Uploaded by Erika C. L.

150-CUENTOS-CORTOS INTERIORES

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Lydia
DAvis
ciento
cincuenta
cuentos
cortos
ANTOLOGÍA
PERSONAL
TRADUCCIÓN
DE MAURICIO
MONTIEL
FIGUEIRAS
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08/10/19 3:50 p.m.
El
traductor agradece el apoyo del
Sistema Nacional
de
Creadores
de
Arte
para la realización
de este libro.
Derechos reservados
De Break It Down (Desglose) copyright © 1986 por Lydia Davis: “Lo que ella sabia”, “Mildred y el oboe”, “El cuñado”,
“Cómo W. H. Auden pasa la noche en casa de un amigo:”, “Madres”, “En una casa sitiada”, “Visita al marido”, “La espina”,
“Empleo en la ciudad”, “Dos hermanas (I)”, “La madre”, “Amor segundo”, “Problema”
De Almost No Memory (Casi nada de memoria) copyright © 1997 por Lydia Davis: “Jack del campo”, “Los ratones”, “La
treceava mujer”, “Los gatos en la sala de recreación de la cárcel”, “La pecera”, “Nuestra amabilidad”, “Un desastre natu­
ral”, “Acuerdo”, “Desacuerdo”, “Reiterar”, “La otra”, “Una amiga mía”, “Vete”, “Una segunda oportunidad”, “Casi nada de
memoria”, “Cómo a menudo tiene razón”, “Lo que siento”, “Cosas perdidas”, “Desde abajo, como vecina”, “Las bisabuelas”,
“Ética”, “La salida”, “Un puesto en la universidad”, “La carrera de los motociclistas pacientes”, “Afinidad”
De Samuel Johnson is Indignant (Samuel Johnson está indignado) copyright © 2001 por Lydia Davis: “Amigos aburridos”,
“Traición”, “Una lección de Heródoto”, “Prioridad”, “Compañera”, “Propósito de Año Nuevo”, “Interesante”, “El momento
más feliz”, “Doble negativa”, “Honrar el subjuntivo”, “Qué difícil”, “Se turnan para usar una palabra que les gusta”, “Mir
el Hessiano”, “Historia oral (con hipo)”, “Correcto e incorrecto”, “Especiales”, “Egoísta”, “Mi marido y yo”, “Compañía”,
“Finanzas”, “La transformación”, “Dos hermanas (II)”, “Joven y pobre”, “Dinero”
De Varieties of Disturbance (Variedades de inquietud) copyright © 2007 por Lydia Davis: “Un hombre de su pasado”, “Mi
perro y yo”, “Culta”, “El concurso del buen gusto”, “Colaboración con una mosca”, “Buenos momentos”, “Temas prohibi­
dos”, “Mano”, “La oruga”, “Flatulencia”, “Conocer tu cuerpo”, “Distracción”, “Variedades de inquietud”, “Veinte esculturas
en una hora”, “Nietszche”, “La madre de su madre”, “La beca”, “Por sesenta centavos”, “Cómo debo llorarlos”, “Cómo ella
no podía conducir”, “Los extraños”, “La mosca”, “Entrada de índice”, “Casi concluido: ¿cuál es la palabra?”, “Un hombre
diferente”
De Can’t and Won’t (Ni puedo ni quiero) copyright © 2014 Lydia Davis: “Pelo de perro”, “Cuento circular”, “Contingencia
(contra necesidad) 1”, “Contingencia (contra necesidad) 2: de vacaciones”, “La mala novela”, “Observación de limpieza”,
“Emociones negativas”, “Discernimiento”, “Ödön von Horváth sale a caminar”, “En el tren”, “La gata Molly: historia
y conclusiones”, “Conversación breve (en la sala de abordaje del aeropuerto)”, “Depósito de equipaje”, “Esperando el
despegue”, “Su cumpleaños”, “Mi amigo de la infancia”, “Su pobre perro”, “Mujer anciana, pescado viejo”, “Dos exalum­
nos”, “Escribir”, “Agradecimiento equivocado en el teatro”, “Sentada con mi pequeña amiga”, “La buscadora de oro de
Goldfields”, “La vieja aspiradora se sigue apagando”, “Flaubert y el punto de vista”
Cuentos inéditos, copyright © 2019 por Lydia Davis: “(Algunos de) Sus hábitos alcohólicos”, “Una breve noticia de hace
mucho tiempo”, “Envejecer”, “Ángulos”, “Reclamo de fama #1: Mi relación con Ezra Pound”, “Conversación antes de la
cena”, “Todos lloraban”, “Padre entra en el agua”, “Miedo a envejecer”, “Gramsci”, “El padre de Helen y sus dientes”,
“Aquí en el campo”, “¿Qué tan triste?”, “Mejorando mi alemán”, “Sólo un poco”, “Al final de la tarde”, “Carta al padre”,
“Momento de fastidio conyugal #3”, “Momento de fastidio conyugal #5”, “Maestro constructor”, “Cosas nuevas en mi
vida”, “De mala gana”, “En el tren a Stavanger”, “Nuestro vecino joven en su pequeño auto azul”, “Pearl y Pearline”,
“Estornudos en el tren”, “Ese hombre odioso”, “La tarde de una traductora”, “La otra ella”, “Los sonidos de una tarde de
verano”, “El visitante”, “Dos mujeres escandalosas”, “Dos borrachos en la cena”, “Trasnochar”, “Lo que puedo entender”,
“Una mujer va con el dueño de una pista”
© 2019 Almadía Ediciones S.A.P.I. de C.V.
Avenida Patriotismo 165,
Colonia Escandón II Sección,
Alcaldía Miguel Hidalgo,
Ciudad de México,
C.P. 11800
rfc: aed140909bpa
www.almadia.com.mx
www.facebook.com/editorialalmadía
@Almadía_Edit
Primera edición: octubre de 2019
isbn:
978-607-8667-26-0
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones esta­
blecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Impreso y hecho en México.
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Lydia
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ciento
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cortos
ANTOLOGÍA
PERSONAL
TRADUCCIÓN
DE MAURICIO
MONTIEL
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De Desglose (1986)
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Lo que ella sabía
La gente no sabía lo que ella sabía, que en realidad no era
una mujer sino un hombre, a menudo un hombre obeso
pero más a menudo quizá un anciano. El hecho de ser un
anciano le dificultaba ser una mujer joven. Le dificultaba
hablar con un hombre joven, por ejemplo, pese a que éste
mostrara un claro interés por ella. Tenía que preguntar­
se: “¿Qué hace este joven coqueteando con un anciano?”.
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El pescado
Está de pie ante un pescado, pensando en ciertos errores
irreparables cometidos hoy. El pescado ha sido cocinado y
ella se halla a solas con él. El pescado es para ella: no hay
nadie más en casa. Pero ella ha tenido un día difícil.
¿Cómo puede comerse el pescado que se enfría sobre
una losa de mármol? Y sin embargo el pescado, inmóvil
como se encuentra, despojado de huesos y piel plateada,
tampoco se ha visto nunca tan completamente solo como
ahora: violado de una manera definitiva y observado con
mirada de fatiga por esta mujer que ha cometido el últi­
mo error de su jornada y le ha hecho esto.
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Mildred y el oboe
Anoche Mildred, mi vecina del piso inferior, se masturbó
con un oboe. El oboe chilló y resopló en su vagina. Mil­
dred gimió. Después, cuando creí que había terminado,
empezó a gritar. Permanecí en la cama con un libro sobre
la India. Podía sentir cómo el placer atravesaba la duela
y se colaba en mi habitación. Claro que podría haber otra
explicación para lo que escuché. Quizá no fue el oboe sino
quien tocaba el oboe el que penetraba a Mildred. O quizá
Mildred golpeaba a su perrito nervioso con algo delgado
y musical similar a un oboe.
Mildred la gritona vive debajo de mí. Tres chicas de
Connecticut viven arriba de mí. Y luego está una pianis­
ta con dos hijas en el segundo piso y algunas lesbianas
en el sótano. Soy una persona sobria, una madre, y me
gusta acostarme temprano, pero ¿cómo puedo llevar una
vida normal en este edificio? Es un circo de vaginas que
brincan y retozan: trece vaginas y un solo pene, el de mi
hijo pequeño.
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El cuñado
Era tan sigiloso, tan delgado y pequeño, que apenas no­
taban su presencia. El cuñado. No sabían de quién era
cuñado ni de dónde venía ni si llegaría a marcharse.
Aunque buscaban un hundimiento en el sofá o un des­
acomodo entre las toallas no podían adivinar dónde dor­
mía por la noche. No dejaba ningún olor tras de sí.
No sangraba, no lloraba, no sudaba. Estaba seco. Has­
ta su orina se divorciaba de su pene y caía en el inodoro
casi antes de abandonar su cuerpo, como bala expelida
por una pistola.
Apenas lo veían: si entraban en una habitación él se
fugaba igual que una sombra, escabulléndose por el um­
bral de la puerta, deslizándose por el alféizar. Todo lo
que oían de él era una respiración, y aun así no podían
garantizar que no se trataba de una brisa fugaz al pasar
sobre la grava de afuera.
No les podía pagar. Cada semana dejaba dinero, pero
cuando ellos entraban en el cuarto a su modo lento y rui­
doso el dinero era sólo una niebla verde y plateada en la
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bandeja de la abuela, y al momento que querían tomarlo
ya no estaba allí.
Pero no les costaba prácticamente nada. Ni siquiera
podían decir si comía, ya que tomaba tan poco que no
significaba mayor cosa para ellos que tenían un gran
apetito. Salía de algún lugar en la noche con una navaja
filosa en la mano blanca y de huesos finos y se arrastra­
ba por la cocina, rasurando rodajas de carne, de nueces,
de pan, hasta que le pesaba el plato delgado como papel.
Llenaba su taza con leche, pero la taza era tan pequeña
que no le cabían más de una o dos onzas.
Comía sin hacer ruido, con pulcritud, sin permitir que
una sola gota cayera de su boca. No dejaba marca alguna
en la servilleta con que se limpiaba los labios. No había
mancha alguna en su plato, ni migajas en su tapete, ni ras­
tros de leche en su taza.
Tal vez se habría quedado varios años más si un in­
vierno no le hubiera resultado tan severo. Pero no podía
tolerar el frío, así que empezó a desvanecerse. Durante
largo tiempo no estuvieron seguros si aún se hallaba en la
casa. No había una forma infalible de constatarlo. Pero
en los primeros días de primavera asearon el cuarto de
huéspedes donde con justa razón él había dormido y don­
de ya no era más que una especie de vapor. Lo sacudie­
ron del colchón, lo barrieron del piso, lo limpiaron del
cris­tal de la ventana, y nunca supieron qué habían hecho.
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Cómo W. H. Auden pasa la noche
en casa de un amigo :
El único despierto, la casa en silencio, las calles a oscu­
ras, la presión del frío a través de las mantas, no quiere
despertar a sus anfitriones y por ende, primero, su en­
roscamiento fetal, su búsqueda de un hueco cálido en el
colchón…
Después su sigilosa excursión por el piso en pos de
una silla para ponerse de pie y alcanzar con mano insegu­
ra las cortinas, que coloca sobre las otras cubiertas de su
cama…
Su satisfacción con el nuevo peso que lo presiona hacia
abajo y entonces su sueño pacífico…
En otra ocasión este visitante insomne, otra vez con
frío y sin hallar cortina alguna en su habitación, sale y
toma el tapete del pasillo con el mismo propósito, incli­
nándose y enderezándose entre las sombras…
Cómo la pesadez es una mano férrea sobre él y el pol­
vo que le congestiona la nariz no es nada en comparación
con el modo en que el tapete sofoca su inquietud…
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Madres
Todos tienen una madre en algún lugar. Hay una madre
que cena con nosotros. Es una mujer pequeña con gafas
de cristales tan gruesos que parecen negros cuando gira
la cabeza. Entonces, mientras comemos, la madre de la
anfitriona llama por teléfono. Esto provoca que la anfi­
triona se aleje de la mesa más tiempo de lo esperado. Qui­
zá esta madre se encuentra en Nueva York. En la charla
se menciona la madre de un invitado que se halla en
Oregon, un estado del que pocos sabemos algo, pese a
que antes ha ocurrido que algún familiar viva allí. Des­
pués, en el auto, se menciona a un coreógrafo. Va a pasar
la noche en el pueblo, de camino, de hecho, a ver a su
madre, de nuevo en otro estado.
Cuando se les invita a cenar las madres comen bien,
como si fueran niñas, pero parecen distraídas. A menudo
ocurre que no logran seguir lo que hacemos o decimos.
A menudo ocurre también que se incorporan a la conver­
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sación sólo cuando ésta vira hacia nuestra juventud; o se
alojan donde no se desea dar alojamiento; sonríen y son
incomprendidas. Y sin embargo a las madres siempre se
las ve, siempre se les habla, aunque sea sólo en vacacio­
nes. Han sufrido por nosotros, y con gran frecuencia en
un sitio en el que no pudimos observarlas.
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En una casa sitiada
En una casa sitiada vivían un hombre y una mujer. Desde
su refugio en la cocina oían pequeñas explosiones.
—El viento —decía la mujer.
—Cazadores —decía el hombre.
—La lluvia —decía la mujer.
—El ejército —decía el hombre.
La mujer quería ir a casa pero ya estaba en casa, ahí en
medio del campo en una casa sitiada.
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Visita al marido
Ella y su marido están tan nerviosos que a lo largo de su
charla no dejan de ir al baño, cierran la puerta y usan el
inodoro. Luego salen y encienden un cigarro. Él entra y
orina y deja levantado el asiento del retrete y ella entra
y lo baja y orina. Hacia el final de la tarde dejan de hablar
sobre el divorcio y comienzan a beber. Él bebe whisky y
ella cerveza. Cuando es hora de que ella se marche para
tomar el tren él ha bebido demasiado y va al baño una úl­
tima vez para orinar y no se molesta en cerrar la puerta.
Mientras se alistan para salir, ella empieza a contar la
historia de cómo conoció a su amante. En tanto ella habla
él descubre que ha perdido uno de sus guantes costosos
y de inmediato se irrita y distrae. La deja para buscar el
guante en el piso inferior. La historia de ella se halla a la
mitad y él no da con el guante. Está menos interesado en
la historia cuando regresa a la habitación sin haber encon­
trado el guante. Después, mientras caminan juntos por la
calle, él cuenta feliz que ha comprado zapatos de ochenta
dólares a su novia porque la quiere mucho.
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Al estar a solas de nuevo, ella se siente tan preocupada
por lo que ha ocurrido durante la visita a su marido que
atraviesa las calles deprisa y choca con varias personas
en el metro y la estación de tren. Ni siquiera las ha visto
pero ha caído sobre ellas como una fuerza de la natura­
leza de manera tan súbita que no les ha dado tiempo de
evitarla y ella se ha sorprendido de que existan. Algunas
de estas personas la siguen con la mirada y exclaman:
—¡Carajo!
Luego, en la cocina de sus padres, ella intenta explicar
a su padre algo difícil sobre el divorcio y se enoja cuando
él no comprende, y al terminar la explicación advierte
que está comiendo una naranja aunque no recuerda ha­
berla pelado ni, lo que es más, haber decidido que la co­
mería.
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La espina
Hace muchos años mi esposo y yo vivíamos en París y
traducíamos libros de arte. Gastábamos todo el dinero
ganado en cine y comida. Por lo general veíamos viejas
películas estadounidenses, muy populares en la ciudad, y
comíamos fuera con gran frecuencia porque en esa época
los restaurantes eran baratos y ninguno de los dos sabía
cocinar del todo bien.
Una noche, sin embargo, cociné unos filetes de pesca­
do para la cena. Se suponía que esos filetes no tenían es­
pinas, y no obstante debió haber una pequeña en uno de
ellos ya que mi esposo se la tragó y se le quedó atorada
en la garganta. Nunca antes nos había sucedido esto, ni
a él ni a mí, pese a que siempre había sido causa de preo­
cupación. Le di a comer pan y él bebió muchos vasos de
agua, pero la espina estaba bien atascada y no se movía.
Al cabo de varias horas en que el dolor se intensifi­
có y mi esposo y yo nos sentimos más y más inquietos,
dejamos el departamento y salimos a las calles oscuras
de París en busca de ayuda. Primero fuimos dirigidos al
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departamento en planta baja de una enfermera que vivía
cerca, y ella a su vez nos dirigió a un hospital. Camina­
mos un tramo y dimos con el hospital en la rue de Vau­
girard. Era antiguo y bastante sombrío, como si ya no
tuviera demasiada actividad.
Una vez dentro esperé en una silla plegable en un am­
plio pasillo cerca de la entrada principal, mientras mi
espo­so tomaba asiento tras una puerta cerrada en com­
pañía de varias enfermeras que querían ayudarlo pero no
lograban hacer más que rociar su garganta para luego
retroceder y echarse a reír, y él reía también lo mejor que
podía. Yo ignoraba el motivo de tanta risa.
Finalmente un médico joven vino y nos condujo a mi
esposo y a mí a través de varios corredores largos y de­
siertos y alrededor de dos flancos de los oscuros terrenos
del hospital hasta llegar a un ala vacía que contenía otra
sala de exámenes en la que guardaba sus instrumentos
especiales. Cada instrumento tenía un ángulo diferente de curvatura pero todos terminaban en una especie de
gancho. Bajo una sola fuente de luz, en el cuarto en penum­
bra, el médico insertó en la garganta de mi esposo un
instrumento tras otro con entusiasmo e interés feroces.
Cada vez que metía un nuevo instrumento mi esposo se
atragantaba y agitaba las manos en el aire.
Por fin el médico extrajo la pequeña espina de pescado
y nos la mostró con orgullo. Los tres sonreímos y nos
felicitamos.
El médico nos llevó de regreso por los corredores de­
siertos hasta salir bajo el acceso abovedado construido
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para alojar carruajes de caballos. Permanecimos ahí
charlando un rato, mirando las calles vacías del barrio
a nuestro alrededor, y después nos despedimos con un
apretón de manos y mi esposo y yo caminamos a casa.
Han transcurrido más de diez años desde entonces y
mi esposo y yo hemos tomado caminos separados pero
de vez en cuando, al estar juntos, recordamos a aquel
médico joven.
—Un gran médico judío —dice mi esposo, que tam­
bién es judío.
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Empleo en la ciudad
Por toda la ciudad hay ancianas negras que han sido con­
tratadas para llamar a la gente a las siete de la mañana y
pedir hablar con Lisa con voz suave. Esto les da trabajo
que pueden hacer desde casa. Estas mujeres son parte
de un cuerpo más grande de empleados de la ciudad que
se dedican a llamar a números equivocados. Quien perci­
be el mayor ingreso de todos es un indio de la India ca­paz
de insistir en que no tiene mal el número.
Otros —sobre todo ancianos— han sido contratados
para divertirnos al usar sombreros extraños. Los llevan
como si no fueran responsables de nada de lo que ocurre
por encima de sus cejas. Dos sombreros se mecen lado a
lado —un fedora en lo alto de un anciano y un objeto con
velo negro y cerezas en una mujer menuda— y bajo los
sombreros los ancianos discuten. Otra anciana débil y
encorvada cruza la calle despacio frente a nuestro auto,
exhibiendo un gesto de molestia por haber sido obligada
a ponerse un enorme sombrero rojo en forma de cono que
le presiona la frente con su peso. Otra anciana camina
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por una acera difícil y se cuida de los lugares donde colo­
ca los pies. No usa sombrero porque ha perdido el empleo.
Personas de todas las edades son contratadas por la
ciudad para comportarse como lunáticas de tal suerte que
el resto de nosotros nos sintamos cuerdos. Algunos de
los lunáticos también son pordioseros para que nosotros
nos podamos sentir cuerdos y ricos al mismo tiempo.
Hay un número limitado de puestos como lunáticos. To­
dos esos puestos ya se han ocupado. Durante años los
lunáticos estuvieron encerrados juntos en hospitales psi­
quiátricos ubicados en islas en el puerto de Nueva York.
Luego las autoridades los liberaron en grandes cantida­
des para que integraran una presencia tranquilizadora
en las calles.
Naturalmente algunos lunáticos pueden tener dos tra­
bajos a la vez y llevan sombreros extraños mientras avan­
zan a zancadas.
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Dos hermanas (I)
Aunque todos desean que no suceda, y aunque sería mu­
cho mejor que no sucediera, a veces sucede que nace una
segunda hija y entonces hay dos hermanas.
Por supuesto que cualquier hija, bañada en llanto al
momento de nacer, es sólo un fracaso y es recibida con
corazón acongojado por el padre, que deseaba un hijo. El
padre intenta de nuevo y de nuevo no resulta más que una
hija. Esto es peor ya que se trata de una segunda hija;
luego viene una tercera y quizá una cuarta. El padre se
siente miserable entre mujeres. Vive, desesperado, con sus
fracasos.
Bienaventurado es el hombre que tiene un hijo y una
hija, aunque el riesgo es grande si intenta tener otro hijo.
Más afortunado es el hombre que sólo tiene hijos ya que
puede proseguir, hijo tras hijo, hasta que llega la hija, y
así tendrá todos los hijos que puede desear y además una
hija pequeña para honrar su mesa. Y si la hija no llegara
entonces ya tiene a una mujer, su esposa, la madre de sus
hijos. En él mismo no tiene a un hombre: sólo su esposa
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lo tiene. Ella podría desear una hija, ya que no tiene a una
mujer, pero sus deseos apenas son escuchados. Ella mis­
ma es una hija pese a que sus padres ya estén muertos.
La hija única, la hermana única de muchos hermanos,
atiende la voz de su familia y está satisfecha consigo misma
y es feliz. Su delicadeza en contraposición a la brutalidad
de sus hermanos, su calma enfrentada a la destrucción de
ellos, son dignas de admiración. Pero cuando hay dos her­
manas, una es más fea y torpe que la otra, una es menos
inteligente, una es más promiscua. Aun cuando todas las
mejores cualidades se concentren en una sola hermana,
como suele ocurrir, ella será infeliz porque la otra, igual
que una sombra, seguirá su éxito con ojos verdes.
Dos hermanas crecen en momentos distintos y se
desprecian mutuamente por ser tan infantiles. Pelean y
se sonrojan. Y aunque si sólo hay una hija seguirá lla­
mándose Ángela, dos perderán sus nombres y acabarán
siendo más rechonchas.
