Sigue a tu deseo. Transformación de la figura heroica en la publicidad contemporánea1 Carlos Mario Berrío Meneses2 Alejandra María Laverde Román3 Resumen El presente trabajo muestra la evolución conceptual de la categoría “héroe”, para lo cual revisa mitología, narratología y estudios de corte psico-social. Luego de mostrar la transformación del concepto, sondea su traslape al mundo del marketing y la publicidad, en una perspectiva crítica donde se muestran las articulaciones y desarticulaciones entre los presupuestos de la tradición teórica en contraste con sus aplicaciones en campañas publicitarias. Para esto último, revisa piezas de la marca Nike donde se muestra la traducción, adopción y adaptación del concepto analizado. Las conclusiones avizoran el cambio de valores en el mundo contemporáneo como la plataforma de sentido sobre la que debe entenderse el viraje mismo de la figura heroica. Palabras clave: héroe, arquetipos, publicidad, imaginarios Introducción Podría pensarse que la contundente afirmación de Nietzsche “Dios ha muerto”, ha desembocado también en la irremediablemente muerte del héroe, o —en el mejor de los casos— en su profunda decadencia que se materializa en diversos discursos culturales. 1 Esta publicación está asociada al proyecto de investigación titulado “Relatos de Marca. Análisis de las estructuras narrativas de las campañas de comunicación de marca a la luz de la Teoría del Relato”, la cual ha sido financiada entre la Universidad Católica de Oriente y la Universidad de Medellín. En esta última institución, la investigación se registra bajo el número 976. 2 Doctor en Comunicación audiovisual, publicidad y relaciones públicas de la Universidad Complutense de Madrid. Magíster en Estudios políticos y publicista de la Universidad Pontificia Bolivariana. Docente investigador de la Universidad de Medellín. Sus áreas de interés giran en torno a los relatos, la propaganda, el branding y la publicidad. Correo electrónico: caberrio@udem.edu.co. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0172-5586 3 Doctora en Teoría, Análisis y Documentación Cinematográfica de la Universidad Complutense de Madrid, Magíster en Literatura de la Universidad de Antioquia y en la actualidad es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad de Medellín. Sus líneas de investigación son, la de Estudios Literarios y la de Narrativas Audiovisuales: narratología, teoría del relato y análisis textual del audiovisual. Correo electrónico: alaverde@udem.edu.co. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9059-3502 Caída que, se sugiere, ha tomado poco más de un siglo en configurarse. No son pocos los autores que trasiegan sobre la misma idea de Nietzsche, enfocándola en la caída del mito y —por tanto— de la figura heroica. Por ejemplo, Joseph Campbell (1993) asevera que actualmente asistimos a una notoria crisis de los valores de nuestra sociedad, evidenciada en el aumento significativo de desórdenes mentales, suicidios, adicción a los alucinógenos, abundancia de niños insolentes, hogares destrozados, etcétera, los cuales obedecen a la desestabilización producto de la caída del mito. Jesús González Requena (González Requena, 2006, 2008) llega un poco más lejos, pues afirma que la caída profunda de la natalidad que sufre occidente se debe a que nuestra civilización es la única que en la historia ha decidido configurarse en la ausencia de mitos. “No resulta difícil establecer la relación entre el proceso masivo de desmitologización de nuestra civilización y el, evidentemente simultáneo, cese de la procreación” (2006, p. 2). Su trabajo constata la decadencia notoria que ha sufrido la figura heroica en el cine de Hollywood en el último siglo. Sin embargo, la figura del héroe se mantiene bastante viva desde nuestra temprana infancia, ya sea a través de los cuentos infantiles, el cine o la televisión y sobrevive en la adultez de muchos de nosotros, hasta tal punto en que algunos dan lo mejor de sí en los momentos más oscuros y actúan tal como un héroe lo haría. Pareciera que el héroe sobrevive en individuos que proceden inspirados en esta figura o quizá, actúan queriendo convertirse en él. Incluso, diversos autores argumentan que la figura del héroe habita también en el discurso publicitario y, más exactamente, en toda la narrativa de marca que reconocidas empresas desarrollan para cautivar a sus diversos públicos. En este sentido, si algunos autores ponen de manifiesto la decadencia del héroe en el mundo contemporáneo o incluso su muerte, vale la pena preguntarse qué es un héroe, cuáles son sus características, y si se ha transformado, cómo y en qué lo ha hecho. También amerita preguntarse dónde habitan los héroes y cómo se configura el héroe en los discursos publicitarios y en el branding. Estas son algunas de las preguntas que busca responder una investigación, centrada en descubrir la relación entre la figura del héroe y el discurso persuasivo del branding. Para ello, se realizó una revisión bibliográfica que permitiera la definición clara del héroe y con ello categorizar las diferentes visiones que se tiene de esta figura. Dicha revisión advierte cómo el héroe y la imagen que se tiene de este varía no solo con el tiempo, sino también con la cultura de los diversos pueblos que configuran al héroe en sus relatos. Finalmente, se analiza una serie de campañas publicitarias de reconocidas marcas que, según diversos autores, se inspiran en la figura del héroe, tales como Nike, FedEx y el Ejército de Colombia. La transformación del héroe clásico ¿Qué es un héroe? Es una pregunta que diversos autores han intentado responder. Por ello, es fácil encontrar una serie de definiciones que no resultan ser totalmente coincidentes entre sí. Quizá, sean Vladimir Propp (1983a, 1983b) y Joseph Campbell (1993, 2014) los teóricos más renombrados que han abordado esta cuestión. El primero, desde el estudio de los textos populares rusos y de los pueblos que conformaron a la ya extinta Unión Soviética; el segundo, desde el estudio de la mitología. Sin embargo, otros autores como Carl Jung (2002), Hugo Bauzá (2007), Jesús González Requena (González Requena, 2006, 2008), Christopher Vogler (2002) y Fernando Savater (1983), entre otros, han abordado el tema desde diversas perspectivas y con dispares niveles de éxito4. El trabajo de Propp se condensa, principalmente, en dos obras: Morfología del cuento (1992) y El epos heroico ruso (1983). En el primer texto, como su nombre lo indica, el autor descubre que los cuentos maravillosos rusos, sin importar la temática que narren, tienen una misma estructura que se mantiene a lo largo del tiempo. Para llegar a este descubrimiento, el autor afirma que, la pregunta más importante a la hora de analizar una obra de este tipo gira en torno a ¿qué hacen los personajes? Quién hace y cómo lo hace es un asunto accesorio. En este sentido, saber qué hacen los personajes se considera la función del personaje y estas son las partes constitutivas fundamentales del cuento. En su trabajo, Propp también descubre que, el número de funciones del cuento siempre es limitada, la sucesión de funciones es idéntica y todos los cuentos maravillosos tienen la misma estructura, determinada por lo anteriormente mencionado. Si bien en este texto, Propp 4 En particular, en estudios sobre comunicación, algunos trabajos pueden mencionarse por establecer vínculos entre los conceptos heroicos y su relación con imaginarios y representaciones colectivas: los libros Identidades, héroes y discursos en la modernidad tardía (Roncallo-Dow et al., 2016, editores) y Héroes y villanos en el cine iberoamericano (Rivera-Betancur, 2012, compilador), algunos