Contenido 1. INTRODUCCIÓN ......................................................................................................................... 2 2. MARCO TEÓRICO ....................................................................................................................... 3 2.1. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA DEL HÍGADO .............................................................................. 3 2.2. FISIOPATOLOGÍA DE LA CIRROSIS HEPÁTICA ..................................................................... 4 2.3. ETIOLOGÍAS COMUNES DE LA CIRROSIS ............................................................................ 6 3. INDICADORES BIOQUÍMICOS EN LA CIRROSIS HEPÁTICA ......................................................... 7 3.1. ENZIMAS HEPÁTICAS .......................................................................................................... 7 3.1.1. AMINOTRANSFERASAS (ALT Y AST) ............................................................................. 7 3.1.2. FOSFATASA ALCALINA (FA) Y GGT ............................................................................... 9 3.2. BILIRRUBINA ..................................................................................................................... 11 3.2.1. BILIRRUBINA TOTAL Y FRACCIONADA ....................................................................... 12 3.2.2. ELEVACIÓN DE BILIRRUBINA EN CIRROSIS HEPÁTICA ............................................... 12 3.2.3. CAUSAS DE LA ELEVACIÓN DE BILIRRUBINA EN CIRROSIS ........................................ 13 3.3. FUNCIÓN SINTÉTICA HEPÁTICA ........................................................................................ 13 3.3.1. ALBÚMINA ................................................................................................................. 13 3.3.2. TIEMPO DE PROTROMBINA (TP) E INR ...................................................................... 14 3.4. OTROS INDICADORES ....................................................................................................... 15 3.4.1. AMONÍACO ................................................................................................................ 16 3.4.2. SODIO Y CREATININA................................................................................................. 16 1. INTRODUCCIÓN La cirrosis hepática es una enfermedad crónica del hígado caracterizada por una fibrosis difusa y la formación de nódulos regenerativos, lo que resulta en una pérdida progresiva de la función hepática. A medida que avanza la fibrosis, el hígado pierde su capacidad para realizar funciones vitales como la síntesis de proteínas plasmáticas, la metabolización de toxinas, y la regulación de los equilibrios metabólicos y hormonales. Este proceso patológico tiene múltiples causas, entre las cuales se encuentran las infecciones virales crónicas, el consumo excesivo de alcohol, las enfermedades metabólicas, las trastornos autoinmunes y otros factores genéticos o ambientales. La cirrosis hepática es una de las principales causas de morbimortalidad en el mundo, y su diagnóstico temprano y manejo adecuado son fundamentales para reducir la carga de esta enfermedad. El diagnóstico de la cirrosis hepática es un reto clínico, ya que los signos y síntomas en las etapas iniciales pueden ser leves o incluso inexistentes. Sin embargo, a medida que la enfermedad progresa, las alteraciones en la estructura del hígado y la función hepática se hacen más evidentes. En este contexto, los indicadores bioquímicos desempeñan un papel esencial. Estos biomarcadores permiten identificar no solo la presencia de daño hepático, sino también evaluar la extensión de la fibrosis, la función sintética del hígado, y las complicaciones asociadas, tales como la hipertensión portal y la encefalopatía hepática. La utilidad de los marcadores bioquímicos se extiende más allá del diagnóstico inicial de la cirrosis. Son herramientas clave para monitorear la progresión de la enfermedad, para evaluar la respuesta al tratamiento y para la estratificación del riesgo de complicaciones como el cáncer hepático (carcinoma hepatocelular). Entre los principales indicadores bioquímicos empleados se encuentran las transaminasas (ALT y AST), la fosfatasa alcalina (FA), la gamma-glutamil transpeptidasa (GGT), los niveles de bilirrubina y las proteínas plasmáticas, como la albúmina y los factores de coagulación. El perfil bioquímico de la cirrosis hepática es complejo, ya que involucra varios parámetros que reflejan distintos aspectos de la patología hepática. Por ejemplo, la elevación de las transaminasas indica un daño celular directo, mientras que las alteraciones en los niveles de albúmina y la prolongación del tiempo de protrombina reflejan una disminución en la capacidad de síntesis del hígado. Adicionalmente, la medición de índices no invasivos como el APRI (AST to Platelet Ratio Index) y el FIB4 (Fibrosis-4 Score) ha permitido desarrollar enfoques menos invasivos para la evaluación de la fibrosis hepática, evitando la necesidad de biopsias hepáticas en muchos casos. La cirrosis hepática es una de las enfermedades más relevantes en términos de salud pública debido a su capacidad de transformar un hígado funcional en un órgano incapaz de desempeñar las funciones esenciales para la vida. Sin un diagnóstico adecuado y temprano, esta condición puede avanzar rápidamente hacia una insuficiencia hepática terminal, que puede llevar a la trasplantación hepática o incluso la muerte. Por lo tanto, la correcta interpretación de los marcadores bioquímicos en la cirrosis hepática no solo es vital para la evaluación del daño hepático, sino también para guiar las decisiones terapéuticas y las intervenciones clínicas oportunas. Este informe tiene como objetivo proporcionar un análisis exhaustivo de los indicadores bioquímicos que son utilizados en la práctica clínica para el diagnóstico, monitoreo y pronóstico de la cirrosis hepática. A través de este análisis, se busca comprender cómo la evaluación bioquímica de la función hepática puede contribuir de manera crucial a la atención y tratamiento de pacientes con cirrosis. Además, se discutirá el marco teórico que sustenta el uso de estos indicadores y se proporcionarán las últimas actualizaciones sobre los avances en los métodos de diagnóstico, tanto invasivos como no invasivos, empleados en la práctica clínica. 