Dos hermanas a menudo se casan. Una cree que el
marido de la otra es vulgar. La otra usa a su marido como
escudo contra su hermana y el marido de su hermana, a
quien teme por su agudeza. Pese a que intentan construir
una amistad para que sus hijos tengan primos, las dos
hermanas se encuentran distanciadas con frecuencia.
Sus maridos las decepcionan. Sus hijos son fracasos y
dilapidan el amor de sus madres en pueblos baratos. Aho­
ra sólo es fuerte como el hierro el odio que las dos her­
manas se profesan. Esto prevalece mientras sus maridos
se marchitan y sus hijos desertan.
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Enjauladas juntas, dos hermanas contienen su ira.
Tienen rasgos idénticos.
Dos hermanas vestidas de negro van juntas de com­
pras, los maridos muertos, los hijos caídos en alguna
guerra; su odio es tan familiar que no lo registran. A
veces son amables entre ellas porque se les olvida.
Pero en la muerte los rostros de dos hermanas son
amargos debido a la costumbre.
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La madre
La niña escribió un cuento.
—Pero sería mucho mejor si escribieras una novela
—dijo su madre.
La niña construyó una casa de muñecas.
—Pero sería mucho mejor si fuera una casa de verdad
—dijo su madre.
La niña hizo una pequeña almohada para su padre.
—Pero sería más práctica una colcha —dijo su madre.
La niña cavó un hoyo pequeño en el jardín.
—Pero sería mucho mejor si cavaras un hoyo grande
—dijo su madre.
La niña cavó un hoyo grande y se metió a dormir
en él.
—Pero sería mucho mejor si durmieras para siempre
—dijo su madre.
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Amor seguro
Ella estaba enamorada del pediatra de su hijo. Sola en el
campo, nadie podría culparla.
En ese amor había un elemento de pasión arrebatado­
ra. También era algo seguro. El pediatra estaba al otro
lado de una barrera. Entre él y ella: el niño en la mesa
de examen, el consultorio mismo, el personal, la esposa de
él, el marido de ella, el estetoscopio de él, la barba de él,
los pechos de ella, las gafas de él, las gafas de ella, et­
cétera.
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Problema
X está con Y pero vive del dinero de Z. El propio Y apo­
ya a W, que vive con el hijo que tuvo con V. V quiere mu­
darse a Chicago pero su hijo vive con W en Nueva York.
W no puede mudarse porque tiene una relación con U,
cuyo hijo vive también en Nueva York aunque con su ma­
dre, T. T recibe dinero de U, W recibe dinero de Y para
ella misma y de V para su hijo y X recibe dinero de Z. X
y Y no tienen hijos juntos. V ve muy poco a su hijo pero
lo mantiene. U vive con el hijo de W pero no lo mantiene.
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De Casi nada de memoria (1997)
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Jack del campo
Henry se encuentra con Jack en la calle y le pregunta
cómo estuvo su fin de semana con Laura. Jack dice que
no ha hablado con Laura en al menos un mes. Henry se
enoja. Cree que Ellen le ha mentido sobre Laura. Ellen
replica que ha estado diciendo la verdad: Laura le contó
por teléfono que Jack iría el fin de semana a la casa que
ella tiene en el campo. Henry aún está enojado, pero aho­
ra su enojo responde a que cree que Laura mentía a Ellen
al decirle que Jack la acompañaría el fin de semana. En
este punto, avergonzada, Ellen cae en cuenta de su error:
hay más de un Jack involucrado en la historia. Laura sólo
dijo que Jack iría a visitarla el fin de semana y no era el
Jack que Ellen y Henry conocen sino el Jack que úni­
camente Ellen conoce, y en realidad muy poco, el que
estaba a punto de llegar a la casa de Laura en el campo.
Con cierto recelo, Ellen explica esto a Henry. Y ahora
Henry está más enojado que antes, pero su enojo se debe
a que Laura ha estado viendo a un Jack que él no conoce
en lugar del Jack que sí conoce. Está enojado porque el
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Jack que conoce es un viejo amigo de Laura, mientras
que el Jack que no conoce deber ser un nuevo amante.
Henry proclama que no volverá a hablar con Laura salvo
para pedirle que le regrese sus llaves. Borrará el nombre
de Laura de su libreta de direcciones y se negará a oír
cualquier otra mención que ella haga a través de Ellen
del Jack que él sí conoce. Como no dirigirá la palabra a
Laura, Henry no puede saber que de hecho un tercer Jack
se ha involucrado en la historia para la angustia del se­
gundo Jack, ya que el cariño de Laura se ha desviado del
Jack que Ellen conoce en realidad muy poco y que Henry
no conoce para depositarse en un Jack del campo que es
desconocido para todos.
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Los ratones
Los ratones viven en nuestras paredes pero no nos desor­
denan la cocina. Estamos contentos pero no podemos comprender por qué no entran en nuestra cocina, donde he­
mos colocado trampas, del mismo modo que entran en
las cocinas de nuestros vecinos. Aunque estamos con­
tentos también nos sentimos molestos porque los rato­
nes se comportan como si hubiera algo malo con nuestra
cocina. Lo que resulta más desconcertante es que nuestra
casa es mucho menos limpia que las casas de nuestros
vecinos. Hay más comida regada por nuestra cocina, más
migajas en las encimeras y restos sucios de cebolla amon­
tonados contra los muebles bajos. De hecho hay tanta co­
mida desperdigada por la cocina que sólo puedo pensar
que los ratones se sienten derrotados por ella. Para ellos
es un reto hallar noche tras noche en una cocina limpia
la comida suficiente para sobrevivir hasta la primavera.
Hora tras hora cazan y mordisquean hasta que están sa­
tisfechos. En nuestra cocina, sin embargo, se enfrentan a
algo tan desproporcionado en su experiencia que no pue­
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den lidiar con ello. Quizá se aventuran unos cuantos pa­
sos, pero muy pronto lo que ven y huelen se vuelve tan
abrumador que los regresa a sus agujeros, incómodos
y avergonzados por no ser capaces de buscar alimento
como deberían.
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La treceava mujer
En un pueblo de doce mujeres había una treceava. Na­
die admitía que vivía allí, no le llegaba correspondencia,
nadie hablaba de ella, nadie preguntaba por ella, nadie
le vendía pan, nadie le compraba nada, nadie le devolvía
la mirada, nadie llamaba a su puerta; la lluvia no la mo­
jaba, el sol nunca la bañaba, el día nunca despuntaba so­
bre ella, la noche nunca se desplomaba para ella; para
ella las semanas no pasaban, los años no transcurrían; su
casa no tenía número, su jardín lucía descuidado, por
su camino nadie transitaba, en su cama nadie dormía,
nadie ingería su comida, nadie vestía su ropa; y a pesar
de todo ella continuaba viviendo en el pueblo sin resentir
lo que éste le hacía.
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Los gatos en la sala
de recreación de la cárcel
El problema eran los gatos en la sala de recreación de
la cárcel. Había heces por doquier. Las heces de un gato
intentan esconderse en un rincón y al ser descubiertas
lucen furiosas y avergonzadas como un mono.
Los gatos permanecían en la sala de recreación de la
cárcel cuando llovía, y dado que llovía con frecuencia el
espacio olía mal y los prisioneros refunfuñaban. El olor
provenía no de las heces sino de los propios gatos. Era un
olor fuerte, un olor que mareaba.
Los gatos no podían ser expulsados. Cuando se les es­
pantaba no huían por la puerta sino que se desperdigaban
en todas direcciones, corriendo lentamente con los vien­
tres colgantes. Muchos se deslizaban hacia arriba, saltan­
do de viga en viga hasta reposar en algún sitio en lo más
alto, de modo que los prisioneros que jugaban ping-pong
eran conscientes de que el domo no estaba vacío aunque
en él reinara el silencio.
Los gatos no podían ser expulsados porque entraban
y salían de la sala por agujeros imposibles de descubrir.
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Sus pasos eran sigilosos; podían esperar a una persona
más tiempo que el que una persona los esperaría.
Una persona tiene otras preocupaciones, pero a cada
momento de su vida un gato tiene una sola preocupación.
Esto es lo que le da un equilibrio tan perfecto, y por esto
ver a un gato confundido o asustado nos inquieta: senti­
mos a la vez lástima y ganas de reír. El animal enfrenta
el origen del peligro o la confusión y su único recurso es
exhalar un aire fétido entre sus encías manchadas.
Ese año todos los prisioneros eran hombres peque­
ños. Habían cometido crímenes que no podían ser
to­mados demasiado en serio y eran tratados con indul­
gencia. Ahora bien, aunque a menudo los hombres pe­
queños suelen vanagloriarse de su buena salud, estos
prisioneros comenzaron a presentar sarpullido y ecze­
mas. Les ardían la parte posterior de las rodillas y la
cara interior de los codos y la piel se les caía en escamas.
Escribieron cartas furibundas al gobernador de su esta­
do, que ese año resultó ser también un hombre pequeño.
Los gatos, decían los prisioneros, provocaban alergia.
El gobernador se apiadó de los prisioneros y pidió al
alcaide que resolviera el problema.
Hacía años que el alcaide no ponía un pie en la sala de
recreación. Entró y deambuló por ella, asqueado por el
curioso olor.
En un corredor sin salida arrinconó a un gato feo.
El alcaide llevaba un palo y el gato iba armado sólo con
dientes y garras además de su rostro enfurecido. Duran­
te un rato alcaide y gato se esquivaron de un lado a otro,
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hasta que el alcaide quiso golpear al gato pero falló y el
animal se le escurrió alrededor sin un movimiento en
falso.
Ahora el alcaide veía gatos en todas partes.
Tras las actividades vespertinas, cuando los prisione­
ros estuvieron encerrados en sus celdas, el alcaide regre­
só con un rifle. A lo largo de esa noche los prisioneros
escucharon el ruido de disparos provenientes de la sala
de recreación. Los disparos sonaban apagados y parecían
llegar de una gran lejanía, como del otro lado del río. El
alcaide era buen tirador y mató muchos gatos —le llo­
vían desde el domo, quedaban sembrados bocarriba en
los pasillos— y pese a ello aún vio sombras que cruzaban
las ventanas del sótano mientras abandonaba el edificio.
Ahora, no obstante, había una diferencia. La salud cu­
tánea de los prisioneros mejoró. Pese a que persistía en el
edificio, el mal olor ya no era tibio y fresco como antes.
Todavía había algunos gatos, pero estaban desorientados
por el hedor de la pólvora y la sangre y por la súbita desa­
parición de sus parejas y crías. Dejaron de reproducirse
y se agazapaban en los rincones, siseando aun cuando no
había nadie cerca de ellos, atacando todo lo que se movía
a la menor provocación.
Estos gatos no comían bien ni se limpiaban con cuida­
do y uno tras otro, cada uno a su manera y a su hora, fue­
ron muriendo y dejaron atrás un olor igualmente fuerte
pero distinto que colgó en el aire por una o dos semanas
y luego se disipó. Al cabo de unos meses ya no quedaba
ningún gato en la sala de recreación de la cárcel. Para
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entonces los prisioneros pequeños habían sido rempla­
zados por prisioneros más grandes y al alcaide lo había
sustituido otro más ambicioso; sólo el gobernador per­
manecía en el poder.
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La pecera
Miro fijamente cuatro peces en una pecera en el super­
mercado. Nadan en formación paralela contra una pe­
queña corriente creada por un chorro de agua, abren y
cierran la boca y cada uno tiene el único ojo que yo puedo
ver puesto en la distancia. Mientras los observo por el
cristal, pensando qué tan frescos estarán para ser devo­
rados, vivos por el momento, y calculando si compraré
uno para cocinarlo en la cena, también veo, como detrás
o a través de ellos, una silueta vaga y más grande que
oscurece la pecera: lo que el cristal recoge de mí, su de­
predadora.
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Nuestra amabilidad
Pretendemos ser muy amables con todo el mundo. Pero
entonces tratamos pésimo a nuestro propio marido,
la persona que nos es más cercana. Y luego pensamos
que él nos impide ser amables con el resto del mundo.
¡Porque, nos decimos, no quiere que conozcamos a otras
personas! Preferiría que nos quedáramos aquí en casa.
Dice que el auto está viejo. Sabemos que en realidad pre­
feriría que, al igual que él, nosotros conociéramos a un
número reducido de personas. Pero lo que dice es que el
auto no nos llevará lejos. Sabemos que preferiría que nos
encargáramos de nuestra propia casa y nuestra propia fa­
milia. Nuestra casa no está limpia, no del todo. Nuestra
familia no está completamente limpia. Nosotros creemos
que el auto nos serviría bastante bien. Pero él cree que
podríamos querer salir y ser amables con otra gente
sólo porque preferiríamos no permanecer en casa, porque
preferiríamos no tener que intentar ser amables sólo con
estas tres personas, las tres personas que más trabajo nos
cuestan en el mundo, pese a que fácilmente podemos ser
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amables con mucha otra gente como la que nos encontra­
mos en las tiendas a las que vamos porque ahí nuestro
auto, dice él, nos puede llevar sin ningún riesgo.
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Un desastre natural
No duraremos mucho más en nuestro hogar junto al mar
creciente. El frío y la humedad acabarán sin duda con
nosotros porque ya no es posible escapar: el frío ha res­
quebrajado el único camino para salir de aquí, el mar ha
subido y llenado las grietas del pantano en la parte baja,
ha descendido y dejado cristales de sal recubriendo las
grietas, ha subido de nuevo aún más para volver intran­
sitable el camino.
El mar se filtra por las tuberías hasta nuestros lavabos
y nuestra agua potable es salobre. En el patio delantero y
el jardín han aparecido moluscos y no podemos caminar
sin aplastar sus conchas a cada paso. En cada marea alta
el mar cubre nuestra tierra y al bajar deja charcos entre
los rosales y en los surcos del campo de centeno. Nues­
tras semillas han sido arrastradas y los cuervos se han
comido las pocas que quedaban.
Ahora nos hemos mudado a los aposentos superiores
de la casa y permanecemos frente a la ventana mirando
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el relampagueo de los peces entre las ramas del peral.
Una anguila se asoma por debajo de nuestra carretilla.
Todo lo que lavamos y colgamos a secar en la venta­
na de arriba se congela: nuestras camisas y pantalones
crean formas extrañas y retorcidas en el tendedero. Aho­
ra lo que vestimos está siempre húmedo y la sal nos roza
la piel hasta enrojecerla e irritarla. Ahora pasamos casi
todo el día en cama bajo sábanas pesadas y rancias; el
mar entra por las grietas en el alféizar y chorrea al suelo.
Tres de nosotros han muerto de neumonía y bronquitis
a distintas horas de la madrugada antes del amanecer.
Quedamos tres y los tres estamos débiles, no podemos
dormir salvo con un sueño ligero, no podemos pensar
salvo ideas confusas, no hablamos y ya casi no vemos luz
y oscuridad, sólo sombras y penumbra.
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Acuerdo
Primero ella se fue, y mientras estaba ausente él se mar­
chó. No, antes de que ella se fuera él la abandonó, no mu­
cho después de llegar a casa, por algo que ella dijo. No
mencionó cuánto tiempo o a dónde se iría porque esta­
ba enfadado. No dijo nada salvo quizá “Ya estuvo”. En­
tonces, mientras él se hallaba fuera, ella lo abandonó y
bajó por el camino con los niños. Entonces, mientras ella
estaba ausente, él volvió, y al ver que oscurecía y ella
no regresaba salió a buscarla. Ella regresó pero no lo
vio, y al cabo de algún tiempo de haber vuelto se fue de
nuevo con los niños para encontrarlo. Más tarde él dijo
que ella lo había abandonado, y ella aceptó este abandono
pero dijo que lo había abandonado sólo después de que él
la abandonara. Entonces él aceptó haberla abandonado,
pero sólo después de que ella dijera algo que no debió
decir. Dijo que ella debía aceptar que no debió decir lo
que dijo y que había causado la trifulca vespertina. Ella
aceptó que no debió decir lo que dijo pero añadió que
el problema entre ellos había empezado antes, y que si
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ella aceptaba haber causado la trifulca vespertina él debía
aceptar haber causado lo que detonó el problema previo.
Pero él no iba a aceptar eso, al menos no de momento.
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Desacuerdo
Él dijo que ella no estaba de acuerdo. Ella dijo que no, eso
era mentira, él era quien no estaba de acuerdo. La discu­
sión era sobre la puerta mosquitera. Ella pensaba que no
había que dejarla abierta debido a las moscas; él creía que
podían dejarla abierta a primera hora de la mañana, cuan­
do no había moscas en la terraza. Como fuera, dijo él, la
mayoría de las moscas venía de otras partes de la cons­
trucción: de hecho quizá estaba dejando más moscas en el
exterior que en el interior.
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Reiterar
Michel Butor dice que viajar es escribir porque viajar es
leer. Esto se puede desarrollar más: escribir es viajar,
escribir es leer, leer es escribir, leer es viajar. Pero Geor­
ge Steiner dice que traducir también es leer, y traducir es
escribir como escribir es traducir y leer es traducir. Así
que podríamos decir: traducir es viajar y viajar es tradu­
cir. Traducir un texto de viajes, por ejemplo, es leer un
texto de viajes, escribir un texto de viajes, leer un texto,
escribir un texto y viajar. Pero como al traducir se lee y
como al escribir se traduce, como al viajar se escribe, co­
mo al viajar se lee y como al traducir se viaja; es decir, si
leer es traducir y traducir es escribir, escribir viajar, leer
viajar, escribir leer, leer escribir y viajar traducir; enton­
ces escribir también es escribir, leer también es leer y to­
davía más, porque al leer se lee pero también se viaja, y
como al viajar se lee, entonces se lee y se lee; y como al
leer también se escribe, entonces se lee; y como al leer
también se traduce, entonces se lee; por tanto se lee, se
lee, se lee y se lee. El mismo argumento puede funcionar
para traducir, viajar y escribir.
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La otra
Ella cambia esto en la casa para molestar a la otra y la
otra se molesta y lo devuelve a como estaba, y ella cam­
bia esto otro en la casa para molestar a la otra y la otra
se molesta y lo devuelve a como estaba, y ella cuenta todo
esto tal como sucede a algunos otros y ellos creen que es
divertido, pero la otra lo escucha y no lo juzga divertido
aunque no puede remediarlo.
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Una amiga mía
Pienso en una amiga mía, cómo no es sólo lo que cree ser
sino también lo que sus amigos creemos que es y lo que
su familia cree que es e incluso lo que es a ojos de cono­
cidos casuales y completos extraños. Sobre ciertas cosas
sus amigos tenemos una opinión y ella otra. Piensa, por
ejemplo, que es obesa y no tan culta como debería ser,
pero sus amigos sabemos que es perfectamente delgada
y más culta que la mayoría de nosotros. En otras cosas
ella está de acuerdo, por ejemplo en que es divertida en
compañía, le gusta ser puntual, le gusta que los otros
sean puntuales y no es muy ordenada en sus quehace­
res domésticos. Quizá es cierto que las cosas en que to­dos estamos de acuerdo son parte de lo que ella realmente
es, o de lo que realmente sería si hubiera tal cosa como lo
que realmente es, porque cuando busco lo que realmen­
te es sólo me topo con contradicciones por doquier: aun
cuando ella y sus amigos estemos de acuerdo en algo,
eso podría parecer incorrecto a un conocido casual que
la juzgaría taciturna en compañía y vería sus aposentos
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muy pulcros, por ejemplo, y no estaría del todo errado
porque hay veces en que ella es aburrida y veces en que
mantiene una casa limpia, aunque no son las mismas oca­
siones porque ella no es limpia cuando se siente aburrida.
Todo esto sobre mi amiga es cierto, y se me ocurre que yo tampoco debo saber todo lo que soy y hay
otros que conocen mejor que yo algunas cosas acerca de
mí, aunque creo que debería conocer todo lo que hay por
conocer y actúo como si lo conociera. A pesar de asu­mir esto, sin embargo, no me queda más remedio que seguir actuando como si supiera todo lo que soy aunque
también trato de adivinar, de vez en vez, qué es eso
que los otros conocen que yo desconozco.
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Vete
Cuando él dice “Vete y no vuelvas”, las palabras te las­
timan aunque sabes que él no quiere decir lo que las pa­
labras significan, o más bien piensas que quizá él dice
“Vete” porque está tan enojado contigo que no te quiere
cerca en este momento, pero estás muy segura de que él
no quiere que te alejes, debe querer que vuelvas tarde o
temprano, dependiendo de qué tan rápido pueda dismi­
nu­ir su enojo en el tiempo que estés lejos, cómo pueda
re­cordar otras emociones menos encendidas que siente
por ti y que ahora logren suavizar su enojo. Pero aunque
sí quiere decir “Vete”, no lo quiere decir tanto como quie­
re expresar el enojo que la palabra contiene, al igual que
quiere expresar el enojo en las palabras “no vuelvas”.
Quiere decir todo el enojo expresado por alguien que dice
tales palabras y expresa lo que las palabras significan,
que no deberías volver nunca, o más bien quiere expre­
sar la mayor parte del enojo expresado por una perso­
na así, porque si quisiera expresar todo el enojo también
querría decir lo que las palabras significan, que no de­
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berías volver nunca. Pero, si al estar enojado, sólo dije­
ra “Estoy muy enojado contigo” no te lastimaría tanto
como te lastima o ni siquiera te lastimaría, aun cuando el
nivel de enojo, de ser medido, pudiera ser exactamente
el mismo. O quizá el nivel de enojo no podría ser el mis­
mo. O quizá podría ser el mismo pero el enojo tendría que
ser de otro tipo, un tipo que se podría compartir como
un problema, considerando que este tipo sólo se podría
expresar con las palabras que él no quiere decir. Así que
lo que te lastima en estas palabras no es el enojo sino el
hecho de que él elige decirte palabras que significan que
no deberías volver nunca, aunque él no quiera expresar lo
que las palabras significan, aunque sólo las palabras por
sí mismas signifiquen lo que dicen.
