LAS LEYENDAS FAMILIARES DEL MAS CARRERAS Cinco cuentos y un drama corto Maria Busquets Frigola A tía Charo, que me contó estas historias. Y a mi abuela, sin la que nada de esto hubiera tenido lugar. 1 Contenido Introducción ............................................................................................................ 3 Acerca de esta edición ......................................................................................... 9 El pretendiente de Peratallada ............................................................................... 12 Las mellizas ........................................................................................................... 19 Los zarcillos .......................................................................................................... 23 La guitarra del difunto ........................................................................................... 27 El Cuarto del Amor ............................................................................................... 32 El Canónigo de la Catedral ................................................................................... 35 2 Introducción Hay un pueblecito cerca de la costa gerundense que no puede menos que enamorar a todo aquel que lo visite. Si va usted en coche desde la capital de comarca, se admirará del paisaje típicamente mediterráneo por el que transitará antes de llegar al pueblo, y, tras cruzar unos cuantos campos y otros tantos pinares, se encontrará el rótulo que le anuncia la llegada a Bagur. A mano derecha, el camino que conduce al cementerio. Enfrente, un bonito pueblo coronado por lo que parecen ser las ruinas de un castillo. Si sigue usted adelante, pasará al lado de un enorme parque, y si le pica un poco la curiosidad, quizá deje el coche en el aparcamiento que hay enfrente y se decida a subir por unas escaleritas que se meten entre las casas, por callejones estrechos, y que llevan a la plaza principal, donde se encuentra la preciosa iglesia de piedra dedicada a san Pedro. En esa misma plaza, verá una calle que sube en dirección al mar: la calle Bonaventura Carreras Peralta. Si se decide a seguirla, llegará a encontrarse el casino cultural, justo después de una preciosa casa en cuya base se pueden apreciar todavía los restos de unas rocas. Deténgase a admirar esa casa: una fachada en un tono avainillado, dividida en tres facciones: la central, más alta, acabada en un tejado a dos aguas tradicional, tiene en la base una gran puerta de madera enmarcada por un dintel de piedra redondeado, al estilo de las masías catalanas. En la parte de arriba, tres ventanucos también en arco de medio punto enmarcados en piedra, y en el centro, un balcón. Las otras dos facciones de la fachada (la izquierda un tanto más larga que la derecha) tienen una altura inferior: ventanas a juego en el piso de abajo y balcones similares al ya mencionado en el piso superior, alineados con el otro, situándose uno a la derecha y dos a la izquierda. Si se acerca a la esquina de la derecha, verá una calle que sube, y bajo la ventana de la casa, una placa conmemorativa de la masía que está admirando: “Mas Carreras”, leerá en grandes letras, acompañado con un lema en catalán en el mismo tamaño: “Es una casa majestuosa de estilo indiano”. Debajo, más pequeño, continúa lo que pretende ser una explicación breve de su historia: Fue construida en la segunda mitad del siglo XIX por Josep Carreras Frigola, comerciante de Bagur que emigró a Santiago de Cuba en 1831. Es una casa majestuosa, de auténtico estilo indiano, con habitaciones muy espaciosas adornadas con elegancia. En su interior había una torre del siglo XVI que fue derribada al construir la casa. 3 Detengámonos aquí un momento: ciertamente, la casa tal y como está ahora fue construida por Carreras Frigola en la fecha indicada; sin embargo, la existencia del Mas Carreras está documentada en Bagur como mínimo desde 1566. Durante los siglos XVI y XVII, Bagur sufrió incursiones continuas de piratas, por lo cual, en 1577 se concedió al pueblo una autorización real para construir torres de defensa. Fueron seis o siete las que se construyeron, estando una de ellas dentro de la casa que nos ocupa. Esta torre, que es la que se menciona en la citada placa, fue la que hizo derribar Carreras Frigola en el siglo XIX cuando restauró el Mas Carreras (que ya por aquel entonces era la masía más grande del pueblo). Dice la leyenda familiar que, con las piedras de esa torre, se construyó el casino cultural, levantado en 1870 y sufragado por los indianos más acaudalados del pueblo. El derribo de la torre supuso un gran disgusto para el hijo mayor de Carreras, Buenaventura Carreras Peralta. No obstante, y pese a la indignación de don Buenaventura, el Casino, que su señor padre había donado a la parroquia, sirvió para amenizar la vida social y cultural del pueblo. Las muchachas de Bagur acudían a ver películas y pasar las tardes, y cuando las chicas Carreras acudían al cine, solían quejarse a las demás mozas de lo aburridas que eran las proyecciones, a lo que estas, que trabajaban mayoritariamente en la industria del corcho, se limitaban a encogerse de hombros y replicar: “Més maques que es taps…”1 Este don Buenaventura Carreras Peralta, por cuyo nombre recibe el suyo la calle donde se ubica la masía en cuestión, fue un eminente oftalmólogo que, aparte de su labor como médico, fue, al igual que su hijo Bonaventura Carreras y Durán, uno de los mayores apasionados del Ampurdán, de su historia y de su cultura. El Mas Carreras ha sido, durante siglos, la sede de la familia Carreras, y el testigo mudo de amores y miserias, de misterios, leyendas e historias impresionantes, de vínculos familiares y de odios y recelos. El apellido originario de la familia es Carreras de las Rocas, y está documentado en Bagur, al igual que la casa, como mínimo desde el siglo XVI, aunque algunas fuentes aseguran que el Mas Carreras tiene más de seiscientos años.2 Se trataba originalmente de una familia de pescadores y campesinos que trabajaban para el castillo de Bagur, pero que lograron amasar una importante fortuna gracias al comercio, ‘Más bonitas que los tapones…” Arruga Forgàs, A. (2002). Bonaventura Carreras Duran, Mestre excepcional. Es pedrís llarg, núm. 59, pp. 14-15. 1 2 4 convirtiéndose así en una de las más importantes sagas del pueblo. A principio del siglo XIX, el ya nombrado Josep Carreras Frigola, heredero de la familia, estableció una casa de comercio en Santiago de Cuba, a la que se unió su hermano menor Daniel en 1831, tal como hicieron tantos otros indianos de la época. En Cuba se casó con la señorita Manuela del Socorro Grave de Peralta y Severino, que era hija de una de las familias más principales de la Cuba de esa época. La familia Grave de Peralta, originaria de Castilla la Vieja, se instaló en Cuba a principios del siglo XVIII, y dio a la isla personalidades tan importantes como el general del Ejército Libertador Julio Grave de Peralta y Zayas-Bazán (1834-1872), o su hermano menor Belisario, Brigadier del mismo ejército. A pesar del éxito que tuvo la familia en Cuba, Josep Carreras y Manuela Grave de Peralta volvieron a España allá por 1860, cuando su hijo mayor, Buenaventura, no contaba más de cinco años, y se establecieron de nuevo en la casa familiar. Buenaventura estudió oftalmología en Barcelona y en París, iniciando así una larga saga de eminentes oftalmólogos que continúa a día de hoy, y militó además en la Unión Republicana, de la que llegó a ser presidente en la Junta Provincial de Gerona. Y aunque cuando formó su propia familia se mudó a la capital gerundense, donde estableció su consulta, nunca dejó de visitar la gran casa de Bagur, a la que posteriormente seguiría acudiendo también su hijo Buenaventura Carreras Durán. Los registros conservados de quienes conocieron a Carreras Peralta (entre ellos, Carles Rahola y Eusebio Corominas) lo describen como un hombre fuerte y atlético, de presencia ancho noble pecho y y varonil, robustas espaldas; todo un sportsman. Su frente era poderosa y su barba oscura; sus ojos, rasgados y negros, y era su mirada enérgica y dulce a la vez. De 1 El doctor Buenaventura Carreras Peralta carácter bondadoso y gentil, es 5 descrito, en general, como un ciudadano modelo, filántropo médico y ejemplo de pulcritud moral. En el homenaje que le rindió Eusebio Corominas en el semanario político La República, se dice del doctor lo siguiente: Ventura Carreras necesitaba del ambiente social, porque había nacido para el trato de los hombres, dotado de tan soberbias aptitudes, con tan natural disposición á manifestarlas, que iba tras él la muchedumbre de todas las clases sociales en contínua solicitud de su trato, de su amistad y de su consejo. Hombre de tanta atracción, tan sencillamente distinguido, tan accesible, tan bueno, tan culto, había de dominar, sin pretender el mando, había de ser el primero con el beneplácito y la satisfacción de cuantos le admiraban. Y por ser bueno, culto y hombre de su tiempo, fue liberal, demócrata y republicano, dándoles á sus correligionarios con el esplendor de su apellido y de su prestigio la mayor autoridad política que haya habido en la provincia de Gerona. Era orador fácil, elocuente, más dispuesto á convencer que á arrebatar, por lo mismo que todo se hallaba bien ponderado en aquel privilegiado organismo. Esto no obstante no se prodigaba. Hablaba con oportunidad, cuando la ocasión se ofrecía, y hablaba, dejando con su pensamiento y su palabra huella profunda en el auditorio que le escuchaba.3 Incluso Nicolás Salmerón, expresidente de la Primera República, mandó un telegrama dando el pésame a la familia tras la muerte del médico, lo que nos muestra el alcance real de la fama médica del doctor. Este telegrama fue publicado en el mismo periódico, junto con más artículos y homenajes del oftalmólogo. Unos años más tarde, el 8 de marzo de 1931, se inauguraba una placa conmemorativa en su consulta, y la calle de las Zapaterías Viejas pasó a llevar el nombre del doctor. Su hijo, Buenaventura Carreras Durán, siguió los pasos paternos, tanto en aficiones deportivas como en su carrera profesional. Poco después de la muerte de su padre, se publica en Barcelona el número 452 de la revista Los Deportes, que presenta en portada un joven Buenaventura de 20 años, en aquel momento estudiante de cuarto año de medicina, bajo el título de “Nuestros Sportsmen”. El artículo que hace referencia a la imagen menciona que Carreras Duran, en esa época, tenía “en la playa de Bagur (…) un 3 Corominas, E. (22 de diciembre de 1906). Buenaventura Carreras. La República, Año II, Nº 70, pp. 1-2. 6 guairo de su propiedad, el cual utilizaba en tiempo de vacaciones”, dado que estudiaba en Barcelona. Se licenció en medicina en 1909 y se doctoró el año siguiente en Madrid, y tras estudiar una temporada en París y Alemania, volvió, ya en 1912, a la casa de Gerona en la que había establecido su padre la consulta, y siguió trabajando en ella. A la casa de Bagur, por tanto, siguió yendo solo los veranos. De esa época de juventud se cuenta una anécdota graciosa: no se sabe muy bien por qué 2 La fotografía del "joven atleta" motivo, discutió en una ocasión con un tal Paquito Mató, hijo del farmacéutico de la Villa de Bagur, y a tales extremos se calentó la cuestión que llegaron a las manos, hasta el punto de que fue necesaria la intervención de la policía, y tanto uno como otro tuvieron que presentarse al Juzgado. Les impusieron una multa de cinco pesetas a cada uno, y en el momento de pagar, Buenaventura, ni corto ni perezoso, dijo: «Aquí tenéis diez pesetas, porque en cuanto salga del Juzgado “n’hi fotré una altra”». Se trasladó a Madrid en 1917 para ampliar horizontes en el campo laboral. No obstante, sus dotes científicas e intelectuales le inclinaban más a dedicarse al mundo académico y universitario, y en 1922 se presentó a la oposición para la Cátedra de Oftalmología de la Universidad de Barcelona. No obstante, aunque hizo el mejor examen con mucha diferencia, la cátedra se declaró desierta, una decisión política que afectó profundamente al doctor Carreras, tan escandalosa fue la injusticia. En 1926, sin embargo, se le concedió la Cátedra de Cádiz por unanimidad del tribunal calificador, y trece años después, una vez acabada la guerra, en 1939 le concedieron la de Madrid, donde vivió hasta su muerte en 1971. 