PODER, MORALIDAD Y
CONTRADICCIÓN: UNA MIRADA
LITERARIA Y SOCIAL DESDE
DOSTOIEVSKI, VICTOR HUGO Y
MAQUIAVELO
La paradoja de la moralidad y el poder
MAYO DE 2025
JUAN VICENTE MARTÍNEZ MARÍN
1. Introducción: La paradoja de la moralidad y el poder
Vivimos en una sociedad atravesada por una contradicción profunda y, en muchos casos, normalizada: la
convivencia entre la exigencia de una moral rigurosa para el ciudadano común y la tolerancia hacia la
amoralidad de quienes ostentan el poder. Esta paradoja, lejos de ser un fenómeno moderno, ha sido
explorada por pensadores, filósofos y escritores a lo largo de la historia. Pero es en la literatura —refugio
del alma humana y espejo crítico de la realidad social— donde encontramos algunos de los retratos más
potentes de esta tensión.
La moral, en su forma más elemental, nace como una brújula compartida que guía los actos individuales
hacia lo justo, lo correcto, lo compasivo. Sin embargo, cuando se traslada al campo del poder, esta brújula
parece desimantarse. El ejercicio político, tal como lo plantea Maquiavelo en El Príncipe, se despoja de
cualquier pretensión ética o religiosa: su lógica es la eficacia, la conservación del dominio, y si la moral
sirve a ese fin, se la utiliza; si no, se la descarta.
Este divorcio entre moralidad y poder —entre lo que se espera del débil y lo que se tolera en el fuerte—
se convierte en el núcleo de la reflexión que aquí proponemos, contrastando dos grandes obras de la
literatura: Humillados y ofendidos de Fiódor Dostoievski y Los miserables de Victor Hugo. Ambas exploran,
desde distintos ángulos, el drama de los marginados, la miseria del alma humana, y los efectos
devastadores de una justicia que no es justa porque responde más a estructuras de poder que a
verdaderos principios éticos.
Mientras la ley castiga al pobre por robar un pan, premia al poderoso que arruina vidas enteras. Mientras
la moral religiosa exige humildad, perdón y bondad al pueblo, la política premia la manipulación, el engaño
y la apariencia de virtud. ¿Cómo se llega a aceptar semejante contradicción? ¿Y cómo podemos, desde
la educación, la literatura y la reflexión, preparar a las personas para no caer en esta trampa?
Este trabajo se propone abordar esas preguntas. Lo haremos desde la mirada literaria, pero también
filosófica, política y educativa. Porque quizá una de las formas más poderosas de cambiar la realidad sea
a través de la conciencia, y pocas herramientas despiertan más conciencia que una gran historia bien
contada.
2. El poder sin moral en Maquiavelo y su eco en la política moderna
Nicolás Maquiavelo, en El Príncipe, no escribió un panfleto malicioso, sino un tratado lúcido sobre la política
real tal como la conocía: dura, implacable, muchas veces amoral. Su objetivo era guiar al gobernante para
conservar y expandir el poder en tiempos de crisis y fragilidad estatal. Para Maquiavelo, la virtud del político
no radicaba en su bondad, sino en su astucia, eficacia y capacidad de conservar el orden, incluso mediante
el engaño o la crueldad si era necesario.
Lo revolucionario (y a la vez inquietante) de su pensamiento fue separar claramente la ética cristiana de la
lógica del poder. Según él, el príncipe debía "parecer" virtuoso, pero estar dispuesto a actuar sin escrúpulos
si la situación lo exigía. Esta postura, profundamente pragmática, prescindía del idealismo moral para
centrarse en la funcionalidad del liderazgo. El gobernante debía ser tanto "zorro para reconocer las
trampas" como "león para ahuyentar a los lobos".
Este enfoque ha sido adoptado, reinterpretado e incluso distorsionado a lo largo de la historia por líderes
que han legitimado acciones autoritarias, represivas o manipuladoras en nombre de la estabilidad o el
progreso. En el contexto actual, es común ver discursos públicos cargados de moralidad y defensa de
valores, mientras en la práctica se perpetúan sistemas donde la corrupción, la manipulación mediática y el
desprecio por la justicia social son moneda corriente.
La pregunta que surge es: ¿cómo han aceptado las sociedades esta desconexión entre discurso y
práctica? ¿Por qué se tolera, e incluso se justifica, que el poder actúe sin principios éticos, mientras se
exige a los ciudadanos que se rijan por estándares morales estrictos?
La respuesta, en parte, está en el imaginario colectivo que normaliza la astucia en el poder y en la falta de
educación crítica que permita identificar estas contradicciones. Aquí es donde entran en juego autores
como Dostoievski y Victor Hugo, quienes desde la literatura denuncian esa brecha entre la moral exigida
al débil y la amoralidad permitida al poderoso.