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Una segunda oportunidad
Si sólo tuviera una oportunidad de aprender de mis erro­
res lo haría, pero hay demasiadas cosas que no se hacen
dos veces; de hecho las cosas más importantes son aque­
llas que no se hacen dos veces, de modo que no se pueden
hacer mejor la segunda vez. Haces algo mal y ves cómo
podrías haberlo hecho bien, y estás dispuesta a hacerlo
en caso de tener otra oportunidad, pero la siguiente ex­
periencia es muy distinta y tu juicio está nuevamen­te
errado, y aunque estás preparada para esta experiencia
en caso de que se repita no estás preparada para la si­
guiente experiencia. Si tan sólo, por ejemplo, pudieras
casarte dos veces a los dieciocho años, la segunda vez te
podrías asegurar de no ser demasiado joven para hacerlo
porque tendrías la perspectiva de ser mayor, y sabrías
que la persona que te aconsejaba casarte con ese hom­
bre te estaba dando el consejo equivocado porque sus
razones eran las mismas que te dio la última vez que te
aconsejó casarte a los dieciocho años. Si pudieras llevar
un hijo de un primer matrimonio a un segundo matrimo­
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nio por segunda vez sabrías que la generosidad se puede
convertir en resentimiento si no haces lo correcto y el
resentimiento en generosidad si lo haces, a menos que
el hombre con quien contrajeras tu segundo matrimo­
nio por segunda vez tuviera un carácter muy distinto del
hombre con el que contrajiste tu segundo matrimonio
por primera vez, en cuyo caso tendrías que casarte con
ese hombre dos veces también para aprender cuál es el
rumbo más prudente a seguir con alguien con su carác­
ter. Si pudieras lograr que tu madre muriera por segunda
vez podrías estar preparada para luchar por una habita­
ción privada donde nadie más viera televisión mientras
ella muere, pero si estuvieras preparada para luchar por
eso y lo hicieras quizá tendrías que perder a tu madre de
nuevo para saber lo suficiente como para pedirles que le
acomoden la dentadura de la manera correcta y no de
la manera incorrecta antes de que entres en su habitación
y la veas por última vez con esa sonrisa tan extraña, y
entonces una vez más asegurarte de que sus cenizas no
sean guardadas nuevamente en esa especie de contene­
dor de correo aéreo en que fueron enviadas al cementerio
en el norte.
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Casi nada de memoria
Cierta mujer tenía una conciencia muy aguda pero casi
nada de memoria. Recordaba lo suficiente para arreglár­
selas día con día. Recordaba lo suficiente para trabajar y
trabajaba duro. Hacía un buen trabajo y se le pagaba
por ello y ganaba lo suficiente para sobrevivir pero no
recordaba su trabajo, así que no podía responder nada
sobre él cuando la gente se lo preguntaba como de hecho
preguntaba ya que el trabajo que ella hacía era inte­
resante.
Recordaba lo suficiente para arreglárselas y realizar su
trabajo pero no aprendía de lo que hacía, escuchaba o leía.
Porque leía, amaba leer, y tomaba buenas notas so­bre
lo que leía, sobre las ideas que se le ocurrían a partir de lo
que leía, ya que tenía algunas ideas propias, y hasta so­
bre las ideas acerca de esas ideas. Algunas de sus ideas
eran incluso muy buenas, ya que tenía una conciencia
muy aguda. De modo que llenaba con pulcritud cuader­
nos que se multiplicaban año con año, y ya que de esta
forma pasaron varios años tenía una larga repisa donde
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se alineaban esos cuadernos en los que su escritura se iba
empequeñeciendo.
A veces, cuando se cansaba de leer un libro, o cuando
la aguijoneaba una súbita curiosidad que no comprendía
del todo, tomaba un cuaderno anterior de la repisa y leía
un poco y se sentía interesada por lo leído. Le intere­
saban las notas que alguna vez había tomado sobre el
libro que estaba leyendo o sobre sus propias ideas. Todo
le parecía nuevo, y de hecho casi todo resultaría nuevo
para ella. A veces sólo leía y pensaba, y a veces hacía una
anotación en el cuaderno actual sobre lo que leía en un
cuaderno de una época previa, o hacía una anotación so­
bre una idea que se le ocurría a partir de lo que leía. En
otras ocasiones quería hacer una anotación pero elegía
no hacerla, ya que no creía adecuado hacer una anotación
sobre lo que ya era una nota pese a que no entendía por
completo qué era lo inadecuado del asunto. Quería hacer
una anotación sobre la nota que estaba leyendo porque
esa era su manera de comprender lo que leía aunque no
asimilaba lo que leía en su mente, o no por mucho tiempo,
sino sólo en otro cuaderno. O quería hacer una anotación
porque hacer una anotación era su manera de pensar ese
pensamiento.
Pese a que la mayor parte de lo que leía era nuevo para
ella, a veces reconocía de inmediato lo que leía y no te­
nía duda de que ella misma lo había escrito y pensado.
Le parecía perfectamente conocido, como si lo acabara de
pensar ese mismo día aunque en realidad no lo había pen­
sado en varios años, a menos que leerlo de nuevo equi­
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valiera a pensarlo de nuevo o por primera vez, y aunque
quizá no lo habría pensado otra vez de no haberlo leído
en su cuaderno. Y gracias a esto sabía que esos cuadernos
en verdad tenían mucho que ver con ella, aunque se le
dificultaba entender y le preocupaba tratar de entender
exactamente de qué modo tenían que ver con ella, qué
tanto eran de ella y qué tanto estaban fuera y no dentro
de ella mientras descansaban en la repisa, siendo lo que
ella sabía pero no sabía, siendo lo que ella había leído pero
no recordaba haber leído, siendo lo que ella había pensado
pero no pensaba ahora o no recordaba haber pensado, o si
lo recordaba entonces no sabía si lo estaba pensando aho­
ra o si sólo lo había pensado alguna vez ni comprendía
por qué había tenido una vez una idea y años después
la misma idea, o bien una vez una idea y jamás esa misma
idea de nuevo.
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Cómo a menudo tiene razón
A menudo pienso que la idea que él tiene sobre lo que
debemos hacer es equivocada y que mi idea es la correcta.
Y sin embargo sé que anteriormente ha tenido la razón
a menudo mientras yo me equivocaba. Así que lo dejo
tomar su decisión equivocada, diciéndome para mis aden­
tros, aunque no lo puedo creer, que su decisión equivoca­
da quizá sea en verdad la correcta. Y entonces más tarde
resulta, como ha ocurrido a menudo anteriormente, que
su decisión era la correcta después de todo. O más bien su
decisión seguía siendo la equivocada, pero por circuns­
tancias distintas a las reales, mientras que era la correcta
por circunstancias que a todas luces no comprendí.
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Lo que siento
En estos días intento decirme que lo que siento no es
muy importante. Lo he leído en varios libros: lo que sien­
to es importante pero no el centro del universo. Quizá sí
veo esto pero no lo creo a fondo como para hacer algo al
respecto. Me gustaría creerlo con más fuerza.
Qué alivio sería. No tendría que pensar todo el tiempo
en lo que siento ni tratar de controlarlo con todas sus
complicaciones y consecuencias. No tendría que intentar
sentirme bien todo el tiempo. De hecho si creyera que
lo que siento no es tan importante quizá ni siquiera me
sentiría tan mal y no sería tan difícil sentirme mejor. No
tendría que decir: Ay, me siento tan mal, es como el fi­
nal para mí aquí, en esta sala en penumbra a avanzadas
horas de la noche, con la calle oscura allá afuera bajo las
lámparas, estoy tan sola, todos los demás en esta casa ya
duermen, no hay consuelo en ninguna parte, sólo estoy
yo aquí, nunca me tranquilizaré lo suficiente para dor­
mir, nunca dormiré, nunca seré capaz de llegar al día si­
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guiente, no puedo continuar, no puedo vivir ni siquiera al
minuto que sigue.
Si creyera que lo que siento no es el centro del uni­
verso entonces no sería más que una de tantas cosas al
margen, y yo sería capaz de ver y prestar atención a otras
cosas igualmente importantes y de este modo tendría
cierto alivio.
Pero es curioso cómo uno puede ver que una idea es
completamente cierta y correcta y sin embargo no creerla
a fondo para actuar en consecuencia. Así que todavía ac­
túo como si mis sentimientos fueran el centro del univer­
so, y todavía eso causa que termine sola junto a la ventana
de la sala a avanzadas horas de la noche. Lo que ahora es
distinto es que tengo esta idea: pronto dejaré de creer que
mis sentimientos son el centro del universo. Para mí esto
es un gran consuelo porque si te desesperas por seguir
adelante pero al mismo tiempo te dices que tu desespe­
ración quizá no sea tan importante, entonces o dejas de
desesperarte o aún te desesperas pero al mismo tiempo
comienzas a notar que tu desesperación también podría
ser desplazada al margen como una de tantas cosas.
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Cosas perdidas
Están perdidas, pero tampoco tan perdidas sino en al­
gún lugar del mundo. La mayoría son pequeñas aunque
dos son más grandes, una un abrigo y otra un perro. De
las cosas pequeñas una es un anillo valioso y otra un
botón valioso. Están perdidas para mí y el sitio donde es­
toy pero tampoco se han ido. Están en algún otro lugar
y quizá estén ahí para alguien más. Pero pese a no estar
ahí para alguien más el anillo no está perdido para sí
mismo sino ahí, aunque no donde me encuentro, al igual
que el botón, que está ahí aunque no donde estoy.
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Desde abajo, como vecina
Si yo no fuera yo y me escuchara desde abajo, como ve­
cina, hablando con él, me diría a mí misma qué feliz soy
de no ser ella y sonar como ella suena, con una voz como
la suya y una opinión como la suya. Pero no me puedo
escuchar desde abajo, como vecina, no puedo escuchar
cómo no debería sonar, no puedo ser feliz de no ser ella
tal como lo sería si pudiera escucharla. Por otra parte, ya
que soy ella no lamento estar acá arriba donde no puedo
escucharla como vecina, donde no puedo decirme a mí
misma, como lo haría desde abajo, qué feliz soy de no ser
ella.
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Las bisabuelas
En la reunión familiar las bisabuelas fueron colocadas en
el invernadero. Pero debido a un problema con los niños,
ocurrido a la par que el cuñado cayó en un sopor etíli­
co, todos las olvidamos durante mucho tiempo. Cuando
abrimos la puerta de cristal, avanzamos entre los árboles
de caucho y nos acercamos a las ancianas bañadas por el
sol ya era demasiado tarde: sus manos nudosas se habían
fundido en la madera de los mangos de sus bastones, sus
labios se habían cosido en una sola membrana, sus globos
oculares se habían endurecido y se hallaban imperturba­
blemente fijos en el huerto de castaños donde los niños
corrían de un lado a otro. Sólo la vieja Agnes tenía aún
algo de vida en ella, podíamos oír cómo aspiraba el aire
por la boca, podíamos ver cómo su corazón trabajaba
bajo el vestido de seda, pero al aproximarnos se estreme­
ció para luego quedarse quieta.
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Ética
“Trata a los demás como quieres que te traten”. En un
programa de entrevistas sobre ética escuché que este
concepto subyace en todo sistema ético. Si en realidad
tratas a tu prójimo como quieres que te trate vivirás de
acuerdo con un buen sistema ético. En aquel tiempo me
alegró aprender una regla simple que tenía sentido. Pero
ahora, al intentar aplicarla literalmente a un hombre que
conozco, parece que no funciona. Uno de sus problemas
es la enorme hostilidad que siente por ciertas personas y
cuando imagino cómo quisiera que ellas lo trataran sólo
puedo pensar que de hecho le gustaría que fueran hosti­
les con él, como imagina que efectivamente son, porque él
ya es muy hostil con ellas. También le gustaría que sos­
pecharan de él en la medida en que él sospecha de ellas,
y que estuvieran resentidas con él tal como él está resen­
tido con ellas, porque lo que siente por ellas es tan fuerte
que necesita toda la fuerza de lo que imagina que ellas
sienten por él para poder seguir sintiendo lo que desea
sentir por ellas. Así que en realidad ya está tratando a
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los demás como quiere que lo traten, aunque ahora se me
ocurre que en este momento sólo siente algunas cosas
por los otros pero no les ha hecho nada, así que todavía
podría estar dentro de cierto sistema ético, a menos que
sentir algo por alguien sea de hecho hacerle algo.
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La salida
Un estallido de rabia cerca de la carretera, un negarse a
hablar en el sendero, un silencio en el bosque de pinos,
un silencio a través del viejo puente del tren, un intento
de ser amigable en el agua, un rehusarse a terminar la
discusión en las piedras planas, un grito de rabia en el
empinado banco de tierra, un llanto entre los arbustos.
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Un puesto en la universidad
Creo saber qué clase de persona soy. Pero entonces pien­
so que este extraño o esta extraña me imaginará de otra
manera al escuchar esto o aquello sobre mí, por ejemplo
que tengo un puesto en la universidad: el hecho de tener
un puesto en la universidad parecerá significar que debo
ser la clase de persona que tiene un puesto en la uni­
versidad. Pero entonces tengo que admitir con sorpresa
que, después de todo, es cierto que tengo un puesto en
la universidad. Y si es cierto, entonces quizá en realidad
soy la clase de persona que uno imagina al escuchar que
alguien tiene un puesto en la universidad. Pero, por otro
lado, sé que no soy la clase de persona que imagino cuan­
do escucho que alguien tiene un puesto en la universi­
dad. Y entonces descubro cuál es el problema: cuando
otra gente me describe así parecería que me describe por
completo aunque de hecho no me describe por completo,
ya que una descripción completa de mí incluiría verdades
que parecen bastante incompatibles con el hecho de tener
un puesto en la universidad.
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La carrera de los motociclistas pacientes
Quien gana en esta carrera no es el más veloz sino el más
lento. En principio parecería fácil ser el más lento de los
motociclistas pero no lo es, ya que ser lento o paciente
no corresponde al carácter de un motociclista.
Las motocicletas se alinean en la salida, cada una me­
jor equipada y más costosa que la siguiente, con asientos
y manubrios de cuero blanco, incrustaciones de caoba y
astas en la parte delantera. Todos estos accesorios las
hacen tan fascinantes que es difícil no conducirlas a gran
velocidad.
Después de que suena el disparo de salida, los corre­
dores arrancan sus motores y se alejan con un terrible al­
boroto aunque sólo se desplazan unos centímetros sobre
la pista caliente y polvorienta, arrastrando sus enormes
botas negras para equilibrarse. Los novatos abren latas
de cerveza y empiezan a beber, pero los motociclistas ex­
perimentados saben que si beben se impacientan para
continuar la carrera. En vez de eso escuchan la radio, ven
pequeños televisores portátiles y leen revistas y libros
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ligeros mientras mantienen un paso parejo, ni demasia­
do rápido para perder la carrera ni demasiado lento para
detenerse por completo ya que, de acuerdo con las re­
glas, las motocicletas deben seguir avanzando en todo
momento.
A cada lado de la pista hay hombres llamados verifi­
cadores que se encargan de vigilar que nadie viole esta
regla. Casi siempre, y sobre todo en el caso de un conduc­
tor muy hábil, el movimiento de la motocicleta se puede
percibir sólo si se observa cómo los bordes delanteros
de las llantas se asientan en el polvo y los bordes traseros
se levantan. Los verificadores están sentados en sillas de
director y se incorporan cada pocos minutos para arras­
trarlas a lo largo de la pista.
Aunque la meta está a sólo noventa metros, hacia la
mitad de la tarde las grandes motocicletas aún se ha­
llan agrupadas a medio camino. Ahora los novatos se
impacientan uno tras otro, aceleran sus motores con un
barullo feliz y permiten que sus motocicletas los liberen
del polvo inmóvil de sus compañeros con un latigazo
que tuerce sus cabezas hacia atrás y deja que sus cabelle­
ras magníficamente grasientas vuelen tras ellos. En un
santiamén cruzan la meta y están fuera de la carrera y
allá, en el polvo gris, lejos de los espectadores, lejos del
grupo oscuro y brillante y parsimonioso de los moto­
ciclistas más pacientes, asumen un aire de superioridad
aunque de hecho, ahora que ya nadie los mira, se sienten
avergonzados por no haber sido capaces de aguantar la
carrera.
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El final es siempre de fotografía. El ganador es a me­
nudo un veterano de las carreras no sólo para los lentos
sino también para los veloces. Ahora le parece sencillo
construir un motor potente, calibrar la condición y confi­
guración de la pista, evaluar a sus competidores y hacerse
al ánimo de ganar una carrera para los veloces. Resul­
ta mucho más difícil entrenarse para tener paciencia y
ajustar los nervios al paso de la tortuga, del caracol, tan
lento que en comparación el cangrejo se mueve como un
caballo al galope y la mariposa igual que un rayo. Acos­
tumbrarse a observar el mundo visible con un fabuloso
potencial de velocidad entre las piernas y sin embargo
avanzar con tal lentitud que cualquier cambio de posición
sea casi imperceptible, y el mundo asimismo permanece
inmutable a excepción de la luz arrojada por el sol que al
final del día calmoso parece haber sido lanzada por un
arco veloz.
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Afinidad
Sentimos afinidad por un pensador porque coincidimos
con él; o porque nos muestra lo que ya pensábamos;
o porque nos muestra de una manera más clara lo que
ya pensábamos; o porque nos muestra lo que estábamos
a punto de pensar; o lo que tarde o temprano habría­mos pensado; o lo que habríamos pensado mucho después
de no haberlo leído ahora; o lo que habríamos podido
pensar pero nunca habríamos pensado de no haberlo leí­
do ahora; o lo que nos habría gustado pensar pero nunca
habríamos pensado de no haberlo leído ahora.
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De Samuel Johnson
está indignado (2001)
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Amigos aburridos
Conocemos sólo a cuatro personas aburridas. El resto de
nuestros amigos nos parece muy interesante. Sin embar­
go, a la mayoría de los amigos que nos parecen intere­
santes les parecemos aburridos: a los más interesantes
les parecemos los más aburridos. De los pocos que están
más o menos en medio, con quienes hay un interés recí­
proco, desconfiamos: creemos que en cualquier momento
podrían volverse muy interesantes para nosotros o noso­
tros muy interesantes para ellos.
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Traición
A medida que envejecía y fantaseaba con otros hombres
que no fueran su marido ya no soñaba con una intimidad
sexual, como lo había hecho quizá por venganza cuando
estaba enojada y quizá por soledad cuando él estaba eno­
jado, sino sólo con un afecto y una comprensión profunda,
un tomarse de las manos y mirarse a los ojos, a menudo
en un lugar público como un café. Ignoraba si este cam­
bio se debía a un respeto por su marido, ya que en verdad
lo respetaba, o sólo al simple cansancio al final del día,
o bien a una idea del tipo de actividad que podía esperar
de sí misma incluso en una fantasía ahora que había lle­
gado a cierta edad. Cuando estaba especialmente cansada
no podía ni siquiera con el afecto y la comprensión pro­
funda sino apenas con el grado más leve de compañía,
por ejemplo estar juntos a solas en la misma habitación,
sentados en sillas. Y ocurrió que a medida que envejecía
aún más y se sentía más cansada, y luego cuando era
todavía más vieja y estaba más cansada, se produjo otro
cambio que la hizo descubrir que hasta el grado más leve
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de compañía, estar juntos a solas, era ya muy pesado de
sobrellevar, y sus fantasías se redujeron a una especie
de sosegada amistad entre otros amigos, el tipo de vín­
culo que en realidad habría podido tener con cualquier
hombre con la conciencia tranquila y que de hecho tenía
con varios hombres que también eran amigos de su ma­
rido, o no, una amistad que le brindara consuelo y fuer­
za por la noche, cuando las amistades de su vida diurna
ya no fueran suficientes o no hubieran sido suficientes al
final de la jornada. Y así estas fantasías llegaron a ser
indistinguibles de la realidad de su vida diurna, y no de­
berían haber constituido ninguna especie de traición en
lo absoluto. No obstante, al ser fantasías que ella tenía a
solas por la noche se seguían sintiendo como una especie
de traición, y quizá, ya que las consideraba con este es­
píritu traicionero como tal vez se debían considerar para
que brindaran consuelo y fuerza, seguían siendo de he­
cho una especie de traición.
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Una lección de Heródoto
Esto se sabe de los peces en el Nilo:
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Prioridad
Debería ser muy sencillo. Haces lo que puedes mientras
él está despierto, y una vez que se duerme haces lo que
puedes hacer sólo cuando está dormido, empezando por
lo más importante. Pero no es tan sencillo.
Te preguntas qué es lo más importante. Debería ser
fácil decir qué es lo que tiene prioridad y hacerlo. Pero
lo que tiene prioridad no es sólo una cosa, ni dos ni tres.
Cuando varias cosas son prioritarias, ¿a cuál de ellas se
le da prioridad?
En el lapso en que puedes hacer algo, el lapso en que
él duerme, puedes escribir una carta que debe ser escrita
de inmediato porque muchas cosas dependen de ella. Y sin
embargo, si escribes la carta tus plantas no serán rega­
das y es un día muy caluroso. Las has sacado al balcón
con la esperanza de que la lluvia las riegue pero en este
verano casi nunca llueve. Las has metido de nuevo con
la esperanza de que si están a salvo del viento no debe­
rán ser regadas tan a menudo pero aun así deberán ser
regadas.
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Y sin embargo, si riegas las plantas no escribirás la
carta de la que tanto depende. Tampoco arreglarás la co­
cina y la sala, y después te sentirás confundida y molesta
por el desorden. Una encimera está cubierta de listas de
compras y piezas de cristalería que tu marido adquirió
en una liquidación. Debería ser muy sencillo guardar la
cristalería pero no puedes guardarla antes de lavarla,
y no puedes lavarla hasta que el fregadero quede libre
de platos sucios, y no puedes lavar los platos hasta vaciar
el escurridor. Si empiezas vaciando el escurridor quizá no
llegues más allá de lavar los platos mientras él duerme.
Podrías decidir que las plantas tienen prioridad porque
a fin de cuentas están vivas. Entonces podrías decidir,
ya que debes hallar un modo de organizar tus priorida­
des, que todas las cosas vivas en la casa tendrán prioridad,
comenzando por el ser humano más joven y pequeño. Eso
debería quedar suficientemente claro. Pero entonces, aun­
que sabes bien cómo cuidar al ratón, al gato y las plantas,
no estás segura de cómo dar prioridad al bebé, al niño
mayor, a ti y a tu marido. Es cierto que cuanto más gran­
de y viejo es un ser vivo más difícil resulta saber cómo
cuidarlo.
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Compañera
Mi digestión y yo estamos sentadas juntas. Mientras yo
leo un libro ella trabaja con el almuerzo que comí hace
poco.
