y hasta muy tarde.
Compramos un equipo dental japonés de verdad y el que me había
acompañado pasó a mi museo personal.
Después de semejante experiencia del embarazo extrauterino, Libia nunca
recobró su salud íntegramente; sobre todo tenía unas hemorragias que le
ponían al borde de la muerte. Tania igual; se enfermaba continuamente.
Además, desde que murió Mamá vivíamos acompañados de mi padre a
quien también tenía que atender y ocuparme. Eran tan frecuentes las
enfermedades que, no había dinero que alcance. Recuerdo que con los
últimos sucres había comprado una ampolla indispensable para su
enfermedad, a un precio mayor que si hubiese sido de oro. Para inyectarla
tenía que romperla por el gollete; pero con tan mala suerte que al apretarla,
se rompió como un cascarón y todo el precioso líquido se regaba por mi
mano; mientras entre lágrimas veía consumirse a mi adorada compañera.
Fueron días muy difíciles. Yo, tenía que dejarla sola, con mi chiquita que
pese a sus apenas dos años se esforzaba por ayudar en lo que podía;
mientras su madre no podía moverse, peor levantarse.
Pero; ¡Sobrevivimos!
Pasado a Sub-jefe del Servicio en la Policía, recibo el grado de teniente de
sanidad.
Es el año de 1958; es el 30 de Noviembre. Llega mi hijo Gonzalo.
Organizo en la Policía las prácticas de cirugía y seminarios de odontología
con el personal del Servicio con unos resultados excelentes que elevan el
nivel profesional del Servicio. Previamente y con gran pesar había
rechazado una beca para perfeccionarme en Brasil por el estado de salud de
mi mujer; pero, eso me animaría para más tarde concursar para otras
opciones; pues mi currículum me daba confianza.
233
La venida de mi hijo Gonzalito marca una nueva concepción de mi vida.
Una responsabilidad enorme cae en mi conciencia. Tengo 31 años y creo
que no he hecho nada. Miro a mi alrededor y aunque encuentro que mis
compañeros también se han enrumbado; creo que a mí me toca adelantar;
¡siempre ha sido así! Dentro de mis falencias comprendo que no estoy
preparado psicológicamente para hacer de la profesión un trampolín: ni
social, ni político, peor aún económico. Tengo tan dentro de mí el aspecto
ético-profesional que más de una vez he dejado pasar oportunidades
brillantes. Pues, para mí, lo más importante es ser un profesional idóneo en
toda la línea. Esto me lleva a rodearme de libros, a leer todo lo que cae en
mis manos sobre mi profesión. Mas; la parte económica será siempre mi
“Talón de Aquiles”. Trabajo como un condenado: de domingo a domingo
pero no puedo avanzar; el esfuerzo no está en el mismo andarivel de la
compensación. Sin embargo: mi mujer tendrá que hacer ajustes.
Resultado: Vivimos modestamente.
Estas consideraciones me llevan a mirar retrospectivamente mi pasado.
Bueno; creo que no hay comparación. Pero: ¿y el esfuerzo? Pongo en la
balanza mi vida y ésta se inclina maravillosamente a mi favor. ¡Pienso que
no tengo nada! Y me estremezco porque mi Flaquito desde allá arriba me
dice que soy un ingrato.
Ingratazo; sí, porque tengo una salud que otros no la tienen; tengo la más
hermosa, buena, honrada y noble de las mujeres; tengo dos pedazos de mi
vida que me sonríen y me convencen que soy el más rico de los hombres;
tengo una hermosa profesión; trabajo en ella y en mi propio estudio; he
tenido la suerte de tener empleos estables aunque no muy bien
remunerados.
-¿Se puede pedir más a la suerte?: ¡No! Claro que no...
Pero yo, en esta vida soy un caminante; sé como se hacen los caminos: Se
hace camino al andar y por ello nunca estoy quieto. La imagen mía al
caminar se refleja cada día en mi vida familiar porque ellos están ligados a
mí como el latido al corazón.
Es el año de 1959. Libia; el complemento más importante de mi vida; la
que calladamente durante estos años ha soportado el obligado ostracismo
de su casa y su familia; que nunca se quejó ni habló de que por seguirme
dejó todo: madre, familia, comodidades y más, me dice:
-Quiero irme a visitar mi casa.
-¡Pero! ¿Y si no te reciben?
234
-Quiero irme con mis hijos y pedirle a mamá que me perdone...
¡Valientemente! Llevando de escudo a sus hijos, parte cabalgando en un
rayo de esperanza y llevando como único equipaje: la incertidumbre.
Yo, después sabría que la madre que es tan dura como el acero, al fin se
había dulcificado y recibió a la hija pródiga.
Ella: la mujercita dulce y callada, con su valiente corazón había tendido un
puente por el que pudiéramos conocernos, respetarnos luego y finalmente
querernos entrañablemente su familia y yo.
Esto; cambia radicalmente nuestras vidas. Por ayudar a su madre, trae a
sus hermanos a estudiar aquí y esto pues nos trae nuevas responsabilidades;
esta vez, de familia. También nos traen problemas; y graves que gracias al
cariño de hogar más la inteligencia de ella nos permiten saltar sobre las
llamas y al otro lado abrazarnos y querernos más que antes.
Quiero sinceramente que su madre y su familia sepan en verdad quien soy
y como soy. Por ello, van y vienen su familia y mi mujer y mis hijos.
En una de esas, conozco a su madre. ¡Quedé impresionado! Ahora sé de
donde mi mujer salió tan bella.
“La Patrona” como la bauticé
inmediatamente de conocerla, lleva con sencillo donaire su sangre italiana
y su presencia impone respeto y distancia inmediatamente y tal parece que
eso es mutuo desde el primer instante.
Un hecho al parecer de poca importancia subrayó mi manera sincera y
sencilla de ser.
Ella, al cerrar la puerta del más lindo carro que he tenido, por un descuido
involuntario se rompe y deforma la puerta. Yo, haciéndome cargo del
bochorno y vergüenza que estará pasando: primero le aseguro que no tiene
mayor importancia y para corroborar que no me había afectado le compro
un corte de seda para un vestido.
Esto convertido en anécdota familiar, me abre los corazones de toda la
familia. Ella con su carácter callado y prudente se ganaría mi corazón por
el resto de sus días y mis lágrimas cuando murió.
¡Todos lloramos a los que se van! No importa que la religión nos diga que
van a gozar del más allá, de la bienaventuranza. Puede ser; pero, su
ausencia nos duele y nos quebranta, y hasta el dicho popular: “los buenos
se van o se mueren” lo confirma. La ausencia no es sino un grado de la
235
muerte y, aunque todos tengamos que morir, y aun sabiéndolo... ¡nos
estremece!
La Mamita Toya; sin que nos diéramos cuenta había envejecido: tenía el
pelo plateado, el andar se le había hecho lento y casi no salía de casa. El
roble que fue, comenzó a mostrar sus grietas: sus heridas del “haber
vivido”. El tributo que paga el hombre por el atrevimiento de haber venido
a recorrer este ingrato mundo; del que recogemos momentos de felicidad a
cambio de todo. Camino desigual que recorremos todos. Unos desde al
nacer con gritos y lloros, dolor, vergüenza, escarnio y casi desnudos. Otros
con alegría, brillo, ostentación. Pero, al final, todos nos vamos como
venimos: solos y desnudos.
La Mamita Toya que había sembrado con amor y paciencia de jardinera esa
maravilla de flor que se llama gratitud, había caído enferma. Y, es que ella
nunca se permitió ese pretexto para descansar, cuando más, tomaba aliento
para seguir su tarea. Pero, ahora sí se había acostado, ahora sí estaba
enferma, ahora sí se quejaba ¡Conoció su estado! Cuando salía de casa
hacia la clínica, decía regresando a ver las paredes, sus plantas y los
pedazos de su corazón que éramos nosotros.
-Sé que salgo para no volver –dijo- y una lágrima pendiente en sus ralas
pestañas fue la muda confirmación de lo que ella ya sabía. Un cáncer de
páncreas se la llevó. Era un Diciembre de 1960, casi el día de su
cumpleaños exactamente 3 años después de Mamá.
Recuerdo que en el velorio de Mamá, ella se había quedado adormilada en
una cama y, el rato menos pensado pegó un grito... La Sarita me dice:
¡Toya si hay eternidad!
Como las cuentas de un rosario que se rompe; así se desparramó la familia:
cada uno tratando de encontrar el camino que ella habría querido que
recorramos:
Mario; el hijo más querido, en pocos días marcharía a Francia, llevando
entre su equipaje el dolor y la añoranza que uno no dice pero que los demás
sí ven.
Danielito y Blanquita como fantasmas mudos y callados deambulaban por
una casa casi vacía; porque quien la llenaba ya no está.
Nosotros; únicos testigos que saben del dolor de perder una madre por
segunda vez.
236
En el Tibet, donde dicen que están los verdaderos sabios de la vida; los
monjes llevan una especie de rosario en forma de rueda que no tiene ni
principio ni final. Así es la vida. No importa quien se va ni quien se
queda; el mundo sigue dando sus vueltas. La familia crece, los hermanos
se vuelven amigos, después conocidos y más tarde... ni vecinos.
Felizmente entre nosotros, parece que la semilla que se sembró fue robusta
y hasta ahora, da frutos.
En casa; la mitad de mi alma siempre estará enferma. Cuantos médicos la
vean, cuantos especialistas consultemos, ella seguirá inmisericordemente
desangrándose. El último, al fin logra detenerla; pero a un costo
elevadísimo; sólo podremos tener un hijo más y luego tendrá que someterse
a una cirugía.
Así; casi agotada su salud y nuestra economía esperamos la venida del
nuevo hijo.
Hemos hecho amistad con el médico especialista que le atendió y le atiende
en su embarazo y, tengo la confianza para decirle:
-¡Doctor! Yo no estoy en condiciones de pagar la clínica donde usted
atiende, pues sé que es muy cara...
-¡No se preocupe!; hay cuartos de todo precio y muy cómodos.
La mañana en que Libia sintió los primeros dolores le comunicamos... y
nos decía:
-¡Tranquilos! Yo les espero en la clínica.
Cuando llegamos el doctor nos esperaba y pedía el cuarto 201.
-Entre mí decía: qué bueno que el doctor se acordó de mi pobreza... Más
tarde cuando madre e hija regresaban del quirófano, una auxiliar que yo
conocía en la Policía me decía:
-Doctor, la niña y la señora van a estar muy bien atendidas.
En efecto mi mujer muy impresionada decía:
-¡Mijo! qué atención aquí; imagínese que me traen todos los periódicos de
Quito todos los días; todos los días pasan todos los doctores visitándonos.
Curioso yo de tantas maravillas le preguntaba a mi amiga la auxiliar:
237
238
-¿Cómo será la atención en los cuartos más costosos si aquí es de
maravilla?...
-¡Doctor! el 201 es el más costoso de la clínica.
Casi se queda mi guagua en prenda hasta poder pagar...
Pocos meses más tarde Libia se sometía a una cirugía de alto riesgo que
casi le cuesta la vida. En el post operatorio se olvidaron una gasa adentro
¡los muy desgraciados!
Algunos días después que Libia dejó la clínica donde había permanecido un
mes; Blanquita nos contaba que Gonzalito de apenas tres años que con
Tanita habían permanecido en la casa de Arriba durante ese mes
desesperante porque no había quien cuide de ellos; ella los llevaba todos
los días a la iglesia para que pidieran por la salud de su mamacita; al saber
que estaba ya sana:
-Guaguas; vístanse rápido que vamos a la iglesia.
-Ya para qué Blanquita: Mamá ya se sanó...
Todas estas enfermedades frecuentes en los chicos y graves en Libia, nos
tienen a la familia muy limitados económicamente y el menaje de la casa
va muy lentamente; lógicamente es muy modesto, bueno pero lo hacemos
con nuestro esfuerzo... y la verdad que es muy emocionante.
Recuerdo que cuando nos pasamos a vivir al Batán un colega vecino que
era un poquito ostentoso, tenía unos hijos casi de la misma edad de los
nuestros y lógicamente les invitaba a ver la T.V.; pues yo no tenía para
darles a mis hijos y eso me dolía, dolía hasta que un santo día haciendo
cálculos de altas finanzas me arriesgué a comprar una a largos plazos.
No me da el idioma y es una lástima que no puedo describir la inmensa
emoción, las caritas coloradas, los ojitos brillantes, las risas y las lágrimas;
el prende y apaga del aparato que mis hijos hacían y manifestaban al tener
un aparato de T.V.
Yo, me decía:
-¡Imposible! Los ricos nunca sabrán de estas emociones.
Para ir en orden:
239
Estamos con la nueva hija que sabemos será la última. Vivimos
arrendando una casa en la Villaflora y, como decía Mamá “el arriendo
amanece y anochece” y pensamos que como a mi hermano Julio, el IESS
puede adjudicarnos una casa y comenzamos a salir los sábados y domingos
a recorrer los lugares donde sabíamos que el IESS construye o tiene
urbanizaciones que podríamos aprovechar.
Recorriendo por la Magdalena, a la altura de la urbanización Hermano
Miguel encontramos una casa pequeñita pero muy bonita que ojalá nos
pudieran dar.
Como sabía que el señor Pozo director de la escuela Espejo estaba de vocal
del IESS, corrí a pedirle que me ayudara a conseguir la casa.
-Señor Pozo, hay una casa en la urbanización del Hermano Miguel que
quisiera que me ayudara a conseguir.
-¡Vea Ruperto! No es que no quiera ayudarle; pero, ese barrio con su
profesión no le conviene, espere algo mejor y me gustaría ayudarle.
-Yo, -para mis adentros- No quiere ayudar y punto. ¡Algo mejor! Si no
puedo guardar un centavo cuando podré tener algo mejor.
Pero, ¡otra vez mi Flaco lindo!
Paseábamos por las afueras de Quito de ese entonces. Metida en medio de
un boscaje divisamos una urbanización. Subimos a conocerla y el guardián
nos cuenta que todas las casas están ocupadas menos una. Por curiosidad
pedimos que nos haga conocer. ¡Quedamos sobrecogidos!... era un barrio
que se veía pertenecía a gente escogida; la casa misma era algo que no
habíamos visto hasta entonces: elegante, espaciosa, grande y muy bonita.
-Demasiado para nosotros pienso en alta voz.
-¡Nada perdemos con intentar! Le escucho decir a mi mujer y veo que le
brillan los ojos.
-¡Mala seña! –digo para mis adentros. Conozco ese brillo y sé que tendré
que ponerme mi armadura, montar mi Rocinante, coger la lanza y ¡a
romper suerte por esos caminos de Dios, se ha dicho!
Al otro día a hablar con Hernán mi compañero de colegio que hoy es Jefe
de Préstamos del IESS.
-¡Ve! hermano; hay esta posibilidad y quisiera que me ayudes.
240
-¡Ve! No es que no quiera ayudarte; pero, esa casa está adjudicada a un
ingeniero que desgraciadamente perdió el empleo. Esperemos dos meses y
si no ha conseguido te adjudicaré.
¡Qué te adjudicaré! si mi Flaquito de allá arriba ya me adjudicó –diría yo-.
En efecto, han pasado dos meses y me pre-adjudicaron. Pese a que
teníamos dos sueldos: Sangolquí y la Policía. Sangolquí que por ley no
podía desempeñarlo, le hice nombrar a Libia y todo siguió igual. Pero no
nos alcanzaba para cubrir el precio de la casa.
El amigo hizo que se me dieran toda clase de préstamos extraordinarios y
hasta firmamos letras para poder cubrir semejante costo.
Y ¡la mujercita de los ojitos brillantes tuvo su casa! Pese a que a última
hora el amigo decía:
-¡Vas a quedar ahorcado! ¿Por qué más bien no te damos para construir
más abajo?
-¡No! Y no; más vale pájaro en mano que ciento volando –decía- y no
había más que hacer.
¿Y? quedamos ahorcados teniendo que atender tantos préstamos, letras y
arriendos.
Tampoco podíamos ocuparla inmediatamente; pues,
necesitábamos amoblarla toda completamente.
Por eso, decidimos
arrendarla; y, hasta eso se hizo difícil por la distancia al centro de la ciudad.
Un día se presentaron en el consultorio unas señoritas muy elegantes, al
parecer de muy buena familia que se interesaban por la casa. Pactamos una
cantidad del arriendo y como aún no tenía luz, decidimos que de cuenta del
arriendo ellas pondrían la luz eléctrica ¡Total! No recibí un centavo; pero,
lo que sí recibí fue la tremenda queja del barrio porque la casa la habían
utilizado como “casa de cita”. Se hizo un lío de la madona con comisario
de inquilinato incluido que, quería que haga la denuncia calificándolas de
“mal vivir”. Para luego seguirme un juicio por difamación! En cambio, los
chicos del barrio comenzaron a hacerles la vida imposible ponchando las
llantas de los automóviles de los clientes, rompiéndoles los vidrios y
anegándoles los cuartos a manguerazos.
¡Al fin! las hermosas criaturas dejaron la casa y nosotros nos vimos con la
única alternativa de pasarnos a vivir allí.
241
Un día; un fin de semana por más señas, embarcamos la sala –que ya
teníamos- una mesa, la alfombra –nuevita- las cobijas y los colchones. Era
un barrio de gente acomodada y nuestro menaje no concordaba con esa
imagen; así que, dejamos todo en la casa antigua. Me imagino la sorpresa
que se pegaría el dueño al ver que le dejamos todo.
En el nuevo hogar no todo era malo: como no teníamos luz, no importaba
que no tengamos cortinas y además por las noches nos gustaría ver la luna
y las estrellas; como no teníamos cortinas no nos molestaría dormir en los
colchones en el suelo, a la vez que nos evitábamos que los guaguas se
caigan de las camas.
Poco a poco íbamos llenando la casa que al decir de papá: “parecía de
arriendo”.
Al yo vivir allí experimentamos una serie de fallas y dificultades que no
habíamos previsto:
En primer lugar; la familia quedaba secuestrada todo el día porque la línea
de buses quedaba a unas diez cuadras del barrio y si bien éste estaba
pavimentado, en cambio el camino al bus era empedrado, en cuesta y muy
solitario. El agua: sólo llegaba pasadas las 10 de la noche y no todos los
días. No había tiendas, ni mercado, ni boticas, ni un centro sanitario. Cada
vecino hacía su vida y nadie sabía quien vivía al lado o al frente. De tal
manera que cualquier cosita que llevaba era motivo de alegría.
¡Imagínense! ¡Cómo sería cuando llevé el televisor!
Otro enorme problema fue las escuelas de los guaguas. Si bien tenían
buses que los llevaban y traían, a veces no cumplían los recorridos.
Recuerdo que cierta tarde que estaba en cama aquejado de una lumbalgia
que no me permitía hacer ningún movimiento, me vinieron con la noticia
de que Gonzalito no llegaba y no había venido en el bus. Cogí el carro y ni
siquiera me acordé de la tal lumbalgia, salí en busca de mi hijo que
felizmente venía por la cuesta de piedra a pie –se había atrasado a la salida
del bus. O, cuando mi Tania se había olvidado sus lentes en la escuela y yo
loco, insensato, montado en cólera le exigía que fuera a por sus lentes; sólo
el llanto de los hermanos me hizo reflexionar y fuimos a buscarlos. Con el
pasar de los años este episodio me llena de vergüenza y me odio por necio.
O, cuando ya jovencita la castigué delante de su amiguita por haberse ido
hasta el aeropuerto en su bicicleta sin avisar a nadie. Y, es que tenía un
pavor salvaje a que se perdieran. Ya habíamos pasado una experiencia
parecida cuando a sus 2 años se perdió en el mercado de Sangolquí y el
Humberto, conociendo que se trataba de mi hija le había cogido de la mano
242
sabiéndole perdida. Allí; casi nos volvimos locos. Esa experiencia hacía
que pierda la cabeza y hable como un insensato.
243
CAPÍTULO X
¡Ya! Estamos enancados en el año de 1963.
Muchas cosas habían sucedido en la casa: teníamos tres niños, teníamos
una casa, teníamos un muy elegante consultorio con una clientela muy
buena, era Jefe de los Servicios dentales de la Policía Nacional, era capitán
de sanidad. Ascenso que conseguí de una manera harto singular: los
tenientes de mi tiempo y de línea ya habían ascendido y yo seguía
quedándome; hasta que un día muy disgustado subí a hablar con el
Comandante General.
-Mi Comandante General soy fulano de tal, Jefe de los servicios dentales de
la Policía, llevo 8 años de teniente y vengo a solicitar que me ascienda.
-¿Qué? ¿Qué quién es usted? Y tenía toda la razón porque yo tampoco lo
conocía.
-Que vengo a solicitar que me ascienda.
¡Secretario! Llame al Jefe de personal. Felizmente el coronel Gustavo era
el hermano de mi gran amigo de la niñez: el Pallico.
-¡Ve! ¿vos le conoces al señor?
-¡Sí! Ahora es el Jefe del Servicio Dental...
-¡Primera vez que me piden un ascenso con pistola! ¡Hay que ascenderle!
La verdad que en el Servicio –como le llamábamos cariñosamente- se iban
haciendo cosas muy buenas.
Primero; habíamos conseguido aumento de personal.
Luego habíamos ampliado substancialmente las dependencias: ya
contábamos con dos salas de clínica, una para oficiales y otra para tropa,
teníamos una sola para cirugía y rayos x; un laboratorio de prótesis amplio
y eficiente; una batería de sanitarios, dos salas de espera, cámara obscura;
todo gracias a mi amigo el Ingeniero Eduardo que era Jefe de
mantenimiento del Ministerio de Obras Públicas.
244
Llevábamos a cabo una serie de experimentos científicos muy importantes:
la introducción de la hipnosis en la Odontología a cargo de Raúl; las
experiencias sobre las prótesis sin bóveda palatina; nuevas técnicas de
impresiones funcionales; el empleo por primera vez de la férula de Gilmer
en los casos de fracturas mandibulares; las técnicas extra orales de
anestesia troncular; seminarios, mesas redondas, etc. que los ayudantes se
encargaban de propagandear en la universidad creándole al Servicio de una
pequeña fama dentro del gremio.
Precisamente porque estábamos abriendo caminos, algunas veces no
faltaban los sustos como aquel que nos pegamos cuando por primera vez
poníamos una anestesia troncular para el trigémino a través de la
escotadura sigmoidea y veíamos con horror que comenzaban a salirle
hinchazones como bolas en la cara, la frente, la cabeza; felizmente sin
complicaciones mayores. O, como cuando queriendo experimentar los
efectos de la anestesia general me ponía la mascarilla que no la pude
controlar y si no hubiese sido porque se resbaló quizás que habría pasado.
Floreció así un nivel académico muy bonito y fructífero que habría de
servirme brillantemente en otros lares.
Mi hermano Mario había regresado de París y sus relatos me ponían a soñar
en imposibles. Aunque había rechazado una beca al Brasil, no me
arrepentía y calladamente soñaba con que la suerte me daría otra
oportunidad.
¡Y, llegó! Un pequeño aviso en el diario informaba que la Embajada de
Francia ofrecía 10 becas a profesionales sudamericanos. Aun tratándose de
tan amplio sector a escoger como era Sud América; sin embargo presenté
mi Curriculum Vitae y... ¡a esperar!
Ya casi me había olvidado, cuando recibí una comunicación de la oficina
de Afaires Etrangers de la Embajada de Francia que me anunciaba que
había sido escogido y que debía presentar una serie de documentos de
identificación y de patrocinio de la Policía y el Gobierno Nacional. Eran
tan engorrosos algunos trámites que más de una vez uno piensa dejar todo
de una vez. Tenía que presentar certificado de no adeudar al I. Municipio y
allí recién me enteré que debía impuesto al rodaje de mi carro que estando
en la Policía sabíamos que estaba exonerado. Allí por un montón de años
me sacaron la cabeza. Otro certificado de no adeudar al IESS me dieron la
nueva de que tenía una letra que nunca cobró el IESS y yo no sabía que
debía por otro montón de años. Así que poco a poco todos mis ahorros
iban evaporándose rápidamente.
245
Tenía que pagarme el pasaje de ida, ya que el de vuelta me daría el
Gobierno Francés. Una insignificancia de ahorros dejaría para cualquier
emergencia de la familia.
La Policía y el Gobierno ecuatoriano aplaudieron mi resolución y partiría
vía New York con el fin de visitar a mis hermanas. A última hora mi
hermano Mario me llenaría un bolsillo vacío con 13 dólares que me
regalaba.
Durante los dos meses previos a mi viaje habíamos estado viajando con
Libia a Sangolquí a que se ambientara en el trabajo del Centro de Salud ya
que ella quedaría a desempeñar su empleo.
Para nuestra mala suerte; el Director que había nombrado el I. Municipio
hace unos pocos meses no veía con buenos ojos mi suerte y comenzó a
boicotear el trabajo de mi mujer; al extremo de negarse a atender un caso
de anafilaxia de un paciente de mi mujer a quien había recetado un
antibiótico. Esto me alarmó sobre manera y algún momento estuvimos
cerca de irnos a las manos –aunque como siempre me tocaban más
grandes- y me llenaba de angustia el tener que dejar a mi mujer trabajando
en ese medio. Y, lo peor ¡no hallaba salida!.
Los casos de quejas de algunos pacientes eran tan frecuentes que pensé que
talvez no fuera médico; si no veterinario como contaba alguna gente y, nos
estaba metiendo gato por liebre.
Primero pregunté en el Ministerio de Salud si el tal doctor tenía registrado
su título ya que él decía haberse graduado en Chile.
-¡Oh sorpresa! No lo tenía. Allí mismo pedí una certificación de su falta.
Pregunté en la Facultad de Medicina si tenía revalidado su título de médico.
¿Oh, otra sorpresa!. Pedí otra certificación. Con estos antecedentes, pedí
una certificación al Colegio Médico de Pichincha de si tenía autorización
de ejercer la medicina. ¡Oh, tercera sorpresa!
Armado de estos documentos me entrevisté con el Concejal Hidalgo que,
sabía era el principal interesado en el nombramiento de dicho médico.
-¡Señor Hidalgo! Sé que ustedes nombraron Director del Centro de Salud
al doctor Fulano de tal.
-Así es mi doctor...
246
-¿Sabía usted señor Hidalgo que concejales y presidente del I. Concejo son
solidarios del manejo de la economía municipal? Peor si esto es obscuro.
-Así es doctor... Pero, ¿a dónde quiere llegar usted con esto?
-¡A esto! Señor Hidalgo –mostrando los documentos.
¡Seguro que fueron engañados! Pero si no se enmienda el error, el pueblo
va a creer que no fue engaño...
¡Doctorcito! ¡Esto es inaudito! Hoy mismo en la sesión nocturna daré a
conocer este caso.
Todavía le dieron 8 días al desgraciado para que justifique su abuso de
confianza.
Pero al fin tuvo que salir... Entonces me quedé medio tranquilo.
En mi familia, como siempre –no había comentarios. Sólo mi tío Daniel
me decía:
-¡Ve! No vale que te vayas; tus guaguas son todavía muy tiernos y tu
mujercita es muy joven y no sé si podrá responder a todos los problemas y
situaciones que le dejas.
Todo eso me creaba inmensas dudas; pero por otro lado me decía:
-Es una oportunidad única... y, además, no sabía de alguien antes que yo
hubiese ido tan lejos.
En mi casa: Libia era la única que me apoyaba decididamente. Después
supe que fue tanta su preocupación que, cuando regresó del aeropuerto a
casa, ella no recuerda nada, nada...
Todo había sido planeado y ejecutado meticulosamente; de tal manera que
mi mujercita quedaba a atender mi consultorio particular, el empleo de
Sangolquí y recibiría todo mi sueldo de la Policía. Pensaba que
económicamente quedaban un tanto cubiertos.
¿Y, lo demás? Ni siquiera quería imaginar...
Sentía una angustia, un dolor tan grande que sólo el pensar que sería una
cobardía imperdonable el dar marcha atrás; engañosamente me justificaba.
247
Había planeado como parte del viaje, hacer una visita a mis hermanas en
New York y por ello viajaría vía Bogotá. Cuando llegué a Bogotá y
mientras curioseaba como todos la llegada allá de El Cordovez; sin que yo
me diera la más remota cuenta, sin siquiera haber tenido tiempo de
pestañear, me robaron los pilches dólares que llevaba.
Cuando llegué a New York, estaban a recibirme mis hermanas y los
cuñados gringos que no conocía:
Donald –esposo de mi hermana Bertha- hacía notar frecuentemente que era
atildado y ceremonioso; como correspondía a un Vicepresidente de banco
que era. Vicente –esposo de mi hermana Gloria. Se le veía medio
disminuido pero en cambio parecía auténtico. Mis sobrinos gringos –
tiernos todavía- daban vueltas a mi alrededor preguntándose seguramente
como son los tíos de otras partes.
Resultado: todos hablaban inglés –naturalmente- y de vez en cuando
regresaban a ver hacia mi persona; seguramente chequeando para ver si lo
que se dice, en verdad concuerda con mi persona. ¡Total! Estoy
incómodo.
Me llevan a conocer New York: los principales centros turísticos.
Francamente les decepciono; pues ya he conocido aquellos lugares en el
cine, la televisión y lógicamente no me llama la atención ni el Empire
State, ni la estatua de la Libertad, ni Broadway, ni la Quinta Avenida. Me
llevan al Opera House, al Madison Square Garden nada me maravilla;
seguramente tengo embotado mi espíritu por la tristeza y el trauma del
viaje.
Ellos sí se maravillan de que viaje a Europa sin un centavo, sin ropa de
invierno. Yo ¡qué sabía! de esas linduras; de tal manera que mi hermana
Bertha me regala un par de hermosos guantes para invierno, un grueso
abrigo de paño hasta los talones y 21 dolarcitos.
Más todavía, ellas están maravilladas de que su hermano viaje a estudiar a
Europa; seguramente es motivo de orgullo delante de sus maridos y las
familias.
Pocos días después viajaba a París.
Poco a poco iba acumulando frustraciones, miedos, penas, recuerdos y
congojas. A cada instante me preguntaba... ¿Valdrá la pena tanto
sacrificio? ¿Estoy haciendo esto en bien mío y de mi familia? ¿No es una
puerca fatuidad y egoísmo disfrazados de “necesario”?
248
Atormentado con estos pensamientos me había quedado dormido pegado a
la ventana del avión. ¡De pronto! un fuerte sacudón en medio de la noche
me despierta... ¿y? ¡Qué era! ¡Debajo de un ala del avión salen llamas!
Con ojos desorbitados y medio tartamudeando le llamo por señas al vecino
de asiento para que vea que el avión se está incendiando...
Inútil gestión... no me entiende... es francés.
Rezando todo lo que sé y arrepintiéndome de todo lo que he hecho y hasta
en por si acaso... me resigno a morir... ¡en francés!
Nunca había viajado tan largo. Al otro día de madrugada llegaba a Orlí –el
aeropuerto parisiense.
Tenía embotado todo sentimiento por la principal preocupación e inmediata
de localizar a la persona del gobierno francés que me esperaría en el
aeropuerto. Pero... frustración sobre frustración, la tal persona nunca llegó
y tenía entonces que por mi cuenta llegar a París. Algo entendí que había
que coger un autobús de la Compañía que nos llevaría al Centro. Allí;
comencé a sentir la feroz ausencia del idioma y eso sumaba a más angustia.
Mi hermano Mario me había regalado un texto elemental de francés y allí
aprendí una que otra expresión; desgraciadamente pronunciaba
exactamente como se escribía de tal manera que el mesié francés yo le
decía monsieur y lógicamente nadie quería entenderme. ¡Más frustración!
Y comienzos de complejo... Esta situación hizo que más tarde retrasara
enormemente mi aprendizaje del francés.
Llegados al centro de París, la gente esperaba en una fila la llegada de un
taxi para irse a su destino. Yo, como buen ecuatoriano –vivísimo- apenas
llegó el taxi pretendí abordarlo antes que nadie.
Cuando ¡Atendre! Era un policía más alto que la torre Eiffel y más
imponente que Velasco Ibarra. Me quedé de una sola pieza, más
avergonzado que si me hubiesen encontrado desnudo ¡Nueva frustración!
Cuánto hay que aprender... pero ¡Para qué vine m...!
249
No para ahí la cosa; cogí el automóvil que me tocó, le pasé al chofer el
papelito con la dirección de ani beca rue Foucoult 4 y traté de orientarme
localizando la tour Eiffel que, por muchos años había sido el símbolo
máximo de mis aspiraciones. En efecto, la vi por delante, de un lado, del
otro y por detrás y nuevamente por delante y... bueno ¡carajo! ¿qué pasa?;
este pendejo de chofer me está haciendo pasear.
Al fin llegamos... bajo la maleta y en mi chaupi francés le pregunto cuánto
le debo.
-Trois franc soísante.
Como sólo tenía un billete de 10 dólares que me dio mi hermana Bertha; le
di y me quedé esperando el vuelto. ¡Hasta ahora estoy esperando!... Se
subió al carro y se largó ¡Quedé espantado! Nunca imaginé que allí
hubiese gente de esa calaña. Nueva frustración, nuevo choque emocional,
honda preocupación.
En este estado de cosas entré en las oficinas de ASTEF sosteniendo mi
maleta hasta con los dientes... por si acaso. ¡Era un barullo loco! y en
francés...