ejercicios hermenéuticos (Arango, 2008; Berrío Meneses, 2018; Laverde Román & Berrío Meneses, 2018), histórico-críticos (García Gordillo, 2004; Pahuacho, 2015), así como otros de corte más sociológico (Gil Calvo, 2006) y arquetípicos (Balló & Pérez, 1995; Bóu & Pérez, 2000). determina que el héroe tiene unas funciones determinadas en el cuento, unas acciones o tareas, por así decirlo, no sería hasta El epos heroico ruso (1983) donde se dedicaría en abordar en profundidad el sentido del heroísmo. Para ello, el autor analizó una serie de textos populares rusos de carácter épico (epos), donde se “glorifica a quienes el pueblo elige como héroes y a sus méritos” (1983b, p. 11), para finalmente descubrir cuáles son las cualidades de estas figuras. Su análisis le permitió concluir que el contenido del epos siempre es la lucha y la victoria. Sin embargo, por qué se lucha o, mejor, en nombre de qué se lucha, cambia con el tiempo. Desde esta perspectiva, los héroes y sus características cambian con las necesidades de la sociedad que los configura. No obstante, hay una particularidad común que se mantiene con el paso del tiempo: el motivo de lucha no es mezquino o limitado al bienestar del individuo, sino al beneficio de la comunidad a la que el héroe pertenece. La lucha narrada en el epos se centra en el más elevado ideal de los pueblos en cada época. Por ejemplo, Propp (1983) afirma que, en una época pre-feudal, la familia se ubica en el centro del epos heroico de aquellos pueblos que abandonaban la vida tribal y se asentaban al desarrollar modos de producción agrícola. Numerosos textos ubican la labor del héroe en buscar una mujer, defenderla y con ella crear su propia familia. Para ello tendrían que hacer largos viajes, enfrentar y derrotar a aquellos monstruos que a él se le oponían. “En este determinado estadio de desarrollo, la lucha por la mujer y la familia, y contra las fuerzas que la obstaculizan siempre tiene un carácter social, no individual. Esta es precisamente la lucha que afronta el héroe” (Propp, 1983, p. 61). Ni la satisfacción personal del héroe, ni el amor sería aquello que sustentaría la necesidad de crear una familia, sino la supervivencia, expansión y éxito del orden comunitario. Por ello, para él es inaceptable raptar a una mujer, sino que tiene que presentarse ante el padre de ella como poseedor de altas cualidades morales y autor de muchas hazañas. Ahora bien, los pueblos con vecinos guerreros que se dedicaban al saqueo, conforman una figura de héroe protector, capaz de combatir a dichos guerreros y proteger a la comunidad. “El héroe posee elaboradas cualidades morales elaboradas por el pueblo que lucha por su propia supervivencia” (Propp, 1983, p. 81). Cuando el desarrollo económico devino en la aparición de desigualdades patrimoniales, el héroe se convertía en un defensor de los necesitados. Ayudar y dar refugio al caminante y hospedaje al caballero no era un asunto de cortesía, sino una norma social que beneficiaba a la comunidad. Las conclusiones a las que llega Propp son consecuentes con algunas de las reflexiones de MacIntyre (2001) quien diagnostica la moral de nuestro tiempo. La tesis del autor se fundamenta en que el mundo contemporáneo vive una crisis moral pues hoy somos incapaces de ponernos de acuerdo en cuáles deben ser nuestros valores y abrazamos posiciones que son contradictorias entre sí. Este fenómeno, que el autor califica como emotivista, tiene su origen en la idea de que la ética se fundamenta en la razón. Diversos filósofos, entre los que se destacan Kierkegaard y el mismo Kant, se han preguntado en qué radica lo ético y, todos ellos llegaron a la conclusión de que está determinado por la razón. Su propuesta se fundamenta en crear una ética sustentada en la razón y no en cuestiones de carácter social y religioso. Sin embargo, todos ellos ignoraron que se hallaban inmersos en la tradición judeocristiana y los principios éticos que promulgaban tenían sus orígenes en el protestantismo con el que fueron criados. De tal suerte que el desarrollo de una ética de origen racional al interior de una civilización orientada por una ética de origen religioso, resulta imposible. En otras palabras, MacIntyre afirma que los valores morales de una sociedad, incluyendo la concepción del heroísmo, dependen de la sociedad misma, de sus creencias, del contexto y — especialmente— del tipo de relatos que dicha sociedad se narra entre sí, pues “…el medio principal de la educación moral es contar historias” (p. 155). En este sentido, el autor es enfático en sostener que estos valores y la concepción de lo heroico no surge de una razón de carácter universal, como otros filósofos propusieran. Así, MacIntyre y Propp coinciden en que lo heroico gira en torno a lo que una comunidad considera como lo más elevado y conciben a los héroes como personajes ideales, pero no de carácter universal, sino ligados —muy concretamente— a las necesidades y valores de una comunidad específica. Ejemplos concretos se encuentran en las sociedades griegas, islandesas e irlandesas del siglo XIII, a las que el autor llama heroicas, en las cuales los deberes de los hombres estaban dados por su posición social. Las estructuras rígidas y preestablecidas determinaban los deberes y privilegios de cada uno de los miembros de dicha sociedad. Así, existía una clara comprensión de qué acciones se necesitan para poner en práctica los privilegios y los deberes. En tal sentido, a los héroes los definían sus actos y no sus complejidades emocionales. “[E]l hombre y sus acciones llegan a ser idénticos, y él se forma a sí mismo completa y adecuadamente incluido en ellas [las acciones]; no tiene profundidades ocultas” (MacIntyre, 2001, p. 156). La moral y la estructura social son una misma cosa en estas sociedades que creían en sus héroes. No es posible para el individuo retraerse ni imaginarse en abstracto por fuera de estas. Cada uno sabe qué le debe a su sociedad y qué le deben los otros miembros a él. Asimismo, como sujetos están imposibilitados para revisar las condiciones de su comunidad y el porqué de su estructura. Simplemente la aceptan. La sociedad establece claramente quiénes no son parte de ella y quiénes son considerados extranjeros o bárbaros. En el mundo contemporáneo, advierte el autor, los filósofos morales piensan de tal manera que parecen no formar parte de la sociedad. Ese es el más agudo contraste entre estas sociedades anteriores y la modernidad del yo emotivista, que actúa como si pudiera elegir el sistema y las reglas que debe cumplir. En la sociedad heroica no hay exterior, por lo que las normas y lo que determina la virtud son parte del sistema. Las normas deben cumplirse hasta la muerte: “Hasta mi muerte tengo que hacer lo que tengo que hacer” (MacIntyre, 2001, p. 161). En contraste, la sociedad moderna permite escoger los valores de los cuales sentirse orgulloso. Por otra parte, en las sagas islandesas, advierte: [U]n esquema conceptual que tiene tres elementos centrales interconectados: un concepto de lo que el papel social exige al individuo que lo habita; un concepto de excelencias o virtudes como las cualidades que hacen capaz a un individuo de actuar según lo que exige su papel social; y un concepto de la condición humana como frágil y vulnerable por el destino y la muerte, tal que ser virtuoso no es evitar la vulnerabilidad y la muerte, sino más bien darles lo que les es debido (MacIntyre, 2001, p. 164). Los tres elementos interconectados dan origen a una serie de sagas (relatos) donde se pone en evidencia los valores de esta sociedad. “Esta estructura es la forma narrativa épica o la saga, una forma encarnada en la vida moral