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Propósito de Año Nuevo
Pregunto a mi amigo Bob cuáles son sus propósitos de
Año Nuevo y me dice, encogiéndose de hombros para in­
dicar que es obvio o nada asombroso: Beber menos, bajar
de peso… Me pregunta lo mismo pero aún no estoy lista
para contestarle. Otra vez he estado estudiando mi zen de
manera superficial porque me desesperan las fiestas, aun­
que es una desesperación igualmente superficial. Una me­
dalla o un tomate podrido son lo mismo, dice el libro que
he estado leyendo. Luego de pensarlo algunos días creo
que la respuesta más veraz para mi amigo Bob sería: Mi
propósito de Año Nuevo es aprender a verme como nada.
¿Será algo competitivo? Él quiere bajar de peso, yo quie­
ro aprender a verme como nada. Por supuesto, ser com­
petitivo no empata con ninguna filosofía budista. La nada
verdadera no es competitiva. Pero no creo ser competiti­
va cuando lo digo. En ese instante me siento realmente
humilde. O al menos creo sentirme así: ¿puede alguien de
hecho ser realmente humilde al decir que quiere apren­
der a ser nada? Pero hay otro problema que desde hace
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unas semanas quiero exponer a Bob: por fin, a la mitad de
tu vida, eres lo suficientemente inteligente para ver que
todo se reduce a nada, incluso el éxito equivale a nada.
Pero ¿cómo aprende una persona a verse como nada si
tanto trabajo le ha costado aprender a verse como algo
en primer lugar? Es tan confuso. Pasas la primera parte
de tu vida aprendiendo que eres algo después de todo y
ahora debes pasar la segunda mitad aprendiendo a verte
como nada. Has sido una nada negativa y ahora quieres
ser una nada positiva. En estos primeros días del nuevo
año he comenzado a intentarlo, pero hasta ahora ha resul­
tado bastante difícil. A lo largo de la mañana estoy muy
cerca de la nada, pero por la tarde aquello que es algo
dentro de mí empieza a dejar sentir su peso. Esto ocurre
varios días. Por la noche estoy llena de algo que a menudo
es desagradable y agresivo. Así que en este punto pienso
que estoy aspirando a demasiado, que para empezar quizá
la nada es mucho. Quizá por ahora tan sólo debería tratar
de ser un poco menos de lo que soy normalmente a diario.
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Interesante
Mi amigo es interesante pero no está en su departamento.
Su charla parece interesante pero hablan en un idioma
que no comprendo.
Ambos tienen la reputación de ser gente interesante y
por tanto estoy segura de que su charla es interesante pe­
ro hablan en un idioma que comprendo sólo un poco, así
que únicamente capto fragmentos como “Ya veo” y “El
domingo” y “Por desgracia”.
Este hombre domina su tema y dice muchas cosas sobre
él que quizá son interesantes, pero no me siento interesa­
da porque el tema no me interesa.
Una mujer que conozco se me acerca. Está muy emocio­
nada pero no es una mujer interesante. Lo que la emocio­
na no será interesante, simplemente no será interesante.
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En una fiesta, un hombre muy nervioso habla rápido y
dice muchas cosas inteligentes sobre temas que no me
interesan particularmente, como la restauración de casas
históricas y en especial la edad del tapiz. No obstante,
como es tan inteligente y me da tanta información por
minuto, no me canso de escucharlo.
He aquí a un ingeniero de tráfico inglés muy guapo.
El hecho de que sea tan guapo y vivaz y de que tenga un
acento inglés tan fino da la impresión, cada vez que co­
mienza a hablar, de que está a punto de decir algo intere­
sante, pero nunca es interesante y de nuevo está diciendo
algo acerca de patrones de tráfico.
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El momento más feliz
Si le preguntas cuál es el cuento favorito de su autoría,
ella vacilará durante un largo rato y luego dirá que quizá
sea este cuento que leyó una vez en un libro: Un maes­
tro de inglés en China preguntó a su alumno chino cuál
era el momento más feliz de su vida. El alumno vaci­
ló durante un largo rato. Por fin sonrió avergonzado y
dijo que su esposa había ido una vez a Beijing y comido
pato y a menudo se lo contaba, y él tendría que decir que
el momento más feliz de su vida era el viaje de ella y esa
comida con pato.
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Doble negativa
En cierto momento de su vida ella se da cuenta de que no
es tanto que quiera tener un hijo como que no quiere
no tener un hijo o no haber tenido un hijo.
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Honrar el subjuntivo
Siempre precede, aunque no remplace del todo, la deter­
minación de lo que es completamente deseable y justo.
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Qué difícil
Durante años mi madre dijo que yo era egoísta, descuida­
da, irresponsable, etcétera. A menudo estaba molesta. Si
yo discutía, ella se cubría las orejas con las manos. Hizo
lo que pudo por cambiarme pero durante años no cambié,
o si cambié no pude estar segura de haberlo hecho porque
nunca llegó el momento en que mi madre dijera: “Ya no
eres egoísta, descuidada, irresponsable, etcétera”. Ahora
soy yo la que se dice: “¿Por qué no puedes pensar primero
en los demás, por qué no prestas atención a lo que haces,
por qué no recuerdas qué se debe hacer?”. Estoy molesta.
Comprendo a mi madre. ¡Qué difícil soy! Pero no puedo
decírselo porque al mismo tiempo que quiero decirlo es­
toy al teléfono que se interpone entre nos­otras, escuchan­
do y preparándome para defenderme.
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Se turnan para usar
una palabra que les gusta
—Es extraordinario —dice una mujer.
—Es extraordinario —dice la otra.
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Mir el Hessiano1
Mir el Hessiano se arrepentía de haber matado a su pe­
rro, lloró incluso cuando le arrancó la cabeza del cuerpo,
pero ¿qué tenía para comer además del perro? Congelán­
dose en las colinas, lejos de todos.
Mir el Hessiano maldijo al arrodillarse en el suelo roco­
so, maldijo su mala suerte, maldijo a su compañía por ha­
ber muerto, maldijo a su país por estar en guerra, maldijo
a sus compatriotas por pelear y maldijo a Dios por per­
mitir que todo eso sucediera. Luego comenzó a rezar: era
lo único que quedaba por hacer. Solo en el corazón del
invierno.
Los soldados hessianos fueron mercenarios alemanes contratados como
paramilitares por el gobierno británico en el siglo XVIII. Su nombre se
debe al estado alemán de Hesse-Kassel, de donde venía el contingente más
numeroso de sus fuerzas. Su participación más destacada fue en la Guerra
de Independencia de Estados Unidos (1775-1783). (N. del T.)
1
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Mir el Hessiano yacía acurrucado entre las rocas, las ma­
nos entre las piernas, la barbilla en el pecho, más allá del
hambre, más allá del miedo. Abandonado por Dios.
Los lobos habían dispersado los huesos de Mir el Hes­
siano, llevado su cráneo a orillas del agua, dejado un tar­
so en la colina, arrastrado un fémur al cubil. Después
de los lobos vinieron los cuervos, y después de los cuer­
vos los escarabajos. Y después de los escarabajos, otro
soldado, solo en las colinas, lejos de todos. Porque la gue­
rra aún no terminaba.
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Historia oral (con hipo)
Mi hermana murió el año pasado dejando dos hi / jas. Mi
esposo y yo hemos decidido adop / tarlas. La más grande
tiene treinta y tres años y es en / cargada de compras de
una tienda departamental, y la más chi / ca, que acaba
de cumplir treinta, trabaja en la ofi / cina estatal de pre­
supuesto. Tenemos un ni / ño que aún vive con nosotros y
la casa no es gran / de, así que estaremos apretados pero
nos hallamos dispuestos a hacerlo por el bien de e / llas.
Mudaremos a nuestro hijo, que tiene once años, de su ha­bi
/ tación al pequeño cuarto que he estado usando como
cuar / to de costura. Acomodaré mi máquina aba / jo en
la sala. Pondremos una litera para las chicas en el antiguo
dormitorio de mi hi / jo. Es una habitación de buen ta­
maño con un cló / set y una ventana, y el baño se localiza
a unos metros en el pasi / llo. Tendremos que pedirles
que no traigan todas sus co / sas. Supongo que estarán
dispuestas a ha / cer ese sacrificio para ser parte de esta
familia. También deberán cui / dar lo que di­cen durante
la ce / na. Con nuestro hijo menor presente queremos
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evitar cualquier con / flicto. Lo que me preocu / pa es
un par de asuntos polí / ticos. Mi sobrina mayor es fe /
minista, mientras que mi esposo y yo creemos que las
cosas se han vuelto contra los hom / bres en esta época.
Además, mi sobrina menor es quizá más progo / bierno
que mi sobrina mayor, mi esposo y yo. Pero estará fuera
mucho tiempo, en viajes de tra / bajo. Y hemos desa /
rrollado ciertas habilidades de negociación con nuestros
propios hi / jos, así que debemos ser capaces de arre /
glar las cosas con las dos chicas. Intentaremos ser firmes
pero jus / tos, como siempre fuimos con nuestro hi / jo
mayor antes de que dejara la ca / sa. Si no podemos arre
/ glar las cosas de inmediato, ellas pueden retirarse a su
habi / tación y tranquilizarse hasta que estén listas para
volver y ser civi / lizadas. Discúlpenme.
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Correcto e incorrecto
Sabe que está en lo correcto, pero decir que está en lo co­
rrecto es incorrecto en este caso. En algunos casos estar
en lo correcto y decirlo es incorrecto.
Puede estar en lo correcto y decirlo en ciertos casos.
Pero si insiste demasiado cae en lo incorrecto, a tal grado
que incluso su estar en lo correcto se vuelve incorrecto
por asociación.
Es correcto creer en lo que piensa que es correcto,
pero decir que lo que piensa es correcto es incorrecto en
algunos casos.
Está en lo correcto al actuar según sus creencias en la
vida. Pero en la mayoría de los casos es incorrecto repor­
tar sus actos correctos. Entonces hasta sus actos correc­
tos se vuelven incorrectos por asociación.
Si se elogia a sí misma puede estar en lo correcto en lo
que dice, pero decirlo es incorrecto en la mayoría de los
casos y por tanto lo cancela o lo revierte, de tal modo que
aunque por un acto en particular merecía ser elogiada,
en general ya no merece los elogios.
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Especiales
Sabemos que somos muy especiales. Y sin embargo in­
tentamos averiguar de qué forma: no de esta, no de aque­
lla, ¿entonces de qué forma?
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Egoísta
Lo útil de ser una persona egoísta es que cuando tus
hijos salen lastimados no te preocupa mucho porque tú
es­tás bien. Pero esto no funciona si eres sólo un poco
egoísta. Debes ser sumamente egoísta. Así es como su­
cede. Si eres sólo un poco egoísta sientes cierta inquietud
por ellos, les prestas cierta atención, tienen ropa limpia
casi todo el tiempo, un nuevo corte de pelo con bastante
frecuencia, aunque no todos los artículos que necesitan
para la escuela o no cuando los necesitan; los disfrutas y
ríes con sus bromas aunque te impacientan cuando son
malcriados, te molestan cuando tienes cosas que hacer,
y cuando son muy malcriados te enfureces; comprendes
una parte de lo que deberían tener en sus vidas, sabes una
parte de lo que llevan a cabo con sus amigos, haces pre­
guntas pero no demasiadas y no más allá de determinado
punto porque hay poco tiempo; entonces los problemas
comienzan y tú no adviertes ninguna señal porque
estás muy ocupada: ellos roban y tú quieres saber cómo
llegó cierta cosa a la casa; te muestran lo robado y cuando
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empiezas a preguntar te mienten; cada vez que mienten
les crees porque parecen sinceros y tardarías demasia­
do en dar con la verdad. Pues bien, si has sido egoísta
esto es lo que a veces ocurre, y si no has sido suficiente­
mente egoísta entonces después, cuando tus hijos estén
en serios problemas, sufrirás aunque incluso mientras
sufras continúes, debido a una larga costumbre, siendo
egoísta y diciendo: Estoy tan desconsolada, mi vida se
ha acabado, ¿cómo puedo seguir adelante? Así que si vas
a ser realmente egoísta debes ser más egoísta que eso,
tan egoísta que pese a que estés apenada por verlos en
problemas, sincera y profundamente apenada como dirás
a tus amigos y conocidos y el resto de la familia, por den­
tro estarás aliviada, contenta, incluso encantada de que
eso no te pase a ti.
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Mi marido y yo
Mi marido y yo somos gemelos siameses. Estamos uni­
dos por la frente. Nuestra madre nos alimenta. Cuando
se nos antoja copular nos unimos más abajo y a la vez
formamos un bucle como de árbol en espaldera. El tiem­
po pasa. Me separo de mi marido en la parte baja y doy
a luz a gemelos que no están unidos como nosotros. Se
retuercen en el piso. Nuestra madre se ocupa de ellos.
Por lo general son asimétricos uno con otro, aun cuando
duermen y no se mueven. Al estar despiertos permane­
cen cerca uno del otro, como si los sostuvieran bandas
elásticas, y cerca de nosotros y de nuestra madre. Por la
noche el vínculo es aún más fuerte y nos juntamos para
yacer en un montón, los músculos duros de mi marido
apretados contra mis músculos suaves, los músculos vie­
jos y fibrosos de nuestra madre y los músculos livianos
de nuestros bebés, nuestros brazos entrelazados como
serpientes mientras una música lejana retumba en los
campos detrás de nosotros.
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Lejos de casa
¡Ha pasado tanto tiempo desde que ella usó una metáfora!
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Compañía
Me gustan los estudiantes. Me gusta su compañía. Me
gustan aquí: si tan sólo se pudieran quedar en el futuro
indefinido. Deben estar en algún punto de mi futuro o no
estarían para mí, para hacerme compañía, aquí donde es
posible hablar con ellos a veces durante todo el día. Pero
ese futuro nunca debe llegar. Porque ya es suficientemen­
te duro coincidir con ellos en la clase. El problema es que
para contar con su compañía aquí, en mi imaginación,
debo pagar el precio de ese futuro que se presente, como
se presenta, con toda la dificultad de ese encuentro.
Hay otra clase de compañía en las cartas que aún no
contesto. Si las contesto, la gente que espera paciente o
impacientemente mi respuesta ya no estará presente para
mí. Si las contesto, supongo que entonces yo estaré pre­
sente para esas personas en algunos casos. Pero, pese a
que no me digo que esta es la razón, no contesto las car­
tas. Y además esto es egoísta y por supuesto descortés.
De hecho contesto algunas. Pero la mayoría se quedan
sin responder durante semanas, meses, más de un año,
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varios años o para siempre. En muchas ocasiones he tar­
dado tanto en contestar una carta que el destinatario se
ha mudado. Una vez tardé tanto en contestar una postal
que mi amigo murió.
Pero quizá estas personas ya no esperan respuesta a
fin de cuentas; quizá ya no me prestan atención y su com­
pañía es sólo ilusoria: las palabras amistosas o neutras
permanecen en varias hojas de papel dentro de distin­
tos sobres, pero en la mente de esa gente que escribió
las cartas sin respuesta las palabras que expresan lo que
piensan de mí, si es que piensan en mí en lo absoluto, ya
no son amistosas o neutras sino hostiles, despectivas, in­
cluso indignadas. Creo que tengo esta compañía pero no
la tengo, a menos que creerlo sea suficiente y de alguna
forma la tenga pese a lo que ellos piensen.
Cuando contesto una de estas cartas, es cierto, todo
lo que a veces obtengo a cambio es una respuesta breve
y cansada al cabo de unas semanas. Pero con mayor fre­
cuencia la respuesta llega rápido y es generosa, cálida,
incluso alegre; y entonces, sólo porque es una compañía
espléndida y maravillosa, puede quedarse de nuevo junto
a mi cama, en mi escritorio o en mi pila de correspon­
dencia durante semanas o meses o incluso más, antes de
que la conteste.
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Finanzas
Si intentan sumar y restar para ver si la relación es equi­
tativa no funcionará. De su lado él está poniendo cin­
cuenta mil dólares, dice ella. No, setenta mil, dice él. No
importa, dice ella. A mí sí me importa, dice él. Lo que
ella está poniendo es un hijo a medio crecer. ¿Es eso un
activo o un pasivo? Ahora bien, ¿se supone que ella debe
sentirse agradecida con él? Puede sentirse agradecida
pero no en deuda, no es que le deba algo. Tiene que ha­
ber un sentido de igualdad. Me encanta estar contigo,
dice ella, y te encanta estar conmigo. Estoy agradecida
contigo porque nos mantienes, y sé que a veces mi hijo
representa un problema para ti aunque dices que es un
buen chico. Lo que no sé es cómo resolverlo. Si yo doy
todo lo que tengo y tú das todo lo que tienes, ¿no es eso
una especie de igualdad? No, dice él.
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La transformación
No era posible y sin embargo sucedió; y no de golpe sino
muy despacio, no un milagro sino algo muy natural aun­
que era imposible. Una chica de nuestro pueblo se convir­
tió en piedra. Es cierto que antes de eso no había sido una
chica normal: había sido un árbol. Ahora bien, un árbol
se mueve en el viento. Pero hacia finales de septiembre
ella comenzó a no moverse más en el viento. Durante
semanas se movió cada vez menos. Y entonces dejó de
moverse por completo. Sus hojas caían de repente y con
un ruido atroz. Se estrellaban en los adoquines y a veces
se rompían en pedazos y a veces permanecían enteras.
Donde caían saltaban chispas y se producía un pequeño
polvo blanco. Aunque yo no lo hice, la gente coleccionaba
las hojas y las colocaba en la repisa de la chimenea. Nun­
ca hubo un pueblo similar que tuviera hojas de piedra
en cada chimenea. Y entonces ella empezó a volverse gris:
al principio creímos que se debía a la luz. Con las fren­
tes arrugadas, veinte de nosotros nos turnábamos para
formar un círculo a su alrededor cubriéndonos los ojos,
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aflojando las mandíbulas —teníamos tan pocos dien­
tes que era algo digno de contemplación—, y decir que
lo que la hacía verse gris era la hora del día o el cambio
de estación. Pronto, no obstante, quedó claro que ahora
ella era simple y sencillamente gris, sólo eso, del mismo
modo que años atrás tuvimos que admitir que era simple
y sencillamente un árbol y ya no más una chica. Pero
una cosa es un árbol y otra una piedra. Hay límites en lo
que uno puede aceptar incluso cuando se trata de cosas
imposibles.
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Dos hermanas (II)
1
La hermana menor está aburrida en la tienda y toca la
campana. La hermana mayor baja despacio la escalera y
pregunta a la hermana menor por qué tocó la campana.
La razón es sencilla: para verla bajar. Porque está
muy gorda y se mueve con gran lentitud; los peldaños se
hunden y crujen bajo su peso, se le dificulta respirar, se
aferra al barandal como si aún fuera la mano de su pa­
dre, sus rodillas robustas entrechocan. Para la hermana
menor esto es muy divertido y rompe con el tedio de la
mañana.
No dice nada de esto en voz alta. En voz alta dice:
—Hay un error en las cuentas de ayer.
Pero claro que la hermana mayor no puede hallar el
error aunque revisa varias veces las cuentas. El vestido
le aprieta bajo los brazos y los tobillos se le han hinchado
por estar tanto tiempo de pie.
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La hermana menor no puede jugar esta treta a me­
nudo porque sería descubierta. Pero eso la emociona mu­
cho más.
2
Las dos hermanas, que ya no son jóvenes, se ven obliga­
das a dormir en la misma cama. Sueñan cosas distintas
y no comparten sus respectivos sueños por la mañana.
A veces se rozan por accidente en la cama y se alejan vo­
lando como si se hubieran quemado. No duermen bien y
por la mañana no se sienten descansadas. Una despierta
temprano, va al baño, y le gustaría seguir durmiendo. Pero
no hay nada gozoso en volver a la cama cuando su herma­
na yace allí sudando como cerda en el calor del amanecer.
3
Mi hermana tiene muslos semejantes a pilares. Come sus
papas como si fuera a armar una revolución entre ellas,
como si ellas fueran el Pueblo. No, ¿entonces a qué se
debe esta pasión? Es aterrador ver cómo sus ojos vidrio­
sos se enfocan cuando mi cena llega a la mesa. Temo
que devorará no sólo la cena sino a mí y a mi pobre vida
también. Junto a su risa la mía es el piar de un pájaro en
la hiedra. No, nunca ríe. Yo nunca río. Su silencio, sin
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embargo, es mucho más grande que el mío y lo reduce a
una hebra de humo en una nube de lluvia.
4
Un día la hermana menor abofeteó a la hermana mayor.
Lo hizo porque estaba aburrida y frustrada con su vida.
De inmediato lo lamentó. No por haber lastimado a su
hermana, que se quedó paralizada con la mano en la me­
jilla y el sombrero rodando por el suelo, sino porque aho­
ra su hermana se echaría a llorar y se quejaría y hablaría
del suceso durante meses ante la vergüenza y la ira de la
hermana menor. Había querido degradar de alguna ma­
nera a su hermana, incluso destruirla, pero en lugar de
eso le había concedido una nueva dignidad.
5
Dos hermanas similares a piedras no se dirigen la pala­
bra. No tienen nada en común salvo el parentesco. Una se
levanta temprano y la otra tarde; una no come productos
animales y la otra no come granos integrales; una pade­
ce sarpullido en verano y la otra no puede usar ropa de
lana; una no va al cine por temor a los extraños y la otra
no ve televisión; en cada elección sus votos se anulan uno
al otro y no se parecen a nadie. Sólo en su desconfianza
mutua se asemejan.
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Joven y pobre
Me gusta trabajar cerca del bebé, aquí en mi escritorio a
la luz de la lámpara. El bebé duerme.
Como si de nuevo fuera joven y pobre, iba a decir.
Pero aún soy joven y pobre.
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Dinero
No quiero más regalos, tarjetas, llamadas telefónicas,
premios, ropa, amigos, cartas, libros, recuerdos, masco­
tas, revistas, terrenos, máquinas, casas, pasatiempos, re­
conocimientos, buenas noticias, cenas, joyas, vacaciones,
flores o telegramas. Sólo quiero dinero.
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De Variedades de inquietud
(2007)
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Un hombre de su pasado
Creo que Madre coquetea con un hombre de su pasado
que no es Padre. Me digo para mis adentros: ¡Madre
no debería tener relaciones inapropiadas con ese tal
“Franz”! “Franz” es europeo. ¡Yo digo que ella no debería
ver inapropiadamente a ese hombre mientras Padre está
de viaje! Pero confundo una realidad vieja con una nue­
va: Padre no volverá a casa. Se quedará en Vernon Hall.