2. MARCO TEÓRICO 2.1. ANATOMÍA Y FISIOLOGÍA DEL HÍGADO El hígado es un órgano complejo y multifuncional que ocupa una posición central en el metabolismo y la homeostasis del cuerpo humano. Es el órgano más grande del cuerpo, con un peso promedio de alrededor de 1.5 kg en los adultos, y se localiza en la parte superior derecha del abdomen, debajo del diafragma. Está dividido en dos lóbulos principales, derecho e izquierdo, y se conecta con una extensa red de vasos sanguíneos que incluyen la vena porta, la arteria hepática y las venas hepáticas. La estructura del hígado permite que cumpla diversas funciones esenciales que incluyen: 1. Metabolismo de nutrientes: El hígado es un órgano clave en el metabolismo de carbohidratos, grasas y proteínas. Tras la ingestión de alimentos, los nutrientes absorbidos desde el tracto gastrointestinal son transportados a través de la vena porta hepática para ser procesados en el hígado. Por ejemplo, el hígado regula los niveles de glucosa en sangre mediante la conversión de glucosa en glucógeno (glucogénesis) para su almacenamiento y la liberación de glucosa en sangre cuando es necesario (gluconeogénesis). También metaboliza las grasas y las proteínas para producir energía y sintetiza ácidos grasos esenciales. 2. Síntesis de proteínas plasmáticas: Una de las funciones más críticas del hígado es la síntesis de proteínas plasmáticas, como la albúmina, los factores de coagulación, las lipoproteínas y otras proteínas esenciales para el sistema inmunológico. La albúmina, por ejemplo, tiene un papel fundamental en el mantenimiento de la presión oncótica en la sangre y el transporte de diversas moléculas, como hormonas, fármacos y ácidos grasos. Los factores de coagulación son esenciales para la coagulación sanguínea, y su producción disminuye en enfermedades hepáticas graves como la cirrosis. 3. Detoxificación y eliminación de toxinas: El hígado también actúa como un filtro para detoxificar y eliminar sustancias tóxicas del cuerpo. A través de un proceso de biotransformación, el hígado convierte sustancias lipofílicas (como fármacos y toxinas) en compuestos hidrosolubles que pueden ser excretados por los riñones o a través de la bilis. Esta función de detoxificación es vital para mantener la homeostasis y evitar daños en otros órganos del cuerpo. 4. Producción de bilis: El hígado produce bilis, un líquido digestivo que facilita la digestión de grasas en el intestino delgado. La bilis, compuesta por sales biliares, bilirrubina y colesterol, se almacena en la vesícula biliar y se libera en el intestino cuando se ingieren grasas. La bilirrubina, un subproducto de la descomposición de los glóbulos rojos, es procesada en el hígado y secretada en la bilis para ser eliminada del cuerpo. 5. Regulación de la respuesta inmune: El hígado también desempeña un papel importante en la función inmunológica, ya que contiene una gran cantidad de células de Kupffer, que son macrófagos especializados en la fagocitosis de patógenos y partículas extrañas. Además, el hígado modula la respuesta inflamatoria mediante la producción de citocinas y otras moléculas que coordinan la inmunidad innata y adaptativa. 2.2. FISIOPATOLOGÍA DE LA CIRROSIS HEPÁTICA La cirrosis hepática es el resultado de un daño hepático crónico y progresivo que lleva a la sustitución del tejido hepático normal por fibrosis y la formación de nódulos regenerativos. Este proceso patológico afecta la estructura y función del hígado y es la consecuencia de diversas enfermedades hepáticas, como la hepatitis crónica, el consumo excesivo de alcohol, la enfermedad hepática grasa no alcohólica (NAFLD) y enfermedades metabólicas. La fisiopatología de la cirrosis hepática involucra una serie de eventos complejos que se desarrollan a lo largo de años de daño continuo al hígado. 1. Daño hepático inicial: El proceso de cirrosis generalmente comienza con una lesión hepática repetida que activa una respuesta inflamatoria. La inflamación crónica da lugar a la activación de células estrelladas hepáticas (HSC), que son células en reposo que se encuentran en los espacios perisinusoidales del hígado. Bajo condiciones normales, estas células ayudan a regular el flujo sanguíneo hepático y la homeostasis celular, pero tras la lesión hepática, se transforman en miofibroblastos activos que secretan colágeno y otras proteínas de la matriz extracelular, promoviendo la fibrosis. 2. Formación de fibrosis: La fibrosis es la acumulación excesiva de tejido conectivo que reemplaza el tejido hepático normal. Este proceso puede ser irreversible y resulta en una alteración en la arquitectura del hígado, lo que interfiere con su función. Las células estrelladas hepáticas son responsables de la síntesis y depósito de colágeno tipo I, lo que lleva a un engrosamiento de las paredes de los sinusoides hepáticos y a la formación de septos fibrosos que dividen el parénquima hepático en pequeños nódulos regenerativos. 3. Hipertensión portal: La fibrosis hepática afecta la circulación sanguínea dentro del hígado, lo que aumenta la presión portal. La hipertensión portal es una de las complicaciones más graves de la cirrosis y puede llevar a la aparición de varices esofágicas, ascitis, y splenomegalia (agrandamiento del bazo). A medida que la fibrosis progresa, la resistencia al flujo sanguíneo aumenta, lo que obliga a la sangre a buscar vías alternativas para salir del hígado, como las venas esofágicas, que pueden dilatarse y romperse, resultando en sangrados graves. 4. Disminución de la función hepática: Con el avance de la cirrosis, las funciones metabólicas y sintéticas del hígado comienzan a deteriorarse. Los niveles de albúmina en sangre disminuyen, lo que provoca edemas y ascitis. Además, la síntesis de los factores de coagulación disminuye, lo que aumenta el riesgo de hemorragias. La detoxificación también se ve comprometida, lo que conduce a la acumulación de toxinas en el cuerpo, incluyendo amoníaco, lo que puede dar lugar a encefalopatía hepática. 