Acción Colectiva y Subjetividades La acción colectiva es un fundamento central de la psicología comunitaria latinoamericana, por su carácter práctico. La PC parte de la praxis, es decir, la acción situada, con fines transformadores. Según la definición de Barbero y Cortés, la acción colectiva es un conjunto intencionado de actividades, relaciones, recursos y formas organizativas que tienen como propósito transformar las interacciones colectivas que se dan en un espacio determinado. Esto implica que no es simplemente actuar en grupo, sino hacerlo con una intencionalidad transformadora y bajo ciertas estructuras organizadas. Este concepto incluye: Historicidad. Toda acción colectiva se inscribe en una historia, en un contexto específico. No es universal ni atemporal. Territorialidad y temporalidad, es decir, en espacio y tiempo determinado. Relación con la Comunidad. Aunque una comunidad puede existir sin desplegar acción colectiva, cuando se organiza y actúa con fines comunes, estamos ante una manifestación clara de esta acción. También se distingue entre comunidad y movimiento social. Mientras que la comunidad organizada puede ser un ejemplo de acción colectiva localizada, los movimientos sociales son formas más amplias y estructuradas de acción colectiva que nacen de procesos de movilización sostenida, muchas veces con un carácter político explícito. Movimientos Sociales Los movimientos sociales se pueden entender como producto de la acción colectiva. Se presentan como reacciones al malestar social, nacidas de la rabia o el sentido de injusticia frente a condiciones de opresión o exclusión. Desde una perspectiva histórica, fue el marxismo quien abordó sistemáticamente los movimientos sociales, en particular el movimiento obrero del siglo XIX. Aunque Marx y Engels no formularon una teoría específica sobre estos movimientos, su enfoque crítico sobre el capitalismo y su análisis de la lucha de clases ofrecieron bases analíticas para entenderlos. Un concepto central aquí es el paso de “clase en sí” a “clase para sí”, tomado de Marx: Clase en sí. Existe objetivamente dentro de una estructura social (por ejemplo, los trabajadores en el capitalismo), pero sin conciencia de su situación. Clase para sí. Emerge cuando esa clase desarrolla conciencia de su lugar y de su potencial transformador, organizándose para cambiar su realidad. Además, se señala que la acción colectiva no puede pensarse solo en términos de clase, sino también debe considerar las dimensiones de género y raza. Estas dimensiones intersectan y configuran formas distintas de desigualdad, exclusión y resistencia. Valores en la Psicología Comunitaria La psicología comunitaria no es neutral, sino que asume una posición valórica explícita frente al mundo social. Se compromete con los sectores históricamente más vulnerables, excluidos o empobrecidos, reconociendo que no son culpables de su situación, sino que están condicionados por un sistema estructural injusto. Esto se traduce en una serie de valores y principios éticos: Desarrollo Humano. Entendido como un proceso integral, que incluye la interacción personal y la vinculación social. No se limita al desarrollo económico o individualista, sino que implica relaciones saludables, emancipadoras y significativas. o Liberación. Va más allá de simplemente eliminar la opresión; también busca desplegar las potencialidades humanas, permitiendo que personas y grupos puedan vivir plenamente. o Reciprocidad e Interdependencia. Se reconoce que las personas están conectadas y dependen unas de otras para su bienestar. No se trata de autonomía individual absoluta, sino de vínculos sociales que sostienen la vida. o Solidaridad. Es la base para reconstruir el tejido comunitario, y se ejerce en procesos colectivos, no como caridad. o Autocuidado e Intereses Propios. Se valora el hecho de que las personas también se prioricen y se protejan, como parte del respeto a su dignidad. Empoderamiento. Incluye el desarrollo de una conciencia crítica, la posibilidad de comunicar y de actuar para cambiar el entorno. Justicia Social. Es el horizonte político y ético que orienta toda acción comunitaria. Participación y Sentido de Comunidad La participación y el sentido de comunidad son fundamentales para el desarrollo comunitario. Según Barbero y Cortés, cuando hablamos de participación, no se trata solo de involucrarse en actividades puntuales, sino de fortalecer el tejido social. Esto implica apoyar a los grupos y asociaciones que ya existen en