Con cara de perro apaleado me dirigí a una señorita de un escritorio que me
recibió con un chorro de palabras que me supieron a agua hirviendo. Como
seguramente le puse cara de que vengo de la luna; comenzó a darme
indicaciones por señas; displicentes y sin paciencia; como se habla a un
mudo. Tarde sabría que las muy... sabían perfectamente el castellano.
Nuevo bochorno, nueva vergüenza. Al fin me dieron un ticket para un
hotel. Nuevamente automóvil; pero, esta vez me paré delante del taxi
porque sólo muerto me robarían los otros 10 dólares. Tendría que dejar allí
la maleta, me darían una pieza y regresaría a las oficinas para recibir mi
beca.
¿Otro automóvil? ¡Ni muerto! Al venir me di cuenta de que el hotel y las
oficinas sólo estaban separadas por el río Sena y unas pocas calles ¡Me iría
a pies! Por si acaso me fui fijando bien algunos detalles para poder volver:
al lado del hotel había un letrero grande con una cruz verde, que el hotel
tenía puerta de vidrio y quedaba justo en una calle transversal ¡Suficiente!
Cuando más tarde, después de cobrar mi beca, me regresaba al hotel, cogí
justo la calle que quedaba frente al puente, sin darme cuenta que frente al
puente convergían varias calles que luego se abrían en forma de abanico de
tal manera que tomé una tan larga como mi desesperación que me llevó al
250
otro lado del mundo; sabiendo mi error, regresé por la misma calle hasta el
lugar de partida y así sucesivamente hasta encontrar un hotel que quedase
junto a una cruz verde. Pero cruces verdes habían por todo lado y a cada
rato.
Caía la noche y en mi desesperación me animé a preguntar a un policía.
-Señor policía ayúdeme a encontrar mi hotel. No sé si me entendió pero,
yo si entendí que me preguntaba la dirección y el nombre del hotel. Recién
me daba cuenta que no sabía ni la dirección ni el nombre del hotel. Me
acordaba que quedaba en una calle transversal y ¡bueno!... al lado de una
cruz verde.
Eran cerca de las 11 de la noche. El frío que sentía creo que era más de
preocupación que por el otoño.
Algo me decía que en esta calle transversal el hotel que queda junto a la
cruz verde, era mi hotel.
¡Entonces! Pasa y repasa frente a la puerta del hotel. Había un señor frente
a un mostrador. Debía ser la centésima vez que repasaba cuando el señor
muy intrigado sale y en perfecto castellano me dice:
-¡Por qué no entra señor! Se va a resfriar...
-¿Este es mi hotel? Pregunto como si me encontrara un billete de 1.000.
-¡Naturalmente! Aquí dejó su maleta.
En efecto, ese era mi hotel y mi pieza quedaba en el último piso. Allí me
quedé despierto toda la noche. No sólo porque la cabecera quedaba más
baja que los pies y a cada rato tenía que buscar la igualdad; sino porque
repasaba cada una de las peripecias y me daba cuenta de lo simple, lo
ingenuo y lo bruto que era; a más de asustado, miedoso y totalmente
trastornado. Tanto que, tres días permanecí sin salir del hotel por temor a
perderme nuevamente y también porque esperaba que los amigos que mi
hermano Mario había hablado, vendrían a verme.
Tres días que pasé sentado en una silla del café del hotel donde tomaba el
desayuno que fue lo único que mi estupidez me permitía. Sentado allí, veía
la gente que entraba y salía; entre ellos había un joven alto con pinta de
latino muy desenvuelto y que siempre hablaba en francés. Cada vez que
pasaba me quedaba mirando; hasta que seguramente mi cara había
251
adquirido esa fisonomía de “perro sin dueño” lo que le motivó a que en la
tercera mañana me dijera.
-¿Qué haces allí que no te mueves?
-¡Desgraciado! Me has visto ahí amontonado como trapo viejo y sabiendo
que soy latino no me has dirigido la palabra... le decía –estúpidamente
inconsciente, ya que el señor no tenía la culpa de que yo fuera tan pendejo.
-¡No te calientes hermano!... Yo no sabía.
-No sé francés y tampoco como moverme de aquí.
-¡Vamos a Printemps! Voy a comprar un radio y de paso te enseño a coger
el metro.
-¡Gracias hermano! Y disculpa mis abruptos; pues me encontraba
francamente desesperado.
Pues bien: fuimos al metro y brevemente me explicó el mecanismo.
Llegamos a Printemps; resultó ser un edificio esquinero, enorme donde la
gente entraba y salía en cantidades industriales.
-¡No te muevas de aquí! que ya regreso –me decía Sergio- mi nuevo amigo
mexicano –que así se llamaba, dejándome delante de una de las puertas del
gigante supermercado.
De tanto ver entrar y salir la gente, ya me ardían los ojos, tenía seca la
garganta, el estómago me gruñía –estaba en su derecho si no había comidoy el hijo... de México no asomaba. Eran las 5 de la tarde, habían
transcurrido 6 horas y comencé a creer que el mexicano o se olvidó de mí o
salió por otra puerta y no le vi. En tal situación tomé la heroica resolución
de coger el metro y... a la m; mas ¡oh! milagro: me había bajado justo
cerca del hotel. A los pocos minutos llegaba Sergio.
-¿Por qué no me esperaste?
Seguramente entendió mi muda contestación porque prefirió enfilar para su
cuarto y no le volví a ver más sino en Besançon a donde me mandaron a
aprender lengua.
Más tarde vendrían a verme un grupo de ecuatorianos que estaban en Paris
por varias semanas. Uno de ellos: un ingeniero lojano que estaba dos
252
meses en París, no disimulaba su frustración, desencanto y angustia; pues,
lloraba queriendo regresar inmediatamente al Ecuador, ya que no se
enseñaba. Todos estaban de acuerdo en que la prueba verdadera para estos
males eran los primeros tres meses.
En jorga, salimos por la calles de París y naturalmente fuimos al Barrio
Latino. Miles de gentes de todos los colores, todas las lenguas, todas las
edades, todos los géneros que vestían, hacían y decían lo que les daba la
gana, como les daba la gana y delante de todo el mundo que tampoco le
importaba nada; en una maravillosa sopa humana dueña de su libertad.
Lindas jóvenes, hermosas, descalzas por querer pasar corriendo delante de
una jauría de jóvenes que las acosaban viendo maravillados a una figura
realmente estatuaria en hot pants que recién salían de moda; u otras jorgas
de jóvenes en un bar que se reían a mandíbula batiente delante de un chino
vestido de mujer que les enseñaba algo levantándose las faldas; música,
guitarras, flautas, bandoneones y violines con ocasionales admiradores que
les hacían coro o marcaban el compás; mujeres provocativas; lujuria de
vida y juventud que en cotidiano carnaval pasan dibujando los rostros del
mundo en un solo lienzo que se llama Chuartier Latin.
Abajo; en las cavas, la bohemia pinta sus cuadros al natural. Pese al precio
-10 francos- fuimos a una de las tantas. Pienso que estos sótanos son las
antiguas bodegas de los edificios. De todas maneras parecen cuevas hechas
a propósito para la gente bohemia que prefiere tomarse una cerveza en
medio del humo de cientos de cigarrillos, o abrazarse y acariciarse sin
fijarse mucho en el género; pero sí, en medio del rasgado de una guitarra
gitana, un bandoneón argentino, un clarinete cubano y alentando a una
linda bailadora húngara que en sus vueltas hace pensar que la música sólo
son serpentinas que nos envuelven todo; que nos hacen pensar que la vida
no es sino una carcajada: primero mueca y más tarde máscara.
Las horas han pasado de puntillas, calladas y es necesario que cada cual
vaya por su lado...
Así; casi al filo de la noche, llego al hotel ¡Ya sé coger el metro!
Al otro día, pasará un vehículo que me dejará en la estación del tren que me
llevará a Besançon, al este de Francia y frontera con Alemania donde
aprenderé –si Dios quiere- la lengua francesa.
Viaje largo, cansado pese a la novedad de ir viendo la campiña francesa
donde parece que todo tiene dueño, así es de ordenada, cuidada y
aprovechada. Ya tarde llegamos a nuestro destino y nos recibe una señora
253
robusta, recia que empieza a subir las maletas de los estudiantes a un micro
que a su vez nos llevará a las oficinas de la ASTEF.
Yo, no puedo ver que la pobre señora se saque el aire con las maletas y le
ayudo a cargarlas al micro. Este gesto me ayudará y ganará las simpatías
de mis dirigentes.
Llevo tantos días de frustraciones, groserías, malos modos, chascos; que,
cuando la señora a quien ayudé con las maletas le contaba a madame
Leblane –mi dirigente- mi gesto que hacía honra a la caballerosidad latina
que, despertó en ella un gesto de ternura y simpatía hacia mí y sabiendo
que ellas no me entenderían; suelto de una sola vez mi agradable extrañeza
de ver un rostro amigo; diciéndole: “usted es la mujer más linda y buena
que he visto aquí”. Ambas se echan a reír encantadas mientras yo coloreo
hasta los dientes.
-Yo, no hablo español –me dice- pero lo entiendo.
Esa era la causa de su hilaridad y de que yo quisiese que me tragara la
tierra.
Por eso de las simpatías me destinan a un hotel muy cómodo y hasta lujoso;
pero no me hallo; siento la primera soledad y no sé qué hacer. Cuando por
la noche viene a mi hotel madame Liblane para ver como estoy instalado,
inmediatamente le pido que me trasladen a un hotel de estudiantes.
Comprensivamente me explica que en el hotel que estoy no tendré
oportunidad de hablar español y así aprenderé más rápido el francés; pero,
sin embargo me trasladan al hotel de la Courounne.
Allí encontraré de nuevo a Sergio que como todo un canchero está dueño
de su cuarto e instalado a su comodidad; encuentro también a un
ecuatoriano el ingeniero Sixto e inmediatamente nos hicimos grandes
amigos.
En la Facultad de Letras de la Universidad me han destinado al curso de
madame Cescou donde tengo compañeros chilenos, peruanos, venezolanos,
colombianos, panameños, paraguayos, argentinos, brasileros, japoneses,
hindúes, egipcios, tailandeses, turcos, africanos, etc.; es decir, de todo el
planeta.
El estudio es durísimo 8 horas diarias de clases y deberes. Es tanto mi afán
de aprender que me quedo hasta la 1 o 2 de la madrugada estudiando. En
254
una de aquellas noches, mientras esperaba ver la primera nevada; también
vi sin saberlo como se robaban las pinturas del museo de la ciudad que
quedaba frente al hotel. Al otro día la T.V. francesa me entrevistaba para
contarles mi versión y la coincidencia.
El método de enseñanza era muy completo; pero, yo tenía enorme
dificultad precisamente por la grande similitud con el español que, acababa
hablando un francés remendado. Pobre consuelo es sin duda; pero creo que
todos teníamos dificultades.
Por las tardes, salíamos a recorrer las calles de la ciudad: a ver sus casas
románticamente antiguas que daban la sensación de andar en el pasado; sus
negocios y almacenes me parecían fuera de lugar, eran tan bellos sus
rincones y sus veredas. Era una ciudad dividida en dos por el río Dubs que
la encerraba como un candado, río caudaloso y torrentoso imponía respeto
al mirarlo; sus puentes milagrosamente conservados me causaban
admiración al igual que sus edificios por lo bien cuidados y conservados
pues todos eran muy antiguos: así lo atestiguaba una placa en el frontón
del hotel De la Courounne que decía mostrando el año de su construcción
que era nada menos que de 1470 y tenía 7 pisos. Seguramente era muy
sólida su construcción, aunque la piedra utilizada no me parecía que fuera
tan dura como la nuestra.
Con Sixto fuimos alguna vez a la Ciudadela, que era el antiguo palacio de
los reyes de entonces –situado en una loma y rodeado de un foso y una
muralla muy respetables.
Con Sixto comentábamos la austeridad en que debieron vivir aquellos
monarcas; pues, los aposentos y los muebles mismos mostraban una
sencillez y hasta rusticidad increíbles.
El centro de la ciudad podría decirse que era también centro comercial
pues, los había muy modernos y bien surtidos. Parece que la presencia de
la universidad, le cambiaba su fisonomía pues, miles de jóvenes de diversas
nacionalidades, bullangueros, alegres y vitales ayudaban a ser lo que
parecía una ciudad universitaria que hacía honor a la cuna de Víctor Hugo.
Pero, las gentes al parecer indiferentes dejaban percibir su fastidio por el
extranjero especialmente por los asiáticos y africanos.
Yo, tenía la curiosidad y quería conocer las costumbres y criterios de otras
razas y por ello hice amistad con Toshiro Inué, un ingeniero atómico
japonés y con Tanaca, otro ingeniero químico, quienes me invitaron a su
casa a saborear un rico arroz cocido a su manera. Ahí me enteré que estaba
255
recibiendo un grande honor pues, no es costumbre japonesa invitar extraños
a su casa. Nos divertimos mucho: yo apreciaba mucho su sencillez y
autenticidad pues, sabiendo de mi honda preocupación por la familia; solía,
en su chaupi francés, decir: ¡no letres! Ecuatoriano mourir... (si no hay
cartas el ecuatoriano morirá).
Igual amistad haría con Hug; un ingeniero hindú; con José Heraud
arquitecto peruano; con Donadio y con Cavalcanti dos ingenieros brasileros
que hacían el dúo de la alegría; con Bruton un estudiante inglés y con
muchos más que me reflejaban a sus nacionalidades y formas de pensar.
Pero, para mí, las amistades más entrañables que entonces fueron con: Oge
Cinquine, Michael Kramer, Paul Balard con quienes salíamos algunos fines
de semana y pude saborear un poquito de las costumbres, anhelos y
travesuras de estudiantes de la Politécnica Nacional.
El simpático y desenvuelto mexicanito, eufórico me contaba que había
descubierto una cosa para él, muy interesante pues; al pedir café au lait
(café con leche) si pronunciaba café au lit (café a la cama), las camareras
ya sabían si ellas querían por supuesto, brindar sus favores más dulces al
travieso mexicano. Cuando le oímos; todos nos reímos de las argucias de
Sergio.
El almuerzo lo hacíamos en el comedor estudiantil que, era un salón
enorme con mesas alineadas a lo largo. Para mí, fue una experiencia muy
fuerte el acostumbrarme a coger una bandeja, cubiertos y vaso de un
estante y hacer fila para que le dieran la sopa, el seco y una fruta. En un
principio me avergonzaba porque tenía la sensación de que estaba pidiendo
caridad. Igual Sixto y yo nos acholábamos siempre.
Cosa muy curiosa resultó el observar que, los estudiantes siempre
inquietos, bullangueros; aquí cambiaban totalmente y no se oía volar una
mosca: todo era correcto, formal y serio.
Como estábamos en pleno invierno, andábamos enfundados en sacos
gruesos y pesados, pantalones igual, guantes, zapatos o botas de invierno y
gorros hasta la orejas; era tanto el frío! Con esa impedimenta, a veces
teníamos dificultad de manejar la bandeja, el vaso, los cubiertos. Debido a
esto, en alguna ocasión muy memorable para mi amigo Sixto, se le cayeron
al suelo los cubiertos; en ese silencio conventual sonaron, me imagino yo,
como el campanazo de la campana más grande de la iglesia de La Merced
de Quito. Todos al unísono regresaron a ver y, estoy seguro que Sixto
habría querido ser invisible y no del color de la amapola como se puso.
256
Otra cosa que me daba una gran vergüenza era el hacer cola para que le
repitieran la sopa -¡era tanta el hambre! Sixto, dejando todo a un lado hacía
una vez la referida cola y yo aprovechaba para tomarle una foto. Pues, casi
me cuesta su amistad cuando le dije que esa foto la pondría a ver a los
amigos de Quito. Así: era la vergüenza.
Cuando llegaron las nevadas cambiaron totalmente y en un santiamén las
costumbres de las gentes: comenzaron a aparecer gorros de piel, botas de
invierno y abrigos gruesos. Las tiendas se llenaban de artículos para la
estación y a la última moda; todo ello les daba un aire de novedad, de
alegría, pintoresco. Nosotros también tendríamos que proveernos de lo
necesario para soportar un frío desconocido; aunque el termómetro
marcaba debajo del cero, el frío no era como el de Quito que te pincha a los
huesos. Si bien a un principio la nieve aparecía sucia, con el avance del
invierno íbase todo tornando impoluto, bello. Aparecían los juegos propios
de la estación y entre nosotros descubrimos que orejas y nariz parecen
quebrarse al menor golpe.
El día mismo tarda en aparecer, de tal manera que nosotros comenzábamos
clases con luz artificial; igual la tarde y luego la noche caen temprano, a las
5 ya es obscuro.
Pero, todo tiene su encanto: salir obscuro de clases y comenzar a trotar las
calles en un frío tal y en jorga de estudiantes con sus algazaras, sus risas y
alegrías que se meten en los grandes almacenes que están abarrotados de
gente con el fin de calentarse un poquito, para luego salir al frío hasta llegar
a un nuevo almacén y así ir en postas avanzando hasta el hotel. Estas
simples diversiones nos compensan en algo lo riguroso del estudio, lo
exigente e imparable; pero, ya vamos poquito a poco aprendiendo el
idioma.
Mi directora de estudio nos ha preparado un programa de visitar a unas
familias del lugar: Sixto y yo iremos a visitar a una familia Cornet.
Ese día nos habíamos vestido de gala y un poquito nerviosos fuimos a la
dirección señalada. Resultó una familia de gente madura y seria que
empezó bombardeándonos a preguntas sobre nosotros, la familia, el país en
tanto nos hacían sentir que nos otorgaban un favor al recibirnos; nosotros,
en desquite les hicimos sentir nuestra ignorancia en el idioma.
Total... una visita insípida, nada agradable que la sorteamos valientemente.
257
Caso enteramente distinto resultó cuando un matrimonio joven que
estudiaban español en la universidad nos habían invitado a una cena en su
casa por la Navidad y aprovechando la visita de los padres Journeau de
Jean Cloud que tenían sus propiedades en la campiña y vendrían a pasar el
día de Noel con los hijos. Aquellos señores resultaron de una sencillez y
un carácter francamente entrañables: nos contaban de sus viñedos y de
como fabricaban el rico y aromático cogñac que nos servían.
Fue una reunión agradabilísima, para recordar por mucho tiempo. Nos
sirvieron los famosos scargots que nunca había comido y que resultaron
exquisitos, incluso nos enseñaban la manera francesa de prepararlos para
cuando regresemos a nuestro país. Y, todo esto sólo fue el principio para
luego escuchar a Jean Cloud tocar la guitarra y cantar con una voz
sorpresivamente maravillosa.
Me pareció una costumbre muy práctica y digna de adoptarse, el hecho de
que al momento de la invitación nos dijeran.
-Los esposos Journeau tienen el placer de invitarles a pasar la noche de
Navidad (Noel) en su casa de 9 a 1 am.
Así pues, ellos saben la hora que se irá la visita y la visita, hasta qué hora
puede extenderse.
Los fines de semana que no teníamos clase y salíamos a conocer la ciudad
nos admirábamos principalmente de como la gente tiene que adaptar su
vida a las estaciones climáticas. Alguna vez que atravesábamos un puente
muy antiguo y muy robusto, nos admirábamos como sus bases soportaban
no sólo una corriente impetuosa, sino también los embates de los bloques
de hielo que golpeaban con fuerza incesante. Por mejor apreciar el
fenómeno bajamos hasta los estribos del puente golpeado por la
impetuosidad del río y la impresionante fuerza de la corriente. Pero más
impresionante fue la reprimenda que se mandó madame Leblan –mi guía-¡Cómo se le ocurre hacer eso hombre! Si usted se hubiera resbalado y
caído al río, habría muerto antes de poder salvarlo. Pues, a nosotros en
ningún momento se nos pasó por la mente semejante peligro. Cuando lo
supe, se me pusieron los pelos de punta.
En general era tan envolvente la preocupación de nuestros guías que no
teníamos tiempo para pensar en nosotros mismos o en nuestras familias y
sin embargo esas pequeñas distracciones las buscábamos inconciente
mente. Recuerdo que cerca ya de la Navidad o Noel como llaman allá, al
final de la jornada de clases ponían un disco que a todos nos parecía muy
258
hermoso porque nos quedábamos callados escuchándolo en lugar de salir
de clases; se llamaba El papá Noel y los zapatitos. Me figuro que todos
teníamos hijos y hogar.
Todas las cosas que me pasaban, veía u oía, experimentaba, las tomaba
como un souvenir de mi paso por estas tierras. A pesar de ello, había cosas
que si las toleraba no las digería y me impactaban como: el ver a un indio
en el comedor sorberse los mocos delante de una inglecita toda educación y
formalidad; ver que algunos estudiantes se llenaban los bolsillos del pan
cortado que ponían en las mesas; ver como un negro más feo que una
pesadilla besaba a una linda chica blanca y rubia; el como los jóvenes
franceses dejaban de lado sus novias a la entrada de un billar o para
conversar con un eventual conocido, el como hacían los hindúes su comida:
poner a hervir carne, linaza, alpiste, especias de una sola vez hasta que un
olor insoportable se impregnaba hasta en las paredes; el ver como algunas
chicas tranquilamente admitían su comercio sexual aduciendo que lo hacían
por la necesidad de pagarse el hotel y la comida y que cuando ya habían
reunido su cuota lo dejaban hasta el próximo mes.
Otras experiencias eran muy simpáticas, enriquecedoras y muy
convenientes.
Yo, extrañaba sobremanera los jugos de naranja de mi casa y andaba
buscando en los supermercados. Había sí; pero a qué costo y en economía
de guerra, digo de becario no podía darme un lujo semejante. Con
extrañeza veía en cambio que un tailandés compañero compraba varias
botellas de naranja agria, intrigado le preguntaba.
-¿Para qué compras jugo de naranjas agrias? ¿En tu país acostumbran a
tomarlas?
-Si mezclas una botella de naranja agria y dos botellas de agua hervida más
unos cuantos cubitos de azúcar, tendrás tres botellas de jugo de naranja por
la décima parte del natural.
También me enseñaría a lavar las camisas, los pañuelos y los ternos.
-Cómprate una media docena de camisas wash and wear, las lavas en tu
dormitorio con agua y jabón y medio húmedas las extiendes sobre el
lavabo; al otro día tienes camisa limpia y planchada. Igual haces con los
pañuelos que los extiendes en el espejo con el mismo resultado. Para lavar
los ternos, cuando todo el mundo duerme, vas al baño general y en un
armador pones tu terno con el pantalón sujeto por las pretinas, sueltas toda
el agua hirviendo de la tina de baño, constatas que haya una buena cantidad
de vapor y, al otro día terno lavado y planchado.
259
Del mismo modo me enseñaba a ahorrar 3,50 francos diarios al realizar el
baño de toalla en el dormitorio. Una toalla húmeda, caliente con jabón te
frotas por todo el cuerpo; luego la misma toalla sin jabón y húmeda te sirve
para quitar el jabón del cuerpo y aquel frotar en el cuerpo incluso te
vigoriza la piel.
Así había una cantidad de cosas que este pequeño oriental experto en
supervivencia y ahorro me enseñaba entre bromas y risas y que tanto me
servían luego, durante y a lo largo de mi permanencia en Francia; donde
necesitaba ahorrar hasta el último céntimo. Pues, yo tenía con 6
centímetros de pasta-crema de leche, unos 6 cubitos de azúcar, más el agua
hirviendo del lavabo y unas 10 galletas “ricas” mi desayuno y mi merienda.
Pero el enano era también vivísimo; quería venderme su peugeot viejito en
200 francos. Averiguado el asunto, dentro de 4 meses tendría que
matricularlo y eran tantas las multas que tenía que costaría más que auto
nuevo. Además él dejaría el país dentro de 15 días y no encontraba
comprador, de tal manera que la víspera de irse, a manera de despedida me
dejó las llaves del juguete. Era costumbre de los becarios que cuando se
iban y no podían negociar su carro, los dejaban en los parqueaderos puestos
las llaves para que los usara cualquiera.
Le agradecí debidamente. El juguetito nos sirvió a las mil maravillas y era
tan bueno que incluso hicimos un viaje memorable a Friburgo en Alemania
de donde nos expulsaron por indocumentados; pero, como les dijimos que
veníamos de Suiza nos mandaron allá y también por indocumentados nos
regresaron a Francia.
¡Lindo paseo! Mientras nos expulsaban de uno y otro lado, ya habíamos
gozado de sus lindas carreteras, sus increíbles paisajes: abruptos
desfiladeros, campiñas de ensueño y casitas de tarjetas postales o de
chocolate colgadas de las laderas para encanto de los turistas “como
nosotros”.
Tan completo y generoso fue el Gobierno francés con los becarios que,
nada escatimaba para su formación o su bienestar. Un día, nos anunciaron
un viaje a los montes Juras: cadena de montañas que Francia comparte con
Suiza y Alemania.
260
Como estábamos en pleno invierno era necesario adecuarse; de tal manera
que: saco tortuga grueso y de lana, doble pantalón, botas de invierno
forradas por dentro de lana, guantes apropiados, una camarita fotográfica y
ya estuvimos listos para el viaje.
¡Un viaje inolvidable! Risas, bromas y paisajes. En cierto descanso nos
permitieron recorrer un buen trecho internándonos en un bosque ¡Qué
experiencia! ¡Qué maravilla! En medio de una bruma blanca azulada de
las hojas de los árboles se desgajaban diamantes tan límpidos y
transparentes como nunca los había visto que, luego formaban diminutos
riachuelos dignos de los cuentos de hadas.
Allí mismo, como avergonzado de tanta maravilla, escondido en medio de
esos bucólicos bosques, visitamos el Instituto de Relojería de donde salen
los famosos relojes suizos. Allí también mi nada aristocrático Invicta pasó
la revisión con los mejores honores.
Como todas las cosas que tienen vida, así, el curso de lengua en la Facultad
de Letras tenía que terminar y los becarios organizaron una especie de hora
social como despedida. Como la delegación brasilera era la más numerosa,
fueron ellos el núcleo al rededor del cual las otras delegaciones pusieron su
aporte y brindamos una muy emotiva despedida. Con dos cajas de
fósforos, un cajón de madera un par de paletas los brasileros hicieron una
orquesta; al ritmo de la cual más su enorme alegría bailaron sus rumbas
más movidas y hermosas, de antología.
¿Sabíamos algo de francés? Había compañeros aventajados que podían
decir que sí. Yo no creo contarme entre ellos; pero tenía que demostrarle a
la madame Cescou que los latinoamericanos sí podíamos hablar francés.
Por ello, escribí un petit discurso de agradecimiento y despedida y me
aprendí de memoria y sinvergüenzamente les solté de tiro seguido, mientras
madame Cescou abría los ojos como diciendo: “Y yo que pensé que éste
era un tarado”.
De Besançon me llevaría como atadito de guambra que deja el hogar: una
noche de Noel: dulce, cálida, sutil y maravillosa; la amistad tan sincera y
diáfana de la familia Journeau, sus scargots exquisitos, su música delicada
como el tisú de una magnolia y el cálido canto de Jean Cloud que nos hizo
sentir como en casa; la gratitud y la hermosa delicadeza del trato de
Madame Leblane; la amistad estudiantil de mis amigos franceses de la
Politécnica Nacional y entre ellos la francecita que me miraba con ojos
golosos, pero que no sabía que yo había hecho el juramento a la Virgen de
261
que yo no me enredaría en la meca del amor con nadie, a cambio de que
ella cuidara de mi familia; el río Dubs y sus nevadas.
Con el fin de abaratar nuestros gastos, Donadio y yo habíamos solicitado
compartir una pieza de hotel en París; nos asignaron el hotel Royal Navarin
en la zona rosa del famoso barrio Pigale. Allí fuimos a dejar nuestra
impedimenta y cada uno a arreglar su destino.
¡Qué diferencia! Ahora las chicas de la ASTEP sonreían yo algo les
entendía y ellas creo que también.
Como en todas partes del mundo: papeles y más papeles, entrevistas,
preguntas y respuestas. Total; haré mi estudio en el Instituto de
Estomatología de la Facultad de Medicina de París.
Entre los sabios consejos y mejores normas a seguir, mi hermano Mario me
había dicho:
-Los franceses sólo respetan al que se hace respetar. Son despectivos y
hasta groseros; si te gritan, grítales más. El día que fui al Instituto, debía
hacer una cita para hablar con el Director.
Hasta allí; no sabía que el Director era el dueño de vidas y haciendas de
todo el Instituto. Que las jerarquías se respetaban a raja tabla desde allí,
hasta los gusanos; categoría que ocupaban la gente de servicios: porteros,
asistentes, limpiezas, mensajeros, etc.
Tampoco sabía que el título de doctor sólo se otorgaba al egresado de
noveno año de medicina que hacía un trabajo de experimentación que a
veces le llevaba hasta 5 años.
De allí que, la media hora de antesala que me hicieron hacer, ya me había
puesto un poco enojado; más aún cuando después de entrar a su despacho
el señor Director ni siquiera alzó la vista para verme y seguía escribiendo
algo mientras yo de pie esperaba se dignara tomarme en cuenta.
¡Al fin! Se dignó hablar. Y sin preámbulos...
-¡Al fin qué es usted!: ¿dentista?, ¿doctor?, porque aquí el Ministerio me
mandan turistas que vienen sólo a malgastar el dinero del pueblo francés...
Yo, ya verdaderamente enojado...
262
-¡Yo no permito que nadie me grite! El mismo lugar que usted ocupa aquí,
ocupé en mi Patria. ¡Mi expediente dice que soy doctor en odontología y
eso soy!
Recién alzaba a ver quién cometía el sacrilegio de hablarle así y yo también
vi a un viejo mal genio acostumbrado a mandar.
-Como dice ser doctor, le vamos a dispensar del examen de evaluación. Y,
sin mayores ceremonias me indican el noveno año de medicina
especialidad estomatología y el horario.
Las clases se inician a las 7 de la mañana en la clínica que atendía el
Profesor Dechaume.
Allí me enteraba también lo que quiere decir Profesor: algo así como “El
Intocable”; pues profesor era sólo él y Madame Chaput. Los demás; entre
los que había científicos calificados y autores de muchos libros eran
agregados o ayudantes; es decir: “La Corte Celestial”. Todos ellos eran
unos creídos que sólo bajaban la cabeza delante del “Profesor”.
“El Instituto” era un edificio de algunos pisos que pertenecía al hospital de
“La Sal Petriere” muy cómodo, muy confortable y muy bien organizado.
Todo paciente ingresaba por la clínica del Profesor quien al tiempo que
examinaba iba recitando lo que encontraba y siempre dirigiéndose al
alumno más meritorio, una especie de brigadier, quien a su vez era el único
autorizado a hacer preguntas a nombre de los compañeros y que en este
caso era George Stanichaios –un rumano-; mientras otro alumno que era el
encargado del paciente, tomaba notas de las observaciones del Profesor.
Todos nos situábamos frente al Profesor en una especie de pequeño
anfiteatro que permitía seguir las incidencias.
Consciente del enorme sacrificio que significaba para mí y para mi familia
el haber llegado hasta allí, no perdía una sílaba de las explicaciones que
daba el Profesor: algunas verdaderamente desconocidas y novedosas.
Alguna tarde que vagaba por las librerías encontré el: Presis de
Stematologie” de su autoría y lo compré. Francamente comía, dormía y
soñaba con el Librito y, de paso lo estudiaba en voz alta para practicar mi
francés.
263
Los estudiantes éramos más o menos unos 40 de todas las nacionalidades:
asiáticos, europeos, africanos, americanos, australianos, etc. Allí conocí a
Rodrigo, compatriota de Guayaquil e inmediatamente hicimos amistad que,
en mi caso fue muy valiosa pues él era el tipo más enterado de los estudios
que podíamos hacer en otros hospitales en las horas que nos dejaba libres el
Instituto pues, en las tardes asistíamos a las clases y clínicas de
especialidades como: ortodoncia, ortopedia, histopatología, radiología y yo
con otro estudiante francés Roucheau asistíamos a los quirófanos de cirugía
máxilo-facial.
Con este sistema Rodrigo, Gonzalo (boliviano) y yo, pudimos hacer
estudios de: estomatología infantil en el hospital Neker, cirugía de cáncer
en el San Luis; allí mismo cirugía reconstructiva con Doufourmentel,
prácticas en el Anfiteatro Anatómico, Clínica infantil en el San Vicente de
Paúl. Es decir: Nos “sacábamos la madre” pero con gusto y una sed de
saber muy comprensibles.
El personal de profesores, agregados, ayudantes eran muy atildados y,
bueno, para mí me parecía una exageración eso de ponerse rouge
transparente en labios, esmalte incoloro en las uñas, hacerse el pelo todos
los días, usar medias transparentes y otras linduras que yo les calificaba de
afeminadas, además de admirarles por el gasto que ello significaría pues,
alguna vez había caído en una peluquería para un coup complet –que
llaman ellos a un lavado, cortado y secado del cabello en una de esas
secadoras y delante de todo el mundo por 17 francos.
A los becarios para asistir a clases nos daban unos mandiles lavados y sin
planchar que eran una desgracia y que a mí me deprimían sobre manera; de
tal forma que me compré unos blancos de poliester que nunca se arrugaban
y eran fáciles de lavar que me levantaron la moral y, bueno... no usaba los
arrugados.