En cuanto a Madre, tiene noventa y cuatro años. ¿Cómo
puede haber relaciones inapropiadas con una mujer de
esa edad? No obstante creo que mi confusión radica en lo
siguiente: aunque el cuerpo de Madre está viejo, su capa­
cidad para traicionar se mantiene joven y fresca.
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Mi perro y yo
Una hormiga también puede mirarte y hasta amenazarte
con sus patas. Por supuesto que mi perro no sabe que soy
humana, me ve como un perro pese a que yo no brinque
en una cerca. Soy un perro fuerte. Pero no me quedo con
la boca abierta mientras camino. Incluso en un día calu­
roso no dejo que mi lengua quede colgando. Aunque sí
ladro:
—¡No! ¡No!
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Culta
No sé si puedo seguir siendo su amiga. He pensado mu­
cho al respecto: ella jamás sabrá cuánto. Le di una última
oportunidad. La llamé después de un año. Pero no me
gustó el rumbo que tomó la conversación. El problema es
que ella no es muy culta. O debería decir que no es lo su­
ficientemente culta para mí. Tiene casi cincuenta años y
hasta donde puedo ver no es más culta que cuando la co­
nocí hace dos décadas, cuando hablábamos sobre todo de
hombres. Entonces no me importaba lo inculta que era,
quizá porque yo misma no era tan culta. Creo que ahora soy más culta, y ciertamente más culta que ella, aun­
que sé que no es muy culto decirlo. Pero quiero decirlo,
de modo que estoy dispuesta a posponer el hecho de ser
más culta para poder opinar así sobre una amiga.
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El concurso del buen gusto
El marido y la esposa competían en un concurso de buen
gusto calificado por un juzgado de sus pares, hombres y
mujeres de buen gusto entre los que estaban un diseña­
dor de telas, un comerciante de libros raros, un pastele­
ro y un bibliotecario. Se juzgó que la esposa tenía mejor
gusto en muebles, sobre todo en muebles antiguos. Se
juzgó que en general el marido tenía mal gusto en apa­
ratos de iluminación, vajilla y cristalería. Se juzgó que
la esposa tenía un gusto indiferente en tratamientos para
ventanas, pero que tanto el marido como la esposa tenían
buen gusto en revestimientos para el suelo, ropa de cama,
ropa de baño y electrodomésticos grandes y pequeños.
Se percibió que el marido tenía buen gusto en alfombras
pero sólo un gusto promedio en tapices. Se percibió que
el marido tenía muy buen gusto tanto en comida como en
bebidas alcohólicas, mientras que la esposa tenía un gus­
to inconsistente que iba de bueno a malo en comida. El
marido tenía mejor gusto que la esposa en ropa aunque
un gusto inconsistente en perfumes y colonias. Se juzgó
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que mientras que sólo tenían un gusto promedio en di­
seño de jardines, marido y esposa tenían buen gusto en
una gran cantidad y variedad de árboles de hoja perenne.
Se percibió que el marido tenía excelente gusto en rosas
pero mal gusto en bulbos. Se percibió que la esposa tenía
mejor gusto en bulbos y en general buen gusto en plan­
tas de sombra salvo en hostas. Se percibió que el gusto
del marido era bueno en muebles para jardín pero sólo
promedio en macetas ornamentales. Se percibió que el
gusto de la esposa era consistentemente malo en estatuas
para jardín. Al cabo de una breve discusión, los jueces
decidieron que el ganador era el marido por obtener un
puntaje general más alto.
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Colaboración con una mosca
Yo puse la palabra en la página
pero ella añadió el apóstrofo.
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Buenos momentos
Lo que les sucedía era que cada mal momento produ­
cía un mal sentimiento que a su vez producía muchos
más malos momentos y malos sentimientos, de tal mane­
ra que su vida en común se llenó de malos momentos y
malos sentimientos al grado de que casi nada más podía
crecer en ese terreno oscuro. Pero entonces una mañana
ella tuvo un sentimiento de paz que venía de la tarde an­
terior invertida en coser mientras él leía en la habitación
contigua. Y uno o dos días después tuvo un sentimiento
de júbilo que persistió durante la mañana y que venía
de la noche anterior cuando él le hizo compañía en la
cocina mientras ella lavaba los platos de la cena. Si se
incrementaban los buenos momentos, pensó, cada buen
momento podría generar un buen sentimiento que a su
vez generaría muchos más buenos momentos que gene­
rarían muchos más buenos sentimientos. Lo que quería
decir era que los buenos momentos se podrían multipli­
car quizá con la rapidez del cuadrado del cuadrado o tal
vez más rápido, como ratones o como hongos que bro­
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taran durante la noche a partir de las esporas dispersas
de un hongo padre que a su vez hubiera brotado durante
la noche junto con muchos otros a partir de las esporas
dispersas de un padre, hasta que la vida en común es­
tuviera tan llena de buenos momentos que éstos consi­
guieran desplazar a los malos momentos así como ahora
los malos momentos habían desplazado casi por comple­
to a los buenos.
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Temas prohibidos
Pronto casi cada tema del que les gustaría hablar se aso­
cia con otra escena desagradable y se vuelve un tema del
que no pueden hablar, de modo que al paso del tiempo
queda cada vez menos de lo que pueden hablar sin correr
un riesgo y finalmente muy poco a excepción de las no­
ticias y sus lecturas, aunque no todas. No pueden hablar
de ciertos miembros de la familia de ella, el horario de
trabajo de él, el horario de trabajo de ella, los conejos,
los ratones, los perros, algunos alimentos, algunas uni­
versidades, el clima caluroso, las temperaturas frías y ca­
lientes en las habitaciones durante la noche y el día, las
luces encendidas y apagadas en los atardeceres de vera­
no, el piano, la música en general, cuánto dinero gana él,
cuánto gana ella, cuánto gasta ella, etcétera. Pero un día,
luego de estar hablando de un tema prohibido aunque no
el más peligroso, ella advierte que a veces sería posible
decir algo con calma y cuidado sobre un tema prohibido
de tal manera que volviera a ser un tema sobre el que se
pudiera hablar, y luego decir algo con calma y cuidado
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sobre otro tema prohibido para que hubiera otro tema sobre el que se pudiera hablar de nuevo, y que mientras
haya más temas sobre los que se pueda hablar de nuevo
habrá gradualmente más conversación entre ellos, y que
mientras haya más conversación habrá más confianza, y
que cuando haya suficiente confianza quizá se atreverán
a tocar incluso el más peligroso de los temas prohibidos.
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Mano
Más allá de la mano que sostiene el libro que leo distingo
otra mano que yace ociosa y ligeramente fuera de foco:
mi mano suplementaria.
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La oruga
Por la mañana encuentro una pequeña oruga en mi cama.
No hay una buena ventana desde la cual arrojarla y no
aplasto o mato a un ser vivo si no tengo que hacerlo. Me
tomaré la molestia de trasladar a esta oruga delgada, os­
cura y lampiña por la escalera para sacarla al jardín.
No es un gusano pese a tener el tamaño de un gusano.
No se joroba por la mitad sino que se desplaza con fir­
meza sobre sus múltiples pares de patas. Cuando dejo el
dormitorio, el insecto camina a buena velocidad por las
pendientes de mi mano.
Pero a mitad de la escalera ha desaparecido: mi mano
luce vacía por ambos lados. La oruga debió soltarse y
caer. No la puedo hallar. La escalera está en penumbra y
los peldaños son de color café oscuro. Podría ir por una
linterna y buscar a la diminuta criatura para salvarle la
vida. Pero no me esforzaré tanto: tendrá que arreglárse­
las lo mejor que pueda. Y sin embargo, ¿cómo hará para
arrastrarse hasta la puerta trasera y salir al jardín?
Me concentro en lo que debo hacer. Pienso que he
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olvidado al insecto pero no es así. Cada vez que subo o
bajo la escalera evito el lado de los peldaños que le co­
rresponde. Estoy segura de que allí está tratando de des­
cender.
Por fin me rindo. Voy por la linterna. Ahora el proble­
ma es que los peldaños están muy sucios. No los limpio
porque nadie los ve nunca en la penumbra. Y la oruga
es, o era, demasiado pequeña. A la luz de la linterna hay
muchos objetos que se le parecen: una delgada astilla de
madera o un grueso trozo de hilo. Pero cuando los toco
permanecen inmóviles.
Busco cuidadosamente en el lado de los peldaños que
le corresponde y luego en ambos lados. De alguna mane­
ra uno se encariña con un ser vivo cuando intenta ayu­
darlo. Pero la oruga no está por ninguna parte. En la
escalera hay mucho polvo y pelo de perro. Quizá el polvo
se le adhirió al cuerpo y le dificultó moverse o al menos
avanzar en la dirección deseada. Quizá la secó por ente­
ro. Pero ¿por qué iría hacia abajo y no hacia arriba? No
he revisado el rellano donde desapareció. No me esforza­
ré tanto.
Regreso a mi trabajo. Entonces comienzo a olvidar­
me de la oruga. La olvido por una hora, hasta que debo
volver a la escalera. Ahora noto que en uno de los pelda­
ños hay algo del tamaño, forma y color adecuados. Pero
está plano y seco. No puede haber sido una oruga. Debe
ser una aguja corta de pino o alguna otra parte de una
planta.
La siguiente vez que pienso en ella me doy cuenta de
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que la he olvidado por varias horas. Pienso en ella sólo
cuando subo o bajo la escalera. Después de todo debe es­
tar realmente allí, en algún lugar, intentando encontrar
el camino hacia una hoja verde o agonizando. Pero ya no
me importa tanto. Muy pronto, estoy segura, la habré
olvidado por completo.
Más tarde un desagradable olor animal flota sobre la
escalera, pero no puede ser la oruga. Es demasiado pe­
queña para tener un olor. Tal vez ya ha muerto. Es dema­
siado pequeña, en verdad, para seguir pensando en ella.
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Flatulencia
No sabía si había sido él o el perro. No había sido ella. El
perro descansaba en la alfombra de la sala entre ellos,
ella estaba en el sofá y su visitante, más bien tenso, se hun­
día en un sillón bajo, y el olor, bastante suave, se esparcía
por el aire. En un principio ella creyó que era él y se sor­
prendió, ya que la gente no suele soltar gases cuando está
en compañía o al menos no de forma notoria. Mientras
la conversación seguía ella continuó pensando que era
él. Sintió un poco de lástima porque creyó que él estaba
apenado y nervioso de hallarse con ella y por eso se le
había aflojado el vientre. Entonces de golpe se le ocurrió
que a fin de cuentas podría no haber sido él sino el perro
y eso era peor, ya que de haber sido el perro, él podría
pensar que había sido ella. Era cierto que esa mañana
el perro había robado y devorado una barra de pan ente­
ra y ahora podría estar soltando gases, algo que de otro
modo no haría. Quería informar de inmediato a su visi­
tante, de alguna manera, que al menos no había sido ella.
Por supuesto que existía la posibilidad de que él no lo
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hubiera notado, aunque era inteligente y despierto, y ya
que ella lo notaba era probable que él también lo notara a
no ser que estuviera demasiado nervioso para notarlo. El
problema era cómo decírselo. Ella podría decir algo acer­
ca del perro para disculparlo. Pero podría no haber sido
el perro sino él. No podía ser franca y decir simplemente:
—Mira, si te acabas de tirar un pedo está bien; sólo
quiero aclarar que no fui yo.
Podía decir:
—Esta mañana el perro se comió toda una barra de
pan y creo que se está pedorreando.
Pero si era él y no el perro esto lo avergonzaría. Aun­
que tal vez no. Tal vez ya estaba avergonzado, si en efec­
to había sido él, y esto lo ayudaría a salir de su bochorno.
Pero a estas alturas el olor ya se había ido. Quizá el perro
volvería a echarse un pedo si había sido el perro. Eso era
en lo único que ella pensaba: el perro se pedorrearía de
nuevo, si había sido el perro, y entonces ella simplemente
se disculparía por el perro, hubiera o no sido el perro, y
eso aliviaría el bochorno que él sentía si en efecto había
sido él.
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Conocer tu cuerpo
Si tus globos oculares se mueven significa que estás pen­
sando o a punto de empezar a pensar.
Si no quieres pensar en este preciso momento trata de
mantener fijos tus globos oculares.
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Distracción
El gato llora en la ventana. Quiere entrar. Piensas en que
vivir con un gato y sus demandas te hace pensar en co­
sas sencillas como la necesidad de un gato de entrar en
la casa y lo agradable que es eso. Piensas en esto y estás
muy atareada pensando como para dejar entrar al gato,
así que olvidas dejarlo entrar y él sigue llorando en la
ventana. Notas que no has dejado entrar al gato y piensas
en lo extraño que resulta que, mientras pensabas en las
necesidades del gato y en lo agradable que es vivir con
sus necesidades sencillas, no estabas dejándolo entrar y
permitías que siguiera llorando en la ventana. Entonces,
mientras piensas en esto y en lo extraño que resulta, de­
jas entrar al gato sin saber que lo dejas entrar. Ahora el
gato salta a la encimera y llora de hambre. Notas que
el gato llora de hambre pero no piensas en alimentarlo
porque estás pensando en lo extraño que resulta que
lo hayas dejado entrar sin saberlo. Y entonces ves que el
gato llora de hambre mientras que tú no lo alimentas, y
al advertir esto y pensar en lo extraño que resulta que
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no lo hayas oído llorar, le das de comer sin saber que lo
estás alimentando.
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Variedades de inquietud
Durante más de cuarenta años he escuchado lo que dice
mi madre y durante apenas cinco años he escuchado lo
que dice mi marido y a menudo he pensado que ella tiene
razón y él no, pero ahora con mayor frecuencia pienso
que él tiene razón, especialmente en un día como hoy
en que acabo de tener una larga conversación telefónica
con mi madre sobre mi hermano y mi padre, y luego una
breve charla telefónica con mi marido sobre la conversa­
ción que tuve con mi madre.
Mi madre estaba preocupada por haber herido los
sentimientos de mi hermano cuando él le dijo por telé­
fono que quería aprovechar una parte de sus vacaciones
para ir a ayudarlos ya que mi madre acababa de salir del
hospital. Ella contestó, aunque no decía la verdad, que
él no debía ir con ellos porque ella realmente no podía
tener a nadie más en la casa ya que se sentiría obligada a
preparar comida, por ejemplo, pese a la gran dificultad
que representaban las muletas. Él se manifestó en con­
tra de eso, diciendo “¡Ese no sería el caso!”, y ahora no
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contestaba el teléfono. Mi madre teme que algo le haya
sucedido a mi hermano y yo le digo que no lo creo. Quizá
él ha tomado las vacaciones que había apartado para ellos
y se ha marchado unos días para estar solo. Mi madre
olvida que mi hermano es un hombre de casi cincuen­
ta años, aunque lamento que hayan herido así sus sen­
timientos. Poco después de que ella cuelga llamo a mi
marido y le repito todo lo anterior.
Mi madre hirió los sentimientos de mi hermano al
proteger ciertos sentimientos particulares de mi padre
aduciendo otros sentimientos propios, y mientras que se
me dificultaba negar los sentimientos particulares de mi
padre, que conozco bastante bien, también me resultaba
difícil no pensar que no había otra forma de hacer las co­
sas de manera distinta para que el ofrecimiento de ayuda
de mi hermano no fuera rechazado y él no saliera herido.
Mi madre hirió los sentimientos de mi hermano al
proteger a mi padre de ciertos sentimientos de inquietud
anticipados por él en caso de que mi hermano fuera con
ellos, aduciendo a mi hermano ciertos sentimientos de
inquietud que ella tenía y que eran ligeramente distintos.
Ahora mi hermano, al no contestar el teléfono, ha des­
pertado nuevos sentimientos de inquietud tanto en mi
madre como en mi padre, sentimientos que son iguales o
casi iguales en ellos pero distintos de los sentimientos de
inquietud anticipados por mi padre y de los aducidos fal­
samente por mi madre a mi hermano. Ahora, en su in­
quietud, mi madre me ha llamado para hablarme de los
sentimientos de inquietud que ella y mi padre tienen
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acerca de mi hermano y al hacerlo ha causado también
en mí sentimientos de inquietud, aunque más débiles y
distintos de los sentimientos experimentados ahora por
ella y mi padre y de los anticipados por mi padre y de los
falsamente aducidos por mi madre.
Cuando describo la conversación a mi marido también
le despierto sentimientos de inquietud, más fuertes que
los míos y de una clase distinta a los de mi madre y mi
padre y a los aducidos y anticipados respectivamente por
ellos. A mi marido le inquieta la negativa de mi madre a
aceptar la ayuda de mi hermano y la inquietud que esto
ha provocado en él, así como el hecho de que ella me haya
hablado de su inquietud despertando en mí, dice, una in­
quietud más grande de lo que advierto, y también de un
modo más general la inquietud causada de un modo más
general por mi madre no sólo en mi hermano sino en mí
y que es más grande de lo que me doy cuenta y se suscita
con más frecuencia de lo que advierto, y cuando él señala
esto se despierta en mí otra inquietud distinta en clase y
grado a la provocada por lo que mi madre me ha dicho,
ya que esta inquietud no es sólo por mí y mi hermano, y
no sólo por mi padre en su inquietud anticipada y actual,
sino también y sobre todo por mi madre, que ahora y en
general ha causado tanta inquietud, como dice con razón
mi marido, pero sólo se inquieta por una pequeña parte
de las cosas.
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Veinte esculturas en una hora
1
La cuestión es ver veinte esculturas en una hora. Una
hora parece mucho tiempo. Pero veinte esculturas son
demasiadas. Y sin embargo una hora parece mucho tiem­
po. Al hacer cálculos descubrimos que una hora dividida
entre veinte esculturas nos da tres minutos por escultu­
ra. Pero aunque es correcto, el cálculo nos parece equi­
vocado: tres minutos es muy poco tiempo para ver una
escultura y también muy poco para quedarse al cabo de
comenzar con una hora entera. El problema, suponemos,
es que hay demasiadas esculturas. Y sin embargo, aunque
haya demasiadas esculturas seguimos sintiendo que debe­
ríamos tener tiempo suficiente si tenemos una hora. Debe
ser que a pesar de ser correcto el cálculo no representa
la situación correctamente, aunque cómo representar la
situación correctamente en términos de un cálculo y por
qué este cálculo no consigue representarla en verdad es
algo que todavía no podemos dilucidar.
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2
La respuesta podría ser la siguiente: una hora es realmen­
te mucho más corta de lo que nos hemos acostumbrado
a creer y tres minutos mucho más largos, de modo que
eventualmente podríamos revertir nuestro problema y
decir que comenzamos con un lapso de tiempo bastante
corto, una hora, para ver veinte esculturas, y notar al
cabo del cálculo que tendremos un lapso de tiempo asom­
brosamente largo, tres minutos, para ver cada escultura,
aunque en este punto quizá empiece a parecernos ex­traño
que tantos lapsos de tiempo tan largos, de tres minutos
cada uno, puedan estar contenidos en un lapso tan corto,
de una hora.
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Nietszche
Ay, pobre papá. Lamento haberme burlado de ti.
Ahora yo también escribo mal Nietszche.
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La madre de su madre
1
Hay veces que es amable pero también hay veces que no
lo es, cuando es feroz e inclemente con él o con todos y entonces sabe que es el extraño espíritu de su madre que
la habita. Porque había veces que su madre era amable y
también veces que era feroz e inclemente con ella o con
todos, y ella sabe que entonces era el extraño espíritu de
la madre de su madre que habitaba en su madre. Porque
a veces la madre de su madre había sido amable, decía su
madre, y bromeaba con ella o con todos, pero también
había sido feroz e inclemente y la acusaba a ella o quizá
a todos de mentir.
2
Por la noche, ya entrada la madrugada, la madre de su
madre solía llorar e implorar a su marido mientras la ma­
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dre de ella, apenas una niña, yacía en la cama escuchan­
do. Una vez adulta su madre no lloraba e imploraba a su
marido, o al menos no cuando su hija podía oírla mien­
tras yacía en la cama escuchando. Después su madre no
pudo saber, ya que no podía oír, si su hija, una vez adulta,
lloraba e imploraba a su marido por la noche, ya entrada
la madrugada, como la madre de su madre.
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La beca
1
No es que no estés calificada para recibir la beca sino
que cada año tu solicitud no es suficientemente buena.
Cuando tu solicitud sea al fin perfecta entonces recibirás
la beca.
2
No es que no estés calificada para recibir la beca sino que
tu paciencia debe ser puesta a prueba en primer lugar.
Cada año eres paciente pero no lo suficiente. Cuando al
fin hayas aprendido en verdad qué significa ser paciente,
al grado de que te olvides por completo de la beca, enton­
ces recibirás la beca.
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Por sesenta centavos
Estás en una cafetería de Brooklyn y has pedido sólo una
taza de café y el café cuesta sesenta centavos, lo que te
parece caro. Pero no es caro cuando consideras que por
esos sesenta centavos pagas el uso de una taza y un pla­
to, una jarra de metal con crema, un vaso de plástico,
una mesa pequeña y dos bancos pequeños. Y entonces,
en caso de que quieras consumirlos además del café y la
crema, tienes agua con hielo y, en sus propios dispensa­
dores, azúcar, sal, pimienta, servilletas y cátsup. Adicio­
nalmente puedes disfrutar, por tiempo indefinido, el aire
acondicionado que mantiene el recinto con una frescura
perfecta, la potente luz blanca que ilumina cada rincón
del lugar para que no haya sombras en ninguna parte,
la vista de la gente que se desliza en el exterior por la
acera bajo el sol y el viento y la compañía de la gente
en el interior, que ríe y hace infinitas variaciones de una
broma más bien cruel a expensas de una mujer menuda y
pelirroja que está perdiendo el cabello, se halla senta­da
ante el mostrador con los pies colgándole del taburete e
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intenta alargar un brazo blanco y corto para abofetear al
hombre de pie más cercano a ella.
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¿Cómo debo llorarlos ?
¿Debo mantener una casa ordenada como L.?
¿Debo desarrollar un hábito perjudicial como K.?
¿Debo balancearme ligeramente de lado a lado al ca­
minar como C.?
¿Debo escribir cartas al editor como R.?