de los individuos y en la estructura social colectiva. La estructura social heroica es narrativa épica sancionada” (MacIntyre, 2001, p. 164). (… ) los personajes de la épica no tienen otros medios de observar el mundo humano y natural sino los provistos por las concepciones que informan su visión del mundo. Pero por la misma razón, no les cabe duda de que la realidad es tal como se la representan. Se nos presentan con una visión del mundo para la que reclaman la verdad. La epistemología implícita del mundo heroico es un realismo consumado (MacIntyre, 2001, p. 164). Puede que las sociedades heroicas, tal como la plantean estos poemas o sagas, no existieran nunca, pero quienes bebieron de estos relatos no tenían cómo comprobarlo. Sus actos estaban guiados por este antepasado legendario. Si bien, quizá los atenienses, y los griegos en general, pudieron preguntarse por lo justo de sus actuaciones, estas se guiaban por lo que la ciudad y sus habitantes esperaban de ellos. En tal sentido, los héroes no solo eran la personificación de los valores de esta sociedad, sino que, además, se convertían en una guía de cómo actuar. De manera similar a MacIntyre, Hugo Bauzá (2007) indaga por el tema en la antigua Grecia. Ambos coinciden en afirmar que aquellas sociedades efectivamente creían en que sus héroes habían existido. Así, mientras MacIntyre enuncia: “…todas estas culturas, griegas o cristianas, poseen también un cúmulo de historias que derivan y hablan de su propia edad heroica desaparecida” (2001, p. 155), Bauzá afirma que “[l]a pervivencia de la figura heroica a través de los siglos y de las diferentes culturas pone de manifiesto la necesidad del hombre —de todas las épocas y latitudes— de crear ídolos a los que, tras sus muertes erigirles altares donde rendirles culto” (2007, p. 7). Bauzá (2007) centra su estudio del heroísmo en la antigua Grecia y admite que este contexto permite la configuración de un héroe con características particulares, como —por ejemplo— ser considerado un ser a mitad de camino entre lo humano y lo divino. Es decir, el héroe nace de la relación entre un dios y una mujer mortal, por lo que se concibe como una figura con fortalezas divinas y debilidades humanas. Una concepción que también se aprecia en Babilonia con Gilgamesh. Ahora bien, esta condición cercana a la divinidad no es suficiente para la configuración de lo heroico. Es decir, no basta con tener este origen ilustre, pues para el surgimiento de lo heroico es necesaria la acción. Tal como destaca Cardona (2006), “[o]brar hace al héroe; aunque este no alcance sus prodigiosas hazañas porque sea héroe, sino que es héroe porque consigue las hazañas que posteriormente cantan los hombres” (p. 54). De manera similar, Savater (1983) afirma “En el héroe se ejemplifica que, realmente, la virtud es fuerza y excelencia, es decir, el héroe prueba que la virtud es la acción triunfalmente más eficaz. Aceptemos (…) que virtud es un comportamiento socialmente admirable en el que los hombres reconocen su ideal activo de dignidad y gloria” (12). Si bien estos autores acentúa que el héroe es acción, pues solo a través de sus actos surge el héroe, también coinciden en sostener que el héroe encarna una posición ética consecuente con la sociedad que los configura. Propp lo hace explícito al afirmar que el héroe no se mueve por intereses egoístas sino por su deber ante su comunidad. Bauzá sostiene que, si se tuviera que escoger una cualidad propia del héroe, un distintivo arraigado en el imaginario popular, podría afirmarse que esta es: “…el móvil ético de su acción orientada siempre a construir un mundo mejor” (p. 7). Por otro lado, González Requena aborda la figura del héroe en su taxonomía del cine de Hollywood (2006). Si bien él también le concede al héroe un carácter ético, su abordaje se aleja de las propuestas anteriores pues además de sustentarse en la semiótica y la lingüística, lo hace en el psicoanálisis. El autor al fundamentarse en esta área de la psicología supone que el artista, que bien puede ser el escritor o narrador de una historia, pone en juego su inconsciente en el momento de crear la obra. En otras palabras, es el inconsciente del autor quien asume el control al momento de realizar una obra artística. De esta manera, en los relatos, fundamentalmente, se pone en juego la subjetividad del sujeto mientras se canalizan sus deseos, puesto que tanto autores como espectadores se identifican con los personajes que aparecen en las obras ayudándoles a gestionar sus conflictos inconscientes. González Requena advierte entonces la existencia de dos ejes que configuran al sujeto del relato: el de la carencia y el de la donación. En el primero, el sujeto desea algo que no tiene, algo de lo que carece, por lo que la narración desarrolla el suspense en torno a los obstáculos que atraviese el sujeto para alcanzar su objeto de deseo. En este sentido, el autor advierte que un relato no es otra cosa que “el trayecto del deseo de un sujeto” (2006, p. 523). Por otra parte, el eje de la donación incluye una tarea que le ha sido donada al sujeto. Así, este se moviliza con el objetivo de cumplir con la tarea que le ha sido asignada. Sin embargo, no debe tomarse esta tarea como una imposición, como una pesada carga que el sujeto debe aceptar a regañadientes, sino precisamente como una donación, un regalo que es, precisamente, lo que le permite convertirse en héroe. Ahora, si bien el héroe es un sujeto determinado por los ejes de la carencia y de la donación, le da prioridad a este último eje, esto es del cumplimiento de la tarea sobre la obtención de su objeto de deseo, hasta el punto en que puede, incluso, abandonar su deseo para cumplir con la tarea. Sin embargo, cabe preguntarse quién tiene el poder de donar la tarea. Este es uno de los puntos que aleja a este autor de otros, pues González Requena le confiere una importancia fundamental a otra figura que siempre acompaña, de una manera u otra, al héroe: el destinador, que además de ser un representante de la Ley, tiene cuatro funciones: “formular la prohibición, enunciar el mandato, otorgar el objeto mágico y sancionar la victoria” (González, 2006, p. 526). En otras palabras, el destinador representa a una figura paterna que tiene la potestad de hacerle prohibiciones al sujeto y otorgarle tanto la tarea como los medios o el saber necesario para que logre alcanzarla y para declararlo héroe una vez sea realizada. Es decir, héroe solo es aquel personaje capaz de cumplir con la tarea que le ha sido donada. Es precisamente aquí donde reside el carácter ético del héroe, pues sus sacrificios no están ligados a un deseo egoísta, sino a una tarea enmarcada en una ley simbólica. Si en un relato dos sujetos narrativos antagónicos se enfrentan por un mismo objeto de deseo —la princesa, por ejemplo, como objeto de la estructura de la carencia—, solo la presencia de la estructura de la donación permite modalizar esos dos sujetos en términos éticos, es decir, en relación a la Ley: hace falta para ello, por tanto, esa figura tercera, la del Destinador de la Tarea, como soporte narrativo de la dimensión ética —y simbólica— del relato. Y, en esa misma medida, resulta evidente que la combinación de ambas estructuras es determinante para la configuración de la función del Héroe (González Requena, 2006, p. 527). De manera que si el autor define un relato como el trayecto del deseo de un sujeto, cuando aparece un destinador y una tarea y, por tanto, sobresale el eje de la donación, surge lo que el autor llama un relato simbólico. Un relato donde sus figuras nucleares (el destinador, el héroe, el objeto de deseo y el antagonista) son encadenadas por la