Bagno, M. (2017). Diccionário crítico de sociolinguística. San Pablo: Parábola. Selección y traducción para uso interno de la Cátedra de Socio y Psicolingüística FHyA-UNR - Año 2020 Lic. Lucía Romanini Alternancia de códigos [code switching] Término empleado para designar las situaciones en las que los hablantes alternan entre códigos (lenguas o variedades lingüísticas) en el curso de una conversación. Es lo que se observa en el siguiente ejemplo, en el que se alternan inglés y español: But I used to eat bofe, the brain. And then they stopped selling it because tenían, este, le encontraron que tenía worms. I used to make some bofe. Después yo hacía uno d’ esos concoctions: the garlic con cebolla, y hacía un mojo, y yo dejaba que se curara eso for a couple of hours (Poplack,1988: 216). Para algunos autores, sólo se puede hablar de alternancia cuando los hablantes son competentes en las dos variedades implicadas. En los casos de bebés en período de adquisición de segundas lenguas, o en el caso de hablantes con un bilingüismo limitado, cabría mejor hablar de transferencias o de marcadores transcódigos. Otros autores, no obstante, usan el término alternancia de código tanto si los hablantes son competentes en las dos lenguas como si lo son parcialmente. Cuando la alternancia se produce en el interior de la oración, se llama alternancia intraoracional; cuando ocurre en el límite de dos oraciones diferentes, recibe el nombre de alternancia interoracional. También es posible distinguir un tercer tipo: la alternancia que afecta a determinados marcadores discursivos, llamada alternancia emblemática o extraoracional. El estudio clásico de Blom y Gumperz (1972) sobre la alternancia de código entre el noruego estándar y un dialecto local de una aldea noruega introdujo una nueva perspectiva más interaccional en el examen del contacto de lenguas y, más concretamente, en la noción de alternancia de código. Los autores allí distinguen diversos tipos de alternancia: 1) Alternancia de código situacional. Esta alternancia se produce por un cambio en el ámbito de uso lingüístico. Por ejemplo, uso del estándar para hablar de temas formales y uso de la variedad local para hablar de cuestiones de la vida privada. En ese caso, el hablante, si es bilingüe, usará la lengua o variedad lingüística que las normas de uso lingüístico determinan para el ámbito en que el hablante usa la lengua. El hablante hace una alternancia o uso convencional de las variedades o de las lenguas que domina. De cierta manera, la alternancia de códigos es previsible en las [1] sociedades donde el uso lingüístico está distribuido en ámbitos. Así, es posible observar los siguientes usos convencionales: (a) cuando parte de la población emplea las variedades vernáculas tradicionales en los ámbitos informales y reserva el estándar para las actividades estrictamente formales; (b) en situaciones de diglosia, en que los hablantes bilingües tienden a usar la lengua baja en las situaciones orales e informales, y la lengua alta en la escritura y en las situaciones formales; y (c) cuando los hablantes inmigrantes alternan el uso de una lengua o de otra según las funciones, las personas, los temas, los lugares, las situaciones, etc. 2) Alternancia metafórica. Es un tipo de alternancia que no depende del contexto, del ámbito de uso, sino de la intención del hablante. El trabajo de Blom y Gumperz también mostró que los hablantes alternaban entre las dos variedades (estándar y dialectal) con diversas funciones discursivas (alternancia conversacional): cita de otros, especificación del destinatario, reiteración para enfatizar, para marcar una mayor o menor implicación del hablante en lo que dice, etc. En este tipo de alternancia, el individuo viola las normas que rigen el ámbito de uso con la intención de obtener un efecto comunicativo específico. Se denomina alternancia metafórica (Gumperz, 1971; Fishman, 1972) y también alternancia o uso intencional (Aracil, 1979). La posibilidad de este uso intencional de la lengua, vehículo por sí misma de un significado expresivo y simbólico, depende de la distribución del uso social de las lenguas por ámbitos. A través de esos ámbitos, las lenguas asumen connotaciones determinadas, a causa del comportamiento social de quienes las hablan y de las actividades que allí son llevadas a cabo. Aunque la alternancia intencional sea menos previsible, porque depende de la experiencia individual, no por ello es arbitraria; por un lado, se relaciona con ámbitos o grupos de hablantes y, por otro, con el tipo de experiencias vividas en una lengua. Por último, este tipo de alternancia está íntimamente relacionado con las funciones de la comunicación, que presuponen una intencionalidad. En efecto, en comunidades bilingües, por medio de un cambio de lengua, se puede obtener más expresividad, persuadir o influenciar a la persona que oye, enfatizar la seriedad o trivialidad de un tema, producir un efecto humorístico, etc. 3) Alternancia a causa del receptor. Se produce en sociedades en las cuales conviven hablantes bilingües y hablantes monolingües y donde la decisión acerca de qué lengua usan los bilingües está en parte condicionada por la presencia o ausencia de monolingües. Se trata de un hecho obvio, porque los monolingües hablan exclusivamente la lengua dominante en el conflicto lingüístico, en tanto los bilingües, además de ésta, que dominan por imposición de los grupos sociales dominantes, también hablan una lengua minorizada, que abandonan cuando tienen que interactuar con un interlocutor monolingüe, el cual no está obligado a conocer la lengua dominada. Así ocurre en los procesos de sustitución lingüística, donde hay un período en el que se produce una cierta alternancia entre la lengua minoritaria y la [2] lengua mayoritaria. Esa alternancia puede llegar a producirse de manera constante inclusive en el interior de un mismo enunciado. Gumperz (1976), en sus trabajos sobre los chicanos (inmigrantes mexicanos) en California, con estudiantes en la India y con los habitantes de un poblado de Eslovenia, analiza conversaciones entre hablantes bilingües en situaciones naturales de comunicación. Define la alternancia dentro de la comunicación como “yuxtaposición de pasajes de habla que pertenecen a dos sistemas o subsistemas gramaticales, dentro del mismo intercambio verbal” y llega a dos conclusiones: (a) Constata que había un sentimiento y una valoración en relación con los dos códigos usados: uno era nuestro código (w e-code) y el otro era el c ódigo de ellos (they-code). (b) Presenta una tipología de los casos en que queda clara la alternancia de una manera regular: (i) cuando se cita una frase dicha por otra persona; (ii) para dirigirse a una persona determinada; (iii) en las interjecciones o nexos entre frases; (iv) en las repeticiones para aclarar o simplemente enfatizar el mensaje; (v) para señalar personalización versus objetivación: distancia vs. proximidad, opinión propia vs. opinión general, etc. Ante la profusión de posibilidades, algunos autores, como Peter Auer (1998), han argumentado que es imposible llegar a listas exhaustivas de las funciones que se puede atribuir a las alternancias entre las lenguas, ya que la alternancia permanece siempre abierta a la creatividad individual. Además, para el autor, todo análisis de la alternancia tiene que partir del principio de secuencialidad, o sea, una alternancia de código recibe su significado en función de su contexto inmediato de producción, sobre todo de los enunciados previos. ● RSP Ámbito de uso [domain of language behaviour; language domain] El término domain (que aquí optamos por traducir por ámbito) fue introducido por Joshua Fishman (1965, 1966, 1972a, 1972b) para designar una esfera de actividad que representa una combinación de tiempo, contexto y papeles relacionales y que resulta en una elección específica de lengua, variedad o estilo. En su estudio sobre el bilingüismo en la comunidad portorriqueña de la ciudad de Nueva York, Fishman et al. (1971) identificaron cinco ámbitos que inducían patrones de comportamiento favorecedores del inglés o del español: familia, amistad, religión, empleo y educación. Esos ámbitos abstractos pueden identificarse más concretamente en ambientes físicos e institucionales, como el hogar, la calle, la iglesia, el lugar de trabajo y la escuela, respectivamente. El concepto de ámbito de uso se ha mostrado [3] muy útil en el estudio de la d iglosia (forma extrema de especialización de ámbito) y de la a lternancia de código. Los ámbitos segmentan la realidad sociocultural de una comunidad en subunidades con tres compartimentos: comunicación, papeles (o relaciones sociales establecidas entre los participantes) y escenarios en que se producen las comunicaciones. Así, los ámbitos de uso permiten distinguir entre el comportamiento particular de cada individuo y el comportamiento esperable –teóricamente– según las normas de uso lingüístico del grupo al cual pertenece. Aracil (1979) define el ámbito como un “conjunto de ocasiones en que la lengua (o cierta variedad lingüística) es usada”. También distingue (1982) entre los ámbitos de comunicación o de habla, delimitados en relación con variables sociales extralingüísticas, y los ámbitos de lengua, definidos en términos de ocurrencia de variedades o formas lingüísticas particulares. Todo ámbito de lengua es necesariamente un ámbito de comunicación, pero no todos los ámbitos de comunicación son ámbitos de lengua. Aunque entre los dos se produzca una imbricación, es posible que una variedad lingüística coincida solamente con algunos ámbitos socioculturales. Es posible diferenciar igualmente los ámbitos de uso formales o públicos de los ámbitos de uso informales o privados. Los primeros son aquellos en los que se producen interacciones lingüísticas públicas que requieren el uso de un lenguaje más elaborado, más formal –discursos, conferencias, intervenciones en medios de comunicación, etc.– o de una lengua con prestigio, en tanto que los ámbitos de uso informales o privados son aquellos en que se producen las interacciones lingüísticas que se dan en las relaciones humanas más próximas a cada persona, en el ámbito de la relaciones personales o privadas –familia, amistad, etc.–, y en que se utiliza un lenguaje más c oloquial, menos elaborado, o una variedad desprestigiada. ● RSP Bilingüismo [Bilingualism] Se dice que un individuo es bilingüe cuando domina con igual proficiencia dos lenguas diferentes. El término se aplica, tradicionalmente, a las personas que nacen en ambientes donde el uso de dos lenguas es normal y que adquieren esas lenguas en las interacciones verbales con la familia y/o la comunidad y no por medio de aprendizajes sistemáticos –de hecho, existen diferencias de orden cognitivo y de utilización práctica de las lenguas entre individuos que se tornan bilingües por adquisición “espontánea” durante la infancia y aquellos que aprenden una segunda lengua en una etapa posterior de la vida y/o por medio de la educación formal–. El término bilingüe también puede ser empleado para designar grupos sociales, esto es, comunidades de habla en las que el uso de dos lenguas es normal en la cotidianeidad de los miembros que las componen. El interés por el bilingüismo individual ha suscitado muchas investigaciones y teorizaciones de parte de psicolingüistas y psicólogos [4] sociales, en tanto el bilingüismo social despierta cuestiones fundamentales respecto de la educación y de la p olítica lingüística. Acerca de la definición de bilingüismo, Kenji Hakuta (2003: 223) argumenta: Un individuo bilingüe es alguien que domina dos o más lenguas. Más allá de esa definición simple, surge la dificultad de definir lo que significa dominar una lengua (para no mencionar las dificultades de lo que viene a ser ‘una lengua’). Usando un criterio poco rígido, como la capacidad de enunciar o comprender un espectro mínimo de oraciones, la mayoría de la población mundial sería considerada bilingüe. Un criterio estricto –el dominio de la lengua como un hablante nativo– reduciría severamente ese número. El problema de la definición se torna más complicado porque el dominio de la lengua puede variar en función del ámbito de uso lingüístico y porque, dentro de cualquier ámbito, la competencia en la lengua puede sufrir desarrollo o disminución. Aunque haya discordancia en cuanto a los criterios, los estudiosos acuerdan en cuanto a la existencia de esa variabilidad” El bilingüismo en el nivel social es lo que despierta mayor interés en los sociólogos del lenguaje y sociolingüistas. Las diversas relaciones entre las lenguas y/o variedades empleadas han sido examinadas bajo la óptica de la diglosia, desde que Ferguson (1959) propuso el término como un instrumento de análisis de la distribución funcional de los usos de las lenguas en comunidades específicas, como el caso del árabe clásico y del árabe “dialectal” en diferentes países. La propuesta inicial de Ferguson distribuía las lenguas en uso en dos categorías: una lengua “alta” y una lengua “baja”; el adjetivo “alta” se aplicaba a la lengua/variedad empleada en contextos más formales y prestigiosos, en tanto que “baja” se aplicaba a la lengua/variedad usada en las interacciones informales, familiares, sin prestigio. La propuesta inicial de Ferguson dio lugar a diversos desdoblamientos, críticas y reformulaciones, según se puede leer en el artículo d iglosia de este diccionario. Teorizaciones sociolingüísticas más recientes, hechas desde la óptica de las relaciones de poder y del examen de las ideologías lingüísticas, proponen análisis más críticos de las situaciones de bilingüismo social que las ofrecidas por la teorización inicial acerca de la diglosia. Se valen, por ejemplo, de la noción de lengua minorizada para describir los inevitables conflictos que se derivan de la distribución desigual de poder político, económico y simbólico entre los hablantes de las lenguas usadas en una comunidad dada. Es lo que se observa, por ejemplo, en España, donde esa distribución desigual lleva a situaciones distintas de sumisión o de oposición al dominio del castellano sobre el catalán, el gallego, el vasco, el leonés y el aragonés. Así, escribe Hakuta (2003: 225): “[el] grado en que el bilingüismo se torna una cuestión política tiene que ver con el activismo y la masa crítica de los grupos lingüísticos minoritarios. El bilingüismo en el nivel social no es la causa principal de conflictos políticos, como en Quebec o en Bélgica, pero la política simbólica de la lengua puede ser vigorosa, y frecuentemente la [5] unidad lingüística es equiparada a la unidad política o al nacionalismo (como en el caso de Cataluña). En diversos lugares de Europa occidental y también en América del Norte, las minorías lingüísticas en las escuelas crecieron a tal punto que están cerca de convertirse en mayorías. En Estados Unidos, esos cambios demográficos han sido acompañados por tentativas de legislar sobre las lenguas por medio de una enmienda constitucional que fije la lengua oficial del país. Se trata sobre todo del movimiento llamado English Only (“sólo inglés”), una reacción (de carácter xenófobo y racista) al creciente número de hablantes de español en Estados Unidos. En 2017, poco después de que Donald Trump asumió la presidencia, la versión en español de la página oficial de la Casa Blanca en internet fue eliminada, manteniéndose solamente la versión en inglés –una decisión glotopolítica que transmite los fundamentos ideológicos del nuevo gobierno–. El bilingüismo representa, evidentemente, un caso particular de multilingüismo. En la formación histórica de la sociedad brasileña, la ideología del monolingüismo acabó por imponerse en la cultura lingüística del país, muchas veces descripto como un “milagro” lingüístico, por cuanto, en un territorio de dimensiones “continentales”, el portugués es hablado por “todo el mundo”. Ese discurso oculta las intensas situaciones de multilingüismo y de contacto de lenguas que caracterizaron por lo menos los tres primeros siglos de la colonización. Durante ese período, las lenguas de hecho más empleadas por la mayoría de la población eran las llamadas lenguas generales, de base tupí (la lengua general paulista, en la parte centro-meridional, y la lengua general amazónica, en el Norte). Con el inicio de la importación de africanos esclavizados, diversas lenguas del grupo bantú y, en seguida, del grupo nigero-congolés fueron traídas a Brasil y contribuyeron a la formación del portugués brasileño, sobre todo en sus variedades “populares”. Además de ese ocultamiento de la historia, ocurre también una desconsideración generalizada de las situaciones de bilingüismo actuales, derivadas de la inmigración, a partir del siglo XIX, de alemanes, italianos, pomeranos, sirio-libaneses, entre otros, y, en el inicio del siglo XX, de japoneses. Sólo muy recientemente algunas acciones puntuales de política lingüística han conseguido promover una visión positiva del bilingüismo y del multilingüismo, como el caso de la cooficialización de las lenguas indígenas baniwa, tucano y nheengatu en el municipio de São Gabriel da Cachoeira (AM) y del pomeranio en Santa María do Jetibá (ES). No constituyen, sin embargo, resultados de una política de Estado, sino de iniciativas de individuos o entidades no gubernamentales. Comunidad de habla [speech community] Una comunidad de habla (o, a veces, comunidad lingüística) incluye a las personas que están en contacto habitual unas con otras por medio de la lengua, sea por una lengua común o por [6] modos compartidos de interpretar el comportamiento lingüístico allí donde lenguas diferentes son usadas en una misma área. Este concepto se prefiere en sociolingüística a aquellos que agrupan personas sobre la base de la nacionalidad (ya que diversas comunidades de habla pueden existir dentro de un mismo Estado, como en Canadá, en España, en Suiza, etc.) o de fronteras geográficas (ya que una comunidad de habla relativamente unificada puede expandirse sobre límites geográficos menos rígidos, como por ejemplo, en el caso del francés de Francia y de Bélgica; además, hablantes de una misma lengua pueden no constituir una comunidad de habla si están separados por barreras geográficas significativas, como es el caso, por ejemplo, del inglés británico y del inglés americano). Sin embargo, dentro de la propia sociolingüística, el concepto de “comunidad de habla” es empleado por los diferentes estudiosos con énfasis distintos. Algunas definiciones se concentran en la frecuencia de interacción de un grupo de personas (Bloomfield, 1933); en el uso compartido de una lengua (Lyons, 1970); en las reglas compartidas de habla y las interpretaciones de desempeño en el habla (Hymes, 1972); en actitudes y valores compartidos acerca de formas lingüísticas y del uso de la lengua (Labov, 1972a); en nociones y presupuestos socioculturales compartidos acerca de eventos de habla (Sherzer, 1977). La síntesis hecha por Hymes (1974) define esa comunidad como un grupo humano que “comparte el conocimiento de las reglas para la conducta y la interpretación del habla. Supone el conocimiento compartido de por lo menos una forma de habla y también el conocimiento de sus patrones de uso. Ambas condiciones son necesarias” Vienen estableciéndose en la sociolingüística otros modos de conceptualizar los grupos de hablantes, sobre la base de intereses y objetivos (comunidad discursiva) y de actividades conjuntas (comunidad de práctica). Representan nociones que se superponen con la de comunidad de habla, más general y de definición más vaga. En la sociolingüística variacionista, la definición clásica, propuesta por Labov (1972a), es la de una comunidad lingüística que no debe ser concebida como un grupo de hablantes que utilizan todos las mismas formas, sino como un grupo de comparte un conjunto de actitudes sociales para con la lengua: las mismas normas. Sin embargo, esa visión sociológica de un consenso s ocial es criticada por Encrevé (1976: 22) así: Una comunidad lingüística es un grupo de hablantes a quienes les son impuestas las mismas normas en cuanto a la lengua. Lo que unifica una comunidad social son el poder político y las instituciones (= la lengua), las leyes (=la ‘norma legítima’) que éste impone por la violencia, simbólica o no (= ‘instancias pedagógicas’). ● SWA [7] Comunidad discursiva [discourse community] Término usado, tal como comunidad de habla, para enfatizar que el uso individual de la lengua se inscribe en relaciones sociales y es regulado por convenciones que son específicas de grupos o comunidades particulares. Sin embargo, es frecuente distinguirlo de comunidad de habla entendiendo las comunidades de habla como agrupamientos sociolingüísticos con necesidades comunicativas tales como socialización y solidaridad grupal, y las comunidades discursivas como agrupamientos basados en intereses comunes. El término también es usado con frecuencia para enfatizar los textos escritos, más que los hablados, tales como la escritura de la comunidad discursiva académica o la lectura de revistas por adolescentes. Un modelo influyente que define las características de una comunidad discursiva fue desarrollado por Swales (1990), que enumera las siguientes características: Una comunidad discursiva: ● tiene un conjunto de objetivos públicos comunes sobre los que existe amplio consenso; ● tiene mecanismos de intercomunicación entre los miembros; ● usa sus mecanismos de participación para proporcionar información y f eedback; ● utiliza y, por tanto, posee uno o más géneros discursivos en la promoción comunicativa de sus metas; ● adquirió cierto léxico específico; ● delimita un umbral para sus miembros, con un grado deseable de contenido relevante y pericia discursiva. Una crítica importante hecha al término comunidad discursiva (como también a comunidad de habla y otros términos semejantes, como comunidad de práctica) es la suposición de una naturaleza homogénea, muchas veces idealizada, de la comunidad y de las prácticas de lenguaje asociadas a ella. ● SWA Consenso (teoría del)[ consensus theory] En los estudios sociológicos, los modelos de sociedad basados en el consenso son distintos de los modelos de sociedad basados en el conflicto. Los modelos de consenso se inspiran en la sociología funcionalista del estadounidense Talcott Parsons (1902-1979): describen la sociedad como un “organismo” relativamente armonioso e integrado, gobernado por un consenso global de valores que recorre todos los grupos y clases sociales. Los modelos de conflicto (en su mayoría, análisis marxistas de lucha de clases) se concentran en las fracturas existentes en la sociedad y en la divergencia de intereses y valores entre los diferentes grupos. [8] La concepción de comunidad de habla propuesta por William Labov en su trabajo sobre la variación lingüística en las ciudades de Nueva York y Filadelfia se cimenta en una visión ampliamente consensual de la sociedad, razón por la que ha merecido críticas agudas de parte de autores como Glyn Williams (1992), Esther Figueroa (1994), Deborah Cameron (1995), entre otros. Ya en 1989 Norman Fairclough señalaba los problemas teóricos de la sociolingüística laboviana, según él, altamente influenciada por concepciones “positivistas” de las ciencias sociales: la variación sociolingüística en una sociedad particular tiende a ser vista en términos de conjuntos de hechos a ser observados y descriptos usando métodos análogos a los de las ciencias naturales (Fairclough , 1989: 7-8). El autor continúa afirmando que: la sociolingüística es fuerte en cuestiones sobre el “¿qué?” (¿cuáles son los hechos sobre la variación?), pero débil en cuestiones sobre el “¿por qué?” y el “¿cómo?” (¿por qué los hechos son como son? ¿Cómo –en términos de desarrollo de relaciones sociales de poder– llegó a surgir el orden sociolingüístico existente? ¿Cómo se sustenta? ¿Cómo puede ser transformado en provecho de quienes son dominados por ese orden?) (Fairclough , 1989: 8). Fairclough denuncia la insensibilidad de la sociolingüística para con su propia relación con el orden sociolingüístico que busca describir: Cuando alguien se concentra en la simple existencia de los hechos sin prestar atención a las condiciones sociales que los hicieron ser como son y a las condiciones sociales para su cambio potencial, parece difícil que emerja la noción de que el (la) propio(a) sociolingüista puede de algún modo afectar los datos (Fairclough , 1989: 8). En esa línea de pensamiento es que, parodiando la célebre última tesis sobre Feuerbach enunciada por Marx y abogando por una “sociolingüística militante” Bagno (2004b: 7) escribió que “no basta describir y analizar las relaciones entre lengua y sociedad, es preciso también transformarlas”. Un modelo de conflicto fue usado por John Rickford (1986) en su discusión sobre la variación sociolingüística en Guyana, y por James y Lesley Milroy (1992) en su investigación sobre la persistencia de variedades no estándar en sociedades industriales. ● S WA Contacto de lenguas [language contact] También llamado contacto lingüístico o lenguas en contacto, es la situación en que lenguas diferentes son empleadas dentro de una misma sociedad. En su trabajo clásico sobre el tema, [9] Uriel Weinreich (1953) utiliza el término para designar la situación en que “dos lenguas son usadas alternadamente por las mismas personas”. Aunque Weinreich se refiera al individuo como el lugar en el que se da el contacto entre lenguas, él presupone una comunidad, una unidad de tipo social que permite el funcionamiento de más de una lengua. El autor estudia principalmente las interferencias estructurales en los ambientes donde existe contacto de lenguas. Sin embargo, es importante enfatizar la importancia que le atribuye a las circunstancias del entorno político, social y cultural para explicar las causas del contacto. La noción de contacto de lenguas tuvo amplia resonancia en los estudios posteriores, ya que es un concepto de apariencia neutra y puede aplicarse cómodamente a cualquier comunidad en la que se encuentre en uso más de una lengua o variedad lingüística. Muchos sociolingüistas han preferido usar ese término en lugar del antiguo bilingüismo, concepto excesivamente polisémico y engañoso, en la medida en que engloba situaciones y resultados muy diferentes. En contrapartida, contacto lingüístico es un concepto amplio que permite poner en relación fenómenos habitualmente tratados en forma separada, pero que están muy interrelacionados, como la estandarizacióny la sustitución lingüística. El campo de investigación del contacto de lenguas se interesa por cuestiones macrosociolingüísticas como el mantenimiento o sustitución de lengua, tanto como por fenómenos microsociolingüísticos, como los efectos de préstamos, alternancias de código, etc. Los “cambios internos” y los “cambios inducidos por contacto” son los modos como las lenguas se desarrollan a lo largo del tiempo. Al lado de la variación, el contacto lingüístico es postulado por Bagno (2012a) como uno de los factores de naturaleza social que impulsan el cambio lingüístico. La noción de contacto es fundamental para los estudios de lenguas criollas y p idgins. ● R SP Diafásico[diaphasic] La variación diafásica se refiere a la dimensión del estilo (o registro), o sea, el uso por el hablante de determinada variante en lugar de otra obedece a condicionamientos motivados por el contexto situacional en el que ocurre el acto de habla, además de los condicionamientos sociales como clase social, status, edad, sexo, redes sociales, etc., que configuran la variación diastrática. Por lo tanto, la lengua varía no sólo según las características sociales del hablante, sino también según el contexto social e interaccional en que se encuentra. De este modo, el mismo hablante puede valerse de diferentes variedades lingüísticas en diferentes situaciones y con objetivos también diferentes. La gama de estilos a la que el hablante tiene acceso depende, sin embargo, de sus características sociales, principalmente de su grado de instrucción formal y de alfabetización: cuanto más alfabetizado esté un individuo, más amplio será el repertorio de estilos a su disposición al [10] momento interactuar verbalmente, por medio del habla o de la escritura. La variación diafásica (estilística) se refiere por lo tanto al individuo, en tanto que la variación diastrática (sociodemográfica) se refiere al grupo social al que éste pertenece. Dialecto [d ialect] El término dialecto se remonta a la Grecia antigua, en la que existían variedades regionales específicas (ático, jónico, dórico, eólico, etc.), con diferencias en la pronunciación, el léxico y la morfosintaxis. En la sociolingüística moderna, es posible hablar de dialectos sociales y de dialectos regionales. El término dialecto de clase también se emplea para variedades claramente distinguibles por límites de clase social. En la tradición lingüística de Europa continental, sin embargo, el término dialecto se refiere primordialmente a variedades regionales y raramente es empleado para describir las variedades sociales de una lengua. Otra distinción bastante empleada es la que se hace entre dialectos rurales, hablados en zonas rurales, que exhiben frecuentemente trazos lingüísticos conservadores, y dialectos urbanos, hablados en las ciudades y caracterizados por la convergencia dialectal y por la mezcla de variedades, en la medida en la que los hablantes de diferentes dialectos entran en contacto (razón por la que los dialectos urbanos suelen ser rotulados como innovadores). Entre los dos polos, se suele situar también los dialectos llamados rururbanos, que exhiben al mismo tiempo aspectos conservadores e innovadores, hablados sobre todo por habitantes de las periferias más pobres de las grandes metrópolis, que todavía no se integraron plenamente a la cultura urbana y mantienen, simultáneamente, elementos de sus antecedentes culturales rurales. A lo largo del tiempo, el término dialecto ganó un uso popular en el que es generalmente contrastado con la “lengua” de prestigio, suprarregional, estandarizada. Ante las diferencias, el sentido común atribuye al “dialecto” evaluaciones negativas, como si fuese una forma “errada” y “tergiversada” de hablar la “lengua”. Ese uso evaluativo y jerarquizador del término dialecto es censurado por los sociolingüistas en general, que prefieren ver una lengua como una unidad compuesta, formada por todos sus dialectos, incluyendo el (mal) denominado “dialecto estándar”, fuente de la norma de prestigio. La elección de un dialecto como base para la constitución del estándar se debe exclusivamente a fenómenos sociales, políticos, históricos y culturales y no a las supuestas cualidades intrínsecas de ese dialecto en relación con los demás. Así, siguiendo el dicho atribuido a Max Weinreich, “una lengua es un dialecto con ejército y marina”; o sea, el rótulo de “lengua” deriva de relaciones de poder y control social. Uriel Weinreich propuso (1954), entonces, la noción de diasistema: un sistema abstracto que comprende varios dialectos regionales y sociales. De hecho, se reconoce cada vez más la imposibilidad práctica de distinguir entre “lengua” y “dialecto”, ya que la distinción [11] reposa mucho más en criterios históricos y culturales que en criterios propiamente lingüísticos. El caso de Italia es ejemplar: en el momento de la unificación del país (1861), un dialecto específico, el toscano, fue elegido para convertirse en la lengua oficial, que pasó entonces a llamarse italiano. Todas las demás lenguas habladas en la península, muchas de las cuales no permiten la inteligibilidad mutua de sus hablantes, pasaron a ser rotuladas