7 En 1940 fue elegido académico de número de la Real Academia Nacional de Medicina en Madrid, y dos años más tarde tenía lugar su acta de ingreso como académico, con un discurso que llevó por título sobre el “Avances tema del desprendimiento de retina”, especialidad a la 3 Un joven Buenaventura Carreras, todavía estudiante, en una clase práctica de medicina, ayudando al profesor en una demostración quirúrgica. que dedicó varios años de investigación y labor científica. En 1948 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Civil de Sanidad por su labor como jefe de todos los servicios de Oftalmología de los seis Hospitales Militares de la zona de las tropas de Franco cuando estalló la Guerra Civil, y en 1952 el Ayuntamiento de Gerona le concedió la Medalla de Plata de la ciudad. A todos esos éxitos académicos hay que sumarle su sensibilidad artística (fue un gran amante de las artes; cultivó tanto la pintura como la música) y el éxito familiar. Se casó con doña Pilar Matas Guytó el 24 de septiembre de 1915, y tuvieron trece hijos: Ramón, Buenaventura, Narciso, José Mª, Luis, Marcelo, Carmen, Pilar, Mª Ángeles, Rosa, Daniel, Montse y Charo. Todos ellos heredaron de sus padres el éxito tanto profesional como familiar, y cuando fueron creciendo se repartieron por todo el territorio español. El doctor Carreras, además de todo ello, transmitió a sus hijos también su amor por la música, y llegó a crear con ellos un pequeño grupo de música coral. Y, dado que tenía una especial predilección por la música catalana, compuso una sardana dedicada a cada uno de sus hijos, y finalmente una última dedicada a su mujer. Pilar Matas era hija del señor Ramón Matas Rodés, originario de Tordera (Gerona), que tenía muchas propiedades por la provincia, pero que tras invertir su dinero y su trabajo en un proyecto para llevar agua a Barcelona que finalmente fue encargado a otra persona, lo perdió todo. Dice una cierta tradición familiar que esa pérdida provocó una serie de problemas con colegas suyos y hasta con familiares, y las discusiones y los malentendidos 8 llegaron a tal punto que la suegra del señor Matas se le acabó apareciendo para advertirle: “Ramón, que haya paz. Cede en lo que sea, porque tiene que haber paz.” Pilar y Buenaventura, a pesar de que vivieron gran parte de su vida en Madrid, siguieron acudiendo a Bagur las temporadas de verano, donde, en los últimos años, se le solía ver sentado en la plaza, junto a la iglesia de San Pedro, disfrutando de las sardanas que tocaban las coblas regionales, y especialmente satisfecho cuando, en alguna ocasión, tuvo la alegría de reconocer en esas notas sus propias composiciones. Entre 1966 y 1968, el doctor contrajo una enfermedad que ya no le abandonó nunca, y el 24 de julio de 1971, Buenaventura Carreras Durán fallecía en Madrid, rodeado de su 4 El doctor Buenaventura Carreras Duran familia. Pocos años después de su muerte, el Mas Carreras, que durante tantos siglos fue sede y hogar de la familia, fue vendido y pasó a manos ajenas. Sin embargo, todo el legado de historias y tradiciones que se habían ido transmitiendo de generación en generación no se quedó en la casa, sino que permaneció vivo en el seno de la familia. Y son esas mismas leyendas las que han llegado a una servidora, y que ahora presentamos en este libro, en un intento de preservar la memoria familiar. Acerca de esta edición Cuando a mí me hablaban al principio de las historias familiares de Bagur, me solían decir que nadie las conocía tan bien ni las contaba mejor que tía Charo, hermana de mi abuela. Entre conversaciones y bromas sobre el tema, surgió la idea de que debía visitarla y dejar por escrito todas esas leyendas, y lo que empezó a modo de chanza, acabó tomando forma de un proyecto concreto. 9 Así, en 2017 viajé hasta Badajoz para verla y recoger, casi a la manera de los folkloristas del siglo XIX, esas tradiciones familiares. Escudriñando su memoria, relató brevemente todas las leyendas que recordaba, y me encargó que las reescribiera, adornándolas y detallándolas para hacerlas más entretenidas. De todo ello nacieron los cinco cuentos y un drama corto, que conforman el contenido de este libro. Además del trabajo de redacción, esta obra ha comportado una extensa labor paralela de estudio y documentación, que me ha permitido recomponer la historia de la familia, que he expuesto de forma breve en esta introducción, y reconstruir el árbol genealógico hasta el siglo XVI, el cual he adjuntado en este libro. Esto requiere todavía una profundización histórica mayor, puesto que hay algunos puntos del árbol dudosos o en los que falta encontrar o contrastar la información, pero ha sido suficiente como para permitirnos una mirada general del curso histórico de la familia en Bagur. Los hechos que se narran en “El pretendiente de Peratallada” han podido ser documentados, de tal forma que tanto los nombres como las fechas que aparecen han sido debidamente contrastados. Algunos detalles, sin embargo, como la procedencia del pretendiente, adjudicada al pueblo de Peratallada, no ha podido ser comprobado, pero dado que es uno de los detalles presentes en el relato de tía Charo, he decidido incluirlo en el relato. Asimismo, la sucesión exacta de los hechos responde a una ficcionalización de la tradición familiar, y la mayoría de los sucesos narrativos responden tanto a la leyenda como a la simple especulación. En cuanto al resto de narraciones, ninguna de ellas ha sido documentada de la misma forma, así que la contextualización de estas en un determinado momento histórico (en los casos en los que se ha especificado) responde a una elección más o menos arbitraria. Los nombres de los personajes, por otra parte, he decidido tomarlos, de forma también algo aleatoria, de entre el repertorio formado por los que componen el árbol familiar. “El Canónigo de la Catedral” ha constituido un caso especial dentro del conjunto de las leyendas. Su temática, su trama y la ambientación del relato constituyen los ingredientes ideales para transformarlo en lo que Zorrilla nombró un “drama religiosofantástico”, en el que el punto central de la historia gira en torno a una problemática de corte espiritual o religioso, encarnado por seres del mundo preternatural; en este caso, el 10 fantasma de un difunto. Por tanto, he optado por esta forma en lugar del género narrativo, para tratar de explorar mejor esa dimensión quizá más profunda de la leyenda en cuestión. En ningún caso he pretendido, con ninguna de las historias, ser especialmente original ni innovadora; he procurado mantener, en la medida de lo posible, la estructura narrativa básica usada por tía Charo, y he tratado de conservar en el relato los modismos y expresiones familiares propias de la narración originaria. Asimismo, he considerado pertinente decantarme, en general, por las voces catalanas a la hora de referirme a figuras e instituciones propias del Ampurdán, tales como mosén (tratamiento propio de los sacerdotes), hereu (el heredero, el primer hijo varón), o pubilla (la heredera, la primera hija en los casos en los que no existe un heredero varón). Espero, por tanto, que la obra que aquí presento resulte una lectura amena que, sin ser alta literatura, estimule la imaginación del lector para figurarse los sucesos maravillosos que un día tuvieron lugar en esa casa lejana de Bagur. Y, sobre todo, espero que este libro sirva al propósito último de su propia concepción: el de ser un guardián de la tradición familiar, y conservar la memoria de todos esos cuentos y fantasmas que un día habitaron el Mas Carreras y que se han ido transmitiendo de padres a hijos, pero que, quizá, fuera de esas cuatro paredes, corran el riesgo de perderse en el aire. Al fin y al cabo, tal como dijo Tito Flavio Vespasiano, verba volant, scripta manent. 11 El pretendiente de Peratallada Cuando nació Catarina, el señor Josep Carreras de las Rocas no cabía en sí de gozo. Su mujer Teresa había dado a luz a una criatura hermosísima que, a buen seguro, debía convertirse en el gozo de su padre. Su felicidad solo podría completarse con el nacimiento de un hermano para Catarina y un heredero para él; alguien que mantuviera vivo el apellido Carreras, del que el acaudalado señor de Bagur estaba tan orgulloso. Sin embargo, esa deseada felicidad no llegó nunca. Al poco tiempo de nacer la niña falleció la madre, y el señor Carreras quedó viudo y sin un heredero varón. El apellido Carreras iba a perderse, y con él todo el esfuerzo y el empeño puestos por don Josep para mantener el legado de la familia. Sus antepasados, trabajadores del castillo de Bagur y marineros principalmente, habían recibido hacía más de tres siglos un pedazo de tierra de los latifundios del barón de Viladomat y Cruïlles, justo antes de que Juan de Anjou, duque de Lorena, ordenara la demolición del castillo en 1468. Los Carreras habían construido allí una masía que, poco a poco, fue fructificando hasta convertirles en una de las familias más importantes y más ricas de la zona, hasta heredar él la casa, el nombre y la fortuna. Y, sin embargo, parecía que el nombre iba a acabarse con él. Y aunque pudiera parecer algo superficial, esa idea le atormentaba. Por supuesto, existía la posibilidad de volver a casarse y engendrar por fin un hijo varón. Pero no podía. No se veía capaz. Él había amado profundamente a su Teresa; seguía echándola de menos, y un nuevo matrimonio se le antojaba como una traición terrible a su memoria. Le dolía en el alma, pero parecía que en eso debía quedarse todo. Por de pronto, tenía una hija de la que ocuparse; cuando llegara el momento ya procuraría buscar algún tipo de solución. Los años fueron pasando, y mientras el señor Carreras cavilaba y se atormentaba con tales pensamientos, Catarina creció sana, feliz y ajena a las preocupaciones de su padre. Se convirtió en una muchacha hermosa, inteligente y bastante vanidosa; le gustaba vestir a la moda que Barcelona importaba de Francia y que se estaba extendiendo por toda Europa. Ni siquiera los estragos causados por la Guerra de Sucesión impidieron que ella pudiera acceder a todo tipo de lujo que su padre pudiera proporcionarle. Al fin y al cabo, Catarina era la única hija y la niña de los ojos de su padre; era la pubilla de una de las 12 familias más importantes del condado, y como tal debía vestir y presentarse con la mayor dignidad posible. Tanto su belleza como su condición de heredera de la fortuna Carreras fueron motivos suficientes para que no tardaran en salirle varios pretendientes. Mozos, hereus y burgueses varios la agasajaban con halagos y presentes, lo cual no podía menos que engrandecer secretamente su vanidad. Sin embargo, a pesar de que su orgullo se veía inmensamente satisfecho, ninguno de los pretendientes recibió nunca un trato preferencial por su parte; ninguno despertaba en ella más que una especie de ufana gratitud por el halago recibido y un secreto regocijo que la convencía de su absoluto derecho a recibir tales alabanzas, pero parecía incapaz de desarrollar en su interior ningún sentimiento que fuera más allá de una vanidad satisfecha. Esto fue así, claro, hasta que conoció a Josep Fontclara y Farrer, un payés acaudalado de Peratallada. Quizá fuera su porte, o la facilidad con la que podía conversar con él sobre cualquier cosa, o incluso lo conveniente que podía resultar un matrimonio con ese hombre. Quién sabe. El caso es que se enamoraron, y tuvieron una historia de amor tan especial y tan corriente como cualquier otra, lo cual les convenció, como no podía ser de otra forma, de que eran los seres más afortunados del mundo por tenerse el uno al otro. Y tenían razón, de la misma forma que la han tenido tantos otros antes y después de ellos. No tardaron en decidir que querían estar juntos el resto de sus vidas, así que en cuanto pasó el tiempo justo que tenía que pasar, Josep Fontclara se dirigió, algo nervioso, pero seguro de lo que hacía, hacia el Mas Carreras, con la intención pedirle la firme de mano de Catarina a su padre. 