protofunción de la tarea. Un tipo de relato que puede verse claramente en la tragedia griega, los cuentos maravillosos y el cine clásico de Hollywood. La propuesta de González Requena va más allá, pues afirma que los relatos simbólicos surgen como una huella del complejo de Edipo, que alcanza su máxima expresión en el cuento maravilloso (2006)5. Es decir, el complejo de Edipo no puede ser 5 También Balló (Balló, 2019) ahonda en este asunto . entendido como un problema o perversión, sino como un proceso complicado que conduce a la constitución de la subjetividad humana y dicho proceso se realiza en una serie de etapas o fases sucesivas que se inician con la prohibición del padre. En tal sentido, el complejo de Edipo puede ser descrito en términos narratológicos. Ahora, si bien Jesús González Requena aborda el análisis del relato desde el psicoanálisis, es necesario destacar que no es el primero, pues Carl Jung y el mismo Sigmund Freud ya lo habían hecho más de medio siglo antes. El interés de Freud se fundamenta en descubrir las motivaciones inconscientes del escritor y del lector, a través del análisis literario, lo que —como advierte José Rodríguez (2009)— se convierte en un factor enriquecedor para este tipo de estudios que tienen hoy perfecta validez. No obstante, el enfoque de Freud y Jung es diferente, pues si bien ambos coinciden en el concepto de la consciencia, muestran notables diferencias en la manera que entienden el inconsciente. Jung considera que el inconsciente se divide en dos componentes: el personal y el colectivo. Es, precisamente, en este último donde Jung hace su propuesta más innovadora y audaz, pues considera que el inconsciente colectivo era un componente espiritual hereditario de la evolución humana. “Este substrato de la mente es la parte más importante en la vida del sujeto y de las culturas, pues desde ella surgen los sistemas simbólicos” (Rodríguez, 2009, p. 73). Una propuesta alejada de la Freud, quien argumenta que el inconsciente, como estructura simbólica, era una creación netamente cultural. “Como Freud indicara —y en ello establecía su neta oposición a la formulación junguiana— el inconsciente nace como efecto de la Ley” (González, 2006, p. 538). En tal sentido, Jung considera que los arquetipos son innatos y residen en el inconsciente colectivo, pero no son claramente definibles, precisamente por su carácter inconsciente, por lo que es necesario rastrearlos a través de los efectos que producen en diversas narrativas y otro tipo de obras artísticas. Así, él decide dedicarse al estudio de la mitología griega y romana donde cree encontrarlos. El sí mismo, la sombra, el ánima y el ánimus serían los arquetipos esenciales teorizados por Jung y que serían referencias universales, prototipos ideales o formas correctas de ser, de enfrentar la existencia. La sombra es el arquetipo que representa la pulsión descontrolada, primitiva y lejana al orden civilizatorio. Por tanto, lejos de considerarse un ideal, en la sombra se consolidan las represiones humanas y los sentimientos más oscuros. Desde este punto de vista, no resulta extraño que los autores que trabajan sobre la posición teórica de Jung, consideren en los relatos a los personajes más siniestros como representaciones de la sombra. Por otra parte, el sí mismo se convierte en un arquetipo diametralmente opuesto a la sombra, pues este representa una posición, elevada, si se quiere. Es decir, si se considera a la sombra como un arquetipo siniestro, oscuro, donde se reprimen las pulsiones, el sí mismo es un símbolo de la totalidad. De manera que la relación entre sí mismo y sombra es antagónica y permite un enfrentamiento de carácter narrativo. En otras palabras, Jung considera al sí mismo como una figura que da origen a personajes de comportamientos elevados: “el sí mismo aparece en sueños, mitos y cuentos en la figura de ‘la personalidad de orden superior’ como rey, héroe profeta, salvador, etcétera. O en la figura del símbolo de la totalidad, como círculo, cuadrado, cuadratura circuli, cruz, etcétera” (Jung, 2002, p. 563). Por otra parte, el ánima y el ánimus son las formas ideales de lo masculino y lo femenino, pero desarrolladas como una proyección en el sexo opuesto. Es decir, el ánima es lo femenino que reside en el hombre y, según el autor, proyecta sus deseos en la mujer. El ánimus, por el contrario, es lo masculino que habita en la mujer y que se proyecta en el hombre. Y ambos, tanto el ánima como el ánimus, contienen una suerte de escala de valores implícita en estos arquetipos. Así, el ánima inicia, desde su nivel inferior, con la figura de la tierra, corporeizada en Eva. Ascendiendo, se encuentra una mujer liada al deseo sexual y que en la mitología griega se corporeiza en Helena de Troya; más arriba aparecería una mujer ligada al desarrollo espiritual y que Jung representa a través de la Virgen María. Finalmente, en la escala superior aparecería una mujer representante de la sabiduría y que tomaría el nombre de Sofía. Por otra parte, en el ánimus, la escala inferior estaría conformada por un hombre con habilidades físicas como en la antigua Grecia sería Heracles. Más arriba aparecería Apolo como representante de la iniciativa y el desarrollo. En el tercer escalón estaría un profesor o sacerdote como representante del conocimiento y, finalmente, en el escalón más elevado de este nivel, estaría Hermes como símbolo del mensajero entre los saberes del consciente y el inconsciente. En resumen, Jung desarrolla una suerte de escala arquetípica donde el sí mismo es considerado como el ser más elevado y la sombra es la represión inconsciente que se encuentra debajo de la escala, en el medio se encuentran el ánima y el ánimus, ofreciendo en su interior otros niveles de estos prototipos ideales. Así, el ánimus y el sí mismo contienen una suerte de tipo de héroes, según la visión de Jung. Como era de esperarse, esta propuesta aleja a su autor rotundamente de Freud, pues este último considera imposible la existencia de un inconsciente colectivo, tal como lo planteara Jung. Así, mientras este último considera que los relatos ayudan a los sujetos a acceder a una verdad metafísica, Freud consideraba que el relato nos ayuda a construir nuestra realidad. En una línea similar, diversos autores consideran que las propuestas de Jung presentan notables vacíos y sus escritos son de “irregular calidad” (Rodríguez, 2009, p. 75). Pese a ello, estos han resultado inspiradores para una serie de autores que continuaron su trabajo, tanto en la psicología como en los estudios narrativos. Uno de estos fue Joseph Campbell, quien se dedicaría propiamente al estudio del héroe basado en la posición teórica de los arquetipos (Campbell, 1993, 2014). El trabajo de Campbell se centró en el estudio de variados mitos y cuentos populares alrededor del mundo. Desde una perspectiva metodológica puede considerarse como un estudio de mitología comparada relativamente similar al que hiciera Propp con los cuentos maravillosos rusos. Incluso, en los trabajos de estos dos autores pueden encontrarse algunas similitudes importantes. Sin embargo, es muy poco probable que Campbell se basara en los trabajos previos de Propp, pues la dificultad en la traducción de los trabajos rusos hacía casi imposible para Campbell acceder a la propuesta elaborada por el académico ruso. Al igual que Propp, Campbell encuentra que la configuración de los mitos casi siempre se mantiene imperturbable, por lo que enumera 17 pasos del viaje del héroe, conglomeradas en tres etapas: la partida, la iniciación y el regreso. Además, el autor desarrolla en el mismo texto una categorización del héroe, de sus facetas y roles