3. Dostoievski y la culpa: la moralidad del condenado
Fiódor Dostoyevski, en Humillados y ofendidos, ofrece una exploración profunda de la dualidad moral que
atraviesa tanto al individuo como a la sociedad. La novela no solo se ocupa de las luchas internas de sus
personajes, sino que también refleja la sociedad rusa de su tiempo, marcada por desigualdades,
sufrimiento y contradicciones éticas. En este escenario, las figuras del poder y la riqueza son, a menudo,
responsables de la miseria de los demás, pero al mismo tiempo, se presentan como moralmente exentos
de culpa.
El personaje de Ippolit, en Humillados y ofendidos, es un reflejo claro de la contradicción que describe
Maquiavelo: es una persona que, a pesar de sufrir en carne propia las injusticias del sistema, termina
adaptándose a la lógica amoral que domina el entorno. El sufrimiento de los débiles es contemplado con
una mezcla de compasión y resignación, mientras que los opresores no sienten la carga de la culpa, al
menos no de una forma que los lleve a cambiar sus acciones. La dualidad entre el sufrimiento humano y
la indiferencia del poder se convierte en un tema central en la obra de Dostoyevski.
Al igual que en Los Miserables de Victor Hugo, en Humillados y ofendidos se presenta un mundo donde
los pobres son los que cargan con el peso de una moralidad que no es la suya. La figura del pobre,
condenada por la sociedad y arrastrada por las circunstancias, es la que está sujeta a las leyes de la moral
tradicional: la justicia, el perdón, la redención. Pero, al mismo tiempo, los poderosos son capaces de vivir
sin que se les impongan los mismos estándares, ya que su posición está protegida por la amoralidad de
las instituciones que sostienen su poder.
La obra de Hugo y Dostoyevski muestra cómo la moral se emplea de forma selectiva, no para mejorar la
sociedad, sino para mantener el orden establecido. Los condenados, los desposeídos y los oprimidos están
atrapados en un ciclo de sufrimiento que es perpetuado por una moral que solo se aplica a ellos, mientras
que aquellos que ostentan el poder actúan con impunidad, al margen de cualquier juicio ético.
4. La moral en Los Miserables: la transformación de la sociedad desde la ética
En Los Miserables, Victor Hugo plantea una crítica profunda a las estructuras sociales y políticas de su
tiempo, pero lo hace desde la perspectiva de la moral cristiana, la compasión y la justicia. En este sentido,
el personaje de Jean Valjean se convierte en un modelo de redención: su vida es un testimonio de la
capacidad humana para el cambio, incluso cuando la sociedad lo rechaza. A través de Valjean, Hugo
aborda la cuestión de la justicia: ¿cómo puede la sociedad juzgar a alguien que ha sido despojado de todo
por un sistema injusto?
Valjean no solo es un reflejo de la lucha contra la pobreza y la injusticia, sino que también es el ejemplo
de la capacidad de transformación individual. Su vida demuestra que la moralidad y la ética no son
conceptos inamovibles, sino que deben ser entendidos y aplicados dentro de un contexto social y humano
que permita la redención y el perdón. Sin embargo, la obra también expone la contradicción del sistema
judicial y político, que no es capaz de ofrecer esta posibilidad a todos, especialmente a aquellos que no
tienen la suerte de encontrar figuras como el obispo Myriel, que lo ayuda y lo redime.
La transformación de Valjean no es solo una cuestión personal, sino que está íntimamente ligada a la
posibilidad de cambio en la sociedad. En el fondo, Hugo nos plantea la posibilidad de una reforma social
basada en la moralidad, pero no una moral rígida y absoluta, sino una moral flexible que reconozca las
circunstancias del ser humano y la importancia de la compasión.
5. Preparando a la sociedad para superar la dualidad moral
La pregunta clave que surge al comparar El Príncipe, Los Miserables y Humillados y ofendidos es cómo
evitar que las sociedades caigan en la contradicción de aceptar la inmoralidad de los poderosos mientras
siguen exigiendo que los ciudadanos se ajusten a estándares morales rígidos y, muchas veces,
inalcanzables.
Para ello, es esencial comprender que la moralidad no debe ser un dogma impuesto desde arriba, sino un
principio que se construye colectivamente y que debe ser flexible, contextual y sobre todo, humanista. La
educación y el acceso a una información crítica son fundamentales para que las personas puedan
reconocer estas contradicciones y actuar en consecuencia.
En este sentido, la clave para evitar la aceptación pasiva de la amoralidad en el poder es cultivar una
cultura política que valore la ética en todos los niveles, sin excepciones. Esto implica tanto una reforma del
sistema educativo como una transformación de los valores que rigen la vida pública. La política debe ser
transparente, justa y responsable, pero para lograrlo, los ciudadanos deben exigir y fomentar la integridad
en aquellos que ostentan el poder.
Para preparar a la sociedad, debemos fomentar una ética basada en la empatía, el reconocimiento de la
dignidad humana y la capacidad de cuestionar las normas impuestas. Es necesario cultivar la idea de que
la moralidad no es un concepto abstracto, sino un compromiso con la justicia y la equidad, y que los
sistemas que niegan esto, ya sea por conveniencia o por miedo, están condenados a perpetuar la
desigualdad y la corrupción.