5. Mecanismos moleculares involucrados: La activación de las células estrelladas hepáticas se desencadena por una serie de señales moleculares. El factor de crecimiento transformante beta (TGF-β) es uno de los mediadores clave en este proceso, promoviendo la transdiferenciación de las HSC hacia miofibroblastos y la producción de colágeno. Otros factores como las citocinas proinflamatorias (por ejemplo, TNF-α, IL-1β) también juegan un papel crucial en la perpetuación del daño hepático y la fibrosis. Estas moléculas no solo estimulan la fibrosis, sino que también aumentan la inflamación crónica, lo que perpetúa el ciclo de daño hepático y cicatrización. 6. Complicaciones de la cirrosis: A medida que la enfermedad progresa, las complicaciones de la cirrosis se vuelven más evidentes. Las hemorragias varicosas son una de las complicaciones más temidas, debido a la ruptura de varices esofágicas causadas por la hipertensión portal. La ascitis y la encefalopatía hepática también son comunes en etapas avanzadas, reflejando el deterioro funcional del hígado. Además, los pacientes con cirrosis tienen un mayor riesgo de desarrollar cáncer hepático, particularmente en aquellos con hepatitis crónica B o C o cirrosis alcohólica. 2.3. ETIOLOGÍAS COMUNES DE LA CIRROSIS La cirrosis hepática es una condición compleja que puede ser provocada por diversas enfermedades y factores, los cuales llevan a un daño progresivo e irreversible en el hígado. La etiología de la cirrosis es multifactorial, lo que significa que pueden interactuar diferentes factores biológicos, genéticos, ambientales y conductuales. A continuación, se detallan algunas de las principales causas que contribuyen al desarrollo de la cirrosis hepática: 1. Hepatitis viral crónica: Las infecciones virales crónicas son una de las causas más comunes de cirrosis hepática en todo el mundo. Las infecciones por los virus hepatitis B (VHB) y hepatitis C (VHC) son particularmente responsables de una alta carga de morbilidad hepática. La hepatitis B es un virus ADN que se transmite por contacto con sangre o fluidos corporales, y puede evolucionar hacia una infección crónica que favorece la inflamación hepática persistente, la fibrosis y, eventualmente, la cirrosis. Por otro lado, la hepatitis C, que es un virus ARN transmitido principalmente por contacto sanguíneo, también puede inducir una hepatitis crónica que lleva a un daño hepático progresivo en un porcentaje significativo de los pacientes. La hepatitis crónica activa, provocada por estos virus, es responsable de la activación de las células estrelladas hepáticas, que inicia el proceso de fibrosis en el hígado. Además, en las fases más avanzadas, la progresión de la enfermedad aumenta el riesgo de desarrollar carcinoma hepatocelular (HCC), una complicación frecuente en pacientes con cirrosis viral. 2. Consumo excesivo de alcohol: El alcoholismo crónico es otra causa importante de cirrosis hepática. El consumo excesivo y sostenido de alcohol puede provocar hepatitis alcohólica, que se caracteriza por la inflamación e infiltración de células inflamatorias en el hígado, lo que inicia un proceso de fibrosis. A medida que la fibrosis progresa, las estructuras hepáticas se alteran, lo que interfiere con el funcionamiento del hígado y da lugar a la cirrosis alcohólica. Los mecanismos de daño hepático inducidos por el alcohol incluyen el estrés oxidativo, la inflamación crónica y la alteración de la función mitocondrial. Las células de Kupffer, que son macrófagos residentes en el hígado, juegan un papel crucial en la inflamación inducida por el alcohol, liberando citocinas inflamatorias que perpetúan el daño hepático y promueven la fibrosis. En este contexto, el consumo excesivo de alcohol también está relacionado con un mayor riesgo de desarrollar carcinoma hepatocelular en pacientes con cirrosis alcohólica. 3. Enfermedad hepática grasa no alcohólica (NAFLD): La enfermedad hepática grasa no alcohólica (NAFLD) es una condición asociada principalmente con el síndrome metabólico, que incluye la obesidad, la diabetes tipo 2, la hipertensión y la dislipidemia. En NAFLD, se observa la acumulación de grasas (triglicéridos) en el hígado, lo que puede progresar a una inflamación hepática llamada esteatohepatitis no alcohólica (NASH). La NASH es una forma más avanzada de NAFLD que puede evolucionar hacia fibrosis hepática, cirrosis y, en casos graves, carcinoma hepatocelular. En los últimos años, la prevalencia de la NAFLD ha aumentado considerablemente, lo que está directamente relacionado con el aumento de las tasas de obesidad y diabetes tipo 2 en todo el mundo. La inflamación que ocurre en la NASH está mediada por la liberación de moléculas inflamatorias como el TNF-α (factor de necrosis tumoral alfa), que induce el daño hepático y la fibrosis. Además, los cambios metabólicos asociados con la resistencia a la insulina y el estrés oxidativo juegan un papel fundamental en la progresión de la enfermedad. 4. Enfermedades autoinmunes: Las enfermedades hepáticas autoinmunes incluyen condiciones como la hepatitis autoinmune, en la que el sistema inmunológico ataca las células del hígado, provocando inflamación crónica y, con el tiempo, fibrosis y cirrosis. Esta enfermedad suele tener un curso progresivo, y los factores genéticos juegan un papel importante en su desarrollo. En los pacientes con hepatitis autoinmune, la presencia de autoanticuerpos específicos, como los anticuerpos antinucleares (ANA) o los anticuerpos anti-musculatura lisa (SMA), puede ser útil en el diagnóstico. Otro trastorno autoinmune relacionado con la cirrosis es la cirrosis biliar primaria, una enfermedad en la que el sistema inmunológico destruye los conductos biliares intrahepáticos, lo que lleva a una acumulación de bilis en el hígado (colestasis), y con el tiempo, a la fibrosis y cirrosis. En la cirrosis biliar primaria, la inflamación crónica de los conductos biliares y la fibrosis resultante afectan la capacidad del hígado para secretar bilis adecuadamente, lo que desencadena un daño hepático progresivo. 