¿Debo retirarme a menudo a mi habitación durante el
día como R.?
¿Debo vivir a solas en una casa enorme como B.?
¿Debo tratar a mi marido con frialdad como K.?
¿Debo dar clases de piano como M.?
¿Debo dejar la mantequilla fuera todo el día para
ablandarla como C.?
¿Debo tener problemas con cintas para máquina de
escribir como K.?
¿Debo tener una fuerte objeción a beber jugo como
K.?
¿Debo guardar muchos rencores como B.?
¿Debo comprar grandes hogazas de pan blanco al pa­
nadero como C.?
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¿Debo guardar frascos de almejas en mi congelador
como C.?
¿Debo hacer un mal albur en el momento equivocado
como R.?
¿Debo leer novelas policiacas en cama por la noche
como C.?
¿Debo cuidar bien de mi persona como L.?
¿Debo fumar y beber en exceso como K.?
¿Debo beber en exceso y fumar ocasionalmente co­
mo C.?
¿Debo recibir a gente en mi casa para que me visite y
se quede como C.?
¿Debo estar bien informada sobre muchas cosas co­
mo K.?
¿Debo conocer los clásicos como K.?
¿Debo escribir cartas a mano como B.?
¿Debo escribir “Queridos ambos” como C.?
¿Debo usar muchos signos de admiración y mayúscu­
las como C.?
¿Debo incluir un poema en mi carta como B.?
¿Debo buscar palabras en el diccionario a menudo
como R.?
¿Debo admirar la fotografía de la bella presidenta de
Islandia como R.?
¿Debo buscar etimologías a menudo como R.?
¿Debo llevar un tulipán en maceta a la puerta trasera
en señal de obsequio como L.?
¿Debo organizar pequeñas cenas como M.?
¿Debo tener un poco de artritis en las manos como C.?
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¿Debo tener una paloma gris y un sabueso gris como
L.?
¿Debo oír la radio toda la noche en cama como C.?
¿Debo dejar mucha comida en la casa alquilada al fi­
nal del verano como C.?
¿Debo cenar a menudo una sola papa al horno como
el doctor S.?
¿Debo comer helado una vez al año como el doctor
S.?
¿Debo nadar a solas en la bahía incluso con el peor
clima como C.?
¿Debo beber el agua en que cocino los vegetales co­
mo C.?
¿Debo rotular mis carpetas con mano temblorosa
como R.?
¿Debo masticar mi comida lenta y meticulosamente
como el doctor S.?
¿Debo caminar junto al canal como B.?
¿Debo llevar a mis invitados junto al canal como B.?
¿Debo poner botones de lirios en la ensalada de mis
invitados como B.?
¿Debo salir en la mañana bien vestida y con la cama
tendida como R.?
¿Debo beber mi primera taza de café a las once de la
mañana como R.?
¿Debo ordenar los tenedores en abanico y las serville­
tas en fila para que me hagan compañía como L.?
¿Debo hacer hot cakes por la mañana cuando viajo
como C.?
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¿Debo llevar licor en la cajuela de mi auto cuando va­
caciono como C.?
¿Debo hacer en la cena de Año Nuevo un estofado de
ostras lleno de arena como C.?
¿Debo pasar cuidadosamente a otra persona un cuchi­
llo por el mango como R.?
¿Debo hablar en contra de mi marido con el tendero
como C.?
¿Debo leer siempre con un lápiz en la mano como R.?
¿Debo abrazar a mis hijos afligidos demasiado tiempo
y con demasiada frecuencia como C.?
¿Debo ignorar las advertencias de salud como B.?
¿Debo regalar dinero sin reservas como C.?
¿Debo hacer obsequios con temas animales como C.?
¿Debo guardar un pequeño sello de plástico en mi re­
frigerador como C.?
¿Debo tener dificultad para dormir sobre mi brazo
como R.?
¿Debo quitarme la blusa justo antes de morir co­mo B.?
¿Debo vestir sólo prendas blancas y negras como M.?
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Cómo ella no podía conducir
No podía conducir si había demasiadas nubes en el cie­
lo. O mejor, si podía conducir con demasiadas nubes en
el cielo no podía oír música si había otros pasajeros en el
auto. Si había dos pasajeros, además de un pequeño ani­
mal enjaulado y muchas nubes en el cielo, podía escuchar
pero no hablar. Si el aire arrojaba virutas de la jaula del
pequeño animal tanto sobre su hombro y regazo como
sobre el hombro y regazo del hombre junto a ella, no podía hablar con nadie ni escuchar incluso si había muy
pocas nubes en el cielo. Si el niño estaba tranquilo, leyen­
do su libro en el asiento trasero, pero el hombre junto a
ella abría tanto su periódico que el borde tocaba la palan­
ca de velocidades y la luz del sol pegaba en las páginas
para deslumbrarla, entonces no podía hablar o escuchar
mientras intentaba entrar en una gran carretera llena de
coches rápidos incluso si no había nubes en el cielo.
Luego, si era de noche y tanto el niño como el pe­
queño animal enjaulado no estaban en el auto, y el auto
estaba libre de cajas y maletas cuando antes había estado
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lleno, y el hombre junto a ella no leía el periódico sino
que miraba por la ventana hacia el frente, y el cielo esta­
ba oscuro de modo que ella no lograba distinguir nubes,
podía escuchar pero no hablar, y no podía tener música
si un motel brillantemente iluminado en una colina os­
cura a cierta distancia por delante y a la izquierda pare­
cía flotar sobre la carretera extendida al frente mientras
ella conducía a toda velocidad entre líneas punteadas con
faros delanteros acercándosele por la izquierda y hacia
arriba a sus espaldas en el espejo retrovisor y faros trase­
ros adelante en una suave curva hacia la derecha bajo las
gigantescas aeronaves diseñadas por las luces de mote­
les que flotaban sobre la carretera de izquierda a derecha
ante ella, o podía hablar pero sólo para decir algo que no
obtenía respuesta.
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Los extraños
Mi abuela y yo vivimos entre extraños. La casa no pare­
ce lo suficientemente grande para acoger a todos los que
se presentan a distintas horas. Se sientan a cenar como
si se les hubiera estado aguardando —y de hecho siem­
pre hay un sitio puesto para ellos— o entran en el salón
principal huyendo del frío, frotándose las manos y que­
jándose del clima, y se instalan junto al fuego y toman
un libro que hasta entonces me había pasado inadvertido
y continúan la lectura desde una página marcada con un
separador de papel gastado. Como es obvio, algunos de
ellos son alegres y simpáticos mientras que otros son an­
tipáticos: malhumorados o taimados. Con algunos hago
una amistad inmediata —nos entendemos mutuamente a
la perfección desde que nos conocemos— y espero ver­
los de nuevo en el desayuno. Pero cuando bajo a desa­
yunar no están allí, y a menudo nunca vuelvo a saber
de ellos. Todo esto es muy inquietante. Mi abuela y yo
jamás mencionamos estos ires y venires de extraños por
la casa. Pero observo su rostro delicado y rosado cuando
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ella entra en el comedor apoyada en su bastón y se de­
tiene sorprendida: se mueve tan despacio que esto es casi
imperceptible. Un joven se levanta de su lugar, aferrando
su servilleta a la altura del cinturón, y va a ayudarla a
sentarse en su silla. Ella se adapta a la presencia del jo­
ven con una sonrisa nerviosa y una cortés inclinación de
cabeza, aunque yo sé que se siente tan consternada como
yo por el hecho de que él no estaba allí en la mañana y no
estará al día siguiente y sin embargo se comporta como
si todo esto fuera de lo más normal. Pero muy a menudo,
por supuesto, la persona sentada a la mesa no es un joven
educado sino una solterona delgada que come rápido y
en silencio y se retira antes de que nosotros terminemos,
o bien una anciana que nos frunce el ceño a los demás y
escupe la cáscara de su manzana al horno al borde del
plato. No hay nada que podamos hacer. ¿Cómo podemos
librarnos de gente que nunca invitamos y que de cual­
quier modo se marcha tarde o temprano por su propio
pie? Aunque pertenecemos a generaciones diferentes,
a mi abuela y a mí se nos enseñó que jamás debemos ha­
cer preguntas sino sólo sonreír a las cosas que escapan a
nuestra comprensión.
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La mosca
En la parte trasera del autobús,
dentro del baño,
viaja un pequeño polizón
de camino a Boston.
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Entrada de índice
Cristiana, no soy
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Casi concluido : ¿ cuál es la palabra?
Él dice:
—Cuando te conocí
no pensé que llegarías a ser tan…
extraña.
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Un hombre diferente
De noche era un hombre diferente. Ella lo conocía como
era por la mañana, pero por la noche apenas lo recono­
cía: un hombre pálido, un hombre gris, un hombre con
suéter café, un hombre de ojos oscuros que se mantenía
apartado de ella, que se ofendía, que no era razonable.
Por la mañana era un rey sonrosado, resplandeciente, de
barbilla y mejillas tersas, oloroso a talco perfumado, que
salía al sol con un amplio abrazo en su túnica imperial a
cuadros rojos…
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De Ni puedo ni quiero (2014)
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Pelo de perro
El perro ha muerto. Lo extrañamos. Cuando suena el
timbre nadie ladra. Cuando llegamos tarde nadie nos es­
pera. Seguimos hallando sus pelos blancos aquí y allá en
distintas partes de la casa y en nuestra ropa. Los reco­
gemos. Deberíamos tirarlos. Pero son todo lo que nos
queda de él. No los tiramos. Tenemos una loca esperanza:
si juntamos los suficientes podremos reconstruir al perro.
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Cuento circular
Los miércoles a primera hora de la mañana hay siempre
un jaleo allá afuera en la calle. Me despierta y yo siempre me pregunto qué es. Se trata siempre del camión re­
colector de basura que recoge la basura. El camión viene
cada miércoles a primera hora de la mañana. Siempre me
despierta. Siempre me pregunto qué es.
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Contingencia (contra necesidad) 1
Podría ser nuestro perro.
Pero no es nuestro perro.
Así que nos ladra.
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Contingencia (contra necesidad) 2:
de vacaciones
Podría ser mi marido.
Pero no es mi marido.
Es el marido de ella.
Así que él le toma una fotografía (a ella y no a mí)
de pie con su traje de baño floreado frente a la vieja for­
taleza.
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La mala novela
Hago varios intentos por leer esta novela aburrida y difícil
que he traído para mi viaje. He regresado a ella tantas ve­
ces, cada vez con temor y cada vez sin encontrarla mejor
que la vez anterior, que ha terminado por convertirse en
una especie de vieja amiga. Mi vieja amiga la mala novela.
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Observación de limpieza
Debajo de toda esta suciedad
el piso está realmente limpio.
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Emociones negativas
Una vez un maestro bienintencionado, inspirado por un
texto que había leído, envió a los otros maestros de su
escuela un mensaje sobre las emociones negativas. El
mensaje consistía por completo en citar el consejo de un
monje budista de Vietnam.
La emoción, decía el monje, es como una tormen­
ta: se queda un rato y luego se va. Una vez percibida la
emoción (como una tormenta que se avecina), uno debe
poner­se en una posición estable. Debe sentarse o acos­
tarse. Debe concentrarse en su propio abdomen. Debe
concentrarse específicamente en el área justo debajo del
ombligo y practicar una respiración consciente. Si uno
puede identificar la emoción como tal quizá entonces re­
sulte más fácil de manejar.
Los otros maestros estaban desconcertados. No en­
tendían por qué su colega les había enviado un mensaje
sobre las emociones negativas. Les molestó el mensaje y
les molestó su colega. Pensaron que se les acusaba de
tener emociones negativas y de necesitar consejo sobre
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cómo manejarlas. Algunos de ellos estaban de hecho
enojados.
Los maestros no eligieron considerar su enojo como
una tormenta que se avecinaba. No se concentraron en
sus abdómenes. No se concentraron en el área justo de­
bajo del ombligo. En lugar de eso respondieron de in­
mediato por escrito, declarando que como no entendían
por qué se les había enviado, el mensaje de su colega los
había llenado de emociones negativas. Dijeron que im­
plicaría mucha práctica superar las emociones negativas
detonadas por el mensaje. Pero, prosiguieron, no tenían
la intención de llevar a cabo tal práctica. De hecho, se­
ñalaron, las emociones negativas no les preocupaban en
lo más mínimo sino que incluso les gustaba tenerlas, so­
bre todo acerca de su colega y su mensaje.
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Discernimiento
En qué espacio tan pequeño se puede comprimir la pala­
bra discernimiento: debe caber en el cerebro de una catari­
na que está tomando una decisión ante mis ojos.
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Ödön von Horváth sale a caminar2
En una ocasión en que caminaba en los Alpes Bávaros,
Ödön von Horváth descubrió a cierta distancia del sen­
dero el esqueleto de un hombre. A todas luces el hombre
había sido un excursionista, ya que aún llevaba mochila.
Von Horváth abrió la mochila, que lucía casi nueva. En su
interior encontró un suéter y algunas otras prendas, una
pequeña bolsa con lo que alguna vez fue comida, un dia­
rio y una postal de los Alpes Bávaros lista para ser en­
viada en la que se leía: “La estoy pasando de maravilla”.
2
Ödön von Horváth (1901-1938) fue un célebre dramaturgo y novelista
austrohúngaro que falleció tempranamente cuando la rama de un castaño
le cayó encima durante una tormenta eléctrica en la Avenida de los Campos
Elíseos en París. Los nazis calificaron su obra de “decadente, peligrosa e
inmoral”. En México, Ediciones Heliópolis tradujo al español en 1995 su
extraordinaria novela La Era del Pez, aparecida originalmente en 1937
bajo el título Jugend ohne Gott. (N. del T.)
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En el tren
Aunque somos extraños, él y yo estamos unidos contra
las dos mujeres que frente a nosotros hablan sin parar
y a voz en cuello entre ellas a través del pasillo. Malos
modales. Fruncimos el ceño.
Más avanzado el viaje volteo a verlo (a través del pa­
sillo) y descubro que se está hurgando la nariz. En lo que
a mí respecta, estoy dejando que el jitomate de mi sánd­
wich gotee sobre mi periódico. Malos hábitos.
No reportaría esto si yo fuera la que se hurga la nariz.
Miro de nuevo y él continúa haciéndolo.
En lo que respecta a las mujeres, ahora están sentadas
juntas lado a lado y leen tranquilamente, limpias y orde­
nadas, una una revista y la otra un libro. Impecables.
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La gata Molly: historia y conclusiones
Descripción: gata calicó esterilizada
Historia:
Hallada a principios de la primavera en una cuneta
acurrucada contra un banco de nieve
Edad al momento de la adopción: aproximadamente
tres años
Muy probablemente abandonada por los dueños an­
teriores
Confinada al baño durante la primera semana
No quiso comer por una semana en el nuevo hogar,
pero jugó activamente en espacio confinado
Piel/pelaje: inflamada/irritado alrededor del cuello
Parásitos: se halló suciedad de pulgas
Se le permitió correr libremente en exterior después
de adopción
Hace compañía a los dueños en el huerto
Nariz/garganta: sin lesiones visibles
Come bien, comida seca
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Caza pájaros pequeños pero no pudo retener a un
arrendajo azul de mayor tamaño
Diente roto: canino superior derecho
Grado de enfermedad dental: 2-3 de 5
Otros dos gatos en casa y todos corretean en la casa
grande
No juega con otros gatos
Ojos: sin lesiones visibles
Pulmones: dentro de los límites normales
No juega con los dueños en presencia de otros gatos pe­ro juega con los dueños en el baño
Ganglios linfáticos: normales
Corazón: dentro de los límites normales
Cariñosa con los dueños, ronronea y cierra los ojos
cuando se le acaricia
Cuelga flácida en brazos de los dueños cuando se le
levanta
Sistema urogenital: dentro de los límites normales
Orina de manera inadecuada dentro de casa en el piso
en dos o tres lugares al día
Empeora con el tiempo, charcos más grandes de orina
Orejas: sin lesiones visibles
Restricción moderada de la fascia sobre la espalda
lumbar, significativa sobre el sacro
Llora cuando se le acaricia arriba de la cola
A veces llora antes o después de orinar
A veces llora después de la siesta
Abdomen: sin lesiones palpables
Sistema nervioso: dentro de los límites normales
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Peso: 3.96 kilos
Peso ideal: 3.96 kilos
No usa el arenero: defeca en el piso en los alrededores
del arenero
Quizá tiene pulgas
Tolerancia al dolor: 3 de 10 (sobre el sacro)
Soporta examen de veterinario, nerviosa pero sin hos­
tilidad evidente
Pulso: 180
Puntaje de condición corporal general: 3 de 5
Actualización:
Orinaba en mayores cantidades en el piso al estar en in­
terior
Decidió salir de casa cada día pese a condiciones cli­
matológicas adversas
No se le pudo localizar a mediodía en un día primave­
ral muy caluroso
Se le encontró al final de la tarde debajo de un pino,
jadeante y cubierta de moscas
Se le trajo dentro de casa y se le tendió en la ducha fría
Dejó de jadear, recobró respiración normal
Murió varias horas después
Edad al momento de la muerte: aproximadamente
once años
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Conversación breve
(en la sala de abordaje del aeropuerto)
—¿Es un suéter nuevo? —pregunta una mujer a otra,
una extraña que se sienta junto a ella.
La otra mujer dice que no.
No hay más conversación.
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Depósito de equipaje
Esta es la cuestión: ella se halla de paso en la ciudad y
necesita estar un rato en la biblioteca pública. Pero el
guardarropa de la biblioteca no acepta su maleta: debe
dejarla en otro sitio. La solución parece clara: tomará la
calle hasta la estación de tren y dejará su maleta para
luego volver a la biblioteca. Camina contra el viento y
la lluvia con un pequeño paraguas en una mano y el asa
de su maleta rodante en la otra hasta la estación de tren.
Recorre toda la estación en busca del depósito de equi­
paje. Hay restaurantes y tiendas, un techo alto y bello
con constelaciones pintadas, pisos y paredes de mármol,
escaleras amplias y pasarelas peatonales inclinadas, pero
no un depósito de equipaje. En una ventanilla de infor­
mación pregunta por el depósito y el empleado, molesto,
se inclina bajo el mostrador y saca un folleto que le entre­
ga en silencio. Es el folleto de un depósito comercial de
equipaje que tiene dos direcciones, ninguna de las cuales
está en la estación. Ella debe cruzar varias cuadras ya sea
hacia la parte alta de la ciudad o hacia el centro.
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Camina hacia la parte alta de la ciudad en el viento y
la lluvia y luego varias cuadras hacia el este, en el sentido
incorrecto, y luego varias cuadras hacia el oeste, en el
sentido correcto, y da con la dirección, un edificio viejo y
estrecho entre un negocio de comida rápida y una agen­
cia de viajes. Sube al ascensor con una pareja que planea
casarse en Brasil y va a ver a un notario público. La mu­
jer explica al hombre que necesita jurar ante notario que
no ha estado casado antes. Además del notario público y
el depósito de equipaje, el edificio alberga una oficina de
Western Union donde se puede enviar o recibir dinero.
Todo el pequeño último piso, el sexto, es el depósito
de equipaje: una habitación del lado de la calle y otra en
la parte trasera. La habitación del lado de la calle está
completamente vacía e inundada por el sol. En la habi­
tación trasera una larga mesa plegable ha sido atrave­
sada en el umbral de la puerta, y frente a ella se sienta
un hombre junto a un rollo grande de boletos color azul
pálido como los que se dan en los juegos de una kermés.
A sus espaldas hay algunas maletas agrupadas contra
las paredes. Sonríe y se dirige a ella con un acento de
Europa del Este. Su sonrisa es amigable. Tiene algunos
dientes torcidos y otros perdidos. Ella paga diez dólares
por adelantado, da al hombre su maleta y toma un boleto
azul pálido. Luego vuelve al ascensor, baja y comienza a
caminar en el viento y la lluvia de regreso a la biblioteca
pública, pensando en su maleta. Con las prisas y la con­
fusión no la ha cerrado. Espera que no roben su dinero
extranjero.
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Acaba de llegar en avión a la ciudad proveniente de
otra ciudad en otro país. Allá, piensa, hacen las cosas
de manera distinta: a mitad de la estación había un casi­
llero que daba a una banda transportadora que llevaba
todo el equipaje a una zona de almacenamiento. Allá había
depositado su maleta en el casillero por una cuota equi­
valente a cinco dólares que le pareció excesiva a un hom­
bre que estaba junto a ella, y que abrió grandes los ojos
y la boca para exclamar: “Donnerwetter! ”.3 Cuando estuvo
lista para recogerla, la maleta le fue devuelta en el mismo lugar mediante la banda transportadora. Piensa en
todo esto mientras camina. Se olvidará de ello por un
rato en la biblioteca mientras trabaja en ese ambiente si­
lencioso, frío y con poca gente. Pero mientras camina,
piensa: “Pero ahora estoy en casa y así es como hacemos
las cosas en esta ciudad, en nuestro país”.
3
“¡Caramba!” en alemán. (N. del T.)
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Esperando el despegue
Llevamos tanto tiempo sentados dentro del avión en tie­
rra, esperando el despegue, que una mujer declara que
ahora escribirá su novela y otra en un asiento vecino
le dice que estará encantada de editarla. En el pasillo se
vende comida y los pasajeros, hambrientos por la espe­
ra o preocupados porque no verán alimentos durante un
buen rato, la compran con ansiedad aunque sea comida
que en circunstancias normales no consumirían. Hay,
por ejemplo, barras de chocolate suficientemente largas
para usarse como armas. El sobrecargo que vende la co­
mida dice que en una ocasión fue atacado por un pasajero,
aunque no con una barra de chocolate. El avión se había
retrasado tanto, añade, que el pasajero le arrojó un trago
en plena cara, dañándole un ojo con un trozo de hielo.
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Su cumpleaños
Ciento cinco años:
hoy no estaría viva
aun si no hubiera muerto.
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Mi amigo de la infancia
¿Quién es este anciano que camina con una expresión
ligeramente sombría y lleva una gorra de lana en la ca­
beza?
Pero cuando lo llamo y él voltea tampoco me reco­
noce al principio: esta anciana enfundada en un abrigo
invernal que le dirige una sonrisa tonta.
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Su pobre perro
Ese perro enfadoso:
No lo quisieron y nos lo dieron.
Lo apartamos y le pegamos en la cabeza y lo amarra­
mos.
