QUERIDO LÍDER Vivir en Corea del Norte BARBARA DEMICK 2009 Traducción de Pablo Sauras 2011 Editorial TURNER colección NOEMA A Nicholas, Gladys y Eugene. NOTA DE LA AUTORA En 2001 me trasladé a Seúl como corresponsal del diario Los Angeles Times, con el cometido de informar sobre las dos Coreas. Entonces era extraordinariamente difícil para un periodista estadounidense visitar Corea del Norte. Una vez que logré entrar en el país, pude comprobar que era casi imposible contar lo que sucedía allí. A los periodistas occidentales se les asignaban “supervisores” cuya función consistía en impedir que se produjeran conversaciones no autorizadas y que los visitantes se apartaran de un programa ceñido a visitar una serie de monumentos cuidadosamente elegidos. Estaba prohibido todo tipo de contacto con ciudadanos corrientes. En las fotografías y en las imágenes que ofrecía la televisión, los norcoreanos daban la impresión de ser autómatas; gente que se limitaba a marchar al paso de la oca en los desfiles militares y a ejecutar ejercicios gimnásticos en masa para honrar a las autoridades. Al contemplar las fotografías, yo intentaba vislumbrar qué había detrás de esos rostros inexpresivos. En Corea del Sur entré en contacto con norcoreanos que habían huido de su país, refugiándose en China o en Corea del Sur: así empecé a formarme una idea de la vida real en la República Popular Democrática de Corea. Escribí para Los Angeles Times una serie de artículos centrada en el testimonio de personas que habían vivido en Chongjin, ciudad situada en el extremo septentrional del país. Me sería más fácil, pensé, comprobar los datos si hablaba con mucha gente sobre un mismo lugar. Quería que este lugar estuviese lejos de los que el gobierno norcoreano prepara meticulosamente a fin de enseñárselos a los visitantes extranjeros. No importaba que tuviese que escribir sobre una ciudad que me estaba vedada. Chongjin es la tercera ciudad más grande de Corea del Norte y uno de los lugares más castigados por la hambruna que padeció el país a mediados de la década de 1990. Por lo demás, a los extranjeros les está prácticamente prohibido entrar en ella. Yo tuve la suerte de conocer a muchas personas maravillosas que procedían de Chongjin y que, además de hablar con gran elocuencia, me dedicaron generosamente su tiempo. Querido Líder tiene su origen en aquella serie de artículos que escribí. El presente libro se basa en las conversaciones que he mantenido con norcoreanos a lo largo de siete años. Me he limitado a modificar algunos nombres para evitarles riesgos a aquellos que aún viven en Corea del Norte. Todos los diálogos corresponden al testimonio de primera mano de una o más personas. He procurado, en la medida de lo posible, comprobar la veracidad de los testimonios que he escuchado y contrastarlos con la información de que dispone el público. Para describir aquellos lugares que no conozco me he apoyado en relatos de refugiados, así como en fotografías y vídeos diversos a los que he tenido acceso. La realidad de Corea del Norte tiene tantos aspectos herméticos que sería insensato afirmar que no me he equivocado en nada. Confío en que el país se abra algún día y así podamos juzgar por nosotros mismos lo que verdaderamente sucedió allí. I DE LA MANO EN LA OSCURIDAD Fotografía por satélite de las dos Coreas de noche. Si uno mira imágenes captadas por satélite del Lejano Oriente por la noche, le resultará curioso observar una gran mancha oscura. Esta zona sin luz corresponde a la República Popular Democrática de Corea. Junto a este misterioso agujero negro, Corea del Sur, Japón y China despiden el resplandor de la prosperidad. Aun vistos a cientos de kilómetros desde arriba, esos diminutos puntos blancos — los faros de los coches, los semáforos, las vallas publicitarias y las luces de neón de los establecimientos de comida rápida— indican la actividad normal de millones de consumidores de energía del siglo XXI. Y entonces, en medio de todo, se aprecia una región de oscuridad casi tan extensa como Inglaterra. Es asombroso que un país de veintitrés millones de personas pueda parecer tan deshabitado como los océanos. Corea del Norte es, simplemente, un espacio vacío. El país fundió a negro a principios de la década de 1990. Su atrasada e ineficiente economía no pudo sobrevivir al hundimiento de la Unión Soviética, que había sostenido a su viejo aliado comunista suministrándole combustible barato. Las centrales eléctricas cayeron en un estado de deterioro irreparable. Las luces se apagaron. Gentes hambrientas trepaban por los postes de luz para robar trozos de alambre de cobre que luego cambiaban por comida. Cuando cae el sol, el paisaje se vuelve gris y las casas raquíticas, achaparradas, quedan engullidas por la noche. Pueblos enteros se desvanecen en la oscuridad. Incluso en algunas zonas de la capital, Pyongyang, escaparate del país ante el mundo, uno puede caminar por la calle principal sin distinguir los edificios que la flanquean. Contemplar el espacio vacío que hoy es Corea del Norte le recuerda un poco al espectador las aldeas remotas de África o del Sudeste Asiático que aún no conocen el efecto civilizador de la electricidad. Y sin embargo Corea del Norte no es un país subdesarrollado, sino un país que ha abandonado el mundo desarrollado. Los cables pelados de la deteriorada red eléctrica que bordean cualquier carretera principal revelan lo que hubo antes y lo que hay ahora. Los norcoreanos de cierta edad aún recuerdan la época en que contaban con mejor suministro eléctrico (y más comida, ya de paso) que sus vecinos proamericanos de Corea del Sur, lo que les hace más humillante el tener que pasar la noche sentados en la oscuridad. En la década de 1990, Estados Unidos le ofreció ayuda a Corea del Norte para satisfacer sus necesidades energéticas a cambio de que este país abandonara su programa de armamento nuclear, pero el acuerdo fracasó cuando el gobierno de George W. Bush acusó a los norcoreanos de faltar a sus promesas. Ellos se quejan amargamente de la falta de luz, que siguen achacando a las sanciones de Estados Unidos. Por la noche no pueden leer ni ver la televisión. “Si no tenemos electricidad, no tenemos cultura”, me reprochó en cierta ocasión un corpulento guardia de seguridad norcoreano. Sin embargo la oscuridad tiene ventajas, sobre todo si uno es adolescente y no puede ser visto con su pareja. Cuando ya se han acostado los adultos (lo hacen muy temprano: a veces, en invierno, a las siete de la tarde), no cuesta mucho salir furtivamente de casa. La oscuridad le permite a uno disfrutar de un grado de libertad y privacidad que normalmente resulta tan inaccesible como la electricidad. Envuelto en un manto mágico de invisibilidad, uno puede hacer lo que se le antoje sin tener que preocuparse de las miradas curiosas de los padres, los vecinos y la policía secreta. Conocí a muchos norcoreanos que me contaron hasta qué punto habían llegado a amar la oscuridad, pero me impresionó sobre todo la historia de una muchacha y su novio. Ella tenía doce años cuando conoció a un joven tres años mayor de una localidad vecina. La familia de ella ocupaba uno de los escalones inferiores en la compleja jerarquía social de Corea del Norte. Ser vistos juntos podía dañar tanto las perspectivas profesionales de él como la reputación de joven virtuosa de ella. Así que sus citas consistían siempre en largas caminatas en la oscuridad. Pero lo cierto es que no había nada que hacer aparte de eso: a principios de la década de 1990, cuando su relación empezó a consolidarse, todos los restaurantes y cines estaban cerrados por falta de electricidad. Se citaban después de la cena. La joven había pedido a su novio que no llamase a la puerta principal: así evitaba exponerse a las preguntas de sus hermanas mayores, su hermano menor y los ruidosos vecinos. Vivían apretados en un edificio largo y estrecho en cuya parte trasera había una letrina que compartían con una docena de familias. Las casas estaban separadas de la calle por un muro blanco que apenas rebasaba la altura de los ojos. El muchacho encontró detrás de este muro un lugar donde podía pasar inadvertido cuando oscurecía. El ruido que hacían los vecinos al lavar los platos o usar el excusado ahogaba el sonido de sus pisadas. La esperaba largo rato, a veces durante dos o tres horas. No tenía importancia. El ritmo de la vida es más lento en Corea del Norte. Nadie tiene reloj. La muchacha aparecía en cuanto lograba zafarse de su familia. Salía de la casa y escrutaba la oscuridad: al principio no podía verlo, pero intuía su presencia. No se molestaba en maquillarse: no es necesario hacerlo cuando se está a oscuras. A veces vestía simplemente el uniforme del colegio: una falda azul marino que llegaba pudorosamente por debajo de las rodillas, una blusa blanca y una corbata de lazo roja, todo ello de un material sintético rugoso. Era demasiado joven para preocuparse de su aspecto. Al principio caminaban en silencio; luego iban subiendo la voz poco a poco hasta llegar al susurro. Por fin, cuando abandonaban el pueblo y, envueltos en la noche, lograban relajarse, adoptaban el volumen propio de una conversación normal. Guardaban una pequeña distancia entre ellos hasta estar seguros de que nadie los vería. A escasos metros del pueblo la carretera conducía a una espesura y, cruzándola, al terreno donde se encontraba emplazado un balneario de aguas termales. En otro tiempo había gozado de cierto prestigio; sus aguas, siempre a una temperatura de cincuenta grados, atraían autobuses repletos de turistas chinos aquejados de artritis o de diabetes. Ahora, sin embargo, rara vez abría sus puertas. En la entrada había un estanque rectangular rodeado por un murete de piedra. Los senderos que atravesaban el terreno estaban flanqueados por hileras de pinos y arces japoneses, así como por gingkos, que eran los árboles preferidos de la muchacha y de los cuales se desprendían en otoño hojas de color mostaza con la forma exacta de abanicos orientales. La gente que andaba en busca de leña había diezmado los árboles que cubrían los montes circundantes, pero en cambio había respetado la belleza de los del balneario. Por lo demás, el terreno estaba descuidado: los árboles sin podar, los bancos de piedra agrietados, algunos adoquines desprendidos como dientes picados. A mediados de la década de 1990, ya casi todo estaba desgastado, roto o funcionaba mal en Corea del Norte. Sin embargo las imperfecciones no se notaban tanto por la noche. El estanque del balneario, con sus aguas turbias e invadido por las malas hierbas, brillaba con el reflejo del cielo. El cielo nocturno de Corea del Norte es realmente espectacular. Puede que sea el más luminoso del noreste asiático; no sufre, en todo caso, el polvo de carbón, el monóxido de carbono y la arena del desierto de Gobi, que ahogan el resto del continente. Antes las fábricas norcoreanas contribuían mucho a ennegrecer el cielo, pero ya no es así. La luz artificial ya no compite con la de las estrellas que adornan el cielo. La joven pareja caminaba en la noche, desperdigando hojas de gingko a su paso. ¿De qué hablaban? De sus respectivas familias y compañeros del colegio, de los libros que habían leído: fuese cual fuese el tema de conversación, lo cierto es que despertaba en ellos un entusiasmo inagotable. Años después, cuando le pregunté a la muchacha cuáles eran los recuerdos más felices de su vida, me habló de aquellas noches. Este no es el tipo de cosas que muestran las imágenes por satélite. La gente suele analizar lo que sucede en Corea del Norte desde lejos, ya sea desde la sede central de la CIA en Langley (Virginia) o desde el departamento de estudios de Asia Oriental de alguna universidad: no se para a pensar que en medio de ese agujero negro, de ese país oscuro y desolado donde millones de personas han muerto de hambre, también existe el amor. Cuando conocí a la muchacha, ya era una mujer de treinta años. Mi-ran (así la llamaré en adelante) había logrado huir del país seis años atrás y vivía en Corea del Sur. Había solicitado entrevistarme con ella, pues me interesaba incorporar su testimonio a un artículo sobre los refugiados norcoreanos. En 2004 fui destinada a Seúl como corresponsal jefe del diario Los Angeles Times. Tenía que informar sobre lo que ocurriese en toda la península, Corea del Sur me planteaba pocos problemas. Era la decimotercera potencia económica del mundo y una democracia próspera aunque a veces caótica; por lo demás, la prensa acreditada allí era la más dinámica de toda Asia. Las autoridades ofrecían a los periodistas sus números de teléfono móvil y no les importaba que se les llamara fuera del horario de trabajo. Corea del Norte representaba el extremo opuesto. Su comunicación con el mundo exterior se limitaba casi exclusivamente a las furiosas diatribas que lanzaba la Agencia Central Coreana de Noticias, apodada “la Gran Vituperadora” por la ridícula grandilocuencia de sus discursos sobre los “malditos imperialistas yanquis”.[1] Estados Unidos había combatido del lado de Corea del Sur en la Guerra de Corea de 1950-53, primer conflicto de la Guerra Fría, y todavía tenía cuarenta mil efectivos estacionados en aquel país. La animosidad de Corea del Norte se mantenía tan viva que parecía que la guerra aún no hubiese terminado. Rara vez se permitía la entrada de ciudadanos norteamericanos en Corea del Norte, sobre todo si se trataba de periodistas. Cuando por fin conseguí un visado para entrar en Pyongyang en 2005, a mí y al colega con el que viajaba se nos llevó a visitar los consabidos monumentos dedicados a glorificar al líder Kim Jong-il y a su difunto padre, Kim Il-sung. Nos acompañaron en todo momento dos hombres flacos, vestidos con trajes oscuros, ambos llamados Park. (Las autoridades de Corea del Norte toman siempre la precaución de asignarles a los visitantes extranjeros un par de “supervisores”: a cada uno le corresponde vigilar que el otro no sea sobornado). Aquellos tipos utilizaban al hablar la misma retórica ampulosa que exhibe la agencia oficial de noticias. (Era extraña la frecuencia con que introducían la frase “Gracias a nuestro querido Líder Kim Jong-il” en nuestras conversaciones). Casi nunca nos miraban a los ojos al dirigirse a nosotros; yo me preguntaba si se creían de veras lo que decían. ¿Qué pensaban realmente? ¿Amaban a su líder tanto como aseguraban? ¿Pasaban hambre? ¿Qué hacían cuando volvían a casa del trabajo? ¿Qué significaba vivir bajo el régimen más represivo del mundo? Estaba claro que no iba a poder encontrar respuestas a mis preguntas dentro de Corea del Norte. Tendría que hablar con gente que había abandonado el país. En 2004, Mi-ran vivía en Suwon, ciudad vibrante y caótica situada unos treinta kilómetros al sur de Seúl. Allí se encuentra la sede de Samsung, así como un conjunto de industrias manufacturadoras que fabrican objetos que a la mayoría de los norcoreanos les costaría mucho reconocer: pantallas de ordenador, reproductores de cedé, televisiones digitales, tarjetas de memoria. (Se menciona con frecuencia el dato según el cual la disparidad económica entre las dos Coreas es como mínimo cuatro veces mayor que la que existía entre la Alemania Occidental y la Oriental en 1990, es decir, en el momento de la reunificación alemana). La ciudad es bulliciosa y desordenada, una masa abigarrada de colores y sonidos. Su arquitectura, como la de la mayor parte de las ciudades surcoreanas, es una fea amalgama de cajas de hormigón rematadas por letreros estridentes. Los bloques de apartamentos se extienden a lo largo de muchos kilómetros a partir de un centro urbano congestionado, repleto de establecimientos de Dunkin'Donuts y Pizza Hut y de tiendas que venden productos coreanos de imitación. En las calles secundarias se multiplican los love hotels. Establecimientos con nombres tales como “Motel Eros” y “Love-Inn Park” que alquilan habitaciones por horas. Son muy habituales los embotellamientos de tráfico: miles de Hyundais —un producto más del milagro económico— recorriendo a duras penas el camino que va de casa al centro comercial. En vista de los perpetuos atascos que se forman en la ciudad, tomé un tren desde Seúl —media hora de trayecto— y luego un taxi que me dejó al cabo de largo rato en uno de los pocos lugares tranquilos de la ciudad, un restaurante de costillas a la brasa situado frente a una fortaleza del siglo XVIII. Al principio no localicé a Mi-ran. Su aspecto era muy distinto al de otros norcoreanos que había conocido. Entonces vivían en Corea del Sur unas seis mil personas que habían huido de Corea del Norte, cuyas dificultades para adaptarse a la sociedad de acogida uno podía a menudo percibir en ciertos detalles delatores: faldas demasiado cortas, etiquetas que habían olvidado despegar de las prendas nuevas. A Mi-ran, en cambio, costaba mucho distinguirla de una surcoreana normal. Vestía un elegante jersey marrón y unos pantalones de punto a juego. En un primer momento me pareció más bien recatada (pero esta impresión, como tantas otras, resultaría errónea). Llevaba el cabello recogido y perfectamente fijado con un pasador de bisutería. Tan solo estropeaban su impecable aspecto la presencia de unos pocos granos en la barbilla y cierta pesadez debida a los tres meses que llevaba de embarazo. Se había casado hacía un año con un empleado civil del ejército surcoreano, y estaban esperando su primer hijo. Había quedado con Mi-ran para comer porque quería saber más cosas sobre el sistema educativo de Corea del Norte. En los años anteriores a su huida del país, ella había trabajado de profesora de guardería en una ciudad minera. En Corea del Sur estaba estudiando para obtener el título de magisterio. Tuvimos una conversación seria, a ratos sombría. Mientras contaba cómo había visto morir de hambre a sus alumnos de cinco y seis años, nos fue imposible probar la comida. Se estaban muriendo y ella, sin embargo, tenía la obligación de enseñarles lo inmensamente afortunados que eran de vivir en Corea del Norte. Kim Il-sung, que había gobernado el país desde la partición de la península de Corea, al término de la Segunda Guerra Mundial, hasta su muerte, en 1994, debía ser adorado como un dios, y su hijo y sucesor, Kim Jong-il, como el hijo de un dios, una especie de figura cristológica. Mi-ran repudiaba ahora los procedimientos norcoreanos de lavado de cerebro. Al cabo de una o dos horas, iniciamos lo que podría llamarse despectivamente una conversación de chicas. Había algo en la ecuanimidad y la franqueza de Mi-ran que me invitaba a hacer preguntas más personales. ¿Cómo se divertían los norcoreanos? ¿Vivió algún momento de felicidad en Corea del Norte? ¿Tuvo algún novio allí? —Es curioso que me lo preguntes —me dijo—. La otra noche soñé con él. Me lo describió como un muchacho alto, de cuerpo cimbreante y pelo greñudo que le caía sobre la frente. Tras lograr salir de Corea del Norte, a ella le había encantado descubrir que había en Corea del Sur un ídolo de adolescentes llamado Yu Jun-sang que se parecía mucho a su exnovio. (Por eso me he permitido usar el seudónimo Jun-sang para referirme a él). Por lo demás, era un chico inteligente: estudiaba para ser científico en una de las mejores universidades de Pyongyang. Esa era justamente una de las razones por las cuales no podían ser vistos juntos en público. Que se supiera de su relación podía dañar las perspectivas profesionales de él. No hay love hotels en Corea del Norte. Se veían con malos ojos las relaciones de intimidad casual entre los dos sexos. Aun así traté, con delicadeza, de sonsacarle a Mi-ran hasta dónde había llegado su relación con Jun-sang. Se rio. —Tardamos tres años en cogernos de la mano, y otros seis en besarnos —dijo—. Jamás se me habría pasado por la cabeza hacer nada más. Cuando abandoné Corea del Norte tenía veintiséis años y era maestra, pero aún no sabía cómo se conciben los hijos. Mi-ran reconoció que pensaba a menudo en su primer amor y que se sentía algo culpable por haberse marchado de repente. Jun-sang había sido su mejor amigo, la única persona a la que había confiado sus sueños y los secretos de su familia. Y sin embargo no había querido revelarle el mayor secreto de su vida. Jamás le había contado hasta qué punto le repugnaba lo que sucedía en Corea del Norte; jamás le había confesado que no se creía la propaganda que transmitía a sus alumnos. Lo que es más importante, no había querido contarle que su familia estaba urdiendo un plan para huir del país. No es que no se fiara de él, pero en Corea del Norte toda precaución es poca. Si se lo contaba a alguien y luego ese alguien se lo contaba a otro... bueno, quién sabe: había espías en todas partes. Los vecinos se denunciaban entre sí, los amigos también. Incluso los amantes. Si un miembro de la policía secreta hubiese llegado a enterarse de sus planes, la familia entera de Mi-ran habría acabado en un campo de trabajo en las montañas. —No podía arriesgarme —me dijo—. Ni siquiera podía despedirme de él. Después de nuestro primer encuentro, Mi-ran y yo hablamos a menudo de Jun-sang. Estaba felizmente casada, y la siguiente vez que nos vimos ya era madre, pero aun así seguía atropellándose al hablar y sonrojándose cuando salía su nombre en la conversación. Tuve la impresión de que le alegraba que yo sacase a colación el asunto, porque no podía hablar de él con nadie. ¿Qué fue de él? —le pregunté. Se encogió de hombros. Cincuenta años después del final de la Guerra de Corea, aún no hay comunicación propiamente dicha entre norcoreanos y surcoreanos. En este aspecto la situación no tiene nada que ver con la que existía en Alemania antes de la reunificación, ni con lo que sucede en otras partes. Las dos Coreas no pueden comunicarse por teléfono, ni por carta, ni por correo electrónico. La propia Mi-ran tenía muchas preguntas sin contestar. ¿Estaba casado? ¿Todavía pensaba en ella? ¿La odiaba por haberse marchado sin despedirse? ¿La tenía por una traidora a la patria por haber huido? —Tengo la impresión de que me habrá comprendido, pero lo cierto es que no hay forma de saberlo con seguridad —me respondió. Mi-ran y Jun-sang se conocieron en su primera adolescencia. Vivían en las afueras de Chongjin, una de las ciudades industriales del nordeste de la península, no muy lejos de la frontera con Rusia. Las pinceladas negras de la pintura oriental representan a la perfección el paisaje de Corea del Norte. Es notablemente bello en algunas partes (desde una perspectiva norteamericana, podría compararse con el noroeste del Pacífico), y sin embargo falto de color: no recorre más que una paleta muy reducida que va desde el verde oscuro de los abetos y los juníperos hasta el gris lechoso de las cumbres de granito. Los retazos de verde exuberante de los arrozales, tan característico del paisaje asiático, uno solo alcanza a verlos en los pocos meses que dura la estación de lluvias. El otoño trae un breve destello de verdor. Durante el resto del año, todo es amarillo y marrón: el color se ha desvanecido. No existe el panorama abigarrado que uno advierte en Corea del Sur. No hay apenas ningún letrero, son muy pocos los automóviles. Por lo general está prohibido poseer un coche; nadie podría, en todo caso, permitirse el lujo de comprarlo. Hasta es raro ver tractores; predomina el arado tirado por bueyes. Las casas son sencillas, funcionales y monocromáticas. Quedan pocas cosas anteriores a la Guerra de Corea. La mayor parte de las viviendas existentes fueron construidas con bloques de cemento y piedra caliza en las décadas de 1960 y 1970, y distribuidas entre los ciudadanos en función de su categoría social y profesional. En las ciudades están los llamados “palomares”, pisos de una habitación en edificios de baja altura, mientras que en el campo la gente suele vivir en edificios de una planta conocidos como “armónicas”: hileras de viviendas de una habitación, apiñadas como las cajas diminutas que forman las cámaras de aire de una armónica. A veces pintan los marcos de las puertas y de las ventanas de un turquesa llamativo, pero, por regla general, no se ven más que edificios grises o blanqueados. En 1984, George Orwell imaginó un futuro distópico en el que no había más colorido que el de los carteles de propaganda. Esto es lo que sucede hoy en Corea del Norte. Los carteles representan a Kim Il-sung en los vivos colores tan apreciados por el realismo socialista. El Gran Líder aparece sentado en un banco, sonriendo con aire benévolo a los niños, vestidos en tonos alegres, que se arraciman a su alrededor. Su rostro es un resplandor amarillo y naranja. Él es el Sol. El rojo queda reservado para las omnipresentes inscripciones propagandísticas. La lengua coreana se vale de un alfabeto compuesto por círculos y líneas. En medio del paisaje gris resaltan, imperiosos, los caracteres rojos: avanzan a través de los campos, se yerguen en lo alto de los acantilados de granito, salpican, como hitos kilométricos, las carreteras principales y presiden las estaciones de tren y otros edificios públicos. Hasta su primera adolescencia, Mi-ran no tuvo ningún motivo para dudar de lo que decían estas inscripciones. Su padre era un humilde minero. Su familia era pobre, pero también lo era toda la gente que conocía. Como todas las películas, publicaciones y emisiones extranjeras estaban prohibidas, daba por sentado que en ningún otro lugar del mundo se vivía mejor; lo más probable, incluso, era que la gente, en el extranjero, viviese peor. Fueron incontables las veces que oyó, en la radio y en la televisión, que los surcoreanos eran muy desgraciados por vivir bajo el yugo de Park Chung-hee, que era un títere de Estados Unidos, y más tarde de su sucesor, Chun Doo-hwan. A los norcoreanos se les hacía saber que la versión descafeinada del comunismo que se aplicaba en China era menos eficaz que la que había puesto en práctica Kim Il-sung, y que millones de chinos no tenían para comer. En resumidas cuentas, Mi-ran se sentía bastante afortunada de haber nacido en Corea del Norte y de vivir bajo la cariñosa tutela del líder paternal. Lo cierto es que en el pueblo donde se crió Mi-ran no se vivía tan mal en las décadas de 1970 y 1980. Con una población aproximada de mil habitantes, era un pueblo norcoreano normal y corriente: la planificación estatal lo había hecho indistinguible de los demás. No obstante, gozaba de una situación geográfica privilegiada. El mar del Este (o mar del Japón) estaba a tan solo unos diez kilómetros de distancia, así que los lugareños podían comer de vez en cuando pescado fresco y cangrejo. Tampoco estaba lejos de las chimeneas de Chongjin, por lo que disfrutaba de las ventajas que daba la proximidad a una ciudad importante, además de espacios despejados donde poder cultivar legumbres. El terreno era relativamente plano, lo que es una bendición en un país donde escasean las superficies aptas para el cultivo. Por lo demás, cerca del pueblo había un balneario de aguas termales donde Kim Il-sung tenía uno de sus muchos chalés de vacaciones. Mi-ran era la menor de cuatro hermanas. Cuando nació, en 1973, esta circunstancia era tan desgraciada en Corea del Norte como podía serlo en la Inglaterra del siglo XIX, época en la que Jane Austen escribió Orgullo y prejuicio, donde contaba los graves apuros de una familia con cinco hijas. Tanto los norcoreanos como los surcoreanos están imbuidos de las tradiciones confucianas, que obligan a los hijos varones a continuar la línea familiar y a cuidar a los padres en la vejez. Los padres de Mi-ran acabaron librándose de la tragedia de no tener descendencia masculina: tres años después de Mi-ran, nació su hermano, lo que, por otra parte, la convirtió a ella en la hija olvidada de la familia. Vivían en un módulo de un edificio del tipo armónica, lo que se correspondía con el estatus del padre de Mi-ran. La entrada daba directamente a una cocina pequeña que hacía las veces de cuarto de calderas. Se echaba carbón y leña en el fogón, y el fuego generado servía tanto para cocinar como para calentar el hogar mediante un sistema oculto bajo el suelo que se llama ondol. Una puerta corredera separaba la cocina de la pieza principal de la casa, donde dormía la familia entera sobre esteras que permanecían enrolladas durante el día. El nacimiento del único hijo varón hizo que la familia se ampliara a ocho miembros: cinco niños, sus padres y una abuela. Por ello el padre de Mi-ran sobornó al jefe del consejo popular para que les concediera el módulo contiguo y les permitiese abrir una puerta en el muro adyacente. Al disponer de una habitación más amplia, la familia se segregó por sexos. A la hora de comer, las mujeres se apiñaban alrededor de una mesa baja de madera; comían harina de maíz, más barata y menos nutritiva que el arroz Este, que es es el alimento básico de los norcoreanos, lo comían el padre y el niño, sentados en una mesa aparte. —Yo pensaba que así era el orden natural de las cosas —me contaría tiempo después Sok-ju, el hermano de Mi-ran. Las hermanas de Mi-ran no protestaban contra esta injusticia (suponiendo que la hubiesen advertido); ella, en cambio, se echaba a llorar y ponía el grito en el cielo. —¿Por qué solo Sok-ju puede tener zapatos nuevos? —exigía saber—. ¿Por qué mamá solo se ocupa de Sok-ju y nunca de mí? Le mandaban callar sin dignarse contestar a sus preguntas. No era la primera vez que se revolvía contra las constricciones sociales impuestas a las jóvenes en Corea del Norte. Por entonces estaba mal visto que las chicas montaran en bicicleta: se consideraba antiestético y provocativo. Así, cada cierto tiempo, el Partido de los Trabajadores dictaba decretos haciéndolo técnicamente ilegal. Mi-ran hacía caso omiso de la norma. Desde que tenía once años, salía a pedalear por el camino que lleva a Chongjin con la única bicicleta que tenía la familia, un modelo japonés algo gastado. Necesitaba alejarse del clima opresivo de su pueblo, marcharse a cualquier sitio. Era un paseo duro: casi tres horas cuesta arriba, y para colmo solo una parte del camino estaba asfaltada. Los hombres trataban de adelantarla en sus bicicletas, insultándola por atrevida. —¡Te vas a desgarrar el coño! —le gritaban. A veces un grupo de chicos la alcanzaba a toda prisa y trataba de derribarla. Mi-ran les contestaba cuando le gritaban obscenidades. Con el tiempo fue aprendiendo a ignorarlos y seguir pedaleando. Solo había para Mi-ran una cosa capaz de aliviar momentáneamente la grisura de la vida en el pueblo: el cine. Todas las poblaciones de Corea del Norte, por muy pequeñas que sean, tienen una sala de cine, pues Kim Jong-il está persuadido de que las películas son un medio indispensable para inculcar en las masas lealtad al régimen. En 1971, a los treinta años, Kim Jong-il tuvo su primer trabajo, que consistía en supervisar la Oficina de Agitación y Propaganda del Partido de los Trabajadores. En 1973 publicó un libro titulado "Sobre el arte cinematográfico", donde exponía que "el arte revolucionario y la literatura son medios extraordinariamente eficaces para incitar a la gente a trabajar en pro de la revolución".[2] Bajo la dirección de Kim Jong-il, el Estudio Cinematográfico de Corea del Norte, situado en las afueras de Pyongyang, pasó a ocupar un terreno de novecientos mil metros cuadrados. Allí se producían cuarenta películas al año, en su mayor parte dramáticas y casi siempre sobre los mismos temas: el camino hacia la felicidad pasaba por la autorenuncia y la supresión del individuo en aras del bien colectivo. El capitalismo era la degradación absoluta. Cuando visité el estudio en 2005, vi la réplica de lo que se suponía que era una calle típica de Seúl: un lugar repleto de escaparates destartalados y bares de alterne. A Mi-ran le encantaba ir al cine aunque las películas fuesen pura propaganda. Era todo lo cinéfila que podía serlo alguien que vivía en una ciudad pequeña de Corea del Norte. Desde que tuvo edad suficiente para acudir sola a la sala de cine, le rogaba a su madre que le diese dinero. El precio se mantenía bajo: tan solo medio won, más o menos lo que costaba un refresco. Veía todas las películas que podía. Algunas de ellas se consideraban demasiado picantes para el público infantil: tal era el caso de Oh, amor mío, de 1985, donde se insinuaba un beso entre un hombre y una mujer. De hecho, la protagonista femenina bajaba, pudorosa, su sombrilla de manera que los espectadores no pudieran ver los labios rozarse, pero bastó para que la película fuera catalogada para adultos. Naturalmente, estaban prohibidas las películas de Hollywood, al igual que todas las películas extranjeras a excepción de alguna procedente de Rusia. A Mi-ran le gustaban sobre todo las producciones rusas: eran menos propagandísticas y más románticas que las norcoreanas.[3][4] Tal vez era inevitable que una muchacha fantasiosa, aficionada a las historias de amor de la gran pantalla, encontrase en un cine el amor verdadero. Se conocieron en 1986, cuando aún había suficiente electricidad para que funcionaran los aparatos de proyección. Construido con la monumentalidad propia de la década de 1930, en la época de la ocupación japonesa de Corea, el centro cultural era el edificio más imponente del pueblo: una construcción de dos plantas, tan grande que disponía de entresuelo. Un retrato gigante de Kim Il-sung cubría la fachada de la sala, porque según el reglamento todas las imágenes del Gran Líder deben guardar proporción con el tamaño del edificio. El centro cultural servía de cine, teatro y sala de conferencias. En los días de fiesta oficial, como el aniversario de Kim Il-sung, se celebraban concursos para elegir a aquellos ciudadanos que mejor seguían el ejemplo del Gran Líder. El resto del tiempo se proyectaban películas en la sala; cada dos semanas llegaba de Pyongyang una nueva producción. Jun-sang era tan apasionado del cine como Mi-ran. En cuanto se enteraba de que había una nueva película, iba corriendo a la sala para ser el primero en verla. En aquella ocasión se trataba de El nacimiento de un estado. Estaba ambientada en Manchuria durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los comunistas coreanos, encabezados por el joven Kim Il-sung, se organizaron para combatir la ocupación colonial japonesa. La resistencia antijaponesa era un tema tan corriente en el cine norcoreano como lo fueron los indios y vaqueros en la época temprana de Hollywood. Se esperaba que la película atrajera multitudes de espectadores, ya que la protagonizaba una actriz muy popular. Jun-sang llegó temprano a la sala. Consiguió dos entradas, una para él y la otra para su hermano. Estaba fuera, caminando de un lado a otro, cuando la vio. Mi-ran estaba al final de una larga cola de gente que avanzaba hacia la taquilla. Los espectadores de cine en Corea del Norte suelen ser jóvenes y alborotadores. En aquella ocasión el gentío era especialmente agresivo. Los chicos mayores se habían abierto camino a empujones hasta la cabecera de la cola y formaban un cordón que cerraba el paso a los más jóvenes. Jun-sang se acercó a la muchacha para verla mejor. Ella golpeaba el suelo con los pies, exasperada, y parecía a punto de llorar. El canon norcoreano de belleza exige una piel pálida, cuanto más blanca mejor, una cara redonda y una boca en forma de corazón, pero la chica que vio Jun-sang no era así en absoluto. Los rasgos eran alargados y prominentes, la nariz aguileña y los pómulos muy pronunciados. Casi parecía extranjera; tenía un aspecto un poco agreste. Sus ojos brillaban coléricos ante el barullo que estaba organizándose cerca de la taquilla. No se parecía a las demás chicas, que eran recatadas en sus gestos y se tapaban la boca al reírse. Jun-sang percibió en ella una vivacidad impaciente, como si no se hubiera dejado vencer por la vida en Corea del Norte. Quedó inmediatamente prendado de ella. A los quince años, Jun-sang se interesaba por las chicas de forma genérica, pero jamás se había fijado en ninguna en particular... hasta ese momento. Había visto suficientes películas para imaginar cómo reflejaría la gran pantalla ese primer encuentro con ella. Más tarde lo recordaría en tecnicolor, como si fuera un sueño. Mi-ran aparecía envuelta en una luz mística. —No puedo creer que haya en este pueblo una chica así —se dijo para sus adentros. Dio un par de vueltas alrededor del gentío para observarla más de cerca y se preguntó qué debía hacer. Era un intelectual, no un tipo batallador. De nada serviría que intentara de nuevo abrirse camino a empujones hasta la taquilla. Entonces se le ocurrió una idea. La película estaba a punto de comenzar, y su hermano aún no había llegado. Como las entradas eran numeradas, si le vendía la que le sobraba a la muchacha, ella tendría que sentarse a su lado. Dio algunas vueltas más, meditando las palabras exactas que utilizaría para ofrecerle la entrada. Al final no consiguió hacer acopio del valor necesario para dirigirse a una chica desconocida. Entró en la sala. Mientras aparecían en la pantalla las imágenes de la protagonista femenina cabalgando a través de un prado cubierto de nieve, Jun-sang pensaba en la oportunidad que acababa de desperdiciar. La actriz interpretaba a una aguerrida militante de la resistencia que llevaba el pelo corto como un chico y atravesaba a caballo la estepa manchuriana proclamando lemas revolucionarios. Jun-sang era incapaz de apartar de sus pensamientos a la chica que había visto fuera de la sala. Al final de la película, cuando llegaron los títulos de crédito, salió corriendo en su busca, pero ya había desaparecido. II SANGRE IMPURA Una columna de refugiados de la Guerra de Corea. A los quince años, Jun-sang era un muchacho desgarbado y estudioso. Desde niño había obtenido los mejores resultados de su clase en matemáticas y ciencias. Su padre, que tenía algo de intelectual frustrado, había depositado grandes esperanzas en sus hijos, sobre todo en su brillante primogénito. Soñaba con que este pudiera algún día abandonar la provincia y continuar sus estudios en Pyongyang. Cuando Jun-sang llegaba a casa después de las nueve de la noche o remoloneaba con los deberes del colegio, su padre no vacilaba en echar mano de un palo que guardaba expresamente para los niños testarudos. El muchacho tendría que seguir sacando las notas más altas hasta el final de la escuela secundaria y después someterse a dos semanas de duros exámenes en Chongjin si quería ingresar en un centro de élite como la Universidad Kim Il-sung. Acababa de empezar la secundaria, y sin embargo ya estaba inmerso en una trayectoria académica que hacía impensables las citas con las chicas y el sexo. Los imperativos de la pubertad tendrían que esperar. Jun-sang trataba de suprimir esos pensamientos errabundos que le distraían en los momentos más inoportunos. Pero, por mucho que lo intentara, le era imposible apartar de la cabeza la imagen de la chica de pelo corto golpeando el suelo con los pies. No sabía nada de ella. ¿Cómo se llamaría? ¿Sería tan guapa como la recordaba? ¿O acaso su memoria le engañaba? ¿Había por lo menos alguna manera de averiguar quién era? Lo cierto es que fue sorprendentemente fácil dar con ella. Mi-ran era el tipo de muchacha que no pasaba inadvertida a los chicos; su peinado era tan peculiar que, al describírsela a un par de amigos, estos supieron de inmediato de quién se trataba. Se dio la circunstancia de que un chico que coincidía con él en clase de boxeo vivía a tan solo dos puertas de distancia de Mi-ran, en uno de esos bloques de viviendas armónica. Jung-sang le sonsacó información a base de zalamerías, y hasta logró que se convirtiera en espía. El caso es que el barrio donde vivía el chico era un hervidero de chismes sobre Mi-ran y sus hermanas. Son a cual más guapa, decía la gente a menudo. Eran altas, cualidad muy apreciada en Corea del Norte, y además tenían talento La hermana mayor era cantante; había otra que pintaba. A todas ellas se les daba bien el deporte: descollaban en voleibol y baloncesto. Qué chicas más guapas, y qué listas. Por eso es una lástima, solían añadir los chismosos del barrio, que sus antecedentes familiares sean tan vergonzosos. El problema venía del padre, un tipo flaco y taciturno que estaba, como la mayoría de los hombres del barrio, empleado en las minas. Su trabajo era de carpintería: se dedicaba a reparar las vigas de madera que servían de soporte en el interior de una mina de caolín, arcilla empleada en la fabricación de cerámica. Hombre de personalidad insulsa, llamaba sin embargo la atención por su sobriedad: mientras otros mineros consumían cantidades copiosas de un espantoso brebaje de maíz o, cuando podían permitírselo, del licor de arroz coreano conocido como soju, el padre de Mi-ran jamás probaba una gota. Evitaba tomar nada que pudiera soltarle la lengua y hacerle hablar de su pasado. Tae-woo —pues así se llamaba— había nacido en 1932 en un lugar que más tarde formaría parte de Corea del Sur. Los coreanos identifican su hogar con el sitio donde nacieron sus antepasados paternos, por mucho tiempo que lleven sin vivir allí. El padre de Mi-ran provenía de la provincia de Chungchong del Sur, al otro extremo de la península, cerca de la costa del mar Amarillo. La región ofrece un paisaje suave de arrozales verde esmeralda, frente a lo agreste del terreno en que está emplazada la ciudad de Chongjin. Su pueblo estaba a las afueras de Seosan, y apenas constaba más que de una hilera de casas situadas a lo largo de un camino seco que cortaba a través del tablero de ajedrez de los arrozales. En la década de 1940, todo estaba hecho de barro y paja, incluidas las pelotas a las que daban patadas los niños en la calle. La subsistencia del pueblo se basaba en el arroz, cuyo cultivo era un trabajo agotador: había que arar, sembrar y trasplantar manualmente. Nadie era rico en el pueblo, pero la familia de Tae-woo vivía, en todo caso, un poco mejor que las demás. Su casa con techo de paja era algo más grande de lo normal. Poseían dos mil pyong, medida coreana de superficie que equivale a 0,6 hectáreas. Complementaban sus ingresos operando un pequeño molino adonde los vecinos llevaban el arroz y la cebada. El abuelo de Mi-ran estaba lo bastante bien situado económicamente para tener dos esposas, algo nada inhabitual entonces; no obstante, solo estaba reconocido legalmente el primer matrimonio. Tae-woo fue el primer hijo que tuvo con su segunda esposa y el único varón. Tenía dos hermanas pequeñas que lo adoraban y andaban siempre detrás de él, algo que le molestaba mucho pero que llegaría a ser un motivo de regocijo para sus amigos, pues las niñas se convirtieron en dos bellas adolescentes.[1][2] Tae-woo no era el más grande de la pandilla, pero era un líder nato. Cuando jugaban a las batallas, él siempre se las arreglaba para hacer de general. Sus amigos lo llamaban el pequeño Napoleón. “Era honesto y decidido. Decía las cosas con rotundidad y la gente lo escuchaba”, recuerda Lee Jon-hung, un amigo de la infancia que aún vive en el pueblo. “Además era inteligente”. Tae-woo fue a la escuela primaria y luego cursó la enseñanza media hasta los quince años, como correspondía al hijo de un granjero. Las clases se impartían en japonés, ya que Japón se había anexionado Corea en 1910 y había depuesto al último de los emperadores coreano. Después había procedido a aniquilar metódicamente la cultura autóctona, imponiendo la suya. En los primeros años de la ocupación, se les obligó a los varones adultos del pueblo a cortarse la larga trenza que, atada con un lazo y cubierta con un sombrero negro, llevaban tradicionalmente los hombres en Corea. Tuvieron que adoptar nombres japoneses y pagar cuantiosos tributos a la potencia ocupante, entregándole la mitad o más de la cosecha de arroz. Esto último venía justificado, según los japoneses, por la guerra que estaban librando en el Pacífico. A los hombres y las mujeres jóvenes se los envió a Japón para que contribuyeran al esfuerzo bélico. A las muchachas se les obligó a ejercer la prostitución: se convirtieron en lo que eufemísticamente se llamaba “mujeres de confort”, encargadas de prestar servicios sexuales a los soldados. No era posible hacer nada sin el consentimiento de los japoneses. El 15 de agosto de 1945, el emperador Hirohito anunció por la radio la capitulación japonesa. La noticia tardó varios días en llegar al pueblo. Los jóvenes, al enterarse, corrieron hacia los barracones donde se encontraban estacionados los japoneses, pero se habían marchado precipitadamente, prácticamente con lo puesto. La ocupación había terminado. Los lugareños, demasiado pobres para permitirse un gran festejo, corrieron eufóricos por las calles, felicitándose los unos a los otros y lanzando vítores. —¡Mansei Chosun! —gritaban—. ¡Viva Corea! Los coreanos creían ser nuevamente dueños de su destino. Querían recuperar su país. Mientras el emperador japonés leía por la radio su declaración, muy lejos de allí, en Washington, dos jóvenes oficiales del ejército se inclinaban sobre un mapa de la National Geographic Society, preguntándose qué hacer con Corea. Nadie en Washington sabía mucho acerca de esa oscura colonia japonesa. Si se había elaborado un plan minucioso para la ocupación posbélica de Alemania y Japón, apenas había nada previsto, en cambio, con respecto a Corea. Los japoneses habían gobernado el país durante treinta y cinco años, y con su brusca retirada se crearía un vacío de poder muy peligroso. A Estados Unidos le preocupaba que la Unión Soviética se apoderara de Corea, convirtiéndola en puerto de embarque de su ejército hacia Japón, pieza sin duda más suculenta. En Washington crecía la desconfianza hacia el país comunista, pese a la alianza que habían establecido con él en la Segunda Guerra Mundial. Las tropas soviéticas ya habían entrado en Corea por el norte la semana anterior a la rendición japonesa y estaban dispuestas a continuar su avance. Estados Unidos quiso apaciguar a la Unión Soviética ofreciéndole la mitad septentrional del país para que la administrara con carácter temporal. Los oficiales mencionados más arriba, uno de los cuales era Dean Rusk, quien más tarde llegaría a ser secretario de Estado, querían que la capital, Seúl, formara parte del sector norteamericano, así que buscaron la manera más adecuada de dividir la península. Acabaron trazando en el mapa una línea fronteriza que coincidía con el paralelo 38.[3] Esta línea apenas guardaba relación con la historia ni con la geografía de Corea. La península de Corea, esa extensión de tierra con forma de dedo pulgar que sobresale del territorio chino, tiene límites bien definidos: el mar de Japón al este, el mar Amarillo al oeste y los ríos Yalu y Tumen al norte, que marcan la frontera con China. No parece haber en su geografía nada que permita dividirla netamente en dos partes. En los mil trescientos años que precedieron a la ocupación japonesa, Corea fue un único país gobernado por la dinastía Chosun, una de las monarquías más longevas que ha conocido la historia. Con anterioridad a la fundación de esta dinastía, tres reinos se disputaban el poder en la península. Las enemistades políticas tendían a fragmentar el país de norte a sur: el este gravitaba de manera natural hacia Japón, el oeste hacia China. Por tanto, la división de Corea en una mitad septentrional y otra meridional fue artificial, inventada en Washington e impuesta a los coreanos sin contar en ningún momento con su parecer. Se dice que el entonces secretario de Estado norteamericano, Edward Stettinius, tuvo que preguntar a un subordinado dónde estaba Corea. A los coreanos les indignó que su país fuera dividido como lo había sido Alemania. A fin de cuentas, en la Segunda Guerra Mundial no habían sido agresores, sino víctimas. De ahí que en aquella época se aplicaran a sí mismos una expresión autodespectiva: no eran más que “renacuajos entre ballenas”, aplastados por las rivalidades entre las dos superpotencias. Ni Estados Unidos ni la Unión Soviética estaban dispuestos a ceder lo más mínimo, de forma que Corea pudiese ser un estado independiente. Por lo demás, el pueblo coreano estaba desgarrado en más de una docena de facciones antagónicas, muchas de las cuales simpatizaban con el comunismo. Las demarcaciones provisionales dibujadas en el mapa no tardaron en ejecutarse sobre el terreno. En 1948 se fundó la República de Corea bajo la dirección de Syngman Rhee, un tipo hosco de setenta y dos años, políticamente conservador, y doctorado en la universidad de Princeton. Kim Il-sung, que había luchado en la resistencia contra la ocupación japonesa y contaba con el apoyo de Moscú, se apresuró a proclamar su propio Estado, bautizándolo República Popular Democrática de Corea: se trataba de Corea del Norte. La línea trazada a lo largo del paralelo 38 se transformó en una frontera inexpugnable de doscientos cincuenta kilómetros de largo y cuatro de ancho, constituida por alambre de espino, trampas antitanques, trincheras, muros de contención, fosos defensivos, piezas de artillería y minas terrestres. Dado que las dos partes proclamaban su legitimidad para gobernar Corea, la guerra era inevitable. El 25 de junio de 1950, las tropas de Kim Il-sung atravesaron la frontera con tanques que les habían suministrado los soviéticos. Tomaron rápidamente Seúl y fueron bajando hasta que Corea del Sur quedó reducida a un pequeño territorio aislado alrededor de la ciudad sudoriental de Pusan. El audaz desembarco anfibio en Incheon de cuarenta mil soldados norteamericanos al mando del general Douglas MacArthur invirtió la situación. Aparte de Estados Unidos y Corea del Sur, tropas incorporaron a una coalición organizada por las Naciones Unidas. Recuperaron Seúl y avanzaron hacia el norte, en dirección a Pyongyang, con la idea de progresar luego a partir de ahí. Sin embargo, las fuerzas comunistas de China entraron entonces en la guerra, forzando la retirada de las tropas de la coalición cuando se aproximaban al río Yalu. Dos años más de enfrentamientos solamente lograron sumir en el desánimo a las dos partes: se había llegado a un punto muerto. Cuando se selló el armisticio, el 27 de julio de 1953, habían muerto más de tres millones de personas y la península estaba en ruinas .La frontera prácticamente no se desplazó del paralelo 38. Fue una guerra inútil e insatisfactoria para todos, aun comparada con los otros conflictos bélicos del siglo XX. Tae-woo tenía dieciocho años en el momento de la invasión comunista. Era el principal apoyo de su madre y sus hermanas, pues su padre había muerto antes de que estallara la guerra. Con un ejército de tan solo sesenta y cinco mil hombres —aproximadamente la cuarta parte de las fuerzas norcoreanas—, Corea del Sur no estaba preparada para resistir la invasión. Iban a ser necesarios todos los varones sanos y capaces de combatir. Algunos de los granjeros que cosechaban arroz simpatizaban con el Norte, porque habían oído el rumor de que los comunistas pensaban entregarles tierras. Su situación económica no había mejorado desde la derrota de los japoneses. En cambio, la mayor parte de los jóvenes eran apolíticos. “En aquel tiempo no sabíamos distinguir entre izquierda y derecha”, recuerda Lee Jong-hun. En todo caso, fuesen cuales fuesen sus ideas políticas, no les quedaba más remedio que alistarse en el ejército surcoreano. Tae-woo acabó ascendiendo a sargento. La unidad a la que pertenecía libró su última batalla cerca del pueblo de Kimhwa, cuarenta kilómetros al norte del paralelo 38. Kimhwa (rebautizado más tarde Kumbhwa)[4] era uno de los vértices —los otros dos eran Pyongyang y Chorwon— de lo que el ejército norteamericano llamaba el “triángulo de hierro”, un valle rodeado de montañas de granito que poseía un gran valor estratégico. Había sido testigo de algunos de los más intensos combates librados en aquella etapa final de la guerra en la que China, en previsión de un armisticio, trataba de desplazar la primera línea hacia el sur. En la tarde del 13 de julio de 1953, tres divisiones chinas —unos sesenta mil soldados— lanzaron un ataque sorpresa contra las tropas de Corea del Sur y de las Naciones Unidas. Hacia las siete y media, las fuerzas comunistas comenzaron a bombardear las posiciones de las Naciones Unidas a las diez de la noche, aproximadamente, dispararon bengalas, y se pudo ver cómo “los valles y las colinas se llenaban de miles de soldados enemigos”, según recordaría más tarde un oficial norteamericano. Por todas partes se oían cornetas mientras las tropas chinas caían sobre los soldados de la coalición. “No dábamos crédito a lo que veíamos. Era como una escena de película”, en palabras del mismo soldado. Había llovido casi sin parar durante una semana, y por las colinas “corrían a raudales el agua y la sangre”. Tae-woo, que había sido asignado a una unidad médica, estaba transportando a un soldado surcoreano en una camilla cuando les rodearon los soldados chinos. Pese a que faltaban solo dos semanas para que se firmara el armisticio, fue detenido como prisionero de guerra junto con otros quinientos soldados pertenecientes a la división capital del ejército de Corea del Sur. Su vida como surcoreano había terminado. El padre de Mi-ran no quiso hablar nunca de su cautiverio. Es de suponer que las condiciones a las que estuvo sometido no fueron distintas a las que sufrió cualquier prisionero de guerra retenido por los comunistas. Huh Jae-suk, que corrió la misma suerte que él —aunque más tarde lograría escapar— cuenta en sus memorias que los prisioneros sufrían unas condiciones higiénicas deplorables; no se les permitía lavarse ni cepillarse los dientes. El pelo se infestaba de piojos y las heridas sin tratar se cubrían de gusanos. Solo tenían derecho a una comida al día, arroz con agua salada.[5] Después del armisticio se produjo un intercambio de prisioneros por el cual las fuerzas comunistas pusieron en libertad a 12.773, de los cuales 7.862 eran surcoreanos. Otros miles, tal vez decenas de miles, entre los cuales estaba Tae-woo, nunca volvieron a casa: en la estación de Pyongyang se los cargó en vagones que iban a devolverlos, según creían, a sus lugares de origen en el sur, pero que por el contrario se dirigieron hacia el norte, concretamente hacia las minas, ricas en carbón, que ciñen la frontera con China: así lo relata Huh Jae-suk en sus memorias. Cerca de las minas, bajo el rótulo de “Unidad de Construcción del Ministerio del Interior”, se habían construido nuevos campos de prisioneros de guerra. La minería del carbón en Corea del Norte es sucia además de extremadamente peligrosa, ya que son frecuentes los hundimientos y los incendios. La vida de un prisionero de guerra valía menos que la de una mosca —decía Huh Jae-suk—. Todos los días temblaba de miedo cuando entrábamos en la mina. Era como un animal camino del matadero, nunca sabía si iba a salir vivo de allí.[6][7] En 1956, el gobierno de Corea del Norte promulgó un decreto que permitía a los prisioneros de guerra surcoreanos obtener certificados de ciudadanía norcoreana. Esto significaba que lo peor había pasado ya, pero también que nunca podrían volver a casa. Lo peor, ciertamente, era trabajar en las minas de carbón, que habían sido excavadas a toda prisa y que ardían y se derrumbaban con frecuencia. Á Tae-woo se lo envió a una mina de hierro en Musan, ciudad situada en el lado norcoreano de la frontera con China, en la provincia de Norm Hamgyong. Todos los hombres que trabajaban allí eran surcoreanos, y vivían en la misma residencia.[8] Entre los empleados de la residencia había una mujer soltera de diecinueve años: casi una solterona para aquel lugar y en aquella época. De rasgos demasiado angulosos para ser considerada guapa, había, sin embargo, algo atractivo en sus ademanes decididos; irradiaba fortaleza espiritual y física. Estaba ansiosa de encontrar marido, aunque solo fuera para escapar de su madre y de sus hermanas, con las que vivía. Por aquel entonces, después de la guerra, quedaban pocos hombres casaderos. El caso es que el director de la residencia le presentó a Taewoo. No era más alto que ella, pero tenía una voz suave, lo que permitía adivinar la presencia de un caballero bajo la capa de arena negra de la mina. De pronto, la chica sintió una gran lástima por aquel hombre joven que se encontraba tan solo en el mundo. Se casaron ese mismo año. Tae-woo se adaptó rápidamente a la vida en Corea del Norte. En todo caso, no podía costarle mucho confundirse con el resto de la gente. Los coreanos eran un solo pueblo: han nara, una nación, como gustan de decir. Tenían el mismo aspecto. Por lo demás, era habitual burlarse del acento de Pyongyang por su semejanza con el dialecto gutural de Pusan. El caos de la guerra había hecho que se mezclara mucho la población coreana: decenas de miles de personas que hasta entonces habían vivido al norte del paralelo 38 —entre ellos terratenientes, hombres de negocios, sacerdotes cristianos y colaboradores de los japoneses— huyeron hacia el sur por temor a sufrir la persecución comunista, mientras que algunos simpatizantes comunistas huían hacia el norte. Otras muchas personas sin ninguna relación con la política se vieron simplemente obligadas a desplazarse, hacia el norte o hacia el sur, para huir de los combates. ¿Quién podía distinguir a un surcoreano de un norcoreano? Al poco de casarse, Tae-woo fue destinado a otra mina que estaba cerca de Chongjin, y donde no conocía a nadie. No había ningún motivo para sospechar de nada anómalo en su pasado; sin embargo, es muy característico de la vida en Corea del Norte que alguien siempre sepa algo. Nada más terminar la guerra, Kim Il-sung se propuso como objetivo prioritario depurar a todos sus enemigos. Empezó por arriba, es decir, por aquellos que podían disputarle el liderazgo. Se deshizo de muchos de los compañeros de armas que habían encabezado desde Manchuria la lucha para expulsar al ocupante japonés. Ordenó la detención de los miembros fundadores del Partido Comunista en Corea del Sur: habían sido de extraordinaria utilidad durante la guerra, pero una vez cumplida su misión podía prescindirse ya de ellos. A lo largo de la década de 1950 fueron muchos más los purgados en un país que cada vez iba pareciéndose más a la antigua China imperial: Kim Il-sung como señor absoluto e indiscutible. Entonces procedió a ocuparse de la gente corriente. En 1958 ordenó poner en marcha un proyecto muy complejo, que consistía en clasificar a todos los norcoreanos por su grado de fiabilidad política. Se proponía así la reorganización total de una población humana. La Guardia Roja china también liquidaría a los “agentes infiltrados del capitalismo”. durante la Revolución Cultural de las décadas de 1960 y 1970, instaurando un régimen en el que el terror se practicaba de manera caótica: los vecinos denunciaban a los vecinos. En cambio los norcoreanos eran extraordinariamente metódicos. Los antecedentes de cada ciudadano eran sometidos a un total de ocho comprobaciones, y se establecía una calificación (songbun) basada en el examen del pasado de padres, abuelos y hasta primos segundos. Los estudios de lealtad se llevaron a cabo en varias fases, de nombres a cual más sugestivo. La primera fase se anunció como “Orientación intensiva por el Partido Central”; en las siguientes (así, por ejemplo, la que se desarrolló entre 1972 y 1974, con el título “Proyecto destinado a comprender a la gente”), las clasificaciones fueron afinándose cada vez más. Si dejamos de lado esa jerga típica de la ingeniería social del siglo XX, el proceso no dejaba de ser, en cierto sentido, una actualización del régimen feudal que llevaba siglos asfixiando a los coreanos. Corea había estado, en efecto, sometida a un sistema de castas tan rígido como el de la India. Los nobles vestían camisa blanca y sombrero alto hecho de crin de caballo, mientras que los siervos se colgaban del cuello unas tablillas de madera a modo de etiqueta. Esta estructura de clases se basaba, en gran medida, en las enseñanzas del filósofo chino Confucio, quien sostenía que cada persona ocupa un lugar fijo en una pirámide social. Kim Il-sung, por su parte, hizo suyos los elementos menos amables del confucianismo y los combinó con las ideas estalinistas. En la cúspide de la pirámide no se encontraba un emperador, sino él mismo y su familia. A partir de ahí se bajaba progresivamente, distinguiendo hasta cincuenta y una categorías sociales agrupables en tres grandes clases: la clase principal, la clase vacilante y la clase hostil. A esta última pertenecían las kisaeng (artistas femeninas que en ocasiones, al igual que las geishas japonesas, aceptan ampliar sus servicios si el cliente paga bien), los adivinos y los mudang (o chamanes, que habían pertenecido igualmente a los estratos inferiores durante el periodo dinástico). También comprendía a los elementos políticamente sospechosos, según aparecen definidos en un libro blanco sobre los derechos humanos en Corea del Norte que se basa en el testimonio de refugiados que viven en Corea del Sur. Aquellos que provengan de familias de granjeros ricos, comerciantes, industriales, terratenientes, o quienes hayan visto confiscados la totalidad de sus bienes; aquellos que sean projaponeses o proamericanos; los burócratas reaccionarios; aquellos que hayan abandonado Corea del Sur |...], budistas, católicos, funcionarios expulsados, quienes colaboraran con Corea del Sur durante la Guerra de Corea. Siendo como era un ex soldado surcoreano, Tae-woo pertenecía a uno de los escalafones más bajos de la jerarquía social, pero no al último rango de personas (alrededor de doscientas mil; el uno por ciento de la población) que fueron internadas a perpetuidad en campos de trabajo que tenían por modelo el Gulag soviético. A los norcoreanos de condición social inferior no se les permitía vivir en la capital, Pyongyang, ni tampoco en las mejores zonas rurales, es decir, las más meridionales, donde la tierra era más fértil y el clima más cálido. A Tae-woo jamás se le habría ocurrido afiliarse al Partido de los Trabajadores, del cual dependían los empleos más codiciados, como sucedía con el Partido Comunista en China y en la Unión Soviética. Las personas de su rango social eran observadas detenidamente por sus vecinos. Los norcoreanos se organizan en las llamadas inminban, término que significa literalmente “consejo del pueblo”: se trata de cooperativas formadas por unas veinte familias y que administran sus respectivos barrios. Cada una elige a un jefe, por lo general una mujer de mediana edad, que se ocupa de transmitir a las autoridades superiores cualquier sospecha. A un norcoreano de rango inferior le era casi imposible mejorar su estatus. Los expedientes personales se guardaban en las oficinas locales del Ministerio para la Salvaguarda de la Seguridad del Estado y, para una custodia más segura (por si acaso a alguien se le ocurría manipular los archivos), en la provincia montañosa de Yangyang. El sistema de clases solo admitía la movilidad social descendente. Uno podía, aun cuando perteneciese a la clase principal —circunscrita a la familia gobernante y los cuadros del Partido—, ser degradado por mala conducta. Sin embargo, desde el momento en que uno ingresaba en la clase hostil, le era imposible abandonarla: quedaba adscrito a ella de por vida. La mancha original, la falta que uno hubiese cometido, era permanente e irreparable. Por lo demás, y al igual que en el sistema de castas de la antigua Corea, el estatus familiar se heredaba. Los pecados del padre eran los pecados de los hijos y de los nietos. Los norcoreanos denominaban a estas personas beuhun: “sangre contaminada” o impura.[9][10] Mi-ran y sus cuatro hermanos llevaban esa mancha en la sangre. Debían resignarse a que su horizonte fuera tan angosto como el de su padre. De niña, Mi-ran ignoraba la desgracia que le había ocurrido aun antes de nacer. Sus padres pensaban que valía más no contarles nada a los niños sobre el origen surcoreano de Tae-woo. ¿Para qué disgustarlos anunciándoles que estaban de antemano excluidos de los mejores colegios y los mejores empleos, y que sus vidas entrarían pronto en un callejón sin salida? Una vez que lo supieran, ¿para qué iban a molestarse en estudiar mucho, aprender a tocar instrumentos musicales o competir en deportes? A los norcoreanos no se les informa de su clasificación social, por lo que no saltaba a la vista que la familia de Tae-woo tuviese ningún problema, pero aun así los propios niños intuían que había algo raro en su padre. Hombre solitario, daba la sensación de llevar una carga muy pesada. No tenía parientes conocidos. No era solo que no quisiese hablar de su pasado: apenas hablaba de nada. Contestaba a las preguntas con monosílabos y hablaba siempre en susurros. Parecía más feliz que nunca cuando trabajaba con las manos, arreglando algo en la casa, afanándose en cualquier tarea que le diese una excusa para no hablar. Ya no quedaba rastro del niño mandón que andaba de un lado para otro, orgulloso, haciendo de general. Su mujer, de quien las niñas habían heredado la estatura y la complexión atlética, era la que hablaba siempre por él. Si había que castigar a las niñas, o elevar una queja sobre algún vecino, era ella quien lo hacía. Él guardaba en secreto sus opiniones, suponiendo que las tuviera. En las pocas ocasiones en que conseguían hacerse con un periódico, lo que era un lujo en Corea del Norte, Tae-woo se sentaba a leerlo en silencio a la luz de la única lámpara de la casa, con su bombilla de cuarenta vatios. No había forma de saber qué pensaba sobre la última gran hazaña de Kim Il-sung, tal como aparecía ensalzada en el Rodong Sinmun, periódico oficial del Partido de los Trabajadores, o en el Diario de Hambul, que era el rotativo local. A Mi-ran le exasperaba a menudo la pasividad de su padre. Más tarde llegaría a comprender que se trataba de un mecanismo de supervivencia. Parecía que hubiese sofocado su personalidad para evitar llamar demasiado la atención. Entre los miles de ex soldados surcoreanos que trataban de integrarse en la sociedad norcoreana, había muchos que cometían deslices. A Mi-ran le contaría más tarde su madre que cuatro de los amigos que había tenido su padre en las minas, surcoreanos como él, habían sido ejecutados por infracciones leves; sus cuerpos habían acabado en una fosa común. Pertenecer a la clase hostil suponía no disfrutar nunca del beneficio de la duda. Hablar de Kim Il-sung con un deje sarcástico o hacer un comentario nostálgico sobre Corea del Sur podía causarle a uno graves problemas. Ante todo, convenía no hablar jamás de la Guerra de Corea ni sacar a relucir la cuestión de quién la había desencadenado. Según la historia oficial (la única posible en Corea del Norte), no fue el ejército norcoreano el que invadió (al atravesar el paralelo 38): lo hizo el ejército surcoreano siguiendo órdenes de Estatos Unidos. “Los imperialistas norteamericanos ordenaron al títere Syngman Rhee y a su camarilla desencadenar la Guerra de Corea”, según la versión del Rodong Sinmun. Cualquiera que recordara lo que realmente había sucedido el 25 de julio de 1950 (¿había algún coreano que lo hubiese olvidado?) sabía que lo sabio era callarse. Pero a medida que los hijos de Tae-woo se aproximaban a la adolescencia, los escollos que comportaba el pasado de su padre iban haciéndose cada vez más presentes. A los quince años terminaba la enseñanza obligatoria y los estudiantes que podían hacerlo solicitaban ingresar en una escuela secundaria. A los rechazados se los destinaba a una unidad de trabajo, a una fábrica, a una mina de carbón u otro sitio similar. Pero los hermanos de Mi-ran estaban convencidos de que se les permitiría continuar su formación académica. Al fin y al cabo eran inteligentes, guapos, buenos deportistas y apreciados por sus profesores y compañeros. De haber tenido menos talento, les habría sido más fácil resignarse. Mi-hee, la hermana mayor de Mi-ran, tenía una maravillosa voz de soprano. Ya estuviese cantando una de esas almibaradas canciones populares que tanto aman los coreanos o un cántico de alabanza a Kim Il-sung, los vecinos acudían indefectiblemente a escucharla. Se le pedía a menudo que actuase en eventos públicos. En Corea del Norte se aprecia mucho el talento para cantar, ya que poca gente tiene un equipo musical. Por lo demás, Mi-hee era tan guapa que, en cierta ocasión, un artista acudió a su casa a retratarla. En definitiva, creía tener muchas posibilidades de ser admitida en una escuela de artes escénicas. Se pasó varios días llorando después de ser rechazada. Su madre debía de saber por qué se habían frustrado sus expectativas, pero aun así se presentó en la escuela y exigió una explicación. El director se mostró comprensivo, pero no fue de gran ayuda. Le explicó que solo podían conseguir una plaza en las escuelas de artes escénicas los estudiantes que tuviesen un songhun más alto. A diferencia de sus hermanas mayores, Mi-ran carecía de talentos artísticos o deportivos notables, pero era buena estudiante y muy guapa. Cuando tenía quince años, un equipo de personas de aspecto severo y vestidas con traje gris visitó su colegio. Se trataba de los okwa, que pertenecían a la quinta división del Partido Central de los Trabajadores y tenían por cometido recorrer el país en busca de mujeres jóvenes que pudieran trabajar como empleadas personales de Kim Il-sung y Kim Jong-il. Una vez seleccionada, la joven debía ingresar en un centro de aprendizaje de estilo militar, y posteriormente se la destinaba a una de las muchas residencias que el líder tenía repartidas por el país. No se le permitía visitar a su familia, la cual recibía regalos caros del Estado a modo de compensación. No se sabía a ciencia cierta qué tipo de tareas desempeñaban las chicas que eran seleccionadas. Era fama que algunas trabajaban de secretarias, criadas y anfitrionas; otras, se rumoreaba, ejercían de concubinas.[11] Mi-ran sabía todo esto por una amiga cuya prima había sido una de las elegidas. “Ya sabes, Kim Tl-sung y Kim Jong-il son hombres como cualesquiera otros”, le había susurrado su amiga. Mi-ran había asentido con aire de complicidad, pero en realidad le avergonzaba admitir que no entendía absolutamente nada. En Corea del Norte, las chicas de su edad no sabían qué era una concubina; solo sabían que era un honor poder prestar un servicio, cualquiera que fuera este, a la élite dirigente. Por lo demás, se seleccionaba exclusivamente a las chicas más inteligentes y más guapas. Cuando entró en la clase el equipo de reclutadores, las estudiantes se sentaron muy erguidas y aguardaron en silencio. Había largas filas de pupitres, con dos chicas en cada uno. Mi-ran llevaba el uniforme de la escuela y unas zapatillas deportivas de cáñamo. Entonces los reclutadores se pusieron a caminar de aquí para allá entre las filas de pupitres, deteniéndose de vez en cuando para contemplar más de cerca a alguna chica. Al llegar al pupitre de Mi-ran aflojaron el paso. —Tú, ponte de pie —le ordenó uno de los reclutadores. Entonces le hicieron señas para que se dirigiera con ellos a la sala de profesores. Otras cuatro chicas aguardaban allí. A continuación revisaron el expediente de Mi-ran y la midieron. Un metro sesenta de estatura: era una de las más altas de la clase. La acribillaron a preguntas: ¿qué notas sacaba? ¿Cuál era su asignatura preferida? ¿Tenía buena salud? ¿Le dolía algo? Contestó con serenidad y, según creyó, correctamente. No volvió a saber nada de ellos. No es que quisiera que la separaran de su familia, pero siempre dolía ser rechazada. Por entonces los hijos de Tae-woo ya se habían hecho cargo de que el problema estaba en el pasado familiar. Empezaron a sospechar que su padre provenía del otro lado de la frontera, porque no tenía parientes en el Norte, pero ¿en qué circunstancias había abandonado el Sur? Ellos daban por sentado que se había comprometido con el comunismo, corriendo a alistarse, como un héroe, en las tropas de Kim Il-sung. Fue el hermano de Mi-ran, finalmente, quien sacó a la luz la verdad. Sok-ju era un joven vehemente que llevaba siempre el ceño fruncido. Se había pasado varios meses estudiando de firme para el examen de acceso a la facultad de magisterio. Llegado el momento, supo contestar a la perfección a todas las preguntas. Cuando le comunicaron que había suspendido, se encaró con el tribunal, exigiendo una explicación. La verdad lo dejó destrozado. En Corea del Norte se había inculcado en los niños la versión norcoreana de la historia. Así, Estados Unidos era la encarnación del mal y los surcoreanos eran los patéticos lacayos de Estados Unidos. Habían contemplado imágenes que mostraban el país arrasado por las bombas norteamericanas. Habían leído que los soldados surcoreanos y norteamericanos se reían burlonamente mientras clavaban sus bayonetas en los cuerpos de civiles inocentes. Los manuales escolares estaban plagados de descripciones de personas abrasadas, apuñaladas, tiroteadas y envenenadas por el enemigo. Saber que su propio padre era surcoreano y que había luchado con los yanquis le resultó demasiado difícil de soportar a Sok-ju. Por primera vez en su vida se emborrachó. Se escapó de casa y durante dos semanas le dio cobijo un amigo suyo, quien acabó convenciéndole de que volviera con su familia. Al fin y al cabo es tu padre —le dijo, queriendo animarle. Sok-ju tomó a pecho sus palabras. Sabía, como cualquier muchacho coreano, y sobre todo tratándose del único hijo varón, que uno debía honrar a su padre. Así que volvió a casa e, hincándose de rodillas, pidió perdón. Era la primera vez que veía llorar a su padre. Los hijos de Tae-woo fueron posiblemente los últimos en saber la verdad sobre su padre. Hacía tiempo que se había corrido la voz en el barrio de que era un soldado surcoreano, y se le había ordenado al inminban, o consejo popular, que vigilara de cerca a la familia. Casi inmediatamente después de enterarse de cómo se llamaba la chica que había visto en el cine, Junsang oyó el rumor. Sabía de sobra que la relación con una chica de ese estatus social podía comprometer su porvenir. No era cobarde, pero era un hijo obediente, producto, como cualquiera que viviese en Corea del Norte, del sistema confuciano. Había venido al mundo, creía, para servir a su padre, y este aspiraba a que su hijo estudiara una carrera universitaria en Pyongyang. Para ello le haría falta no solo sacar las mejores notas, sino mostrar una conducta intachable. El más mínimo desliz podía dar al traste con todo, ya que su propia familia también tenía un pasado problemático. Los padres de Jun-sang habían nacido en Japón, donde habían formado parte de una población de etnia coreana que llegaría a ser de unos dos millones al final de la Segunda Guerra Mundial. Se trataba de una amplia muestra representativa de la sociedad coreana: miembros de la élite que habían acudido allí a cursar sus estudios, trabajadores emigrantes y gente que había sido reclutada a la fuerza para contribuir al esfuerzo bélico japonés. Algunos se habían hecho ricos, pero en todo caso era una minoría, a menudo objeto de desprecio. Ansiaban volver a su patria, pero ¿qué patria? A raíz de la partición de Corea, los coreanos que vivían en Japón se dividieron en dos facciones: los que apoyaban a Corea del Sur y los que simpatizaban con el Norte. Estos últimos se afiliaron a un grupo llamado Chosen Soren, la Asociación General de Coreanos Residentes en Japón. Para estos nacionalistas, la verdadera patria no podía ser sino Corea del Norte, que había sabido, en efecto, romper con el pasado colonial, mientras que el gobierno proestadounidense de Syngman Ree había encumbrado a colaboradores japoneses. Por lo demás, hasta finales de la década de 1960 la economía de Corea del Norte parecía mucho más fuerte. La propaganda norcoreana mostraba niños de mejillas sonrosadas jugando en el campo y aparatos agrícolas ultramodernos recogiendo abundantes cosechas en un país joven y portentoso que prosperaba bajo la sabia dirección de Kim Il-sung. Hoy es fácil catalogar esos carteles chillones como meros exponentes del kitsch socialista, pero en aquel entonces convencieron a muchos. Más de ochenta mil personas sucumbieron a la propaganda, entre ellas los abuelos de Junsang. [12] Su abuelo paterno militaba en el Partido Comunista Japonés e incluso había estado preso en Japón por sus ideas izquierdistas. Demasiado mayor y débil para poder servir al nuevo país, decidió enviar allí a su primogénito. El padre de Jun-sang llegó a aquel mundo feliz en 1962, tras un viaje de veintiuna horas en ferry a través del mar de Japón. Al ser ingeniero, sus conocimientos técnicos eran de gran utilidad, de modo que se le destinó a un módulo de trabajo de una fábrica próxima a Chongjin. Unos años después conoció a una elegante joven que había llegado procedente de Japón con sus padres más o menos en la misma época que él. El padre de Jun-sang era poco agraciado, de hombros caídos y picado de viruela, pero por lo demás inteligente y culto. Su familia solía decir que tenía aspecto de pirata, pero hablaba como un poeta. El caso es que con dulzura y tenacidad logró enamorar a aquella belleza delicada, que acabó aceptando su propuesta de matrimonio. Los padres de Jun-sang habían sabido ahorrar lo suficiente para vivir mejor que la mayoría de los norcoreanos. Se las habían arreglado para conseguir una vivienda independiente, lo que era un lujo, pues así disponían de un jardín en el que poder cultivar legumbres. Hasta la década de 1990 no se les permitió a los norcoreanos cultivar sus propias parcelas de terreno. En la casa había cinco armarios grandes de madera atestados de colchas y prendas de fabricación japonesa. Los norcoreanos dormían al modo asiático, es decir, sobre esteras extendidas en el suelo, y durante el día las guardaban enrolladas en pequeños armarios. En Corea del Norte era común clasificar a la gente por el número de armarios que tenían en casa; cinco eran ciertamente un signo de prosperidad. Por lo demás, los padres de Jun-sang poseían más artefactos y electrodomésticos que ninguno de sus vecinos: un ventilador eléctrico, una televisión, una máquina de coser, una grabadora, una cámara de fotos y hasta una nevera, cosa rara en un país donde casi nadie tenía suficientes alimentos frescos para congelar. Sin embargo, lo más insólito de todo era que Jun-sang tenía una mascota: un poongsan, perro de raza coreana y con abundante pelaje blanco que se asemejaba a un spitz. Algunos coreanos que vivían en el campo tenían perros como animales de granja que criaban principalmente para terminar comiéndoselos en un estofado picante llamado boshintang, pero era en verdad inhabitual tener un perro como mascota del hogar. ¿Quién quería alimentar una boca más? De hecho, los coreanos procedentes de Japón, es decir, los kitachosenjin (así llamados porque Corea del Norte se dice en japonés "Kita Chosen"), vivían en un mundo aparte. Tenían un acento muy marcado y solían casarse entre ellos. Si desde una óptica japonesa no eran ricos ni mucho menos, sin embargo vivían muy bien en comparación con los norcoreanos corrientes. Habían llegado al nuevo país con zapatos de cuero y estupendos jerséis de lana; los demás, en cambio, vestían prendas de poliéster brillante y calzado de cáñamo. Sus familiares les enviaban dinero en yenes, que les servía para comprar electrodomésticos en las tiendas que admitían moneda extranjera. Algunos incluso se habían traído coches de Japón, pero no tardaban en dejar de funcionar por falta de piezas de repuesto, y había que donarlos entonces al gobierno norcoreano. En los años siguientes a su llegada al país, los coreanos procedentes de Japón recibieron la visita frecuente de sus familiares, que llegaban con dinero y regalos en el ferry Mangyongbong-92. Este era gestionado por miembros de Chosen Soren afines al régimen y contaba con el estímulo de las autoridades, interesadas en atraer divisas al país. Por lo demás, el régimen se quedaba con una parte del dinero enviado por los familiares. Con todo, pese a su prosperidad, los coreanos japoneses ocupaban un escalafón muy bajo en la jerarquía social de Corea del Norte. De poco servía, en este sentido, que fueran comunistas declarados y que hubieran renunciado por ello a una vida cómoda en Japón: se les consideraba miembros de la clase hostil. El régimen no se fiaba de nadie que tuviese dinero y no perteneciera al Partido de los Trabajadores. Por otra parte, estaban entre los pocos norcoreanos que podían tener contacto con el exterior, y solo por eso ya no eran de fiar: el poder del régimen dependía de su capacidad para aislar totalmente a los ciudadanos. Los inmigrantes procedentes de Japón tardaron muy poco en abandonar su idealismo. Entre los primeros en llegar hubo algunos que escribieron a casa intentando disuadir a otros de emigrar, pero las cartas fueron interceptadas y destruidas. No pocos, entre ellos algunos miembros destacados de la asociación Chosen Soren, fueron depurados a principios de la década de 1970; los dirigentes de la asociación fueron ejecutados y sus familias enviadas al gulag.[13] Jun-sang había oído a sus padres contar en voz baja estas historias. Venían a por ti sin avisar. Bien entrada la noche, un camión se detenía frente a tu casa. Te daban una hora o dos para recoger tus pertenencias. El miedo estaba tan profundamente arraigado en Jun-sang que era incapaz de verbalizarlo. Era un miedo persistente. Sabía por instinto que debía medir muy bien sus palabras. También se cuidaba mucho de no suscitar envidia. Llevaba calcetines gruesos de lana fabricados en Japón, a diferencia de la mayoría de los chicos, que ni siquiera tenían calcetines, pero trataba de evitar que se los viesen vistiendo pantalones muy largos. Más tarde, al recordar aquella época de su vida, se describiría a sí mismo como un animal de sensibilidad muy desarrollada, de orejas grandes y movedizas, siempre alerta ante la presencia de depredadores. A pesar de sus jerséis abrigados, sus electrodomésticos y su ropa de cama, la familia de Junsang sentía un desasosiego tan profundo como la de Mi-ran. A la madre, que cuando abandonó Japón había sido una adolescente guapa y popular, cada vez le iba entristeciendo más pensar en su juventud perdida. Después de dar a luz a sus cuatro hijos, ya nunca recuperó la salud. El padre se sentaba por las noches a fumar, suspirando apesadumbrado. No pensaban que nadie les pudiese oír una de las ventajas de vivir en una casa independiente, pero lo cierto es que jamás se habrían atrevido a expresar lo que sentían. Les era imposible hablar con franqueza y reconocer de una vez que lo que querían era abandonar el paraíso socialista y regresar al Japón capitalista. De modo que lo no dicho gravitaba siempre sobre la familia. Cada día iban comprendiendo con mayor claridad que habían cometido un error terrible al instalarse en Corea del Norte. Era impensable volver a Japón, eso lo sabían bien, así que tendrían que ser realistas, acomodarse al sistema y tratar de ascender socialmente. La familia tenía depositadas sus esperanzas en Jun-sang. Si consiguiese estudiar la carrera en Pyongyang tal vez terminaría permitiéndosele el ingreso en el Partido de los Trabajadores, y la familia quedaría entonces perdonada por su pasado burgués. En cualquier caso, aquella presión constante le causaba a Jun-sang ansiedad e indecisión. Fantaseaba con la chica que había visto en el cine y dudaba si abordarla o no, pero al final no hizo nada. III UNA VERDADERA CREYENTE El acorazado estadounidense Missouri disparando sus cañones contra Chongjin; octubre de 1950. La ciudad de Chongjin tiene mala fama. Se considera un lugar nada recomendable para vivir, aun comparándolo con otras poblaciones norcoreanas. Apretada entre el mar de Japón, que los coreanos prefieren llamar mar del Este, y una cordillera de granito que serpentea a lo largo de la costa, tiene una población de medio millón de habitantes. La belleza abrupta del litoral recuerda el paisaje de Maine, en Estados Unidos, y las aguas profundas y frías centellean; es peligroso, sin embargo, pescar en ellas a menos que uno disponga de una embarcación muy sólida. El viento azota las montañas, donde apenas se cultiva nada, y en invierno las temperaturas pueden descender los cuarenta grados bajo cero. Solo las tierras bajas, las más próximas a la costa, son aptas para el cultivo del arroz, en el cual se basa la cultura coreana. Históricamente, el éxito en la vida ha dependido para los coreanos de la proximidad al poder; lo que remite a la antigua tradición asiática según la cual, uno debe luchar por dejar atrás la granja y aproximarse al palacio imperial. Chongjin queda prácticamente fuera del mapa de Corea: tan al norte que dista menos de la ciudad rusa de Vladivostok que de Pyongyang. Aun hoy, uno puede invertir hasta tres días en recorrer los cuatrocientos kilómetros que separan Chongjin de Pyongyang; el viaje transcurre en su mayor parte sobre caminos montañosos y sin asfaltar, plagados de peligrosas curvas en zigzag. En la época de la dinastía Chosun, cuando la capital coreana estaba aún más lejos —en el emplazamiento actual de Seúl—, a los funcionarios que suscitaban la ira del emperador se los desterraba a esta región periférica del reino. Quizá debido a la presencia de tantos inconformistas en el pool genético, se cree que el territorio en cuestión —lo que hoy es la provincia de Hamgyong del Norte— engendra a los coreanos más aguerridos y difíciles de doblegar. Hasta el siglo XX, esta provincia situada en el extremo septentrional de Corea y que se extiende hasta el río Tumen, que señala la frontera con Rusia y China, fue tan pobre en población como en importancia económica. Seguramente hubo un tiempo en que los tigres —cuya presencia en los cuentos populares coreanos sigue aterrorizando a los niños— superaban en número a los seres humanos, pero lo cierto es que aquella especie animal desapareció hace mucho. Todo cambió cuando Japón se propuso construir un imperio. La provincia de Hamgyong del Norte se encontraba justo en el camino hacia Manchuria, ciudad que terminaría ocupando el país nipón en vísperas de la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, los japoneses ambicionaban los yacimientos de hierro y carbón situados en las proximidades de Musan, inexplotados en gran parte; surgió así la cuestión de cómo enviar a casa el botín desde la península ocupada. Entonces Chongjin (nombre que deriva de los caracteres chinos que designan la “travesía segura de un río”) no era más que una pequeña aldea de pescadores, pero con el tiempo se transformaría en un puerto capaz de movilizar hasta tres millones de toneladas de carga al año. En el periodo de la ocupación (1910-45), los japoneses levantaron enormes acerías en el puerto de Chongjin y más al sur fundaron la ciudad de Nanam, con grandes edificios modernos y calles organizadas en una cuadrícula rectangular. Fue allí donde situó su cuartel general la 19ª división de infantería del ejército imperial japonés, la cual contribuyó a la invasión de la zona oriental de China. Siguiendo hacia el sur por la costa se llega a Hamhung, ciudad que construyeron los japoneses prácticamente desde la nada. Allí situaron la sede de grandes industrias químicas que producían desde pólvora hasta fertilizantes. Cuando tomaron el poder en la década de 1950, los comunistas reconstruyeron las fábricas que habían sido bombardeadas en las sucesivas guerras y se apropiaron de ellas. Así, la Compañía Japonesa del Acero se convirtió en Complejo Siderúrgico Kim Chaek, la mayor fábrica de Corea del Norte. Kim Il-sung exhibió el poderío industrial de la región nororiental del país como brillante ejemplo de sus logros económicos. Aún hoy, los habitantes de Chongjin apenas conocen la historia de su ciudad —se diría, en efecto, que es una ciudad sin pasado—, ya que el régimen de Corea del Norte se niega a reconocer que nada sea obra de los japoneses. Tras fundarse la República Popular Democrática de Corea siguieron creciendo la población y el prestigio de Chongjin.En la década de 1970 ya era la segunda ciudad más grande del país, con una población de 900.000 habitantes. (Se cree que ha disminuido desde entonces hasta el medio millón aproximadamente, lo que la convertiría en la tercera ciudad, por detrás de Hamhung).