5. Trastornos genéticos: Existen varias enfermedades genéticas que pueden provocar cirrosis hepática, como la hemocromatosis, una condición en la que el cuerpo absorbe y acumula cantidades excesivas de hierro, que se deposita en los órganos, incluyendo el hígado. El exceso de hierro provoca daño celular, inflamación y fibrosis hepática. Otra enfermedad genética es la enfermedad de Wilson, un trastorno del metabolismo del cobre en el que el cobre se acumula en el hígado, el cerebro y otros órganos, lo que lleva a la cirrosis hepática y daño cerebral. 6. Otros factores y enfermedades asociadas: Además de las causas mencionadas, existen otros factores y condiciones que pueden contribuir al desarrollo de la cirrosis hepática, como el uso de medicamentos hepatotóxicos, infecciones parasitarias crónicas (como la esquistosomiasis), insuficiencia cardíaca congestiva, y trastornos del sistema biliar, entre otros. 3. INDICADORES BIOQUÍMICOS EN LA CIRROSIS HEPÁTICA 3.1. ENZIMAS HEPÁTICAS 3.1.1. AMINOTRANSFERASAS (ALT Y AST) Las aminotransferasas son enzimas cruciales para la transferencia de grupos amino en el metabolismo de los aminoácidos, y su medición en sangre es de gran valor en la evaluación del daño hepático. Las dos aminotransferasas más comúnmente evaluadas son la alanina aminotransferasa (ALT) y la aspartato aminotransferasa (AST). Ambas enzimas se encuentran predominantemente en el hígado, pero tienen distribuciones diferentes en el organismo. Su aumento en los niveles plasmáticos puede ser indicativo de daño hepatocelular, lo que las convierte en importantes indicadores bioquímicos de la cirrosis hepática. 3.1.1.1. ALANINA AMINOTRANSFERASA (ALT) La alanina aminotransferasa (ALT), también conocida como transaminasa GPT, es una enzima que se encuentra predominantemente en el hígado. En condiciones normales, las concentraciones de ALT en sangre son bajas, ya que esta enzima se localiza en el interior de las células hepáticas, donde participa en la conversión de alanina a piruvato, un paso clave en el metabolismo de los aminoácidos. Cuando el hígado sufre daño, como en la cirrosis hepática, las células hepáticas (hepatocitos) se destruyen, liberando ALT en el torrente sanguíneo. Por lo tanto, una elevación en los niveles de ALT es un marcador temprano y específico de daño hepatocelular, especialmente en las fases iniciales de las enfermedades hepáticas. Sin embargo, en la cirrosis avanzada, los niveles de ALT pueden disminuir a medida que la función hepática disminuye debido a la pérdida de células hepáticas activas. La especificidad de la ALT para el hígado la convierte en un marcador útil para detectar hepatopatías. A pesar de que otras condiciones pueden causar una ligera elevación en los niveles de ALT (por ejemplo, insuficiencia renal o enfermedad muscular), este aumento suele ser mucho más pronunciado en enfermedades hepáticas. En el contexto de la cirrosis, la ALT es particularmente útil para monitorizar la progresión de la enfermedad, especialmente en las etapas iniciales, donde el daño celular puede ser reversible si se tratan las causas subyacentes. Los niveles elevados de ALT se observan típicamente en condiciones como: Hepatitis viral (B y C) Enfermedad del hígado graso no alcohólico (NAFLD) Cirrosis hepática Hepatitis alcohólica Daño por medicamentos hepatotóxicos 3.1.1.2. ASPARTATO AMINOTRANSFERASA (AST) La aspartato aminotransferasa (AST), también conocida como transaminasa GOT, es otra enzima clave en el metabolismo de los aminoácidos, pero, a diferencia de la ALT, no es exclusiva del hígado. La AST se encuentra en una variedad de tejidos, incluidos el hígado, el corazón, los músculos esqueléticos, los riñones y el cerebro. Como resultado, los niveles elevados de AST no siempre son específicos de daño hepático y pueden reflejar alteraciones en otros órganos, como el corazón y los músculos. En el hígado, la AST se localiza tanto en el citosol como en las mitocondrias de los hepatocitos. Cuando las células hepáticas se destruyen, como ocurre en la cirrosis, la AST se libera al torrente sanguíneo. A pesar de no ser tan específica como la ALT, la AST sigue siendo un marcador importante para la evaluación de la función hepática, especialmente cuando se evalúan en conjunto con la ALT. En la cirrosis, los niveles de AST suelen ser elevados, y su interpretación clínica se hace más significativa cuando se compara con la ALT. En enfermedades hepáticas, los niveles elevados de AST pueden reflejar: Hepatitis viral Cirrosis hepática (en etapas más avanzadas) Hepatitis alcohólica Hepatopatías asociadas a fármacos Enfermedad hepática crónica 3.1.1.3. RELACIÓN AST/ALT La relación AST/ALT es un índice clínico que se calcula dividiendo el valor de AST entre el valor de ALT. Esta relación proporciona información adicional sobre la naturaleza y la causa del daño hepático. En condiciones de daño hepático, tanto la ALT como la AST suelen estar elevadas, pero la relación entre ambas enzimas puede ayudar a diferenciar entre diversas causas de enfermedad hepática. Relación AST/ALT > 2: Una relación AST/ALT superior a 2 es muy sugestiva de hepatopatía alcohólica. En la cirrosis alcohólica, debido al daño celular y a la destrucción de los hepatocitos, los niveles de AST aumentan de manera desproporcionada en comparación con los niveles de ALT. Este patrón refleja una mayor liberación de AST en relación con ALT, ya que el daño mitocondrial inducido por el alcohol es más significativo para la liberación de AST que para la ALT. La relación AST/ALT > 2 en la cirrosis alcohólica se debe a que la AST se localiza tanto en el citoplasma como en las mitocondrias, y el consumo crónico de alcohol causa un daño más pronunciado a las mitocondrias hepáticas. A diferencia de la ALT, que es más específica para el hígado, la AST está más involucrada en el daño mitocondrial, lo que hace que su elevación sea más evidente en hepatopatías alcohólicas. Relación AST/ALT < 1: En la mayoría de los casos de cirrosis no alcohólica, especialmente en aquellos relacionados con enfermedades como la enfermedad hepática grasa no alcohólica (NAFLD) o la hepatitis viral, la relación AST/ALT es menor que 1. En estas condiciones, la ALT suele estar más elevada que la AST, lo que refleja un daño hepatocelular predominantemente no mitocondrial. 