13 Josep Carreras se mostró satisfecho con la elección de su hija. Sobre las cualidades que tenía el hombre nada había que objetar; no tenía ningún problema con dar el consentimiento para la boda. Sin embargo, había un pequeño asuntillo… algo que llevaba rumiando hacía tiempo, y que no podía pasar por alto. Titubeó un poco, carraspeó y, poniéndose serio, le miró a los ojos y le expuso el asunto. Fontclara no pudo menos que responder a su futuro suegro con una mueca de estupefacción. Eso sí que no se lo esperaba. Frunció el ceño, dudó y trató de protestar. El señor Carreras le indicó con un gesto que no siguiera, y repitió con firmeza que aquello era una condición innegociable. No iba a ceder, y a menos que aceptara, no iba a permitir que la boda tuviera lugar. No mientras él viviera, desde luego. Y tenía una salud de hierro, así que, en caso de negarse, tendría que esperarse todavía bastantes años, probablemente. Y sí, estaba convencido de que estaba dispuesto a esperar, pero quién sabía si Catarina también lo estaría… No sería descabellado pensar que pudiera aparecer otro pretendiente que estuviera dispuesto a aceptar con gusto sus condiciones, y su hija era lo suficientemente lista para actuar en bien de la familia. Tras dos largas horas de discusión, de intentos de negociación y de mucho refunfuñar por parte de Fontclara, llegaron a un acuerdo. Un poco a regañadientes, el futuro novio estrechó la mano de Carreras, y se fijó la fecha. Catarina y Josep se casaron un once de septiembre de 1729, y entre vítores, aplausos y gritos de ¡viva los novios!, se fundó una nueva familia que no tardaría en dar la bienvenida a nuevos miembros. En 1734 nació la pequeña Francisca, que fue tanto o más hermosa que la madre, y por fin, dos años más tarde, nació el esperado hereu, que resultó ser el vivo retrato de su padre. Al día siguiente de su nacimiento, toda la familia se reunió en la iglesia parroquial de San Pedro para bautizar al niño en la fe católica. Como no podía ser de otra forma, el ya abuelo Carreras se sentó en primera fila, henchido de orgullo y a punto de ver cumplido un sueño de muchos años. Se procedió a los ritos y a las bendiciones pertinentes, y terminada la celebración, padres y abuelo entraron con el señor cura, mosén Josep Mont, en la sacristía para dejar por escrito el acta de bautismo. Mosén Josep sacó el libro y entintó la pluma, y en el momento en que se disponía a escribir el nombre del neonato, el padre carraspeó y, mirando a su suegro, le dijo al cura: 14 —Escuche, mosén… antes de que escriba nada, quisiera que pusiera al niño el apellido de mi esposa. El viejo sacerdote se detuvo, sorprendido, y abriendo mucho los ojos, los clavó primero en Catarina, después en su marido, y después de nuevo en ella. Miró de nuevo al señor Fontclara, y titubeando preguntó: —¿Hay… ejem… hay alguna irregularidad en el nacimiento? Los tres, padre, madre y abuelo, saltaron escandalizados. —¡Por supuesto que no! ¿Qué se ha creído? ¡Somos una familia decente! El pobre mosén, cuyas mejillas ardían por la vergüenza, pidió perdón, mortificado, y preguntó, haciendo acopio de todo el tacto del que fue capaz, a qué se debía tan inusual solicitud. —Al fin y al cabo —argumentó— la primogénita fue inscrita con el apellido Fontclara, si mal no recuerdo. ¿A qué se debe este cambio? Fontclara suspiró. En el fondo, muy en el fondo, lamentaba haber accedido a las condiciones de su suegro, pero ya no había vuelta atrás. Miró al padre de su mujer, que en ese momento miraba al niño con una sonrisa en los labios y un profundo orgullo en sus ojos, y sintiendo que se le ablandaba el corazón, suspiró, amagó una sonrisa y contestó al sacerdote. Dado que Catarina no tenía hermanos que dieran continuidad al nombre Carreras, había accedido a anteponer su apellido al suyo cuando naciera un heredero o un hijo varón; las niñas, en cambio, podían conservar el nombre paterno. Esa había sido la condición para casarse con Catarina. El padre de esta dirigió una mirada de aprobación a su yerno e hizo una leve inclinación de cabeza en señal de agradecimiento. Mosén Josep se encogió de hombros, aceptó sin más la explicación, volvió a hundir la pluma en el tintero y escribió: Joseph Carreras: A siete de marzo del año mil setecientos treinta y seis, Joseph Mont, Presbítero Rector de la Parroquial Iglesia de Bagur, he bautizado a Joseph Andreu Francisco, hijo de Joseph Fontclara Farrer y Carreras, payés, y de Catharina Carreras de las Rocas, mujer suya: fueron padrinos Andreu Mascort de Palafrugell y Francisca Fontclara y Farrer, doncella de Bagur. 15 Ese fue un día feliz para la familia, y transcurrió con gran regocijo por parte de todos. Sin embargo, la buena voluntad del señor Fontclara no duró tanto como habría deseado su mujer. Al poco de bautizar al hijo, empezó a corroerle la sensación de que, tal vez, se había precipitado al aceptar las condiciones de su suegro. El desafortunado comentario del sacerdote caló en Fontclara más que en su mujer o en el señor Carreras, y la sola idea de que más gente pudiera pensar, por culpa de la estupidez del apellido, que el niño no era en realidad hijo suyo no le dejaba dormir por las noches. Las habladurías corrían en los pueblos como la pólvora, y él no estaba dispuesto a que su nombre fuera arrastrado por el barro. Y además, en el fondo, sentía que estaba traicionando a su propia familia al renunciar a la transmisión de su apellido. ¿Es que acaso eran superiores los Carreras? ¿Por qué había aceptado tan rápido las condiciones del padre de Catarina? ¿Realmente había hecho bien? La duda le siguió reconcomiendo durante años, pero el mal estaba hecho, ya no podía echarse atrás. Durante mucho tiempo no osó compartir con su esposa esas inquietudes, y siguió tragándose el orgullo con cada mirada reprobadora, sarcástica o maliciosa que recibía en las pocas ocasiones que creyó necesario dar explicaciones del apellido de su hijo. Pero un día, finalmente, se hartó, tras oír, por tercera vez en el plazo de siete años, el comentario socarrón de una lavandera a otra que ponía en duda la paternidad de Fontclara y, por tanto, el honor de la familia. Aquello fue la gota que colmó el vaso, y cuando llegó a su casa, malhumorado y abochornado, se encerró en el despacho dando un portazo. Era humillante. Catarina, notando el disgusto de su marido, entró en el despacho, y sentándose a su lado, le preguntó qué le pasaba. Él dudó. Nunca había querido contarle sus preocupaciones al respecto; al fin y al cabo, era la honra de ella sobre todo la que estaba en duda. Y estaba el hecho de que, en el fondo, probablemente el problema era su propio orgullo herido, y eso no quería reconocerlo. Sin embargo, estaba cansado de todo aquello, así que suspiró, le tomó la mano y se lo contó todo, tanto sus dudas acerca del valor y la conveniencia de la promesa hecha a su padre como la turbación que le causaban los rumores y sus propios sentimientos, esperando encontrar en su esposa la compasión y el consuelo que necesitaba. Sin embargo, en lugar de las palabras amables que le alejaran de esos pensamientos, Catarina se echó a reír, y se burló de su simpleza. Aquella carcajada fue para Fontclara un jarro de agua fría. Se le antojó que aquella risa, que le pareció más estridente y desagradable que nunca, encerraba todo el desprecio que, en el fondo, le 16 dispensaban aquellos vanidosos Carreras; le pareció una ofensa imperdonable, no ya a sus sentimientos, sino a su orgullo. Sintiéndose profundamente humillado, se levantó iracundo y salió de esa casa. Sus pasos, al principio rápidos y errantes, y más sosegados al final, le condujeron casi por casualidad a la puerta de la parroquia, aquella en la que su honor había capitulado hacía siete años. Se detuvo, indeciso. La cabeza le daba mil vueltas, sus sienes palpitaban frenéticas y sentía correr fuego en sus venas. Al fin se decidió y entró, con paso resuelto, determinado a “deshacer el malentendido” que le corroía desde el día del bautizo, y con el permiso del párroco, cogió el libro de los bautismos y tachó furiosamente el Carreras que acompañaba al nombre de su hijo. Luego, haciendo acopio de toda la serenidad del mundo, escribió, con un gesto solemne, los apellidos Fontclara y Carreras debajo del nombre censurado. Todavía hoy se pueden observar en los registros parroquiales el tachón y el añadido, escritos en una caligrafía distinta, más fina y de tamaño más pequeño que la letra del anciano sacerdote. Fontclara dejó la pluma, miró el “arreglo”, asintió satisfecho y le dio las gracias a mosén Josep. Asomó en sus labios una expresión triunfante y volvió a casa. De buen seguro, eso le valió más de una fiera discusión con su mujer, que compartía con su padre la convicción de que tenían derecho a que el heredero del Mas Carreras siguiera llevando el nombre correspondiente, pero Fontclara no cedió. La condición que le había impuesto su suegro era absurda, fruto de un delirio, y no se sentía obligado en absoluto a mantener una promesa que, en realidad, no se sustentaba en nada. No había firmado nada, de hecho, así que estaba libre de pecado. Él también tenía derecho a que se conservara su buen nombre, y a ver, él era el hombre de la casa, así que realmente la decisión debía ser suya. No tenía por qué aceptar órdenes de nadie, ¿verdad? Sin embargo, de poco le valió su terquedad. El pequeño Josep, que creció manteniendo un sano y estrecho vínculo con su abuelo, heredó el orgullo familiar de los Carreras, y en cuanto tuvo suficiente poder de discernimiento y decisión, adoptó el apellido materno, tal como había sido bautizado; y ese fue el que transmitió a sus hijos. El señor Carreras, el abuelo, cumplió su promesa y fue muy longevo; tanto, que pudo incluso asistir a la boda de su nieto con Margarita Ferrer y al nacimiento de su 17 primer hijo. En su lecho de muerte, se vio rodeado por su hija Catarina, su yerno, su nieto Josep y el pequeño Narciso Carreras4, hijo y heredero del anterior, y sonrió satisfecho. El apellido Carreras se había salvado. 5 El acta de bautismo de Josep Carreras Fontclara, con la corrección posterior en la que se lee "Fontclara y Carreras" debajo del "Carreras" original, tachado. 4 El pequeño Narciso murió a los pocos años de nacer, con lo que realmente no fue el heredero de Josep Carreras. De su matrimonio con Margarita Ferrer nacieron tres niñas más, pero ningún heredero varón. Sin embargo, a diferencia de su abuelo, tras la muerte de su mujer, Josep contrajo segundas nupcias con Inés Parals Alenya, con quien, esta vez sí, tuvo a su hijo Joan, que heredó el Mas Carreras y dio continuidad al apellido familiar. 18 Las mellizas Es cosa sabida que en esta familia hay tradición de mellizos cada dos o tres generaciones; concretamente, son las mujeres de la familia las que, según la crónica familiar, transmiten esa facultad. Y, al parecer, de todas las parejas de mellizos que ha habido en la familia, ninguna ha sido tan famosa como la pareja protagonista de la historia que voy a referir. Hace ya tiempo, cuando en la casa principal vivía todavía gran parte de la familia, sucedió que una de las hermanas del señor de entonces se casó con un tal señor Antonio, y que de ese matrimonio nacieron unas mellizas, Juana y Margarita, que de hermosas y encantadoras que eran enamoraron a todo el pueblo. Al poco de nacer, sin embargo, falleció el padre, y la pobre viuda y sus hijas volvieron al Mas Carreras, donde el señor Pere Carreras, el tío de las mellizas y jefe de la familia, las acogió y cuidó de ellas. Así, las niñas crecieron en la casa principal, jugando con sus primos y alegrando la vida de todos sus habitantes. Siempre se mostraban alegres y sonrientes, y era muy raro verlas tristes o enfadadas; cuando Margarita cantaba, Juana bailaba, y cuando alguna de las dos se caía o se hacía daño, la otra empezaba a contar alguna gracieta hasta que conseguía que a la otra se le saltaran las lágrimas de risa. No les costó mucho convertirse en las favoritas de todo el mundo: sus tíos las consentían, los criados jugaban con ellas, los visitantes las halagaban, y la gente del pueblo siempre cedía a sus caprichos. Incluso los hijos del señor Carreras, que tenían edades parecidas, las agasajaban con todo tipo de cumplidos y chucherías, y no había rastro alguno de celos en su amistad, tan bondadosas crecían las niñas. Y ellas correspondían a todo el mundo, para cada persona tenían una sonrisa y una palabra amable, querían a todos y se hacían querer por todos. Pero por encima de todo querían a su madre. Nada les gustaba más que correr a sus brazos y oír los cuentos que contaba, aprender canciones con ella, colarse en la cocina a robar dulces y dar largos paseos hasta la cala de Sa Tuna. Y su madre, a su vez, las amaba con locura. Sin embargo, como todas las alegrías del mundo, tampoco la de las niñas fue eterna. A los pocos años de morir el padre, la madre le siguió al Cielo, dejando en manos de su hermano unas chiquillas de apenas seis añitos. Esa pérdida sumió a Juana y Margarita en una profunda tristeza, y las risas que antes llegaban a todos los rincones de la casa se transformaron en una pesada melancolía. Margarita ya no cantaba; Juana se sentía incapaz 19 ya de hacer reír a nadie. Pronto ni siquiera tenían ánimo para mantener una conversación que requiriera más que monosílabos, y sus antiguos compañeros de juegos dejaron de buscarlas para sus ratos de recreo. La mujer del señor Carreras, la tía Carmen para las niñas, hacía todo lo que podía para intentar animarlas. Las llevaba de paseo, les compraba dulces, trataba de enseñarles nuevas canciones y contarles nuevos cuentos… pero era en vano. Las niñas escuchaban con respeto, aceptaban con agradecida cortesía los dulces, pero después callaban. Eran incapaces de faltar el respeto a nadie, pero de pronto tampoco se sentían con fuerzas para ser afables como antes. Así pasó un año y medio. La soledad y la pena se habían convertido en compañeras habituales de las chiquillas, y aunque seguían siendo tan taciturnas como a la muerte de su madre, la gente de la casa