[1][2] [3] Chongjin, la “ciudad de hierro” como a veces se la llamaba, fue adquiriendo una importancia económica y estratégica cada vez mayor gracias a su industria del hierro y del acero. De sus fábricas salían relojes, televisores, fibras sintéticas, productos farmacéuticos, herramientas para maquinaria, tractores, arados, placas de acero y municiones. Por lo demás, la ciudad exportaba cangrejos, calamares y otros productos marítimos. Las autoridades norcoreanas tomaron el control del puerto, orientándolo hacia la construcción naval. Se adueñaron de las instalaciones militares japonesas situadas a lo largo de la costa y construyeron bases para instalar misiles que apuntarían a Japón. Sin embargo, los pueblos de los alrededores continuaron siendo vertederos de exiliados; los miembros de las clases hostil y vacilante, entre ellos el padre de Mi-ran, se establecieron en las poblaciones mineras. Pero una ciudad tan importante como Chongjin no podía dejarse en manos de gente que no fuera de fiar, por lo que el régimen precisaba cuadros de dirigentes leales que perteneciesen a las clases principales. Se trataba de evitar que la ciudad se apartase de la línea marcada por el partido. Así pues, Chongjin llegó a tener su propia élite dirigente, que vivía, por cierto, bastante cerca de los exiliados. La interacción entre estos dos grupos, que representaban polos opuestos de la sociedad norcoreana, terminaría por conferir una dinámica singular a la vida de la ciudad. Song Hee-suk era una verdadera creyente. Trabajadora industrial y madre de cuatro hijos, podía considerarse una ciudadana norcoreana ejemplar. Profería los eslóganes de Kim Il-sung sin el menor asomo de vacilación. Observaba estrictamente las normas. La señora Song (como más tarde optaría por llamarse: las mujeres norcoreanas no adoptan el apellido del marido) era tan entusiasta del régimen que costaba poco imaginarla interpretando a la heroína en una película de propaganda. Además había tenido en su juventud el físico adecuado para el papel: la mujer norcoreana prototípica. Su aspecto era, en efecto, muy apreciado por los directores de casting que trabajaban en los estudios de cine de Kim Jong-il: una cara muy rellena que le hacía parecer bien alimentada aunque en realidad no lo estuviese, y una boca arqueada que le hacía parecer feliz incluso cuando estaba triste. La nariz chata y la mirada vivaz hablaban de una persona sincera y proclive a confiar en los demás: y así era, de hecho. Aunque era obvio desde hacía mucho tiempo que algo iba mal, que el sistema no cumplía sus expectativas, seguía sin vacilar en su fe. “Yo no vivía más que para el mariscal Kim Il-sung y para la patria. Jamás se me pasó por la cabeza otra cosa”, me dijo la primera vez que hablamos. La señora Song nació el 15 de agosto de 1945, último día de la Segunda Guerra Mundial. Creció en Chongjin, en una casa próxima a la estación de tren, donde su padre trabajaba de mecánico. Cuando estalló la Guerra de Corea, las fuerzas de Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos trataron de romper las vías de aprovisionamiento y comunicación de los comunistas a lo largo de la costa, por lo que la estación se convirtió en objetivo preferente de los bombardeos. El Missouri y Otros acorazados estadounidenses surcaban las aguas del mar de Japón, disparando sus cañones contra Chongjin y las demás poblaciones costeras. Los aviones de combate estadounidenses sobrevolaban la ciudad con su ruido atronador, aterrorizando a los niños, tan bajo que la señora Song podía distinguir a veces a los pilotos. Durante el día, su madre la llevaba a ella y a sus cinco hermanos —todos ellos niños pequeños— a las montañas, donde estaban a salvo de las bombas. Por la noche regresaban para dormir en un refugio que habían excavado los vecinos en el exterior de la casa. La señora Song temblaba bajo la sábana y se pegaba a su madre y sus hermanos buscando protección. Un día la madre se marchó a averiguar cómo estaba su marido, dejando solos a los niños. El bombardeo había sido intenso la noche anterior, y una de las fábricas que producían piezas de ferrocarril había quedado destruida. Al cabo de un rato regresó llorando; se dejó caer de rodillas y bajó la cabeza hasta el suelo. “Ha muerto vuestro padre”, gimió, abrazando a los niños. La muerte de su padre prestó a la señora Song la aureola que correspondía a la hija de un “mártir de la Guerra de Liberación de la Patria”. Su familia incluso recibió un diploma. Por lo demás, quedó profundamente imbuida del antiamericanismo que había resultado tan decisivo en la configuración de la ideología nacional. Habiendo vivido en medio del caos de la guerra los años en que se es más impresionable, estaba dispuesta a aceptar que el Partido de los Trabajadores organizara meticulosamente su vida. Y era, sin duda, lo bastante pobre para ser considerada un miembro de la clase oprimida que Kim Il-sung afirmaba representar. Era lógico que una joven de credenciales comunistas tan impecables hiciera un excelente matrimonio. Fue un funcionario del Partido de los Trabajadores quien le presentó a su futuro marido. Chang-bo (así se llamaba) también era miembro del Partido: jamás se le habría ocurrido a la muchacha casarse con alguien que no lo fuera. Su padre tenía un buen historial de guerra como agente de inteligencia norcoreano, y su hermano menor ya había logrado ingresar en el Ministerio de Seguridad Pública. Él, por su parte, era licenciado por la Univeridad Kim Il-sung y periodista en ciernes. El periodismo era una profesión de enorme prestigio en Corea del Norte, pues se consideraba a quienes la ejercían los portavoces del régimen. “Todos aquellos que escriben con arreglo a los designios del Partido son héroes”, proclamaba Kim Jong-il. Chang-bo era un hombre atlético y extraordinariamente alto para un norcoreano de su generación. La señora Song apenas medía metro y medio: podía acurrucarse como un pajarito bajo el brazo de Chang-bo. Eran una buena pareja. Jóvenes, guapos y políticamente correctos, sin duda habrían podido aspirar a vivir en Pyongyang. Como esta es la única ciudad norcoreana que visitan con cierta frecuencia los extranjeros, el régimen se cuida mucho de que sus habitantes causen una buena impresión con su aspecto y tengan la suficiente solidez ideológica. No obstante, se decidió que la pareja debía engrosar las filas de los devotos del Partido en Chongjin, donde finalmente se instalarían. El régimen les otorgó ciertos privilegios, entre ellos el de vivir en el mejor barrio de la ciudad. Pese al supuesto igualitarismo imperante en Corea del Norte, las viviendas se distribuyen según los mismos principios jerárquicos que inspiran la investigación sobre el pasado familiar de los ciudadanos. Los peores barrios de Chongjin se encuentran en el sur, cerca de las minas de carbón y caolín; los obreros viven allí con grandes penurias, en casas encaladas del tipo armónica. Hacia el norte la arquitectura se vuelve imponente: la carretera principal, a la altura de Nanam, está flanqueada por edificios más altos, algunos de los cuales tienen hasta dieciocho pisos: el súmmum de la modernidad en la época en que se construyeron. Los constructores incluso dejaron huecos para ascensores, pero no llegaron a instalar las cajas. El diseño arquitectónico de muchos de los bloques de apartamentos que surgieron en la posguerra se basa en la fisonomía de los edificios de Alemania Oriental, adaptada en algunos aspectos a la cultura coreana. Se reservó espacio entre los pisos para el sistema coreano de calefacción oculto bajo el suelo, y se instalaron altavoces en los módulos individuales para emitir avisos a la comunidad. Chongjin es una ciudad mucho menos moderna que Pyongyang, pero aun así irradia poder. Capital actual de Hamgyong del Norte, acoge importantes dependencias administrativas de la provincia y del Partido de los Trabajadores. El centro burocrático de la ciudad forma una cuadrícula ordenada. Hay una universidad, con facultades de ingeniería metalúrgica, ingeniería de minas, ingeniería agrícola, bellas artes y lenguas extranjeras, así como tres facultades de magisterio, una docena de teatros y un museo de historia revolucionaria dedicado a la vida de Kim Il-sung. Frente al puerto oriental se encuentra el hotel Chonmasan, destinado a los visitantes extranjeros, y a pocos metros de allí el consulado de Rusia. Las calles y plazas del centro urbano se construyeron en el estilo monumental entonces tan apreciado en Moscú y otras ciudades del bloque socialista; se trataba de reflejar el poder del Estado sobre el individuo. La anchura de la vía principal que atraviesa la ciudad, y que lleva el sencillo nombre de Carretera no 1, podría permitirle acomodar seis carriles de tráfico (suponiendo que hubiera en Chongjin suficientes coches para circular por ellos). A ambos lados de la vía, repartidos a intervalos regulares como centinelas de guardia, se alzan plátanos y acacias, la parte inferior de cuyos troncos está pintada de blanco: unos dicen que esto sirve para ahuyentar a los insectos; otros, que se trata de proteger los árboles de las temperaturas extremas; y hay incluso quien afirma que de este modo se les recuerda a los ciudadanos que los árboles son propiedad del Estado y no se pueden talar para obtener leña. Los bordillos también están pintados de blanco. Se han colocado entre los árboles los letreros rojos, tan familiares, que recogen eslóganes propagandísticos; detrás de los letreros, farolas muy altas que rara vez se encienden. Las aceras son tan anchas como las de los Campos Eliseos de París —a fin de cuentas, se supone que nos encontramos en un gran bulevar—, aunque algunos peatones prefieren caminar por la carretera, dado el escaso tráfico. No hay semáforos: en su lugar se ven policías de tráfico uniformados ejecutando movimientos robóticos con los brazos. La vía principal desemboca frente al Teatro de la Provincia de Hamgyong del Norte, edificio monumental rematado por un retrato de tres metros y medio de alto de Kim Il-sung. Detrás del teatro termina abruptamente la ciudad, ceñida al noreste por el monte Naka. Hoy en día la ladera está salpicada de tumbas y la mayor parte de los árboles han sido talados para obtener leña, pero el paisaje sigue siendo agradable. Aunque en un principio el centro de Chongjin causa una buena impresión, un examen detenido revela, sin embargo, que se han desprendido trozos de hormigón de los edificios, que todas las farolas están ladeadas en diferentes direcciones y que los tranvías se ven llenos de abolladuras. Pero las pocas personas que visitan la ciudad suelen ir demasiado deprisa para advertir estas imperfecciones. La señora Song vivía en el segundo de un edificio de ocho pisos sin ascensor. Cuando lo vio por primera vez, se quedó asombrada al saber que tenía instalación interior de agua: en la década de 1960, la gente corriente como ella no había visto nunca nada tan moderno. Como de costumbre, el sistema de calefacción estaba oculto bajo el suelo, pero en este caso el calor provenía del agua calentada en una planta hidroeléctrica y canalizada por tuberías hasta el interior del edificio. La joven pareja no tenía muchos muebles, pero por lo menos disponía de dos habitaciones separadas, una para ellos y otra para los sucesivos niños. Su primera hija, Oak-hee, nació en 1966; dos años después vino otra niña, y luego otra. Entonces la medicina coreana ya estaba suficientemente desarrollada para permitir que la mayoría de las mujeres urbanas dieran a luz en un hospital. Sin embargo la señora Song tenía una constitución muy fuerte, por más que la desmintiera su apariencia suave, y parió a todos sus hijos sin ni siquiera la ayuda de una comadrona. A una de las niñas la dio a luz a un lado de la carretera, de camino a casa con la cesta de la colada. Cuando nació la primera hija, su suegra le hizo una sopa de algas fangosas, receta tradicional coreana indicada para ayudar a las madres recién paridas a recuperar sus reservas de hierro. La siguiente vez, disgustada por el hecho de que fuese otra niña, le arrojó las algas a la señora Song para que ella misma se hiciera la sopa. Cuando llegó la tercera niña, dejó de hablarle a su nuera. —Estás condenada a no tener más que niñas —le espetó como frase de despedida. Pero la señora Song perseveró. El cuarto hijo nació una tarde en que estaba sola en casa. Aquel día había vuelto temprano del trabajo porque le dolía la tripa, pero como odiaba estar ociosa se puso a fregar el suelo. Entonces un dolor agudo invadió todo su cuerpo y le hizo precipitarse hacia el cuarto de baño. Un niño, por fin. La señora Song se redimió ante la familia; su suegra le hizo sopa de algas. Chang-bo, que estaba de viaje por motivos de trabajo, se enteró de la noticia al día siguiente. Tomó el primer tren a Chongjin y en el camino se detuvo a comprar una bicicleta de niño como regalo para el bebé. Pese a tener cuatro hijos y hacer todas las tareas domésticas, la señora Song trabajaba seis días a la semana a jornada completa en la fábrica de Confecciones Chosun en Pohang, como administrativa en la guardería que tenía la empresa. Lo cierto es que la buena marcha de las fábricas dependía de las mujeres, ya que el país sufría una perpetua escasez de mano de obra masculina: alrededor del veinte por ciento de los hombres en edad de trabajar pertenecía a las fuerzas armadas, lo que hacía del ejército norcoreano el mayor del mundo en términos proporcionales. La señora Song solía acudir al trabajo con un bebé sujeto a la espalda; a un hijo o dos más los llevaba a rastras. Los niños se criaron sobre todo en la guardería de la fábrica. La jornada era de ocho horas, con un receso para almorzar y echar una pequeña siesta. Después del trabajo tenía que acudir al auditorio de la fábrica, donde dedicaba varias horas a su formación ideológica. Las clases podían versar sobre la lucha contra el imperialismo norteamericano o sobre las proezas (reales o ficticias) que había logrado Kim Il-sung combatiendo contra los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Tenía que escribir redacciones sobre los pronunciamientos más recientes del Partido de los Trabajadores y analizar los editoriales del día del periódico Hambuk Rbo. Cuando por fin volvía a casa ya eran las diez y media. Entonces atendía las labores domésticas y hacía la cena. Se levantaba antes del amanecer y preparaba a su familia (y se preparaba ella) para la jornada que tenía por delante antes de marcharse a las siete de la mañana. Rara vez dormía más de cinco horas. Pero había días más duros que otros. Los miércoles por la mañana se presentaba a trabajar más temprano de lo habitual, pues debía asistir obligatoriamente a la asamblea de la Federación de Mujeres Socialistas. Los viernes por la noche volvía a casa más tarde: ese día tocaba sesión de autocrítica, que consistía en que ella y los demás miembros de su unidad de trabajo —el departamento al que se la había destinado— se ponían de pie sucesivamente y revelaban al grupo cualquier falta que hubiesen cometido. Se trataba de la versión comunista de la confesión católica. En aquellas reuniones la señora Song solía decir con total franqueza que temía no estar trabajando lo suficiente. En verdad lo creía así. Todos esos años sin apenas dormir, de clases y sesiones de autocrítica —los mismos procedimientos empleados para interrogar o lavar el cerebro a una persona— habían anulado en ella toda posibilidad de resistencia. Había sido moldeada hasta convertirse en uno de los seres humanos regenerados que buscaba Kim Il-sung. Este no se proponía tan solo construir un nuevo país, sino forjar personas virtuosas, rehacer la naturaleza humana. Para ello desarrolló su propio sistema filosófico, el Juche, que se traduce comúnmente por “confianza en uno mismo” y se apoya en las tesis marxistas y leninistas sobre la lucha entre terratenientes y campesinos, entre ricos y pobres. Por lo demás, afirmaba que era el hombre, y no Dios, quien forjaba su propio destino. Kim Il-sung rechazaba, sin embargo, el universalismo de la tradición comunista: era un nacionalista a ultranza. Hizo ver a los norcoreanos que eran especiales —casi un pueblo elegido— y que ya no necesitaban a sus poderosos vecinos, a saber, China, Japón y Rusia. Los surcoreanos, en cambio, estaban sumidos en el oprobio por su dependencia de Estados Unidos. ”En resumidas cuentas, establecer el Juche significa tener las riendas de la revolución y la reconstrucción en el propio país. Significa mantener a toda costa una actitud independiente, negarse a depender de otros, discurrir por uno mismo, creer en la propia fortaleza, mostrar ese espíritu revolucionario que es la confianza en uno mismo”, explicaba en uno de sus numerosos tratados. Este planteamiento cautivaba a un pueblo orgulloso que había sido pisoteado por sus vecinos durante siglos. Una vez en el poder, Kim Il-sung reformuló las ideas que había desarrollado en su época de guerrillero antijaponés para transformarlas en instrumentos de control social. Enseñó a los norcoreanos que su fuerza en cuanto seres humanos provenía de la capacidad para someter su voluntad individual a la colectiva. La colectividad no podía hacer simplemente, lo quisiera o no, aquello que hubiese decidido la gente mediante el llamado proceso democrático. La gente debía seguir sin titubeos a un líder absoluto, supremo. Naturalmente, ese líder era el propio Kim Il-sung. [4] Sin embargo no bastaba con eso. Kim Il-sung también pretendía ser querido. Así, surgieron murales con colores muy vivos que lo representaban rodeado de niños de mejillas sonrosadas, que le observaban con arrobo mientras él les sonreía de oreja a oreja, mostrando una dentadura refulgente. En el segundo plano se amontonaban juguetes y bicicletas: Kim Il-sung no quería ser como Stalin, sino como Papa Noel. Sus hoyuelos le hacían parecer más cariñoso que otros dictadores. En definitiva, se le debía considerar un padre en el sentido confuciano: alguien capaz de inspirar respeto y amor. Quería congraciarse con las familias norcoreanas, convencerlas de que eran carne de su carne y sangre de su sangre. Este comunismo de corte confuciano se asemejaba más a la cultura del Japón imperial, donde el emperador era el sol ante el cual se inclinaban todos los súbditos, que a nada concebido jamás por Karl Marx.[5] Todas las dictaduras son iguales hasta cierto punto. Regímenes como el de Stalin en la Unión Soviética, el de Mao en China, el de Ceaucescu en Rumanía o el de Sadam Huseín en Irak ofrecen todos el mismo aspecto: las estatuas que presiden todas las plazas, los retratos que cuelgan en todos los despachos, los relojes con la efigie del dictador. Pero Kim Il-sung llevó más lejos el culto a la personalidad. Lo que lo distinguió de los demás tiranos del siglo XX fue su capacidad para explotar el poder de la fe. Comprendió muy bien, en efecto, el poder de la religión. El hermano de su madre había sido sacerdote protestante en la época precomunista, cuando Pyongyang era conocida como la “Jerusalén del Este” debido a que tenía una comunidad cristiana muy dinámica. Una vez tomado el poder, Kim Il-sung cerró las iglesias, prohibió la Biblia, deportó a los creyentes a regiones remotas y se apropió en parte de la imaginería cristiana, así como de ciertos aspectos dogmáticos, para que sirviesen a su glorificación personal. Los locutores hablaban de Kim ll-sung y Kim Jong-il con el aliento entrecortado, al modo de los predicadores pentecostales. Los periódicos norcoreanos referían fenómenos sobrenaturales. Se decía que unos marineros, agarrados a un barco que se hundía, habían logrado calmar las aguas tormentosas entonando un cántico de alabanza a Kim Il-sung. Se decía también que una vez, estando Kim Jong-il de visita allí, una niebla misteriosa había descendido sobre la zona desmilitarizada, protegiéndolo de unos francotiradores surcoreanos que se encontraban al acecho. Además, el hijo de Kim Il-sung hacía florecer los árboles y derretirse la nieve. Si Kim Il-sung era Dios, entonces Kim Jong-il era el hijo de Dios. El nacimiento de Kim Jong-il, como el de Jesucristo, había sido anunciado, se decía, por una estrella radiante y un precioso arco iris. Una golondrina había descendido del cielo para cantar el nacimiento de un “general que llegará a gobernar el mundo”. Corea del Norte invita a la sátira. Nos reímos de los excesos propagandísticos y de la ingenuidad de la gente. Sin embargo, debemos tener presente que el adoctrinamiento de los norcoreanos comenzaba en la infancia, en las guarderías de las fábricas donde pasaban catorce horas diarias; que durante los cincuenta años siguientes, no escuchaban ninguna canción ni veían ninguna película ni leían en el periódico un solo artículo que no estuviera destinado a divinizar la figura de Kim Il-sung; que el país estaba cerrado herméticamente para evitar que se colara la más mínima duda sobre la divinidad del líder. ¿Quién podría resistir frente a todo eso? En 1972, con motivo del sesenta cumpleaños de Kim Il-sung (el aniversario del líder es un hito tradicional de la cultura coreana), el Partido de los Trabajadores comenzó a distribuir insignias de solapa con su rostro. Pronto se obligó a toda la población a llevarlas en la parte izquierda del pecho, sobre el corazón. En la casa de la señora Song, como en cualquier otra, colgaba un retrato enmarcado de Kim Il-sung en una pared por lo demás desnuda. Los norcoreanos tenían prohibido, en efecto, poner ninguna otra cosa en las paredes; ni siquiera se les permitía colgar fotografías de sus parientes más cercanos: qué otro pariente podía uno necesitar que no fuera Kim Il-sung. Por lo menos esto fue así hasta la década de 1980, en que comenzó a colgarse el retrato de Kim Jong-il, recién nombrado secretario general del Partido de los Trabajadores, junto al de su padre. Más tarde llegaría un tercer retrato, que los mostraba a los dos juntos. A los periódicos norcoreanos les gustaba publicar “historias de interés humano” sobre héroes que habían muerto intentando salvar estos retratos de un incendio o una inundación. El Partido de los Trabajadores los repartía de forma gratuita junto con un paño blanco, que había que guardar en una caja debajo de los retratos, y emplearse solamente para limpiarlos. Esta tarea cobraba especial importancia en la estación lluviosa, cuando asomaba el moho bajo las esquinas de los marcos de cristal. Una vez al mes, más o menos, uno recibía la visita de los inspectores de la Policía de Estándares Públicos, que se encargaban de comprobar la limpieza de los retratos. La señora Song no necesitaba la amenaza de una inspección para limpiarlos. Aun en medio del trajín de la mañana, cuando tenía que enrollar las esteras, preparar las comidas y meter prisa a los niños, no se olvidaba nunca de pasar rápidamente el trapo por su superficie. Por lo demás, a otras mujeres les desagradaba llevar las insignias de Kim Il-sung, porque a menudo dejaban agujeros y manchas de óxido en la ropa, pero no así a la señora Song. Un día, después de cambiarse de ropa a toda prisa, salió de casa sin la insignia; le dio el alto un joven que llevaba el brazalete identificativo de la Brigada de Salvaguarda del Orden Social. Sus miembros eran vigilantes adscritos a la Liga de Jóvenes Socialistas que llevaban a cabo comprobaciones al azar del cumplimiento de la norma sobre las insignias. A quien la infringía por primera vez se le obligaba normalmente a asistir a más clases de ideología; además, recibía un punto negativo en su expediente. No obstante, la señora Song quedó tan horrorizada al caer en la cuenta de que se había dejado la insignia en casa que el chico la dejó marchar tras una simple admonición. La señora Song trataba de vivir de acuerdo con las enseñanzas de Kim Ibsung, que había aprendido de memoria noche tras noche en el auditorio de la fábrica. Hasta sus conversaciones diarias estaban aderezadas con aforismos. “La lealtad y la devoción filial son las virtudes supremas del revolucionario” era una cita especialmente socorrida cuando se trataba de atar corto a un niño díscolo. Sus hijos no debían olvidar jamás que se lo debían todo a los dirigentes del país. Al igual que los demás niños norcoreanos, no celebraban sus cumpleaños, sino solo los de Kim Il-sung (el 15 de abril) y Kim Jong-il (el 16 de febrero), que eran festividades nacionales, y a menudo los únicos días en que la gente recibía carne en su paquete de comida. Más tarde, cuando estalló la crisis energética, serían también los únicos en que había suministro eléctrico. En cualquier caso, unos días antes de cada cumpleaños, el Partido de los Trabajadores entregaba a cada niño más de un kilo de dulces. Era un regalo espectacular para un crío: allí había toda clase de galletas, gominolas, chicles y chocolatinas. Estas delicias no se podían probar hasta el día del cumpleaños, norma de la que algunas madres hacían caso omiso, pero que la señora Song observaba a rajatabla. Llegado el momento, los niños hacían fila frente a los retratos de los dirigentes para manifestarles su agradecimiento. Todos a la vez, y con gran emoción, se inclinaban profundamente. —Gracias, querido padre Kim Il-sung —decían repetidas veces mientras su madre los observaba complacida. Años después, la señora Song recordaría aquella época con nostalgia. Se consideraba afortunada. Chang-bo resultó ser un buen marido: no se acostaba con otras; no les pegaba a ella ni a los niños. Cierto que le gustaba beber, pero era un bebedor alegre, dado a contar chistes entre carcajadas que hacían temblar su (cada vez más) generosa barriga. Eran una familia feliz, llena de amor. La señora Song adoraba a sus tres hijas, a su hijo, a su marido y en ocasiones hasta a su suegra. Y adoraba a Kim Il-sung. Guardaría de aquellos años ciertos recuerdos especialmente entrañables. Algún que otro domingo —pero esto sucedía muy raramente— no iban al trabajo ni ella ni Chang-bo y los niños no estaban en la escuela: entonces podían pasar el día todos juntos, como una verdadera familia. A lo largo de aquellos años consiguieron ir a la playa en dos ocasiones, a pesar de que estaba a tan solo unos pocos kilómetros de su casa. Nadie en la familia sabía nadar, así que se dedicaron a caminar por la arena recogiendo almejas, que luego se llevaron a casa y cocinaron al vapor para la cena. En otra ocasión, cuando su hijo tenía once años, la señora Song lo llevó a visitar el zoológico de Chongjin. Había estado allí de pequeña, en una excursión del colegio. Recordaba haber visto tigres, elefantes, osos y un lobo, pero ahora no quedaban más que unos pocos pájaros. No volvió nunca más. Los problemas comenzaron cuando los hijos llegaron a la adolescencia. La más conflictiva de los cuatro fue la hija mayor. Oak-hee era la viva estampa de su madre: una chica mona, rolliza, con mucho pecho. Había heredado de ella los labios gruesos que sin embargo, a diferencia de la señora Song, tenía perpetuamente fruncidos en un gesto malhumorado. Por lo demás, era de carácter muy difícil. Al contrario que su madre, siempre propensa a perdonar, Oak-hee poseía una extraordinaria capacidad de indignación y daba continuamente la impresión de sentirse agraviada. Al ser la hija mayor de una madre trabajadora que pasaba todo el día, desde el amanecer hasta bien entrada la noche, fuera de casa, tenía que hacerse cargo de gran parte del trabajo doméstico, y no lo hacía de buena gana. Era una mártir, como su madre, y no podía soportar las tareas tontas que hacían la vida tan penosa. No es que fuera vaga; era más bien rebelde. Se negaba a hacer nada que le pareciera insustancial. Se quejaba del “trabajo voluntario” que los adolescentes norcoreanos debían hacer por deber patriótico. A partir de los doce años se organizaba a los chicos en batallones y se los enviaba al campo a cultivar aorroz, trasplantar y desherbar. Oak-hee tenía pavor a la primavera, porque era entonces cuando tenía que dedicarse a levantar cubos de tierra y echar pesticidas que le provocaban escozor de ojos. Cuando los otros chicos desfilaban alegres cantando “Salvaguardemos el socialismo”, ella los observaba en silencio, furiosa. Lo peor con diferencia eran los recorridos por los retretes del edificio de apartamentos. Corea del Norte sufría una escasez crónica de fertilizantes químicos, y como no había muchos animales de granja, era necesario recurrir a los excrementos humanos. Cada familia estaba obligada a enviar todas las semanas un cubo lleno de heces a un almacén situado a muchos kilómetros de distancia, recibiendo a cambio un vale que acreditaba que había cumplido con su deber y que más tarde podía canjearse por comida. Por lo general se encomendaba esa tarea repulsiva a los niños mayores, de modo que Oak-hee se valió de su notable ingenio para buscar un atajo. En realidad, costaba poco hacer trampa. El almacén donde se guardaban los cubos no estaba vigilado (a fin de cuentas, ¿quién podía querer robar un cubo de excremento?). Pensó que podía colarse en el interior, coger un cubo y enviarlo luego como si fuera suyo, recogiendo el vale correspondiente. Cuando volvió a casa, Oak-hee alardeó alegremente de su argucia. Pero la señora Song se puso furiosa al enterarse del engaño. Siempre había sabido que Oak-hee era la más inteligente de sus cuatro hijos: a los tres años ya sabía leer y asombraba a su familia memorizando largos pasajes de los escritos de Kim Il-sung. Sin embargo aquel incidente del cubo confirmó el temor de la señora Song de que su hija fuera una persona individualista, carente del necesario espíritu comunitario. ¿Cómo podría sobrevivir en una sociedad donde todos debían marchar al unísono? Cuando Oak-hee terminó la escuela secundaria, su padre se valió de sus contactos para conseguirle un trabajo en el departamento de propaganda de una constructora. Oak-hee tenía que redactar informes donde se mostraba cómo cierto equipo de trabajo había superado la cuota de producción establecida, o donde se hablaba del extraordinario progreso que estaba logrando la empresa en la construcción de carreteras. La empresa tenía su propio camión; para ser exactos, una furgoneta militar destartalada con el costado cubierto de eslóganes (por ejemplo: “Modelemos toda la sociedad a partir de la idea del Juche”) que hacía recorridos por las obras. Cada vez que la furgoneta pasaba frente a una de ellas, Oak-hee cogía un micrófono y se ponía a leer sus informes; unos altavoces chirriantes pregonaban los éxitos de la compañía. Era un trabajo divertido que no la obligaba a levantar objetos pesados y, como cualquier ocupación relacionada con la propaganda, otorgaba cierto prestigio. La señora Song y su marido querían asegurar del todo el porvenir de Oak-hee encontrándole un buen marido que perteneciese al Partido de los Trabajadores. La señora Song confiaba en dar con alguien que fuera como su marido, así que le dijo a este que buscara una versión más joven de sí mismo. El caso es que un día, en un tren a Musan que había tomado por motivos de trabajo, Chang-bo se sentó al lado de un joven atractivo. Choi Yong-su (así se llamaba) era de una buena familia de Rajin, ciudad situada algo al norte de Chongjin. Era empleado civil del Ejército del Pueblo Coreano; concretamente, tocaba la trompeta en una banda militar. Cualquiera que en el ejército tuviese un puesto superior al de soldado de tropa gozaba de cierto predicamento y podía, por descontado, terminar ingresando en el Partido. Aquel joven parecía prometedor, por lo que Chang-bo le invitó a visitarlo en Chongjin. Oak-hee y Yong-su contrajeron matrimonio en 1988 al modo tradicional norcoreano, es decir, frenta a la estatua de Kim Il-sung, que de forma simbólica presidía todos los matrimonios a falta de sacerdotes. Se vistieron con su mejor ropa —ella, una chaqueta beige y unos pantalones negros; él un traje oscuro— y posaron juntos para una foto, muy tiesos, frente a la imponente estatua de bronce. Depositaron un ramo de flores al pie y dieron así su matrimonio por bendecido por el Gran Líder. Luego regresaron al apartamento familiar a atiborrarse de comida: la señora Song había preparado un banquete. La tradición era celebrar una fiesta en casa de la novia y otra en la del novio, lo que se convertía hasta cierto punto en una competición para ver cuál de las dos familias se lucía más. Estas celebraciones costaban dinero, porque había que invitar a los vecinos y a los compañeros de trabajo. Por lo demás, la familia de la novia debía aportar batería de cocina, un armario lleno de colchas, un espejo y un tocador; quizá también electrodomésticos y una máquina de coser, si era una familia de posibles.La señora Song se sentía insegura: sabía que la familia de Yong-su estaba mejor situada, así que se esmeró por causar una buena impresión. Dispuso varias mesas llenas de comida: pasteles de arroz, abadejo, pulpo hervido, tofu frito, cangrejo peludo y tres variedades de calamar seco. La familia no volvería nunca a tener una comida tan espléndida. Aquel fue también, posiblemente, el momento más feliz del matrimonio de Oak-hee y Yong-su. Él resultó tener afición a un licor de maíz casero llamado neungju. Después de tomarse unas cuantas tazas, su alegre desenfado de músico se esfumaba y asomaba en él una vena mezquina. La actitud chulesca que mostraba entonces le resultó al principio atractiva a Oak-hee, pero luego fue volviéndose cada vez más amenazadora. Pese a que el joven matrimonio tenía su propio apartamento cerca de la estación de tren, Oak-hee se escapaba a menudo a casa de sus padres. Un día aparecía con un ojo morado, al siguiente con el labio roto. Seis meses después de la boda, Yong-su se peleó con un compañero de trabajo y fue expulsado de la banda militar. Entonces se le envió a trabajar a las minas de hierro de Musan: ya no tenía ninguna posibilidad de ingresar en el Partido de los Trabajadores. Uno debía solicitar el ingreso con menos de treinta años y someterse a una evaluación por parte del secretario correspondiente del Partido. El hecho de no ser miembro de este limitaba mucho las perspectivas profesionales de Yong-su. Por lo demás, un embarazo complicado obligó a Oak-hee a dejar su trabajo. La situación del matrimonio se volvió de lo más precaria. Poco después, el hijo de la señora Song también empezó a darle disgustos a su madre. Al contrario que Oak-hee, siempre había sido un hijo ejemplar. Nam-oak se parecía a su padre; medía un metro setenta y cinco y era un muchacho corpulento. Casi nunca levantaba la voz ni se peleaba con nadie. Hacía sin refunfuñar cualquier cosa que le pidiesen sus padres o sus hermanas mayores. A Oak-hee le asombraba que los mismos padres hubiesen podido engendrar a alguien así, tan distinto a ella. “Es tan callado que casi no te das cuenta de que está allí”, solía decir de su hermano pequeño. Por lo demás, era un estudiante más bien mediocre, pero destacaba en deportes y era feliz jugando él solo, dando patadas sin parar a un balón contra la pared de hormigón del edificio de apartamentos. Cuando tenía once años un entrenador midió sus piernas y sus antebrazos y lo fichó para una escuela deportiva especial de Chongjin. Era propio de la política comunista con respecto al deporte de competición que el régimen —y no las familias— decidiera qué niños debían salir de la escuela normal y entrenar para acabar compitiendo en los equipos nacionales. Nam-oak demostró suficientes dotes para ser enviado a Pyongyang a entrenarse como boxeador. Durante los siete años siguientes no se le permitió visitar a su familia sino dos veces al año, doce días en cada ocasión: esas eran sus vacaciones. La señora Song casi no lo veía. Es verdad que él nunca le había llorado en el hombro como sus hijas, pero ahora le parecía un extraño. Entonces se enteró de un rumor alarmante. Nam-oak tenía una novia en Chongjin, una mujer cinco años mayor que él y, al llegar de Pyongyang, se quedaba a menudo en el apartamento de ella. Esto era un escándalo por dos motivos: en Corea del Norte los hombres no salían, por regla general, con mujeres mayores que ellos, y por otro lado estaba muy mal visto tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Nam-oak corría pues el riesgo de ser expulsado de la escuela deportiva y de la Liga de Jóvenes Socialistas, lo que daría al traste con sus posibilidades de ingresar más tarde en el Partido de los Trabajadores. Además, al ser el único hijo varón de la familia, tenía el deber de hacer un buen matrimonio y continuar la línea familiar. La señora Song y su marido trataron de hablar con él, pero no obtuvieron más respuesta que un mutismo incómodo. Así, Nam-oak fue distanciándose cada vez más de su familia, y a veces ni siquiera se molestaba en visitarles durante las vacaciones. Lo siguiente fue que Chang-bo tuvo un problema con la ley. Una noche el y la señora Song estaban en casa viendo las noticias por la televisión en compañía de unos vecinos; eran una de las pocas familias del edificio que tenían televisor, aparato que en 1989 costaba el equivalente a tres meses de salario, es decir unos ciento setenta y cinco dólares, y cuya compra precisaba la autorización especial de la unidad de trabajo del solicitante. Generalmente era el Estado el que, en nombre de Kim Il-sung y como recompensa por servicios extraordinarios, concedía los televisores. Chang-bo se hizo con el suyo gracias a que su padre, agente de inteligencia, había conseguido infiltrarse en la zona enemiga durante la Guerra de Corea. El aparato en cuestión lo había fabricado la empresa japonesa Hitachi, pero el nombre de marca, Sonnamu, que significa “pino”, era coreano. Por lo demás, en Corea del Norte todos los televisores y las radios estaban preajustados —y lo siguen estando— para que solo puedan recibir canales oficiales. Aun así, la programación era bastante entretenida. Una noche cualquiera entre semana, aparte de los discursos habituales de Kim Il-sung, se podían ver emisiones deportivas, conciertos, series dramáticas y películas producidas por el estudio cinematográfico de Kim Jongil. Los fines de semana, como regalo especial, una película rusa.[6][7] La señora Song y su marido estaban orgullosos de su televisor, y cuando estaba encendido solían dejar abierta la puerta del apartamento para que los vecinos pudieran entrar a ver la televisión con ellos; concordaba con el espíritu comunitario predominante en la época. El programa de televisión que puso en apuros a Chang-bo era un reportaje sobre una fábrica de zapatos que producía botas de goma para la estación lluviosa. Se veía una panorámica de los trabajadores —eficientes, circunspectos— en una línea de montaje de la que salían miles de botas. El presentador hablaba con entusiasmo de la extraordinaria calidad de las botas y desgranaba las impresionantes estadísticas de producción. ¡Ya! Si hay tantas botas, ¿cómo es que mis hijos nunca han tenido unas? —dijo Chang-bo en voz alta, riéndose. Las palabras salieron de sus labios antes de que pudiera pensar en las consecuencias. La señora Song nunca supo qué vecino había hablado. En cualquier caso; el comentario de su marido llegó de inmediato a oídos del jefe del inminban (grupo de vigilantes del barrio), quien a su vez informó al Ministerio para la Salvaguarda de la Seguridad del Estado. Este departamento de nombre ominoso viene a ser la policía política del régimen. Dirige una extensa red de informadores: según cuentan los refugiados, hay por lo menos uno por cada cincuenta personas. Ni siquiera la famosa Stasi, órgano de inteligencia de la Alemania Oriental, disponía de una red semejante. Espiar a los propios conciudadanos era una especie de pasatiempo nacional en Corea del Norte. Por un lado estaban los guardias de la Liga de Jóvenes Socialistas, como aquel que dio el alto a la señora Song por no llevar la insignia; también tenían por cometido cerciorarse de que nadie violara el código indumentario vistiendo vaqueros azules o camisetas con caracteres latinos —lo que se consideraba un capricho capitalista— o llevara el pelo demasiado largo. Cada cierto tiempo, el Partido dictaba decretos tales como el que prohibía a los hombres dejarse crecer el cabello más allá de los cinco centímetros (quedaban exentos de la norma los que se estuviesen quedando calvos: su cabello podía medir hasta siete centímetros). En el caso de infracción grave, a uno lo podía detener la Policía de Estándares Públicos. Luego estaban los kyuch'aldae, unidades móviles de policía que recorrían las calles en busca de infractores y tenían derecho a irrumpir en hogares sin previo aviso. Les interesaban aquellos ciudadanos cuyo consumo eléctrico hubiese superado la cuota permitida, que tuviesen una bombilla de más de cuarenta vatios, un fogón eléctrico o un hornillo para arroz. En cierta ocasión, durante una de esas inspecciones sorpresa, unos vecinos de la señora Song trataron de esconder un fogón debajo de una sábana y acabaron provocando un incendio en su apartamento. La policía se presentaba a menudo después de la medianoche para comprobar si había en la casa algún huésped que no tuviera permiso de viaje. Esta era una infracción grave, aun cuando se tratara de un pariente de fuera, y muy especialmente si el huésped resultaba ser un(a) amante. Pero las labores de vigilancia o espionaje no las desempeñaban exclusivamente la policía y las ligas de voluntarios. Todo el mundo debía estar alerta ante cualquier conducta subversiva o cualquier violación de tas normas. El país era demasiado pobre y el suministro eléctrico demasiado precario para permitir la vigilancia electrónica, por lo que la seguridad del Estado también dependía de los denunciantes —privados, de los soplones. Los periódicos publicaban con frecuencia reportajes sobre pequeños héroes, niños que habían denunciado a sus padres. Por tanto, no tenía nada de extraordinario que el vecino le denunciara a uno por hablar más de la cuenta.[8] A Chang-bo lo interrogaron durante tres días. Los agentes le chillaron e insultaron, pero en ningún momento le pegaron: eso es al menos lo que le contó a su mujer. Fue su facilidad de palabra la que lo sacó de aquel aprieto, según aseguraría años después. En su defensa dijo la verdad. —No estaba insultando a nadie. Solo estaba diciendo que todavía no le he comprado a nadie de mi familia un par de botas como esas y que me gustaría hacerlo —declaró con vehemencia. Su alegato resultó convincente. Aparte de eso, su expresión severa y su barriga le hacían rezumar autoridad. Parecía el prototipo de funcionario del Partido. Al final la policía política decidió cerrar el asunto y le dejó en libertad sin cargos. Cuando volvió a casa, su mujer le dio un buen rapapolvo. Aquello fue casi más desagradable que el interrogatorio. Fue la peor pelea que tuvieron jamás. Para la señora Song no era solo que su marido hubiese faltado al respeto a las autoridades: por primera vez en su vida sintió miedo. Ella había mostrado siempre una conducta tan intachable y una lealtad tan sincera al régimen que jamás pensó que pudiera encontrarse en una situación vulnerable. ¿Por qué dijiste una tontería así cuando había vecinos en casa? ¿No te diste cuenta de que podías poner en peligro todo lo que tenemos? —le recriminó furiosa. Lo cierto es que ninguno de ellos era consciente de la suerte que habían tenido. De no haber sido por su pertenencia al partido y su impecable pasado familiar, no le habrían dejado marchar a Chang-bo así como así. También ayudó el hecho de que la señora Song hubiese dirigido en varias ocasiones el inminban del edificio e infundiera respeto a los agentes de la seguridad del Estado. El comentario imprudente de Chang-bo era el tipo de error que podía valerle ser deportado a un campo de prisioneros en las montañas a cualquiera que no gozase de una posición social suficientemente respetable. Sabían de un hombre que había sido deportado a perpetuidad por bromear con la estatura de Kim Jong-il. La señora Song conocía personalmente a una mujer que trabajaba en su fábrica y que también había sido deportada, en este caso por algo que había escrito en su diario. Entonces no había sentido ninguna lástima por ella. “Es una traidora; seguramente se lo habrá buscado”, se había dicho la señora Song. Ahora se avergonzaba de haber pensado una cosa así. El incidente pareció olvidarse. Escarmentado por aquella experiencia, Chang-bo tuvo desde entonces más cuidado con lo que decía fuera del círculo familiar. Sin embargo, sus pensamientos andaban desbocados. Durante muchos años había combatido las dudas que de cuando en cuando se insinuaban en su conciencia. A esas dudas sucedía ahora un escepticismo radical. En cuanto periodista, tenía acceso a más información que ningún ciudadano corriente. Trabajaba en la Corporación Provincial de Radiodifusión de Hamgyong del Norte, donde él y sus colegas escuchaban noticias emitidas por medios extranjeros. Su tarea consistía en depurarlas, es decir, hacerlas aptas para el consumo interior. Así, había que quitar importancia a cualquier cosa positiva que ocurriese en los países capitalistas y sobre todo en Corea del Sur, donde se celebraron los Juegos Olímpicos de 1988. Las huelgas, los disturbios, los asesinatos, las catástrofes que sucedían fuera del país recibían en cambio una amplísima cobertura. Chang-bo se encargaba de elaborar las noticias económicas. Recorría las granjas colectivas, las tiendas y las fábricas, con un bloc de notas y una grabadora, entrevistando a los gerentes. De vuelta en la sala de redacción, escribía con pluma estilográfica (no había máquinas de escribir) las noticias que reflejaban lo bien que iba la economía. Aunque procuraba siempre embellecer los hechos, también se cuidaba de que las noticias parecieran como mínimo verosímiles. Sin embargo, una vez corregidas por sus superiores en Pyongyang, no quedaba ya el menor rastro de la verdad. Chang-bo sabía mejor que nadie que los supuestos éxitos de la economía norcoreana no eran más que fábulas. De ahí que tuviese buenos motivos para burlarse del reportaje sobre las botas de goma. Tenía un amigo de confianza en la emisora de radio que compartía su desprecio creciente por el régimen. Cuando se reunían fuera del trabajo, Chang-bo abría una botella del neungju que preparaba la señora Song, y después de unos cuantos tragos se desahogaban: —¡Menuda sarta de mentirosos! —decía Chang-bo con énfasis, pero cuidándose en todo caso de que su voz no traspasara las paredes de yeso que los separaban del apartamento contiguo. Unos sinvergüenzas, todos ellos. —El hijo es aún peor que el padre. Oak-hee escuchó a escondidas la conversación entre su padre y el amigo, asintiendo con aprobación. Su padre la sorprendió y trató al principio de alejarla de allí, pero acabó desistiendo: tras hacerle jurar que no contaría nada a nadie, decidió confiarse a su hija. Le dijo que Kim Ilsung no era el militante de la resistencia antijaponesa que aseguraba ser, sino más bien un títere de la Unión Soviética. Le reveló que Corea del Sur se había convertido en uno de los países más ricos de Asia, que allí hasta los trabajadores corrientes tenían coche. Le informó de que el comunismo, en cuanto sistema económico, estaba siendo un fracaso. China y la Unión Soviética estaban abrazando el capitalismo. Padre e hija hablaban durante horas, cuidándose siempre de que sus voces no pasaran del susurro para no exponerse al fisgoneo del vecino. Y procuraban hacerlo cuando la señora Song —ella, sí, una verdadera creyente— no estuviera en casa. IV FUNDIDO A NEGRO Imagen de la zona industrial de Chongjin. A principios del año 1990, Alemania estaba en vísperas de la reunificación, y el Muro de Berlín había quedado reducido a un montón de escombros que se vendían como souvenirs. La Unión Soviética estaba empezando a desmembrarse. El rostro de Mao Tse-tung era la imagen que adornaba los relojes kitsch tan apreciados por los turistas norteamericanos que visitaban Pekín. El dictador comunista de Rumanía, Nicolae Ceaucescu, que no por casualidad era íntimo amigo de Kim Il-sung, había sido ejecutado hacía poco por un pelotón de fusilamiento. La gente estaba derribando de sus pedestales y haciendo añicos las estatuas de Lenin. Los cuadros dirigentes de los partidos comunistas en todo el mundo se dedicaban a zamparse Big Macs y a beber CocaCola. Sin embargo, en el reino solitario de Corea del Norte la vida transcurría como siempre. Solo una parte de las informaciones sobre la caída del comunismo pasaban el filtro de los censores norcoreanos, que en todo caso las suavizaban y desfiguraban, imponiéndoles un sesgo inconfundible. Desde el punto de vista del diario Rodong Sinmun, las dificultades de los demás países del bloque comunista eran culpa de la debilidad natural de sus gentes. A la prensa norcoreana le gustaba referirse a la superioridad genética de los coreanos. Así, los europeos del Este y los chinos no eran tan fuertes ni tan disciplinados como ellos. Se habían desviado del verdadero camino del socialismo. Si tuvieran a un genio de la categoría de Kim Il-sung para orientarlos, los demás países comunistas seguirían intactos y estarían prosperando. De acuerdo con las enseñanzas del líder sobre la confianza en uno mismo, los norcoreanos debían ignorar a esos otros países y seguir su propio camino. Por tanto la señora Song se forzó a cerrar los ojos, a pasar por alto los signos inconfundibles de que algo iba mal. Al principio los indicios eran casi imperceptibles: una bombilla que se apagaba unos segundos, después minutos, después horas, después días. La electricidad fue volviéndose cada vez más esporádica, hasta el punto de que ya solo se podía contar con ella unas cuantas noches a la semana, y únicamente por espacio de unas horas. Se cortaba el agua corriente. La señora Song comprendió enseguida que le convenía llenar de agua —cuando la hubiese— el mayor número posible de cubos y macetas. Pero aun así no bastaba para lavar, ya que los grifos del edificio funcionaban con electricidad: cuando esta volvía, ya se había cortado el agua. De modo que cogía varios jarros de plástico y los llevaba a una fuente pública que había en la manzana. Recoger agua se convirtió en costumbre matinal, tras doblar la ropa de cama y quitar el polvo a los retratos de Kim Il-sung. A pesar de que ya no había niños pequeños en casa, tenía que levantarse más temprano que nunca. El tranvía eléctrico que la llevaba al trabajo por la carretera nº 1 solo funcionaba de tarde en tarde, y entonces llegaba atestado de gente, hasta el punto de que algunos viajeros se colgaban de la escalera adosada a la parte trasera. Como no estaba dispuesta a pelear por un sitio con hombres más jóvenes que ella, la señora Song solía ir a pie. Así tardaba una hora en llegar al trabajo. Las fábricas de Chongjin ceñían la costa, extendiéndose a lo largo de casi trece kilómetros desde Pohang, en el norte, hasta Nanam, antigua base militar japonesa, ahora convertida en cuartel general de la 6ª división del Ejército Popular de Corea. Las mayores eran Aceros de Chongjin, Hierros y Aceros de Kimchaek, Química Textil, Construcciones Metálicas, Maquinaria para Minas de Carbón 10 de Mayo, Compañía del Ciervo de Majon, que fabricaba un medicamento a partir de la cornamenta de estos animales. La señora Song trabajaba en el extremo norte de esta zona industrial, en la fábrica local de Confecciones Chosun, que era la mayor empresa nacional del sector. La división de Chongjin empleaba a dos mil personas, todas ellas mujeres a excepción de los altos directivos y los conductores de camiones. Los norcoreanos pasan la mayor parte de sus vidas vestidos con algún tipo de uniforme, de modo que eso era lo que la fábrica producía en masa: uniformes para el colegio, uniformes para tenderos, conductores de tren, jornaleros y, naturalmente, obreros industriales. La ropa se confeccionaba con vinalón, un material sintético duro y reluciente que solo se produce en Corea del Norte. La gente estaba tan orgullosa de este material, inventado en 1939 por un científico coreano, que solía llamarlo la fibra juche. La mayor parte de la producción se localizaba en Hambhung, a 280 kilómetros al sur siguiendo la costa. En 1988 los suministros de la fibra sintética empezaron a llegar con retraso. Se les dijo a la señora Song y otras empleadas que el problema estaba en Hamhung. O se había agotado la antracita, materia prima empleada en la elaboración del vinalón, o la fábrica no disponía ya de suficiente suministro eléctrico: a la señora Song no le dieron nunca una respuesta clara. En todo caso, sin tela no podían hacerse uniformes. Las costureras se pasaban el día barriendo el suelo y sacando brillo a las máquinas, a la espera de la siguiente partida de tejido. En la fábrica reinaba una extraña quietud. Donde antes se oía el traqueteo de las maquinas de coser, ahora solo se oían las escobas. Con el fin de que las mujeres siguieran ejerciendo una ocupación remunerada, los gerentes de la fábrica pusieron en marcha los eufemísticamente llamados “proyectos especiales”. En realidad se trataba de buscar cualquier cosa que se pudiera cambiar por comida. Así, algunos días las mujeres marchaban en perfecta formación hacia la vía del tren provistas de bolsas y palas, y allí se dedicaban a recoger excrementos de perro que podían utilizarse más tarde como fertilizante. Otras veces era chatarra. Al principio se asignaron estas tareas exclusivamente a las costureras, pero pronto tuvieron que desempeñarlas también las mujeres que trabajaban en la guardería, entre ellas la señora Song. Trabajaban por turnos: la mitad de las mujeres de la guardería se quedaba con los niños mientras la otra mitad salía en busca de heces o chatarra. “Ayudaremos al Partido, por muy duro que sea el camino”, debían cantar mientras caminaban. Los gerentes pretendían así mantener alta la moral del grupo. Algunos días iban a la playa a buscar chatarra en las aguas residuales que expulsaba a borbotones la gigantesca acería de la zona. A la señora Song no le gustaba mojarse los pies, ni siquiera en la playa que había junto al parque juvenil de Chongjin, donde recogía almejas con sus hijos cuando eran niños. Como la mayoría de los norcoreanos de su generación, no sabía nadar y le daba pánico, pese a que el agua no era nada profunda. Se arremangaba los pantalones hasta las rodillas y, calzada con unos simples zapatos de cáñamo, recogía los trozos de metal y los cribaba en una cesta especial como si lavara oro. Al final de la jornada los supervisores pesaban el metal para asegurarse de que cada equipo había cumplido con su cuota. Todas las mujeres andaban buscando una forma de eludir estas expediciones tan ingratas. Pese a cobrar una miseria, no se atrevían a dejar sus empleos. Por lo demás, faltar al trabajo suponía perder los cupones que se canjeaban por comida. Y si uno faltaba una semana entera sin motivo enteramente justificado podía terminar en un centro de detención. Algunas se inventaban motivos familiares urgentes, otras conseguían una nota del médico, y el asunto se resolvía en un abrir y cerrar de ojos, con el acuerdo tácito de todos. Los supervisores no examinaban las notas con demasiada atención, porque sabían que las mujeres no tenían nada que hacer. En cambio a la señora Song ni se le pasaba por la cabeza presentar una de esas notas fraudulentas. Le parecía que estaba mal. Así que seguía acudiendo a la fábrica con la puntualidad de siempre. Como las costureras estaban faltando al trabajo, ya no había niños en la guardería. Los jefes trataban de ocupar la jornada con clases sobre Kim Il-sung, pero, al ser cada vez más frecuentes los apagones, casi nunca había suficiente luz. Tras muchos años de sufrir jornadas de quince horas, la señora Song tuvo por fin la oportunidad de descansar. Se echaba largas siestas en su mesa, recostando la mejilla sobre la superficie de madera. Y se preguntaba cuánto tiempo podía durar aquello. Un día la gerente mandó llamar a la señora Song y sus compañeras. La señora Song respetaba a aquella mujer, que pertenecía al Partido y era una comunista devota, una verdadera creyente como ella. Antes tranquilizaba siempre a las empleadas asegurándoles que estaba al llegar una partida de tejido de Hamhung. Ahora, sin embargo, carraspeaba incómoda y le daba apuro hablar. La situación no tenía visos de mejorar, al menos en un futuro próximo. La señora Song y las demás mujeres obstinadas que seguían acudiendo a trabajar... bueno, quizá ya no valía la pena que se molestaran. Vosotras, las ajumma —les dijo, empleando la palabra coreana que equivale a "tita" y que se aplica comúnmente a las mujeres casadas—, deberíais empezar a pensar en otra forma de alimentar a vuestras familias. La señora Song se quedó horrorizada. Aquella mujer no se estaba refiriendo a la prostitución, pero casi; estaba insinuando que debían trabajar en el mercado negro. Como en todos los demás países comunistas, en Corea del Norte había mercados negros. Aunque teóricamente era ilegal la compraventa privada de la mayor parte de los artículos, las normas cambiaban con frecuencia y en todo caso se pasaban por alto muchas veces. Kim Il-sung dio una dispensa para que se pudieran cultivar legumbres en los jardines de las casas y venderlos luego, de modo que se estableció un mercado provisional en un solar situado detrás del bloque donde vivía la señora Song: poco más que un conjunto de toldos instalados en medio del polvo, bajo los cuales se ofrecían unos pocos rábanos y lechugas. De vez en cuando la gente vendía también ropa vieja, objetos de cerámica desportillados y libros de segunda mano. No podía comprarse en el mercado nada recién fabricado: estos productos estaban restringidos a los establecimientos estatales, igual que el grano, y todo aquel al que se le descubriera vendiendo arroz podía recibir una pena de cárcel. A la señora Song le pareció sórdido todo ese ambiente del mercado negro. Los vendedores eran en su mayor parte mujeres mayores, algunas de ellas abuelas. Las veía acuclillarse detrás de las hortalizas sucias que vendían, voceando los precios del modo más grosero. Algunas mujeres hasta fumaban en pipa, pese a que en Corea del Norte una mujer fumando es tabú. A la señora Song le repelían aquellas viejas halmoni, aquellas abuelas. La idea misma de vender algo en un mercado era repugnante. ¡Aquel no era lugar para un auténtico comunista! En realidad los auténticos comunistas no compraban; así de simple. Kim Il-sung había creado la cultura más hostil al consumo que podía concebirse en el siglo xx. En otras partes de Asia abundaban los mercados abarrotados de gente y de mercancías, pero no allí. Los establecimientos más famosos del país eran los dos grandes almacenes de Pyongyang: Gran Almacén nº 1 y Gran Almacén nº 2, se llamaban, y su oferta resultaba casi tan atractiva como sus nombres. Cuando estuve allí en 2005, durante una visita a Pyongyang, vi en la primera planta unas bicicletas de fabricación china, pero no estaba claro si estaban realmente a la venta o solamente se exhibían para impresionar a los extranjeros. Quienes visitaban Pyongyang en la década de 1990 contaban que los almacenes a veces exhibían frutas y hortalizas de plástico pensando en los extranjeros que solo iban de escaparates. Se suponía que los norcoreanos no tenían por qué comprar nada, ya que el Estado, merced a la generosidad de Kim Il-sung, surtía todas sus necesidades. Recibían dos conjuntos de ropa al año, uno para el verano y otro para el invierno, que se entregaban en la unidad de trabajo o el colegio de cada cual, a menudo el día del cumpleaños de Kim Il-sung, reforzando así la idea de que todo lo bueno se debía al líder. No había nada extraordinario. Solo se repartían zapatos de vinilo y de cáñamo, puesto que el cuero era un lujo enorme que únicamente podían permitirse quienes tuviesen una fuente de ingresos complementaria. La ropa provenía de fábricas de confección como la de la señora Song, y casi toda estaba hecha de vinalón, el cual no resistía bien el teñido. De ahí que la gama de colores fuese muy reducida: un añil apagado para los uniformes de los obreros de fábrica, negro v gris para los empleados de oficina. El rojo quedaba reservado para las bufandas que llevaban los niños hasta los trece años en virtud de su pertenencia —obligatoria— a los Jóvenes Pioneros. No era solo que no se pudiera ir de compras: casi no había dinero disponible. Los salarios, raquíticos, eran más bien asignaciones. El salario mensual de la señora Song era de 64 won, que equivalían a 28 dólares al tipo de cambio oficial. Con aquello no se podía comprar ni un jersey de nylon. No daba más que para ciertos gastos accesorios como el cine, el periódico o cortarse el pelo. Comprar tabaco, en el caso de los hombres. Cosméticos, si se era mujer: sorprendentemente, las norcoreanas usaban mucho maquillaje, El lápiz de labios rojo les daba un aspecto retro, como de estrella de cine de la década de 1940, y el colorete rosa un brillo saludable a la piel que volvían pálida los largos inviernos. En Chongjin, cada barrio tenía su propio conjunto de tiendas, todas ellas controladas por el Estado e idénticas a las de cualquier otro barrio. Las norcoreanas cuidaban su aspecto: la señora Song prefería saltarse el desayuno antes que acudir al trabajo sin maquillaje. Su cabello era naturalmente rizado, pero otras mujeres de su edad, en cambio, se hacían la permanente en salones de peluquería que más bien parecían cadenas de montaje, con sillas de barbero para hombres y para mujeres dispuestas en sendas hileras enfrentadas. Los peluqueros eran todos empleados públicos adscritos al Departamento de Consumo, agencia estatal para la que también trabajaban los reparadores de bicicletas y de calzado. Había una tienda de alimentación, una papelería y una zapatería. A diferencia de lo que sucedía en la Unión Soviética, rara vez se veían largas colas. Si uno quería hacer una compra importante —digamos un reloj o un tocadiscos— debía pedir autorización a su unidad de trabajo. No se trataba solo de tener el dinero. El gran logro del sistema norcoreano era la comida subvencionada. Del mismo modo que el presidente estadounidense Herbert Hoover prometió una vez en campaña, según dicen, “poner un pollo en cada cazuela”, así Kim Il-sung quiso dar a los norcoreanos una comida diaria a base de arroz y sopa de carne, El arroz, en especial el blanco, era un lujo en su país. La promesa era generosa pero imposible de cumplir a menos que uno perteneciera a la élite. No obstante, el sistema público de reparto de alimentos sí logró proporcionar a cada ciudadano una mezcla de granos, cuya cantidad se calculaba con gran exactitud en función del rango social y la ocupación. Así, los mineros del carbón no podían recibir más de novecientos gramos diarios, mientras que los empleados de fábrica como la señora Song solo tenían derecho a setecientos. El sistema proporcionaba igualmente otros elementos básicos de la dieta coreana, como salsa de soja, aceite y una espesa pasta roja de judías llamada gochujang. Los días festivos nacionales, como los cumpleaños de la familia Kim, se repartía a menudo pollo o pescado seco. Lo mejor era el repollo, que se distribuía en otoño y servía para hacer kimchi. La conserva de repollo picante es el plato nacional coreano, y además la única comida de base vegetal que uno puede disfrutar en los largos inviernos; en todo caso, ocupa en la cultura nacional un lugar tan importante como el arroz. El régimen comprendió que sin kimchi era imposible tener contenta a la gente. De modo que las familias recibían setenta kilogramos por cada adulto y cincuenta por cada niño; en el caso de la familia de la señora Song la cantidad total llegó a pasar de los cuatrocientos kilos después de que su suegra se instalara a vivir con ellos. Las hojas se adobaban con sal y con grandes cantidades de pimienta roja, y en ocasiones con pasta de judías y gambas pequeñas. La señora Song también hacía kimchi de rábanos y nabos. Se pasaba varias semanas preparándolo y después lo conservaba en grandes tarros de barro, que Chang-bo le ayudaba a transportar al sótano, donde cada familia tenía un contenedor para almacenamiento. La tradición era enterrar los tarros de kimchi en el jardín para mantenerlos fríos pero no helados, por lo que la señora Song y su marido, que vivían en un piso, recurrían a la solución improvisada de amontonar tierra alrededor de los vasos. A continuación cerraban el contenedor con el candado más fuerte que tuviesen. Lo cierto es que en Chongjin abundaban los ladrones de kimchi. Aun en una sociedad tan colectivista como Corea del Norte, nadie estaba dispuesto a compartir su kimchi con un extraño. Contrariamente a lo que afirmaba la propaganda, Corea del Norte no era el paraíso del proletariado, pero aun así los logros de Kim Il-sung no fueron desdeñables. Durante los veinte años siguientes a la partición de la península, en 1945, el norte fue más rico que el sur capitalista. Los expertos que en la década de 1960 empleaban continuamente la frase “milagro económico” se referían a Corea del Norte. Era una proeza el solo hecho de alimentar a la población de una región que durante mucho tiempo había padecido el hambre, y tanto más cuanto que la burda partición de 1945 había dejado en Corea del Sur las mejores tierras de cultivo. Sobre los escombros de un país que había perdido casi toda su infraestructura material y donde el setenta por ciento de las viviendas habían quedado destruidas, Kim Il-sung levantó lo que parecía una economía viable, aunque espartana. Todo el mundo tenía ropa y cobijo. En 1949, Corea del Norte presumía de ser el primer país asiático que había logrado erradicar casi el analfabetismo. En la década de 1960, a los dignatarios extranjeros que visitaban el país —llegaban a menudo en tren a través de la frontera china— se les hacía la boca agua al hablar del altísimo nivel de vida del que evidentemente disfrutaban los norcoreanos. De hecho, miles de coreanos de origen que vivían en China regresaron a Corea del Norte tras huir de la hambruna provocada por el Gran Salto Adelante de Mao Tse-tung. Se instalaron techos de ladrillo en las casas norcoreanas, y en 1970 todos los pueblos disponían ya de electricidad. Incluso una ceñuda analista de la Cia como HelenLouise Hunter, cuyos informes de la década de 1970 sobre Corea del Norte fueron más tarde desclasificados y publicados, admitía a regañadientes que le había impresionado el país de Kim Il-sung.[1][2] Entre los países comunistas parecía más similar a Yugoslavia que a Angola. Era, en definitiva, un motivo de orgullo para el bloque socialista. Solían invocarse sus éxitos sobre todo en relación con Corea del Sur— como prueba de que el comunismo estaba funcionando de hecho.[3] ¿Era realmente así? A decir verdad, el presunto milagro norcoreano fue en gran parte ilusorio: se fundaba en afirmaciones propagandísticas imposibles de corroborar. El régimen de Corea del Norte no publicaba datos económicos; al menos no publicaba datos fiables. Se cuidaba de engañar a los visitantes e incluso a sí mismo: los supervisores tenían tanto miedo de contar la verdad a sus jefes que manipulaban por sistema las estadísticas sobre producción agrícola y rendimiento industrial. Así fue creándose una montaña de mentiras que alcanzaba a las más altas autoridades, por lo que es verosímil que ni el propio Kim Jong-il supiera de antemano que la economía iba a derrumbarse.[4] Pese a su arrogante retórica, trufada de apelaciones al juche y la confianza en uno mismo, lo cierto es que Corea del Norte dependía por completo de la generosidad de sus vecinos. El petróleo que recibía el país era subvencionado, al igual que el arroz, los fertilizantes, los fármacos, los equipos industriales, los camiones y los coches. Los aparatos de rayos X procedían de Checoslovaquia, los arquitectos de Alemania Oriental. Kim Il-sung estimulaba hábilmente la rivalidad entre la Unión Soviética y China, aprovechándola para obtener la mayor ayuda posible. Como un emperador a la antigua usanza, reclamaba tributo a los reinos vecinos: Stalin le envió personalmente una limusina blindada, y Mao un vagón de tren.[5] Kim Il-sung y Kim Jong-il, que a partir de la década de 1980 fue asumiendo poco a poco las funciones de su padre, ofrecían “orientación inmediata” para atajar los problemas del país. Padre e hijo eran expertos absolutamente en todo, desde geología hasta agricultura. “Las instrucciones in situ de Kim Jong-il, su calidez y generosidad, están haciendo progresar extraordinariamente la cría de cabras y la producción láctea”, aseveraba la Agencia Central de Noticias Coreana tras la visita de Kim Jong-il a una granja de cabras cerca de Chongjin. Un día el hijo de Kim Il-sung decretaba que el país debía sustituir el arroz por la patata como alimento básico; al día siguiente decidía que el remedio para la escasez de alimentos estaba en la cría de avestruces. Así el país andaba aturdido por una sucesión inacabable de iniciativas y planes a cual más descabellado. Una proporción enorme de la riqueza nacional se dilapidaba en las fuerzas armadas. El presupuesto de defensa de Corea del Norte absorbe el veinticinco por ciento del producto nacional bruto (en los países industrializados representa, en promedio, menos del cinco por ciento); a pesar de que la península coreana no ha conocido ningún conflicto armado desde 1953, Corea del Norte mantiene un ejército de un millón de hombres, el cuarto más grande del mundo, para un país que es la cuarta parte de España en extensión. Por lo demás, la máquina de propaganda del régimen azuza la histeria colectiva advirtiendo de una inminente invasión por parte de los imperialistas belicosos. En 1991 Kim Jong-il, que había ido ascendiendo rápidamente en el Politburó mientras se le preparaba para la sucesión, fue designado comandante supremo de las fuerzas armadas de Corea del Norte. Unos años después se instalaron en todo el país, junto a los monumentos juche, carteles que exhibían un nuevo eslogan, songun, es decir, “el ejército es lo primero”: el Ejército Popular de Corea ocupaba por tanto un lugar central en todas las decisiones políticas. Kim hijo había dejado atrás hacía tiempo sus escarceos con el cine para dedicar su atención a los juguetes en verdad importantes: las armas nucleares y los misiles de largo alcance. Desde el bombardeo de Hiroshima al final de la Segunda Guerra Mundial, Kim Il-sung había soñado con hacer de su país una potencia nuclear. Con este fin venían desarrollándose desde la década de 1960 las investigaciones con plutonio en una planta nuclear de diseño soviético situada en Yongbyon, en las montañas al norte de Pyongyang. Sin embargo fue Kim Yong-il quien aceleró el programa nuclear, creyendo, al parecer, que eso serviría para fortalecer la posición de Corea del Norte y la suya propia en un momento en el que veía declinar el prestigio internacional del país. Así, en lugar de reconstruir la infraestructura y las fábricas obsoletas, el régimen optó por invertir en programas secretos —y muy costosos— de desarrollo de armamento: era necesario, según aseguraba, contar con una fuerza nuclear disuasoria frente a un posible ataque norteamericano. En 1989 comenzó a desarrollarse en Yongbyon una planta de reprocesamiento de varillas de combustible para la producción de plutonio apto para fabricar armas. A principios de la década de 1990, la CIA estimaba que existía ya material fisionable suficiente para dos bombas nucleares. “A Kim Jong-il no le importaba llevar al país a la bancarrota. Veía en los misiles y las armas nucleares la única manera de mantenerse en el poder”, me contó Kim Dok-hong, un disidente de alto rango que había residido en Pyongyang, en el curso de una entrevista que mantuve con él en Seúl en 2006. El programa armamentístico de Corea del Norte no podía llegar más a destiempo. Kim Jong-il comprendía que la Guerra Fría había terminado, pero no parecía darse cuenta de que a sus antiguos benefactores comunistas les interesaba más ganar dinero que financiar una dictadura anacrónica con ambiciones nucleares. Por lo demás, la economía del gran rival, Corea del Sur, adelantó por primera vez a la norcoreana a mediados de la década de 1970, y en la década siguiente ya había logrado hacerle morder el polvo. Qué importaba la solidaridad entre países socialistas: China y la Unión Soviética querían hacer negocios con compañías como Hyundai y Samsung y no con empresas públicas del norte que no pagaban puntualmente las facturas. En 1990, un año antes de derrumbarse, la Unión Soviética estableció relaciones diplomáticas con Corea del Sur, lo que resultó demoledor para la posición internacional de Corea del Norte. China siguió su ejemplo dos años después. Los acreedores se iban cansando de que Corea del Norte no devolviera sus préstamos, cuyo valor total ascendía a diez mil millones de dólares a principios de la década de 1990. Moscú decidió que aquel país debía empezar a abonar los precios de mercado soviético que regían en todo el mundo, olvidándose de las tarifas privilegiadas que hasta entonces había brindado en virtud de la amistad entre aliados comunistas. A China, que suministraba a Corea del Norte las tres cuartas partes de su fuel y las dos terceras partes de sus importaciones de alimentos, le había gustado presumir hasta entonces de que los dos países eran “como uña y carne”, pero ahora lo único que quería era cobrar al contado. El país no tardó en entrar en una espiral mortífera. Sin fuel ni materias primas no podía mantener en funcionamiento las fábricas, así que no había nada que exportar. Sin exportaciones no se podía obtener moneda fuerte, y sin moneda fuerte no se podía evitar que las importaciones de fuel disminuyesen aún más y cesara el suministro eléctrico. Las minas de carbón no podían funcionar sin electricidad, ya que se precisaban grifos eléctricos para el bombeo de agua. La escasez de carbón agravó la escasez de electricidad, y en consecuencia bajó aún más la producción agrícola. Ni siquiera las granjas colectivas podían funcionar bien sin corriente. Nunca había sido fácil obtener de las tierras pobres de Corea del Norte cosechas suficientes para abastecer a una población de veintitrés millones de habitantes y, por lo demás, las técnicas agrícolas que se habían desarrollado para aumentar el rendimiento dependían de sistemas de riego artificial mediante bombas impulsadas eléctricamente, así como de fertilizantes químicos y pesticidas producidos en fábricas que ahora se cerraban por falta de fuel y de materias primas. Los alimentos empezaron a agotarse: la población pasaba hambre, por lo que carecía de la energía suficiente para trabajar y la producción disminuía aún más. La economía estaba en caída libre. Corea del Norte es (y lo sigue siendo en el momento en que escribo este libro, en 2009) el único lugar del mundo donde casi todos los alimentos básicos se cultivan en granjas colectivas. El Estado confisca la totalidad de la cosecha y luego devuelve una porción al granjero. A principios de la década de 1990, los granjeros, que pasaban hambre a medida que iban reduciéndose las cosechas, empezaron a esconder parte de ellas: se contaba que algunos tejados se habían derrumbado debido al peso del grano que se hallaba oculto en el alero. Por otro lado, fueron desatendiendo cada vez más los campos de propiedad colectiva y ocupándose de los jardines privados que tenían junto a sus casas, así como de las pequeñas parcelas escarpadas que a veces conseguían labrar en las laderas vírgenes de las montañas. Atravesando el campo norcoreano, uno observaba con claridad el contraste entre los jardines privados, rebosantes de hortalizas, con los rodrigones de las judías elevándose hacia el cielo y las parras encorvándose bajo el peso de las calabazas, y, justo al lado, los terrenos colectivos, que cubrían hileras irregulares de raquíticos maizales: los habían plantado, en cumplimiento de su deber patriótico, los llamados voluntarios. Pero los habitantes de las ciudades llevaban las de perder, pues carecían de tierra donde cultivar sus propios alimentos. Desde que se casó, la señora Song acudía cada quince días, provista de dos bolsas de plástico, al mismo centro de distribución de comida, que estaba en ese mismo barrio, entre dos complejos de apartamentos. No era como un supermercado normal, donde uno coge lo que quiere de los anaqueles: las mujeres tenían que guardar cola en el exterior del establecimiento, que por lo demás no tenía ningún tipo de letrero identificativo, frente a una verja de metal que se abría cada cierto tiempo. Cada mujer tenía unos días asignados -en el caso de la señora Song, el tres y el dieciocho de cada mes-, pero aun así había que esperar a menudo varias horas. En el interior había una habitación pequeña con paredes blancas de hormigón y sin calefacción. Una mujer de aspecto triste estaba sentada detrás de una mesa cubierta de libros de contabilidad. La señora Song le entregaba su libreta de racionamiento, una pequeña suma de dinero y los cupones de la fábrica que acreditaban que había cumplido con sus obligaciones. Entonces la empleada calculaba las raciones a las que tenía derecho la familia: 700 gramos diarios para ella y Chang-bo, 400 gramos para su suegra —las personas jubiladas obtenían menos— y 500 por cada niño que aún viviera en casa. Si algún miembro de la familia estaba de viaje, se deducían las raciones correspondientes a los días de ausencia. Una vez hechos los cálculos, la empleada cogía el sello oficial, lo mojaba en tinta roja y lo estampaba muy orgullosa en el recibo y en dos copias más, entregándole una de ellas. En la parte de atrás del almacén, donde se guardaban grandes tinajas de arroz, maíz, cebada y harina, otro empleado pesaba las raciones y después las introducía en las bolsas de plástico que había llevado la señora Song. Uno nunca sabía bien lo que iba a encontrar en las bolsas: a veces la cantidad era algo mayor que la que le correspondía, otras veces era un poco menor. Años después, al recordar aquella época, la señora Song sería incapaz de precisar la fecha —1989, o 1990, o tal vez 1991— en que las raciones comenzaron a esfumarse: al recibir la bolsa, ya no le hacía falta echar una ojeada al contenido, sabía que iba a confirmar su decepción. Les estaban dando por sistema menos de lo debido. Así, un mes recibía la cantidad de comida correspondiente tan solo a veinticinco días; otro mes, la de diez. Por lo demás, y pese a las promesas de Kim Il-sung, el arroz era un artículo de lujo para los norcoreanos. Pero ahora era más habitual que nunca recibir solamente maíz y cebada. El aceite siempre se había repartido de forma esporádica, pero ahora no se repartía nunca. La señora Song era poco dada a quejarse, pero en todo caso no habría podido hacerlo ni aunque hubiese querido. —Si hubiese puesto el grito en el cielo me habrían detenido en el acto —me diría años después. El gobierno norcoreano daba las más diversas explicaciones, desde lo manifiestamente absurdo a lo escasamente verosímil. Se le decía a la gente que las autoridades estaban almacenando comida para poder alimentar a las masas hambrientas de Corea del Sur el día feliz en que se consumara la reunificación. También se le decía que Estados Unidos había impuesto un bloqueo contra el país que impedía la llegada de alimentos. Falso, pero aun así creíble: a principios de 1993, Corca del Norte había amenazado con retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear, y el entonces presidente norteamericano Bill Clinton le había advertido, en efecto, de que podía enfrentarse a sanciones. A Kim Il-sung le convenía buscar culpables en el exterior. Siempre cabía apuntar a Estados Unidos, chivo expiatorio predilecto de Corea del Norte. “El pueblo de Corea lleva mucho tiempo sufriendo el bloqueo y las sanciones de los imperialistas norteamericanos”, aseveraba el periódico Rodong Sinmun. A los coreanos les gusta considerarse un pueblo correoso, y es verdad que lo son. Por eso la máquina de propaganda del régimen decidió lanzar una nueva campaña que alimentaba el orgullo de los ciudadanos recordando un episodio, en su mayor parte apócrifo, del período 1938-39: Kim Il-sung capitaneando un pequeño grupo de guerrilleros antijaponeses que “combatían contra miles de enemigos a veinte grados bajo cero, arrostrando el hambre y una intensa nevada, y frente a ellos, la bandera roja tremolando al viento”. La Ardua Marcha, como solían llamarla, se convertiría más tarde en una metáfora de la hambruna. El Rodong Sinmun exhortaba a los norcoreanos a recordar el sacrificio de Kim Il-sung para afrontar con fortaleza el hambre. Ningún poder en el mundo puede impedir al pueblo coreano avanzar hacia la victoria, guiado por el espíritu de la Ardua Marcha. La República Popular Democrática de Corea será siempre una nación poderosa. Así, soportar el hambre pasó a ser un deber patriótico más. En Pyongyang se instalaron carteles que proclamaban el nuevo eslogan: “Hagamos dos comidas al día”. Se emitió por televisión un reportaje sobre un hombre que había reventado literalmente, se decía, después de comer demasiado arroz. En todo caso, la escasez de alimentos era pasajera: los periódicos publicaban declaraciones de las autoridades agrícolas del régimen asegurando que se esperaban cosechas abundantes de cereal. Cuando en 1992 la prensa extranjera informó sobre los problemas que sufría el país, la agencia de noticias oficial se mostró indignada. El Estado proporciona a los ciudadanos comida muy barata, hasta el punto de que no saben cuánto cuesta el arroz. Esta es la realidad de la mitad norte de Corea. Todos los ciudadanos viven felices, y la comida no es en absoluto una preocupación para ellos.[6] Los norcoreanos no podían pararse a pensar en las contradicciones y las mentiras flagrantes del régimen sin colocarse en una situación peligrosa. No había nada que hacer. No podían huir de su país ni derrocar al gobierno, ni tan siquiera protestar. El ciudadano medio debía forzarse a no pensar demasiado si no quería verse como un apestado. Luego estaba el instinto natural de supervivencia, que le hace a uno ser optimista. Como los judíos alemanes que a principios de la década de 1930 se decían que las cosas no podían empeorar, los norcoreanos tendían a engañarse. Pensaban que aquella situación era pasajera, que todo iría a mejor. Un estómago hambriento no debería creerse una sola mentira, y sin embargo así sucedía, por alguna razón, en Corea del Norte. Además de lanzar una nueva campaña de propaganda, el régimen incrementó su red de vigilancia interior. Cuantos más motivos hubiese para protestar, tanto más importante era vigilar que nadie lo hiciese. Desde principios de la década de 1970, la señora Song venía ejerciendo periódicamente de inminbanjang, es decir, jefe del consejo de su barrio. Cada año los vecinos elegían un líder, que por lo general era una mujer de mediana edad. La señora Song era adecuada para el cargo, por ser resolutiva, metódica y leal, y por tener además lo que los coreanos llaman buen nunji, palabra que se traduce aproximadamente por “intuición”. Se llevaba bien con todo el mundo. Entre sus cometidos estaba elaborar listas de tareas: decidía, por ejemplo, cuál de las quince familias de su bloque debía limpiar las aceras, podar el césped frente al edificio o recoger y reciclar la basura. También estaba obligada a informar a las autoridades de cualquier actividad sospechosa. Le asignaron una agente del Ministerio para la Salvaguarda de la Seguridad del Estado. La camarada Kang era unos años mayor que ella y estaba casada con un funcionario del Partido de los Trabajadores del que se decía que disfrutaba de contactos en Pyongyang. Cada pocos meses se reunían: a veces el encuentro tenía lugar en las dependencias locales del ministerio; otras veces la camarada Kang acudía al apartamento de la señora Song para tomar una taza de whisky de maíz casero mientras escuchaba el parte sobre el barrio. La señora Song nunca tenía gran cosa que contar. La vida en el edificio de apartamentos era muy tranquila. Nadie se metía en líos: la única excepción fue Chang-bo, aquella ocasión en que habló más de la cuenta sobre las botas. A partir de cierto momento, la camarada Kang se volvió más inquisitiva. Cuando comenzó a escasear la comida, quiso saber si la gente estaba criticando al régimen. —¿Se quejan de la comida? ¿Qué es lo que dicen? —le preguntó un día. La había estado esperando frente al edificio, y al verla llegar la había abordado en la puerta. No dicen nada —declaró la señora Song. Era verdad. De hecho, había notado que la gente interrumpía bruscamente las conversaciones cuando la veía. Cada vez que entraba en una habitación se hacía un silencio incómodo. Todo el mundo sabía que la inminbanjang informaba de todo a los agentes de la seguridad nacional. La camarada Kang no se dio por satisfecha. —Deberías quejarte tú primero. Les preguntas por qué ya no se reparte comida y compruebas su reacción —susurró, echando una ojeada a su alrededor para asegurarse de que no la oyeran. La señora Song asintió débilmente, deseando escabullirse. No tenía la menor intención de hacer lo que le pedía la camarada Kang, porque sabía que ningún vecino suyo estaba involucrado en actividades subversivas. Allí no había ningún enemigo del Estado. Y se sentía demasiado cansada como para preocuparse por cuestiones ideológicas. La falta de comida la debilitaba. No paraba de darle vueltas a la cabeza, angustiada, porque las cuentas no le salían. Se preguntaba cómo podía conseguir comida para su familia. La fábrica de confección había dejado de funcionar del todo en 1991, y ella llevaba un año sin cobrar; no recibía más que cupones de comida, que ahora ya no servían para nada porque el centro de distribución se había quedado sin alimentos. Antes su marido recibía algunos regalos —en forma de aceite, galletas saladas, tabaco, alcohol u otros productos— por hacer horas extra: eso también se había terminado. Los anaqueles de las tiendas estatales estaban vacíos. Tras el cierre de la fábrica, la señora Song se tragó los escrúpulos que hasta entonces la habían alejado del mercado negro. Lo cierto es que allí todavía quedaba comida, aunque los precios eran prohibitivos. Un kilo de arroz costaba veinticinco won, cuando en el centro de distribución no pasaba de diez céntimos de won. Seguía pareciéndole ridícula la idea de intentar trabajar en el mercado negro. ¿Qué iba a hacer allí? No podía vender hortalizas porque carecía de terreno donde cultivarlas. Sus aptitudes para los negocios se reducían a saber contar con el ábaco. Por lo demás, los cuatro hijos y la boda de la mayor les habían impedido ahorrar. Entonces se preguntó si no debía tratar de vender algún objeto de la casa. Hizo un inventario mental de todos sus bienes. El cuadro oriental. El televisor. Los libros de su marido. ¿La máquina de coser, quizá? Al tiempo que la señora Song hacía estas cábalas, miles de personas estaban en las mismas: ¿qué tenían para vender? ¿Dónde podían conseguir algo de comida? Chongjin era ante todo una jungla de hormigón. Todo lo que no fuese la escarpada ladera de una montaña había sido asfaltado hacía tiempo. Uno no podía ir al bosque a cazar pájaros ni a coger moras. La playa donde antes recogía marisco la familia de la señora Song se hallaba casi arrasada, y en todo caso la profundidad del agua no permitía pescar desde la orilla. Las únicas tierras de cultivo que uno podía encontrar en la ciudad eran las parcelas de hortalizas y los maizales situados en las pequeñas ensenadas de Nainam. La gente se desplazaba cada vez más lejos en busca de comida. Un destino muy habitual eran los huertos del condado de Kyongsong, a unos cinco kilómetros de distancia. Los fines de semana, las familias de Chongjin se encaminaban a pie hacia allí, a menudo fingiendo que iban de excursión: nadie quería reconocer que le impulsaba el hambre. Una granja colectiva administraba los huertos, donde se cultivaban unas peras coreanas muy típicas que más tarde se exportaban a Japón a cambio de yenes. La pera coreana tiene más o menos la forma y el tamaño de un pomelo, la textura firme de una manzana y color bermejo. Las frutas a menudo caían de los árboles y rodaban bajo la valla que rodeaba el huerto, lo que hacía muy fácil robarlas. Entre los ladrones había no pocos niños: dado que los almuerzos escolares fueron haciéndose cada vez más escasos hasta desaparecer del todo, los alumnos empezaron a hacer novillos para buscar comida. No les costaba nada deslizarse bajo las vallas. Años después, un joven me contaría con cierto orgullo cómo en 1992, cuando tenía diez años, había logrado trepar al parachoques trasero de un autobús y hacer todo el trayecto hasta la última parada, en Nanam. Después había caminado durante una hora. Como era pequeño y estaba solo, había pasado totalmente inadvertido. Al llegar al huerto se deslizó a través de la valla y empezó a guardar peras en un saco. “Cogí todas las que pude y luego las repartí entre mis amigos”, me dijo. Pero había recuerdos amargos. Kim Ji-eun, quien hacía poco se había licenciado en medicina y estaba haciendo prácticas clínicas, se encaminó a los huertos un fin de semana en compañía de sus padres, su hermana casada, su yerno y dos niños pequeños. Los niños no paraban de llorar y hubo que llevarlos en brazos todo el camino, así que no llegaron al huerto hasta la media tarde, cuando ya se les había adelantado demasiada gente. Encontraron en el suelo una pera ligeramente podrida, se la llevaron a casa y la hirvieron, partiéndola luego en cinco pedazos a repartir entre los niños, los padres de Kim Ji-eun y su cuñado. Ni Kim Ji-eun ni su hermana la probaron. Aquel día fue el y de septiembre de 1993. Kim Ji-eun no lo olvidaría jamás porque fue la primera vez en su vida que pasó un día entero sin comer. Pocos más podían recordar aquel tiempo con tanta claridad. El fin de una era no llegó en un momento determinado. La gente tardaría aún varios años en comprender que su mundo se había transformado de manera irreversible. V ROMANCE VICTORIANO Centro Cultural del Condado de Kyongsong. Siendo estudiante de secundaria, Mi-ran observó por primera vez que los habitantes de la ciudad iban al campo en busca de comida. Cuando se dirigía en bicicleta a Chongjin, los veía caminando hacia los huertos que flanqueaban la carretera, con unos sacos de arpillera que les daban aspecto de mendigos. Algunos seguían camino hacia los campos de maíz que se extendían varios kilómetros hacia el sur desde el pueblo de Mi-ran hasta llegar al mar. A la gente de la ciudad también se la veía recogiendo leña en las montañas próximas a las minas de caolín donde trabajaba su padre. Todo esto era sorprendente, porque ella siempre había creído que los habitantes de Chongjin eran mucho más pudientes que los de Kyongsong. En Chongjin estaban las universidades, los grandes teatros y los restaurantes: esos lugares eran para los miembros del Partido de los Trabajadores y sus parientes, no para una chica como ella. Kyongsong era básicamente un conjunto de aldeas situadas alrededor de un centro muy pequeño, una especie de Chongjin en miniatura, con una avenida principal desmesuradamente ancha presidida por un enorme monumento de piedra que conmemoraba la victoria de Kim Il-sung sobre los japoneses en la Segunda Guerra Mundial. Había un par de fábricas de cerámica que procesaban el caolín procedente de la mina donde trabajaba el padre de Mi-ran, y otra fábrica que producía componentes eléctricos. Esta última había sido bautizada como “Fábrica del 5 de junio” en recuerdo del día de 1948 en que había tenido lugar la visita de Kim Il-sung, en el curso de la cual el líder había ofrecido sus famosos consejos in situ. No es que la aldea de Mi-ran estuviese en el campo, pero allí había, ciertamente, mucha más tierra disponible que en la ciudad. Cerca de la costa el terreno era plano, arenoso y relativamente fértil. En el interior las montañas estaban cubiertas por una espesa masa de pinares. En las estrechas franjas de terreno situadas entre las casas de tipo armónica se cultivaban con esmero pimientos rojos, rábanos, lechugas y hasta tabaco, puesto que era más barato liar los propios cigarrillos que comprarlos y, por lo demás, casi todos los hombres fumaban. Las familias cuyas casas tenían tejados planos solían colocar encima unas macetas con legumbres. Estos esfuerzos agrícolas eran demasiado modestos para contrariar a las autoridades comunistas. En un principio, antes de que se agravara la escasez de alimentos, permitieron alejar el fantasma del hambre. Cuando el sueldo que percibía el padre de Mi-ran por trabajar en las minas se fue reduciendo hasta desaparecer del todo, su madre decidió echar el resto para asegurar la subsistencia de la familia. Nunca había sido una gran ama de casa, pero era mujer de recursos cuando se trataba de hacer dinero. De modo que se lanzó a coser y fabricar tofu casero, y durante un tiempo incluso crió cerdos, pese a que no conseguía tenerlos bien alimentados. Tuvo más éxito con una receta que inventó para hacer un sucedáneo de helado. En efecto: compró un congelador de segunda mano al que llamaban “la máquina del Polo Norte”, y como era casi imposible comprar leche y nata, aprovechaba el agua que le sobraba de la fabricación de tofu, aderezándola con judías rojas y azúcar, vertía este extraño brebaje en unas bandejas para cubos de hielo y lo ponía a congelar. Lo cierto es que a los coreanos les encantaba concederles caprichos a los hijos pequeños, y cuando tenían suelto un won se lo entregaban al niño. De vez en cuando la madre de Mi-ran colocaba los helados en la parte trasera de la camioneta de un amigo e iba vendiéndolos por la calle. Hacía así caso omiso de los decretos del Partido de los Trabajadores que prohibían las actividades económicas privadas. No era una rebelde, sino más bien una mujer pragmática que no pensaba demasiado en cuestiones ideológicas. El dinero que ganó vendiendo aquel sucedáneo de helado le permitiría comprar maíz en el mercado negro, y a veces también arroz. El admirador secreto de Mi-ran también estaba a salvo del hambre. Los abuelos paternos de Jun-sang llegaban casi todos los años en ferry desde Japón a visitar a la familia. A principios de la década de 1990, el barco ya no atracaba en Chongjin, sino en el puerto de Wonsan, situado más al sur siguiendo por la costa oriental del país. La familia acudía al puerto a recibirlos: tenía lugar entonces un ritual de lágrimas y abrazos que el abuelo (o harabogi) de Jun-sang aprovechaba para deslizar un sobre lleno de dinero en el bolsillo de su hijo. Tenía que hacerse de manera muy discreta para que nadie con autoridad los viese y exigiera luego una parte del dinero. En ocasiones el sobre contenía más de dos mil dólares en yenes. Y es que los coreanos que vivían en Japón sabían de sobra que sus parientes en Corea del Norte estaban abocados a pasar hambre si no disponían de moneda fuerte. La familia de Jun-sang también tenía la suerte de contar con un jardín privado. El padre, jardinero meticuloso, dividía su modesta parcela tapiada en diminutas subparcelas donde cultivaba hortalizas y se afanaba sobre ellas con un cariño y una atención que rara vez había mostrado a sus hijos. Apuntaba en un cuadernito el número de semillas que había plantado, la profundidad de los surcos, cuántos días tardaban en germinar y en crecer y madurar las legumbres. Por su parte, la madre de Jun-sang disponía aún de los estupendos utensilios de cocina que había traído su familia de Japón. Con un cuchillo afilado cortaba zanahorias y rábanos en rodajas finas y luego colocaba los trozos crujientes de hortalizas sobre el arroz recién cocido al vapor y envolvía los rollos en algas secas. Lo cierto es que era la única familia del barrio que comía kimbab, versión coreana del maki japonés que goza de gran popularidad en Corea del Sur, pero que es prácticamente desconocida en Corea del Norte. Gracias a las hortalizas que cultivaban en casa y al arroz que obtenían en el mercado negro, se alimentaban mejor que nadie, exceptuando los más altos dirigentes del Partido de los Trabajadores. El principal motivo de orgullo de la familia era el propio Jun-sang. Los años de trabajo monótono, de estudiar hasta la una de la madrugada y levantarse al amanecer, la presión implacable de su padre, su propio afán de cumplir las expectativas que había depositado en él su familia... todo ello había terminado rindiendo frutos. Había sido admitido en una universidad de Pyongyang. No se trataba de la Universidad Kim Il-sung —el estatus de su familia lo impedía—, pero era un centro que formaba a científicos y cuyos criterios de selección se basaban más en el mérito académico. Corea del Norte, que padecía un grave atraso tecnológico con respecto al vecino del sur y a Japón, ya no podía permitirse despediciar el talento disponible. Jun-sang habría preferido estudiar literatura o filosofía, o incluso cine, en el caso de que hubiese existido tal carrera, pero su familia le había empujado hacia las ciencias, sabiendo que un joven sin el songbun adecuado no podía llegar a Pyongyang a menos que optara por estudiar una carrera técnica. Para un chico de la provincia de Hamgyong del Norte era toda una hazaña ser admitido en el equivalente norcoreano del MIT estadounidense. Jun-sang ya no estaría obligado a servir en el ejército y, por lo demás, tendría muchas posibilidades de elevar el songbun de la familia. Incluso podría terminar ingresando en el Partido de los Trabajadores. Dejando de lado sus dudas incipientes sobre el régimen político —empezaba a preguntarse por qué los alemanes orientales habían derribado el Muro de Berlín si el comunismo era tan bueno—, Jun-sang sabía que la pertenencia al Partido, junto con el hecho de haber estudiado en Pyongyang, podría franquearle más tarde el acceso a la clase principal. Estaba orgulloso de sí mismo. Es verdad que era un chico modesto, que evitaba alardear de su inteligencia o de su dinero, pero últimamente, cuando llegaba de Pyongyang a visitar a su familia, se sentía como un héroe de regreso al hogar. Al igual que los soldados, los estudiantes universitarios debían vestir uniforme aun cuando no estuviesen en el campus. El atuendo consistía en unos pantalones verdes y una chaqueta cruzada del mismo color, una camisa blanca y una corbata. El color verde aludía a una cita de Kim Il-sung en la que comparaba a los jóvenes con “montañas verdes”. La seguridad en sí mismo que acababa de adquirir hizo que sopesara de nuevo la idea de pedirle salir a Mi-ran. Habían pasado cinco años desde que la había visto por primera vez en el cine. Le asombraba comprobar que no la había olvidado. Había otras chicas en Pyongyang —muchachas guapas, elegantes— pero ninguna le había llamado tanto la atención como ella. Había llegado a conocerla hasta cierto punto. Siendo alumno de secundaria se había hecho amigo de su hermana, Mi-sook, que era dos años mayor que Mi-ran y un poco chicazo: formaba parte del equipo de voleibol y frecuentaba el gimnasio donde se entrenaban los amigos de Junsang. Luego estaba ese otro amigo suyo, al que conocía de la clase de boxeo, y que vivía en la misma hilera de casas armónica que Mi-ran. Eso le dio a Jun-sang una excusa para frecuentar su barrio. La familia de Mi-ran, que había conseguido comprar un televisor, practicaba respecto a los vecinos, al igual que la señora Song, una política de puertas abiertas. Un día, estando de visita en casa de su amigo, Jun-sang se coló en la de la chica junto con varios vecinos. Mientras todos veían el programa, la mirada de Jun-sang iba y venía continuamente de la televisión a Mi-ran. Se había convertido en una guapísima adolescente. Jun-sang se quedó mirándola, intentando averiguar qué había en la geometría de su rostro que tanto le cautivaba. Se preguntó si valía la pena que comprometiera su reputación pidiéndole salir. Decidió que sí. Se decidió a dar el paso cuando acudió a visitar a su familia en la primavera de 1991, su primer año de universidad. Deambuló por el centro de Kyongsong, confiando en que un “encuentro casual” le diese la oportunidad de hablar con ella. El último día de las vacaciones la vio en el mercado, pero antes de que pudiera acercarse y abordarla advirtió la presencia de su madre detrás de ella. Poco después le confió su problema a la hermana de Mi-ran, Mi-sook, quien aceptó hacer de celestina. Un día, durante las siguientes vacaciones, acudió a la casa de la chica a una hora fijada de antemano. Mi-sook aguardaba cerca de la puerta. Llamó a su hermana: “¡Hermanita! Sal a hablar con mi amigo”. Mi-ran asomó la cabeza al exterior, lanzó un gritito azorado y volvió a meterse en la casa. —Venga, hermanita, sal o tendré que sacarte a rastras insistió Mi-sook. Por fin salió a saludarlo. Ahora, cuando se miraban de frente por primera vez, Jun-sang sentía las perlas de sudor humedeciendo el cuello recién planchado de su uniforme. Cuando empezó a hablar, percibió en su voz un temblor muy revelador. Ya era demasiado tarde para volverse atrás, de modo que decidió ir hasta el final. No se le ocurrió ningún asunto trivial: quiso ser franco con ella y se lo contó todo. Empezó por la vez aquella en que la había visto en la sala de cine. Le preguntó, en fin, si quería ser su novia. —Mis estudios... Se supone que tengo que estudiar mucho, pero la verdad es que no puedo concentrarme porque me da por pensar en ti —dijo de repente. Mi-ran no dijo nada. Permaneció allí, sin rehuir la mirada de Jun-sang, como este quizá había esperado que hiciese, pero sin responder tampoco a sus palabras. Jun-sang sintió como si su cabeza fuera a estallar. Se esforzó por seguir hablando. —¿No habías notado que te observaba? —le preguntó. —No, de verdad que no, no tenía ni idea —respondió Mi-ran. Esperó ansioso que ella dijese algo más. —Bueno, no es que no me gustes —dijo ella con una sintaxis enrevesada: la doble negación resulta especialmente ambigua en coreano. No estaba del todo segura de lo que estaba diciendo, pero en todo caso la respuesta le parecía cautelosamente positiva. Entonces le prometió a Jun-sang que le escribiría una carta exponiendo sus sentimientos. Lo cierto es que, pese a su actitud aparentemente distante, Mi-ran estaba encantada. Su pretendiente era dulce y apuesto, además de un buen partido: solo conocía a un par de chicos que fuesen a la universidad, y ninguno de ellos estudiaba en Pyongyang. Se había fingido sorprendida al oír la pregunta, pero en realidad había visto a Jun-sang merodear por su barrio, y hasta se había atrevido a abrigar la esperanza de que la anduviese buscando a ella. Y el uniforme verde había logrado impresionarla. La doble hilera de botones relucientes le daba aspecto de oficial de marina. En todo caso, y aunque nunca había salido con nadie, Mi-ran sabía por instinto que debía hacerse la difícil. Se esforzó por encontrar una manera de decir que sí sin parecer demasiado ansiosa. El resultado de su empeño fue una carta escrita con su mejor letra y en la que empleaba un tono tímidamente formal. “De momento aceptaré tu proposición para no crear una situación en la que tu tristeza te haga imposible concentrarte en el estudio”, le escribió unas semanas después. En un principio la relación tuvo un carácter epistolar, es decir, algo dieciochesco. La única forma de que pudiesen seguir en contacto era por carta. En 1991 pocos norcoreanos habían usado alguna vez un teléfono; Corea del Sur, en cambio, estaba convirtiéndose en el mayor exportador mundial de teléfonos móviles. En Corea del Norte había que acudir a una oficina de correos para hacer una llamada telefónica. Tampoco era fácil escribir una carta: escaseaba el papel, por lo que lo normal era aprovechar los márgenes de los periódicos. El papel que ofrecían las tiendas estatales estaba hecho de cáscara de maíz y se rompía fácilmente a poco que uno lo arañase. De modo que Mi-ran tuvo que suplicar a su madre que le diera dinero para comprar unos cuantos folios de papel importado. Dado el carácter precioso del papel, ni se le pasaba por la cabeza escribir un borrador. Por lo demás, y aunque Pyongyang estaba a tan solo cuatrocientos kilómetros de Chongjin, las cartas tardaban hasta un mes en llegar. Mi-ran estaba en el último año de secundaria cuando empezó su relación con Jun-sang. Le intimidaba la relativa sofisticación de su novio universitario. Y es que en la capital Jun-sang podía comprar papel del bueno. Poseía un bolígrafo. Sus cartas eran elocuentes y ocupaban muchas páginas. La relación epistolar entre los dos jóvenes fue prescindiendo poco a poco de los formalismos rígidos para convertirse en un idilio en toda regla. Jun-sang no había visto nunca una película romántica de Hollywood, pero su imaginación era lo bastante ardiente para convocar todos los lugares comunes del amor moderno. En sus cartas imaginaba a los dos corriendo el uno hacia el otro contra el telón de fondo de un cielo teñido de rosa y naranja. Citaba pasajes de las novelas que leía en Pyongyang. Le escribía poemas de amor. En sus cartas ya no quedaba rastro de la timidez que le había paralizado durante tanto tiempo. Enviaba las cartas a Mi-sook, que entonces trabajaba en una oficina donde podía recibir correo sin sufrir el escrutinio de sus padres. Ella era la única persona a la que Mi-ran había contado que tenía una relación con Jun-sang; por su parte, él no se había confiado a nadie. Jamás hablaban de las razones por las cuales debían guardar secreto, puesto que en Corea del Norte no se podía hablar abiertamente ni de sexo ni de estatus social; de hecho, quejarse del songbun propio equivalía a criticar al régimen. Sin embargo, la cuestión de la sangre impura de Mi-ran estaba siempre presente, aunque fuera imposible mencionarla. Ambos sabían que casarse con Miran —si terminara haciéndolo— podía perjudicar la carrera profesional de Jun-sang y dar al traste con sus posibilidades de ingresar en el Partido de los Trabajadores. Naturalmente, si el padre de Jun-sang llegara a enterarse, no dudaría en prohibir la relación. Se esperaba de Jun-sang que se casara con alguien de la comunidad coreana-japonesa, y él lo sabía. En todo caso, su padre se oponía a que saliese con nadie. —Primero termina la carrera. No pierdas el tiempo con chicas —le sermoneaba. Vale la pena hacer un inciso para hablar del sexo en Corea del Norte. Empecemos por aclarar que la cultura nacional excluye lo que generalmente asociamos con tener una pareja, salir con alguien. Por lo pronto, aún hoy se conciertan no pocos matrimonios, ya sea entre familias, secretarios del partido o dirigentes. Las parejas no pueden mostrar su afecto en público: hasta ir de la mano se tiene por indecoroso. Los refugiados norcoreanos aseguran que no existe el sexo antes del matrimonio y que es impensable que una estudiante soltera se quede embarazada. “Sería algo verdaderamente terrible. Soy incapaz hasta de imaginar que pueda ocurrir una cosa así”, me contó una mujer norcoreana que no era nada mojigata: de hecho, cuando la conocí trabajaba en la industria del sexo de Seúl. Está de más decir que Corea del Norte no tiene los love hotels que uno puede encontrar en Corea del Sur o Japón. Es imposible alojarse en un hotel normal sin un permiso de viaje, y ningún hotel admitiría a una pareja que no estuviese casada. Varios norcoreanos procedentes de Chongjin me han contado que si una pareja quiere tener relaciones extramatrimoniales no le queda más remedio que irse a un parque por la noche; sin embargo no conozco a nadie que admita haberlo hecho.