la comunidad, estimular la creación de nuevas organizaciones, y fomentar una red de colaboración y comunicación entre todos ellos. Marchioni añade que no basta con comunicar acciones o propósitos específicos; también es importante que todos comprendan el proceso comunitario para que se sientan parte activa de él. Ferullo propone que el trabajo con la comunidad debe ir más allá de la simple participación. Se trata de promover una participación crítica, que signifique un aumento en la conciencia, en la capacidad de autogestión y organización, y en la voluntad de asumir responsabilidades. Todo esto ayuda a que las personas puedan tomar decisiones más conscientes sobre sus vidas personales y colectivas. La acción comunitaria debe generar condiciones para que se vivan experiencias significativas: aprendizajes compartidos, relaciones afectivas positivas, un verdadero sentido de comunidad y una sensación de control sobre la propia vida. Es decir, construir un tipo de poder en el que muchas personas participan activamente, sintiendo que su implicación tiene sentido y les aporta algo valioso. Sentido de Comunidad Se define como la percepción compartida de interdependencia, similitud con otros y pertenencia a una estructura mayor y estable. No se basa exclusivamente en la proximidad geográfica, sino en vínculos afectivos y simbólicos. ¿Por qué la Comunidad Varía? Lo que define la comunidad es el sentido de la comunidad. Cuáles son las identidades que confluyen en el sentido de comunidad: o Percepción de similitud, de interdependencia, estructura mayor. Importancia de las personas y a los/as miembros de un grupo. Lo afectivo de la comunidad se encuentra: Membrecía. Sentirse parte del grupo, aceptado y reconocido. Influencia. Reconocer que uno puede influir en la comunidad y viceversa. Integración y Satisfacción de Necesidades. La comunidad debe ayudar a cubrir las necesidades de sus miembros. Compromiso Emocional Compartido. Hay un lazo afectivo que une a los miembros. Se destaca que la comunidad no es algo estático, sino que su calidad y estabilidad dependen del sentido subjetivo que las personas construyen en torno a ella. Cambia según las identidades que confluyen en ese espacio. Sentido Psicológico de la Comunidad Saberse alguien, saberse parte de algo, estar y ser. No se trata solo de vivir en el lugar. Apoyo Personal. Sentir que se puede contar con los demás. Contento Personal. Sentirse cómodo y seguro dentro del entorno comunitario. Inclusión Activa. Sentirse bienvenido y partícipe. Compromiso Personal. Estar involucrado y responsabilizado. Vecindad. Relaciones cotidianas y de cercanía como norma. Estabilidad Percibida. La comunidad se siente como un espacio seguro, que perdura. Comunidad y Psicología Comunitaria ¿Se Puede Hacer Psicología Comunitaria sin Comunidad? La psicología comunitaria tiene como objeto y ámbito de acción a la comunidad, entendida no como una entidad homogénea y delimitada, sino como un grupo social complejo formado por una red de relaciones psicosociales. Esta red genera efectos diversos y responde a múltiples niveles de interacción. El término “comunidad” es polisémico, con significados que van desde lo territorial hasta lo simbólico, y que varían según el contexto en el que se emplee. La Real Academia Española, por ejemplo, lo define tanto como un conjunto de personas pertenecientes a un pueblo o nación, como aquello que se comparte sin pertenecer a nadie en particular. En el ámbito de la psicología comunitaria, la comunidad no debe entenderse como un espacio fijo ni cerrado, sino como un conjunto dinámico de relaciones históricas, culturales, sociales y emocionales. Las personas que la componen tienen diferentes valores, intereses y perspectivas sobre la realidad, pero se reconocen mutuamente como parte de un mismo “nosotros”. Es precisamente este sentido compartido, construido a partir de relaciones y experiencias comunes, el que otorga identidad al grupo. La comunidad, por tanto, no es solo una escena o un lugar físico, sino un sentimiento, una construcción colectiva vinculada a procesos de resistencia frente a tendencias individualistas o globalizadoras. Así, la psicología comunitaria se orienta a intervenir en estos procesos psicosociales, actuando sobre intersubjetividades, asociaciones, lazos y conflictos sociales. La comunidad es un grupo social históricamente constituido, preexistente a la intervención profesional, con una identidad que se desarrolla en función de sus propios intereses, necesidades