Ladró, resolló, embistió.
Se los devolvimos. Se lo quedaron un tiempo.
Entonces lo enviaron a un refugio de animales. Se le co­
locó en una jaula de concreto.
Llegaban visitantes y lo observaban. El perro se man­
tenía firme en el concreto sobre sus cuatro patas blancas
y negras.
Nadie lo quiso.
Carecía de buenas cualidades. Pero él lo ignoraba.
Al refugio seguían llegando nuevos perros. Al cabo
de un tiempo no les quedó espacio para albergarlo.
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Lo llevaron a la sala de eutanasia para sacrificarlo.
Tuvo que rodear a los otros perros que estaban en el
suelo.
Brincó y jaloneó. Lo asustaban los otros perros y
el olor.
Le pusieron una inyección. Lo dejaron quedarse donde
cayó y fueron a traer otro perro.
Siempre sacaban a todos los perros muertos a la vez,
al final, para ahorrar tiempo.
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Mujer anciana, pescado viejo
El pescado que lleva toda la tarde en mi estómago estaba
tan viejo cuando lo cociné y me lo comí que no me extraña
sentirme incómoda: una anciana en proceso de digerir
un pescado viejo.
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Dos exalumnos
Un exalumno dijo al otro exalumno que se marchara allá
afuera, a la nieve, por la noche.
Vete, dijo uno al otro. Si ella nos ve juntos nos etiqueta­
rá como exalumnos, olvidando que yo soy yo y tú eres tú.
Él era el exalumno mayor. Había luchado en una gue­
rra. No se había alistado de nuevo porque quería hacer
otra cosa con su vida. Estaba sordo de un oído.
El otro exalumno era joven pero había viajado a Eu­
ropa.
Era cierto que mientras ella los miraba a través de la
ventana, caminando de un lado a otro bajo la luz de la calle, ellos eran en su mente dos exalumnos, más aún que
si cada uno hubiera estado solo, dueño de sí, aunque tam­
bién, inevitablemente, un exalumno.
sueño
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Escribir
La vida es demasiado seria para seguir escribiendo. La
vida solía ser más fácil y a menudo placentera, y enton­
ces escribir era agradable aunque también parecía serio.
Ahora la vida no es fácil, se ha vuelto demasiado seria,
y en comparación escribir parece un tanto ridículo. A
menudo escribir no gira en torno de cosas reales, y cuan­
do lo hace a menudo está ocupando al mismo tiempo el
lugar de cierta parte de la realidad. Con mucha frecuen­
cia se escribe sobre personas que no pueden arreglár­
selas. Ahora me he convertido en una de esas personas.
Soy una de esas personas. Lo que debería hacer, en vez
de escribir sobre gente que no puede arreglárselas, es
sólo renunciar a la escritura y aprender a arreglármelas.
Y prestar mayor atención a la vida misma. La única for­
ma de ser más inteligente es dejar de escribir. En vez de
eso debería estar haciendo otras cosas.
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Agradecimiento equivocado en el teatro
A medida que el teatro se llena para el evento, me levan­
to de mi asiento en la parte posterior del auditorio para
dejar que una mujer pase a su sitio en la fila.
—Gracias —dice.
—Ajá —respondo.
Pero he entendido mal. El agradecimiento no iba di­
rigido a mí sino a la acomodadora que permanece de pie
unos metros a mis espaldas.
—No, me refería a ella —dice la mujer sin mirarme.
Sólo quería aclarar las cosas.
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Sentada con mi pequeña amiga
Sentada con mi pequeña amiga bajo el sol en la escalera
delantera:
leo un libro de Blanchot
y ella se lame una pata.
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La buscadora de oro de Goldfields4
Se llamaba Goldfields y era un pueblo fantasma: canti­
nas clausuradas, sólo cien habitantes. Los pozos estaban
envenenados con arsénico: aún lo están. Lo descubrimos
posteriormente. La madrastra de Jim enfermó de cáncer,
quizá debido al arsénico en los pozos. El padre de Jim
estaba vendiendo su colección de monedas poco a poco
para pagar el tratamiento. Ella empeoró y él la voló de
regreso al hospital de cáncer pero ya fue demasiado tar­
de. Ella murió.
Dos semanas después, Jim recibió un mensaje sobre
su padre: hay una emergencia médica, ven de inmediato.
Manejamos treinta y seis horas sin parar. Pero cuando
llegamos él también estaba muerto.
No sabíamos nada acerca de lo que las aerolíneas llaman
El título del cuento en inglés, “The Gold Digger of Goldfields”, plantea
un juego de palabras que resulta difícil de traducir al español. El nombre
del pueblo donde ocurre parte de la historia, Goldfields, se podría conver­
tir en Campos de Oro o algún sucedáneo, pero opté por mantenerlo en su
idioma original. Asimismo, la expresión gold digger alude a una persona,
especialmente una mujer, que establece relaciones con otros con el solo
propósito de sacarles dinero. (N. del T.)
4
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tarifas por duelo. Ya habíamos cruzado cinco estados en
auto cuando alguien nos contó algo al respecto. Jim dijo:
—Ya hemos manejado hasta acá, así que seguiremos
manejando.
Jim comenzó a cabecear al cabo de veinticuatro horas y
me dejó conducir. Pero como no puede dormir en el coche,
después de tres horas se puso de nuevo al volante. Alyce
nos mandaba mensajes de texto en que nos pedía que vol­
viéramos a casa. Le dije que hiciera su tarea y dejara de
preocuparse. No tenía idea de lo lejos que nos hallábamos.
¿Dónde están?, preguntaba. Creía que nos encontrá­
bamos en Nueva Jersey. ¿Dónde? ¿En Nevada?, insistía.
Ve por un mapa, decía yo.
No sabíamos con qué nos toparíamos al llegar a nues­
tro destino.
Lisa, la hermana de Jim a quien yo llamaba la busca­
dora de oro, había husmeado en todas partes para dar
con lo que quedaba de las monedas: quería más dinero
por haberse hecho cargo de su padre. Decía que no tenía
dinero para enterrarlo. Decía que para cremarlo tendrían
que usar el dinero reservado para los impuestos.
Cuando llegamos, empezamos a descubrir monedas
por toda la casa. Montones de monedas. Lisa, la buscado­
ra de oro, no las localizó. No sabía dónde escudriñar. An­
tes de nuestra llegada, no obstante, sacó todas las armas.
La otra hermana de Jim, la albacea, nos dijo desde
Nueva Jersey que juntáramos todos los papeles del padre.
Jim no podía hacerlo, no se sentía listo. Entraba en el
dormitorio paterno y se quedaba simplemente sentado.
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Era todo lo que podía hacer. Tuve que hacerlo yo. Cono­
cía a mi suegro pero no era tan afín a él. Revisé todos sus
papeles, los ordené y los archivé por año.
Le dije a Lisa:
—Deberías ver a un psiquiatra. Después de estar tan
cerca de tu padre, ¿sólo quieres su colección de monedas?
¿Por qué no te la llevaste antes de que muriera?
Ella pensaba que debía haber recibido más por encar­
garse de él. Eso no estaba en el testamento.
De regreso también manejamos treinta y seis horas.
Chocar con el venado de camino a casa fue la gota que
de­rramó el vaso para Jim. Lo expresó con un lenguaje
florido.
La otra hermana, la albacea, quería que fuéramos a
Nueva Jersey. Jim decía una y otra vez que no, quere­
mos lle­gar a casa. Ella insistía. Por fin Jim dijo que iríamos. Cuando estábamos en Pensilvania en la bifurcación
hacia Nueva Jersey chocamos con el venado. Era un coche
rentado, así que tuvimos que esperar que llegara la policía para levantar un reporte. Un faro estaba roto. La re­
paración costó mil dólares. El seguro no lo cubrió porque
había un deducible por la misma cantidad.
Todo lo que Jim quería para recordar a su padre era
una hebilla de cinturón. Una hebilla de plata. Le dije a su
hermana la buscadora de oro:
—Deberías ver a un psiquiatra.
El padre de Jim tenía un despachador de agua fría
en su casa. Siempre me pregunté para qué lo necesitaba.
Ahora lo sé.
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La vieja aspiradora se sigue apagando
La vieja aspiradora se sigue apagando
una y otra vez
hasta que por fin la mujer de la limpieza
la asusta al gritar:
—¡Hija de tu puta madre!
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Flaubert y el punto de vista
Durante la Bendición de los Perros, en la jornada inaugu­
ral de la temporada de caza de zorros (grandes caballos
arreglados con elegancia, hombres y mujeres con trajes
de montar rojos sentados en los animales o sujetándo­
los por las riendas, una niña interesada menos en los
caballos que en su amiga al otro lado del camino, tan
pequeña como es, casi tan pequeña como para caminar
debajo de los vientres de los caballos altos, el pato o gan­
so que en el silencio ocasional deja oír sus graznidos en
el arroyo que corre más abajo de la tienda rural, el auto
que de vez en cuando se aproxima a esta pequeña plaza
congestionada para luego dar la vuelta lo mejor que pue­
de, los dos perros pug sostenidos con correas por una
anciana que dice haberlos traído para ver la Bendición de
los Perros, los mirones con sus tazas de café humeando
en el aire fresco de la mañana, los perros de caza que
deambulan por el camino sueltos aunque controlados de
cerca por la entrenadora con su látigo largo, el discurso
del Maestro de los Perros y las pausas que hace entre
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comentarios con la cabeza gacha y en las que se logran
oír los graznidos del pato o ganso), recuerdo por fin la
lección de Flaubert relativa al punto de vista singular
gracias no a la niña interesada principalmente en su ami­
ga la otra niña, no al pato o ganso interesado sólo en lo
que sea que lo hace graznar en el arroyo, sino a los dos
pugs que tiran de sus correas para alcanzar un sitio es­
pecífico en el suelo, concentrados no en los caballos, los
jinetes, el discurso del Maestro de los Perros, los perros
de caza o el pato o ganso que grazna sino únicamente en
los goterones de espuma entre amarillenta y blancuzca
que han caído del hocico de un caballo excitado al pavi­
mento oscuro y que les resultan tan extraños y olorosos.
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Cuentos inéditos
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(Algunos de) Sus hábitos alcohólicos
Le gusta beber en bares de aeropuertos, le gusta beber
en trenes y le gusta beber en el bar de South Station y en
cualquier bar de hotel.
Le gustan esos bares y el tren porque nadie lo conoce
y todos están de viaje o a punto de viajar.
Dice que en esos lugares la gente forma vínculos que
no son nada personales.
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Una breve noticia de hace mucho tiempo
Escuchamos esta historia hace varios años en el noticiero
vespertino: en su noche de bodas una novia y un novio se
embriagaron con sus amigos y luego abordaron el auto
de la novia y se marcharon. En un camino sin salida jun­
to a un paso elevado detuvieron el coche, apagaron el
motor y comenzaron a discutir en voz alta. La discusión
se oía en las casas cercanas y se prolongó tanto que va­
rios vecinos empezaron a atenderla. Al cabo de un rato,
el novio gritó a la novia:
—Está bien, entonces atropéllame.
A estas alturas los vecinos también miraban la escena
desde sus ventanas. El novio bajó del auto, cerrando de
un golpe la puerta tras él, y se acostó frente a la llanta
delantera del lado del pasajero. La novia arrancó el coche
y le pasó por encima el vehículo de mil ochocientos kilos.
El novio murió al instante. El matrimonio había durado
unas cuantas horas. Al momento de su muerte, el novio
aún vestía esmoquin.
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Envejecer
Aunque no esté gravemente enferma o discapacitada, una
mujer que ha llegado a la edad de cincuenta y cinco años
puede presentar algunas complicaciones en diez partes
de su cuerpo según su último recuento. Contando de
arriba abajo: ojos, pestañas, mandíbula, diente, glándula,
codo izquierdo, hígado, innombrable, rodilla izquierda,
pie derecho.
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Ángulos
Por supuesto que él sabe que su pie está en el piso debajo
de la mesa cerca del de ella, y ella sabe que lo ha movido
ahí a propósito. Después de eso, en realidad todo se redu­
ce a observar los ángulos: en vista del ángulo en que la
esposa de él está sentada al otro lado de la mesa, ¿le será
posible bajar la mirada para advertir que los pies de ellos
se tocan suave y deliberadamente de cuando en cuando?
Pero más allá de los ángulos y del cuidado que él pone
en calcularlos, ¿qué más se puede decir de este hombre
que toca el pie de su invitada con el suyo de vez en vez
en forma significativa, o de la invitada que disfruta el
mensaje secreto implícito en el roce de él mientras su
esposa alta y bella les habla desde el otro lado de la mesa,
entre bocados de cena, detallando algunos problemas
que tiene en su profesión?
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Reclamo de fama #1:
Mi relación con Ezra Pound
Ignoro cuál es la mejor manera de expresar esto. Inten­
taré algunas formas:
Omar, hijo de Pound, era el marido de la sobrina del pa­
dre de mi media hermana.
La hermana del padre de mi media hermana tenía una
hija que se casó con Omar, hijo de Pound.
La sobrina del padre de mi media hermana, en otras palabras la prima hermana de mi media hermana del lado
paterno, estaba casada con Omar, hijo de Ezra Pound.
Una de las dos hijas de Louise Margaret, hermana del
padre de mi media hermana, se casó con Omar, hijo de
Pound.
El suegro de la hija de Louise Margaret, tía de mi
media hermana, era Ezra Pound.
El suegro de la hija de la tía de mi media hermana era
Ezra Pound.
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El suegro de la prima hermana de mi media hermana
era Ezra Pound.
Después:
Expliqué esto lo mejor que pude a un amigo experto
en Pound, ya que pensé que quizá le interesaría. Le inte­
resó un poco, pero luego señaló que de hecho Omar no
era el hijo biológico de Pound.
Su único hijo biológico fue uno que no reconoció.
Ese hijo era la hija ilegítima de Olga Rudge.
No me importa que corrijan mis datos.
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Conversación antes de la cena
El marido está en la despensa eligiendo una botella de
vino.
La esposa está de pie junto a un sartén lleno de carne
que crepita.
M: [Masculla algo]
E (con voz cantarina): No te puedo oír…
M: [Masculla algo]
E (misma voz cantarina): Sigo sin poder oírte…
M (sale de la despensa con una botella de vino): ¿Qué
dijiste?
E: Dije que no te podía oír…
M (interrumpiendo): ¿Otra vez me estás diciendo qué
debo hacer?
E (sorprendida): ¿Qué?
M: ¿Estás tratando de hacerme sentir culpable por
beber vino?
E (inocente): ¡No! Sólo te dije que no podía oír lo que
me decías.
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M: Ah.
E: ¿Qué estabas diciendo?
M: No me acuerdo.
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Todos lloraban
No es fácil vivir en este mundo. Todos están constan­
temente molestos por las cosas pequeñas y grandes que
salen mal: a uno lo insulta un amigo, otro es rechazado
por su familia, otro más tiene una amarga discusión con
su pareja o su hijo adolescente. A menudo la gente llora
cuando es infeliz. Esto es natural.
Cuando era joven trabajé por un corto tiempo en una
oficina. Hacia la hora del almuerzo, a medida que se sentía
hambrienta y cansada e irritable, la gente comenzaba a
llorar. Mi jefe me daba un documento para que lo transcribiera y yo lo apartaba furiosa. Él me gritaba: “¡Transcríbelo!”. Yo le respondía igualmente a gritos: “¡No lo
haré!”. Él mismo se volvía petulante al teléfono y lo azo­
taba al colgar. Cuando estaba listo para salir a almorzar,
por sus mejillas corrían lágrimas de frustración. Si un
amigo lo buscaba en la oficina para llevarlo a comer, lo
ignoraba y le daba la espalda. Entonces los ojos de esa
persona también se llenaban de lágrimas.
Después del almuerzo la gente se sentía mejor y en
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la oficina reinaban el ajetreo y el zumbido de siempre,
personas que cargaban carpetas y caminaban con rapi­
dez de un lado a otro, estallidos repentinos de carcajadas
provenientes de cubículos, y el trabajo fluía bien hasta
entrada la tarde. Entonces, a medida que nos sentíamos
nue­vamente cansados, incluso más que en la mañana, y
nuevamente hambrientos, empezábamos a llorar otra vez.
En realidad la mayoría de nosotros seguíamos lloran­
do al abandonar la oficina. En el ascensor nos empujába­
mos y de camino al metro fulminábamos con la mirada
a la gente que se nos acercaba. En las escaleras de bajada
al metro nos abríamos paso a la fuerza entre la multitud,
dejando atrás a la poca gente que subía.
Era verano y en aquellos tiempos no había aire acon­
dicionado en los vagones del metro, y mientras las lágri­
mas nos mojaban las mejillas el sudor corría por nuestras
espaldas y piernas, y los pies de las mujeres se hincha­
ban dentro de sus zapatos apretados, y todos viajábamos
amontonados y nos balanceábamos entre paradas.
Pese a estar llorando al abordar el vagón del metro,
algunas personas dejaban de hacerlo poco a poco a medi­
da que se acercaban a casa, sobre todo si habían hallado
asiento. Se sacudían las pestañas húmedas y comenzaban
a chuparse los dedos con satisfacción mientras leían sus
periódicos y libros, los ojos aún brillantes.
Quizá no volverían a llorar ese día, no hasta el día si­
guiente. No lo sé, ya que no estaba con ellos, así que sólo
puedo imaginarlo. Yo misma no solía llorar en casa salvo
en la mesa, si mi cena era muy decepcionante, o antes
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de meterme en la cama porque en verdad no quería acos­
tarme, no quería levantarme a la mañana siguiente para
ir a trabajar. Pero tal vez otros sí lloraban en casa, a lo
mejor toda la noche, dependiendo de con qué se en­
contraran.
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Padre entra en el agua
En vida se internaba despacio en el agua hasta que le
llegaba a la cintura y permanecía ahí un rato, los brazos
hacia un lado, los dedos rozando el agua, la mirada fija en
el horizonte. Entonces se zambullía por fin con un gran
chapoteo.
Esperamos. Está en el agua cerca de nosotros, dándonos
la espalda, ligeramente encorvado.
Tiene los brazos pálidos y pecosos a los costados, las
manos apartadas del agua.
Entonces junta las manos y se sumerge. Damos un
paso atrás.
En la muerte es distinto: sin apenas crear ondas o murmu­
llos atraviesa el agua y ésta se cierra en silencio sobre él.
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Miedo a envejecer
A los veintiocho
ella añora tener otra vez veinticinco.
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Gramsci
Un amigo habla con ella por teléfono sobre el pesimismo
de la inteligencia y el optimismo de la voluntad. Ambos
piensan que quizá eso es lo que ella tiene luego de las
lecturas que ha hecho en vacaciones.
Mientras charlan, ella anota en una libreta “Gramsci”.
Después de colgar él llega, mira con desconfianza la
libreta y lee la palabra. Teme que el amigo le haya estado
recomendando una línea de ropa cara.
—¿Quién es Gramsci? —pregunta—. ¿Un diseñador?
—No. Un marxista italiano. —Ella quiere alarmarlo:
en casa no usan a menudo la palabra “marxista”.
Él se aleja sin estar convencido del todo.
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El padre de Helen y sus dientes
Nunca supimos para qué necesitaba una camisa con dos
bolsillos. Fumaba. Esto era en los viejos tiempos.
Requería un bolsillo para su cajetilla de cigarros:
el de la izquierda.
Pero tenía que tener una camisa con otro bolsillo del
lado derecho. Ignorábamos la razón.
La respuesta era para su dentadura: no podía comer
con los dientes puestos.
Se los sacaba en la mesa y los deslizaba en el bolsillo.
Jamás lo vimos hacerlo.
Durante años, antes de tener su nueva dentadura, comía
sin dientes. Estaba acostumbrado. Podía comer lo que
fuera, incluso maíz de una mazorca.
Después, cuando le dieron su nueva dentadura, no po­
día comer con ella puesta. Lo intentaba y prácticamente
se atragantaba. Casi le provocaba náuseas.
Quizá todo estaba en su cabeza.
Tenía muchas cosas allá arriba.
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Aquí en el campo
Aquí en el campo hay patios llenos de autos oxidados que
se guardan para repuestos. Una niña pequeña y pálida se
mete los dedos en las orejas al oír el rugido de un motor
familiar.
La misma gente aparece en cada tienda porque aquí
todos hacen sus compras la misma tarde en los mismos
establecimientos.
El premio en una rifa es una motosierra y eso ya nos
parece atractivo.
Al igual que nosotros, todos los vecinos tienen en sus
jardines demasiada lechuga para comer.
Los pájaros hacen sus nidos bajo el aire acondicionado y
en el porche trasero dentro de una persiana de bambú que
enrollamos al inicio de la primavera para permitir
que entrara más luz en el baño.
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Los murciélagos pasan algunos días, quizá un poco
más, detrás de la chimenea. Al anochecer los vemos sa­
lir volando uno por uno a intervalos cortos, seis o siete
en total, como palomas mensajeras que comienzan una
carrera. Se zambullen en el aire y vuelan bajo sobre el
césped. Después chillan junto a una ventana del piso su­
perior y rasguñan las tablas de madera al entrar y salir
del ático.
Los avispones han hecho un nido cónico bajo el sa­
liente del porche delantero. Un atardecer lo tumbamos.
Está en capas como un hojaldre fino.
Hay casas pequeñas y ordenadas con jardines prósperos
y céspedes perfectamente lisos, inmaculados y de un ver­
de oscuro. Arbustos bajos y rígidos de hoja perenne abra­
zan una de las casas ordenadas, y un ganso café camina
por la entrada de autos seguido por dos gansos blancos.
Pero las personas que salen de la casa tienen un aire
ceñudo y patrimonial y son tan robustas y desaliñadas
como perros viejos.
Hojas de plástico cubren las ventanas de otras casas y
los porches traseros están abarrotados de basura.
Las abejas viven en un árbol hueco al final de la entrada
de autos, detrás de una lámina de metal pintada de negro
que se clavó encima del hoyo hace mucho tiempo. Cuan­
do arrecia el calor aumentan las abejas que se aferran
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al tronco por su colmena, colocándose unas sobre otras
hasta formar una barba gruesa y dorada en el árbol.
Cuando el frío llega la barba desaparece.
Montada en una hoja de Pachysandra, una mariposa ne­
gra abanica sus alas despacio para secarlas. Manchas de
polvo azul se alinean en los bordes inferiores de las alas,
y en el reverso hay ojos iridiscentes como en la cola de
un pavo real.