[1] Este puritanismo forma parte de la cultura tradicional coreana. Es fácil, cuando uno ve en Seúl a las colegialas vestidas con faldas escocesas por encima de la rodilla, olvidar que hace tan solo un siglo las mujeres coreanas respetables llevaban ropa que les cubría todo el cuerpo; podía ciertamente competir en recato con cualquier atuendo exigido hoy por los talibanes. Isabella Bird Bishop, escritora de viajes británica que vivió en el siglo x1x, recordaba haber visto en 1897, en un pueblo al norte de Pyongyang, a mujeres vestidas con una prenda semejante al burka, y que describía como un “sombrero monstruoso que recuerda a las garitas de centinela de mimbre que encontramos en nuestros jardines, pero sin fondo”. “Esta increíble prenda —añadía— mide un metro y medio de ancho y cubre todo el cuerpo de la cabeza a los pies”. A las mujeres de clase media y alta no se les permitía abandonar el recinto familiar salvo a horas muy concretas en que no había hombres en la calle. Pese a haber viajado mucho por el mundo islámico, Bishop afirmaba que la mujeres coreanas vivían “rigurosamente aisladas del mundo, quizá en mayor medida que las mujeres de ningún otro país”.[2] Hace tiempo que desaparecieron esas costumbres, pero la vieja mentalidad aún perdura. Cuando llegó al poder, Kim Il-sung se propuso reprimir la sexualidad combinando el conservadurismo tradicional coreano con el instinto comunista. Cerró no solo los burdeles, sino las casas kisaeng, más discretas, donde había mujeres dedicadas a entretener a caballeros pudientes. Fueron ejecutados los pornógrafos. Pese a las costumbres libertinas del propio líder y de Kim Jong-il, que fue un playboy en su juventud, todo funcionario del partido del que se supiese que mantenía una relación adúltera se quedaba sin trabajo. Kim Il-sung tampoco veía con buenos ojos el matrimonio a edades tempranas, y llegó a emitir en 1971 una declaración especial exhortando a los hombres a casarse a los treinta años y a las mujeres a los veintiocho. En un diario norcoreano podía leerse que “la Patria confía en que los jóvenes mantengan la hermosa tradición de no casarse hasta que uno haya hecho lo suficiente por su país y por el pueblo, y cree que así será”. En realidad esto no concordaba en absoluto con las tradiciones coreanas: antiguamente se esperaba que las mujeres estuvieran casadas antes de cumplir los catorce años. El precepto del líder estaba encaminado a mantener alta la moral de los soldados, disipando su temor a quedarse sin novia mientras estuviesen de servicio. También servía para mantener baja la tasa de natalidad. Pese a que en 1990 se levantó la prohibición que pesaba sobre el matrimonio a edades tempranas, hoy en día las parejas jóvenes siguen siendo objeto de censura social, por muy inocente que sea la relación. El aparato de propaganda lanza campañas aconsejando a las mujeres que lleven “peinados tradicionales de acuerdo con el modo de vida socialista y el gusto de la época”. Esto significa, para las mujeres de mediana edad, llevar el pelo corto; las mujeres solteras pueden dejárselo un poco más largo siempre y cuando se lo recojan hacia atrás o usen trenzas. Las norcoreanas tienen prohibido llevar la falda por encima de la rodilla y vestir blusas sin mangas. Curiosamente, en la década de 1970, bajo la dictadura de Park Chung-hee, regían en Corea del Sur preceptos similares con respecto a la ropa y el peinado. El hecho de que hoy en día las diferencias más profundas entre las dos culturas se refieran a las costumbres sexuales e indumentarias indica hasta qué punto Corea del Sur ha cambiado mientras que Corea del Norte se ha quedado detenida en el tiempo. Hace unos años, durante un viaje a la única región de Corea del Norte que visitan con cierta frecuencia los turistas surcoreanos, observé cómo el portero (norcoreano) de un hotel por poco se desmaya al ver a una mujer joven (surcoreana) vestida con unos vaqueros bajos y un top que dejaba la tripa al descubierto. Muchos de los refugiados norcoreanos que entrevisté me contaron que lo que más les había sorprendido de Corea del Sur era que las parejas se besaran en público. Por tanto, era apropiado que Jun-sang y Mi-ran iniciaran su relación justo cuando el país estaba quedándose sin luz. Los habitantes del mundo electrificado no han conocido nunca una oscuridad tan absoluta como la que engulle Corea del Norte por la noche. Sin la luz de las farolas y de los faros de los coches, sin la que se filtra por las ventanas y las rendijas de las puertas, la oscuridad es un manto que lo envuelve todo. La punta ardiente de un cigarrillo es muchas veces la única señal de que viene alguien por la calle. Después de la cena, Jun-sang se inventaba alguna excusa para salir de casa. Pese a ser ya estudiante de universidad y sacarle una cabeza, aún tenía un miedo atroz a su padre. Me voy a ver a los amigos —anunciaba Jun-sang, nombrando a alguno de los que conocía de la escuela secundaria. Prometía estar de vuelta antes de las nueve, aun sabiendo de sobra que probablemente no regresaría hasta la medianoche. Y se marchaba antes de que su padre pudiese hacerle ninguna pregunta. Tardaba alrededor de media hora en llegar a casa de su novia. Caminaba deprisa, pese a saber que, una vez allí, seguramente tendría que esperar mucho tiempo: el que invertía Mi-ran en ayudar a su madre a lavar los platos después de la cena. Ya no tenía ninguna excusa para andar merodeando por el barrio, puesto que se había mudado su amigo de la clase de boxeo (el vecino de Mi-ran). De modo que se quedaba de pie en la oscuridad, tan inmóvil que podía sentir su corazón latir. En aquella época ya habían cerrado la mayoría de los sitios a los que habrían podido acudir juntos. El Centro Cultural del Condado de Kyongsong se había quedado sin electricidad, por lo que ya no funcionaba el aparato proyector. Los pocos restaurantes de la zona llevaban años clausurados. En el centro de Chongjin, junto al puerto, se encontraba el Parque Juvenil, que tenía algunas atracciones destartaladas además de un lago con barcas. Sin embargo, las normas sobre desplazamientos eran muy estrictas: solo para ir de los suburbios al centro ya hacía falta un permiso. Por lo demás, la joven pareja no se atrevía a entrar en el parque de Kyongsong, situado detrás de la estación de tren, porque allí corría el peligro de tropezarse con algún conocido. Dadas las circunstancias, lo mejor que podían hacer era dar largos paseos. Había una sola carretera, que atravesaba el pueblo y luego proseguía hacia las montañas. Caminaban lo más deprisa que podían, evitando a la vez dar la impresión de estar huyendo de algo. Pasaban en silencio frente al cartel con el rostro sonriente de Kim Il-sung y los letreros que rezaban perentorios: “Si el Partido decide, nosotros decidimos” y “Demos nuestras vidas por proteger a Kim Jong-il”. A un lado de la carretera, bajo un amplio arco pintado con flores azules, se alzaba un cartel de colores muy vivos que representaba a un grupo de soldados armados con bayonetas. Al final del pueblo iban desapareciendo los eslóganes: por fin podían relajarse en la oscuridad de la noche. Sus pupilas se dilataban, permitiéndoles absorber el paisaje sin tener que forzar la vista. La carretera estaba flanqueada por árboles frondosos que formaban una tupida cubierta vegetal. En las noches claras se vislumbraba la luz de las estrellas a través del ramaje. Al cabo de un rato la carretera comenzaba a ascender; a un lado se extendía un valle y al otro las montañas iban haciéndose cada vez más escarpadas. Entre la ladera rocosa y los densos pinares que la arropaban se distinguían montículos cubiertos de flores silvestres moradas. La carretera cruzaba un pequeño riachuelo de riberas arenosas para luego torcer abruptamente a la izquierda, desembocando en el balneario de aguas termales de Onpho, famoso por ser el único lugar de Corea donde brotaban de la arena unas aguas alcalinas a cincuenta grados de temperatura que tenían fama de curar males como la indigestión y la infertilidad. Más adelante la carretera estaba cortada por puestos de control: allí se encontraba el chalé de Kim Il-sung, uno de los treinta que el líder tenía a su disposición repartidos por todo el país, aunque situados invariablemente en emplazamientos privilegiados. Una presencia militar considerable impedía desviarse hacia la carretera privada. Desde la principal se podía divisar otro lugar igualmente cerrado al público: un balneario reservado para el uso exclusivo de los funcionarios del Partido. El otro balneario —el público—, que casi no funcionaba ya a causa de la crisis económica, era un conjunto de destartaladas edificaciones de piedra y hormigón. Se había inaugurado en 1946 — acontecimiento evocado en un mural que representaba a Kim Il-sung rodeado de médicos— y tenía aspecto de no haber sido reformado desde entonces. Los extensos terrenos se hallaban cubiertos de maleza, y por la noche cobraban una apariencia exuberante y salvaje. Lo cierto es que a la joven pareja no le interesaba demasiado el entorno. El entusiasmo que sentían al poder estar juntos les hacía olvidarse hasta de sus pies doloridos: habían caminado ya varios kilómetros en plena noche. Hablar y caminar: eso era lo único que hacían. Las conversaciones eran intensas, apasionadas. Cuando estaba con ella, Jun-sang no mostraba el menor ápice de la audacia romántica que derrochaba en sus cartas. Era cortés y respetuoso, hasta el punto de que tardaría tres años en atreverse a tomarle la mano. La cortejaba contándole cosas de su vida: le describía su residencia, le hablaba de sus amigos. Le contaba cómo los estudiantes se organizaban en batallones y a la hora del pase de lista desfilaban a compás en el patio balanceando las piernas y los brazos. La obsequiaba con descripciones de Pyongyang, donde ella solo había estado una vez, siendo estudiante de primaria, en un viaje organizado por la escuela para visitar los monumentos. La ciudad era la quintaesencia de la modernidad: ofrecía, según afirmaba la propaganda, los mayores logros del mundo en arquitectura y tecnología. Jun-sang le habló de las torres gemelas del Hotel Koryo y del restaurante giratorio que coronaba una de ellas. No había estado nunca en el interior, pero sí había contemplado con asombro la silueta de las torres contra el cielo de Pyongyang, así como la que formaba un edificio piramidal de ciento cinco pisos que estaba construyéndose entonces, y del cual se decía que era el más alto de toda Asia. También le describió el metro de la ciudad, que discurría a noventa metros de profundidad, y cuyas estaciones estaban adornadas con candelabros y mosaicos dorados que representaban a Kim Il-sung. A su regreso a Pyongyang, Jun-sang acudió a una tienda que admitía moneda extranjera, y con los yenes japoneses de los que disponía le compró a Mi-ran un broche con forma de mariposa y engastado con diamantes cuadrados de imitación. A Mi-ran le pareció de lo más exótico y refinado; nunca había tenido nada tan bonito en su vida. Sin embargo, no se lo puso jamás: no quería que su madre le preguntara por él. Lo guardaba oculto entre su ropa interior. El relato de las experiencias de su novio en Pyongyang permitió a Mi-ran vislumbrar un mundo remoto marcado por el privilegio. Costaba escucharle sin sentir cierta envidia. Ella estaba en el último año de secundaria y temía que sus estudios fueran a terminar ahí. Había sido testigo de la desilusión que se habían llevado una a una todas sus hermanas al comprender que sus ambiciones se verían malogradas por el pasado de su padre. Y es que era necesaria la autorización del consejo de enseñanza incluso para presentarse al examen de ingreso en la universidad. De sus tres hermanas solo una había logrado entrar en la universidad, y en todo caso se le había vedado el acceso a la carrera de artes escénicas pese a sus excelentes cualidades para el canto. Terminó matriculándose en educación física, pero abandonó los estudios a la mitad para casarse. Mi-ran entrevió de pronto su futuro. Ante ella se extendía un camino recto y monótono: trabajar en la fábrica, casarse (con un compañero de trabajo, casi seguro), tener hijos, envejecer, morir. Mientras oía a Jun-sang parlotear sobre sus compañeros de cuarto en la universidad, se iba sintiendo cada vez más desgraciada. Él la notó abatida y quiso averiguar qué le sucedía. Finalmente Mi-ran le confió sus sentimientos. —Siento que no tengo ninguna finalidad en la vida —dijo de repente. Jun-sang la escuchó pensativo. De regreso en Pyongyang, unas semanas después, le envió una carta. —Las cosas pueden cambiar —decía—. Si quieres algo más de la vida, debes creer en ti misma, y entonces podrás cumplir tus sueños. Las palabras de ánimo de Jun-sang le cambiaron la vida, según recordaría tiempo después Miran. Habiendo sido antes una buena estudiante, había dejado que sus notas empeoraran mucho en secundaria. ¿Qué sentido tenía esforzarse si su camino ya estaba cerrado de antemano? Pero en ese momento se contagió de la ambición de Jun-sang. Se puso a estudiar en serio. Rogó a su madre que la dispensara de las tareas domésticas para que pudiera dedicar más tiempo al estudio. Pidió a su profesor que le permitiera hacer el examen de ingreso en la universidad. De esa manera, si no conseguía entrar no tendría nada que reprocharse. Fue admitida en Magisterio, lo que la sorprendió mucho. La Facultad de Magisterio Kim Jonsuk —llamada así por la madre de Kim Jong-il— era la mejor de las tres de su clase que había en Chongjin. ¿Cómo es que tuvo tanta suerte donde sus hermanas habían fracasado? La propia Mi-ran estaba algo perpleja, puesto que era muy buena estudiante, pero tampoco de las mejores de su curso. Había pensado que habría muchas chicas de mejor familia que ella, con calificaciones por lo menos igual de buenas que las suyas, y que aspirasen como ella entrar en la universidad. En el otoño de 1991 abandonó la casa de sus padres y se instaló en la residencia universitaria. La facultad estaba en el centro de la ciudad, en el barrio de Pohang, justo enfrente del museo y detrás del parque con la estatua de Kim Il-sung. Cuando llegó se quedó impresionada. La residencia era moderna, y cada una de las cuatro chicas que compartían una habitación tenía su propia cama: no se usaban por tanto las habituales esteras que los coreanos extendían sobre el suelo caliente (que es la manera tradicional de resguardarse del frío sin gastar mucho fuel). Pero cuando las temperaturas invernales en Chongjin cayeron bruscamente y comenzó a helar, Mi-ran comprendió por qué había conseguido una plaza en la facultad. Los dormitorios no tenían calefacción: todas las noches tenía que acostarse con abrigo, calcetines gruesos, manoplas y con una toalla extendida sobre la cabeza. Al despertar, se encontraba con que la humedad de su aliento había hecho que se formara una costra de hielo en la toalla. En el cuarto de baño, donde las chicas lavaban sus paños menstruales (ninguna tenía compresas, de modo que las más pudientes utilizaban vendas de gasa y las más pobres unos trapos sintéticos muy baratos), hacía tanto frío que los paños se congelaban a los pocos minutos de que se hubiesen colgado a secar. Mi-ran odiaba las mañanas. Al igual que en la facultad donde estudiaba Jun-sang, se despertaba a las estudiantes a las seis de la mañana para el pase de lista, que se desarrollaba al más puro estilo militar; sin embargo las chicas, en lugar de marchar como soldados orgullosos, acudían tiritando al cuarto de baño y allí se salpicaban la cara con agua helada bajo el techo de pesadilla que formaban los paños menstruales ya congelados. La comida de la cafetería era algo aún peor. Corea del Norte acababa de iniciar la campaña “Hagamos dos comidas al día”, pero la universidad quiso llevarla un paso más allá ofreciendo una sola comida a los estudiantes: un sopicaldo hecho con sal, agua y grelos secos. A veces añadían una cucharada de arroz y maíz, cocidos durante horas para engordar los granos. Las jóvenes empezaron a enfermar. Una de las compañeras de cuarto de Mi-ran se encontraba en tal estado de desnutrición que se le caía a pedazos la piel de la cara. Tuvo que dejar los estudios, y no fue la última. Aquello fue un despertar para Mi-ran, quien hasta entonces había vivido resguardada en gran medida de la crisis económica gracias al trabajo duro de su madre. Rogó a su familia que le enviaran más comida, pero al cabo de un año ya no pudo soportarlo más. Como no estaba dispuesta a renunciar a la educación por la que tanto había luchado, consiguió una autorización de la universidad para vivir fuera del campus. Empezó a dormir en el suelo del apartamento de un pariente cerca de la universidad, y los fines de semana se alojaba en casa de sus padres. Esto habría estado prohibido en circunstancias normales, pero lo cierto es que a la dirección de la universidad le pareció muy bien tener una boca menos que alimentar. La vida de Jun-sang en Pyongyang era más cómoda. El gobierno había hecho del cuidado y la alimentación de sus estudiantes de élite uno de sus objetivos prioritarios: al fin y al cabo se trataba de los científicos del mañana, y se esperaba que sus logros terminaran sacando al país de la pobreza. Jun-sang y el resto de su batallón marchaban hacia la cafetería tres veces al día: seguían, en efecto, recibiendo tres comidas. Por lo demás, la residencia tenía calefacción por la noche y había electricidad para que los chicos pudieran seguir estudiando después de que anocheciera. Jun-sang veía a Mi-ran cuando volvía a casa, durante los dos periodos de vacaciones —de verano y de invierno— de los que disfrutaban al año los estudiantes, y durante el permiso que se les concedía en primavera para que pudieran deshierbar los campos, preparándolos para la siembra. Antes los estudiantes de Pyongyang habían desempeñado esta tarea en las afueras de la capital, pero ante la escasez de comida se decidió enviarlos a sus localidades de origen, donde podían darles de comer sus madres. A Jun-sang siempre le había horrorizado el trabajo “voluntario” en el campo, pero ahora contaba los días que faltaban para que la universidad le dejara marchar. Habiendo pasado la vida entre libros, esta extraña ansia supuso una revelación para él. “Quería de veras abandonarlo todo y volver a casa para ver a Mi-ran. Por primera vez en la vida supe qué era la pasión”, diría más tarde al recordar aquella época. La hermana de Jun-sang iba a casarse en el otoño de 1993. Pese a que sus padres trataban de disuadirle de que interrumpiera sus estudios para asistir a la boda, Jun-sang veía en la ocasión una excusa perfecta para hacerle una visita sorpresa a Mi-ran. De modo que solicitó a la universidad un permiso de tres días. Por entonces, debido a la falta de electricidad, los trenes que se dirigían al norte desde Pyongyang salían de forma esporádica en el mejor de los casos. Por otro lado, aunque hubiese logrado obtener un billete, uno tenía pocas posibilidades de conseguir un asiento a menos que fuera un alto funcionario del Partido. Las estaciones estaban llenas de pasajeros que aguardaban la salida de los trenes: deambulaban en la oscuridad, se sentaban en cuclillas y fumaban hasta que el tren llegaba. Entonces se precipitaban hacia los vagones, peleándose para entrar por las ventanillas rotas y ocupando los huecos entre los vagones. No había billetes disponibles, por lo que Jun-sang se quedó en la estación, esperando que pasara un tren en el que poder colarse. Al cabo de un día vio un convoy de carga detenido en la vía por la que circulaban los trenes hacia el norte. "Tras ofrecerle unos cuantos cigarrillos, consiguió sonsacar a un maquinista que el tren en cuestión se dirigía a Chongjin. De modo que se encaramó a un vagón cargado de carbón con una toalla atada alrededor de la cabeza para protegerse los ojos. Era la primera vez en su vida que viajaba en un tren de mercancías, pero no sería la última. La última parada antes de llegar a Chongjin era Kyongsong, que no estaba muy lejos del pueblo de Mi-ran. Se bajó de un salto y fue corriendo a casa de su novia. Era por la mañana, el sol estaba alto en el cielo: normalmente no se encontraban a esa hora del día, pero Jun-sang se moría de impaciencia por verla; no podía esperar hasta el anochecer. Como era domingo, dio por hecho que estaría en casa, que habría vuelto de la universidad. Por primera vez desde que se conocían, fue derecho a la puerta principal. La puerta se abrió de par en par. La madre de Mi-ran se quedó mirándolo boquiabierta. La cara de Jun-sang, como su ropa, estaba tiznada de polvo de carbón. Ella lo conocía de la época en que Jun-sang solía juntarse con los chicos del barrio, pero en ese momento no lo reconoció. En cualquier caso, Mi-ran no estaba en casa. Vino preguntando por ti un chico muy raro —le contó más tarde a su hija—. Menudos amigos tienes. Escaparon de milagro a otras situaciones comprometidas. Al padre de Jun-sang le había disgustado mucho que su hijo hubiera interrumpido los estudios para acudir a la boda de su hermana. Una noche en que la madre de Mi-ran estaba fuera y su padre tenía el turno de noche en la mina, Jun-sang se atrevió a entrar en su casa. Ante la llegada inesperada del padre de su novia, tuvo que esconderse y esperar hasta que no hubiese moros en la costa. Más tarde Jun-sang y Mi-ran se reirían durante horas recordando estos episodios. Lo cierto es que disfrutaban engañando a sus padres. Llevar la relación en secreto no solo era necesario, sino también divertido: les permitía experimentar esa sensación excitante que provoca lo clandestino, y además compartir un espacio psíquico en el interior de una sociedad donde no existía lo privado. Era una forma relativamente segura de rebelarse contra los estrechos límites en que estaban encerradas sus vidas. Siguieron riendo. Siguieron conversando. Curiosamente, años después, libres ya del miedo y viviendo con comodidad, recordarían aquellos primeros años de su relación como los más felices de sus vidas. La pasión mutua los hacía casi insensibles a lo que ocurría a su alrededor. VI EL OCASO DE DIOS Monumento a Kim Il-sung en Chongjin. En julio de 1994 le quedaba a Mi-ran un solo examen para conseguir el diploma de la facultad de Magisterio. Se le había asignado un puesto de aprendiz de profesora en una guardería del centro de Chongjin. El nueve de julio al mediodía, los niños ya se habían marchado a casa a comer, y Mi-ran estaba limpiando el aula. Cuando se disponía a sacar su propia comida, antes de ir a reunirse con las otras profesoras en la sala de estar, oyó pasos atropellados en el pasillo. Al salir del aula vio de qué se trataba: una de las niñas acababa de volver corriendo de su casa. Tenía la cola de caballo empapada de sudor, y estaba tan agitada que las profesoras no entendían lo que decía. —¡Ha muerto, ha muerto! —gritó la niña, tratando de recuperar el aliento. —¿De qué estás hablando? —preguntó una profesora. —¡El Gran Mariscal ha muerto! No podía referirse más que a Kim Il-sung. Las profesoras estaban escandalizadas de que alguien, aunque fuese una niña, pudiera hablar así. Se suponía que, ya en el parvulario, los niños sabían que al líder no se le tomaba a broma. Agarraron a la niña por los hombros y trataron de tranquilizarla. Estaba muy sofocada. —Eso es una blasfemia contra el comunismo —le reprendió una profesora. —No, no. Lo he oído en casa, por la televisión —insistió la niña. Las profesoras no le creyeron. Sabían de sobra que los niños de cinco años son capaces de inventarse las historias más fantásticas. Además el informativo de la televisión no empezaba hasta las cinco de la tarde. Con todo, se quedaron algo intranquilas y quisieron salir de dudas, aunque para ello tuvieran que quedarse sin comer. En el colegio no había radio ni televisión, de modo que salieron corriendo a la calle. La niña, excitada, las condujo a su casa, que estaba a unas cuantas manzanas de allí. Subieron las escaleras del edificio de apartamentos, y enseguida vieron una multitud acercándose al televisor entre empujones. Mi-ran trató de hacerse un hueco. No pudo oír nada, pero vio que todas las caras estaban pálidas y descompuestas. De la multitud salió un gemido que luego se convirtió en sollozo. En ese momento se elevó el mismo sonido desde la calle, que seguía mojada a causa de la violenta tormenta eléctrica que había habido la noche anterior. Mi-ran se quedó de piedra. No alcanzaba a entender lo que había sucedido. Ella era aprendiz de profesora, una mujer instruida que sabía que los mortales eran seres de carne y hueso y tenían una vida finita. Pero Kim Il-sung era diferente, pensó. Si el Gran Mariscal podía morir, entonces podía ocurrir cualquier cosa. Todos los norcoreanos son capaces de recordar con extraordinaria claridad lo que estaban haciendo cuando se enteraron de la muerte de Kim Il-sung. Me he pasado años entrevistando a norcoreanos, y con el tiempo me he ido acostumbrando a preguntar: “¿Dónde estaba usted cuando lo supo?”. Indefectiblemente el entrevistado, por muy olvidadizo o reservado que sea, se anima al escuchar la pregunta. De pronto, las mismas personas que han reprimido muchos de sus recuerdos traumáticos de la década de 1990 son capaces de contar con enorme elocuencia y precisión todo cuanto hicieron aquel día. La conmoción fue tal que quedaron suspendidas las leyes del tiempo y de la percepción.[1] El año que precedió a la muerte de Kim fue uno de los más turbulentos para el país desde la Guerra de Corea. No era solo que la economía estuviese agonizando, ni que China y Rusia se dedicaran a flirtear con el enemigo en Seúl: Corea del Norte estaba cimentando rápidamente su reputación de Estado canalla. A instancias del nuevo presidente norteamericano, Bill Clinton, decidido a ejercer una política agresiva respecto al régimen de Kim Il-sung, Naciones Unidas exigió a Corea del Norte que permitiera la inspección de sus instalaciones nucleares. En marzo de 1993, Corea del Norte anunció su intención de retirarse del Tratado de No Proliferación Nuclear para continuar con su programa de fabricación de armamento, lo que dio lugar al primer episodio de pánico nuclear desde el final de la Guerra Fría. Al año siguiente, mientras Corea del Norte comenzaba a reprocesar plutonio en su reactor nuclear de Vongbyon (una instalación gigantesca situada setenta kilómetros al norte de Pyongyang), el Pentágono desarrollaba los planes para un ataque preventivo. Por su parte, los norcoreanos advertían del riesgo inminente de guerra. Es bien sabido que el negociador enviado por Pyongyang llegó a amenazar con “convertir Seúl en un mar de fuego”. En junio el expresidente estadounidense Jimmy Carter hizo una visita sorpresa de tres días a Pyongyang. Consiguió arrancar a Kim Il-sung un acuerdo provisional por el que Corea del Norte se comprometía a congelar su programa nuclear a cambio de recibir ayuda energética. Por lo demás, transmitió al presidente surcoreano, Kim Young-sam, una invitación para que visitara Pyongyang. La cumbre histórica entre los líderes de las dos Coreas estaba prevista para el 25 de julio de 1994. El 6 de julio Kim Il-sung acudió a inspeccionar una casa para invitados situada en las montañas al norte de Pyongyang, donde tenía previsto recibir a su homólogo surcoreano. Aparte de eso ofreció su famosa “orientación in situ” en una granja colectiva cercana. Hacía un calor abrasador, casi cuarenta grados de temperatura. Tras la cena cayó fulminado por un ataque al corazón. Moriría unas horas más tarde. Se decidió aplazar treinta y cuatro horas el anuncio de su fallecimiento. Pese a que Kim Jong-il había sido designado sucesor veinte años atrás, Pyongyang necesitaba preparar adecuadamente el anuncio de la primera sucesión hereditaria en el mundo comunista. Kim Il-sung tenía ochenta y dos años cuando murió, una edad que superaba con creces la esperanza de vida de los varones norcoreanos de su generación. Era bien visible el bocio, del tamaño de una pelota de golf, que tenía en el cuello. Para todos, a excepción de los ciudadanos corrientes, era obvio que se aproximaba el final de su vida, y sin embargo no se hablaba públicamente de su salud. No solo era el padre de su nación, su George Washington, su Mao: era su Dios. La señora Song estaba en casa preparando la comida para ella y su marido. Entonces ya había cerrado la fábrica y Chang-bo trabajaba muchas menos horas en la emisora de radio, ya que rara vez cobraba un sueldo. Él se encontraba en la habitación principal de la casa, esperando a que empezara el informativo de la televisión. Habían oído que iba a emitirse un boletín especial de noticias al mediodía; daban por supuesto que hablarían de las negociaciones sobre el programa nuclear. El servicio de informativos de la televisión había emitido un boletín especial el mes anterior, cuando Corea del Norte anunció que iba a dejar de colaborar con el Organismo Internacional de Energía Atómica. Como buen periodista, Chang-bo había seguido con atención los vaivenes de la diplomacia. A la señora Song, en cambio, le aburría todo ese asunto de las armas nucleares. Tenía preocupaciones más inmediatas: cómo hacer, por ejemplo, que pareciera apetitosa la enésima comida a base de potaje de maíz. De pronto oyó a su marido chasquear los dedos. —Ha pasado algo. Algo gordo —anunció. La señora Song se asomó a la ventana que separaba la cocina de la habitación principal. Se dio cuenta enseguida de que algo iba mal. El presentador de la televisión llevaba traje y corbata negros: parecía estar de luto. Entonces la señora Song se secó las manos con la toalla y entró en el cuarto de estar para ver el informativo. El Comité Central del Partido de los Trabajadores de Corea, la Comisión Militar Central del Partido, la Comisión Nacional de Defensa, el Comité Central del Pueblo y el Consejo de Gobierno de la República Popular Democrática de Corea anuncian con profundo pesar a todo el pueblo que el Gran Líder y Camarada Kim Il-sung, secretario general del Comité Central del Partido de los Trabajadores de Corea y presidente de la República Popular Democrática de Corea, ha fallecido a las dos de la madrugada a causa de una enfermedad repentina. Nuestro Líder paternal, que ha dedicado su vida entera a la causa de la independencia por la que lucha el pueblo; nuestro admirado Líder, que hasta el último momento de su vida ha desarrollado una actividad vigorosa e incansable en favor de la prosperidad de la patria y la felicidad del pueblo, de la reunificación del país y su independencia del mundo, nos ha dejado, llenándonos de tristeza. La mente de la señora Song se quedó en blanco. Sintió como si una descarga eléctrica le sacudiera todo el cuerpo, como si el verdugo acabara de accionar la palanca. Solo había experimentado algo así una vez, años atrás, cuando le comunicaron que su madre había muerto, pero en aquella ocasión la noticia no le había cogido por sorpresa. En cambio no había oído nunca a nadie decir que Kim Il-sung estuviera enfermo; de hecho, hacía solo tres semanas lo habían visto recibiendo a Jimmy Carter, y tenía el mismo aspecto recio y saludable de siempre. No podía ser verdad. Trató de concentrarse en lo que decía el locutor de la televisión. Sus labios no habían dejado de moverse, pero de ellos salían palabras incomprensibles. Nada tenía sentido. La señora Song se puso a gritar. —¿Cómo vamos a vivir? ¿Qué vamos a hacer sin nuestro mariscal? —Las palabras le salían a borbotones. Su marido fue incapaz de reaccionar. Estaba sentado mirando al vacío, pálido e inmóvil. Ella no podía estar quieta. Rebosaba adrenalina. Bajó corriendo las escaleras del edificio y salió al patio. Muchos vecinos habían hecho lo mismo. Estaban todos de rodillas, dándose cabezazos contra el pavimento. Sus lamentos desgarraban el aire. Después de casarse, la hija mayor de la señora Song, Oak-hee, dejó su trabajo en el departamento de propaganda de la empresa constructora. Sin embargo, se le pedía a menudo que ayudara a montar funciones teatrales en el barrio. Había aprendido el oficio de locutora —en la empresa se dedicaba a emitir avisos por el altavoz de una camioneta, exhortando a los trabajadores a cumplir con sus cuotas de producción—, y su voz clara y firme era muy solicitada. Cuando la policía local le pidió que participara como narradora en una obra de teatro con la que se pretendía instar a los ciudadanos a colaborar con las autoridades, Oak-hee no pudo negarse. Se trataba de leer, con la voz más franca de la que fuera capaz, frases como: “Atrapemos a más espías para salvaguardar la patria” y “Si has cometido un delito, confiésalo”. Un día, cuando volvía caminando lentamente a casa después de los ensayos, cansada y con muchas ganas de tomarse su almuerzo, vio que las calles estaban desiertas. El apartamento donde vivía con su marido y sus dos hijos se encontraba en la esquina opuesta a la bulliciosa estación de tren de Chongjin. Al llegar también le sorprendió encontrar la puerta cerrada con llave: contaba con que su marido estuviese en Casa. Entonces oyó el ruido de un televisor que venía de otro apartamento. Se dirigió hacia allí, entreabrió la puerta y atisbó en el interior. Su marido estaba sentado en el suelo con las piernas cruzadas, en compañía de sus vecinos. Tenía los ojos enrojecidos, pero esta vez no había bebido. —¿Qué está pasando? ¿Por qué están dando noticias a mediodía? —preguntó. —¡Cállate y mira! —le espetó el marido. Conocedora de su genio a menudo violento, Oak-hee le obedeció. Todos lloraban en aquella habitación; todos menos Oak-hee. Se sentía totalmente vacía; ni triste ni feliz, quizá solo un poco irritada. Era incapaz de pensar en nada que no fueran los rugidos de su estómago. Puede que Kim Il-sung esté muerto, pensó, pero yo no lo estoy y necesito comer. Se quedó sentada lo más quieta que pudo para evitar llamar la atención, y al cabo de un rato suficientemente largo se levantó para marcharse. —Bueno, me voy a casa a hacer la comida —dijo dirigiéndose a su marido. Él le lanzó una mirada feroz. Pese a que el alcohol y su mal carácter le habían cerrado las puertas del Partido de los Trabajadores, a Yong-su le gustaba imaginar que era un funcionario de alto rango; de ahí que se dedicara a orientar y dar consejos a todo el mundo. Disfrutaba aleccionando y reprendiendo. En casa era él quien se encargaba de quitar el polvo a los retratos de los dos líderes —padre e hijo—; Oak-hee se negaba a hacerlo. Ahora Yong-su miraba enfurecido a su mujer: saltaba a la vista que la muerte de Kim Il-sung la había dejado fría. —No eres humana —le dijo entre dientes antes de que saliera de la habitación. Oak-hee volvió a su apartamento y se preparó la comida. Luego encendió la radio para escucharla mientras comía. El locutor ya estaba hablando de la sucesión. El triunfo de nuestra revolución estará asegurado mientras nuestro querido camarada Kim Jong-il, único sucesor del Gran Líder, permanezca con nosotros. Sentada a solas en su apartamento, empezó a comprender la trascendencia de lo sucedido. Toda esperanza de que cambiara el régimen a raíz de la muerte de Kim Il-sung se había hecho añicos rápidamente. El poder había pasado a su hijo. Las cosas no iban a mejorar. Resonaron en sus oídos las palabras de su padre: “El hijo es aún peor que el padre”. —Ahora sí que estamos jodidos —se dijo. Solo entonces lloró de autocompasión. Kim Hyuck, el niño que había robado las peras del huerto, tenía doce años cuando murió Kim Il-sung. Estaba en el primer curso de la escuela de enseñanza media Malum, en Chongjin. La mañana en que se anunció la noticia estuvo dudando si ir o no a la escuela. Odiaba aquel lugar por muchos motivos. Uno de ellos, y no el menos importante, era que rara vez había suficiente comida en casa para que pudiera llevarse algo de merienda. Así, pasaba la mayor parte del tiempo mirando por la ventana y pensando que si estuviera fuera podría ir a buscar algo para comer. Volvería a los huertos o a los maizales del condado de Chongjin, o le robaría algo al vendedor que había cerca de la estación de tren. La víspera de la muerte de Kim Il-sung había hecho novillos, y también la antevíspera. Le horrorizaba volver a la escuela, porque era seguro que el maestro le zurraría por haber faltado tantos días. Las clases habían empezado hacía ya varias horas, y Hyuck arrastraba los pies cada vez más despacio, preguntándose si debía volver atrás. Cuando vio a sus amigos salir de la escuela dando brincos se llevó una gran alegría. Les habían dicho que se marcharan a casa a ver un boletín urgente de noticias que iba a emitirse a mediodía. —¡ Hurra! ¡No hay colegio! —gritó Hyuck mientras se alejaba corriendo con sus amigos. Se dirigieron al mercado. Allí, en uno de los puestos, podrían conseguir comida mediante ruegos, pensaban, o simplemente robarla. Pero al llegar vieron que todos los puestos estaban cerrados y que el lugar estaba desierto. Las pocas personas que había caminaban cabizbajas, llorando. A Hyuck se le quitaron de pronto las ganas de jugar. En Pyongyang, Jun-sang se encontraba disfrutando de una indolente mañana de sábado. Estaba recostado en la cama con un libro sobre las rodillas: su pasatiempo preferido en la universidad. (Cuando vivía con su familia, su padre no le dejaba leer en la cama, porque decía que así iba a estropearse la vista). Aunque era muy de mañana y las ventanas estaban abiertas, hacía un calor asfixiante; Jun-sang solo llevaba puestos unos shorts y una camiseta. De pronto su lectura se vio interrumpida por uno de sus compañeros de cuarto, que entró para comunicarle que todos los estudiantes iban a reunirse en el patio al mediodía para escuchar un anuncio urgente. Jun-sang se levantó irritado y se puso unos pantalones. Daba por supuesto, como los demás, que se trataría de la crisis nuclear. A decir verdad, estaba nervioso. Pese a la visita de Carter, estaba convencido de que el país se encaminaba hacia un enfrentamiento con Estados Unidos. Unos meses atrás se les había pedido a todos los estudiantes de la universidad que se hicieran un corte en el dedo y sellasen con sangre una declaración jurando que se alistarían como voluntarios en el Ejército Popular de Corea en el caso de que hubiera una guerra. Naturalmente, todo el mundo accedió, aunque algunas chicas se resistieron al cortecito. Ahora Jun-sang estaba haciéndose a la idea de que se acercaba el final de su carrera universitaria y quizá de su vida. —Ya está. Definitivamente, vamos a ir a la guerra —se dijo mientras se dirigía al patio. Casi tres mil personas entre estudiantes y profesores estaban formadas en el patio, ordenadas por curso, carrera y residencia. El sol caía a plomo y la gente sudaba pese a vestir el uniforme veraniego de manga corta, Al mediodía resonó por los altavoces una voz temblorosa y apesadumbrada, femenina. Los altavoces eran tan viejos y chirriaban tanto que Jun-sang apenas entendía nada. Alcanzó a distinguir las palabras “fallecido” y “enfermedad”, y cuando un murmullo recorrió la multitud, comprendió de qué se trataba. Hubo gritos ahogados y gemidos. Un estudiante se desmayó. Nadie sabía bien qué hacer. Al final todos y cada uno de los tres mil estudiantes se fueron sentando en el suelo, que ardía, con las manos en la cabeza. Jun-sang también se sentó: no sabía qué otra cosa podía hacer. Con la cabeza baja para que nadie leyera la confusión en su rostro, se puso a escuchar los sollozos que dejaba escapar la gente a su alrededor. Lanzó algunas miradas furtivas a sus desconsolados compañeros de clase. Le pareció extraño que esta vez no fuera él quien llorara. Le avergonzaba a menudo sentir cómo los ojos se le llenaban de lágrimas al final de una película o de una novela, lo que le valía las burlas de su hermano pequeño y los reproches de su padre, quien siempre le decía que era “blando como una niña”. Se restregó los ojos simplemente para asegurarse: estaban secos. No lloraba. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué no le entristecía la muerte de Kim Il-sung? ¿Es que no lo amaba? Siendo como era un estudiante de universidad de veintiún años, Jun-sang recelaba, naturalmente, de toda autoridad, incluido el gobierno norcoreano. Estaba ufano de su inteligencia crítica. Pero no se tenía por un sedicioso ni un enemigo del Estado. Creía en el comunismo, o por lo menos creía que, al margen de sus imperfecciones, era un sistema más equitativo y humano que el capitalismo. Y suponía que iba a terminar ingresando en el Partido de los Trabajadores y dedicando su vida al progreso de la patria. No se esperaba otra cosa de quienes se licenciaban en las mejores universidades. Ahora, rodeado de estudiantes que sollozaban, Jun-sang se preguntó lo siguiente: si todos los demás sentían un amor tan sincero por Kim Il-sung y él no, ¿cómo diablos sería capaz de encajar en ese mundo? Había estado observando su propia reacción —o falta de ella— con cierto desapego intelectual, pero ahora le acometió el miedo. Estaba solo, completamente solo en su indiferencia. Siempre había pensado que tenía amigos íntimos en la universidad; ahora, sin embargo, comprendió que no los conocía en lo más mínimo. Y ellos, ciertamente, tampoco lo conocían a él. De otra manera —si ellos lo conociesen—, Jun-sang lo iba a pasar muy mal. A esta revelación siguió de inmediato otra no menos trascendental: todo su porvenir dependía de su capacidad para llorar. No solo estaban en juego su carrera y su pertenencia al Partido de los Trabajadores, sino su supervivencia misma. Era una cuestión de vida o muerte. Jun-sang estaba aterrado. Al principio mantuvo la cabeza baja para que nadie le viese los ojos. Entonces pensó que si era capaz de mantener los ojos abiertos bastante rato, terminarían por quemarse y deshacerse. Era como una competición consistente en fijar la mirada. Mirar fijamente. Llorar. Mirar fijamente. Llorar. Con el tiempo fue convirtiéndose en algo mecánico. El cuerpo tomaba el control cuando la mente fallaba, y de pronto estaba realmente llorando. Sentía cómo se dejaba caer de rodillas y se mecía de un lado a otro, sollozando como todos los demás. Nadie notaría la diferencia. A las pocas horas del anuncio de ese mediodía, la gente en todo el país comenzó a aglomerarse alrededor de las estatuas de Kim Il-sung para rendirle honores. Según una cifra que se cita muy a menudo, existen en Corea del Norte treinta y cuatro mil estatuas del Gran líder: ante cada una de ellas se postraron aquel día, afligidos, sus súbditos leales. La gente no quería quedarse a solas con su dolor. Salieron precipitadamente de sus casas y se dirigieron corriendo hasta las estatuas, que eran en realidad los centros espirituales de las ciudades. Chongjin tiene medio millón de habitantes pero una sola estatua, de ocho metros, situada en la plaza Pohang. Las multitudes abarrotaban esta enorme plaza, desbordándose hacia la explanada delantera del Museo de Historia Revolucionaria, luego hacia el este. Cubrieron la carretera nº 1 hasta alcanzar el Teatro Provincial y desde allí se diseminaban por las calles circundantes como los rayos de una rueda. Desde arriba parecían un ejército de hormigas avanzando hacia una meta común. La histeria y las multitudes son una combinación mortífera. La gente avanzaba en tropel, derribando a quienes guardaban cola, pisoteando a aquellos otros que ya estaban de rodillas y echando a perder los setos cuidadosamente podados. De la plaza llegaba, a través del aire húmedo, un ruido que podía oírse a varias manzanas de distancia y que recordaba el fragor de una revuelta callejera. Los violentos aguaceros alternaban con las olas de calor abrasador. Pero estaba prohibido llevar sombrero o parasol. El sol caía a plomo sobre las cabezas descubiertas, y las aceras mojadas saturaban las calles de un vapor turbio. La gente parecía ahogarse en un mar de sudor y lágrimas. Muchos se desmayaban. Transcurrida la primera jornada, la policía trató de controlar al gentío acordonando las distintas filas. A los asistentes se los ordenó por unidad de trabajo o curso académico. Los miembros de cada grupo debían llevar flores —por lo general crisantemos, que en los países asiáticos simbolizan la muerte— o, en el caso de no poder permitírselas, flores silvestres que recogieron ellos mismos. Se colocaban en filas de diez a veinticinco personas de ancho y esperaban su turno. Los que se sentían demasiado alterados para tenerse en pie se agarraban al codo del vecino. Cuando le llegaba su turno, la gente se acercaba a la estatua, se hincaba de rodillas a pocos metros de ella, bajaba la cabeza hasta el suelo y después, sobrecogida, levantaba la vista. Enfrente se alzaba imponente Kim Il-sung, invadiendo todo el campo visual, alto como un edificio de tres pisos: su cabeza se elevaba por encima de una arboleda de espigados pinos, y hasta sus pies de bronce quedaban fuera del alcance de cualquier ser humano. Para quienes se arrodillaban ante ella, la estatua era indistinguible de la persona que representaba: se dirigían directamente a Kim Il-sung, entablaban una conversación con él. —Abogi, Abogi —gemían las ancianas empleando el nombre honorífico que un coreano reserva para su padre o para Dios. —¿Cómo has podido dejarnos tan de repente? —gritaban los hombres. Los que aguardaban daban saltitos, se golpeaban la cabeza, se desmayaban de forma teatral, se desgarraban la ropa y agitaban los puños con furia impotente. Los hombres lloraban tan copiosamente como las mujeres. El histrionismo del dolor adquirió un carácter competitivo. ¿Quién podía llorar más fuerte? ¿Quién estaba más deshecho? Los noticiarios de la televisión alentaban estas exhibiciones emitiendo durante horas imágenes de personas gimiendo, hombres hechos y derechos con las lagrimas corriéndoles por las mejillas, dándose cabezazos contra los arboles o contra los mástiles de sus barcos si eran marineros, pilotos llorando en la cabina, y así sucesivamente. De cuando en cuando se intercalaban imágenes de relámpagos o de lluvias torrenciales. Aquello parecía el fin del mundo. —Nuestro país está sumido en la tristeza más honda que jamás haya conocido la nación coreana en sus cinco mil años de historia —aseveró un locutor de la televisión de Pyongyang. La maquinaria propagandística norcoreana hizo el máximo esfuerzo, inventando historias a cual más extraña para hacer creer a la gente que Kim Il-sung en realidad estaba vivo. Poco después de su fallecimiento, el gobierno comenzó a levantar obeliscos —tres mil doscientos en todo el país- que más tarde se llamarían “Torres de la Vida Eterna”. Por lo demás, Kim Il-sung seguiría ostentando el título de presidente. Una película propagandística producida al poco de morir el líder aseguraba que este podía resucitar si el país lloraba su pérdida lo suficiente. Cuando murió el Gran Mariscal miles de grúas descendieron del cielo para recogerlo. Los pájaros no se lo pudieron llevar, porque vieron cómo los norcoreanos lloraban, gritaban, se daban puñetazos en el pecho, se tiraban del pelo y golpeaban el suelo. Lo que empezó siendo una manifestación espontánea de dolor se convirtió pronto en un deber patriótico. Durante los diez días de luto oficial se les prohibió a las mujeres llevar maquillaje y arreglarse el cabello, Tampoco se podía beber alcohol, ni bailar, ni escuchar música Los inminban llevaban la cuenta de las veces que uno acudía a la estatua a rendir honores a Kim Ilsung, y le observaban muy de cerca. No solo se examinaba su conducta, sino las expresiones de su rostro y su tono de voz: se trataba de determinar hasta qué punto era sincero.[2] Durante el periodo de luto Mi-ran tenía que acudir a la estatua dos veces al día: la primera con los niños de la guardería y la otra con los profesores de su unidad de trabajo. Aquellas visitas empezaron a horrorizarla, no solo por el espectáculo del dolor, sino por la responsabilidad que suponía vigilar que los niños no fueran arrollados ni se pusieran histéricos. En cierta ocasión, una alumna suya de cinco años empezó a llorar tan fuerte y de forma tan aparatosa que Mi-ran temió que fuera a desmayarse. Pero entonces se fijó en que la niña se escupía en la mano para luego humedecerse la cara con saliva. Eran lágrimas fingidas. —Mi madre me ha dicho que si no lloro es que soy una mala persona —confesó. Una célebre actriz de Chongjin se vio en un aprieto al no conseguir llorar. Esto la comprometía no solo desde el punto de vista político, sino profesional. —Es mi trabajo. Se supone que debo ser capaz de llorar cada vez que me lo pidan — recordaría la actriz, de nombre Kim Hye-young, años más tarde, en Seúl. Hyuck y sus amigos del colegio acudían a la estatua con frecuencia porque les regalaban unos pastelitos de arroz glutinoso después de que se hubiesen inclinado ante ella. De modo que rendían honores a Kim Il-sung y luego volvían a la cola para conseguir otro pastelito. Entre los millones de norcoreanos que participaron en esta demostración masiva de dolor, ¿cuántos estaban fingiendo? ¿Lloraban por la muerte del Gran Líder o por ellos mismos? ¿O lloraban porque todos los demás lo hacían? Si algo nos enseñan los estudiosos del comportamiento de masas, desde los historiadores que se han ocupado de la caza de brujas de Salem hasta Charles Mackay, autor del clásico ensayo Delirios populares extraordinarios y la locura de masas, es que la histeria es contagiosa. Llorar es la reacción natural de quien se encuentra en medio de una multitud de personas que lloran.[3] No hay duda de que a muchos les entristeció de veras la muerte de Kim Il-sung y lo cierto es que no pocos norcoreanos de edad avanzada sufrieron infartos durante el periodo de luto, ya fuera por el impacto o por la pena; de hecho, se registró un aumento sensible de la mortalidad inmediatamente después de aquel acontecimiento. Otros muchos mostraron su desconsuelo suicidándose. Se arrojaban desde lo alto de los edificios, método por entonces común para matarse en Corea del Norte, puesto que nadie disponía de barbitúricos y solo los soldados tenían pistolas con balas. Otros simplemente se dejaban morir de hambre; uno de ellos fue el padre de la doctora Kim Ji-eun, pediatra del hospital municipal de Chongjin. VII DOS BOTELLAS DE CERVEZA A CAMBIO DE TU SUERO Niño en el hospital de Hamhung. Cuando murió Kim Il-sung no había gasolina en el país, por lo que no funcionaban las pocas ambulancias disponibles en Chongjin y a los pacientes había que llevarlos al hospital a cuestas o en carros de madera. Kim Ji-eun trabajaba entonces en un pequeño hospital de distrito que, sin embargo, al ser el más próximo a la plaza Pohang —un cuarto de hora a pie, se vio en la necesidad de atender a una cantidad considerable de personas heridas o desmayadas en medio de los tumultos sucedidos frente a la estatua. En cada una de las pequeñas habitaciones del hospital se apiñaban cinco camas metálicas, y en aquellos días no sobraba ni una. Los demás pacientes aguardaban su turno sentados en bancos de madera o tumbados en el suelo de los lóbregos pasillos. Casi nunca estaban encendidas las luces durante el día, ya que se había desviado el suministro eléctrico para mantener continuamente iluminada la estatua de Kim Il-sung. En lo que iba de verano había habido mucho trabajo a causa de un brote de fiebre tifoidea. A la unidad de pediatría llegaban niños muy débiles: llorar bajo el sol abrasador les había causado una deshidratación peligrosa. Algunos incluso habían sufrido espasmos. La jornada normal de trabajo de la doctora Kim era de siete y media de la mañana a ocho de la noche. Aquellos días, sin embargo, tuvo que quedarse en el hospital casi las veinticuatro horas del día, exceptuando los pocos ratos en que se aventuraba a salir para rendir honores a Kim Ilsung ante su estatua. Pero nunca se quejaba de los horarios. Se tomaba muy en serio el juramento hipocrático. Además, deslomarse en el trabajo le permitía olvidarse momentáneamente de las señales que la advertían de que su vida se estaba viniendo abajo. Con veintiocho años, la doctora Kim era uno de los médicos más jóvenes del hospital y, desde luego, la más menuda: medía un metro y medio, superando apenas a algunos de sus pacientes infantiles, y pesaba unos cuarenta kilos. Su cara en forma ovalada y su boquita de piñón, siempre fruncida y siempre pintada de rojo, le daban un aspecto falsamente frágil. Quizá para compensarlo mostraba un carácter circunspecto, por lo que sus colegas aprendieron enseguida a no tratarla con condescendencia. Es verdad que les parecía quisquillosa, pero en todo caso no podían dejar de admirar su entrega: siempre se ofrecía la primera a hacer horas extra sin cobrar. Después de su jornada en el hospital trabajaba en la secretaría del Partido de los Trabajadores. El hospital, como toda institución en Corea del Norte, tenía asignado un secretario del Partido que se ocupaba de velar por la salud ideológica de los trabajadores, así como de seleccionar a los aptos para ingresar en el Partido. Pese a que solo se admitía en este a uno de cada cuatro médicos del hospital, a la doctora Kim no le cabía la menor duda de que estaría entre los elegidos. Por lo pronto, era corriente que las mujeres tuviesen preferencia, puesto que no bebían y se las tenía por más sumisas que los hombres. En el caso de la doctora Kim había que tener en cuenta, además, su carácter disciplinado y hasta algo inflexible, que hacía fácil imaginarla como un miembro devoto del Partido. No había duda de que su lealtad al régimen norcoreano era sincera: se la había inculcado su padre desde niña. Entre la población de Manchuria existe un gran número de coreanos étnicos, debido a las migraciones que a lo largo de varios siglos se han producido de un lado a otro de los ríos Tumen y Yalu, que señalan la frontera entre Corea y China. El padre de la doctora Kim había nacido en una aldea coreanoparlante situada en el lado chino de la frontera. En la década de 1960, siendo aún joven, se había trasladado a Corea del Norte huyendo del funesto Gran Salto Adelante de Mao, que mató de hambre a millones de personas. El padre de la doctora Kim veía en Kim Il-sung, y no en Mao, el auténtico heredero del sueño comunista, la única figura capaz de instaurar la justicia y la igualdad que se les había prometido a los trabajadores como él. No era más que un simple albañil y solo había ido a la escuela hasta los doce años, pero en Corea del Norte se lo tenía por inteligente y leal al régimen, lo que le había valido el ingreso en el Partido de los Trabajadores. Había ejercido como secretario del Partido para el equipo de albañiles al que pertenecía, pero unos años atrás un leve infarto le había obligado a abandonar su cargo. Al no tener hijos varones, aspiraba a que su hija continuara con su trabajo en favor del Partido, y sirviera a la patria a la que él se había entregado sin reservas. A la doctora Kim, desde niña, le entusiasmó complacer a su padre. Sintió una gran alegría al ingresar con siete años en los Jóvenes Pioneros, y poder atarse al cuello la bufanda roja brillante distintiva de esta organización. A los trece años entró a formar parte de la Liga de Jóvenes Socialistas y empezó a lucir con orgullo la insignia con la efigie de Kim Il-sung. Ser admitido —a los trece, catorce o quince años— en la Liga constituye un rito de paso para los norcoreanos, pero depende en todo caso de la conducta que uno demuestre y de las calificaciones académicas. Ya en la escuela primaria se reveló como una alumna precoz: era la niña de la caligrafía impecable, la primera que levantaba la mano para responder a las preguntas del profesor, la que sacaba las mejores notas. Más tarde, cuando aún no había terminado la secundaria, se decidió que Kim Ji-eun ingresara en la facultad de medicina. Qué importaba que ella hubiese soñado con ser maestra o periodista: era un honor para la hija de un albañil que la admitiesen en Medicina. Comenzó sus estudios en la Universidad de Chongjin a los dieciséis años. Sus compañeros eran dos años mayores que ella; dos de cada tres eran chicas. Aún hubiera podido pasar por adolescente cuando terminó la carrera —que duraba siete años— y comenzó su periodo de aprendizaje en el Hospital Popular Provincial nº 2, adscrito a la facultad de Medicina, y el más prestigioso de la provincia de Hamegvon del Norte. Los habitantes de Chongjin lo llamaban “Hospital Choco” porque en la década de 1960, cuando aún servía de algo pertenecer a la familia de naciones comunistas, había acudido allí un equipo de médicos checoslovacos llevando aparatos de rayos X e incubadoras. Hacía tiempo que se habían marchado los checoslovacos y, por lo demás, los aparatos estaban ahora sujetos con cinta adhesiva, pero el hospital mantenía su reputación europea. Una vez realizadas las prácticas, a la doctora Kim se la destinó como médico generalista a uno de los hospitales pequeños de la ciudad, concretamente al del distrito Pobang, donde vivía. Su jornada comenzaba a las siete y media de la mañana. Estaba obligada a trabajar doce horas y atender a treinta y dos pacientes como mínimo. Normalmente pasaba toda la mañana en el hospital y por la tarde ella y otros colegas formaban un equipo que prestaba atención sanitaria fuera del centro. Llevaba una bata blanca, un gorro blanco que le cubría todo el cabello y le daba aspecto de cocinera de comida rápida, y un bolso muy pesado que contenía un fonendoscopio, jeringas, vendas, píldoras digestivas y antibióticos. Era uno de los tres miembros de un equipo médico que visitaba colegios y edificios de apartamentos. Cada bloque de viviendas tenía su propia unidad sanitaria, que trabajaba en coordinación con el inminban. —¡Han llegado los médicos! ¡Han llegado los médicos! Los gritos resonaban en los patios. Entonces la gente empezaba a hacer cola frente a la unidad sanitaria, arrastrando a los niños pequeños, preparándose para exhibir la mano dolorida o el sarpullido que llevaban cuidando varias semanas mientras aguardaban la visita. En Corea del Norte se espera de los médicos una abnegación total. Debido a la escasez de aparatos de rayos X, tienen que recurrir con frecuencia a máquinas fluroscópicas que los exponen a altos niveles de radiación, por lo que muchos médicos de cierta edad sufren de cataratas. Por lo demás, se ven obligados a donar no solo sangre, sino también trozos de piel para injertar en quemaduras. A la doctora Kim le eximieron de esto último su estatura y su peso, que eran inferiores a la media. De lo que no se libró, en cambio, fue de la obligación de ir a las montañas a recoger hierbas medicinales. Entre las tareas del médico norcoreano está la de fabricarse sus propias medicinas. Aparte de esto, quienes viven en climas cálidos pueden a menudo cultivar algodón para hacerse sus propias vendas. A todos los médicos se les exige recoger hierbas; de hecho, la unidad de trabajo de la doctora Kim invertía en esta tarea un mes en primavera y otro en otoño. Durante las consiguientes expediciones, los médicos dormían al raso y pasaban varios días sin lavarse. Todos debían cumplir con una cuota mínima. A su regreso, el médico debía presentarse en la farmacia del hospital, donde se pesaba la cantidad que hubiese conseguido recoger y, si no bastaba, se le enviaba en busca de más. A menudo tenía que adentrarse mucho en las montanas, puesto que las zonas más accesibles las habían explorado ya ciudadanos corrientes, que habían arramblado con todas las hierbas para luego venderlas o consumirlas ellos mismos. Lo más codiciado era la raíz de peonía, que servía como relajante muscular y para hasta enfermedades nerviosas. A la batata salvaje se la consideraba útil para regular el ciclo menstrual. El diente de león se empleaba para estimular la digestión y el jengibre para prevenir la náusea. A la hierba Atractylodes, que se usa mucho en la medicina china para fortalecer las defensas inmunitarias, se recurría cuando era imposible obtener antibióticos. Los hospitales norcoreanos llevaban años utilizando remedios herbarios en combinación con la medicina occidental. En lugar de analgésicos, los médicos aplicaban ventosas de succión para estimular la circulación en ciertas partes del cuerpo. Otra práctica procedente de China consistía en prender ramas de altamisa cerca de la zona dolorida. Dada la escasez de anestesia, se recurría a la acupuntura en el caso de una operación sencilla, como la de apendicitis. “Cuando funciona, funciona muy bien”, me contaría años después la doctora Kim. ¿Y cuando no funcionaba? Entonces se ataba al paciente a la mesa de operaciones para impedir que se contorsionara. En la mayor parte de los casos, sin embargo, los norcoreanos soportaban el dolor de manera estoica. “No eran como los surcoreanos, que se ponen a gritar como locos por la cosita más leve”, me diría la doctora Kim. Con todos sus defectos, el sistema de salud norcoreano prestaba a los ciudadanos mejor atención sanitaria que la de la época precomunista. La constitución del país reconoce a todos los norcoreanos el derecho a una “asistencia sanitaria gratuita [...] con el fin de mejorar la salud de los trabajadores”. La doctora Kim estaba orgullosa de formar parte del sistema de salud; el solo hecho de poder prestar un servicio a sus pacientes ya le servía de recompensa. Sin embargo, a principios de la década de 1990 se acentuaron las deficiencias del sistema. Gran parte del instrumental médico estaba obsoleto o estropeado, y era imposible conseguir repuestos porque las fábricas que los producían, situadas en países del bloque comunista, ya habían pasado a manos privadas. La planta farmacéutica de Chongjin redujo su producción por falta de electricidad y de suministros. No había suficiente dinero para importar medicamentos. El bolso de la doctora Kim se fue haciendo cada vez más ligero: llegó un momento en el que ya no contenía más que el fonendoscopio. Lo único que podía hacer por sus pacientes era extender recetas; cabía, por lo demás, la esperanza de que tuviesen algún contacto en China o en Japón, o dinero escondido en alguna parte para adquirir los medicamentos en el mercado negro. La desesperación de la doctora Kim se hizo patente en 1993, cuando tuvo su primer enfrentamiento grave con la dirección del hospital. Se le había pedido que atendiera a un hombre de veintisiete años que había sido condenado por un delito económico, lo que equivalía a decir que había entablado un negocio o desarrollado una actividad privada, y llegó al hospital cuando llevaba cumplidos tres de sus siete años de condena. Tenía el cuerpo magullado y estaba gravemente desnutrido, lo que se apreciaba en el costillar prominente. Padecía una bronquitis aguda. Ella quiso suministrarle un antibiótico, pero su jefe no se lo permitió. —Es un presidiario. Vamos a guardar el antibiótico para otro tipo de paciente —le dijo a la doctora Kim. Ella se puso furiosa. —Ha sido ingresado en el hospital. Un paciente es un paciente. Podemos salvarlo. Si no se lo damos, morirá —replicó categórica. Entonces afloró el carácter obsesivo de la doctora Kim. Se negó a olvidar el asunto; siguió hablando de él y protestando durante varios días. El joven, que estaba muriéndose, recibió el alta sin haber sido atendido. La doctora iba a visitarlo a su casa dos veces al día; sin embargo, su enfermedad se agravaba y él se sentía cada cada vez más abatido. “Soy incapaz de seguir viviendo”, declaró. Se suicidó poco después. La doctora Kim estaba convencida de que ella y el hospital eran responsables de su muerte. Persistió la tensión con su jefe, por lo que la doctora solicitó el traslado a la sección de pediatría, donde pensó que no habría tanta política. Por lo demás, su vida personal era un desastre. Al éxito profesional no lo acompañaba la felicidad en el terreno sentimental: su adicción al trabajo y su carácter perfeccionista ahuyentaba a los hombres. Cuando llevaba un año trabajando a jornada completa, la dejó un hombre al que ella adoraba desde que lo había conocido en la Universidad y se quedó destrozada. Más tarde le pidió a una amiga que le consiguiera una cita con otro hombre: se prometió con él la segunda vez que quedaron. Su marido tenía la misma edad que ella —veintiséis años—, pero todavía estaba en el primer año de universidad, ya que antes había servido en el ejército. La doctora Kim pensó que los dos podrían vivir del salario que ella cobraba hasta que él se licenciase. —Le herirás en su orgullo —le advirtió su madre. ¿Una doctora casándose con un estudiante universitario?—. A los hombres no les gusta que sus mujeres ganen más dinero. Ya en la noche de bodas comprendió que había cometido un error terrible. Sin embargo, se quedó embarazada casi enseguida, por lo que no podía dejarle. Unos meses después de dar a luz, pasado ya el periodo de lactancia, dejó la casa que compartía con su marido y se marchó a vivir con sus padres. De acuerdo con la tradición coreana, los suegros se hicieron cargo del bebé: en caso de divorcio es siempre la familia paterna la que se queda con el niño. Si el hecho de ganar más que su marido había erosionado su matrimonio, más tarde fue humillante ver cómo se esfumaba su sueldo. Venía cobrando 186 won al mes, que al tipo de cambio oficial equivalía a ochenta dólares: tres veces el salario de un trabajador corriente. Con ese dinero había podido mantener a su marido y a sus padres, ya jubilados; también había ayudado económicamente a una hermana casada. Con el sueldo desaparecieron las raciones de comida: fue entonces cuando se vio robando peras de los huertos colectivos y buscando comida por los campos. A veces aceptaba regalos de sus padres —una bolsa de fideos, unas cuantas mazorcas de maíz—, lo que le hacía sentirse incómoda y hasta abochornada. Sabía de otros médicos que habían aceptado sobornos a cambio de prestar una atención sanitaria que se suponía gratuita, pero bajo ningún concepto quería ser como ellos. El hecho, sin embargo, es que pasaba hambre. A los veintiocho años, sus esperanzas juveniles ya se habían malogrado. Estaba divorciada y vivía con sus padres. Había perdido la custodia de su hijo. Nunca había trabajado tanto ni recibido menos compensación. Se sentía hambrienta y agotada, era pobre y ningún hombre la amaba. Estas eran las circunstancias desgraciadas en las que se encontraba la doctora Kim el año inmediatamente anterior a la muerte de Kim Il-sung. Como muchos otros norcoreanos, Kim se enteró de su muerte por el noticiario especial emitido al mediodía. Acababa de regresar al hospital tras conducir a un enfermo de fiebre tifoidea a una clínica especializada y, al entrar en el vestíbulo, vio a pacientes, médicos y otros empleados llorando frente al único televisor del hospital. Durante la caminata de cuarenta minutos hasta su casa, situada detrás del principal estadio deportivo de la ciudad, tenía los ojos tan empañados de lágrimas que casi no se podía ver los pies. Cuando llegó a casa su padre estaba durmiendo, pero le despertó el ruido de sus pisadas. —¿Qué pasa? ¿Ha muerto alguno de tus pacientes? —preguntó alarmado. Sabía bien lo mucho que los enfermos podían llegar a afectarla emocionalmente. La doctora Kim se desplomó en brazos de su padre. Nunca había llorado tanto: ni cuando la dejó su novio, ni cuando fracasó su matrimonio y se llevaron a su hijo, ni cuando su padre tuvo el infarto. En la vida, a fin de cuentas, había que contar con esta clase de contratiempos. Ella era médico: estaba, por tanto, acostumbrada a observar la fragilidad del cuerpo humano y era consciente como pocos de su condición mortal; pero jamás se le había ocurrido pensar que Kim Il-sung fuera, en este sentido, como todo el mundo. A sus colegas les sucedía lo mismo. A lo largo de la noche se dedicaban a intercambiar teorías conspirativas mientras trabajaban en los lóbregos pasillos del hospital. Por ejemplo, afirmaban que a Kim il-sung lo habían asesinado los norteamericanos, que, sedientos de guerra, pretendían sabotear la cumbre que iba a celebrarse entre aquel y el presidente surcoreano Kim Young-sam. En efecto: culpar a Estados Unidos de la división de la península coreana había estado desde siempre entre los lugares comunes de la propaganda del régimen. Para la doctora Kim, los días inmediatamente posteriores a la muerte de Kim Il-sung estuvieron envueltos en una bruma. En parte por la conmoción que le había provocado la noticia, en parte por la falta de sueño, lo cierto es que tardó algún tiempo en darse cuenta de la crisis que se estaba fraguando en su casa. Su padre estaba deprimido desde que la enfermedad le había obligado a jubilarse. La desaparición del Gran Líder ya no pudo soportarla. No salía de la cama en todo el día y se negaba a comer. —Si un gran hombre como Kim Il-sung puede morir, ¿por qué habría de seguir viviendo y alimentándose un don nadie como yo? —gritaba. Su hija trataba de hacerle entrar en razón. Se ponía zalamera. Finalmente le chillaba y lo amenazaba. —Si no comes, yo tampoco como. Moriremos juntos —le decía. Su madre también amenazó con ponerse en huelga de hambre. Entonces la doctora Kim hizo venir del hospital al secretario del Partido de los Trabajadores para que convenciera a su padre de que depusiese su actitud. También recurrió a la nutrición intravenosa. Su padre empezó a delirar. Tan pronto alababa a Kim Il-sung como lo maldecía. Un día afirmaba amar tanto al mariscal que era incapaz de vivir sin él, y al día siguiente susurraba que la mortalidad de Kim Il-sung demostraba de forma concluyente que el sistema norcoreano había fracasado. En un momento determinado le pidió a su hija que trajera un poco de papel del hospital. Cuando regresó la doctora Kim, su padre consiguió incorporarse y garabateó una nota: Como último servicio al Partido de los Trabajadores, le ofrezco a mi hija: ella continuará mi labor. Ruego al Partido que le permita convertirse en una eficaz y leal servidora suya. Le tendió la nota a su hija, pidiéndole que se la entregara al secretario del Partido en el hospital. Acto seguido cogió otra hoja de papel. Hizo un dibujo que parecía representar una pirámide muy complicada, cuyos escalones aparecían designados con números y nombres; parecían los garabatos de un demente. La doctora Kim pensó que su padre había perdido el juicio. Entonces hizo señas a su hija para que se sentara a su lado. Solo era capaz de hablar en susurros. —Estos son los parientes que tenemos en China. Ellos te ayudarán le dijo. Se trataba de un árbol genealógico. La doctora Kim se quedó de piedra. ¿Era posible que su padre le estuviera pidiendo que abandonase la patria y se marchase a China? ¿Él, el mismo tipo leal que había huido de China en su día y que luego había inculcado en ella el amor a Kim Il-sung? ¿Era posible que fuera un traidor? En un primer momento sintió el impulso instintivo de romper aquella hoja, pero no podía destruir las últimas palabras de su padre, pensó luego. De modo que fue a buscar una cajita metálica con candado que guardaba de recuerdo; se trataba de uno de los últimos vestigios de su infancia. Dobló la hoja donde su padre había dibujado el árbol y la guardó bajo lave en la caja. Kim Il-sung fue enterrado en un mausoleo subterráneo. Su cuerpo fue embalsamado y expuesto al público de acuerdo con la tradición comunista iniciada con la muerte de Lenin en 1924. El gobierno organizó unas exequias muy elaboradas que durarían dos días, el 19 y el 20 de julio. Radio Pyongyang informó de que dos millones de personas habían asistido a la procesión fúnebre. El ataúd con los restos de Kim Il-sung recorrió las calles de la ciudad sobre el techo de un Cadillac, seguido por soldados que marchaban al paso de la oca, una orquesta de metal y una flota de limusinas que transportaban gigantescos retratos del líder y ramilletes de flores. El cortejo formado por cien vehículos partió de la plaza Kim Il-sung, pasó por delante de la Universidad Kim Il-sung y de la estatua de treinta metros de Kim Il-sung —la mayor de todo el país—, y llegó al Arco de la Revolución, réplica del Arco del Triunfo parisiense, solo que mayor. Al día siguiente se celebró un funeral. A las doce en punto del mediodía aullaron las sirenas en todo el país; los trenes y los buques hicieron sonar sus bocinas y los ciudadanos se mantuvieron en posición de firmes por espacio de tres minutos. El periodo de luto oficial había terminado. Era hora de que los norcoreanos volvieran a sus tareas. A la doctora Kim no le costó distraer su desdicha volcándose en el trabajo. Su padre murió tan solo una semana después del funeral de Kim Il-sung, por lo que no tenía muchas ganas de volver a casa por la noche y decidió prolongar aún más su jornada. La ola de calor no había remitido todavía, y el brote de fiebre tifoidea que había estallado al comienzo del verano había ido convirtiéndose en una epidemia. La ciudad de Chongjin siempre había estado expuesta a epidemias debido a su sistema de alcantarillado, reconstruido precipitadamente tras la Guerra de Corea, e incapaz de evitar que los excrementos llegasen a los arroyos donde las mujeres lavaban la ropa a menudo. Como la electricidad se iba cada dos por tres, se hizo imposible contar con el agua corriente. Normalmente la electricidad y el agua funcionaban durante una hora por las mañanas y otra por las noches. La gente almacenaba agua en grandes tinajas (pocos disponían de bañera) que se convirtieron en criaderos de bacterias. Nadie disponía de jabón. La fiebre tifoidea se trata fácilmente con antibióticos, pero en 1994 ya casi no los había. Tras el caluroso verano de aquel año vino un invierno excepcionalmente frío, con temperaturas que llegaron a caer hasta los treinta y cinco grados bajo cero en las zonas montañosas. Las lluvias torrenciales que trajo el verano siguiente anegaron los arrozales. Esto brindó al gobierno norcoreano una excusa honrosa para reconocer públicamente por primera vez que el país sufría escasez de alimentos. En septiembre de 1995 se autorizó la visita de un equipo humanitario de Naciones Unidas, al que se informó de que las inundaciones habían causado daños materiales estimados en quince mil millones de dólares y que habían afectado a 5,2 millones de personas. 96.348 hogares habían sufrido daños, lo que había provocado el desplazamiento de medio millón de personas. Se habían perdido 1,9 millones de toneladas de cosecha. En la sala de pediatría del hospital, la doctora Kim advirtió la presencia de síntomas extraños en sus pacientes. Comprobó sorprendida que los niños a los que trataba, nacidos a finales de la década de 1980 y principios de la de 1990, eran aún más bajos de lo que lo había sido ella en la escuela primaria (una niña diminuta, la más baja de su clase). Sus brazos podía abarcarlos con el dedo pulgar y el índice, de tan flacos que eran. Tenían un tono muscular débil. Se trataba de un conjunto de síntomas conocido como síndrome de emaciación, en el que el cuerpo famélico va consumiendo poco a poco su propio tejido muscular. Los niños llegaban al hospital con un estreñimiento tan agudo que no paraban de gritar y se retorcían de dolor.[1] El problema estaba en la comida. Las madres habían empezado a recoger algas y hierbas silvestres que luego añadían a la sopa, creando la ilusión de que se trataba de verduras. A falta de arroz, el maíz estaba convirtiéndose de nuevo en el alimento básico, pero a la gente le daba por añadir hojas, cáscaras, raíces y mazorcas para darle más consistencia o sabor a la comida. Todo eso podía digerirlo un adulto, pero no así el pequeño estómago de un niño. El asunto fue objeto de discusión entre los médicos del hospital, quienes empezaron a dar a las madres consejos de cocina. “Si va a usar hierbas o trozos de corteza, debe molerlos muy finos, luego cocerlos largo rato hasta que estén tiernos y sean fáciles de comer”, les decía la doctora Kim. Entre los niños de más edad y los adultos comenzó a observarse una extraña afección. Los pacientes presentaban sarpullidos de colores brillantes en las manos, alrededor de la clavícula (como si llevaran un collar) y de los ojos (como si llevaran gafas). A esta enfermedad se la llamaba a veces “enfermedad de las gafas”; en realidad se trataba de la pelagra, cuya causa está en un déficit de niacina en la dieta y que a menudo se observa en las personas que solo comen maíz. Era habitual que llegaran al hospital niños aquejados de un leve catarro, de tos o de diarrea, y que luego falleciesen repentinamente. La pobreza de la dieta disminuía su resistencia inmunitaria. En el hospital no había antibióticos, pero tampoco habrían servido para nada: los niños estaban demasiado débiles, sobre todo los bebés. Las madres, al hallarse —ellas también— desnutridas, no podían producir suficiente leche para alimentarlos. No existían, por lo demás, las leches de fórmula. Antes, las madres que no producían suficiente leche solían alimentar a los bebés con una especie de congee aguado, hecho de arroz cocido; ahora, sin embargo, el arroz era un lujo para la mayoría de ellas.[2][3] También había niños que no presentaban síntomas reconocibles de ninguna enfermedad; tan solo un vago malestar. Tenían la piel pálida o azulada, fina como el papel y falta de elasticidad. A veces tenían el vientre hinchado; otras veces no tenían nada. —No tengo idea de qué puede ser. Simplemente no puedo hacer que deje de llorar —solían decirle las madres. Ella asentía, comprensiva. Había conseguido reconocer la dolencia, pero no sabía qué decirles. ¿Cómo explicarle a una madre que su hijo necesita comer más cuando no hay más comida? Entonces extendía un volante de ingreso aun sabiendo que, dadas las circunstancias, no podía curar la enfermedad: tampoco había comida en el hospital. Durante sus recorridos por la sala de pediatría, los niños la seguían con la mirada. Cuando volvía la espalda seguía sintiendo sus ojos fijos en la bata blanca. Se preguntaban, sin duda, si la doctora Kim podía aliviar su dolor, pero enseguida se daban cuenta de que no. —Me lanzaban miradas de reproche. Hasta los niños de cuatro años sabían que se estaban muriendo y que yo no estaba haciendo nada para ayudarlos —me contaría años después—. Lo único que podía hacer era llorar con sus madres después, ante sus cuerpos. La doctora Kim no llevaba ejerciendo su profesión el tiempo suficiente para crearse una coraza frente al dolor que la rodeaba. El dolor de los niños era su dolor. Años después, cuando le pregunté si se acordaba de alguno de los que habían muerto estando bajo su tutela, me contestó secamente: “Me acuerdo de todos”. Con el paso de los años las condiciones para médicos y enfermos fueron haciéndose cada vez más deplorables. La caldera del sótano dejó de funcionar por falta de carbón, de modo que el hospital se quedó sin calefacción. Luego se cortó el agua corriente, y ya nadie pudo fregar bien el suelo. Incluso durante el día, dentro del edificio se estaba tan a oscuras que los médicos tenían que arrimarse a las ventanas para redactar sus informes. Los enfermos traían su propia comida y sus propias mantas. Ante la escasez de vendas las fabricaban ellos mismos cortando en trozos la ropa de cama. El hospital aún se hallaba en condiciones de fabricar suero, pero no disponía de botellas para guardarlo, por lo que los pacientes tenían que traerlas de sus casas: se trataba a menudo de botellas vacías de la cerveza más popular de Chongjin, Rakwon, que significa “Paraíso”. —Si traían una botella de cerveza, conseguían una de suero. Si traían dos botellas, conseguían dos de suero —recordaría tiempo después la doctora Kim—. Da mucha vergüenza reconocerlo, pero así era. El hospital terminó por vaciarse. La gente dejó de llevar allí a sus familiares enfermos. ¿Para qué se iba a molestar? La desaparición de Kim Il-sung no produjo apenas ningún cambio en el país. Kim Jong-il había ido asumiendo poco a poco el poder durante el decenio que precedió a la muerte de su padre. La economía había comenzado a hundirse años atrás, de forma inexorable y bajo el peso de su propia ineficiencia. En todo caso, el Gran Líder de Corea del Norte había elegido un buen momento para morir: su legado ya no se vería enturbiado por los acontecimientos funestos de los años siguientes. De haber vivido Kim Il-sung un poco más, hoy los norcoreanos no podrían recordar con nostalgia la relativa prosperidad de la que gozaron mientras él vivió. Su fallecimiento coincidió con los últimos estertores del sueño comunista. En 1995 la economía estaba ya tan exánime como el cuerpo del Gran Líder. La renta per cápita estaba cayendo en picado: de 2.460 dolares en 1991 había pasado a 719 dólares en 1995. La exportación de bienes había caído de los dos mil millones de dólares a los ochocientos millones de dólares. El derrumbe de la economía tenía algo de orgánico; era como si un ser vivo fuera lentamente apagándose hasta morir.[4] En Chongjin, las fábricas gigantescas situadas a lo largo del paseo marítimo parecían un muro herrumbroso. Sus chimeneas, que recordaban los barrotes de una prisión, eran los indicios más seguros del declive industrial. La mayor parte de los días, solo unas pocas escupían humo. Bastaba contar las nubes de humo —una, dos, a lo sumo tres— para comprender que el pulso de la ciudad estaba decayendo. Las verjas principales de las fábricas estaban cerradas con candados y cadenas, exceptuando aquellos casos en los que los ladrones habían conseguido romper el cerrojo para después arramblar con la maquinaria.