ya se había acostumbrado a esa nueva realidad, y, aunque un tanto preocupados, dejaron de esforzarse por animarlas. El tiempo lo curaría todo. Una mañana de invierno, un par de semanas antes del octavo cumpleaños de las niñas, el señor Carreras y su mujer observaron estupefactos cómo sus sobrinas se sentaban a tomar el desayuno con una gran sonrisa en el rostro. Carmen miró de reojo a su esposo, esperanzada, y se dirigió a Juana: —Tienes buena cara… ¿has pasado buena noche? —Mejor que nunca —contestó ella, ufana. —Hoy estamos contentas —añadió Margarita, con una sonrisa de oreja a oreja. Enarcando las cejas, y tratando de disimular la curiosidad, su tío preguntó, como quien no quiere la cosa, a qué se debía esa alegría tan repentina. Juana y Margarita se miraron, rieron por lo bajo y contestaron: —Es que esta noche hemos estado con mamá. 20 El corazón de todos los que estaban en la habitación dio un brinco, y se borraron las sonrisas de los rostros. Tío Pere frunció el ceño: —¿Cómo que habéis estado con mamá? —Pues que mamá ha venido a vernos, tío. Y ha estado toda la noche con nosotras. El tío parecía querer hacer más preguntas, pero Carmen no se lo permitió. Le parecía un tema demasiado escabroso; a los muertos hay que dejarles en paz, le susurraba. Era mejor intentar distraer a las niñas, que no pensaran más en ello. Había sido un sueño y no debían darle más vueltas. Las niñas protestaron ante la afirmación de su tía. Sí que la habían visto. Había estado con ellas y hasta les había dado un beso. Y les había dicho que las echaba de menos. Carmen no estaba cómoda con aquello. No es que creyera en fantasmas, por supuesto; no era supersticiosa, pero no podía evitar sentir cierto desasosiego. A los difuntos, estén en el Cielo o en el Purgatorio (y que Dios se apiade del resto), hay que dejarles descansar en paz. Le parecía hasta irreverente hablar de su cuñada como si estuviera ahí con ellos. Se estremeció. «Qué estupidez» pensó. «Ni que tuviera miedo de los fantasmas». Sacudió la cabeza e interrumpió a Margarita, que insistía en que mamá les había cantado una nana. —¡Ay, no digáis eso! Me ponéis los pelos de punta; anda, vamos a jugar a alguna cosa y no hablemos más de ello. A los ruegos de tía Carmen se unieron los de su marido, y el resto de gente que había en la casa se esforzó también en distraerlas con cualquier tontería. Sin embargo, las niñas, con la misma sonrisa en el rostro, seguían repitiendo que habían visto a mamá, y los adultos de la casa seguían replicando que no debían decir eso, que solo había sido un sueño y que no estaba bien creer en eso. Juana fue la primera en empezar a enfurruñarse. No le gustaba que la gente mayor no la creyera; tal era su contento de haber visto a su madre que el hecho de que quisieran convencerla de que no era cierto le daba ganas de llorar. Margarita lo notó, le dio un beso en la mejilla y la consoló: 21 —No te preocupes; no les hagas caso, porque mamá ha dicho que iba a llevarnos con ella muy pronto. Al sonido de esas palabras, el silencio se impuso en la sala, y un escalofrío recorrió la espalda de todos los presentes. Durante unos segundos, nadie dijo nada, pero las miradas nerviosas se cruzaron repetidamente de un lado a otro de la habitación. Carmen titubeó, carraspeó y trató de decir algo, pero la voz le salía ronca y temblorosa. «Es una estupidez. A mí esto no me da miedo» se mentía a sí misma. «Los fantasmas no existen. Lo han soñado. Yo no soy supersticiosa, son tonterías de niños. Esto no me da miedo. No puede dármelo.» Y mientras pensaba y se repetía esto, se acercó a las niñas, trémula, y las condujo titubeante a su habitación, donde pidió a la niñera que las ayudara a vestirse y las preparara para el paseo, mientras trataba a duras penas de controlar el tembleque de su voz y rezaba para que nadie notara el sudor frío de su frente. La gente de la casa trató de hacer vida normal y distraer a las chiquillas, que se pasaban el día repitiendo que «mamá ha venido a vernos, y dice que pronto nos llevará con ella». Juana y Margarita volvieron a cantar y a reír, pero sus carcajadas y sus coplas ya no eran motivo del regocijo de antaño, sino de secreta congoja. En la casa nadie era supersticioso, por supuesto, pero durante una semana nadie, aparte de las muchachas, fue capaz de conciliar el sueño por la noche. Pocos días más tarde, ambas hermanas cogieron unas fiebres misteriosas que las debilitaron con escalofriante rapidez. Las frecuentes visitas de los facultativos no sirvieron de nada, y cuando solo faltaban un par de días para que cumplieran ocho años, fallecieron pacíficamente rodeadas del resto de la familia, que acongojada y horrorizada, se veía forzada a ver cómo se apagaban súbitamente dos vidas que, aunque breves, habían sido tremendamente luminosas. Apenas instantes antes de morir, la pequeña Juana miró a su hermana y, sonriendo, susurró: —Mamá ha venido a buscarnos. 22 Los zarcillos El vaquerillo de Can Carreras había sido siempre un poco sinvergüenza, y demasiado aficionado a la bebida para lo que le convenía tanto a él como a los Carreras. Todos estaban acostumbrados a sus estupideces, pero aquella vez ya les pareció el colmo. —¡Abridme, abridme! —gritaba, mientras aporreaba la puerta con todas sus fuerzas—. ¡Abridme, que traigo a la señora! El señor Joan Carreras, jefe de la casa, estaba furioso. Después de un día horrible, en que el luto y las aburridísimas conversaciones forzadas e hipócritas con familiares más o menos lejanos que en realidad no habían apreciado a su madre en absoluto le habían dejado molido. Y ahora, encima, parecía que había que aguantar a un borracho que gritaba estupideces que rozaban lo sacrílego. Compartía su cama doña Francisca, señora suya, que era una mujer que reñía más que hablaba y que hablaba más que comía, lo cual hacía con abundancia. Sumándose a la indignación de su marido, se sacudió las sábanas de encima y, profiriendo amenazas entre dientes, sacó de debajo de la cama una especie de garrote que guardaba para las situaciones desafortunadas. El señor Carreras, que había conocido el arma más de lo que consideraba suficiente, lo vio con una suerte de satisfacción agridulce; en el fondo se sentía secretamente satisfecho de que el palo se cobrara, por una vez, una víctima distinta a él mismo. Siguió a su mujer por las escaleras hasta la puerta principal, donde varios de sus hijos y de los criados se habían empezado a apiñar entre murmullos, todos envueltos en batas, mantas o chales, y con velas y lámparas estos y aquellos. Allí, retomando su lugar como pater familias, abrió la puerta dispuesto a echar a patadas al escandaloso vaquerillo, pero se quedó atónito al ver al muchacho con su difunta madre en brazos. —Què fas?! Què fas?! —tanto él como sus hijos, los criados y todos los presentes se escandalizaron, y se apresuraron a tomar a la muerta y colocarla en el sofá del salón, en una posición más digna que en los brazos del muchacho. Este seguía algo trastocado por el alcohol, pero conservaba la suficiente consciencia para saber que había hecho lo correcto, y sobre todo para ver que la forma en que le miraba el señor Carreras (y, todavía peor, su señora) podía representar un grave peligro 23 para su integridad. Necesitaba adquirir rápidamente toda la fluidez de palabra necesaria para poder explicarse, y aunque no lo consiguió, entre gritos, gruñidos e incluso llanto, refirió como pudo qué había sucedido y qué le había llevado a traer el cuerpo de la señora Carreras a la casa. Aunque el interlocutor del borracho pudo comprender a medias la historia, el relato fue tan extraño y enrevesado que reproducirlo aquí sería una tarea titánica y probablemente vana, por lo que voy a tratar de referir, de un modo más ordenado, y tratando de cubrir los detalles que faltaron al relato original, lo que intentó expresar el vaquerillo borracho, para mayor comprensión y deleite del lector. El día anterior fue un día de locos para la familia. La abuela, madre del actual señor Carreras, había fallecido de forma repentina; quizá fue un ataque al corazón, o quizá simplemente se cansó de vivir; nadie lo sabía. El doctor no había llegado a tiempo de hacer nada, y se limitó a certificar la muerte. Se la limpió y se la preparó para el velatorio: su nuera la vistió con sus mejores ropas y la atavió con las joyas favoritas de su suegra, y cuando estuvo lista, la trasladaron al cementerio, donde la colocaron el la enorme y fría lápida de mármol que servía a tal efecto. La gente del pueblo, sus amigos, allegados y familiares la acompañaron en procesión, con los cirios y vestiduras negras correspondientes, y la lloraron durante horas. Cuando cayó la noche, cada uno se retiró a su casa, y la difunta quedó sola en el cementerio, con los cirios casi consumidos y las tristes estatuas de los mausoleos como única compañía. 24 El vaquerillo fue el único que no volvió directamente a casa tras el velatorio. La tristeza del día le sirvió de excusa suficiente para encaminarse a la taberna y darse a la bebida, según tenía por costumbre, y entre trago y trago, brindaba por el reposo eterno de la vieja, que aunque dura de pelar, siempre se había mostrado indulgente y hasta simpática con él. Tras varias copas de un vino absolutamente nefasto, entre mareos y vapores etílicos, se le presentaba la imagen de la señora, envuelta en mortajas sobre la fría piedra y ataviada con sus mejores ropas. Y, sobre todo, se le presentaba la imagen de sus orejas, adornadas con unos zarcillos bellísimos; una obra de orfebrería con el oro blanco más delicado: un cojín áureo que albergaba en medio un zafiro del azul más intenso, rodeado por una aureola de diminutos diamantes. Él jamás había visto tan de cerca joyas semejantes. Eran muy bonitas, y seguro que costaban mucho dinero. Era una pena que fueran a enterrarlos con la señora. No había derecho a que algo tan bello estuviera escondido bajo tierra, haciendo compañía a un hatajo de huesos a los que no servirían de nada, puesto que todo el mundo sabía que las riquezas no podían llevarse al más allá. En el más acá, en cambio, un lujo así podía ser de mucha utilidad. Desde luego, él podría sacarle mucho más provecho que la muerta. Podría venderlos y sacar el dinero suficiente para casarse con la lechera de Can Riera, que era una muchacha tan bonita como elegante era él, pero que era más maja que el pan y más buena que unas tortas. También podía vender uno y transformar el otro en un precioso anillo para pedirle matrimonio, o quizá regalarle los pendientes. Sí, seguro que así se casaría con él. Tanto empezó a darle vueltas que, al final, tras otras tres copas, decidió que no solo no era moralmente deleznable ir a coger los zarcillos (porque, puesto que la dueña estaba muerta, no podía ser sujeto de ley ni nada que se le asemejara, fuera lo que fuera que significara eso), sino que además quizá le hacía un favor, porque había oído decir muchas veces al señor cura no se qué de que los ricos lo tienen muy difícil para pasar por el agujero que da a los Cielos. O algo por el estilo. Envalentonado por el alcohol, se dirigió, alegre y tambaleándose a lo largo de todo el camino, al cementerio, al que llegó casi de milagro. Allí estaba la señora difunta, tan apacible, tan tranquila, que parecía que dormía. De hecho, no parecía ni muerta. Aquel breve pensamiento provocó en el pobre vaquerillo un repentino ataque de 25 arrepentimiento, pero solo fue momentáneo. Había muerto, si no, no estaría echada en aquella lápida. Tragó saliva y se acercó a la cabeza del lecho mortuorio. Los zafiros brillaban con fuerza bajo la luz de la luna, y acercó los dedos para intentar quitarlos con suavidad. Evidentemente, una labor tan delicada como quitar unos pendientes no podía ser llevada con suavidad ninguna por unas manos tan toscas como aquellas, y menos aún si estas pertenecían a alguien tan ebrio como el vaquero. Por ello, lo que trataba de ser un movimiento suave y gentil (al fin y al cabo, había que tener cierto respeto por los muertos) fue en realidad un tirón tan brusco y tan violento que, al arrancar los pendientes de las orejas, la difunta soltó un ¡ay! tan fuerte que el muchacho cayó al suelo, aterrorizado ante el súbito despertar de la muerta. Aun con todo el alcohol que le corría por la sangre, se dio cuenta el zagal de que la señora había abierto los ojos, y que por tanto la muerta no era tal, sino que estaba tan viva como él mismo, y sin pensarlo un momento, la cargó en brazos y la llevó al Mas Carreras. Por eso mismo se encontraba allí, a la puerta de la casa, con el temor en los ojos, los brazos temblorosos y la borrachera todavía encima. El señor Carreras no daba crédito a lo que oía ni veía, así que antes de decidir qué hacer con el vaquerillo, mandó a llamar al médico, que vino lo más deprisa que pudo. Tras examinar a la vieja dama, certificó que, efectivamente, se había tratado de una falsa muerte, y tuvo que confesar, avergonzado, el error cometido el día anterior. La señora Carreras vivía, y era gracias a las travesuras del borracho que habían evitado la desgracia de enterrarla con vida. Desde entonces, la gente del pueblo, y sobre todo los del Mas Carreras, le cogieron un gran cariño al vaquerillo borracho, que se convirtió en la nueva celebridad de Bagur, y su boda con la simpática lechera de Can Riera fue una de las más celebradas del pueblo. Huelga decir que la vieja señora, que se las apañó para seguir viviendo al menos hasta el evento, obsequió a los novios los zarcillos en cuestión como regalo de bodas. Y así, el joven vaquero vio, con gran alegría, cómo su novia entraba en la iglesia con un vestido sencillísimo y unos pendientes lujosísimos, con el rostro iluminado y feliz como unas pascuas. 