Las clases del Profesor Dechaume eran interesantísimas; para mí, un
verdadero tesoro.
Todos los días se presentaban pacientes de París, otras provincias, otros
países de Europa, África, Asia en tal cantidad y número que sólo por ello
ya era interesante. Además se veían casos de unas patologías tan variadas
y extrañas imposibles de ver en un país pequeño como el nuestro, en un
hospital o centros odontológicos, peor en una clientela particular. Habían
infinidad de casos raros y curiosos que el Profesor los diagnosticaba con
una solvencia y profesionalismo inigualables.
264
Cierta ocasión en que había acabado de leer en su Presis cierto diagnóstico
un tanto polémico y al oírle en clases decir lo contrario; contra la
costumbre establecida de una manera espontánea le decía:
-Perdón Profesor pero usted dice en su libro Presis en la página tal: todo lo
contrario...
¡Fue tal el relajo que armó!
-¡Cómo! ¿en qué libro? -Ludemback (su ayudante) ¡Trae mi libro!
Al revisar se confirmaba lo que yo había dicho.
¡Tiene usted razón! Esa es una edición anterior y en la nueva ya está
corregido.
Más tarde me regalaba la nueva edición “Para que no aprenda errores”.
Y, si bien el contradecirle le tomó de sorpresa, tanto que le salían chispas
de los ojos; parece que no le disgustó porque de allí en adelante sabía decir:
-¿Y qué dicen sobre esto los americanos?
Para mí, esto era motivo de mucha satisfacción y comencé a madrugar muy
temprano; que, a veces llegaba antes incluso que los gusanos (porteros,
asistentes) con quienes rompiendo todo el protocolo como médico, les
dirigía la palabra y allí sabía de sus vidas y sus sueños. Allí me encontré
con un médico griego que hacía de limpieza.
El profesor era también madrugador y si bien me había visto sentado al
escritorio de la clase muy temprano, alguna vez se acercó y me decía.
-¡Matinal señor Ruperto! ¿Qué es lo que usted lee?
-La Biblia Profesor...
-¿La Biblia? Y acercándose veía que lo que leía era su libro. Allí fue la
primera y única vez que le vi sonreír.
Y, es que madrugaba para poder ganar los primeros puestos y tener mejor
visión en las observaciones.
En otra ocasión, cuando yo regresaba de mi turno de cirugía y él salía del
salón de clínica, me decía:
265
-Quiero que veas ese caso de tuberculosis mandibular allí en la pantalla.
Yo, veía y veía y no encontraba ninguna señal que me guiara a considerar
una TB. En eso, él entró y me dice:
-¿Qué te pareció?
-Yo no veo ninguna TB –me arriesgué a decir-¡Cómo que no! Y acercándose a la pantalla...
-¡Ludemback! ¿Quién quitó la radiografía que dejé aquí? Y poniendo la
otra me hacía ver las lesiones típicas.
¡Esto; a mí me asustaba! Pero parece que a él le divertía. Así, por varias
ocasiones me probaba y yo con tanta suerte salía adelante. Me andaba a
llevar de un lado a otro haciéndome conocer que no más se hacía en el
Instituto. Hasta que una mañana...
-Ven conmigo: quiero que conozcas la parte del Instituto que pocos
conocen. Y, por un ascensor bajamos a un subterráneo donde estaban
alineados los consultorios de los profesores principales.
Era un túnel un poco largo que ¡Oh, sorpresa! desembocaba en el teatro del
Instituto que ni siquiera sabía que existía y que en ese momento por
circuito cerrado de T.V. pasaban una operación que Pery realizaba ese
instante en un quirófano; que nos invitaba a hacer preguntas que gustoso
contestaría Pery.
Cuando se prendió la luz quedé ¡sorprendido!. El teatro no era pequeño y
más porque estaba completamente lleno. Allí me decía:
-Quiero que entres a formar parte del GIRS –siglas de: Grupement
International pour la Recherete en Stomatología- o sea una agrupación
internacional para la investigación estomatológica.
-Todos los presentes son colegas de toda Europa y quiero que les cuentes
cómo es la Odontología en América.
Este señor me ponía en unos apuros sin siquiera medir mis capacidades: en
primer lugar, el idioma: a duras penas me hacía entender; en segundo lugar
era una reunión de lo más granado de la estomatología europea y; en tercer
lugar: ¿Qué les podía decir yo?
266
Bueno: no sé qué no más les dije; pero, el Profesor que hizo mi
presentación y también el resumen, según le entendí, la odontología en
América ¡era casi igual a la de Francia!. Le entendí mal o ambos habíamos
mentido.
Pasaron algunos meses y mi amigo Rodrigo me decía:
-¡Lo más raro del mundo! Este viejo que creo no se traga ni él mismo te ha
cogido a cargo y ni siquiera Roucheau –al alumno francés estrella- ha
llegado a convencer al viejo. Y, eso que él no sabía que el Profesor me
había dicho:
-Quiero que hagas una tesis sobre “Los trastornos a distancia de espinas
irritativas estomatológicas” Revisa las historias clínicas desde hace 20
años y allí tienes material suficiente. Es un tema que está emergiendo con
fuerza en estos momentos.
-¿Por qué prefieres la cirugía, cuando la clínica es la filosofía de la
Medicina y tú puedes ser un excelente clínico?
Meses más tarde le defraudaba a mi querido Profesor en toda la línea al
tener que regresar de urgencia a mi paria por la grave salud de mi padre, y
dejar inconclusa mi tesis que al parecer era importantísima en esos
momentos de la ciencia.
-Te puedo hacer extender la beca –me decía-.
-Regresa, yo te consigo la beca nuevamente. Lo que él no sabía era que en
mi país las cosas eran muy difíciles. Por otro lado francamente en ese
momento me sentía totalmente realizado. Había captado tantas novedades
y conocimientos que el cartoncito después de la tesis no me quitaba el
sueño para nada. Tenía más que el reconocimiento del Profesor, su interés
en hacerme su pupilo que era lo que él estaba preparando.
En resumen: había sido un curso muy valioso, muy interesante; había
aprendido muchas, muchas cosas.
267
Por otro lado, había conocido otras culturas, otros ambientes, otras gentes
con costumbres e intereses tan diversos como el comentario que hacía
Dragica –compañero yugoslavo-.
-¿Por qué los profesionales en América trabajan 12 y 14 horas al día?
-Para tener mayores y mejores comodidades; para dar una mejor educación
y porvenir a los hijos...
-¿Por qué no dejan que los hijos se labren el porvenir?
En fin; había tenido la suerte de alternar con verdaderos científicos, más
interesados en la ciencia y la fama que en el dinero. Compañeros valiosos
con quienes mantenía correspondencia profesional. Había adquirido
decenas de libros en aquellas maravillosas tiendas que pasaba en las
librerías revisando verdaderas joyas científicas a veces y dolorosamente
muy costosas para mis exiguos ahorros. Creo que también había reforzado
un tanto mi profesional personalidad al hacer amistad con algunos
profesionales franceses con quienes también mantenía una estrecha
correspondencia.
También había contribuido con un granito de arena a cambiar el concepto
negativo que se tenía del becario ecuatoriano y de nuestra profesión en
particular.
Había cultivado una linda amistad con algunos profesores como Pery,
Ludemback, Ginesté, Spirglas que fueron muy valiosos para mí en las
ocasiones que regresé por esos lares.
Siempre me interesó el conocer el espíritu y personalidad de las personas
de mi entorno y a pesar de ello cuántas veces he sido testigo de reacciones
que no esperaba; como aquella de Madame Leblane –mi guía en Besançoncuando por Noel le obsequiaba un diminuto frasco de perfume en
reconocimiento a sus muy particulares atenciones conmigo y ella
comprendiendo mis limitaciones de dinero me decía que era la primera vez
que en sus muchos años de trabajar allí, recibía un regalo que le quebraba
la voz.
O, aquella reacción abrupta de Pieux –profesor de ortodoncia cuando traté
de discutir algo que ya ni recuerdo –casi insultante que me llenó de
bochorno.
268
El cambio instantáneo y muy manifiesto del Jefe del Laboratorio de
Fotografía que siempre era frío casi despectivo hasta cuando le regalé un
disco de Charles Aznavour, que había sido su preferido y desde allí era
todo amabilidad y sonrisas.
Las lágrimas que iluminaron los ojos de Drashica cuando el 14 de Febrero
le obsequiaba con un minúsculo ramillete de violetas y le decía que
seguramente su esposo le estará recordando en esos instantes allá en su
patria.
Las airadas protestas, casi hasta el rompimiento de Gonzalo –el bolivianocuando burlándonos le decíamos que no entendíamos su castellano- y es
que en Bolivia hablan el español con una enorme cantidad de quichuismosAquel cambio que tuvo el personal de enfermería de cirugía, para quienes
yo casi era invisible y cuando Roucheau me había obsequiado unas dos
entradas a un concierto y el consejo de que invitara a una de las enfermeras.
Bueno; fue una experiencia muy singular porque recién se daban cuenta
que era una persona, un profesional y como tal fui tratado.
Pero, lo más extraordinario fue, cuando la Madame Dugareya –la dura de
cirugía- el día que fue a mi turno en el quirófano, todo sonrisas me decía:
-¿Cuándo es mi turno doctor? Yo no sabía que la tal invitada les había
contado lo de la invitación a sus compañeras; y lógicamente me puse más
colorado que el tomate.
Ver para creer dice el proverbio: y eso fue lo que hice y no creía: salíamos
de una clase y Roucheau y yo nos quedamos en la puerta viendo salir a los
compañeros. Cuando salía María –esposa de un profesor ayudanteRoucheau le decía:
-María: espérame en el café de en frente.
Ella; abriendo desmesuradamente sus ojos, respondía:
-¿Es a mí Roucheau? ¿Estás seguro?
-¡Sí mujer! Espérame.
Claro está: el era el niño bonito y ella... era casi feita.
Sabiendo que él también era casado, yo le decía:
269
-¿Qué te parecería si alguien está haciendo lo mismo con tu mujer?
-¡Y! ¿cómo se yo? A cuarenta kilómetros de aquí yo no puedo saber; y si
ella quiere yo no lo puede impedir...
También me llamaba mucho a reflexión cuando cierta mañana en que yo
bajaba de mi piso en el hotel escuché que la hija de la familia que vivía en
el piso inferior –una nena de 13 o 14 años –le decía a su madre que muy
apresurada se despedía:
-¡Mami quiero hablar contigo!
-Esta noche... esta noche... estoy retrasada.
-¡Es importantísimo que hable contigo!
-¡Esta noche criatura! -Algo molesta-¡Estoy embarazada mamá!
-¡Ah sí! Tú sabes... ¡eso es cuestión tuya!
¡Dios mío! Sólo tenía 13 años...
Esto también me trae el recuerdo de aquel viejito amigo que vivía en su
pisito junto a mi hotel. Casi siempre que regresaba de clases por las tardes
le encontraba dando migajas de pan a las palomas del barrio que le
rodeaban y así, él se distraía. Siempre conversábamos un poquito y así
supe que vivía con su hijo casado, que era jubilado de los correos, que el
pisito era suyo y que vivía modestamente de su pensión. Cierta tarde le
encontré completamente desmoronado.
-¿Qué le pasa? ¿Está enfermo?
-¡No! ¡A Dios gracias!
-¿La familia?
-Tampoco...
-¿Entonces?
270
-Lo que pasa es que viene un nuevo hijo para mi hijo y lógicamente
necesita más espacio en el departamento y con toda lógica me ha dicho que
necesitarían el cuarto que yo ocupo.
-¿Pero el departamento es suyo no?
-Sí... pero como soy jubilado tengo derecho a acogerme en una casa para
ancianos y estoy desperdiciando esa ayuda del Seguro.
-Dicen que allí les tienen muy bien a los pensionistas.
-¡Cierto!... Pero, -aquí se le quebraba la voz- yo aspiraba a pasar junto a
mis nietos...
¡Dios mío! Y el departamento era de él...
Alguna vez ¡casi meto la pata! Me había invitado mi amigo Pierre, médico
del hospital Neker a una merienda en su casa. Sabiendo el honor que
recibía y lo delicados que son resolví llevar un ramo de flores. Pues, nunca
creí que madame Gineste recibiera ese humilde presente en forma
alborozada, alegre y a todas vistas muy complacida.
¡El secreto! lo tenía la florista a quien conté el caso ante su interés porque
pedí una docena de rosas rojas.
-Debe llevar nada más que 5 rosas como un pequeño ramillete y pedirle
disculpas por permitirse llevarle tales flores. Nunca supe el porqué
tendrían que ser cinco si eran flores rojas...
Qué decir de la reacción de mi amigo y compañero el “Peruano”: un joven
alto, medio aindiado que había despertado violento interés en Joyce O.
Una compañera que era de Kenia, que era más fea que un carro chocado;
pero que era la representante de su país en París; más que eso: era dueña
de un ¡carro!.
Nosotros le embromábamos diciéndole que no diera importancia ni al color
ni a la raza sino la clase de carro que ella tenía y más que nada que, se veía
pues que le quería como su gorilita.
Él, airadísimo, nos juraba que:
-¡Yo! Ni de muerto... ¡nunca me verán venderme! ¡y por un carro!
271
Pero, da la casualidad de que una tarde que paseábamos por el Barrio
Latino. Rodrigo, Gonzalo y yo; vemos el carro de Joyce que se estacionaba
frente a un café y de allí se bajaban ella y el peruanito.
En un arranque de maldad nos hacemos ver:
-¡Hola! Joyce ¡hola fulanito! –nosotros casi al borde de la risa y el
peruanito que no sabía cómo ni dónde esconderse.
Cuando regresamos de Besançon, Donadio y yo compartíamos una pieza en
el hotel Royal Navaran en pleno Pigale. Algunas veces salíamos a
engordar la vista por el barrio y Donadio invariablemente mujer que pasaba
junto a él, en su chaupi francés le piropeaba, le hablaba y... nada más. Al
borde de la histeria por su proceder nada varonil –a mí me parecía- alguna
vez le decía:
-¡Ve! Déjate de calentarles las orejas a todas las que pasan; si quieres
enredarte, háblales claro y no te andes por las ramas que las francesas sólo
te entienden así.
Una noche en que yo estudiaba, llega a la pieza más blanco y transparente
que cadáver en refrigeradora y sin decir nada se acuesta.
-¡Qué te pasa! ¿Qué tienes? Tienes una cara de temblor.
-Él: callado, no dice nada.
-¡Habla hombre! Somos extranjeros y cualquier cosa que te pase, así sea la
muerte a nadie le va a importar.
Sólo entre nosotros podemos ayudarnos...
-¡Por seguir sus consejos pues!. Veo venir a la mujer más hermosa que
haya visto jamás y me digo:
Ahora sí voy a seguir el consejo de mi amigo y hablar con esta mujer.
Tenía las manos más hermosas, delicadas y románticas que haya conocido
y, le digo:
-¿Quieres que te acompañe?
-¡Gracias! ¿Cómo te llamas?
272
-Antonio... Era más alta que yo, un cuerpo de escándalo, un andar de
princesa y me decía:
-¿A dónde quieres que vayamos? Mi hotel está cerca...
-¡Vamos! ¡Le seguía con una ilusión! Imaginándome maravillas. Ya
cerca de su hotel me dice:
-Sólo hay un inconveniente...
Yo pienso que cualquier dinero se la vale...
-¿Cuál inconveniente?
-Si no lo has adivinado ¡Yo soy hombre!
-¡Jesús! Allí sí que no sabía qué hacer, por dónde irme, qué decirle, así que
me di la media vuelta y aquí estoy.
-¡Espero que no hayas cambiado!... ¡Ja! ¡Ja!
Porque eso de los cambios... es algo imperceptible según lo comprobamos
Gonzalo y yo una tarde que ante su indecisión para cruzar una calle,
francamente yo le arrastraba cogido de su mano; lástima que aún al otro
lado seguíamos cogidos de la mano. Al darnos cuenta, nos reíamos a
carcajadas mientras él decía:
-¡Hermanito! Creo que es hora de volver a la llacta.
Cosa casi parecida me había pasado en el metro: Yo criticaba airadamente
por afeminada la costumbre invariable de los parisinos de acicalarse
cuando están frente a un espejo. Había pasado algunos meses en París,
cuando un día horrorizado me veía que frente a un espejo en el “metro”
¡me peinaba!. ¡No! caray creo que ciertamente es hora de regresar a la
llacta.
Y, es que en el “metro” se ven y pasan cosas muy curiosas:
Estábamos apretadísimos en un carro del “metro” y en un rincón un
hombre y una mujer en un solo beso casi no se adivinaba quien es quien.
En ese momento, llegamos a una parada y el conjunto se separó y vimos a
una muy agraciada francesita que nos sonreía; él se bajó del tren y entonces
de las gentes que entraban al metro un joven vio a la joven, se sonrieron, se
besaron y el conjunto se rehizo.
273
Todos nos reímos a carcajadas... ¡Cosas del metro!
Viajábamos por la mañana en el “metro” y sentados frente con frente un
señor con su libro, su paraguas, su cartera el momento menos pensado, se
cogía un lado de su cara casi escarlata con ambas manos, mientras su rostro
denotaba un sufrimiento atroz. Luego de unos segundos el libro, la cartera,
el paraguas y el señor volvían a sus puestos. ¡Aquí no ha pasado nada! Así
conocí como era una neuralgia esencial del trigémino.
Si bien el estudio en el Instituto era duro y fatigante, más duro resultaba el
almuerzo. Así llamábamos la comida de medio día que nos servían en el
hospital. Llegada la hora, hacíamos una fila con las consabidas bandejas, el
vaso y los cubiertos y uno tras otro íbamos hacia el sitio donde dos
enfermeras servían la comida. Había dos menús a escoger; sea cual fuere,
ambos era para ponerse a llorar: una porción de arroz y un pedazo de carne
y una fruta o una porción de puré y un huevo duro y una fruta ¡Otras veces
era peor! Pero, sólo hasta cuando por casualidad me tocó hacer cola detrás
de Rouleau y escuché que una de las enfermeras muy melosa le decía:
-Motié, motié Rouleau.
-¡Mercí! Decía él.
Pues, luego yo atrás también le decía:
-Motié, motié... ¡Y resultó! No era la mitad de uno y otro, sino que casi
era lo uno y lo otro. Y, allí sí se compuso la cosa que la completábamos
con unas largas sobremesas delante de la canasta de pan y de las pomas de
agua que eran gratis. Esto nos costaba 0,60 Fr. Pero, cuando era
vacaciones o fin de semana teníamos que comer fuera en los comedores
estudiantiles donde valían de 1,50 Fr a 4 Fr, una verdadera fortuna para
quienes tratábamos de ahorrar hasta los suspiros.
El día que pagaban la mensualidad, era día de dispendio, día de darse
gustos de millonario; entonces en una pastelería compraba una milhoja y
me la comía poquito a poquito desquitándome de los días de austeridad.
Por las tardes cuando salía del Instituto me gustaba ir despacio, como
saboreando el camino, para ver las gentes, las vitrinas super elegantes, el
tráfico, las calles, los monumentos; sobre todo las gentes. En aquellos
274
tiempos aparecían los jipis: hombres y mujeres todo desaliñados, con pelos
largos, vestidos viejos y hasta rotos, cargados de mochilas grandotas que
parecía que allí llevaban hasta la cama, con algún libro a la mano o una
guitarra. Hombres y mujeres muy altos, esbeltos, de tez tostada, rubios, de
ojos azules que aprovechando el verano dormían en los “quacs” junto al río
y pedían que les regalen algunas monedas. La mayoría eran los viquingos
que bajaban desde Finlandia, Suecia, Noruega, Dinamarca y generalmente
eran estudiantes universitarios o profesionales en busca de aventuras y los
más para aprender otro idioma.
Muchas veces me quedaba admirando a verdaderos artistas que pintaban al
pastel en el suelo de las veredas; o aquellos otros que con verdadera
maestría tocaban algún instrumento; otros que hacían de titiriteros. Todos,
con el fin de recoger una que otra moneda que los curiosos dejaban en sus
manos. Es decir que, todos hacían lo que querían, vestían como querían,
decían lo que querían y vivían como querían que, a nadie le importaba
nada.
Y, este a “nadie le importaba nada” me daba escalofríos desde que una
jovencita rubia que alguien dijo era holandesa, se lanzaba desde el primer
piso de la Tour Eiffel y se estrellaba con un ruido sordo en el pavimento.
Algún curioso la tapó con un periódico y: “aquí no ha pasado nada”.
Algunas veces me gustaba recorrer los bauquinistas; una especie de
nuestras cajoneras, que se instalaban en las veredas que rodean el río y que
venden cintas, medallas, papeles de música, grabados o dibujos y donde al
decir de muchos turistas se encuentran verdaderos tesoros e incluso libros
muy antiguos.
Me llamaba la atención el andar siempre apresurado de las gentes, serios,
preocupados, siempre en guardia.
Me maravillaban las vitrinas de Champs Elisse, La Opera, Plaza
Venndome, Mariscal Foch, Los Capuchinos. Pero, más me maravillaban
los precios de lo que ahí se exhibía pues, seguramente eran para los emires
del petróleo, Adikan.
Al caer de una tarde cuando los Campos Eliseos se llenan de turistas de
todas las nacionalidades; los automóviles más lujosos ensayan sus bocinas
y están llenos de gentes pagadas de sí mismo paseando su aburrimiento
hasta encontrar una cita; los parasoles en las terrazas casi no dejan ver las
diminutas mesas que alojan a más de un solitario que bebe su solitario
275
capuchino o un vaso de cerveza; las veredas llenas de jóvenes que van y
vienen como tejiendo el mágico encaje que es Campos Elíseos.
Paseando por allí con Rodrigo vemos venir a una rubia despampanante,
dueña de la vereda y del mundo con gafas obscuras Armani, sandalias
Gucci y seguramente su lindísimo vestido Paolo Rossi. En un momento de
jugar a las tonterías le digo a Rodrigo:
-¿A qué no me tomas una foto el rato que yo pase al lado de las dos veces
Marilyn Monroe; para hacer creer a la gente que ella anda conmigo?
-¡Ya! Hermanito... pero procura pegarte un poquito. Dicho y hecho; el
rato que paso al lado de ella, mi gran amigo se para frente a nosotros a
tomar la foto. Ella, comprendiendo la intención del fotógrafo no sólo que
se apega sino que pasa su mano por sobre mi hombro.
-¿Cómo te llamas?
-Soy fulano.
-¡Eres americano! ¿Qué haces en París...? y por este estilo sigue una
conversación muy animada y al parecer muy interesada de ella; hasta
cuando llegamos al costado de un carro estacionado bajo la vereda. Da
vuelta y me invita a subir. Yo no sé qué hacer y es muy evidente mi
confusión y cobardía...
-¡Entra hombre!
Ya dentro me dice:
-Es mi carro... quieres que vayamos a tu hotel o nos quedamos en el mío...
Recién me entero de quién se trata y trato desesperadamente de hacerle
entender que no quiero nada; mientras ella rebaja y rebaja sus honorarios
hasta que ya sintiéndose estafada me manda para un cuerno y fuera de su
carro y comienzo a arrepentirme de la broma.
Al contarle la aventura a Rodrigo decía:
-¡Púchicas! ¿Quién hubiera creído... no?
Por la Opera, El boulevard de los Capusinos, la avenida Vendomme; es
decir, por los lugares más concurridos por los turistas me agradaba ver unas
jovencitas vestidas al último grito aunque con cosas más bien populares:
las botas de alta caña que recién se veían en París, las faldas altas y a
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vuelos, la carterita de tiro largo, el cabello con colita de caballo y una
chaquetita de cuero corta y estrecha y que, se paran largo rato ante las
vitrinas mientras con el rabillo del ojo miran los transeúntes ir y venir; eran
las Jeune fille que al medio día las podíamos ver sentadas en un banco de
algún parque; sacar de su carterita el sánduche que será su almuerzo y hasta
que encuentre algo mejor. Son las aprendices de cosas mayores.
Las tardes; cansadas del trajín del día, también como que se sientan a
descansar igual que los pájaros y palomos de los parques. Comienzan poco
a poco a aparecer las luciérnagas de esta selva de cemento; y de pronto
todo cambia como que las bambalinas de la vida dieran vuelta y entrásemos
en un escenario todo diferente; como embrujado, donde se percibe un olor
como a locura, a frenesí, a frivolidad donde todo es derroche de los
sentidos.
Así; prudentemente, como se retira la tarde, yo también cansado
físicamente emprendía el camino de mi hotel. El plan era llegar lo más
tarde posible con el fin de que la soledad no me agarre del pescuezo y
comenzar a pensar en los míos, en mi patria. Era tan patética aquella
soledad que comencé a tenerle miedo al cuarto. Allí me daba cuenta del
porqué tantos viejitos adoran a sus gatos y a sus perros.
Allí, entre libros y recuerdos me encontraba la madrugada que golpeaba la
ventana con su luz avergonzada que, me avisaba que me quedaban muy
pocas horas para dormir.
El barrio “Pigalle” donde vivía era muy sugestivo y se observaban muchas
curiosidades. Era el punto obligado para los turistas por el teatro-cabaret
Moulin Rouge. Al rededor de este y como si fuera el réclame se instalan
una infinidad y variedad de negocios; desde los locales de striptis, los
locales de ventas de curiosidades sexuales, las librerías de erótico y porno
donde se exhiben pinturas, fotos, slides, películas sobre el sexo, hasta las
pequeñas salas donde por 3 o 5 Fr puedes mirar por unos ojos de buey
pequeñitos toda clase de perversidades inimaginables sobre el sexo en
acción.
También existen los cafées; siempre abarrotados de hombres que buscan
diversión y chicas que buscan enganches.
Una noche que habíamos salido con Donadio a dar una vuelta por el lugar,
entramos a un café. Sentado a la barra yo observaba a mi amigo en su
reiterada costumbre de practicar el francés –según él- con cualquier chica
que se le ponga al frente.
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-¡Ve! –le decía yo- tendrás mucho cuidado en ver con quién te enredas. En
el hospital donde trabajo se ven cosas que te darían escalofrío y nunca más
verías a una de éstas. En ese instante entraba y se sentaba a una mesa una
trigueña espectacular con ojos de gacela enormes y un andar de artista de
cine.
-¡Ve!. ¿Ves esa chica sentada allá solita en esa mesa?
-¡Claro!
-Pues, quizá ella te convenga y no éstas que te dicen que son telefonistas,
secretarias...
-Más me tardé en decirle que él en acercarse a su mesa y ponerse a
conversar.
Yo le chequeaba y me daba cuenta que la espectacular trigueña casi no
hacía caso de lo que él hablaba y más bien me veía a mí con insistencia.
Al fin él viene a mí y me dice:
-La chica quiere conocerle a usted...
Intrigado me acerco y ella me dice:
-Su amigo me dice que usted quiere conocerme...
Yo me quedé turulato sin saber qué decir; al fin:
-Mi amigo no habla muy bien el francés por eso no se hizo entender: lo
que él quiere es irse con usted.
-Qué complicados que son estos latinos –dijo- se levantó y se marchó.
-¿Qué le fuiste a decir... acaso yo ando buscando padrinos?
-¡No! Pero pedía mucho...
Cuando uno se empeña en ahorrar, es sorprendente lo que puede hacer y,
más aún los sacrificios a los que puede llegar: la comida en el hospital ya
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era un ahorro notable; pero, como yo no contaba con otra entrada que no
fuera mi beca y no quería llegar a mi casa con las manos vacías, tendría que
hacer otros ahorros. Los desayunos y las meriendas también sufrieron los
embates de mi tacañería; lo que contribuía a que pierda unos buenos kilos y
se me vea como un sigse. Aun eso, no era suficiente, de tal suerte que aún
los tiquetes del metro fueron minuciosamente estudiados.
Quería
locamente llevarle a mi mujer y así como los cuervos acumulan las
piedritas de colores, a mí me gustaba acumular los dolaritos. En eso
soñaba día y noche y no había sacrificio bastante que no hiciera. El pago
del hotel sin embargo de ser el más barato, me parecía bastante.
Donadio era un amigo muy decente y correcto; pero, tenía que hacer su
beca fuera de París y entonces yo quedaría a pagar la pieza; cosa que no me
convenía de ninguna manera y me trasladé al hotel “La Bretaña” de
Montparnaise, más barato, más tranquilo; pero, aún muy caro para mí.
Había oído en el Instituto de la existencia de una ciudad universitaria en
Cachán; donde el hospedaje era más barato; además se tenía derecho al
baño diario, ropa limpia, comedor universitario, sala de juegos, T.V. Pero;
el pero era el más difícil, porque la demanda era enorme; sin embargo hice
la solicitud.
Tuve enorme suerte en ser atendido e inmediatamente me trasladaba a
Cachán. Esta ciudad universitaria quedaba fuera de París y uno era
controlado y tenía un reglamento un tanto estricto; sin embargo, no había
punto de comparación.
Me asignaron a un pabellón donde todos tenían que ver con los números y
las ingenierías. Como era un poco lejos de París yo tenía que madrugar
más temprano capaz de estar en el Instituto a las 7 a.m. Felizmente tenía
como vecinos de pieza a un somnífero y un despertador; esto es: un
alemán que como yo estudiaba hasta las 12 o 1 a.m. y como yo: en voz
alta, de tal manera que como no le entendía palote, cansado de oírle me
dormía.
Al otro lado tenía a un japonesito que no sé si algún momento se acostaba
pues, a las 5 a.m. invariablemente me despertaba, él ya estaba estudiando
también en voz alta. Así, yo entre alemán, japonés y mi radio ya estaba
organizado.
Había corrido la voz de que era médico, de tal suerte que cuando yo bajaba
madrugado, en la sala de estar ya me esperaban algunos becarios que
requerían mis servicios.
279
Como manejaba recetarios del Instituto las boticas atendían perfectamente
mis recetas; además que no eran complicadas, pues rara vez necesitaba
cosas que no fueran: antibióticos, antinflamatorios, analgésicos. Parece
que me estaba especializando en enfermedades sociales que eran las que
más les asustaban y por otro lado no eran difíciles de curar.
Habían becarios de todos los países, todas las razas, todos los colores y
olores también; pero, gracias al reglamento no había problemas.
En general era un ambiente de camaradería. Algunas veces la dirección del
pabellón hacía programas sociales: conferencias, mesas redondas; pero lo
más popular era el billar, el ping pong, el ajedrez y la T.V. Fue en una de
esas ocasiones que tuve la suerte de conocer a Hernando: un ingeniero
mecánico colombiano de lo más culto, de costumbres refinadas y gustos
similares que enseguida hicimos amistad. Entonces supe que era de Cali,
casado; profesor politécnico y ex-seminarista.
En confidencias luego, supimos que ambos habíamos hecho más o menos
el mismo juramento a la Virgen a cambio de que cuidara de nuestras
familias.
Los fines de semana salíamos a pie a recorrer París, había veces que
habíamos caminado hasta 10 horas; y tan tranquilos. De conversación fácil
y amena no sentíamos el cansancio y visitábamos los museos, los teatros,
las iglesias; compensando lo que no podíamos hacer otros días por el
estudio.
Su carácter le había fascinado a una españolita -ingeniera atómica- que
además era algo así como baronesa. No era fea, sí un poco madurita. Al
ver que él no respondía a sus claros y evidentes requerimientos, se
preguntaba si no sería gay.
Después que yo me había soltado una gran carcajada... me decía:
-¡Entonces! ¿Por qué no responde?
Antes de que siguiese pensando cosas yo le contaba el juramento del
colombiano y, ella en el colmo de la incredulidad no concebía:
-“Cómo el juramento a una Virgen criolla pudiese ser tan poderoso capaz
de frenar los actos más naturales del hombre” y, nunca desistió de su
conquista.
Algunos días que tenía que estudiar los fines de semana me quedaba en
Cachán y allí concurría al comedor estudiantil donde tenía la oportunidad
280
de hacer amistad con los estudiantes franceses de la Normal o de la
Politécnica. Allí me enteraba también que el tratamiento, facilidades y
comodidades que teníamos los becarios era muy superiores a los que ellos
tenían como estudiantes.
Cada vez que podía yo iba adquiriendo juguetes, ropa, curiosidades para los
míos; sin embargo hubieron dos hechos muy dolorosos para mí por aquella
época. Era Semana Santa y con Rodrigo y Gonzalo asistíamos a la misa en
la catedral de Notre Damme. Sin mediar ninguna palabra, hecho o cosa
alguna, me puse a llorar en forma desesperada. Más tarde sabría que por
aquellas fechas mi hermano Julio había sufrido un terrible accidente con su
vehículo en el Guayas que, lo mantuvo inconsciente varias semanas.
El otro fue que, saliendo de las oficinas de Air France a donde había
concurrido a averiguar precios y condiciones que un familiar de becario
debe reunir para viajar de Ecuador a París, me habían dado una serie de
folletos que ya saliendo de allí, los examinaba; cuando un joven rubio, alto,
prácticamente me atropellaba en su premura de andar. Cuando traté de
pagar por una tela de brocado que quería comprar justo frente a las oficinas
de Air France me di cuenta que me había robado la billetera con todo el
dinero que tenía para el pasaje de mi mujer. Fue algo tremendamente
doloroso, angustioso y que casi quebró mi espíritu, a lo que se sumaban las
noticias encubiertas de la salud de mi padre y que yo adivinaba.