[5] Al norte del distrito industrial las olas lamían suavemente los muelles vacíos del puerto. Habían desaparecido los cargueros japoneses y soviéticos que antes lo visitaban cada poco para recoger las planchas de acero producidas en las fábricas de la ciudad. Ya solo quedaba una flota oxidada de barcos de pesca norcoreanos. En lo alto de un acantilado situado por encima del puerto, un letrero enorme proclamaba KIM JONG-IL, SOL DEL SIGLO XXI. Pero incluso esta inscripción parecía deshacerse en medio del paisaje. Hacía años que nadie repintaba las letras rojas de los carteles propagandísticos instalados a lo largo de la carretera, y el rojo se había convertido en un rosa apagado. Chongjin, una de las ciudades más contaminadas de Corea del Norte, adquiría ahora una belleza austera y silenciosa que no había conocido antes. En otoño y en invierno, las estaciones secas en el nordeste de Asia, el cielo era azul claro. Se había disipado el hedor punzante a azufre de las acerías, y se podía oler el mar de nuevo. En verano la malvarrosa trepaba a ambos lados de los muros de hormigón. Incluso había desaparecido la basura. Es verdad que Corea del Norte no había llegado nunca a generar muchos desperdicios —pues allí donde no se produce mucho, tampoco se desperdicia mucho—, pero, al paralizarse la actividad económica, los detritos de la civilización fueron desapareciendo. No había bolsas de plástico ni envoltorios de caramelos flotando en la brisa, ni latas de refrescos desperdigadas en el puerto. Si uno apagaba un cigarrillo en el suelo, otro lo recogía para extraer de él unas cuantas motas de tabaco y luego enrollarlas en trozos de periódico. VIII EL ACORDEÓN Y LA PIZARRA Clases de acordeón en Pyongyang, 2005. La muerte de Kim Il-sung obligó a aplazar el examen final de música de Mi-ran, que ya no pudo licenciarse hasta el otoño de 1994. No era una época nada propicia para iniciar una carrera docente... o cualquier otra actividad, ciertamente. Mi-ran estaba deseosa de marcharse a vivir de nuevo con sus padres, puesto que se había interrumpido del todo la distribución de alimentos en Chongjin. De modo que solicitó que se le asignase un puesto docente cerca de casa. Tuvo la suerte de que la destinaran a una guardería próxima a las minas de Saenggiryoung, donde había trabajado su padre, en una cordillera de color café con leche situada tres kilómetros al norte de Kyongsong yendo por la carretera principal a Chongjin. Los padres de Mi-ran se sintieron aliviados por su regreso: al vivir su hija en casa, podían asegurarse de que se alimentara como es debido. Era habitual en Corea del Norte que los adultos solteros, sobre todo las mujeres, vivieran con sus padres. Mi-ran podía ayudar con las tareas domésticas y hacer compañía a su padre, que últimamente no tenía trabajo casi nunca. Las dos habitaciones de la casa, situada en una hilera de viviendas de tipo armónica, parecían vacías del todo desde que las dos hermanas mayores de Miran se habían casado y su hermano se había marchado a estudiar en la escuela de magisterio. La guardería se encontraba a unos cuarenta y cinco minutos a pie de su casa, y parecía casi idéntica a la de Chongjin, donde había hecho las prácticas. Estaba alojada en un edificio de hormigón de una sola planta, que hubiera parecido lóbrego de no haber sido por la valla de hierro que lo rodeaba, pintada con girasoles brillantes y con el eslogan “Somos felices” pintado en el arco de la entrada. El patio, situado en la parte delantera del edificio aún conservaba algunos juegos infantiles antiguos: algunas piezas viejas de mobiliario infantil: barras de mono, un tobogán y unos columpios con los asientos de madera rotos. Las aulas eran como las de cualquier otra guardería del país, con los retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il encima de la pizarra. Los pupitres dobles estaban formados por tablas de madera desgastada colocadas sobre armazones metálicos. A un lado del aula, bajo las ventanas, había pilas de esteras dobladas para la hora de la siesta. Al otro lado, una librería grande con solo unos pocos volúmenes, por lo demás apenas legibles, pues se trataba de fotocopias antiguas de los originales cuya tinta, ya desvaída, presentaba diversas tonalidades de gris. Siempre escaseaban los libros y el papel, por lo que las madres más ambiciosas se veían obligadas a copiar a mano los libros de texto para que sus hijos pudieran estudiar en casa. Las diferencias entre escuelas se hacían patentes en los propios alumnos. Saltaba a la vista que los niños que vivían en los pueblos eran más pobres. Los párvulos no llevaban uniforme, sino que vestían todo tipo de prendas heredadas. Iban envueltos a menudo en muchas capas de ropa, ya que la calefacción en la escuela era muy escasa. A Mi-ran le sorprendió lo mal arreglados que iban. Al ayudarles a quitarse las prendas exteriores, iba despojándoles de una capa tras otra hasta descubrir el cuerpo diminuto que había debajo. Cuando les cogía las manos, los niños apretaban sus dedos minúsculos en un puño no más grande que una nuez; tenían cinco y seis años, pero no aparentaban más de tres o cuatro. Los alumnos que había tenido en Chongjin eran hijos de empleados de fábrica y burócratas; los de ahora, hijos de mineros. Mi-ran comprendió que, pese a todos los problemas de escasez de alimentos que sufría la ciudad, los mineros vivían aún peor. Antes se les daban raciones extra de comida —900 gramos diarios en lugar de los 700 que obtenía un trabajador medio— como recompensa por el arduo trabajo físico que realizaban. Sin embargo, en vista de que las minas de carbón y de caolín estaban cerradas la mayor parte del año, las raciones se habían reducido drásticamente. Mi-ran se preguntaba si el motivo principal por el que algunos niños iban a la escuela no era justamente el almuerzo gratuito que se servía en la cafetería: una sopa aguada con sal y hojas secas similar a la que le daban a ella en la residencia universitaria. Pese a todo, acometió su nuevo trabajo con entusiasmo. El hecho de ser profesora, y miembro como tal de la clase instruida y respetable, significaba un progreso enorme para la hija de un minero, más aún de uno perteneciente al escalafón más bajo de la sociedad. Tenía muchas ganas de levantarse por las mañanas y ponerse la blusa blanca almidonada que guardaba por las noches bajo la estera donde dormía. La jornada escolar empezaba a las ocho de la mañana. Mi-ran se ponía su sonrisa más alegre para saludar a los niños que entraban en fila en el aula. Nada más conseguir que se sentaran en los sitios que tenían asignados, la joven profesora sacaba su acordeón. Todos los profesores tenían que saber tocarlo: en eso, justamente, había consistido el último examen que había hecho Mi-ran antes de licenciarse. Al acordeón se lo llamaba a menudo el “instrumento del pueblo”, porque era fácil de transportar de camino hacia una obra o en una ardua jornada de trabajo voluntario en el campo: nada como una vigorizante marcha militar interpretada con el acordeón para animar a los trabajadores en el campo o en la obra. Los profesores solían cantar en el aula el himno titulado “No tenemos nada que envidiar al mundo”, cuya melodía monótona les resultaba a los niños norcoreanos tan familiar como la de “Campanita del lugar”. Mi-ran lo había cantado de niña y se sabía la letra de memoria. Padre, no tenemos nada que envidiar al mundo. Nuestra casa está bajo el amoroso cuidado del Partido de los Trabajadores. Somos todos hermanos y hermanas. Ni aunque un mar de fuego venga hacia nosotros tienen nada que temer los dulces niños. Nuestro padre está aquí. No tenemos nada que envidiar al mundo. Mi-ran carecía del talento musical de su hermana Mi-hee: aun estando prendado de ella, Junsang no podía evitar hacer muecas cada vez que cantaba su novia. Pero sus pequeños alumnos no eran tan exigentes. Cuando se ponía a entonar una canción, los niños levantaban la cabeza hacia ella, radiantes. La adoraban y correspondían con creces al entusiasmo que ella desplegaba. Mi-ran siempre había lamentado que su hermano tuviera una edad tan próxima a la suya: de no haber sido así habría podido tratarlo como a un hermanito pequeño, aleccionándolo y dándole ordenes, y no como a un rival. Lo cierto es que amaba su trabajo. En cuanto al contenido que impartía, no se paraba nunca a pensar si estaba bien o mal. Ni siquiera sabía que se pudiera enseñar otro tipo de cosas.[1][2] En sus Tesis sobre enseñanza socialista, redactadas en 1977, Kim Il-sung afirmaba: “Una formación política e ideológica sólida es la condición indispensable del éxito en la formación científica y tecnológica del pueblo”. Como sus alumnos no estaban aún en condiciones de leer ninguna de las numerosas obras del Gran Líder (que figura como autor de más de una docena de libros, igual que su hijo Kim Jong-il), Mi-ran se dedicaba a leerles fragmentos en voz alta. Les animaba a que repitieran después de ella, al unísono, las frases clave. Escuchar a una niña o un niño muy mono, con su voz aguda, recitar las enseñanzas de Kim Il-sung arrancaba siempre una risita y una amplia sonrisa a los adultos. Tras la sesión de adoctrinamiento ideológico, las clases pasaban a ocuparse de asuntos más corrientes, pero el pensamiento del niño nunca se apartaba mucho del Gran Líder. Se le recordaba continuamente, aun cuando estuviera aprendiendo matemáticas, ciencias, música o dibujo, que había que adorar al régimen y odiar al enemigo. Así, por ejemplo, en un libro de texto de matemáticas para niños de seis y siete años figuraban los siguientes problemas: “Ocho niños y nueve niñas están cantando himnos en alabanza de Kim Il-sung. ¿Cuántos niños están cantando en total?”. “Una niña actúa de correo para nuestras patrióticas tropas durante la guerra contra la ocupación japonesa. Lleva mensajes en una cesta que contiene cinco manzanas, pero un soldado japonés la detiene en un puesto de control. El soldado le roba dos de las manzanas. ¿Cuántas quedan?”. “Tres soldados del Ejército Popular de Corea matan a treinta soldados norteamericanos. ¿A cuántos soldados norteamericanos mató cada uno si todos mataron al mismo número de soldados enemigos?”. Un libro de lectura elemental publicado en 2003 y destinado a niños de las mismas edades incluía el siguiente poema, que llevaba por título “¿ Adónde vamos?”: ¿Adónde hemos ido? Hemos ido al bosque. ¿Adónde vamos ahora? Vamos a cruzar las montañas. ¿Qué vamos a hacer? Vamos a matar soldados japoneses. Una de las canciones que se enseñaban en clase de música se llamaba “Dispara a los cerdos yanquis”: Nuestros enemigos son los cerdos yanquis que tratan de apoderarse de nuestra bella patria. Con pistolas que he fabricado con mis propias manos les dispararé. BANG, BANG, BANG. Los textos elementales para alumnos que estaban aprendiendo a leer contaban historias donde los niños eran apaleados, quemados, pasados a bayoneta, arrojados a pozos, rociados con ácido... indefectiblemente a manos de misioneros cristianos, cerdos japoneses o cerdos americanos imperialistas. Un libro muy apreciado hablaba de un niño pequeño al que unos soldados estadounidenses mataban a patadas por haberse negado a limpiarles los zapatos. En la ilustración que acompañaba al texto se representaba a los militares con narices aguileñas, como a los judíos en las viñetas antisemitas de la Alemania nazi.[3] Mi-ran había oído hablar a menudo de las atrocidades cometidas por Estados Unidos en la Guerra de Corea, pero en este caso no sabía qué pensar. Su propia madre recordaba a los soldados norteamericanos que habían pasado por su pueblo como hombres altos y apuestos. —Echábamos a correr detrás de ellos —rememoraba. —¿Corríais detrás? ¿No huíais de ellos? —No, porque nos daban chicles —le contaba a Mi-ran. —¿Quieres decir que no trataban de mataros? —Mi-ran había escuchado incrédula el relato de su madre.[4] En la clase de historia los niños se iban de excursión. Todas las escuelas primarias de cierto tamaño disponían de una sala reservada para la enseñanza acerca del Gran Líder, con el rótulo “Instituto de Investigación sobre Kim Il-sung”. Los niños de la guardería de Mi-ran iban caminando hasta la principal escuela primaria del pueblo para visitar esa habitación especial, que se encontraba alojada en una ala recién construida del edificio. La sala estaba limpia y bien iluminada; por lo demás, la calefacción funcionaba allí mejor que en el resto de la escuela. El Partido de los Trabajadores hacía inspecciones sorpresa para comprobar que los empleados de la limpieza la mantenían inmaculada. Aquella sala era como un santuario. Hasta los párvulos sabían que allí estaba prohibido reírse e incluso susurrar. Al llegar se quitaban los zapatos y hacían cola en silencio. Se acercaban uno a uno al retrato de Kim Il-sung, se inclinaban profundamente y decían: “Gracias, Padre”. El elemento principal de la sala era una caja con la parte superior de cristal, en cuyo interior se había instalado una maqueta del lugar donde había nacido Kim Il-sung, en la aldea de Mangyongdae, situada a las afueras de Pyongyang. Los niños contemplaban detenidamente a través del cristal una casa con techo de paja, y aprendían que allí había nacido, en un ambiente muy humilde, el Gran Líder, que provenía de una familia de revolucionarios y patriotas. Se les contaba cómo había gritado eslóganes antijaponeses durante el Movimiento del 1 de marzo, una revuelta contra la ocupación que había tenido lugar en 1919 (poco importaba que Kim Il-sung tuviera entonces siete años), y cómo regañaba a los propietarios ricos: su alma, en efecto, había sido comunista desde una edad muy temprana. Oían que se había marchado de casa a los trece años para liberar a su país. Las pinturas al óleo que cubrían las paredes de la sala representaban las hazañas logradas por Kim Il-sung en la lucha contra los japoneses. Desde el punto de vista norcoreano había sido él solo, sin ayuda de nadie, quien les había derrotado. La historia oficial omitía su estancia en la Unión Soviética y el papel que había desempeñado Stalin en su ascenso al liderazgo en Corea del Norte. Lo cierto es que la figura de Kim Il-sung pareció adquirir después de su muerte una dimensión aún mayor. Pyongyang ordenó que se modificaran los calendarios. Los años dejarían de contarse desde el nacimiento de Cristo: el nuevo origen de la escala para los norcoreanos sería el nacimiento —en 1912— de Kim Il-sung, de tal modo que el año 1996 pasaría a conocerse como Juche 84; Más tarde se le designó a Kim Il-sung “presidente eterno”, pues su espíritu seguía gobernando el país desde el mausoleo climatizado que se encontraba bajo la Torre de la Vida Eterna. Kim Jong-il asumió las funciones de secretario general del Partido de los Trabajadores y presidente de la Comisión Nacional de Defensa, que es el cargo más importante del país. Aunque no había duda de que Kim Jong-il era el jefe del Estado, el hecho de ceder a su padre el título presidencial demostraba su lealtad filial a la vez que le permitía ejercer el poder en nombre de un personaje al que la gente profesaba auténtica veneración y que era, ciertamente, más popular que su hijo. Hasta 1996 había prohibido que se erigieran estatuas en su honor, disuadido a los artistas de que pintaran retratos suyos y evitado las apariciones públicas, pero tras la muerte de su padre quiso asumir un mayor protagonismo. Aquel año el Ministerio de Educación ordenó a las escuelas de todo el país que crearan institutos de investigación sobre Kim Jong-il. Serían como las salas especiales consagradas a su padre, solo que las maquetas expuestas ya no lo serían de la humilde aldea de Mangyongdae, sino del monte Paektu, una montaña volcánica que se extiende a ambos lados de la frontera entre China y Corea del Norte, y donde se dice que apareció un arco iris que anunciaba el nacimiento de Kim hijo. Esta montaña fue una buena elección: los norcoreanos la veneran desde hace mucho por creer que allí nació una figura mitológica llamada Tangun, hijo de un dios y de una osa, y al que se atribuye la fundación, en el año 2333 a. de C., del primer reino coreano. Poco importa que los archivos soviéticos demuestren que Kim Jong-il nació en realidad cerca de Jabárovsk, en el extremo oriental de Rusia, donde su padre se encontraba entonces combatiendo con el Ejército Rojo.[5][6] En Corea del Norte no costaba demasiado reinventar la historia y fabricar un mito; lo que resultaba mucho más difícil en 1996 era levantar un edificio. La sala Kim Jong-il tenía que ser de una calidad comparable a la dedicada a su padre, pero como hacía tiempo que las fábricas habían dejado de funcionar, escaseaban el ladrillo, el cemento, el cristal y hasta la madera. El material más difícil de obtener era el cristal para las ventanas, ya que la fábrica de Chongjin había cerrado por completo. Las ventanas rotas se tapaban con planchas de plástico. Solo producía cristal una fábrica situada en Nampo, un puerto del mar Amarillo, pero en cualquier caso las escuelas no tenían dinero para comprarlo. La escuela de Kyongsong ideó entonces un plan para salir del apuro. Estudiantes y profesores se dedicarían a recoger algunos de los famosos objetos de cerámica de la zona —fabricados a partir del caolín de las minas— para después llevarlos a Nampo, ciudad famosa por sus salinas. Allí cambiarían cerámica por sal y luego revenderían la sal obteniendo una ganancia, que emplearían en comprar cristal. Se trataba de un plan algo enrevesado, pero a nadie se le ocurría una idea mejor. Se les había instado a construir la sala Kim Jong-il valiéndose de sus propios recursos y como parte de una campaña a escala nacional. El caso es que el director de la escuela pidió a profesores y padres de alumnos que participaran en la expedición a Nampo. Se lo pidió, desde luego, a Mi-ran, a quien no en vano la gente consideraba dinámica, ingeniosa y sobre todo de fiar. Mi-ran empezó a urdir su plan en cuanto supo de la expedición. Consultó a escondidas un plano de ferrocarriles. Nampo se encontraba, tal como suponía, al otro extremo de la península coreana, al sudoeste de Pyongyang. Fuese cual fuese el tren que cogieran, tendría que pasar por la capital, y lo más probable era que parase en la gran estación situada en el extrarradio, donde se concentraban todas las universidades. ¡Estaría a unos pocos kilómetros del campus donde estudiaba Jun-sang! Desde la muerte de Kim Il-sung se había vuelto más difícil que nunca para ellos seguir en contacto. Hacía tiempo que habían superado la etapa inicial de timidez, en la que estar juntos causaba tanta incomodidad como placer; ahora se sentían relajados cuando se veían y disfrutaban con la simple amistad. Sin embargo, las cartas que antes tardaban unas semanas en llegar últimamente se demoraban meses, si es que llegaban. Se sospechaba que los trabajadores ferroviarios quemaban el correo para calentarse en los rigores del invierno. Por lo demás, las visitas de Jun-sang se habían ido espaciando. Mi-ran odiaba tener que ser la que se quedara en casa aguardando la llamada a la puerta, la visita sorpresa de su novio, incluso una carta suya: cualquier señal de que seguía pensando en ella. Ella no era pasiva por naturaleza, por lo que le habría gustado tomar la iniciativa y visitarle; sin embargo era bien sabido lo mucho que costaba obtener un permiso para viajar a Pyongyang. Las autoridades, interesadas en preservar esta ciudad como escaparate de Corea del Norte ante el mundo, restringían la entrada de visitantes nacionales. Mi-ran sabía de una familia de su barrio a la que habían obligado a marcharse de la capital porque uno de los hijos sufría enanismo. La gente corriente que vivía en el campo no visitaba la capital más que con ocasión de algún viaje en grupo organizado por la unidad de trabajo o la escuela. Mi-ran solo había estado allí una vez: su colegio entonces había querido que los alumnos conocieran los monumentos de la capital. No tenía, en definitiva, ninguna posibilidad de agenciarse por su cuenta un permiso de viaje. Pero ¿quién podía impedirle bajarse del tren en la estación de Pyongyang? Viajaban cuatro personas además de ella: dos padres, el director del colegio y otra profesora. El trayecto hasta Nampo duraba tres días debido a las malas condiciones de la vía férrea. Mientras el tren renqueaba, avanzando a sacudidas sobre los raíles, Mi-ran miraba ensimismada por la ventana, pensando en cómo librarse de sus compañeros de viaje, que no tardaron en preguntarse por qué la joven profesora, normalmente la más animada y locuaz del grupo, se mostraba esta vez tan retraída y taciturna. “Oh, bueno, asuntos familiares, ya sabéis”, les dijo. Este embuste le hizo concebir una idea; así una mentira dio origen a otra. En el viaje de vuelta se bajaría del tren cerca de Pyongyang para encontrarse con un pariente en la estación. Más tarde cogería sola el siguiente tren a Chongjin. Seguramente no le harían muchas preguntas, puesto que se trataba de un asunto urgente y de índole personal. Sus compañeros de viaje asintieron con aire de complicidad. Luego, al bajarse ella del tren, apartaron la mirada avergonzados. Dieron por hecho que se bajaba en Pyongyang para pedirle dinero a un familiar más pudiente y lo comprendían muy bien. En Chongjin todo el mundo estaba sin blanca, sobre todo los profesores: llevaban más de un año sin cobrar. El tren desapareció llevando a sus colegas de regreso a Chongjin, y Mi-ran se quedó de pie en el andén, inmóvil. La estación tenía un aspecto lóbrego: el humo de las locomotoras suprimía la poca luz que se filtraba a través del tejado. Nunca había viajado sola. No tenía casi dinero ni llevaba toda la documentación; sus papeles indicaban con claridad que solo estaba autorizada a pasar por Pyongyang en tránsito hacia otro lugar. Entonces vio cómo la multitud de pasajeros que se había bajado del tren se organizaba en una cola frente a la única salida, que estaba flanqueada por policías. La vigilancia parecía más estricta que en Chongjin. Casi no había tomado en consideración este escollo al urdir su plan. Si la descubrieran tratando de salir de allí sin el debido permiso la detendrían con toda seguridad. Podían enviarla a un campo de trabajo. En el mejor de los casos perdería su empleo: un baldón más para una familia de por sí oprimida por su condición social Mi-ran caminó despacio por el andén en medio del enjambre de gente, tratando de encontrar otra salida. Al volverse notó que un hombre uniformado la observaba. Siguió caminando y miró hacia atrás de nuevo: el tipo no le quitaba ojo. Entonces cayó en la cuenta de que la estaba siguiendo. Solo cuando se hubo acercado lo suficiente para hablar con ella comprendió Mi-ran lo que sucedía: él se había quedado mirándola porque la encontraba atractiva. Tampoco se había percatado de que el tipo no llevaba uniforme de policía sino de maquinista. Tenía más o menos la misma edad que ella y el rostro amable de una persona propensa a confiar en los demás. Ella le explicó el aprieto en el que estaba, al menos en parte; no quiso mencionarle todo el asunto de su novio. —Mi hermano mayor vive cerca de la estación —dijo sin pensar. Mentía, aunque su angustia no era fingida—. Quiero hacerle una visita, pero me he olvidado la documentación en casa. ¿Es muy estricto aquí el control? El maquinista se dejó engatusar por aquella damisela en apuros. La condujo entre hileras de cajas hasta una puerta para mercancías que no estaba vigilada. Entonces le preguntó si podía volver a verla. Mi-ran garabateó un nombre y una dirección falsos, lo que le hizo sentirse culpable. En un solo día había mentido más veces que en toda su vida. En la verja principal de la universidad, el estudiante que vigilaba la puerta de entrada la miró con suspicacia y, tras indicarle que se sentara en el interior de la garita —cosa que ella hizo a regañadientes—, se marchó a buscar a Jun-sang. Mi-ran intentó tranquilizarse, pese a tener la sensación de que al otro lado de la verja, desde el patio de la universidad, la gente le lanzaba miradas curiosas. Entonces resistió el impulso de alisarse el pelo y colocarse bien la blusa que se le había pegado a la piel; no quería dar la impresión de estar acicalándose. Era el final del verano y todavía hacía calor, a pesar de que el sol se había ocultado ya detrás de los edificios de la universidad. Observó a los chicos dirigiéndose a cenar a través del patio salpicado de sombras. Las facultades de ciencias eran teóricamente mixtas, pero lo cierto es que las estudiantes vivían al otro extremo del campus y eran tan pocas que apenas se las veía. Uno de los chicos se asomó a la garita de vigilancia y empezó a burlarse de ella: “¿Él es tu hermano de verdad? ¡Ya ya! ¿No será tu novio?”. Ya casi había oscurecido cuando vio a Jun-sang acercarse desde el patio empujando una bicicleta. Llevaba una camiseta y unos pantalones de gimnasia: estaba claro que no esperaba ninguna visita. Se había encendido tras él una luz de seguridad que impedía distinguir su expresión. Al principio Mi-ran solo percibió la silueta de los pómulos; luego una sonrisa asustada que se extendió por el rostro de Jun-sang cuando llegó a su lado. Las manos de su novio seguían bien sujetas al manillar —era impensable abrazarla—, pero ella notó sin duda que se alegraba mucho de verla. Jun-sang se rio. —No, no, no. No puede ser. Ella reprimió una sonrisa. —Pasaba casualmente por la zona. Empezaron a alejarse del campus. Su modo de andar, calculado para aparentar despreocupación, era el mismo que utilizaban cuando se veían en Chongjin. Mi-ran escuchó a sus espaldas los silbidos y la rechifla de unos pocos estudiantes, pero ambos procuraron no mirar atrás; más valía mantener la sangre fría. Las habladurías sobre ellos que se desencadenasen en la universidad podían acabar llegando a oídos de los padres de Jun-sang y quizá incluso de los de Mi-ran. Él colocó la bicicleta a modo de barrera entre los dos, pero cuando ya nadie los veía Mi- ran se sentó de un salto en el portaequipajes, colocándose recatadamente de lado, y Jun-sang se puso a pedalear. Solo el brazo desnudo de Mi-ran rozaba la espalda de su novio mientras se adentraban en la oscuridad de la noche. Aquel fue el primer momento de intimidad física que compartieron. A Jun-sang le asombró la audacia de su novia. Ni siquiera sus propios parientes habían logrado hacerse con un permiso de viaje para visitarlo en Pyongyang. Hacía una hora, cuando el estudiante aquel había venido a comunicarle que su “hermana pequeña” lo esperaba en la verja principal, había dado por hecho que se trataba de un error. Jamás se había atrevido, ni en sus fantasías más descabelladas, a imaginar que Mi-ran podía acudir a visitarlo. Él andaba siempre tratando de averiguar qué era exactamente lo que tanto le cautivaba de ella, y ahora lo comprendió con claridad: Mi-ran estaba llena de sorpresas. Por un lado parecía tan niña, tan ingenua, tan poco inteligente en comparación con él; pero por otro lado había tenido el valor de llevar a cabo una proeza como esa. Se recordó a sí mismo que no debía nunca subestimarla. Aquella noche se quedó sorprendido una vez más cuando, estando los dos sentados en un banco bajo las ramas inclinadas de un árbol, ella no protestó cuando le rodeó la espalda con el brazo. Aquella noche, que anunciaba ya el frío otoñal, él le ofreció su brazo para que no se enfriara. Estaba seguro de que ella lo rechazaría, y sin embargo siguieron allí, cómodamente acurrucados el uno junto al otro. Así la noche pasó rápidamente. Hablaban hasta que la conversación se agotaba de repente, luego caminaban un poco más hasta que se les cansaban las piernas y finalmente buscaban otro sitio donde sentarse. Ya ni siquiera funcionaban las farolas en Pyongyang, y de los edificios no llegaba ninguna luz ambiental. Podían, como en Chongjin, ocultarse en la oscuridad. Una vez que los ojos se acostumbraban, uno podía distinguir la silueta de la persona que estuviera a su lado, pero todas las demás eran invisibles: su presencia no venía indicada más que por el arrastrar de las pisadas y el murmullo de las conversaciones. Mi-ran y Jun-sang se arrebujaban en un pequeño mundo siempre resguardado de la intromisión de la vida, que sin embargo seguía discurriendo a su lado. Después de la medianoche empezó a notarse el agotamiento de Mi-ran, que casi no había dormido durante el viaje. Jun-sang metió la mano en el bolsillo para ver si le quedaba suficiente dinero de la asignación para pagarle una habitación en el hotel que había junto a la estación de tren. Mi-ran no tenía permiso de viaje, pero él le aseguró que con una propina podría conseguir que el dueño del hotel hiciese la vista gorda. Así ella dormiría como es debido esa noche antes de regresar a casa al día siguiente. Jun-sang no tenía segundas intenciones: en su inocencia, ni siquiera se le había ocurrido pensar que una habitación de hotel pudiera usarse para otro fin que ese. —No, no, tengo que irme a casa ya —objetó ella. Había violado ya suficientes normas y costumbres y no estaba dispuesta a romper además el tabú que prohibía a las mujeres jóvenes dormir en los hoteles. Caminaron juntos hasta la estación de tren con la bicicleta interpuesta entre ellos. Ya eran bien pasadas las doce, pero la estación seguía bastante concurrida. Como los trenes habían dejado de salir a horas fijas, los viajeros se habían acostumbrado a pasar toda la noche esperando. Al lado de la estación vieron a una mujer que removía un caldero grande con doenjangjigae, una sopa picante de soja, sobre un hornillo de leña. Se pusieron a comer juntos sobre un tablón de madera que había en el suelo. Jun-sang le ofreció a Mi-ran unas cuantas alletas y una botella de agua para el viaje, y ella aceptó. Eran las cinco de la mañana cuando salió el tren, y con las primeras luces del alba Mi-ran se durmió rápido. La euforia que la invadió después del viaje no tardaría en disiparse. Aquella había sido una aventura fantástica, pero pronto empezó a sentirse exhausta y preocupada. Las dificultades a las que se había enfrentado para ir y volver de Pyongyang no hacían sino confirmar que su relación era imposible. No sabía cuándo volvería a ver a Jun-sang. Él estaba encerrado en el mundo universitario, mientras que ella vivía en Chongjin con sus padres. ¿Cómo era posible que, en un país tan pequeño como Corea del Norte, Pyongyang pareciera tan remoto como la luna? Por lo demás, su cabeza no paraba de dar vueltas a algunas cosas que había visto durante el viaje. Hacía años que no salía de Chongjin, y aunque andaba distraída no dejó de advertir el aspecto miserable de todo cuanto veía por el camino. Vio a niños poco mayores que sus alumnos cubiertos de harapos y mendigando comida en las estaciones de tren. La última noche que pasaron en Nampo, después de comprar el cristal, ella y sus compañeros durmieron en el exterior de la estación, puesto que no tenían dinero para ir a un hotel; además, hacía un tiempo agradable. Frente a la estación hallaron un parquecito, poco más que una rotonda con un árbol en el centro y un trozo de césped, donde la gente dormía en cajas de cartón o sobre esteras de vinilo. Mi-ran llevaba un rato dormitando allí, revolviéndose en busca de una postura cómoda, cuando vio que un grupo de personas se había levantado del césped. Hablaban en voz baja entre ellos mientras apuntaban con el dedo a un hombre que estaba a pocos metros de allí, acurrucado bajo el árbol, durmiendo profundamente. Porque en realidad no era así. Aquel hombre estaba muerto. Al cabo de un rato se detuvo frente a ellos un carro de madera tirado por un buey. Entonces cogieron el cuerpo del hombre por los brazos y los tobillos y lo alzaron. Antes de que el cuerpo cayera con un golpe seco sobre los tablones de madera, Mi-ran pudo contemplarlo fugazmente. El hombre debía de ser joven, quizá incluso un adolescente, a juzgar por la piel tersa alrededor de la barbilla. Cuando le levantaron las piernas se le abrió la camisa, revelando la piel desnuda de su pecho. Sus prominentes costillas relucían en la oscuridad. Mi-ran nunca había visto antes un ser tan consumido, pero lo cierto es que tampoco había visto nunca un cadáver. Se estremeció. Unos instantes después consiguió dormirse de nuevo. Más tarde, se preguntó qué le habría sucedido a aquel hombre. ¿Se habría muerto de hambre? Nadie tenía entonces suficiente comida, ciertamente, y a raíz de las inundaciones del verano anterior el gobierno había reconocido por primera vez que el país sufría una crisis alimentaria, pero Mi-ran no tenía noticia de que nadie se estuviera muriendo de hambre en Corea del Norte. Eso ocurría en África o en China, no en su país. De hecho, la gente de cierta edad hablaba de los millones de chinos que habían muerto en las décadas de 1950 y 1960 a causa de la nefasta política económica de Mao. “Qué afortunados somos de tener a Kim Il-sung”, solían decir. Mi-ran lamentaba no haberle preguntado a Jun-sang qué estaba ocurriendo —había rehuido el asunto para no enturbiar las pocas horas que podían estar juntos—, pero ahora, de vuelta en Chongjin, empezó a fijarse en algunas cosas que no había advertido antes. Cuando comenzó a trabajar en la guardería le llamó la atención la baja estatura de sus alumnos; ahora parecía que estuvieran retrocediendo en el tiempo y haciéndose más jóvenes, como si alguien rebobinase la película de su vida. Cada alumno tenía que traer de su casa un montón de leña para la caldera del sótano de la escuela: ahora ella veía cómo a muchos de los niños les costaba transportar la leña. Sus cabezas desmesuradamente grandes apenas se sostenían sobre unos cuellos muy flacos, y sus cajas torácicas sobresalían por encima de unas cinturas tan estrechas que Mi-ran podía rodearlas con las manos. A algunos se les empezaba a hinchar el estómago. Ella iba comprendiéndolo. Recordaba haber visto la fotografía de una víctima del hambre en Somalia: tenía un estómago muy abultado. Desconocía la terminología médica, pero sí sabía, por un curso de nutrición que había hecho en la facultad de Magisterio, que aquel fenómeno venía provocado por un grave déficit de proteínas. También observó que a los niños se les iba aclarando el cabello; de moreno iba pasando a cobrizo. La cafetería de la escuela había cerrado por falta de comida. Se les había dicho a los alumnos que debían traer una fiambrera de casa, pero muchos llegaban a la escuela con las manos vacías. Cuando solo eran uno o dos los niños que no habían traído comida, Mi-ran cogía una cucharada de la comida de cada uno de los demás y se la daba. Pero los padres de los niños con merienda enseguida se presentaron en la escuela para protestar. —En casa no hay suficiente comida; no nos podemos permitir ir por ahí compartiéndola con otros —alegó uno de los padres. Mi-ran oyó el rumor de que una agencia extranjera de ayuda humanitaria podría quizá proporcionarle a la escuela galletas y leche en polvo. Cuando una delegación de la agencia acudió a visitar una escuela de la zona, se exhibió a los niños que iban mejor vestidos, se reparó el camino que conducía a la escuela y se limpiaron el edificio y los patios hasta dejarlos inmaculados. Pero la ayuda nunca llegó. En su lugar, los profesores recibieron una pequeña parcela de tierra próxima a la escuela donde se les ordenó que cultivaran maíz. Tras raspar la mazorca había que hervir los granos de maíz hasta que se inflaran como palomitas. Esta comida tan modesta mitigaba el hambre de los niños, pero no les proporcionaba suficientes calorías para resolver el problema. Aunque se suponía que los profesores no podían tener alumnos favoritos, Mi-ran ciertamente tenía una. La niña se llamaba Hye-ryung (o lo que es lo mismo, Radiante Generosidad), y con seis años ya era la belleza de la clase. Tenía las pestañas más largas que Mi-ran jamás había visto en un niño, y unos ojos redondos y luminosos. Al principio había sido una alumna alegre y atenta, una de esas niñas a las que daba gusto enseñar porque contemplaban con arrobo a la profesora, como si intentaran atrapar cada palabra que salía de su boca. Ahora, en cambio, se la notaba apática; a veces incluso se dormía en clase. —Despierta. Despierta —le dijo Mi-ran un día, al verla desplomada sobre el pupitre con la mejilla apretada contra la tabla de madera. Ahuecó las manos alrededor de la barbilla de la niña y le levantó la cara. Sus ojos se habían convertido en pequeñas rendijas entre los párpados hinchados. Tenía la mirada desenfocada. Su cabello era frágil y desagradable al tacto. Unos días más tarde la niña faltó a la escuela y ya no volvió nunca más. Mi-ran, que conocía a su familia del barrio, pensó que debía pasar por su casa para interesarse por ella. Y sin embargo no lo hizo. ¿De qué iba a servir? Sabía exactamente lo que le ocurría a Hye-ryung. No podía hacer nada para ayudarla. Muchos otros alumnos —demasiados— se encontraban en la misma situación. Se desplomaban sobre el pupitre en medio de la clase. A la hora del recreo, mientras sus compañeros salían corriendo a jugar en los columpios y en las barras, ellos se quedaban durmiendo en el pupitre o tumbados sobre las esteras de la siesta. La secuencia era siempre la misma: primero la familia dejaba de aportar la cantidad exigida de leña; luego el niño llegaba a la escuela sin comida; luego dejaba de participar en clase y se quedaba dormido en el recreo; y finalmente, sin que mediara ninguna explicación, dejaba de ir a la escuela. En tres años el número de alumnos matriculados en la guardería disminuyó de cincuenta a quince. ¿Qué les ocurrió a aquellos niños? Mi-ran prefirió no indagar mucho, por temor a recibir la respuesta que no quería oír. Fue en invierno cuando volvió a ver a Jun-sang. Esa vez le tocaba a él sorprenderla. Había regresado a Chongjin antes de lo previsto para pasar las vacaciones y, en lugar de presentarse en la casa de Mi-ran —corría así el riesgo de coincidir con sus padres—, decidió acudir a la guardería. Ya habían dejado marchar a los alumnos, pero ella seguía allí, limpiando el aula. No había sillas para adultos, por lo que Mi-ran se acurrucó en una silla minúscula detrás del pupitre de madera donde encajaba sin ninguna dificultad el cuerpo diminuto de su alumna favorita. Entonces le contó a Jun-sang lo que les estaba ocurriendo a los niños. Él trató de tranquilizarla. —¿Qué le vas a hacer? —le dijo—. Nadie podría ayudar a esas personas. No tienes por qué considerarte responsable. La conversación fue incómoda, ya que ambos rehuían todo el rato una verdad embarazosa: ninguno de los dos pasaba hambre. La familia de Jun-sang se las arreglaba muy bien con las hortalizas que cultivaba el padre en la parcela que tenían junto a su casa y, a falta de ellas, con los alimentos que compraban en el mercado negro (para lo que echaban mano de los yenes japoneses que tenían guardados). Mi-ran, por extraño que pareciera, estaba alimentándose mejor de lo que lo había hecho en años: ya no vivía en la residencia universitaria, sino en casa de sus padres. Por alguna razón, el bajo rango social de la familia de Mi-ran no parecía importar demasiado en medio de la crisis económica. Su bellísima hermana mayor había hecho un estupendo matrimonio; el atractivo físico se había efectivamente impuesto en este caso al hándicap familiar. La madre de Mi-ran, por su parte, encontraba una fórmula tras otra para hacer dinero. Cuando se fue la electricidad dejó de funcionar el congelador que utilizaba para fabricar helados con leche de soja, lo que no le impidió emprender otras actividades: así, empezó a criar cerdos, hacer tofu y moler maíz. Diez años después, cuando Mi-ran ya era madre y trataba, mediante el aerobic, de perder el peso que había ganado durante el embarazo, aquella época de su vida pesaba como una losa sobre su conciencia. A menudo le deprimía pensar en lo poco que había hecho para ayudar a sus alumnos. ¿Cómo había podido comer ella tan bien cuando sus alumnos estaban muriéndose de hambre? Una única muerte es una tragedia, un millón de muertes es una estadística; este principio se verificaba en el caso de Mi-ran. Lo que ella no comprendía, sin embargo, es que se trataba de una técnica de supervivencia. Para sobrevivir a la década de 1990 en Corea del Norte, uno debía reprimir el impulso de compartir la comida. Era necesario aprender a no preocuparse por los demás si uno no quería perder el juicio. Con el tiempo Mi-ran fue acostumbrándose a pasar de largo ante un cadáver tendido en la calle sin apenas fijarse en él. Llegó a ser capaz de pasar junto a un niño agonizante sin sentirse obligada a ayudarlo. Si no estaba dispuesta a compartir su comida con su alumna favorita, era evidente que no iba a hacerlo con un perfecto desconocido. IX LOS BUENOS MUEREN PRIMERO Cartel propagandístico de la Ardua Marcha. Se ha dicho que las personas que han crecido en un país comunista son incapaces de valerse por sí mismas porque esperan que el Estado cuide de ellas. Este no fue el caso de muchas de las víctimas de la hambruna norcoreana. La gente no quiso aceptar pasivamente la muerte. Cuando cesó la distribución pública de comida, hubo que explotar las reservas de creatividad para conseguir alimentarse. Así, ingeniaron trampas hechas con cubos y cuerdas para atrapar pequeños animales del campo, y tendieron redes sobre los balcones para atrapar gorriones. Por lo demás, se ilustraron sobre las propiedades nutritivas de las plantas. Acudieron a la memoria colectiva de las hambrunas pasadas y recordaron los trucos de supervivencia de sus ancestros. Se dedicaban a arrancar la corteza interna de los pinos, moliéndola hasta convertirla en un polvo fino que podía sustituir a la harina. Trituraban bellotas hasta transformarlas en una pasta gelatinosa moldeable en cubos que casi se derretían en la boca.[1] Los norcoreanos aprendieron a tragarse su orgullo y a taparse la nariz. Así, arrancaban de los excrementos de animales de granja los granos de maíz que no digerían. Los trabajadores de los astilleros desarrollaron una técnica que consistía en raspar el fondo de los espacios de carga de los buques allí donde se había almacenado comida y extender sobre el suelo el residuo viscoso y maloliente así obtenido para que se secara: después podían extraer de él granos minúsculos de arroz crudo y otros alimentos más o menos comestibles. En las playas la gente desenterraba marisco y llenaba cubos con algas. En 1995, cuando las autoridades decidieron levantar vallas a lo largo de las playas (al parecer querían dificultar la entrada de espías, pero lo más probable es que se tratara, en realidad, de impedir que la gente cogiera pescado, actividad que pretendían monopolizar las empresas públicas), la gente se dirigió a los acantilados que nadie vigilaba y comenzó a rascar las algas adheridas a ellos por medio de largos rastrillos atados con cuerda. Nadie indicaba a los norcoreanos lo que debían hacer —el gobierno se negaba a reconocer el alcance del problema de la escasez—, por lo que tenían que valerse por sí mismos. Las mujeres intercambiaban consejos de cocina. Así, por ejemplo, a la hora de hacer harina de maíz, se debía aprovechar la cáscara, la mazorca, las hojas y la semilla, echar todas esas cosas a la trituradora; aunque no fuesen muy nutritivas, por lo menos le llenaban a uno. Había que hervir los fideos durante una hora como mínimo para que parecieran mayores. Añadir unas pocas hojas de hierba a la sopa para crear la ilusión de que ésta llevaba verduras. Moler corteza de pino para hacer pasteles. La gente dedicaba todo su ingenio a la recogida y producción de alimentos. Uno se levantaba temprano para buscar algo de comida para desayunar, y enseguida tenía que empezar a pensar qué iba a hacer para cenar. El almuerzo era un lujo del pasado: a esa hora uno dormía para preservar sus calorías A la larga nada de eso fue suficiente.[2][3] Tras el cierre de la fábrica de confección, la señora Song quedó sumida en el desconcierto. Se preguntaba qué hacer. Seguía siendo una buena comunista, y como tal sentía una aversión natural hacia todo cuanto oliese a capitalismo. Su adorado mariscal Kim Il-sung había advertido al país una y otra vez de que los socialistas debían “estar en guardia ante las venenosas ideas del capitalismo y el revisionismo”. Le encantaba esta máxima. Por otra parte, ningún miembro de la familia había cobrado el sueldo desde la muerte del Gran Líder; ni siquiera el marido, pese a su pertenencia al Partido y al prestigio de su trabajo en la emisora de radio. Chang-bo ya no recibía la gratificación adicional del periodista en forma de vino y tabaco gratis. La señora Song sabía que era hora de que ella dejase de lado sus escrúpulos y se pusiera a ganar algo de dinero. Pero ¿cómo? Era casi imposible imaginarla como empresaria. Tenía cincuenta años y ninguna aptitud para los negocios; tan solo sabía usar el ábaco. Cuando se puso a pensar en voz alta sobre el problema, su familia le recordó su talento para la cocina. En la época en que aún era posible obtener los ingredientes adecuados, ella había disfrutado cocinando, y a Chang-bo le gustaban los platos que hacía su mujer. Pero su repertorio era muy reducido, evidentemente, puesto que los norcoreanos desconocían por completo las cocinas de otros países; la de Corea del Norte era, sin embargo, sorprendentemente refinada, tratándose de un país cuyo nombre ha pasado a ser sinónimo de hambruna. (De hecho, no pocos propietarios de restaurantes en Corea del Sur proceden del norte). Los cocineros norcoreanos son creativos, lo que se manifiesta en su uso de ingredientes naturales como algas y setas de pino. Cualquier alimento que esté fresco y sea de temporada se mezcla con arroz, cebada o maíz y se adereza con pasta de judías rojas o chile. El plato típico es el naengmyon, originario de Pyongyang. Se trata de unos fideos fríos de alforfón servidos en un caldo agrio, con numerosas variantes regionales: así, en algunos lugares se añade huevo duro, en otros trozos de pepino o de pera. Cuando andaba muy ocupada, la señora Song compraba los fideos en una tienda, pero si no los hacía ella misma desde la nada, por decirlo así. Valiéndose de la reducida gama de ingredientes que proporcionaba el sistema público de distribución, era capaz de cocinar twigím, unas verduras fritas muy ligeras y crujientes. Para el cumpleaños de su marido convertía el arroz en un pastel gelatinoso llamado deck. Por lo demás, sabía fabricar su propio licor de maíz. Sus hijas se jactaban de que su kimchi era el mejor de todo el barrio. La familia le animó a que aprovechara sus dotes culinarias para emprender su primer negocio; el producto más indicado, le dijeron, sería el tofu, por ser una buena fuente de proteínas en épocas duras. Este alimento es muy habitual en la cocina coreana; se fríe hasta que quede crujiente y luego se añade a sopas o estofados. La señora Song solía utilizarlo en lugar de pescado, aderezándolo con aceite y pimienta roja. Al no tener dinero para comprar soja, la familia empezó a desprenderse de sus bienes. Primero fue su preciado televisor: el aparato de fabricación japonesa que habían conseguido gracias a las tareas de inteligencia desempeñadas por el padre de Chang-bo durante la Guerra de Corea. Fabricar tofu es una actividad relativamente sencilla aunque agotadora. Después de hervir y moler la soja se le añade un agente coagulante. Luego se la estruja en un paño como el queso, de modo que al final queda una especie de leche aguada junto con las cáscaras de soja. En cualquier caso, la señora Song pensó que sería una buena idea complementar el negocio del tofu con la cría de cerdos. Podría alimentarlos con lo que quedara del tofu. Detrás del edificio de apartamentos había una hilera de cobertizos destinados a almacenar objetos, así que en uno de ellos instaló una camada de cerditos que había comprado en el mercado, y aseguró la puerta con un candado grande. Durante unos meses tuvo éxito con los dos negocios. Consiguió transformar su cocinita en una fábrica de tofu donde hervía la soja en tinajas sobre un infiernillo que funcionaba con el sistema ondol. Chang-bo probaba las recetas y daba el visto bueno. Los cerditos engordaban gracias a las cáscaras y la leche de soja, así como a las distintas hierbas que la señora Song arrancaba para ellos por las mañanas. Sin embargo, costaba cada vez más conseguir leña y carbón para la cocina. La electricidad solo funcionaba unas cuantas horas a la semana, y en todo caso no se podía utilizar más que para ver la televisión, escuchar la radio o encender una única bombilla de sesenta vatios. Sin combustible para cocinar la soja, la señora Song no podía hacer tofu. Sin el tofu difícilmente podía alimentar a los cerdos: de hecho, tardaba horas en recoger suficiente hierba para saciar su hambre. —A fin de cuentas podríamos comernos la hierba nosotros —le dijo un día a Chang-bo medio en broma. Tras reflexionar unos instantes añadió: Si no se están envenenando los cerdos tampoco nos envenenaremos nosotros. De modo que iniciaron la nueva y deprimente dieta a base de hierbas: una verdadera desgracia para quienes gustaban de considerarse gourmets. La señora Song se dirigía al norte y al oeste desde el centro de la ciudad, en busca de lugares que no estuvieran asfaltados, provista de un cuchillo de cocina y una cesta para recoger hierbajos comestibles. Si uno llegaba hasta las montañas podía a veces encontrar diente de león y otras hierbas tan sabrosas que la gente las comía incluso en tiempos menos adversos. De vez en cuando la señora Song encontraba hojas de repollo podrido que había tirado algún granjero. Volvía a casa con las hierbas recogidas a lo largo del día y allí las mezclaba con la comida —fuera cual fuera— que hubiese podido comprar con sus muy escasos recursos. Normalmente se trataba de harina de maíz molida, es decir, el tipo barato de harina hecho con cáscaras y mazorcas. Cuando no podía permitírsela, compraba un polvo aún más barato que se obtenía moliendo trozos de corteza de pino y añadiendo en ocasiones un poco de serrín. Sus dotes culinarias, por muy grandes que fueran, no servían para disimular el sabor espantoso de la comida. Tenía que moler una y otra vez las hierbas y los trozos de corteza hasta obtener una pasta suficientemente tierna para ser digerida. Por lo demás, no conseguía moldear la comida, de tan poco sustanciosa que era, para darle una forma reconocible —un fideo, un pastel— y hacerla pasar así por alimentos de verdad. Solo era capaz de hacer un potaje repulsivo, con el único aderezo de un poco de sal. El ajo y la pimienta roja quizá habrían podido disimular el sabor de aquel comistrajo, pero costaban demasiado dinero. Era del todo imposible encontrar aceite, ya fuera caro o barato, lo que hacía difícil guisar. En cierta ocasión, durante una cena en la casa de la hermana de su cuñada, le sirvieron a la señora Song un potaje a base de tallos de judía y maíz. Pese a estar hambrienta, no pudo tragarlo. Los tallos eran demasiado secos y amargos, y se le quedaban clavados en la garganta como las ramas de un nido de pájaro. Le entraron náuseas, se puso roja y lo escupió todo. Se sintió abochornada. En el año siguiente a la muerte de Kim Il-sung, el único producto de origen animal que comió fue la rana. Sus hermanos habían cazado algunas en el campo, y luego su cuñada había hecho con ellas un sofrito, añadiéndoles salsa de soja, cortándolas en trozos pequeños y sirviéndolas finalmente sobre un lecho de fideos. A la señora Song le resultó delicioso aquel plato. La rana no formaba parte de la cocina coreana; de hecho ella nunca la había probado. Por desgracia ya no volvería a hacerlo: la población de estos animales en Corea del Norte no iba a tardar en extinguirse debido a la caza excesiva. A mediados de 1995, ella y su marido ya habían vendido la mayor parte de los bienes de cierto valor a cambio de comida. Después del televisor tuvieron que desprenderse de la bicicleta japonesa que constituía su principal medio de transporte, y luego de la máquina de coser con la que ella había confeccionado la ropa de toda la familia. Se vieron obligados a vender el reloj de Chang-bo, una pintura oriental que habían recibido como regalo de boda, la mayor parte de su ropa, así como el armario de madera donde la guardaban. El apartamento de dos habitaciones, que siempre les había parecido demasiado pequeño para albergar a la familia y todas sus cosas, estaba ahora vacío; en las paredes solo colgaban los retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il. Lo único que quedaba por vender era el propio apartamento. En teoría, sin embargo, no era posible tal cosa, puesto que en Corea del Norte uno no es propietario de su casa: tan solo se le ha reconocido el derecho a vivir en ella. Aun así había surgido un mercado inmobilario ilegal en el que la gente intercambiaba viviendas y sobornaba a funcionarios para que hiciesen la vista gorda. La señora Song conoció a una mujer cuyo marido estaba entre los trabajadores norcoreanos a los que se había enviado a trabajar a los almacenes de madera de Rusia, y que por ello tenía suficiente renta disponible para invertir en la compra, por así decir, de un apartamento mejor. El de la señora Song gozaba de un excelente emplazamiento en el centro de la ciudad, circunstancia especialmente ventajosa en aquel entonces, puesto que los tranvías ya no funcionaban. Ella y su marido vivían allí desde hacía cuarenta años y tenían muchos amigos en el barrio: sin duda era muestra del buen carácter de la señora Song el haber sabido dirigir el inminban durante tanto tiempo sin granjearse enemigos. Chang-bo y ella estaban de acuerdo en que ya no les hacía falta tanto espacio. No estaban más que ellos dos y la madre de Chang-bo. Las hijas se habían casado. El hijo se había ido a vivir con su novia; la señora Song, recordemos, desaprobaba esta relación por ser ella mayor que él. Es una vergüenza, se decía, pero luego se consolaba pensando que tenía una boca menos que alimentar. Consiguieron diez mil won —el equivalente a tres mil dólares— por el apartamento y se mudaron a una vivienda de una sola habitación. La señora Song decidió emplear el dinero que habían obtenido con la operación para poner en marcha un nuevo negocio. En este caso se trataba de comerciar con arroz. El arroz es el elemento básico de la dieta coreana; de hecho la palabra que lo designa, bap, también significa comida. En 1995 empezó a ser imposible conseguir arroz en Chongjin a menos que uno tuviese dinero para comprarlo en el mercado negro. Tampoco se podía sembrar, por ser la provincia de Hyongyang del Norte demasiado fría y montañosa. Exceptuando el cultivado en una pequeña ensenada pantanosa próxima a Nanam, todo el arroz que se consumía en la ciudad tenía que llegar en tren o en camión desde otras regiones del país; el pésimo estado de las carreteras y las vías férreas encarecía extraordinariamente su precio. De modo que la señora Song sopesó la idea de comprarlo en el sur, donde era más barato, y después traerlo en tren a Chonjin. Comerciar con arroz —o con cualquier otra gramínea de importancia esencial en la dieta norcoreana— era una actividad totalmente ilícita (las autoridades eran más transigentes en el caso de la carne y las verduras) pero muy generalizada, por lo que ella pensó que no había nada de malo en hacer lo mismo que todo el mundo. Además de sacar una pequeña ganancia de la operación, guardaría algo de arroz para ella y Chang-bo. Se le hacía la boca agua solo de pensarlo. Llevaban desde 1994 sin comer un buen tazón de arroz. El maíz costaba la mitad. Salió de casa con diez mil won escondidos en su ropa interior; varias capas de ropa de invierno disimulaban los bultos. Cogió el tren hacia la provincia de Pyongan del Sur y una vez allí compró doscientos kilos de arroz. El 25 de noviembre de 1995 viajaba de regreso a Chongjin con los sacos de arroz apiñados bajo su asiento. Gracias a los contactos que Chang-bo tenía como periodista, había conseguido una litera en el tercer vagón del tren; los dos primeros estaban reservados para funcionarios del Partido de los Trabajadores y militares. Era en ocasiones como esta cuando apreciaba de veras los privilegios derivados de su rango. El tren era muy largo, por lo que, cada vez que doblaba una curva, la señora Song alcanzaba a ver los vagones traseros el tiempo suficiente para observar que sus ocupantes, al no tener, como ella, la suerte de disponer de contactos, iban todos de pie, tan estrechamente apretados que ofrecían el aspecto de una masa indiferenciada de gente. Otros viajaban agarrados al tejado del vagón. A las ocho y media de la mañana ella se bajó de su litera y se puso a charlar con los otros pasajeros de su compartimento —un soldado, una mujer joven y una señora mayor— sobre el mal estado de las vías. El tren, que había renqueado durante toda la noche, daba ahora unas sacudidas tan violentas que no podían comer nada ni hablar más que de forma entrecortada. En un momento dado la conversación, puntuada por el zarandeo del tren, se interrumpió con mayor brusquedad de lo habitual: la señora Song salió despedida de su asiento y cayó al suelo, o al menos eso parecía. Estaba tendida de costado con la mejilla izquierda apretada contra lo que resultó ser el marco metálico de la ventanilla. El vagón había volcado. Entonces oyó gritos que venían de atrás. El tren era un montón de metal retorcido. Los vagones traseros, donde se apiñaba la gente, habían quedado casi totalmente destrozados y la mayoría de los pasajeros habían muerto. Sin embargo, por alguna razón habían salvado la vida los ocupantes de los vagones delanteros. Más tarde se rumoreó que el número total de fallecidos en el accidente, ocurrido cerca de Sinpo, a doscientos cincuenta kilómetros de Chongjin, había sido de setecientos; de este, como de la mayor parte de los desastres que se producían en Corea del Norte, no hubo ninguna información oficial. La señora Song salió de entre los hierros con una herida profunda en una mejilla, un esguince de espalda y la piel de una de las piernas totalmente desgarrada. Se le había caído encima la litera. De no haber viajado en un compartimento cerrado, seguramente habría muerto. Regresó a Chongjin cuatro días después del accidente. Siempre se había considerado una mujer afortunada —por vivir bajo la cariñosa tutela de Kim Il-sung, por su maravillosa familia—, y ahora más que nunca, por haber sobrevivido a aquello. Le dolía tanto el cuerpo que tuvieron que sacarla en brazos del tren a su llegada a Chongjin, pero cuando divisó a su marido y a su hijo, con quien no se hablaba desde hacía meses, comprendió de nuevo hasta qué punto había sido bendecida por la fortuna. Sus heridas la debilitaron más de lo que había imaginado. Disipada la euforia, se dio cuenta de que eran realmente graves. Fue a un médico, quien le suministró analgésicos y le advirtió de que debía guardar cama durante tres meses. No le hizo caso: alguien tenía que conseguir comida para la familia. En una hambruna la gente no muere necesariamente de hambre: a menudo lo hace de alguna enfermedad relacionada. La desnutrición crónica disminuye la capacidad del organismo para combatir las infecciones, haciéndolo cada vez más vulnerable a la tuberculosis y la fiebre tifoidea, De nada sirve disponer de antibióticos, pues el cuerpo desnutrido carece de fuerzas para metabolizarlos. Por lo demás, ciertas enfermedades normalmente curables de pronto se vuelven fatales. Los trastornos violentos en la química del organismo pueden provocar infartos. La gente muere por comer alimentos sustitutivos que sus cuerpos son incapaces de digerir. El hambre, asesina escurridiza, sabe ocultarse muy bien en las estadísticas que reflejan un aumento de la mortalidad infantil o un descenso de la esperanza de vida: tan solo deja atrás la prueba circunstancial de un “exceso de mortalidad”, o lo que es lo mismo, datos que muestran que durante un cierto periodo de tiempo se ha registrado un número anormalmente alto de muertes. El hambre sigue una progresión natural. Empieza atacando a los más vulnerables, es decir, los niños menores de cinco años: contraen un resfriado que más tarde se convierte en neumonía; la diarrea se convierte en disentería. Mueren aún antes de que a sus padres se les ocurra buscar ayuda. Las siguientes víctimas son las personas mayores: primero las de más de setenta años; luego los de sesenta y los de cincuenta. Es posible que hubiesen fallecido de un modo u otro, pero ¿tan pronto? Finalmente, el hambre alcanza a los que aún están en su juventud. Los hombres, al tener menos grasa corporal, suelen morir antes que las mujeres. Son especialmente vulnerables los más atléticos, ya que su metabolismo les hace quemar más calorías. Y aún se da otra circunstancia cruel: el hambre se ensaña sobre todo con los más inocentes, aquellos que jamás robarían comida, mentirían, violarían la ley ni traicionarían a un amigo. Esto hace pensar en un fenómeno que advirtió el escritor italiano Primo Levi tras regresar de Auschwitz: él y los otros supervivientes del campo no querían volver a verse jamás, porque todos habían hecho algo de lo que se avergonzaban. —Morían primero las personas más sencillas y bondadosas, las que hacían lo que se les decía —según observaría tiempo después la señora Song, al recordar a todos los conocidos que habían fallecido en Chongjin en aquellos años.[4] Su suegra fue la primera víctima de la familia. La madre de Chang-bo se había instalado a vivir con ellos poco después de su boda, de acuerdo con la tradición que atribuye al hijo mayor la responsabilidad de cuidar a los padres. Naturalmente, es en la nuera en quien recae, de hecho, todo el trabajo, por lo que la relación de una mujer norcoreana con su suegra está cargada a menudo de resentimiento. En los primeros años de su matrimonio, la señora Song había sido objeto de una censura implacable por parte de su suegra, sobre todo después del nacimiento de las tres niñas. Cuando llegó el único nieto varón su carácter se dulcificó un poco. En cualquier caso, la señora Song cumplía rigurosamente con sus deberes filiales y ponía el mayor empeño en complacerla. La primavera es siempre la estación de menor abundancia en Corea: la cosecha de otoño está agotándose ya y los agricultores se dedican a preparar la tierra para la siguiente siembra. Aquel año fue especialmente duro para la señora Song, quien seguía recuperándose del accidente de tren, seis meses después. Su suegra tenía setenta y tres años, edad muy avanzada si se tenía en cuenta la esperanza de vida en Corea del Norte. Por eso habría sido fácil quitar importancia a su muerte atribuyéndola a la simple vejez. La señora Song, sin embargo, estaba convencida de que la vigorosa anciana habría podido vivir muchos más años si se la hubiese alimentado debidamente. Como no podía trabajar ni ir a las montañas en busca de comida, echaba en la sopa cualquier hierbajo que encontrara cerca de su casa. Así, su suegra acabó convertida en un saco de huesos, con signos de pelagra alrededor de los ojos. En mayo de 1996 comenzó a sufrir violentos retortijones: había contraído disentería. Murió pocos días después. La señora Song le había fallado a su familia de la peor forma imaginable. Su angustia ante la muerte de su suegra se vio acrecentada por la campaña que las autoridades lanzaron aquel otoño, exhortando a los ciudadanos a trabajar con más ahínco en una época difícil como la que estaba viviendo el país. Los carteles mostraban a un hombre con un megáfono animando a la gente a “entrar decidida en el nuevo siglo, con el espíritu triunfal de la Ardua Marcha”, seguido por un soldado con casco, un minero con azadón, un intelectual con gafas que llevaba unos planos, un granjero con pañuelo y un general que enarbolaba una bandera roja. La agencia oficial de noticias informaba, incluso, de que el propio Kim Jong-il hacía comidas sencillas a base de patatas.[5] Ahora que solo estaban ellos dos, la señora Song y Chang-bo decidieron mudarse a una vivienda aún más pequeña, una choza con el suelo de hormigón y las paredes de un yeso tan frágil que ni siquiera pudieron colgar los obligados retratos de Kim padre e hijo. Ella los dejó en un rincón tras envolverlos cuidadosamente. Les quedaban pocos bienes. Ella había vendido todos los libros de Chang-bo a excepción de las obras de Kim Il-sung y Kim Jong-il, de las cuales estaba prohibido desprenderse, y también sus queridas vasijas con kimchi. Los únicos objetos de los que no podían prescindir eran dos pares de palillos, dos cucharas y unos cuantos tazones y cacerolas. Tras abandonar la emisora de radio, Chang-bo había empezado a trabajar para un servicio de difusión gestionado por la empresa de ferrocarriles. La empresa no tenía dinero para pagarle un sueldo; se limitó a prometerle que tendría preferencia respecto a otros ciudadanos cuando se hiciera el siguiente reparto de alimentos. Pero la comida nunca llegó. Al cabo de unos meses se le terminó al matrimonio el dinero obtenido con la venta del último apartamento. De vez en cuando su hija mayor, Oak-hee, les entregaba a escondidas un saco de maíz, procurando que no la descubriera su atrabiliario marido, quien no vacilaba en pegarle cuando la sorprendía “robando comida”. Los padres de él tenían dinero, pero no estaban por la labor de ayudar a sus consuegros. La señora Song no estaba aún en condiciones de ir a las montañas en busca de comida, de modo que se levantaba cada vez más temprano primero a las seis de la mañana, luego a las cincocon la esperanza de conseguir algún hierbajo que hubiese crecido de un día para otro (y que quizá por eso sería más tierno y fácil de digerir que los normales). Más tarde cocía las hierbas y los trozos de corteza hasta que estuviesen suaves, añadiendo sal y unas cuantas cucharadas de harina de maíz para hacer un potaje. Más que hambrienta, estaba exhausta. Cuando terminaba de comer, la cuchara se le caía de la mano al plato haciendo un ruido metálico. Luego, sin ni siquiera haberse cambiado de ropa, la señora Song se desplomaba en el suelo como una muerta y dormía profundamente hasta que su instinto de supervivencia le indicaba que debía reanudar la búsqueda de comida aunque aún no fuese de día. Había perdido la voluntad de hacer nada más. Ya no se peinaba el cabello rizado del que antes había estado tan orgullosa; tampoco se molestaba en lavarse la ropa. Perdió tanto peso que se le hizo imposible evitar que los únicos pantalones que tenía se le cayeran por debajo de las caderas. Tenía la sensación de estar ya muerta, como si flotara por encima de un receptáculo vacío que antes había sido su cuerpo. Pero fue la salud de Chang-bo la que más se resintió. Había sido un hombre extraordinariamente robusto —para ser norcoreano—, en su juventud había llegado a pesar noventa kilos. Unos años atrás su médico le había aconsejado que empezara a fumar para perder peso. Ahora, sin embargo, la abultada barriga de la que solía ufanarse —la gordura es un signo de estatus en Corea del Norte—se había convertido en una bolsita hueca. Su piel se había vuelto escamosa, como si sufriera de un eczema grave. Tenía las mejillas hundidas y hablaba con gran dificultad. Su mujer le llevó a un médico del hospital adscrito a la empresa de ferrocarriles, quien le diagnosticó un infarto leve. A Chang-bo le resultó difícil trabajar desde entonces. No podía concentrarse. Se quejaba de visión borrosa. Era incapaz de levantar la pluma estilográfica que usaba para escribir. Entonces Chang-bo tuvo que meterse en la cama o, para ser exactos, en el edredón que había en el suelo (lo único que les quedaba ya). Las piernas se le hincharon como globos, lo que la señora Song reconoció como un síntoma de edema, es decir, la retención de líquidos que provocaba la desnutrición. Él hablaba sin parar de comida. Recordaba las sopas de tofu que le hacía su madre cuando era pequeño, y un plato delicioso de cangrejo al vapor que le había cocinado su mujer cuando estaban recién casados. Y es que era capaz de recordar con una precisión extraordinaria platos que había guisado la señora Song muchos años atrás. Llegaba a ponerse intensamente sentimental cuando hablaba de las comidas que habían compartido. Cogía a su mujer de la mano con los ojos empañados en lágrimas, abrumado por los recuerdos. —Venga, cariño. Vayamos a un buen restaurante y pidamos una botella de vino de arroz —le dijo una mañana cuando aún no se habían levantado. Llevaban tres días sin comer. La señora Song miró alarmada a su marido: temía que estuviese delirando. Al poco rato, la mujer salió corriendo de su casa y se dirigió al mercado. Caminaba a toda prisa, como si ya no le doliera en absoluto la espalda. Estaba decidida a robar, mendigar, hacer lo que fuese necesario con tal de conseguirle comida a su marido. Entonces vio a su hermana mayor vendiendo fideos en la calle. A ella tampoco le iba bien —la piel se le había vuelto escamosa a causa de la desnutrición, al igual que a Chang-bo—, por lo que la señora Song había evitado pedirle ayuda hasta entonces; pero ahora la situación era desesperada. Naturalmente, su hermana no podía negarse. —Te pagaré lo que te debo —le prometió la señora Song mientras se alejaba corriendo hacia su casa. Chang-bo estaba acurrucado bajo la manta en posición fetal. Ella le llamó por su nombre, y al no obtener respuesta le dio la vuelta. Esto no le habría resultado difícil (él había perdido mucho peso) de no ser porque tenía las piernas y los brazos demasiado rígidos. La señora Song golpeó una y otra vez el pecho de su marido mientras pedía ayuda a gritos. Pero sabía que era demasiado tarde. Tras la muerte de Chang-bo su hijo, Nam-oak, se vino a vivir con ella. Madre e hijo se habían distanciado desde que este había empezado a salir con aquella mujer mayor que él. A decir verdad, la relación entre ellos había sido tensa desde que él era adolescente. No es que Nam-oak fuera un muchacho rebelde: el problema era que a la señora Song le costaba mucho vencer el silencio de su hijo. Ahora, en medio de tantas desgracias, empezó a parecerle una nimiedad el hecho de que estuviese viviendo sin casarse con una mujer mayor que él. Y lo cierto es que madre e hijo se necesitaban: ella estaba sola y él no tenía para comer, puesto que la familia de su novia lo estaba pasando aún peor que la suya. Nam-oak había pasado toda su juventud entrenándose como boxeador. En los últimos tiempos, sin embargo, las condiciones en las que se preparaban los alumnos de la escuela deportiva eran atroces, hasta el punto de que una vez, en invierno, Nam-oak había llegado a casa con una oreja congelada. De modo que decidió regresar a Chongjin, donde consiguió un empleo en la estación de tren gracias a ciertos contactos que tenía su familia desde la Guerra de Corea; el padre de la señora Song había muerto entonces a causa del bombardeo norteamericano. Al igual que había sucedido con su padre, la Agencia de Gestión Ferroviaria no podía pagarle un sueldo, pero al menos le prometía que tendría preferencia si se repartía comida. El hijo de la señora Song era un muchacho corpulento, la viva imagen de su padre solo que más alto —medía un metro setenta y cinco— y musculoso. Por eso necesitaba comer mucho para sobrevivir. Cuando perdió toda la grasa adquirió el aspecto seco y enjuto de un corredor de maratón, pero con el tiempo fue desapareciendo también el tejido muscular, de modo que al final parecía un cadáver. En el duro invierno de 1997-98, cuando las temperaturas cayeron hasta varios grados bajo cero, cogió un grave resfriado que derivó hacia una neumonía. Pese a que había perdido mucho peso, su madre no pudo llevarlo al hospital —no funcionaba ya ninguna ambulancia—, por lo que acudió allí ella sola y le explicó a un médico lo que sucedía. Este recetó penicilina, que, según descubriría ella al llegar al mercado, costaba cincuenta won, es decir, lo mismo que un kilo de maíz. Eligió el maíz. Nam-oak falleció en marzo de 1998. En el momento de su muerte se encontraba solo en la choza que compartía con su madre. La señora Song estaba mendigando comida en el mercado. Fue enterrado junto a su padre en un monte lo bastante cercano a la ciudad para que la señora Song pudiera divisarlo desde su casa. La Agencia de Gestión Ferroviaria proporcionó el ataúd, como había hecho en el caso de Chang-bo. En 1998 se calculaba que ya habían muerto a causa de la hambruna entre seiscientos mil y dos millones de norcoreanos, lo que equivalía al diez por ciento de la población. Es posible que en la ciudad de Chongjin, que había quedado desabastecida de alimentos antes que el resto del país, la mortandad llegara al veinte por ciento. En todo caso era prácticamente imposible obtener datos exactos, ya que los hospitales norcoreanos tenían prohibido declarar la inanición como causa de ninguna muerte.[6][7] Entre 1996 y 2005, Corea del Norte recibió dos mil cuatrocientos millones de dólares en ayuda alimentaria, procedente en gran parte de Estados Unidos. Si el régimen se mostraba dispuesto a aceptar esta ayuda, en cambio rechazaba la presencia en el país de los extranjeros — técnicos, observadores, cooperantes— que llegaban con ella. En un principio solo se les permitió a las agencias de ayuda humanitaria acceder a Pyongyang y otros lugares cuidadosamente preparados de antemano. A los desharrapados se los expulsaba de la calle, y cuando el personal de las agencias visitaba las escuelas y los orfanatos no veía más que a los niños que iban mejor vestidos y estaban mejor alimentados. Al mismo tiempo que reclamaban más ayuda, las autoridades ocultaban a los que más la necesitaban. Al personal humanitario que residía en Pyongyang ni siquiera se le permitía aprender el idioma coreano.[8] En 1997 se autorizó a entrar en Chongjin a unos pocos funcionarios de ayuda humanitaria, pero bajo restricciones aún más severas que en Pyongyang. Una cooperante de la organización francesa Action Contre la Faim anotó en su diario que las autoridades le prohibían salir del Hotel Chonmason, próximo al aeropuerto de Chongjin, aduciendo que le podía atropellar un coche. La organización abandonó el país poco después porque le era imposible, según declaró, comprobar que la ayuda estaba llegando a sus debidos destinatarios. Médicos Sin Fronteras también tuvo que marcharse. Desde 1998 atracaban en el puerto de Chongjin barcos cargados con toneladas de grano procedentes del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, pero el ejército se llevaba en camiones toda la ayuda. Si bien llegaba algo de comida a los orfanatos y las guarderías, la mayor parte iba a parar a almacenes militares o se vendía en el mercado negro. Implantar un sistema eficaz de control le costó a la citada agencia de Naciones Unidas casi diez años de trabajo en Corea del Norte. A finales de 1998 había pasado ya lo peor de la hambruna, lo que no se debía necesariamente a ninguna mejora en la situación: quizá la razón estuviese en que había menos bocas que alimentar, según sospecharía más tarde la señora Song. “Todos los que iban a morir ya habían muerto”.[9] X MADRES CON INGENIO Un restaurante improvisado de Chongjin. La señora Song no acudió al entierro de su hijo. La tristeza, el hambre y la ansiedad acumulada a lo largo de los últimos años habían hecho mella en su cuerpo y en su espíritu. Era incapaz de regresar a la casa donde había muerto su hijo. “Le dejé morir solo, lo abandoné”, se lamentaba una y otra vez. Se negaba a comer. Vagaba por las calles de la ciudad hasta que un día se desplomó. Sus hijas salieron a buscarla. La encontraron cerca de la casa, tendida entre la maleza. El hambre y la hipotermia la hacían delirar. Era finales de marzo, pero por la noche las temperaturas bajaban tanto como para matar a una persona gravemente desnutrida. Les sobresaltó el aspecto de su madre. La señora Song, que siempre se había ufanado de su cabello espeso y rizado, ahora lo tenía sucio y apelmazado. Su ropa estaba cubierta de barro. De modo que la llevaron a la casa de su segunda hija, y después de desnudarla la bañaron como si fuera una niña. De hecho, a sus cincuenta y dos años apenas pesaba más, de tan consumida que estaba, que el hijo de Oak-hee, que tenía ocho. Las mujeres juntaron el dinero que tenían para comprarle una bolsa de fideos. Tras quince días sin apenas comer, la señora Song recobró la lucidez suficiente para recordar lo que había sucedido. La conciencia de todo cuanto había perdido la sumió de nuevo en el desconsuelo. En tres años había visto morir a tres de los suyos: su suegra en 1996, su marido en 1997 y su hijo en 1998. Lo había perdido todo. También había muerto su querido mariscal, cuya pérdida seguía llorando tanto como la de su marido y su hijo. Finalmente hizo acopio de valor y regresó a su casa, a la choza que se había convertido para ella en la escena de un crimen: se consideraba, en efecto, la única responsable de las muertes que se habían producido en su familia. Mientras caminaba, levantó la vista para contemplar los montes pelados y las estacas de madera que señalaban las tumbas de las personas fallecidas hacía poco. El marido de su segunda hija las había clavado en los lugares donde yacían los restos de Changbo y Nam-oak. Cuando llegó a su casa encontró la puerta entornada. Antes de marcharse la había sellado con clavos porque no disponía de un candado: estaba claro que alguien la había forzado. Tras empujarla asomó la cabeza por la rendija para cerciorarse de que nadie merodeaba en el interior. La casa estaba vacía. Nadie. Ningún objeto. La desportillada cazuela de aluminio que había usado para cocinar potaje, los tazones de metal barato donde lo comían, el par de palillos, la manta en que había estado envuelto su hijo cuando murió... todo había desaparecido. El ladrón se había llevado hasta el cristal de los retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il, pero había dejado los retratos. La señora Song se marchó de allí sin molestarse siquiera en cerrar la puerta. No le quedaba nada por llevarse de aquella casa; tan solo su propia vida, que ya no importaba mucho en todo caso. No entendía por qué estaba viva. Pensó en seguir caminando, no hacer otra cosa, hasta desplomarse en la hierba. Quería tenderse en el suelo y morir. Y sin embargo, por alguna razón, no lo hizo. Por el contrario, puso en marcha un nuevo negocio. La hambruna produjo este curioso efecto indirecto: justo cuando el país tocaba fondo y habían muerto ya cientos de miles de personas, surgió el espíritu emprendedor. El derrumbe del sistema socialista de distribución de alimentos favoreció la aparición de negocios privados. Estaba claro que no todos podían ir a las montañas a recoger hojas y moras y arrancar la corteza de los pinos; la gente tenía que comprar comida en alguna parte y alguien tenía que suministrársela. Los norcoreanos necesitaban vendedores: pescaderos, carniceros y panaderos que llenaran el vacío del sistema de distribución colapsado. Esas actividades eran totalmente ilícitas. Kim Jong-il adoptó con respecto a la iniciativa privada una postura aún más intransigente que la de su padre. “En una sociedad socialista el problema de la comida ha de resolverse mediante métodos socialistas. Decirle a la gente que debe resolverlo por su cuenta fomenta el egoísmo”, afirmó en un discurso pronunciado en diciembre de 1996; uno de los pocos discursos, por cierto, donde reconoció que existía una crisis alimentaria. Exceptuando las verduras cultivadas en casa, no podía venderse ningún alimento en el mercado. Estaba terminantemente prohibido el comercio de arroz y de cualquier otra gramínea: para los norcoreanos era no solo ilegal sino inmoral, pues significaba una puñalada en el corazón de la ideología comunista. A toda actividad privada se la catalogaba como “delito económico” y podía castigarse con la deportación a un campo de trabajo e incluso con la pena de muerte (si se alegaba que había mediado corrupción).[1] En cualquier caso, quienes no mostrasen cierta iniciativa se enfrentaban a una muerte casi segura. Un ser humano necesita como mínimo quinientas calorías al día para sobrevivir. El norcoreano que se alimentaba únicamente de lo que encontraba en el bosque no podía sobrevivir más de tres meses. La perspectiva de una muerte próxima infundía valor a personas en principio tan reacias a emprender un negocio como la señora Song; pocas empresarias tan inverosímiles como ella. Tras su amarga experiencia como comerciante de arroz, la señora Song comprendió que era necesario desarrollar un negocio lo más sencillo posible, que no exigiera una fuerte inversión inicial ni la obligara a viajar. Saber cocinar era la única de sus aptitudes que podía tener algún valor comercial, pero la creciente escasez de leña lo hacía cada vez más difícil: los montes cercanos a la ciudad eran cada vez más rojizos, y la línea de los árboles retrocedía cada vez más. Tras reflexionar un poco llegó a la conclusión de que su futuro pasaba por las galletas. En efecto: no era necesario calentarlas más de diez minutos en el horno, por lo que un pequeño montón de leña bastaría para hacer cuatro o cinco lotes. Era más fáciles de cocer que el pan. Por lo demás, podían servir de comida rápida a la gente hambrienta que andaba de aquí para allá. Su hija menor, Yong-hee, se decidió a colaborar con ella en el nuevo negocio. Se había divorciado hacía poco, tras solo tres meses de matrimonio, al descubrir que su marido era un jugador compulsivo. El caso es que, después de pedir prestado dinero para comprar chatarra, Yong-hee dio con un soldador desempleado que había trabajado en la acería y le pidió que fabricara un horno con ella. El resultado fue una caja cuadrada dividida en dos compartimentos: en el de abajo se quemaría el carbón de leña; en el de arriba se cocerían las galletas. También les fabricó una bandeja para hornear. La señora Song y Yong-hee recorrieron los mercados observando a las vendedoras. A muchas mujeres se les había ocurrido la misma idea que ella, así que la señora Song decidió trabajar durante un tiempo con una de ellas para fijarse en lo que hacía y aprender algo. Les compró galletas a otras vendedoras para probar y comparar. Cuando por fin dio con el tipo de galleta que le gustaba, trató de copiar la receta. Las tentativas iniciales fueron desastrosas. Los primeros lotes resultaron imposibles de comer, ni siquiera en una situación tan desesperada como la que atravesaban los norcoreanos; no obstante, madre e hija las consumieron para no desperdiciar sus preciados ingredientes. La señora Song al fin se dio cuenta de que necesitaba utilizar más azúcar y levadura. Y decidió añadir leche a la receta. Cortó la masa en cinco formas diferentes, logrando así que aquello se pareciera más a una galleta. El resultado final fue un alimento ligero, fácil de digerir y no demasiado dulce.[2] La señora Song se levantaba a las cinco de la mañana para hornear las galletas. Era imprescindible que estuviesen tiernas, ya que se enfrentaba con una competencia muy dura. Al no disponer de una carretilla ni de una caja donde colocar su producto, ponía las galletas en una palangana de plástico que llevaba atada a la espalda como si fuera un bebé. Cuando llegaba a una calle no muy concurrida y donde no hubiese, por tanto, demasiados competidores, se instalaba allí. Solía andar cerca de los mercados y de la plaza grande situada frente a la estación de tren. Con gran esfuerzo —pues seguía doliéndole mucho la espalda por el accidente— conseguía sentarse en el suelo con las piernas cruzadas y las galletas en el regazo. Se dirigía a los transeúntes con el mismo entusiasmo que solía mostrar cuando, en su condición de jefa del inminban, exhortaba a los vecinos a reciclar la basura y recoger excrementos por el bien de la patria. “Gwaja sassayo”. Las palabras sonaban monótonas en coreano. “Compren galletas”. La señora Song se reveló como una vendedora nata. Atraía a la gente con su calidez. Puestos a comprar galletas, los transeúntes la preferían a ella antes que a cualquiera de las muchas mujeres que hacían lo mismo. En una jornada de catorce horas solía ganar cien won, es decir, medio dólar, y conseguía además varias bolsas con artículos —como pimientos rojos o carbón— a cambio de su mercancía. Aquello le alcanzaba para comprar la cena, así como los ingredientes para el siguiente lote de galletas. Al final de la jornada se arrastraba agotada hasta su casa y se dormía enseguida. Al cabo de unas horas se levantaba para comenzar de nuevo. Pero al menos ya no se acostaba con hambre. Miles de mujeres de mediana edad estaban haciendo más o menos lo mismo que la señora Song. Trabajaban por cuenta propia. No regentaban un taller ni una tienda. Tampoco se atrevían, como tanta gente en Rusia en la época de la perestroika, a montar un quiosco. No sabían de negocios más que lo que se les había enseñado: que toda iniciativa de índole privada era necesariamente egoísta. Y sin embargo el hambre y la desesperación las impulsaba a ensayar la economía de libre mercado. Para ello debían desembarazarse de muchas ideas que la propaganda del régimen llevaba inculcando en ellas desde la infancia; se trataba de desaprender. Habían comprendido la importancia del trueque: así, por ejemplo, la gente joven o con mayor resistencia física que la señora Song podía caminar hasta las montañas para recoger leña y luego intercambiarla por galletas. Quienes disponían de una escalera podían arrancar trozos de alambre de cobre del tendido eléctrico (ya no corrían el peligro de electrocutarse) y venderlos a cambio de comida. Quienes tenían la llave de una fábrica abandonada podían desmontar la maquinaria, las ventanas y el pavimento y cambiarlos por cualquier otra cosa.[3] Como ya no funcionaba casi ninguna factoría, uno debía fabricarse por su cuenta y a mano utensilios tales como carretillas y bandejas para hornear. Las mujeres cortaban retales de lienzo, fundían trozos sueltos de caucho y con ello improvisaban unas zapatillas de deporte. A partir de llantas viejas, puertas de madera y alambre grueso se podía construir un carro que sirviese para transportar artículos del mercado a casa. La gente se instruía por su cuenta. Valga como ejemplo el caso de un trabajador de las minas de carbón —un hombre sin estudios— que dio con un libro sobre medicina oriental y lo estudió a fondo con la idea de llegar a reconocer las hierbas medicinales que crecían en las montañas cercanas a Chongjin. Lo cierto es que la tarea terminó dándosele tan bien como a los médicos. Por lo demás, la costumbre del trabajo físico hacía que estuviese en mejores condiciones que ellos para explorar las zonas remotas. Los médicos, por su parte, encontraron nuevas fórmulas para ganar dinero. No disponían de fármacos, pero podían llevar a cabo operaciones relativamente sencillas en los hospitales o en las casas. Las más lucrativas eran los abortos. Pese a ser teóricamente ilegales —a no ser que uno contara con una autorización especial—, constituían de hecho un método muy extendido de control de la natalidad. Había pocas mujeres que se quedasen embarazadas —puesto que el hambre inhibe el deseo y daña la fertilidad—, pero en todo caso las familias no estaban dispuestas a tener un niño si no iban a poder alimentarlo. Unos años atrás, Oak-hee había acompañado a una amiga a abortar: la operación había costado cuatrocientos won, lo que equivalía a ocho kilos de arroz. Ahora podía realizarse a cambio de un cubo de carbón.