26 La guitarra del difunto —¡Eso es absurdo!— exclamó el señor Carreras. Habían pasado ya dos semanas, y la guitarra seguía sonando. Y, a pesar de que lo negaba rotundamente, el señor del Mas Carreras no podía evitar creer, en el fondo de su alma, que quizá sí se tratara del fantasma de Antonio. Antonio había sido un empleado de la casa durante gran parte de su vida. Llegó con apenas catorce años, los había visto nacer a todos y durante los últimos cuarenta años había sido un gran apoyo para su difunto padre en la administración de la finca. Todos los de la casa le habían tenido en gran estima, y cuando murió, hacía cosa de un mes escaso, fue un duro golpe para la familia. Tras el entierro, los Carreras se pusieron en contacto con unos sobrinos del difunto, que eran los únicos familiares vivos que le quedaban e iban a heredar las pocas posesiones que Antonio había dejado. Estos sobrinos vivían en Barcelona, y acordaron con los señores que se pasarían al cabo de un par de meses a recoger las pertenencias de su tío, por lo cual el amo de la casa resolvió que estas se guardaran a buen recaudo en el ático hasta que vinieran a por ellas. Entre esas pertenencias se encontraba una guitarra, que era posiblemente la más querida de Antonio. El viejo administrador había sido siempre un enorme melómano, y había amenizado para la familia muchas veladas con sus canciones. Todo el mundo en Bagur le conocía por sus dotes musicales, y hasta Pals y Peratallada había llegado la fama de su virtuosismo con la guitarra. No era raro que en las fiestas del pueblo y en otras celebraciones familiares se le contratara para disfrutar de su música, cosa que, si las labores del Mas Carreras no se lo impedían, le permitían ganarse un sobresueldo que nunca le vino mal. Esta es la guitarra que llevaba dos semanas sonando. El día que empezó todo fue el miércoles anterior al Domingo de Ramos, cuando se cumplían dos semanas exactas del fallecimiento de Antonio. Durante la cena, entre los murmullos de movimiento de las sillas y el rumor de los platos, alguien creyó oír de repente un acorde de guitarra. Este alguien era Margarita, la hija segunda del señor Carreras, que en numerosas ocasiones había disfrutado de los pequeños recitales privados del señor Antonio. Por ese motivo, reconoció en el timbre de ese sonido a la guitarra del difunto en cuestión, y se tornó pálida 27 como la cera. Su madre, que notó la descompostura de su hija, le preguntó la causa de ello, a lo que la muchacha respondió: —He oído la guitarra. La de Antonio; estaba sonando, os lo aseguro. En todos los presentes se dibujó una suerte de sonrisa condescendiente, irónica. ¡Pobre muchacha! ¡Cuánto cariño había sentido siempre por Antonio! Tanto le echaba de menos que incluso ahora le parecía oír sus canciones. Las risillas sofocadas y los murmullos compasivos se apagaron de repente con el segundo acorde. Una especie de punteo misterioso, de tonalidades menores y tintes melancólicos llenó el aire; la fúnebre melodía provenía, aparentemente, del ático, pero parecía atravesar paredes, carne y hueso, y todos los presentes sintieron, a una vez, cómo se les helaba el alma. Nadie quiso decir nada, nadie osó pronunciar palabra, pero la mirada aterrorizada, la palidez del rostro y el sudor frío que compartieron los siguientes dos minutos reveló la idea común que todos intuían y nadie verbalizaba: el fantasma de Antonio estaba tocando la guitarra. Tras unos instantes que se antojaron cargados de eternidad, el punteo cesó. La cena prosiguió en silencio; las almas más cándidas se esforzaban en contener las lágrimas, y los hombres procuraban reprimir escalofríos y temblores que eran, a todas luces, poco dignos de su condición masculina. Durante el resto de la velada se habló poco y se rio menos, y trascurrido el tiempo estrictamente necesario para aparentar una calma que no se poseía y evitar prolongar demasiado una compañía que no se deseaba, cada uno se retiró a su respectivo aposento, con el corazón encogido y el ánimo turbado. La noche no fue mejor que la víspera. Las horas de desvelo se llenaron de tenebrosas melodías, y los pocos ratos de sueño estuvieron gobernados por pesadillas de fantasmas y guitarras embrujadas. Por la mañana, los ojos enrojecidos y los círculos negros que los enmarcaban revelaron a unos y otros que todos habían tenido experiencias nocturnas similares. Con los nervios a flor de piel, trataron de seguir con el día como si nada hubiera pasado, pero los episodios musicales se fueron repitiendo a lo largo de la jornada, causando aquí gritos, allí llantos, y acullá gruñidos asustados. Una especie de temor supersticioso impedía a unos y otros hablar apenas del tema, pero como por una especie de acuerdo tácito, aquella Semana Santa todo el mundo oró 28 con más devoción que nunca por el alma del difunto Antonio. Y, sin embargo, los punteos y rasguidos de la guitarra siguieron hechizando la casa. Durante todo ese tiempo, el señor Carreras se estuvo debatiendo entre tratar de no creer lo que oía y luchar contra la superstición, por una parte, y aceptar la existencia del fantasma y asumir las consecuencias que ello implicara, por otra. Su razón se rebelaba contra la aparición de espíritus y presencias espectrales, pero no podía evitar sentir que el corazón se le helaba con cada melodía que sonaba en la casa. Pero no, eso solo eran supercherías de viejas, que por algún motivo empezaban a calar en la familia. Por otra parte, no obstante, ¿quién, si no Antonio, podía ser el que tocaba la guitarra? No podía tratarse de una broma de mal gusto de nadie, puesto que nadie había aprendido siquiera a sujetar correctamente el instrumento. Tras dos semanas de musiquillas, escalofríos y un cansancio extremo en todos los habitantes de la casa por las escasas horas de sueño, el señor Carreras dio un puñetazo en la mesa, exasperado. —¡Esto es absurdo!— repitió. No podían seguir así. Si realmente el fantasma de Antonio había vuelto para tocar la guitarra, no podían seguir ignorándolo; los espíritus no volvían así como así, sin motivo. Las oraciones no habían parecido suficientes, y Dios quisiera que no fuera necesaria la presencia de un exorcista, pero algo había que hacer. —Si no vuelven así como así, ¿será entonces que hay un motivo concreto para que se aparezca Antonio? —preguntó Margarita. —Pues claro—replicó su hermano menor—. Simplemente hay que preguntarle qué quiere. —¿Y quien será el valiente que subirá a preguntárselo? —repuso otro. Se hizo un silencio. Nadie se atrevía, ni siquiera los mozalbetes que solían fanfarronear de sus dotes de liderazgo y valentía osaban enfrentarse a un ente del otro mundo. El señor Carreras suspiró. —Supongo que deberé ir yo. Yo soy el jefe de la casa; es mi deber asegurar el bienestar de todos, y si ese pobre desdichado no descansa en paz, tendré que 29 averiguarlo… Es posible que necesite todavía misas u oficios para garantizar el reposo eterno de su alma. Armándose de valor, tomó una vela y se encaminó a la escalera que conducía al desván. El resto de la familia le observaba desde una distancia prudencial, y mientras las viejas rezaban rosarios entre susurros, los jóvenes murmuraban entre ellos comentando la jugada y acusándose unos a otros de cobardía. Subió un peldaño, luego otro, y un tercero. Al cuarto, sonó un crujido, luego el arpegio ya conocido, y una ráfaga de viento apagó la vela. Se le erizó el vello del cogote, se le puso la piel de gallina y a punto estuvo de volver corriendo, mientras todos los que lo esperaban a apenas unos metros de distancia se abrazaban aterrorizados o gritaban asustados. Carreras apretó los dientes, carraspeó y, tratando de controlar el temblor de sus manos, se sacudió el miedo de encima, volvió a encender la vela y, cerrando el puño con más fuerza alrededor del candelabro, siguió avanzando. Llega ya a la puerta del desván. Traga saliva, apoya la mano en el pomo, y abre pausadamente. El aire se hace más pesado; en sus oídos y en sus sienes siente como se acelera, cada vez más, el latido de su corazón. Las bisagras rechinan, el polvo se levanta y las telarañas se descuelgan del marco; dentro está todo oscuro. Levanta el candelabro y frunce el ceño, tratando de acomodar la vista a la poca luz de que dispone. Con los nervios a flor de piel, trata de encontrar la fuerza para invocar a Antonio, pero la voz no le sale; apenas consigue arrancar un ronco sonido de la garganta. Carraspea otra vez, fuerza más la mirada y entonces ve, en el suelo, la guitarra de Antonio. Se acerca, y al observarla, se detiene de pronto. Y se ríe. Se ríe a carcajadas, hasta que se le saltan las lágrimas. Abajo, su familia le oye, confundida, y su hijo menor, que tiene entonces doce años, se decide a subir, y se lo encuentra en el suelo, con la mano en el costado, riéndose como un loco y señalando la guitarra. El chaval se acerca al instrumento, fija la mirada, y arranca también a reír. Entre las cuerdas de la guitarra, que ya empieza a acumular polvo, se pasean cuatro o cinco ratoncillos que con sus patitas y sus dientes arrancan de las cuerdas los sonidos que, en sus delirios supersticiosos, habían interpretado todos como los acordes fúnebres del viejo Antonio. 30 31 El Cuarto del Amor Hay algunas historias que toda familia preferiría enterrar para siempre, pero por suerte o por desgracia, siempre hay alguna persona a la que se le suelen escapar, y gracias a esos pequeños deslices puedo ahora referir esta historia. Hace mucho tiempo, aunque quizá no tanto como creemos, trabajaba en el Mas Carreras un vaquerillo que resultó ser demasiado apuesto y atrevido para los intereses de la familia. Su buena presencia, su animada conversación y un simpático descaro le fueron acercando poco a poco a la juventud de la familia, que si bien los mayores no acababan de aprobar, en el fondo lo toleraron por considerarlo inofensivo. Sin embargo, una de las hijas del señor Carreras, Luisa, empezó a mostrar signos de un interés en el joven empleado que rozaban el escándalo y atentaban contra la respetabilidad de la casa. Las malas lenguas de Bagur empezaron a difundir el rumor de un supuesto amorío entre la señorita del Mas Carreras y el vaquerillo sinvergüenza, que con sus malas artes había seducido a la primera. Como no podía ser de otra forma, tan pronto como el primer rumor llegó a oídos de los padres de la muchacha, se tomaron las diligencias adecuadas para cortar de raíz ese desafortunado idilio juvenil. El joven fue despedido de inmediato, y prohibieron tajantemente a Luisa cualquier contacto con Carlos. Las riñas en la casa fueron en aumento. Luisa, que no contaba más de diecinueve años, se rebelaba contra la anticuada arrogancia de sus padres, y estos trataban de hacerle 32 comprender, ya con palabras más o menos amables, ya con gritos y castigos, que su afición por el muchacho no era más que un sentimentalismo pueril: un vaquerillo de tres al cuarto como ese no podía tener ninguna intención seria; el modo que había tenido de comportarse era indigno y había sido fuente de murmuraciones y calumnias, y no estaban dispuestos a tolerar nada semejante bajo su techo. Además, una unión como esa (Dios les perdonara el solo hecho de concebir que pudiera llegar a tener lugar) era un descenso social imperdonable, impropio de una señorita como ella, y cuyo único motivo plausible era un afán de enriquecimiento de Carlos. A ver si se iba a creer la muy tonta que realmente había un afecto genuino y desinteresado por la otra parte. Si persistía (cosa que le prohibían expresamente), estaría condenada a una vida de miseria y trabajo duro que no podría soportar. Sin embargo, la oposición de los padres no sirvió más que para avivar la terquedad de Luisa, que siguió viéndose y escribiéndose a escondidas con Carlos. Determinada más que nunca a desafiar las pretensiones de su familia, arrancó del vaquerillo numerosas promesas y declaraciones de amor, pero no pasó mucho