según la mitología. Así, el héroe se puede representar como guerrero, amante, emperador o tirano, redentor del mundo o santo. El guerrero es quizá la forma más recurrente de representar al héroe, pues este se enfrenta a una serie de obstáculos que se corporeizan a través de un antagonista, sea este un humano que representa al mal o a través de un monstruo. El héroe entonces enfoca todo su poder destructor sobre este antagonista, pero sus acciones y él mismo no pueden considerarse malévolos, pues constantemente demuestra su bondad y capacidad de autocontrol. El guerrero es esencialmente un héroe de acción, pues su papel no consiste en reflexionar acerca del bien o el mal sino actuar en consecuencia con sus creencias. El amante es uno de los tipos de héroes que también categoriza Joseph Campbell. Sin embargo, las cualidades de este no se centran en sus capacidades emocionales o sexuales, sino en la superación de los obstáculos previos al matrimonio. En el mito suele ser recurrente el que el padre se niegue a entregar a su hija a un hombre para que la despose, por lo que será necesaria la aparición de un héroe capaz de demostrarle al padre sus cualidades. “Cuando aparece un candidato adecuado, ninguna de las tareas del mundo está por encima de su habilidad” (Campbell, 2014306). Se hace evidente aquí la relación entre la propuesta de Campbell y la de Propp, quienes hallan al héroe ligado al acto simbólico del matrimonio. El emperador o el tirano es la tercera cara o rol del héroe, quien ya no se dedica a la acción de vencer monstruos o conquistar a su futura esposa —y al padre de esta—, sino a enfrentarse al mal como guía y representante de la ley. Así, llega un momento en que el héroe debe convertirse en padre. “El héroe bendecido por el padre vuelve para representar al padre entre los hombres. Como maestro (Moisés) o como emperador (Huang Ti) su palabra es ley” (p. 308). Esta representación del héroe como padre ocurre en dos versiones: la primera como el héroe que se convierte en mensajero de su padre; la segunda como padre mismo, pues ha eliminado a su padre o más exactamente a sus perversiones para alimentarse luego de su poder. Finalmente, Campbell explica que la última manifestación del héroe es como un santo, un ser superior que se acerca al arquetipo del sí mismo, pues ha abandonado su vida terrenal para convertirse en un asceta, un ser que se entrega a lo imperecedero. Ha abandonado el odio y el amor y las pasiones como la ira, el orgullo y la lujuria. Burguera (2015) destaca que los trabajos de Campbell y Propp se centran en los ritos de iniciación, donde un sujeto se somete a una serie de pruebas y —tras superarlas— es recompensado por su mentor, quien puede también llamarse padre, rey o chamán. En tal sentido, el autor, que sigue los lineamientos de González Requena, afirma que la función de la donación aparece de manera implícita en los esquemas elaborados por estos dos estudiosos de los mitos y los cuentos maravillosos. Pero Christopher Vogler (2002), un guionista de Hollywood quien se considera a sí mismo discípulo de Campbell, sería quien enunciaría de manera explícita esta relación entre el héroe y su mentor. En su obra, Vogler desarrolla un modelo arquetípico del héroe donde el mentor juega un papel preponderante. El esquema desarrollado por Vogler combina las propuestas de Propp y Campbell con los tres actos definidos por Aristóteles en su texto La Poética, y tiene por objetivo servir de guía práctica para quienes se inicien en la escritura de obras audiovisuales. Sin embargo, el modelo propuesto por Vogler se aleja de Jung, pues anuncia que, si el psicólogo suizo entendía los arquetipos como modelos de personalidad que se repiten desde tiempos antiguos, él ha encontrado otro modo de enfocarlos “no tanto como roles de personajes rígidos cuanto como funciones que los personajes desempeñaban temporalmente”; de hecho, más adelante continúa: “podemos interpretar los arquetipos como si se tratase de máscaras, cartas muy necesarias para que la historia progrese y que portan temporalmente los personajes”. (Vogler, 2002, p. 60). Si bien los arquetipos pueden ser infinitos, según comenta el autor, pueden categorizarse nueve: el ser más elevado, la figura cambiante, el guardián del umbral, el embaucador, el heraldo, los aliados, la sombra, el mentor y el héroe, donde los últimos serían los más importantes, pues sin ellos sería en extremo difícil el desarrollo de la trama. El héroe estaría en el centro de este esquema desarrollado por el guionista de Hollywood y sobre él convergen todos los demás. Así, el héroe puede ser influenciado por los otros arquetipos y viceversa, por lo que en algunos momentos otras figuras podrían tener comportamientos heroicos también. Se distinguen, principalmente, dos tipos de héroes: uno activo, comprometido con la aventura y decidido que actúa sin meditarlo, pues conoce su deber. Un segundo tipo de héroe es todo lo contrario, es decir, reticente a actuar, vacilante y lleno de dudas, que solo se decide a pasar a la acción cuando se ve empujado a la aventura6. Una tipificación muy cercana a la de Propp (1983b), cuando propone dos tipos de héroe: buscador y víctima. Adicionalmente, Vogler (2002) plantea que el héroe, dependiendo del contexto, o mejor, de la narración, adopta algunas características específicas, como por ejemplo un guerrero. Aunque muchas veces es posible ver héroes solitarios, catalizadores e, incluso, antihéroes. 6 Serán Bóu y Pérez (2000) quienes revisen propiamente estas dos estructuras narrativas que devienen, tal como sugieren sus estudios, en dos relatos de masculinidad: la acción del héroe sobre el tiempo, y la acción del tiempo sobre el héroe. De alguna manera, estas se pueden cotejar con los esquemas de la imagen-movimiento y la imagen-tiempo de Deleuze (Deleuze, 1984, 1987). Es decir, personajes que no poseen las cualidades de templanza y valentía que se esperarían de un héroe, pero que finalmente se imponen a sus debilidades para cumplir con su deber. “Se trata de héroes imperfectos que nunca superan sus demonios internos, sino que son abatidos y finalmente destruidos por ellos” (p. 72). Las tareas que Vogler le confiere al héroe son claramente servir y proteger, y para ello el sacrificio se constituye en el elemento fundamental del héroe. Así, el autor entiende también que el héroe tiene un carácter ético, pues debe sacrificarse para proteger y servir a otros, a su comunidad. En tal sentido, sus acciones no están guiadas por motivos egoístas. Ahora bien, si Vogler entiende que el héroe debe cumplir con su deber, no tiene muy claro de dónde proviene este; o mejor, quien le da un mandato al héroe, tal como sí lo hace Gonzalez Requena (2006). En este sentido, Vogler le confiere al mentor una serie de cualidades importantes, como guiar al héroe, pero no dictarle un mandato. El mentor no alcanzaría la categoría de destinador, según este autor. Sin embargo, esto no se debe a que Vogler niegue esta posibilidad al mentor, sino que su análisis no lo advierte. Aun así, este guionista sí afirma que el mentor está ligado a la figura paterna. “Merlín no es sino un progenitor sustitutorio para el joven rey Arturo, cuyo padre está muerto” (Volgler, 2002, p. 77). Por tanto, el mentor tendrá la función dramática de servir de guía y maestro al héroe e, incluso, donarle herramientas para facilitarle su trabajo. Donarle armas mágicas, objetos, habilidades y consejos será una de las tareas del mentor. A pesar de ello, esta donación solo será realizada en la medida en que el héroe supere las pruebas de inicio que Propp ya había categorizado. En consecuencia, el autor afirma que el héroe está ligado