peyorativamente como “dialectos”. Por esas razones, en la literatura sociolingüística, se da preferencia al término v ariedad, considerado menos históricamente marcado. Diastrático [diastratic] La variación diastrática es la que se verifica en los hablantes según su lugar en la sociedad: la clase social a la que pertenecen, con todo lo que eso implica en términos de nivel de renta, poder adquisitivo, acceso a la alfabetización, etc. La apuesta de la sociolingüística variacionista es la de que la lengua, mediante sus variables lingüísticas, se correlaciona de modo muy significativo con rasgos distintivos sociodemográficos (variación diastrática), además de situacionales o estilísticos (variación diafásica), o simplemente geográficos (variación diatópica). En tanto que la dialectología tradicional estudia la variación lingüística en dos dimensiones, la temporal y la geográfica, la sociolingüística estudia por lo menos tres dimensiones: temporal, geográfica y social (además de la estilística, que se refiere a la variación de uso de la lengua por parte de un mismo individuo). Eso permitió a la sociolingüística refutar la noción de variación libre, que caracterizó a los estudios estructuralistas durante la primera mitad del siglo XX. Diatópico [diatopic] La dimensión diatópica de la variación lingüística es la que se verifica en el uso de la lengua de acuerdo con el lugar, o espacio geográfico, en que se encuentran los hablantes. Así, por ejemplo, el portugués brasileño presenta rasgos diferentes en el Nordeste y en el Sur del país y, dentro de esas grandes regiones, según el estado, la ciudad, la zona rural o urbana, el centro o la periferia de las ciudades, etc. Es la dimensión clave de la dialectología tradicional, que se interesaba primordialmente por los dialectos r egionales de una lengua y/o de un país. Diglosia [diglossia] Uno de los conceptos más difundidos en el estudio de las relaciones entre lenguaje y sociedad es, sin duda, el de diglosia (del griego, “dos lenguas”), propuesto por Charles Ferguson (1921-1998) en un ensayo pionero publicado en 1959. Desde entonces, ha sido blanco de [12] críticas y de reformulaciones, al punto de que su utilidad misma ha sido cuestionada. El concepto clásico de diglosia, formulado inicialmente por Ferguson (1959), se refiere a una situación sociolingüística en la que existe una diferenciación funcional estricta entre dos variedades de la misma lengua, con una variedad A (alta) [H: high] reservada para el uso en ambientes formales, institucionales, y una variedad B (baja) [L: low], para uso en ambientes informales domésticos y comunitarios. Los cuatro casos examinados en el artículo son el uso del árabe “clásico” y del árabe “dialectal” en El Cairo, del griego “katharevousa” y del griego “demótico” en Atenas, del francés y del “criollo” haitiano en Puerto Príncipe y del alto alemán y del alemán suizo en Zurich. Una primera crítica pertinente incide sobre la consideración de que, por ejemplo, el francés y el haitiano serían “variedades” de “una misma lengua”, cuando se sabe que se trata de dos sistemas lingüísticos totalmente distintos: alguien que sólo conoce el francés es incapaz de comprender lo que se dice en haitiano. Otra observación que también se hace con frecuencia es la de que Ferguson tiene en cuenta el hecho de que las “variedades altas” son, todas, lenguas que presentan una larga historia de estandarización, de gramatización y otros procesos de política lingüística que las transformaron en códigos de prestigio, pero no problematiza esa situación en términos de conflictos de poder y tensiones sociales. Esa no problematización de los aspectos sociopolíticos de las situaciones de diglosia hace del texto de Ferguson un caso ejemplar de una concepción de sociedad característica de las llamadas teorías del consenso. A pesar de esas críticas, es innegable la importancia que el concepto de diglosia adquirió en los estudios sociolingüísticos. Treinta años después de esa primera publicación, Ferguson explicitaría que, en lo tocante a las comunidades citadas en su artículo original, su interés estaba en el uso lingüístico y en las actitudes lingüísticas tanto como en la estructura lingüística (1991: 221). Su preocupación por esas tres dimensiones se evidencia en las nueve características de la diglosia especificadas en su ensayo original: (1) Función – existe complementariedad de funciones entre las variedades A y B: “En determinado conjunto de situaciones, solamente A es apropiada y, en otro, solamente B, con muy escasas superposiciones” (1959: 328). Esa complementariedad de funciones es ilustrada por las situaciones en las que A y B pueden ser usadas, como se ejemplifica en la tabla de abajo. (2) Prestigio – la variedad A es considerada superior a B y frecuentemente evaluada en términos de belleza, lógica y c orrección. (3) Herencia literaria – una característica de la variedad A es la existencia de un amplio acervo de literatura producida en ella durante un largo período histórico. (4) Adquisición – la variedad A no suele ser empleada en la vida diaria, en la conversación espontánea, en el ambiente doméstico: sólo puede ser aprendida y aprehendida en contextos de instrucción formal, lo que hace del acceso a esa variedad una función de las instituciones educativas. [13] (5) Estandarización – al lado de la herencia literaria, la variedad A se caracteriza por haber sido y continuar siendo objeto de una acentuada codificación, reflejada en la producción de compendios gramaticales normativos y de diccionarios. (6) Estabilidad – a partir de los casos ejemplares del árabe y del griego, Ferguson subraya que la diglosia puede persistir durante siglos y que el orden diglósico tiene más probabilidades de emerger en sociedades con una jerarquía social rígida y en que la alfabetización es privilegio de una pequeña élite. A medida que la alfabetización se difunde y alcanza más estratos sociales, prevé el autor, es posible suponer un proceso de nivelación entre las variedades A y B. (7) Gramática – uno de los aspectos más importantes de la diferenciación entre A y B son las formas gramaticales de cada variedad: las variedades B presentan gramáticas mucho más simples que las variedades A. (8) Léxico – una gran proporción del léxico de A y de B es compartida, ya que se trata de variedades derivadas de una misma tradición lingüística; sin embargo, el léxico de A incluye una gran cantidad de términos técnicos, científicos, eruditos, especializados. (9) Fonología – es el campo en el que Ferguson encontró mayor variabilidad en los casos estudiados y, por eso, no puede hacer afirmaciones categóricas; sugiere, sin embargo, que la fonología de la variedad B podría ser el sistema básico, en tanto que los rasgos de la variedad A constituirían un subsistema (Ferguson, 1991: 335): A Sermón en la iglesia o mezquita B X Instrucciones a criados, mozos, operarios, subalternos X Carta personal X Discurso en el parlamento, discurso político X Clase en la universidad X Conversación con familia, amigos, colegas Noticiero en los medios X X Radionovelas Editorial, noticia, pie de foto Textos de caricaturas políticas X X X [14] Poesía X Literatura popular X Uso de las variedades A y B según diferentes tipos de situación (Ferguson: 1959:329) Desde la formulación original de Ferguson del concepto clásico de diglosia, ha habido un gran número de tentativas de refinarlo, adaptarlo y extenderlo. La contribución que ejerció mayor impacto hasta el presente fue la de Fishman (1967) acerca de la relación entre diglosia y bilingüismo, junto con sus discusiones posteriores sobre el tema (Fishman, 1972; 1980). Como planta Martin-Jones (2003: 436), Fishman, en su texto de 1967: extiende la noción clásica de diglosia para abarcar situaciones bilingües y multilingües, en las que las dos o más lenguas están funcionalmente diferenciadas, tanto como en los tipos altamente específicos de diglosia descriptos por Ferguson (1959). Fishman ve la diglosia como un fenómeno primordialmente social y asocia el bilingüismo a las prácticas (o comportamientos) reales de lenguaje de los individuos. Tal como Ferguson, Fishman sitúa la complementariedad funcional de las lenguas en diglosia en el centro de su modelo. También caracteriza la diglosia como un fenómeno sociolingüístico estable, que se extiende a lo largo de por lo menos tres generaciones, en tanto que el bilingüismo es más efímero y susceptible de cambio, incluso dentro del tiempo de vida de un individuo. Fishman propone que la relación entre diglosia y bilingüismo puede ser entendida de cuatro modos amplios, como se muestra en la tabla que sigue: (1) Diglosia y bilingüismo (2) Bilingüismo sin diglosia (3) Diglosia sin bilingüismo (4) Ni diglosia ni bilingüismo Relaciones entre diglosia y bilingüismo (Fishman, 1967: 30) El cuadrante 1 retrata situaciones sociolingüísticas en las que todos o casi todos los hablantes son bilingües y en las que existe una diferenciación funcional amplia, de acuerdo con los ámbitos de uso, de modo que la lengua A queda reservada para usos en ámbitos formales, institucionales. Aquí, el ejemplo clásico es el de Paraguay: gran parte de la población urbana habla guaraní, pero el español es la lengua A superpuesta, usada en diversos ámbitos institucionales. (De hecho, a partir de 1992, el guaraní se convirtió en la segunda lengua oficial [15] de Paraguay, al lado del español, lo que ha contribuido a modificar algunos de los aspectos de la relación bilingüe-diglósica del país, como la enseñanza sistemática en las escuelas). El cuadrante 2 representa situaciones con un orden diglósico, pero en las que el bilingüismo es relativamente raro: Este tipo suele emerger en sociedades altamente estratificadas, donde los grupos sociales permanecen muy segregados unos de los otros y cada grupo habla una lengua diferente; un ejemplo es la Rusia zarista antes de la Primera Guerra Mundial, en la que la élite empleaba el francés y las masas, el ruso. En tales situaciones, la comunicación entre grupos se tornaba posible gracias a pequeños números de intérpretes bilingües (Martin-Jones, 2003: 436). El cuadrante 3 muestra el interés de Fishman en identificar las condiciones sociales que pueden contribuir para que el orden diglósico se altere o incluso se disipe: Aquí se prevé que situaciones de bilingüismo sin diglosia puedan emerger como consecuencia de grandes procesos sociales e históricos de cambio, como la urbanización y la migración, porque tales procesos pueden conducir al dislocamiento de normas y de valores. Una consecuencia de esto, argumenta Fishman, es que ya no existiría ningún consenso social que rigiera el uso de las lenguas diferentes, y el uso continuado de la lengua B quedaría amenazado. El autor vincula explícitamente esa situación al proceso de sustitución d e una lengua (Martin-Jones, 2003: 436-437). El cuadrante 4 representa una situación hipotética, sino inverosímil, dado que es prácticamente imposible identificar comunidades en que no exista ninguna diferenciación funcional, sea de lenguas, dialectos o registros. La principal diferencia entre el modelo de Ferguson (1959) y el de Fishman (1967) es que éste incluye en su análisis la posibilidad de relación diglósica entre lenguas no genéticamente emparentadas, en tanto que Ferguson atribuía los rótulos de “alta” y “baja” a variedades de “una misma lengua”, con los problemas que ya mencionamos. Fishman también incluye en su modelo las situaciones diglósicas que incluyen dialectos, registros o variedades de cualquier tipo, como las que son comúnmente designadas como “estándar” o “no estándar”. La extensión del modelo clásico de disglosia promovida por Fishman sirvió de impulso inicial para la investigación sociolingüística en una gran gama de ambientes bilingües y multilingües. Sin embargo, a medida que se esforzaban por aplicar el modelo a las particularidades y complejidades de la variación sociolingüística en contextos sociales e históricos específicos, los investigadores sintieron la necesidad de adaptarlo, refinarlo y extenderlo. La distinción binaria contenida en el término “diglosia” fue considerada demasiado restrictiva (Martin-Jones, 2003: 437). [16] La autora ejemplifica esa situación con el estudio emprendido por Abdulaziz-Mkilifi (1978) en su investigación sobre las relaciones entre el swahili, el inglés y las lenguas regionales de Tanzania. Este investigador verificó que: el swahili se erguía en oposición a las demás lenguas de dos maneras principales: (i) como una variedad B en relación al inglés, la lengua A superpuesta y ex-lengua colonial; (ii) como una variedad A en relación a las lenguas regionales del país. El término empleado por el autor para ese fenómeno es “triglosia”. En los estudios sobre el portugués brasileño, el concepto de diglosia ha sido empleado algunas veces para referirse a las tensiones existentes entre el vernáculo y el estándar, sobre todo en el ámbito escolar. Así, por ejemplo, Mary Kato (1993: 20) escribe: La lengua de los textos escolares, para los grupos que vienen de países iletrados, puede parecer tan extraña como la de un texto del siglo XVIII para el lingüista que se inicia en los estudios diacrónicos. Brasil presenta así un caso extremo de “diglosia” entre el habla del alumno que entra a la escuela y el estándar de escritura que éste debe adquirir. El concepto es aplicado a las relaciones entre habla y escritura, en las que las dos modalidades de uso de la lengua son presentadas de forma dicotómica, como ya se volvió tradicional en buena parte de la literatura lingüística. Sin embargo, la distinción rígida entre habla y escritura viene siendo abandonada en pro de una consideración más dinámica de sus relaciones dentro de un continuum de géneros textuales ( continuum estilístico; variación estilística). Además, la situación sociolingüística de Brasil es teorizada, no con la definición clásica de una diglosia entre una variedad alta y una variedad baja, sino más bien, una vez más, con la distribución de las variedades lingüísticas en un continuum que acompaña la distribución de la población en clases sociales. Esa propuesta de análisis viene siendo planteada por Bortoni-Ricardo (1984; 2002; 2006) en varios de sus trabajos y constantemente perfeccionada y refinada no sólo por la autora sino también por otros investigadores. Bagno (2003), por ejemplo, opta por la figura de la pirámide social, de uso frecuente en estudios sociológicos y demográficos, y en ella distribuye las variedades sociolingüísticas de acuerdo con su prestigio y su estigma (desde el punto de vista de las capas dominantes), sin incluir entre ellas la norma estándar, que, a su entender, no forma parte del espectro de variedades auténticas, empíricamente registrables, sino que es de hecho un modelo idealizado de lengua, que no se realiza plenamente ni siquiera en los usos más monitoreados de las clases superiores. Por eso, el estándar aparece fuera de la pirámide, como un “objeto de deseo” de los que no la dominan (Ver la figura usada por Bagno [2003] en la entrada prestigio de este diccionario). Además, en la actual dinámica de la sociedad brasileña, el autor prevé múltiples influencias de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, lo que impide una segmentación rígida de las [17] variedades. Es verdad, como también sugiere Bortoni-Ricardo (1984), que hay formas lingüísticas que casi nunca avanzan de abajo hacia arriba, a las que ella denomina [rasgos] discontinuos, en oposición a los [rasgos] graduales, que recorren todo el continuo de las variedades, presentando solamente grados diferentes de frecuencia de uso. El hecho es que, en sociedades urbanas y complejas como las de la actualidad, las situaciones de uso de lenguas y de variedades de una “misma” lengua difícilmente pueden ser analizadas con el instrumental teórico