tiempo hasta que fue nuevamente descubierta. Ante la furia de los padres, el antiguo vaquerillo, que ahora había conseguido un trabajo en un pueblo cercano, tuvo que esconderse y no dejarse ver en un tiempo, y Luisa fue sometida a una estricta vigilancia por parte de una de las sirvientas más leales a la familia. Por supuesto, la juventud y la tozudez son una combinación difícil de combatir, y cuanto más se endurecían las medidas de sus padres, tanto más crecía su convicción de que debía enamorarse del muchacho. La situación, cada vez más tensa, no duró demasiado, pero no tuvo el desenlace que los señores Carreras esperaban. Al cabo de un mes y medio de una de las peores peleas entre ellos, Luisa empezó a mostrarse más dócil, dejó de pelear y desobedecer las órdenes paternas, y pareció arrepentirse de su comportamiento anterior, para gran alivio de sus padres, que veían aquello como un síntoma evidente de lo que ellos ya sospechaban: que esa afición no era más que un capricho adolescente que se iba a apagar tan rápido como se había encendido. Menos mal que ellos habían sido lo suficientemente sensatos para tomar las medidas pertinentes y que todo el revuelo se quedara en nada. Una noche, tras una armoniosa velada familiar, Luisa se retiró temprano a su habitación bajo el pretexto de un leve dolor de cabeza. Los señores Carreras no le dieron 33 demasiada importancia, puesto que esas jaquecas habían sido siempre frecuentes en su hija, y así, sin sospechar que el mismísimo Carlos estaba escondido tras la tapia a la que daba la ventana de la habitación de la señorita, no tardaron en retirarse ellos también. Cuando ya todo el mundo se hubo acostado y ya no se oía nada en la casa, Luisa sacó de debajo de la cama el hatillo que había estado preparando las últimas semanas con las prendas de ropa más imprescindibles, algunas joyas, todo el dinero que pudo reunir, y alguna cosilla más de su ajuar, y abrió su ventana, con mucho cuidado de no hacer rechinar las bisagras. Carlos, que estaba agazapado entre las sombras, expectante, al ver el fulgor de la vela que acababa de encender su novia se apresuró a trepar por la tapia que le separaba del Mas Carreras, y con más maña que gracia, ayudó a la señorita Luisa a salir por la ventana. A la mañana siguiente, cuando la señora Carreras fue a la habitación de su hija para ver cómo se encontraba, descubrió solo una cama vacía y una nota desafiante en la que la niña confesaba su huida con el antiguo vaquero de la casa, de quien estaba profundamente enamorada, dejando atrás su vida y todo su cariño para la familia. La alarma corrió como la pólvora, y tanto el padre como los hermanos mayores de Luisa se pasaron varias semanas recorriendo todos los pueblos de alrededor tratando de seguirles la pista, pero no hubo manera de encontrarles. En Bagur el escándalo fue tremendo, y el dolor de la familia, auspiciado por el bochorno que comportaba la historia, tardó mucho en disolverse. Durante mucho tiempo se trató de desterrar el suceso y a la muchacha de la memoria familiar, pero como siempre ocurre en estos casos, el secreto se fue transmitiendo a base de tías un tanto indiscretas, y aunque a Luisa no se la nombraba, a su habitación se la conoció desde entonces como el “cuarto del amor”. De la parejita nunca se volvió a saber. Se dice que probablemente huyeran a Francia, donde suponemos que empezarían una nueva vida llena de dificultades y quién sabe cuánto amor. No sabemos si realmente vivieron felices o si, tal como sospechaban sus padres, la llama se apagó pronto y les dejó con la amargura del arrepentimiento por una mala decisión. Nosotros, por nuestra parte, vamos a concederles el beneficio de la duda. 34 El Canónigo de la Catedral Drama en dos actos Drammatis personae El Sr. CARRERAS, actual dueño de la casa Doña PILAR, su mujer ROSA, su hija Don JAIME Prats, su prometido Doña FRANCISCA, antigua nodriza y actual gobernanta de la casa. ESPÍRITU de Mosén Pedro Carreras, Canónigo de la Catedral, hermano del Sr. Carreras MOSÉN Rodés, párroco de Bagur El MÉDICO TERESA, sirvienta de la casa La acción transcurre en el Mas Carreras, en Bagur, a mediados del siglo XIX. 35 ACTO I Cuadro primero Antesala de una habitación de una casa señorial. Al fondo a la derecha, una puerta cerrada. A su lado, una silla. Luz natural. ESCENA 1 CARRERAS está sentado en la silla. DOÑA FRANCISCA, nerviosa, se pasea arriba y debajo de la habitación. Entra TERESA. TERESA: ¿Me llamaba el señor? CARRERAS: Sí, hace horas. ¿Ha llegado ya el Doctor? CRIADA: No, señor. DOÑA FRANCISCA: (se para en seco en medio del escenario y mira al cielo) ¡Ay, Dios mío! ¡Mira que venir a morir aquí! Mal diablo lo hubiere llevado en mejor hora, que está ahora la señorita por casarse y no estamos para funerales. CARRERAS: Cállese, Francisca, por Dios bendito. Recuerde que habla usted de mi hermano. FRANCISCA: ¡Pobre desdichado! Más le hubiera convenido no abandonar esta casa. Que si hubiera tenido el buen juicio de casarse con aquella dama… CARRERAS: Dios le prefirió para sí. FRANCISCA: En Su Iglesia parece que no le querían tanto. TERESA: ¿Por qué decís eso, Francisca? FRANCISCA: ¡Quiá! Pues porque es verdad. ¿No ves acaso, moza, que tan pronto como se ha puesto enfermo se han deshecho de él? Le alejan de la Catedral tan pronto como pueden. Y ¡ale! El trabajo, para nosotras. Como si no fuera bastante trabajo el atender la casa para encima ejercer de enfermera. ¡Y a una semana de la boda! CARRERAS: No digas tonterías. 36 FRANCISCA: Ea, ea, que lo decís por cumplir. Siempre ha sido un buen elemento el señorito, por mucho que después se metiera a sacerdote. ¡Menudo curita estaba hecho! Que si le contara yo lo que he oído por ahí... CARRERAS: Doña Francisca, no critique. FRANCISCA: Señorito, yo no critico. Yo “rifiero”. CARRERAS: Mejor haría usted callando de vez en cuando. FRANCISCA: ¡Pobre señorita Laura! Estaba tan enamorada de él… TERESA: (con curiosidad) ¿Quién era esa señorita? FRANCISCA: ¡Ay, hija! Una dama de gran hermosura que estaba prendada del hermano del señor en su juventud. Iban a casarse, pero de pronto el muy diablo la abandonó para entrar en el seminario. ¡Jesús! ¡Cuántas lágrimas vertió la pobre señorita! CARRERAS: (Levantándose impaciente) ¡Basta, mujer! ¡Cuántas estupideces dices! Tanta boda te ha dejado trastocada. No hubo tal ofensa. Dios le llamó, y él lo dejó todo atrás por seguirle. Ella lo entendió, y no tardó en casarse con otro. Y sé de cierto que ha llevado una vida felicísima al lado de su marido. Y en cuanto a mi hermano Pedro, ha llevado gran vida de fe en todos sus cometidos, desde el de sacristán hasta el de ser Canónigo de la Catedral. Y Dios le recompensará por ello. FRANCISCA: ¡Recompensarle! Ahí le tiene, moribundo. Bien le ha castigado Dios por sus lisonjerías. ¡Pobre pecador! ¡Indigno servidor se escogió Dios! CARRERAS: Tanto como cualquiera de nosotros. Nadie está libre de pecado. FRANCISCA: Pues con gusto tiraría yo la primera piedra. CARRERAS: Doña Francisca, no blasfeme. FRANCISCA: Tener que cuidar en la enfermedad a quien tanto dolor causó en su día… ¡Ay, si esto no es caridad, Dios mío, que baje el mismísimo San Francisco a verlo! Suena una campanilla. CARRERAS: (Aparte) ¡Menos mal! (A FRANCISCA) Debe de ser el médico. Vaya a abrir, doña Francisca. FRANCISCA se retira por la izquierda. 37 ESCENA 2 TERESA: (Titubeando) Señor… si no es indiscreción preguntarlo… ¿Es verdad lo que ha contado doña Francisca? CARRERAS: (Algo molesto) Sí, es indiscreción. Pero bueno… Nada, tonterías. Esa relación con la señorita Laura nunca fue cosa seria, ni siquiera llegó a consistir más que en unos simples coqueteos de juventud, pero en ningún momento hubo compromiso ni intención de matrimonio, ni por parte de ella ni por parte de él. Lo que pasa es que nuestra querida gobernanta se empeña en ver grandes melodramas en todas partes, y está furiosa con Mosén Pedro por haberse ido lejos de casa, porque en el fondo le quería mucho. Pero ea, que ya está olvidado. No hagas caso de lo que dice. TERESA: Pero dice que ha oído muchas cosas sobre él. La cocinera también comentaba… CARRERAS: (interrumpiéndola, enfadado) ¡Pero bueno, muchacha, qué es esto! ¿Te parece correcto acaso ir porfiando de un sacerdote por ahí? Tan pecador ha sido mi hermano como cualquiera de nosotros, y si debe o no purgar algún pecado, Dios será su juez, no nosotros. Así que calla y deja en paz a mi hermano, que por ser sacerdote y moribundo, doblemente merece tu caridad, que no tu malicia. (La CRIADA baja la cabeza, avergonzada). Así que ahora silencio y a trabajar, que no pago al servicio por holgazanear. TERESA: Sí, señorito. Se va TERESA y entra el DOCTOR, seguido de doña FRANCISCA. ESCENA 3 DOCTOR: Mi buen Carreras, lo siento muchísimo. CARRERAS: (levantándose y dándole la mano al DOCTOR): Doctor, gracias por venir. DOCTOR: ¿Cómo está el enfermo? CARRERAS: Consumiéndose, me temo. Tiene unas fiebres muy altas. DOCTOR: ¡Pobre Mosén Pedro! Tanto como nos ayudó en su día con el orfanato… CARRERAS: (sonriendo) Sí, hizo mucho por el pueblo. También en Gerona parece que le querían. 38 FRANCISCA: (Aparte, con sarcasmo) Sí, le querían… Le querían fuera, que se olvida palabras el señorito. DOCTOR: Parece que el obispo le apreciaba mucho. FRANCISCA: (también aparte) Sí, sí, por eso le ha mandado lejos. CARRERAS: Eso me han dicho. Aunque reconozco que hace tiempo que no manteníamos mucho contacto. DOCTOR: Aun así, ha vuelto a la casa paterna. CARRERAS: Sí, y me alegro. Si Dios le llama, me consolará haber pasado con él las últimas horas. FRANCISCA: (Aparte) Consuelo necesitará el desdichado en la otra vida. CARRERAS: ¿Qué está murmurando, Francisca? FRANCISCA: Nada, señor. CARRERAS: Entonces calla, y acompaña al doctor a la habitación del Mosén. FRANCISCA: (suspirando) Por aquí, doctor. Sígame. El DOCTOR y FRANCISCA entran por la puerta del fondo. ESCENA 4 Entra ROSA. ROSA: ¿Cómo se encuentra mi tío, padre? CARRERAS: Mal, hija. Temo… temo que no le quede mucho tiempo. ROSA: (bajando la cabeza) ¿Es eso cierto? Yo… yo esperaba… CARRERAS: ¿Sí, hija? ROSA: Me hubiera gustado que él… oficiara mi boda, ¿sabéis? CARRERAS: (sonriendo con tristeza y atrayéndola hacia sí) También a mí, Rosita, también a mí. Pero escúchame… Sé que tu boda debería ser en una semana, sin embargo… me temo que hasta que no acabe todo esto, los preparativos de la boda tendrán que esperar. 39 ROSA: (levantándose, nerviosa) Ya. CARRERAS: Venga, pequeña… no te lo tomes a mal. Trata de comprenderlo. De todas formas, no pierdas la esperanza todavía. Esperemos a ver qué pasa. ROSA: Claro, padre. CARRERAS: Vamos, no te pongas triste. No te preocupes, que Dios proveerá. ROSA: Sí, padre. (Pausa.) Si no os importa, ¿me permitís que me retire? CARRERAS: Claro, hija. ROSA: Buenas noches, papá. Que descanséis. Le da un beso en la frente y se va. ESCENA 5 Se abre la puerta de la habitación y entra FRANCISCA. FRANCISCA: No, si ya decía yo… CARRERAS: ¿Qué pasa ahora, mujer? FRANCISCA: ¿Acaso no lo ve el señor? ¿No ha visto cuán compungida ha quedado la señorita? No, si ya decía yo que este malandrín no había de traer sino desgracias… CARRERAS: Rosa ya no es una niña, comprende la situación y sabe soportar los reveses. La boda tendrá que esperar. FRANCISCA: ¡Ay, con la ilusión que le hacía a la pobrecica! Mire usted, señor, que si yo fuera usted, le cerraría la puerta al que ha venido en tan mala hora y le mandaría al hospicio, que para eso están; y si no, que se retire a un convento a que le cuiden las monjas, que si eligió la iglesia en lugar de esta casa, ale, que apechugue y se quede en la iglesia. CARRERAS: (levantándose) ¡Doña Francisca, ya basta! ¡Harto me tienes con tus estupideces! FRANCISCA: No digo más que verdades. Allá donde va el señorito mosén, no trae más que desgracias. 