al bienestar de su comunidad, a un deber social, pero no advierte que dicho deber surge como una tarea donada por el destinador. Parece que Vogler entiende que el deber surge de su propio yo. Una posición similar a la que toma Savater, quien afirma que, “el héroe aspira a la perfecta nobleza, es decir, a que su deber no se le imponga como una coacción exterior, sino que consista en la expresión más vigorosa y eficaz en su propio ser” (Savater, 1983, p. 124). Es decir, ambos autores consideran que el deber surge de lo más profundo del héroe y no de un representante de la ley. Posición que también compartiría Campbell, pues si bien afirma que el héroe se puede convertir en padre (emperador o tirano) al final de su viaje, no enuncia con contundencia que él mismo deberá ser guiado por un mentor. Son los postulados de Campbell y la divulgación de su trabajo en medios masivos de comunicación lo que contribuye a ejercer una clara influencia en diversos autores que desarrollaron sus propuestas fundamentados en sus investigaciones sobre el mito. Carol Pearson fue una de estas autoras, quien venía desarrollando una serie de trabajos académicos centrados en el heroísmo, pero desde una perspectiva femenina. Es decir, Pearson tenía claro que la figura del héroe es eminentemente masculina y los avances de los estudios sobre la mujer y el feminismo, que ganaba adeptos en la segunda mitad del siglo XX, le obligaban a preguntarse por las travesías heroicas femeninas. Así, publicó dos obras donde expone su visión de la figura heroica a partir de los arquetipos: The hero within: Six archetypes we live by (1986) y Awakening the Heroes Within: Twelve Archetypes to Help Us Find Ourselves and Transform Our World (1991b), textos que se consideran de autoayuda y no solo se sustentan en la teoría arquetípica sino en la psicología del desarrollo. Esta considera que todos los seres humanos atraviesan diversas etapas en la vida y que solo pueden avanzar hacia la etapa siguiente si han cumplido exitosamente con los objetivos de la fase anterior. En consonancia, Pearson no solo retoma la definición de arquetipos de Jung como modelos profundos y dominantes en la psique humana, sino que —además— comparte con Jung su posición metafísica, que considera a los arquetipos como guías que nos acompañan desde el inicio de los tiempos (Pearson, 1986). Afirma que estos arquetipos se vuelven dominantes en la vida de algunas personas, hasta —incluso— ser fácilmente identificables en algunos individuos. Así, la propuesta de Pearson se aleja un poco de Campbell y Vogler, pues no afirma que los arquetipos se enmarquen en el universo mitológico y narrativo, sino que sostiene —de manera similar a Jung— que estos se apoderan del comportamiento de las personas. Esta afirmación se sustenta en que, según la autora, las personas viven sus vidas como si fueran protagonistas de su propia historia. Una afirmación que ha venido ganando adeptos en el mundo contemporáneo. No es nuevo el argumento que sostiene que los relatos dan sentido a nuestras vidas, que en ellos se pone en juego la subjetividad y que los relatos que se narran en determinadas sociedades les indican a sus miembros cuáles son las formas correctas de actuar ante las adversidades o situaciones sociales. MacIntyre (2001) lo dejaba bastante claro. Sin embargo, la posición de Pearson es todavía más radical, pues no afirma que los héroes de los relatos inspiren a los sujetos, sino que cada sujeto lleva un héroe dentro de sí. Una posición que contradice la concepción de un héroe como un ser de talante superior y poseedor de habilidades con los que el resto de los mortales simplemente sueña. Pearson afirma que hay innumerables arquetipos. Sin embargo, hay unos que se destacan sobre otros y resultan ser los más frecuentes en la psique humana, razón por la cual uno de sus libros desarrolla seis y el otro se centra en doce. Un número que no resulta sorprendente por su constante uso cultural. En Awakening the Heroes Within: Twelve Archetypes to Help Us Find Ourselves and Transform Our World (1991), estos arquetipos son categorizados en tres grupos que se enmarcan en el viaje del héroe. Es decir, el primer grupo se cataloga como preparación para la travesía, y allí se encuentran los arquetipos del inocente, el huérfano, el guerrero y el bienhechor. El segundo grupo se enmarca en el periplo mismo y allí se ubican el buscador, el destructor, el amante y el creador. El tercero se enmarca en el regreso y allí aparecen el gobernante, el mago, el sabio y el bufón. Como puede advertirse, la autora no enuncia la existencia de un arquetipo llamado “héroe”, pues fundamenta que, estos son los “arquetipos heroicos” (Pearson, 1992, p. 42). Es decir, sigue la línea planteada por Campbell y mantenida por Vogler en el sentido de que el héroe tiene muchas formas de manifestarse. Así, lo puede hacer como un guerrero o un inocente. Advierte que esta travesía del héroe es emprendida por todos los seres humanos, pero no a lo largo de su vida, sino constantemente. Es decir, la autora no plantea que los arquetipos de preparación del viaje sean experimentados en la niñez y los del periplo en la adultez, sino que este viaje puede ser desarrollado en un mismo día o incluso en una misma hora, pues no es un viaje lineal sino en espiral, repitiendo el ciclo una y otra vez. Aquellas personas que tienen una psique desequilibrada, según la autora, no serán capaces de experimentar todos los arquetipos sino solo unos pocos o, incluso, solo la versión negativa de los arquetipos, es decir, la sombra del arquetipo. Así, por ejemplo, el arquetipo del huérfano nos enseña que hay que apoyarse en los demás para salir adelante. Hay que aprender a trabajar en equipo y saber pedir ayuda a los demás. Pero la sombra del huérfano nos hará sentir indefensos. Después de todo, pareciera que Pearson intentara ayudar a sus lectores a encontrarle sentido a sus vidas; y que este sentido, ayude también a los demás. Sin embargo, encontrarle sentido a la vida está completamente alejado del sacrificio. Es decir, la autora plantea que se puede ser un buen elemento para la sociedad, sin tener que sentir algún tipo de incomodidad o experimentar sacrificio. Una posición totalmente contraria a la sostenida por Freud en Malestar en la Cultura (Freud, 2017). La autora sostiene que, cuando nosotros seguimos modelos de comportamiento e imágenes de perfección basados en la sociedad, la publicidad o la religión y esos modelos son ajenos a nosotros mismos, con lo cual estaremos condenados a mantenernos atascados, “esforzándonos por alcanzar algo que está fuera de nuestro alcance en lugar de buscar aquello que es genuinamente nuestro, que verdaderamente está en nosotros mismos” (Pearson, 1992, p. 19). La autora enfatiza en el tema durante gran parte de su obra y afirma que todos podemos encontrar nuestro camino heroico si nos conectamos con nosotros mismos. “También es posible buscar el propio disfrute y ser el mismo tiempo un ciudadano, padre y amigo responsable y vivir en comunidad afectuosa y responsable con los demás” (Pearson, 1992, p. 43). Sin embargo, esta posición —que resulta llamativa para el lector desprevenido— no tiene otra cosa que la invitación a seguir a el propio deseo o, más exactamente, a sucumbir ante él. En una de las versiones del texto en español, la autora cita la novela The Dollmaker de Harriette Arnow (1954). En esta obra, Gertie, el personaje principal, es una mujer que se ve obligada a enfrentarse a una serie de privaciones y a perder casi todo lo que ama, según la autora, por no seguir a su héroe interior. Gertie, “[a]l final llega a comprender que si se hubiera permitido