Yo, no dejaba que la melancolía entrara en mí; pero a veces furtivamente se
instalaba, y allí entre el cielo y la tierra buscaba desesperadamente las
fuerzas que me permitieran no salir derrotado de mi empresa. Eran tan
angustiantes los últimos momentos que a través de las cartas de mi mujer y
mis hijos comprendía que la hora de regresar había llegado y lo sería a
cualquier costo. Mi hija Tania que apenas tenía 8 años me escribía “Papito:
yo no sabía que para vivir hay que ir muriendo en cada atardecer”. Recién
sabía que mi “Todo” se había operado de una tumoración del seno. Allí
pensaba que fui tremendamente egoísta al dejarlos solos por perseguir un
sueño.
Luego y más que nunca; sentía como patéticamente tenía la luz de sus ojos
clavados en mi cuello, que me daban ánimo, que me daban fuerzas para no
fracasar. Escribía cartas y cartas a las personas que podían ayudar a que
gentes envidiosas o malas aprovechando mi ausencia querían quitarnos los
empleos de los cuales vivíamos.
El bosque de Baulogne fue testigo mudo de mis oraciones al que siempre
me había ayudado.
281
Si bien había luchado con éxito ante el ansia de regreso de los primeros
meses, la falta del idioma que discrimina y encadena y más que nada, el de
hacer un estudio práctico de la especialidad que había escogido; las
novedades de la familia, la nostalgia de la tierra y el vacío imposible de
mujer e hijos iban obscureciendo mi cielo de triunfos como las nubes de las
tardes invernales de mi Quito van ocultando el esplendor del sol de la
mañana.
Me había dedicado con diligencia de anticuario a escarbar las historias
clínicas de 20 años atrás; había elaborado el plan que seguiría en mi
investigación; devoraba cuanta literatura caía en mis manos y cuantos
libros encontraba sobre el tema.
Quería sentar un precedente en el Instituto con una tesis verdaderamente
nueva, interesante y muy útil para odontólogos y médicos.
El Profesor Dechaume me alentaba cuando le decía que no tendría tiempo a
terminarla por lo corto de mi beca:
-Yo te consigo ampliar el plazo –me decía- O puedo pedir que regreses.
Pero el destino ya había escrito otros renglones que poco a poco me los
dejaba ver:
Las noticias familiares que llegaban por gotas me decían a las claras que
algo no me querían avisar, y la incertidumbre quemaba mis entrañas como
vitriola; hasta que al fin recibí la noticia de que mi padre había sufrido un
accidente y necesitaban mi presencia.
Recibir la noticia y ponerme a hacer maletas fue una sola cosa; en pocos
días arreglaría todo el papeleo y me despedía de amistades, compañeros y
del Profesor que lamentaba lo sucedido, esperaba que le escribiese para
organizar mi regreso y poder culminar mi tesis.
Pese a las diligencias y premura del viaje, desgraciadamente sólo alcancé a
las últimas horas de su vida, que pareció que había estado esperando mi
presencia para definitivamente descansar.
Había sufrido un accidente de tránsito: la rotura de su cadera permitió que
una astilla del hueso perforase su vejiga. Nada de lo que hicieron:
cuidados, operaciones, lograron salvarle y un 24 de Julio falleció.
En el curso de esos días me enteré del vía crucis que había tenido que vivir
mi entrañable compañera: pues, mi padre nunca dejó de ser lo que era con
282
sus costumbres, achaques y vicios que al final lo llevaron. Y ella, logró
mantener el hogar, cuidar de su trabajo, sus hijos y al padre de su marido.
Una mañana aterrizaba en Quito y aquella imagen casi fotográfica que tenía
de mi llegada empezó a moverse como una película: llantos, abrazos,
miradas, suspiros como que hubiésemos asistido a un milagro. Estaba en
Quito, con mi pequeña familia completa y sana; la Virgen había cumplido
mi encargo como yo cumplí mi promesa.
283
CAPÍTULO XI
¡Ahora, sólo quedaba comenzar de nuevo!
-¿Por dónde?
Estaba desorientado; los últimos acontecimientos se habían precipitado
unos sobre otros sin dar tiempo a asimilarlos. Ahora yo estaría al frente de
los problemas: personales, familiares, profesionales y de empleos. Había
aprendido a tener paciencia e iría solucionando uno por uno cada problema;
sólo que no sabía por donde empezar.
Había adquirido una especialidad que aún no había en América, ni en el
Ecuador. El dilema estaba en que si quería dedicarme exclusivamente a la
Estomatología, tendría que dejar la odontología y económicamente no
estaba en capacidad de esperar meses, quizá años hasta que los colegas
médicos, odontólogos o dentistas se enteraran del valor de la nueva
especialidad y yo vivir de ella. Esto implicaría más sacrificios para mi
familia y yo no tenía ni el valor ni el derecho de exigirles más.
Entonces; lo práctico era seguir ejerciendo la odontología mientras
introducía la estomatología en el país.
Me diseñé una estrategia: enviaría boletines explicativos a los colegas con
el fin de conseguir su colaboración. Como era presidente del Círculo
Odontológico Ecuatoriano, buscaría su patrocinio con el fin de abrir un
Centro Estomatológico anexo al hospital San Juan de Dios; dictaría
conferencias a sociedades médicas de otras especialidades; daría
conferencias en las universidades; actuaría en seminarios, mesas redondas,
en fin en cada puerta o ventana que se me ofreciese.
Comenzaría por hacer del Servicio Dental de la Policía un núcleo
científico. Con la ayuda de varios colegas y ayudantes, gracias a Dios, se
logró hacer un núcleo muy respetable y respetado.
Pero nunca imaginé que me estrellaría con aquel muro invisible de la
envidia que resultó más duro e impenetrable que el concreto.
Quería interesar a los colegas para que reunidos hiciésemos una sociedad
profesional como inicio de algo respetable y formamos la Sociedad
Ecuatoriana de Estomatología con aquellos colegas que de alguna manera
habían recibido instrucción de post-grado en el exterior; fue flor de un día
284
que murió aplastada por el enorme egoísmo de quienes creían que me
fabricaba una plataforma profesional. Igual camino corrió la colaboración
del COE; donde fue más evidente que envidia y egoísmo enterraron
aquellos sueños que ilusamente había alimentado en París.
El señor Decano de la Facultad de Odontología me había invitado a dictar
unas conferencias en la Facultad. Fueron muy concurridas; más, por
curiosidad de ver qué había aprendido, antes que por interés científico.
Cuando, dado el interés que se había despertado, él insinuaba la necesidad
de incorporarme al cuerpo docente, sin ningún disimulo y ningún
argumento le amenazaron con una renuncia corporativa. ¡Increíble! –según
decía él- ¡Inconcebible!
Más tarde comprobaría hasta donde puede llegar gratuitamente la envidia.
Con motivo de un Congreso Nacional presentaba un trabajo de cirugía
oncológica máxilo-facial. Un trabajo que en el Departamento de Cabeza y
Cuello de SOLCA en Quito veníamos haciendo con envidiable resultado;
que esperábamos tener unos pocos casos más para publicarlos porque eran
los primeros implantes intratisulares de acrílico que se hacían en
Estomatología en el país.
Los responsables de estos eventos, aunque se trataba de algo muy novedoso
e importante, buscaban la hora de menor concurrencia del congreso y más
aún, me daban sólo 20 minutos para exponerlo.
Comencé la exposición como era de esperarse con unos muy pocos
interesados. Toda la exposición en película necesitaba plena obscuridad.
Por alguna falla mecánica fue necesario prender la luz... ¡la sala estaba
llena! Pero nadie quería ser visto y comenzaron a salir cubiertos dizqué por
los respaldos de las butacas. Allí supe que no sólo eran envidiosos,
egoístas, sino ¡miserables!.
Un grupo de colegas de la Federación Odontológica Ecuatoriana me
prenombraba para presidente del IV Congreso Nacional. Acepté con la
condición de que como era presidente del COE, esta organización sería más
bien la que me auspiciaba. Total: aquellos a quienes enseñé parte de la
profesión fueron los que haciendo ingresar a última hora muchos socios,
negaron su auspicio.
Nunca había imaginado semejante reacción en cadena de los colegas; no
podía comprender el porqué de tantas maniobras, tanto rechazo... Si, sólo
quería hacerles conocer las novedades científicas que estaban naciendo en
Europa; sí, sólo quería interesarles en una especialidad que les ayudaría a
285
comprender y resolver muchos problemas médicos que nacen en el campo
estomatológico.
Me sentía espantado, desconcertado, abrumado ante tanto egoísmo,
envidia, mezquindad y cobardía si se quiere.
Tanto esfuerzo y sacrificio que había hecho no podía quedarse allí; si la
montaña no viene a Mahoma; Mahoma iría a la montaña: Tendría que
escribir un libro.
Tendría que incorporarme necesariamente a un medio hospitalario: Sabía
por experiencia propia que los médicos sólo se hacen en los hospitales; que
al consultorio particular o a un Centro pequeño difícilmente llegan los
casos que llegan a un hospital.
Así fue que logré que SOLCA de Quito me recibiera como Especialista
consultante y entraría como un ayudante más en el departamento de cirugía
general. Los años más felices de profesional los pasaría luego cuando se
formaba el departamento de cirugía de Cabeza y Cuello con mi inolvidable
amigo Pedro, Jefe del mismo. No perdía ocasión de asistir a cuantas
oportunidades tenía: el hospital Vozandes, el Eugenio Espejo, el San Juan
de Dios, me vieron recorrer sus salas y quirófanos.
El Gobierno Francés con una esplendidez enorme me proveía de libros,
revistas, folletos y toda clase de literatura especializada. Yo, había logrado
acumular una respetable bibliografía en las dulces horas que pasé por los
estantes de muchas librerías.
Las amistades hechas entre compañeros y colegas en Francia seguían
latentes, intercambiábamos artículos y experiencias con algunos de ellos.
Médicos canadienses que visitaban SOLCA me había invitado a dar unas
charlas de especialidad e la Universidad de Alberta.
En el país; había sido por varias ocasiones invitado a dar charlas sobre mis
experiencias de la especialidad a Guayaquil, Machala, Ambato, Ibarra.
Todo se iba desarrollando como había planeado; aunque, muy lentamente.
Pero, el sueño mil veces soñado de un Centro Estomatológico no aparecía
ni remotamente.
Como el alcatraz que se zambulle tras un destello plateado; así yo buscaba
en la literatura pruebas y asideros que reforzaran mis nuevas ideas. Algún
laboratorio incluso me invitaba a experimentar la acción de la fécula del
286
maíz en el periodonto; experiencias que cotejábamos con A. Hoffman, mi
compañera del Instituto en París y que hoy estaba establecida en su Brasil.
Es decir que me había sumergido de cabeza en busca de mi sueño sin
importarme el tiempo, los esfuerzos ni el dinero; dinero que cada día iba
haciéndose más difícil.
Era el año de 1968: presidencia talvez por última vez del doctor Velasco
Ibarra: el hombre que escribía filosofía, política y sueños; el hombre que
arrastraba multitudes y se había hecho nombrar presidente por 5 ocasiones
y que, una vez en el podio presidencial hacía todo lo contrario de lo que
decía o escribía. Año de los Juegos Olímpicos de México. Año en que en
Miami se celebraba un Congreso Odontológico. Año en que quería pagar
una primera cuota de lo mucho que le debía a mi Compañera por todo lo
que había hecho por la familia y por mi padre durante mi ausencia.
Entonces; con la invitación de la Universidad de Alberta hacía conocer al
Comandante General de la Policía ¡mi necesidad de viajar al Canadá!
Alabanzas de la cúpula policial por la “distinción que se hacía a un
científico ecuatoriano”; alabanzas que se oyeron del señor Ministro y su
Subsecretario y el permiso consiguiente.
Papeleos, maletas, pasajes, hoteles. La compañía Betanzos nos hacía el
viaje y el tour.
Primero viajaríamos a Guayaquil para de allí coger el avión de Aero Perú
que nos llevaría directamente a México. Guayaquil no había cambiado
desde el año de 1948 en que lo conocí con mi madre en aquel memorable
viaje que hiciéramos a Salinas. Felizmente la compañía nos había escogido
el mejor hotel y ya me felicitaba porque para mí, éste era un viaje de regalo
para mi linda mujercita.
¡Llegamos a México! Era un día brumoso, una mañana gris, húmeda, fría y
el smok que lo invadía todo. Desde el avión habíamos podido apreciar la
inmensidad de la ciudad pues se tardó bastante en atravesarla.
Cuando uno viaja a cualquier lugar se llena de sorpresas y la mayor fue que
México era muy parecido al Ecuador y los mexicanos igual.
Segunda sorpresa: el hotel al que llegamos aunque no parecía de muchas
pretensiones, pero hasta los perros hablan inglés; sí, a uno le dijeron get up
¡y él se fue!
287
Tercera: era el hotel tan caro que con pagar el primer desayuno ya nos
quedamos sin hambre para toda la temporada. Naturalmente seguiríamos
durmiendo allí porque eso ya estaba pagado.
Cuarta: el primer almuerzo que hacíamos frente al hotel en un bar. Yo, por
curiosidad ordeno una sopa Cuatemoc y arroz con guacamole; no sé de qué
se trata; pronto me entero que la sopa Cuatemoc es un plato de correas de
maíz que atravesadas en mi estómago casi me matan en la noche, y el tal
guacamole era nuestro sencillo aguacate.
Cinco: los paseos por la avenida La Reforma, la plaza de las Tres Culturas,
el palacio de Chapultepec, el de la música, la catedral de la Virgen de
Guadalupe, la plaza del Zócalo, etc., nos ponen en contacto con la cultura,
costumbres y curiosidades de la gran ciudad.
Curiosidades como la ardorosa defensa de un ciudadano mexicano cuando
un taxista nos quería cobrar con exceso; que los dentistas tienen mujeres
llamadoras que colocadas en las puertas de calle pregonan las bondades de
la atención de su dentista; que en plena vereda y sobre un petate –como
llaman ellos- un comerciante anuncia la venta de dentaduras postizas y los
parroquianos con toda naturalidad van probándose las más cómodas; que
los charros no sólo tocan y cantan, también sirven de llamadores en
almacenes y negocios; que los famosos jardines flotantes de Xochimilco no
son sino unas parcelas de tierra circundadas por estrechos canales con agua
donde cruzan unas silvestres canoas con toldos, que los burros toman
cerveza –que uno paga- en la ruta a las pirámides de Teotihuacán; que estas
torres son enormes moles con miles de gradas y que están al rededor de una
especie de estadio; que los juegos pirotécnicos nocturnos en la plaza del
Zócalo es algo de ir a ver, pues, son verdaderamente espectaculares; que las
mantas, los sombreros y los platos de cuero vidriado casi nos dejan a pie,
pues lógicamente tienen precios turísticos; que las Olimpiadas de México
casi no se notan; que la compañía Betanzos es mentirosa e informal, pues,
durante cinco días habíamos por consejo del hotel insistido por nuestros
puestos para viajar a Miami y ellos nos aseguraban que ya los teníamos
reservados.
El día que una furgoneta nos llevaba al aeropuerto
conversábamos con un venezolano sobre la enorme dificultad de conseguir
reservaciones a Miami. Él, no tenía ninguna reservación y ya nos
figurábamos su vía-crucis.
Cuando llegamos a los puestos de chequeos nos informaron que nuestro
vuelo había partido media hora antes y que tendríamos que esperar un
vuelo que tenga asientos vacantes ¡es decir nunca!
Pero lo sorprendente de todo fue que veíamos que el venezolano pasaba ya
a los puestos de embarque. Ante nuestra sorpresa y natural pregunta de:
288
-¡Qué fue! ¿Cómo hizo?
Por señas muy elocuentes nos decía haber puesto un billete dentro del
pasaporte.
Ante tan decisivos resultados, un billete de 20 dólares entre los documentos
nos dio pase directo y veloz al avión que dizque no tenía asientos
disponibles.
Llegados a Miami, seguían las sorpresas: nos ardían los ojos de tanto mirar
las ruedas giratorias portadoras de las maletas antes de pasar a las aduanas;
preguntamos en las oficinas de la compañía que nos había traído y allí, la
noticia ¡bomba!
-Sus maletas se han ido a El Cairo, de un momento a otro vendrán...
Pasamos toda la tarde y noche en espera de las maletas que, recién al otro
día llegaron. ¡Menos mal! Nos habían reservado el hotel Richmond;
resultó de nuestro agrado, pues era cómodo, elegante y tenía una playa
privada a más de piscina. Mientras gozábamos de playa, mar, arena y sol,
nos llegó la hora de hacernos presentes en el Congreso de Odontología.
Conferencias, demostraciones, exhibiciones, almuerzos, paseos,
ceremonias, cocteles, baile y diplomas y por nuestra cuenta hacer turismo:
conocer Miami, sus gentes, sus negocios, sus restaurantes, peluquerías,
zoológicos, etc.; es decir una semana de locura y a full.
Al fin rumbo a New York, a visitar a las hermanas. Allí nos esperaban
ellas. Libia conocería a sus concuñados y sobrinos políticos gringos. Las
hermanas cada una quiere llevarnos a su casa; decidimos pasar unos días
con una y otro con otra. Luego viajaríamos a conocer las cataratas del
Niágara y de allí pasaríamos al Canadá final de nuestro periplo.
Pero, es bien cierto aquel anatema que dice “El hombre propone y Dios
dispone. No, estaba escrito que el resto de nuestro viaje se realizara:
estando en casa de mi hermana Bertha recibimos un telegrama de mi
hermano Mario que decía:
-Hermano, te sacaron de la Policía...
Semejante noticia me parecía imposible ya que yo había viajado con la
anuencia, el permiso y las alabanzas precisamente de las máximas
autoridades del Gobierno, el subsecretario era amigo personal y el mismo
289
ministro había estrechado su mano en una felicitación al parecer muy
sincero.
Yo mismo ostentaba uno de los currículos profesionales difícilmente
superables.
-¿Pues qué pudo pasar?
Se suspendió todo el resto de nuestro programa y regresamos de urgencia a
Quito.
Averiguar qué pasó; todo el mundo se lava las manos.
-Doctor: no es cuestión mía: la orden vino de arriba.
-Hermanito pregúntale al ministro que de allí vino a mí.
-Doctor: ha sido una decisión del señor Presidente de incluirle entre los 40
oficiales puestos a disponibilidad.
Total que el colega autor del atropello era presidente de una célula
velasquista y como ya sabíamos, el señor que no obedecía leyes ni derechos
había hecho lo que su fanático partidario le pedía.
Asqueado de tanta suciedad y podredumbre decido no hacer ningún
reclamo y dejar que pase el tiempo hasta pedir mi baja de la Institución.
Mas, no sabía que la cúpula policial avergonzada de la injusticia mandaba
al Sub-comandante General a ofrecerme un ascenso que coincidiendo con
mi tiempo de servicio, me permitía acogerme al retiro; entonces acepté y
así se cerraba un capítulo importante de mi vida profesional que me dejaba
hermosos recuerdos, una grande satisfacción del deber bien cumplido y
quizá un camino trazado para quien quiera seguir la huella.
290
Por otro lado mi dulce compañera se había ganado la confianza, el cariño y
el respeto del pueblo de Sangolquí y me pedía seguir trabajando allí, en su
Centro de Salud.
Entonces todo aquello más el tiempo que me dejaba libre ahora la Policía,
lo emplearía en escribir lo que me había propuesto.
Parecía que valía la pena los esfuerzos que había hecho; pues, la clientela
regresaba y aumentaba paulatinamente.
Un sábado que paseábamos con Libia y los guaguas en el automóvil, vimos
que se estaba construyendo uno de los primeros edificios altos de la
avenida Amazonas, en ese entonces el sector comercial de más valor y
prestigio turístico de la capital. Libia ¡siempre Libia! se le ocurre que
deberíamos averiguar si vendían oficinas. Ciertamente vendían; pero, eran
muy costosas. Pero, nuevamente aquel brillo en sus ojos que yo tanto
temía, se produjo y enseguida se puso a hacer números y sueños. Total que
salimos comprando y endeudados hasta las orejas; pero tendría mi
consultorio y en una zona de primera.
La verdad que en 1970 me estaba instalando en un local sumamente
moderno, que había hecho decorar al gusto de mi hermano Mario, entonces
ya famoso arquitecto.
Siempre he pensado y los hechos así me lo dejan ver que: en lo que a mí
respecta, mi vida ya fue trazada de antemano; pues, las cosas se suceden
tan claramente que una situación con toda lógica y naturalidad desemboca
en la otra.
Al nuevo consultorio –yo no lo esperaba- acudieron nuevos e importantes
clientes y, a medida que lograba atinados diagnósticos y tratamientos
aumentaban los pacientes y se diversificaban, hasta que muchos de ellos
eran remitidos por sus consulados; sobre todo de Francia, Italia, España,
Rusia, Portugal, Brasil que honraban con su confianza.
Por otro lado, Osvaldo, mi compañero de colegio que en ese entonces era
miembro del Consejo Directivo del Colegio “Juan Montalvo” me pedía que
participara en un concurso de merecimientos para odontólogo del colegio y
en abril de 1971 entraba en funciones y en el reto de formar un gabinete
dental. Francamente era penoso de honda tristeza la ausencia casi completa
de: equipo, instrumental, mobiliario y comodidad para poder trabajar.
291
De tal manera que ¡otro reto! que enfrentar. Me ponía a tono con la
situación que poco a poco, con los años ha ido tomando forma e
importancia merecidos.
El viaje al Canadá tan inoportunamente interrumpido me había dejado en la
misma deuda con mi “Tres cuartos de naranja”, de tal manera que
aprovechando un tour a Europa en el mes de agosto de 1972 nos
embarcábamos. Iríamos vía Icelandic por Nassau hasta Luxemburgo donde
la compañía turística Meliá nos haría el tour europeo en bus.
Viaje verdaderamente soñado, inolvidable, maravilloso sobre todo porque a
mi lado iba El Amor de mis Amores, algunos amigos y mis recuerdos.
Interesantísimo porque conoceríamos otros países, otras costumbres, otros
ambientes; alegre y divertido por las ocurrencias de los amigos y las
anécdotas del viaje.
Salimos de Quito y llegamos a Nassau casi al medio día ¡hacía un sol de
adeveras!; unos pocos morenos se asoleaban en los miradores del
aeropuerto. Nosotros, al bajar del avión sentimos un sofoco que hizo que
desesperadamente buscáramos las salas de espera. Yo, sentía como que la
turbina del avión me mandaba sus fuegos a mis posaderas y cuando
instintivamente me hacía a un lado, veo que el avión estaba lejos y lo que
me quemaba era el reflejo del pavimento.
¡Cómo era posible que aquellos morenos estuvieran tomando sol, tan
tranquilos!
Ya en el avión: mi mujer dormitaba mientras yo trataba de interesarme en
una película que seguramente tenía mi edad. Viaje largo y cansado son
sólo nubes por todo lado como paisaje hasta que el anuncio de:
-¡Abrocharse los cinturones! Nos puso en movimiento haciendo rodar la
modorra fuera de nosotros. Habíamos llegado a Luxemburgo: nuestra
primera parada en Europa. Después de la batahola de papeles, pasaportes y
pasajes nos anunciaron que todos los hoteles están llenos y que por ello
pasaríamos a Treves –una pequeña población alemana- donde
inauguraríamos un hotel. Verdaderamente impresionante el lujo y confort
de un hotel de 10 pisos que incluso tenía una hermosísima vista a la
población y al río Treves que precisamente corría a sus pies.
Nosotros no sabemos como usar el higiénico ni la ducha; pues, no tenían
llaves ni botones por ningún lado. Libia con sus urgencias ocupa el
higiénico como sea. Mas, resultó que el como sea se transformó en el
292
¿cómo será? porque ni tanque de agua tenía el inodoro. Ella por un lado y
yo por otro tanteábamos las paredes por si algún mecanismo automático
nos da la solución. En una de esas ¡suás! que suena la descarga de agua
que hace saltar a Libia; al hacerlo descubre un pequeño botón en el piso
que había pisado por casualidad.
La ducha fue otra historia similar; pero hasta dar con el mecanismo nos
bañábamos con chorros de agua helada o hirviendo según íbamos acertando
con los botones.
Al otro día regresaríamos a Luxemburgo para seguir nuestro tour; pero,
antes un desayuno. En el comedor nos acomodamos cinco en cada mesa y
como buenos ecuatorianos antes que pasaran el jugo, la leche y demás, ya
habíamos dado cuenta del pan de una canastita que había sobre la mesa.
Vino una mesera alemana, seguramente, porque era rubia como la miel,
rosadita como talón de angelito de Pampite y robusta como una pintura de
Rubens que, creo que se asustó al ver la canasta vacía; pero había que
hablar alemán y el amigo Castellanos que sabía todos los idiomas –según
él- le dijo:
-¡Mash pan! e increíblemente la mesera se dio media vuelta y a poco traía
una nueva canasta de pan... Risas de todos por el fluido alemán del amigo
Castellanos.
Había corrido el rumor de que al dejar los cuartos asignados iban a revisar
para ver si no faltaban las toallas; nosotros nos trajimos las toallas del
cuarto vecino; pero, creo que no revisaron.
De Luxemburgo iríamos directamente a París. Ya caía la noche entramos
por el norte, por aquella impresionante avenida llena de luces y de bulla.
Allí, dejo a Libia que siga el tour con los amigos y yo me dedico a hacer
algunas gestiones: principalmente visitar a mi profesor Dechaume –que
desgraciadamente no le encontré-, pero le dejé un lindo regalo
precolombino; visitar el Instituto donde había estudiado: todo había
cambiado, ahora era Cerneá el profesor y casi ninguno de los conocidos
habían quedado.
Me di tiempo de hacer un pequeño recorrido por el centro de París con
Libia: Tour Eiffel, Arco del Triunfo, Opera Tuileries, La Concordia.
Allí encontramos a nuestro políglota que había sufrido un escarnio:
293
sintiéndose perdido en la plaza Vendome pregunta a una “parisina” que
estaba parada en una esquina.
-¿Ou est la rue de Rivoli?
La aludida le regresa a ver, le mide con la vista y le contesta...
-¡Yo también estoy perdida! –en perfecto castellano.
Unas viejitas del grupo como enloquecidas comprando todo lo que ven. El
director del grupo les aconseja...
-¡Vean señoras! tienen que medir su dinero porque aquí –midiéndoles de
arriba abajo- no levantan ni un dólar... todos reímos con ganas.
Fuimos como quería, al puente Alejandro III que entre los arabescos de sus
pilares de bronce había grabado mi nombre y quería que el de Libia
grabáramos junto al mío. Me habría gustado tener más tiempo para
enseñarle les quiav del Sena donde los jipies pasean y se divierten; donde el
Dr. Augusto había regado unas tantas monedas de francos para tomar fotos
a los jipies o, enseñarle el barrio de las vitrinas donde las “bonitas” se
exhiben casi como Taita Diosito les mandó al mundo, o el lindo Barrio
Latino donde todo es posible. Bueno creo que Dios nos dará otra
oportunidad ya que aun semanas y meses no son suficientes para conocer la
Capital Cultural del Mundo.
De allí partiríamos a España recorriendo una serie de poblados y ciudades
que, por la naturaleza y programa del tour no podíamos visitar y conocer
sino de pasada Nantes, Burdeaux hasta que ya entrada la noche nos
quedaríamos a dormir en Irun, un pueblito de los Pirineos donde comimos
el mejor pescado que he comido; ¿o, sería el hambre?
De allí, ya entrado el día llegaríamos a Bilbao, luego La Coruña y San
Sebastián que estaba al reventar por su famoso festival. En el camino a
Madrid conoceríamos la famosa catedral de la Sagrada Familia de fachada
muy original, la catedral de Burgos donde El Cid haría su famoso
juramento, Valladolid e infinidad de pintorescos pueblos españoles. Al fin
llegamos a Madrid; parecía que habíamos llegado a casa y quisimos a pie
recorrer la gran ciudad: la Gran Vía, la Puerta del Sol, El Prado, La
Zarzuela, la Plaza de las Ventas, donde queríamos ver una corrida pero no
hubo tiempo. Cuando llegamos al hotel, estábamos tan cansados que
rechazamos un tour por los famosos tablados y preferimos quedarnos a
dormir. Algunos amigos fueron en el tour; al otro día les preguntábamos:
294
-¿Qué tal la experiencia? Y decepcionados contestaban.
-Mucho taconeo, muchas palmas, muchos olés y muchas pesetas por un
vaso de manzanilla. Y por dormilones nos perdimos de conocer Toledo;
cuna del famoso acero toledano, ciudad moruna y hermosamente antigua.
Siguiendo nuestro recorrido viajaríamos por unos lugares áridos, secos,
llenos de viñedos: ricos viñedos que parece que nadie cuida y ya entrada la
noche llegaríamos a Barcelona apenas parando unos minutos en Zaragoza.
Desgraciadamente el tiempo programado por el tour nos privaba de
conocer Barcelona como habríamos querido; era noche y sólo alcanzamos a
pasear por un famoso puerto. Al otro día volveríamos a entrar en Francia y
su famosísima Costa Azul, que bordeando un paradisíaco mar se extiende
por todo el sur de Francia. Llegamos a Niza justo cuando se celebrara el
famoso carnaval. Verdadero espectáculo de carros alegóricos ricamente
decorados, lindas chiquillas, bandas y música por todo lado y mientras las
serpentinas van y vienen, nosotros sentados a la orilla de la playa frente al
lujosísimo Hotel Megresco asistíamos a una experiencia maravillosa:
desde el mar empezó a formarse una neblina color de rosa que poco a poco
fue cambiando a lila y que el rato menos pensado nos había envuelto a
nosotros que, cosa curiosa, sentíamos flotar dentro del paisaje; experiencia
bella, única, inolvidable, jamás sentida en ninguna otra parte del mundo.
Más tarde en ese mismo escenario asistiríamos a los juegos pirotécnicos
más espectaculares y bellos no igualados ni por los de la ciudad de México
o París.
Luego, siguiendo nuestro itinerario rumbo a Italia, pasaríamos por Mónaco:
la ciudad casino, su príncipe Rainiero y la princesa Grace; luego Génova,
San Marino y Roma. Pero fue en Génova donde habíamos de tener una
experiencia muy hermosa: mientras buscábamos un bello pantalón que
habíamos visto al pasar en el carro para Libia, oímos a lo lejos una canción
italiana muy romántica cantada por una voz de una dulzura prodigiosa que
seguimos hasta ubicarla y de golpe desembocamos en una placita llena de
mesas y comensales y donde servilleta al brazo un mesero cantaba la
canción con voz de tenor mientras servía los pedidos y que nos causó un
verdadero impacto.
¿Qué decir de Florencia? Mas bien no decir nada; porque cualquier cosa
que se diga no tendrá ni remotamente las dimensiones de semejante
maravilla. Quedamos anonadados ante tanta magnificencia, tanta belleza
reunidas, tanta profusión que verdaderamente abruma: sus pinturas, sus
frescos, sus esculturas, su arquitectura misma son únicas y creo que
irrepetibles.
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Iguales o irrepetibles sensaciones tuvimos al pasear por la ciudad Eterna
¡La Roma! El relicario de arte de los más famosos artistas que han andado
por este mundo. Un verdadero libro de historia que hay que ir leyendo en
cada calle, cada avenida y cada plaza ¡La Catedral de San Pedro! Sólo al
mirarla ya infunde respeto lo monumental de sus dimensiones. Aquí
parece que el arquitecto hubiese querido alcanzar el cielo. Una cúpula
inmensa, colosal que hace pensar cómo fue posible construir semejante
maravilla que es una suma del arte, la ciencia y el esfuerzo conjugados
donde Miguel Ángel nos hace palpar su genialidad. Son tan grandes sus
dimensiones que uno parado en un costado de la nave central, en la base de
un pilar también colosal ve unas esculturas de un ángel recostado que nos
parece de un tamaño natural, pero que al acercarse se comprueba que mide
casi 3 metros.
Si en los museos del Louvre o el de Versailles se maravilla viendo el arte,
la paciencia de los obreros y artistas el hacer y decorar los artesonados;
aquí queda uno abrumado al ver ¿cómo fue posible que burlando curvaturas
y ángulos imposibles haga que figuras, paisajes y personas se vean tan
naturales, tan perfectos y armónicos? Igual; la Capilla Sixtina es un cofre
de maravillas sin dueño. El dueño es la humanidad.
He visto en la estatua del Moisés tanta perfección que, al mirar sus rodillas
he creído ver en el veteado del mármol las venas transparentes bajo la piel.
Una Pietá que, uno se figura que de un momento a otro oirá el llanto de la
Virgen.
Andábamos a pie de un lado a otro para conocer la Vía Apia, la vía Veneto,
el castillo de San Angelo, el mausoleo de Emanuele, el Quirinal, estatuas e
iglesias a morir. El famoso Coliseo Romano, las catacumbas y más.
Cansados, casi muertos cogimos un taxi. Otra sorpresa: el taxista habla 5
idiomas y nos deja en un excelente restaurante.