40 CARRERAS: ¡Silencio, mujer! Déjalo ya. Si mi hermano ha de morir, morirá en su casa paterna, rodeado de sus familiares. Poco más podemos hacer por él. FRANCISCA: Más de lo que se merece está usted haciendo. CARRERAS: Aunque así fuera, aquí se ha de quedar, así que muestre el respeto que se merece, si no por él, al menos por la familia. Le pido que guarde silencio de una vez. (Se sienta con un gesto de cansancio). Y vaya a avisar al párroco, antes de que me enfade del todo. FRANCISCA: (Aparte, al público) ¡No, si ya verán ustedes como todo esto no trae más que problemas! Maldito sea este uno y mil veces, que estorbó un buen casamiento con su partida y estorba ahora otro con su regreso! Se va. ESCENA 6 Entra doña PILAR, que se acerca a su marido, y apoya la mano en su hombro. PILAR: ¿Cómo te encuentras? CARRERAS: Cansado. Cansado de toda esta situación, de las noches en vela, de la incertidumbre… pero sobre todo, estoy harto Francisca y sus sandeces. PILAR: (sonriendo) Bueno, hombre, que tampoco es para tanto. Solo está preocupada por su Rosita, que la quiere como si fuera hija suya. Y no ha colaborado poco en su crianza, así que es perfectamente comprensible. CARRERAS: Sin embargo, no me gusta esa costumbre suya de ir difamando a mi hermano. ¿Qué le pasa al servicio? Antes todos eran respetuosos con los jefes de la casa. Además, sobre mi hermano… en fin. No tiene por qué saberse todo eso. PILAR: (Se queda pensativa un momento) Oye… dime la verdad, ¿cuánto de cierto hay en todos los rumores que corren? CARRERAS: Me temo que más de lo que sería conveniente, pero tengo por cierto que menos de lo que se porfía por esta casa. PILAR: ¿Cuánto tiempo llevabais distanciados? ¿Veinte años? 41 CARRERAS: Casi treinta, en realidad. Y confieso con pesar que no tiene él la mayor culpa de ello. (Mirando ansiosamente a Pilar) Aun así, mujer mía, ¿no crees que estoy compensando ahora el tiempo perdido? ¿No estoy arreglando un poco la situación, abriéndole las puertas de mi casa? Quizá sea cierto que no ha sido su conducta la de un santo, pero tan pecadores como él somos todos nosotros, así que ¿no hago bien en perdonarle ahora? ¿No será demasiado tarde? Morirá perdonado, pero ¿lo habrá hecho él, a su vez? PILAR: No lo sé… quisiera pensar que sí; al fin y al cabo, ha aceptado la ayuda que le has ofrecido en su enfermedad. CARRERAS: Aun así… temo que lo haya hecho movido más por necesidad que por afecto. PILAR: ¿Y qué, si es así? Al menos habrás tenido la posibilidad de reconciliarte con él; de otra forma, quizá te habrías arrepentido luego. CARRERAS: Tienes razón, como siempre. Aun así… mi conciencia no acaba de estar tranquila. Es como si mil fantasmas me rondaran la cabeza. PILAR: (le da un beso en la frente) Anda, entra a verle, o vete a descansar. Deja a tus fantasmas en paz, que no es sino tu mente quien les da vida. CARRERAS se levanta despacio y le da un beso a PILAR. Se acerca a la puerta, nervioso, y titubea. La abre y desaparece. ESCENA 7 Entran ROSA, dando muestras de nerviosismo, y detrás la sigue don JAIME, con un sombrero entre las manos, también nervioso. ROSA: Madre, ha llegado Jaime… digo, el señor Prats. PILAR: Don Jaime, ¿cómo estáis? (le tiende la mano a don JAIME, que la besa en actitud respetuosa) JAIME: Muy bien, señora. ¿Cómo se encuentra su cuñado? PILAR: No muy bien, me temo. Esperamos el desenlace en cualquier momento. JAIME: Cuánto lo siento. ¿Y el señor Carreras, cómo está? PILAR: Preocupado, evidentemente. Ahora mismo le está haciendo compañía. 42 ROSA: Mamá, ¿padre os ha comentado algo acerca de la boda? PILAR: Apenas nada. Pero no os preocupéis, hijos míos, que ya veréis como se arregla el asunto. JAIME: ¿Cree que… que podremos casarnos en un mes? PILAR: Haremos lo que esté en nuestra mano. Aunque, si esperáis un poco más, Rosa podrá vestir de blanco en lugar de negro. ROSA: ¿Cuánto más? PILAR: Tres meses como mínimo. Eso contando que muera hoy tu tío, o mañana como muy tarde. ROSA: (Mirando a JAIME) No es tanto, ¿no? JAIME: ¿Tanto te importaría vestir de luto? ROSA: No lo sé… Tendría que pensarlo. PILAR: No os preocupéis por eso ahora, que no es el momento. Todo se andará, no os preocupéis. Por ahora, no podemos hacer otra cosa que rezar. Doña PILAR se sienta en la silla, y se pone a rezar un rosario. JAIME y ROSA se acercan al borde del escenario, y hablan entre ellos, como si cuchichearan. ROSA: ¿Estarías dispuesto a esperar tres meses más? JAIME: Llevamos ya mucho tiempo esperando, Rosa. Íbamos a casarnos en una semana. ¿Por qué alargarlo más? ROSA: Tres meses no es tanto. JAIME: Para mí son una eternidad. ¡Cuánto deseo poder llamarte mi esposa! ROSA: ¡Y yo oírtelo! Pero tres meses pasarán volando, ya verás. Tendrás toda una vida por delante para decírmelo y hasta para cansarte. JAIME: (sonriendo con resignación) Bueno, parece que no me queda más remedio que conformarme. 43 ESCENA 8 Entra doña FRANCISCA seguida de TERESA. FRANCISCA: ¡Señor, ¿dónde están estos eclesiásticos cuando se les necesita?! JAIME: ¿Qué ha pasado? FRANCISCA: ¡Jesús, usted aquí! ¡Qué alegría! Mire, mire a nuestra Rosita, qué hermosa está ya. ¡Ay, madre mía, señor, si todo el mundo fuera como usted y apareciera cuando más se le necesita…! ROSA: ¿Qué os pasa, doña Francisca? FRANCISCA: Ay, hija, que las calamidades nunca vienen solas. ¡Mala hora ha escogido el señor Mosén Pedro para morir! ¡Mal diablo le lleve, el mismo que le ha traído a esta casa, y parece que el mismo que ha de llevarle! ROSA: Pero por Dios, querida doña Francisca, ¿qué estáis diciendo? FRANCISCA: Pues hija, que no encontramos al párroco. Vuestro padre ha mandado buscarle, pero a saber dónde se encuentra ahora. TERESA: El mozo ha dicho que en la parroquia alguien ha comentado que ha tenido que ir de urgencia a La Bisbal. FRANCISCA: ¡Y mientras, un moribundo en esta casa! ¡Ay, señor, señor! ¡Esto no traerá más que problemas, se lo digo yo! PILAR: (levantándose) ¿No han dicho cuánto estará fuera? TERESA: Nadie lo sabe, señora. Al parecer han venido a buscarle de madrugada por una emergencia muy urgente y ea, para allá se ha ido el señor párroco sin tener tiempo de avisar a nadie. FRANCISCA: ¡Ay, si pudiera confesarse este desdichado a sí mismo! ¡Ya lo dicen, ya, que los cuervos son pájaros de mal agüero! PILAR: (con severidad) Doña Francisca, le ruego que no hable así. FRANCISCA: Lo que usted diga, señora, pero verá, verá usted como trae mala suerte una muerte pagana en esta casa. ¡Y no pocos pecados debe cargar el hombre! (Se 44 santigua) ¡Lo dije, os dije que traería mala suerte! Lo dicho, ¡mal diablo le lleve, que parece que no le queda otro camino! JAIME: ¡Ensillaré mi caballo enseguida e iré a buscar a un sacerdote tan rápido como pueda! FRANCISCA: ¡Ay, señor Jaime, a ver si lo encuentra! JAIME hace ademán de salir apresuradamente, pero en ese momento se abre la puerta y aparece el señor CARRERAS, pálido y con el rostro desencajado. Avanza lentamente y se sienta en la silla. Detrás de él sale el DOCTOR, que cierra lentamente la puerta y se queda al lado de esta, cabizbajo. CARRERAS: (levantando la mirada hacia el público). Ya no hace falta… Mi hermano…Ha muerto. CARRERAS esconde la cabeza entre las manos, como si llorara. Se oyen campanas de fondo, y todos los personajes bajan la cabeza. Se cierra el telón. 45 ACTO II Cuadro primero Salón principal de la casa. En el centro, una mesa y un par de sillas. Un sillón a la derecha y dos puertas en el fondo. ESCENA I Doña FRANCISCA está sentada en una silla. Detrás, doña PILAR con ROSA, y sentado en el sillón, el sr. CARRERAS, con actitud pensativa. Todos visten de luto. FRANCISCA: (Llorosa) ¡Ay, Señor! Esos pasos… ¡Todavía tengo escalofríos! ROSA: Mamá, ¿tú también los oyes? Yo llevo ya varias noches sin dormir. PILAR: Sí, hija, sí… También yo los he oído. ROSA: (Acercándose al sillón de su padre) ¡Ay, papá! Estoy muy asustada. CARRERAS: (Levantándose y paseándose por el escenario) Este asunto… no puedo más. PILAR: (Acercándose a CARRERAS) Cariño, ¿qué pasó anoche? ROSA: ¿Anoche? ¿De qué habláis, madre? ¿Qué ocurrió anoche? PILAR: Tu padre estaba harto de escuchar a todo el mundo hablar de los pasos que se oían por la noche en el pasillo, y… FRANCISCA: (interrumpiéndola, sollozando) ¡Ay, señora, y quién no! Desde que murió el desdichado hermano del señor, ha sido un constante. Noche tras noche, pasos y más pasos. Yo no sé si es el diablo mismo o algún diablillo menor tratando de gastar una broma; porque sepa que los hijos del hermano de usted, señorita Rosa, no son otra cosa que diablillos, ¡hartita que la tienen ya a una! Pero ¡ay, señor, señor! Esos pasos que jamás se paran y que causan esos escalofríos… ¡Ay! ¡Una semana con sus siete noches llevo ya sin dormir! ¡Siete! ROSA se acerca a ella y le da un pañuelo. PILAR: Sí, doña Francisca, lo sabemos… todos lo hemos oído. El caso es que tu padre, harto como estaba de esto, decidió salir ayer por la noche para ver de quién eran esos pasos, y… 46 FRANCISCA: (interrumpiendo de nuevo) ¡Esos pasos! ¡Cada noche, a las tres de la madrugada! ¡Una cosa le diré, señorita, solo una! Las tres de la madrugada es la hora del demonio. ¡Nada bueno podemos esperarnos en esta casa! El hermano de su señor padre decidió venir a morir aquí y trajo el diablo con él. ¡Lo advertí! ¡Eso es lo que pasa cuando se abre la puerta a un mal moribundo! Si es que… CARRERAS: (interrumpiéndola, enfadado) ¡Cállate de una vez! ¡Como no dejes toda esta palabrería absurda te aseguro que te echaré de esta casa para siempre! (Se sienta en la otra silla, con gesto de cansancio) ¿Que qué pasó anoche, queréis saber? (mirando a ROSA) Como te decía tu madre, ayer me cansé de todo esto y decidí quedarme despierto para averiguar de quién eran esos pasos, y… (pausa, pensativo) PILAR: Y entraste en la habitación pálido, sin decir nada; y no has dicho ni una sola palabra hasta ahora. ¿Qué ocurrió? CARRERAS: Yo… le vi. ROSA: ¿A quién, padre? ¿Quién era? CARRERAS: Mi hermano. FRANCISCA: (gritando) ¡Ay, Dios mío, lo sabía! ESCENA II Entra TERESA, seguida de JAIME TERESA: El señor Jaime Prats. JAIME: (Haciendo una inclinación de cabeza) Señores. Rosa. (Se coloca al lado de ROSA) PILAR: Querido don Jaime, pasad. (A CARRERAS) Querido, no puede ser cierto. ROSA: Hola, Jaime… Papá, ¿qué estáis diciendo? JAIME: ¿Qué ha pasado? ¿Qué me he perdido? CARRERAS: Os aseguro que le vi. Estaba ahí… ahí mismo. Blanco como un fantasma, de pie… me miró, pero no dijo nada. Me asusté y volví a entrar. Eso es todo. FRANCISCA: Ay, señorito, ¡solo nos faltaba esto! ¡Fantasmas en esta casa! 47 TERESA: ¿Fantasmas? Ay, señora, ¡qué miedo tengo! FRANCISCA: Yo como esto siga me voy a volver loca. TERESA: Yo me iré de la casa. FRANCISCA: El desdichado robó la paz de esta casa. TERESA: ¡Ay, ay, qué miedo tengo, señora Pilar! FRANCISCA: ¡Y la boda! ¡Ya no se podrá celebrar! ¡No en un sitio maldito como este! TERESA: ¡Ay, doña Francisca, qué asustada estoy! ¡Fantasmas en la casa! PILAR: ¡Basta, por Dios! Rosa, don Jaime, hacedme un favor… llevaos a las dos mujeres a la cocina, que se tranquilicen un poco. ROSA: Voy, mamá. JAIME: ¿También yo? CARRERAS: Sí, por favor… pero vuelva en cuanto pueda, que necesito tener unas palabras con usted. PILAR: Id. Salen TERESA y doña FRANCISCA, acompañadas de JAIME y ROSA. ESCENA III PILAR: ¿Estás seguro de lo que viste? ¿No serían imaginaciones tuyas? CARRERAS: Sé lo que vi. Era Pedro, estoy seguro. PILAR: (se santigua) Bendito Dios… ¿Qué harás ahora? CARRERAS: No lo sé… Dios Santo, ¿quién me habría dicho que realmente existen los fantasmas? PILAR: Ay, cariño, te confieso que también yo estoy asustada. CARRERAS: (cogiéndole la mano) Lo sé, querida, lo sé… pero no sufras. Tenemos que pensar en qué haremos ahora. PILAR: Imagino que lo más sensato sería llamar al párroco, ¿no? 48 CARRERAS: Claro, tienes razón. (se levanta enérgicamente) Debemos llamarle ahora mismo. (gritando por donde han salido los otros) ¡Teresa! ¡Ven aquí enseguida! (a PILAR) No podemos perder ni un minuto. ¿Dónde está esta muchacha? ¡Teresa! ESCENA IV Entra PILAR. JAIME: Perdonad, Carreras. Teresa está descansando en la cocina. Está un poco descompuesta; entre esto y las noches que llevan sin dormir… CARRERAS: Estas muchachas de hoy día no aguantan nada. PILAR: Tampoco creo que tú te hubieras encontrado con algo así antes. JAIME: ¿Qué van a hacer ahora? Rosa… La señorita Rosa me lo ha contado todo. CARRERAS: Tenemos que llamar al párroco, que venga enseguida. JAIME: Claro, por Dios, cómo no se nos ha ocurrido antes. CARRERAS: Quería mandar a Teresa, pero parece que está demasiado afectada. Tendré que ir yo mismo. JAIME: No os preocupéis, señor Carreras, que voy yo en un momento. PILAR: Gracias, don Jaime. Se va JAIME. ESCENA V PILAR: Este Jaime es un buen muchacho. CARRERAS: Sí, lo es. PILAR: Cuánto me apena tener que retrasar la boda. CARRERAS: Y a mí, mujer, y a mí… Pero no quiero que se haga nada hasta que esto esté solucionado, al menos. No soy supersticioso; tú lo sabes, pero… PILAR: Pero es mejor hacer bien las cosas. Lo sé. CARRERAS: También por respeto a mi hermano. PILAR: Por supuesto. 