formulado en términos de dicotomías impermeables. Error [error] Uno de los axiomas de la lingüística moderna es el de que todo y cualquier hablante nativo es pleno conocedor del funcionamiento de la lengua que habla, de modo que no comete “errores” en su actividad lingüística. Pueden ocurrir lapsus, distracciones, confusiones debidas a la situación de producción del habla, pero no errores propiamente dichos. De allí que, por ejemplo, bajo el prisma del generativismo chomskiano, las construcciones llamadas agramaticales e stán sujetas a un fuerte rechazo de parte de los hablantes nativos. Desde el punto de vista del sentido común, sin embargo, el error existe, y como fenómeno sociocultural, no puede ser despreciado por los investigadores que se ocupan de las relaciones entre lengua y sociedad. Una certeza que se puede tener después de un estudio profundo de la historia de las relaciones entre lengua(s) y sociedade(s) es que la separación entre esas dos entidades es simplemente imposible. Las primeras escuelas con pretensiones científicas intentaron transformar la lengua en un sistema autosuficiente, autónomo, regulado por sus propias leyes internas, sin tener en consideración a los hablantes. Esa tentativa casi exasperada de hacer de la lingüística una ciencia “pura” y rigurosa sólo podía estar condenada al fracaso – como de hecho fracasó–. La recuperación de esa tentativa por parte de Chomsky y su gramática generativa sólo transfirió el sistema hacia dentro del cerebro o, más específicamente, hacia el propio ADN de la especie humana. El debate entre la visión “científica” de la lengua y las concepciones vigentes en el sentido común con respecto a la(s) lengua(s) y al lenguaje ha sido muy mal abordado en los últimos tiempos, principalmente por parte de los lingüistas profesionales. Sustentados en sus descubrimientos acerca del funcionamiento de la(s) lengua(s), conscientes de que ninguna lengua humana es una entidad fija e inmutable, sino sujeta a ininterrumpida variación y cambio, buena parte de esos profesionales asume una postura inflexible ante el sentido común: el error no existe, es apenas un constructo ideológico fácilmente desmontable por la ciencia. Al hacer esto, se chocan de frente con la opinión de la amplia mayoría de la población, incluyendo intelectuales de otras áreas y personas de quienes se esperaría una visión más esclarecida del fenómeno del lenguaje. [18] Deborah Cameron (1995: 1), que hace bastante tiempo viene criticando esa postura de los lingüistas profesionales, insiste: “Los seres humanos no sólo usan la lengua, también comentan sobre la lengua que usan”. Y sigue: “Todas la actitudes frente a la lengua y al cambio lingüístico son fundamentalmente ideológicas, y el parentesco entre ideologías populares y eruditas, aunque complejo y conflictivo es más íntimo de lo que se podría pensar” (Cameron, 1995: 4), en su análisis crítico del discurso de la lingüística mainstream, Cameron deja muy claro el papel fundamental de hablar sobre la lengua que se habla en la constitución de la dinámica social: Nunca conocí a nadie que no adherirse, de un modo o de otro, a la creencia de que la lengua puede estar en lo “cierto” o estar “equivocada”, puede ser “buena” o “ruin”, más o menos “elegante” o “efectiva” o “adecuada”. Es claro que existe un desacuerdo profundo sobre qué valores adoptar y cómo definirlos. Pero sea como sea que las personas decidan y escojan, es raro encontrar a alguien que rechace enteramente la idea de que existe alguna autoridad legítima en la lengua. Todos somos prescriptivistas en el clóset o, como prefiero decir, higienistas verbales (Cameron, 1995: 9). De hecho, persiste en buena parte de la actividad de muchos lingüistas (e incluso de sociolingüistas) una tendencia a un “distanciamiento” de su objeto, que, por lo demás, no tiene sentido, por el simple hecho de ser hablantes de la lengua que estudian. Un geólogo puede hacer un análisis distanciado de las rocas y de los minerales, así como un astrónomo puede trabajar en relación a su objeto de estudio. Con la lengua, sin embargo, es muy diferente, explica Cameron: Si queremos entender el carácter invasivo y efectivo de la higiene verbal, es fundamental reconocer que las convenciones lingüísticas son frecuentemente sentidas como de un orden diferente de las varias otras reglas y normas sociales. La autoridad de éstas no es solamente una imposición externa, sino que es sentida como algo que viene profundamente de adentro. Eso eso plantea la cuestión de cómo las normas “penetran” en los usuarios de la lengua y de cómo son “asumidas” por ellos: procesos poco estudiados en la sociolingüística, aunque sus resultados –la visible sensibilidad de las personas para con las normas lingüísticas, su afinada conciencia del prestigio y del estigma– sean considerados evidentes por los sociolingüistas. El problema es cómo pasamos de desarrollos históricos de larga escala como la estandarización, de un lado, al comportamiento real de hablantes individuales, del otro (Cameron, 1995: 14). La imposibilidad de separar lengua y sociedad obliga, siguiendo a Bagno (2012a: 936), a contemplar la noción de error como un objeto de dos caras: la cara visible, la que se muestra a la sociedad más amplia, una cara construida a lo largo de los siglos por las fuerzas centrípetas [19] que actúan para reprimir el cambio lingüístico (instituciones sociales, Estado, medios, etc.), y la cara oculta, construida por los estudiosos que, a lo largo de los siglos, vienen estudiando el fenómeno del lenguaje y las lenguas en particular y haciendo cada vez más conocidos los procesos sociocognitivos que hacen que las lenguas humanas sean lo que son. Sin embargo, prosigue el autor, esa división no es rígida y nítida: al final, los científicos de cualquier área, por más que intentan mostrarse “neutros” y volcados exclusivamente hacia su “objeto” de investigación, son seres humanos como otros cualesquiera, envueltos en la dinámica social, sujetos a las influencias de las ideologías de su tiempo y de su lugar históricos, representantes de intereses de clases sociales específicas y, principalmente, hablantes de una o más lengua(s), etc. Por eso, entre la cara visible y la cara oculta, existe toda una zona intermedia, donde las nociones se funden, se confunden, se difunden. Y la noción de error es, para Bagno (2012a), el mejor ejemplo de esa dinámica social compleja: para el lingüista profesional el error no existe, porque toda y cualquier manifestación lingüística sigue reglas gramaticales fácilmente demostrables; para la mayoría de las personas, sin embargo, el error existe y es preciso combatirlo incluso a causa de una buena intención de parte de sus detractores: enseñar la lengua “correcta” a quién habla “errado” es supuestamente un modo de garantizar la inserción de la persona en la cultura letrada. Cualquier análisis que desatienda uno de estos puntos de vista –el ”científico” y el de “sentido común”– será, fatalmente, incompleto y no favorecerá una reflexión que permita analizar de forma integrada la realidad lingüístico-social. No se puede desatender, siempre según Bagno (2012a), un hecho incontrovertible: los comportamientos sociales no son dictados por el conocimiento científico, sino por otro orden de discursos y saberes –representaciones, ideologías, preconceptos, mitos, supersticiones, creencias tradicionales, folklore, etc.–. Ese otro orden de discursos y saberes puede incluso sufrir la influencia de los avances científicos, pero casi siempre esa influencia ocurre de forma parcial, reductora y distorsionada: “Según Darwin, el hombre desciende del mono” es una afirmación que el biólogo inglés jamás profirió ni escribió; “todos los problemas sociales y políticos tienen su causa en la economía” está lejos de ser una síntesis del pensamiento de Marx; “todo el comportamiento humano es guiado por el sexo” tampoco hace justicia a los postulados psicoanalíticos de Freud. Se sabe que donde hay variación (lingüística) siempre hay evaluación (social). Las sociedades urbanas complejas están profundamente jerarquizadas y, como consecuencia de eso, todos los valores culturales y bienes simbólicos que en ellas circulan, también están dispuestos en escalas jerárquicas que van de lo “bueno” a lo “ruin”, de lo “correcto” a lo “errado”, de lo “feo” a lo “bonito”, etc. Y entre esos valores culturales y bienes simbólicos está la lengua, ciertamente el más importante de ellos. No por casualidad, Pierre Bourdieu formuló toda una teoría sobre “la economía de los intercambios lingüísticos” ( mercado lingüístico). Por más que los lingüistas rechacen, por ejemplo, la norma estándar tradicional, por no corresponder a las realidades de uso de la lengua, no pueden despreciar el hecho de que, como bien simbólico, existe una demanda social por esa “lengua correcta”, identificada como [20] un instrumento que permite el acceso al círculo de los poderosos, de los que gozan de prestigio e n la sociedad. Pero según Renate Bartsch (1987: 227), en lo tocante a la preocupación con la corrupción, esa es una actitud necesaria, cargada de valor positivo y coherente con un rasgo característico y común del estilo de vida de los humanos: el deseo de controlar sus acciones y productos y de procurar los medios necesarios para garantizar que los instrumentos lingüísticos de comunicación e interacción sean ampliamente reconocibles e interpretables También James Milroy (2001: 530-555) al tratar estos temas: La forma canónica de la lengua es una herencia preciosa que ha sido construida a lo largo de las generaciones, no por los millones de hablantes nativos, sino por unos pocos elegidos, que consagraron amoroso cuidado a la tarea, puliendo, refinando y enriqueciendo la lengua para que se torne en un sutil instrumento de expresión (...) Esa es una opinión sustentada por personas en diversos campos de actuación, incluyendo plomeros, políticos y profesores de literatura. Se cree que si la variedad canónica no es universalmente defendida y protegida, la lengua inevitablemente va a declinar y de caer. (...) Algunos lingüistas vienen intentando enfrascarse en debates sobre esas cuestiones, en general denunciando que tales opiniones son erróneas, y parece que ellos siempre han entendido plenamente el poder de las ideologías de la lengua que dirigen la opinión pública sobre esos temas. Un componente básico del raciocinio, aquí, deriva de la creencia de que la lengua es un bien cultural, análogo a la religión y a los sistemas legales, más que parte de las facultades mentales o cognitivas del ser humano. (...) Sin embargo, en la medida en la que la lengua realmente es un objeto cultural, difícilmente se pueda decir que aquellas opiniones son enteramente equivocadas y, en ese sentido, tampoco son irracionales. Así, por tal cualidad, tienen que ser respetadas y tomadas en serio. Opiniones públicas son profunda y sinceramente sustentadas y ampliamente difundidas en la sociedad, por más que los lingüistas puedan considerarlas infundadas. Así como el concepto de raza fue censurado, deconstruido y abandonado por los antropólogos, pero continúa ejerciendo un papel fundamental en las relaciones sociales y en los conflictos de poder, también la noción de error lingüístico, a pesar estar desprovista de fundamentación científica, es la espina dorsal de los mecanismos de control y regulación social por medio del lenguaje, sobre todo en lo que se refiere a la educación lingüística ofrecida por el Estado. Ante esto, no puede ser descartada como mero sentido común: al contrario, tiene que ser tenida en cuenta, incluida en toda reflexión y todo programa de acción que tenga por objeto a la lengua o las lenguas habladas en una comunidad y enseñadas institucionalmente. [21] Estándar [standard] Término derivado del latín patronu- que trae en sí la raíz patr-, “padre”1; del mismo étimo latino proviene la palabra patrão. El estándar (o la norma-estándar) es el modelo de corrección idiomática construido a lo largo de la historia a partir de la elección de una lengua o variedad lingüística para convertirse en la lengua oficial de un Estado. La lengua o variedad de lengua elegida para ser oficial será objeto de un trabajo de codificación, de estandarización, trabajo emprendido por los gramáticos, y también de creación de un léxico nuevo, amplio, que le permita ser instrumento de la alta literatura, de la ciencia, de la religión y del derecho. En términos sociológicos, corresponde al concepto de l engua legítima propuesto por Bourdieu (1982) y de lengua paternap lanteado en Cerquiglini (2007a; 2007b). La estandarización, la gramatización y la ortografización de una lengua han constituido, en todos los momentos históricos, un proceso de selección y, como todo proceso de selección, un proceso simultáneo de exclusión. La centralización de los Estados nacionales a partir del Renacimiento en torno de la figura del rey, símbolo vivo de la nacionalidad, acarreó la lenta constitución política de una lengua nacional, de una lengua oficial. Ese proceso se consolidó y se generalizó luego de la Revolución Francesa (1789), cuando surge el concepto moderno de Estado-nación, basado en el ideologema “una nación, un pueblo, una lengua” y en el deseo de un monolingüismo efectivo. En medio de la diversidad lingüística que siempre caracterizó a todos los países de Europa, los criterios para esa selección han sido, siempre, de orden político y nunca de orden “lingüístico”, en el sentido de que no hay posibilidades de que una variedad sea escogida por algún conjunto de características “inherentes” (belleza, elegancia, riqueza, concisión, etc.) que la tornen “naturalmente” más apta para ser elegida para el proceso de estandarización. La lengua/ variedad escogida será siempre, en los casos de naciones unificadas, la lengua o dialecto hablado en la región donde se sitúa el poder, la Corte, la aristocracia, el rey. Ante esto, Monteagudo (2004: 414) puede afirmar: Cuando hablamos de estándar no nos estamos refiriendo a la estratificación social de la lengua, sino a una perspectiva diferente sobre la variación lingüística, que se relaciona con la codificación y la prescripción. Lo que sucede en la realidad es que el código normativo suele descansar en la regulación de un sociolecto de prestigio, más precisamente del estilo “cardinal” (medio alto) de ese sociolecto –o, mejor aun, de una versión idealizada de esa variedad–. Por consiguiente, la norma estándar no es una de las muchas variedades que circulan en la sociedad. No existe una variedad estándar (por lo demás, una contradicción en sus términos, 1 El término portugués para lo que traducimos como e stándar es padrão. S obre esa denominación pivotan ciertas zonas del texto, como la comparación con el patrón oro que se introduce más adelante [N. de T.]