Allí, Libia como buena descendiente de italianos quiere probar un
espagueti. Pedimos espagueti y el mesero me decía:
-¿Caldo?
Nosotros convencidos que nos entendía: sopa de fideo, insistíamos.
296
-¡No! espagueti.
-¿Caldo?
-¡No! espagueti –y así habríamos estado hasta ahora si no hubiera
intervenido un señor que decía:
-Caldo quiere decir caliente. Grandes risas...
Generalmente nuestro almuerzo lo hacíamos andando: con una buena
porción de uvas que, a lo mejor eran españolas porque aquí en Europa les
encanta vender al turista los productos importados, como nos sucedió en
España; la tierra de las naranjas, que cuando pedí jugo de naranja me
pasaron una lata de jugo de naranja envasado en Filipinas.
Pese a que dejamos unas cuantas monedas en la fuente de los deseos: la
Fontana di Trevi, hasta ahora no se cumple nuestro pedido de que
volvamos a Roma.
Camino de Venecia conocimos las canteras del mármol de Carrara, de
donde se dice que proceden la mayor parte de las esculturas más famosas.
Según nos explican allí es posible conseguir bloques íntegros de 5 y más
metros de altura y varias toneladas de peso. Es muy interesante ver como
la explotación es tan metódica y seguramente científica que no hay
desperdicio ni inutilidad; que también hay mármoles de distintos colores y
variadamente valiosos.
Pasaríamos por el lago Sigarda donde se dice que el famoso poeta Gabriel
d’Anunzio se pegó un tiro, como había ofrecido, cuando se volviera viejo y
allí un amigo que le viera al cabo de algunos años le decía:
-¡Gabriel: qué viejo estás! Subió a su cuarto y se pegó un tiro.
Pasaríamos por San Marino y por fin la dulce Venecia. Un olorcito muy
sui géneris mezcla de húmedo y viejo nos hacía pensar, equivocados, lo
que nos esperaba.
Y, vaya equivocación; pues, desde que pisamos la plaza famosa de San
Marcos, donde hay más turistas que palomas; donde hacía turismo Charles
Chaplin que, con su abrigo gris se le veía más delgado y más alto y
¡sorpresa! muy respetable, Sofía Loren ¡sorpresa! al natural no es tan Sofía
Loren como uno cree.
297
Los portales y los arcos que rodean la plaza hablan de negocios centenarios
y ricos. El ambiente mismo inmediatamente nos traslada a las épocas de
Casanova, de los bandidos y las góndolas; de las dogaresas y los raptos
románticos; de las luchas de los comerciantes y navegantes. Su ambiente
medio oriental nos traslada a la época de los Dux y la grandeza de la
República de Venecia. Aquellos esplendores todavía persisten en sus
museos y en la famosa catedral donde desde el frontispicio le saludan
hermosas figuras en bronce y porcelana.
En fin; Venecia es única ¡Venecia se hunde! nos dicen y, debe ser verdad
porque en los zócalos de la iglesia está patente la huella de las
inundaciones.
¡Qué pena sería! Tan maravilloso testimonio de antiguos esplendores se
perdiera; sólo pensar que el maravilloso reloj que existe a un costado de la
plaza; donde figuras de tamaño natural en bronce dan las horas del día; el
palacio del Dux de cientos de años de antigüedad; el puente de los suspiros:
no tan grande como su fama; las famosas mazmorras donde los condenados
en cada marea recibían el agua hasta la cintura que, cuando se retiraba
dejaba cientos de ratas, alacranes y miasmas.
Los canales no tan hondos pero sí negros y mal olientes, algunos pequeños
y estrechos cuyas aguas besan las escalinatas de los palacios de los
venecianos, todos románticos y evocadores de las correrías de Casanova y
sus dogaresas; donde circulan decenas de las características góndolas
venecianas llenas de turistas especialmente en el Gran Canal.
Pero en Venecia no todos son canales, también hay calles que llevan a
negocios, fábricas y restaurantes.
Primera vez que veía una fábrica de sopladores de vidrio. Es una industria
milenaria –nos decían- y debe ser cierto porque la pericia y la técnica
depurada de manejar el vidrio nos deslumbraron. Con el vidrio maleable
gracias al calor, hacen figuras de gentes, animales, cosas, vajillas
preciosamente uniformes y hasta decoradas con oro y plata incrustados en
su interior. Es digno de ver tanta maestría, tanta habilidad.
Los restaurantes: los hay de toda categoría: Llegamos a uno donde
nuestras compañeras no despegaban los ojos de unos meseros de película, o
de calendario, elegantes y muy, muy alhajas.
El idioma, siempre juega con los incautos; uno de ellos yo, que no acababa
de aprender lo sucedido en México con la sopa Cuatemoc. Pues, aquí igual
298
nos habían pasado una carta para escoger el plato de nuestra preferencia;
entre tanto nombre raro, el único que entendí era: fish, que en cualquier
parte del mundo es pescado, y pedí e insistí ante la incertidumbre que
demostraba el mozo y, bueno, lógicamente me trajeron el tal fish que no era
otra cosa que una pequeña rueda negra con brazos, tan dura como una
llanta pero que ellos aseguraban que era pulpo.
Como siempre, deslumbrados, compramos una serie de recuerdos que,
luego en casa, van a parar a los desvanes.
Dejábamos la mágica Venecia, sus góndolas de románticos apurados, sus
restaurantes tragamonedas, sus artesanos de vidrio de increíbles
habilidades, el puente de los suspiros donde ya nadie suspira y sus regatas a
lo moderno y enfilamos hacia los Alpes. Carreteras del primer mundo nos
permiten devorar los kilómetros apenas permitiéndonos admirar el paisaje:
las orillas del Po, Milán por una carretera que llaman la Ruta del Sol donde
una ingeniería increíble
permite a esta supercarretera, curvar
extraordinariamente en el aire, nos conduce hacia aquel macizo histórico de
los Alpes donde Aníbal con sus 200 elefantes los atravesaría en una hazaña
sólo posible en aquellas épocas; rutas que siguieron Napoleón y
últimamente los ejércitos aliados en la Segunda Guerra Mundial.
Solamente en el sitio puede uno medir las hazañas realizadas: hondos
abismos, picos increíbles en una geografía loca ponen a pensar el porqué
eran tan diferentes los europeos del norte y los del medio día.
El mismo túnel de San Getardo que en realidad son muchos túneles en una
gran extensión que atraviesan los Alpes como un letrero que diría “Nada
hay imposible para el hombre”. Atravesando en ferrocarriles una
eternidad; en bus parece más pequeño pero igual de peligroso; aquellos
abismos parecen fauces abiertas en espera del primer accidente. De repente
estamos al otro lado: todo verde; sigue la geografía loca pero en pequeño;
ahora sí tenemos paisajes bucólicos con vacas que llevan campanitas,
casitas increíblemente pequeñitas como postales de navidad en un derroche
de colores, flores y paz. Lucerna, Berna, Zurich, Basilea pasan por
nuestras pupilas que ansiosas quieren guardar esas postales en el cerebro
que, pronto se confunden y sólo queda decir “¡Qué bello, qué hermoso, da
gusto y alegría conocer!”
Como su geografía, aquí también la gente parece loca: hablan francés,
alemán, italiano, suizo y lo que usted quiera. Los jipies deambulan por
todas partes y nadie parece notarlo. Incluso gentes de gustos y costumbres
extrañas pasean la libertad de vivir por todo lado; como aquel señor de
pantalones vaqueros que venía hacia nosotros y yo le decía a Libia:
-¿Quieres conocer un marica?
299
-¡Dónde!, dónde. Ella nunca había visto uno.
-Ese que viene hacia acá con pantalón estrecho, botas, sombrero de ala
ancha, chaquetita pupera, brazaletes en ambos brazos, cinturita de avispa
adornado de cinturón tachonado de dijes de plata; pero no le quedarás
viendo porque a veces son muy violentos y descomedidos con las mujeres.
Y, Libia: clavarle los ojos desde lejos, conforme se acercaba y hasta
cuando pasó: ¡me moría de risa!
El principado de Linchestein uno de los más pequeños de Europa pero
donde gobierna el príncipe más rico de los príncipes; dicen que vive de los
sellos postales; aunque yo creo que como en Vaduz donde almorzamos, en
un restaurantito al paso y sin mayores pretensiones, el sánduche más
gigante que he comido, muy sabroso y muy caro; viven del turismo y el
desplume.
Paso obligado para llegar a Austria, a la hermosa Insbruk, principalmente
por ser un lugar privilegiado y muy concurrido para los deportes de
invierno. Nos decían que llegamos al festival de La Campana; pero lo que
sí vimos es una gran cantidad de jóvenes ataviados con sus gruesas gorras
de lana de mil colores, sus guantes y sus pintorescos atuendos para el
patinaje. Montañas blancas pobladas de infinidad de patinadores y un frío
poblado de castañuelas. Tiendas abarrotadas de artículos de temporada;
entre ellos, compramos un lindo gorro tirolés con pluma y todo.
Cosa curiosa su moneda el shilín tenía el mismo valor que nuestro sucre;
de tal manera que siquiera allí descansamos de calentarnos la cabeza
haciendo las conversiones de las distintas monedas a la nuestra. Otra
curiosidad: habían algunas cosas más baratas que en otros países; el
perfume francés costaba menos que en el mismo París.
De allí a Salsburgo, Stutgar pasando por Munich, donde se efectuaban las
olimpiadas de 1972. Llegamos entrada la noche y nos destinaron a hoteles
de las afueras de la ciudad a orillas del Danubio. En un barco, a sus orillas
se celebraba una fiesta y en un instante se transmitía por la T.V. el ataque a
la villa olímpica por un comando palestino que dejaba 17 atletas israelíes
muertos; hecho que conmocionó al mundo entero.
Pasando el macizo Renano llegamos a Frankfurt, ciudad creo yo típica de
Alemania: elegante, comercial, cosmopolita; donde a las calles les llaman
straser (arrastrando la r) y las plazas plató. Es fama que la óptica alemana
es la mejor del mundo y, queríamos comprar unos binoculares. Con ese
pretexto recorríamos las straser y admirábamos de paso sus lujosas vitrinas;
300
en una de ellas vimos nuestros binoculares cuyo precio nos pareció
razonable. Cuando fuimos a pagar, el estuche, la correa y creo que hasta el
papelito del precio había que pagar aparte. ¡Dios santo! se nos había
olvidado que no se acabaron los judíos en Alemania.
Ya fuera de Frankfurt, en Colonia, recién nos fijamos en un papelito dorado
del tamaño de una lenteja que decía: Made in Japan.
Las Ardenas: nombre tantas veces pronunciado y escrito donde se
encontraron los ejércitos de Hitler y los Aliados. Donde tantas historias de
heroísmos de militares y civiles fueron necesarios para preparar los últimos
meses de lucha: Dunquerque y muchos otros lugares vieron y sufrieron los
horrores de una guerra loca, caprichosa e innecesaria. Hoy quedan como
mudos testigos los bosques silenciosos, las arenas mudas y uno que otro
vestigio de semejante hecatombe. Parece que nada hubiere sucedido; las
clásicas bicicletas manejadas por todo el mundo, hasta por unas “agüelitas”
bien conservadas que llevan en el canasto de su bici las compras del
mercado o algún nieto.
Bruselas mismo, antes lugar de encuentros de espías, comerciantes y
militares; hoy parece igual que antes: sus casas, edificios y mansiones con
aquella peculiar arquitectura de los tiempos monárquicos; el niño de
Bruselas haciendo pis para fotografías de cientos de turistas; sus jardines,
calles y parques donde las flores parecen no agotarse nunca que, hasta un
reloj de flores señala la hora en uno de sus parques. A pesar del
modernismo de hoy como el palacio del Parlamento Europeo, sin embargo,
la antigua Bruselas sigue teniendo el caché de sus atildados ciudadanos, sus
hospitalarios restaurantes y preciosas vitrinas.
Pasaríamos luego a Calais puerto de embarque hacia Londres. La primera
sorpresa: embarcaremos en el aircraft; una especie de barco, o más bien
barca; porque tiene una especie de falda que le llega hasta el suelo, que está
en tierra, que tiene hélices de avión vueltas hacia arriba que es enorme
tanto que nos embarcamos con bus y todo, que cuando se prenden los
motores se levanta del suelo y como si fuera un mitológico animal se dirige
hacia el mar y allí navega sin tocar las aguas como un milagro bíblico y en
más o menos dos horas cruzamos el canal de La Mancha y ya estamos en la
orgullosa Albián.
301
Orgullosa sí, aunque seguramente es por tradición, porque la realidad
decepciona enormemente. Será también que el conocimiento que teníamos
de su famoso Puente de Londres, de la terrorífica Torre de Londres y de
tantas y tan renombradas cosas, al conocerlas in situ francamente
decepciona. Sería que el Támesis de las leyendas de filibusteros: Drake y
Cía estaba en su más bajo nivel que no mostraba nada de lo que yo había
imaginado igual que la Torre y el puente. Sin embargo el Palacio de
Buckingham y sus famosos guardias estatuarios, la fanfarria del hermoso y
novedoso cambio de guardia. Trafalgar Square muestra su columna de
granito verdaderamente espectacular. La catedral de Westminster donde se
casan y entierran los reyes, guarda aún su novedad con los mausoleos de
sus más polémicos o recordados reyes, sus vitrales; pero me parece que es
muy pequeño para los tiempos actuales. Por lo demás sus calles y avenidas
no guardan nada de espectacular ni novedoso a más de sus buses de dos
pisos y sus gentes agrias, displicentes, mal educadas y hasta sucias. La
misma famosa niebla nunca apareció; lo que sí apareció para nosotros uno
que otro susto al ver que todos los vehículos andan al revés; es decir por la
izquierda.
Nos habíamos alojado en un hotel infeliz, donde encontramos hasta
chinches; siempre habíamos llegado a hoteles cinco estrellas, pero creo que
a éste se le habían caído las estrellas. Por pasar el rato, salimos a dar una
caminata por Ayde Park, donde dicen que los oradores parados en
cualquier cosa, dicen lo que quieren y nadie les impide ni censura.
Pensamos rodear al parque para volver al mismo sitio; pero, el parque
verdaderamente era extenso, verdaderamente había oradores, pero
estábamos hartos de tanto desencanto y ya entrada la noche y
verdaderamente agotados llegamos a tratar de dormir, si los chinches nos
permitían.
De regreso a Luxemburgo nosotros nos separábamos del tour; pues,
seguiríamos viaje a New York a visitar a las hermanas. Seguiríamos hacia
el norte, a Dublín. En el aeropuerto había todo un incidente: una señora
ecuatoriana que no hablaba más que español y no entendía el porqué le
cobraban 13 dólares más sobre su pasaje que según los del aeropuerto se
debía a que se viajaba en domingo y a final de mes. No quería entender
semejante abuso y el avión no salía por tal incidente hasta que se salió con
la suya y pudimos viajar.
¡Irlanda! La siempre bella y verde Irlanda; donde parece que hasta las
piedras son verdes de un verde rico y saludable que parece dotar a sus
habitantes de alegría de vivir, en contraste con Islandia que aun desde el
302
avión al ver aquellas rocas negras y desnudas que tienen engastadas en sus
Valles, lagunas pequeñas perfectamente congeladas semejando un dálmata
al revés. En Reykiavik; en el aeropuerto nos esperaban unas gringas
salidas de los cuadros de Rubens, de ojos de porcelana, pieles de durazno y
todas enfundadas en chaquetas forradas de piel de borrego. Peor aún en
Groenlandia donde una bruma que más parece vidrio esmerilado que nos
hace sentir que no somos para esos lares.
Llegados a New York, allí nos esperaban las hermanas con sus familiares.
Nosotros queríamos explicar a Glorita que mucho antes de que ella nos
anunciaría su viaje con su familia a Quito, nosotros teníamos arreglado ya
nuestro tour a Europa.
Temíamos que si les decíamos eso, talvez frustraríamos sus deseos de
viajar a Quito, y más bien esperamos recibirles en nuestra casa hasta que
nos tocara el día del viaje.
Los hermanos les habían prometido unas vacaciones de mar, montaña y
selva; pero, todo fue imposible dado el avanzado estado de embarazo de
Glorita y de Ximena.
Pensábamos nosotros que donde Julio pasarían otros tantos días como con
nosotros, mas, supimos que a los pocos días se habían regresado a New
York.
Esto queríamos explicar a Glorita para que transmitiera a su familia y así
borrar cualquier mal entendido.
El placer de ver y visitar a las hermanas y sus familias iba parejo con el
sentimiento de que estábamos molestando más de la cuenta y decidimos
acortar un tanto la visita.
El día que regresábamos a Quito se me presentó un catarro endiablado y al
pasar el Lincoln tunel se me ocurre lanzar el papelucho gripal por fuera de
la ventana del carro, cuando...
¡Ay! Un ay tan repentino y crispante que lanzaba mi hermana Berthita por
el papelucho que francamente yo, ecuatoriano, de otras costumbres no
comprendía.
-Al otro lado del túnel tendremos que pagar $ 50 que cuesta la multa por
arrojar papeles en el piso. Felizmente nadie nos esperaba al final del túnel
y enfilamos a Kennedy.
Casi al llegar al aeropuerto oímos el ulular de varias sirenas policiales...
303
-Han de estar persiguiendo a algún pillo o talvez a un traficante de drogas
-nos decían-.
Mas, da la casualidad de que ya al entrar al avión nos pararon en seco y nos
prohibieron la entrada. Nosotros con una impedimenta brutal de souvenirs
y hasta patines que traíamos, empezamos a sudar: primero porque no
sabíamos porqué nos detenían, segundo porque ello significaba que
tendríamos que retrasar el viaje y enfrentarnos a nuevos problemas y
tercero, porque no entendíamos lo que nos querían decir. Al fin resultó que
los silvestres patines asustaron a los gringos y el ulular de las sirenas y
nuestra detención casi nos da un paro cardíaco.
Por fin entramos al avión y nos tocó los últimos asientos de la cola. Allí el
ruido de motores era infernal y tratando de salvar mis oídos, me los tapaba
con las manos. Viendo semejante actitud la azafata me dice:
-¿Nois? Pensando que me tuteaba le respondo:
-¡No oigo nada!
-Si le molesta el ruido le está preguntando –dice Libia-.
nerviosa la pobre que hasta inglés hablaba...
Estaba tan
Pero hasta el último este viaje tendría drama: en Colombia, cuando
sobrevolábamos Cali, se desató una tormenta de rayos francamente
espeluznante que cruzaban el avión por todos los lados.
-Hasta aquí no más creo que ha sido –Me decía yo-. Menos mal que ha
sido al último del viaje... también el hecho de que mi Tres cuartos de
naranja tenía la costumbre de dormir mientras viajábamos.
¡Al fin en casa! Los hijos, la familia, la casa, todo en orden gracias a Dios
y a mamá Pastora que se quedó cuidando todo.
Al fin también habíase cumplido el grande deseo de que Libia también
conozca Europa; desde el fallido intento cuando yo estudiaba en París, no
había descansado en ese anhelo. Habíamos hecho un viaje memorable,
irrepetible; tan bien planeado que las fechas de arribo a tal o cual lugar
coincidían con alguna festividad; el Festival de San Sebastián, el Carnaval
de Niza, las Regatas de Venecia y su festival de cine, las Olimpiadas de
Munich, la fiesta de la Campana en Insbruck, la inauguración del famoso
hotel en Treves, la inauguración del aircraft en Calais, el cambio de guardia
en Buckingham, etc., etc. Cuarenta y cinco días al cofre de los gratos
recuerdos y más que nada había pagado a mi linda mujercita lo ofrecido;
304
porque quién más que ella como esposa, como madre, como profesional
tenía derecho más que yo a ese viaje.
El tiempo, la rutina volverán a llenar las horas vacías del cuerpo; aunque la
mente seguía buscando nuevos caminos.
Tenía la suerte de poder educar a los hijos en los mejores colegios que la
situación lo permitía. Ya jovencitos, habían cambiado imperceptiblemente
nuestras costumbres y nuestros anhelos. Se perfilaban como grandes
estudiantes; y eso me permitía soñar. Tania pronto se graduaría de
bachiller y anhelaba que siguiera medicina. El tiempo y su fuerte carácter
la llevarían por otros rumbos.
Mientras tanto, me dedicaba con furor a escribir sobre distintos temas;
pues, estaba convencido de la necesidad de abrir una ventanita a la
profesión para que los colegas vieran un poquito de lo mucho que nos
faltaba aprender en el país.
Mas, si resultaba difícil llegar directamente a los colegas; era enormemente
difícil el publicar un libro, por el aspecto económico principalmente, se
necesitaba un auspicio.
¡Al fin! La Casa de la Cultura después de una serie de análisis y recovecos,
decidió publicar Síndromes, Signos y Enfermedades en Estomatología. Era
el puente que yo tendía entre la Odontología y la Medicina General. Libro
que la Casa de la Cultura se encargaría de hacer llegar a bibliotecas e
instituciones nacionales y algunas extranjeras.
Fue una magnífica idea la publicación del libro y luego el lanzamiento en el
teatro de la misma institución. Sólo que, en la dirección que iba mi
propósito no tuvo la acogida que esperaba. Ingenuamente pensé que les
interesaría al cuerpo odontológico. No fue así; y más bien su frustración
los llevó a ignorar completamente. En cambio en el cuerpo médico tuvo
una aceptación increíble, tanto que rápidamente se agotó la edición. En el
exterior tendría una acogida aún mayor que se tradujo en invitaciones a dar
charlas y conferencias que, por siempre el problema económico me
limitaría a aceptar las de París y Leningrado.
El segundo libro; específicamente más cerca de los colegas –creía yo- El
Dolor en Estomatología que me publicaría la imprenta del Ministerio de
Educación fue un fracaso tanto editorial como económico capaz de que
cuando la misma Casa de la Cultura le calificara positivamente para iniciar
una serie sobre cultura ecuatoriana, no fue posible afrontarlo
económicamente y nunca lo pude publicar. El colegio Juan Montalvo
patrocinaría las publicaciones posteriores sobre: Síndrome de Barre Leion;
305
Reflejos a distancia de origen trigeminal, Trastornos de la erupción dental
en el infante, Encéfalo y cardionefropatías en el niño y madre gestante en
Estomatología, El maestro: el primer odontólogo del niño; Manual de
medicina para docentes.
Me hallaba completamente decepcionado por el pobre resultado que mis
esfuerzos despertaban en los colegas; de tal manera que más de una docena
de títulos quedarían escritos esperando mejores oportunidades.
Me refugiaría en SOLCA –Sociedad de Lucha contra el Cáncer- donde mi
gran amigo y colega Doctor Herrera de espíritu abierto, enamorado de su
profesión y estupendamente generoso, Jefe del Departamento de Cabeza y
Cuello del que yo era especialista consultante, hallaría en mí un
colaborador dispuesto como él a servir a los pobres con plata y persona.
Allí hallaríamos un filón grande y propicio para nuestras inquietudes
científicas. Realizaríamos audaces intervenciones, verdaderas primicias
quirúrgicas para el medio, muchas veces completadas con prótesis también
audaces. Trabajos que llevaríamos a exponer en congresos científicos
nacionales y extranjeros.
Algunas revistas se interesaron en nuestros trabajos; pero nuestro sentido
de ética profesional no permitió hacerlo hasta tener una casuística y
resultados ciento por ciento probados.
Los vaivenes de la vida nos llevarían luego a cada uno por distinto lado;
quedando para mí el recuerdo más hermoso, valioso y fructífero de mi vida
profesional.
El segundo Congreso Mundial de Estomatología y Cirugía Máxilo Facial a
reunirse en París, me honraría tremendamente nombrándome copresidente
y la Universidad de Leningrado me invitaría a unas charlas sobre mi tesis
de Estomatología.
Que claras se me hacían aquellas bíblicas palabras de: “Nadie es profeta en
su tierra”.
Esta nominación que yo consideraba el ápice de mi profesión, hacía que me
sintiera obligado a viajar nuevamente a París y al mismo tiempo analizara
la diferencia profesional que había entre los de los países desarrollados y el
nuestro.
Nuevamente viajaría al mundo que yo había aprendido a amar y donde me
hallaba más cómodo y respaldado.
306
De tal manera que en Septiembre de 1995 viajaba a París al Congreso.
Una acogida calurosa de los amigos que fueron 10 años atrás; nuevas caras
en el Instituto; compañeros que ahora ocupaban cargos importantes; en fin,
aquella sensación íntima de volver a casa.
Yo sabía que un congreso de esa naturaleza concita la atención mundial y
que al mismo acuden profesionales de los cuatro puntos cardinales; era el
melange más curioso de razas, lenguas, costumbres y culturas.
Dada la seriedad e importancia que se da a cada intervención, era necesario
estudiar cada uno de los casos que se presentarían en la sala que me habían
designado y, a ello me entregué con todo el interés que la situación
requería.
También llevaba dos casos que presentar: “Neurofibroma de encía” que
era el único caso que se había presentado en SOLCA en muchos años y un
caso de sarcoma, mandibulectomía y reemplazo con injerto intratisular de
acrílico que, resultó interesante sobre todo por el comentario que me
hiciera mi gran amigo Gineste:
-No entiendo como pudiste desperdiciar un caso tan interesante con unas
fotos tan “peregrinas”-.
Lo que no sabía Gineste era que el doctor Laso mientras daba anestesia se
las ingeniaba para tomar fotos de nuestros casos.
Terminado el Congreso asistiríamos a la sesión de clausura con todas las
formalidades a las que son muy apegados los franceses: invitaciones
personales, trajes formales, horas exactas.
Cuando yo llegaba a la “hora exacta” –ya casi todo el mundo estaba
adentro- y entregaba mi credencial al ujier que con vestido de gran gala al
estilo de la monarquía, e incluso con alabarda y todo, recibía en la puerta a
los invitados y yo entraba en el gran salón. Me pego el gran sobresalto
cuando el ujier dando tres sonoros golpes en el suelo con su alabarda
anunciaba con voz estertórea mi nombre, títulos y demás. Todo el mundo
regresó a ver qué enorme personaje entraba; mientras yo asustado y rojo de
vergüenza por la sorpresa y lo inusual del acto, buscaba un rostro conocido
donde refugiarme.
No sé si fue el esfuerzo realizado para estar a la altura de las circunstancias
que hizo que me sintiera mal de la vista y, como preparaba viaje a
Leningrado quería asegurarme de que no había problema alguno; entonces
conté a Spirglas, amigo y colega que ahora era profesor en el Instituto. Él,
307
muy gentilmente me llevó al hospital Dicu donde el examinarme
dictaminaron: un proceso de desprendimiento de retina. Enseguida
procedió a una Laserización.
Fue una experiencia singular y traumatizante más por lo inesperado que por
dolor alguno. Nunca había tenido la experiencia de percibir un fogonazo
intensísimo dentro del cerebro y, eso era lo que sentía en cada descarga del
aparato de láser; tampoco estaba preparado para pagar un precio tan alto
por la operación; pero ellos aceptaron que yo pagaría desde mi país por
cuotas mensuales con la garantía de Spirglas. Mas, en el Instituto al
enterarse de la situación acordaron cancelar ellos.
Ya en la calle, a mi pedido; quedé junto a un poste de la vereda del hospital
ciego por algunas horas. Horas que no fueron agradables por la duda del
post operatorio. Gracias a Dios una operación ciento por ciento positiva,
me permitió desde ese día volver a ver normalmente.
Como es lógico, esta circunstancia hizo que se alterara radicalmente mi
programa y el viaje a Leningrado nunca se realizó.
Regresaba a casa un poco traumatizado y en algo frustrado pero, contento
de haber realizado un sueño nunca soñado.
El regreso a casa lo haría por New York, quería visitar a mis hermanas:
talvez sería la última vez que las viera.
Ellas, muy cariñosas, no atinan como festejar a su hermano y se sienten
tremendamente orgullosas del papel que me ha tocado desempeñar; me
colman de regalos para la familia. Al fin; despedidas... nunca me han
gustado las despedidas porque he creído que despedirse es morir un poquito
por ambos lados.
No sé como la Casa de la Cultura y el canal 4 se enteran de mi retorno y me
hacen sendas entrevistas en mi consultorio, donde apenas tengo tiempo de
hablarles del Congreso.
Me da mucha pena... he tenido que luchar solo, como un lobo solitario para
lograr que se conociera la estomatología como había sido mi sueño y que
sea mi Patria donde se dieran tantas circunstancias.
El vínculo establecido en París, felizmente siguió presente: Gineste, mi
buen amigo y colega haría una parada en Quito en su gira científica hacia
Chile para visitarme.
308
Igualmente Spirglas y su esposa estarían en mi casa y así pude
cumplimentar mis agradecimientos y pagar las atenciones que recibiera en
su casa en París.
Como en alguna parte escribía; estaba seguro que el destino había guiado
mis pasos y yo me había limitado a dar esos pasos que me habían
conducido por aquí, por allá bordando ese propio tapiz que llamamos
existencia.
Había hecho a mi juicio lo que creí necesario para cumplir mi sueño de un
“Centro estomatológico” en Quito, en mi país; pero, la suerte vestida de
gris, de indiferente, de egoísmo y envidia salió al paso y me puso barreras
que no fui lo suficientemente fuerte para sobrepasarlas y entre mi deber
familiar y mis sueños preferí soñar despierto.
En ningún momento me he arrepentido de no haber aceptado trabajar en la
universidad de Upsala en Suecia que se me había ofrecido; pero, siempre
me he preguntado ¿cómo habría sido la vida de mi familia y la mía de vivir
en Suecia? No fue de ser; no estaba escrito...
Hoy, a la distancia que dan los años; “en ésta la penumbra de mi atardecer”
como diría en una poesía que escribiera en París, pienso que, si el cuerpo
tiende a descansar; mis venas, mi espíritu, mi mente los siento verdecer al
leer el pentagrama de mi vida.
Y, no es para menos; he criado tres hijos que son los estandartes, las
grímpolas de mi verdad, como yo, no sueñan en grandezas materiales; sino,
en valores intelectuales, en verdades morales y espirituales; y también cada
uno a su manera luchan por un espacio en la vida.
Tania, como esas abejitas zumbadoras, diligentemente, tenazmente ha ido
de flor en flor bebiendo el néctar de sus inquietudes que le han llevado a
incursionar en la medicina, los idiomas, el magisterio, el esoterismo, los
negocios. Su mente asombrosamente brillante no halla límites para sus
inquietudes. Se graduaba en tecnología médica en la Universidad Central
donde lideraba un grupo de jóvenes rebeldes, inconformes que como ella
querían cambiar el mundo; hasta que, como diría el poeta gaucho, “el amor
lo picoteó”. Yo no sabía de tales adelantos y queriendo librarle de sus
conflictivas amistades, escribía a mi buen amigo Palazzi, un colega italiano
del GIRS; con el fin de que le recibiera en su casa para que siguiera sus
estudios en Padua. ¡Me había atrasado! Ella y su novio ya se habían
comprometido.
Él, vendría nerviosito a decirme que pensaban casarse.
309
-¿Cuándo?
-Estamos pensando.
-¡No!. Si en dos meses no se han casado yo le mando a Italia a seguir sus
estudios.
-Vamos a hacer lo que usted diga...
Comenzó entonces la locura: haríamos un departamento para ellos adosado
a la casa; mientras tanto prepararíamos una pieza de habitación para ellos.
Los padres del novio venían a pedir la mano como es costumbre entre
buenos cristianos. Pero, venían como a pedir perdón: amoscados no
sabían como empezar y yo tampoco sabía que decir.
-Fabián dice que quiere casarse con Tania y venimos a pedir la mano.
-Fabián me ha hablado ya, y le he dado dos meses para casarse; de tal
manera que agradezco su delicadeza, aunque creo que ellos ya han decidido
antes que nosotros; yo creo pues que lo que nos queda a los padres es
apoyarlos si eso es lo que ellos han decidido.
-¿Sabes mujercita cómo son los matrimonios ahora?
-¡Marido! No tengo ni la menor idea...
Y, así, con los ojos cerrados nos lanzamos al matrimonio de la hija.
Primerito lo que necesitamos para la ceremonia religiosa, es el certificado
del matrimonio civil.
¡Ah!, claro, primero hay que casarse por lo civil. Ambos decidieron que
eso lo harían con los mejores amigos de ellos.
Luego: ¡Los papeles!: partidas de nacimiento, certificados de bautizo,
confirmación, primera comunión, certificados que atestigüen que los padres
son casados por la Iglesia, certificado de haber hecho el curso prematrimonial, etc., etc. Sólo hasta ahí, cualquier cristiano renuncia al
matrimonio; pero como yo era el que tenía que sacar los certificados, no
había manera de renunciar. Cada uno de los certificados había que hacerlos
andar a puro “aceite” porque en estas situaciones hay que aprovechar del
pobre ciudadano ingenuo que ha tenido la osadía de casar a su hija.
310
Luego viene el problema de la novia porque tiene que casarse en la
parroquia donde vive y sino tiene que pagar un “permiso” para casarse en
la parroquia que ha escogido. El cura de esta parroquia cuando se habla de
honorarios (limosnas) le queda viendo a uno y sus ojos comienzan a
ponerse verdes como los dólares y una vez que le ha sopesado le lanza
humildemente el:
-Es una pequeña limosna, de gana se preocupa.
-¡Pero padre! Sus obligaciones con los pobres.