3.1.2. FOSFATASA ALCALINA (FA) Y GGT FA: Elevada en colestasis y obstrucción biliar. GGT (gamma-glutamil transpeptidasa): Aumenta en enfermedades hepáticas y consumo de alcohol . La fosfatasa alcalina (FA) y la gamma-glutamil transpeptidasa (GGT) son dos enzimas que tienen una utilidad clínica significativa en el diagnóstico y monitoreo de enfermedades hepáticas, especialmente en aquellas condiciones que involucran colestasis o alteraciones en el flujo biliar. Ambas enzimas se encuentran en varios tejidos del cuerpo, pero sus niveles en sangre aumentan especialmente cuando hay trastornos hepáticos. A continuación, se expone un análisis detallado de estas dos enzimas y su importancia clínica en la cirrosis hepática. 3.1.2.1. FOSFATASA ALCALINA (FA) La fosfatasa alcalina (FA) es una enzima que se encuentra en varios tejidos, como los huesos, el hígado, los riñones y los intestinos. En el hígado, la FA se localiza principalmente en las células del conducto biliar, por lo que su elevación en sangre generalmente indica alteraciones en la colestasis (disminución o detención del flujo biliar) o en la obstrucción de los conductos biliares. Aunque la FA se encuentra en varios órganos, la elevación de esta enzima en el contexto de enfermedad hepática suele sugerir una disfunción relacionada con el sistema biliar. En el contexto de la cirrosis hepática, los niveles de FA pueden estar elevados debido a la presencia de colestasis intrahepática o obstrucción biliar, que son complicaciones comunes de la cirrosis avanzada. Esto puede ocurrir cuando el hígado ya no es capaz de procesar la bilis adecuadamente debido a la fibrosis y la destrucción de las células hepáticas, lo que resulta en la acumulación de bilis dentro de los conductos hepáticos. El daño a los canaliculi biliares o a los conductos biliares interlobulillares en la cirrosis puede causar la liberación de fosfatasa alcalina en la circulación, lo que se refleja en niveles elevados de esta enzima en sangre. En la práctica clínica, se considera que un aumento de FA en sangre, especialmente cuando se acompaña de elevación de otras enzimas hepáticas (como ALT y AST), sugiere la presencia de una hepatopatía obstructiva o una cirrosis biliar. Las principales causas de elevación de FA incluyen: Colestasis intrahepática: En cirrosis hepática, la obstrucción de los pequeños conductos biliares dentro del hígado puede causar la retención de bilis, lo que aumenta los niveles de FA. Obstrucción biliar extrahepática: La presencia de cálculos biliares, tumores o estenosis de los conductos biliares puede causar la elevación de FA. Cirrosis biliar primaria y secundaria: Trastornos en los conductos biliares que afectan el flujo de bilis hacia el intestino, como la cirrosis biliar primaria, pueden inducir un aumento en la FA. Enfermedades hepáticas grasas no alcohólicas: En etapas avanzadas de la enfermedad, la acumulación de grasa en el hígado puede contribuir a la obstrucción del flujo biliar. Es importante destacar que la FA no es específica del hígado, ya que también se encuentra en huesos y otros órganos. Por lo tanto, cuando se encuentra elevada, es crucial evaluar otros factores clínicos y realizar pruebas complementarias, como ultrasonido hepático o colangiografía, para determinar la causa exacta del aumento. 3.1.2.2. GAMMA-GLUTAMIL TRANSPEPTIDASA (GGT) La gamma-glutamil transpeptidasa (GGT) es una enzima involucrada en el metabolismo de los glutationes, un tipo de antioxidante que ayuda a desintoxicar el cuerpo y proteger las células. Se encuentra en alto nivel en el hígado, los riñones, el páncreas, y otros órganos, y juega un papel crucial en el transporte de aminoácidos y en la conversión de glutamato a glutamina. La GGT tiene una distribución amplia en el organismo, pero, en el contexto de enfermedades hepáticas, su elevación se utiliza como un indicador de daño hepático, especialmente cuando se acompaña de aumento en los niveles de otras enzimas hepáticas. El aumento de GGT en sangre es particularmente significativo en enfermedades hepáticas y en el consumo excesivo de alcohol. La elevación de GGT es común en trastornos hepáticos relacionados con el alcohol, como la hepatitis alcohólica y la cirrosis alcohólica, ya que el consumo crónico de alcohol daña las células hepáticas y activa diversas vías metabólicas que liberan GGT al torrente sanguíneo. De hecho, la GGT es un marcador sensible del consumo de alcohol, lo que la convierte en una herramienta útil en la identificación de pacientes con antecedentes de consumo excesivo de alcohol o para monitorizar a aquellos con sospecha de abuso de alcohol. En la cirrosis hepática, la elevación de GGT puede ser indicativa de un daño hepático crónico, ya sea debido al consumo de alcohol o a otros factores como la enfermedad hepática grasa no alcohólica (NAFLD) o la hepatitis crónica viral. Es importante recordar que la GGT es más sensible que la ALT o AST para detectar enfermedad hepática relacionada con el alcohol. Las causas de la elevación de GGT incluyen: Consumo excesivo de alcohol: La elevación de GGT es particularmente significativa en pacientes con hepatopatía alcohólica. Colestasis hepática: Como la fosfatasa alcalina, la GGT también aumenta en situaciones de colestasis, donde el flujo biliar está comprometido. Enfermedad hepática no alcohólica (NAFLD): La GGT puede estar elevada en condiciones como la esteatosis hepática o la cirrosis hepática no alcohólica. Enfermedades hepáticas metabólicas: Trastornos como la hemocromatosis y la enfermedad de Wilson pueden causar aumentos en los niveles de GGT. Uso de fármacos hepatotóxicos: El consumo de ciertos medicamentos, como los anticonvulsivos o antifúngicos, puede inducir un aumento de GGT. 3.2. BILIRRUBINA La bilirrubina es un producto de desecho de la hemoglobina, derivado de la degradación de los glóbulos rojos envejecidos. Su metabolismo y excreción son procesos esenciales para el funcionamiento normal del hígado, y su evaluación clínica es fundamental para detectar disfunciones hepáticas. La bilirrubina total, junto con sus fracciones, la bilirrubina indirecta (no conjugada) y la bilirrubina directa (conjugada), se utiliza como marcador de la capacidad del hígado para excretar bilis y procesar los productos de desecho derivados de la hemoglobina. Una elevación de los niveles de bilirrubina en sangre generalmente indica disfunción hepática o una alteración en el proceso de excreción biliar, y es un signo temprano de alteraciones metabólicas en el hígado. En el contexto de la cirrosis hepática, la bilirrubina tiene una importancia diagnóstica considerable, ya que su incremento suele estar asociado a una deterioración progresiva de la función hepática y a la incapacidad del hígado para realizar su función de excreción de bilirrubina de manera adecuada. 