[4][5] La doctora Kim carecía de la preparación suficiente para realizar operaciones, de modo que subsistía a base de escribir notas médicas declarando que tal o cual paciente no podía acudir a trabajar por motivos de salud. En Corea del Norte el absentismo se castigaba con una estancia de treinta días en un centro de detención, pese a que quienes trabajaban ya habían dejado de cobrar un salario. En cualquier caso, la gente necesitaba tiempo libre para buscar alimentos y combustible. A cambio de redactar la nota, la doctora Kim recibía una pequeña porción de la comida que la persona en cuestión hubiese conseguido aquel día. Le mortificaba extender aquellos certificados falsos —pues al obrar así estaba violando los compromisos que había contraído con su profesión y con su país—, pero era cuestión de supervivencia, para ella y para sus pacientes. Mujer de recursos, la madre de Mi-ran puso en marcha otro negocio que podía prosperar en medio de la adversidad. Gracias a los contactos de su hija mayor consiguió autorización para poner en marcha un molino. El negocio de los helados y el del tofu habían fracasado al cortarse la electricidad, algo que no podía suceder en este caso, puesto que se trataba de un molino manual. La experiencia que había adquirido Tae-woo construyendo vigas en el interior de las minas le sirvió para levantar un cobertizo de madera junto al molino. Los vecinos les ayudaron a colocar el tejado. Contaron, incluso, con la colaboración de Jun-sang, que había vuelto a casa por vacaciones. Una vez terminada la tarea, empezó a llegar gente de varios kilómetros a la redonda cargados con sacos de maíz. Les resultaba más barato comprar maíz entero y después decidir qué iban a moler, es decir, si querían o no incluir raíces, hojas, mazorcas, cáscaras e incluso serrín. Como el maíz era imposible de digerir a menos que se triturase muy fino, el molino resultaba un buen negocio. A falta de otra cosa, uno vendía su cuerpo. Pese a que Kim Il-sung había cerrado las casas kisaeng, no se había conseguido erradicar del todo la prostitución, que se practicaba con la máxima discreción en las casas de los clientes. La hambruna no solo devolvió la prostitución a la calle, sino que dio origen a una nueva clase de prostitutas: jóvenes casadas que necesitaban desesperadamente dar de comer a sus hijos. A menudo no pedían más que una bolsa de fideos o unas cuantas patatas dulces en pago por sus servicios. Se concentraban en la plaza situada frente a la estación principal de tren de Chongjin. Dados los largos periodos de espera entre los trenes, siempre había cientos de personas deambulando por allí. Las mujeres se mezclaban entre la multitud en busca de clientes; abordaban a un hombre y luego a otro como si estuvieran alternando en un cóctel. Iban vestidas de forma recatada y sin gracia, puesto que la Policía de Estándares Públicos detenía a la que viese con una falda demasiado corta, una blusa demasiado estrecha o escotada, pantalones vaqueros o joyas vistosas. Por tanto las prostitutas se dedicaban a jugar con sus labios de carmín y a lanzar miradas incitadoras para comunicarles sus intenciones. Oak-hee vivía justo enfrente de la estación, donde trabajaba su marido. En cuanto advertía la presencia de las prostitutas bajaba la vista ruborizada, resistiendo el impulso de mirar. Sin embargo, una de ellas siempre le aguantaba la mirada y a veces daba la impresión de dirigirle una leve sonrisa. Iba algo mejor vestida que las demás y parecía más segura de sí misma; más profesional, en cierto modo. Un día, al salir del edificio de apartamentos donde vivía, Oak-hee se encontró a aquella mujer a escasos metros de la puerta. Se diría que la estaba esperando. —Escucha, hermana —le dijo con familiaridad a Oak-hee—. Mi hermano acaba de llegar a la ciudad y tenemos un asunto que discutir en privado. ¿Te importaría alquilarnos una habitación? Señaló con la cabeza a un hombre que se encontraba detrás de ellas: el tipo movía los pies con actitud nerviosa y rehuía la mirada. Oak-hee era algo aprensiva con respecto al sexo, pero a la vez sabía reconocer muy bien los signos que lo acompañaban. En aquel momento su marido estaba en el trabajo y sus hijos en la escuela. La prostituta le pagó cincuenta won por utilizar su apartamento durante una hora. Desde entonces lo haría con mucha frecuencia, y además de pagarle el cuarto le llevaba caramelos para sus hijos. Era ilegal, por supuesto, pero entonces había pocas cosas que no lo fuesen. En efecto: violaba la ley quien aceptara cobrar por cualquier servicio, ya fuera reparar una bicicleta u ofrecer favores sexuales. Pero ¿a quién le importaba ya? Todo el mundo se veía obligado a hacer algo ilícito para sobrevivir. La mayor parte de los negocios tenían lugar en los viejos mercadillos agrícolas, donde Kim Ilsung había permitido la actividad a regañadientes, siempre que se vendieran únicamente los alimentos complementarios que la gente cultivaba en sus casas, en los llamados “jardines de cocina”. Cuando sus hijos eran pequeños, la señora Song solía acudir a un solar vacío cercano a su apartamento para comprar huevos, que eran un alimento delicioso y nutritivo para el desayuno. Podía encontrar allí, dependiendo de la estación del año, pescado seco, lechuga o pimientos rojos picantes secándose al sol. La gente a menudo traía ropa usada, zapatos y vajilla, pero estaba prohibido vender ningún producto recién fabricado; eso era prerrogativa de las tiendas estatales. Curiosamente, durante la década de 1990, y aun en el peor momento de la hambruna, cada vez se veía más comida en los mercados de los alrededores de Chongjin: coles, rábanos, lechugas, tomates, cebollinos y patatas, procedentes de los jardines secretos que moteaban las montañas. Los granjeros se habían dado cuenta de que tenían muchas más posibilidades de sobrevivir si cultivaban sus propias parcelas en las laderas, incluso en terrenos que siempre habían considerado demasiado escarpados para poder sembrar. Pusieron extraordinario esmero en estas parcelas privadas: las hortalizas crecían en filas perfectas, las judías y los zapallos cuidadosamente atados a estacas y espaldaderas. Entretanto, las granjas colectivas cayeron en un estado de abandono. De pronto también empezaron a verse ingentes cantidades de arroz blanco: enormes sacos de arpillera de cuarenta kilos que llevaban impresos caracteres latinos (USA, WFP, EU), las ramas entrelazadas de olivo que constituían el emblema de Naciones Unidas e incluso la bandera estadounidense: todos los norcoreanos eran capaces de reconocerla gracias a los carteles propagandísticos, donde siempre aparecía atravesada con bayonetas o chorreando sangre. ¿Por qué llegaba arroz en sacos que tenían impresa la bandera del enemigo número uno de Corea del Norte? Alguien le contó a la señora Song que el ejército norcoreano se lo había arrebatado a los imperialistas norteamericanos. Un día, ella misma divisó un convoy de camiones alejándose del puerto: llevaban apilados en la parte trasera unos sacos de arpillera muy similares. Pese a que tenían matrículas civiles, supo que aquellos camiones solo podían ser del ejército, pues nadie más disponía de gasolina. Finalmente llegó a la conclusión de que se trataba de ayuda humanitaria, y que los militares la estaban vendiendo en el mercado con fines lucrativos. Los habitantes de Chongjin estaban contentos de ver arroz de nuevo fuese cual fuese su procedencia; hacía años que había desaparecido del centro de distribución de comida. Cada vez que iba al mercado, la señora Song veía algo que la asombraba. Melocotones. Uvas. Plátanos. No recordaba la última vez que había visto un plátano: hacía veinte años, quizá, de aquel día en que Chang-bo había traído a casa unos cuantos como regalo para los niños. Un día vio naranjas, ¡naranjas de verdad! Nunca había probado una, pero las había visto en foto. Otro día se fijó en una fruta amarilla y marrón coronada por un penacho de hojas puntiagudas. —¿Qué es eso? —le preguntó a una amiga, y esta le explicó que se trataba de una piña. Los mercados estaban surtidos por vez primera de utensilios domésticos tan baratos que hasta un norcoreano podía comprarlos. Los efectos de las reformas económicas desarrolladas por Deng Xiaoping en las décadas de 1970 y 1980 estaban llegando a Corea del Norte. De China venían el papel de escribir, los lápices y los bolígrafos, los champúes, los peines, los cortaúñas, las cuchillas de afeitar, las pilas, los mecheros, los paraguas, los coches de juguete, los calcetines. Hacía tanto tiempo que Corea del Norte no fabricaba nada que lo normal se había vuelto extraordinario. La ropa que empezaba a llegar supuso otra revelación: el país se inundó de colores extraños, procedentes de otro mundo. El rosa, el amarillo, el turquesa y el mandarina se veían tan exuberantes como las frutas tropicales que ahora se vendían en el mercado, y adornaban unos tejidos mucho más suaves y relucientes que ninguno fabricado en Corea del Norte. De vez en cuando se veían prendas de calidad todavía mejor con las etiquetas arrancadas. Los vendedores explicaban en voz baja que se trataba de artículos procedentes de areh dongae, “el pueblo de abajo”, como eufemísticamente se denominaba a Corea del Sur. La gente estaba dispuesta a pagar precios más altos por prendas que venían del país enemigo. Cada vez que iba al mercado, a la señora Song le parecía más grande. Ya no eran solo unas cuantas ancianas sentadas en cuclillas sobre trozos de lona mugrientos; ahora había cientos de vendedores que desplegaban el género en cajas y carretas. También empleaban mesas, vitrinas y paraguas para proteger sus artículos del sol. El mercado mayor de Chongjin surgió en un terreno industrial baldío próximo al río Sunam, que se extiende tierra adentro desde el puerto hasta el centro de la ciudad. Emplazado detrás de las ruinas de la fábrica Química Textil, el Mercado de Sunam terminó por convertirse en el más importante de Corea del Norte, y estaba organizado de manera muy similar a los mercados del resto del continente asiático: varias naves estaban dedicadas a alimentación; otras, a artículos de ferretería, cazuelas y sartenes, cosméticos, ropa y calzado. Kim Jong-il tardó mucho en legalizar este tipo de mercados: no lo hizo hasta 2002. Sin embargo, las autoridades de Chongjin habían reconocido de facto su existencia años atrás y habían comenzado a regularlos. A los vendedores se les cobraba setenta won al día de alquiler: aproximadamente el precio de un kilo de arroz. Los que no podían permitirse pagar esta cantidad se instalaban en el exterior. y así el mercado se fue extendiendo hacia las orillas inclinadas del río. El negocio de las galletas que puso en marcha la señora Song no llegó nunca a ser lo bastante próspero para permitirle tener su propia caseta en el mercado. No quería pagar el alquiler. En cambio sí se incorporó a una comunidad de vendedores que trabajaban en los aledaños de un mercado situado en Songpyeon, barrio que se encontraba al oeste del puerto, y al que se mudó en cuanto consiguió ganar un poco de dinero. Los mercados atraían toda clase de negocios. En el exterior del de Sunam, a lo largo de un muro encalado cubierto de malvas, había una hilera de toscas carretillas de madera, sobre las que a veces se veía al dueño dormido, esperando la llegada de algún cliente que les solicitara el transporte de artículos hasta su casa. No había taxis en Chongjin ni siquiera esos cochecillos de tracción humana que se ven en China (al gobierno norcoreano le parecían denigrantes): algunos se decidieron a llenar este vacío ejerciendo ellos mismos de porteadores. Por lo demás, los peluqueros y los barberos, que habían aprendido su oficio en el Departamento de Consumo (la agencia estatal que en teoría suministraba toda clase de servicios), pusieron en marcha peluquerías móviles. No les hacía falta más que un par de tijeras y un espejo. Trabajaban cerca del mercado de alimentos, por lo que muchas veces acababan discutiendo con los vendedores, porque según estos el pelo cortado acababa cayendo en la comida. Los peluqueros hacían su trabajo a toda prisa; debían tener cuidado de no cortar una oreja al cliente, y además estar alerta por si llegaba la policía y, en vista de que estaban realizando una actividad económica privada, les confiscaba el equipo. Con todo, se trataba de un negocio próspero. Había mujeres a las que les rugía el estómago de hambre, y que sin embargo estaban dispuestas a gastarse su último won en una permanente. Cerca del mercado situado junto a las vías del tren se montaron restaurantes improvisados donde las mesas eran tablones de madera sostenidos con ladrillos y las sillas, cubos vueltos del revés. Los clientes comían deprisa, raspando con la cuchara los pequeños tazones metálicos de sopa humeante o fideos. Los cocineros sudaban y se afanaban sobre unas cocinas cilíndricas de metal del tamaño de un bote de pintura y avivaban el fuego soplando. No era raro ver mujeres sentadas en cuclillas junto al fuego con un bebé atado a la espalda. La inmensa mayoría de los vendedores eran mujeres, porque trabajar en el mercado se consideraba una actividad vil, tradicionalmente reservada a las mujeres. Esto siguió siendo así incluso en la década de 1990, cuando comenzó la expansión de los mercados. Los hombres debían permanecer en sus unidades de trabajo, que constituían el eje de la vida social y económica en Corea del Norte; las mujeres, en cambio, al desempeñar un papel mucho menos importante, podían permitirse robar tiempo a su trabajo habitual. Joo Sung-ha, disidente norcoreano originario de Chongjin y que terminó trabajando de periodista en Seúl, me dijo en cierta ocasión que Kim Jongil había aceptado de forma tácita que las mujeres tuviesen trabajos privados para aliviar la presión a la que estaban sometidas las familias; al menos así lo pensaba él. “De no habérseles permitido a las ajummas [mujeres casadas] trabajar, habría habido una revolución”, me explicó. En consecuencia, la nueva economía que iba surgiendo en Corea del Norte tenía un notorio carácter femenino. Los hombres seguían atrapados en empleos públicos que nadie les pagaba, y el dinero lo ganaban las mujeres. “Los hombres valen menos que el perro que vigila la casa”, susurraban entre ellas las ajummas. Ganar más que ellos no bastaba para acabar con una cultura patriarcal milenaria, pero por lo menos les otorgaba cierta independencia. Sin embargo, vista desde fuera, la ciudad de Chongjin no parecía haber cambiado. A lo largo de las calles desiertas se alzaban los mismos edificios grises de arquitectura estalinista. Las carreteras seguían jalonadas por carteles de propaganda descoloridos que celebraban los logros de Kim Jong-il y del Partido de los Trabajadores. Parecía, en efecto, que la ciudad se hubiera petrificado en el tiempo, como si los relojes se hubieran detenido en 1970. Pero la señora Song sabía que no era así. El mundo estaba patas arriba; lo que antes estaba mal ahora estaba bien. Las mujeres eran las que tenían el dinero en lugar de los hombres. Los mercados rebosaban de comida; la mayoría de los norcoreanos jamás habían visto en su vida tal abundancia. Y sin embargo la gente seguía muriéndose de hambre. Morían incluso miembros del Partido, mientras que otros a los que siempre les había importado un bledo la patria estaban ganando dinero. —Donbulae —decía en voz baja la señora Song. Bichos con dinero. Antes le había confortado saber que toda la gente que conocía era más o menos igual de pobre que ella. Ahora, en cambio, veía cómo los ricos se hacían más ricos y los pobres más pobres. Personas a las que unos años atrás se habría catalogado como delincuentes económicos andaban luciendo ropa nueva y zapatos de cuero. Otras estaban muriéndose de hambre pese a trabajar a jornada completa. La inflación andaba desbocada. Un kilo de arroz en el mercado negro llegó a costar doscientos won a finales de 1998. Aun después de que se restituyeran los salarios, a un profesor o a un empleado de oficina normal el sueldo no le permitía alimentar a su familia más de dos o tres días al mes. Los niños andaban a gatas por el suelo buscando algo que llevarse a la boca, quizá unos granos de maíz o de arroz que se hubieran derramado a través de las costuras rotas de algún saco de arpillera. La señora Song conocía a un niño de nueve años llamado Song-chol de verlo en el mercado con su padre, un tipo hosco al que los otros vendedores apodaban “tío Pera” por ser justamente eso lo que vendía. Pero el negocio de las peras no marchaba muy bien, por lo que el tío Pera tenía dificultades para alimentar a su familia. —¿Por qué no vas a coger por ahí algo para comer como los otros niños? —le dijo un día a su hijo en el mercado. Song-chol era un niño obediente. De modo que se dirigió a un puesto donde los hombres bebían alcohol y comían cangrejo. Cuando volvió junto a su padre, se quejaba de dolor de estómago: había cogido del suelo unas entrañas podridas de pescado. Murió de intoxicación alimentaria aguda antes de que el tío Pera pudiese pagar con su último won a un porteador que lo llevara al hospital. Raro era el día en el que la señora Song no veía a alguien muerto o agonizando y, pese a todo lo que había ocurrido en su propia familia, no conseguía acostumbrarse. Un día, ya muy tarde, de regreso a casa desde el mercado, decidió dar un rodeo pasando por la estación de tren, con la esperanza de encontrar compradores para unas cuantas galletas que le habían quedado. Unos trabajadores barrían el suelo de la plaza situada frente a la estación. Un par de hombres pasaron junto a ella empujando un carro pesado de madera. La señora Song observó lo que transportaban. Era un montón de cuerpos, posiblemente seis en total, gente que había muerto en la estación durante la noche. Unos cuantos miembros huesudos colgaban fuera del carro. Una cabeza se balanceaba mientras el carro avanzaba a sacudidas sobre el pavimento. La señora Song se quedó mirándola. La cabeza pertenecía a un hombre de unos cuarenta años. Ella le vio parpadear levemente. No había muerto todavía, pero no le faltaba mucho, así que se lo llevaban ya. La señora Song pensó sin querer en su marido y en su hijo. Se dijo que era una gran suerte que por lo menos hubieran muerto en casa y en la cama, y que ella hubiese podido darles un entierro digno. XI GOLONDRINAS ERRANTES Un grupo de niños en un mercado norcoreano. La señora Song pasaba a menudo por la estación de tren de Chongjin, por lo que seguramente se cruzó alguna vez con un niño que vestía un uniforme de obrero color añil, tan grande que la entrepierna le llegaba por las rodillas. El cabello lo tenía apelmazado y cubierto de piojos, y en lugar de zapatos calzaba bolsas de vinilo. Tenía una edad indefinida; con catorce años, su estatura era la de un niño estadounidense de ocho. Si la señora Song efectivamente se cruzó con el chico, y en aquel momento le sobraba una galleta, es posible que se la ofreciera. De lo contrario pasaría de largo sin prestarle demasiada atención. Y es que nada había en él que lo distinguiera de los centenares de niños que deambulaban por la estación de tren. Los norcoreanos los llamaban kochebi, es decir, “golondrinas errantes” niños cuyos padres habían muerto o se habían marchado en busca de comida. Obligados a valerse por sí mismos, tendían a agruparse en la estación como palomas tratando de atrapar alguna miga. Representaban un curioso fenómeno migratorio en un país donde jamás se había tenido noticia de que existiera gente sin hogar. Kim Hyuck era un niño diminuto, pero también era fuerte y listo. Si alguien llevaba una pequeña merienda para comer en la estación, él era capaz de arrebatársela de la mano antes de que llegara a la boca y engullirla de un solo bocado. Los vendedores cubrían los cubos de comida con redes muy bien entretejidas para protegerlos de los ladrones; sin embargo, en el preciso instante en el que el vendedor alzaba la red, Kim Hyuck volcaba el cubo y cogía algo del suelo. Había adquirido estas destrezas desde muy pequeño y luego había ido perfeccionándolas a lo largo de una infancia marcada por la falta de comida. Sin ellas no habría podido sobrevivir mucho tiempo. La historia de cómo terminó vagando por la estación, sin techo ni hogar, ilustra a la perfección el declive de la clase principal de Corea del Norte. Hyuck nació en 1982 en un entorno social privilegiado. Su familia tenía sólidas credenciales comunistas: su padre, que había formado parte de una unidad militar de élite entrenada para infiltrarse en Corea del Sur, sería recompensado más tarde con el carné del Partido de los Trabajadores y un trabajo en una empresa controlada por el ejército que obtenía divisas exportando pescado y setas de pino. La familia vivía en Sunam, cerca de la fábrica Química Textil, donde trabajaba la madre. A los dos meses de edad empezaron a llevar a Hyuck a la guardería de la fábrica. Su vida comenzó a torcerse cuando la madre murió repentinamente de un ataque al corazón. En la memoria del niño, que entonces tenía tres años, no quedó más que una imagen muy borrosa de su rostro. El recuerdo más remoto de Hyuck era el del olor del incienso que quemaron en el entierro. Su padre volvió a casarse poco después. Hyuck y su hermano, Cheol, que era tres años mayor, chocaban a menudo con su madrastra, casi siempre por la comida. Los niños eran traviesos e indóciles. Y siempre estaban hambrientos. Como sospechaban que su madrastra le daba más comida a su propia hija (la hermanastra de los niños), se dedicaban a robar mazorcas de maíz de la cocina para luego cambiarlas en el mercado por fideos cocidos. Cuando la mujer empezó a guardar bajo llave la comida, le robaron la manta y la cambiaron por alimentos. Hyuck tenía siete años cuando le robó por primera vez a un desconocido. Cogió un pastelito de arroz del carro de un vendedor y salió corriendo. Sus minúsculas piernas eran más veloces que las del vendedor, por lo que no le habría costado salirse con la suya. Pero fue el propio pastelito lo que le perdió: estaba tan delicioso que volvió por otro. Su padre lo recogió en la comisaría de policía. Hyuck no se atrevió a levantar la cabeza de tan avergonzado que estaba, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Una vez en casa, su padre lo azotó con un cinturón de cuero, dejándole ensangrentadas las pantorrillas. —¡Ningún hijo mío será jamás un ladrón! —bramó—. Antes morir de hambre que robar. Hyuck no lo veía así. Siguió robando. Cada vez se iba alejando más de casa en busca de comida. Al sur de Chongjin, en el condado de Kyongsong, se encuentran las minas de carbón, y más allá los huertos. Hyuck y sus amigos se iban hasta allí agarrados a los parachoques traseros de los autobuses; a principios de la década de 1990 hacía este viaje con mucha frecuencia. Cuando se hubieron agotado las peras, empezaron a robar maíz. Una vez lo cogieron los guardias, pero como era muy joven le dejaron marchar tras una simple amonestación. Además, no tenía vergüenza: incluso trató de llevarse pastelitos de arroz de los que daban a quienes rendían honores a la estatua de Kim Il-sung durante el duelo por su muerte. Al padre de Hyuck le indignaban las fechorías de sus hijos, pero no podía hacer nada para disuadirlos. Había tan poca comida en casa que la madrastra se había marchado a vivir con sus padres llevándose consigo a su hija. El padre de Hyuck había cambiado de empleo: ahora trabajaba como secretario del Partido en una residencia para enfermos mentales. Se instaló a vivir con sus hijos en una habitación que antes había ocupado el portero. A Hyuck le gustaba vivir en la residencia. Disfrutaba hablando con los enfermos, que estaban tan solos como él y además le trataban como si fuera un adulto. Pero allí también escaseaba la comida. Por lo demás, el hecho de ser secretario del Partido, y tener por tanto más poder que el propio director de la residencia, no le sirvió al padre para conseguir más alimentos; en cambio, sí le brindó los contactos necesarios para ingresar a sus hijos en un orfanato. Como sucedía en no pocos países comunistas, los orfanatos norcoreanos no eran solo para huérfanos, sino también para niños cuyos padres ya no podían hacerse cargo de ellos. Eran como internados; lugares donde proporcionaban educación y alojamiento. Ser admitido se consideraba un privilegio. El orfanato Donsong nº 24 se encontraba en Onsong, condado situado en el extremo norte de la provincia, cerca de la frontera con China. El padre llevó allí a los niños en tren a principios de septiembre, de modo que pudieran matricularse antes de que se iniciara el curso. Hyuck tenía once años y estaba a punto de empezar el último año de primaria; su hermano, de catorce años, estudiaba secundaria. Tardaron seis horas en llegar. El tren iba tan abarrotado que el padre y los dos niños tuvieron que pasarse todo el trayecto de pie, sumidos en un silencio sombrío. —Sois hermanos. Os podéis ayudar el uno al otro. No dejéis que nadie os mangonee —les dijo su padre nada más firmar los documentos cediendo su tutela al orfanato. Cuando su padre dio media vuelta y empezó a alejarse, Hyuck se dio cuenta por primera vez de lo mucho que había envejecido. Aquel hombre, en otro tiempo tan alto y apuesto, ahora estaba flaco, tenía el pelo gris y andaba encorvado. La cafetería del orfanato evitó, por lo menos al principio, que los niños pasaran hambre. Era otoño, la estación de la cosecha, y abundaba la comida. Los niños estaban encantados de poder comer un tazón de arroz todos los días. Es verdad que el arroz estaba mezclado con maíz, cebada y otros granos más baratos, pero aun así era lo mejor que habían comido en años. En primavera descubrieron que en el terreno boscoso que rodeaba la institución se habían plantado albaricoqueros, de modo que siempre podían acudir allí a recoger unas cuantas frutas. Sin embargo, cuando llegó el invierno comenzaron a menguar las raciones de comida. En lugar de arroz comían fideos de maíz en tazones de sopa salada. Durante el primer trimestre de 1996 murieron veintisiete niños, y fue entonces cuando Hyuck y su hermano empezaron a faltar a clase para caminar hasta la ciudad en busca de comida. Pero descubrieron que las cosas no estaban mucho mejor allí. Hyuck conoció a un niño que tenía su edad y vivía con su hermana de seis años: habían muerto sus padres. Cada cierto tiempo los vecinos les llevaban tazones de potaje, pero, por lo demás, los niños debían ingeniárselas por sí mismos. Los dos hermanos se iban a buscar comida con su nuevo amigo. Hyuck era un buen escalador con brazos largos y musculosos que compensaban las piernas cortas y regordetas. Era capaz de trepar a un pino y, con un cuchillo afilado, ponerse a pelar la corteza exterior hasta llegar a la parte tierna y sabrosa del tronco. A veces se la comía sin bajarse del árbol. Otros trataban de hacer lo mismo, pero él era capaz de trepar más arriba, allí donde la corteza estaba intacta. —Eres como un monito —le decía su amigo en tono admirativo. Hyuck se convirtió en cazador. Mataba ratas, ratones, ranas y renacuajos. Cuando desaparecieron las ranas se puso a perseguir cigarras y saltamontes. En Chongjin, de muy niño, había visto que sus amigos cazaban cigarras y se las comían: aquello siempre le había parecido repugnante. Ahora ya no tenía tantos remilgos. Tras hacerse con una red ideó una trampa para gorriones empleando como cebo un grano de maíz que colgaba de una cuerda. Luego les arrancaban las plumas a los pájaros y los asaban a la parrilla. También trataron de cazar palomas con una palangana y un trozo de cuerda, pero los bichos resultaron ser demasiado listos. No sucedió lo mismo con los perros. Hyuck encontró uno pequeño y muy simpático que andaba perdido. Hizo que el animal le siguiera, meneando la cola, hasta el patio de la casa de su amigo. Una vez allí cerró la verja. Él y su amigo lo agarraron bien y lo tiraron a un cubo de agua, sujetando con fuerza la tapa. El perro se debatió en el agua durante diez minutos antes de ahogarse. Una vez desollado, lo cocinaron. La carne de perro formaba parte de la dieta tradicional coreana, pero como a Hyuck le gustaban los animales, no pudo evitar sentirse mal. No tan mal, sin embargo, como para no intentarlo de nuevo. En cualquier caso, a mediados de 1996 ya casi no quedaban perros. Hyuck continuó robando. Él y su hermano, tras franquear los muros de las casas, desenterraban las vasijas de barro llenas de kimchi que yacían escondidas en los jardines privados y se lo comían directamente del frasco. Mientras tanto Hyuck recordaba las palabras admonitorias de su padre: “Antes morir de hambre que robar”. En el diálogo imaginario que mantenía con él, Hyuck le replicaba: “De nada te vale ser un héroe si estás muerto”. Pero Hyuck estaba triste. Echaba de menos a su padre y también a Cheol, quien había abandonado el orfanato al cumplir los dieciséis años, la mayoría de edad legal. Su hermano había sido siempre una especie de guardaespaldas para él, y lo defendía en los muchos líos y peleas que habían jalonado su infancia, tan salvaje. Cheol había heredado la imponente estatura de su padre. Al no contar ya con él, Hyuck empezó a llevarse muchos golpes. Un día, mientras cortaba leña, vio que una pandilla de chicos de Onsong estaba haciendo lo mismo. Los chicos de la ciudad se enzarzaban a menudo en peleas con los del orfanato, a quienes acusaban (con razón) de robarles la comida. En un primer momento, Hyuck pensó que le habían arrojado un cubo de agua. Pero luego cayó en la cuenta de que sus pies estaban empapados de sangre. Le habían hecho un tajo en el muslo con un hacha. En cuanto se le curó la herida, Hyuck decidió volverse a Chongjin y se coló en un tren. Cuando llegó a su ciudad natal, casi no la reconoció. Parecía una ciudad muerta. Todo estaba roto, destartalado, envuelto en una atmósfera lúgubre. Las tiendas estaban cerradas. Ya no había carritos en la estación de tren. Caminó hacia casa por la carretera nº 1, que discurría paralela a la costa del océano. Al cruzar el río Sunam pudo divisar las chimeneas de las fábricas que bordeaban el puerto. No se veía una sola nube de humo. Después de atravesar el puente abandonó la carretera principal en dirección a la fábrica Química Textil, donde había trabajado su madre. La verja delantera estaba cerrada con candado. El edificio había sido desvalijado: los ladrones se habían llevado toda la maquinaria. Ya estaba oscureciendo, y al llegar a su barrio, Hyuck empezó a sentirse perdido, como si se encontrara en medio del campo en una noche sin luna. Los lugares de referencia de su infancia se habían desvanecido en la oscuridad. Finalmente dio con el edificio de apartamentos donde había vivido con su familia. La puerta principal estaba abierta: entró. No había luz en la escalera, de modo que subió a tientas, contando piso por piso. El edificio estaba sumido en un silencio tal que parecía abandonado; tan solo se oía el llanto de un bebé, que iba haciéndose cada vez más fuerte a medida que Hyuck subía la escalera. Empezó a pensar si no se habría equivocado de edificio. El apartamento de su familia estaba en el octavo piso; el segundo empezando por arriba. Al llegar vio una rendija de luz debajo de la puerta —una lámpara de aceite, quizá, lo que le dio tantas esperanzas que su corazón se puso a latir con fuerza. Llamó a la puerta. Le abrió una mujer joven y guapa que sostenía un bebé en los brazos. Tras invitarlo a entrar, la mujer le explicó que ella y su marido le habían comprado el apartamento al padre de Hyuck hacía cerca de un año. No había dejado ninguna dirección. Tan solo el siguiente mensaje: “Si vuelven a casa mis hijos, díganles que me busquen en la estación de tren”. La estación de tren de Chongjin. Allí iban los que no tenían nada, ni siquiera adónde ir, pero aún no se resignaban a tumbarse junto a la carretera. El movimiento de los trenes creaba una ilusión de finalidad, de sentido, que mantenía viva la esperanza cuando todo parecía desmentirla. Le permitía a uno fantasear con la llegada de un tren que traería algo de comida, o que se dirigiría a un lugar mejor: entonces uno no tendría más que subirse. Chongjin es un nudo muy importante de la red ferroviaria: las líneas norte-sur que recorren la costa se conectan allí con las que se dirigen al oeste, hasta la frontera con China. La gente llegaba a Chongjin con la esperanza de conseguir comida, ya que en otras ciudades —Hamhung, Kilju, Kimchaek— la situación era aún peor. Nadie se quedaba quieto. Nadie se daba por vencido. La estación era una mole de granito de dos pisos con una hilera de ventanas altas y estrechas, presidida en lo más alto por un retrato de Kim Il-sung cuyo tamaño guardaba proporción con el edificio. Debajo del cartel había un reloj con la esfera de madera que de vez en cuando daba bien la hora. En el interior de la estación el aire estaba viciado por el humo del tabaco y los gases de los trenes. La gente se sentaba en cuclillas, esperando. Cuando estaban demasiado débiles se tumbaban en el suelo de la sala de espera o en los lóbregos pasillos. Hyuck se puso a buscar entre la multitud a un hombre patilargo y que anduviese a grandes zancadas. Iba agachándose para examinar los rostros de las personas que había en el suelo, confiando en encontrar a alguien que le resultara familiar. Consiguió dar con muchos de sus antiguos vecinos, que vivían allí en condiciones miserables, pero ninguno sabía nada de su padre ni de su hermano. Como no tenía adónde ir, acabó por acurrucarse en un espacio minúsculo junto a una pesada verja de hierro. Allí durmió de forma intermitente. Por la mañana encontró un grifo que funcionaba y se salpicó la cara con agua, pero no pudo sacarse los piojos del cabello. Vale la pena subrayar aquí hasta qué punto resultaba asombroso que hubiera gente sin techo en Corea del Norte. Al fin y al cabo, ningún otro país había conseguido desarrollar un sistema tan minucioso de control de sus ciudadanos. Todos tenían un domicilio y una unidad de trabajo fijos, de los cuales dependían las raciones de comida: si uno se iba de casa, no podía recibir alimentos. Sin un permiso de viaje, nadie se atrevía a visitar a un pariente, aunque viviese en la localidad de al lado. Si un ciudadano invitaba a alguien a pasar la noche en su casa, ese alguien debía registrase en el inminban correspondiente, que a su vez informaba a la policía del nombre, sexo, número de registro y número de permiso de viaje del visitante, así como de la finalidad de la visita. La policía llevaba a cabo inspecciones sorpresa alrededor de la medianoche para cerciorarse de que nadie tuviera invitados sin permiso. Por lo demás, uno debía llevar siempre encima el llamado “certificado del ciudadano”, un cuadernillo de doce hojas del tamaño de un pasaporte, donde figuraba toda clase de información sobre el portador, y que estaba basado en la antigua cédula de identidad soviética.[1] Todo esto cambió a raíz de la hambruna. Como había dejado de repartirse comida, no había ya ninguna razón para permanecer en un domicilio fijo. Si quedarse quieto significaba morirse de hambre, ninguna amenaza por parte de las autoridades podía hacer que la gente se quedara en sus casas. Era la primera vez que los norcoreanos vagaban por el país con total impunidad. Entre la población sin techo había un número desproporcionadamente alto de niños y adolescentes. En algunos casos, sus padres se habían marchado en busca de comida o de empleo. Pero había otra explicación más curiosa para este fenómeno. Ante la escasez de comida, no pocas familias norcoreanas llevaron a cabo una selección brutal en sus propios hogares: los padres y los abuelos renunciaban a alimentarse para que pudieran sobrevivir los más jóvenes. Esto produjo un número extraordinario de huérfanos, ya que los niños eran a menudo los únicos miembros de la familia que quedaban vivos. Los kochebi, o golondrinas errantes, destacaban entre las multitudes que se agolpaban en la estación. Vestían, como Hyuck, uniformes de fábrica de color añil y tamaño adulto que les quedaban demasiado grandes. Se trataba de prendas que habían sobrado tras el cierre de las fábricas y que las autoridades habían repartido gratis, denominándolos “trajes sociales”. Por lo demás, había pocos niños que tuviesen zapatos y, si llegaban a tenerlos, los cambiaban enseguida por comida y se cubrían desde entonces con bolsas de plástico los pies, que se les congelaban con frecuencia. En los primeros años de penuria alimentaria, los niños de la estación de tren sobrevivían mendigando comida. Pero pronto fueron demasiados los niños, y pocos los adultos capaces de darles algo. “Solo se puede ofrecer caridad con el estómago lleno”, les gusta decir a los norcoreanos: no debes alimentar a los hijos de otra persona si los tuyos están pasando hambre. Cuando empezó a ser inútil mendigar, los niños se dedicaron a recoger del suelo cualquier cosa de aspecto vagamente comestible y hasta colillas de cigarrillo, para liar con papel desechado el poco tabaco que quedase. Casi todos fumaban para amortiguar el hambre. A veces Hyuck se integraba en pandillas de ladronzuelos. Chongjin siempre había tenido mala fama por sus pandillas callejeras. Sin embargo ahora, en medio de la penuria, la actividad de las pandillas tomó un cariz desesperado. Existía una división natural del trabajo entre los chicos más grandes —que eran también los más fuertes y veloces— y los más pequeños, que tenían menos posibilidades de ser apaleados o detenidos por la policía si los atrapaban. Los primeros se abalanzaban sobre un puesto de comida, lo volcaban todo y salían corriendo, perseguidos por el vendedor enfurecido; mientras tanto, los segundos cogían a toda prisa la comida. Otro truco consistía en encontrar un tren o un camión cargado de grano que circulase despacio y rajar los sacos con un palo acabado en pincho. Los niños se daban por satisfechos con cualquier cantidad de grano que se derramara, por poco que fuese. Para evitar estos robos la compañía de ferrocarriles terminó contratando guardias armados con órdenes de disparar a cualquier ladrón. Era una vida peligrosa. A los niños les preocupaba que alguien, quizá un miembro de su pandilla, pudiera robarles sus escasas posesiones mientras dormían. Se oían historias inquietantes sobre adultos que se aprovechaban de niños. No solo por sexo, sino también para conseguir comida. A Hyuck le habían hablado de gente que drogaba a los niños y después los asesinaba y despedazaba para comérselos. Detrás de la estación, muy cerca de las vías, había vendedores que cocinaban sopa y fideos en pequeños infiernillos: se decía que los trozos de color gris que flotaban en el caldo eran carne humana. Ya fueran o no leyendas urbanas, lo cierto es que las historias de canibalismo se propagaron por los mercados. La señora Song se enteró por una ajumma muy chismosa que había conocido allí. —No compres carne si no sabes de dónde viene —le advirtió la mujer en tono ominoso. Aseguraba conocer a alguien que había comido carne humana y la había encontrado deliciosa. —Si uno no supiera lo que está comiendo, juraría que se trata de cerdo o ternera —le susurró a la señora Song, quien la escuchaba horrorizada. Las historias fueron volviéndose cada vez más truculentas. Se decía que el hambre había desquiciado tanto a un padre que había llegado a comerse a su propio bebé. Se contaba también que habían detenido a una mujer por vender sopa hecha a base de huesos humanos. De mis entrevistas con refugiados he deducido que hubo por lo menos dos personas —una en Chongjin y la otra en Sinuiju— que fueron detenidas y ejecutadas por canibalismo. Nada indica, sin embargo, que la práctica estuviese extendida, ni que llegaran a producirse tantos casos como los que se documentaron en China durante la hambruna del periodo 1958-62, que mató a treinta millones de personas.[2] Aunque no anduviesen cerca los caníbales ni otros depredadores, era imposible que los niños sobrevivieran mucho tiempo en la calle. Los más pequeños rara vez resistían más de unos meses. La hija mayor de la señora Song, Oak-hee, que vivía en un apartamento del segundo piso de un edificio situado frente a la estación, pasaba lodos los días por delante de los niños de camino a casa. —Mañana ya habrán muerto esos críos —solía decirse, en parte para justificar su decisión de pasar de largo sin ayudarlos. La mayoría de las personas procedentes de Chongjin a las que conocí me hablaron de los muchos cadáveres desperdigados cerca de la estación y en los trenes. Una empleada de fábrica me contó que una vez —el año era 1997—, viajando en un tren de Kilju a Chongjun, se había percatado de que un hombre que iba sentado en su vagón estaba muerto. El tipo, un militar jubilado, sujetaba entre los dedos la documentación que acreditaba su pertenencia al Partido de los Trabajadores. Los otros pasajeros se mostraron completamente indiferentes. Supongo que lo retiraron cuando el tren llegó a la estación de Chongjin, me dijo la mujer. Los empleados de la limpieza de la estación recorrían las zonas públicas recogiendo cadáveres y cargándolos en carretillas de madera. Atravesaban las salas de espera y la plaza de enfrente, buscando, entre los que estaban apiñados en el suelo, los que no se habían movido desde el día anterior. Me contó Hyuck que algunos días habían llegado a retirar hasta treinta cadáveres. Era difícil identificarlos, porque a menudo, junto con la ropa y los zapatos, les habían robado la documentación. Como los familiares seguramente habían muerto ya o andaban dispersos, se decidía enterrar los cuerpos en fosas comunes. Esto resultaba vergonzoso en una sociedad confuciana, en la que estaba extendida la creencia de que el lugar de sepultura de un antepasado influía de manera decisiva en lo que le ocurría a uno en el presente. La organización budista surcoreana Buenos Amigos fue testigo de varios de estos enterramientos cerca de la frontera con China, y el norteamericano Andrew S. Natsios, funcionario de una agencia de ayuda, también presenció uno en cierta ocasión. Vio cómo varias personas arrojaban en una gran fosa cercana a un cementerio, envueltos en sábanas de vinilo, lo que parecían cuerpos, y después permanecían un rato de pie alrededor de la fosa con la cabeza inclinada, en actitud de recogimiento.[3] Hyuck cree que su padre seguramente fue enterrado en una de esas fosas. Un conocido suyo con el que se encontró años después le contó que su padre había vivido durante algún tiempo en la estación de tren en el invierno de 1994, y que en 1995 había ingresado en un hospital. El hombre orgulloso que había jurado que no robaría jamás fue posiblemente uno de los primeros en morir de hambre. Cuando por fin desistió de encontrar a su padre, Hyuck no tenía ya ningún motivo para permanecer en Chongjin, de modo que empezó a colarse en los trenes. No era difícil. Los convoyes avanzaban renqueando y hacían con frecuencia paradas imprevistas. Hyuck corría detrás del tren y se agarraba a la barandilla que separaba dos vagones, encaramándose como un monito. Los vagones iban tan abarrotados que, a la hora de comprobar los billetes y los permisos de viaje, la policía casi no podía abrirse camino por los pasillos. En cualquier caso, a Hyuck le desagradaban los espacios cerrados, por lo que solía trepar al tejado. Los trenes eran ligeramente redondeados por arriba, como hogazas de pan. Tras encontrar una zona plana en el centro que le permitiera pegarse bien al tejado y esquivar así el tendido eléctrico, se quedaba allí durante horas con la cabeza recostada sobre la mochila, contemplando las nubes que pasaban, y mecido todo el rato por el traqueteo del tren. En un principio no fue más allá de las afueras de la ciudad. Regresó a Kyongsong, donde de niño había robado maíz y peras. Ahora costaba más hacerlo —había guardias armados patrullando las granjas—, por lo que se aventuró lejos: volvió al orfanato de Onsong. Allí las cosas no parecían estar mejor que en Chongjin. Los bosques de los alrededores del orfanato, tan frondosos en su recuerdo, se encontraban completamente desnudos. Hyuck sabía que a pocos kilómetros del orfanato, al otro lado de una cadena de montes bajos, había una estrecha cinta de agua oscura —el río Tumen— que se perdía de vista. Y al otro lado del río había un lugar donde los árboles conservaban su corteza y los maizales no estaban vigilados por guardias con pistola. Ese lugar se llamaba China. La frontera entre China y Corea del Norte cubre mil trescientos kilómetros a lo largo de dos ríos que se originan en un volcán durmiente que los coreanos llaman monte Paektu y los chinos monte Changbai. Al sur, el río Yalu señala el límite desde el cual las tropas chinas, como es bien sabido, hicieron retroceder a las fuerzas estadounidenses en la Guerra de Corea. Hoy en día gran parte de los intercambios de carácter oficial entre China y Corea del Norte tienen lugar a través del Yalu, casi siempre cerca de su desembocadura en el mar Amarillo. Comparado con él, el río Tumen es un arroyo insignificante de corrientes suaves. Al norte, su curso serpenteante dibuja la frontera nororiental de Corea del Norte antes de desaguar al sudoeste de Vladivostok. Es lo bastante estrecho para que, aun en la estación lluviosa, cuando las aguas están altas, un nadador pueda atravesarlo con cierta facilidad. A los niños del orfanato no se les permitía jugar cerca del Tumen. Toda la ribera era un zona militar cerrada. Si al nadar en uno de los afluentes se aproximaban demasiado a ella, la policía de frontera los echaba de allí. Los márgenes del río eran llanos y arenosos, y nada crecía hasta una altura suficiente para permitirle a uno ocultarse. Pero a una o dos horas de caminata al sur de Onsong había una zona escasamente poblada donde los matorrales y las hierbas altas bordeaban la ribera. Los guardias fronterizos estaban lo bastante alejados entre sí para que uno pudiera colarse después del anochecer. En cada puesto de vigilancia trabajaban dos de ellos, de tal modo que uno podía dormir mientras el otro vigilaba; pero a partir de la una de la madrugada a menudo se dormían los dos. Fue a finales de 1997 cuando Hyuck cruzó el Tumen por primera vez. Era la estación seca, y el río estaba bajo. Las riberas arenosas a ambos lados de la frontera parecían haberse acercado. Sin embargo, el agua estaba helada y le golpeó como un puñetazo; solo le llegaba hasta el pecho, pero la corriente se obstinaba en arrastrarlo río abajo, de modo que acabó cruzándolo en diagonal. Finalmente llegó al otro lado y trepó por la orilla. El aire frío le congeló la ropa, que se quedó convertida en una armadura. Hyuck no había sentido nunca demasiado interés por China: otro país comunista tan pobre como el mío, pensaba. Así le pareció, en efecto, a primera vista, pero algo más tarde, cuando empezó a aventurarse lejos del río, divisó campos donde se había cosechado el maíz y que se extendían varios kilómetros. Había casas pequeñas de ladrillo rojo con graneros repletos de maíz descascarado que llegaba hasta el tejado. También se veían espaldares cubiertos de tallos enroscados de calabaza y judía. Siguió vagando hasta llegar a una pequeña ciudad. Era más animada de lo que habría podido imaginar: había taxis, motocicletas y bicitaxis. Los letreros estaban en chino y en coreano. Le alegró enterarse de que, pese a ser ciudadanos chinos, muchos de los habitantes procedían de Corea y hablaban su idioma. A Hyuck lo reconocieron de inmediato como norcoreano, y no solo por su ropa andrajosa. A sus quince años no medía más de un metro cuarenta, con la cabeza desproporcionadamente grande para su cuerpo, lo que era síntoma de desnutrición crónica. Cuando un niño se alimenta mal durante muchos años, la cabeza sigue creciendo hasta un tamaño normal, pero en cambio se estanca el desarrollo de sus extremidades. Hyuck conoció en el mercado a un hombre que vendía platos usados, bisutería y quincallería. El tipo le preguntó si podía traerle planchas de Corea del Norte, de esas anticuadas que se calentaban sobre brasas de carbón. Casi todas las familias norcoreanas tenían planchas de este tipo en casa, pero apenas las usaban ya, principalmente porque toda la ropa era sintética. Hyuck consiguió comprarlas en Corea del Norte por casi nada y luego revenderlas en China a un precio equivalente a diez dólares por unidad. Era más dinero del que jamás había visto. La ganancia obtenida le sirvió para adquirir más artículos en su país. Objetos de cerámica, joyas, pinturas, piedras de jade. También compró podegi, un tipo de tela que las mujeres coreanas han utilizado tradicionalmente para llevar a los bebés: atando la mercancía a la espalda con esta tela podía transportar más cosas de las que cabían en un morral. Hyuck empezó a cruzar la frontera con frecuencia. Dio con los lugares donde los guardias eran más despistados, vagos o corruptos. Comprendió que convenía quitarse toda la ropa antes de meterse en el río. Desarrolló una notable habilidad para mantener el equilibrio mientras caminaba por el agua con la mercancía y sus prendas colocadas sobre la cabeza (y bien envueltas en plástico por si se tropezaba). Nunca se quedaba demasiado tiempo en China, ya que le habían advertido de que la policía de este país entregaba a las autoridades norcoreanas a cualquiera que fuera descubierto en el lado equivocado del río. Dejó de robar. Si quería un tazón de fideos, lo compraba con su dinero. Se compró unos pantalones, una camiseta, una parka azul y unas zapatillas de deporte: así ya no parecía un refugiado. Estaba tratando de ir por el camino recto y tomar las riendas de su vida. No obstante, comprar artículos por su cuenta y revenderlos para obtener una ganancia no dejaba de ser ilegal. Cruzar una frontera internacional sin permiso de viaje agravaba el delito. Con dieciséis años, Hyuck ya era legalmente un adulto, por lo que ahora las autoridades empezarían a tomarse en serio sus fechorías. XII EL DULCE CAOS[1] Guardas norcoreanos en formación (Pyongyang). Los norcoreanos tienen muchas maneras de designar la cárcel, como les pasa a los esquimales con la nieve. A quien comete un delito menor, como faltar al trabajo sin causa justificada, se le puede enviar a un ajibkyulso, centro de detención controlado por la Agencia de la Seguridad del Pueblo (unidad policial de bajo rango), o a un rodong danryeondae, campo de trabajo donde el infractor cumpliría uno o dos meses de trabajos forzados, asfaltando por ejemplo una carretera.[2] Las cárceles más habituales son los kwanliso, término que se traduce por “lugares de control y administración”. Se trata en realidad de una colonia de campos de trabajo situada en la zona montañosa más al norte del país. De la información obtenida por los satélites de inteligencia se desprende que estos campos albergan hasta doscientos mil reclusos. Kim Il-sung los estableció poco después de llegar al poder siguiendo el modelo del gulag soviético: se proponía entonces liquidar a todos aquellos que pudieran desafiar su autoridad. Políticos rivales, descendientes de propietarios, colaboradores de los japoneses, sacerdotes cristianos. Alguien a quien se le hubiera sorprendido leyendo periódicos extranjeros. Un hombre que, después de beberse unas copas de más, se pusiera a bromear sobre la estatura de Kim Jong-il. El “insulto a la autoridad del líder” es el más grave de los llamados delitos contra el Estado. A una mujer que trabajaba en la misma fábrica que la señora Song la enviaron a un campo por haber escrito algo políticamente incorrecto en su diario. Los norcoreanos que conozco siempre hablan en voz baja de algún conocido suyo — o alguien de quien han oído hablar— que desapareció en mitad de la noche y del que no se volvió a saber nada. Las condenas que se cumplen en los kwanliso son de por vida. También se envía allí a menudo a padres, hijos y hermanos para acabar con la “sangre impura” que se transmite a lo largo de tres generaciones. Las esposas suelen librarse al no ser parientes de sangre, pero en todo caso se las obliga a divorciarse. Apenas se sabe nada de lo que ocurre en el interior de los kwanliso, y son pocos los que consiguen salir de allí y contar su experiencia.[3][4][5] Existe otro tipo de campo de trabajo, el kyohwaso, que significa “centro de instrucción”. El nombre subraya la supuesta finalidad del campo, a saber, la rehabilitación de los descarriados. Esta categoría comprendía a los presos comunes (los que no lo son por motivos políticos), aquellos que han cruzado ilegalmente alguna frontera, practicado el contrabando o simplemente realizado algún tipo de negocio. Los kyohwaso no eran tan terribles como los campos de índole política, ya que en teoría sus reclusos podían ser puestos en libertad (si es que conseguían sobrevivir). Kim Hyuck fue detenido recién cumplidos los dieciséis años. Estaba hospedado entonces en casa de un amigo suyo en Onsong, no muy lejos del orfanato, que era lo más parecido a un hogar que había conocido nunca y por eso siempre acababa volviendo. Había regresado de una de sus excursiones a China; esta vez, sin embargo, habría hecho bien en quedarse en su país, puesto que sus actividades habían llamado ya la atención de la policía. Estaba esperando a que el calor de agosto se aplacara para poder cortar algo de leña. Sobre la una de la tarde salió al patio trasero de la casa. Entonces divisó a un hombre, luego a otro, que lo observaban. Pese a no verlos bien, pudo advertir que no llevaban uniforme. Pero la intensidad con la que le miraban hizo comprender a Hyuck que aquellos tipos andaban detrás de él. Cogió su hacha y se dirigió con paso lento hacia la parte delantera de la casa: podía trepar rápidamente por el muro, pensó, y luego echarse a correr. Pero entonces vio que había más hombres frente a la casa, quizá ocho en total. De modo que decidió quedarse donde estaba. Se puso a cortar leña, como si el chasquido del hacha al tronchar la madera pudiera ahuyentar su angustia y aquietarle el pulso. Los policías de paisano arrastraron a Hyuck hasta un edificio de oficinas situado en el centro de Onsong. Resultaron ser miembros de Bowibu, la agencia de seguridad nacional encargada de investigar delitos políticos. Era más grave de lo que había pensado. Estando en China, Hyuck les había dibujado un mapa a unos comerciantes chinos que pretendían infiltrarse en Corea del Norte. Esto equivalía a traición según el código penal norcoreano y en particular según el artículo 52, que llevaba el epígrafe Traición a la Patria: Todo ciudadano de la República que huya a un país extranjero O se pase al enemigo, o solicite asilo en una embajada extranjera [...], [o que] colabore con instituciones o ciudadanos de un país hostil, ya sea ejerciendo de intérprete o de guía, o proporcionado ayuda material o moral [...] será condenado a la pena de muerte. Con la ayuda de un palo de madera, la policía le arrancó enseguida una confesión. Le golpearon en la espalda, los hombros, las piernas y los brazos: en todas partes, de hecho, menos en la cabeza, porque querían que estuviese consciente. Hyuck se acurrucó en posición fetal para protegerse de los golpes. La policía no disponía de una cárcel, sino solo de aquella oficina. Lo encerraron en una habitación tan pequeña que le era imposible tumbarse, y hasta apoyar su cuerpo amoratado contra la pared le causaba un dolor atroz. Era incapaz de dormir por la noche. De día, en cambio, tenía la sensación de quedarse dormido o de sumergirse en un estado de semiinconsciencia incluso cuando le estaban golpeando. Hyuck no tenía la menor idea de qué podía sucederle. A pesar de todas sus fechorías, solo había sido detenido una vez, cuando tenía diez años, por robar pastelitos de arroz. Siempre había sido la clase de niño capaz de librarse de cualquier apuro. Ahora se le estaba tratando como a un verdadero delincuente, como a un adulto. Se sentía atrapado, derrotado, desprovisto de dignidad. Balbuceaba durante los interrogatorios. Estaba dispuesto a contarles a sus torturadores todo lo que quisieran saber, pero solo les interesaba encontrar a los comerciantes chinos, y Hyuck no tenía la menor idea de dónde estaban. Al cabo de unos meses le trasladaron a una cárcel normal. Allí se reanudaron las palizas. Hyuck no llegó a ser juzgado. La agencia de seguridad nacional terminó retirando el cargo de traición que pesaba sobre él, al no haber podido encontrar a los comerciantes chinos. Sí se le acusó, en cambio, de cruzar ilegalmente la frontera del país, delito grave que se castigaba con tres años de reclusión en un campo de trabajo. El kyohwaso nº 12 se encuentra en las afueras de Hoeryong, ciudad fronteriza situada a unos sesenta kilómetros de Onsong. Se le trasladó allí en tren, esposado. En la estación coincidió con otros presos a los que se enviaba al mismo lugar. Atados juntos con cuerdas muy fuertes, atravesaron a pie la ciudad y después se adentraron en las montañas hasta llegar al campo de trabajo. Se oyó el rugido de una máquina y luego el chirrido de la pesada verja de hierro al abrirse. Por encima de la verja había letreros con citas de Kim Il-sung, pero Hyuck estaba demasiado asustado para levantar la vista y leerlas. Primero se le condujo a una clínica, donde se le pesó y midió. No había uniformes en el campo: los reclusos vestían su propia ropa. No obstante, las camisas no podían tener cuello (se consideraba un signo de estatus, y como tal impropio de los reclusos de un campo de trabajo), por lo que, si los guardias veían uno, lo cortaban. Se confiscaban las prendas de colores demasiado alegres. Así sucedió con la chaqueta azul que Hyuck había comprado en China. Otro recluso le quitó las zapatillas de deporte. Según calculó Hyuck, el campo de trabajo albergaba a unos mil quinientos presos, todos ellos mayores que él. También era el más bajo con diferencia. No el más débil, en cambio: curiosamente, los agentes de la seguridad nacional no le habían alimentado mal: al tener pocos presos, habían comprado fideos en el mercado. Tras su primera cena en el campo, comprendió por qué los hombres eran tan flacos y nudosos, por qué sus hombros parecían tan prominentes bajo las camisas, como si fueran perchas. Un guardia repartió lo que se llamaba una bola de arroz, aunque en realidad se trataba sobre todo de maíz, mazorcas, cáscaras y hojas. No era más grande que una pelota de tenis; cabía perfectamente en la palma de la mano de Hyuck. Eso era la cena. Algunos días recibían unas pocas judías además de la bola de arroz. Los presos tenían que trabajar desde las siete de la mañana hasta la puesta de sol. El campo era un auténtico hervidero de actividad, con almacenes de madera, tierras de labrantío, una fábrica de ladrillos y una mina. Allí se fabricaba de todo, desde muebles hasta bicicletas. A Hyuck lo destinaron a un equipo de trabajo encargado de cortar madera. Como era tan bajo, su tarea consistía en llevar un registro de la cantidad de madera que los otros recogían y cortaban. También tenía que anotar el tiempo que empleaba en descansar cada miembro del equipo. A Hyuck le pareció muy mala suerte que le dieran ese trabajo. ¿Cómo podía él ejercer alguna autoridad sobre personas que le sacaban diez años? —Todo castigo que reciban, lo recibirás tú también —le gruñó el guardia que le había asignado el trabajo—. Si uno de esos tipos intenta huir, será fusilado. Y tú también. Uno de los reclusos lo intentó, pero Hyuck no estaba encargado de su vigilancia. Se escabulló sigilosamente de su equipo de su trabajo y echó a correr por el bosque, buscando una salida. Pero las vallas de la prisión medían casi tres metros y estaban rematadas por alambres como navajas. El hombre pasó toda la noche corriendo por el bosque, y finalmente volvió a la verja principal del campo, donde pidió clemencia. Le perdonaron la vida en nombre de la “generosidad del Líder paternal”. No se les permitía a los presos interrumpir su trabajo más que para comer, dormir y recibir clases de ideología. El día de Año Nuevo, que era jornada de asueto, se les obligaba a repetir el mensaje de Año Nuevo de Kim Jong-il hasta que lo hubiesen memorizado palabra por palabra. “Nuestro pueblo deberá acelerar el progreso general este año, ateniéndose rigurosamente a las decisiones políticas que atribuyen una importancia capital a la ideología, el armamento, la ciencia y la tecnología”. Por la noche los hombres descansaban sobre un suelo de hormigón. Eran cincuenta por habitación. Como había pocas mantas, dormían muy apretados para resguardarse del frío. En ocasiones se apiñaban diez hombres bajo una sola manta. Estaban demasiado agotados para hablar, por lo que se limitaban a rascarse la espalda o masajearse los pies los unos a los otros hasta que conseguían conciliar el sueño. Para que cupieran más personas bajo la manta, a menudo dormían de tal forma que la cabeza de cada uno estuviera colocada junto a los pies del vecino, lo que favorecía los masajes de pies. Cuando llegó al campo, Hyuck tenía tanto miedo de los presos como de los guardias. Esperaba encontrarse con criminales fríos, hombres violentos y temibles, agresores sexuales. En realidad, una de las consecuencias de la inanición es la pérdida del deseo sexual. No había, por tanto, prácticamente actividad sexual en el campo, y eran infrecuentes las peleas. Exceptuando al tipo que le había robado los zapatos, los reclusos eran mucho menos fieros que los niños con los que había alternado en la estación de tren. En la mayoría de los casos se trataba de “delincuentes económicos”, gente que se había metido en líos en el mercado, que había cruzado ilegalmente la frontera o lo había intentado. Los ladrones propiamente dichos no habían robado más que comida. Entre ellos había un ranchero que había trabajado en una granja colectiva criando ganado. Su delito consistía en no haber informado a las autoridades del nacimiento de un becerro muerto: se lo había llevado a su casa para dar de comer a su mujer y a sus dos niños. Cuando lo conoció Hyuck, llevaba cumplidos cinco de sus diez años de condena. Solía dormir a su lado bajo una manta, con la cabeza recostada sobre el brazo del ranchero. El tipo era amable y hablaba con voz suave, pero uno de los guardias de mayor rango le cogió mucha manía. Su mujer e hijos acudieron a visitarlo en dos ocasiones, pero no se les permitió verlo ni dejarle comida, privilegios reservados a algunos de los reclusos que gozaban del favor de las autoridades. El ranchero murió de inanición. Fue una muerte silenciosa: un día se durmió y ya no volvió a despertar. Era corriente que los presos fallecieran por la noche. A menudo lo advertían fácilmente quienes dormían cerca del muerto, ya que este evacuaba la vejiga, y a medida que su cuerpo expelía líquido iban asomando pequeñas burbujas en sus labios. Nadie se preocupaba de retirar el cuerpo hasta la mañana siguiente. —Oh, fulano está muerto —observaba como si tal cosa uno de los hombres antes de comunicárselo a un guardia. Los cadáveres eran incinerados en la misma montaña en la que los presos cortaban madera. No se les comunicaba a los parientes la noticia hasta que estos acudían de visita al campo. Solo en la habitación de Hyuck morían todas las semanas dos o tres hombres. —Nadie cree nunca que vaya a morir. Todos piensan que van a poder sobrevivir y volver a ver a su familia, pero de pronto, un día, ocurre —me diría Hyuck años después. Entonces él vivía en Seúl, y había asistido hacía poco a una conferencia sobre derechos humanos en Varsovia, donde había dado su testimonio sobre Corea del Norte. En su posterior visita a Auschwitz había advertido las semejanzas entre su experiencia y la de los prisioneros del campo de exterminio nazi. No obstante, en el campo de trabajo donde él había estado no se gaseaba a nadie: a quien se encontraba demasiado débil para trabajar se lo enviaba a otro campo. A veces se propinaba palizas a los reclusos; algunos incluso fueron ejecutados, pero el método más habitual de castigo era la privación de comida. La muerte por inanición era el procedimiento preferido del régimen para liquidar a sus enemigos. Es difícil corroborar el testimonio de Hyuck sobre las condiciones de vida en la kyohwaso nº 12. Pero es imposible refutarlo. Los detalles que aporta concuerdan en gran medida con el relato de otros refugiados norcoreanos, tanto antiguos prisioneros como guardias. Hyuck fue puesto en libertad en julio de 2000. Si al tiempo que había estado preso en el campo se le sumaba el que había pasado bajo custodia policial, había cumplido veinte meses de una condena de tres años. Se le dijo que el indulto obedecía a que muy pronto iba a celebrarse el aniversario de la fundación del Partido de los Trabajadores. Él, en cambio, estaba convencido de que el verdadero motivo era que el campo iba a recibir un aluvión de nuevos prisioneros y era preciso liberar espacio. El régimen norcoreano tenía enemigos más importantes que Kim Hyuck. “El problema alimentario está llevando a la anarquía”, se lamentó Kim Jong-il en un discurso pronunciado en diciembre de 1996 en la Universidad Kim Il-sung. Advirtió de que el auge de los mercados y negocios privados podía hacer que el Partido de los Trabajadores “se derrumbara [...] como lo demuestran los incidentes ocurridos en Polonia y Checoslovaquia”. Como todos los dictadores del mundo, comprendía bien la necesidad de un poder absoluto. El Estado concedía a los ciudadanos todas las cosas buenas de la vida. Por eso el líder no podía tolerar que la gente se dedicase a recoger su propia comida o comprar arroz con su propio dinero. “Decirle a la gente que resuelva el problema alimentario por su cuenta no hace sino aumentar el número de vendedores y de mercados agrícolas. Por lo demás, esto fomenta el egoísmo; la base social del partido puede llegar a derrumbarse. Así lo demuestran claramente los incidentes ocurridos en Polonia y Checoslovaquia”. Cuando hubo pasado lo peor de la penuria alimentaria, Kim Jong-il se convenció de que había pecado de tolerante durante la crisis: ahora era necesario atajar la marea liberalizadora. Las cárceles estaban a rebosar de delincuentes de nuevo cuño: vendedores, comerciantes, contrabandistas, así como científicos e ingenieros que se habían formado en la Unión Soviética o en la Europa del Este, es decir, en países que habían dejado de ser comunistas, que habían traicionado los ideales del comunismo. El régimen estaba tomando represalias contra quien pudiese representar una amenaza para el statu quo. Al mismo tiempo, Kim Jong-il envió unidades de refuerzo para que patrullaran la frontera de mil trescientos kilómetros que separa China y Corea del Norte. Se emplazaron más policías a lo largo del tramo menos profundo del río Tumen, el que había cruzado Hyuck para infiltrarse al principio en el país vecino. Por lo demás, Corea del Norte le pidió al gobierno chino que capturara y deportara a cualquier desertor. Agentes chinos encubiertos empezaron, por tanto, a vigilar los mercados y otros lugares donde se sospechaba que pudiera haber fugitivos norcoreanos buscando comida. Las autoridades chinas autorizaron a Corea del Norte a enviar a sus propios agentes encubiertos, que en ocasiones se hacían pasar por desertores. Si su delito se limitaba a cruzar al país vecino en busca de comida, lo corriente era que el fugitivo fuera condenado a tan solo dos meses de cárcel; pero si se le descubría comerciando al otro lado de la frontera o entablando contacto con surcoreanos o con misioneros, terminaba en un campo de trabajo. Ni siquiera los niños sin hogar se libraban de la nueva política represiva. Kim Jong-il llegó a la conclusión de que el sistema no podía sobrevivir si no se impedía que los ciudadanos, fuese cual fuese su edad, viajaran en los trenes sin permiso de viaje o cruzaran el río hacia China. De modo que estableció refugios para personas sin hogar que vendrían a conocerse como “centros.927”, nombre que responde a la fecha —27 de septiembre de 1997— en que ordenó su creación. Estos centros carecían de calefacción y de las mínimas condiciones higiénicas, y apenas suministraban alimentos. Para los sin techo eran cárceles, por lo que hacían todo lo posible para evitar caer en manos de la policía.[6] Chongjin se llevó la peor parte. Era la capital de una provincia que venía albergando a exiliados, disidentes e inadaptados sociales desde la época de la dinastía Chosun, y ahora volvía a chocar con el centro político. La provincia de Hamgyong del Norte quedó desabastecida de alimentos antes que ninguna otra región de Corea del Norte. Algunos sugerían que Kim Jong-il había cortado intencionadamente el suministro de comida a la provincia por considerarla más desleal que otras. Era en Chongjin donde al parecer se registraban las mayores tasas de desnutrición de todo el país, exceptuando posiblemente la ciudad de Hamhung; de ahí que la economía sumergida se desarrollara en aquella ciudad con mayor rapidez que en ninguna otra parte. —¿Por qué no puede dejarnos en paz el gobierno? —rezongaban entre ellas las mujeres en el mercado. Nadie escucha ya al gobierno —me contó hace años un joven procedente de Chongjin. Como cualquier ciudad de Corea del Norte, Chongjin se había apartado de la línea dictada por el Partido. En 2005 su Mercado Sunam, era ya el más importante del país; allí podía encontrarse una mayor variedad de artículos que en ningún lugar de Pyongyang. Se vendían piñas, kiwis, naranjas, plátanos, cerveza alemana y vodka ruso. En pleno mercado podía uno comprar deuvedés ilegales de películas de Hollywood, si bien los vendedores las guardaban debajo del mostrador. Se vendían de forma descarada sacos de arroz y de maíz que sin duda había recibido el país como ayuda humanitaria. El comercio sexual no era menos ostensible. Las prostitutas que ofrecían sus servicios frente a la estación de tren de la ciudad no se molestaban en disimular. Comparada con la puritana Pyongyang, Chongjin era como el Salvaje Oeste. Kim Jong-il no podía consentir que la tercera ciudad más grande del país se desviara de la línea dura del Partido de los Trabajadores. Pese a haber dejado de funcionar por falta de combustible, sus plantas siderúrgicas y sus fábricas de maquinaria y de productos químicos para la industria textil desempeñaban un papel esencial en la gran locomotora industrial que el Líder se proponía reconstruir. Chongjin también era fundamental desde el punto de vista militar dada su proximidad a Japón, que era el mayor enemigo de Corea del Norte después de Estados Unidos. Al sur de Chongjin, el litoral estaba salpicado de instalaciones militares que miraban hacia el país nipón, entre ellas la base de misiles Musudan-ri, desde la que se probó un misil de largo alcance en 1998. Al año siguiente de la muerte de su padre, Kim Jong-il comenzó una purga del 6º Cuerpo del Ejército, que estaba estacionado en Chongjin. El 6º era uno de los veinte cuerpos de tropas de tierra que tenía el ejército norcoreano, del cual formaban parte un millón de hombres. Su cuartel se encontraba en el centro de Nanam, distrito situado al sur de la ciudad y justo al norte de las minas de carbón. Un día, bien entrada la noche, empezó a oírse el estruendo de los motores y a percibirse el olor acre que despedían los gases de escape de decenas de tanques y camiones. Los tres mil hombres que integraban el cuerpo estaban retirándose de la ciudad. Tras concentrarse alrededor de la Estación Nanam, los convoyes de vehículos comenzaron a circular lentamente por las carreteras llenas de baches, produciendo un ruido atronador. A los habitantes de la ciudad les entraban escalofríos. Sin embargo no se atrevían a levantarse de las esteras donde dormían para asomarse al exterior. Ni el diario Rodong Sinmun ni los informativos de la radio y de la televisión dijeron una sola palabra sobre aquella retirada. Era imposible, por lo demás, obtener información de primera mano, ya que los soldados generalmente servían en el ejército por un periodo de diez años, y se les destinaba lejos de sus localidades de origen, sin ninguna posibilidad de comunicarse con sus familias. A falta de noticias oficiales, circulaban rumores. ¿Estaba preparándose el ejército para la guerra largamente esperada contra los cerdos americanos? ¿Iban a invadir el país los surcoreanos? ¿O acaso se trataba de un golpe de Estado? No tardó en propalarse el rumor de que los oficiales del 6º Ejército habían visto frustrados sus planes de apoderarse de las instalaciones portuarias y militares de Chongjin, y que sus compañeros de conspiración en Pyongyang se proponían asesinar a Kim Jong-il. En el hospital, la doctora Kim oyó decir a un paciente que la conspiración estaba financiada por acaudalados empresarios chinos. En la guardería, los profesores se reunieron en la cantina para escuchar atentamente a un cocinero que aseguraba disponer de información de primera mano sobre el asunto, pues entre los conspiradores había un pariente suyo. Les contó que el complot estaba financiado por el presidente surcoreano, Kim Young-sam. Una profesora del colegio aseguraba haber visto cómo se llevaban a un vecino suyo, junto con su hijo de tres meses, debido a la impureza de su sangre: estaba emparentado con uno de los conspiradores. Era bien entrada la noche cuando el camión vino a llevárselos. —Arrojaron al bebé en la parte de atrás del camión como si fuera un mueble —dijo en voz baja la profesora. La imagen del bebé rodando por la parte trasera del camión sobrecogió a Mi-ran. Durante años, aquella escena aterradora la perseguiría una y otra vez, dormida o despierta. El 6º Ejército acabó disuelto y reemplazado por unidades del 9º Ejército, procedente de Wonsan. El proceso duró muchos meses. Aún hoy siguen siendo un misterio los motivos exactos que llevaron al régimen a tomar esta decisión. Los analistas de los servicios de inteligencia tienden a desechar la hipótesis de la intentona golpista. A lo largo de los años han llegado de Corea del Norte no pocos informes sobre tentativas de levantamiento y de golpe de Estado y sobre magnicidios frustrados, pero no ha podido corroborarse ninguno de ellos. La explicación más verosímil sobre lo ocurrido con el 6º Ejército es que Kim Jong-il pretendía reforzar el control sobre las actividades financieras de aquel. El ejército norcoreano administraba varias compañías comerciales exportadoras de toda clase de productos, desde setas de pino hasta calamares secos pasando por anfetaminas y heroína, porque las drogas ilegales eran una fuente importante de divisas para el régimen. Se daba por supuesto que el ejército andaba detrás del robo del arroz que llegaba como ayuda humanitaria a Corea del Norte y de su posterior venta en el mercado negro de Chongjin y de otros lugares. En el 6º Ejército había, al parecer, una corrupción desaforada, y como los oficiales estaban quedándose con la mayor parte del pastel, el gran jefe quiso darles un buen escarmiento, como si fuesen capos de la mafia. Un militar que desertó a Corea del Sur en 1998 contó a investigadores de este país que los oficiales del 6º Ejército se habían lucrado con la venta de adormideras cultivadas en las granjas colectivas de las afueras de Chongjin.[7][8] Poco después de la purga del ejército ejecutada por el régimen, ocurrieron otras cosas extrañas en Chongjin. Equipos especiales de fiscales llamados groupa empezaron a acudir allí desde Pyongyang para tomar medidas enérgicas contra la corrupción en las fábricas. Uno de los objetivos concretos de su cruzada era Hierros y Aceros de Kimchaek, la mayor planta siderúrgica de Corea del Norte. A lo largo de la década de 1990, la fábrica había permanecido ociosa la mayor parte del tiempo; de sus diez chimeneas, nunca funcionaban más de dos a la vez. Algunos de sus gerentes habían organizado grupos de trabajadores, encomendándoles la misión de recoger la chatarra que aquellos luego vendían en China a cambio de comida. Cuando comprobaron que este procedimiento no servía de mucho, desmantelaron la maquinaria y revendieron los componentes en la frontera. Parte del dinero en efectivo obtenido con la operación lo emplearon en comprar alimentos para los trabajadores de la fábrica. Los gerentes de la planta siderúrgica —unos diez en total— fueron ejecutados por un pelotón de fusilamiento. La Agencia de la Seguridad del Pueblo organizó las ejecuciones, que tuvieron lugar en el prado fangoso que descendía desde el Mercado Sunam hasta el arroyo Suseon. Posteriormente, los fiscales empezaron a perseguir a gente menos importante. Hicieron ejecutar a ciudadanos que habían robado hilo de cobre de los postes de teléfono para después cambiarlo por comida, así como a los ladrones de cabras, de maíz y de ganado y a los contrabandistas de arroz. En 1997 se instalaron letreros en Chongjin y otras ciudades advirtiendo de que todo aquel que robara, almacenara o incluso vendiera grano estaría “asfixiando nuestra modalidad de socialismo” y podría ser ejecutado. En el código penal norcoreano, la pena capital quedaba circunscrita a casos de asesinato premeditado, alta traición, terrorismo, “actividades antiestatales” y “actividades antipopulares”, pero estos conceptos eran lo bastante vagos para comprender cualquier actividad que pudiera molestar al Partido de los Trabajadores. Los refugiados norcoreanos que viven en Corea del Sur cuentan que en la década de 1990 llegó a ejecutarse a la gente por adulterio, prostitución, resistencia a la detención y alteración del orden público. En Onsong, la ciudad fronteriza donde se encontraba el orfanato en el que había vivido Hyuck, cuatro estudiantes fueron ejecutados, según se dice, por correr desnudos en público después de una borrachera.[9] Corea del Norte había sido hasta entonces un lugar caracterizado por el orden y la sobriedad, donde nada era imprevisible. Los asesinatos estaban comúnmente motivados por los celos o por reyertas entre bandas. Apenas se robaba, porque todos tenían más o menos los mismos bienes. La gente sabía bien cuáles eran las reglas y cuáles los límites que no debían cruzar. Pero entonces sucedió que las reglas dejaron de respetarse, y la vida se volvió caótica y aterradora. XIII RANAS EN EL POZO Un estudiante en la Gran Casa de Estudio del Pueblo en Pyongyang, la mayor biblioteca de Corea del Norte. En verano, estando de vacaciones en casa de su familia, Jun-sang presenció una ejecución pública. En los días previos habían pasado frente a la casa camiones con altavoces que anunciaban la fecha y la hora. El jefe del inminban había ido de puerta en puerta diciéndole a la gente que esperaba su asistencia. A Jun-sang le desagradaba la idea de presenciar un espectáculo así. Le horrorizaba la sangre, y no soportaba ver sufrir a nadie, ya fuera un ser humano o un animal. Cuando tenía doce años su padre le había obligado a matar una gallina. Le habían temblado las manos al agarrar el ave por el cuello. “¿Cómo puedes considerarte un hombre si no sabes hacer esto?”, le había reprendido su padre. Entonces Jun-sang había blandido obediente el hacha, pues tenía más miedo de las burlas de su padre que de ver la gallina descabezada. Pero luego no quiso cenar. Observar cómo mataban a un ser humano era algo inconcebible para él. Se hizo el firme propósito de no asistir al horrendo espectáculo. Pero cuando llegó el día y vio a todos los vecinos dirigiéndose hacia allí, se dejó llevar por la multitud. El ajusticiamiento había de tener lugar en un terraplén arenoso sobre un arroyo cercano al balneario adonde habían ido él y Mi-ran en sus paseos nocturnos. Cuando llegó ya se habían congregado allí unas trescientas personas. Los niños se abrían camino a empujones para conseguir un buen sitio y luego competían entre ellos para ver quién recogía más cartuchos de bala usados en las ejecuciones públicas. Jun-sang trató de abrirse paso entre el gentío para observarlo todo más de cerca. La agencia de seguridad del Estado había transformado la explanada junto al arroyo en una sala de juicios improvisada, instalando mesas para los fiscales y un equipo de sonido provisto de dos altavoces enormes. El reo estaba acusado de trepar a los postes de electricidad y cortar hilo de cobre para después venderlo. —El robo causó un daño considerable a la propiedad de la nación y se cometió con la finalidad de perjudicar a nuestro sistema social. Fue un acto de traición que benefició a los enemigos del Estado socialista —leyó el fiscal. Su voz bramaba por los altavoces chirriantes. A continuación tomó la palabra un hombre que actuaba como una especie de abogado defensor del reo, pero no dijo nada en su defensa. —He llegado a la conclusión de que es cierto lo que afirma el fiscal —aseguró. —Se le condena pues al acusado a la pena capital. La sentencia será ejecutada de inmediato —decretó un tercer hombre. Se ató al condenado a una estaca de madera por los ojos, el pecho y las piernas. El pelotón de fusilamiento tomó puntería: se trataba de cortar sucesivamente las tres cuerdas, empezando por arriba y disparando tres balas por cada una. La cabeza inerte del reo se desplomó sobre su pecho. El cuerpo quedó hecho un ovillo al pie de la estaca, Una ejecución limpia y eficaz. Daba además la impresión, observando el cuerpo, de que el reo se hubiese inclinado en el momento de su muerte pidiendo perdón. Un murmulló recorrió la multitud. Jun-sang no era, al parecer, el único que consideraba aquel un castigo excesivo para lo que no dejaba de ser un robo menor. Y a fin de cuentas ya no funcionaban las líneas de conducción eléctrica. Los pocos metros de hilo de cobre que hubiese robado aquel hombre seguramente no le habían servido más que para conseguir unos cuantas bolsas de arroz. —Es una lástima. Tenía una hermana pequeña —oyó decir a alguien. —Dos hermanas —oyó decir a otra persona. Jun-sang supuso que los padres del hombre ejecutado estarían muertos. Y no había duda de que aquel hombre no conocía a nadie influyente que pudiese interceder por él ante las autoridades. Seguramente ocupaba, además, un lugar demasiado bajo en el escalafón social. Puede que su padre fuese minero, como los padres de los niños a los que daba clase Mi-ran. Jun-sang se encontraba meditando sobre estas posibilidades cuando sonaron los disparos. La cabeza. El pecho. Las piernas. La cabeza estalló como un globo de agua. Un chorro de sangre salpicó el suelo, llegando casi a manchar los pies de los espectadores. Jun-sang sintió ganas de vomitar. Dio media vuelta y se volvió a su casa, abriéndose paso a codazos entre la multitud. Para Jun-sang, regresar a Chongjin significaba a menudo descubrir algún aspecto amargo de su país. En la universidad vivía en gran medida resguardado de la penuria. Había suficiente comida, y por las noches era raro que se cortase la electricidad. Los estudiantes de las universidades de élite de Pyongyang eran ciudadanos privilegiados. Residían en una ciudad igualmente privilegiada. Sin embargo, cuando salía de la burbuja académica, Jun-sang se daba de bruces con la realidad. Los lugares que asociaba con momentos felices de su vida estaban todos cerrados: los restaurantes donde había comido de niño, el cine donde había visto por primera vez a Mi-ran. No había electricidad más que con ocasión de alguna festividad nacional, como los cumpleaños de Kim Il-sung y Kim Jong-il. En casa pasaba las noches a oscuras, oyendo a sus padres quejarse. Había muerto el abuelo adinerado, el que vivía en Tokio, y los parientes que quedaban allí no eran ya tan generosos. Por lo demás, el reumatismo que padecía su madre se había agravado hasta tal punto que ya no podía ir al mercado ni utilizar la espléndida máquina de coser que había traído de Japón. Todas las noches se repetía la misma escena. Su padre estaba sentado, fumando. La brasa del cigarrillo brillaba en la oscuridad. Una bocanada de humo y un fuerte suspiro eran el preludio de las malas noticias: “¿Sabéis quién ha muerto? Os acordáis...”. Entonces mencionaba a profesores del colegio de Jun-sang. Su profesor de matemáticas. Su profesor de chino. El profesor de literatura, que era un apasionado del cine como él y les prestaba una revista llamada Papeles sobre cine, que se ocupaba de las películas de Europa del Este y de la contribución del cine a la lucha antiimperialista. Los profesores eran todos intelectuales de cincuenta y pico años: cuando dejaron de cobrar el sueldo, comprendieron que sus aptitudes carecían de valor comercial y no podían, por tanto, ayudarles a subsistir. Antes, cuando volvía a casa desde Pyongyang, Jun-sang solía visitar a sus profesores de secundaria, quienes siempre se alegraban de ver al antiguo alumno al que tan bien le había ido en la vida. Pero ahora evitaba encontrarse con nadie del colegio. No quería saber quién más había muerto mientras él estaba fuera. Pero no solo fallecía la gente de cierta edad: su madre hablaba de antiguos compañeros de clase de Jun-sang que habían muerto de hambre, muchachos que habían tenido que ingresar en el ejército tras suspender los exámenes de acceso a la universidad. Él les había perdido la pista, pero hasta entonces le había confortado pensar que tal vez no les había ido mal del todo aun en los tiempos más duros, pues se suponía que los militares eran los primeros en recibir alimentos cuando se reanudaba el suministro. A fin de cuentas era el propio Kim Jong-il quien proclamaba la idea songun, o “el ejército primero”. A los escolares se les hacía sacrificarse para que un ejército poderoso pudiera protegerlos de las bombas lanzadas por los cerdos americanos. Jun-sang comprendió ahora que se había equivocado. Los soldados que se veían por Chongjin eran una cuadrilla de desharrapados que se apretaban el cinturón de cuero falso sobre unos uniformes demasiado grandes para sus escuálidos cuerpos. La desnutrición les había dado una tez amarillenta, y muchos de ellos medían poco más de un metro y medio. (A principios de la década de 1990 el ejército norcoreano tuvo que reducir su requisito de estatura mínima de un metro sesenta, debido a que la generación más joven se había estancado en su crecimiento). Por la noche abandonaban los postes de electricidad y se colaban en los jardines privados, desenterrando vasijas de kimchi y arrancando verduras. La mayor parte de las familias de su barrio habían decidido elevar los muros que rodeaban sus casas, contraviniendo la normativa que obligaba a que no midiesen más de un metro y medio de alto, de modo que la policía pudiera asomarse al interior de las casas. Aun así, los ladrones consiguieron trepar el muro tres veces y saquear el patio trasero de la casa de Jun-sang, llevándose los ajos, las patatas y los repollos. El padre de Jun-sang había tomado notas minuciosas en su diario de jardinería, apuntando qué tipos de semillas usaba y el tiempo que tardaban en germinar. —¿No podían haber esperado a que creciesen del todo? —se lamentaba. La madre de Jun-sang cayó en un abatimiento profundo cuando alguien robó uno de los perros de la familia. Llevaba criando cachorros jindo desde que Jun-sang era niño. Mimaba a sus perros, haciéndoles su propia comida. En las cartas que enviaba a su hijo hablaba continuamente de los cachorros. Ahora le horrorizaba pensar que los ladrones seguramente se habían comido al perro. En realidad, tenía suerte de que solo hubieran matado al animal. Y es que todo el mundo sabía que las familias procedentes de Japón tenían dinero, por lo que a menudo se convertían en objetivo de los ladrones. En el pueblo donde vivían, un robo fallido había desembocado en el asesinato de una familia entera. De modo que Jun-sang y los suyos tenían que andar con más cuidado que nunca. Cenaban deprisa tras las paredes altas de su casa, confiando en que sus vecinos no vieran que tenían suficiente comida para todos. Jun-sang había sido incapaz de derramar lágrimas auténticas cuando murió Kim Il-sung, y desde entonces venía sintiendo un desencanto creciente con el sistema. Todo cuanto veía, oía y leía lo alejaba del pensamiento políticamente correcto. Su experiencia de la vida universitaria también le estaba cambiando. Por primera vez en la vida se encontraba expuesto a ideas nuevas. De niño había leído cualquier libro que caía en sus manos: novelas, libros de filosofía, de ciencia, de historia, incluso los discursos de Kim Il-sung. La librería de la ciudad vendía novelas cortas donde aparecían americanos crueles, surcoreanos cobardes y serviles y norcoreanos heroicos. De vez en cuando uno encontraba novelas rusas, obras de Tolstói y de Maksim Gorki. La Oficina de Instrumentos Educativos y Provisión de Materiales suministraba libros a su colegio y, por lo demás, su padre tenía una colección apreciable de volúmenes sobre historia de Grecia y de Roma. Jun-sang disfrutaba leyendo acerca de los guerreros de la antigüedad; le encantaba, en particular, la lucha de Aníbal intentando derribar el Imperio romano y que hubiera preferido envenenarse antes que aceptar la derrota. Cuando llegó a Pyongyang ya estaba preparado para leer textos más modernos. En la biblioteca de la universidad, detrás del mostrador del bibliotecario, había una pequeña selección de libros occidentales traducidos al coreano. Estaban prohibidos al público en general; solo tenían acceso a ellos los estudiantes de élite. Algún alto cargo del gobierno había llegado a la conclusión de que el país necesitaba contar con una élite intelectual que supiera un poco de literatura occidental. En las portadas de los libros no figuraba nunca el nombre de la editorial, pero Jun-sang había oído el rumor de que los publicaba Inmin Daehakseup Dang, la Gran Casa de Estudio del Pueblo. Se trataba de una biblioteca nacional situada en la plaza Kim Il-sung, y de la que estaba muy ufano el régimen. Y editaban hasta novelas norteamericanas.[1] El libro preferido de Jun-sang era Lo que el viento se llevó, cuyo estilo melodramático era bastante similar al de las novelas coreanas. Le llamaban la atención los paralelismos entre la guerra civil estadounidense y la de Corea. Era asombroso comprobar lo encarnizada que podía llegar a ser la lucha entre los habitantes de un mismo país: no había duda de que los norteamericanos eran de sangre tan caliente como los coreanos. Por otro lado, consideraba que aquellos eran más afortunados, pues habían terminando formando una única nación. Los coreanos, en cambio, habían salido del conflicto divididos. Jun-sang admiraba a Escarlata O'Hara por su espíritu indomable; le recordaba a las heroínas de las películas norcoreanas, que sufrían continuas penalidades, pero no dejaban jamás de luchar por su tierra. Con todo, Escarlata se distinguía de estas mujeres por su talante individualista, cualidad que no ensalzaba precisamente la literatura norcoreana. La otra diferencia estaba en que las heroinas norcoreanas ciertamente no tenían amoríos. Un libro así resultaba muy audaz desde el punto de vista norcoreano. Jun-sang quería leer otros y consiguió desde Venganza de ángeles, de Sidney Sheldon, hasta Cien años de soledad, de García Márquez. Llegó incluso a leer Cómo hacer amigos e influir en la gente, el texto clásico de autoayuda de Dale Carnegie: aquel primer contacto con las ideas occidentales sobre los negocios le causó una profunda impresión. Le dejó estupefacto el consejo que daba Carnegie a los lectores: “Aprende a amar a los demás, a respetarlos y a disfrutar de ellos”. ¿Cómo podía escribir algo así un tipo que era producto del sistema capitalista norteamericano? ¿No eran todos los capitalistas enemigos que se regían en su vida por la ley de la jungla: o matas o te matan? También tomaba prestados libros de sus compañeros de clase. Muchos estudiantes de las universidades de élite tenían familiares poderosos que habían viajado a otros países por motivos profesionales, y allí habían adquirido libros y revistas. En la prefectura de Yanbian, situada en territorio chino, y donde viven muchas personas de etnia coreana, había disponibles publicaciones en coreano. Gracias a un compañero suyo, Jun-sang se hizo con un cuadernillo sobre educación sexual publicado por las autoridades educativas chinas. ¡Aquello fue otra revelación! Se dio cuenta de que él y todos sus amigos solteros, es decir, gente que tenía ya veinte y pico años, sabían menos de sexo que el escolar chino medio. De no haber sido por aquel folleto, ¿cómo habría podido enterarse de que las mujeres menstruaban? Eso explicaba muchas cosas. No fue menos sorprendente leer un discurso pronunciado durante un congreso del Partido Comunista de China en el que se criticaba a Mao por la Revolución Cultural. En cambio era impensable que el Partido de los Trabajadores criticara a Kim Il-sung: eso no ocurrirá ni en sueños, pensó. Un día le abordó un compañero con el que de vez en cuando intercambiaba libros. Tras mirar nervioso a su alrededor le entregó un libro a Jun-sang. —Está muy bien —le susurró—. ¿Quieres leerlo? Se trataba de un librito sobre reforma económica editado por el gobierno ruso. El padre de su compañero lo había conseguido en una feria del libro que se había celebrado en la embajada rusa en Pyongyang. Al parecer había sido escrito a principios de la década de 1990, cuando Rusia estaba intentando construir una economía de libre mercado. Jun-sang comprendió de inmediato que tenía algo peligroso en las manos: todo ciudadano estaba obligado a entregar a la policía cualquier libro extranjero que encontrara. Él, su compañero y el padre de su compañero podían meterse en un buen lío por estar en posesión de un libro como ese. Jun-sang lo escondió enseguida en su taquilla, debajo de la ropa. En su habitación de la residencia había dos literas —dormían cuatro estudiantes en cada cuarto—, por lo que tenía poca privacidad. No le quedó más remedio que leer el libro con una linterna debajo de las sábanas. En él se decía lo siguiente: En sus etapas iniciales, el capitalismo fue una competición inhumana en la que solo importaba generar riqueza. No existía el concepto de reparto justo de la riqueza ni el de bienestar para el trabajador. El desarrollo económico se daba de manera caótica [...] Pero el capitalismo moderno ha evolucionado de forma apreciable y se han corregido muchos de los fallos del sistema. Así, por ejemplo, las leyes antimonopolio garantizan una producción ordenada, y sin embargo el Estado no la controla.