-Buenooooó... si usted quiere ayudarlos, será pues... Y, se lanza una
cantidad que daría de comer a 100 pobres durante un año.
¡Ah!. Otro asunto es la ceremonia principiando por los arreglos florales;
porque hay que arreglar cada banca, cada rincón. Que la alfombra irá
desde la entrada a la iglesia o, sin alfombra.
Otro cuento: la orquesta...
-¿Cuántos músicos querría? Y le miden a uno de pies a cabeza pensando si
será capaz de pagarse una orquesta o sólo podrá un piano.
Cuando el pobre padre queriendo que su hijita tenga lo mejor dice:
-La orquesta completa... Se les abre los ojos y una sonrisa que dice a las
claras: ¡caíste! va acompañada de:
-¿Quiere como cantor una soprano, o mejor un tenor, o un barítono?
¡La hora! ¡Tendrá que ser la exacta! porque saben que eso es más allá de
imposible; porque sino tendrá que pagar por el retraso tanto como lo
pactado, de tal manera que siempre sale costando el doble.
Hasta aquí, la reflexión del padre de la novia es:
-¿Sobreviviré para verlos casados?
Luego viene el arreglo de la casa. Habrá que adecentarla un poco por eso
de las murmuraciones:
-¡Ve! Cómo han sabido vivir...
-No ha sido como aparentan...
311
-¡Qué tacaño! ¿Te fijaste en los recuerdos?
-¡La torta de tres pisos! ¿Sería toda de merengue?
-Como invitan tanta gente si no tienen posibilidades...
-Por los regalos ha de haber sido...
Y, así por este estilo; Y si no quieres que se te ampolle el alma tienes que
gastar hasta lo que no tienes... y, sin embargo no faltarán las
murmuraciones.
¡La pobre casa! Que hay que abrir esta pared... ¡Por la circulación!
-Qué lastima la alfombra recién puesta.
Ahora toca a la novia... El vestido, el velo, la corona, el ramo, el peinado,
el manicure, el pedicure, el estilista, en fin... todo.
Que hay que calcular el período con la fecha matrimonial para evitar
contratiempos.
Hay que pedir a los parientes o las amistades para nombrar la corte de
honor.
312
-¡¿Serán suficientes diez damitas?! ¿y los caballeros?. Hay que ponerse
hasta de rodillas pidiendo que acepten; ofreciéndoles lo más
disimuladamente que se pagarán los vestidos...
-¡Sólo para que estén todos iguales!
Algunos hasta se resienten por tinosa que haya sido la insinuación; pero,
¡sólo por la entrañable amistad! –le aceptan.
Otro cuento: los pajecitos. La niña portadora de los aros matrimoniales.
¡El pastel!
-Las madrecitas del Buen Pastor dizque hacen unos primores.
-¡No! Hay una señora que se encarga de eso y es bien cumplida; además
ella misma pone los adornos de mesa.
¡Los partes matrimoniales!
-Papá; hay unos lindos modelos en una imprenta... ya fuimos a ver y
cuestan tanto...
-¡Los padrinos!
Como los padrinos generalmente son los padres de los novios; entonces
surge el:
-¡Marido! Qué me voy a poner si no tengo nada...
-Tendrás que comprarte alguna cosa hecha porque ahorita ya no hay tiempo
de mandar a hacer.
-¿Cómo irá la consuegra? No quisiera coincidir con el mismo modelo.
¡Al final! Vestida la madrina de pies a cabeza, sólo falta esperar que nadie
coincida con el modelo y el color del vestido.
Bueno –me decía yo- amigo mío si hasta aquí no te has vuelto loco, pronto
lo estarás con el resto; porque, en esto de desplumarle a uno, todos son
atentos, comedidos, te facilitan, te dan gangas; te chupan hasta el tuétano
como diría mi abuela.
313
¡Ahora la recepción!
-¿No quedamos que haríamos aquí en la casa?
-¡Imposible! Me van a dejar hecha una miseria... ¡además no va a
alcanzar!; sólo el novio ha invitado como a 80 personas.
-¡Ochenta! No habíamos quedado en que sólo...
-Marido: ya nos metimos en esto, ahora hay que salir a como de lugar.
-Pero...
-¡No hay pero que valga marido! Peor aún, los consuegros no dan señales
de vida, de tal manera que nosotros cargamos con todo.
-Entonces habrá que contratar un hotel o un salón de recepciones...
-¡Eso resulta carísimo! Creo que hay personas que se encargan de todo.
Hay que averiguar...
Por allí salió un señor Bedoya que, con metro en mano dictaminó que la
casa no podría recibir más de 60 personas y que tendríamos que buscar un
local.
-¿Dizque se casa su hijita doctor?
-Sí, doña Catalina, y estamos buscando un lugar para la recepción.
-En las Torres de la Colón le puedo conseguir el local...
-¿Torres de la Colón? -¿No es un lugar muy sofisticado?
-¡No! Doctor... yo se lo consigo.
-Nosotros sólo invitaremos a los familiares más cercanos porque, si no,
vamos a llegar a los 200 y la recepción está calculada para 120 personas.
¡Qué sabíamos nosotros de recepciones! Nos entregamos al experto; que,
el rato preciso asomó con pavos horneados y chanchos... y el salón. ¡Dios
de Dios! No tenía una mesa, una silla y todos los invitados de pie tuvieron
que soportar nuestra torpeza.
314
¡Sencillamente: fue fatal! Más aún los amigos y compinches del novio
resultaron tan vulgares, que se pegaron tan tremenda bebezona que
¡hicieron un papel!... que hasta hoy 30 años después, me muero de
vergüenza.
Felizmente era tal mi frustración que, con unas pocas copas de champán,
quedé fuera de la fiesta y no soporté la miradas y comentarios que
seguramente se debieron hacer.
Así, terminaba una frustración y seguirían muchas más a lo largo de los
años.
Gonzalo se graduaba de bachiller en el colegio San Gabriel; después de que
él también había tenido serias dificultades. Los curas, queriendo aparecer o
estar con los tiempos modernos, ensayaban dejar que los alumnos se
guiaran y actuaran de acuerdo con su libre albedrío. Gonzalo, como líder
nato que se perfilaba ya; resultó inconveniente para la filosofía de los curas,
y después de suprimir el ensayo querían deshacerse de él; sólo la calidad de
ser un magnífico estudiante le salvó de que lo castigaran.
Romántico y sentimental, gentil y generoso se había enamorado como es
debido de una linda chica. Era aceptado de muy buen agrado por la familia
de ella; pero ella, queriendo darle celos con un compañero del ballet que
ella practicaba, se mostraba inconstante.
Gonzalo me contaba su dolor y quería poner mucha tierra de por medio:
-Quiero que me mandes a los Estados Unidos.
-Tendré que escribir a tus tías para que te reciban.
-¡No! Yo quiero irme en el programa de Intercambio cultural...
-¿Y cómo es eso? Yo no sé absolutamente nada.
-¡Papá! No te preocupes; cuando esté todo listo te aviso.
-¿Le contaste a tu madre?
-¡No! No quiero que sufra; cuando todo esté arreglado le he de avisar...
Garantías, pasajes, seguros y más documentos firmados y analizados... y un
buen día, entre los sollozos de la madre y las hermanas partía a California.
315
Allí, también había de tener dificultades con las familias anfitrionas, hasta
que la familia Lococo le acogió como un hijo más de su numerosa familia.
Tendría así, la maravillosa oportunidad de conocerse a sí mismo, valorarse
y valorar la vida.
-¡No aguanto más a estos gringos! -me escribía- Sólo hablan y conversan
de cosas tontas. ¡Cómo extraño papito esas sobremesas allá en casa!;
donde discutíamos de música, pintura, literatura, filosofía, religión; aquí es
lo mismo que conversar con los árboles.
-¿A qué le mandé a mi hijo allá!; donde hay tanto drogadicto, tanto
homosexual?
Esas consideraciones taladraban mi cerebro día y noche; pero ¡tenía una
solución!: al primer indicio de caída le mandaría a traer; mientras tanto,
como si estuviese bajo el agua, medio ahogándose le tendría allí para que
aprenda a valorarse solo y averigüe de lo que es capaz.
¡Valió la pena! Vino, y de lleno se dedicó a estudiar. Tanto estudiaba que
a veces temí que se enfermara. Con los compañeros a veces ni siquiera
dormían y después de un ligero baño regresaban a clases.
En tres años culminó sus estudios en la terrible y famosa Politécnica;
cuando normalmente lleva cinco años los cursos ordinarios y para más
abundamiento le honraron con un Cum-lauden.
Allí, recordaba como había sido nuestra familia: Desde que nacieron, Libia
y yo renunciamos a amistades, fiestas, viajes y cosas que nos alejaran de
ellos. Libia, mientras ellos fueron unas criaturas, se dedicó por entero,
ciento por ciento, a criar los hijos. En la casa éramos una familia muy
unida; formábamos un solo bloque y creamos en ellos una relación de
amistad muy estrecha. Recuerdo como nos ilusionábamos haciendo las
cometas, los años viejos, los coches de madera; cómo gozábamos leyendo
los cuentos infantiles clásicos; contándoles los triunfos y fracasos de la
familia; la herencia orgullosa de los apellidos.
El amar lo estético, creó en ellos una personalidad muy sensible y
positivamente crítica; donde la no verdad o el engaño adquieren
dimensiones no usuales.
Una vez graduado, su espíritu lo llevó a liderar un grupo de compañeros
para instalar una oficina de diseño y fiscalización en ingeniería mecánica.
316
Lo veía como aquellos pajaritos que edifican su nido: llevando de todas
partes de una en una las cosas que necesitaban para su modesta y elemental
oficina. Recordaba mi misma vida cuando con las mismas ilusiones
edificaba mi consultorio.
¡Cómo siempre!; significaba más gastos que rendimiento y tuvieron que
renunciar a su sueño y cada uno fue a buscar su vida.
Este hijo luchador como su hermana mayor me llenaba de ternura: me
hacía recordar cada una de sus enfermedades y en las cuales parecía que
nos dejaba; principalmente cuanto tuvo aquellas hemorragias incoercibles
que pintaban sábanas y sábanas de sangre; o cuando aquellos malditos
ganglios le aparecieron en el cuello que yo creí que se trataba de un
Hadquin y casi me vuelvo loco del dolor y desesperación cuando creía
perderlo.
Allí, rebelde y apóstata, pensaba en las injusticias de la vida: cuando se
muere gente que aún no ha saboreado, no ha tenido la oportunidad de vivir
la vida.
Por ello, una tarde mientras almorzábamos en Crucita, en unas vacaciones,
y nos anunciaba su intención de casarse; aunque no conocíamos la novia;
no tuvimos valor para oponernos a sus deseos. Ya se había abierto campo
en una empresa y podía mantener y formar una familia, un hogar.
Su matrimonio con Lizeth fue muy sencillo; no aceptaron ayuda y sólo
ellos se las arreglaron; pero en cambio fue cálido, alegre, entre familiares y
amigos.
Así, se agrandaba la familia y nosotros íbamos quedando sólo con Cati que
entonces estudiaba en la Universidad Católica para doctorarse en
“Derecho”.
La niña super mimada, desde pequeña era la protegida de los hermanos, la
madre y no digamos del papá; para quien ella no había salido todavía de la
infancia.
Había que ir a dejarla y esperarla hasta las 8 o 9 de la noche que terminaba
sus clases para llevarla a casa. Bueno, eso no es mucho para las malas
noches y madrugadas en que había que acompañarla en sus estudios hasta
las 3 o 4 de la mañana porque la niñita no comprendía el lenguaje y ciertos
intríngulis propios del lenguaje de los abogados que siempre tienen
expresiones y un vocabulario muy particular; precisamente porque los
señores de la Ley la interpretan a su manera y poder hacer un nudo donde
317
todo es tan claro como el agua. Y, esto que digo es la pura verdad porque
cuando tenía que dar su grado doctoral y discutir su tesis; no menos de tres
veces le cambiaron de tribunal en la misma tarde. Mientras tanto la familia
que habíamos pasado unas invitaciones; menos mal que sólo a familiares y
personas muy íntimas, no sabíamos si le graduarían o no.
Digo que los señores de las leyes son muy enredados precisamente porque
se dice que entre dos abogados siempre hay tres opiniones; nunca se ponen
de acuerdo. La profesora que calificaba su tesis se demoró 5 meses y no
creo porque haya sido una tesis excepcional o para alta meditación; ¡no! lo
que pasa es que era abogado.
Igual le pasó en cuarto curso cuando cursaba la secundaria en el colegio
“La Dolorosa” que se decía el más timbrado de aquel entonces,
precisamente porque se decía que tenía un cuerpo de profesores de lujo,
pues, precisamente fue una profesora que era abogado la que le tachó de
plagio un trabajo que había hecho Cati y que a mí me pareció lo más
natural del mundo y, por ello le hizo la vida difícil. Pienso ahora que,
desde allí Cati ya se perfilaba como algo muy especial.
Siempre digo que éstos mis hijos han sido algo muy especial; pero aunque
soy el padre y por tanto puedo exagerar, los he visto muy estudiosos y
competitivos, siempre ocupando los primeros puestos y, cuando no había
con quién competir; pues, eran ellos mismos los que querían siempre
alcanzar la mejor nota. Esto en Cati le valió ser llamada desde estudiante a
colaborar en una bufete de abogados de gran prestigio.
Uno se da cuenta de como pasa el tiempo; sólo mirando al rededor y viendo
como se han transformado las gentes, es que caemos en la cuenta de que el
tiempo se nos fue. Pienso que aquellas décadas de los 70, 80 y 90 fueron
las más decisivas en la vida de la familia: se graduaban los hijos, se
casaban y parecía que habíamos culminado con nuestra labor como padres.
También íbamos alcanzando comodidades nunca pensadas; hasta un
Mercedes Benz que había sido uno de mis sueños y creo que secretamente
también de Libia, habíamos comprado; digo: también el de ella; porque,
cuando fuimos a conocerlo, vi en sus ojos aquella mirada, aquel brillo que
llegué a tenerle miedo porque conocía sus efectos.
De gana venimos; de esta si que no me salvo pensaba yo... y, así fue.
318
¡Lo compramos! Y fue mi regalo de todo; porque por casualidad el mes de
diciembre es el mes donde nos pasa todo: un 20 de diciembre me gradué,
un 23 murió la Mama Toya, un 23 me casé, un 24 nació Libia, un 25 nació
Tania, un 27 murió mamá. Y, digo que fue un regalo para Libia porque a
mí, me daba un sano orgullo que la más hermosa, buena y honesta de las
mujeres pudiera tener y manejar uno de mis sueños.
Vinieron los nietos y con ellos se renovaron las alegrías y, también los
dolores y tristezas. Alegrías porque hacían sonreír nuestra madurez; y
tristezas dobles porque veíamos a los hijos que como nosotros luchaban por
un lugar en esta vida cuando se habían hecho más duras y raras las
oportunidades de triunfar y fáciles las de perder o fracasar. El dolor y la
alegría de criar y ver crecer los nietos; cariños y dolores distintos; pero,
igual de intensos. Habíamos sembrado y los frutos maravillosos venían a
besar con nuevos perfumes nuestra sedienta madurez.
Habían pasado ya aquellos tiempos inciertos en que había que pensar dos
veces antes de comprar un sánduche en la tienda de la esquina cuando el
hambre por trabajar hasta las 9 o 10 de la noche a la salida de la consulta,
lo pedía. ¡No vaya a necesitar esos sucres para los guaguas!
Aquellos más apremiantes todavía; cuando a los 11 años aquejado de una
disentería, sólo con el consejo de las comadres me tenían con horchatas
aguadas que me hacían más mal que bien y el momento que se descuidaron
me zampé un chapo de harina de cebada y chocolate en la “taza azul de
papá” que era el recipiente más grande que pude encontrar. Al otro día,
nadie sabía cómo me había mejorado si estaba casi al otro lado.
Si bien los hijos habían hecho sus hogares y vivían su vida; el núcleo
familiar no se rompía y cada fin de semana y más aún en las fiestas
tradicionales nos gustaba reunirles a todos. Al rededor de la mesa del
comedor, apretaditos al máximo porque no hemos cambiado de mesa y
conforme crece la familia lo único que se aumenta es una silla y los
cubiertos. Los mayores y los guaguas cuentan sus experiencias, sus
chistes, sus cachos en medio de risas y carcajadas capaces de inquietar a los
vecinos.
Luego las sobremesas: largas, cálidas, pobladas de recuerdos y fantasmas;
donde los retoños aprenden como han luchado sus mayores; los principios
y valores verdaderos, porque aunque no nos percatamos, aquellos
momentos con la gente menuda que es como una esponja, absorbe todo y:
los mayores son para ellos los mejores ejemplos a seguir. El cuento, la
anécdota oída y repetida reiteradamente es lección que se aprende; así,
319
aprenden a reírse de sí mismos, a festejar un buen chiste y también a
sobrellevar una injusticia, un dolor o una tragedia.
Y, mientras más larga la familia, más motivos que contar. Los dolores que
hicieron pasar los hijos no se han olvidado, sólo se han agrandado con los
nietos. Y la memoria camina entre los abuelos que medio sonríen al
recuerdo de lo vivido:
-¿Recuerdas viejita cuando el Esteban de pocos meses se cayó de la silla
comedor y quedó muerto en el suelo? Como locos de miedo fuimos donde
el Dr. Pérez para que le reviva. ¡Qué susto! pero cada uno nos han hecho
pasar sustos ¡enormes!
-¿Recuerdas cuando Cristina cayó enferma y el Dr. Estupiñán dijo que era
meningitis y la criatura no tenía sino meses y nos pasamos tres días y tres
noches en la clínica donde le pusieron suero en la manita que ya parecía
que se reventaba? ¿Peor aún cuando al regresar de Manabí las criadas nos
tenían la noticia de que por jugar en el cuarto de estudio se había roto el
brazo y el famoso Dr. Loaiza le operó mal y tuvimos que hacerle operar
nuevamente por el doctor Uquillas? ¿Y qué decir del Luis Alejandro?
cuando a los tres años se perdió en el parque de la Carolina y el padre
medio loco sin lentes no sabía como buscarle al hijo; hasta que le
encontramos tranquilamente andando por la vereda después de
educadamente botar el papel en el basurero.
¿Y cuando se rompió la ceja por jugar debajo del carro y en el tubo de
escape se abrió una herida tan brutal que manaba sangre tanto que creíamos
se sacó un ojo...?
-Bueno, creo que debemos cambiar de tema porque lo que pasó, pasó y hoy
estamos locos si queremos volver a sentir semejantes experiencias.
Aunque no queramos, la vida nos va marcando a cada paso y los abuelos en
cada arruga de su rostro llevan escrito el dolor vivido en cada día, y lo
blanco de su pelo es una bandera que pide paz para reírse de los sueños que
no se pudo, de los dolores que no mataron, de las tragedias que no pasaron
de comedias y de lo absurdo que resulta vivir para morir. Siempre
recordaré aquel pensamiento de Tania cuando a los 8 años en mi primera
larga ausencia me escribía: “Papito: yo no sabía que para vivir hay que ir
muriendo en cada atardecer”. Y, sin embargo nosotros empeñamos todos
los minutos en sobrevivir...
La nuestra la teníamos como instinto: Desde muy joven había sufrido de
deficiencia visual; pero recién me enteraba en el colegio cuando tenía que
sentarme lo más cerca del pizarrón para poder entender lo que escribían los
320
profesores y más tarde, cuando yo era el chico más alegre y atento; pues,
siempre andaba sonreído y sonriendo a cualquier persona que pasaba por la
vereda de enfrente y me quedaba viendo; vaya a tratarse de algún amigo,
conocido o pariente y yo no podía precisar. Hasta que a los 21 años mi
hermana Bertha me regaló los primeros lentes. Se abrió un mundo brillante
de colores y claridades... ¡cuánto había perdido por mi defecto visual!
Es común pensar que la mala visión es hereditaria; mis antepasados, que yo
recuerde no la padecían, pero mis hijos desde muy temprano la sufrieron y,
por ello me sentía culpable y, muchos días y muchas noches fueron testigos
de mi angustia y zozobra, hasta que recientemente un especialista
dictaminaba lo contrario en el queratocono. Aún creo que sí es hereditaria
la deficiencia visual que, desgraciadamente la padecen todos los nietos.
A veces los males parecen que incluso se acrecientan y se acentúan de
padres a hijos; y esto lo digo porque nosotros vivimos en carne propia la
deficiencia de Gonzalito y Cati después que, tuvieron que recurrir a la
cirugía; circunstancia que amargaron muchos días, semanas y meses de
nuestra vidas.
-¿Pegará el transplante?
-Esperemos... hay que administrar remedios especiales para evitar el
rechazo.
-¡Es insoportable! Parece que te estuvieran arañando dentro del ojo –decía
Gonzalito-.
-¡Va a quedar bien! –decía el cirujano-.
Días y semanas de cuidados óptimos; días y semanas de no trabajar...
¡Al fin! todo saldría bien aunque con resultados mediocres.
Cati no se resignaba a una tal cirugía y pensábamos tener opinión de un
centro más avanzado en la especialidad.
Como habíamos hecho con Gonzalo al consultar con el Dr. Barraquer en
Bogotá; queríamos la opinión del hospital Hermanos Algeciros en Cuba.
A mediados de 1996 resolvimos viajar a Cuba. Se habían hecho los
contactos respectivos y aprovecharíamos para hacernos unos chequeos:
Libia de su temblor intermitente de la mano derecha y yo, de mis eternos
ardores gástricos y también haríamos algún turismo por la Cuba de Fidel
Castro.
321
Conocíamos por lecturas, revistas, películas, algo de la Cuba prerevolucionaria; nos habíamos formado una idea de los famosos palacios del
malecón habanero; los famosos casinos donde los gringos dejaban enormes
fortunas; las lindísimas mulatas cubanas; el Tropicana y otros cabarets
famosos en el mundo entero; las famosas playas; la feracidad de la tierra;
las grandes fábricas de azúcar; las famosas haciendas y mil cosas más.
Una mañana en que el sol ensayaba pinceladas de cobre y lapislázuli sobre
la cumbre del Antisana, como dándonos un hermoso regalo de despedida,
levantábamos vuelo en TAME directamente a Cuba.
Había pasado algún tiempo desde el último viaje largo y esto nos ponía un
poquito inquietos y mariposas en el estómago. El serrano de nuestra tierra
es siempre callado, serio y contemplativo; de tal manera que el viaje fue
tranquilo y seguro.
En pocas horas veíamos un mar azul profundo que poco a poco fue
mostrándose color de esmeralda y olas que rizaban su interminable
dimensión y donde comenzaban a aparecer uno que otro barco; señal de
que pronto veríamos tierra. En efecto, a poco volábamos sobre tierra
cubana con una que otra población y las extensas plantaciones de caña.
Instantes después aterrizábamos. Unos pocos aviones estacionados decían
que habíamos llegado al aeropuerto José Martí.
¡No lo sé! Pero me dio la impresión de que aquel lugar no era el
verdadero; pues, era demasiado elemental, simple, triste y solitario; casi sin
movimiento.
Militares por todo lado que casi no supimos el momento en que pasamos
por la aduana y ya nos esperaba una furgoneta para conducirnos al hotel.
Las calles que recorrimos: limpias, bien cuidadas al igual que los parques.
Algo en el ambiente me molestaba y no sabía qué era; más tarde caería en
la cuenta que muy poca gente circulaba por las calles, no había perros, ni
gatos, ni pájaros y, lo que inconscientemente me molestaba era que
esperaba ver y oír la tan cantada alegría del cubano y su tierra caliente.
Dos grandes torres eran los edificios de los hoteles que hacían un extraño
contraste con el entorno; en uno de ellos; el Triden, nos alojarían. Las
habitaciones espaciosas, decentes, confortables, aseadas eran como las de
cualquier hotel turístico sudamericano.
322
El gran comedor era amplio lleno de mesas y sillas casi en desorden y
alrededor se situaban los saloneros en unas largas mesas llenas de viandas,
manjares, frutas y jugos que servían a los comensales lo que apetecieren y
en la cantidad que quisieran.
Aquí sí, se hizo presente, dejando su marca característica, bullanguera,
reidora, ruidosa del turista caribeño en medio de la parsimonia del europeo
que eran muchos y del sudamericano que creo eran muy pocos. Nos
enteramos que en su mayoría se trataba de reuniones de congresos,
convenciones, reuniones políticas.
Allí, quedamos libres para hacer lo nuestro: primero, localizar el hospital
que, desgraciadamente no era ese el que necesitábamos porque no había esa
especialidad y nos refirieron a otro que ya tenía las reservaciones de
nuestras entrevistas. Un taxi de hace muchos años pero bien conservado
nos llevó allá por unos dolaritos un poco exagerados. Allí nos quedamos
hasta muy tarde esperando nuestros turnos.
¡Total! Nada especial. Allí confirmaron los diagnósticos que nos habían
dado en Quito.
¡Libia no tenía parkinson! Para confirmarlo, teníamos que regresar después
del almuerzo con una botella de coñac ¡Cosa curiosa! No había tiendas de
barrio como las nuestras... si querías comprar una caja de fósforos tendrías
que ir a un mercado gubernamental que: dónde también estarían...
Buscando el coñac fuimos a dar a un depósito de licores que de seguro
estaba en la ruta del turismo porque había muchos extranjeros y los precios
eran capitalistas.
El famoso neurólogo que le atendió a Libia, le hizo dibujar unas rayas en
un papel que por el temblor de su mano resultaron lamentables; entonces, le
dio a tomar una copa del coñac y le llamó para una media hora después.
Como no teníamos más que hacer fuimos en busca de un restaurante para
almorzar, lo único que encontramos fue un puesto de cervezas y cigarrillos
donde nos vendieron unos sánduches y unas cervezas a precios capitalistas
y con dólares americanos; pues, aunque valen igual los pesos cubanos, ellos
prefieren los dólares americanos.
A la media hora regresamos al hospital y el neurólogo le hizo dibujar las
mismas rayas y ¡Oh, sorpresa! los rasgos eran perfectos y ya no le temblaba
la mano. Total: unas pastillas de inderal y se acabó...
Al otro día, hacíamos turismo: primero el Malecón habanero. Nos habían
hablado antes que el malecón en la Habana era una preciosidad; la avenida,
323
la balaustrada y el mar no han variado; la vista es maravillosa. Nos habían
hablado de los palacios y residencias también famosas y dignas de
admirarse; pero, ¡Qué tristeza! Seguramente lo fueron y aquellas paredes
lo confirman; pero, hoy despintadas y desconchadas y en parte rotas, con
las puertas y ventanas rotas, bizcas o fuera de sitio piden a gritos un
poquito de atención; en los corredores, en los portales los nuevos
inquilinos: unos negritos casi desnudos, jugando junto a adultos al parecer
indolentes o resignados. De tal manera que del famoso Malecón Habanero
no queda sino la balaustrada y mucha tristeza.
Por el contrario el palacio de la Revolución, residencia del presidente, se le
ve a lo lejos majestuoso, magnífico como el parque que le antecede.
A pies, fuimos a conocer un mercado al aire libre. Al paso varias personas:
hombres y mujeres se acercan recelosos a ofrecer afrodisíacos...
-¡Para el hígado señor!
-¡Este le dará auténtica felicidad a la pareja!... y así por el estilo ofrecen
mercadería prohibida. Un niño artista en un minuto te saca una silueta de
tu rostro por un dólar.
El mercado en sí, muy modesto, muy pequeño, muy limitado te ofrece
principalmente artesanías, curiosidades, souvenirs, etc.
Compramos
algunos recuerdos mientras admirábamos la erudición de un vendedor que
nos hablaba de la historia de la Habana desde los tiempos en que
desembarcaban los primeros conquistadores.
Pero; total ¿Dónde está la Habana? Habría querido conocerla.
Sin embargo, supongo que algo de lo que fue se presenta en los hoteles;
pues, durante el día y en las noches se presentan shows artísticos al rededor
de las piscinas y a veces en ellas. Son espectáculos de muy buena categoría
con artistas seguramente consagrados. A nosotros nos encantaban los
shows en la piscina con unas artistas muy esbeltas, muy bonitas y muy
profesionales; espectáculos posibles de ver sólo en centros muy exclusivos
y yo creo que aquellos hoteles regentados por españoles y con dineros
españoles eran los preferidos de los turistas de todas latitudes.
También muy importante resultó un crucero por el mar Caribe a bordo de
un barco con casco de cristal, capaz de poder admirar las criaturas marinas
y la flora del fondo del mar.
Tendríamos que dejar la Habana para trasladarnos a la ciudad de Matanzas
y luego el balneario de Varadero.
324
El viaje, bastante cómodo, sin embargo resultó cansado por la monotonía
del paisaje. ¿Dónde estaban las fincas comunes?; ¿dónde las granjas
agrícolas?; ¿dónde las fincas, trapiches y fábricas para el azúcar de caña?;
¿dónde las famosas plantaciones del tabaco cubano?
Parecía que de intento se nos llevaba por lugares donde no había gente, ni
animales, ni construcciones; nada que hable de la gran labor de Fidel por el
bien del pueblo cubano. Hasta aquí no habíamos visto nada de los logros
de la Revolución.
Cuando fuimos al famoso Tropicana conocido mundialmente, famoso por
la belleza de las mulatas habaneras, por el lujo y variedad de los
espectáculos; me llevé una gran decepción; había esperado ver algo similar
al Lido, el Casino de París o el Moulin Rouge; pero, lo que yo vi, fue unas
cuantas mulatas que lucían cansadas, sin gota de interés en lo que hacían y,
hasta unas entraditas en carnes cuyas gorduritas tapaban las arruguitas
imprudentes de los años. Hasta la presentación del local y la decoración
habían perdido el glamour y elegancia de otros tiempos.
Sin embargo, me he dicho una y otra vez que puedo estar equivocado; sino,
por qué el famoso neurólogo que atendía a Libia, que decía que ganaba 26
dólares mensuales, que tenía un carrito, que le asignaban tantos litros de
gasolina por semana, que vivía en un departamento de tres piezas que le
daba el Estado, que tenía una tarjeta que le daba derecho a recibir tal
cantidad de alimento, tal cantidad de ropa, etc.; todo medido cicateramente
y tenía derecho a visitar otros países si el gobierno veía conveniente; ante
mi insinuación de que con su categoría en Ecuador él podría vivir
espléndidamente y hacer fortuna, me contestaba:
-¡No!; no voy a emigrar a ningún país, aquí mis compatriotas me necesitan.
Él era joven; seguramente él era un producto de la Revolución... Creo
pues, que esa era la gran labor de Fidel.
Por todas estas cosas se podría decir que el turismo a las islas, es más que
nada un turismo de curiosidad para ver cuánto cambió Cuba en más de 40
años de revolución socialista; qué habría sido de Cuba si no existía el
bloqueo norteamericano... Porque está muy claro los logros cubanos en la
medicina y la educación. Difícil hacer un juicio valedero por lo que se ve,
lo que no le dejan ver y lo que a soto boche le cuenta uno que otro cubano.
Da la impresión de que el cubano pre-revolución siente mucha pena y
añoranza por la Cuba de aquel entonces; y el cubano post-revolución ama
su tierra y respalda a Fidel.
325
Mediando el día llegamos a un paradero de cuatro palos para el techo, una
tabla para poner los vasos, otra para sentarse; allí se podía comprar un
helado o una cola, a precios de revolución naturalmente.
Ya tarde, cansados y más aún aburridos llegamos a Varadero.
¡Chasco señores! Si quieren ver una ciudad balneario donde deambulan
turistas y parroquianos alegres, con ropas multicolores y llamativas; oír
música tropical por todas partes; restaurantes plenos de gente bulliciosa,
mejor te regresas a cualquier playa caribeña o sudamericana. Será cierto lo
que dicen que: “¿al pueblo cubano con Castro le han castrado?”
Llegamos al hotel Barlovento. Un lindo hotel estilo español, de tejas rojas
y paredes blancas, de una planta en su mayor parte, con lindos jardines,
hermosas plantas y lo mejor: un juego de piscinas acogedoras, muy bien
tratadas y llenas de turistas. Generalmente a su alrededor y a veces en el
agua mismo, el hotel presenta shows muy variados, alegres, musicales, de
espiritismo, de comedia y de conjuntos acuáticos que son una maravilla;
tanto que el turista prefiere quedarse en el hotel y no salir a la aventura.
Otra cosa muy particular de Varadero: la playa; de arenas blancas y bien
cuidadas y de trecho en trecho unos pequeños bohíos de techo de paja
donde los turistas se guarnecen del sol, un sol implacable que sólo puedes
soportarlo por minutos.
El mar Caribe cálido y transparente deja ver el fondo arenoso y uno que
otro pez que se cruza entre las piernas. Muy pocos bañistas; pero sí bajo
los bohíos se ven unos cuantos extranjeros maduros o viejos que se
entretienen con jovencitas de color. Se habla del turismo sexual... ¿será?
No lo sé... puedo imaginarme la necesidad de algunas personas, talvez
familias que sacrifican sus hijas con el fin de salvar alguna necesidad;
porque es muy común que personas jóvenes se acercan:
-¿Tienes jabón? Cuando vuelvas tráeme porque ya van varios días que no
me baño.