y recursos. Aspectos Constitutivos del Concepto de Comunidad La comunidad se construye a partir de elementos compartidos como la historia, la cultura, los intereses, problemas y expectativas socialmente definidos por sus miembros. También se asienta en un espacio y tiempo determinado, en el que se desarrollan relaciones cara a cara, habituales y frecuentes. Existe una influencia constante entre los individuos y el colectivo, que da lugar a una identidad social común y un sentido de pertenencia. Esta identidad no excluye las múltiples afiliaciones personales, ya que los miembros de una comunidad poseen simultáneamente identidades de género, étnicas, profesionales, políticas, religiosas, etc. La comunidad posee límites borrosos, lo que impide definirla con precisión desde una lógica cerrada. La acción individual no se disuelve en lo colectivo; más bien, se entrelaza con él, generando un beneficio mutuo. Las comunidades, entonces, son estructuras vivas, en transformación, hechas de relaciones no solo entre personas, sino también entre personas y lugares. Estos lugares se convierten en espacios significativos cargados de memoria, donde los fracasos, los triunfos, los miedos y las alegrías otorgan sentido colectivo y emocional. La comunidad es, en definitiva, una construcción física y afectiva que apropia y es apropiada por quienes la habitan. Sujeto Moderno y Comunidad La subjetividad moderna atraviesa una crisis profunda. En las sociedades contemporáneas, los modos de vida se han diversificado de forma incomparable, provocando una desdibujación de las fronteras entre lo privado, lo público, lo personal y lo social. Esta fragmentación da lugar a una subjetividad centrada en el presente, desanclada de la historia y de un horizonte futuro, propia de una sociedad de consumo donde el potencial humano es visto como producto. Esta moda llamada “ola del potencial humano” psíquico y corporal, no es más que el estadio definitivo de una sociedad que lleva a sus últimas consecuencias la privatización ya operada por la edad del consumo. El auge de discursos y prácticas “psi”, terapias, meditación, comunicación emocional y corporal, refleja esta transformación del sujeto en alguien terapéutico, centrado en sí mismo, alejado del compromiso político. La figura del “homo politicus” ha sido reemplazada por la del “homo psicologicus”, un sujeto que busca bienestar personal en lugar de transformación colectiva. Esta revolución subjetiva ha tenido un profundo impacto en las formas de relación y en la psicología social misma, que debe repensarse en función de estas nuevas configuraciones del sujeto. Aspectos Teóricos La psicología es presentada como una ciencia multi-paradigmática, caracterizada por una diversidad de perspectivas ontológicas, epistemológicas y metodológicas. Esta diversidad ha permitido la aparición de enfoques que otorgan un papel central a la construcción activa del conocimiento y al lenguaje como herramienta fundamental. No existe un punto externo desde el cual observar objetivamente la realidad; el conocimiento siempre está mediado por el lugar desde donde se construye y por la interacción entre observador y observado. Constructivismo Pone énfasis en el individuo. Sostiene que el conocimiento no se recibe pasivamente, ni a través de los sentidos ni por lo que otros nos dicen, sino que es el resultado de una construcción activa del sujeto (o del grupo) al interactuar con su entorno. Cada persona organiza su experiencia del mundo de forma tal que le permita sobrevivir y adaptarse. Desde esta mirada, la realidad no es algo que simplemente se descubre, sino algo que se construye en el proceso de conocer. El constructivismo radical (relacionado con la cibernética de segundo orden) va más allá y plantea que nunca accedemos a la realidad “tal como es”, sino que siempre está mediada por nuestras propias categorías mentales y lingüísticas. Construccionismo Social El construccionismo social pone el foco en el intercambio social y el lenguaje como medios fundamentales para construir el conocimiento. El conocimiento se origina en las relaciones sociales, a través del diálogo y el lenguaje compartido. Estas interacciones están atravesadas por relaciones de poder, y el conocimiento que se forma no es neutral. Kenneth Gergen, uno de los principales autores de esta corriente, dice que los conceptos con los que nombramos el mundo están integrados en prácticas discursivas, es decir, formas de hablar y actuar que existen en una cultura. Lo