. [22] porque si es estándar, esto es, uniforme e invariante, ¿cómo puede ser una “variedad”?), ni un dialecto estándar, ni una lengua estándar, aunque estos términos ocurran con mucha frecuencia en la bibliografía dedicada al tema: “Lo que existe es una norma-estándar, lengua materna de nadie, lengua paterna por excelencia, lengua de la Ley, una norma en el sentido más jurídico del término” (Bagno, 2011: 367). La norma-estándar, como observa Monteagudo, no forma parte de la “estratificación social de la lengua”. Es un constructo sociocultural (una h ipóstasis, siguiendo a Bagno), que puede incluso basarse en alguna variedad lingüística empíricamente detectable en la sociedad, pero, precisamente por ser blanco de un intenso investimento de codificación (establecimiento de reglas gramaticales que muchas veces no existen en ninguna de las variedades, sino que remiten a alguna tradición más antigua, como, en el caso del portugués, la gramática latina), de representación gráfica (legislación sobre la ortografía oficial), de producción lexical (creación de un amplio vocabulario técnico-científico, literario, etc., para dar cuenta de una “alta cultura”) y de un intenso investimento político-ideológico (lengua del poder, del Estado, de la administración, de la escuela, etc.), el estándar no es “una variedad” como otra cualquiera. En palabras de J. Milroy (2001: 543), las lenguas, en sus formas estandarizadas, no son vernáculos y, estrictamente, nadie las habla; la ideología del estándar decreta que el estándar es una idea en la mente –es una variedad perfectamente estable, claramente delimitada y perfectamente uniforme– una variedad que nunca es perfectamente ni consistentemente realizada en el uso hablado. La norma estándar, de hecho, está lejos de ser una “variedad”, un “dialecto” o una “lengua”, en el sentido de un sistema fonomorfosintáctico que se realiza en el habla de los individuos: Es, eso sí, una hipóstasis (“una idea en la mente”), una institución social y, en esa calidad, goza de un poder simbólico especial, muy diferente del que se atribuye a las auténticas variedades lingüísticas; ocupa en el imaginario colectivo un lugar destacado; es objeto de un culto y de un cultivo que nadie le dedica jamás a los otros modos de hablar. La norma-estándar es el parámetro contra el cual (y la preposición contra no es fortuita aquí) se miden todos los demás usos hablados y escritos de la lengua: es el lecho de Procusto sobre el cual se miden todas las manifestaciones reales de uso de la lengua para que sus “errores”, “vicios”, “defectos”, “carencias” y “excesos” sean exhibidos y amputados (Bagno: 2011: 367). La norma-estándar tampoco se confunde con la norma culta, esto es, el conjunto de variedades urbanas de prestigio realmente empleadas por las camadas privilegiadas de la población. “Desgraciadamente”, evalúa Bagno (2011: 367), esa confusión entre norma-estándar y norma culta abunda en la literatura académica y didáctica producida en Brasil, dejando tras de sí una estela de consecuencias nefastas [23] para la enseñanza y para el entendimiento lúcido de la realidad sociolingüística del país. De hecho, entre el estándar y esas variedades urbanas de prestigio se va abriendo, con el pasar del tiempo, un abismo largo y profundo, inevitable, además, desde el comienzo de la estandarización, que retira a la lengua de su realidad dinámica y la transforma en una hipóstasis socio-cultural. De ahí nacen los grandes conflictos entre la actividad lingüística de los ciudadanos urbanos más letrados y las reglas normativizadas, que no corresponden en su totalidad a la lengua auténtica de las camadas privilegiadas de la población y, menos aun, a las variedades de menor prestigio ( p olarización). En algunos casos, el estándar puede incluso ser una lengua muerta, como en el caso del llamado “árabe clásico”, que es el idioma oficial de muchos países sin que en ninguno de ellos sea de hecho una lengua empleada por algún grupo social, ya que se trata de una forma arcaica de la lengua, la que fue empleada por Mahoma en el siglo VIII al escribir el Corán. Además, el estándar constituye, desde el punto de vista de las representaciones sociales, mucho menos un modelo de lengua que un discurso sobre la lengua, identificada con ese estándar. De acuerdo con Rey (1972: 18): Discurso regulado por la naturaleza de su objeto: evaluación crítica y condena eventual de los otros discursos –que son también el discurso del Otro– y, menos francamente, juicio de valor que jerarquiza los usos y, a través de ellos, a los usuarios. Discurso definitorio ya que, al rechazar una parte de los usos de la comunidad, delimita un objeto; discurso de juicio imperativo cuando enumera reglas, contrarreglas, bautizadas como “excepciones”, y listas nunca concluidas de unidades que se presentan en pares (infarto/enfarte, presidir/presidir a, baixar, abaixar…) o de unidades que se proscriben (como los préstamos recientes). La descripción, la exclusión y la evaluación condicionan un tipo de discurso prescriptivo cuyas marcas explícitas (es preciso que…; quiero que…; usted debe…) son frecuentemente borradas. Ese discurso busca hipostasiar una concepción de lengua que, de acuerdo con Bagno (2000: 151) es, al mismo tiempo, una monoglosia (una sola lengua digna de ese nombre), una homoglossia (una lengua uniforme, homogénea, inmutable) y una ortoglosia (una lengua correcta y, por consiguiente, buena/bella): Esas tres hipóstasis se consustancian en una ortodoxia lingüística que se contrapone a toda y cualquier herejía, esto es, a toda tentativa de interpretación divergente de los hechos lingüísticos, así como de producción lingüística divergente de la prescripta. (Bagno, 2000: 151). El discurso sobre el estándar (identificado como “la lengua”) hace del “buen uso” idiomático un “valor moral” o un “deber cívico”, de modo que la persona que sabe “expresarse bien” es, casi automáticamente, una buena persona, idónea, de carácter limpio, amante de su país, cumplidora de sus deberes, respetuosa de las instituciones, etc. Esa asociación moralista entre [24] “la lengua” y los valores cívicos se encuentra, por ejemplo, en este pasaje de Rui Barbosa: “Una raza cuyo espíritu no defiende su suelo y su idioma entrega el alma al extranjero, antes de ser por él absorbida”. También la escritora Júlia Lopes de Almeida declaró: “El primer deber del ciudadano es hablar bien la lengua materna, y no ponerle remiendos”. Y el más célebre defensor del estándar más rígido del portugués en Brasil, Napoleão Mendes de Almeida, escribió: “La lengua es la más viva expresión de la nacionalidad. Saber escribir la propia lengua forma parte de los deberes cívicos”. Para él, el “celo del idioma” debería ser “parte de la educación cívica”. Esa actitud es milenaria y ya existía, por ejemplo, en la sociedad romana antigua, donde se hablaba del consensus bonorum identificado con el consensum eruditorum: las personas cultas, educadas y corteses tenían que ser, por consecuencia natural, personas buenas, honestas, idóneas. Como escribe Stubbs (apud Bagno 2002: 75): hablar “correctamente” es, la mayor parte de las veces, tomado en sí mismo como prueba de que alguien es bien educado: los juicios evaluativos con frecuencia se basan en los sonidos vocales que las personas emiten. Y el mismo autor explica que el estándar lingüístico de prestigio no puede ser definido en términos puramente descriptivos. Su historia ha estado envuelta en la de la prescripción. Sus formas y funciones actuales tienen que ver con la clase socialy hablan de las actividades de alto prestigio en la cultura dominante. En una comparación entre el patrón oro, usado para medir el valor de una moneda nacional dada, y el patrón lengua2, usado para medir el valor de una manifestación lingüística, Jacob Mey (1998: 78) se expresa así: La propiedad crítica del oro no es su valor intrínseco como tal; el oro es tan sólo un elemento del Sistema Periódico, uno de los metales de la tierra, excepto que es más raro y más estable que la mayoría de los otros. El valor del oro consiste en el hecho de que se lo coloca aparte, no sólo físicamente [como las barras de oro en los subterráneos de Fort Knox, en Tennessee (...)], sino, más aun, mentalmente, en la cabeza de las personas. El oro es, al mismo tiempo, la medida de todos los valores y de sus patrones invisibles (...). La “lengua común” es la medida ficticia del oro de nuestra habla. Su dialecto estándar –virtualmente inexistente– es típicamente hablado, en la mejor hipótesis, por muy pocos en la población de un país. El valor de la lengua estándar, así como el valor del precioso metal, depende de su descontextualización, lo que quiere decir que representa el valor absoluto, al mismo tiempo que, en realidad, no tiene ningún valor concreto, es un e stándar descontextualizado. Mey prosigue diciendo que la “lengua estándar” se convierte en un concepto abstracto y vacío, en el mismo plano que otras “grandes ideas” como Vida, Honra, País, Fe, Familia, etc. De 2 Recordamos que el término portugués es padrão, de allí p adrão-ouro y p adrão-língua [N. de T.]. [25] acuerdo con el autor, en ese discurso, “la norma es abstraída de su esencia y, como consecuencia de ello, no puede ser nunca tema de discusión” (Mey, 1998: 78). Estereotipo [stereotype] El estereotipo, en la sociolingüística variacionista, es un tipo particular de variable lingüística que contienen una variante reconocida por algunos miembros de una comunidad de habla y usada como base para comentarios negativos sobre las variedades que presentan tal variante. El estereotipo puede ser el resultado de una generalización exagerada y equivocada de un uso lingüístico que, analizado con atención, no constituye de hecho una característica propia de determinados grupos sociales. En Brasil, por ejemplo, la conjugación verbal del tipo “a gente vamos” es atribuida estereotípicamente a los hablantes de clases socioeconómicamente desprivilegiadas o de baja escolarización. Las estadísticas, en cambio, revelan que esa conjugación es muy poco frecuente en el habla de esos estratos sociales. Lo mismo ocurre en relación con el desplazamiento de las vocales pretónicas [e] y [o] en las variedades nordestinas, lo que resulta en en [ɛ] y [ɔ ], fenómeno que obedece a reglas muy complejas y de difícil sistematización, que no es, por lo tanto, automático e inevitable, como creen los hablantes de otras regiones. Los estereotipos contrastan con los indicadores (variables de las cuales los hablantes no tienen conciencia) y con los marcadores (variables de las cuales los hablantes tienen conciencia, pero que no están asociadas a la estereotipia). Estratificación [stratification] Estratificación social es un término originario de la sociología que se refiere a un modelo de sociedad que se halla dividida u ordenada en “capas” o “estratos” verticales, como clases sociales o grupos de status, en que las personas de las capas más elevadas disponen de más poder, riqueza, prestigio que las que se sitúan en las capas inferiores. En la sociolingüística variacionista, se argumenta que las variables lingüísticas están sujetas a estratificación social si de algún modo se correlacionan dentro de esa jerarquía social. Esa estratificación puede ser gradual o discontinua: (1) Estratificación gradual: en este tipo de estratificación social de una variable lingüística, las correlaciones entre factores sociales y los resultados de uso de las variables lingüísticas reflejan un continuum graduado entre un grupo social (o estilo) y otro, en lugar de una serie de cambios bruscos. Esos rasgosgraduales se diferencian entre los grupos sociales por la frecuencia con la que ocurren. En el portugués [26] brasileño, por ejemplo, la concordancia nominal presenta esa característica: los hablantes de las capas sociales superiores, con más escolarización y en estilos más monitoreados, tienden a marcar más las concordancias que en estilos menos monitoreados y, en general, más que los hablantes de las capas inferiores, con menor grados de escolarización. (2) Estratificación discontinua: en este tipo de estratificación social de una variable lingüística, las correlaciones entre los factores sociales y los resultados de uso de las variables reflejan una situación discontinua, sin gradación de un grupo social hacia otro. Esos rasgosd iscontinuos presentan valores muy diferentes en sus frecuencias de uso. En el portugués brasileño, por ejemplo, la realización rótica de [l] en encuentros consonánticos (praca, pranta, ingrês, etc.) se restringe al vernáculo de hablantes con antecedentes predominantemente rurales (o rururbanos) y de poca o ninguna escolarización, de modo que su empleo se reduce bruscamente, o incluso desaparece, a medida que se pasa de esos grupos sociales hacia los que están inmediatamente encima de ellos en la estratificación social. ● T HC Evaluación [evaluation] Término usado por sociolingüistas y psicólogos sociales para referirse a la propensión de las personas a emitir juicios acerca de diferentes formas lingüísticas. Esos juicios reflejan ciertas actitudes con respecto a las lenguas y variedades lingüísticas (y, por implicación, con respecto a sus hablantes). La evaluación lingüística desempeña un papel importante en el cambio lingüístico: la evaluación positiva de una variedad, o de variantes específicas, puede ser la base de la difusión de un cambio; en contrapartida, un cambio puede detenerse a causa de una evaluación negativa. Por ejemplo, el cambio de [ʎ] en [ḽ] en el portugués brasileño (galho: [‘gaʎu] > [‘gaḽu]), a pesar de ser muy antiguo, sufre una pesada evaluación negativa de las capas sociales urbanas más letradas, lo que ha impedido su avance, que se mantiene limitado a los hablantes de las zonas rurales o rururbanas menos escolarizados. Por otro lado, la semivocalización de [l] en sílaba trabada/final de palabra, igualmente innovadora, ya alcanzó [27] todas las capas sociales de prácticamente todas las regiones, volviendo minoritarias las realizaciones lateral [l] y velarizada [ɫ] de esa consonante (sal: [sal] > [saɫ] > [saʊ̯]). Una diversidad de métodos ha sido empleada para estudiar la evaluación que los hablantes hacen de lenguas y/o variantes específicas, así como de otras características, como, por ejemplo, el acento o la velocidad de habla. Uno de los métodos más conocidos es el test de los pares falsos (matched-guise), en que los oyentes evalúan voces en términos de la competencia de sus hablantes, actividad social, etc. Otras investigaciones han focalizado la identificación, por el oyente, de los antecedentes étnicos, sociales o regionales de quien habla (Labov, 2001). Estudios iniciales operaron con una concepción de las actitudes evaluativas como relativamente fijas y permanentes, creencia que desde entonces viene siendo cuestionada por la psicología social (Potter y Wetherell, 1987). En la práctica, es probable que los significados atribuidos a las variedades lingüísticas sean ambiguos y dependientes de una serie de factores contextuales. En el análisis de la narrativa propuesto por Labov (1972b), la evaluación revela la actitud del hablante/escribiente para con los objetos, personas y eventos, por el modo como habla/escribe sobre ellos. En este sentido, la evaluación vehicula el eje de la narración: por qué el narrador eligió contarla y de qué modo. ● SWA Glotofagia [glottophagy] Término empleado por Louis-Jean Calvet (1974) en el subtítulo de su libro Linguistique et colonialisme: petit traité de glottophagie para designar el proceso por el cual la imposición de la lengua del ex-colonizador europeo sobre las poblaciones colonizadas, esclavizadas y explotadas han llevado a la desaparición de incontables lenguas regionales. El caso de Brasil y de las lenguas indígenas es ejemplar: de las muchas centenas de lenguas habladas en el territorio en el inicio de la dominación portuguesa, quedan hoy poco más de 180, de las cuales la gran mayoría cuenta con un escaso número de hablantes, lo que probablemente es señal de su inminente desaparición. Calvet no limita, sin embargo, la glotofagia a los casos de colonialismo. La imposición de las lenguas dominantes en los diferentes países europeos también llevó a la extinción o a la supervivencia anecdótica de las antiguas lenguas regionales. El proceso de imposición del francés al resto de Francia después de la Revolución de 1789, proceso planeado y amparado en dispositivos legales, resultó en la acelerada reducción del número de usuarios de muchas lenguas habladas en el territorio. Un proceso semejante ocurrió luego de la unificación política de Italia (1861), cuando el toscano se volvió la lengua oficial del nuevo Estado y empujó a la marginalización a las muchas y diferentes lenguas regionales, peyorativamente llamadas “dialectos”, en un movimiento que alcanzó su punto culminante durante el período fascista (décadas de 1930-1940) en que el uso de los “dialectos” fue prohibido por ley. [28] Glotofobia [glottophoby] El término glotofobia (en francés, glottophobie) es propuesto por Philippe Blanchet en una obra publicada en 2016, “para insistir en las dimensiones humanas y sociales de las discriminaciones lingüísticas”. Blanchet (2016: 45) ofrece la siguiente definición del término: El desprecio, el odio, la agresión, el rechazo, la exclusión de personas y la discriminación negativa efectiva o pretendidamente fundadas sobre el hecho de considerar incorrectas, inferiores, malas ciertas formas lingüísticas (percibidas como lenguas, dialectos o usos de lenguas) utilizadas por esas personas, en general focalizando las formas lingüísticas (y sin tener siempre plena conciencia de la amplitud de los efectos producidos sobre las personas) El autor continúa afirmando: La hegemonía de las ideologías lingüísticas glotófobas está tan poderosamente instaladas en numerosas sociedades, sobre todo occidentales, que las prácticas lingüísticas constituyen un caso casi único en que ese rechazo no es comprendido como una alterofobia dirigida hacia las personas, sino como una especie de evaluación “puramente” lingüística, cuando no objetiva e incontestable (Blanchet, 2016: 45) Para Blanchet, el término g lotofobia presenta de hecho el interés de reinsertar las discriminaciones lingüísticas en el conjunto de las discriminaciones que inciden sobre las personas, en lugar de restringirlas (erradamente y dejándose atrapar por la ideología que produce la glotofobia) a discriminaciones que inciden sobre las lenguas (Blanchet, 2016: 44). La noción según la cual lo que se discrimina es la persona y no, de hecho, su manera de hablar ya había sido postulada por Bagno (2003: 16): “El prejuicio lingüístico no existe. Lo que existe, de hecho, es un profundo y arraigado p rejuicio social”. Según escribe el mismo autor (2003: 192): la discriminación explícita contra los que “no saben portugués” o contra los que “atropellan la gramática” –discriminación estampada y difundida casi diariamente en los medios de comunicación– es simplemente la cara visible de un mecanismo de exclusión que actúa en un nivel mucho más sutil e insidioso y cita las siguientes palabras de Maurizzio Gnerre (1985:22-23): La gramática normativa es un código incompleto que, como tal, abre el espacio hacia la arbitrariedad de un juego ya marcado: gana quien, de salida, dispone de los [29] instrumentos para ganar. Tenemos así por lo menos dos niveles de discriminación lingüística: lo dicho o explícito y lo no dicho o implícito. Y Bagno prosigue: Esa discriminación no dicha o implícita es lo que configura la norma oculta, el disfraz lingüístico de una discriminación que es, de hecho, social. El conocimiento pleno y eficaz del “buen portugués”, el dominio de las reglas estandarizadas no va a garantizar que un individuo deje de ser discriminado por otros criterios de evaluación, que componen una “gramática normativa no escrita”, como sugiere Gnerre” (Bagno, 2003: 193). Esos otros criterios de evaluación, según Bagno, son el color de piel, el sexo o la orientación sexual (asumida o presumida), el modo de vestirse, la complexión física, la procedencia geográfica (explicitada o supuesta), la zona de residencia, la opción religiosa, la impostación de la voz en su correlación con sus papeles sociales atribuidos a los géneros masculino y femenino (al hombre le corresponde hablar “grave” e impositivamente; a la mujer, ser “delicada” y condescendiente), los signos exteriores de la filiación del hablante a grupos de actitudes no convencionales (y, por tanto, no “cultos”: muchos aros en las orejas, barba larga, piercings, tatuajes, cabeza rapada, cabello y/o uñas pintadas de colores “extravagantes”, etc.), o tener o no tener auto, entre tantas otras cosas… Conocer la “norma culta” no ahorrará al/ a la hablante de ser evaluado/a también ( y a veces principalmente) por esa grilla de criterios cuando él/ella se encuentre en situación de asimetría de poder social, cultural y económico (Bagno, 2003: 194). En su libro, Blanchet destaca la ausencia de legislación oficial, en Francia, contra la discriminación que se funda en los usos lingüísticos y concluye: “Desde el punto de vista legal, en Francia, las discriminaciones lingüísticas no existen y están, por lo tanto, autorizadas” (Blanchet, 2016: 14). Una vez más, la misma visión del fenómeno ya había sido expresada por Bagno en su libro de 1999 dedicado al p rejuicio lingüísticoen la sociedad brasileña: Podemos apreciar cada vez más, en estos días, una fuerte tendencia a luchar contra las más variadas formas de prejuicio, a mostrar que no tienen ningún fundamento racional, ninguna justificación, y que son apenas el resultado de la ignorancia, de la intolerancia o de la manipulación ideológica. Lamentablemente, sin embargo, ese combate tan necesario no ha alcanzado a un tipo de preconcepto muy común en la sociedad brasileña: el prejuicio lingüístico. Muy por el contrario, lo que vemos es que ese prejuicio es alimentado diariamente en programas de televisión y de radio, en columnas de diarios y revistas, en libros y manuales que pretenden enseñar lo que es “correcto” y lo que es “errado”, sin hablar, claro, de los instrumentos tradicionales de enseñanza de la lengua: las gramáticas normativas y buena parte de los libros [30] didácticos disponibles en el mercado. El prejuicio lingüístico es tanto más poderoso porque, en gran medida, es “invisible”, en el sentido de que casi nadie se da cuenta de él, con excepción de los raros cientistas sociales que se dedican a estudiarlo” (Bagno, 2015a: 21-22). Glotopolítica [glottopolitics] El término glotopolítica [glottopolitique] fue propuesto por los sociolingüistas franceses L.Guespin y J.-B. Marcellesi (1986: 16), que se expresaban así: básicamente, a nuestro entender, ofrece la ventaja de neutralizar, sin necesidad de justificación, la oposición entre lengua y habla. Nos remite a las diversas aproximaciones que una sociedad adopta hacia el lenguaje, ya sea de manera consciente o no. Hacia la lengua cuando, por ejemplo, la sociedad legisla sobre el estatus relativo del francés y las lenguas minoritarias; hacia el habla cuando se reprime un determinado uso en un contexto dado; y hacia el discurso cuando la escuela hace materia de examen la producción de un determinado tipo de texto. Glotopolítica es necesaria para incluir todos los hechos del lenguaje en los que la acción de la sociedad reviste la forma de lo político.3 Según los autores, el término política lingüística (y su par frecuente, planeamiento lingüístico), implica mucho más una aplicación de decisiones en torno a la lengua que una perspectiva teórica sobre las muchas y complejas relaciones entre lenguaje y sociedad. Por eso, en su visión: El término glotopolítica puede ser usado con dos fines: para invocar las prácticas y a la vez para referirse al análisis. La glotopolítica es por tanto a la vez una práctica social, a la cual nadie se escapa (“hacemos glotopolítica sin saberlo”, ya seamos simples ciudadanos o ministros de economía), y tiene además vocación de convertirse en disciplina de investigación, una rama hoy necesaria de la sociolingüística. El término glotopolítica no es empleado muy ampliamente por los autores de lengua inglesa, pero viene siendo cada vez más empleado en las lenguas románicas, especialmente en América Latina. Así, Elvira Narvaja de Arnoux y Susana Nothstein (2014:9) ofrecen, como definición de glotopolítica: el estudio de las intervenciones en el espacio público del lenguaje y de las ideologías lingüísticas que ellas activan y sobre las cuales inciden, asociándolas con posicionamientos dentro de las sociedades nacionales o en espacios más reducidos, La traducción de esta cita y la siguiente de los mismos autores corresponde a la realizada del original francés por J. del Valle, en Guespin y Marcellesi (2019). 3 [31] como el local, o más amplios, como el regional o global. Esta disciplina atiende a intervenciones de diferentes tipos: entre otras, la regulación de lenguas oficiales en un organismo internacional, la creación de un museo de la lengua, la elaboración y circulación tanto de instrumentos lingüísticos (gramáticas, retóricas, ortografías, diccionarios…) como de dispositivos normativos destinados a los medios de comunicación, antologías o compilaciones de textos considerados significativos para la circulación en determinados ámbitos, artículos periodísticos o ensayos que tematizan las lenguas, indagaciones sociolingüísticas o programas de enseñanza de las lenguas. Los textos son analizados como discursos, interrogando las zonas sensibles al contexto y estudiando el juego semiótico cuando se conjugan diferentes modalidades. El análisis contrastivo de los materiales permite, por otra parte, reconocer posiciones dentro del campo en el cual fueron escritos (Arnoux y Nothstein, 2014:9). Lecto [lecto] El término lecto fue propuesto por James Bailey (1973) para denominar y distinguir variedades lingüísticas específicas. Deriva del verbo griego lēgō, “hablar, decir”. En su trabajo acerca de la variación lingüística, Bailey se interesó mucho por la distribución de los lectos y por la difusión de los cambios lingüísticos de un ambiente hacia otro y de un lecto hacia otro. Con ese elemento formativo existen diversos términos de amplio uso en la sociolingüística: ● basilecto, mesolecto, acrolecto: términos empleados en los estudios de pidgins y criollos; ● cronolecto: propiedades específicas del sistema lingüístico en determinado período histórico; ● dialecto: variedad regional o social bien diferenciada; ● etnolecto: variedad que se distingue por su carácter étnico o cultural; ● generolecto: variedad asociada específicamente a las mujeres o a los hombres; ● idiolecto: variedad usada por un individuo particular; ● sociolecto: variedad que distingue grupos sociales, etc. ● S WA Lenguaje inclusivo [inclusive language] Término empleado para designar las tentativas de superar el sexismo incorporado en las formas gramaticales de diferentes lenguas, en las que el “masculino genérico” es considerado como forma “neutra” para designar tanto a hombres como a mujeres. Es el caso del portugués en usos como “o[s] professor[es]”, “o[s] brasilero[s]”, “o[s] paciente[s]”, “o[s] falante[s]”, etc. En [32] diversas sociedades democráticas en que los derechos de las mujeres han sido ampliamente reconocidos y defendidos, inclusive institucionalmente, el lenguaje inclusivo se ha tornado una práctica activa y consciente de h igiene verbal. Por ejemplo, el diccionario oficial de la Academia de la Lengua Sueca comenzó a registrar, a partir de 2015, un nuevo pronombre personal, hen, forma desprovista de marca de género, al contrario de los tradicionales han (“él”) y hon (“ella”). En inglés, aunque no oficialmente, se ha vuelto cada vez más frecuente el uso de “he or she” o de “s/he”. En Suiza, la Cancillería Federal publicó en 2000 una Guía para la formulación no sexista de los textos administrativos y legislativos de la Confederación, que vale para las cuatro lenguas oficiales del país (francés, alemán, italiano y retorrománico). En la provincia canadiense de Ontario, se publicó una guía oficial semejante en 1994, en tanto en Quebec, de mayoría francófona, la feminización del lenguaje es práctica corriente también hace varias décadas. Un resultado evidente de ese proceso social es el de la desaparición, en diversas sociedades, de las formas que diferenciaban a la mujer soltera de la mujer casada: senhorita/senhora, miss/mistress, mademoiselle/madame, Fraulein/Frau, etc. En inglés, surgió una forma nueva, abreviada Ms. y pronunciada [miz], en tanto que en la mayoría de las otras lenguas, como el portugués y el francés, el término que tradicionalmente se empleaba para las mujeres casadas se generalizó como referencia a cualquier mujer, independientemente de su estado civil. Además, en Brasil (y en otros países) ya es posible para el hombre agregar el apellido de la mujer al suyo, además de que se ha revocado la antigua obligación impuesta a la mujer de agregar a su nombre el del marido. Las formas de tratamiento en las que la mujer era designada por el nombre del marido (Sra. João de Vasconcelos; Mrs. James Stephens; Mme Denis Pietton) también desaparecieron en la mayoría de las esferas sociales de esos países. El lenguaje inclusivo también representa una contestación cultural a la tradición del binarismo de género, esto es, la conceptualización rígida y dicotómica entre masculino y femenino que se fundamenta exclusivamente en datos biológicos y desconoce los orígenes eminentemente socioculturales de la separación de los sexos que es, ante todo, un constructo que nada tiene de “natural”. Así como el lenguaje políticamente correcto, el lenguaje inclusivo divide las opiniones de manera bastante radical entre los/las que lo apoyan abiertamente y los/las que lo ridiculizan. En Brasil, han surgido algunas propuestas, como el empleo, en la escritura, del símbolo @ (“@s médic@s y @s pacientes”) o de una “x” (“amigxs”, “professorxs”), para evitar la distinción de géneros morfológicamente marcada, junto con la defensa del uso más intenso posible de fórmulas como “la persona” o “las personas”. La reacción a esas propuestas es un claro indicio de la cultura política y del s tatus de las mujeres en cada sociedad. Monolingüismo [monolingualism] Compuesto del griego mono- (‘solo’, ‘único’) y del radical latino ling-, en formación análoga a la de bilingüismo, multilingüismo, plurilingüismo. El término monolingüismo puede ser aplicado a un [33] individuo (llamado monolingüe en oposición a bilingüe) o a una comunidad más amplia, que puede ser incluso todo un país. El monolingüismo es, ante todo, una ideología, mucho más que una realidad, una situación factual. Como escribe Monteagudo (2012:44): existe un modelo normativo, tácitamente aceptado y profundamente interiorizado, según el cual el monolingüismo es lo natural, lo normal, lo esperable, en tanto que el bilingüismo (o el plurilingüismo) es lo especial, lo excepcional, lo anómalo; la condición monolingüe no requiere ningún tipo de explicación; por el contrario, la condición bilingüe exige una justificación y justifica una investigación, inclusive un diagnóstico, al menos en algunos casos. El autor hace referencia a la declaración de Suzanne Romaine, en el prólogo de su libro Bilingualism (1995), acerca de que causaría extrañeza un volumen de estudios titulado Monolingüismo, justamente porque, en las sociedades llamadas occidentales, permeó profundamente una cultura lingüística en la que el monolingüismo es la norma, en tanto que el bilingüismo (o el plurilingüismo) es, en una perspectiva política oficial, un “problema”. La ideología monolingüe, en la evaluación de Monteagudo, debe su invención a la de otra ideología, igualmente poderosa en la cultura occidental: la ideología del Estado-nación. Esta ideología deriva del régimen napoleónico, que se esforzó por consolidar los principios fundamentales de la Revolución Francesa de 1789: Los cambios revolucionarios que trajeron nociones fabricadas y difundidas a lo largo de los siglos XVIII y XIX, tales como “soberanía nacional”, “gobierno del pueblo”, “igualdad de los ciudadanos”, fueron las que propiciaron la aparición de las conciencias nacionales” (Monteagudo, 2012: 47) La Francia prerrevolucionaria, la del llamado Antiguo Régimen, era una entidad multicultural y profundamente multilingüe. En 1974, el prelado y revolucionario Henri Jean-Baptiste Grégoire escribe un informe sobre la situación lingüística del país, en el que lamenta que la lengua francesa sea hablada sólo en quince de los 83 departamentos, lo que equivale a sólo un cuarto de la población: en la mayoría de las regiones francesas los habitantes hablaban