-¿Puedes regalarme tu ropa cuando regreses a tu tierra? Porque aquí tengo
que trabajar dos meses para comprar un pantalón.
Y, así por este estilo. Me daba mucha tristeza y más aún rabia; no porque
Fidel fuera el aparente culpable, sino por el maldito bloqueo que les priva
de todas estas cosas.
326
Es de admirar el esfuerzo que despliegan los cubanos por atraer el turismo;
mientras que nosotros que tenemos tantas maravillas que mostrar,
permanecemos como anestesiados junto a ellas.
Ahí, me acordaba de un viaje que hiciéramos hace un montón de años:
Julio, mi hermano; Gonzalito, Edgar, hijo de Julio y un amigo de apellido
Isch hacia el Oriente.
Habíamos adquirido con mi hermano unas 100 hectáreas de terreno
selvático en el Coca; más exactamente en Shushufindi. Adquirimos sin
conocer el terreno ya que era parte de una cooperativa de militares,
pensando que con el tiempo fuera posible explotar y cultivar.
Un moreno, al parecer afincado en el lugar se prestó a cuidar nuestra
propiedad. Frecuentemente se asomaba por el consultorio a dar razón del
predio:
-¡Patroncito! Quisiera pué desbrozá una cuadrita de terreno pa sembrá
cualquier cosita... –pué.
-¿Qué necesitas?
-Un machete, un palancón y una sierra mediana...
-¿Y cuánto costará?
-Pué, unos trescientos sucre no má...
-¿Y, cuándo regresas?
-Si compro hoy, me regreso seguidita patrón que, sólo por eso vine.
Pasado algún tiempo...
-¡Patrón! Pa poderle cuidá mejó, quisiera hacer un ranchito: pequeñito no
má pa pernoctá...
-¿Y, eso cuánto costará?
-Unos tantos sucres... no má.
Y, así, por este estilo iba avanzando el desbroce, el ranchito pa cuidá, la
cerca pá que no entre er ladrón a robá er maíz que he sembrao, la trochita
que tengo que hacé pa allí mismo saca er tronco pa aumentá la cerca.
327
Julio, era entonces alto empleado de un ministerio y, medio en broma me
decía:
-¡Hermano! Vamos a conocer la “hacienda”. Debe ser bueno saber como
van esos trabajos.
A nuestra disposición se puso una camioneta Datsun 1.000; de esas
famosas “carne de perro” como les llamaban.
Una madrugada salimos en son de aventura hacia el Coca, sin saber donde
quedaba ni por donde ir. Sabíamos que había que empezar por Papallacta,
y allá fuimos: Julio y yo en la cabina y los guambras en el cajón.
Pensábamos que como recién se estaban estableciendo las compañías
petroleras, fácil sería seguir a cualquiera de los grandes camiones que nos
guiarían hasta allá.
La primera sorpresa fue el paisaje: lo abrupto y salvaje de la geografía de
la cordillera oriental; un amanecer de esos que sólo Dios puede regalar; aún
no salía el sol pero sus rayos nimbando el Antisana con una corona de
cobre pincelaban las nubes trasnochadas en cataratas de oro y rubí; un
amanecer para no olvidarlo jamás. Bueno también no olvidaríamos aquel
frío que sin pedir permiso penetraba hasta los huesos y dejarnos sonreídos
como estatuas de hielo.
Los cortes que para hacer el camino semejaban grandes heridas en la
montaña no cicatrizadas que, nos hablaban de la estructura de su geología:
ya como bandas multicolores de arcillas, arenas o cataratas de piedras lajas
como libros desmembrados de bibliotecas milenarias. En medio de una
bruma que nos parecía que atravesábamos paredes de algodón llegamos a la
laguna de Papallacta; pequeña, fría, como erizada por la cólera de no poder
huir de aquel frío polar. Mucho más allá divisamos un pequeño caserío
donde, atrapados en el lodo se habían quedado dos enormes camiones, uno
al lado del otro en medio del camino impidiendo el paso de los carros que
ya comenzaban a formar unas hileras coléricas.
Entre uno y otro camión atrapado quedaba un espacio pequeño que medido
meticulosamente era casi exacto al ancho de nuestra camioneta. Nosotros
teníamos premura por pasar o regresarnos de tal manera que cerrando los
ojos ¡zas! ya estábamos al otro lado.
Íbamos admirando la loca orografía del Páramo de Corrales; donde las
nevadas son gruesas: como papa cara, que dicen los lugareños, aunque no
frecuentes. La naturaleza parece que se desquiciara en forma de picachos
tan irregulares que tienen formas inverosímiles; cortaduras que dejan
328
abismos de paredes verticales como espalda de la montaña llenas de
verrugas.
El camino... ¡oh! sí, el camino... ellos dicen que es el camino; mas, yo diría
que es el lecho seco de un río: piedras por aquí, piedras por allá de
distintos tamaños, casi todas sueltas y que salen volando como tiros al paso
de los camionsotes. Unas curvas que parecen hechas a propósito para
matarse; ¡sí!, como sucedió en una cuesta, donde como el carro era
pequeño e iba cargado, teníamos que tomar una viada suficiente; como
sucedió; mas al final de la cuesta el camino curvaba en 90º y al frente se
abría el abismo; con el vuelo que habíamos cogido, casi vuelo a los
infiernos sino alcanzo en último momento a hacer una maniobra tal que el
carro quedó contra la pared. Pero valió la pena porque ello nos dio ocasión
de ver que el abismo tendría unos 1.000 metros abierto en un ancho de más
de 2 Kilómetros, donde serpenteaba como regresando a ver quien caía, los
comienzos del río Curaray: paisaje hermoso, sobrecogedor, imponente que
estremece el alma.
Había hecho una maniobra tan brusca ayudado del freno de mano que, el
carro quedó justo en escuadra con la cuesta. Mientras me reponía de
semejante susto y los guambras agarrados de los bordes del cajón de la
camioneta, volvían a él después de patalear en el vacío, nos quedamos
admirando semejante maravilla y Julio fumaba su décimo cigarrillo.
-¡Vos si que soys bien sereno! –le decía-¡Sí, bien sereno! Ve –me decía- mientras se miraba las entrepiernas
empapadas... de serenidad.
Atrás quedaba la loca cordillera y poco a poco el bosque lluvioso se
manifestaba en un sin fin de quebradas casi tragadas por la vegetación y
donde para poder pasar, los grandes camiones habían hecho unos puentes
tan precarios que, bien les habría quedado unos letreros que digan: “aquí la
vida no vale nada”.
Seguimos descendiendo la cordillera y casi sin sentir iba pintándose de
trópico el paisaje: hojas inmensas como parasoles, lianas y bejucos,
arrayanes, pambiles, frutipanes, canelos y manzanos; los ruidos propios del
trópico con la algarabía de la loras, los gritos del mono aullador, el
temático de los grillos, de cuando en cuando el profundo del pájaro toro y
cucupacchúuu de la saeta negro amarilla que de su nido se lanza hacia la
espesura; nos dicen que atravesamos la plena selva. Y, es verdad, porque
luego de 6 horas de viaje ahora corremos por un camino más plano, más
abierto y más fácil.
329
El movimiento en Shushufindi es lento; la canícula mete a las gentes en sus
casitas de paredes de caña y techo de hojas de palma.
Al avanzar por el camino encontramos a un hombre que delante de su casa
parece distraerse viendo pasar los carros. Resultó ser un antiguo soldado
que reconoció en Julio a su antiguo coronel. Vive allí algún tiempo y
conoce a todo el mundo; es decir a unas 5 o 10 personas del lugar.
-Quisiéramos saber a quién averiguar sobre el sitio donde queda nuestra
propiedad...
-Está frente a ella mi coronel.
-Creo que está equivocado...
-Yo soy el guardián de la Cooperativa y sé de cada lote.
-Pero... a un moreno le encargamos que nos cuidara y él, nos aseguró que
estaba parcialmente desbrozado.
-¡El moreno! se pasa el día allá arriba cortando cedros que después baja
aprovechando la pendiente y después vende a los que andan recogiendo
madera.
-¿Así que nada ha hecho de lo que decía?
-Se la pasa de vivo el negro...
-¿A qué hora más o menos regresa?
-Entre tres y cuatro de la tarde.
-¿Hay aquí un hotel para pasar la noche?
-¡Hotel!, ni tiendas mi coronel...
Y, así, viendo como se nos había engañado...
-¡Hermano!; esto es una locura... tratar de tener una propiedad tan lejos que
no se la puede visitar.
-Yo creo que lo mejor que podríamos hacer es venderla...
-Yo le puedo comprar mi coronel.
330
-¿Y, cuánto nos daría?
-Seis mil sucres este rato mi coronel.
-¡Vendido! Sargento.
Y, así, casi regalado nos deshicimos del predio. En vista de tantas
facilidades y comodidades; pues, no habíamos desayunado, ni almorzado,
ni bebido una gota de agua que, esperábamos hacerlo en el pueblo;
decidimos regresar.
¡Y, rápido! no podíamos arriesgarnos a viajar por camino tan malo y
desconocido, por la noche.
El regreso fue dramático si se quiere pues, teníamos que competir con esos
enormes camiones petroleros que nos mandaban polvo y piedras que era un
contento. El momento que menos acordaron ganamos la punta y allí nos
mantuvimos mandándoles a ellos el polvo que cubría el camino y no dejaba
ver por donde andábamos y las piedras que los pobres guambras en el cajón
de la camioneta optaron por acostarse ya que más de una vez las piedras les
pasaban silbando por las orejas. Pero había que manejar como un loco,
capaz que entre las seis de la tarde habíamos traspuesto el páramo y como
flechas, perseguidos por un camión que chupó todas las piedras y el polvo,
llegábamos a Puembo; las luces ya iluminaban las casas y los comercios de
Tumbaco, luego Cumbayá y por fin en un horizonte a medias tintas
veíamos las espaldas de Quito. Había sido dramático el regreso; pero
jamás olvidaremos los abismos del Curaray, la ferocidad aplastante de la
selva, la cabellera de oro de los pajonales del páramo, el amanecer poético
del sol sobre el Antisana.
También Varadero nos dejaba gratos recuerdos: su mar de cristalina
esmeralda, sus playas de suave y límpida arena blanca; pero por sobre todo
aquellas noches hermosas, alegres y sensuales de los hoteles con sus shows
exclusivos y de calidad superior.
Pero... ¡teníamos que volver! Y, esta vez tendría que ser en uno de Cubana
de Aviación. No nos imaginamos que así fuera; pero, ahí estaba el avión:
por fuera, como cualquier avión; pero, cuando abordamos, nos quedamos
sorprendidos del deterioro del aparato: desde la alfombra que parecía
decir: “no me pisen por favor”; los asientos, las paredes, todo parecía que
nunca alguien se preocupó del mantenimiento.
¡Gracias a Dios, nos elevamos! Y, en el aire nos olvidamos del aparato.
Libia: miedosa dormitaba junto a la ventana; Cati al medio trataba de algo
331
leer; yo, me distraía viendo los apuros de las aeromozas tratando de servir
unos sánduches diminutos y unos vasos de cola.
Como nuestros asientos estaban junto al lugar de descanso de las
aeromozas, sin querer, oíamos su conversación.
El capitán Nosecuantos anuncia el final de nuestro viaje; la temperatura en
Quito es de...
-¡Madre mía! –decía una de las aeromozas- el tren de aterrizaje de un lado
se ha trabado y el piloto está tratando de acabar la gasolina...
¡Yo: me quedé helado!; pero Cati también había oído y estaba pálida;
Libia estaba alborozada en tantas veces que había sobrevolado Quito,
nunca había dado tantas vueltas que, le permitían ver barrios y rincones que
nunca había visto ni conocía.
-Van a bajar hasta el tren de aterrizaje para ver si el mecanismo manual da
resultado...
Un traqueteo muy familiar se oyó y el capitán anuncia:
-¡Abrocharse los cinturones que en unos minutos aterrizaremos!; les
deseamos feliz estadía en Ecuador, esperamos volverlos a servir muy
pronto...
-¡Ni muerto cholito! Si de esta nos salvamos...
-¡Papá! Apenas me golpeo en algo me salen estos moretones en el cuerpo.
Yo no sé si es mejor ignorar ciertas cosas o saberlas; lo cierto que esta
inocente observación de mi primogénita me puso la carne de gallina.
-¡Tienes que hacerte exámenes de sangre! Creo que Wilvawer es el mejor.
Así tan sencillamente como resultó el decirlo comenzó el vía-crucis que
tendría que pasar Tania ante una enfermedad que hoy llaman auto inmune
“el lupus”. Exámenes, esperas, desesperaciones, visitas a unos y otros
especialistas, tratamientos, nada pudo evitar que le sometieran a extirpación
del vaso.
El resultado estabilizó el desequilibrio y pudimos ver una mejoría que,
gracias a Dios le permitió seguir viviendo.
332
Siempre; desde que me he atrevido a pensar por mi cuenta, me ha fascinado
el misterio de la vida: el nacer, el crecer y morir.
Siempre me he preguntado ¿quién soy y qué hago aquí? ¿Qué motiva el
nacer? ¿Por qué luchamos tanto por vivir? ¿Es que nosotros nos labramos
un futuro? ¿No es que venimos sólo a recorrer un camino ya trazado de
antemano?
Sé; que intracelularmente somos como un reloj hecho de materiales
perecibles; que venimos hechos para un determinado tiempo, morir y
desaparecer. Pero, ¿entonces a qué tanto esfuerzo? ¿Las cosas que nos
pasan deben pasarnos? ¿Estamos en capacidad de torcer el destino? ¿Y, al
hacerlo no estamos talvez cumpliendo lo predestinado? ¿Qué sacamos de
esforzarnos, sacrificarnos si al final siempre será igual para todos?
La mente humana; la de cada uno, es una cosa tan maravillosa, tan
compleja, tan inaccesible que todo lo que se ha dicho hasta ahora, no son
sino elucubraciones que más bien la empequeñecen. Siendo así, es una
lástima que sea perecible. Y, tememos verdaderamente a las cosas que nos
pueden llevar a la muerte como los accidentes y la enfermedad. O, talvez
al padecimiento de patologías que nos disminuyan, nos imposibiliten o nos
martiricen.
Así nos sucedió con Cati y su deficiencia visual que al igual que su
hermano Gonzalo se vio obligada a recurrir a un transplante corneal,
aprovechando la presencia de un famoso oftalmólogo cubano.
Aunque, sabíamos el pre y post operatorio de la tal operación por la
experiencia de Gonzalo; lo de Cati fue algo tremendamente dramático. No
se evaluaron de antemano el valor de los epitelios en Cati y tuvimos que
pasar las semanas más insólitas, amargas, dolorosas, expectantes no
imaginables. La amenaza de un rechazo rondaba día y noche y nos
mantuvo al borde de la desesperación. ¡Al fin!, luego de una larguísima
lucha se logró una estabilidad en el implante; pero, igual que Gonzalo, de
resultados mediocres.
Dicen que los malos periódicos sólo dan noticias malas; porque sólo las
malas son noticias. La verdad, en la vida de las gentes sólo se recuerda los
impactos sean buenos o malos, mas, yo creo que más se recuerda aquellos
capítulos que lograron conmovernos, sino que, los malos son con mucho,
más numerosos y más impactantes que los buenos.
Así nos sucedió una noche hace algunos años cuando nos aprestábamos a
merendar vísperas del último viaje de Cati a Atlanta donde seguía cursos de
333
perfeccionamiento de idiomas y una pasantía en alguna especialidad de su
profesión: María Cristina llorando en el teléfono decía:
-¡Abuelito! mi mamá acaba de sufrir un grave accidente en el Mercedes...
Recuerdo que sólo alcancé a decir en la casa:
-Tania ha sufrido un accidente en el Mercedes; y salí como un cohete, con
el alma en un hilo y pensando en lo peor. Al llegar; un montón de gente
cubría la entrada a su casa.
Ella, pálida y asustadísima cubría su mano izquierda con la manga de su
chompa, había sangre por todo lado. Su mano hinchada y deforme colgaba
inerte de su antebrazo.
Había tratado de parar el carro que se deslizó sin control por la cuesta del
garaje cuando ella confiada que había dejado puesto el freno se aprestaba a
abrir la puerta del garaje, y su mano quedó atrapada entre el guardafango
posterior y la pared de piedra del garaje ¡casi arrancándola! rota y triturada.
Me quedé paralizado y mudo; sólo atiné a decir.
-Hay que llevarla a la clínica...
Cientos de ideas, cada una más espantosa que otra se venían a mi mente y
ya veía a mi hija sin su mano.
¡Oh Dios! ¿Cuánto nos falta sufrir todavía a los padres? Pensamos que
con cada una de las tragedias se agota nuestra resistencia; pero, Dios hizo a
los padres de un barro especial que puede trizarse, romperse para luego
emerger como siempre ¡Simplemente padre!
El Dr. Manciati, famosísimo traumatólogo vino casi al instante a la clínica:
la examinó, ordenó radiografías y cirugía inmediata. Eran las 12 de la
noche cuando abandonando el quirófano decía:
-¡Hemos hecho todo lo que sabemos! Esperemos que Dios nos ayude a
salvar la mano de Tania. Hemos logrado reconstruir su muñeca que, de
otra manera habríamos tenido que cortarla.
Vinieron semanas y semanas de paciente labor y grandes dolores; pero,
poco a poco iba volviendo la figura de su mano. Pero, su piel, fue
imposible reconstruirla totalmente, y por tanto era necesario un injerto.
334
Pero, ¡allí estaba el milagro! Mi gran amigo, el compañero, el maestro de
aquellos maravillosos años que trabajamos juntos en SOLCA haciendo
cosas que nunca se habían hecho en oncología en nuestro país, se hizo
cargo de esta segunda fase de la operación. El doctor Herrera ¡Con qué
paciencia! Con qué fe, voluntad y maestría, día a día, semana tras semana
fue fabricando epitelio de la nada y al fin no había utilizado ningún injerto;
su mano aunque un tanto despigmentada pero estaba íntegra ¡El amigo
había hecho un milagro para el amigo!
Allí, como padre, sentiría el orgullo más sano y santo que puede sentir el
padre de sus hijos.
Gonzalito que había llegado desde su casa en el Valle de los Chillos
quedaba al frente del problema, sin permitir que nadie, ni siquiera yo sienta
económicamente los costos; aunque no podía impedir que nuestra angustia
y nuestro dolor pudieran ceder sino a las evidencias de su lenta y dolorosa
mejoría.
¡Sí! Casi sin darnos cuenta habíamos criado unos hijos sensibles y
solidarios al máximo que, en la hora suprema sacaban a flote ese inmenso
tesoro de ternura, abnegación y sacrificio entre ellos.
Pero no sólo las desgracias unen a las familias. Alguna vez recordábamos
cuando el núcleo primario que formábamos los padres y los tres hijos nos
lanzábamos a la aventura por los pueblos y paisajes de la serranía; como
habíamos conocido río Verde, río Negro, la catarata del Agoyán y el Manto
de la Novia en el camino de Baños al Oriente. Cómo habíamos gozado en
el lago San Pablo, Quicocha. Cómo era de maravilloso gozar del regreso
por los caminos serranos llenos de paz, quietud y poesía.
Por eso, seguramente decidimos, aprovechando que Gonzalito tenía un
ressort en Disney World, hacer un viaje a Miami, Fort Lauderdale y
Disney.
Era el año de 1999. Salimos de Quito en dos aviones distintos; por
precaución. Llegamos a Bogotá. No recuerdo cuál fue la última vez que
había estado en El Dorado; entonces era un aeropuerto sin mayores
pretensiones; pero ahí estaba transformado completamente en un moderno
aeropuerto: cómodo, grande, elegante, bien ordenado y organizado. Había
soldados y policías por doquier; el problema drogas se había agudizado
tanto que era necesaria una super vigilancia.
¡Oh sorpresa! Cuando avanzaba por uno de los corredores un soldado
desde alguna distancia me recibía con los brazos abiertos. Yo, ni corto ni
335
perezoso ante tanta cordialidad también le estrecho con mis brazos; pero,
había de desengañarme porque él comenzó a cachearme, que era su oficio.
Cuando llegamos a Miami tuve la sensación de algo familiar; y, es que no
había cambiado mucho en un tiempo. Como todos nosotros ya lo
conocíamos, no estaba en nuestros planes quedarnos por allí y, rápido
fuimos a una agencia de rent a car para alquilar un automóvil por diez días
que nos quedaríamos en Los Estados Unidos. Fue fácil, los gringos no se
hacen bolas por tan poca cosa. El único que se estaba haciendo bolas con
su inglés era Gonzalito con el agente encargado del contrato. Yo, le hablé
en español y allí se enderezó la cosa. Salimos con un carro último modelo
y de las características que había pedido Gonzalito; todo fácil, sólo que
todo cuesta un ojo de la cara. Unos mapas de las auto-rutas y ya estábamos
camino a Fort Lauderdale, cuatrocientos Kilómetros al norte.
Gonzalito al volante, Tania de copiloto y con los mapas por delante,
nosotros atrás nerviositos, con los pelos de punta, agarrados a los asientos,
callados y viendo como se desenvolvían. ¡Increíble! manejaba a 140
Kilómetros por hora al compás de los demás automóviles, pendientes de los
mapas y los letreros que hay a cada paso en las auto-rutas americanas.
Dios que es Dios e ilumina a los seres inocentes no nos perdimos en
semejantes vericuetos de salidas, entradas y cambios de carreteras. ¡Qué
carreteras! pero también qué peajes que se paga.
Ya entrada la noche llegamos a Fort Lauderdale. Buscamos un motel
familiar bastante cómodo y ¡a curiosear!. Al fin, un puerto es un puerto; la
vida nocturna es alegre y agitada. En una terraza nos quedamos a disfrutar
del movimiento y aprovechar para comer alguna cosa.
En medio de tanto gringo bien quedaba unos sánduches y unas colas. Unos
meseros gringos, ágiles, alhajas y hasta chistosos nos sirvieron. Lo que no
me gustó nadita fue que por esa tonterita me sacaron 75 dólares.
Decididamente tendremos que comer poquito o regresarnos enseguida,
comentábamos llenos de risas. Paseando por el puerto, nos pareció un
lugar muy bonito, propicio para pasar unas buenas vacaciones.
Al otro día, con la debida dosis de sustos, llegamos a Disney World. Ya
sabíamos que por allí todo es grande; pero, ¡no hay que exagerar tanto!...
Los parqueos para los automóviles son inmensos, mucho más grandes que
cualquier plaza nuestra y además hay varios de ellos. A tanto llega el
asunto que hay un trencito pequeño que recoge a los turistas para llevarlos
a sus destinos.
336
El mismo Disney se divide en varios de ellos y cada uno necesita por lo
menos un día para visitarlos.
Habíamos hecho del Ressort nuestro cuartel general y de allí partíamos a
los distintos lugares de visita.
Decía que allá todo es grande y, como para confirmar la regla el Ressort era
un pueblo pequeñito con un conjunto, más bien dicho, conjuntos de
edificios de 10 pisos en bloques que cada uno tiene todo completo e
independiente. Los departamentos a todo lujo tienen desde cine en casa,
yacuzzi, todo lo necesario y moderno, hasta tabla y plancha para planchar;
dormitorios amplios, lujosos, cómodos para alojar fácilmente 8 o 10
personas. Incluso el cocinar se facilitaba enormemente, aunque viviendo
en Estados Unidos, por la noche llegábamos llevando comida preparada;
desde patatas fritas hasta langosta. Todo fácil, sencillo y a la mano. ¡Y
todo ello pertenece a un solo dueño!
Cuando veíamos los espectáculos, yo no sabía qué debíamos admirar más:
la fantasía, la técnica y ciencia empleadas para su elaboración y
funcionamiento; la riqueza y variedad de cada uno de ellos, o el ingenio, el
dinero y la voluntad de hacerlos.
Contar sólo los más espectaculares llevaría días en hacerlo; no se diga cada
uno de ellos. Y es que en todo se ve que se tomó en cuenta hasta el más
mínimo detalle. Por ejemplo: un tren que atraviesa la selva, la pradera, los
asentamientos, los bosques y, en cada uno de ellos se ve elefantes
bañándose en un río; los tigres descansando, los orangutanes comiendo o
durmiendo, los indios en sus chozas de cueros junto a sus fogatas y sus
familias.
Uno puede subirse a un enorme árbol donde han hecho unas gradas con
pasamanos y todo y visitar unas casitas pequeñitas a lo Tarzán; pero lo más
extraordinario es que este árbol gigante con hojas y todo es enteramente
artificial. Hay otro también grande, inmenso donde en raíces, tronco y
ramas han esculpido animales; serpientes, monos, tigres y más; todo
enteramente artificial.
Nunca había visto un río que sube su cauce; pues lo recorrimos en una
canoita.
Un tren que atraviesa unos túneles donde a cada paso le salen sorpresas
horribles que hacen chillar a los viajantes. Y, así, cientos y cientos de
curiosidades que le dan a Disney el cetro de la novedad y diversión.
337
Un ambiente de fiesta permanente le dan miles y miles de turistas de todas
partes del mundo en una mezcla de idiomas y colorido que por sí mismo ya
es otro espectáculo digno de conocer.
Todo el mundo está cansado, agotado pero feliz. Caída la tarde culminan
los espectáculos con el desfile de todos los artistas: el pato Donald, el lobo
feroz, los chanchitos, los enanos y la bruja de Blanca Nieves, el perro
Pluto, Gepeto, las hadas y los duendes y cerrando todo, el castillo
encantado en medio de luces virtuales que cruzan el cielo anochecido
invitando a soñar a chicos y viejos en algo nunca visto ni soñado.
Y, como siempre los sueños son como las pompas de jabón bellas,
iridiscentes pero que sólo duran lo que dura un sueño; al fin se deshacen y
nos dejan con los pies en la tierra y a vivir lo cotidiano.
¡El regreso! Fue más estresante que la venida porque habíamos escogido
una ruta estatal y, allí no dan tiempo de ver las señales, peor los letreros e
indicaciones; más de una vez tuvimos que regresar sobre lo andado para
coger el desvío correcto, pero a costa de grandes sustos, dudas y acertijos; a
tal punto que cuando llegamos a Miami y estábamos situados sobre el paso
a desnivel que señalaba la presencia de la compañía de Rent a car no
sabíamos cómo llegar a ella y nos vimos obligados a alquilar un taxista que
nos guíe.
¡Verdaderamente fue un viaje inolvidable! Y por muchas razones:
habíamos viajado el núcleo familiar y una vez más comprobar lo hermoso,
lo maravilloso que es la armonía y el cariño de la sangre; habíamos
conocido, admirado y gozado de unos espectáculos no imaginados;
habíamos comprobado cuánto puede el ingenio humano y lo poderoso que
es el señor dinero.
Volveríamos a nuestra rutina; pero, contentos de haber experimentado
como los niños que, aún hay un rinconcito en cada uno de nosotros para los
sueños y las fantasías.
Y es que el hombre es una fábrica de sueños; sueños que a veces terminan
con el “y vivieron felices”; otros con el “no pudo ser” y otros que siguen
pese a los tropiezos y fracasos con el “tengo que llegar” porque el soñar es
vivir y gozar de anticipado.
Gonzalito desde niño se interesó por las artes marciales y yo, seguía muy
de cerca sus progresos. Tenía facultades suficientes para ello. Cuando
tenía unos 15 años asistía a un dosho muy interesante donde les enseñaban
a superar el cansancio, la fatiga, el dolor, la impaciencia y a dominarse a sí
mismos.
338
Así, fue conociendo a sus amigos; más que nada importante para mí en una
época tan proclive a seguir malas costumbres, vicios y en la edad de
Gonzalo que podían perjudicarle para siempre. Por ello, yo estrechaba más
la amistad que había entre padre e hijo y, sus amigos fueron siendo mis
amigos.
Había regresado de París después de co-presidir el Congreso de cirugía
máxilo-facial y estomatología de 1975, donde también me habían operado
el ojo izquierdo por una amenaza de desprendimiento retiniano que, fue
todo un éxito; pero que limitaba grandemente mis habituales costumbres
deportivas. Por insinuación de los médicos que me operaron, mis ejercicios
se limitaban a sólo caminar. Esto, trajo como consecuencia, una serie de
achaques que minaban mi salud.
-¡Papá! ¿Por qué no haces karate?
-¿Yo? ¡Hijo! Si los médicos casi, casi sólo me permiten respirar...
-Haces sólo lo que puedas...
Ese fue el comienzo de una actividad, de un deporte que nunca sospeché
que incidiera tanto en mi vida. ¡La verdad! Me dio muchas, muchas
satisfacciones; la principal conocí, traté y cultivé la amistad de varias
personas con quienes seguimos amando ese deporte.
Fue una noche en que Gonzalito me presentaba en el dosho de Enrique. El
mismo sólo era cinturón marrón; pero, ¡qué tenacidad! ¡qué entrega!;
transmitía a todos un entusiasmo fenomenal. Los demás: Jorge,
Wladislav, Chancay, Zea eran ejemplos a seguir.
Allá por el canal 8 en las noches de invierno hacía un frío polar; pero, eso
no importaba, ni la lluvia para estar cumplidos y dispuestos.
El karate no es para abusar de fuerza o habilidad; el karate es para disuadir,
para que el contrincante se dé cuenta que lo mejor es razonar.
Hincados en el duro suelo del dosho uno siente que poco a poco le va
subiendo el dolor; desde las rodillas a la cintura, a la espalda, los hombros;
siente que le zumban los oídos mientras el instructor no parece darse cuenta
que ya casi tenemos nublada la vista... y continúa: “en el karate no existe
el dolor porque lo superamos con la mente” ¡No me duele! ¡no me duele!
¡no me duele! mientras empiezan a amortiguarse las piernas y, luego ya no
las sientes. El instructor sigue...
339
-Hay que dejar la mente en blanco... pero lo que si está blanco es el rostro
de todos los principiantes.
Cuando ordena ponerse de pie, nosotros empezamos por apoyarnos en las
manos y luego de una en una mover la piernas, mientras los antiguos y
avanzados, de un solo salto ya están de pie.
¡Rei! Es necesario gritar al principio y al fin de cada sesión porque es un
saludo, una cortesía. Porque el karate no es sólo defensa personal; el karate
es: bondad, gentileza, confianza, respeto y humildad.
-¡Musubi dachi...!
-¡Kameé!
-Recuerden siempre que: migi es derecha e idari es izquierda...
-¡Zencutzu dachi! Y el profesor nuestra su posición con el pie izquierdo
adelante y el derecho atrás –todos seguimos sus movimientos... Las
manos: izquierda adelante y derecha atrás a la altura de la cintura hechas
puño. Luego cambiar posición al contrario y repetir el ejercicio.
-¡Recuerden! Tzuqui es puñetazo, Uehi es golpe, Geri es patada...
Luego se desplaza hacia adelante en forma alternativa.
-Ish-ni; ish-ni; ish-ni. Nosotros le seguimos mientras él cuenta...
Así; se han pasado tres horas; los dedos y las plantas de los pies arden
como desollados y es que han quedado casi sin piel... ¡En el karate no hay
dolor; el dolor es sólo mental!
Día a día vamos aprendiendo con dolores y alegrías este deporte y al
mismo tiempo la filosofía y el espíritu japonés.
-El karateca debe saber que el karate se nutre de 1º filosofía, 2º de voluntad
de aprender, resistir, disciplinarse, edificarse, 3º fuerza: músculos y huesos
fuertes, 4º equilibrio en cualquier posición, 5º técnica efectiva y con el
menor esfuerzo y, 6º por último decisión. Si al fin decidió pelear tendrá
que ser hasta el fin.
¡Las Katas! El resumen de las contingencias. Es un ballet guerrero preciso
y minucioso; conjunto de movimientos precisos y armónicos hasta llegar al
zanchin; o sea la perfección.
340
Te llevan enorme tiempo el aprenderlas, gran paciencia y tenacidad y,
mientras vas practicándolas vas aprendiendo, puliendo tus valores
espirituales de la paciencia; tenacidad y culto a la perfección.
Así pasan los años y los cinturones. Cada uno de ellos significa que vas
hacia adelante, que te vas perfeccionando, que tienes que ser mejor porque
tras tuyo hay gente que te ve, te juzga y valora, como uno valora y ve a los
que tienes adelante y quieres llegar a ser como ellos.
¡En el karate no hay dolores! Y, estoy por creer que ciertamente la mente
controla tu cuerpo y tu espíritu.
Cuando era cinturón amarillo me tocaba hacer las prácticas con un
jovencito que era canterón; tenía las manos más duras que una piedra y
cuando por alguna razón chocaban nuestros puños; ¡salían chispas! casi
estoy seguro de ello.
Cierta ocasión veíamos gotas de sangre en el piso del dosho mientras
practicábamos, no sabíamos de quién era, pero seguimos practicando.
Cuando terminada la clase fuimos a descansar, ¡oh sorpresa! me faltaba la
uña del dedo grande del pie ¡y no fue una sola vez...!
Cuando practicaba con Wladislav que era cinturón marrón, vi que me venía
una yoco-geri... y, quise experimentar qué tan fuerte podía ser una patada
tal y si yo podía soportar la prueba...
Bueno... fue tan fuerte que me sumió tres costillas, casi me noquea porque
se me aflojaron las piernas y momentáneamente se nubló mi vista. Lo
malo fue que casi no podía respirar y tuve que parar tres meses.