que entendemos por mente, persona o comportamiento no está en el individuo aislado, sino en la red de relaciones en la que ese individuo participa. Socioconstruccionismo Este enfoque se desarrolla hacia fines de los años 60, influido por la filosofía del lenguaje. Destaca la función simbólica del lenguaje y su papel en la construcción de la realidad social. No solo comunica, sino que también crea significados en la comunidad. Se subraya la importancia de la semántica, es decir, del significado que los signos lingüísticos adquieren en la interacción social (la interpretación de lo que decimos depende del contexto). Autores como Berger y Luckmann, plantean que la realidad es construida mediante la interacción significativa entre los seres humanos. Esta realidad es posteriormente interiorizada por los sujetos a través del proceso de socialización. Investigación Acción Participativa Metodología IAP La Investigación-Acción Participativa es una metodología que nace en los años 60, influida por la reflexión crítica posterior a la Revolución Cubana. Emergen cuestionamientos a la colonización del conocimiento por parte de enfoques positivistas y occidentales, y se plantea que las ciencias y la educación tradicionales son insuficientes para generar transformaciones sociales estructurales. Así, la IAP se establece como un método que permite el conocimiento colectivo de la realidad social a través del análisis crítico, con participación activa de los grupos implicados, y con una orientación hacia la transformación y el cambio social. Este enfoque metodológico no concibe la investigación y la acción como procesos separados, sino como momentos interrelacionados. A medida que se investiga, se genera acción, y al mismo tiempo, la acción alimenta nuevas reflexiones. Esto permite que las personas reconozcan las problemáticas sociales que las afectan, cuestionen aquello que ha sido naturalizado en los discursos cotidianos y desarrollen conciencia crítica. Investigación-Acción En la IAP, los procesos son construidos colectivamente por agentes internos y externos. Los agentes externos, como investigadores o técnicos, aportan herramientas metodológicas que facilitan el análisis de la realidad social. Los agentes internos, es decir, las personas de la comunidad, son considerados sujetos activos en la construcción del conocimiento; no son objetos de estudio, sino participantes que influyen y son influidos por la realidad que habitan. La relación entre ambos debe establecerse desde la horizontalidad. La IAP se estructura como un proceso recursivo en el que reflexión y acción se suceden y retroalimentan mutuamente. ¿Qué Entendemos por Participación? La participación se concibe como un proceso en el cual los individuos se involucran en las decisiones colectivas sobre asuntos que los afectan o les interesan. Según la RAE, participar es tomar parte en algo, compartir ideas, comunicar o recibir una parte de algo. Esto revela que la participación es inherentemente social, porque siempre implica una relación con otras personas en torno a temas colectivos. Se distinguen varias formas de participación: Participación Política. Se refiere a las acciones de individuos o grupos que buscan incidir en los asuntos públicos y en los valores y procedimientos adoptados por una sociedad. Esta puede ser institucional (promovida desde el Estado) o instituyente (surgida desde los colectivos sociales), y puede tomar formas tanto formales como informales. Participación Asociativa. Ocurre en el seno de organizaciones, grupos y colectivos en los que se dan procesos de definición de objetivos comunes y desarrollo de acciones para la transformación social. La democracia interna y la autonomía de la organización son claves. Participación Comunitaria. Tiene lugar dentro de comunidades específicas. Es un proceso dinámico que implica reflexión y acción conjunta para mejorar condiciones de vida, basado en el reconocimiento de intereses comunes. Este tipo de participación no es un estado fijo, sino un proceso que se va desarrollando con el tiempo. Es una forma de educación no formal que se construye en las relaciones interpersonales, promoviendo el involucramiento de todas las personas, sin distinción de género o edad. La participación es voluntaria y está motivada tanto por el deseo de contribuir como por el malestar que genera no hacerlo. Su eficacia depende de la cohesión de la comunidad, de su organización y de la accesibilidad y control sobre sus líderes. Además, está