simplemente ser ella misma e ir tras lo que verdaderamente deseaba, todos sus sueños se hubieran realizado (Pearson, 1992, p. 39). En este sentido, el argumento que hace tan llamativa a esta obra es la invitación a ser nosotros mismos, pues solo de esta manera se alcanzará la felicidad. Sin embargo, detrás de ello, no hay otra cosa que simple deseo, deseo no únicamente limitado a perspectiva erótica, sino también ligado a otra serie de valores. Este nuevo paradigma heroico, tal como lo define Pearson también implicaría una nueva concepción de lo ético, o mejor, un nuevo tipo de ética, pues el héroe entonces ya no estaría ligado al deber, a la tarea donada, sino simplemente al seguimiento de sus deseos. Al retomar la posición de MacIntyre quien, como decíamos anteriormente, advertía acerca del papel que los relatos cumplen para consolidar la ética de las sociedades, es posible prever que, si este nuevo paradigma heroico cambia, la concepción ética del mundo contemporáneo cambia con él. Ahora bien, no afirmamos aquí que sea Pearson la culpable de la transformación ética contemporánea, sino que ella es simplemente una de tantas autoras que se enmarca en el cambio social que vivimos ahora y que diversos autores ponen en evidencia. Al respecto se destacan las obras de Campbell (1993), Lipovetsky (2006), y González Requena (2006), Gil Calvo (2001) y Bauman (2007)7. El paradigma del héroe publicitario El ingreso de la propuesta de Carol Pearson al mundo de la publicidad y, específicamente a las marcas, se realizaría de la mano de Margaret Mark, junto a quien publicarían The hero and the outlaw. Building extraordinary brands through the power of the archetypes (Mark & Pearson, 2001). El texto retoma los arquetipos propuestos por Pearson con el objetivo de desarrollar poderosas personalidades de marca para enriquecer la transmisión de significados hacia diversos públicos objetivos. Este trabajo se convierte rápidamente en una fuente obligada en el marketing, la publicidad y el branding, pues se consolida como una herramienta disruptiva capaz de orientar a quienes trabajan en esta área. Según Schlesinger Díaz y Cervera Taulet (2008), el concepto de personalidad de marca surgió a partir de los años sesenta y en ello se destacó la propuesta de Martineau (1958), quien definía la personalidad del establecimiento como aquellas dimensiones no materiales que diferencian a un establecimiento comercial de otro y le dan su propio carácter. Para los años noventa, David Aaker definía la personalidad de marca “como el conjunto de características humanas asociadas con una marca determinada” (1996, p. 141). Es decir, técnicamente, un producto, servicio u organización, no podrían tener una personalidad, pues esta es una característica inherente de las personas. Sin embargo, en un ejercicio de proyección, los seres humanos conferimos características humanas a objetos y otras especies vivas (París Restrepo et al., 2015). La propuesta de Mark y Pearson resulta también interesante porque, hasta el momento, se utilizaban comúnmente cinco tipos de personalidad de marca, según la escala conocida como “Las cinco grandes”. La propuesta de las autoras consistía en 12 arquetipos, lo cual permite al especialista en branding tener una mayor diversidad de posibilidades para 7 Una lectura contextual de este asunto, en Arango y Álvarez (2011) y Berrío Meneses (2015). enfocar la personalidad de sus marcas. Este trabajo inspira a otros autores, quienes proponen más arquetipos que diversifican incluso más el conjunto de posibilidades establecidos por las autoras, tal como sería el caso de Margaret Hartwell y Joshua Chen, quienes, por ejemplo, proponen 50 arquetipos en Archetypes in Branding: A Toolkit for Creatives and Strategists (2012). Ahora bien, vale la pena destacar que, en la propuesta inicial de Pearson, la autora afirmaba categóricamente que el héroe tiene muchas maneras de manifestarse. Los arquetipos son simplemente formas en las que el héroe se materializa, por así decirlo. Precisamente, de ahí viene el título de su obra Awakening the Heroes Within: Twelve Archetypes to Help Us Find Ourselves and Transform Our World (1991a). Es decir, el héroe puede tomar la forma de un inocente o un huérfano, en determinados momentos y luego convertirse en un guerrero o un mártir. No hay una sola manera de ser héroe, según ella, “cuando aprendemos respecto a los diversos caminos heroicos de que disponemos, comprendemos que existe espacio suficiente para que todos seamos heroicos a nuestra propia y especial manera” (Pearson, 1992, p. 16). Incluso, la autora es enfática en afirmar que, generalmente se cree erróneamente que el héroe es un guerrero solamente y que esto no es así. “El arquetipo del Guerrero representa un aspecto importante del heroísmo —para todas las personas sin importar su sexo o su raza— pero no es el único, ni siquiera es el más importante” (Pearson, 1992, p. 22). Sin embargo, esta posición es abandonada en The hero and the outlaw. Building extraordinary brands through the power of the archetypes (Mark & Pearson, 2001), pues el héroe es un arquetipo más que comparte espacio con los otros once planteados por las autoras. Inocente, explorador, sabio, rebelde, mago, hombre corriente, amante, bufón, protector, creador y gobernante se inscriben al mismo nivel del héroe. Marcas como los Marines, Los Juegos Olímpicos, Nike, FedEx, y la Cruz Roja serían catalogadas como heroicas por las autoras o, más exactamente, tendrían una personalidad de marca fundamentada en el heroísmo. Pero, qué entiende por heroísmo el texto de Mark y Pearson. Tal como podría inferirse, el héroe se circunscribe en el rol de un guerrero, un sujeto que lucha contra los obstáculos hasta superarlos, invirtiendo en ello importantes cuotas de sacrificio. “Su miedo subyacente es no tener lo que se requiere para perseverar y prevalecer. Este arquetipo nos ayuda a desarrollar energía, disciplina, concentración y determinación” (Mark y Pearson, 2001, 106)8. La posición de estas autoras es seguida y ratificada por autores como Mark Batey (2013) quien continúa enmarcando al héroe en calidad de guerrero. El autor, por ejemplo, afirma que “las variantes del arquetipo del héroe incluyen al guerrero, al defensor y al campeón. El héroe sale en defensa del vulnerable y rescata a los que están en problemas”, “[e]stá dispuesto a soportar las penurias y a recibir los golpes, pero tiene la convicción de que superará los obstáculos, por el bien de la humanidad” (p. 85). Si bien estas afirmaciones pueden ayudarnos a creer que hay un componente ético en este héroe (pues sus acciones son impulsadas con un afán de ayuda a los demás), en realidad lo que subyace en las acciones de este héroe es el deseo de superarse a sí mismo. La posición sostenida por Pearson (1991) en su primer libro de arquetipos se ha mantenido constante en sus obras posteriores y ha influenciado a una serie de autores, publicistas y especialistas en mercadeo que hoy trabajan con esta herramienta en su quehacer cotidiano. No puede hallarse algo similar en el trabajo de Pearson (1991) o Mark y Pearson (2001), a lo planteado por Jesús González Requena (2006) o Christopher Vogler (2012) en relación con el relato literario y cinematográfico. Especialmente, en lo que se refiere a la necesaria existencia de un destinador o un mentor para guiar al héroe, darle la tarea y conferirle la dimensión ética al trayecto narrativo del sujeto. En tal sentido, este nuevo “héroe” desarrollado en la publicidad y el branding, es una figura que solo actúa por intereses que podríamos calificar como egoístas. Basta con analizar los spots de un par de marcas, que han sido utilizadas