lenguas tan diferentes entre sí como el vasco, el bretón, el occitano, el catalán, el corso, el alsaciano, entre otras, sin mencionar las variedades dialectales del francés, muy distintas de la variedad parisina. Esa variedad no se condecía con el proyecto de los revolucionarios. Estos fundaron la idea de nación en los principios de soberanía popular e igualdad de los ciudadanos, pero al mismo tiempo decidieron que los franceses constituían una nación y, para tornar realidad esos principios, la nación debía tener una cultura homogénea expresada en una lengua común. De la noción de “Estado francés” (que correspondía al viejo Estado dinástico, multiétnico y plurilingüe) se pasó a la noción de [34] “nación francesa”, y esa nación debía expresarse en una única lengua nacional, la lengua francesa (Monteagudo, 2012: 48). Surge entonces, y se fortalece en lo sucesivo, la ideología nacionalista, movida por el lema “un Estado, una nación, un pueblo, una lengua” que es, de hecho, un proyecto político y una política lingüística. Esa política lingüística queda explicitada en el título del documento redactado por el ya citado Grégoire: Rapport sur la nécessité et les moyens d'anéantir les patois et d'universaliser l’usage de la langue française [Informe sobre la necesidad y los medios para aniquilar los patois y universalizar el uso de la lengua francesa] –era necesario, nada más y nada menos, eliminar para siempre las lenguas y los dialectos, a fin de conquistar el espíritu de los habitantes para la causa nacional y nacionalista recientemente elaborada–. Así queda excluida desde el comienzo la convivencia pluralista: la necesidad de imponer la lengua común se vincula necesariamente a la destrucción de otras lenguas, sin dar siquiera la oportunidad de contemplar la posibilidad de volver compatible la diversidad lingüística de los otros pueblos con la difusión de una lengua común de intercomunicación. Nacía así la ideología de la monoglosia y el modelo de Estado-nación monolingüe, al tiempo que se iniciaba la construcción discursiva de la nueva noción de “lengua nacional”. La diversidad lingüística se tornaba una realidad anómala y disfuncional, tanto en la ideología como en la práctica. El Estado quedaba vinculado al programa de homogeneización lingüística y cultural, correlativo al de creación y difusión de la lengua y cultura nacionales y de mantenimiento de la correspondiente intelectosfera ideológica y cultural que acompaña, legitimándolos, esos procesos (Monteagudo, 2012: 48-49). Por consiguiente, una vez admitida en los estudios históricos la periodización convencional de que la Revolución Francesa marca el inicio de la Era Moderna, también se vuelve forzoso admitir que en ese mismo período surge la ideología de la nación monolingüe, desconocida durante la larga vigencia del Antiguo Régimen, no sólo en Francia, sino en toda Europa. Es entonces cuando se inicia el de allí en más ininterrumpido proceso de declinación de las lenguas minoritarias, que pasan a ser explícitamente minorizadas, con su número de hablantes en constante reducción y con sus ámbitos de empleo progresivamente relegados a las instancias menos prestigiosas de la vida social, muchas veces sin posibilidad siquiera de acceso a la alfabetización institucionalizada en esas lenguas. La actual política de valorización y estímulo de esas lenguas en Europa es, de hecho, una ideología condescendiente y paternalista, que sólo pudo ser elaborada después de la cuidadosa marginalización (cuando no de la simple aniquilación) de esas mismas lenguas en los últimos doscientos años. Incluso en situaciones tardías de unificación nacional –como en Italia, en 1861, y en Alemania, en 1871–, el ideal monolingüe volvió a imperar en la formación de los nuevos estados recién constituidos, sin ninguna posibilidad de argumento en pro de una política lingüística [35] pluralista. En Italia, el toscano, lengua de prestigio literario desde la Edad Media, pero hablada prácticamente sólo en su región de origen, se vuelve oficial, con la etiqueta de “lengua italiana”, y resulta impuesta (incluso con coerciones autoritarias, como en el período fascista) como única “lengua” digna de ese nombre, lo que lanzó todos los otros idiomas de la península a la fosa común, y desprestigiada, del “dialecto”. En Alemania, el llamado alto-alemán (Hochdeutsch), basado en variedades habladas en el sur del territorio, en las regiones montañosas y alpinas (por eso el adjetivo “alto”), fue oficializado y estandarizado para convertirse en la lengua oficial, en detrimento de las demás lenguas y dialectos. El mismo proceso de establecimiento de un monolingüismo oficial se dio en las ex colonias europeas en el continente americano, en el siglo XIX, y en África, a partir de la segunda mitad del siglo XX ( lengua oficial). La ideología del monolingüismo tiene características especiales en el dominio luso-brasileño. Portugal, después de haber establecido sus fronteras prácticamente definitivas, todavía en la Edad Media (siglo XIII), no conoció –como la vecina España– una situación de gran diversidad lingüística que precisase ser enfrentada por medio de políticas oficiales. En el período renacentista, la lengua nacional fue elaborada y definida gracias a un proceso consciente de diferenciación con respecto al gallego y de gramatización de la variedad culta de Lisboa. Así, mucho antes del surgimiento de la ideología monoglósica en la Era Moderna, es posible afirmar que Portugal ya muy pronto se había configurado siguiendo el modelo “un Estado, una nación, un pueblo, una lengua”, modelo que se cristalizó incluso más fuertemente a partir de las embestidas transoceánicas, en las que los portugueses fueron pioneros. Por las mismas razones, y también cuatro siglos antes de la Revolución Francesa, ya la Revolución de Avís, ocurrida en Portugal en 1385, que entronizó al rey D. João I, es clasificada por muchos historiadores como una “revolución burguesa”, la primera de Europa. Sin embargo, dada la situación periférica de Portugal en el contexto europeo, esa revolución no tuvo el impacto internacional que tendría la francesa. Transferido hacia Brasil, el ideal lusitano del monolingüismo –instrumento para el dominio de las tierras y de las poblaciones conquistadas– se sedimentó paulatinamente, sobre todo después de la expulsión de los jesuitas (que catequizaban a los indios empleando las lenguas generales de base tupí) y de la publicación, por la Corona portuguesa, del llamado Diretório dos índios (1757), que prohibía con severa punición la enseñanza y el consecuente empleo de cualquier otra lengua que no fuese la portuguesa en el territorio de la Colonia. Conviene recordar sin embargo que esa publicación quedó sólo en el papel (cf. Faraco, 2016), a pesar de ser muy evocada por quienes intentaban ver en ella una represión al surgimiento de una identidad brasileña mestiza. El genocidio sistemático de las poblaciones indígenas y, con ellas, de sus lenguas, practicado a lo largo de medio milenio (y con continuidad hasta estos días), generó la actual situación lingüística brasileña: sobreviven más de 180 lenguas amerindias en la actualidad, pero todas con un número de hablantes escaso y en permanente declinación. En cuanto a las lenguas africanas, se sabe que era práctica común comprar [36] esclavos que no hablasen la misma lengua (lo que llevaba a separar a los eventuales miembros de una misma familia), de modo que no se aliasen en rebeliones contra sus propietarios. Con ello, los esclavos eran forzados a aprender el portugués –en un proceso de transmisión lingüística irregular–, sin poder legar sus lenguas ancestrales a las generaciones siguientes. La ideología monolingüe , en cuanto al portugués, también está profundamente arraigada en la cultura lingüística brasileña. Se consolidó en el ambiente letrado del país la concepción de una mítica “unidad en la diversidad”: de la lengua portuguesa. Incluso los intelectuales progresistas se dejan seducir por ella, como se desprende de estas palabras de Darcy Ribeiro: Es de señalar que, a pesar de que están hechos de la fusión de matrices tan diferenciadas, los brasileños son, hoy, uno de los pueblos más homogéneos lingüística y culturalmente y también uno de los más integrados socialmente de la tierra. Hablan una misma lengua, sin dialectos (Folha de S. Paulo, 5 de fevereiro de 1995, destacado nuestro [M.B.]) A contramano de esa creencia equivocada, Bortoni-Ricardo (1984:30) ya argumentaba: La idea de que somos un país privilegiado, ya que desde el punto de vista lingüístico todo nos une y nada nos separa, me parece, con todo, tan sólo uno más de de los grandes mitos arraigados en nuestra cultura. Un mito, por cierto, de consecuencias dañinas, porque, en la medida en que no se reconocen los problemas de comunicación entre hablantes de diferentes variedades de la lengua, nada se hace tampoco para resolverlos. Multilingüismo [multilingualism] El término multilingüismo caracteriza la existencia, en el interior de un mismo territorio –dotado o no de soberanía política–, de diferentes comunidades lingüísticas. Se trata, de hecho, de la situación más común en todas las situaciones humanas. A pesar del reducido número de lenguas oficiales (cerca de 150 en todo el mundo), son rarísimos los ejemplos de situaciones de absoluto monolingüismo: por ejemplo, se puede citar el caso de Islandia, país insular aislado en el Atlántico Norte y con una población de poco más de 330.000 habitantes, todos prácticamente monolingües en islandés como lengua materna. Aun así, las estadísticas de 2014 registran, por ejemplo, 3,3% de inmigrantes polacos, lo que de hecho representa una minoría lingüística y un contexto de multilingüismo y de contacto e ntre lenguas. Según el sitio Ethnologue, los países del mundo con el mayor número de lenguas nativas y de inmigración son los siguientes: [37] Papúa Nueva Guinea 840 Australia 259 Indonesia 709 Brasil 227 Nigeria 527 Rep. Dem. del Congo 212 India 454 Filipinas 191 Estados Unidos 347 Rusia 155 China 301 Malasia 145 México 290 Vanuatu 117 Camerún 280 Fuente: https://www.ethnologue.com/statistics/country, acceso 24/05/2017. La situación de las lenguas en los países del cuadro de arriba es extremadamente variada. En los Estados Unidos, por ejemplo, de las 347 lenguas listadas, apenas 220 son nativas del territorio; las demás son resultado de la inmigración. En Brasil, las lenguas indígenas, cerca de 190, son habladas por un número total de personas que superan por poco las 300.000, esto es 1.5% de la población total (cerca de 200 millones en 2015). En la India, por su parte, muchas de las lenguas regionales tienen estatuto oficial en los estados en los que son habladas. Otro aspecto importante a resaltar es que, como se sabe, la distinción entre lengua y dialecto es extremadamente problemática, sujeta a vicisitudes históricas, culturales, políticas, ideológicas, de modo que los cálculos son muy fluctuantes. Una cuestión importante en las situaciones de multilingüismo es la actitud o posición que cada Estado adopta ante la diversidad lingüística, o sea, cómo la articula y administra, qué política lingüística adopta, cuál es su legislación sobre las lenguas, cuando existe. También cabe investigar las actitudes y comportamientos lingüísticos de las personas que viven en sociedades multilingües. En la gran mayoría de los casos, la diversidad lingüística –como la diversidad étnica, religiosa, cultural, etc.– es fuente de conflictos y es vivida como un problema social, ya que las diferentes comunidades lingüísticas coexistentes en un mismo territorio no disfrutan del mismo status político ni viven en las mismas condiciones sociales, económicas y culturales. Esas desigualdades se deben a muchas razones: son lenguas de pueblos no soberanos, cuya demografía es reducida o dispersa y cuya economía es precaria; que no tienen una lengua codificada, gramatizada y, muchas veces, que ni siquiera disponen de una forma escrita, etc. Eso equivale a decir: existe una gran cantidad de lenguas en el mundo que no tienen asegurada su promoción, ni garantizados su respeto y su uso público y privado en su propio territorio, y eso suscita una serie de desequilibrios entre diversas [38] comunidades lingüísticas que, si no fueran corregidos, pueden llevar a la desaparición, marginalización y degradación cultural de numerosas comunidades lingüísticas. Como destaca el preámbulo de la Declaración Universal de los Derechos Lingüísticos firmada en Barcelona (1996), la situación actual en el mundo se caracteriza por los siguientes aspectos: ● La secular tendencia unificadora de la mayoría de Estados a reducir la diversidad y a favorecer actitudes adversas a la pluralidad cultural y al pluralismo lingüístico. ● El proceso de mundialización de la economía y, en consecuencia, del mercado de la información, la comunicación y la cultura, que afecta los ámbitos de relación y las formas de interacción que garantizan la cohesión interna de cada comunidad lingüística. ● El modelo economicista de crecimiento propugnado por los grupos económicos transnacionales, que pretende identificar la desregulación con el progreso y el individualismo competitivo con la libertad, cosa que genera graves y crecientes desigualdades económicas, sociales, culturales y lingüísticas.4. El texto continúa así: Las amenazas que, en el momento actual, presionan a las comunidades lingüísticas sea por la falta de autogobierno, por una demografía limitada o bien parcialmente o enteramente dispersa, por una economía precaria, por una lengua no codificada o por un modelo cultural opuesto al predominante, hacen que muchas lenguas no puedan sobrevivir y desarrollarse sino se tienen en cuenta estos ejes fundamentales: ● En la perspectiva política, concebir una organización de la diversidad lingüística que permita la participación efectiva de las comunidades lingüísticas en este nuevo modelo de crecimiento. ● En la perspectiva cultural, hacer plenamente compatible el espacio comunicativo mundial con la participación equitativa de todos los pueblos, de todas las comunidades lingüísticas y de todas las personas en el proceso de desarrollo. ● En la perspectiva económica, fundamentar un desarrollo sostenible basado en la participación de todos y en el respeto por el equilibrio ecológico de las sociedades y por unas relaciones equitativas entre todas las lenguas y culturas. El texto de esta cita y la siguiente corresponde al texto en español de la Declaración, disponible en la página de UNESCO: https://unesdoc.unesco.org/ark:/48223/pf0000104267_spa. 4 [39] Por todo ello, esta Declaración parte de las comunidades lingüísticas y no de los Estados, y se inscribe en el marco de refuerzo de las instituciones internacionales capaces de garantizar un desarrollo sostenible y equitativo para toda la humanidad y tiene como finalidad propiciar un marco de organización política de la diversidad lingüística basado en el respeto, la convivencia y el beneficio recíprocos. El multilingüismo, a pesar de ser la situación predominantemente habitual en el mundo, siempre ha sido visto como un “problema”, por la ideología por la que aboga el monolingüismo como ideal para los fines de la unificación territorial, política, cultural e ideológica sintetizados en el lema tradicional “una nación, un pueblo, una lengua”, desde el surgimiento del concepto de Estado-nación a partir de finales del siglo XVIII. Repertorio verbal [verbal repertoire] También llamado repertorio lingüístico, se trata del conjunto de formas lingüísticas empleadas en el curso de una interacción socialmente significativa. La noción fue elaborada por J.J. Gumperz, en contraposición al concepto estático de código. Es posible usar la lengua no sólo con funciones diversas en ámbitos de uso diversos, sino también con múltiples funciones en un mismo