49 CARRERAS: Pilar… PILAR: ¿Qué te pasa? CARRERAS: ¿Tienes miedo? PILAR: (Hace una pausa antes de contestar, pensativa) No sé si miedo es la palabra que usaría. Pero sí, estoy un poco asustada. No me agrada la idea de tener a un muerto rondando por la casa. Dios quiera que te hayas equivocado. CARRERAS: ¿Crees…? ¿Crees que no me habrá perdonado? ¿Que por eso ha vuelto, para atormentarme? PILAR: Ay, cariño, no lo sé… No lo creo… CARRERAS: Yo fui el que se distanció… Yo también estaba enfadado con él. (Pausa. Sonríe) ¿Sabes? Doña Francisca no era la única que deseaba que se casara con la señorita Laura. PILAR: Entonces, ¿es cierto lo que cuentan? CARRERAS: Más o menos. Lo que no es cierto es que ella se lo tomara demasiado a pecho. Como sabes, no tardó mucho en casarse con el tal Farreras, y ha llevado una vida muy feliz. PILAR: ¿Puedo preguntarte algo? ¿Por qué os distanciasteis? CARRERAS: Me avergüenza confesarlo, y a ti más que a nadie, pero fue por Laura. Su familia era de las más importantes de Palafrugell, tenían mucho dinero y habría sido una gran unión con esta familia. Yo esperaba que Pedro se casara con ella, y que invirtiera el dinero en un negocio de exportaciones en el que yo estaba interesado pero del que realmente sabía muy poco. Él se negó, dijo que ese negocio era un engañabobos y que yo era un estúpido por creer las promesas de Bataller, que fue quien me lo propuso, y que además él quería entrar en el seminario. Yo me enfadé, y discutimos. Siempre fue más inteligente que yo para los negocios, y no quería que me abandonara para hacerse cura. En esa época murió nuestro padre, y yo, que era el heredero, me las ingenié para retener su parte de la herencia, y le amenacé con dejarle sin un duro si persistía en su idea del sacerdocio y no se casaba con Laura. Por supuesto, él no me hizo caso, y no sé si por despecho o por verdadera vocación, se fue al seminario de Gerona, y yo 50 cumplí mi amenaza. Usé su parte de la herencia para invertir en el negocio de Bataller, que, tal y como había pronosticado Pedro, fue un desastre, y perdí todo ese dinero. Como siempre, él tenía razón. PILAR: ¿Y no se lo dijiste? CARRERAS: ¿Que tenía razón? No, por Dios. Era demasiado orgulloso para reconocerlo; de todas formas, se enteró por otros. PILAR: ¿Y nunca arreglasteis las cosas? CARRERAS: En parte. Al poco tiempo de que el negocio con Bataller se hundiera, me di cuenta de lo que había hecho y traté de hacer las paces con él. Quise restablecerle su parte de la herencia, pero él la rehusó. Dijo que me perdonaba, pero que no quería el dinero. Sé que tuvo algunos problemas y estuvo implicado en algún escándalo, pero aunque intenté ayudarle, era demasiado orgulloso para aceptarla. De todas formas, procuré retomar la relación y mantener mutua correspondencia, pero fue tan fría y tan escasa que esta acabó limitándose a tarjetas de navidad de año en año. Y yo, que era consciente de que la culpa era mía, me prometí a mí mismo ayudarle si era necesario; al fin y al cabo, esta fue también su casa, y no deja esta de ser su familia. Y era y sigue siendo mi deber acogerle y socorrerle cuando hiciera falta. PILAR: Lo sé. Y eso hiciste. En cuanto el obispo te lo pidió, ¿no? CARRERAS: Sí. Pensé que sería una buena forma de disculparme por el trato recibido. Nada mejor podía hacer por él que ofrecerle mis cuidados y mi casa cuando cayó enfermo. PILAR: ¿Entonces? CARRERAS: Lo que no sé es si él me perdonó a mí. No dijo nada antes de morir. Ni yo se lo pregunté. No me atreví. PILAR: Pero aceptó venir a pasar aquí sus últimos días. ¿Acaso no es esto una muestra de buena voluntad? CARRERAS: ¿Por qué ha vuelto, entonces? ¿Por qué se presenta cada noche aquí, en este mismo salón, si no es para atormentarme? No me ha perdonado. 51 PILAR: Seguro que hay otra explicación… ESCENA VI Entran JAIME y el MOSÉN, y detrás de ellos, ROSA y doña FRANCISCA, que se quedan al fondo, escuchando. JAIME: Ya estamos aquí. MOSÉN: Queridos señores Carreras, de nuevo, les doy mi más sentido pésame. CARRERAS: Bienvenido, Mosén. Por favor, siéntese. MOSÉN: (sentándose en la otra silla de la mesa) Gracias. Me ha dicho don Jaime que querían hablar conmigo, pero por algún motivo no me ha querido dar detalles. ¿Es acerca de la boda? PILAR: No, no, Mosén, para nada. CARRERAS: Verá, Mosén. Como bien debe recordad, la semana pasada murió aquí mi hermano. MOSÉN: Sí, lo recuerdo, ¡qué pena! Era un buen sacerdote. Siempre que tenía que ir a la Catedral me trataba muy bien. FRANCISCA: (Aparte.) Ojalá se hubiera quedado ahí. CARRERAS: Bien, pues el caso es que lo enterramos al día siguiente, que era un viernes, pero desde entonces, cada noche todos los habitantes de esta casa aseguran haber oído pasos; unos pasos que recorrían toda la casa a partir de las tres de la madrugada. FRANCISCA: Ay, sí, Mosén, ¡es algo terrorífico! ¡Qué miedo estamos pasando! MOSÉN: ¿Pasos, dice? Quizá sea el perro, o uno de sus nietos, o algún criado, señor Carreras, tratando de gastar una broma, o algo así. CARRERAS: Ahí está la cosa, padre. Eso mismo quería pensar yo. Sin embargo… (duda) Sin embargo, esta noche me he levantado para ver de quién eran esos pasos, y le he visto… MOSÉN: ¿A quién ha visto? 52 PILAR: A su hermano, Mosén. A su hermano Pedro, el canónigo de la Catedral. MOSÉN: ¡No! CARRERAS: En efecto… Estaba ahí, de pie, mirándome. ROSA: Mosén, por favor, decidle que tuvieron que ser delirios. Que no puede ser cierto esto. MOSÉN: (Levantándose, pensativo) ¿Vuestro hermano os dijo algo? CARRERAS: Ni una palabra. MOSÉN: ¿Vos tampoco a él? CARRERAS: Confieso que estaba demasiado asustado para articular palabra. PILAR: Por favor, mosén, decidnos, ¿qué debemos hacer? MOSÉN: En primer lugar, rezar. Rezad por el alma del difunto. Pero lo que debéis hacer, querido Carreras, es lo siguiente: esta noche, cuando vuelvan a tocar las tres, salid de nuevo de la habitación e id a buscarle. Y cuando estéis frente a él, debéis preguntarle qué es lo que necesita, qué quiere. Que esté en esta casa solo significa una cosa: no puede descansar en paz; hay algo que le falta. CARRERAS: Y debo averiguar qué es. MOSÉN: En efecto. Y no tengáis miedo, que Dios está con vosotros. CARRERAS: Gracias, mosén. FRANCISCA: ¿No sería mejor que hiciera un exorcismo o algo así en esta casa? Ay, qué miedito tengo… Trabajar para una casa encantada, ¡quién me lo hubiera dicho! MOSÉN: No creo que sea necesario. Si no sacaran nada en claro, avísenme, que entonces sí buscaríamos otras soluciones. Ahora, si me disculpan, me vuelvo a la parroquia, que me están esperando. PILAR: Muchísimas gracias, Mosén. Buenas tardes. MOSÉN: (Dándole la mano a CARRERAS y haciendo una ligera reverencia a PILAR y ROSA) A su disposición. Buenas tardes. Se va el MOSÉN acompañado de JAIME y ROSA. 53 ESCENA VII PILAR: Bueno, pues ya has oído. CARRERAS: Sí… Esta noche, si Dios quiere, acabará esta pesadilla. AMA: ¡Ay, Señor, Señor! Qué bien hubiéramos estado sin este hombre… hoy habríamos celebrado la boda y no estaríamos todos asustados… Mire usted, señor Carreras, que cuando nos hayamos deshecho del espíritu tiene que prometer que permitirá que su hija se case cuanto antes. CARRERAS: (Sonriendo) ¿A pesar de vestir de luto y no de blanco? FRANCISCA: ¡A pesar del luto! Y si quiere saltarse el protocolo, ¡allá ella! PILAR: Si esto se resuelve satisfactoriamente, no veo por qué no. CARRERAS: ¿Servirá para que nos dejes un poco en paz con tus quejas y tu palabrería? FRANCISCA: ¡Señorito, me ofende! Pero si le consuela saberlo, ¡sí! ¡No me oirá ni la mitad de lo que me oye ahora! CARRERAS: Entonces, aunque solo sea por esto, ¡sea! Rosa y Jaime se casarán la semana que viene si esto sale bien. Anda, mujer, vámonos a descansar, que nos espera una larga noche. Se van todos y el escenario queda a oscuras. Cuadro segundo La misma habitación, a oscuras. Suena música suave de piano, que se para de golpe al sonar los cuartos. Se oyen tres campanadas más que marcan las tres de la madrugada, y se enciende una luz que ilumina el humo que empieza a salir por la derecha del escenario. Ruidos de pasos. ESCENA I Entra el ESPÍRITU de mosén Pedro por la izquierda. ESPÍRITU: No hay muerte sin purgatorio, y no hay vida sin dolor. Sin perdón tampoco hay vida, ni hay perdón sin confesión. 54 No es la muerte un remedio, ni es final, ni conclusión. Es la gloria lo que sigue, pero no sin confesión. No es mi muerte buena muerte, y no es vida, y no hay calor. Es vagar, mas sin ser libre, por morir sin confesión. Puerta estrecha, oscuro trecho, la antesala de mi Dios, donde mi alma se consume por morir sin confesión. ¡Oh, muerte, oh purgatorio! ¡Oh, vida, oh, dolor! ¡Gloria santa que me niegan por morir sin confesión! ESCENA II Sale CARRERAS por una de las puertas del fondo. CARRERAS: ¿Quién va? ESPÍRITU: Un reo de sus errores. CARRERAS: Decidme, espíritu, la verdad: ¿Quién sois? ESPÍRITU: Un alma sedienta de misericordia, Cuyos pecados le impiden descansar. Otrora pecador, hoy desdichado; decidme, hermano: ¿no me recordáis? CARRERAS: Pero ¿es posible? ¿Sois vos mi hermano, por piedad? ESPÍRITU: En efecto; lo soy. CARRERAS: ¿El Canónigo de la Catedral? ESPÍRITU: En efecto; lo soy. 55 CARRERAS: ¿Mosén Pedro Carreras, que murió en esta misma casa, tan solo una semana atrás? ESPÍRITU: En efecto; soy yo. 56 CARRERAS: ¡Dios bendito! ¡Es verdad! ESPÍRITU: ¿Os asustáis? CARRERAS: No lo niego. ESPÍRITU: ¿Tanto miedo os inspira esta alma familiar? CARRERAS: Sin duda, lo confieso. ESPÍRITU: ¡Desdichado! ¡Yo no os quiero ningún mal! CARRERAS: Dejadme, entonces, preguntaros: Mosén, ¿qué queréis? Pienso en todo en lo que os he ofendido, ¿venís a castigar mis malas obras? ¿Buscáis vengaros con terror? ESPÍRITU: ¿Qué busco aquí, hermano? ¿Creéis que busco represión? ¿Una venganza, otra ofensa? No; no pido eso, no. CARRERAS: Dejadme, entonces, inquiriros: Mosén, ¿qué queréis? ¿Enmendar, buscar justicia? ¿Una vida por otra, acaso? ¿Una suerte de expiación? ESPÍRITU: Expiación es lo que busco, mas no a costa de dolor. ¿Más escarnio, más agravio? No; no pido eso, no. CARRERAS: Dejad, entonces, que repita: Mosén, ¿qué queréis? ¿Menester habéis de mi perdón? ESPÍRITU: Perdón es lo que deseo, mas no el vuestro, no señor. ¿Remover afrentas olvidadas? No; no pido eso, no. CARRERAS: Dejad, entonces, que os pregunte una vez más: Mosén, ¿qué queréis? Hermano mío, ¿qué necesitáis? ESPÍRITU: No es venganza lo que busco, 57 No es más pena, no hay rencor. Mi alma en pena busca indulto, de Dios la gracia y el perdón. Me ha sido vedado el Cielo; mi impiedad me condenó, mas el rosario de tu esposa de las llamas me sacó. Ahora expío mis pecados, rezo por mi absolución, y de rezos y plegarias pido ahora intercesión. Os apremio a socorrerme: decidme misas, ¡por favor! CARRERAS: ¡Santo Dios! ¿Entiendo bien? ¿Qué cadenas os apartan de la gracia del perdón? Hermano mío, respondedme: ¿qué provoca tal castigo? ¿Qué os retiene en mi salón? ESPÍRITU: Morir sin confesión. CARRERAS: ¡Dios bendito! ¿Qué he oído? ¡Mi descuido, su condenación! Decidme, hermano, ¿es eso cierto? Porfiad de nuevo, ¿qué ha causado esta prisión? ESPÍRITU: Morir sin confesión. CARRERAS: ¡Desdichado! Fue mi culpa. ¿Lo negáis? Mentís por no culparme, pero sé bien que fui yo: no hallé a tiempo al sacerdote, y ¿qué os negó la salvación? ESPÍRITU: Morir sin confesión. CARRERAS: ¡Qué gran falta! ¡Qué tristeza! ¡No tener cerca un confesor! ¡Qué desdicha, que infortunio es… LOS DOS: Morir sin confesión. CARRERAS: Mas decid, hermano mío, ¿qué hago ahora? Mi desidia os privó de salvación. Para conseguiros el indulto ¿qué es lo que puedo hacer yo? Decidme, Mosén, ¿Cómo os ayudo? Mosén Pedro, hermano mío, ¿qué queréis? ESPÍRITU: Decidme misas, ¡por favor! 58 CARRERAS: ¿Misas, hermano? Si queréis misas, ¡las tendréis! ESPÍRITU: Encomendadme Eucaristías, Dejadme ver a Dios: Rezad plegarias, letanías; Decidme misas, ¡por favor! CARRERAS: ¿Misas, hermano? Si queréis misas, ¡las tendréis! ESPÍRITU: Si con una Eucaristía tuviera al fin la salvación ya no oiréis jamás mis pasos, pero ¡decidme misas, por favor! CARRERAS: Tendréis misas, hermano, por Dios lo juro, ¡las tendréis! El ESPÍRITU avanza lentamente hasta el centro del escenario. CARRERAS queda a oscuras, al fondo, y se ilumina solo la figura del ESPÍRITU, rodeado de humo, que irá aumentando hasta cubrir la escena de detrás a medida que va hablando. ESPÍRITU: ¡He aquí la luz, la vida! ¡Gano así mi salvación! ¡Regocíjense los vivos, alcancen difuntos el perdón! ¡Hallado he misericordia; purgatorio, adiós, adiós! Con una sola Eucaristía mi alma al fin verá a mi Dios. Rendiréme al fin delante de a Quien con tanto fervor serví largos, largos años de canónigo y pastor. El que perdona los pecados y me recibe con amor me abre cielo, gloria, brazos me abre gloria y corazón: Y no hay pena, ya no hay culpa; 59 ¡purgatorio adiós, adiós! Celebrad, vivos, a los muertos ¡decidles misas, por favor! y no dejéis que su memoria el gozo enturbie, ni el amor, que, aunque triste sea el recuerdo, vive el alma aún en Dios. Y rezad por los difuntos, no olvidéis, no, la oración: que no es muerte la derrota, ni es la tumba un adiós. Que tras ella va la gloria, gloria, amor, resurrección. Mas cuidado con el tiempo, que no hay gloria si no hay Dios, y es la parca más aciaga al morir sin confesión. Sin perdón no tendréis vida, y no hay perdón sin confesión. Y a los pecadores desdichados ¡decid misas, por favor! que no hay mal más deplorable que morir sin confesión. TELÓN. 60
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