3.2.1. BILIRRUBINA TOTAL Y FRACCIONADA La bilirrubina total es la suma de las fracciones conjugada y no conjugada. Este valor total es esencial para evaluar el grado general de ictericia o coloración amarillenta de la piel y los ojos, que es el signo más visible de un aumento de la bilirrubina en sangre. La bilirrubina fraccionada permite dividir la medición total en dos componentes principales: la bilirrubina no conjugada (indirecta) y la bilirrubina conjugada (directa), que proporcionan información sobre el tipo y la causa subyacente del aumento de bilirrubina. Bilirrubina no conjugada (indirecta): Esta fracción es el producto inicial de la degradación de la hemoglobina. La bilirrubina no conjugada se transporta en la sangre unida a la albúmina hasta el hígado, donde se convierte en bilirrubina conjugada a través de un proceso que involucra la enzima glucuroniltransferasa. Bilirrubina conjugada (directa): Después de su conversión en el hígado, la bilirrubina se excreta en forma de bilirrubina conjugada, que es hidrosoluble y puede ser eliminada a través de la bilis hacia el intestino, donde juega un papel importante en la digestión de las grasas. La bilirrubina conjugada es la forma que se mide en los análisis de sangre como "bilirrubina directa". 3.2.2. ELEVACIÓN DE BILIRRUBINA EN CIRROSIS HEPÁTICA En el contexto de la cirrosis hepática, los niveles de bilirrubina, tanto total como fraccionada, suelen estar elevados debido a la incapacidad del hígado para metabolizar y excretar la bilirrubina de manera efectiva. La cirrosis implica fibrosis hepática avanzada y la destrucción de los hepatocitos funcionales, lo que afecta la capacidad del hígado para realizar varias de sus funciones, incluida la conjugación y excreción de bilirrubina. El aumento de bilirrubina en la sangre puede observarse de las siguientes maneras: Elevación de la bilirrubina total: En la cirrosis hepática avanzada, los niveles de bilirrubina total pueden aumentar significativamente, a menudo reflejando una combinación de bilirrubina conjugada y no conjugada en sangre. Cuando la capacidad del hígado para realizar la conjugación de la bilirrubina está comprometida, la bilirrubina no conjugada se acumula en la sangre, contribuyendo al aumento de los niveles totales. Elevación de la bilirrubina conjugada (directa): En etapas avanzadas de la cirrosis, la obstrucción biliar debido a la fibrosis y los daños en los conductos biliares intrahepáticos pueden resultar en la acumulación de bilirrubina conjugada en la sangre. La bilirrubina conjugada no puede ser excretada de manera eficiente hacia la bilis debido a la alteración del flujo biliar, lo que provoca su liberación al torrente sanguíneo. Elevación de la bilirrubina no conjugada (indirecta): En las etapas iniciales de la cirrosis o en la presencia de daño hepático más leve, la bilirrubina no conjugada puede aumentar debido a una disminución de la capacidad del hígado para convertir la bilirrubina no conjugada en su forma conjugada. Sin embargo, este aumento suele ser más común en enfermedades hepáticas como la hepatitis crónica o la hepatopatía alcohólica, donde el hígado aún puede realizar parcialmente la conjugación de bilirrubina. 3.2.3. CAUSAS DE LA ELEVACIÓN DE BILIRRUBINA EN CIRROSIS La cirrosis hepática puede causar un aumento de la bilirrubina por diversos mecanismos patológicos, entre los que destacan: Obstrucción del flujo biliar intrahepático: En la cirrosis avanzada, los hepatocitos dañados y la fibrosis pueden comprimir los conductos biliares, lo que dificulta el paso de la bilirrubina conjugada hacia los conductos biliares y la vesícula biliar. Esto causa una colestasis intrahepática, un proceso en el que la bilirrubina conjugada se acumula en el hígado y finalmente se libera en la circulación sistémica, elevando los niveles de bilirrubina directa. Disminución de la capacidad de conjugación de la bilirrubina: En fases más tempranas de la cirrosis, los hepatocitos pueden seguir funcionando parcialmente, pero con una capacidad reducida para conjugar la bilirrubina. Esto se traduce en un aumento de la bilirrubina no conjugada en sangre, lo que contribuye a la ictericia. La incapacidad de los hepatocitos para procesar la bilirrubina de manera eficiente es una característica distintiva de la cirrosis. Hipoperfusión hepática: La cirrosis también puede alterar el flujo sanguíneo hacia el hígado, lo que reduce la perfusión de los hepatocitos y su capacidad para filtrar y metabolizar la bilirrubina. Esto agrava aún más la acumulación de bilirrubina en la circulación. 3.3. FUNCIÓN SINTÉTICA HEPÁTICA El hígado desempeña funciones fundamentales para el mantenimiento de la homeostasis del organismo. Entre sus tareas principales se encuentra la síntesis de proteínas plasmáticas esenciales, muchas de las cuales tienen un rol vital en procesos fisiológicos como el transporte de sustancias, la regulación del volumen plasmático, la coagulación sanguínea y la respuesta inflamatoria. Una de las características más significativas en la evolución de la cirrosis hepática es la progresiva disminución de la capacidad del hígado para sintetizar estas proteínas. Este deterioro se conoce como disfunción sintética hepática y puede cuantificarse mediante indicadores bioquímicos como la albúmina sérica y el tiempo de protrombina (TP) junto con el índice internacional normalizado (INR). Estos parámetros son ampliamente utilizados tanto en la evaluación diagnóstica como en el seguimiento clínico del paciente cirrótico, dado que reflejan con gran sensibilidad la pérdida de función hepatocelular. 