ámbito. Eso significa que ningún individuo utiliza solamente una variedad de código, sino que, gracias a la c ompetencia comunicativa, dispone de un amplio espectro de recursos para realizar alternancias, para indicar situaciones distintas, actitudes, etc. El hablante, al mismo tiempo en que adquiere una lengua, también aprende y aprehende el conjunto de normas de selección que determinan el uso adecuado de un repertorio lingüístico en un c ontextosocial dado. Cualquier hablante es, por naturaleza, multidialectal, sobre todo en lo que respecta a los diferentes estilos de habla. Sin embargo, su repertorio lingüístico puede ser ampliado a medida que la persona interactúa con otras comunidades y, principalmente, a medida que tiene acceso a instancias cada vez más avanzadas de a lfabetización. En lo que respecta, entonces, a la educación lingüística, el papel fundamental de las agencias de alfabetización –y entre ellas, principalmente, el sistema escolar– es ampliar el repertorio lingüístico de las personas que a ellas acuden. Por ejemplo, todos los niños que ingresan al sistema educativo ya disponen de una amplia competencia en las prácticas de la oralidad, pero es en la escuela que la gran mayoría de ellos va a tener acceso a la escritura, a los géneros discursivos más monitoreados y, de forma más general, a la cultura letrada. ● R SP Sociolecto [sociolect] [40] El sociolecto (también llamado dialecto social) es una variedad lingüística que se define en términos sociales (y no en términos de área geográfica, como en la definición tradicional de dialecto). Se trata, por lo tanto, de una variedad (o lecto) que se considera más relacionada con las características sociales del hablante que con su procedencia regional. Los modos de hablar característicos de una clase social, por ejemplo, constituyen un sociolecto, así como los modos de hablar característicos de una franja etaria, de las personas que tienen el mismo grado de alfabetización, etc. Variación[variation] Al lado del cambio, la variación constituye uno de los pilares de sustentación de la sociolingüística variacionista, que no por otro motivo tiene ese nombre, y que también suele ser designada como teoría de la variación y el cambio. Se trata de una propiedad intrínseca, de la naturaleza misma de la lengua, de todas las lenguas, que constituyen s istemas heterogéneos, múltiples y variables. El principio básico de la sociolingüística es, por tanto: “Toda lengua cambia y varía”, o sea, cambia con el paso del tiempo y varía en el espacio (geográfico y/o social). Por eso, se dice que la variación es inherente al sistema lingüístico. En una definición ya bien conocida, formulada por F. Tarallo (1986:8), “variantes lingüísticas son diversas maneras de decir la misma cosa en un mismo contexto y con el mismo valor de verdad”. Son los elementos en variación en el sistema los que están en el origen del cambio lingüístico. Así, si hubo cambio diacrónico es porque hubo, primeramente, variación –pero no toda variación sincrónica implica necesariamente cambio futuro, porque existe también la llamada variación estable. El interés de la sociolingüística variacionista se concentra, precisamente, en los elementos que se encuentran en variación, o sea, en las formas lingüísticas que representan alternativas diferentes de decir “la misma cosa”. Esas formas lingüísticas, reunidas, constituyen una v ariable lingüística, compuesta, a su vez, por dos o más v ariantes. Por ejemplo, en el portugués brasileño, las oraciones relativas (llamadas adjetivas en la nomenclatura tradicional) pueden ser expresadas de tres formas diferentes: (1) A ponte [ ] que a gente passou ontem desabou hoje com a chuva. (2) A ponte que a gente passou por ela ontem desabou hoje com a chuva. (3) A ponte p ela qual a gente passou ontem desabou hoje com a chuva Cada una de esas maneras de decir representa una variante: (1) la variante cortadora (en que la preposición es borrada delante del pronombre relativo); (2) la variante copiadora (en que la preposición ocurre después del verbo, seguida de un pronombre-copia); (3) la variante estándar (en que la preposición ocurre delante del pronombre relativo). En su estudio ya clásico sobre este fenómeno, Tarallo (1983) demostró que, en el vernáculo brasileño, la [41] variante cortadora ya se impuso como la más frecuente en todos los contextos lingüísticos; la variante copiadora ocurre sobre todo en contextos lingüísticos determinados; la estándar se restringe al uso de hablantes altamente letrados en la producción de textos en géneros muy monitoreados (aunque investigaciones más recientes demuestran que incluso en ese campo de uso específico la variante estándar tiende a ocurrir con frecuencia cada vez menor, cf. Bagno, 2012a). La investigación sociolingüística ha demostrado que la variación no es aleatoria, sino estructurada a lo largo de dimensiones lingüísticas, estilísticas y sociales ( h eterogeneidad ordenada). Es en el entrecruzamiento de las variables lingüísticas con las variables sociales (clase social, edad, género, grado de alfabetización, etnia, etc.) que se puede verificar empíricamente la distribución de las variantes en una comunidad de habla y su progreso (o no) rumbo a un cambio futuro. Variable sociolingüística [sociolinguistic variable] La variable lingüística, variable sociolingüística o regla variable es un constructo teórico introducido por William Labov para describir los patrones de variación lingüística. Una variable es una forma lingüística que presenta dos o más realizaciones identificables (cada una de ellas llamada v ariante). En la notación propuesta por Labov, la variable se escribe entre paréntesis. Así, por ejemplo, en el portugués brasileño, la variable (r) presenta diferentes variantes: [ɾ], [h], [x], [ɻ], [R], [ɣ], etc. La variable también puede ser de naturaleza morfosintáctica, como, por ejemplo, (regencia del verbo ir), que presenta las variantes [a], [em], [para]: A gente tá indo [a], [em], [para] um restaurante japonês. Aunque las variantes exhiban diferencia de forma, esa diferencia no altera su significado lingüístico. Sin embargo, difieren en su distribución a lo largo de los estilos de habla (o de escritura) y entre grupos sociales (una pronunciación [tɾaba’λa] sin la /r/ final característica de los infinitivos verbales, puede ser realizada por hablantes urbanos letrados en estilos menos monitorizados, al tiempo que [tɾaba’la] caracteriza a los hablantes rurales o rururbanos con poca e scolarización f ormal). El análisis de esas distribuciones ha ofrecido la comprobación de la variación social y estilística sistemáticamente dentro de las comunidades de habla. El concepto de variable lingüística también es empleado en la dialectología, en la que las formas alternativas ayudan a determinar fronteras dialectales ( isoglosa). Por ejemplo, en España, es posible delimitar variedades en que cielo se pronuncia [θlelo] y otras en que se pronuncia [‘slelo]: la variante [θ] es la más difundida y es considerada, de hecho, la pronunciación estándar del castellano peninsular; la variante [s] ocurre sobre todo en el sur (Andalucía), además de caracterizar prácticamente todas las variedades de español del continente americano. [42] Aunque el trabajo dialectológico pionero se concentrase en determinar patrones de variación categórica entre los dialectos, Labov argumenta que la variación raramente es categórica y puede describirse mucho mejor en términos de frecuencias relativas, esto es, de “más o menos”. En la investigación sociolingüística, las variables constituyen lo que en estadística se chama variables dependientes, o sea, la variable que se desea conocer mejor y que está influenciada por la presencia o ausencia de otros factores. Esos factores (los atributos sociales de los hablantes como edad, clase social, sexo, etc., además de factores contextuales y estilísticos) constituyen las variables independientes. El concepto de variable sociolingüística suscitó un importante debate teórico entre quien lo propuso, W. Labov, y otros investigadores, sobre todo en la década de 1970, principalmente acerca de la posibilidad de ser aplicado a la variación sintáctica, además de a la variación en el nivel fonético. Según Labov, para el estudio de la variación sintáctica es suficiente demostrar la equivalencia de las variantes en el nivel referencial (“valor de verdad”). Sin embargo, esa posición fue rechazada por la lingüista argentina Beatriz Lavandera, que negó la posibilidad de extender el estudio de la variación sociolingüística más allá de los límites de la fonología, al menos con las características delineadas hasta aquel momento. Para Lavandera (1984: 37-46), la variación sintáctica debería ser interpretada de un modo particular: por ejemplo, en términos de estilos de comunicación (discurso más asertivo, más abstracto, más o menos cortés), pero no en términos de variación socioestilística. Para Labov, los casos de equivalencia pragmática no serían variantes de una misma variable, ya que no tienen el mismo significado lógico o referencial. Ante los argumentos de Lavandera y de Labov, C. Silva-Corvalán (1989: 97-100; 2001) ha adoptado una postura conciliadora. Para ella, es posible partir de variantes sintácticas cuya sinonimia lógica sea incuestionable (y en este punto está de acuerdo con Labov). Una vez comprobado ese extremo, se puede hacer un estudio para rastrear las principales diferencias de significado (sintáctico, semántico y pragmático) que podrían existir entre ellas. Si se comprobara que las variantes no implican diferencias en ninguno de los niveles, entonces podrían ser tratadas como si fueran variantes fonológicas y se podría analizar su distribución socioestilística. “De todo eso”, concluye Moreno Fernández (2005: 129), se desprende que, a pesar de las limitaciones que presentan la teoría semántica y la propia sociolingüística, es posible admitir, analizar y explicar la variación de unidades portadoras de significado, sea cuando son equivalentes referencial o semánticamente, sea cuando encuentran equivalencia en el discurso, en el uso real de la lengua, en su contexto. [43] Variante [variant] En la definición ofrecida por Tarallo (1986:8), “variantes lingüísticas son diversas maneras de decir la misma cosa en un mismo contexto y con el mismo valor de verdad”. Se trata, por lo tanto, de formas lingüísticas alternativas, cuya ocurrencia puede ser condicionada por factores de naturaleza lingüística, de naturaleza social o de ambas. Esas “maneras de decir la misma cosa” son reunidas para constituir una v ariable lingüística. En los estudios pioneros de la sociolingüística variacionista, las variantes estudiadas eran exclusivamente de naturaleza fonética. Es el caso del estudio emprendido por Labov en la ciudad de Nueva York en la década de 1960 sobre la realización del sonido [r] en coda silábica y final de palabra. La variable viene escrita entre paréntesis –(r)– para no confundirse con las notaciones tradicionales de la fonética –[r]– y de la fonología –/r/–. En el estudio de Labov, la variable (r) comprendía dos variantes [r] y [0], esto es, cero, como en las pronunciaciones [kar] y [ka:] para lo que se escribe car ( “auto”). Más adelante, los investigadores comenzaron a emprender estudios también sobre las variables morfosintácticas. Es el caso, por ejemplo, en el portugués brasileño, de la variable recuperación anafórica de objeto directo de 3ª persona. En su informe de investigación sobre el fenómeno, M.E.L. Duarte (1989) enumera las siguientes variantes: (1) Repetición del sintagma nominal: Comprei o livro que você me recomendou mas ainda não li o livro. (2) Uso del pronombre léxico: Comprei o livro que você me recomendou mas ainda não li ele. (3) Uso del clítico acusativo: C omprei o livro que você me recomendou mas ainda não o li. (4) Anáfora cero: Comprei o livro que você me recomendou mas ainda não li [ ]. En el cruce de los factores de naturaleza lingüística (estructura sintáctica, en este caso) con los de naturaleza social (variación de estilo, grado de instrucción formal, clase social, edad, etc.) es posible desglosar los condicionamientos sociolingüísticos que llevan al empleo de cada una de las variantes. Asi, Duarte (1989: 26) muestra que el uso del clítico acusativo está condicionado por la escolaridad: de 3,4% de las ocurrencias en el habla de estudiantes de primaria, pasa a 3,6% en el secundario, y a 6,4% entre universitarios. De igual modo, el uso del pronombre léxico (ele) decae de 21% entre alumnos de primaria y secundaria a 9,8% en universitarios. Variedad [variety] El término variedad lingüística pretende ser una forma neutra, empleada en los estudios sociolingüísticos en general, para referirse a cualquier tipo específico de lenguaje –dialecto, acento, sociolecto, estilo– que el lingüista desee considerar como una entidad individual [44] para los fines del análisis empírico o la teorización. Se emplea frecuentemente variedad como una alternativa para dialecto o lengua, lo que hace del término un instrumento útil para evitar la dificultad de trazar distinciones nítidas y categóricas entre esas dos nociones en una perspectiva puramente lingüística. En la formulación clásica de la sociolingüística variacionista, toda lengua es un haz de variedades. Las variedades pueden ser regionales (mineira, carioca, baiana, etc.) o sociales (cuando están definidas por criterios como edad, sexo, clase social, grado de escolarización, etc.) y también estilísticas (según el grado de mayor o menor f ormalidaddel habla o de la escritura). En una perspectiva sociolingüística, un modo de hablar sólo puede recibir el rótulo de variedad si resulta empíricamente documentable, o sea, si existen hablantes dentro de una comunidad que empleen auténticamente ese modo de hablar. Por eso, es criticable el empleo de términos como “variedad estándar” (y, por la misma razón, de “lengua estándar” o “dialecto estándar”). De hecho, como escribe Monteagudo (2004: 414 ), cuando hablamos de estándar no nos estamos refiriendo a la estratificación social de la lengua, sino a una perspectiva diferente sobre la variación lingüística, relativa a la codificación y a la prescripción. Lo que sucede en la realidad es que el código normativo suele descansar en la regulación de un sociolecto de prestigio, más precisamente del estilo “cardinal” (medio alto) de ese sociolecto –o, mejor aun, en la versión idealizada de esa variedad–. De la misma forma, J. Milroy (2001: 543) enfatiza: las lenguas, en sus formas estandarizadas, no son vernáculos y, estrictamente, nadie las habla; la ideología del estándar decreta que el estándar es una idea en la mente –es una variedad perfectamente estable, claramente delimitada y perfectamente uniforme– una variedad que nunca es perfectamente ni consistentemente realizada en el uso hablado. Por eso, argumenta Bagno (2011: 367), al contrario de lo que comúnmente (y lamentablemente) se lee en los textos firmados por (socio)lingüistas –en un discurso que se repite también en los libros didácticos de portugués, supuestamente “actualizados” con los avances de la ciencia lingüística–, la norma estándar definitivamente no es una de las muchas variedades que existen en una sociedad. No existe una variedad estándar (por lo demás, una contradicción en sus términos, porque si es estándar, esto es, uniforme e invariante, ¿cómo puede ser una “variedad”?), ni un dialecto estándar, ni una lengua estándar, aunque estos términos pululen en la bibliografía dedicada al tema. Lo que existe es una norma-estándar, lengua materna de nadie, lengua paterna por excelencia, lengua de la Ley, una norma en el sentido más jurídico del término. [45] Bibliografía5 Abdulaziz-Mkilifi, M.H. (1978). Triglossia and Swahili-English Bilingualism in Tanzania. 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