[2] El libro procedía a describir los sistemas de pensiones y los conceptos de protección social y bienestar. Allí se afirmaba que los sistemas económicos de tipo comunista habían fracasado en todo el mundo a causa de su ineficiencia. Jun-sang se sorprendió asintiendo con la cabeza a medida que leía. Jun-sang se licenció en 1996. En lugar de regresar a Chongjin decidió permanecer en la universidad: aceptó un puesto de investigador. Como ya era oficialmente adulto, tenía derecho a vivir fuera del campus, así que abandonó la residencia y alquiló una habitación para él solo. Era una pieza sucia, destartalada y sin apenas mobiliario, pero a Jun-sang por lo menos le caían bien los caseros, un matrimonio de ancianos que eran duros de oído y tampoco veían bien. Resultaban idóneos para lo que se proponía. Después de conseguir una habitación propia, se gastó lo que le quedaba del dinero de su abuelo en un televisor Sony. Registró el aparato en el Departamento de Inspección de Ondas Eléctricas, obedeciendo la ley norcoreana; Como el país ya no fabricaba sus propios aparatos, los televisores importados tenían que ser conectados a las emisoras estatales y sus sintonizadores inhabilitados: una versión norcoreana del crippleware que impedía a los ciudadanos recibir información del mundo exterior. Los norcoreanos solían bromear diciendo que eran como “ranas en pozo”. El mundo, para ellos, se acababa en el círculo de luz que tenían justo encima. Sin embargo, los entendidos en tecnología habían averiguado cómo burlar el sistema. No era difícil hacerlo con los aparatos de radio: se trataba de abrir el aparato y cortar la correa de sintonización, sustituyéndola por una banda de goma que podía hacer girar el dial hacia donde uno quisiese. La televisión requería mayores conocimientos técnicos. El departamento de inspección selló con un papel los botones del televisor, acreditando así que el aparato solo recibía los canales oficiales. Para presionar los botones sin dañar el sello, Jun-sang utilizó una aguja de coser larga y fina. En su habitación había una puerta trasera que daba al patio: fue allí donde construyó una antena. Por la noche, mientras todos dormían, se puso a probar con ella, girándola en un sentido y en otro hasta que consiguió lo que quería: canales de televisión surcoreanos. No veía la televisión más que a altas horas de la noche, cuando era más fuerte la señal que llegaba desde algún lugar situado a unos ciento cincuenta kilómetros de allí y atravesando la zona desmilitarizada. Esperaba hasta estar seguro de que sus caseros dormían; las paredes eran tan delgadas que podía oírles roncar. El televisor no tenía un conector para auriculares, por lo que la ponía al volumen justo para que se pudiera oír. La escuchaba agachado y con la oreja apretada contra el altavoz, hasta que los calambres que le daban en las piernas y en el cuello se volvían tan fuertes que no podía seguir aguantando en esa posición. Escuchaba la televisión más que verla. Y lo hacía siempre en un estado de alerta extrema: era sabido que el Departamento de Inspección de Ondas Eléctricas hacía visitas sorpresa a horas intempestivas. Un vecino que vivía a pocas puertas de la suya tenía perros. Cuando los oía ladrar por la noche, Jun-sang ponía enseguida el canal norcoreano y salía a quitar a toda prisa la antena. Un día vinieron los inspectores. Uno de ellos, un tipo muy observador, se fijó en un trozo de cinta adhesiva que cubría el sello. Jun-sang había querido disimular una pequeña marca que había dejado la aguja. —¿Para qué es la cinta? —quiso saber el inspector. El corazón le empezó a latir con fuerza. Sabía de una familia entera que había sido enviada al gulag porque uno de sus miembros había visto la televisión surcoreana. Un amigo de Jun-sang del que solo se sospechaba que escuchaba la radio surcoreana había sido interrogado durante un año. No llegó a ver la luz del sol ni una sola vez durante todo el tiempo que permaneció detenido. Cuando le pusieron en libertad tenía una palidez cadavérica y los nervios destrozados. —Oh, puse la cinta para que no se cayera el sello —contestó en el tono más despreocupado que fue capaz de adoptar. El inspector frunció el ceño y dio media vuelta. Jun-sang debería haber sido más prudente después de este episodio —de milagro se había salvado de ser detenido—, pero lo cierto es que no podía reprimir su curiosidad. Tenía una sed insaciable de información sobre la actualidad y quería obtenerla en tiempo real. La televisión no solo le traía noticias del mundo exterior: también le ofrecía más información de la que nunca había tenido sobre su propio país. Se enteró de cosas sorprendentes que hasta entonces solo había intuido. Oyó al presidente Bill Clinton decir que Estados Unidos había ofrecido fuel y ayuda energética a Corea del Norte, pero que el régimen de Kim Jong-il había preferido desarrollar misiles y armas nucleares. También supo que Estados Unidos estaba suministrando al país cientos de miles de toneladas de arroz como ayuda humanitaria. Dos millones de personas habían muerto de hambre en Corea del Norte, según declararon durante una rueda de prensa los miembros de una delegación del Congreso de Estados Unidos. Las organizaciones de derechos humanos calculaban que había unas doscientas mil personas confinadas en campos de prisioneros: ningún país del mundo, afirmaban, tenía un peor historial en materia de derechos humanos. En 2000 la televisión surcoreana informó de que el presidente del país, Kim Dae-jung, iba a viajar a Pyongyang para celebrar una cumbre histórica con Kim Jong-il. Durante el encuentro, la televisión emitió la voz del presidente norcoreano mientras charlaba con Kim Dae-jung. Jun-sang no había oído nunca hablar al Querido Líder; los locutores de la radio y la televisión norcoreanas se limitaban a leer sus palabras con voz temblorosa, sobrecogida. Esto preservaba el aura misteriosa del personaje. “¿Qué le parecen nuestros monumentos históricos?” oyó decir Jun-sang al Querido Líder. La voz sonaba tenue, avejentada: una voz humana, sin duda. “Es una persona de carne y hueso, después de todo”, se dijo Jun-sang. Escuchar lo que decía la televisión surcoreana era como mirarse en el espejo y darse cuenta de que uno es poco agraciado. A los norcoreanos se les decía continuamente que el suyo era el mejor país del mundo y el más orgulloso; el resto del mundo, sin embargo, tenía a Corea del Norte por un país arruinado, lastimoso. Jun-sang sabía que la gente estaba muriéndose de hambre. Sabía también de la existencia de campos de trabajo, pero jamás había oído esas cifras. Seguro que las noticias que dan los surcoreanos son tan exageradas como la propaganda norcoreana, pensó. Los viajes en tren a Chongjin le hacían pensar a Jun-sang en la descripción del infierno que había leído en los textos sagrados del budismo. Los vagones iban tan abarrotados que era imposible acceder al lavabo. La gente orinaba por la ventanilla o esperaba a que el tren hiciese alguna parada para salir al campo. A veces, sin embargo, no conseguían aguantarse y lo hacían en el interior del vagón. Los niños sin hogar corrían junto al tren mendigando comida, en ocasiones a gritos, metiendo la mano por las ventanillas rotas. Por lo demás había grandes retrasos, porque los trenes se averiaban al intentar recorrer el escarpado camino de ascenso hacia las montañas situadas al norte de Pyongyang. Jun-sang se quedó una vez atrapado durante dos días en un tren averiado: era pleno invierno y por el vagón -—desprovisto de ventanas— corrían ráfagas de viento ártico. Trabó amistad con otros pasajeros: una mujer con un bebé de veinte días y un hombre joven que llegaba tarde a su boda. Los tres se hicieron con un cubo metálico en cuyo interior encendieron un fuego. El conductor les ordenó apagarlo, pero no le hicieron caso. De no haber sido por el fuego podrían haber muerto todos de hipotermia. Durante un viaje que hizo en 1998, cuando la economía norcoreana se encontraba en su momento más crítico, Jun-sang quedó atrapado en un pueblo pequeño de la provincia de Hamgyong del Sur donde solía hacer el transbordo de los trenes en dirección este a la línea que recorría la costa hacia el norte, y que casi nadie utilizaba ya. Las vías estaban inundadas, y los pasajeros aguardaban empapados bajo la lluvia fría. Jun-sang se guareció como pudo en el andén. Entonces le llamó la atención un grupo de niños sin hogar que montaban pequeñas actuaciones con la esperanza de conseguir algo de dinero para comer. Algunos hacían trucos de magia, otros bailaban. Había un niño de unos siete u ocho años que cantaba. Su cuerpo minúsculo desaparecía bajo un gastado uniforme de fábrica de tamaño adulto. Pero el timbre de su voz correspondía a una persona mucho mayor. De pronto, el niño cerró los ojos con fuerza y, poniendo en ello la emoción más intensa de la que era capaz, comenzó a entonar una canción, tan sentida que todo el andén se quedó en silencio: Padre, no tenemos nada que envidiar al mundo. Nuestra casa está bajo el amoroso cuidado del Partido de los Trabajadores. Somos todos hermanos y hermanas. Ni aunque un mar de fuego venga hacia nosotros tienen nada que temer los dulces niños. Nuestro padre está aquí. No tenemos nada que envidiar. Jun-sang se sabía la canción de memoria desde niño, aunque la letra había sido actualizada. El niño había dicho “Nuestro padre, Kim Jong-il” en lugar de “Nuestro padre, Kim Il-sung”. Era incomprensible que aquel chiquillo pudiera cantar un himno en alabanza del padre que lo protegía. La realidad desmentía de forma clamorosa lo que decía la canción. Allí estaba, de pie en medio del andén, calado hasta los huesos, cubierto de mugre y sin duda hambriento. Jun-sang sacó del bolsillo una moneda de diez won y se la dio al niño: una limosna generosa tratándose de un artista callejero. Aquello no fue tanto un acto de caridad como una muestra de agradecimiento al niño por lo que acababa de enseñarle. Más tarde atribuiría a aquel crío el haberle abierto definitivamente los ojos. Ahora sabía con certeza que ya no creía en el sistema. Fue un momento decisivo de autorrevelación, algo semejante a lo que experimenta el ateo al tomar conciencia de que lo es. Le hizo sentirse solo, diferente de todos los demás. De pronto sobrevino la vergüenza: le abrumaba el secreto que había descubierto sobre sí mismo. En un primer momento pensó que la lucidez a la que acababa de acceder haría que su vida cambiara radicalmente. De hecho siguió más o menos igual. Continuó comportándose como un ciudadano leal al régimen. Los sábados por la mañana acudía puntual a las clases de ideología en la universidad. Cuando peroraba sobre el legado de Kim Il-sung, el secretario del Partido de los Trabajadores parecía haber puesto el piloto automático. En invierno, sin calefacción en la sala, el profesor procuraba terminar lo antes posible. Jun-sang miraba a menudo de reojo al resto del público: unas quinientas personas, en su mayor parte estudiantes de posgrado. Durante la clase, la gente sacudía los pies y se sentaba sobre las manos para combatir el frío. Pero sus rostros permanecían tan inmóviles e inexpresivos como los de los maniquíes de un gran almacén. Jun-sang cayó de repente en la cuenta de que su cara tenía la misma expresión hierática. Era probable, de hecho, que todos los demás pensaran exactamente lo mismo que él sobre el contenido de la clase. —¡Lo saben! ¡Lo saben! —estuvo a punto de gritar, tal era su convencimiento. Aquellos eran los jóvenes más inteligentes del país. “Nadie con dos dedos de frente puede no saber que algo va mal”, se decía. Comprendió que no era el único descreído. Incluso estaba seguro de haber percibido entre los estudiantes una especie de comunicación silenciosa de tal sutileza que no llegaba a manifestarse en guiños ni en movimientos de cabeza. Una chica que estudiaba en su universidad se había hecho famosa por haber expresado en su diario la admiración que sentía por el Querido Líder. El periódico Rodong Sinmun publicó un artículo sobre ella. La joven llegó a recibir un premio por su lealtad al régimen. No obstante, los estudiantes se burlaban sin piedad de ella. La tenían por un bicho raro, pero, como no podían decirlo de manera explícita, se limitaban a tomarle el pelo. —¿Quién será el afortunado que se case contigo? —le preguntaban. Pero no podían ir más allá. A diferencia de lo que habían hecho en su día los estudiantes e intelectuales de otros países comunistas, los de Corea del Norte no se atrevían a organizar protestas. No podía haber una Primavera de Praga ni una Plaza de Tiananmen. La represión brutal a la que estaba sometido el país hacía imposible que surgiera ningún movimiento organizado de resistencia. Cualquier actividad de oposición al régimen tendría consecuencias terribles para el disidente, su familia inmediata y todos los demás parientes conocidos. El sistema pretendía suprimir la sangre impura a lo largo de tres generaciones, de modo que el castigo se extendería a padres, abuelos, hermanos, hermanas, sobrinos, sobrinas, primos y primas. “Muchos pensaban que, si se trataba de entregar una sola vida, valía la pena que entregasen la suya con tal de acabar con aquel régimen odioso. Pero por desgracia el castigo no recaería solo sobre ti; toda tu familia sufriría lo indecible”, me dijo en cierta ocasión un disidente. Era imposible poner en marcha un club de lectura u organizar un debate político. Todo intercambio libre de ideas suponía adentrarse en territorio prohibido. En un grupo de tres o cuatro personas tenía forzosamente que haber como mínimo un espía perteneciente a alguna de las diversas agencias de inteligencia. Jun-sang sospechaba que su mejor amigo del colegio era informante del gobierno. Pese a haber sido el alumno más brillante del colegio —aún mejor que Jun-sang—, no pudo estudiar en Pyongyang, ya que la poliomelitis le había dejado cojo. Cuando Jun-sang aprovechaba sus visitas a Chongjin para quedar con su amigo, este solía criticar en voz alta al gobierno, animando a Jun-sang a pronunciarse. Sin embargo había algo en su actitud audaz que resultaba artificial, y que le hizo temer a Jun-sang que le estuviera tendiendo una trampa. Desde entonces tuvo por norma rehuir a su amigo. Mientras vivas en Corea del Norte no debes hablar jamás de política, tenía que recordarse a sí mismo. No debes hablar ni con tu mejor amigo, ni con tus profesores, ni con tus padres. Y desde luego que no debes hacerlo con tu novia. Jun-sang evitó, en efecto, contarle a Mi-ran lo que pensaba del régimen. No le dijo que veía la televisión surcoreana ni que leía panfletos sobre el capitalismo. Naturalmente, tampoco le contó que había empezado a abrigar el sueño de huir. XIV EL RÍO El río Tumen visto desde territorio chino. Cuanto más les costaba confiarse el uno al otro, más tensa iba volviéndose su relación. Antes Jun-sang y Mi-ran solían pasarse horas chismorreando sobre sus respectivas familias, colegas, compañeros de clase. Mientras caminaban en la oscuridad, él le contaba a ella tramas enteras de películas que había visto y de novelas que había leído. Le recitaba poemas. De Mi-ran le encantaba su curiosidad natural, el hecho de que no se avergonzara de sus lagunas, a diferencia de sus compañeros de la universidad, tan competitivos ellos. Parte del placer de leer un libro estaba en saber que más tarde podría hablarle de él a su novia. Durante los largos meses que pasaban sin verse, él iba atesorando las mejores frases que se le ocurrían. Llegaba incluso a ensayar mentalmente cómo se las diría a Mi-ran, a quien se imaginaba parpadeando con fruición y riéndose a carcajadas, sin taparse la boca. Últimamente, sin embargo, Jun-sang reprimía su impulso de hablar, a pesar de que su cabeza rebosaba de ideas. No es que no se fiara de Mi-ran; con nadie que no perteneciera a su femilia más cercana tenía una relación tan estrecha como la que tenía con ella. Mientras otros amigos se distanciaban, ella iba ocupando una lugar cada vez más importante en su vida. En todo caso, ¿para qué serviría contárselo? Si ella supiera lo que él sabía, ¿no le haría tan infeliz como a él? Una vez que supiese lo ricos que eran los surcoreanos, ¿cómo podría seguir enseñando a niños famélicos a cantar himnos en honor de Kim Jong-il? ¿Qué necesidad había de hablarle de las reformas económicas que se habían llevado a cabo en China y en Rusia? Por lo demás, Mi-ran tenía que comportarse con más prudencia que otros, dado su rango social. Un simple desliz verbal podía bastar para que se la llevaran. Al hablar del hambre que pasaban los niños de la guardería, ella y Jun-sang usaban un lenguaje eufemístico, mencionando una y otra vez la “situación” y la “Ardua Marcha”. Hablar sin tantos tapujos podía llevarles a señalar a los responsables de lo que sucedía. Eso suponía entrar en un terreno muy peligroso. El otro asunto que rehuían era de índole personal. Jun-sang intuía que a Mi-ran le había dolido su decisión de aceptar un puesto en el departamento de investigación al conseguir el título superior, en 1997. Los deprimentes viajes en tren a Chongjin y el deplorable funcionamiento del servicio de correos hacían más difícil que nunca continuar con su relación. Una vez en Chongjin, Jun-sang se enfrentaba con complicaciones prácticas no menos desalentadoras. Ninguno de los dos tenía teléfono ni estaba dispuesto a dejar recados en casa del otro. Para que pudieran hacer planes juntos, Jun-sang tenía que sorprender a Mi-ran en la escuela o cuando estuviese saliendo de su casa. Una vez, durante una ventisca, Jun-sang tuvo que caminar por espacio de varias horas hasta llegar a la escuela, abriéndose paso a través de una nieve cegadora y utilizando las vías de tren para orientarse. Cuando por fin llegó, con los dedos entumecidos del frío, resultó que ella ya se había marchado. Se veían dos veces al año, durante las vacaciones de invierno y de verano. Tras un largo periodo sin verse, les llevaba un buen rato sobreponerse a la incomodidad inicial. Por lo demás, Mi-ran había cambiado. Cuando la conoció Jun-sang, ella llevaba el pelo muy corto. Pero hacía tiempo que no lo llevaba así: ahora se parecía más a cualquier joven norcoreana, con el cabello hasta los hombros y prendido hacia atrás. Y había empezado a maquillarse, lo que sorprendió a Jun-sang. Lo cierto es que ya eran adultos hechos y derechos: él tenía veintisiete años y ella veinticinco. Seguía sin respuesta la cuestión obvia acerca de su futuro. El tema surgió de manera inesperada durante una de las visitas de Jun-sang. Aquel día ella había asistido a la boda de una antigua compañera de clase. Después de la cena, Mi-ran y Junsang se encontraron detrás de la casa de ella y fueron caminando hasta el balneario. Era una noche clara, y el lugar estaba desierto. Dieron vueltas por el sendero que discurría bajo los árboles y pasaron por delante de la cascada artificial y el espejo de agua. Finalmente se sentaron en su banco preferido, desde el que se contemplaban las montañas iluminadas por la luna. Mi-ran estaba divirtiendo a Jun-sang con una descripción de la boda y del flamante marido de su amiga. “No entiendo por qué la gente tiene que casarse tan joven”, dijo de pronto él. Últimamente había estado leyendo poemas clásicos coreanos, y de los muchos que resonaban en su cabeza recordó uno que hablaba de las desdichas de una joven esposa: Un tigre que nos saliera al paso en las montañas ¿podría ser más aterrador que una suegra? ¿Podría la más fría escarcha ser más gélida que un suegro? Ni siquiera las vainas de las judías, cuando las pisas, son capaces de mirarte con tanta hostilidad como los hermanos menores de tu marido. No, ni aun la pimienta más caliente resulta tan amarga como la vida de una mujer casada. A Jun-sang le parecía desternillante el poema. Mi-ran se rio, pero sin muchas ganas. Él se preguntó si ella no se lo habría tomado como una advertencia. En realidad, Jun-sang no había pensado mucho en el matrimonio. Al menos procuraba no pensar en el asunto. Por un lado, no se le pasaba por la cabeza casarse con nadie que no fuera Miran, aunque tenerla a ella por esposa diera al traste con sus posibilidades de ingresar en el Partido de los Trabajadores. Por otro lado, sin la ayuda del Partido era muy difícil que consiguiera un puesto fijo en una universidad de Pyongyang. Pero estos obstáculos se debían tan solo al régimen existente en Corea del Norte. ¿Y si abandonara el país? ¿Con ella, tal vez? ¿Y si cayera el régimen? Viendo la televisión a altas horas de la noche, Jun-sang se había enterado de que Corea del Norte era el último régimen comunista de su clase que quedaba en pie, si uno exceptuaba Cuba, quizá. Así como las dos Alemanias se habían unido en 1989 tras la caída del muro de Berlín, tal vez algún día volviera a haber una sola Corea. Cada vez que pasaba por delante de un cadáver cubierto de moscas, tendido en plena calle, o que veía a un niño mugriento agonizando, tenía la sensación de que se acercaba el fin del régimen. Parecía que vivieran en un estado de guerra: la desgracia les atacaba por todos los flancos. En tales circunstancias le era imposible a Jun-sang hacer planes para la semana siguiente, no digamos sopesar la idea del matrimonio. De pronto le invadió una profunda tristeza al pensar en Mi-ran y en él y en la vida desdichada en la que estaban atrapados. No había querido ofenderla con aquel poema. Fue más que nada un gesto de consuelo, pero lo cierto es que Jun-sang hizo entonces algo que nunca había hecho: se inclinó hacia ella y la besó. Un amago de beso, en realidad: rozó con los labios la mejilla de Mi-ran, apartándolos antes de llegar a la boca. En todo caso, nunca habían experimentado antes tal grado de intimidad física. Se conocían desde hacía trece años y salían desde hacía nueve, y sin embargo nunca habían pasado de cogerse de la mano. Mi-ran parecía sobresaltada. Jun-sang no tenía la impresión de que su gesto la hubiese disgustado; a lo sumo estaba nerviosa. Ella se puso de pie bruscamente y le indicó con un ademán que hiciese lo mismo. —Venga —le dijo—. Sigamos caminando. A Mi-ran le había desconcertado su beso. No tenía más que una vaga idea de la mecánica del sexo, pero sabía, sin embargo, que un beso era el preámbulo de algo que ella no quería hacer. Había oído hablar de chicas que se habían acostado con hombres, y de los problemas terribles que eso les había causado. A falta de métodos anticonceptivos se practicaban abortos, que costaban mucho dinero y eran peligrosos. A diferencia de su nada práctico novio, Mi-ran había pensado mucho en el matrimonio. Dos de sus tres hermanas estaban casadas y sus amigas del colegio iban a comprometerse. Tenía que empezar a reflexionar seriamente sobre su futuro. Y no creía que Jun-sang fuera a casarse con ella. Sin lugar a dudas, su situación había mejorado. En la década de 1990, Kim Jong-il tenía que enfrentarse con enemigos más importantes que las familias que cincuenta años atrás habían combatido en el otro bando durante la Guerra de Corea. El estigma social que recaía sobre ellas iba borrándose poco a poco, como una cicatriz de la infancia que desaparece bajo las arrugas de la vejez. Por lo demás, las leyes norcoreanas establecían que la sangre impura se diluía cuando hubiesen pasado ya tres generaciones. Mi-ran y su hermano pequeño habían sido admitidos en la facultad de Magisterio. Gracias a su belleza, la hermana mayor se había impuesto a su bajo rango social y había hecho un buen matrimonio: su marido era un empleado civil del ejército. Vivían en una base militar situada en una de las pocas zonas próximas a Chongjin donde los bosques no habían sido arrasados. Gracias a ella, la familia siempre tenía setas de pino, un bien de enorme valor que podían cambiar por comida. Con todo, a Mi-ran no le quedaba más remedio que aceptar ciertas restricciones. Dudaba, por ejemplo, de que ni ella ni ningún otro miembro de su familia consiguieran nunca un permiso para residir en Pyongyang. Si llegaran a casarse, ella y Jun-sang vivirían en Chongjin en el mejor de los casos. No dejaría de ser un sacrificio para él, y Mi-ran se sentiría culpable. Cuando le miraba — tan pálido y tan serio, con esas gafas que llevaba desde la época del colegio—, se preocupaba por el destino que le aguardaría en Chongjin. Quizá acabara como sus mentores, esos intelectuales famélicos que eran capaces de citar de memoria a Tolstói pero que no tenían ni idea de cómo subsistir. Luego estaban los padres de él. Mi-ran no los conocía aún, pero había oído hablar de ellos. Por descontado que les daría un ataque si se enteraran de que Jun-sang pretendía casarse con ella. El padre amenazaría con suicidarse; la madre se fingiría enferma. Jun-sang era ante todo un hijo ejemplar: jamás desobedecería a sus padres. En cualquier caso, los norcoreanos de origen japonés solían casarse entre ellos: a Jun-sang lo emparejarían con una chica que tuviera parientes ricos en Japón. También podía suceder que él conociera en Pyongyang a una estudiante inteligente y refinada. Mi-ran no estaba —al menos eso creía— al mismo nivel que su novio, un muchacho romántico y aficionado a recitar poesía. Debo afrontar la realidad, se decía. Trató de imaginar cómo sería su vida sin él. Vulgar, desde luego. Sin poesía. Matrimonio con un empleado de fábrica. Hijos. Reclusión perpetua en un pueblo minero o en Chongjin, en el mejor de los casos. Podía sentir cómo se estrechaban las paredes. El trabajo de profesora había resultado deprimente. Ya solo quedaban quince alumnos en su clase, de los cincuenta iniciales. Cada mañana le daba pavor entrar en el edificio destartalado de la escuela. Y es que el recuerdo de los niños que se habían ido ensombrecía los ánimos de todos. Sus alumnos ya no se reían como antes. Nadie era capaz de concentrarse en la clase: ni los niños ni los profesores, que no habían cobrado el sueldo desde la muerte de Kim Il-sung. Mi-ran le preguntó a la directora cuándo volverían a pagarles y la mujer soltó una risita ahogada. —Quizá cuando nos unamos de nuevo con Corea del Sur —dijo con sorna. Mi-ran pensó en cambiar de profesión. Tal vez podría trabajar en un mercado, o conseguir un empleo en una de las fábricas de confección. Se había esforzado mucho para entrar en la universidad y llegar a ser profesora, introduciéndose así en la clase principal de la sociedad: ahora tenía la impresión de que todo había sido inútil. La otra gran preocupación de Mi-ran era su padre. Tenía ya sesenta y pico años, y parecía consumirse por momentos. El cuerpo fibroso de Tae-woo se había ido encorvando con los años. Había enflaquecido. Esto le resultaba embarazoso a su mujer, que por otro lado estaba orgullosa de poder mantener a su familia. Tae-woo se pasaba los días realizando tareas menores en la casa; se ponía a arreglar una mesa o un armario y al poco rato se olvidaba de lo que estaba haciendo. Él, que antes había sido tan taciturno, hablaba ahora sin parar con quien estuviese en la casa, y hasta hablaba solo. Contaba historias silenciadas durante medio siglo. Así, rememoraba su infancia en la provincia de Chungchong del Sur y describía a sus bellísimas hermanas. Se jactaba de su padre y de un antepasado que era yangban (noble). Sus ojos legañosos se humedecían mientras hablaba. En la boda de la tercera hermana de Mi-ran hizo algo que su familia no le había visto nunca hacer: se emborrachó. Hasta entonces Tae-woo, muy a diferencia de los norcoreanos de su generación, se negaba a probar el alcohol. Era un mecanismo de defensa: en la década de 1960 había visto a varios amigos suyos —antiguos prisioneros de guerra surcoreanos como él— meterse en líos por haber bebido demasiado. Ahora pensaba, sin embargo, que ya no tenía por qué andarse con tanto cuidado. La fiesta nupcial se celebró en su casa. Se sirvió el licor de maíz casero que fabricaba la madre de Mi-ran. Mientras iban marchándose los invitados, y sin caer en la cuenta de que podían oírle, Tae-woo se puso a cantar una canción sentimental surcoreana que escuchaba de niño: Yo le daba la mano a mi madre, pero la solté para coger la fruta y el pastel. Oh, cómo echo de menos darle la mano a mi madre. El padre de Mi-ran falleció en 1997 a los setenta y ocho años. Mi-ran no estaba en casa en el momento de su muerte, pero su hermano sí. Más tarde les contaría a las hermanas que la última palabra de su padre había sido “madre”. En los meses anteriores, Tae-woo había hablado de su familia con mayor lucidez que nunca. Había insistido en que su único hijo varón memorizara los nombres de los antepasados que figuraban en el registro de la familia, un libro en el que las familias coreanas van consignando su genealogía. Tae-woo había sido el único hijo varón que habían tenido sus padres, por lo que le correspondía al hermano de Mi-ran continuar la línea familiar. Tenía otro deseo más difícil de cumplir. Quería que se les informara de su muerte a los familiares que tenía en Corea del Sur. Aquel ruego parecía fruto del delirio de un moribundo. Pese a que había transcurrido casi medio siglo desde la Guerra de Corea, no existía aún servicio postal ni comunicación telefónica entre las dos Coreas. La Cruz Roja tenía prohibido transmitir mensajes. (Hubo que esperar hasta el año 2000 para que se celebraran algunas reuniones familiares minuciosamente supervisadas, que en todo caso no correspondieron más que a una pequeña proporción de los coreanos separados por la guerra.) Mi-ran, su hermano y sus hermanas dieron por descontado que sus abuelos surcoreanos llevarían mucho tiempo muertos, pero no tenían la menor idea sobre las hermanas de su padre. Ponerse en contacto con unos familiares residentes en Corea del Sur parecía del todo imposible.[1][2] Un día, cuando aún no hacía un año de la muerte del padre de Mi-ran, su hermana So-hee entró corriendo en la casa. Jadeaba y tenía el rostro enrojecido de excitación. Acababa de hablar con un amigo que le había reconocido que viajaba a menudo a China. Conocía allí a gente que les podía ayudar a ponerse en contacto con la familia de su padre. Y, según ella, una vez allí, no había más que coger un teléfono y uno ya podía hablar con Corea del Sur. ¿Querían intentarlo, quizá? Al principio, Mi-ran y So-hee no se fiaban; con la gente que no era de la familia nunca se sabía. Lo del amigo de So-hee era justamente la clase de ardid del que se valía la policía secreta para atrapar a la gente. Al cabo de varios días de deliberación, llegaron a la conclusión de que el tipo era sincero. Tenía parientes en China, además de toda una red de personas que podían echarles una mano. Conocía a alguien que les llevaría hasta la frontera en su camión y a un policía de frontera que sabía en qué lugar exacto había que vadear el río y podía sobornar a quien fuera necesario para que hiciese la vista gorda. Además un primo suyo tenía una casa justo al otro lado de la frontera: allí estarían a salvo. El plan consistía en que Mi-ran y So-hee hicieran el viaje juntas y regresaran al cabo de unos días. No se lo contaron más que a su hermana recién casada, quien juró guardar el secreto. Pero este resultó ser demasiado grande para ella: se fue de la lengua cuando hablaba con su madre, quien se opuso con firmeza. “Las chicas solteras no van solas a China”, decretó. Ya había circulado el rumor de que las norcoreanas eran violadas o secuestradas para que trabajaran en la industria del sexo. A algunas incluso las asesinaban para traficar con órganos. La madre de Mi-ran se mostró tajante. Quién iba a contrariarla. Se convocó una reunión familiar para discutir el asunto. El hermano de Mi-ran insistió en que, siendo como era el hombre de la familia, debía ir él solo. Su madre tampoco estuvo conforme con esta opción. Al fin y al cabo, el muchacho tenía solo veintidós años; era el benjamín de la familia y su único hijo varón. Finalmente llegaron a una decisión. Irían Mi-ran, So-hee, su hermano y su madre. La hermana recién casada no quería unirse al grupo. En cuanto a la hermana mayor, no se atrevieron a decirle nada, ya que vivía con su marido e hijos en una base militar y en ningún caso habría estado de acuerdo con el plan. La familia de Mi-ran no había sido nunca de las más adeptas al régimen —su madre solía burlarse de las mujeres que quitaban el polvo a los retratos de los líderes—, pero tampoco se oponía activamente a él. En este sentido, el miembro más audaz de la familia resultó ser el hermano de Mi-ran, Sok-ju: por las noches, sin que nadie lo supiera, escuchaba con auriculares la radio surcoreana. A los demás no les importaban demasiado los asuntos de actualidad; estaban completamente ocupados con su trabajo para pensar en lo que ocurría en el mundo exterior. En comparación con otras familias norcoreanas, la de Mi-ran estaba prosperando en la nueva economía. Su madre seguía operando el molino de maíz. No pasaban hambre ni tenían problemas con la ley. Carecían de un motivo acuciante para abandonar el país. Pero lo cierto es que se presentó la oportunidad de hacerlo, y una vez que decidieron aprovecharla las cosas sucedieron casi por inercia y se hizo imposible volver atrás. El discurso deshilvanado de un moribundo les exigía encaminarse a la frontera. Iban a China con el propósito de ponerse en contacto con los parientes de su padre que vivían en Corea del Sur. No sabían si podrían localizarlos, ni si los parientes iban a alegrarse o no de tener noticias suyas. Y ni siquiera se les pasaba por la cabeza irse a Corea del Sur. Preparar el plan en todos sus detalles apenas les llevó unas cuantas semanas. En la casa familiar donde se reunían —una vivienda de tipo armónica—, la delgadez de las paredes y la presencia de vecinos curiosos obligaban a la máxima discreción: debían evitar la impresión de que allí dentro había demasiado ajetreo. Era necesario mantener una apariencia de tranquilidad. Nada debía parecer inusual. No podían vender ninguno de sus bienes con el fin de conseguir dinero para el viaje. Tampoco podían clavar tablones en las ventanas para proteger la casa. Miran tenía una tarea urgente que hacer antes de marcharse. La noche anterior a la partida sacó de su armario ropero un paquete cuidadosamente envuelto que contenía todas las cartas que le había enviado Jun-sang. Las guardaba con todos los regalos que él le había hecho a lo largo de los años. Decidió no llevarse su posesión más preciada, el broche adornado con diamantes que tenía forma de mariposa. Debía destruir las cartas. De modo que fue rompiéndolas una a una en pequeños pedazos que acabó tirando a la basura. No quería que nadie se enterara de que ella y Jun-sang habían pasado más de diez años obsesionados el uno con el otro. Solo lo sabían su hermano y dos de sus hermanas. Ahora le importaba más que nunca guardar el secreto de su relación. Mi-ran se decía que aquel iba a ser un viaje corto, sin otra finalidad que hacer una llamada telefónica, pero en el fondo sabía que tal vez no regresara nunca, fuese cual fuese la reacción de sus parientes surcoreanos. Cuando se hubieran marchado, serían denunciados por traición. “Gracias a la generosidad del Partido pudo recibir una educación, y ahora ha traicionado a la patria”, le oía decir ya al secretario del Partido. No quería que su culpa se transmitiera a Junsang, que podía seguir con su vida después de que se hubiera ido ella, encontrar una esposa adecuada, ingresar en el Partido y pasar el resto de su vida en Pyongyang trabajando como científico. Se dijo que Jun-sang sabría perdonarla, que la comprendería: sería lo mejor para él. Mi-ran se marchó a la mañana siguiente con una mochila al hombro. Se montó en su bicicleta y, como si tal cosa, les dijo adiós con la mano a su madre y su hermano. El plan consistía en que todos se marcharan por separado para evitar llamar la atención. Más tarde, su madre se asomaría a la puerta de un vecino para decirle que se iba a pasar una semana o dos con una de sus hijas casadas, que necesitaba un poco de ayuda con el bebé. De este modo ganarían algo de tiempo hasta que alguien informase a la policía de su desaparición. Se encontraron en el apartamento que So-hee tenía en Chongjin. Mi-ran y su hermana se fueron andando —esta vez juntas— a buscar al hombre que les llevaría en camión hasta la frontera con China. Mi-ran estaba extrañamente tranquila, como si todas sus acciones fueran puramente mecánicas. Estaba haciendo lo que tenía que hacer, sin pararse a pensar en las consecuencias. Sin embargo, mientras caminaba con So-hee miró casualmente hacia el otro lado de la calle, y su corazón se detuvo. Vio a Jun-sang caminando en la dirección contraria; al menos parecía él. Mi-ran tenía muy buena vista, por lo que, aunque hubiera seis carriles de tráfico de por medio, podía jurar que se trataba de su novio. Y eso a pesar de que era octubre, un mes en el que normalmente andaba enfrascado en su trabajo de investigación en la universidad. Su primer instinto fue cruzar la ancha avenida y abrazarlo, algo que no podía hacer en público, por supuesto. Sin embargo había muchas cosas que tenía que decirle. Quería que supiera que le amaba, que le deseaba todo lo mejor, y que le estaba agradecida por haberla animado a estudiar Magisterio. Le diría que la pasión que él sentía por la vida le había infundido a ella el valor necesario para sacar el mayor partido a la suya, incluso para lo que estaba a punto de hacer. Lo sentía de veras si sus acciones le dolían al principio, pero... Mi-ran se frenó. Comprendió que, nada más acudir a su mente, las palabras empezarían a salir a borbotones y sería incapaz de guardar el secreto. Revelarlo sería poner en peligro no solo a su familia, sino a la de Jun-sang. Siguió caminando por su acera, mirando hacia atrás cada pocos segundos, hasta que perdió de vista a aquel hombre que podía ser Jun-sang, o podía no serlo. Pasaron todo el trayecto en silencio, sentados en la parte trasera del camión, hasta llegar al pueblo minero de Musan. Después de la Guerra de Corea, el padre de Mi-ran había sido enviado allí a cumplir trabajos forzados. Ahora, con todas las minas y fábricas cerradas, parecía un pueblo fantasma. Sin embargo, pese a su apariencia inerte, aquel lugar se encontraba repleto de contrabandistas. El pueblo, cercano a uno de los tramos más estrechos del río Tumen, estaba convirtiéndose rápidamente en uno de los lugares preferidos por los norcoreanos —junto con Hoeryong y Onsong — para intentar cruzar ilegalmente la frontera con China. Esto generaba una industria floreciente, quizá la única de Corea del Norte; así, por ejemplo, el conductor del camión se especializaba en transportar hasta la frontera a quienes no tenían pasaporte ni permiso de viaje. Era impensable coger un tren, ya que los controles de documentación eran muy estrictos. Si alguien hubiese visto a la familia, no habría sospechado que estaban huyendo del país. Llevaban sus mejores prendas encima de la ropa de diario, con la esperanza de no parecer míseros norcoreanos al entrar en China. Por lo demás, su atuendo confirmaba el pretexto que tenían preparado: acudían a una boda en Musan. No llevaban más que el equipaje necesario para un fin de semana. Allí dentro habían metido unas cuantas fotografías familiares, algo de pescado, marisco seco, calamares y cangrejos, es decir, las especialidades gastronómicas de Chongjin. La comida no estaba destinada al consumo propio, sino a sobornos. Había instalados dos puestos de control en la carretera que llevaba a Musan. Unos años atrás no se habrían atrevido a viajar hasta allí sin permisos, pero ahora, en 1998, podía comprarse cualquier cosa con comida. Habían previsto cuidadosamente el momento en que cruzarían la frontera: una noche sin luna, y a la hora en que era más probable que los guardias fronterizos estuvieran dormidos. El lugar se encontraba en las afueras de Musan: allí había un puesto de guardia cada doscientos metros. El lugar y la hora habían sido concertados con un guía que estaría aguardándoles al otro lado del río, en territorio chino. El tipo diría que esperaba la llegada de un “paquete” después de la medianoche. Mi-ran viajaba sola. Siguiendo el plan, la madre, el hermano y la hermana habían salido antes. Siempre convenía que los miembros de una familia cruzaran por separado, pues si a uno le sorprendían haciéndolo solo, podía decir que vagaba por allí en busca de comida hasta que se encontró al otro lado: la historia resultaría verosímil. Con algo de suerte, uno recibiría una condena leve, quizá un año de reclusión en un campo de trabajo. Pero si los guardias atrapaban a la familia entera, los acusarían de deserción premeditada, y el castigo sería mucho más severo. Mi-ran ignoraba en qué podía consistir exactamente, ya que no conocía a nadie que hubiese huido. En todo caso, se esforzaba por borrar de su mente esa clase de pensamientos. Un guía la ayudó a salir Musan, por un camino de tierra que discurría paralelo al río y se despidió de ella al final del camino, junto a un campo de maíz, indicándole con gestos que lo atravesara y luego siguiera caminando en dirección al río. — Todo recto. Sigue andando todo recto —le dijo. La anormal tranquilidad de Mi-ran ya se había esfumado para entonces. Su cuerpo temblaba de miedo y de frío. Aquel día de octubre había sido casi veraniego, pero a la caída de la noche pasó a hacer un frío otoñal, Solo unas pocas hojas obstinadas seguían aferradas a las ramas de los árboles, cuya desnudez dejaba también desprotegida a Mi-ran. Hacía tiempo que había pasado la cosecha, y por mucho que ella intentara caminar sin hacer ruido, no podía evitar que los tallos secos de maíz crujieran bajo sus pies. Estaba segura de que alguien la observaba, y de que ese alguien iba a agarrarla por el cogote de un momento a otro. Sin ninguna luz que pudiera guiarla, le costaba seguir las indicaciones que le había hecho aquel hombre. Caminar todo recto. ¿En qué dirección? En cualquier caso, ¿dónde estaba el río? ¿No tendría que haberlo alcanzado ya? Se preguntó si no se habría desviado en el campo de maíz. Entonces estuvo a punto de tropezar con un muro. Era mucho más alto que ella y se extendía en ambas direcciones hasta donde alcanzaba su vista. Estaba construido en hormigón blanco, como el muro de una cárcel o de un complejo militar. ¿Había caído en una trampa? Ahora sí estaba segura de que se había perdido. Tenía que salir de ahí. Deprisa. Avanzó poco a poco a lo largo del muro, tanteándolo y vio que se hacía cada vez más bajo, hasta que llegó a ser fácil franquearlo. Entonces lo comprendió: se trataba del muro de contención del río. Descendió lentamente hasta la orilla. Era otoño, la estación seca en Corea, por lo que el agua solo le llegaba hasta las rodillas; pero estaba tan fría que se le entumecieron las piernas: parecía que estuvieran hechas de plomo. Sus zapatillas de deporte se llenaron de agua. Había olvidado arremangarse los pantalones, según le habían indicado. Estaba hundiéndose en el cieno. Levantó una pierna, luego la otra. Poco a poco iba avanzando por el agua, haciendo grandes esfuerzos para no resbalar ni perder el equilibrio. Sigue todo recto, se dijo, repitiendo las palabras del guía. De pronto sintió cómo el agua ya solo le cubría los tobillos. Trepó por la orilla y, calada hasta los huesos, miró a su alrededor. Aquello era China, pero no distinguía nada. Estaba completamente sola en la oscuridad. Tenía la garganta seca y cerrada, pero aunque hubiese podido gritar no se habría atrevido a hacerlo. Ahora estaba verdaderamente aterrada. Miró atrás, hacia Corea del Norte. Al otro lado divisó el muro blanco que tanto la había confundido. Más allá, el campo de maíz lindante con el camino donde se había despedido de ella el guía. Si encontrara aquel camino podría caminar hasta Musan. En Musan podría coger un tren a Chongjin y al día siguiente estaría de vuelta en casa. Regresaría a su trabajo en la escuela. Jun-sang no sabría nunca que ella había estado a punto de huir. Sería como si nada de esto hubiese ocurrido. Estaba sopesando sus opciones cuando oyó un crujido de ramas y después una voz de hombre. —Nuna, nuna. La llamaba su hermano; nuna significaba en coreano “hermana mayor”. Mirran se agarró de su mano y salió de Corea del Norte para siempre. XV LA REVELACIÓN Bloques de pisos en Chongjin. Para Jun-sang, que trabajaba como investigador en Pyonyang, mantenerse en contacto con su familia y sus amigos de Chongjin dependía de los caprichos del servicio postal. Había varias personas aparte de Mi-ran con las que se carteaba regularmente. Su madre, que le contaba cosas sobre los perros. Su padre, espoleándolo para que trabajara más “por consideración a Kim Il-sung y al Partido de los Trabajadores, a los que tanto debes”, frase con la que acostumbraba a terminar sus cartas para dar gusto a los censores que, según suponía, las leían. A veces, en los meses más duros del invierno, cuando se sospechaba que los trabajadores ferroviarios quemaban el correo para combatir el frío, Jun-sang pasaba mucho tiempo sin recibir una sola carta. Por eso no le preocupó el hecho de no recibir contestación a varias misivas que había enviado a Mi-ran. Pero cuando hubieron pasado los meses de octubre y noviembre y aún no tenía noticias suyas, empezó a inquietarse. Al llegar a Chongjin para pasar las vacaciones de invierno, se preparó para preguntarle a su hermano, en el tono más despreocupado del que era capaz, si había visto a Mi-ran. Pero aquel se anticipó a su pregunta al exclamar de repente: “¡Se ha marchado!”. —¿Se ha marchado? ¿Adónde se ha marchado? Jun-sang no podía creer lo que oía. Lo cierto es que nada le había hecho sospechar que Mi-ran estuviera proyectando un viaje. En todo caso, ella siempre le contaba todo lo que hacía o pensaba hacer. Había notado cierta frialdad en las cartas que ella le había escrito a lo largo del verano, pero la había atribuido a que andaba cavilando sobre la resistencia de él a comprometerse. No podía creer que se hubiera ido sin decir una palabra. Trató de sonsacarle más información a su hermano. —Se han marchado todos. Se rumorea que están en Corea del Sur —Eso era lo único que sabía. Jun-sang acudió al barrio de Mi-ran a hacer indagaciones. Al principio se limitó a dar vueltas por la zona, como si estuviera realizando tareas de vigilancia callejera: no se atrevía a acercarse más a la casa. Tenía un nudo en el estómago y sentía el pulso acelerado en el cuello. Cuando volvió al cabo de unos días, se quedó de pie detrás del muro que había frente a la casa, en el lugar exacto donde la había esperado tantas veces durante los largos años de relación secreta. Vio que otra familia ocupaba ahora la vivienda. A lo largo de las vacaciones, y en posteriores visitas a Chongjin, volvió una y otra vez a la casa. No se trataba tanto de realizar averiguaciones —por lo demás, nadie sabía nada; todo eran rumores— cuanto de hacer penitencia. Qué imbécil había sido. Se odiaba por haberse comportado como un intelectual indeciso, sopesando cuidadosamente todas sus acciones hasta que ya fue demasiado tarde. Ella se había cansado de esperar a que él le pidiese matrimonio, y por eso se había marchado. En realidad, Jun-sang había tenido la intención de pedirle que huyera con él a Corea del Sur, pero no había hallado nunca el coraje para hacerlo. Durante todo el tiempo que habían estado juntos, él había creído ser la persona fuerte. Al fin y al cabo él era el hombre, tenía tres años más que ella y un título universitario. Le traía poemas que había leído en Pyongyang y le contaba películas y libros de los que ella no había oído hablar jamás. Pero al final ella había sido la valiente y él el cobarde. Nadie lo sabía con seguridad, pero Jun-sang tenía la poderosa sensación de que Mi-ran estaba en Corea del Sur. Mierda, ella lo ha logrado antes que yo, se dijo. De hecho, prácticamente lo había logrado antes que nadie. En los casi cincuenta años transcurridos entre el final de la Guerra de Corea y la huida de Miran en octubre de 1998, tan solo 923 norcoreanos habían escapado a Corea del Sur. Se trata de una cifra ínfima si uno tiene en cuenta que, mientras estuvo en pie el Muro de Berlín, un promedio de 21.000 alemanes del Este huían al Oeste cada año.[1] La mayor parte de los norcoreanos que huían eran diplomáticos y funcionarios del gobierno que estaban de viaje en el extranjero. De regreso de un viaje de negocios, Hwang Jang-yop, destacado profesor y dirigente político que había dado clase a Kim Jong-il, se refugió en la embajada de Corea del Sur en Pekín. De vez en cuando algún soldado norcoreano lograba lo improbable colándose en Corea del Sur a través de la zona desmilitarizada. Unos cuantos pescadores consiguieron llegar a aquel país en sus barcas.[2] El régimen norcoreano tomó medidas extraordinarias para mantener encerrada a la población. En la década de 1990 se levantaron vallas a lo largo de las playas de Chongjin y otras ciudades costeras para evitar que nadie se marchara navegando hacia Japón. Cuando un ciudadano abandonaba el país por algún asunto oficial, tenía que dejar atrás a su mujer e hijos, a los que se convertía así en rehenes para asegurar el regreso del padre de familia. Los llamados desertores llevarían sobre su conciencia el hecho de que su libertad había exigido el sacrificio de sus seres queridos, que seguramente pasarían el resto de sus vidas en un campo de trabajo. Las cosas cambiaron a finales de la década de 1990. La hambruna y las reformas económicas que estaban desarrollándose en China impulsaban cada vez a más norcoreanos a intentar huir del país. Desde la frontera podían verse coches nuevos y relucientes circulando a toda velocidad a lo largo del muelle del río Tumen. La gente observaba con sus propios ojos que no se vivía mal en China. Las redes que habían ayudado a Mixran a cruzar el río ampliaron rápidamente sus operaciones. Trazaron nuevas rutas a través del Tumen, localizando los vados más angostos y sobornando a los guardias fronterizos. Si uno no sabía nadar, podía pagar a alguien para que le transportara al otro lado. El número de refugiados creció de manera exponencial. En 2001 se estimaron en cien mil las personas que ya habían conseguido entrar en China; de ellas solo una pequeña proporción acabaron estableciéndose en Corea del Sur. Existía tráfico en ambas direcciones. Si en China entraban numerosos norcoreanos, a Corea del Norte llegaba una avalancha de productos chinos; no solo ropa y alimentos, sino también libros, aparatos de radio, revistas y hasta biblias, que eran ilegales. Los deuvedés procedentes de fábricas piratas chinas eran pequeños y baratos. Un contrabandista podía hacer que cupieran hasta mil discos en un solo baúl; encima de ellos colocaba paquetes de cigarrillos destinados al soborno de los guardias fronterizos. Los aparatos de deuvedé también eran de fabricación china, y eran muy baratos: podían costar veinte dólares, precio asequible para aquellos morcoreanos que ganaban dinero de forma privada. Titanic, Con Air y Único testigo eran algunas de las películas más vendidas, pero lo que más gustaba eran las películas y las empalagosas telenovelas producidas en Corea del Sur. Las comedias de situación surcoreanas supuestamente mostraban cómo vivía la gente de clase trabajadora, de modo que los norcoreanos se fijaban mucho en los electrodomésticos y en la calidad de la ropa que vestían los personajes. Era la primera vez que el norcoreano corriente podía ver en su propio idioma películas y series exentas de mensajes sobre Kim Il-sung y Kim Jong-il. Se le ofrecía así un atisbo de otra forma de vida.[3] El gobierno norcoreano acusó a Estados Unidos de enviar al país libros y deuvedés como parte de una operación encubierta destinada a derribar al régimen. Los vendedores de películas eran detenidos y en ocasiones ejecutados por traición. Los miembros del Partido de los Trabajadores impartían conferencias en las que advertían a la gente de los peligros que entrañaba la cultura extranjera: Nuestros enemigos emplean estos materiales cuidadosamente elaborados para embellecer el mundo imperialista y propagar sus modos de vida burgueses y corrompidos. Si nos dejamos impresionar por estos insólitos materiales, nuestra mentalidad revolucionaria y nuestra conciencia de clase se verán dañadas, y el culto que rendimos al Mariscal [Kim Il- sung] se desvanecerá.[4] Sin embargo, en Corea del Norte la información no se difundía tanto a través de los periódicos y los libros como de boca en boca. Quienes no tenían la posibilidad de ver deuvedés extranjeros oían a otras personas hablar de ellos. Se propagaban historias increíbles que reflejaban la riqueza y el desarrollo tecnológico de los países vecinos. Era fama que los surcoreanos habían desarrollado un coche tan sofisticado que el conductor no podía arrancarlo hasta que hubiera soplado en un alcoholímetro para demostrar que estaba sobrio (esta historia era falsa), y que los campesinos chinos que vivían justo al otro lado de la frontera eran tan ricos que podían comer arroz hasta tres veces al día (lo cual era cierto). Un soldado norcoreano recordaría años después cómo alardeaba un amigo suyo de un cortaúñas de fabricación estadounidense que se había agenciado. El soldado se cortó unas cuantas uñas, admirándose de los bordes limpios y afilados y del funcionamiento de tan simple artilugio. Entonces se dijo entristecido que si Corea del Norte era incapaz de fabricar un cortaúñas como ese, difícilmente iba poder competir en armamento con Estados Unidos. Para cierto estudiante norcoreano, la experiencia reveladora llegó con una fotografía publicada por los medios oficiales que mostraba al miembro de un piquete en una fábrica de Corea del Sur. La imagen servía para demostrar la explotación que sufría el trabajador en la sociedad capitalista; sin embargo, el estudiante se fijó en que el trabajador oprimido llevaba una chaqueta con cremallera y que del bolsillo asomaba un bolígrafo: las dos cosas representaban entonces todo un lujo en Corea del Norte. Una vez, a mediados de la década de 1990, en un barco que surcaba el mar Amarillo, un oficial naval norcoreano captó por accidente una emisión radiofónica surcoreana. Se trataba de una comedia de situación en la que dos mujeres se peleaban por una plaza de aparcamiento cerca de un aeropuerto. El oficial no alcanzaba a asimilar la idea de un lugar con tantos coches que ya no quedara espacio para aparcar. Pese a tener treinta y muchos años y estar bien situado socialmente, nunca había conocido a nadie que tuviera un coche privado (y no, desde luego, a ninguna mujer joven). Dio por supuesto que aquel programa de radio era de carácter satírico, pero después de darle vueltas al asunto durante varios días, comprendió que en Corea del Sur debía de haber, en efecto, muchos coches. Huyó del país unos años más tarde, al igual que el soldado que vio el cortaúñas norteamericano y el estudiante que vio la fotografía del huelguista. A la doctora Kim ni siquiera se le ocurría pensar en abandonar Corea del Norte. No es que no sintiera curiosidad por el mundo exterior ni supiera nada sobre él (de hecho era lectora empedernida, y le entusiasmaban las historias ambientadas en tierras lejanas y exóticas), pero para ella no había duda de que Corea del Norte era el mejor país del planeta. ¿Para qué ir a otro lugar? La doctora Kim había pasado toda su infancia oyendo hablar a su padre de la vida mísera que había llevado en China antes de huir a Corea del Norte a principios de la década de 1960. Se sentía afortunada de haber nacido en Corea del Norte y estaba particularmente agradecida al régimen por haberle permitido a ella, la hija de un humilde albañil, estudiar gratis la carrera de medicina. Creía debérselo todo —su formación académica, la vida que tenía— a su país. Su mayor ambición era ingresar en el Partido de los Trabajadores y devolver así la deuda que había contraído con Corea del Norte. —Habría donado mi corazón si me lo hubiera ordenado el Partido. Era así de patriótica — recordaría tiempo después. Pero un día, mientras hacía horas extra en su trabajo voluntario como auxiliar del secretariado del Partido, descubrió que su amor por este no era correspondido. Durante el invierno posterior a la muerte de Kim Il-sung, el trabajo voluntario de la doctora Kim la obligaba a llegar al hospital a las siete y media de la mañana, antes que ningún miembro del personal directivo. Así le daba tiempo a ordenar el despacho de la secretaria del Partido, una doctora de cincuenta y tantos años, especialista en hepatitis, a la que uno debía dirigirse como Camarada Secretaria Chung. El despacho era una habitación pequeña con los obligados retratos de Kim Il-sung y Kim Jong-il y las paredes llenas de archivadores. Los cajones de la vieja mesa de madera no cerraban bien, por lo que siempre había papeles desperdigados por el suelo. Los periódicos, en cambio, se encontraban ordenados meticulosamente sobre la mesa; estaba prohibido tirarlos al suelo, no fuera que alguien llegase a pisar una fotografía de Kim Jong-il o Kim Il-sung. Como a la Camarada Secretaria Chung no se le daba muy bien leer ni escribir, la doctora Kim tenía que redactarle las conferencias y leer por ella los editoriales del Rodong Sinmun y del diario local Hambuk Sinmun. Estaba convencida de que, gracias a los servicios que le estaba prestando, contaría más tarde con la recomendación de la camarada secretaria para ingresar en el Partido. Incluso se permitía pensar que algún día podría seguir los pasos de su mentora y convertirse en secretaria del Partido. Aquel día, mientras limpiaba el despacho, la doctora Kim advirtió que la secretaria había dejado abierto un archivador de madera. La curiosidad pudo con ella: abrió un sobre grande que sobresalía de una de las carpetas. Vio que contenía una lista de personas que reconoció de inmediato como empleados del hospital, y que era necesario, según decía el documento, someter a estricta vigilancia. Cada nombre iba acompañado de comentarios en los que se indicaban los motivos que inducían a sospechar de la persona en cuestión. En la mayoría de los casos estaban relacionados con circunstancias familiares: padres o abuelos que habían sido religiosos practicantes o que habían poseído tierras, familias que habían emigrado desde Japón, parientes que vivían en China. Su nombre figuraba en la lista. La doctora Kim no salía de su asombro. Todo cuanto había hecho en su vida había sido irreprochable. Era perfeccionista por naturaleza, inflexible consigo misma. Como estudiante, había sacado las mejores notas. Siempre era la primera en ofrecerse voluntaria para hacer trabajo extra y en acudir a más clases de ideología. Su padre había llegado a Corea del Norte desde China y todavía tenía parientes en este país, pero ella no los conocía ni se escribía con ellos. Se dijo que aquello tenía que ser un error. Más tarde acabó asumiendo los hechos. La Secretaria Camarada Chung explotaba su talento y su esfuerzo a la vez que le daba esperanzas falsas: no tenía la menor intención de recomendar su ingreso en el Partido. Y lo que era aún peor: la doctora Kim empezó a sospechar que se la vigilaba. Tenía la impresión de que los funcionarios del Partido que había en el hospital la observaban con curiosidad. Sus sospechas se vieron confirmadas unos dos años más tarde, cuando, estando en el hospital, recibió la visita inesperada de un agente de la Seguridad del Estado. El tipo trabajaba para la Bowibu, unidad policial encargada de investigar los delitos políticos. En un primer momento ella pensó que había acudido al hospital a indagar sobre algún paciente o colega suyo; sin embargo, el agente se dedicó a hacerle preguntas sobre ella, sobre su familia y su trabajo, hasta que finalmente abordó el asunto que de verdad le importaba. La finalidad de su visita era averiguar si la doctora Kim tenía pensado abandonar el país. —¿Abandonar Corea del Norte? Estaba indignada. Jamás se le había pasado por la cabeza tal cosa. Había oído, desde luego, rumores sobre gente que había huido, pero despreciaba a todos aquellos que no tenían la fortaleza suficiente para sobrellevar la Ardua Marcha y que estaban dispuestos a traicionar a su país. —¿Por qué habría de querer marcharme? —protestó. Entonces el agente enumeró los motivos. Tenía parientes en China. Su marido y ella se habían divorciado. El hospital no pagaba a sus empleados. —Te estamos vigilando. ¡No huyas! —le dijo con aspereza antes de marcharse. Más tarde le dio vueltas en la cabeza a aquella conversación. Cuanto más pensaba en el asunto, más lógicas le parecían las sospechas del tipo de la Bowibu. Este había sembrado en su mente una idea de la que se descubrió incapaz de deshacerse. Lo cierto es que llevaba una vida miserable en Corea del Norte. Su ex marido había vuelto a casarse poco después del divorcio. Su hijo de seis años vivía con sus antiguos suegros, como sucede siempre en las familias coreanas en caso de divorcio: de acuerdo con la ley y la tradición, los hijos pertenecen a la familia paterna y son inscritos únicamente en el registro de la familia paterna. Solo podía verlo algún que otro fin de semana, y siempre se quedaba muy preocupada al ver lo pequeño y flaco que estaba. Su ex marido y los padres de este no tenían mucha comida en casa. A ella no le iba mucho mejor. Otros médicos complementaban sus ingresos con el dinero que ganaban vendiendo medicamentos y realizando operaciones, sobre todo abortos, pero ella no tenía la formación ni el temple necesarios para hacer ese tipo de cosas, y se alimentaba mal que bien a base de la comida que de vez en cuando le regalaban sus pacientes. Sin embargo, estos pronto se quedaron sin apenas nada que darle. La doctora Kim dejó la pediatría en 1997: ya no podía soportar mirar a los ojos de los niños famélicos. Se pasó a la investigación, confiando en que el nuevo trabajo le evitaría atender a personas moribundas. Pero se encontró con que no existían las condiciones mínimas para investigar. Después del desayuno, los médicos empezaban a pensar en cómo conseguir comida para la cena, y después de la cena había que preocuparse del desayuno. La doctora Kim comenzó a salir temprano del trabajo para buscar hierbas comestibles en las montañas. A veces cortaba madera para luego venderla. Ahora pesaba menos de cuarenta kilos. Tenía los pechos arrugados y había dejado de ovular. Vista desde lejos parecía una niña de doce años y no una mujer de cuarenta y pocos. Los primeros cuatro días que pasó sin comer tenía tanta hambre que habría sido capaz de quitarle la comida a un bebé. Pero pasado este tiempo, solo tenía ya la extraña sensación de que su cuerpo no le pertenecía, como si alguien la elevara en el aire y después la dejara caer. Estaba exhausta. No le quedaban fuerzas para levantarse por la mañanas. Abandonó su puesto de voluntaria al servicio del secretariado del Partido, y a principios de 1998 ya no acudía al trabajo nunca. Trató de ganar dinero de varias formas, entre ellas vendiendo alcohol y carbón en el mercado. No lamentaba estar desperdiciando su formación médica: en el peor momento de la hambruna, uno podía darse por satisfecho con seguir vivo. Un día se encontró en el mercado con una amiga. Habían sido compañeras de clase en secundaria; las dos habían sido chicas inteligentes y populares: el tipo de estudiante que en los colegios norteamericanos resulta elegida como “la compañera con más probabilidades de tener éxito en la vida”. Su amiga había sido delegada de clase. Entablaron una conversación tan educada como trivial: qué buen aspecto tienes, se dijeron la una a la otra, a pesar de que las dos estaban pálidas y consumidas. Entonces la doctora Kim le preguntó por su familia. Su marido y su hijo de dos años habían muerto con solo tres días de diferencia: lo dijo como si tal cosa. La doctora Kim trató de expresarle su pesar. —Oh, así estoy mejor. Con menos bocas que alimentar —le interrumpió su amiga. La doctora Kim dudaba si su amiga era una insensible o una demente, pero sabía en todo caso que, de permanecer en Corea del Norte, acabaría como ella. Si es que conseguía sobrevivir. Antes de morir, su padre le había dado una lista con los nombres de los parientes que vivían en China y sus últimas direcciones conocidas. Podía considerarse la carta de despedida de un suicida: la había garabateado con letra temblorosa en medio del delirio provocado por su inanición autoimpuesta. Ella se había sentido ofendida por el hecho de recibir algo así de manos de su padre, y sin embargo no había tirado la lista. Entonces sacó la cajita donde la había guardado, desdobló cuidadosamente la hoja y examinó los nombres. —Ellos te podrán ayudar —le había dicho su padre. La doctora Kim partió sola hacia China. No tenía dinero para pagar a un guía ni para sobornar a los guardias de frontera, por lo que solo podía valerse de su astucia e intuición. En marzo de 1999 eran ya tantos los norcoreanos que huían a China que uno podía recibir consejos en los pueblos fronterizos sobre los mejores lugares para cruzar la frontera. El paisaje comenzaba ya a deshelarse tras un invierno excepcionalmente duro, pero el Tumen seguía congelado en algunos tramos. La doctora Kim acudió a un punto donde le habían dicho que era posible vadear el río. Cada pocos metros arrojaba una piedra pesada para comprobar el grosor del hielo: era bastante macizo, por lo menos en el lado coreano. Deslizó un pie hacia delante y luego el otro, con delicadeza de bailarina. A la mitad del vado, la piedra desapareció bajo una capa de nieve medio derretida. Pero siguió avanzando: el agua helada le llegaba ya hasta la cintura. Iba abriéndose un camino con las manos como si sorteara icebergs. Finalmente trepó tambaleante por la orilla. Tenía las piernas entumecidas y los pantalones helados. Caminó por el bosque hasta que las primeras luces del alba iluminaron las afueras de una aldea. No quería sentarse a descansar por temor a morir de frío, pero sabía que ya no le quedaban fuerzas para andar mucho más. Tendría que confiar en la generosidad de los lugareños. Vio un camino de tierra que conducía a casas de labranza. La mayor parte de ellas estaban rodeadas por verjas de metal. Caminó hasta una de las verjas, que resultó estar abierta. La empujó y se asomó al interior. Un tazón de metal con comida reposaba sobre el suelo. Se acercó a mirarlo: allí había arroz blanco mezclado con trozos de carne. No recordaba la última vez que había visto un tazón de arroz blanco puro. ¿Y qué hacía allí en el suelo? Lo comprendió justo antes de oír el ladrido del perro. Hasta ese momento una parte de ella había abrigado la esperanza de que China fuera igual de pobre que Corea del Norte. Quería seguir creyendo que su país era el mejor lugar del mundo. Así se verían confirmadas las ideas que había profesado durante toda su vida. Pero ahora era inútil negar la evidencia: los perros en China comían mejor que los médicos en Corea del Norte. XVI LA NOVIA VENDIDA Mujeres norcoreanas casadas con ciudadanos chinos, Tumen, 2003. A nadie le sorprendió que Oak-hee abandonara Corea del Norte cuando se le presentó la primera oportunidad de hacerlo. Desde que era una colegiala, la hija mayor de la señora Song se había negado a participar de la idolatría de Kim Il-sung que invadía su país. Nada más llegar a casa de la escuela se arrancaba la bufanda roja de los Jóvenes Pioneros. Ni siquiera se molestó en derramar lágrimas de cocodrilo cuando murió Kim Il-sung en 1994. A medida que transcurrían los años y su familia pasaba cada vez más hambre, la indignación de Oak-hee iba acrecentándose. Culpaba al gobierno de la muerte de su hermano y de la de su padre por la mala gestión de la economía. La televisión norcoreana emitía continuamente una canción titulada “La marcha de los camaradas” (“Vivimos en un país socialista, y no tenemos que preocuparnos por la ropa ni por la comida. / Hinchemos el pecho y miremos al mundo con orgullo”) y mostraba imágenes de banderas tremolantes. Todo aquello le parecía ridículo a Oakhee. —¿No tenemos que preocuparnos? —rezongaba, apagando el televisor. Pero lo cierto es que, en un primer momento, su decisión de abandonar Corea del Norte estuvo motivada a partes iguales por el deseo de huir del régimen y por el deseo de huir de su matrimonio. Este había sido turbulento desde el principio. Como muchas otras parejas, Oak-hee y Yong-su se peleaban por dinero y por sexo, y en las épocas más duras también discutían acaloradamente sobre comida y política. Siempre vencía Yong-su. Si la discusión no estaba yendo por donde él quería, la zanjaba propinando a su mujer un guantazo que le hacía dar tumbos por la habitación. A pesar de su afición a la bebida, Yong-su pudo conservar su apartamento y su empleo de conductor gracias a la posición influyente de su familia. Entre los trabajos relacionados con los ferrocarriles, había pocos tan atractivos como el suyo. Sus viajes hasta la frontera le permitían complementar sus ingresos vendiendo artículos a los comerciantes chinos. Pagaba cinco won a los empleados de las fábricas ociosas por suministrarle la chatarra y el hilo de cobre que después revendía por veinticinco won. A Oak-hee, en un principio, le sorprendió el proceder de su marido, que siempre se había hecho la ilusión de ser funcionario del Partido pese a no haber sido admitido como miembro: disfrutaba impartiendo a su mujer, y a cualquiera que estuviera dispuesto a escucharle, lecciones improvisadas sobre los males del capitalismo egoísta y regañaba a Oak-hee por sus comentarios frívolos sobre Kim Il-sung. Ahora, sin embargo, decidió dejar de lado sus escrúpulos políticos. —Hay que ser tonto para hacer lo que dice el Partido. Ahora solo importa el dinero —le dijo a su mujer. El negocio fraudulento de la chatarra hizo de Yong-su un hombre relativamente adinerado en tiempos de escasez. De sus viajes a la frontera regresaba con bolsas enormes de arroz y botellas de soja, y durante un tiempo el matrimonio llegó a tener provisiones abundantes de maíz en su casa. Pero cada vez que Oak-hee le proponía llevar algo de comida a los padres y al hermano de ella, que estaban pasando hambre, Yong-su montaba en cólera. —¿Cómo puedes pensar en regalar comida en una época como esta? —le gritaba. Como no se fiaba de Oak-hee —sospechaba que aun así intentaría ayudar a su familia—, Yong-su apenas dejaba comida o dinero en el apartamento, a pesar de que su trabajo le obligaba a ausentarse de casa durante varios días y de que los horarios de los trenes eran imprevisibles. Una vez, en 1998, llegó a dejar a Oak-hee, a su hija y a su hijo (de ocho y seis años respectivamente) sin comida durante una sernana. El 5 de junio, con ocasión de la fiesta del Día de los Niños, su hijo tenía que participar en un evento deportivo organizado por el colegio. Se les había dicho a los niños que llevaran una fiambrera; sin embargo la casa estaba completamente vacía. Oak-hee recorrió toda la ciudad mendigando comida a sus parientes, pero nadie tenía gran cosa que ofrecerle. Finalmente dio con su hermana, que estaba vendiendo galletas en el mercado, y se llevó un puñado de ellas. Cuando llegó a la escuela a la hora del almuerzo encontró a su hijo de pie en medio del patio: estaba esperándola con los ojos llenos de lágrimas. —Lo siento mucho, mi amor —le dijo, entregándole una bolsita con galletas. Yong-su había sido músico en otro tiempo y tenía buena voz para el canto. También sabía ser encantador con los miembros del otro sexo. Ahora, con algo de dinero en el bolsillo, salía con otras mujeres y bebía con sus amigos hasta las tantas. Una noche, cuando ella y los niños llevaban durmiendo varias horas, Oak-hee oyó a su marido entrar en la casa dando tumbos. Luego escuchó unas risotadas femeninas. No sabía si se trataba de una amante o de una prostituta, pero tampoco estaba dispuesta a levantarse de la cama para averiguarlo. A raíz de aquel episodio, Oak-hee comenzó a planear seriamente su huida. Cabía la posibilidad de presentar una demanda de divorcio, pero eso significaba perderlo todo. Si bien el Partido de los Trabajadores proclamaba su afán de liberar a las mujeres de la posición inferior que ocupaban en la sociedad feudal tradicional, lo cierto es que el sistema norcoreano seguía perjudicándolas de forma notoria. En caso de divorcio, el marido se quedaba con la casa y los hijos aunque hubiera sido infiel a su mujer o fuera un maltratador. Oak-hee se encontraría en una posición particularmente desfavorable debido al rango social de su familia, y por lo demás faltaba su padre, quien habría podido negociar en su nombre con la otra parte. Por tanto pensó que lo mejor que podía hacer era marcharse a China a ganar algo de dinero. Si llegase a conseguir lo suficiente para tener su propio apartamento, posiblemente adquiriría cierto poder negociador frente a su marido, y quién sabe si este no acabaría dándole la custodia de los niños. Una noche, Yong-su volvió a casa borracho y de un humor de perros; la tiró al suelo de un golpe y le dio una patada tan fuerte que Oak-hee oyó crujir sus costillas. De pronto alguien llamó a la puerta. Era un viajero que pedía indicaciones. Esto sucedía con frecuencia, ya que vivían muy cerca de la estación de tren. Mientras su marido atendía al tipo, Oak-hee se levantó y fue a la cocina. Después salió furtivamente por la puerta de atrás y bajó por las escaleras. No llevaba puesto más que el camisón. El reloj de la estación marcaba las diez de la noche, una noche cálida y agradable de finales de agosto. Cuando comprobó que no la seguía su marido, se quedó de pie en el exterior del edificio, pensando en qué hacer a continuación. Después de las peleas solía escaparse a casa de su madre, que le colocaba compresas sobre los labios partidos y los ojos morados. A la mañana siguiente, pasada la borrachera, Yong-su le pedía perdón entre lágrimas y le suplicaba que volviera a casa, lo que ella siempre acababa haciendo. Llevaban diez años así. Si de veras quería cambiar las cosas, era el momento de intentarlo. No se atrevía a entrar en la estación Chongjin, donde los compañeros de trabajo de su marido podían reconocerla. De modo que echó a andar hacia el norte siguiendo las vías, alejándose del centro de la ciudad. Finalmente llegó a la estación Suseong, la primera que había en las afueras. Por aquella época eran ya tantas las personas sin hogar que una mujer en camisón podía pasar inadvertida. Pasó dos días en la estación. La paliza le había dejado un dolor agudo en las costillas y la cabeza le ardía a causa del hambre y la deshidratación. Estaba demasiado mareada para tenerse en pie. De pronto vio que una multitud excitada rodeaba la estación: iba a salir un tren hacia la ciudad fronteriza de Musan. Armándose de energía, se levantó y consiguió avanzar entre el gentío que se agolpaba hacia las puertas y las ventanillas del tren, y luego se apoderaba violentamente de los asientos, invadía los pasillos, se quedaba de pie en los excusados y en los huecos entre vagones. Algunos lograban, incluso, colgarse de las ventanillas o agarrarse a los bajos del convoy. El tren iba tan abarrotado que el conductor no podía abrirse paso para recoger los billetes y comprobar los permisos de viaje. Oak-hee llegó a Musan tras un día de viaje. No tenía documentación, ni dinero, ni comida, ni ropa. Tenía, sin embargo, el cuerpo de una mujer relativamente sana de treinta y dos años. Nunca había sido una belleza: su madre la había catalogado como la hija lista —mientras que de la hija mediana todos decían que parecía una actriz de cine—, pero lo cierto es que había sobrellevado la hambruna mejor que muchos. Era baja y tenía mucho pecho, como su madre: el suyo era el tipo de físico que daba una falsa impresión de rechonchez. Tenía los dientes blancos y rectos, y una nariz diminuta que le hacía parecer muy joven. Aunque hubiese estado dispuesta a prostituirse — ni siquiera se le pasaba por la cabeza—, no habría podido hacerlo por ser demasiado mayor. Pero las mujeres norcoreanas podían vender sus encantos de una forma algo más aceptable. Al otro lado del río Tumen, los campos de maíz se extendían varios kilómetros. En los pueblos había comida en abundancia, pero en cambio escaseaban las mujeres. La preferencia tradicional por los hijos varones y la restricción del tamaño de la familia habían acabado por desequilibrar los nacimientos: por cada diez niñas nacían trece niños. Al final de la adolescencia, muchas jóvenes emigraban a las ciudades para trabajar en las fábricas, donde se ganaba más dinero que en las granjas. A los solteros que vivían en el campo, especialmente los mayores de treinta y cinco años que no tenían mucho dinero ni gran atractivo personal, les resultaba difícil encontrar esposa. Por ello recurrían a casamenteros, que venían a cobrar unos trescientos dólares por sus servicios, y más aún si conseguían a una mujer joven y guapa. La belleza y la juventud no eran ciertamente requisitos imprescindibles; de hecho, también estaban muy solicitadas las mujeres sanas de sesenta y muchos años que pudieran guisar y hacer el trabajo de la casa para los viudos de edad avanzada. Las mujeres norcoreanas ejercían cierta fascinación sobre los chinos. Pese a los estragos que la hambruna había causado en sus cuerpos, se las consideraba de las más bellas de Asia. Los surcoreanos solían hablar de buk nyeo, nam nam —mujeres del norte, hombres del sur—, que supuestamente era la combinación genética óptima. Los hombres chinos tenían a las mujeres coreanas por más modestas y sumisas que las chinas. Oak-hee había oído hablar mucho del mercado matrimonial en China. Cuando una mujer de Chongjin desaparecía misteriosamente, la gente decía en voz baja: “Esa zorra seguramente se habrá vendido a los chinos”. Era en la estación de tren de Musan donde se ponían en marcha las transacciones. Bastaba que una mujer sola pasara un rato allí para que un tipo la abordara con una oferta. El que se acercó a Oak-hee resultó ser un viejo amigo de su marido. Le hizo la siguiente proposición: un guía la conduciría a China a través del río sin ningún tipo de percance y luego le darían ropa, comida y cobijo hasta que se le encontrara una pareja. El casamentero le conseguiría un hombre respetable con el que podría vivir como esposa, por más que las dos partes supieran que el matrimonio no estaba reconocido por la ley china. A cambio ella aceptaría permanecer junto al hombre que el casamentero hubiera escogido para ella. Y no cobraría dinero en la transacción. Oak-hee aceptó con una condición. Insistió en que el hombre elegido no debía hablar coreano. La mayoría de las norcoreanas preferían a hombres pertenecientes a la población étnica coreana, con los que les sería más fácil comunicarse; no así Oak-hee. —Nada de coreanos —le dijo al casamentero—. Quiero vivir en un mundo donde nadie me conozca. La emparejaron con un granjero de treinta y tantos años. Era un hombre muy pequeño: medía, como ella, poco más de metro y medio. Tenía un aspecto estólido —Oak-hee se preguntó, de hecho, si no sufriría un leve retraso mental—, y era tal su timidez que no se atrevía a mirarla a los ojos. No me extraña que no esté casado, se dijo ella. Les presentaron en un pequeño restaurante situado en el lado chino de la frontera. A otra mujer norcoreana que viajaba con ella la habían vendido a un tipo más alto y más animado, que no paraba de reírse con los otros hombres a los que habían emparejado. Oak-hee sintió una punzada de envidia, pero enseguida se recordó a sí misma que no le correspondía elegir a ella; por lo demás, prefería un hombre al que no pudiera llegar a amar nunca. Decenas de miles de mujeres norcoreanas han sido vendidas a ciudadanos chinos. Según algunos cálculos, tres cuartas partes de los aproximadamente cien mil refugiados norcoreanos residentes en China son mujeres, y más de la mitad de ellas vivía en uniones concertadas con ciudadanos chinos. Se hablaba con mucha frecuencia de mujeres que habían sido apaleadas, violadas, encadenadas o forzadas a trabajar como esclavas.[1][2] Oak-hee tuvo mucha más suerte. El hombre escogido para ella se llamaba Minyuan y carecía por completo del atractivo de su marido, pero en cambio poseía una dulzura que le hacía parecer demasiado inocente para vivir en este mundo. La primera vez que la llevó a la cama, la cogió en brazos y le lavó los pies en una palangana de agua caliente. Guisaba para ella y no le permitía lavar los platos. Su familia también la mimaba mucho. Oak-hee vivió dos años con Minyuan. Aprendió suficiente chino para comunicarse con él. Estudió un libro infantil de geografía para poder orientarse. Se encontraba en la provincia de Shandong, más de novecientos kilómetros al sudoeste del punto donde había cruzado la frontera. Era una región fértil, especializada en el cultivo de algodón y trigo. La capital, Quingdao, estaba al oeste del lugar donde vivían. Oak-hee se aprendió de memoria los trayectos y los horarios de los autobuses que llevaban a la ciudad. No hacía otra cosa que planear su huida. Se quedó embarazada dos veces, pero abortó en las dos ocasiones. Aunque Minyuen estaba deseoso de tener un hijo, ella le convenció de que el niño tendría una vida desgraciada. Como el gobierno chino no reconocía los matrimonios con mujeres norcoreanas, el hijo que tuviera la pareja no podría ser inscrito como ciudadano ni por tanto ir a la escuela. —Ya tengo dos hijos en Corea del Norte. Algún día tendré que volver a su lado —le dijo a Minyuen, quien asintió con tristeza. Cuando llegó para Oak-hee el momento de marcharse, Minyuen la acompañó hasta la estación y le dio cien dólares. Luego se echó a llorar. Oak-hee pensó que él iba a suplicarle que se quedara, pero no lo hizo. No era tan tonto como ella había creído al principio. Ve con cuidado —fueron las únicas palabras que le dijo a Oak-hee. De hecho, el viaje de Oak-hee estaría lleno de peligros. En el año 2000, los chinos estaban hartos de los refugiados norcoreanos; temían que fueran a quitarles los empleos a los ciudadanos chinos y a alterar el equilibrio étnico del nordeste del país. Los activistas de derechos humanos sostenían que China tenía una responsabilidad moral y legal hacia las personas que habían llegado al país buscando comida y seguridad; las autoridades chinas, por su parte, insistían en que los norcoreanos que cruzaban el río eran inmigrantes ilegales y no tenían derecho a recibir la protección que prevé la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, de la cual es signataria China. Además invocaban un acuerdo, hasta entonces secreto, que habían firmado en 1986 con el Ministerio de la Seguridad del Estado de Corea del Norte, en virtud del cual ambos países debían cooperar en la persecución de quienes cruzaran ilegalmente la frontera. Cada cierto tiempo, las autoridades chinas redoblaban sus esfuerzos para detener a los norcoreanos que huían de su país. Instalaban retenes cerca de la frontera y llevaban a cabo controles aleatorios de documentación. Con todo, durante los meses que pasaban en China, los norcoreanos solían engordar y comprarse ropa nueva, lo que hacía difícil distinguirlos de los chinos. Por ello las autoridades permitieron a la policía norcoreana entrar en China para que les ayudara a reconocerlos y capturarlos. Llegaron incluso a reclutar a refugiados norcoreanos como espías, ordenándoles infiltrarse en lugares donde se escondían otros refugiados. Se ofrecía una recompensa de cuarenta dólares por denunciar a mujeres norcoreanas que estuvieran viviendo con ciudadanos chinos. Las autoridades sacaban entonces a las mujeres de sus casas, apartándolas de sus parejas —maridos de facto— y de sus hijos. Los hombres pagaban una multa, pero conservaban a los niños. En marzo de 2000 se llevó a cabo una redada en la que fueron detenidas al menos ocho mil mujeres. (En 2008 continuaba aplicándose una política de mano dura contra los norcoreanos refugiados en China.) Oak-hee no había corrido peligro en el pueblo de su marido chino, lo bastante alejado de la frontera con Corea del Norte para quedar fuera del alcance de las redes policiales. Pero ahora, si quería ganar algo de dinero, tendría que volver a la zona fronteriza, donde se hablaba coreano y había más oportunidades. Necesitaba desesperadamente el dinero para comprar su independencia y obtener la custodia de sus hijos. Una vez que hubiese conseguido descansar y alimentarse bien, pensó, seguramente podría encontrar un trabajo en un restaurante o una fábrica, y más adelante quizá pondría en marcha su propio negocio. De modo que cogió un autobús hacia el norte. No se dirigía, sin embargo, al lugar donde había cruzado el río, sino a Dandong, la ciudad más grande de la frontera chino-coreana. Era una ciudad próspera. En la parte que miraba hacia el río Yalu se alzaban resplandecientes, entre una maraña de grúas, las fachadas de cristal de los nuevos edificios de oficinas y de apartamentos. Todo esto llamaba aún más la atención si se comparaba con el aspecto desolado que ofrecía Corea del Norte justo al otro lado de la frontera. Pero Oak-hee no tardaría en comprender hasta qué punto se había equivocado al elegir Dandong. Por la ciudad pasaba la principal línea ferroviaria entre Pekín y Pyongyang, y gran parte del tráfico oficial de mercancías se realizaba a través del Puente de la Amistad China-Corea. Todas las compañías comerciales públicas de Corea del Norte tenían dependencias en Dandong. Por lo demás, la ciudad estaba atestada de agentes de seguridad encubiertos. En enero de 2001, Oak-hee fue detenida y trasladada a una comisaría de policía situada al otro lado del río, en la ciudad de Sinuiju. Tras haber pasado dos años en China, le sobrecogió el estado en el que se encontraba su país. En lo más crudo del invierno, la comisaría no tenía calefacción. Policías y presos tiritaban juntos, como si los uniera un vínculo de solidaridad. A falta de papel, el comisario redactó sobre un tablón los cargos que se le imputaban. Oak-hee tuvo suerte, sin embargo: se aproximaba una amnistía con motivo del cumpleaños de Kim Jong-il, y las autoridades habían acordado poner en libertad a miles de presos comunes. La dejaron marchar al cabo de dos semanas. Nada más salir de la comisaría, volvió a cruzar el río hacia China. Antes de ser detenida, Oak-hee había trabajado en una fábrica de ladrillos y en un restaurante. El dólar o dos que ganaba al día le parecía una fortuna —equivalía al sueldo de un mes en Chongjin—, pero no alcanzaba para mucho en China. Esta vez necesitaba un empleo mejor remunerado, por muy peligroso que fuera, así que aceptó trabajar para un intermediario como el que la había emparejado con el granjero. Su primera misión consistió en adentrarse en territorio norcoreano, buscar a un niño al que su familia había dejado allí y ayudarlo a cruzar el Tumen hasta China, donde volvería a reunirse con los suyos. Se creía que el niño estaba viviendo en Musan, la ciudad desde la que Oak-hee había cruzado la frontera en su día. Como además de conocerla bien sabía hablar el dialecto local, pensó que podría pasar allí unos días sin llamar demasiado la atención. Pero estaba equivocada. En su primer día en Musan un policía se fijó en ella. —¡Eh, tú! le gritó. Tras más de dos años viviendo en China, Oak-hee estaba pálida y regordeta. Usaba jabón y champú perfumados. Nadie más olía como ella ni tenía un aspecto así. Y para colmo llevaba consigo un transistor que había comprado en China y que captaba emisoras surcoreanas. El agente confiscó el aparato y (después de ordenar a Oak-hee que le mostrara las frecuencias de la radio surcorena y le entregara los auriculares) la puso a disposición de la Bowibu. Oak-hee fue conducida a una sala donde había otros cien detenidos, a los que se les ordenó arrodillarse y permanecer inmóviles. Los guardias iban y venían entre las filas de presos, golpeando a cualquiera que se moviera levemente por aliviar la presión de las rodillas. Golpearon a la propia Oak-hee, quien desde ese momento solo se permitió mover rápidamente los ojos, mirando a su alrededor. Observó a los otros presos. Supo distinguir de inmediato a los que habían estado en China: al igual que ella, tenían la piel más blanca, iban mejor vestidos y tenían un aspecto más saludable. Los demás estaban flacos y cetrinos. Muchos de ellos estaban descalzos: seguramente les habían cogido antes de que hubiesen logrado vadear el río. Oak-hee interpretó como una buena señal que los dos grupos —los presos que habían estado en China y los que no— se encontraran mezclados. Tendría más posibilidades de sobrevivir en el caso de que las autoridades no supieran que había trabajado para un intermediario. Confiaba además en que el policía que le había confiscado la radio se la hubiese guardado para él, sin informar a nadie. El castigo por deserción dependía del rango social del acusado y de lo que hubiera estado haciendo en China; quien habría cruzado el río en busca de comida recibía una condena más leve que el que había vivido y trabajado en el país vecino. A los acusados de comerciar con mujeres, traficar con deuvedés, reunirse con surcoreanos o acudir a la iglesia en China se les podía condenar por traición a la patria, a la pena de muerte o a la reclusión en el gulag.[3] Los guardias terminaron ordenando a los presos retenidos en la sala según su lugar de origen. Resultó que muchos procedían de Chongjin. A falta de esposas, los fueron uniendo en grupos de tres atándolos por los pulgares con cordones de plástico, con un nudo tan fuerte que cortaba la circulación en los dedos hasta volverlos azules. Luego los llevaron a un tren especial, en cada uno de cuyos asientos, pensados para dos ocupantes, tuvieron que apretarse tres presos. Oak-hee vio a un hombre al otro lado del pasillo intentando sacarse algo del bolsillo: había logrado conservar un mechero. Se valió de él para quemar los cordones, y antes de que pudieran reaccionar los guardias, él y los otros dos presos con los que compartía asiento consiguieron salir por una ventanilla del vagón. Las mujeres no se atrevían a moverse salvo cuando una de ellas tenía que ir al baño, en cuyo caso iban las tres juntas. Cuando el tren se paró con un chirrido seco, Oak-hee se dio cuenta de que habían llegado a la estación de Chongjin. Era septiembre de 2001: habían transcurrido casi tres años desde que había huido de su casa en camisón. Ahora regresaba de la forma más vergonzosa, en una cuerda de presas atadas por los pulgares. —¡Baka, baka! —gritaban los guardias (inclinad la cabeza) mientras los presos bajaban del tren. Oak-hee estaba del todo dispuesta a hacer lo que le decían. ¿Qué pasaría si la viera su marido o uno de sus compañeros de trabajo? Atravesaron la sala de espera de la estación y la plaza donde su madre vendía galletas. Pasaron casi bajo la ventana del apartamento de Oak-hee, desde la que ella misma, en otro tiempo, había observado el espectáculo de los presos, viendo si reconocía a alguno. Se les condujo por la carretera principal de Chongjin a través de un gentío de curiosos; después de cruzar dos puentes, pasaron por delante del distrito industrial y de las tierras bajas pantanosas, la única zona de maizales que existía en la ciudad. Doblando hacia el océano, llegaron a un recinto rodeado por muros de hormigón y alambre de espino. Aquel lugar, conocido como Centro de Detención de Nongpo, había sido construido en la época de la ocupación japonesa para encarcelar a los resistentes coreanos. Su solo nombre —Nongpo— infundía pavor. Ahora estaba lleno a rebosar de gente a la que se había descubierto intentando huir del país. Las presidiarias ocupaban tres grandes salas, tan abarrotadas que las mujeres se veían obligadas a dormir de costado y en fila sobre el suelo. Las que no cabían tenían que dormir fuera, junto a los lavabos. Cada pocos días llegaban nuevas prisioneras, normalmente unas cien. Los guardias les hacían desnudarse, apartando a las visiblemente embarazadas para que se les practicara un aborto por muy avanzado que estuviese su embarazo. Y es que daban por supuesto que los padres de los niños eran chinos.[4] En Nongpo había el doble de mujeres que de hombres, lo que reflejaba la división por sexo de la población desertora. Cuando fue conociendo mejor a las otras mujeres, a Oak-hee le llamó la atención hasta qué punto sus historias se parecían a la suya. Muchas habían huido dejando atrás a marido e hijos, autojustificándose por la necesidad de llevar comida y dinero a su familia. Oakhee sentía por aquellas mujeres la misma repulsión que sentía por sí misma. No había llegado nunca a perdonarse por haber abandonado a sus hijos. “Qué perras nos hemos vuelto. El hambre nos ha envilecido”, se decía. Tenía tiempo de sobra para pensar. Tras las largas horas de trabajo esclavo, las noches estaban ocupadas por clases y sesiones de autocrítica. Las presas recibían comidas muy exiguas y en ocasiones se les trataba con brutalidad. Pero Nongpo seguramente era, en conjunto, mejor que otros campos de trabajo. Los sábados por la tarde se les permitía a las mujeres sacar agua de un pozo para lavarse. Se quitaban los piojos del pelo las unas a las otras. Durante todo el tiempo que estuvo allí, Oak-hee solo vio a una mujer recibir una paliza. Furiosa, la mujer había tratado de escalar uno de los muros del campo. Había sido una rabieta más que un intento de fuga, pero el hecho es que los guardias la agarraron, la bajaron del muro y, ante la mirada de las otras reclusas, le propinaron patadas y puñetazos hasta dejarla semiinconsciente. En general, más que aterradas, las mujeres de Nongpo daban la impresión de estar furiosas. Mientras cumplían las tareas que el campo les imponía —hacer ladrillos, desherbar los campos —, mostraban una mueca permanente de rencor. “Toda la vida nos han contado mentiras. Nuestras vidas son una mentira. Todo el sistema es una mentira”, esto pensaba Oak-hee. Y estaba segura de que las demás mujeres pensaban lo mismo. Los funcionarios del campo habían desistido de reeducarlas. Se limitaban a hacer su trabajo de manera mecánica, leyendo sin ningún entusiasmo el texto de las lecciones que les entregaba el Partido de los Trabajadores. Todos parecían participar de la gran mentira. Un día, mientras las mujeres recogían maíz, apareció el director del campo para impartirles una clase importante, la acostumbrada papilla de lugares comunes. Las exhortó a armarse con la ideología de Kim Il-sung para combatir las tentaciones del capitalismo y a comprometerse con su país. Entonces pidió que levantaran la mano aquellas mujeres que estuviesen dispuestas a prometer que no volverían a huir a China. Las reclusas le escucharon en cuclillas, sumidas en un silencio hosco. Oak-hee miró a su alrededor. No levantó la mano ni una sola mujer. Tras unos instantes incómodos, el director de la prisión dijo con voz fuerte: —Bueno, si os vais a China otra vez, procurad que no os cojan. De hecho, Oak-hee ya estaba planeando su siguiente jugada. Un día se le asignó la tarea de desherbar los campos de hortalizas que se extendían al otro lado de los muros de hormigón, pero dentro del perímetro de la valla de alambre. Mientras trabajaba vio a una mujer mayor cuidando unas cabras al otro lado de la valla. Tras echar una ojeada a su alrededor para cerciorarse de que no había ningún guardia cerca, se puso a hablar con la mujer. Le hizo una proposición: le daría su ropa interior a cambio de que la mujer fuera a decirle a la madre de Oak-hee dónde estaba su hija. En Corea del Norte escasea la ropa interior, y la que llevaba Oak-hee era nueva, ya que la había comprado en China hacía poco. La mujer aceptó. Oak-hee se puso en cuclillas, se quitó las bragas, hizo con ellas una bola en la que introdujo un trozo de papel con las señas de su madre, y se la tendió a la mujer a través de la valla. XVII ABRE LOS OJOS Y CIERRA LA BOCA Celebraciones de la Copa del Mundo de Fútbol, Seúl, 2002. A la señora Song no le sorprendió saber que Oak-hee estaba en Nongpo; para ella, era solo cuestión de tiempo que su hija acabara en la cárcel.