íntimamente ligada al fomento de una democracia participativa. Problematización Origen del Concepto El concepto de problematización tiene sus raíces en el pensamiento de Paulo Freire, quien propuso una crítica radical a la educación tradicional, a la que denominó “bancaria”, por tratar a los educandos como depósitos pasivos de información. Para Freire, la educación debía ser liberadora, centrada en el diálogo y en el cuestionamiento del mundo. Problematizar implica generar conciencia sobre la conciencia misma. Es el inicio de un proceso gnoseológico en el cual el objeto de conocimiento no es un dato aislado que el sujeto analiza, sino el mediador de un proceso en el que tanto educador como educando reflexionan y se transforman mutuamente. Definición del Concepto de Problematización Problematizar es generar situaciones en las que las personas se ven forzadas a revisar sus acciones o creencias respecto de hechos que consideran normales, inevitables o naturales. Estos hechos, al ser examinados críticamente, permiten que las personas tomen conciencia de situaciones de exclusión, opresión o desigualdad que antes estaban naturalizadas. Se establece así una conexión entre el saber heredado y otras formas posibles de conocer y vivir. La problematización sensibiliza, rompe con lo naturalizado y produce las bases para una motivación hacia el cambio social. Domesticación de la Mente y de la Acción La vida cotidiana está compuesta por rutinas que, aunque puedan generar alienación o cosificación, tienden a ser aceptadas sin cuestionamiento. Esta repetición impide que las personas se detengan a reflexionar sobre las limitaciones que enfrentan, y las mantiene sometidas a lo que las teorías psicológicas de la atribución han denominado “otros poderosos”. Esta domesticación de la mente y de la acción bloquea el surgimiento del pensamiento crítico y la posibilidad de transformación. Objetos y Sujetos de la Problematización El objeto de la problematización es siempre algo concreto, un hecho vivido que provoca expresiones estereotipadas o conocimientos asumidos que perpetúan una situación. Los sujetos son tanto las personas implicadas en los procesos de intervención o investigación como los propios investigadores. La problematización es un proceso relacional en el que todos los participantes se ven desafiados a revisar sus ideas y a aprender mutuamente. No hay recetas para llevarla a cabo: se construye en el diálogo, en la escucha y en el cuestionamiento conjunto. Bases del Proceso Problematizador Escuchar, permite detectar qué aspectos están naturalizados y qué preguntas pueden desencadenar una toma de conciencia. El diálogo es la condición siguiente, porque escuchar sin establecer una relación recíproca mantiene al otro excluido del proceso. Participar en ese diálogo exige sensibilidad y respeto. No se trata de imponer verdades ni de adoptar una actitud paternalista, sino de compartir conocimientos desde una relación de igualdad. Las palabras técnicas deben explicarse mediante ejemplos vivenciales y discutirse con las personas interesadas. La comunicación debe ser bidireccional. Es esencial que haya espacio para disentir, preguntar, reír, emocionarse. El respeto debe ser mutuo, y nadie debe sentirse superior. La crítica en este contexto no es destructiva, sino reveladora. A través de preguntas problematizadoras, reflexiones compartidas y metáforas, se busca provocar la revisión profunda de las propias creencias y percepciones. Otras bases del proceso son la conexión con situaciones reales, la reflexión continua y la generación de una conciencia que abra caminos a la transformación. Desnaturaliza, Desideologiza y Concientiza La problematización opera desnaturalizando, desideologizando y concientizando. Parte de un rechazo o sospecha crítica hacia situaciones concretas que afectan a las personas. Tiene como objetivo transformar condiciones que limitan la vida y la acción colectiva, y genera una perspectiva crítica que expande el conocimiento y las posibilidades de intervención. Busca, además, procesos de identificación de necesidades y recursos, estableciendo distinciones entre la necesidad “normativa” (establecida por agentes externos) y la “sentida” (reconocida por los propios participantes). Para ello, es indispensable familiarizarse con el contexto y tener una actitud crítica y reflexiva respecto a la propia práctica, lo que requiere una sistematización constante del trabajo realizado.
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