Pero, por otro lado, nos sentíamos fuertes, como un torpedo, alegres,
seguros y agradecidos con sen sey Sasaki que era exigente, sabía
motivarnos. Sólo en dos ocasiones le vi perder la paciencia: una con Zea
que era cinturón negro y que en un momento dado le barrió tan fuerte que
le hizo caer de nalgas aparatosamente; y otra cuando se ejercitaba con un
karateca de Guayaquil y en un momento dado, éste le daba con los guantes
en la cara. Fue tal el desconcierto que no volvió nunca más por el dosho.
Las lesiones eran poco comunes y casi siempre por el descuido, la falta de
decisión o de técnica del agredido. Así me pasó cuando por parar una
patada me rompieron una arteria del brazo que, enseguida se hizo un
derrame que comprometió todos los tejidos y que dolía horrores aunque
repitiera mil veces: ¡no me duele, no me duele! ¡en el karate no hay
dolores!
341
Igual me sucedería en una pierna; también por una patada y que, igual me
tendría semanas lejos de las prácticas.
Más tarde por culpa mía seguramente Okuyama me rompía el dedo anular
de la mano izquierda y, en otra ocasión Fernando me rompería una falange
de la mano derecha.
Poco a poco el ejercicio continuo, la práctica cotidiana nos iba dando
firmeza, seguridad y una confianza en nosotros mismos que sobrepasaba
los ámbitos del karate y se reflejaba en nuestra personalidad y en la vida
cotidiana.
Gonzalito parecía que había nacido para karateca. Tenía una rara habilidad
para moverse y servirse de sus pies y sus manos que, yo haciendo
abstracción de mi condición de padre me parecía que era lo mejorcito que
teníamos del karate en ese entonces; hasta cuando en unas prácticas en el
bosque se rompió los ligamentos de su rodilla y, desde allí no volvió a ser
el mismo de antes.
Hay veces que como cualquier deporte, el karate tiene sus peligros: como
el que pasó Dani cuando recibió una maguashi geri en el cuello y creo que
le paralizó la respiración porque corría alrededor del dosho en un solo grito
que nos sobrecogió a todos y con los brazos en alto y los ojos sobresaltados
parecía pedir aire desesperado.
En otra ocasión en que Tomás y Gonzalito practicaban, se oyó como
cuando se rompe una rama seca; imprudentemente Tomás había parado una
yoco-geri con el antebrazo.
Algunas veces nos visitaban karatecas de otras naciones. Recuerdo de un
par de colombianos que puestos a practicar con Gonzalito, lo zamarreaban
de lo lindo; y, ¡era nuestro prospecto!.
Esto, nos estimulaba sobre manera porque nos hacía ver el camino que nos
faltaba recorrer.
Así mismo, venían personas que pensaban que el karate es sólo aprender a
golpear y nada más. Alguna vez estuvo Carlos, un periodista, todo él
equipado como un verdadero samuray y que me escogió a mí, el más
nuevito de los cinturones negros, para que hiciésemos una práctica. Yo,
practicaba mucho en una mawashi geri que precisamente me había servido
para ascender a cinturón negro en un combate con Fernando y en el primer
cruce de golpes con Carlos salió desgraciadamente la mawashi geri que le
golpeó en el cuello. Lo lamentable del caso fue que, allí mismo botó toda
su indumentaria y nunca más apareciera por el dosho.
342
Venían karatecas de varias nacionalidades: americanos, venezolanos,
europeos, asiáticos; gentes que recorrían el mundo enseñando y
aprendiendo. ¡Qué envidia! cada cual era mejor que el otro. La perfección
nos parecía algo inalcanzable.
En el karate aprendes a ser prudente y siempre a considerar al contrincante
un adversario digno de respeto. Te enseña serenidad aunque la adrenalina
te corre a raudales; es difícil y a veces nunca la alcanzas, pero es lo primero
que debes aprender, como lo recuerdo con Miguel: un joven alto, atlético,
fuerte, decidido que invitándome a cruzar golpes, se lanzaba con todo:
cuerpo y brazo hacia adelante sin medir distancias que, yo al pararle con la
mano a medio camino, se dislocaba el hombro.
Han pasado los años, muchos años, y hoy recuerdo que nuestras células
llevan en sí la fatal decisión: por más que cada una de sus partes se
renueve constantemente en el camino, al final hay un “hasta aquí no más”
de tal manera que esquemáticamente vamos muriendo todos los días.
En estos días cumpliré ¡ochenta años!.
¿Valió la pena vivirlos? Yo, ¡creo que sí!
Aunque, como digo, uno va muriendo por partes. Recuerdo que me bañaba
un día sábado y miraba con horror unas gotas de sangre en los muslos
¡Susto tremendo! porque creía adivinar la causa. Inmediatamente hacía
contacto telefónico con Wilson, colega, amigo desde el barrio de la Loma
Grande. Gentilmente se ofreció a atenderme y examinarme.
-Tienes la próstata un poco grande –decía como cosa sin importancia-.
Yo, callado sólo imaginaba lo peor...
-Te voy a mandar unos exámenes de sangre, unas radiografías para ir
evaluando...
Yo, sabía de aquellos preámbulos por mis andanzas en los hospitales de
París y en Solca.
Hechas las evaluaciones, todo resultaba felizmente negativo.
-Para estar seguros quiero hacerte una uroscopía.
También fue negativa.
343
-Yo creo que de todas maneras debes hacerte extirpar la próstata lo más
pronto posible. Yo te puedo hacer en cualquier clínica que escojas.
-¿Y cuánto más o menos costaría?
-Más o menos... tanto.
-Ve, yo no tengo tanto dinero; pero tú trabajas en el Seguro Social y como
afiliado puedes ayudarme.
-¡Talvez no! Porque nos monitorean...
Sabiendo lo que el colega y amigo quería, más bien decidí seguir el vía
crucis del Seguro Social.
-Soy fulanito de tal y necesito operarme y quisiera ver si es posible una
cama...
Este pedido se repitió como disco grabado tres veces por semana, 12 veces
al mes, 72 veces hasta que...
-Ya puede internarse; traiga su pijama mañana.
-¡Gracias doctor!
De nada me había valido seguir los consejos de gentes que habían hecho
regalos, atenciones. Yo no quería aparecer como colega y sólo quería
merecer el trato que a todo el mundo otorgaban.
Durante todo este preámbulo, nada sabían en la casa, no quería preocupar a
la familia y hasta pensaba hacer un falso viaje y operarme sin que ellos
supieran.
Mientras tanto, con aquellas noches que no dormía, planeaba lo mejor que
podía el “en por si acaso”. Ya los hijos eran grandes, profesionales, con
sus familias; pero, mi mayor preocupación era mi “Tres cuartos de
naranja”. En el consultorio comencé a ordenar toda clase de documentos
capaz de que no tuvieran dificultad ningún momento. Me daba enorme
pena que tuvieran que casi regalar equipo e instrumental que a nadie de la
familia le serviría después del “por si acaso”.
La presión arterial se trepó a niveles incompatibles con una operación y
decidieron que no podían operar inmediatamente. Y, lo que no quería tuve
que hacer ¡comunicar a la familia!
344
Parece que el verme sereno y animoso coadyuvó a que la familia también
se serenara.
En 10 días de comer sopa, pescado o pollo de dulce, estuve listo para la
cirugía. Allí apareció el colega y amigo Wilson reclamando su derecho a
operarme.
A Pancho, cuñado de mi hermano Mario, le había pedido que me diera la
anestesia y él me la puso raquídea; tan bien que nunca sentí nada y más
bien me dormí. Y, bien que así sucedió porque en algún momento que
caminaba por el corredor de la sala de urología oía que dos colegas
conversaban.
-¿Qué suerte que tiene el longo no? Con semejante desangre no se murió el
pobre doctor. Ellos no sabían que yo era la víctima.
Luego confirmaría lo ocurrido cuando en el post-operatorio, por 5 días me
sacaban 50 cm. de rollo de gasa que sirvió para desesperadamente sellar la
hemorragia y razón tenían mis hijos cuando decían que había salido de la
operación más blanco que un papel.
Yo sabía que la anestesia raquídea me anestesiaría las piernas y sabía
también que me podía quedar paralizado y, cuando al despertarme quise
mover los pies y no pude, comencé a sudar frío pensando en ello.
Fue una experiencia muy especial; nunca había estado enfermo y peor en
una clínica, pero quiso la suerte que me tocara como compañero de cuarto
un profesor de apellido Wilka, de Riobamba, por más señas, aunque creo
debe haber sido de por allí cerca. Pero bueno; resultó un tipo muy alegre,
optimista, bolsa de cachos, tanto que como nuestro cuarto estaba frente al
puesto de enfermeras, por las noches ellas y los internos venían y se
formaba un jolgorio que mereció las protestas de los que sí estaban
enfermos. Y, es que seguramente nosotros inconcientemente tratábamos de
alguna manera de desentendernos de aquellos gritos desgarradores de
algunos enfermos y también que no es nada bonito ver sacar las sábanas
blancas que cubren a algún paciente que murió.
Cuando me dieron de alta, regresé a la casa. Había perdido unas cuantas
libras de peso y algunos litros de sangre; capaz que me veía esbelto y con
una romántica palidez; listo a empezar de nuevo. Aunque esto de empezar
de nuevo, no me refería a volver a la clínica...
Pero lo cierto fue que por algunas semanas no podía subir ni bajar gradas ni
manejar carro. De tal manera que pasé como león enjaulado y apenas se
345
cumplió la prohibición salí decidido a recuperar el tiempo perdido, tanto
que, a los dos meses ya estaba nuevamente en el karate.
Como no hubo chance de el “en por si acaso”, me sentía eufórico y capaz
de todo.
Sí, ¡capaz de todo! Hasta de volver a la clínica con una hernia inguinal.
Me chequearon, me evaluaron y, como siempre ¡no hay cama!
Salía del consultorio del médico que me había dicho que no había cama y,
en el corredor me encuentro con Fernando; colega que cuando trabajaba en
Solca, él era interno y ahora era Jefe de Oncología.
-¡Qué haces aquí!
-Dicen que tengo una hernia inguinal, pero no saben cuando habrá una
cama.
-¡Espérate un rato! Entró en la consulta que me había atendido y al poco
rato.
-Mañana te vas a internar...
-¡Gracias Fernando!
Y, así, volvía a repetirse el mismo ritual anterior pero con más suerte o
talvez mejor cirujano... Sólo que era cerca de Navidad y la pobre familia
tuvo que pasarla de visita en la clínica.
¿Pero quién les entiende a los del Seguro Social? el:
-No hay camas... ¡pero sí había! ¿Entonces...?
Ya dentro de la Clínica uno se entera sin querer de cosas como:
-¡Vea compañerito! ¡Cuántas cosas que llevan en esos canastos de
mañanita!... –Viendo desde la ventana del dormitorio-.
-¡Ah! Dicen las auxiliares que es lo que sobra de los remedios que han
utilizado por la noche... y se llevan para la casa. Pero eso no es nada
comparado con el negocio que hacen los altos jefes con la compra de
remedios... Compran enormes cantidades que no utilizan, se pasan y otra
vez a comprar donde hay coimas y “premios” entre comillas. Pero si hasta
las visitadoras sociales venden las “camas” también entre comillas. Las
346
que dan los turnos... dicen que ya se llenó el turno de tal doctor y la verdad
que el pobre doctor está solito sentado en su escritorio esperando turnos y
cuando les monitorean les mandan a algún centro de salud por no “tener
pacientes” entre comillas.
-Verdaderamente hay mafias de empleados, sindicalistas y de todo género.
Cuando alguien quiere poner orden, desde arriba le despiden o le
amenazan.
-¡Con tal que a mí me operen bien!
-¡Eso sí! Creo que en tratándose de usted si le han de quedar bien.
-¡Doctor! ¿Usted creo que va a ser el nuevo Director no?
-Buen chiste... ¿por qué dice?
-Porque veo que vienen a visitarle hasta de otros departamentos los
doctores.
-¡Es que ha corrido la voz que soy inmortal!
-¿Cómo así?
-Es que me operó el doctorcito N... ¡y no me he muerto!
Papá decía que nadie muere la víspera, sino; el día...
Le contaré que: bueno, ¡me he escapado de buenas...!
Cuando trabajaba en la Policía, en tiempos de Velasco Ibarra, a cada rato
nos encuartelaban y pasábamos verdaderos sustos; pero, el que más
recuerdo fue cuando algunos policías habían cogido presos a unos
paracaidistas, y el ejército nos rodeaba para desquitarse. Querían
repartirnos pistolas, pero nosotros éramos sanidad y nos bastaba con
nuestros mandiles blancos. Pero comenzaron a chisporrotear los tiros y el
Jefe, el Dr. Albuja, decidió que por la escalera de incendios bajáramos
hasta la huerta de los franciscanos; mas, creo que por allí también había
franco tiradores del ejército que, apenas Albuja puso el pie en la grada, un
tiro le pasó silbando por la oreja. Allí, Albuja perdió el control de sus
esfínteres; aunque después se justificaba porque así es “la diarrea de los
combatientes”.
-Bueno... yo creo que no sólo es en el combate donde se huele el “miedo”
entre comillas. Allí había una sala que llamaban de las confesiones.
347
¡Pobre del que entraba allá! le hacían confesar que había robado aun antes
de nacer. No sé, yo no he visto pero cuentan que les cuelgan de los
pulgares, de los testículos, les queman con alambres eléctricos. Al hijo de
un colega le cogieron como miembro del Alfaro Vive Carajo y él decía que
el pobre hijo no tenía un puestito sano en todo el cuerpo; que era todo él
morado y que estaba como atontado porque le habían metido electricidad
por el oído y que gracias a que pudo salir disfrazado se salvó en una acción
como de película.
Allá adentro, cada cual se cree dictador y capaz de hacer cualquier daño
que, está seguro que le respaldarán y saldrá inmune. Sabiendo esto y
conociendo; una mamá de una mujercita que le reclamaba algo a un policía
y éste se reía y no hacía caso; ella, después de los peores insultos que a él le
resbalaban como si nada; ya al borde de la histeria le dice a la hija:
-¡Hijita! Para qué gastar palabras; decíle chapa y está dicho todo...
Y, es que parece que al así decirle, está reuniendo todas las indignidades
que puede reunir un ser humano.
-Pero parece que allí y en todo lo que es justicia la podredumbre es la
norma. Le cuento lo que me pasó a mí personalmente.
Una mañana que estaba trabajando recibo un telefonazo:
-¡A Lizeth casi le matan en un accidente!
-Lizeth es mi nuera-¡Cómo, cuándo, dónde!
-Está en la clínica y en este momento la operan...
Así comenzó uno de los capítulos más tristes, injustos y dolorosos de
nuestra familia. Pues, yendo a su empleo, ella manejando su carrito Corsa,
en la avenida América y Marchena, al cruzarla, un camión inmenso con
toda la prepotencia que siempre tienen los choferes de estas “mulas”, sin
respetar que había una luz roja se lanzó cobardemente sobre el pequeño
carro: lo arrolló, lo destrozó y casi le aplasta materialmente, hiriendo
mortalmente a mi nuera. Todos los que vieron el accidente coincidían en
ese momento en la culpabilidad criminal del chofer que, como es
costumbre huyó sin preocuparse del terrible desastre que ocasionó.
348
Felizmente la intervención oportuna, profesional y expedita salvaron su
vida pero tendría que cicatrizar heridas, consolidar huesos, reactivar
articulaciones. Como un milagro quedó relativamente bien.
Pero tendríamos que pasar una experiencia igual de amarga con los
abogados, los tribunales, los testigos y los jueces.
Llegó a tal la audacia que recibimos una demanda del abogado de la
cooperativa a donde pertenecía el camión que, pedía el apresamiento de la
víctima y el pago de daños y perjuicios.
Y, allá voy amigo mío, donde entra la corrupción al máximo: el parte
policial –nunca conocí al sinvergüenza que hizo el parte- insinuaba la
culpabilidad de mi nuera.
Lleno de indignación entablamos juicio criminal en uno de los juzgados.
El abogado de la cooperativa, ducho en estas lides presentaba testigos que
no sólo habían visto el accidente, habían presentido y aunque no eran del
lugar habían estado en aquella esquina.
Mi abogado que de tonto no tenía sino la cara, se las amañó para presentar
testigos que también habían “visto” entre comillas el accidente e
indignados se prestaban a declarar “para no dejar pasar un acto criminal” y
de atropellamiento.
-Consígase testigos de prestigio; de los que no puedan dudar los jueces en
contra de los aplastaditos del otro lado –me decía-.
Así se hizo. Y un arquitecto y un médico que “casualmente” estaban
manejando sus vehículos en la cola tras el carro de mi nuera atestiguaban,
coincidían y juraban con lujo de detalles del accidente; haciendo hincapié
precisamente en los puntos que mi abogado quería.
Por consejo de mi abogado una vez que se inició el peloteo judicial; cada
vez que tenía que llevar un escrito o hacer una gestión en el juzgado le
dejaba 10, 15 o 20 sucres al secretario para que agilitara los trámites; que,
dicho sea de paso, se iban enredando más y más.
-Vea: dígale a su abogado que haga esto, o aquello y que, ante mi
desesperación, mi abogado no se inmutaba y más bien me decía:
-Usted redacte el alegato, usted debió ser abogado.
349
Yo, le tenía confianza aunque su apariencia no era para intimidar a nadie,
peor a los del otro lado.
Dos años seguimos el tal juicio en medio de una tensión cada vez mayor.
Para colmo, casi al final, me enteré que el secretario a quien yo halagaba
era primo del abogado de la otra parte.
Para mí, nos tenían ganado el juicio...
-No se desespere que todavía no se ha acabado me decía y al último, cerca
de dictar sentencia, cuando el otro bando no podía retroceder se mandó un
escrito donde el juez no podía sino dictar sentencia a nuestro favor.
Y mi abogadito, del que nadie daba un centavo porque usaba unos ternitos
y unas combinaciones tan peregrinas que mi hermano solía decir:
-¡Tu abogado más parece pesquisa...!
Y, aunque era dueño de una hacienda con guagritas –como él decía- y tenía
casas por aquí y por acullá; se ahorraba pintando el pelo con tinta de
zapatos.
“¡Ganamos el juicio!” entre comillas; con sentencia, gastos judiciales,
órdenes de prisión y mil maravillas. Tales maravillas como que los
honorarios de mi abogado eran muy inferiores hasta del sueldo de un
maestro de escuela.
Al cabo de tanto tiempo sólo quedaba cobrar los daños, el carro, la clínica,
etc. Sólo que allí me acordé que para ello tenía que seguir otro juicio.
Como cuando en el cruce al entrar a Conocoto nos atropelló un camión que
en un trompo por brusca frenada casi se da contra la gasolinera y nos
atropelló al carro de un señor abogado y al mío. Cuando le sugerí actuar
juntos en el reclamo me decía:
-Más le va a costar el juicio que el arreglo de su coche; y nunca hizo nada y
yo tampoco al ganar el juicio saqué nada.
¡Por lo menos voy a meterle preso a este criminal! –decía yo- y fui a pedir
la colaboración de mis panas de la policía.
-Capitán quisiera que me ayude y se capture a este desgraciado...
-¡Claro! Pierda cuidado que para eso estamos ¡Sargento tomo esos datos y
hágase cargo del caso!
350
Pues como el lugar donde estaba la cooperativa no distaba mucho del de la
Policía, esperé que de un momento a otro le tomaran preso al causante del
accidente. Regresé a los 15 días y nada habían hecho porque el sargento
necesitaba automóvil para moverse. Después de insultarles porque conocía
el que ellos esperaban que yo le capture al hechor, le lleve preso y les
entregue o sino les suelte una buena cantidad de dinero para moverlos.
-¿Por qué no le han cogido?
-Estamos escasos de personal y no tenemos en qué movernos.
-¿Usted no tiene piernas sargento?
moverse?
¿Lo que quieren es aceite para
-Hable con mi mayor.
-Mayor: ¿es necesario palancas para que le hagan justicia?
-Lo que pasa es que ha huido y ahora está en Quevedo. Telefoneamos allí
y ahora le buscan.
En este sonsonete se pasó el tiempo de la condena y salí burlado,
desplumado y avergonzado de confiar en una Policía de mi país...
Pero bueno... a pesar de todo salí bien de la segunda operación y mi
ocasional compañero de cuarto me decía:
-Si quiere descansar; mejor pida vacaciones y no se haga operar...
¡C’est la vie! Dicen los franceses. Y es cierto. Así es la vida...
-Hoy, que han pasado los años veo que igual camino siguen los hijos
hilvanando su vida. Y pienso que igual los nietos van entrando a formar
parte de aquel rosario que los tibetanos manejan todos los días y que les
recuerda que todo en la vida es un círculo sin principio ni fin.
¡C’est la vie!
Así es la vida... me hace reír porque andando alguna vez por la avenida 24
de Mayo veo que casi soplando un viejo camión se esforzaba a ojos vistas
por subir la cuesta y aunque bien destartalado; casi parecido a mi abogado,
lucía orgullosamente sobre el parabrisas un letrero que decía ¡Así es la
vida! Y atrás, justo sobre el guarda choque otro que decía: ¡Corre
papacito!...
351
¡Así es la vida!. Parece a veces una broma un tanto cruel como la que me
jugó la lotería de París.
Había comprado un guachito con la esperanza de que pudiera llevar
algunas cositas para la familia cuando regrese. También, cada vez que
paseaba por Champs Elissees había una hermosa vitrina con un Mercedes
descapotable que me guiñaba el ojo cuando pasaba; y el muy sinvergüenza
parecía que se burlaba de mi pobreza. Pues bien, agarrado de mi guachito
me acerqué a uno de los puestos de lotería y, sabedor de mi ninguna suerte
esperaba que la “viuda de guerra” que me atendía verificara el número.
-¡Se ha ganado veinte mil francos!
-¿Qué? ¿Cuántos?
-¡Veinte mil francos!... y el sinvergüenza descapotable valía 19.600
francos.
Medio lelo, medio trabado, le decía...
-¿Dónde puedo cobrar?
-Aquí yo le pago...
-¡Uy! Bueno... y comienza a contar... 20 francos.
-¡Cómo! ¿No dice veinte mil?
-¡Claro! El número entero... éste es un guachito y además son veinte mil
francos antiguos...
Las viejitas siguen haciendo sus cuentas en ancien francs; de tal manera
que ni más pasé nuevamente por aquella vitrina. Estaba seguro que el
sinvergüenza descapotable no me guiñaría el ojo sino que se carcajearía...
Como nos carcajeábamos con las ocurrencias de las comedias del Omoto
Albán. Pues, alguna ocasión anunciaba en grandes carteles su estampa
estelar: “La conquista de la China”.
Como nunca...; más bien dicho: como siempre el teatro estaba de bote a
bote.
-¿Cómo será? ¿Cuánto se habrá gastado para poner en escena un programa
tan grande e importante?
352
Expectación general... Las tres campanadas... Se alza el telón...:
Un chapita que vota un puchito de tabaco que casi le quema las uñas y que
se pone a silbar.
Por bambalinas aparece una china con su pañolón, sus trenzas y su canasto
y que le hace unos fieros desplantes al chapita que, no se amedrenta y se
lanza a “La conquista de la China”.
¡Sí, así es la vida!... Como el anillo de brillantes que me diera Celcio, mi
cuñado.
Habíamos estado en New York en casa de mi cuñado una noche, esperando
que viniera para merendar. A poco llegaba; medio misterioso, medio
alegre y nos enseñaba un precioso anillo de brillantes que acababa de
comprar a un negro que le esperaba tras la puerta de calle y le ofrecía de
ocasión; pues se acababa de “encontrar” en la calle –entre comillas-.
En verdad era un anillo grande, de oro, de diez brillantes medianos
engastados en un marco de platino. Verdaderamente una maravilla...
-Ve, llevate a Ecuador y allí me guardas porque aquí me han de robar –me
decía mientras me entregaba la joya.
Ya en Quito le decía a mi mujer:
-Nunca me ha gustado mucho llevar anillos, pero éste sí me ha gustado.
-Póngase no más y después le compramos a Celsio.
-Pero está muy grande para mí...
-Haga que el señor Padilla –mi consuegro que es joyero- le adapte...
Bien mandado fui donde el consuegro a mostrar el anillo.
-¿En cuánto le taza este anillo que compré en New York...?
-Bueno... en verdad está bonito... ¿le costaría unos mil doscientos
dólares...?
-Es de un cuñado mío. ¿Podrá adaptarle a mi dedo?
-¡Claro! Le cortamos y ya...
353
Al otro día...
-¡Caray doctor! No sé como decirle... pero al querer soldar el anillo ya
reducido caímos en la cuenta que no era oro ni los brillantes son diamantes.
Y me entrega la maravilla convertida en bambalina.
¡Así es la vida!
Cuando faltaba el agua en la casa, se mandaba la ropa sucia a lavar en la
“Casa de Arriba”. Un buen día mamá casi llorando se quejaba que se
habían robado toda la ropa que la lavandera había dejado lista sobre la
piedra donde lavaban.
-¿Pero no entiendo cómo pueden robarse de la lavandería si ésta queda en
la parte más posterior de la casa?
Y mi papá que siempre se creía listo y pilas decía:
-¿No mandaste tú a traer la ropa? ¡Yo hasta me hice a un lado para que un
hombre pasara cargando la maleta de ropa!
¡Así es la vida!
El Danielito –como le llamábamos a mi tío, esposo de la Mamita Toyatenía una agencia de automóviles en la plaza Grande. Como allí era casi
imposible conseguir un local para oficina, hasta tanto, tenía una silleta
donde se sentaba a esperar la salida y venida de sus carros. Casi 16 horas
de vigilar, ya agotado y cansado daba por terminada su labor y los choferes
hechos los compasivos y atentos, cogiendo la silla le decían:
-¿Metemos la oficina don Danielito?
Él era callado y flemático y sólo se adivinaba su pena o preocupación
cuando su labio y sus orejas se caían.
Alguna vez, cuando ya viejo se decidió a dejar el negocio y el tiempo le
sobraba, le gustaba pasarse horas de horas limpiando, cuidando, mimando a
sus canarios; pero un domingo amaneció muerto uno de sus preferidos.
Fue tal su consternación que labio y orejas casi topaban el suelo. Para
consolarse se fue al juego de pelota de “El Ejido” y ya tarde regresó medio
sonreído, medio olvidado... pero allí estaba la Blanquita –su hija- que
apenas le vio le decía:
354
-¡Qué pena el canarito no papá!
Labio y orejas otra vez ¡casi topan el suelo!
Dicen que los animales nunca se tropiezan dos veces en la misma piedra;
pero como nosotros no somos tan animales nos damos una y otra vez contra
el suelo y algunos como yo no dejaremos nunca de confiar en la gente,
aunque tengamos experiencias duras en la vida, como me sucedió cuando
recién empezaba la profesión.
Mis amigos y compañeros a quienes gentilmente presté mi consultorio por
las tardes; muy acuciosa y gentilmente me habían casi dejado sin clientela.
Por ello decidí cambiarme de local y me fui a un elegante, bonito y lleno de
luz de las madres de la Providencia. Allí para mi suerte comencé de nuevo
a hacer clientela y no me iba mal; cuando, después de atender a un cliente,
otro me esperaba en la sala de espera:
-¿En qué puedo servirle señor?
-¡Qué bonito su consultorio!
-Gracias.
-¿Recién se graduó?
-No, ya llevo un tiempito.
-¿Y qué tal le va?
-No me quejo Dios me ha ayudado.
-Sí, así se ve: elegante, bien instalado. ¿Casado ha de ser no?
-Sí, ya tengo una niña.
-¡Qué bien! ¿Y eso le da para todo?
-No, felizmente, casi no me alcanzo pues trabajo en la Policía y también en
Sangolquí.
-¡Púchicas! Entonces sí que le saca el jugo a la profesión...
-Así es; trabajo de domingo a domingo...
355
Y, el viejito que me interrogaba iba abriendo los ojos con cada hazañasacrificio que le contaba...
-Bueno, bueno creo que usted sí se gana buena plata.
-Hay que esforzarse cuando uno es joven y puede; ¿pero en qué le puedo
servir a usted?
-Verá doctor: yo soy fulano de tal y vengo a visitarle del departamento de
Impuesto a la Renta del Ministerio del Tesoro...
¡Viejo desgraciado! Con su cara de lombriz me miraba con ojos de chucuri
que tiene a la presa del pescuezo.
Me clavó una multa presuntiva de 34.000 sucres que en aquel tiempo no
habría ganado ni en diez años sin gastar.
¡Así es la vida! Por bocón...
Parece mentira que hayamos llegado después de tantos esfuerzos hasta los
días de hoy...
Y, el tributo que tenemos que pagar por el lujo de llegar hasta aquí parece
un poco exageradito.
Alguna vez; más bien dicho algunas veces, ya cargados de años y de hijos y
hasta nietos; a alguien se le ocurrió que sería muy bueno que los “Duques”
de los años universitarios nos reuniéramos para solazarnos con los
recuerdos de aquellos momentos vividos entre nosotros.
¡Idea genial! ¡No faltaba más! ¿Dónde empezamos?
-Primero veamos si todos están de acuerdo, decía Jaime, el más entusiasta y
amigo de las fiestas.
-Empecemos en mi casa... –dice Rodolfo “El Rojo” y acto seguido se fijó
fecha y se añade un mapa del lugar donde está su casa. Lógicamente, está
en un barrio de moda y exclusivo. Claro; él se casó con la Laurita que
coincidencialmente era una rica heredera y coincidencialmente el Rojo se
“dejó enamorar” y hasta le llevaron al altar.
Siguiendo el mapa, después de perdernos un poquito, al fin llegamos al
Condado. Barrio que recién se hacía y que lógicamente tenía pocas
residencias; ¡pero qué residencias! ¡madre mía!...
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La del Rojo estaba amurallada a lo castillo medieval, con puerta electrónica
y guardia armado.
Allí ya estaban el Fausto y Gladys, Lucía, Guillermo y su señora, Jaime y
también su señora, Elenita, Glace y su marido, el “Muñeco” Muñoz, el
Enrique y su señora, sólo faltaba el Jorge que dizque andaba descarriado.
-Metele al carro en el garaje; ya te abro la puerta. En el subsuelo de la
casota al estilo supermercado había un estacionamiento para “los carros de
la familia”.
La Laurita muy tinosa e inteligente –siempre lo fue –nos evitó el huasitour: pero nosotros, y más las mujercitas no nos perdíamos la ocasión de
echar una miradita a las salitas: de cuero italiano, de damasco francés
estilo Luis XV y a las lámparas de cristal cortado. Tanto que en algún
momento alguien se aventuró a decir -soto-voce- que descuidada la casa del
Rojo: ¡pura araña!
Se sirvieron los traguitos ¡importados! naturalmente... y para atenuar un
poquito y en contraste, la comida fue exquisitamente criolla: choclos,
queso, fritada y aguacates.
Conversación linda, natural, de ingenio, de recuerdos; llevada hábilmente
por Laurita que seguramente es una experta en estos menesteres. Total un
buen día y a los tiempos.
Luego vendrían invitaciones de cada uno a sus casas. En cada cual y cada
cual se esmeraba por hacer ver al amigo lo mejor:
La quinta de Fausto y Gladys; la quinta del Guillermo con su salón de billar
y sus barbacoas. Y, hasta nosotros lustramos la casa y prendimos todas las
luces: por las apariencias.
Y, creo que después de la primera ronda quedó el proyecto allí porque
seguramente, como nosotros, el único interés que nos movía era el saber
cómo y cuánto cada cual había logrado después de tantos años.
Bueno... creo tendríamos que descartar la del Rojo porque la Laurita
siempre fue millonaria desde chiquita y los demás más o menos íbamos
igual. Pero lo más interesante estaba en las personas.
¡Cómo habíamos cambiado! Si parecía una reunión de mutilados de
guerra...
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-¿Te fijaste en la Gladys? ¡Púchicas que arrugada! si hasta parece que le ha
crecido más el cuello y el pobre Fausto se ha hecho más negrito; pero no
deja de pararse rectito para igualarle a la mujer...
Conversaban
maravillas... de gana... porque todo se ve.
-¿Y la Lucía? Se ha pintado el pelo; pero ha perdido todo ese aire de
coquetería que tenía; dizque está separándose del marido, ¿no?. Se le ha de
haber acabado la plata al pobre...
-Con la vejez como que se acentúa la raza en algunas mujeres ¿no? No
parecían pues tan...
-Y hasta los hombres... Te fijaste el Guillermo ¡como se ha pintado el
pelo!
-Lo que yo vi, si que me causó pena: Parece que todos estábamos
perdiendo el oído, el pelo; después de estar sentados un rato, para pararse
tenían que ir enderezándose poco a poco.
Parece que al reunirnos más bien nos sirve de un espejo de varios cuerpos
donde nos vemos de todos lados.
Pero aún creo que el ir hilvanando poco a poco y paso a paso los recuerdos,
si bien nos pone a caminar por caminos ya andados, cada paso que
recordamos tiene colores, acordes y texturas que nos hacen reír, nos bañan
de tristezas o nos envuelven en ternuras que sólo son posibles cuando se ha
vivido y se ha soñado con la Gracia de Dios.
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