[1] No había tenido noticias de Oak-hee desde que esta había escapado de su marido tres años atrás, pero había dado por sentado que se encontraba en China con todas esas zorras y esos traidores. Si su hija había traicionado a la patria, merecía estar en la cárcel. Sin embargo, una hija es una hija. La señora Song no podía permitir que su primogénita languideciera en el principal centro de detención de Chongjin. Después de tantos años sobreviviendo al límite, había conseguido tragarse muchos de sus escrúpulos. Y se había vuelto muy avispada. Así, sabía desde hacía tiempo que se podía salir de casi cualquier apuro a base de sobornos; apoquinando suficiente dinero, podía uno incluso librarse de la pena de muerte, siempre y cuando no se la hubiera ganado por maldecir a Kim Jong-il. De modo que, después de comprar en el mercado negro diez cartones de tabaco a cincuenta won cada uno, fue preguntando hasta encontrar la oficina de la seguridad nacional que administraba la cárcel de Nongpo. Todo el rato iba diciendo entre dientes que su hija díscola le había costado los ingresos de una semana. Unos días más tarde, Oak-hee apareció en la puerta principal de su casa y se desplomó en sus brazos. La señora Song dio un grito al verla. Era octubre, ya hacía frío, y Oak-hee estaba descalza y casi desnuda. Los guardias de seguridad de Songpo le habían rajado los zapatos creyendo que escondía dinero en las suelas. Ella misma se había arrancado las mangas de la blusa para usarlas como paños menstruales. Había tenido que desprenderse de la ropa interior. Las pocas prendas que le quedaban estaban hechas jirones. Y tenía el pelo infestado de piojos. Sin embargo la señora Song, al bañarla, pudo comprobar que estaba más sana que cuando había abandonado el país. En las últimas semanas se había alimentado únicamente a base de papilla de avena y trozos de maíz crudo, pero aun así Oak-hee tenía un buen tono muscular, además de una complexión rosada, brillante. Oak-hee hablaba sin parar. En un desbordamiento de energía maníaca, empezó a describir todos los aspectos de la vida en China: el arroz blanco que se comía para desayunar, comer y cenar, los mercados, las modas. Su discurso era en parte un relato de viaje, en parte un alegato político. La señora Song y sus dos hijas menores la rodeaban, escuchándola. —¿Cómo se vive en Corea del Sur? —le preguntaron. No tenía información de primera mano al respecto, pero en China había visto muy a menudo la televisión surcoreana. —Corea del Sur es un país rico. Ni siquiera los chinos podrían soñar con vivir tan bien como los surcoreanos —les dijo Oak-hee—. Juro que antes de morirme visitaré Corea del Sur. Las hermanas la escuchaban perorar sentadas en el suelo con las piernas cruzadas. Lo que contaba Oak-hee a ratos les fascinaba, y a ratos les horrorizaba. La hermana mediana, que estaba casada con un guardia de seguridad de los ferrocarriles, era la más conservadora de las tres. Sus grandes ojos iban abriéndose cada vez más a medida que escuchaba a su hermana mayor. De pronto la interrumpió, titubeando, pues Oak-hee siempre la había intimidado. —Pero nuestro general ha trabajado tanto por nosotros... —y señaló con el dedo los retratos de los dos Kim, padre e hijo, que su madre había limpiado esa misma mañana. —¿No os dais cuenta? Vuestro general os ha vuelto cretinos a todos —dijo con brusquedad Oak-hee. La menor de las hermanas, Yong-hee, que estaba viviendo con su madre tras haberse divorciado, se mostró más comprensiva con Oak-hee, pero en todo caso le preocupaba su excesiva franqueza. La familia ya había sufrido bastante; no convenía buscarse más problemas. Aunque la casa de la señora Song era una vivienda individual, podía haber alguien afuera espiándolas. —Ten cuidado, solo eso. Tengamos todas cuidado con lo que decimos, ¿de acuerdo? —le advirtió a Oak-hee. Cuando su madre y hermanas se hartaron ya de oír su historia, Oak-hee empezó a hablar con otras personas. Las ajummas que vivían en el barrio chasqueaban la lengua, pero sentían mucha curiosidad. Acudieron por la tarde a la casa de la señora Song para dar la bienvenida a Oak-hee. Tras los saludos se sentaron en corro a escucharla. —Abrid los ojos. Os daréis cuenta de que el país entero es una prisión. Damos pena. No conocéis la realidad del resto del mundo. Cuando salía en televisión una imagen de Kim Jong-il, Oak-hee se ponía furiosa: “¡Mentiroso! ¡Sinvergüenza! ¡Ladrón!”, le gritaba al televisor. Su madre acabó perdiendo los estribos. La locuacidad de Oak-hee comprometía a su familia. Y estaba traicionando a su país. De no haberse tratado de su hija, la señora Song se habría sentido obligada a denunciarla al inminban. Pese a todo lo que había ocurrido, seguía siendo una verdadera creyente. —¡Cállate! ¡Estás traicionando a tu país! —le gritó. Oak-hee se sobresaltó —era raro que su madre alzara la voz—, pero no estaba dispuesta a callarse, así que replicó con amargura. —¿Por qué tuviste que parirme en este horrible país? —gritó—. ¿A quién quieres más, a Kim Jong-il o a mí? Madre e hija discutían continuamente. Tras cuarenta días en casa de su madre, Oak-hee estaba suficientemente repuesta de su traumática experiencia en el campo de trabajo para reanudar su vida. Les dijo a su madre y a sus hermanas que había aprendido de sus errores y que intentaría de nuevo ganar dinero en China, solo que esta vez no la iban a coger. La señora Song le prestó algo de dinero a regañadientes. Estaba muerta de preocupación por su hija, pero al mismo se sentía aliviada de que se marchase. Pasó ocho meses sin saber nada de Oak-hee. Entonces, un día de junio, una mujer llamó a su puerta: aseguraba tener noticias suyas. La señora Song se preparó para lo peor. Debe de estar otra vez en la cárcel, pensó. Tendré que volver a sacarla sobornando a alguien. No, le dijo la mujer, Oak-hee está trabajando cerca de la frontera con China y le va estupendamente. Quería devolverle a su madre el dinero que le debía, y además tenía ropa y regalos para la familia; pero temía que la detuvieran si regresaba a Chongjin. ¿Por qué no iba a visitarla su madre? La señora Song vaciló. No conocía a aquella mujer. No había viajado a ningún sitio desde aquel accidente ferroviario del año 1995 y que tanto dolor había causado a su familia. Por otro lado, no necesitaba el dinero: el negocio de las galletas iba bien. El mercado Songpyeon disponía ya de puestos para todos los vendedores; ella tenía licencia y pagaba el alquiler del puesto. En definitiva, se sentía como una verdadera empresaria. Además se había vuelto a casar... más o menos. Se trataba más bien de un arreglo al que había llegado con un viudo, ya entrado en años, al que ayudaba con el trabajo de la casa. Pero en todo caso el hombre era amable y tenía bastante dinero. De modo que la señora Song vivía con más desahogo que nunca, sin motivo alguno para hacer un viaje tan arriesgado hasta la frontera con China. Pero lo cierto es que aún le dolían los quinientos won que había pagado para sacar a Oak-hee de la cárcel. Por lo demás, aquella extraña mujer le prometió que no tendría que coger el tren: Oak-hee haría que le llevase un coche privado. Impresionada, la señora Song accedió. Partió hacia Musan en un día cálido y lluvioso de junio de 2002. No llevaba más que un pequeño bolso de viaje. Haría noche allí, pensó, y regresaría a la mañana siguiente. Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad no había el menor rastro de Oak-hee. La mujer le había dicho que estaba trabajando en la frontera, pero sin precisar en qué lado. Ahora pudo aclarárselo: Oak-hee estaba en China. Tendrá usted que ir a China a recoger el dinero y la ropa. Su hija la está esperando —le dijo la mujer. Entonces le presentó a un hombre, diciendo que era su marido—. No se preocupe. Él la conducirá al otro lado. La señora Song ya se había alejado mucho de su casa. ¿Podía volver atrás? Cogieron otro coche que les condujo hasta Hoeryong, otra de las ciudades fronterizas. Entonces esperaron a que anocheciera. Eran las diez cuando llegaron al río, y aún no había parado de llover. El agua se desbordaba por las riberas formando una masa de barro resbaladizo. La señora Song casi no podía distinguir dónde terminaba la tierra y dónde comenzaba el río. Se habían unido al grupo dos hombres vestidos con uniforme de guardia fronterizo norcoreano. Uno de ellos cargó a la señora Song sobre su espalda mientras el otro lo sujetaba del brazo para que no perdieran el equilibrio al vadear el río. Aun así dieron unos cuantos traspiés y estuvieron a punto de caerse. La señora Song estaba segura de que la corriente iba a derribarla y arrastrarla de un momento a otro. Como la mayoría de los norcoreanos de su generación, no sabía nadar. Pero antes de que pudiera lanzar el grito que amenazaba con escapársele —“¡Llévenme de vuelta, llévenme a casa!”—, ya estaban fuera del agua, trepando por la orilla. Uno de los guías les dio algo de dinero a los guardias fronterizos y luego cruzó el agua de nuevo en dirección a Corea del Norte. La señora Song y el otro guía caminaron en la oscuridad hasta adentrarse en territorio chino. Durante el resto de la noche escalaron un monte, y de amanecida entraron en una aldea. Entonces subieron a un taxi, algo que la señora Song nunca había hecho antes. Coches, camiones, escúteres y carros convergían en las calles estrechas que conducían al mercado. Los cláxones atronaban el espacio. Eran las ocho de la mañana y estaban abriendo las tiendas. Las verjas de seguridad delante de los escaparates se enrollaban con un chirrido metálico. Los tenderos pusieron música que se oía por grandes altavoces situados sobre las puertas de los establecimientos. Música fuerte y muy fea, pensó la señora Song; le daban ganas de taparse los oídos. Si esto era el capitalismo, no le gustaba. Demasido ruido. ¿Cómo podía vivir Oak-hee en un sitio tan horrible? Su guía se paró a comprar huevos, salchichas y pies de cerdo para que desayunaran los dos. Salieron del pueblo y se dirigieron en coche por un camino de tierra hasta un grupo de casas que formaban una aldea. Entraron en una de ellas. Entonces el guía presentó a la señora Song al dueño de la casa y a su hija adolescente. Eran coreanos de origen con ciudadanía china, y hablaban un dialecto muy similar al suyo. Le enseñaron la casa. No era nada extraordinario —muros de ladrillo rojo, cubierta de teja, verja de madera de fabricación casera, un patio delantero—, pero estaba repleta de accesorios: un equipo estéreo, un purificador de agua, una televisión en color, una nevera. El hombre no paraba de abrir la puerta de la nevera para sacar comida y bebidas. Cerveza, fruta, kimchi. Cuando hubieron colocado sobre la mesa lo que había comprado el guía, allí había más comida de la que jamás había visto la señora Song, exceptuando las fiestas de bodas. Tenía delante todo cuanto podía desear, menos a Oak-hee. —¿Dónde está mi hija? —preguntó. El hombre la miró y luego musitó algo ininteligible. La señora Song repitió la pregunta en un tono más cortante. —Se ha marchado a buscar trabajo —le contestó. La señora Song no sabía si creerle. Sus anfitriones eran amables, quizá demasiado. Pensó si no estarían ocultándole algo, pero estaba demasiado cansada para insistir más. Durmió de forma intermitente. Cuando despertó y vio que Oak-hee seguía sin aparecer, le asaltó la terrible sospecha de haber sido secuestrada.[2] La señora Song no sabía si debía tratar de escapar. ¿Adónde podía ir? No sabía dónde estaba. Su primer guía se había marchado. ¿Debía encararse con sus anfitriones, hacerles saber lo que pensaba? ¿Y qué le había pasado a Oak-hee? El padre y su hija trataban todo el rato de tranquilizar a la señora Song, asegurándole que se había retrasado y que pronto estaría de vuelta. Al día siguiente Oak-hee finalmente llamó por teléfono. Había interferencias; daba la impresión de estar muy lejos. Le aseguró a su madre que estaba bien, que la vería muy pronto, e insistió en que debía descansar. —En cualquier caso, ¿dónde estás? —le preguntó suspicaz la señora Song. —En Hanguk — contestó. Nunca había oído hablar de aquel lugar. —¿Dónde está eso? ¿Cerca de Shenyang? —preguntó. Se refería a una de las ciudades más grandes del nordeste de China, situada a unos quinientos kilómetros de allí. —Más lejos. Te volveré a llamar mañana para explicártelo. Los norcoreanos llaman a su país Chosun y a su vecino Nam Chosun, que significa literalmente Corea del Sur. Los surcoreanos, por su parte, emplean un nombre totalmente distinto para designar su país: Hanguk. La siguiente vez que llamó, Oak-hee le aclaró a su madre que se encontraba, efectivamente, en Corea del Sur. La señora Song no podía creérselo. Se estremeció de indignación. Pensó que le estaba dando un ataque al corazón. Oak-hee había hecho incontables fechorías a lo largo de su vida, desde las travesuras de la infancia hasta sus salidas de tono; había llegado incluso a verse en un campo de trabajo, pero esto era el colmo. Se había pasado al enemigo. Y le había tendido una trampa a ella, a su madre, pagando a esa gente para hacer que desertara. La señora Song nunca había estado tan furiosa. —'Traidora! ¡No eres mi hija! —le gritó, antes de colgar violentamente el teléfono. Los siguientes tres días Oak-hee llamó repetidas veces. Su madre se negaba a ponerse al teléfono. Pero finalmente cedió. Al otro lado de la línea, Oak-hee empezó a sollozar. —Te quiero, mamá. Me gustaría que vinieras aquí a vivir conmigo. Entonces le habló un poco de su vida. Tenía un trabajo. El gobierno surcoreano le había dado dinero para ayudarla a establecerse en el país. —Si Seúl es tan maravilloso como dices, ¿por qué estás llorando? —quiso saber la señora Song. Supuso que los surcoreanos, marionetas en manos de los cerdos imperialistas, habían sobornado a su hija con dinero. Cuando le hubiesen sacado suficiente información, la torturarían y asesinarían. Así había oído decir que trataba Corea del Sur a los refugiados norcoreanos. No tenía ningún motivo para no creerlo. No es lo que piensas, mamá —dijo Oak-hee—. Lloro porque te echo de menos. Quiero que vengas. La señora Song no quiso seguir escuchándola. Le dijo que pensaba regresar a Corea del Norte en cuanto se hubiera recuperado del viaje. Descansaría unos días, repondría fuerzas. Holgazaneó por la casa, comiendo, sesteando, viendo la televisión. Había una enorme antena parabólica que captaba canales de televisión surcoreanos. Las telenovelas eran muy populares, y la señora Song no tardó en engancharse a una que se llamaba Zapatilla de cristal, y que trataba de dos hermanas huérfanas separadas desde niñas. Cuando no transmitían la serie, solía hacer zapping para ver si algún canal estaba dando el campeonato de fútbol. La Copa del Mundo de 2002 estaba celebrándose en Japón y Corea del Sur. No se emitían tantas imágenes de Seúl desde los Juegos Olímpicos de 1988, que habían tenido lugar en Corea del Sur. A la señora Song no le gustaba el fútbol, pero le intrigaba lo que las imágenes permitían vislumbrar de la vida en aquel país. No pudo evitar fijarse en los coches, los rascacielos, las tiendas. En las pausas publicitarias emitían anuncios de teléfonos móviles y otras cosas de las que no había oído hablar jamás. Después de que la selección surcoreana venciera a Polonia, Estados Unidos, Portugal, Italia y España, llegando así a las semifinales (era la primera selección asiática que lo conseguía), millones de personas se echaron a la calle para celebrarlo. Llevaban camisetas rojas y soplaban las cornetas con luces rojas del club de fans de la selección, los Diablos Rojos. Allí estaban: hombres y mujeres coreanos como ella; gente que hablaba su mismo idioma, pero que parecía tan feliz, tan guapa, tan libre. A la señora Song le costaba fiarse de lo que salía en televisión. Habiendo vivido toda su vida en Corea del Norte (y habiendo estado casada veinticinco años con un periodista), sabía de sobra que las imágenes se podían manipular. En las clases que daba el Partido de los Trabajadores, se advertía a los alumnos de que las emisiones televisivas extranjeras estaban dirigidas a socavar las enseñanzas de Kim Il-sung y Kim Jong-il. (“Las marionetas surcoreanas, controladas por la CIA estadounidense, conspiran de manera perversa para embellecer el mundo imperialista por medio de esos materiales cuidadosamente elaborados”, se decía en una de aquellas clases.) La señora Song sospechaba (acertadamente) que Oak-hee estaba pagando a sus generosos anfitriones para que le lavaran el cerebro hasta conseguir que se reuniera con ella en Corea del Sur. Pero no todo podía ser una patraña. Y era inútil negar lo que había visto en China: la comida abundante, los coches, los electrodomésticos. Sus anfitriones tenían una olla para arroz provista de un sensor que la apagaba al acabar de cocerlo. La mayoría de los electrodomésticos la dejaban confundida; sin embargo, aquel era una fuente continua de asombro. Ella también había tenido una olla para arroz mucho tiempo atrás, pero era muy rudimentaria; no se parecía en nada a la que veía ahora. La policía la había confiscado porque estaba prohibido cocinar con electricidad. Cada mañana, cuando el pitido de la olla indicaba que estaba listo el desayuno, se maravillaba del progreso tecnológico. Es verdad, pensaba: Corea del Norte lleva años, quizá decenios de retraso con respecto a China. ¿Y quién sabía lo rezagada que podía estar con respecto a Corea del Sur? Se preguntó qué habría dicho su difunto marido, el pobre, de todo cuanto ella estaba viendo en China. Desde que llegó no había salido ni una vez de aquella casa, pero el solo hecho de explorar la cocina y encender el televisor le parecía una gran aventura. Le habría gustado compartirla con su marido. Pensaba en Chang-bo sobre todo durante las comidas. ¡Cómo le gustaba comer a aquel hombre! Habría disfrutado tanto con las salchichas. Se le saltaban las lágrimas al imaginarlo. Después empezó a pensar en su hijo. Sus recuerdos estaban tan teñidos de vergüenza y de culpa que ni siquiera era capaz de hablar de él. Era tan fuerte, tan apuesto. Su muerte a los veinticinco años había sido una tragedia tan grande. Cuántas cosas de la vida se había perdido. Cuántas cosas se habían perdido y se perderían todos, ella también, sus hijas, por vivir encerrados en Corea del Norte, deslomándose hasta morir. ¿Para qué? Haremos lo que nos diga el Partido. Moriremos por el general. No tenemos nada que envidiar al mundo. Seguiremos nuestro propio camino. Ella había creído en todo eso: había desperdiciado su vida. O tal vez no. ¿Se había terminado todo realmente? Tenía cincuenta y siete años, aún gozaba de buena salud. Estos eran los pensamientos que flotaban en su mente una mañana, mientras la tímida luz del amanecer entraba en su habitación. Estaba tratando de levantarse cuando oyó el pitido de la olla en la cocina. Entonces se incorporó de un salto. Aquello había sido el aldabonazo definitivo. Tenía que marcharse. XVIII LA TIERRA PROMETIDA La señora Song en un mercado de Seúl, 2004. Una mañana de martes a finales de agosto de 2002, la señora Song viajaba en un vuelo de la compañía Asian Airlines que había salido de Dalian y se dirigía a Incheon, el aeropuerto internacional de Corea del Sur. Viajaba con nombre y pasaporte falsos. Solo conocía a otro pasajero, un joven sentado unas pocas filas más allá, que había acudido a las seis de la mañana a la habitación del hotel donde se alojaba la señora Song para entregarle un pasaporte, robado a una mujer surcoreana que tenía más o menos la misma edad que ella. Las fotos originales habían sido arrancadas con una cuchilla de afeitar y sustituidas por las de la señora Song. En el caso de ser interrogada, tenía que decir que era una turista surcoreana y que había pasado un fin de semana en Dalian, popular ciudad costera separada de Corea por el mar Amarillo. Para hacer más verosímil su coartada, vestía ropa que habría llamado mucho la atención en Corea del Norte: vaqueros estilo Capri y zapatillas de deporte blancas. Llevaba una mochila deportiva. Se había perforado las orejas —algo que las mujeres norcoreanas no hacían nunca— y cortado el pelo haciéndose luego la permanente al estilo de las mujeres surcoreanas de cierta edad. En China, durante las dos semanas anteriores, la habían acicalado y le habían hecho engordar para que no pareciera una refugiada. Lo único que podía delatarla era su acento gutural, tan propio de los norcoreanos. Por eso le habían aconsejado que no se pusiera a charlar con nadie. Para evitar entablar una conversación con otro pasajero debía permanecer sentada durante todo el vuelo, unos ochenta minutos. Estaba totalmente quieta en su asiento, con las manos entrelazadas en el regazo, y mucho menos nerviosa de lo que cabía esperar dadas las circunstancias. Su serenidad provenía de la convicción de estar haciendo lo correcto. No le remordía la conciencia por haber decidido huir. Aquella mañana en la alquería de sus anfitriones chinos, cuando la despertó el sonido de la olla, su confusión se había disipado. Había decidido aceptar la invitación de Oak-hee para que se reuniera con ella en Corea del Sur. Quería contemplar con sus propios ojos el mundo que solo había llegado a vislumbrar por la televisión. Sus hijas y sus nietos tendrían la oportunidad de conocer otra forma de vida —el régimen norcoreano no podía durar eternamente—; a ella, sin embargo, no le quedaban tantos años. Aprovecharía esta ocasión, pero antes quería regresar a Chongjin para despedirse como es debido de sus hijas menores. Quería explicarles su decisión y ofrecerles el dinero que Oak-hee había dejado para ella en China: casi mil dólares. “No puedo permitir que tus hermanas piensen que estoy muerta”, le dijo a Oak-hee. Esta trató de disuadirla por temor a que su madre se acobardara o sus hermanas menores le hicieran echarse atrás. Pero la señora Song insistía en que tenía que volver. Tuvo que pasar un mes en Chongjin debido a la crecida del río Tumen —era la estación lluviosa—, pese a lo cual no vaciló ni un instante en su decisión de marcharse a Corea del Sur. Su firmeza inquebrantable la sostuvo aun en los momentos más arriesgados de su huida. Los contrabandistas a los que había pagado para que la ayudaran a llegar a Corea del Sur estaban asombrados de que esa dulce abuelita con pasaporte falso pudiera embarcarse en un vuelo internacional sin que le entraran sudores fríos. Salir de China y embarcarse en el avión era la parte más peligrosa del viaje. De haber detectado las autoridades migratorias el pasaporte falso, la señora Song habría sido detenida y enviada de vuelta a Corea del Norte, condenada seguramente en un campo de trabajo. Después de que el avión hubiera aterrizado en Corea del Sur, ya solo quedaría un escollo. Su pasaporte no sería lo bastante convincente para engañar a los surcoreanos, que enseguida sabrían que se había denunciado el robo. Por eso estaba previsto que el joven del avión lo recuperara antes del aterrizaje y luego desapareciera entre la multitud. —Finge que no me conoces —le había dicho a la señora Song. Ella tendría que esperar en el lavabo de señoras hasta que él hubiera abandonado el aeropuerto. Entonces se dirigiría al mostrador de inmigración y les contaría la verdad a los funcionarios. Ella era Song Hee-suk, de cincuenta y siete años y procedente de Chongjin. Había perdido a la mitad de la familia durante la hambruna y ahora quería empezar una nueva vida con su hija en Corea del Sur. No había nada más que ocultar. En el artículo III de su Constitución, Corea del Sur se declara único estado legítimo de la península coreana, lo que convierte automáticamente en ciudadanos a todos sus habitantes, incluidos los norcoreanos. Por lo demás, el Tribunal Supremo reconoció expresamente en 1996 el derecho a la ciudadanía de los norcoreanos. Pero la realidad es más compleja. Para ejercer ese derecho, un norcoreano debe entrar en Corea del Sur por voluntad propia; no le es posible reclamarlo en la embajada de Corea del Sur en Pekín, ni en ninguno de sus consulados. Debido a la lealtad residual que mantiene hacia su aliado comunista, y para evitar que crucen la frontera millones de norcoreanos, China no permite acceder a las oficinas diplomáticas a quienes buscan asilo. Las autoridades chinas son conscientes de que el éxodo de refugiados de Alemania Oriental a través de Hungría y Checoslovaquia forzó en 1989 la apertura del Muro de Berlín y la caída del gobierno de la República Democrática Alemana. El gobierno surcoreano se conforma igualmente con mantener la afluencia de refugiados en niveles controlables. La llegada al país de un aluvión de norcoreanos supondría una enorme carga social y económica.[1] Los refugiados se valen de diversos ardides para entrar en Corea del Sur. En el caso de tener dinero o contactos, pueden conseguir pasaportes falsos y llegar al país en avión. Si no, pueden penetrar desde China en alguno de los países vecinos, como Mongolia o Vietnam que no aplican una política tan restrictiva con respecto a los refugiados. Unos pocos norcoreanos consiguen acceder a las embajadas europeas o a las dependencias de Naciones Unidas en Pekín y allí solicitan asilo. Solo una pequeña proporción de los (como mínimo) cien mil norcoreanos refugiados en China llegan a entrar en Corea del Sur. En 1998 únicamente 71 norcoreanos solicitaron la ciudadanía surcoreana; en 1999 el número aumentó a 148. De las 312 solicitudes registradas en 2000 se pasó a 583 en 2001. En 2002 fueron 1.139 los norcoreanos admitidos en Corea del Sur. Desde entonces han llegado al país entre mil y tres mil cada año.[2] Cuando aterrizó en el aeropuerto la señora Song, los funcionarios surcoreanos ya estaban acostumbrados a que aparecieran norcoreanos sin documentación. Su llegada a Incheon iba a provocar, sin duda, un frenesí de actividad, pero no una gran alarma. Nada más bajar del avión se sintió desorientada. Solo había estado una vez en un aeropuerto —esa misma mañana, cuando cogió el avión en China—, pero no podía compararse con esto. El aeropuerto de Incheon, cuya construcción había costado cinco mil quinientos millones de dólares, llevaba funcionando un año. Situado a poca distancia de la playa en la que desembarcaron en 1950 las tropas del general Douglas MacArthur, este coloso de cristal y acero es uno de los aeropuertos más grandes del mundo. En la zona de llegadas, la gente caminaba desenvuelta por un pasillo móvil. La luz del sol entraba a raudales por los paneles de cristal. Como no sabía adónde dirigirse, la señora Song decidió seguir a los otros pasajeros, manteniéndose en todo caso a una prudente distancia del hombre que la había ayudado hasta entonces en su huida. Mientras la gente hacía cola frente al mostrador de inmigración, entró en el lavabo de señoras, que le resultó tan desconcertante como el resto del aeropuerto. No sabía cómo se accionaba la cisterna. Los grifos se encendían y apagaban automáticamente sin necesidad de tocarlos. Al cabo de un rato echó una ojeada hacia fuera para ver si ya se había ido el hombre. Seguía allí, esperando para pasar por inmigración, de modo que la señora Song aún no podía salir del lavabo. Se arregló un poco el pelo y se retocó el maquillaje. Al mirarse en el espejo, su rostro le pareció el de una desconocida. La siguiente vez que se asomó fuera ya no estaba el hombre, por lo que se aventuró a salir en busca de un agente de seguridad. Unos instantes después estuvo a punto de tropezar con un tipo muy alto cuya placa identificativa se encontraba a la altura de los ojos de la señora Song. Esta inclinó profundamente la cabeza, como suele hacer uno al suplicar algo a un agente, y pronunció la frase que tenía ensayada. —Vengo de Corea del Norte y pido asilo aquí. El tipo resultó ser un empleado de la limpieza. Pareció sobresaltado. No obstante, sabía qué hacer en un caso como ese. —¿Cuántos sois? —le preguntó a la señora Song, pues sabía que los refugiados solían llegar en grupos. Ella le contestó que estaba sola. Entonces el tipo la condujo a una oficina que había junto al mostrador de inmigración. Allí se hicieron unas cuantas llamadas telefónicas, y al cabo de pocos minutos llegaron varios agentes del Servicio Nacional de Inteligencia (SNI), el equivalente de la CIA en Corea del Sur. El interrogatorio de la señora Song duró casi un mes. Fue trasladada del aeropuerto a una residencia que el servicio de inteligencia había establecido para los refugiados recién llegados al país. No le estaba permitido abandonar el recinto, pero Oak-hee pudo visitarla. El SNI tenía por función primordial asegurarse de que la señora Song no fuera una espía ni una impostora, ya que a lo largo de los años habían sido capturados varios agentes norcoreanos encubiertos cuya misión consistía en vigilar a la población de refugiados. El SNI también se encargaba de detectar a aquellos chinos coreanoparlantes que se hacían pasar por norcoreanos para obtener la ciudadanía surcoreana y beneficiarse así de las prestaciones de más de veinte mil dólares con las que el Estado ayudaba a los refugiados a establecerse en el país. La señora Song era entrevistada cada mañana por espacio de dos horas, y después tenía que escribir lo que se hubiera hablado durante la sesión. Se le pidió que precisara la ubicación de varios edificios importantes de Chongjin, como las dependencias de la seguridad del Estado y las del Partido de los Trabajadores, así como indicar los límites de los gu y los dong, los distritos en que se dividen todas las ciudades coreanas. Lo cierto es que le gustaban aquellas charlas, pues le brindaban la oportunidad de reflexionar sobre su vida. Por las tardes dormía la siesta y veía la televisión. Disfrutaba extraordinariamente con las comodidades más nimias, como la nevera surtida de pequeños envases de zumo, cada uno con su pajita: eran cortesía del SNI. Tiempo después recordaría su estancia allí como las primeras auténticas vacaciones de su vida. Más tarde comenzaría el trabajo duro. A alguien acostumbrado a ganar menos de un dólar al mes no puede resultarle fácil integrarse en la decimotercera economía del mundo. La renta anual per cápita de Corea del Sur, de aproximadamente veinte mil dólares, multiplica por catorce o quince la de Corea del Norte. Buena parte de la propaganda que se practica a ambos lados de la zona desmilitarizada está dirigida a reforzar la idea de que los norcoreanos y los surcoreanos son iguales —han nam, un solo pueblo, una sola nación—, pero la realidad es que, tras sesenta años de separación las diferencias saltan a la vista. Corea del Sur es uno de los países más desarrollados del mundo tecnológicamente. Así como la mayoría de los norcoreanos ignora la existencia de internet, en cambio Corea del Sur tiene un porcentaje de hogares con conexión de banda ancha más alto que Estados Unidos, Japón y la mayor parte de los países europeos. Corea del Norte lleva medio siglo estancada cultural y económicamente. Por lo demás, ya no se habla el mismo idioma en los dos países: hoy en día la lengua de los surcoreanos está salpicada de anglicismos. Y es innegable la disparidad física: un surcoreano medio de diecisiete años, alimentado a base de hamburguesas y batidos, es trece centímetros más alto que un norcoreano medio de la misma edad. Los norcoreanos comen y hablan como lo hacían los surcoreanos en la década de 1960. En la década de 1990, a medida que aumentaba el número de refugiados, el gobierno surcoreano fue preocupándose cada vez más por su integración efectiva en la sociedad. Los think tanks del país encomendaron a equipos de psicológos, sociólogos, historiadores y pedagogos la elaboración de un plan. A pesar de que el número de refugiados era pequeño (a finales de 2008 había 15.057 en un país de cuarenta y cuatro millones de habitantes), algún día podían llegar a ser millones, en el caso de que Corea se reunificara. “Si este grupo relativamente pequeño de refugiados norcoreanos es incapaz de adaptarse, entonces las perspectivas para la reunificación son sombrías —declaró Yoon In-jin, una socióloga surcoreana que participaba en la investigación —. En cambio, si consiguen salir adelante aquí, existe la esperanza de que lleguemos a vivir juntos. Por eso debemos esforzarnos por ayudarles, aprendiendo de sus errores”.[3] Los surcoreanos examinaron diversos modelos históricos. Estudiaron la experiencia de los colegios israelíes para judíos recién llegados de la antigua Unión Soviética y del Norte de África: aquellos que habían ejercido su derecho de regreso a Israel sin apenas conocer su lengua ni su cultura. También estudiaron los problemas con los que se enfrentaron los alemanes del Este a la hora de acomodarse a la vida en la Alemania reunificada. En 1999, se inauguró Hanawon en un campus aislado a ochenta kilómetros al sur de Seúl. A medio camino entre una universidad laboral y un centro de rehabilitación social, el centro enseña a los norcoreanos a valerse por sí mismos en Corea del Sur. Se les enseña a usar un cajero automático y a pagar una factura de la luz. Se les enseña el alfabeto latino para que puedan leer los anuncios que emplean palabras inglesas. Por lo demás, los norcoreanos tienen que desaprender buena parte de lo que se les ha enseñado antes: sobre la Guerra de Corea y sobre el papel de los estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial. Los refugiados reciben clases sobre derechos humanos y aprenden el funcionamiento de una democracia.[4][5][6] En clase todo tenía sentido, pero, fuera de los límites de Hanawon, la señora Song se sentía muy confundida. Ella y el resto de la clase hicieron una excursión de estudios para comprar ropa. Fueron a una peluquería. Estuvieron en un área de comidas, donde se ofreció dinero a cada alumno para que se comprara su propio almuerzo. Todos eligieron fideos, ya que no tenían idea de qué podían ser los otros alimentos. Las salidas del campus eran tan emocionantes como aturdidoras. Había tanto ruido, tantas luces que la deslumbraban. Su mirada viajaba rápidamente desde las pantallas animadas — algunas de seis metros de alto— que colgaban de las fachadas de los edificios hasta las vallas publicitarias, HDTV, MTV, MP3, MP4, XP, TGIF, BBQ; parecía un código imposible de descifrar. Pero sobre todo le desconcertaba la gente. Sabía que eran coreanos como ella, y sin embargo parecían pertenecer a otra raza. Las chicas llevaban falda corta y botas altas de cuero auténtico. Había muchos que llevaban el pelo teñido: chicos y chicas que lucían tintes rojos y amarillos, como los extranjeros. Llevaban tapones de plástico en las orejas y cables escondidos en los bolsillos. Lo más chocante fue ver a chicos y chicas caminando cogidos del brazo y hasta besándose en la calle. La señora Song miró a su alrededor: aquello no parecía llamar la atención a nadie más. Un día entró en una estación de metro de Seúl, donde observó a multitudes de personas subiendo y bajando por las escaleras mecánicas, caminado por los pasillos, haciendo transbordos. Se preguntó cómo sabían en qué dirección debían ir. La señora Song pasó tres meses en Hanawon. Al final de su estancia tuvo lugar una ceremonia de graduación. Recibió una ayuda de veinte mil dólares para que comenzara su vida en Corea del Sur. A partir de ese momento tenía que valerse por sí misma. Cuando la conocí en 2004, hacía dos años que la señora Song había abandonado Corea del Norte. Yo estaba por entonces entrevistando a personas procedentes de Chongjin para el diario Los Angeles Times. Quedamos en reunirnos en la redacción del periódico en Seúl. Cuando abrí la puerta vi a una mujer menuda, impecablemente vestida, y que rezumaba seguridad en sí misma. Llevaba un anillo de jade y un polo rosa remetido en unos pantalones beige planchados con esmero. Todo, desde los alegres tonos pastel de la ropa hasta el elegante peinado, hacía pensar en una mujer que llevaba las riendas de su vida. Tras su estancia en Hanawon, la señora Song consiguió un trabajo como ama de llaves. Acostumbrada como estaba a trabajar a tiempo completo en Corea del Norte, pensó que se deprimiría si permaneciera ociosa en su nueva vida. Por lo demás, decidió no vivir con Oak-hee: buscaría un piso para ella sola. De modo que alquiló un estudio en un edificio muy alto de Suwon, ciudad situada a treinta kilómetros al sur de Seúl; allí los alquileres eran más baratos que en la capital. Gracias a que trabajaba de nuevo y a que vivía de manera frugal, pronto pudo permitirse viajar, algo con lo que ni siquiera había soñado en otro tiempo. Se afilió a clubes que organizaban viajes turísticos para mujeres mayores, y así llegó a explorar todos los rincones de Corea del Sur. Hasta pudo regresar a China, esta vez como turista. Acudió a Polonia con otros refugiados norcoreanos para participar en una conferencia sobre derechos humanos. Hizo amistades. Incluso salió con algunos hombres. Le encantaba ir al mercado a probar comidas nuevas: mango, kiwi, papaya. Disfrutaba comiendo fuera de casa. No llegó a aficionarse a la pizza ni a las hamburguesas, pero le acabó gustando mucho la costumbre surcoreana de asar ternera y cerdo a la parrilla en la mesa. Cada tres meses más o menos, la señora Song y yo quedábamos para comer. Entre los testimonios en que me apoyaba para escribir artículos sobre Corea del Norte, el suyo me parecía particularmente fidedigno. No era ni mucho menos una apologista del régimen norcoreano —“¡Ese jodido cabrón!”, dijo en cierta ocasión refiriéndose a Kim Jong-il: fue la única vez en que le oí decir un taco—, pero por otro lado no estaba tan amargada como la mayoría de los refugiados que yo conocía. Y echaba de menos algunas cosas de Corea del Norte, como la camaradería entre vecinos o la atención sanitaria, que había sido gratuita hasta que el sistema se vino abajo. Sentía nostalgia de su vida de recién casada. Cuando hablaba de su marido los ojos se le empañaban y su cara redonda se suavizaba. —Me entran ganas de llorar cuando veo una comida estupenda como esta —se disculpó una noche: estábamos sentadas ante una cazuela humeante de shabu-shabu, plato hecho a base de filetes muy finos de ternera cocidos en caldo y servidos con salsa de sésamo—. No puedo evitar pensar en sus últimas palabras: “Vayamos a un buen restaurante y pidamos una botella de vino de arroz”. De su hijo era totalmente incapaz de hablar. Cada vez que yo sacaba a relucir el asunto, ella apartaba la mirada. Oak-hee me contaría más tarde que su madre no se perdonaba por haberle repudiado cuando él se enamoró de una mujer mayor, ni por no haber podido darle de comer. Pero aquello pertenecía al pasado, lugar donde la señora Song, por regla general, prefería no detenerse. Apreciaba mucho su libertad, y estaba decidida a sacar el mayor provecho de los años que le quedaban. Tenía una curiosidad inagotable. —Me siento mucho más joven ahora, y mucho más valiente —me dijo una vez. Yo le hacía preguntas sobre Corea del Norte, y ella me hacía otras tantas sobre Estados Unidos y otros países que yo conocía. Llegaba a nuestras citas rebosante de energía y entusiasmo, y en cada una lucía un vestido nuevo y alegre. Tras largos años de dedicación abnegada a los demás, ahora cuidaba de sí misma. Cuando echó algo de tripa —lo que no dejó de asombrarla, tras largos años de privaciones—, se puso a dieta. Siempre iba maquillada. Un día en que yo había cogido un tren a Suwon para acudir a una cita con ella, nos vimos a través de la abarrotada sala de espera. En cuanto estuvimos lo bastante cerca la una de la otra para poder oírnos, ella, incapaz de contener un instante más su excitación, exclamó: “Mira. ¡Me he hecho los ojos!”. Una operación de cirugía estética en los párpados le había dejado los ojos menos rasgados. Esta experiencia representaba su inmersión definitiva en la vida surcoreana: la señora Song había conseguido salir adelante. A pesar del ansia que había sentido en su día por huir de su país, Oak-hee no era tan feliz como su madre en Corea del Sur. Lo cierto es que tendía más a atormentarse que la señora Song, y no le costaba encontrar defectos a los demás y a sí misma. Sorprendía siempre ver a la madre y la hija juntas: las dos tenían la misma cara en forma de corazón y el mismo cuerpo rotundo, y sin embargo sus personalidades eran radicalmente distintas. Oak-hee vestía de negro: vaqueros negros, blusas negras brillantes, botas negras de tacón alto. Este tipo de atuendo, combinado con sus gafas de montura metálica y sus cejas depiladas, impresionaba mucho. La señora Song y su hija se mostraban cariñosas la una con la otra; solían acariciarse el pelo y abrazarse como si se acabaran de reconciliar. Sin embargo, todavía discutían sobre política. En cierta ocasión, durante una comida, un amigo mío que trabajaba en una organización de ayuda humanitaria les preguntó si creían que, en el caso de Corea del Norte, la ayuda estaba llegando a sus legítimos destinatarios. Según Oak-hee, aquella estaba siendo desviada hacia las élites militares y del Partido, y no servía más que para reforzar el poder de Kim Jong-il. —Pero si salva aunque sea unas cuantas vidas... —dijo la señora Song. La interrumpió Oak-hee: —Le estás haciendo el juego a un régimen siniestro. La señora Song apretó los labios y casi no habló durante el resto de la comida. Oak-hee muchas veces parecía sumida en la amargura. Llevaba sufriendo apuros económicos desde que llegó a Corea del Sur; en realidad ya los había sufrido en China. Alternaba con gente de los bajos fondos: chinos y coreanos que se ganaban la vida con el contrabando, la falsificación y la usura. Sin embargo, en la mayoría de los casos se dedicaban al tráfico de personas. Introducían mujeres en China clandestinamente a través del río y suministraban pasaportes robados para introducir a otras en Corea del Sur. La última vez que Oak-hee había abandonado Corea del Norte, no tenía dinero para entrar en Corea del Sur desde China. Uno de los contrabandistas accedió a facilitarle un pasaporte y un billete de avión a cambio de una tarifa de catorce mil dólares, que Oak-hee deduciría de la subvención que el Estado surcoreano concede a los refugiados. Firmaron el acuerdo con sus huellas dactilares, ya que ninguno sabía el verdadero nombre del otro. Una semana después de que Oak-hee fuera liberada de Hanawon el contrabandista la llamó al teléfono móvil que se acababa de comprar (un móvil es siempre lo primero que se compra un refugiado) Ella no entendía cómo el tipo podía haberla localizado ni cómo podía haber conseguido su número. En todo caso, insistió en que Oak-hee tenía que pagarle de inmediato. —Estoy en Seúl. Me reuniré contigo enfrente de tu casa —le dijo. A Oak-hee le entró pánico. La ayuda del gobierno era menor de lo que había pensado. Los refugiados de entre veinte y Cuarenta años no recibían tanto dinero como la gente de mayor edad, pues se les suponía capaces de trabajar. Además ya había tenido que pagar tres mil dólares de fianza por el piso en el que estaba viviendo. Accedió a encontrarse con el contrabadista frente a una comisaría de policía. Con mucho esfuerzo le convenció de que rebajara la tarifa a ocho mil dólares, que era prácticamente todo el dinero que le quedaba. Más tarde consiguió un trabajo en una funeraria. Confiaba en sanear su economía. Y así habría ocurrido, de no haber sido porque sintió de pronto una profunda añoranza de su madre. Llevaba rumiando desde un principio la idea de conseguir que la señora Song saliera de Corea del Norte y acudiese a su lado. Tras la llegada de Oak-hee a Corea del Sur, esa idea se había vuelto obsesiva. Y es que le había sorprendido el excelente trato que recibían las personas mayores en su país de acogida. En Corea del Norte, cuando eres demasiado mayor para trabajar. ya no les interesas —me dijo una vez—. Prefieren deshacerse de ti. En cambio, en Corea del Sur he visto a gente mayor cantando y bailando. Pensé en mi madre y en lo duro que había trabajado toda su vida. Pensé que se merecía vivir un poco. Sabiendo que no sería fácil convencer a la señora Song de que abandonara Corea del Norte, Oak-hee recurrió a la misma banda de contrabandistas. Juntos prepararon un plan para llevarla hasta China con engaños. Oak-hee temía que su madre acabara en un campo de trabajo si algo salía mal, por lo que insistió en que se la condujera por la ruta más segura. Las fugas de Corea del Norte se planeaban como si fuesen viajes organizados, y puede decirse que la señora Song fue en primera clase. El viaje incluyó el coche privado que la condujo desde Chongjin hasta la frontera, los sobornos que recibieron los guardias fronterizos norcoreanos para que la llevaran a cuestas a través del río, así como el pasaporte surcoreano robado. —Podría haber organizado una fuga más barata —me explicó Oak-hee—, pero quería que viajara como una VIP. Oak-hee se endeudó aún más. Se ofreció a hacer horas extra en la funeraria, pero no le bastó para cubrir los pagos pendientes. De modo que pensó en otras fórmulas para ganar dinero. Tenía treinta y ocho años, y su única experiencia profesional había consistido en animar a otros para trabajar más al servicio de Kim Jong-il. Una experiencia así no podía valorarse mucho en Corea del Sur. Probó fortuna en el negocio del karaoke. Los noraebang (término que significa literalmente “sala de canto”) están pensados para que los clientes, por lo general hombres, se relajen cantando. Estos clubes ofrecen salas privadas provistas de cadenas de sonido y monitores de vídeo, y donde se sirven bebidas y canapés. Pero la verdadera atracción está en las camareras, quienes, además de servir copas, cantan con los clientes, bailan y hasta coquetean un poco. El cometido de Oak-hee en este negocio consistía en contratar a las jóvenes, llevarlas y traerlas a los clubes, y asegurarse de que no se metieran en problemas con los clientes. Su zona de trabajo eran los alrededores de Suwon. Los clientes de los clubes eran en su mayor parte obreros de la construcción que habitaban en viviendas temporales y no tenían otra cosa que hacer por la noche. Oak-hee tenía a su cargo unas veinte mujeres, todas norcoreanas de veintipocos años que habían sido contratadas nada más salir de Hanawon. —Vienen a Corea del Sur sin ninguna clase de aptitud. Se enteran enseguida de que trabajando en un oficina o en una fábrica ganarían novecientos dólares al mes. En los bares de karaoke pueden ganar cien dólares en una noche —me explicó Oak-hee una tarde, mientras conducía la furgoneta Hyundai con la que hacía las rondas. El suelo del vehículo estaba lleno de cajetillas de cigarrillos arrugadas y cintas de cassette con salmos. Eran las cinco de la tarde: Oak-hee estaba comenzando su jornada. Salió de Suwon en medio del tráfico de la hora punta y después abandonó la autopista para tomar una carretera de dos carriles flanqueada por campos de cultivo e invernaderos. Iba deteniéndose por las aldeas del camino para recoger mujeres. Con sus sandalias de tacón de aguja, algunas de ellas parecían niñas disfrazadas de adultas. Pese a que la policía consideraba ilegal aquel negocio, Oak-hee hizo hincapié en que las chicas no eran prostitutas. —No les obligo a hacer nada. Les digo: “Lo único que tenéis que hacer es cantar y bailar y coger el dinero que os den los clientes”. El negocio era menos duro allí que en la capital. —En Seúl tienen que hacer más cosas; los hombres, con sus trajes de oficina, pagan las copas y luego esperan algo de las chicas. Los albañiles que vienen aquí son gente tosca pero ingenua. Con este trabajo Oak-hee había llegado a ganar suficiente dinero para sacar a sus dos hermanas de Corea del Norte. Aquello le había costado decenas de miles de dólares. La hermana más pequeña había llegado con su hija de cinco años; la hermana mediana, con su marido y sus dos hijos. Hoy las dos mujeres también trabajan en el negocio del karaoke. Los únicos familiares que no había conseguido sacar del país eran justamente aquellos a quienes más quería: sus hijos. Esto la atormentaba. “Sacrifiqué a mis niños para salvarme”, se recriminaba. Cuando la vi por última vez, en el verano de 2007, su hijo tenía dieciocho años y su hija dieciséis. Oak-hee no los veía desde aquella noche de 1998 en que había huido de Chongjin en camisón. Sin embargo, cada cierto tiempo les enviaba dinero mediante intermediarios que operaban en China. Estos, previo cobro de una comisión, conseguían que un contrabandista transportara el dinero a través de la frontera. Poco después de que Oak-hee abandonara Corea del Norte, se puso en marcha un servicio telefónico ilegal en las ciudades fronterizas capaces de captar señales de móviles chinos. Gracias a ello podía hablar con su marido cada pocos meses. Él viajaba a Musan, donde utilizaba un teléfono chino de contrabando, pero no le permitía hablar con los niños. Su mujer le propuso que los trajera a Corea del Sur, pero él se negó porque temía, con razón, que Oak-hee dejaría de enviar dinero una vez que tuviese a los niños. —La otra noche soñé con mis hijos —me contó en cierta ocasión—. Llevaba a mi hijo de la mano y a la niña a la espalda. Tratábamos de huir de Corea del Norte corriendo. Un tipo alto, vestido con uniforme de maquinista, caminaba hacia nosotros. No estoy segura, pero creo que era mi marido y que trataba de detenernos. Al despertar, resultó evidente que sus hijos estaban en otro mundo.[7] XIX EXTRAÑOS EN SU PATRIA Kim Hyuck en 2004. Los refugiados norcoreanos carecen justamente de los atributos más apreciados en Corea del Sur: ser alto y de piel clara, tener dinero y títulos universitarios de prestigio, vestir ropa de marca, hablar buen inglés. Esto explica la baja autoestima que se observa muy a menudo entre ellos, como le pasaba a Oak-hee. Hace cincuenta años el nivel de vida en Corea del Sur no era mucho mejor que el que hoy tienen los norcoreanos, por lo que los refugiados les recuerdan a los surcoreanos actuales un pasado que preferirían olvidar. Y además prefiguran un futuro aterrador: en la sociedad surcoreana existe, efectivamente, el temor fundado de que tras la caída del régimen de Kim Jong-il invadan el país veintitrés millones de personas necesitadas de comida y cobijo. A pesar de que la corrección política establece que todos los coreanos ansían reencontrarse con sus hermanos ausentes ("la reunificación es nuestro deseo, hasta en nuestros sueños”, cantan obedientes los escolares surcoreanos), a algunos les horroriza esa posibilidad. Los think tanks de Seúl producen sin parar informes donde se calcula el coste que comportaría la reunificación: las cifras oscilan entre los 300 mil millones y los 1,8 billones de dólares. Nacidos muchos años después del final de la Guerra de Corea, los jóvenes no muestran una actitud tan sentimental respecto a la otra mitad del pueblo coreano: prefieren ignorar la dictadura empobrecida, y sin embargo provista de armas nucleares, que existe al norte de su país. No les resulta difícil olvidarse de ella en medio de sus ajetreadas vidas: trabajan mucho (las jornadas son más largas que en ningún otro país desarrollado), se divierten mucho, conducen a toda velocidad Hyundais y escuchan sus iPods. A pesar del apoyo que les brinda el gobierno, los refugiados no pueden dejar de percibir la compasión, el miedo, la culpa y la vergüenza que les inspiran a los surcoreanos. Esta contradicción entre la actitud oficial y los sentimientos privados es uno de los motivos por los que se sienten extraños en su patria. La doctora Kim no tenía la menor intención de refugiarse en Corea del Sur. Cuando cruzó el río Tumen en 1999, su destino era China. Se proponía buscar a los parientes cuyos nombres y últimas direcciones conocidas había garabateado su padre antes de morir: pensaba que podrían ayudarla a buscar un trabajo, no importaba cuál. Comería lo suficiente para recuperar sus fuerzas y después ahorraría dinero para traer a su hijo. En todo caso tenía claro que, pasado un tiempo, regresaría a Chongjin y a su trabajo en el hospital. A pesar del hambre atroz y de sus conflictos con el Partido de los Trabajadores, aún se sentía en deuda con el país que le había dado su educación. Sin embargo, su determinación se fue esfumando durante las primeras horas que pasó en China, cuando vio aquel tazón grande de carne y arroz blanco del que iba a comer el perro. Cada día observaba algo que acrecentaba su indignación por las patrañas que le habían contado a lo largo de su vida. Todo cuanto iba sabiendo le hacía alejarse más de su patria y de las creencias que en otro tiempo había profesado con orgullo. Finalmente, se le hizo imposible regresar. Cuando abrió la verja de entrada a la alquería, el perro se puso a ladrar furioso, despertando a sus amos: una mujer mayor y su hijo adulto, ambos de etnia coreana. Supieron por su ropa congelada y su rostro demacrado que la doctora Kim era una refugiada norcoreana recién llegada al país. La invitaron a entrar y le dieron ropa seca y una comida caliente. Aquellos desconocidos habrían podido ganar cientos de dólares vendiéndola como novia —tenía treinta y cuatro años y era bastante atractiva— pero por el contrario la hospedaron en su casa durante dos semanas y la ayudaron a encontrar a sus parientes. Estos también se mostraron asombrosamente generosos: pese a no haberla visto nunca, la aceptaron de inmediato como un miembro más de la familia. Al principio no le costó mezclarse con los otros coreanos de etnia. Aprendió algo de chino. Consiguió un trabajo en un restaurante, donde preparaba paquetes de comida para obreros. Pero en el año 2000 la policía china redobló sus esfuerzos para detener a los refugiados norcoreanos. A la doctora Kim la arrestaron tres veces, y sus parientes sobornaron a funcionarios otras tantas para que la pusieran en libertad. Tras su última detención, la doctora Kim llegó a la conclusión de que era demasiado peligroso permanecer en el nordeste de China. De modo que cogió un tren a Pekín, donde trataría de encontrar trabajo. Una vez allí, y haciéndose pasar por una coreana de origen procedente de Yanbian, respondió a un anuncio que solicitaba una niñera que hablase coreano. Su empleadora era una profesora de universidad surcoreana que estaba pasando un año sabático en China con su hijo de cinco años. Le caía bien a la doctora Kim, que además apreciaba la oportunidad de vivir en un piso cómodo y ayudar a criar a un niño. Resultó ser extraordinariamente competente como niñera y criada. Cuando se aproximaba el final del año académico, la profesora le propuso seguir trabajando para la familia en Corea del Sur. Muchas familias surcoreanas pudientes contrataban a otras coreanas como niñeras. La doctora Kim pensó que no le quedaba más remedio que confesar la verdad. De modo que le contó de golpe la historia de su vida: su divorcio, la pérdida de la custodia de su hijo, el suicidio de su padre a raíz de la muerte de Kim Il-sung, los años de semiinanición, los niños moribundos que había visto en el hospital. —Oh, Dios mío. ¡Usted es médico! —exclamó la profesora. Las dos mujeres se abrazaron y lloraron juntas—. De haberlo sabido, la habría tratado de otro modo. —De haberlo usted sabido, me habría sido imposible trabajar para usted. Y la verdad es que necesitaba el trabajo. La confesión puso fin de inmediato a la carrera como niñera de la doctora Kim, pero la profesora se mantuvo fiel a su palabra. Prometió llevarla a Corea del Sur en cualquier caso. Unos meses después de su partida, la puso en contacto con un intermediario. En marzo de 2002 la doctora Kim aterrizó en el aeropuerto Incheon. La idea de empezar una nueva vida la llenaba de euforia. Pero esta emoción no duró mucho. Un hombre que había conocido en la iglesia la convenció de que invirtiera veinte mil dólares de la subvención que el Estado concedía a los refugiados en una operación de venta directa. Se trataba de vender jabón y artículos cosméticos a conocidos suyos. Durante el curso de orientación de un mes no se le había enseñado a reconocer una estafa. La propuesta de venta resultó ser un fraude piramidal, que le hizo perder toda la subvención que había recibido del Estado. Más tarde sufrió otro revés: supo que Corea del Sur no reconocía su formación médica. Si quería ejercer de médico tendría que empezar desde cero, es decir, solicitar el ingreso en la facultad de Medicina. Y tendría que pagar de su bolsillo todos los gastos de matrícula, pues ya era demasiado mayor para recibir una beca del Estado. Entonces empezó a sentirse amargada. Los siete años en la facultad de medicina y los ocho de ejercicio profesional no servían para nada. Pasaba de compadecerse a odiarse a sí misma. Y aún no la había abandonado del todo el sentimiento de culpa por haber huido de Corea del Norte. Empezó a acariciar la idea del suicidio. Cuando conocí a la doctora Kim en 2004, le pregunté si se arrepentía de haberse refugiado en Corea del Sur. —No habría venido de haber sabido lo que sé ahora —respondió. Yo no había conocido a ningún refugiado que estuviera dispuesto a admitir tal cosa. Sospecho, sin embargo, que hay otros que piensan más o menos lo mismo. Advertí que la doctora Kim aún parecía norcoreana. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y recogido con una cinta de terciopelo negro, y los labios pintados de un rojo que evocaba las películas en tecnicolor de los años 60. Me recordaba a los miembros del Partido de los Trabajadores que había visto en el centro de Pyongyang. Cuando volví a encontrarme con ella unos años después, se había reinventado por completo. Me costó reconocer a la mujer que entró en el elegante restaurante japonés de Seúl en el verano de 2007. El cabello le llegaba por los hombros. Llevaba vaqueros azules y pendientes largos con abalorios. —Me cansé de ese aspecto hortera norcoreano —me explicó. Parecía mucho más joven, casi una estudiante, y de hecho lo era. Tras varios años de disputas con el colegio de médicos de Corea del Sur se había dado por vencida: a los cuarenta años había comenzado (de nuevo) los estudios de Medicina. La carrera duraba cuatro años. Vivía en una residencia con sus compañeras de clase, que eran casi veinte años más jóvenes que ella. Los estudios, me contó, le estaban resultando difíciles, lo que no se debía a que hubiera recibido una formación deficiente en Corea del Norte, sino a que en la carrera de medicina en Corea del Sur se empleaba una terminología inglesa que ella desconocía por completo. La única lengua extranjera que había estudiado era el ruso. Con todo, tuve la impresión de que aquella experiencia la había rejuvenecido. Después de obtener el título pensaba retomar su profesión, especializándose esta vez en geriatría. Su madre, víctima del alzhéimer, había tenido una muerte muy triste. La doctora Kim tenía la ilusión de crear una residencia de ancianos, quizá hasta una cadena de residencias. Algún día, cuando hubiese caído el régimen, podría llevar a Chongjin las ideas surcoreanas sobre la atención a los ancianos. Al menos eso esperaba. Quizá fuera una quimera este proyecto, pero lo cierto es que le ayudaba a salvar la brecha entre su yo presente y su yo pasado, además de mitigar el sentimiento de culpa por haber abandonado su país. La triste realidad es que los refugiados norcoreanos tienen a menudo caracteres difíciles. A muchos les impulsó a huir no sólo el hambre, sino la incapacidad para encajar en la sociedad norcoreana. Y era frecuente que continuaran arrastrando sus limitaciones después de cruzar la frontera. Kim Hyuck ejemplifica esto mejor que nadie. Cuando llegó a Corea del Sur con diecinueve años era el mismo de siempre: pobre, bajito, sin hogar ni familia ni contactos que pudieran ayudarle a salir adelante. El 6 de julio de 2000 salió en libertad del kyohwaso nº 12. Se encontraba tan débil a causa de la desnutrición que le era imposible caminar cien metros sin pararse a descansar. Pasó un tiempo en casa de un amigo mientras meditaba sobre su siguiente paso. En un principio había pensado en volver a trabajar como contrabandista —teniendo, eso sí, más cuidado de que no lo detuvieran—, pero su estancia en el campo de trabajo había aniquilado su confianza en sí mismo. A los dieciocho años, Hyuck había perdido ya la ilusión de invulnerabilidad que permite a los adolescentes afrontar sin miedo cualquier peligro! No quería que lo volvieran a coger. No quería que lo apaleasen. Y estaba cansado de huir. En Corea del Norte no había nada que hacer, y en el caso de que se escapara a China lo acabarían capturando. Llegó a la conclusión de que solo había una posibilidad de salir a flote: huyendo a Corea del Sur. No tenía la menor idea de cómo llegar hasta allí, pero había oído hablar de misioneros cristianos que ayudaban a niños sin hogar como él. De modo que cuando cruzó por última vez el Tumen, el día de Nochebuena de 2000, tenía la intención de buscar una iglesia. Corea del Sur, el país asiático con mayor número de cristianos después de Filipinas, acostumbra a enviar misioneros por toda Asia y África y por todo Oriente Medio para predicar el evangelio y prestar ayuda humanitaria. La ardiente preocupación que muestran los misioneros por el drama de los refugiados norcoreanos contrasta con la actitud ambivalente de la mayoría de los surcoreanos. Miles de misioneros surcoreanos —acompañados a veces por misioneros coreanoamericanos— se han establecido en el nordeste de China, donde trabajan en pequeñas iglesias irregulares que han creado en sus domicilios, guardando siempre la máxima discreción para no provocar a las autoridades. Por la noche esas iglesias se distinguen por unas cruces de neón rojo que brillan en medio de la oscuridad del campo. Existen otros refugios seguros para los norcoreanos, pero solo se conocen de oídas. Dado que el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados y las principales ONGs no pueden violar abiertamente las leyes chinas que prohíben prestar cobijo a los norcoreanos, los misioneros llenan un vacío importante procurando comida y abrigo a los refugiados.[1][2] Hyuck consiguió llegar a una iglesia en Shenyang, la mayor ciudad del nordeste de China. El templo estaba al cuidado de un empresario surcorano que poseía una fábrica de muebles, y del que se rumoreaba que tenía el dinero y los contactos necesarios para ayudar a los norcoreanos a entrar de forma segura en Corea del Sur. —Quiero saber más sobre el cristianismo mintió Hyuck. Entonces tuvo que someterse a la rutina. Él y unos cuantos refugiados más se levantaban a las cinco de la mañana para rezar. Luego desayunaban, hacían ejercicio, estudiaban la Biblia, cenaban y finalmente rezaban de nuevo antes de acostarse a las nueve de la noche. Hacían lo mismo todos los días salvo los fines de semana, en que jugaban al fútbol de vez en cuando. Como muchos norcoreanos de su edad, Hyuck no había oído nunca hablar de Jesucristo. Cuando nació, las iglesias de Chongjin ya llevaban cerradas varios decenios, y la gente mayor que aún practicaba lo hacía en privado. Lo poco que sabía sobre el cristianismo provenía de los textos elementales que había leído en primaria, donde los misioneros aparecían retratados como los típicos villanos crueles y tramposos. El cristianismo seguía inspirándole recelo. Tenía la impresión de que a cambio de darle comida y techo, la iglesia surcoreana le estaba forzando a tragarse su propaganda. Por otro lado se sentía culpable por engañar a la iglesia haciéndose pasar por creyente. Sin embargo, al cabo de un tiempo empezó a experimentar, mientras musitaba las oraciones, un sentimiento de consuelo que no había conocido desde que siendo muy niño había recitado un poema sobre Kim Il-sung: entonces había sentido que tenía algo (más grande que él, Hyuck) en lo que creer. Pero esta vez, cuando decía “Uri Abogi” o, lo que es lo mismo, “Padre nuestro”, no se refería a Kim Il-sung sino a Dios, y cuando hablaba del hijo no se refería a Kim Jong-il, sino a Jesús. Llevaba cinco meses viviendo en la iglesia cuando el superior le sugirió que reanudara su vida. Además, la iglesia estaba continuamente vigilada por la policía china y los misioneros temían por la seguridad de los refugiados. Tras entregarle mil yuan (unos 125 dólares), el tipo le pidió a Hyuck que condujera a un grupo de refugiados hasta la frontera con Mongolia. Desde allí podrían intentar llegar a Corea del Sur. Si la señora Song, al viajar en avión y con pasaporte surcoreano falso, había huido en primera clase, cruzar Mongolia equivalía a ir en tercera. Sin embargo era la mejor opción para alguien que no tuviera dinero. A diferencia de las autoridades chinas, las mongolas permitían a la embajada estadounidense en la capital (Ulán Bator) acoger a refugiados norcoreanos. De hecho, cuando un norcoreano conseguía entrar en Mongolia a través de la frontera con China, la policía fronteriza de aquel país lo detenía y deportaba... a Corea del Sur. Ser detenido en Mongolia equivalía, en esencia, a conseguir un billete gratuito de avión a Seúl. Así, el país se había convertido en la estación principal de una auténtica red ferroviaria clandestina que permitía a muchos norcoreanos entrar en Corea del Sur. Hyuck y los demás refugiados cogieron un tren a Erenhot, la ciudad china más próxima a la frontera con Mongolia, un puesto de avanzada en el desierto, donde había más camellos y ovejas que personas. Eran en total seis norcoreanos incluidos dos niños, uno de tres años y el otro de diez, cuyo padre se encontraba ya en Corea del Sur. El plan consistía en reunirse en una casa refugio con otro grupo de norcoreanos que venía en un tren distinto desde Dalian. Un miembro de este otro grupo que conocía el terreno les conduciría a través de la frontera. Pero todo salió mal. A Hyuck, cuando aún estaba en el tren, le llamó al móvil una persona que, presa del pánico, le informó de que el otro grupo había sido detenido. Era demasiado tarde para volver atrás. El grupo de Hyuck no podía acudir a la casa refugio, que seguramente estaba siendo vigilada. Tenían que deshacerse de sus teléfonos móviles, ya que estos podrían permitir a la policía localizarlos. Hyuck y los otros adultos deliberaron sobre la mejor opción. Habían recibido instrucciones sobre la ruta a seguir y disponían de un mapa trazado a mano. Al final, acordaron dirigirse en cualquier caso a la frontera con Mongolia. Los refugiados permanecieron escondidos cerca de la estación de tren de Erenhot hasta las nueve de la noche, esperando a que declinara el largo día de verano para poder recorrer el camino en la oscuridad. Se les había indicado que siguieran la línea principal de ferrocarril, que se dirigía hacia el norte hasta Ulán Bator; se orientarían por las vías, pero manteniéndose a cierta distancia de ellas para no ser vistos. Al llegar a un tramo desértico de la frontera, se colarían por debajo de una valla metálica de dos metros hacia la tierra de nadie que separaba los dos países. Había ocho kilómetros de distancia entre la estación de tren de Erenhot y la primera valla fronteriza, y un kilómetro entre esta y la primera torre de vigilancia mongola, donde se entregarían a las autoridades. Habrían llegado a su destino antes del amanecer de no haber sido porque orientarse de noche en el desierto no era tan sencillo: uno solo podía guiarse por las estrellas en aquel paisaje monótono de rocas, cardos y arenales cobrizos. Los adultos discutían sobre la dirección a seguir. ¿Tenían que caminar hacia el este o hacia el oeste de las vías del tren? Eligieron la primera opción, lo que resultó ser un error fatídico. La frontera discurría en dirección nordeste y luego torcía abruptamente hacia el norte. Estaban caminado en paralelo a la frontera sin llegar a acercarse a ningún lugar donde fuera posible cruzar. No se percataron de su error hasta el amanecer. Las temperaturas del desierto de Gobi superaban ya los treinta grados. Cuando cambiaron de dirección, encontraron las vallas metálicas que señalaban la frontera y cruzaron, ya era bien entrada la tarde. El terreno agreste les había destrozado los zapatos, y los pies les sangraban. Tenían la piel quemada por el sol. No quedaba ni una gota de los seis litros de agua que llevaban al salir. Hyuck y los demás se turnaban para transportar al niño de tres años, pero cuando empezó a desfallecer el de diez solo pudieron llevarlo a rastras. Finalmente dieron con una cabaña abandonada cerca de una pequeña charca. Una de las mujeres se quedó con el niño mientras Hyuck iba corriendo a por agua. Cuando volvía oyó gritar a la mujer. El niño había muerto. La policía fronteriza de Mongolia encontró a los norcoreanos por la noche. La presencia del niño muerto complicó mucho la gestión del caso: el forense tenía que verificar que había muerto deshidratado y que no había habido violencia. Hyuck y los otros adultos permanecieron retenidos en una prisión mongola durante las diez semanas que duró la investigación. De esta forma nefasta comenzó la vida de Hyuck en el mundo libre. El 14 de septiembre de 2001 llegó a Corea del Sur en avión desde Ulán Bator. Le acompañaban otros doce refugiados. Estuvo a punto de romper a llorar cuando el funcionario de inmigración en el aeropuerto de Incheon selló el pasaporte provisional que había recibido en Mongolia y le dijo: “Bienvenido a la República de Corea”. Sin embargo, como en el caso de muchos refugiados, la euforia de Hyuck no tardó en disiparse. El interrogatorio fue más agotador de lo normal debido al tiempo que había pasado en un campo de trabajo. Y es que el gobierno surcoreano estaba cada vez más alerta ante la presencia de delicuentes entre la población de refugiados. Más tarde, cuando pensaba que iba a ser puesto en libertad, se le trasladó al campo de Hanawon, donde pasaría un mes. Hyuck no soportaba el confinamiento. En Corea del Sur su personalidad resultó un lastre tan grande como en Corea del Norte. Era muy irascible. Se revolvía contra la autoridad. No podía estar quieto. Ser bajo también constituía un hándicap en una sociedad como la surcoreana, tan obsesionada con la estatura. Tenía piernas demasiado cortas y la cabeza demasiado grande, la estructura típica de quien ha padecido desnutrición en su etapa de crecimiento. Al estar privado de comida, el cuerpo dirige sus recursos hacia el cuerpo y el torso en detrimento de las extremidades. La literatura sobre hambrunas denomina raquitismo a este síndrome. Un informe elaborado en 2003 por UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos concluía que el 42 por ciento de los niños norcoreanos habían quedado dañados para siempre de esta forma.[3] Cuando nos reunimos por primera vez en 2004, Hyuck estaba viviendo en Buyeo, ciudad de provincias situada dos horas al norte de Seúl. No conocía allí a ningún otro refugiado, nadie que pudiera ayudarle a establecerse en su nueva vida. Me contó que sus nervios no soportaban el ruido y la congestión de una ciudad grande. Estaba sin blanca tras haber perdido casi enseguida los veinte mil dólares de subvención que había recibido del Estado. Le había dado el dinero a un intermediario que le prometió localizar al hermano mayor de Hyuck. El tipo llevaba más de un año dándole largas cuando Hyuck llegó a la conclusión de que su hermano seguramente había muerto. “Mi hermano medía casi un metro ochenta. No puede haber sobrevivido”, me dijo. En efecto: una ventaja de ser bajo era que uno no necesitaba comer tanto.[4] Tuvo varios trabajos, pero no duró mucho en ninguno. Repartió helados durante un tiempo. En cuanto supo que un trabajador surcoreano de la misma empresa cobraba más que él, se marchó dando un portazo. Después hizo un curso de mécanico de coches y llegó a trabajar de aprendiz unos meses, pero aquello tampoco cuajó. Finalmente llegó a la conclusión de que su verdadero destino estaba en el boxeo profesional. Acudió a un gimnasio de boxeo en Seúl, pero fue rechazado por falta de estatura. Esto dañó su autoestima, y le hizo temer que no llegaría nunca a encontrar novia.[5] Se sentía terriblemente solo. Le costaba mucho relacionarse con la gente. Cuando un surcoreano se mostraba amable con él, Hyuck tenía la sensación de que le estaba perdonando la vida. Pese a detestar el régimen norcoreano, tendía a ponerse a la defensiva cuando alguien lo criticaba. Este fenómeno era corriente entre los refugiados. Era incapaz de captar las normas elementales de urbanidad vigentes en Corea del Sur. Los norcoreanos no tienen por costumbre entablar conversaciones triviales con desconocidos, y se quedan desconcertados cuando alguien lo hace. Cuando Hyuck abandonaba el ámbito resguardado de su apartamento, se sorprendía si un vecino le saludaba. Apartaba la mirada o fruncía el ceño en respuesta a este gesto amable. “Entonces no sabía que, cuando alguien te dice algo, se supone que tienes que contestarle. No comprendía que así es como vas desarrollando una amistad con tus vecinos. Tampoco me daba cuenta de que esa gente tal vez me podía ayudar”. Más tarde se reiría recordando la enorme torpeza social de sus primeros años en Corea del Sur. Cuando volví a verlo en 2008, Hyuck se había mudado a Seúl y matriculado en la universidad. Esperaba llegar a licenciarse en historia y administración de empresas. Tenía veintiséis años y echaba de menos una novia. Sin embargo tenía muchos amigos, entre ellos un primo suyo procedente de Musan que había huido de Corea del Norte hacía poco. El hecho de enseñar a desenvolverse en Corea del Sur a alguien que estaba más verde que él le había infundido seguridad en sí mismo. Me contó que había conocido hacía poco a un tipo que tenía una academia privada cerca de la universidad en la que se enseñaba inglés. Habían entablado conversación en la calle. En lugar de salir huyendo, Hyuck le había comentado que era un refugiado norcoreano. Entonces el tipo le había ofrecido estudiar gratis en su academia. Hyuck había conseguido salir adelante. XX REENCUENTROS Jun-sang caminando por el mercadillo de Myongdong con un ejemplar de 1984 en la mano, Seúl, 2007. La sangre impura que había condenado a Mir-ran a una vida marginal en Corea del Norte se convirtió en su atributo más valioso una vez que hubo cruzado la frontera. Sus vínculos familiares con Corea del Sur iban a resultarle de una ayuda inestimable. A diferencia de aquellos refugiados que se veían obligados a empezar desde cero en un mundo extraño, Mi-ran tenía parientes esperando para recibirla. Pese a la fría eficiencia característica de la vida contemporánea en Corea del Sur, aún prevalecen las tradiciones confucianas. En cuanto hijo único, el padre de Miran había sido el custodio de la línea familiar; tras su fallecimiento, este papel se había transmitido a sus descendientes. En 1998 la familia de Mi-ran abandonó Corea del Norte a través del río Tumen. Una vez en China, lo primero que hicieron fue telefonear a la oficina municipal de Seosan, el pueblo de la provincia de Chungcheong del Sur donde había nacido el padre de Mi-ran. Casi todos los habitantes habían abandonado el pueblo varios decenios atrás, en una época de emigración masiva a las ciudades. Por lo demás, Seosan había desaparecido físicamente casi completamente cuando se inundó la tierra con el fin de construir una presa. No obstante, el lugar de origen de un coreano es el lugar donde nació su padre, independientemente de si alguien vive todavía allí o no. La oficina municipal tenía las direcciones de las dos hermanas menores de Tae-woo, que aún estaban vivas y residían en Seúl, y se ofreció a hacerles llegar una carta. La familia le encomendó redactarla al hermano de Mi-ran, de veintitrés años, por ser el único varón, aunque fuese también el miembro más joven de la familia. La carta, muy solemne, decía: “Me dirijo a ustedes como único hijo varón de su hermano. Deseo comunicarles que este falleció el año pasado en el condado de Kyongsong, en la provincia de Hamgyong del Norte”, y añadía la dirección y el número de teléfono de la casa donde se hospedaba la familia en Yanji, una pequeña ciudad próxima a la frontera. Al cabo de unas semanas les llamó por teléfono una de las hermanas, incrédula. Llevaba casi cincuenta años sin una llamada telefónica, ni una carta, ni siquiera un rumor que le hiciera suponer que su hermano había sobrevivido a la Guerra de Corea. En 1961, ocho años después del final de la guerra, el Ministerio de Defensa de Corea del Sur lo dio por muerto en combate en 1953, a los veintiún años y sin descendencia. Por lo demás, su nombre figuraba en la placa dedicada a los caídos en la guerra que había en el Cementerio Nacional. ¿Qué forma tenían las hermanas de saber que aquello no era un engaño, un burdo intento de sacarles dinero? La hermana de Mi-ran —quien había cogido el teléfono— le contó a su tía algunas cosas que recordaba: retazos de la historia familiar, cumpleaños y apodos. Los parientes surcoreanos propusieron hacer una prueba de ADN. Mi-ran y sus hermanos aceptaron. El reencuentro familiar duró dos semanas. Las dos tías llegaron a China junto con otros parientes; eran diez personas en total. Nada más verse por primera vez comprendieron que la prueba de ADN había sido innecesaria. —Nos quedamos mirándonos. Nos asombró comprobar hasta qué punto se parecían nuestras cabezas por detrás, la forma de las manos, la manera de hablar y de andar —me contaría más tarde Mi-ran. —Las hermanas de mi padre pensaban que habían perdido su linaje, porque mi padre era el único hijo varón —recordaba el hermano de Mi-ran—. Cuando las hermanas de papá vinieron a China y yo las vi, me puse a temblar. Eran idénticas a él, a pesar de ser mujeres. No había vuelta atrás. La madre de Mi-ran quería regresar a Chongjin para estar con las dos hijas que se habían quedado allí y con sus nietos, pero la familia tenía miedo de que las autoridades norcoreanas descubrieran que, estando en China, se habían reunido con parientes que vivían en un país enemigo: esto constituía un delito capital. No tenían, por tanto, ningún lugar al que ir que no fuera Corea del Sur. Las tías de Mi-ran acudieron al consulado surcoreano en Shenyang para solicitar que se facilitara un vuelo a Seúl a sus parientes norcoreanos: era lo menos que podían hacer las autoridades por la viuda y los hijos de un veterano de guerra surcoreano que había sido retenido como prisionero durante tanto tiempo. Pero el consulado se mostró reacio. Tras tomar posesión como presidente de Corea del Sur en febrero de 1998, Kim Dae-jung, quien más tarde ganaría el premio Nobel de la Paz, implantó la llamada sunshine policy (literalmente, “política de la luz del sol”) para aliviar la tensión con Corea del Norte. Las relaciones entre Corea del Sur y China también eran delicadas. Los funcionarios temían que el facilitar a la familia de Mi-ran la entrada en el país pudiera tener consecuencias diplomáticas. Por suerte, los parientes surcoreanos eran gente de recursos. Las hermanas regentaban un pequeño hotel, y uno de sus hijos tenía una casa de baños en las afueras de Seúl. Este último hizo varios viajes en avión de China a Corea del Sur, consiguiendo falsificaciones verosímiles para sus parientes norcoreanos; en el caso de Mi-ran utilizó el pasaporte de una prima suya que tenía más o menos la misma edad, quitando su fotografía del documento y poniendo la de Mi-ran. Una de las tías “perdió” su pasaporte para que pudiera usarlo la madre de Mi-ran. Todo era ilícito (de hecho, uno de los primos pasaría más tarde un mes en la cárcel por falsificación de pasaportes), pero funcionó. Mi-ran, su hermana, su hermano y su madre llegaron sin percances a Corea del Sur en 1999.[1] Teniendo parientes que lo esperaban en Corea del Sur, a Mi-ran ya no se la consideraba una extraña, sino más bien una surcoreana que había pasado los primeros veinticinco años de su vida en otro lugar. Era suficientemente norcoreana para representar una novedad, pero no tanto como para ahuyentar a los surcoreanos. Su metro sesenta era una estatura respetable para una mujer del Sur y resultaba imponente para una del Norte. Conservaba esos pómulos salientes y esa nariz aguileña que habían impactado a Jun-sang cuando la vio en el cine. Tenía, por lo demás, el aire fascinante que las norcoreanas revisten ante los vecinos del Sur. Su atractivo físico, los lazos familiares, su elegancia e inteligencia resultaron decisivos. Fue admitida enseguida en un programa de posgrado en pedagogía. Además, poseía facilidad de palabra y era capaz de contar una historia con un lenguaje claro y eficaz; la llamaban a menudo para dar charlas y entrevistas sobre el sistema escolar norcoreano. Poco antes de que cumpliera treinta años, le presentaron a un joven de aspecto atlético que transmitía calidez con su amplia sonrisa y sus gafas redondas. Tenía un buen trabajo como empleado civil del ejército. Mi-ran y él se casaron, animados por sus respectivas familias. A finales de 2004 nació su hijo. Celebraron el primer cumpleaños del niño al modo tradicional coreano, organizando una comida para casi cien personas entre familiares y amigos en un local de catering situado en la zona este de Seúl, adornándolo con globos blancos y azules. Mi-ran, su marido y el bebé iban vestidos con el hanbok, el traje colorido que los surcoreanos reservan para celebraciones importantes. El atuendo de Mi-ran era de seda brillante, con bandas bordadas de colores rojo y negro alrededor del escote. Estaba radiante, segura de sí misma: una anfitriona de lo más encantadora. Había realizado el sueño coreano; el sueño, de hecho, que anima a muchas de las mujeres que conocí allí: un marido apuesto, un niño pequeño, un título de posgrado a la vuelta de la esquina. Su forma de vestir y de hablar hacía imposible distinguirla de una mujer surcoreana. Había perdido el acento gutural que delata a los del Norte. Ella y su marido habían comprado un piso en Suwon, una ciudad residencial para familias en pleno ascenso social que aún no pueden pagar el millón de dólares que cuesta en promedio una vivienda en Seúl. La urbanización era como un bosque formado por bloques idénticos de hormigón, que solo se distinguían de las demás por el número de la fachada. Dentro de lo común en esos complejos, no eran un mal sitio para vivir; estaba nuevo y limpio, y resultaba agradable el color crema de las fachadas. En el apartamento de Mi-ran, situado en un segundo piso, la luz del sol entraba a raudales por el ventanal del cuarto de estar. Era un piso amplio y luminoso, con una habitación para el bebé, un despacho en cuya mesa reposaba un ordenador Samsung, y una cocina comedor llena de electrodomésticos modernos. Cuando fui a visitarla, se puso a hacer la comida mientras su hijo, un niño gordito que ya empezaba a andar, veía dibujos animados en el cuarto de estar. —Si el niño hubiera nacido en Corea del Norte habría tenido que alimentarlo con leche de arroz. Añadiéndole un poco de azúcar, en el caso de tener dinero para comprarlo —me dijo. Hablamos de las vueltas que había dado su vida. Ahora trataba de compatibilizar sus estudios de posgrado con el cuidado de su familia, Sus suegros querían que fuera una esposa coreana tradicional. Criar a un hijo era caro, y le costaba mucho terminar sus tareas académicas. Además iba a clases de aerobic para perder los kilos ganados durante el embarazo. La ansiedad le estaba causando erupciones en la piel. Con todo, sus problemas no parecían muy distintos de los de otras mujeres trabajadoras que yo conocía. Mi-ran seguía siendo en el fondo la misma persona que había ocupado el escalafón inferior de la sociedad norcoreana, una mujer pobre y de sangre impura. Se había visto sometida desde niña a un adoctrinamiento minucioso, que había ido moldeando su personalidad; había sufrido luego el dolor de sentirse traicionada. Durante años había tenido miedo de decir lo que pensaba y de albergar pensamientos prohibidos. Se había endurecido lo suficiente para poder pasar de largo ante los cadáveres tendidos en la calle. Y había aprendido a comer hasta el último grano de arroz o de maíz de su almuerzo sin pararse a pensar, entristecida, en aquellos niños a los que daba clase y que pronto morirían de hambre. La atormentaba el sentimiento de culpa. Y es que la vergüenza y la culpa son los denominadores comunes de los refugiados norcoreanos. Muchos se odian a sí mismos por lo que tuvieron que hacer para sobrevivir. En el caso de Miran había motivos muy reales para el remordimiento. Habían transcurrido ya más de dos años desde nuestro primer encuentro cuando me contó lo que les había ocurrido a sus hermanas. En el verano de 2009, unos seis meses después de que llegaran a Corea del Sur sus familiares huidos, los agentes de la seguridad nacional detuvieron a las dos hermanas en sus casas casi al mismo tiempo. La mayor, Mi-hee (la belleza de la familia, la chica que se había casado con el funcionario militar y que había procurado comida a los suyos tan generosamente durante la hambruna) había llevado una vida irreprochable, al igual que su hermana Mi-sook: ambas eran leales a sus padres, maridos e hijos, y también a Kim Jong-il. Se las llevaron en mitad de la noche: exactamente la misma situación que se daba en la pesadilla recurrente de Mi-ran, solo que los hijos permanecieron en casa con los maridos, a quienes se ordenó que presentaran una demanda de divorcio. Es de suponer que las hermanas fueron conducidas a uno de los campos de trabajo para prisioneros con condenas largas. Dada la gravedad de la penuria alimentaria que vivía el país en 1999, seguramente estaban muertas. La suerte de las dos hermanas gravitaba sobre la familia, ensombreciendo todos los momentos felices. Ni siquiera fueron capaces de alegrarse cuando Mi-ran dio a luz a un niño sano, ni cuando su hermano, Sok-ju, fue admitido en una universidad australiana. Parecía injusto ser feliz. Los refugiados que llegaron unos años después pudieron enviar dinero a los parientes que permanecían en Corea del Norte. Estos no se hallaban expuestos a represalias, y de hecho vivían mejor que el norcoreano medio. Si las hermanas de Mi-ran recibieron un castigo tan brutal fue quizá porque su familia había sido una de las primeras en abandonar el país. Posiblemente su condición social inferior también tuvo que ver con ello. La madre de Mi-ran, que con su voluntad de hierro había conseguido sacar a flote a la familia durante todo el tiempo que duró la hambruna, sufrió una crisis nerviosa después de llegar a Corea del Sur. Tenía solo sesenta y dos años, pero la salud le falló. Acudió a un chamán y este le informó de que sus hijas estaban vivas, pero no consiguió más que acrecentar su ansiedad. La madre de Mi-ran recurrió a la religión. De pequeña, en el Chongjin de la época precomunista, había ido a la iglesia. Ahora redescubrió la fe de su niñez. Rezaba continuamente, pidiendo perdón por haber traicionado a sus hijas. Miran no tenía ni ese consuelo, puesto que no era creyente. El sentimiento de culpa le quitaba el sueño y la oprimía en medio de sus muchos quehaceres. Sus hermanas, pensaba, habían dado su vida para que ella pudiera conducir un Hyundai. También pensaba en el novio que había dejado atrás. Le agradecía el haberle animado a resistir el destino impuesto por su rango social inferior, y el haberle infundido confianza en sí misma como mujer y como profesora. Jamás había oído a Jun-sang criticar al régimen, y sin embargo él la había enseñado a pensar por sí misma. Gracias a ello había acabado teniendo una mente abierta y lúcida. Hablaba a menudo de él cuando nos veíamos. Supongo que le gustaba recordar su primer amor, sobre el que no podía decir una palabra a su madre ni desde luego a su marido. Cuando rememoraba cómo Jun-sang la había visto por primera vez en el cine, o cómo paseaban juntos en la oscuridad durante toda la noche, las palabras le salían a borbotones, como a una colegiala al chismorrear excitada con una amiga. —¿Te lo puedes imaginar? ¿Tardar tres años en cogerse de la mano y seis en besarse? Aquello en realidad ni siquiera fue un beso, solo un piquito en la mejilla. Comentamos en broma que los amores no correspondidos, o no consumados como en este caso, son los únicos que duran para siempre. Tuve la impresión de que, más que a Jun-sang, añoraba la inocencia de su antiguo yo. Le pregunté si sabía qué había sido de él. —Me imagino que ya estará casado. Su voz se apagó. Se encogió de hombros con fingida indiferencia. No lamentaba, me dijo, que no siguiesen juntos (pues amaba a su marido), pero sentía haber abandonado Corea del Norte sin despedirse de él. Recordó aquel último día en Chongjin, cuando creyó verlo por la calle pero no se atrevió a acercarse, temiendo irse de la lengua y desvelarle su intención de marcharse. —Él y yo tenemos un vínculo especial. Creo que algún día nos encontraremos de nuevo. Esta conversación tuvo lugar a mediados de octubre de 2005, poco antes de la primera fiesta de cumpleaños de su hijo. Tres semanas más tarde me llamó Mi-ran, muy agitada. Entonces me comunicó la noticia: —¡Él está aquí! Una semana después quedamos para tomar un café en un Starbucks de Seúl, a pocas manzanas de mi trabajo. Por la forma en que lo había descrito Mi-ran, yo había imaginado a un hombre alto y apuesto, de presencia imponente. Por el contrario, me encontré con un tipo flaco y con gafas, vestido con vaqueros. Y sin embargo había algo extraordinario en él. Tenía unos dientes de una blancura resplandeciente, como los de una estrella de cine. Sus mejillas planas y su nariz encarnada le daban un aspecto exótico, como tártaro, que me hizo pensar en Rudolf Nureyev. Cuando estuvieron listos nuestros capuccinos se levantó de un salto y fue al mostrador a recogerlos. Su cuerpo se movía con agilidad; se le notaba a gusto consigo mismo. En cambio Mi-ran estaba visiblemente nerviosa. Se había puesto una falda vaquera corta y más maquillaje que de costumbre. Cuando me disponía a comentarle a Jun-sang que parecía extrañamente cómodo teniendo en cuenta que acababa de llegar de un país donde no había cafeterías, me contó que llevaba casi un año en Corea del Sur. Había sabido (por un agente del Servicio Nacional de Inteligencia al que había conocido durante los interrogatorios) que Mi-ran estaba casada, pero había llegado a la conclusión de que lo mejor para los dos sería que él no intentara ponerse en contacto con ella. Y no era por falta de ganas. De hecho, la partida de Mi-ran le había dejado desolado, mucho más de lo que ella creía. Su huida del país había llevado a Jun-sang a dudar de su relación. Le atormentaba lo absurdo de la situación. ¿Por qué habían sido tan reservados el uno con el otro? ¿Cómo es que los dos querían huir pero ninguno se lo había contado al otro? Para colmo se sentía cobarde por no haber huido antes. Lo que le dolía en su orgullo no era que Mi-ran le hubiese dejado, sino que hubiese demostrado ser más valiente que él. —Siempre había creído que mi pensamiento estaba adelantado respecto al suyo, pero estaba equivocado —reconoció. Mi-ran le interrumpió un instante, conciliadora: —Yo también tenía dudas entonces, y desconfiaba del régimen, pero él estaba mejor informado que yo sobre el mundo exterior. Tras sonreírle invitó a Jun-sang a reanudar su relato. Después de que se marchara Mi-ran, él se enfrascó en su trabajo en el instituto de investigación. Le ofrecieron un empleo fijo y la posibilidad de ingresar en el Partido de los Trabajadores. Sus padres y hermanos le animaban: era lo máximo a lo que podía uno aspirar en Corea del Norte. Por lo demás, llevaba una vida cómoda en Pyongyang. La habitación que había alquilado era cálida. Se alimentaba bien. Y sin embargo se resistía a echar raíces. No salía con chicas de la universidad, pese a que eran buenos partidos. No asistía a las clases extra que habrían aumentado sus posibilidades de ingresar en el Partido. Todas las noches, nada más llegar a casa del trabajo, corría completamente las cortinas para ver la televisión surcoreana. En 2001 Jun-sang pidió permiso para dejar su trabajo en el instituto. Les dijo a su jefe y a sus compañeros que sus padres estaban mal de salud y que, siendo como era el hijo mayor, tenía que cuidarlos. Eso resultaba verosímil. A decir verdad, lo que quería era volver a Chongjin: allí sus acciones no estarían tan controladas como en la capital, y se encontraría mucho más cerca de la frontera con China. En Chongjin tuvo algunos empleos esporádicos. Trabajó brevemente en una residencia de ancianos cercana al lugar donde él y Mi-ran solían pasear por la noche. Para no despilfarrar el dinero pasaba las noches en casa con sus padres, aunque ello le obligara a soportar el silencio reprobatorio de su padre, quien contemplaba con decepción resignada a aquel hijo, que tanto prometía antes. Pese a haberlo preparado todo minuciosamente, Jun-sang se encontró con más obstáculos que Mi-ran. Se pasó tres años ahorrando dinero para su fuga. Jun-sang era una persona metódica; calculaba las consecuencias de todo cuanto hacía y decía. Así que planeó meticulosamente cada detalle, incluida la ropa que vestiría: una camisa cara con estampado de burbujas que su tío le había enviado desde Japón, y que resultaba demasiado estridente para Chongjin; supuso que, si la llevaba en China, nadie pensaría que era un mendigo norcoreano. Metió sus mejores pantalones japoneses y su mochila en una bolsa de plástico. Decidió cruzar en junio, cuando el río estaba más crecido. Había elegido uno de los tramos más profundos y por ello menos vigilados. El intermediario que iba a conducirlo al otro lado apareció con unas botellas de plástico vacías que servirían de flotadores. Jun-sang y la otra persona que huía del país —una mujer de cuarenta años— se desvistieron hasta quedar en ropa interior, dándose pudorosamente la espalda pese a la oscuridad total. Jun-sang envolvió su ropa en bolsas de plástico para que no se mojara. El agua le llegaba hasta la barbilla y la corriente era más fuerte de lo que había imaginado. A la mujer, que no sabía nadar, el agua le cubría todo el cuerpo. Jun-sang agarró fuerte su mano mientras luchaba contra la corriente. De pronto, sus pies desnudos tocaron arena. Trepó por la orilla, seguido por la mujer. Ya estaba en China. Al mirar atrás vio al otro lado del río la silueta dentada de las montañas norcoreanas recortándose contra el cielo. Despuntaban ya las primeras luces del alba. Jun-sang sintió una punzada de tristeza, pero no podía pararse a pensar. Se puso la ropa, empapada a pesar del plástico, y se alejó del río hacia las montañas siguiendo al intermediario. Finalmente, perdieron de vista Corea del Norte. Nunca había pensado que pudiera hacer tanto frío en junio. Tenía los pies irritados y cubiertos de ampollas. Sus zapatos estaban mojados. Cuando por fin llegaron al pueblo donde esperaban comer y descansar un poco, resultó que los lugareños veían con hostilidad a los refugiados, pues habían atrapado a un norcoreano robando unos días atrás. De modo que Jun-sang y los demás se marcharon corriendo del pueblo por temor a ser denunciados a la policía. La mujer que iba con él propuso que siguieran hasta el lugar al que ella se dirigía, un pueblo donde había vivido con un granjero chino. Mientras caminaban le contó a Jun-sang su historia. Ella y el granjero habían estado juntos varios años y tenían un hijo de un año. Unos meses atrás había sido detenida y enviada a un campo de trabajo en Corea del Norte. Ahora estaba deseosa de volver junto a su marido y su hijo. Le aseguró a Jun-sang que su marido estaría dispuesto a hospedarlo en la casa hasta que pudiera reemprender su camino. Al final no pudo refugiarse en la granja. Al verlos llegar, el marido se puso a darle patadas y bofetones a la mujer y atacó a Jun-sang con un azadón, gritando enfurecido. Al parecer había tomado a Jun-sang por un amante de su mujer. Jun-sang vagó por el campo. Estaba solo y perdido. Finalmente vio un coche tirado por un hombre y se subió de un salto mientras pronunciaba la única palabra china que le había enseñado el intermediario: shichang, es decir, mercado. Cuando llegaron a un mercadillo al aire libre se apeó del coche. Entonces vio a una mujer que vendía kimchi, Tiene que ser coreana, pensó. Le preguntó si conocía a alguien que pudiera darle trabajo. La mujer paseó rápidamente la mirada de las gafas de Jun-sang a su estridente camisa japonesa. —Tienes pinta de ser un joven que no ha trabajado de firme en su vida —le respondió desdeñosa. Sin embargo, después de tranquilizarlo un poco, le presentó a un empresario de etnia coreana que tenía una fábrica de ladrillos. El tipo le ofreció trabajo a Jun-sang. Jun-sang se pasaba el día transportando bandejas de ladrillos pesadísimos, y tan calientes que le quemaban los ojos a poco que arrimara la cabeza. Por la noche, en la residencia de los trabajadores, escribía en un bloc de notas que había comprado. Era la primera vez que escribía un diario: en Corea del Norte resultaba demasiado peligroso poner por escrito lo que uno de veras pensaba. Jun-sang hablaba allí de la época de la universidad. También componía poemas. Tras la monótona jornada en la fábrica, el diario servía para recordarle los motivos por los que había abandonado su país. Pasó dos meses en la fábrica de ladrillos, ahorrando dinero para poder cumplir su objetivo de llegar a Corea del Sur. Entonces cogió un autobús que se dirigía al sur, a la ciudad de Qingdao, que tenía una importante comunidad empresarial surcoreana, además de una oficina consular. Los consulados de Corea del Sur en China estaban estrechamente vigilados para que no pudieran acceder a ellos personas como Jun-sang. Sin embargo este pensó que, si iba bien vestido, podía convencer a quien fuera necesario. Así que invirtió el dinero que le quedaba en comprar un traje y unas gafas nuevas. Se presentó lleno de aplomo en el edificio, pasó por delante del guardia de seguridad del vestíbulo, entró en el ascensor y presionó el botón del séptimo piso, donde se encontraba el consulado. Pero resultó que los botones del séptimo y el octavo no funcionaban sin una llave. Al salir del ascensor en el sexto vio a otro guardia de seguridad y retrocedió rápidamente. Finalmente salió en el noveno piso y echó a correr escaleras abajo. Al abandonar el edificio oyó a los guardias hablar en tono apremiante por sus walkie-talkies. Tuvo suerte de salir de ahí sin que nadie lo detuviese. Se le habían agotado el dinero y las ideas. Pensó en volver a Corea del Norte, y posiblemente lo habría hecho de no haber sido porque descubrió internet. A pesar de haber sido estudiante de élite de una de las mejores universidades de Corea del Norte, no había usado nunca la red. En la universidad había ordenadores aceptables, compatibles IBM con procesadores Pentium 4, y de hecho había entrado alguna vez en la intranet norcoreana, un sistema solo para profesores que desearan consultar artículos académicos, así como una enciclopedia que había adquirido —y censurado— el régimen. En cualquier caso, Corea del Norte seguía siendo un agujero negro en lo referente a internet; era uno de los pocos países que habían decidido mantenerse desconectados. En un club informático que había en Chongjin, los niños podían jugar a juegos de ordenador, pero nada más. Jun-sang había oído hablar de internet, y estando en China su curiosidad se acrecentó. Intuía, de hecho, que la red podía resolver sus problemas. Pero ¿cómo podía entrar? Deambuló por la estación de autobuses de Qingdao, atento por si oía a alguien hablar coreano. En un momento dado abordó a un joven que resultó ser un estudiante surcoreano de intercambio. “No hay ningún problema. Te enseñaré a navegar por la red. Es muy sencillo”, le dijo a Jun-sang mientras le conducía a un cibercafé. Internet fue una revelación. El mundo se abría ante Jun-sang con cada clic. Por primera vez sintió que había hecho bien en huir a China: ahí estaba él, con un título de una de las mejores universidades del país, y siendo de hecho de los norcoreanos más competentes en informática, pero sin saber ni una palabra de internet. Metió en un buscador surcoreano las palabras derechos humanos en Corea del Norte y refugiados norcoreanos. Durante las siguientes semanas se quedó en el cibercafé hasta bien entrada la noche, comiendo fideos instantáneos y leyendo páginas web. Supo que los otros refugiados norcoreanos tenían dificultades similares a las suyas para llegar a Corea del Sur. Analizó los métodos que habían seguido, por qué algunos habían dado resultado y otros no. Se ilustró sobre las leyes surcoreanas relativas a los norcoreanos y sobre las complicaciones diplomáticas que impedían a Corea del Sur admitir a refugiados en su embajada y sus consulados en China. Estudió mapas de China, así como horarios de trenes y aviones, y se preguntó cómo saldría del país. Un día leyó acerca de un clérigo de Incheon que había escrito textos donde hablaba con gran conmiseración de la red ferroviaria clandestina que sacaba a refugiados de China a través de la frontera con Mongolia. Jun-sang, que con la ayuda del estudiante había creado una cuenta de correo electrónico, le escribió enseguida, muy excitado: “Estoy en Qingdao. ¿Puede ayudarme a entrar en Corea del Sur?”