3.3.1. ALBÚMINA La albúmina es la principal proteína plasmática sintetizada por el hígado. Representa aproximadamente el 60% del total de proteínas plasmáticas y cumple múltiples funciones, entre las cuales destacan: Mantenimiento de la presión oncótica: La albúmina contribuye significativamente a la presión osmótica del plasma, ayudando a mantener el equilibrio de líquidos entre los compartimentos intravascular e intersticial. Transporte de sustancias: Actúa como una proteína transportadora para diversas moléculas, incluyendo hormonas, fármacos, ácidos grasos libres, bilirrubina no conjugada, calcio y cobre. Actividad antioxidante: Tiene un papel importante en la neutralización de especies reactivas de oxígeno (ROS). En condiciones normales, el hígado produce entre 12 y 25 gramos de albúmina al día, y su vida media en plasma es de alrededor de 20 días. En el contexto de la cirrosis hepática, el tejido hepático funcional se reemplaza por tejido fibroso y nódulos regenerativos, lo cual reduce de forma significativa la capacidad de síntesis proteica del hígado. Este proceso conlleva a una disminución progresiva de los niveles de albúmina sérica, lo que se denomina hipoalbuminemia. Hipoalbuminemia en la Cirrosis Hepática La hipoalbuminemia es uno de los signos bioquímicos más consistentes en la cirrosis avanzada. Se asocia con varios síntomas clínicos, como: Edema periférico Ascitis (acumulación de líquido en la cavidad peritoneal) Fatiga crónica Disminución del volumen circulante efectivo El descenso de los niveles de albúmina también se correlaciona con la gravedad de la enfermedad hepática. De hecho, forma parte del índice de Child-Pugh, una escala pronóstica ampliamente utilizada para clasificar la severidad de la cirrosis. En este sistema, valores de albúmina inferiores a 2.8 g/dL corresponden a una clase C, lo que indica enfermedad hepática descompensada y peor pronóstico. Es importante tener en cuenta que otros factores también pueden influir en los niveles de albúmina, como infecciones agudas, inflamación sistémica, desnutrición proteica, síndrome nefrótico o pérdidas gastrointestinales, por lo que su interpretación debe realizarse de manera integrada con el resto del cuadro clínico y los demás biomarcadores hepáticos. 3.3.2. TIEMPO DE PROTROMBINA (TP) E INR El tiempo de protrombina (TP) y su derivado estandarizado, el índice internacional normalizado (INR), son pruebas funcionales que evalúan la capacidad del hígado para sintetizar factores de coagulación dependientes de vitamina K. Entre estos factores se incluyen los factores II (protrombina), VII, IX y X, todos sintetizados exclusivamente por los hepatocitos. Dado que estos factores tienen una vida media corta (el factor VII, por ejemplo, tiene una vida media de aproximadamente 6 horas), cualquier alteración en su síntesis se reflejará rápidamente en un alargamiento del TP y un aumento del INR. Esta característica convierte al TP y al INR en indicadores sensibles y precoces de disfunción hepatocelular. Prolongación del TP y Elevación del INR en Cirrosis Hepática En la cirrosis hepática, la progresiva pérdida de masa funcional del hígado afecta directamente la producción de estos factores de coagulación. Como resultado, se produce una prolongación del tiempo de protrombina, lo que indica un riesgo incrementado de hemorragias espontáneas o inducidas por procedimientos invasivos. El INR fue introducido para estandarizar los resultados del TP entre laboratorios, ya que la sensibilidad del reactivo (tromboplastina) puede variar. Un INR >1.5 es sugestivo de una alteración significativa de la función hepática. En muchos casos, valores superiores a 2 o 2.5 indican insuficiencia hepática aguda o crónica descompensada. Al igual que la albúmina, el TP y el INR también forman parte del índice de Child-Pugh, y son utilizados en el MELD score (Model for End-Stage Liver Disease), otro sistema de puntuación utilizado para priorizar a los pacientes con enfermedad hepática para el trasplante hepático. Factores que Afectan la Interpretación del TP/INR Si bien el TP y el INR son herramientas valiosas en el seguimiento del paciente cirrótico, existen factores que pueden alterar su interpretación, como: Deficiencia de vitamina K: en pacientes con colestasis o malabsorción intestinal puede haber una reducción en la absorción de esta vitamina liposoluble, lo que agrava el déficit de factores de coagulación. Uso de anticoagulantes orales: como la warfarina, puede aumentar artificialmente el INR. Consumo excesivo de alcohol: puede interferir en la síntesis hepática de proteínas. 3.4. OTROS INDICADORES Además de los parámetros convencionales utilizados para evaluar el daño hepatocelular, la colestasis y la función sintética hepática, existen otros indicadores bioquímicos que proporcionan información valiosa sobre la progresión y las complicaciones sistémicas asociadas a la cirrosis hepática. Entre los más relevantes se encuentran el amoníaco plasmático, el sodio sérico y la creatinina, los cuales permiten identificar situaciones clínicas graves como la encefalopatía hepática o el síndrome hepatorrenal, condiciones que aumentan de forma significativa la morbilidad y mortalidad en estos pacientes. 3.4.1. AMONÍACO El amoníaco (NH₃) es un subproducto del metabolismo de las proteínas, generado principalmente a partir de la degradación de aminoácidos y la acción de bacterias intestinales sobre compuestos nitrogenados. En condiciones normales, el hígado convierte el amoníaco en urea mediante el ciclo de la urea (ciclo de Krebs-Henseleit), un proceso que ocurre en los hepatocitos periportales. La urea, al ser un compuesto menos tóxico y soluble, se elimina posteriormente por vía renal. En la cirrosis hepática avanzada, la capacidad del hígado para detoxificar el amoníaco se ve significativamente reducida debido a: 1. Pérdida de masa hepatocelular funcional. 