por las autoras para describir la personalidad heroica, para comprobar que los intereses por los que se movilizan los personajes de estos spots, muchas veces son egoístas o —en el mejor de los casos— solo benefician a los consumidores de la marca. La campaña Find Your Greatness de Nike en 2012, presenta un buen ejemplo de este nuevo paradigma del héroe que lucha para su propio beneficio. Quizás el spot más recordado sea el conocido como 8 Traducción propia, a partir de: “His or her underlying fear is failing to have what it takes ot perservere and prevail. This archetype helps us develop energy, discipline, focus and determination”. Jogger, el cual presenta a un sujeto que trota por una carretera. El spot se fundamenta, claramente, en lo expresado por Pearson (1991), cuando sostiene que el heroísmo no es un asunto lejano, propio de los relatos que consumimos, sino que en cada uno de nosotros hay un héroe. Mientras en el spot la cámara muestra cómo a lo lejos un sujeto trota en la carretera, escuchamos una voz en off que afirma: Grandeza. Es solo algo que inventamos. De alguna manera, hemos llegado a creer que la grandeza es un regalo, algo reservado para unos pocos elegidos. Para los prodigios o las superestrellas, y el resto de nosotros solo podríamos esperar mirando. Olvida eso. La grandeza no es una rara cadena de ADN. No es un algo precioso. La grandeza no es más única para nosotros que respirar. Todos podemos hacerlo. Todos nosotros (Nike, 2012)9. Mientras escuchamos la voz en off, el sujeto se ha acercado cada vez más a la cámara y así podemos descubrir que es un chico con sobrepeso que, a pesar de ello, sigue trotando sin rendirse, ratificando lo que la voz nos ha dicho. Cómo no emocionarse con este spot, que presenta a este chico quien lucha contra sus kilos de más; este muchaho quien, a pesar del peso de su cuerpo, no desfallece y continúa trotando sin detenerse. Cómo no emocionarse con este anuncio que nos “enseña” que la grandeza está en cada uno de nosotros. En cada uno de quienes, sentados cómodamente en nuestro sofá, apreciamos el spot. A pesar de lo emocionante del anuncio, debemos decirnos una cruda verdad: la grandeza no habita en cada uno de nosotros, ni siquiera en ese chico que lucha día a día contra su sobrepeso sin rendirse, pues si todos podemos ser héroes, si todos llevamos un héroe interior, entonces el heroísmo no es algo excepcional y, por tanto, valioso socialmente. Lo que hemos presenciado en el spot es simplemente una ilusión, una invitación a creer que podemos ser héroes y que la marca, con sus artículos deportivos, nos puede ayudar a lograrlo. De manera similar, la campaña Unlimited You muestra a personas comunes que practican deportes recreativos, quienes son impulsados a protagonizar acciones extraordinarias y, así, traspasar sus propios límites. La voz en off del spot impulsa a cada 9 Traducción propia, a partir de: “Greatness. It's just something we made up. Somehow we've come to believe greatness is a gift, reserved for a chosen few. For prodigies, For superstars, and the rest of us can only standby watching. You can forget that. Greatness is not some rare DNA strand. Its not some precios thing. Greatness is no more unique to us than breathing. We're all capable of it. All of us. uno de los personajes a creer en sí mismos y esta creencia es, precisamente, la que permite que cada uno de ellos realice hazañas más grandes de lo esperado, hasta desesperar al narrador, quien finalmente acepta que todo se ha salido de control. Es por esta razón que la marca apela constantemente a presentar reconocidos deportistas de alto rendimiento que han alcanzado su propia grandeza, pues no solo se superan a sí mismos, sino que se han convertido en los mejores en su profesión. La marca los exhibe como modelos a seguir ante un público que confunde ese logro individual y el reconocimiento social representado en la fama y la fortuna con el heroísmo. Ahora bien, si retomamos las reflexiones de Propp en cuanto a que los héroes son personajes ideales, directamente ligados a los valores de las comunidades que los glorifican, entonces podremos concluir que los héroes no son otra cosa que la personificación de los valores de su sociedad. En este sentido, el héroe contemporáneo y, más exactamente, el héroe configurado por la publicidad y el branding es un personaje que obedece a las necesidades del sistema económico capitalista que se ha consolidado en nuestra contemporaneidad. En otras palabras, si el actual sistema económico capitalista necesita de consumidores para su supervivencia, el sistema mismo necesita configurar a un nuevo tipo de héroe que no solo esté dispuesto a consumir, sino que esta actividad —el consumo— se convierte en su máximo deber, su máxima prioridad. Así, se configura un héroe cautivo del deseo, que a través del uso y consumo de productos y servicios sostiene a su civilización. Conclusiones En la tradición narrativa desde la Antigüedad, el papel que cumple el héroe en cada sociedad lo ha determinado las necesidades sociales, éticas y de supervivencia de su civilización. No obstante, a partir de la modernidad se asiste a una época en la que se experimenta una caída de los valores sobre los que se sustentaban las civilizaciones antiguas y una ruptura con los relatos míticos sobre los que se constituían desde lo axiológico. Como resultado, se ha extendido una sombra sobre la figura heroica que ha llevado a considerarla maniquea, inverosímil o, en el mejor de los casos, ingenua. Esta época del individualismo y de la búsqueda permanente del bienestar que parece regirse por la obtención inmediata del deseo, visiblemente, no responde ya a esta clase especial de relato que se sustenta en el sacrificio por el bien común. Pero tampoco en el sacrificio de la tarea individual, es lo que parece establecer el discurso de la sociedad hedonista expresado en la publicidad en el que se hace innecesario el esfuerzo, gracias al atajo que supone el acceso a los productos y servicios dispuestos a nuestro alcance. Lo anterior parece evidente en los comerciales revisados en esta investigación en los que se sigue una propuesta más cercana a la del héroe interior de Carol Pearson que al relato simbólico en el que el héroe encuentra su lugar en el mundo gracias al sacrificio por su comunidad. En un giro completamente opuesto del humanismo liberal más extremo, la libertad individual se considera intocable e insacrificable. Cada individuo tiene un valor en sí mismo y la sociedad debe respetar su manera de ser, de expresarse, sus realizaciones propias son la prioridad para el todo como comunidad. La felicidad anhelada se busca sin pudor, la diferencia es la norma, no debe aspirarse a que actuemos como un todo, ni existen los logros que todos debemos aspirar a alcanzar, estos deben fijarse a la medida de cada individuo. Las comparaciones resultan en traumas innecesarios y debe aprender a respetarse el ritmo de cada ser. Es así como en los spots publicitarios se resalta el logro individual, en los que el personaje se supera a sí mismo; su misión es llegar, aunque sea el último: su meta es amarse tal como es, y el subtexto afirma algo como esto: “Cuando el mundo no te acepta como eres, es el mundo el que debe cambiar”. El joven corredor de Nike muestra que la grandeza está en cada uno de nosotros, este es sin duda un punto de vista muy humanitario, pero contrario a la idea misma de grandeza, que supone la cualidad de ser mejor que los demás. Un concepto que no cabe en la sociedad actual. Referencias Aaker, D. (1996). Construir marcas poderosas. Gestión 2000. Arango, C. (2008). 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