. Jun-sang siguió la misma ruta que Kim Hyuck. Otros centenares de refugiados lo habían hecho ya, y tanto los lugares de cruce como las casas refugio estaban perfectamente localizados. Su tío le envió por giro telegráfico desde Japón los dos mil quinientos dólares que iba a necesitar para el viaje. Cogió el tren a Erenhot y más tarde cruzó la frontera por su tramo desértico. En Mongolia la policía fronteriza lo entregó a la embajada surcoreana. Llegó a Corea del Sur en octubre de 2004, y se le puso inmediatamente en manos del Servicio Nacional de Inteligencia para que lo interrogara.[2] Tras los interrogatorios, le llegó a Jun-sang el turno de hacer preguntas. Una de sus primeras preguntas fue: ¿Cómo podría ponerme en contacto con Mi-ran? Sabía con seguridad que se encontraba en Corea del Sur, porque había buscado su nombre en internet cuando estaba en el cibercafé de Qingdao, y había leído una entrevista que ella había concedido. El Servicio Nacional de Inteligencia, que tenía muy controlados a los refugiados norcoreanos, dispondría sin duda de información sobre ella. El agente del SNI vaciló. El reglamento prohibía facilitar a los refugiados información sobre otros refugiados por temor a que alguno resultara ser un espía norcoreano. —Eso no se lo podemos revelar a nadie más que a los parientes cercanos. Lo siento. —Ella fue mi novia, mi primer amor —suplicó Jun-sang. El agente, conmovido, accedió a hacer averiguaciones. Al día siguiente le dijo a Jun-sang que iba a darle su número de teléfono, pero que se sentía obligado a comunicarle que estaba casada. El chico se quedó estupefacto. Tiempo después reconocería, mirando hacia atrás, que había sido ridículo por su parte dar por sentado que estaba soltera; suponer además que ella estaba esperándole era ya el colmo de la presunción. Mi-ran tenía entonces treinta y un años. Llevaban más de seis sin ninguna clase de contacto. —A mí entonces, francamente, ni se me pasaba por la cabeza que pudiera estar casada — recordaría Jun-sang. Trató de consolarse. Le vino a la memoria un poema del autor búlgaro del siglo XIX Sándor Petofi que había recitado mientras cruzaba el río Tumen: ¡Libertad, amor! Ambos me hacen falta. Por el amor sacrifico La vida, Por la libertad sacrifico Mi amor.[3] El poema le había conmovido cuando lo leyó en Pyongyang mucho tiempo atrás, y se lo había aprendido de memoria. Había sacrificado, pensó, su amor por Mi-ran para permanecer en Pyongyang. Su novia no había sido nunca lo más importante para él. Y había venido a Corea del Norte para ser libre y solo para eso. Durante los meses siguientes cumplió con los mismos ritos de paso que los demás refugiados. Terminó el curso de orientación, consiguió un piso y un teléfono móvil y vagó perplejo por las calles y los mercados, tratando de no sentirse apabullado. Solo tenía unos pocos amigos, y a veces lamentaba no saber cómo localizar a Mi-ran. Al enterarse de que estaba casada le había dicho al agente que no quería su número de teléfono. —Más vale dejarla en paz. Está casada —se dijo. Una noche acudió al piso de una persona que había conocido en Hanawon. Iba a reunirse allí con un grupo de refugiados que quedaban de vez en cuando para beber cerveza. Entre ellos había un joven meditabundo a quien reconoció de inmediato como el hermano pequeño de Mi-ran, a quien le daba caramelos para intentar congraciarse con él. Sok-ju era un crío en aquel tiempo, por lo que ahora no reconoció a Jun-sang. Entablaron conversación aquella noche, y volvieron a verse y a hablar más veces. Al cabo de un tiempo Sok-ju se volvió suspicaz. —¿Cómo es que sabes tantas cosas sobre mí y sobre mi familia? —le preguntó. Pero, antes de que pudiera contestar Jun-sang, se dio una palmada en la rodilla y se respondió a sí mismo. —Ah, sí, tú eres aquel tipo que rondaba a mi hermana... Una semana después, Jun-sang caminaba de arriba abajo frente a una fila de rascacielos, todos ellos idénticos. Él y Mi-ran habían quedado en una estación de metro de la zona este de Seúl. Una vez que Sok-ju había comprendido quién era Jun-sang, a este no le quedaba más remedio que llamarla. En cuanto Mi-ran se dio cuenta de quién estaba al otro lado del teléfono, él percibió el enfado en su voz. ─¿Cómo es que no me has llamado antes? —dijo ella—. Podríamos haberte ayudado. Jun-sang se sintió estúpido. Llevaba casi un año en Corea del Sur, y durante todo ese tiempo había estado solo y perdido, peleando desesperadamente con la vida. Le habría venido bien una amiga, una vieja amiga que le conociera bien y que comprendiera de dónde venía. Pese a sentirse agraviado —ella le había dejado sin previo aviso—, acabó disculpándose. Ahora no paraba de mirar la hora en su teléfono móvil (no conocía a nadie que llevase reloj). Se preguntó si no habría cogido una línea de metro equivocada. O tal vez se había equivocado de salida, pensó. Todavía le desconcertaban las muchas líneas de metro que salían del centro de Seúl, una zona que se encontraba, por lo demás, en continua expansión. También le confundían las estaciones, a cual más grande, con sus interminables pasillos de baldosas y sus múltiples salidas, tan difíciles de distinguir. La estación en la que se encontraba ahora estaba situada en un barrio de apartamentos muy reciente, y donde Mi-ran le había dicho que vivía su madre. Jun-sang recorrió la acera con la mirada para ver si reconocía a alguien entre la multitud que venía hacia él. Era un día soleado... Las aceras estaban llenas de gente, sobre todo mujeres, ya que era un día laborable y la mayor parte de las norcoreanas no trabajan después de tener hijos. Jun-sang se puso a observarlas: vestían vaqueros ajustados y cotorreaban por sus teléfonos móviles, de los que solían colgar muñecos lanudos. Algunas empujaban cochecitos de niño muy elaborados, que debían de costar tanto como una bicicleta. Los cochecitos eran prácticamente desconocidos en Corea del Norte; a los niños que no sabían andar se los ataba uno a la espalda con una faja. Jun-sang se preguntó si Mi-ran no sería como una de esas madres jóvenes tan privilegiadas. En un breve momento de pánico, se dijo que tal vez había pasado por delante de él sin reconocerlo. Entonces oyó que alguien le llamaba y se dio la vuelta sobresaltado. —¿Llevas mucho rato esperando? —dijo Mi-ran mientras bajaba la ventanilla del coche. Jun-sang todavía era sensible a la imaginería hollywoodiense. Llevaba años imaginando cómo sería su reencuentro, y seguía aferrado a la escena en la que dos amantes corren el uno hacia el otro por un andén envuelto en la niebla. Se había representado toda clase de situaciones, pero ninguna incluía un coche, y desde luego no un coche conducido por ella. Tras detener el vehículo en el carril de autobús, Mi-ran se inclinó hacia delante para abrir la puerta del pasajero mientras le hacía señas para que se subiera. Se puso a hablar deprisa, disculpándose por el retraso; había mucho tráfico, no encontraba sitio para aparcar. Mantenía la vista fija en la carretera; Jun-sang, en cambio, la observaba de reojo. Ella conservaba los mismos rasgos; parecía mentira que hubiese llegado a temer no reconocerla. Sin embargo no era quizá tan luminosa como la recordaba; posiblemente la añoranza había hecho que su imaginación exagerara la belleza de Mi-ran. Por lo demás, la piel de esta revelaba el esfuerzo de cuidar a un niño de un año; le habían salido en la barbilla unas cuantas espinillas que el maquillaje apenas ocultaba. Junsang distinguió en ella a una ajumma. Mi-ran vestía una falda con volantes de color albaricoque y una blusa holgada de manga corta. Su atuendo era tan complicado como su vida: la sencillez de la juventud había desaparecido mucho tiempo atrás. Qué serena estás —dijo él, rompiendo el silencio. —No creas; estoy nerviosa por dentro —respondió ella. Fueron a un restaurante tranquilo en las afueras de la ciudad. Empezaron preguntándose educadamente el uno al otro por sus respectivas familias, pero no había ninguna historia que no acabara en desgracia. Jun-sang no se atrevía a preguntarle por sus hermanas: había oído decir que se las habían llevado. Y Mi-ran no podía preguntarle a él por sus padres, a quienes posiblemente no volvería a ver en su vida. Pasaron enseguida a hablar de la marcha repentina de Mi-ran. A medida que avanzaba la conversación, él sentía cómo iba creciendo su indignación. —Podrías haber intentado darme alguna pista —le dijo a ella. Mi-ran objetó que ella misma no había estado segura entonces de que aquello fuera una huida: quizá solo estaban viajando a China para ver a unos parientes. Jun-sang se sintió mejor al escuchar estas explicaciones, a pesar de no creérselas del todo. Mi-ran supo que él no estaba en Chongjin en octubre de 1998, cuando ella abandonó el país: aquella visión momentánea de Jun-sang al otro lado de la calle había sido fruto de su imaginación. —Si tenías intención de venir a Corea del Sur, ¿por qué no lo hiciste antes? —le preguntó. Jun-sang no supo qué contestar. En este momento de la conversación Mi-ran estaba llorando. No había dudas sobre lo que había querido decir. Ella ya se había casado y tenía un hijo: era demasiado tarde. La emoción del reencuentro fue extinguiéndose con el transcurso de los meses. Cuando hablaba con ellos, cada uno parecía irritado con el otro. Jun-sang se quejaba malhumorado de que Miran no era tan guapa como antes. Mi-ran le había prometido presentarle a algunas chicas, pero nunca lo hizo. No se comunicaban más que por correo electrónico y mensajes de texto. La satisfacción instantánea que procuraba la comunicación moderna destruyó parte de la magia que existía entre ellos: la suya era una relación que solo podía afianzarse en las condiciones materiales adversas que se daban en Corea del Norte. Los sentimientos parecían por algún motivo más intensos cuando uno los expresaba en trozos de papel que luego viajaban lentamente hacia su destinatario en trenes faltos de combustible. —Ahora que puedo llamarle por teléfono cuando quiera o enviarle un mensaje de texto, ya no me interesa tanto reconoció Mi-ran—. Me cuesta entender por qué pasé tantos años obsesionada por ese chico. La inversión de sus rangos sociales perjudicó igualmente a su relación. En Corea del Norte Jun-sang había estado mejor situado socialmente que ella: era él quien tenía el dinero, los jerseys japoneses; era él quien había podido estudiar la carrera en Pyongyang. Ahora se veía obligado a empezar desde cero, sin dinero ni contactos. Su educación norcoreana no valía de nada en Corea del Sur. Sus conocimientos científicos y tecnológicos se habían quedado obsoletos. No tenía buenas perspectivas profesionales a corto plazo, y solo desempeñaba trabajos esporádicos, como repartir comida en motocicleta. Durante uno de sus recorridos lo derribó un taxi. Se levantó de la calzada, y al comprobar que ni él ni la moto habían sufrido daños, reanudó la marcha. Cuando regresó al restaurante y le contó a su jefe lo sucedido, este se echó a reír a carcajadas. Si no fueras tan pipiolo, le dijo, habrías hecho que el taxista te pagara algo de dinero a cambio de resolver el asunto. Jun-sang no le dio importancia a aquel incidente. Evitaba ofenderse por las pequeñas pullas que le lanzaban los surcoreanos. Tenía una confianza profunda en sí mismo: jamás se compadecía ni se mostraba arrepentido de haber abandonado Corea del Norte, aunque sí le inquietaba la posibilidad de no volver a ver sus padres. Por lo demás, encontraba un placer extraordinario en las más pequeñas libertades asociadas a su nueva vida. Así, llevaba ropa vaquera justamente porque no había podido hacerlo en Corea del Norte. Se dejó crecer el pelo hasta los hombros (“Siempre había soñado con dejarme el pelo largo. Pensé que tenía que hacerlo antes de cumplir los cuarenta; si lo haces después tienes pinta de fracasado”, me dijo en cierta ocasión.) Y leía de manera voraz. En Corea del Norte había adquirido cierta formación humanística, pero aun así tenía lagunas. Yo le daba libros a menudo. Su preferido era una traducción de 1984. A Jun-sang le admiraba que George Orwell hubiese comprendido tan bien —aun sin haberlo vivido— la clase de totalitarismo que padecía Corea del Norte. La última vez que lo vi habíamos quedado en encontrarnos en Lotte World, un enorme complejo de tiendas y entretenimiento en la zona sur de Seúl. Era un domingo por la tarde, y faltaba muy poco para el comienzo del Año Nuevo Lunar. El lugar estaba atestado de gente. Nos abrimos paso entre la multitud, buscando un lugar donde charlar. Finalmente dimos con un par de asientos en uno de esos bares de sushi con barra giratoria que entonces hacían furor en Corea del Sur. Mientras nos servíamos sushi de la cinta móvil, Jun-sang me contó que había vuelto a la universidad con vistas a obtener un permiso para ejercer de farmacéutico. Durante las vacaciones académicas se dedicaba a instalar sistemas de ventilación en una obra. Parecían elecciones extrañas en alguien con una formación como la suya. Sospeché que estaría haciendo algo distinto la siguiente vez que nos viéramos. A los refugiados norcoreanos les cuesta a menudo salir adelante. Para alguien que ha huido de un país totalitario no es fácil adaptarse al mundo libre. Los refugiados tienen que redescubrir quiénes son en un mundo que ofrece posibilidades ilimitadas. Elegir dónde vivir, qué hacer, hasta qué ropa ponerse por la mañana ya es bastante difícil para alguien que está acostumbrado a no tomar decisiones. Y quienes han tenido que aceptar durante toda su vida que el Estado decida por ellos pueden llegar a sentirse paralizados. A los refugiados también les atormenta el hecho de que se prolongue indefinidamente una situación que desean transitoria. Muchos de ellos quieren regresar a Corea del Norte. La mayoría huyeron convencidos de que el régimen de Kim Jong-il estaba a punto de caer y de que al cabo de unos años podrían volver a un país libre. Entonces era razonable pensar así: a mediados de la década de 1990, tras la muerte de Kim Jong-il y la disolución de la Unión Soviética, era, en efecto, una opinión muy común en las cancillerías que el sistema iba a desplomarse de forma inminente. A todos los que hoy visitan Pyongyang, y hacen fotos de los imponentes monumentos, de los soldados marchando al paso de la oca y de los carteles kitsch de propaganda comunista, les asombra que un país así haya podido sobrevivir hasta el siglo XXI. “Visítalo mientras dure” es la frase con la que cierta agencia de viajes anuncia sus recorridos turísticos por Corea del Norte. Si la persistencia del régimen suscita la curiosidad del resto del mundo, resulta en cambio una tragedia para los norcoreanos, incluidos aquellos que han conseguido huir. Es muy improbable que Jun-sang vuelva a ver sus padres a menos que el régimen caiga mientras viven. En cuanto a las hermanas de Mi-ran, en el mejor de los casos sobrevivirán hasta el día en que se abran las puertas de los campos de trabajo y sean liberados los presos políticos con condenas largas. Aquí dejo el relato. Corea del Norte es hoy el último bastión del comunismo puro que queda en el mundo. La señora Song acaba de jubilarse. Oak-hee sigue trabajando en el negocio del karaoke en Suwon. La doctora Kim está en el último año de la carrera de medicina y Jun-sang en el primer año de la de farmacia. En diciembre de 2007 Mi-ran dio a luz a su segundo hijo, una niña. Se me disculpará por dejar inconcluso el relato, porque las personas que lo protagonizan, como la propia Corea, son una obra en marcha. EPÍLOGO LA ESPERA Una parada de autobús en la avenida principal de Chongjin, 2008. Durante los cinco años que pasé en Seúl como corresponsal del diario Los Angeles Times, asistí a muchas cenas con colegas, así como con diplomáticos y profesores de universidad. Las conversaciones siempre acababan derivando hacia Corea del Norte, lo que daba pie a los comensales para especular sobre cuándo caería el régimen de Kim Jong-il. La longevidad de esta dictadura es hasta cierto punto un misterio para quienes se dedican profesionalmente al estudio de la realidad norcoreana. En la década de 1990 casi todos coincidían en que su caída era inminente. (“El derrumbe próximo de Corea del Norte” fue el título de un ensayo de opinión publicado en junio de 1990 por el reputado experto en Corea del Norte Nicholas Eberstadt). Contra todo pronóstico, Corea del Norte sobrevivió a la caída del Muro de Berlín, a la desintegración de la Unión Soviética, a las reformas capitalistas introducidas en China, a la desaparición de Kim Il-sung, a la hambruna de la década de 1990 y a los dos mandatos de George W. Bush. Es bien sabido que este incluyó a Corea del Norte en su “eje del mal” junto con Irán e Irak, y llegó a insinuar que acabaría con Kim Jong-il como lo hizo con Sadam Huseín. Sin embargo, en 2009 Bush ya no gobierna en Estados Unidos, mientras que Kim Jong-il sigue en el poder (aunque está mal de salud).[1] El líder norcoreano es el último de los dictadores del siglo XX: un anacronismo vivo. Gobierna su país como si aún viviera en plena Guerra Fría, generando propaganda de manera ininterrumpida, prohibiendo la entrada en el país a la mayoría de los extranjeros y amenazando con armas nucleares y misiles a sus enemigos, reales o imaginarios. El 25 de mayo de 2009, Corea del Norte llevó a cabo su primer ensayo nuclear al detonar una bomba de varios kilotones —según estimaciones de los servicios de inteligencia estadounidenses— en un lugar subterráneo de la provincia de Hamgyong del Norte, ochenta kilómetros al sudoeste de Chongjin. En el momento en que escribo esto, los esfuerzos diplomáticos desarrollados a lo largo de los últimos dieciséis años por sucesivas administraciones estadounidenses no han producido ningún acuerdo en virtud del cual Corea del Norte se comprometa a renunciar a sus programas armamentísticos a cambio del reconocimiento diplomático por parte de Estados Unidos y de una solución duradera del conflicto coreano. Apenas unas semanas después del ensayo nuclear, la actitud desafiante del régimen quedó patente con la condena a doce años de trabajos forzados de dos periodistas norteamericanas que habían sido capturadas mientras hacían su trabajo demasiado cerca de la frontera que marca el río Tumen. Fueron finalmente indultadas gracias a la intervención personal del ex presidente Bill Clinton, quien viajó a Pyongyang en agosto para conseguir su liberación. A los sesenta y siete años, Kim Jong-il tiene el pelo encanecido y el rostro demacrado. En el verano de 2008 trascendió que había tenido un infarto, y en las fotografías recientes aparece con un brazo colgando muerto, como si sufriera una parálisis parcial. Pese a las dolencias del líder, no se puede concluir en modo alguno que el final esté próximo ni que la muerte de Kim signifique la caída del régimen. En el transcurso de una reunión de la Asamblea, del Pueblo, Jang Song-taek, cuñado de Kim Jong-il, fue nombrado vicepresidente de la Comisión Nacional de Defensa. Esta decisión fue interpretada por muchos como señal de que Jang podría convertirse en líder nominal de Corea del Norte en el caso de que falleciera Kim, o quizá desempeñar tan solo las funciones de regente hasta que el hijo menor de este ultimo, Kim Jong-un, que tiene actualmente veintiséis años, sea lo bastante mayor para asumir el poder. Los expertos en Corea del Norte discuten largamente sobre si la situación interna del país va a mejor o a peor o si sigue igual. Como otras personas que visitan Pyongyang de forma esporádica, me resisto a emitir al respecto juicios basados en mis observaciones, puesto que las autoridades ponen un empeño extraordinario en amañar lo que los extranjeros ven de su país. Los dos viajes que hice a Corea del Norte en 2008 y mis dos visitas a la frontera en 2009 me suscitaron impresiones encontradas. En Pyongyang me sorprendió ver media docena de edificios en construcción y algunos otros que estaban siendo rehabilitados. Las sierras mecánicas y las taladradoras atronaban el aire. La situación que observé allí no podía desde luego compararse con la de otras capitales asiáticas en las que el paisaje urbano es objeto de reinvención continua, pero en todo caso resultaba extraordinaria tratándose de Pyongyang, cuyo estancamiento es tal que da la impresión de haber quedado atrapada en una cápsula del tiempo en la década de 1960. Exceptuando unos cuantos monumentos erigidos en honor de los líderes del país, no se ha construido nada nuevo en Pyongyang en varios decenios. Actualmente se están edificando diez mil viviendas nuevas con el objetivo, según me explicaron mis guías norcoreanos, de terminarlas antes de 2012, fecha en que se celebra el centenario de Kim Il-sung. Los observadores de Corea del Norte creen que parte de la financiación de las obras procede de Oriente Medio. La mole destartalada del Hotel Ryugyong, el famoso edificio de ciento cinco pisos con forma de pirámide, está siendo remozada como parte de un contrato de cuatrocientos millones de dólares con el grupo egipcio Orascom, que igualmente implantó una red de telefonía móvil en 2004.[2][3] ¿Qué otros indicios de progreso pude apreciar? En el sótano de los grandes almacenes Rakwon, que se encuentran prácticamente reservados para los diplomáticos extranjeros y la clase dirigente del país, había un supermercado muy bien surtido de ternera australiana congelada y cereales de desayuno procedentes de Estados Unidos. Por lo demás, la gente que vi en la calle vestía mejor y de manera más alegre que en mis anteriores visitas a Pyongyang. Mi último viaje a la capital fue durante una semana calurosa de septiembre, y vi a varias mujeres calzadas con sandalias ajustadas de tacón. También vi por primera vez a una mujer de mediana edad con sobrepeso. Estaba lejos, sin duda, de lo que en Estados Unidos se entendería por obesidad, pero aun así resultaba tan chocante en Pyongyang que saqué mi cámara y traté de hacerle una foto antes de que doblara una esquina. Se dice a menudo que Pyongyang es un pueblo Potemkin, un artificio minuciosamente elaborado para encandilar a los extranjeros. Nos topamos en todas partes con personas sospechosamente bien vestidas y que se encuentran en situaciones inverosímiles; así, por ejemplo, mujeres jóvenes con trajes tradicionales, las mejillas cubiertas de colorete brillante, sentadas en bancos de hormigón bajo la estatua principal de Kim Il-sung, fingiendo leer libros. Uno tarda un buen rato en percibir lo anómalo de la escena. La última vez que estuve en Pyongyang vi a un grupo de soldados enfundados en uniformes muy pulcros acercándose a la estatua con ramos de flores en las manos. Cuando se inclinaron en señal de reverencia, los pantalones se les levantaron lo suficiente para revelar que no llevaban calcetines. Casi nunca los hay para los soldados. Cuando la Orquesta Filármonica de Nueva York estuvo en Pyongyang el año pasado, se iluminó la capital como si fuera Navidad: gigantescos reflectores inundaban de luz la plaza Kim Il-sung, y las calles principales estaban adornadas con guirnaldas de luces blancas. El grupo, formado por más de trescientas personas entre músicos y periodistas, se alojó en el Hotel Yanggakdo (apodado a menudo “Alcatraz” porque su emplazamiento en una isla sobre el río impide a los turistas apartarse del camino marcado por las autoridades). El hotel había sido equipado para la ocasión con acceso a internet de banda ancha, de modo que los periodistas pudieran enviar sus crónicas del concierto. Cuando llegamos, la calefacción estaba tan fuerte en las habitaciones que muchos de nosotros nos quedamos en camiseta. En todas las comidas se nos agasajaba en exceso. La cena fue un verdadero banquete: salmón, cangrejo gratinado, cordero, faisán en rodajas y pasteles de chocolate estilo vienés. La mesa del buffet de desayuno estaba adornada con esculturas de hielo y melones tallados, y ofrecía un generoso surtido de alimentos. Aquello era un espectáculo extraordinario. Hasta los periodistas más escépticos tuvieron la impresión de que Corea del Norte estaba recuperándose progresivamente de la Ardua Marcha de los años 90. Se nos engañó, naturalmente. Lo que vimos fue un breve intervalo de luz en la vida de un país lóbrego e ineficiente. Nada más marcharnos despareció la conexión a internet. Las luces se apagaron. Una semana después del concierto hablé por teléfono con el representante en Pyongyang del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, Jean-Pierre de Margerie. “En cuanto os fuisteis esto volvió a quedarse totalmente a oscuras”, me contó. El Programa Mundial de Alimentos, que de las diversas agencias de ayuda humanitaria es la que tiene mayor presencia en Corea del Norte, ofrece una visión desoladora de la situación económica. Un estudio de doscientos cincuenta hogares norcoreanos llevado a cabo en el verano de 2008 reveló que las dos terceras partes seguían complementando su dieta con hierbas que recogían en el campo. La mayoría de los adultos no almorzaban por falta de alimentos. Cuando se les preguntó dónde iban a conseguir su siguiente comida, los entrevistados dijeron no saberlo u ofrecieron respuestas vagas. —Confío en que unos parientes míos que viven en una granja cooperativa me entreguen esta noche unas cuantas patatas —contestó uno de los entrevistados, según De Margerie. Algunos de ellos lloraron en el transcurso de la entrevista.[4] Aunque no creen que vuelva a producirse una hambruna como la de la década de 1990, las agencias de Naciones Unidas denuncian que la población lleva años sufriendo desnutrición. “Los profesores afirman que los niños padecen déficit de energía y un grave retraso social y cognitivo. Los trabajadores son incapaces de cumplir una jornada entera y cada vez tardan más en terminar sus tareas”, decía un informe elaborado el verano pasado por un conjunto de agencias norteamericanas de ayuda. Varios empleados de hospitales informaron a las agencias de que estaban aumentando entre un veinte y un cuarenta por ciento los trastornos digestivos provocados por la nutrición deficiente. En cuanto uno abandona Pyongyang aparece la verdadera Corea del Norte, aunque solo sea posible vislumbrarla a través de la ventanilla de un autobús o de un coche que va a toda velocidad. Ni siquiera los funcionarios de ayuda humanitaria están autorizados a ir al campo a no ser que los acompañe un guía. Cuando recorrí Nampo (la ciudad de la costa oeste donde Mi-ran vio por primera vez un cadáver) en septiembre de 2008, pude observar a personas que parecían sin hogar durmiendo sobre el césped, a lo largo de la avenida principal. Había otras sentadas en cuclillas y con la cabeza baja: no tenían, al parecer, otra cosa que hacer a las diez de la mañana en un día entre semana. Vi caminar descalzo por la acera a un niño de unos nueve años que llevaba un uniforme manchado de barro. Era la primera vez que veía a una de las llamadas golondrinas errantes (kochebi). A lo largo del viaje de cuarenta kilómetros entre Pyongyang y Nampo pude comprobar hasta qué punto la población sana estaba movilizándose para conseguir comida. Vi a empleadas de oficina de mediana edad dirigiéndose al campo con un bolso y una pala al hombro. Al lado de la carretera había personas mayores que buscaban a gatas algún hierbajo comestible. En el campo flotaba el hedor de los excrementos humanos que siguen utilizándose a falta de fertilizantes químicos. Las donaciones de fertilizantes por parte de Corea del Sur disminuyeron en picado el año pasado a causa de las tensiones políticas. Por lo demás, se veían pocos vehículos de motor en el campo. Los camiones que despedían humo parecían haber sido adaptados para quemar madera y mazorcas de maíz en lugar de gasolina. La gente caminaba encorvada, con sacos enormes cargados en la espalda, a lo largo de vías de tren oxidadas. Era obvio que estas llevaban años sin utilizarse. Aun en las épocas más favorables, Corea del Norte solo es capaz de producir alrededor del sesenta por ciento de la comida necesaria para alimentar a la población, y actualmente no tiene dinero para importar el resto. La penuria alimentaria se va agravando cuanto mayor es la distancia respecto a Pyongyang. El estudio elaborado conjuntamente el año pasado por el Programa Mundial de Alimentos y la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación señalaba a Hamgyong del Norte como la provincia más vulnerable a la escasez. La economía norcoreana continúa estancada. La inversión surcoreana en el país ha descendido desde que el conservador Lee Myung-bak fue elegido presidente de Corea del Sur en diciembre de 2007. Las rutas turísticas a la región que rodea el monte Kumgang, justo al norte de la zona desmilitarizada, constituía una de las principales fuentes de divisas para Corea del Norte; sin embargo quedaron suspendidas durante más de un año después de que un turista surcoreano fuera abatido accidentalmente en el verano de 2008. Las tensas relaciones entre las dos Coreas amenazan igualmente la continuidad de un proyecto prometedor que se desarrolla al norte de la frontera, a saber, el parque industrial Kaesong, donde las fábricas surcoreanas emplean a más de treinta y ocho mil trabajadores norcoreanos. La postura beligerante de Pyongyang es inseparable de su inflexibilidad en materia económica. Hoy, transcurridos ya varios decenios desde que los demás países del bloque comunista capitularon ante el capitalismo, Kim Jong-il intenta gestionar la economía como lo hacía su padre en la década de 1950. Lo cierto es que ha hecho dar a su país un gran salto hacia atrás al revocar las reformas liberalizadoras de la pasada década. Los mercados que entonces ofrecían a los norcoreanos frutas importadas y camisetas alegres están hoy sometidos a una presión continua por parte del Partido de los Trabajadores, y algunos temen que vayan a cerrarse del todo. Se han restringido los horarios: en gran parte del país solo se permite la apertura de los mercados desde las dos hasta las seis de la tarde. Las autoridades han prohibido ejercer como vendedores a todos los ciudadanos a excepción de las mujeres mayores de cincuenta años; todos los hombres, así como las mujeres más jóvenes, deben acudir a sus trabajos oficiales en empresas controladas por el Estado. Se imponen, por lo demás, restricciones cada vez mayores a los artículos. Está prohibida la venta de arroz, maíz y soja por temor a que los compradores transporten más tarde estos alimentos a China y los revendan al enemigo surcoreano. Un cuerpo especial de la policía recorre los mercados confiscando los artículos prohibidos. —Nuestro General quiere traer un sistema socialista como el que existía antes —me dijo un comerciante llamado Kim Young-chul. Él fue uno de los habitantes de la provincia de Hamgyong del Norte a los que entrevisté cerca de la frontera en junio de 2009. El gobierno norcoreano había lanzado, según me contó, una campaña en contra de todos los productos fabricados en China. Como consecuencia de ello los mercados habían quedado prácticamente desabastecidos de cosméticos, dulces, galletas y medicamentos. —Se supone que tenemos que comprar productos norcoreanos en lugar de chinos, pero el problema es que Corea del Norte no fabrica nada; todo viene de China, así que no hay nada que comprar —me dijo. Una mujer de cincuenta y pico años llamada Lee Myong-hee se quejaba de que las restricciones impuestas por las autoridades estaban estrangulando la economía. —Si no nos dan comida ni ropa y encima no nos permiten comprar cosas, ¿cómo vamos a sobrevivir? —quiso saber. Esta mujer procedía de Kilchu, la ciudad más próxima al lugar donde se había realizado el ensayo nuclear. Había abandonado Corea del Norte cinco días antes del ensayo. Estaba angustiada por las posibles fugas radiactivas, las inminentes sanciones de Naciones Unidas y la situación de la economía. —¿Por qué despilfarran dinero en armas nucleares cuando la gente está muriéndose de hambre? —me preguntó con las lágrimas cayéndole por los huecos de sus pómulos. Pese a que China sigue siendo el principal socio comercial de Corea del Norte, el tráfico de mercancías a través del río Tumen ha disminuido en los últimos tiempos. En el periodo inmediatamente anterior a los Juegos Olímpicos de Pekín 2008, China instaló vallas de alambre de espino y cámaras de seguridad a lo largo del río. Se redujo la distancia entre las garitas de los guardias fronterizos norcoreanos para impedir las fugas y el comercio ilegal. Un empresario chino que posee una fábrica en Chongjin me contó que el gobierno norcoreano había prohibido hacía poco la exportación a China de planchas de acero, al haber decretado que los recursos vitales debían permanecer en el país. Chongjin es tal vez la ciudad más emprendedora de Corea del Norte, pero está sometida a una presión continua por parte de las autoridades centrales, que observan alarmadas cómo la capital de Hamgyong del Norte va sustrayéndose a su control. Durante el último decenio, a medida que la suerte de Chongjin ha ido dependiendo cada vez más del comercio fronterizo y cada vez menos de los dictados de Pyongyang, los habitantes de aquella ciudad e incluso los funcionarios provinciales han ido volviéndose menos sumisos. En marzo de 2008, cuando se promulgó el decreto que prohibía trabajar en los mercados a las mujeres menores de cincuenta años, la gente se negó a acatarlo. Las vendedoras organizaron una insólita manifestación frente a la oficina administrativa del mercado Sunam, en Chongjin. “Dadnos comida o dejadnos comerciar”, coreaban. Las autoridades rectoras de los mercados tuvieron que dar marcha atrás. Este año, sin embargo, están intentando de nuevo ejecutar el decreto. Muchas de las personas procedentes de Chongjin que he conocido me han descrito la actitud predominante entre la población: ¿por qué no puede retirarse el gobierno, y dejarnos organizar nuestras vidas? La gente no acostumbra a decirlo; se trata más bien de una idea tácita. —La gente no es estúpida. Todos sabemos que el gobierno es el culpable de la situación horrible que vivimos. Todos sabemos que lo pensamos y todos sabemos que los demás lo piensan. No nos hace falta hablar de ello —me dijo un minero de Chongjin que conocí en China en 2008.[5] [6] Algunas de las personas cuyas vidas he ido relatando en este libro se comunican de vez en cuando con sus parientes de Chongjin por medio de los teléfonos ilegales disponibles en Musan, Hoeryong y otras ciudades fronterizas, y que captan señales de móviles chinos. “La gente lo está pasando realmente mal”, me contó la señora Song después de hablar por teléfono con uno de sus hermanos en marzo de 2009. “No hay mucha comida en el mercado y la inflación se ha desbocado. La gente hace milagros”. Me dijo que sus hermanos viven mejor que la mayoría de la población gracias al dinero que ella envía a través de China, si bien los funcionarios lo confiscan en gran parte. —Las familias de los refugiados están entre las más ricas de sus respectivos barrios —me dijo Oak-hee—. Mi marido me cuenta que los agentes de seguridad acuden continuamente a su casa buscando algo. Se presentan allí hasta para afeitarse, porque saben que él es el único que tiene cuchillas. La brecha cada vez mayor entre ricos y pobres ha provocado un aumento de la delincuencia. El marido de la segunda hija de la señora Song trabajó de guardia de seguridad de los ferrocarriles hasta 2006, cuando él y su mujer viajaron a Corea del Sur invitados por Oak-hee. En la época en que huyó del país, los robos de comida en los almacenes de carga eran tan frecuentes que se les suministraron a los guardias pistolas con balas auténticas. Tenían orden de disparar a matar. Hoy se toman medidas semejantes para proteger las estrechas parcelas de tierra situadas al lado de las vías, donde cultivan maíz las familias de los empleados ferroviarios. En Chongjin está, además, sorprendentemente extendido el consumo de drogas debido a la amplia disponibilidad de “cristal” o metanfetamina, que se produce en pequeñas fábricas y se vende en el interior de la ciudad y en la frontera con China. Es barata y mata el apetito, lo que la hace muy indicada para el modo de vida norcoreano. Chongjin no está viviendo el pequeño boom en la construcción que sí observé en Pyongyang. Exceptuando un par de gasolineras ubicadas en la calle principal, hace años que no se construye nada notable en el centro de la ciudad. El edificio más reciente es una estructura de color rosa que se levantó a finales de la década de 1990 para que alojara de manera permanente una colección de Kimjongilia, flor que debe su nombre al Querido Líder. Las fachadas que flanquean la carretera nº 1 han sido repintadas en tonos pastel (melocotón y cereza), pero van desprendiéndose trozos de las cornisas, lo que representa un peligro constante para los transeúntes. Se han instalado, a intervalos regulares a lo largo de la carretera, carteles que proclaman el último eslogan del gobierno sobre la economía: kyungyae jeonsun, que significa “la primera línea de batalla económica”. En los últimos años han surgido varios restaurantes privados en edificios vacíos que en otro tiempo alojaron restaurantes estatales y oficinas de empresas. También se han abierto noraebangs o bares de karaoke. Pero la mayor parte de estos negocios no tardan mucho en cerrar. —Yo no vi ningún signo de progreso. Al contrario, Chongjin parece estar retrocediendo en el tiempo. Todo se está deteriorando, todo va a peor —afirmó Anthony Banbury, director regional para Asia del Programa Mundial de Alimentos, tras visitar la ciudad en agosto de 2008—. No hay signo alguno de actividad en la mayor parte de las fábricas. Como mucho, despide humo una de cada ocho chimeneas. En septiembre de 2008, el geógrafo alemán Eckart Dege, que ha tenido la generosidad de facilitarme algunas de las fotografías que aparecen en este libro, obtuvo permiso para visitar Chongjin y el condado de Kyongsong, donde se crió Mi-ran. Al igual que Banbury, apenas advirtió ningún indicio de actividad económica. Vio, sin embargo, a un grupo numeroso de civiles reconstruyendo enteramente a mano una carretera que conducía a Kyongsong. “Miles y miles de personas acarreaban tierra con palas desde las colinas y la depositaban en montoncitos sobre el suelo, como en la época de las pirámides”, recordaba Dege. En la ciudad observó un número extraordinariamente alto de personas que estaban agachadas en esa posición que ya es casi un emblema de Corea del Norte: las rodillas dobladas hacia el pecho, el cuerpo balanceándose sobre los pies. —En otros lugares del mundo la gente siempre anda ocupada en algo; en Chongjin estaban sentados sin más. Son muchos los que han observado este fenómeno específicamente norcoreano. A falta de sillas y bancos, la gente se pasa horas sentada en cuclillas junto a las carreteras, en los parques, en el mercado. Miran fijamente hacia delante como si esperaran algo: ¿un tranvía, quizá? ¿Un coche? ¿Un amigo, un pariente? Puede que no estén esperando nada en particular. Puede que solo estén esperando a que algo cambie. Barbara Demick Septiembre de 2009 AGRADECIMIENTOS Estoy especialmente agradecida a los seis norcoreanos cuyas vidas he narrado en este libro. Ellos me han dedicado generosamente su tiempo, han soportado preguntas entrometidas y revivido recuerdos dolorosos sin otro propósito que ayudarme a mí y a los lectores a comprender su mundo. También quiero dar las gracias a sus parientes por la colaboración que me han prestado. Jinna Park merece un reconocimiento especial por su amor hacia la lengua y por su paciencia a la hora de interpretar la mayor parte de las entrevistas que he incorporado a este libro. La difunta Jae Nam me presentó a los primeros norcoreanos que conocí y que procedían de Chongjin. No habría llegado a saber todo lo que sé sobre Corea del Norte de no haber sido por una mujer muy valiente a la que llamaré K, y que renunció a un cómodo retiro en Estados Unidos para trabajar de manera incansable, pese a su avanzada edad, en beneficio de los refugiados norcoreanos. En esta labor contó con la ayuda de su marido. Ella es una de las muchas personas cuyos nombres deberían figurar aquí. Aparte de las personas que aparecen en este libro, muchos exiliados norcoreanos ayudaron a completar mi conocimiento de su país: Joo Sung-ha, quien trabaja en el diario Dong-a Ilbo y algún día escribirá su propio libro sobre Corea del Norte; Kim Do-seon, Run Yong-il; Cho Myong-chol; Kim Hye-young y Kim Taezjin. Me he apoyado igualmente en el trabajo de no pocas ONGs dedicadas a cuestiones norcoreanas. La organización Buenos Amigos, con sede en Seúl, publica un excelente boletín informativo sobre Corea del Norte. Lee Young-hwa, de la organización Rescatemos al Pueblo Norcoreano, me dio consejo, además de ayudarme a encontrar fotografías y vídeos que terminarían enriqueciendo mis descripciones de Chongjin. Obtuve asimismo información muy valiosa de Tim Peters, Michael Horowitz, Suzanne Scholte, Han Ki-hong, periodista del Daily NK, Sunny Han, del reverendo Kim Young-shik, de Chun Ki-won, así como de las organizaciones Human Rights Watch y Alianza de los Ciudadanos por los Derechos Humanos en Corea del Norte. La investigación de Do Hee-yun sobre los prisioneros de guerra me ayudó a relatar la historia del padre de Mi-ran. Entre los trabajadores de las agencias de ayuda humanitaria, quiero dar las gracias a Katharina Zellweger, de la Agencia Suiza para el Desarrollo y la Cooperación, al ingeniero agrónomo Pil-ju Kim Joo y a los funcionarios del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas Jean-Pierre de Margerie, Gerald Bourke y Tony Banbury. Fueron extraordinariamente generosos con su tiempo los expertos en Corea Michael Breen, Scott Snyder, Stephan Haggard, Marcus Noland, Nicholas Eberstadt, Bob Carlin, Leonid Petrov, Brian Myers, Daniel Pinkston, Donald Gregg, David Hawk y Brent Choi. Me prestó una ayuda inestimable el estudioso Andrei Lankov, cuyos trabajos he citado con frecuencia en este libro. Mis colegas periodistas Donald Matintyre y Anna Fifield, que estaban tan obsesionados como yo con Corea del Norte, me transmitieron sus ideas y su entusiasmo. Charles Sherman fue una fuente continua de estímulo para este proyecto, al igual que otros amigos y colegas que trabajan en Seúl, entre ellos Jennifer Nicholson, Jennifer Veale, Scott Díaz, Sue-Lynn Koo, Patricio González, Pascal Biannac-Leger, Lachlari Strahan y Lily Petkovska. Debo mencionar igualmente, porque el trabajo que habían desarrollado en Corea influyó en la redacción de este libro, a Moon Il-hwan, Tim Savage, Paul Eckert, Jasper Becker, Choe Sang-hun, Kim Jung-eun, Donald Kirk y Bradley Martin, cuya obra Under the Loving Care of the Fatherly Leader [Bajo el amoroso cuidado del líder paternal] he citado con frecuencia. Chi Jung-nam y Lim Boyeon me acompañaron en muchas de mis entrevistas con norcoreanos. Quiero dar las gracias a todos aquellos que me proporcionaron fotografías para este libro: el geógrafo Eckart Dege, que viajó desde Chongjin hasta el condado de Kyongsong en el otoño de 2008, los fotógrafos Jean Chung y Eric Lafforgue, así como los periodistas Anna Fifield y Jonathan Watts. Jiro Ishimaru, de Asia Press, me ayudó a conseguir fotografías de Chongjin que habían sido tomadas con gran riesgo personal por ciudadanos norcoreanos. He incorporado a este libro el trabajo de investigación desarrollado, entre otros, por Lina Park Yoon, Park Ju-min, Hisako Ueno y Rie Sasaki. Howard Yoon fue de gran ayuda a la hora de elaborar la propuesta editorial. Mis amigas Julie Talen y Tirza Biron me orientaron en cuestiones de estilo, ayudándome a transformar el lenguaje que había aprendido como periodista en otro que resultara apropiado para un libro. De no haber sido por Jim Dwyer, dudo que hubiera conseguido publicar esta obra. Margaret Scott y Terri Jentz me asesoraron en lo relativo a la propuesta editorial y el proceso de escritura. También conté con las valiosas aportaciones de Gady Epstein, Molly Flower, Ed Gargan, Eden Soriano Gonzaga, Lee Hockstader, Aliza Marcus, Ruth Marcus, Nomi Morris, Evan Osnos, Catherine Peterson, Flore de Preneuf, David e Isabel Schmerler, Lena Sun, Jane Von Bergen, Nicholas Von Goffman, Eric Weiner, Laura Wides-Muñoz y Tracy Wilkinson. Muchos años después, todavía me siento agradecida a mi profesor de escritura en la universidad, el difunto John Hersey, quien enseñó a sus alumnos de escritura de no ficción a buscar estructuras y patrones en las obras de otros escritores. Su libro Hiroshima me sirvió de modelo a la hora de entretejer las historias de las seis personas que protagonizan este libro. Fui enormemente afortunada de conocer a mi agente, Flip Brophy, que se sumó a este proyecto tras reponerse de una gripe aguda, y cuyo apoyo ha ido más allá de lo que cabía imaginar. Desde un primer momento, mis editores, Julie Grau y Celina Spiegel, comprendieron a la perfección la clase de libro que me proponía escribir. Y Laura Van der Veer me ayudó a componer las piezas. Entre mis colegas de Los Angeles Times, quiero dar las gracias a Simon Li, que me contrató como corresponsal encargada de informar sobre Corea, así como a los jefes de redacción Dean Baquet, John Carroll, Marc Duvoisin, Doug Frantz, Marjorie Miller y Bruce Wallace, quienes alentaron el tipo de periodismo de investigación que se practica en el periódico, y que me hace sentirme orgullosa de formar parte de este. Julie Makinen revisó con gran pericia una serie de artículos sobre Chongjin que constituirían el germen de este libro. Mark Magnier, John Glionna, Valerie Reitman, Ching-ching Ni, Don Lee y David Pierson son algunos de los muchos colegas del periódico que me prestaron una gran ayuda. En la Universidad de Princeton, donde fui profesora invitada del Council of the Humanities en el curso 2006-2007, Carol Rigolot me facilitó un lugar para escribir en Henry House. Los profesores Lisa Cohen, Martha Mendoza, T. R. Reid y Rose Tang me dieron valiosos consejos, al igual que mis amigos Gary Bass, Maryanne Case, Gabe Hudson y Jeff Nunakawa. Por último, quiero expresar un agradecimiento especial a mi madre, Gladys Demick, quien, al anunciarle yo mi intención de trasladarme a Corea con su único nieto, en vez de quejarse, respondió: “¡Qué gran oportunidad!”. Mi carrera se ha sostenido sobre su permanente estímulo. Y también quiero dar las gracias a mi hijo, Nicholas, que no recuerda ningún momento de su corta vida en que no haya tenido que rivalizar con Corea del Norte por la atención de su madre. Debe de haberme preguntado decenas de veces: “¿Todavía no has terminado ese libro?”. Por fin puedo responder que sí. Notas Este libro es fundamentalmente una historia oral. He puesto el mayor empeño en contrastar los testimonios de mis entrevistados con otras fuentes, y he añadido la información obtenida al preparar mis artículos y reportajes sobre Corea del Norte. Entre 2001 y 2008 viajé nueve veces a Corea del Norte, tres de ellas a Pyongyang y sus alrededores. En las demás ocasiones visité zonas situadas justo al norte de la zona desmilitarizada, como el monte Kumgang (en una época en que estaba permitido el acceso a los turistas). En el curso de mi trabajo como corresponsal de Los Angeles Times, y para documentar este libro, entrevisté a unas cien personas que habían huido de Corea del Norte. La mayoría de ellas residen actualmente en Corea del Sur o en China; aproximadamente la mitad proceden de Chongjin. Asimismo revisé varias horas de material filmado clandestinamente en esta ciudad, y que habían obtenido en parte dos valientes norcoreanos, Ahn Myong-chol y Lee Jun, por medio de cámaras que llevaban ocultas en sus bolsos. Estoy agradecida a la organización Rescatemos al Pueblo Norcoreano, con sede en Osaka, por haberme permitido proyectar el material, y a Asia Press por haberme cedido el derecho de uso de las fotografías. Por lo demás, una serie excelente de imágenes de Chongjin y Kyongsong tomadas por el geógrafo alemán Eckart Dege resultó muy útil para corroborar las descripciones que habían hecho mis entrevistados, y para hacer que cobraran vida los paisajes de aquellas ciudades. I DE LA MANO EN LA OSCURIDAD [1]La expresión “Gran Vituperadora” fue acuñada por el experto en Corea del Norte Aidan Foster- Carter en el artículo “Great Vituperator: North Koreaís Insult Lexicon”, Asía Times, 26 de mayo de 2001.<< [2]Las ideas de Kim Jong-il sobre el cine aparecen expuestas en su libro On The Art of Cinema, Pyongyang, Foreign Languages Publishing House, 1973. Su amor al séptimo arte llegó al paroxismo en 1978, cuando ordenó secuestrar a su actriz surcoreana preferida, Choi Eun-hee, y al ex marido de esta, Shin Sang-ok. Choi y Shin, quienes se habían divorciado poco antes de ser secuestrados, volvieron a casarse en Corea del Norte por indicación de Kim. Trabajaron en películas producidas por los estudios norcoreanos hasta 1986, fecha en la que huyeron a Viena. El libro que coescribieron en 1987 acerca de su experiencia en Corea del Norte constituye uno de los pocos testimonios de primera mano sobre Kim Jong-il.<< [3]Para más información sobre el cine en Corea del Norte, véase Andrei Lankov, “The Reel Thing”, en North of the DMZ: Essays on Daily Life in North Korea, Jefferson, Carolina del Norte, McFarland, 2007. Lankov cita un informe difundido en 1987 por la radio de Pyongyang, según el cual el norcoreano medio va al cine 21 veces al año. Por su parte, los sociólogos surcoreanos que entrevistaron a refugiados averiguaron que estos iban al cine entre 15 y 18 veces al año cuando vivían en Corea del Norte. Según Lankov, el surcoreano medio va al cine 2,3 veces al año.<< [4]En 2008 escribí sobre el cine norcoreano para el diario Los Angeles Times con ocasión de mi asistencia al Festival de Cine de Pyongyang: “No Stars, No Swag, but What a Crowd!”, Los Angeles Times, 11 de octubre de 2008.<< II SANGRE IMPURA [1]Lo que cuento acerca de la infancia de Tae-woo procede de las entrevistas que realicé en febrero de 2008 a dos de sus amigos de entonces, que siguen viviendo cerca de Seosan, en Corea del Sur.<< [2]La información sobre la vida rural en Corea del Sur antes de la guerra procede de Cornelius Osgood, The Koreans and Their Culture, Nueva York, Ronald Press, 1951.<< [3]Dean Rusk habla de la fatídica división de Corea en sus memorias: As I Saw it, Nueva York, Algora Publishing, 2003.<< [4]El lugar donde fue capturado Tae-woo se conoce alternativamente como Kumhwa y Kimhwa. La descripción física procede de la crónica personal del antiguo comandante de las fuerzas de Naciones Unidas en Corea: Matthew B. Ridgway, The Korean War, Nueva York, Doubleday, 1967.<< [5]El militar en cuestión era el soldado raso del ejército estadounidense Gene Salay, que fue entrevistado por el diario The Morning Call, de la ciudad de Allentown (Pensilvania): “So This Is What It Feels Like to Die”, entrevista de David Venditta, 27 de julio de 2003.<< [6]La crónica personal de otro prisionero de guerra llamado Huh Jae-suk, que huyó de Corea del Norte en 2000, constituye una fuente inestimable de información. Fue capturado por las tropas chinas en 1953, una semana después que el padre de Mi-ran y en el mismo lugar, Kumhwa; por lo demás, y al igual que Tae-woo, trabajaba en las minas: Huh Jae-suk, Nae Ireumeun Ttonggannasaekki-yeotta, Seúl, Editorial Won, 2008.<< [7]La información estadística sobre los prisioneros de guerra surcoreanos procede del Subcomité para Asia y el Pacífico del Comité de Relaciones Internacionales de la Cámara de Representantes norteamericana: “Human Rights Update and International Abduction Issues”, 27 de abril de 2006. El subcomité escuchó el testimonio de numerosos surcoreanos que habían sido retenidos como prisioneros de guerra en Corea del Norte. De los muchos reportajes dedicados a este asunto me ha resultado especialmente provechoso “Hardly Known, Not Yet Forgotten, South Korean POWs Tell Their Story”, emitido por Radio Free Asia el 25 de enero de 2007.<< [8]Entre los libros que se ocupan de la Guerra de Corea y la división de la península, quiero destacar los siguientes: Clay Blair, The Forgotten War: America in Korea, 1950-1953, Annapolis, Naval Institute Press, 1987. Max Hastings, The Korean War, Nueva York, Simon & Schuster, 1987. Donald Oberdorfer, The Two Koreas: A Contemporary History, Basic Books, 1997. William Stueck, The Korean War: An International History, Princeton (Nueva Jersey), Princeton University Press, 1995.<< [9]La descripción de las categorías sociales comprendidas en la llamada clase hostil procede del Libro blanco sobre los derechos humanos en Corea del Norte, pp. 103-12, publicado en 2005 por el Instituto Coreano para la Unificación Nacional, laboratorio de ideas financiado por el Estado surcoreano, El documento en cuestión fue preparado por los servicios de inteligencia surcoreanos, que se valieron del testimonio de refugiados. El funcionario del Partido Kim Dokhong, que acompañaba a Hwang Jang-yop (y que es el cargo político más importante que ha huido nunca de Corea del Norte), me contó en una entrevista en 2006 que los archivos se guardaban en un gigantesco almacén subterráneo ubicado en la provincia de Yanggang.<< [10]Las siguientes obras ofrecen excelentes descripciones del sistema social: Helen-Louise Hunter, Kim Il-sung's North Korea, Westport (Connecticut), Praeger, 1999. Kongdan Oh y Ralph C. Hassig, North Korea Through the Looking Glass, Washington, D. C., Brookings Institution Press, 2000. Robert A. Scalapino y Chong'sik Lee, Communism in Korea, Part II: The Society, University of California Press, 1972.<< [11]La quinta división del Partido de los Trabajadores era la encargada de reclutar a las jóvenes que habían de trabajar en las mansiones de Kim Il-sung y Kim Jong-il. La descripción más fidedigna del reclutamiento de las jóvenes por los cikwa se encuentra en las páginas 198-202 del siguiente libro, exhaustivamente documentado, sobre la historia moderna de Corea del Norte: Bradley Martin, Under the Loving Care of the Fatherly Leader: North Korea and the Kim Dynasty, Nueva York, Thomas Dunne Books, 2004.<< [12]Los datos estadísticos sobre la emigración de Japón a Corea del Norte proceden de Yoshiko Nozaki, Hiromitsu Inokuchi y Kim Tae-young, “Legal Categories, Demographic Change and Japan's Korean Residents in the Long Twentieth Century”, The Asia-Pacific Journal: Japan Focus, 10 de septiembre de 2006.<< [13]Los antecedentes familiares de Jun-sang son similares a los de Kang Chol-hwan, antiguo prisionero del gulag norcoreano cuya familia llegó a Corea del Norte desde Japón con la ilusión de ayudar a construir una nueva patria. Sus memorias están entre los libros más famosos sobre Corea del Norte que se han publicado recientemente: Kang Cholhwan y Pierre Rigoulot, The Aquariums of Pyongyang: Ten Years in the North Korean Gulag, Nueva York, Basic Books, 2002.<< III UNA VERDADERA CREYENTE [1]La historia oficial de Chongjin es en gran medida ficticia, debido al empeño de las autoridades en minimizar el papel desempeñado por Japón en el desarrollo de la ciudad. Estoy agradecida a Andrei Lankov por haberme proporcionado un ensayo suyo aún no publicado, “The Colonial North”, donde se ocupa de esta región remota. Kim Duseon, antiguo funcionario comercial de Chongjin que huyó en 1998, es hoy, en Corea del Sur, el depositario más importante de información sobre la ciudad. Fue él quien me aportó algunos detalles relativos a su historia y topografía.<< [2]Entre las fuentes publicadas sobre la historia de Chongjin, la mejor que conozco es Choson Hyanglo Daebaekkwa [Enciclopedia de Geografía y Cultura Norcoreanas], Seúl, Instituto para la Paz, 2003.<< [3]Es difícil obtener cifras exactas de población. El último censo se llevó a cabo en 1993, y es de suponer que la población ha disminuido desde entonces a causa de la hambruna, la baja tasa de natalidad y las fugas de ciudadanos. El Fondo de Población de las Naciones Unidas y la Oficina Central de Estadística están realizando actualmente otro censo.<< [4]La información que ofrezco sobre la ascensión de Kim Il-sung procede de Dae-Sook Sub, Kim Il-sung: The North Korean Leader, Nueva York, Columbia University Press, 1988.<< [5]El historiador Charles Armstrong describe con elocuencia el culto a la personalidad que se desarrolló en torno a la figura de Kim Il-sung: “El culto a Kim combinaba imágenes del familismo confuciano con el estalinismo y la adoración japonesa del emperador, así como con elementos cristianos. El familismo confuciano, en particular la virtud de la devoción filial (Ayo), era quizá el componente más inequívocamente coreano de dicho “culto”. Charles K. Armstrong, The North Korean Revolution, 1949-1950, Ithaca, Cornell University Press, 2003, pp. 223-25.<< [6]Durante la Guerra de Corea, los bombardeos aéreos destruyeron el sesenta y cinco por ciento de Chongjin, según la evaluación de daños que llevó a cabo la Fuerza Aérea de Estados Unidos en el momento del armisticio. El general norteamericano William Dean, entonces prisionero de guerra, contó que las ciudades que había visto eran paisajes de “escombros y espacios nevados”. Conrad C. Crane, American Airpower Strategy in Korea, 1950-53, Lawrence, University Press of Kansas, 2000, pp. 168-89.<< [7]Kim Jong-il se hizo experto en cine, teatro, ópera y literatura. También quiso serlo en periodismo: véase al respecto The Great Teacher of Journalists: Kim Jong-il, Pyongyang Foreign Languages Publishing House, 1973.<< [8]Sobre las diversas formas en que los norcoreanos se espían entre sí, véase Lankov, North 0f the DMZ, “Big Brother Is Watching”.<< IV FUNDIDO A NEGRO [1]Respecto a la economía del país antes de 1990, el ensayo Kim Il-sung's North Korea, de Helen- Louise Hunter, ofrece información exhaustiva sobre los salarios y prestaciones que recibían los norcoreanos. La señora Song me comentó que las cifras que figuran allí coincidían con las que ella recordaba. << [2]Dice el historiador Bruce Cumings: “Un estudio interno de la CIA reconocía de mala gana algunos logros del régimen: cuidados paliativos para los niños en general y los huérfanos de guerra en particular, “cambio radical” en el estatus de la mujer, vivienda y asistencia sanitaria gratuitas, medicina preventiva, tasa de mortalidad infantil y esperanza de vida comparables a las de los países más desarrollados; así fue hasta la reciente hambruna”. Bruce Cumings, North Korea: Another Country Nueva York, New Press, 2003, pp. IHIX.<< [3]Dice Bradley Martin en su ensayo Under the Loving Care of the Fatherly Leader: “Los estudios comparativos realizados durante aquel periodo por los analistas extranjeros apoyaban la afirmación de Kim. Uno de ellos muestra cómo las dos Coreas estaban muy igualadas en el momento del armisticio (1953): el producto nacional bruto per cápita era de 56 dólares en el Norte y de 55 dólares en el Sur. En 1960 el Sur apenas había avanzado: su cifra era de 60 dólares. La del Norte, en cambio, casi se había cuadriplicado al situarse en 208. [...] El artículo titulado “Milagro coreano”, que escribió un profesor occidental en 1965, no se refería a la economía surcoreana, sino a la norcoreana” (pp. 104-5).<< [4]Para más información sobre la economía norcoreana, véase Nicholas Eberstadt, The North Korean Economy: Between Crisis and Catastrophe, Nuevo Brunswick (Nueva Jersey), Transaction Publishers, 2007.<< [5]Los regalos recibidos por Kim Il-sung están expuestos al público en el Museo de la Amistad Internacional, situado al norte de Pyongyang, en la ciudad de Myohang. Cuando lo visité en 2005, se aseguraba que había 219.370 regalos para Kim Il-sung y 53.149 para Kim Jong-il. Véase al respecto el artículo de mi colega Mark Magnier, “No Gift Is Too Small for Them: At a Fortress Museum, North Korea Shows Off Every Present Sent to the Kims, from a Limo Given by Stalin to Plastic Tchotchkes”, Los Angeles Times, 25 de noviembre de 2005. << [6]La cita de la Agencia Central Coreana de Noticias referente a la situación alimentaria aparecía en “North Korea Angrily Denies Report of Food Riots”, Reuters, 26 de septiembre de 1992.<< V ROMANCE VICTORIANO [1]North of the DMZ, de Andrei Lankov (en particular la parte 8: “Asuntos de familia”) incluye varios trabajos sobre el sexo y las relaciones de pareja en Corea del Norte.<< [2]En lo referente a las tradiciones coreanas, el libro de Isabella Bird Bishop se ocupa en extenso de las ideas sobre la mujer y la vida familiar. Por suerte, la edición original de 1898 aún está disponible. Isabella Bird Bishop, Korea and Her Neighbours: A Narrative of Travel with an Account of the Recent Vicissitudes and Present Position of the Country, Seúl, Yonsei University Press, pp. 37, 345.<< VI EL OCASO DE DIOS [1]Para un excelente relato de la muerte de Kim Il-sung, véase Oberdorfer, The Two Koreas, pp. 3837-45.<< [2]Para describir el periodo de luto visioné varias cintas de vídeo con la cobertura que realizó la televisión norcoreana. Me las facilitó la biblioteca del Ministerio de la Unificación surcoreano, que se encuentra en Seúl. El relato más completo del acontecimiento que he encontrado en la prensa norteamericana es el que ofrece T. R. Reid en su artículo “Tumultuous Funeral for North Korean: Throngs Sob at Kim Il-sung's Last Parade”, Washington Post, 20 de julio de 1994.<< [3]El texto clásico al que me refiero aquí es Charles Mackay, Extraordinary Delusions and the Madness of Crowds, Nueva York, Three Rivers Press, 1980 (edición original de 1841) [Versión española: Delirios populares extraordinarios y la locura de masas, Profit, 2009, traducción de Emilio Atmetlla.]<< VII DOS BOTELLAS DE CERVEZA A CAMBIO DE TU SUERO [1]Según un estudio nutricional realizado en 1998 por varias agencias de Naciones Unidas, el 62% de los niños menores de siete años padecía retraso en el crecimiento a causa de la desnutrición. En 2004 el porcentaje había disminuido al 37% gracias, en parte, a la acción humanitaria.<< [2]La explosión de un tren en la ciudad de Ryongchon el 22 de abril de 2004 causó tantos heridos que Corea del Norte autorizó a las agencias extranjeras de ayuda humanitaria el acceso a sus hospitales.<< [3]Sobre el reconocimiento por el gobierno norcoreano de la situación de escasez alimentaria, véase Kevin Sullivan, “North Korea Makes Rare Pleas After Floods Devastate Country”, Washington Post, 22 de septiembre de 1995.<< [4]Las estadísticas que menciono aquí proceden de Nicholas Eberstadt, The North Korean Economy, p. 31. Es sabido que los datos económicos difundidos por las autoridades norcoreanas son poco fidedignos, como señala Eberstadt en las notas al capítulo “Our Own Style of Statistics”. En un documento presentado a Naciones Unidas en 1997, Corea del Norte declaraba un PNB per cápita de 239 dólares. Eberstadt proporciona igualmente las cifras de exportación: “The Persistence of North Korea”, Policy Review, octubre-noviembre de 2004.<< [5]Para más información sobre los efectos en los niños de la nutrición deficiente, así como sobre el sistema de salud norcoreano, véase: Oficina Central de Estadística, Instituto de Nutrición Infantil, en colaboración con UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos, DPRK 2004 Nutrition Assessment: Report of Survey Results. “Medical Doctors in North Korea”, Chosun Hbo North Korea Report, 30 de octubre de 2005.<< VIII EL ACORDEÓN Y LA PIZARRA [1]Acerca de la propaganda del régimen norcoreano en los colegios, véase Andrei Lankov, “The Official Propaganda in the DPRK: Ideas and Methods” (disponible en http://northkorea.narod.ru/propaganda_lankov.htm).<< [2]Las escuelas primarias norcoreanas están bien descritas en las memorias recientemente publicadas del refugiado Hyok Kang, This Is Paradise! My North Korean Childhood, Londres, Abacus, 2007, pp. 64-65.<< [3]Los ejemplos utilizados en los manuales escolares norcoreanos proceden de varios libros de segunda mano que compré en Tumen (China), en una tienda cercana a la frontera donde los refugiados norcoreanos venden a menudo sus pertenencias personales. He examinado igualmente la colección de libros de texto disponible en la biblioteca del Ministerio de la Unificación en Seúl. En 2007 la televisión norcoreana dio cuenta del libro de lectura elemental donde figuraba el poema que hablaba de matar soldados japoneses.<< [4]El idioma coreano añade sufijos a los nombres para indicar respeto o desconsideración. La terminación en —ním es cortés, mientras que —nom es extremadamante grosero. Así, la propaganda norcoreana se refiere muchas veces a los estadounidenses como miguknom, que viene a significar “americanos cabrones”.<< [5]La exigencia de que el colegio de Mi-ran financiara el Instituto de Investigación sobre Kim Jong-il era consecuencia de un decreto dictado por el gobierno central en la década de 1990, y que obligaba a las instituciones a procurarse por sí mismas los recursos necesarios para sufragar su actividad. Esta orden afectaba incluso a las misiones diplomáticas en el exterior, lo que provocó más de un incidente embarazoso, pues se descubrió a diplomáticos norcoreanos traficando con drogas, marfil y dinero falso en su esfuerzo por obtener fondos.<< [6]Hay disponibles en Pyonyang docenas de biografías, a cual más ditirámbica, de Kim Jong-il. Para una visión más objetiva del personaje, véase Michael Breen, Kim Jong-il: North Korea's Dear Leader, Singapur, John Wiley & Sons, 2004.<< IX LOS BUENOS MUEREN PRIMERO [1]Existen varios estudios excelentes de la hambruna norcoreana. De ellos he obtenido información útil.<< [2]Jasper Becker, Hungry Ghosts: Mao's Secret Famine, Nueva York, Henry Holt, 1998 (edición original de 1996). Becker fue uno de los primeros periodistas occidentales en escribir sobre la hambruna en Corea del Norte. El libro incluye un apéndice dedicado a este país.<< [3]Gordon L. Flake y Scott Snyder (eds.), Paved with Good Intentions: The NGO Experience in North Korea, Westport (Connecticut), 2003. Esta colección de artículos se centra en la acción humanitaria en Corea del Norte.<< [4]En su famoso ensayo Poverty and Famines: An Essay on Entitlement and Deprivation (1981) el premio Nobel de Economía Amartya Sen señala la relación entre las hambrunas y el totalitarismo: aquellas, dice, no vienen provocadas únicamente por la escasez de alimentos, sino también por la desigualdad en su distribución, problema que no podría darse en un país democrático, pues las personas hambrientas destituirían a los gobernantes.<< [5]Es ridícula la afirmación propagandística de que Kim Jong-il comía de forma sencilla. En plena hambruna, el líder norcoreano derrochaba los recursos de su país en comidas espléndidas. Fue su chef de sushi quien hizo célebres sus gustos epicúreos al publicar —bajo el seudónimo Kenji Fujimoto— un libro donde contaba cómo había recorrido el mundo comprando ingredientes para las viandas de Kim. Durante su viaje a Rusia en 2001, el líder se hizo enviar por avión remesas de langostas vivas y vino francés, según afirma en un libro el funcionario ruso Konstantín Pulikovski. Me ocupé con cierto detalle de los hábitos culinarios de Kim en el artículo “Rich Taste in a Poor Country: North Korea's Enigmatic Leader Kim Jong-il Demands the Finest Food and Drink”, Los Angeles Times, 26 de junio de 2004.<< [6]Stephan Haggard y Marcus Noland, Famine in North: Markets, Aid and Reform, Nueva York, Columbia University Press, 2007. A los autores de este importante estudio se debe el intento más riguroso que se ha hecho hasta hoy de cuantificar el número de muertos causados por la hambruna. Sitúan la cifra entre seiscientos mil y un millón. Según Hwang Jang-yop, el funcionario de rango más alto que ha huido nunca de Corea del Norte, el propio gobierno estimaba que habían muerto entre un millón y dos millones y medio de personas.<< [7]Andrew S. Natsios, The Great North Korean Famine, Washington D. C., United States Institute of Peace Press, 2001.<< [8]Hazel Smith, Hungry for Peace: International Security, Humanitarian Assistance and Social Change in North Korea, Washington D. C., United States Institute of Peace Press, 2001.<< [9]Dice Andrew Natsios, que ejercía de vicepresidente de la ONG World Vision en la época de la hambruna: “La mayor parte de los cargamentos de comida no llegaron hasta que empezó a disminuir el número de muertos”, p. 186. Jasper Becker también se ocupa en extenso de la retirada de las agencias de ayuda en Rogue Regime: Kim Jong-il and the Looming Threat of North Korea, Nueva York, Oxford University Press, 2005, pp. 213-17.<< XX MADRES CON INGENIO [1]Wolgun Chosun (Chosun Mensual), de Seúl, fue el primer medio en informar sobre el discurso de Kim Jong-il, pronunciado en diciembre de 1996 en la Universidad Kim Il-sung. Aparece citado en extenso en Natsios, The Great North Korean Famine, p. 99.<< [2]El Programa Mundial de Alimentos también cree que las galletas constituían un complemento nutritivo de la dieta. Como parte del esfuerzo humanitario que desarrollaba en Chongjin, la agencia de Naciones Unidas destinó algunas fábricas situadas en esta ciudad a la producción de galletas enriquecidas con micronutrientes. Estas se distribuyeron entre los escolares.<< [3]Las autoridades norcoreanas mantienen los mercados fuera de la vista de los visitantes extranjeros. En 2004, un ciudadano norcoreano provisto de una cámara oculta filmó un vídeo bastante largo del mercado Sunam de Chongjin. El vídeo, que me facilitó Lee Hwa-young, de la organización Rescatemos al Pueblo Norcoreano, muestra cómo se vendían en el mercado alimentos contenidos en sacos de ayuda humanitaria. No obstante, algunos funcionarios del Programa Mundial de Alimentos dicen que no cabe descartar que los sacos estuvieran siendo reutilizados.<< [4]Los precios del mercado que figuran en este capítulo se han obtenido en su mayor parte gracias al trabajo de Buenos Amigos: Centro para la Paz, los Derechos Humanos y los Refugiados, con sede en Seúl. Esta organización de inspiración budista tiene muy buenas fuentes en el interior de Corea del Norte, y publica habitualmente informes bajo el título North Korea Today [Actualidad de Corea del Norte], que están disponibles en la página web http://goodfriends.or.kr/eng/.<< [5]Del trabajador de las minas de carbón, entre otros asuntos, me ocupé en una serie de artículos largos sobre Chongjin: “Glimpses of a Hermit Nation”, Los Angeles Times, y de julio de 2005 y “Trading Ideals for Sustenance”, Los Angeles Times, 4 de julio de 2005.<< XI GOLONDRINAS ERRANTES [1]Según afirma Andrei Lankov, se pretendía que las cédulas identificativas hicieran, en cierto modo, las veces de pasaportes, limitando así los desplazamientos en el interior del país (North of the DMZ, pp. 179-80).<< [2]Las referencias al canibalismo proceden de Jasper Becker, Hungry Ghosts, pp. 211-19.<< [3]La descripción del funeral procede de Andrew Natsios, Great North Korean Famine, p. 70.<< XII EL DULCE CAOS [1]He tomado prestado el título de este capítulo del poema “Sweet Disorder” de Robert Herrick, incluido en A Selection from the Lyrical Poems of Robert Herrick, Charleston (Carolina del Sur), BiblioBazaar, 2007, pp. 136-139.<< [2]La información sobre el código penal norcoreano procede de Yoon Dae-kyu, “Analysis of Changes in the DPRK Criminal Code”, Institute for Far Eastern Studies, Kyungnam University, 31 de enero de 2005. Algunos fragmentos del código aparecen traducidos en Instituto Coreano para la Unificación Nacional, White Paper on Human Rights in North Korea, Seúl, 2006.<< [3]Son pocos los refugiados que consiguieron salir de las cárceles políticas que constituyen el gulag norcoreano. Gran parte de lo que sabemos se basa en imágenes captadas por satélites de inteligencia y en rumores.<< [4]La descripción más detallada de la vida en el gulag se encuentra en el libro Aquariums of Pyongyang, de Kang Cholhwan, quien pasó gran parte de su infancia en Yadok, el campo de prisioneros políticos más conocido.<< [5]Los datos estadísticos, así como parte de la terminología referente a las cárceles, proceden de un informe minuciosamente documentado sobre derechos humanos: David Hawk, The Hidden Gulag, Washington D. C., US Committee on Human Rights, 2003.<< [6]Los centros 927 eran una mezcla de refugios para gente sin hogar y campos de prisioneros. Natsios calcula que entre 378.000 y 1,9 millones de norcoreanos pasaban cada año por los campos (The Great North Korean Famine, pp. 74-75).<< [7]Los testimonios de los antiguos habitantes de Chongjin divergen respecto a cuándo se ejecutó la purga del 6º Ejército. En la entrevista que le hice el 26 de agosto de 2004, el ex funcionario comercial Kim Du-seon, que había vivido cerca de la base militar de Nanam, me contó que el mayor trasiego de vehículos militares se produjo en el otoño de 1995.<< [8]El incidente aparece mencionado en un ensayo de notable rigor sobre el ejército norcoreano: Joseph S. Bermudez, Jr., The Armed Forces of North Korea, Londres y Nueva York, L B. Tauris, 2001, p. 202.<< [9]La información sobre los estudiantes ejecutados por correr desnudos en públicos procede de White Paper on Human Rights in North Korea, p. 30.<< XIII RANAS EN EL POZO [1]Acerca de los hábitos de lectura de los norcoreanos y la literatura norcoreana, véase Brian R. Myers, Han Sorya and North Korean Literature: The Failure of Socialist Realism in the DPRK, Ithaca (Nueva York), Cornell East Asia Series nº 69, 1994.<< [2]He transcrito el pasaje del tratado de economía ruso tal como lo recuerda Jun-sang. No he encontrado el texto original.<< XIV EL RÍO [1]Los reencuentros familiares se acordaron en la cumbre histórica celebrada entre Kim Jong-il y Kim Dae-jung en junio de 2000, y comenzaron dos meses después. En el momento en que escribo esto, 16.212 coreanos han participado en encuentros cara a cara, y otros 3.478 se han visto por videoconferencia. Más de 90.000 surcoreanos están en lista de espera para reencontrarse con sus familiares. Las cifras de la Cruz Roja surcoreana aparecen citadas en el diario Korea Herald, 13 de mayo de 2009.<< [2]El trabajo más exhaustivo que conozco sobre los refugiados norcoreanos es Stephan Haggard y Marcus Noland (eds.), The North Korean Refugee Crisis: Human Rights and International Response, Washington D. C., US Committee for Human Rights in North Korea, 2006.<< XV LA REVELACIÓN [1]En octubre de 1998 tan solo 923 norcoreanos habían llegado a Corea del Sur. Véase el reportaje publicado por el periódico Yonhap News el 11 de octubre de 1998, donde se citan cifras del Ministerio de la Unificación surcoreano.<< [2]Las cifras de refugiados de Alemania Oriental aparecen citadas en Haggard y Noland, The North Korean Refugee Crisis, p. 54, y se atribuyen a Albert O. Hirschman, “Exit, Voice and the Fate of the German Democratic Republic: An Essay in Conceptual History”, World Politics 45:2 (1993).<< [3]La información sobre los deuvedés procede de un contrabandista norcoreano a quien entrevisté en Bangkok en mayo de 2005. Me dijo que la gente introducía cintas de vídeo en el país en la década de 1990, y que la llegada del deuvedé estimuló el negocio, puesto que la finura de los discos permitía ocultarlos bajo otros artículos.<< [4]El texto de la lección fue publicado por la editorial del Partido de los Trabajadores en Chosun en abril de 2005. La organzación Rescatemos al Pueblo Norcoreano me proporcionó una copia.<< XVI LA NOVIA VENDIDA [1]La cifra estimada de norcoreanas vendidas a ciudadanos chinos la he obtenido de Choi Jin-i, escritora norcoreana que huyó a Corea del Sur y participó, estando en China, en una de esas uniones pactadas. Asimismo entrevisté a un buen número de mujeres residentes en aldeas chinas cercanas a la frontera con Corea del Norte. Véase mi artículo “North Korea's Brides of Despair”, Los Angeles Times, 18 de agosto de 2003.<< [2]Ha habido varios informes excelentes sobre este fenómeno: Norma Kang Mucio, An Absence of Choice: The Sexual Explottation of North Korean Women in China, Londres, Anti-Slavery International, 2005. Denied Status, Denied Education, Children of North Korean Women in China, Nueva York, Human Rights Watch, 2008.<< [3]Las revisiones del código penal norcoreano efectuadas en 2008 llevaron a una ligera reducción de las penas por cruce ilegal de la frontera. Véase al respecto Haggard y Noland, The North Korean Refugee Crisis, p. 18.<< [4]El centro de detención de Nongpo aparece descrito con bastante detalle en el informe The Hidden Gulag, de David Hawk. Este informe incluye imágenes tomadas por satélite del complejo y de otros campos de prisioneros. Antiguas presidiarias afirman que era práctica común matar a los bebés de las reclusas, pues los padres eran chinos de la etnia han. Oak-hee dice que no tuvo noticia de que se produjera ningún infanticidio durante su estancia en el campo. Cree, sin embargo, que la práctica fue interrumpida antes de su detención en 2001.<< XVII ABRE LOS OJOS Y CIERRA LA BOCA [1]La descripción de la idea que tienen los norcoreanos sobre los refugiados se basa en el texto de una lección titulada “Cómo destruir por completo los planes de los enemigos que propagan modos de vida anómalos”, publicada por la editorial del Partido de los Trabajadores en Chosun.<< [2]Acerca de los diversos planes de fuga, el periodista de The Washington Post Blaine Harden escribió el 18 de noviembre de 2007: “Una fuga de bajo presupuesto a través de China y Tailandia hasta llegar a Seúl exige, además de cruzar el río —cosa arriesgada—, una ardua caminata y una estancia de varias semanas en una cárcel migratoria tailandesa; sin embargo el precio es inferior a dos mil dólares, según cuentan cuatro intermediarios con los que he hablado aquí. Una huida en primera clase, que incluye un pasaporte chino falso y un billete de avión de Pekín a Seúl, cuesta más de diez mil dólares y puede llevar tan solo tres semanas”.<< XVIII LA TIERRA PROMETIDA [1]Sobre la Constitución surcoreana y sus consecuencias para el estatus de los refugiados norcoreanos, véase Haggard y Noland, The North Korean Refugee Crisis. En las conclusiones finales (p. 75) afirman los autores: “Si la postura de China no ha sido nada constructiva, la de Corea del Sur podría calificarse de vergonzosamente ambigua”.<< [2]Las cifras de refugiados norcoreanos que se han instalado en Corea del Sur proceden del Ministerio de la Unificación surcoreano y aparecen citadas también en el informe mencionado arriba (p. 54). En 2008 se produjo un notable incremento en el número de refugiados admitidos en el país, quizá porque el gobierno de entonces era de signo más conservador. Los dos gobiernos anteriores, presididos por Kim Dae-jung y Roh Moo-hyun, se cuidaron mucho de no ofender a Pyongyang.<< [3]Entrevisté originalmente a la socióloga Yoon In-jin para mi crónica “Fleeing to Culture Shock”, Los Angeles Times, 2 de marzo de 2002.<< [4]Sobre el programa de reeducación aplicado en Hanawon, véase Norimitsu Onishi, “North Korean Defectors Take a Crash Course in Coping”, New York Times, 25 de junio de 2006.<< [5]Las cifras sobre las economías de las dos Alemanias proceden de Werner Smolny y Matthias Kirback, “Wage Differentials Between East and West Germany”, Universidad de Ulm y Centro de Investigación Económica Europea, Mannheim, 17 de marzo de 2004.<< [6]El libro más interesante sobre Corea del Sur en la época de la posguerra es Michael Breen, The Koreans, Nueva York, Thomas Dunne Books, 1998.<< [7]Con anterioridad a la publicación de este libro, Oak-hee consiguió que su hija llegara a Corea del Sur, pero seguía negociando para sacar a su hijo de Corea del Norte.<< XIX EXTRAÑOS EN SU PATRIA [1]Sobre el papel desempeñado por los activistas cristianos en la huida de los refugiados norcoreanos, véase: Donald Macintyre, “Running out of the Darkness”, Time, 24 de abril de 2006. Valerie Reitman, “Leading His Flock of Refugees to Asylum: A Missionary Helps North Koreans Flee via China and Mongolia”, Los Angeles Times, 27 de octubre de 2002. Los refugiados mencionados en esta crónica partieron de Erenhot (China) y siguieron la misma ruta a través de Mongolia que Kim Hyuck.<< [2]Sobre el papel de la religión en Corea del Norte, véase David Hawk, Thank You, Father Kim Il-sung, Washington D. C., U. S. Commission on International Religious Freedom, 2005.<< [3]Sobre la diferencia de estatura, véase Sungyoung Pak, “The Biological Standard of Living in the Two Koreas”, Economics and Human Biology 2:3 (2004), pp- 511-18.<< [4]Escribí un extenso artículo en torno al raquitismo: “A Small Problem Growing: Chronic Malnutrition Has Stunted a Generation of North Koreans”, Los Angeles Times, 12 de febrero de 2004.<< [5]La diferencia de estatura es uno de los factores más importantes que dificultan la adaptación de los norcoreanos a la vida en Corea del Sur. Don Oberdorfer cuenta que en cierta ocasión dos soldados norcoreanos diminutos, de diecinueve y veintitrés años, se adentraron accidentalmente en aguas surcoreanas. Más tarde, en un hospital militar, se les oyó decir que jamás se casarían con una surcoreana porque “son demasiado grandes para nosotros”. Se les envió de vuelta a Corea del Norte a petición suya (The Two Koreas, p. 314).<< XX REENCUENTROS [1]El primo de Mi-ran fue detenido y cumplió una condena corta por fraude (al haber falsificado pasaportes). El gobierno surcoreano se sintió muy avergonzado cuando llegó a Corea del Sur la noticia de que, tras huir de Corea del Norte, muchos ex prisioneros de guerra y sus familias habían sido rechazados por diplomáticos surcoreanos en China. Los veteranos de guerra surcoreanos se mostraron indignados y el Ministerio de Defensa surcoreano pidió disculpas. He escrito sobre uno de esos ex prisioneros de guerra en “Fifty Years After Korean War's End, Ex POW Returns Home”, Los Angeles Times, 25 de diciembre de 2003.<< [2]Desde 2005, sesenta y dos ex prisioneros de guerra surcoreanos habían huido de Corea del Norte a través del río Tumen. Se creía que varios centenares más seguían vivos en Corea del Norte.<< [3]El poema “Szabadsag, Szerelem”, de Sándor Petofi, ha sido vertido al inglés por G. F Cushing. He obtenido la traducción de la Biblioteca Corvinius de Historia Húngara, http://www.hungarianhistory.hu/lib/timeless/chapter23.htm.<< EPÍLOGO: LA ESPERA [1]Eberstadt expone los motivos por los que se equivocó al vaticinar el inminente derrumbe en “The Persistence of North Korea”, Policy Review, octubre-noviembre de 2004.<< [2]Las estadísticas económicas proceden del Banco de Corea, en Seúl.<< [3]Los datos sobre la situación actual de la economía norcoreana proceden igualmente de: Organización para la Agricultura y la Alimentación y Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas (FAO/PMA), Crop and Food Security Assessment Mission to the Democratic People”s Republic of Korea, 8 de diciembre de 2008. Stephan Haggard, Marcus Noland y Erik Weeks, “North Korea on the Precipice of Famine”, Eric Weeks Peterson Institute for International Economics, mayo de 2008.<< [4]Sobre las agencias de ayuda estadounidenses, véase “Rapid Food Security Assessment. North Pyongan and Chagang Provinces, Democratic People's Republic of Korea”, Mercy Corps, World Vision, Global Resource Service, Samaritan's Purse, junio de 2008.<< [5]Sobre el malestar en los mercados de Chongjin: Good Friends: Center for Peace, Human Rights and Refugees, North Korea Today, nº 275, mayo de 2009; “City of Chungjin Declares, "Do Not Sell Any Items Other Than Agricultural Products”", “Mass Protest Against Control over Commercial Activities at Chungjin”, North Korea Today, nº 206, abril de 2008.<< [6]Sobre la actividad de los mercados, véase Universidad de Kyungnam, Instituto de Estudios del Lejano Oriente, “New Restrictions on DPRK Market Trading”, NK Brief, 15 de noviembre de 2007. El instituto cita un documento interno del Partido de los Trabajadores al que obtuvo acceso, y en el cual se señala la necesidad de “una política de mano dura con los mercados, que han degenerado en semilleros del antisocialismo”.<<
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