2. Desviación del flujo sanguíneo portal a través de colaterales portosistémicas (shunts), lo que permite que el amoníaco eluda la detoxificación hepática y entre directamente en la circulación sistémica. Esta acumulación de amoníaco en sangre tiene consecuencias clínicas importantes, principalmente su asociación con la encefalopatía hepática (EH), una complicación neurológica reversible pero potencialmente letal, que se manifiesta con síntomas que van desde alteraciones del sueño y confusión leve, hasta coma profundo. Valor diagnóstico del amoníaco Aunque la medición del amoníaco sérico puede respaldar el diagnóstico de encefalopatía hepática, su interpretación debe hacerse con cautela, ya que: Los niveles no siempre se correlacionan con la gravedad clínica de la encefalopatía. Su concentración puede verse afectada por factores preanalíticos, como el retraso en el procesamiento de la muestra, el uso de torniquete prolongado o la agitación del tubo. No obstante, niveles persistentemente elevados (>75 µmol/L), en presencia de síntomas neurológicos y sin otras causas aparentes, respaldan firmemente el diagnóstico clínico de encefalopatía hepática en pacientes con cirrosis. 3.4.2. SODIO Y CREATININA La homeostasis hidroelectrolítica y renal se ve profundamente alterada en los pacientes con cirrosis avanzada, especialmente cuando esta se encuentra en estado descompensado. Entre los parámetros bioquímicos que reflejan estas alteraciones destacan el sodio sérico y la creatinina plasmática. 3.4.2.1. SODIO SÉRICO La hiponatremia (sodio sérico <135 mEq/L) es una complicación frecuente en pacientes cirróticos con ascitis severa o con síndrome hepatorrenal. Este desequilibrio no se debe necesariamente a una pérdida real de sodio, sino a una dilución del sodio plasmático secundaria a: Activación del eje renina-angiotensina-aldosterona. Secreción aumentada de vasopresina (hormona antidiurética). Retención de agua libre en los túbulos renales. Esta retención de agua provoca una dilución del sodio y contribuye a la hiponatremia dilucional, la cual se asocia con: Mayor riesgo de encefalopatía hepática. Reducción de la calidad de vida. Mayor mortalidad hospitalaria. La hiponatremia también se considera un criterio pronóstico en varios modelos, como el MELD-Na score, una modificación del MELD que incluye el sodio como factor pronóstico adicional en pacientes en espera de trasplante hepático. 3.4.2.2. CREATININA SÉRICA La creatinina es un producto de degradación del metabolismo muscular que se elimina casi exclusivamente por filtración glomerular. En pacientes con cirrosis hepática avanzada, un aumento de la creatinina plasmática puede ser el primer indicio de una grave complicación: el síndrome hepatorrenal (SHR). El SHR es una forma de insuficiencia renal funcional, progresiva y potencialmente reversible, que ocurre en el contexto de una vasodilatación esplácnica severa con hipoperfusión renal. Se caracteriza por: Ausencia de daño renal estructural. Marcada retención de sodio y agua. Escasa respuesta a la expansión de volumen. La elevación de creatinina también tiene un valor pronóstico muy significativo, pues incluso aumentos leves en los niveles plasmáticos se asocian con un mayor riesgo de mortalidad. Por esta razón, la creatinina también forma parte del MELD score, siendo uno de los predictores más importantes de mal pronóstico hepático. 4. CONCLUSIONES La cirrosis hepática representa una de las principales causas de morbimortalidad a nivel mundial y constituye el estadio final de múltiples enfermedades hepáticas crónicas. Su diagnóstico oportuno, vigilancia clínica constante y estratificación pronóstica dependen en gran medida de la evaluación bioquímica, dado que los indicadores séricos permiten no solo confirmar la presencia de disfunción hepática, sino también monitorizar su evolución y detectar de manera precoz las complicaciones que comprometen la vida del paciente. Entre los marcadores bioquímicos más relevantes, las aminotransferasas (ALT y AST) permiten identificar daño hepatocelular, siendo ALT más específica del hígado y la relación AST/ALT útil para sospechar etiología alcohólica. La fosfatasa alcalina (FA) y la gamma-glutamil transpeptidasa (GGT) son esenciales para identificar procesos colestásicos u obstrucciones biliares. Por otro lado, la bilirrubina total y fraccionada refleja de forma directa la capacidad excretora del hepatocito, siendo sus niveles elevados un indicador de cirrosis avanzada o descompensada. En cuanto a la función sintética hepática, los niveles de albúmina y los valores de tiempo de protrombina (TP) e INR constituyen predictores críticos del pronóstico y son esenciales en la clasificación funcional del paciente (como en el score de Child-Pugh). Su alteración sugiere un compromiso severo de la capacidad hepatocelular, con implicancias terapéuticas inmediatas y pronósticos relevantes. Asimismo, otros indicadores como el amoníaco, el sodio sérico y la creatinina plasmática adquieren gran relevancia al señalar complicaciones severas de la enfermedad hepática, como la encefalopatía hepática, la hiponatremia dilucional y el síndrome hepatorrenal, todas ellas con impacto significativo en la supervivencia del paciente. La integración de estos marcadores en escalas pronósticas como el MELD y el MELD-Na ha demostrado gran utilidad para determinar la prioridad en el trasplante hepático y anticipar la evolución clínica. En suma, el estudio de los indicadores bioquímicos no solo permite un abordaje diagnóstico preciso, sino que también es una herramienta imprescindible para la vigilancia continua, el ajuste terapéutico y la toma de decisiones clínicas en pacientes con cirrosis hepática. La combinación de estos parámetros con el juicio clínico integral y el uso de guías actualizadas mejora significativamente la calidad de atención, el pronóstico y la calidad de vida de los pacientes afectados por esta patología crónica e irreversible. 5. BIBLIOGRAFÍA 1. Guyton AC, Hall JE. Tratado de fisiología médica. 14.ª ed. Barcelona: Elsevier España; 2021. 2. Sherlock S, Dooley J. Enfermedades del hígado y de las vías biliares. 12.ª ed. Barcelona: Editorial Marbán; 2020. 3. Arroyo V, Moreau R, Jalan R. Acute-on-chronic liver failure: A new syndrome that will re-classify cirrhosis. J Hepatol. 2015;62(1 Suppl):S131-43. doi:10.1016/j.jhep.2014.11.045 4. European Association for the Study of the Liver. 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