A espaldas de nuestro patio trasero oímos los gritos de
niños vecinos y los aullidos nítidos y lógicos de la madre:
—Se los advierto: ¡déjenme en paz!
Algunos días hay vibraciones misteriosas que sacuden la
casa como si una persona gigantesca se arrojara contra
la puerta principal.
Rumbo a la tienda pasamos junto a un terreno descuida­
do con cuatro postes altos en forma de rectángulo. Den­
tro del rectángulo está estacionado un remolque pequeño
y sin usar.
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Los dos perros de los vecinos ladran y ladran. Quizá se
ladran uno al otro, aunque quizá ladran juntos a una
tercera cosa.
El anciano trabajador que vive a dos casas de nosotros
no puede estar tranquilo. Cuando no cuida una propie­
dad ajena, rastrilla su propia grava o desyerba su propio
huerto. Oímos la carretilla de metal que traquetea sobre
su césped. A veces va a la casa de al lado a dar de comer
a los gatos en el porche lateral.
—Ven aquí, gatito, gatito —llama con voz suave—.
Ven aquí, gatito, gatito. ¿Tienes hambre? ¿Tienes ham­
bre?
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¿Qué tan triste ?
¿Qué tan triste estoy en realidad?
Sólo uno de mis ojos llora.
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Mejorando mi alemán
Toda mi vida he tratado de mejorar mi alemán.
Por fin mi alemán es mejor,
pero ya estoy vieja y enferma.
Pronto moriré
con un mejor alemán.
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Sólo un poco
Agnès Varda, la conocida cineasta francesa,
dijo en una entrevista
que le gustaba coser un poco,
cocinar un poco, atender un poco el jardín, hacer un poco
de niñera:
pero sólo un poco.
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Al final de la tarde
Qué lejos avanza,
sobre la encimera,
la sombra de un grano de sal.
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Carta al padre
Al hablar de Kafka, Celan dice: “Un poema es siempre
una carta al padre”.
Comento esto con mi amigo poeta.
Mi amigo poeta responde:
—Celan debió tener un padre distinto al que yo tuve.
Se detiene a pensar y luego pregunta:
—¿…al que yo tengo?
Su padre está muerto.
No puedo responder su última pregunta:
—¿Tengo un padre o tuve un padre?
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Momento de fastidio conyugal #3
—[Masculla algo]
—No te puedo oír.
—¿Quieres oírme?
—No.
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Momento de fastidio conyugal #5
Él dice:
No, no me interesan
tus especulaciones
sobre lo que había
antes de que el universo existiera.
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Maestro constructor
Con intachable habilidad
está trepado en la escalera,
arruinando cuidadosamente la casa más vieja del pueblo.
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Cosas nuevas en mi vida
Tardo tanto en acostumbrarme a las cosas nuevas en mi
vida que cuando estoy cansada llamo a mi marido por el
nombre del otro marido que solía tener, aunque ya ha pa­
sado mucho tiempo, y a mi nuevo hijo por el nombre del
primer hijo que tuve y que estuvo en mi vida diez largos
años antes de que el segundo llegara. Pero es peor que
eso, ya que cuando estoy aún más cansada me acuerdo
sólo del otro marido y el primer hijo.
Cuando me casé con el otro marido aún no me habi­
tuaba a ser una chica de dieciocho años y pensaba que era
más joven, quizá una niña de doce, y que él era mi hermano mayor, y lo molestaba como una hermana menor has­
ta que él me apartaba con firmeza. Después, cuando na­
ció mi primer hijo, aún no me habituaba a ser una mujer
de veintinueve y pensaba que era más joven, quizá una
chica de dieciocho, en realidad todavía una niña y no lo
suficientemente grande para ser una buena madre.
Ahora miro a una mujer joven que está de pie frente
a mí con su madre y pienso que esta también podría ser
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mi madre, podría ser nuestra madre compartida, porque
creo que aún soy una mujer joven pese a que tengo la
misma edad de esa madre. Puede llevarme mucho tiem­
po asumir que tengo la misma edad que esa madre tiene
ahora. Pero para entonces estaré todavía más vieja y ha­
bré aprendido algo equivocado.
Miro a otra mujer maternal de mediana edad y pienso
que podría ser mi madre aunque tengo casi su misma
edad. Pero si descubro que después de todo no puede ser
mi madre, pierdo entonces no sólo a esta mujer como una
madre que ahora podría haber sido la mía sino también
a mi propia madre tal como era a esa edad.
Si persisto en mirar a mujeres maternales de esta
edad, pensando que podrían ser mi madre y deseando
que lo fueran, que pudieran entrar o regresar a mi vida
para cuidarme, persisto en olvidar que ahora soy incluso
más vieja que ellas.
No puedo acostumbrarme a la desaparición de mi ma­
dre y tampoco a la de mi padre, que estaban a cargo de
las cosas y se ocupaban de ellas a su manera, que me cui­
daban a mí y nos cuidaban a todos, que se extraviaban en
el auto y volvían a hallar el camino, que perdían las llaves
de la casa, del coche y del cuarto de hotel y las encontra­
ban de nuevo. No puedo acostumbrarme a la desaparición
de esa bella hermana mayor perseguida por universita­
rios ni a la desaparición de ese hermano preparatoriano
con su libro de latín y su libro de mecanografía y su chelo.
A veces olvido incluso que soy una mujer y en esas oca­
siones estoy dentro no de este cuerpo femenino con sus
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señales de envejecimiento sino de un cuerpo más peque­
ño, un cuerpo muy pequeño, un cuerpo asexuado o casi
asexuado, un cuerpo que quiere salir al sol de la mañana
y trepar a un árbol de manzanas.
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De mala gana
—Estoy aquí sólo de mala gana —dice la gata.
El perro no entiende, así que la gata define el término
“de mala gana”. Tiene que ver con una especie de toleran­
cia. Tiene que ver con una aceptación que es únicamen­
te indirecta, aceptación por falta de prohibición. La gata
usa la palabra “tácito”. El perro no entiende qué significa
eso. La gata se da por vencida. Piensa que quizá el perro
captó la idea de cualquier modo.
La gata sabe que ellos aman al perro y a ella sim­
plemente la toleran. Cuando entran por la puerta princi­
pal muestran un entusiasmo auténtico al saludar al perro.
Ella permanece sentada al fondo, observando, porque el
perro se vuelve loco al brincarles encima. Ellos la ven
allá al fondo y dicen “¡Hola, gatita!” pero sin demasiado
afecto. El perro es más efusivo que ella. No entendería la
palabra “efusivo” a pesar de que la encarna. No entende­
ría la palabra “encarnar”.
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Más tarde la gata dice al perro, que está debajo de ella en
la cocina, mirándola y olfateando el aire:
—Ahora ella ha abandonado la estancia y yo estoy
sentada acá arriba a unos centímetros de su sándwich
de pollo. Eso me estresa. —Alarga una pata delantera y
toca el sándwich pero no se siente cómoda.
Al perro ella le gusta y le interesa. Aunque no conoce
la palabra “estresar”, a él no le estresaría hallarse cerca
del sándwich de pollo.
Luego ella dice que en ciertas situaciones tiene proble­
mas con sus glándulas salivales y no puede evitar abrir
y cerrar el hocico.
Más tarde la gata está mordisqueando la escoba de nuevo.
El perro no entiende por qué lo hace.
La gata dice:
—Ella me regaña porque he estado mordisqueando la
escoba. La deja fuera y yo la veo. Luego me ve mordis­
queándola y viene y la guarda entre el refrigerador y la
pared donde no puedo alcanzarla aunque lo intento. Lo
intento cuando parece estar donde puedo alcanzarla.
El perro la escucha explicar todo esto. Al menos no
es lo mismo que regresar a dormir otra vez a ese charco
de sol a medida que se desliza por el suelo, algo que ha
venido haciendo de cuando en cuando a lo largo de la
mañana.
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En el tren a Stavanger
Haré dos cosas en este viaje en tren, pienso al tomar mi
asiento: mirar el paisaje a través de la ventana y atender
las conversaciones a mi alrededor con la esperanza de
mejorar mi comprensión del noruego coloquial.
Me inclino hacia delante para escuchar a la pareja que
ocupa los asientos frente a mí pero entonces los dos dejan
de hablar. Volteo a mi izquierda para mirar por la venta­
na pero entonces el tren entra en un túnel. Me inclino de
nuevo hacia delante para escuchar la conversación frente
a mí, que se ha reanudado. La pareja intercambia algunos
comentarios que no entiendo. Después, en la siguiente
estación, uno de los dos se pone de pie, se despide de su
acompañante y se baja. Volteo otra vez a mi izquierda
para mirar por la ventana pero ésta se ha empañado.
Otra pareja sube, coloca sus cosas en los asientos va­
cíos frente a mí, se aleja a otro vagón para comprar café,
regresa, se sienta, ríe y comienza a mascullar. Me inclino
hacia delante para escuchar, aunque tal vez ambos hablan
demasiado rápido para mí. Pero de pronto, abruptamente,
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él abre su laptop y ella se concentra en su iPhone y la
charla se interrumpe.
Entonces, al otro lado del pasillo y dos asientos ade­
lante, tres personas empiezan a platicar entre ellas pero
están demasiado lejos para que yo pueda distinguir una
sola palabra. Después de eso, toda la gente a mi alre­
dedor se lanza a charlar y hablar al unísono de modo
que no logro entender nada. Y entonces, de golpe, todos
guardan silencio.
Mientras esto sucede, pienso arrepentida que también
habría podido tomar fotografías por la ventana. Hay, por
ejemplo, un valle precioso, pequeño y poco profundo, con
una casa blanca, un granero rojo, un bosque oscuro al
fondo y un lago al frente, bañado todo por el sol. Pero
no he traído mi cámara. Después de eso hay abetos, una
ladera cubierta de maleza y ovejas que pastan. Y luego,
entre Egersund y Byrne, hay un terreno desnudo, rocoso
y lleno de matorrales que da una impresión de altura, e
imagino que nos hallamos en la cima de una montaña
porque no tengo idea de la geografía en estos lares. Re­
sulta que no estamos en la cima de una montaña sino a
orillas del mar. Podría haber traído un mapa detallado
para seguir una ruta pero olvidé prepararlo. Esta es una
región muy poco habitada incluso por animales, que sé
que en noruego se llaman dyr. Las piedras en los campos
no son tan distintas de las ovejas en los campos. Podría
haberlas fotografiado pero ni siquiera traje mi iPhone.
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Nuestro vecino joven
en su pequeño auto azul
Nuestro vecino joven en su pequeño y ruidoso auto azul:
cómo va y viene por las calles de los alrededores a prime­
ra hora de la mañana. En realidad no se dirige a ninguna
parte y tampoco pone a prueba su motor como hace a
veces en su patio trasero. Antes de que amanezca pasa
volando ante nuestra casa hasta el final de nuestra ca­
lle y hacia el norte por la calle principal más allá del
deli. Primero oímos el ruido del motor cuando pasa ru­
giendo frente a nosotros y luego a medida que se debilita
en la distancia hasta desaparecer. De seguro despierta o
al menos despabila a todos en su camino. Pero al cabo
de alejarse diez minutos da la vuelta y enfila de nuevo a
casa. Otra vez oímos su motor, lejano al principio en el
silencio aunque poco a poco más cercano hasta que está
sobre nosotros. Debe ser que a unos kilómetros nos re­
cuerda, temeroso de que agradezcamos volver a conciliar
el sueño, ansioso por despertarnos de nueva cuenta. Pero
al cabo de un rato de estar en casa quizá piensa en todos
los hogares en la calle principal, donde de seguro varias
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personas agradecidas han vuelto a conciliar el sueño, y
debe sentir que es momento de conducir el auto otra vez
hasta el final de nuestra calle y por la calle principal más
allá del deli. Y entonces, después de un rato, a unos kiló­
metros de distancia, debe ser que recuerda nuevamente
nuestra calle con sus henares tranquilos, su bosque y sus
prados, sus jardines delanteros con el rocío del alba que
comienza a destellar en el césped, y se siente impelido a
volver, a traernos un poco de vida, y emprende el regreso.
O quizá es simplemente el pregonero local que hace
sus rondas:
—¡Todo sereno!
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Pearl y Pearline
Conocimos a una mujer llamada Pearl. Vivía cerca de no­
sotros. Era una especie de amiga de la familia. Solía arre­
glar la casa metiendo todo debajo y detrás del sofá, bajo
las sillas y en los clósets. Así que cada vez que debíamos
arreglar la casa apresuradamente para recibir visitas, en
el lenguaje familiar decíamos que la arreglábamos “al es­
tilo de Pearl”.
Al no poder tener hijos, Pearl y Fred adoptaron a una
niña. Era una cosa pequeña y preciosa. Se llamaba Mi­
chelle. Según los rumores, Pearl no la trataba bien. Pearl
era lo que llamábamos un cerebro mojado: bebía dema­
siado. Ambos bebían demasiado. Vivían en el bosque, así
que nadie los podía oír si gritaban. En un par de ocasio­
nes terminaron en la prisión estatal y en el hospital pú­
blico para someterse a rehabilitación. A uno de ellos tuve
que llevarlo al juzgado: ¡una vez al mes durante ocho
meses! Tuve que llevar a mi hija conmigo porque no po­
día dejarla en casa. El juez se quejó porque había comida
durante las audiencias. ¿Qué más podía hacer yo?
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Me llevaba bien con ellos pero siempre estaba en are­
nas movedizas. ¿Qué fue de Michelle? De acuerdo: creció
y se enroló en la Marina.
En cuanto a Pearl, acabó por dejar a Fred. ¿Y qué
creen? Se volvió una bailarina del vientre. Cuando ella
se fue, por supuesto, Fred necesitaba a un ama de casa.
Encontró a una, ¿y cómo creen que se llamaba? ¡Pearli­
ne! Eso fue antes de que él se casara de nuevo.
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Estornudos en el tren
El joven asiático que ocupa un asiento delante de mí al
otro lado del pasillo estornuda. El hombre que está en
el asiento tras él, calvo y ataviado con una camisa rosa a
rayas, dice “¡Salud!” con voz no estentórea pero sí muy
clara. El joven asiático se sobresalta, luce inquieto pero
no voltea. Después el hombre que ocupa el asiento detrás
de mí estornuda dos veces seguidas, rápidamente. Espero
a que el hombre al otro lado del pasillo le diga “¡Salud!”
pero no dice nada. El joven asiático estornuda de nue­
vo pero ahora con cautela, cuidando de sofocar su estor­
nudo con un clínex y una bufanda, y luego gira lenta y
discretamente la cabeza para ver por encima del hombro
al hombre a sus espaldas, que continúa en silencio. Más
avanzado el viaje el joven asiático ya se ha bajado del tren
y el hombre a mis espaldas ha sido remplazado por una
mujer. Ahora la mujer suelta de golpe cuatro estornudos
cortos, agudos y contenidos a los que sigue un quinto.
Espero y escucho. Una vez más, el hombre de la camisa
rosa a rayas al otro lado del pasillo no dice nada. O ha
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perdido interés, mientras se inclina sobre su pantalla, o
piensa que un “¡Salud!” por viaje es más que suficiente.
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Ese hombre odioso
¡Ese hombre odioso! El otro día lo vi en el tren y sabía
quién era pero no me pude acordar de su nombre. Des­
pués seguí pensando en él, tratando de recordar cómo se
llamaba. Hace mucho tiempo, cuando lo conocí, era muy
odioso. Ahora tiene el pelo blanco pero conserva ese
modo de mirar fijamente como conejo asustado con los
ojos desorbitados.
Hoy estoy de nuevo en el tren y me gustaría que él lo
abordara. Así le preguntaría su nombre. Quizá después
dejaría de pensar en él.
El inicio de este texto —“¡Ese hombre odioso!”— me
remitió a un poema de Lorine Niedecker.5 O si no es al re­
vés, y es el poema de Lorine Niedecker el que me llevó a
escribir “¡Ese hombre odioso!”. El poema dice:
Lorine Niedecker (1903-1970), oriunda de Wisconsin, fue la única mujer
asociada con el grupo de los poetas objetivistas, conformado por George
Oppen, Charles Reznikoff y Louis Zukofsky, entre otros. El objetivismo
consideraba el poema como un objeto palpable que privilegia la honesti­
dad, la inteligencia y la visión clara del mundo. (N. del T.)
5
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(Sin título)
¡Ese hombre del museo!
¡Ojalá se hubiera llevado la escupidera de papá!
Sacaré esa escupidera
y la enterraré
y le pondré una piedra encima.
Porque sin esa piedra encima
podría regresar.
En realidad quizá fue de las dos maneras: comencé el
cuento con esas palabras porque en un lugar de mi memoria, aunque yo no lo sabía, estaba el poema de Niedecker.
Y luego, al leer mi cuento, recordé el poema.
Ahora podría escribir algo más cercano al poema:
¡Ese hombre odioso!
¡Lo vi en el tren y supe exactamente quién era de hace
mucho tiempo!
Pero no pude recordar su nombre.
Ay, me gustaría que abordara de nuevo el tren para
preguntarle cómo se llama.
Así podría enterrarlo
y ponerle una piedra encima.
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La tarde de una traductora
Aunque va con retraso se ha detenido, antes de abando­
nar el metro, para mirarse al espejo en el baño de la es­
tación. Al salir de casa creía que iba bien arreglada pero
ahora decide que no es así. Carga una carpeta de trabajo
y dos libros. Camina en dirección oeste del metro a la
casa del antropólogo adinerado que quizá tenga quehacer
para ella. Va pensando con nerviosismo en otras cosas y
no se fija por dónde avanza. Pisa un excremento blando
y grande que un perro ha depositado en la acera. Mien­
tras intenta quitarse lo que se le pegó al zapato, un joven
de aspecto ingenuo se detiene para darle consejos y lue­
go se queda observando con amistoso interés en tanto
ella se limpia el pie en el bordillo.
Cuando llega a la hermosa mansión, toca el timbre en
el área que está muy por debajo de la planta baja. El ama
de llaves alemana que le abre la puerta ha estado plan­
chando camisas en la cocina. El hombre que vive solo
en la casa desciende las escaleras corriendo para estre­
charle la mano y la conduce de regreso arriba a la planta
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baja. Tiene ojos oscuros y mechones de pelo igualmente
oscuro que se sueltan y le caen sobre la frente mientras
habla. Viste camisa blanca y pantalones negros.
El teléfono suena casi de inmediato. Mientras él con­
testa y comienza a hablar en italiano, ella va a un baño
cercano para lavarse las manos y examinarse el zapato.
En la pared junto al lavabo cuelga un pequeño cuadro de
una pieza de pan.
Cuando sale él todavía está hablando por teléfono, así
que se dirige a la pared de cristal en la parte trasera de
la habitación y contempla el jardín desnudo. Al terminar
de hablar, él la conduce al piso superior a un corredor
lleno de esculturas africanas. Al subir todavía más, pa­
sando otros cuartos, ella distingue una cuna de bebé en
un dormitorio. Más tarde él le explica que tiene un hijo
de dos años que vive en México.
En el último piso de la mansión, las paredes del es­
tudio del antropólogo están cubiertas de libros de tapas
blancas que lucen tan limpias que parece que nunca se les
ha abierto. Ella pasa una hora cordial junto a él hablando
sobre un trabajo de traducción que se le quiere encomen­
dar y también, en términos más generales, sobre idio­
mas, escritura, la vida en la ciudad y la vida en el campo.
Ella sale sintiéndose estimulada por la visita y el pro­
yecto de trabajo y va de compras a una tienda departa­
mental cercana. Se queda allí tres horas pero sólo adquiere
unos shorts rojos que cuestan once dólares, y luego baja de
nuevo al metro para volver a casa.
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La otra ella
Desde donde está, en otra parte de la casa, ella puede oír
la voz de él en el dormitorio, en la distancia, hablándole
de manera reflexiva, con suavidad y calidez hogareña.
No sabe que ella no se encuentra en la habitación.
Y entonces, por un momento, ella siente que con él
hay otra ella quizá incluso mejor que ella misma, y que
ella es una ella desdeñada, despreciada, allí al final del
pasillo, lejos del dormitorio donde los otros dos pasan un
buen rato juntos.
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Los sonidos de una tarde de verano
El sonido de la podadora que alguien conduce a unas
casas de distancia es un ronroneo insoportable. Pero al
menos ahoga el sonido de la pista de carreras al otro lado
de la colina: un rugido furioso que asciende y desciende
una y otra vez como una desilusión constante. Pero lo
peor es cuando la podadora y la pista de carreras quedan
en silencio. Entonces escuchamos los disparos rápidos y
regulares que hacen eco en el bosque: alguien que prac­
tica el tiro al blanco con un rifle. O la serie de graznidos
y cloqueos roncos de un cuervo que nos sobrevuela. O la
voz chillona de la vecina que grita del jardín de entrada
al jardín trasero. O el zumbido de un abejorro que se
detiene en una flor para luego seguir su camino: siempre
es la misma nota, quizá un si bemol. O el trino de una go­
londrina que acaba en un cascabeleo absurdo. O el gorjeo
monótono de un gorrión. O el eterno canto balbuceante
de un petirrojo. O el quejido de un mosquito en nuestro
oído. O el carraspeo y el voltear seco de las páginas de
una persona que lee cerca de nosotros.
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El visitante
En algún momento a comienzos del verano un extraño
llegará a instalarse en nuestra casa. Aunque todavía no
lo conozcamos sabemos que será calvo, incontinente,
mudo y casi completamente incapaz de arreglárselas por
sí solo. No sabemos con exactitud cuánto tiempo se que­
dará, dependiendo por entero de nosotros en lo que res­
pecta a comida, ropa y techo.
Nuestra situación me recuerda a un viejo caballero
indio de piel curtida que en alguna ocasión vivió varios
meses con mi hermana en Londres. Al principio dormía
en una tienda de campaña en el jardín trasero. Luego se
mudó a la casa. Allí se dedicó a reacomodar la enorme
cantidad de libros que no tenían un orden particular.
Se inclinó por géneros —novela policiaca, historia, na­
rrativa— y se rodeó de nubes de humo creadas por los
cigarros que fumaba al trabajar. Explicaba su sistema en
un inglés correcto pero vacilante a quienquiera que
entrara en la estancia. Muchos años después tuvo una
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muerte súbita y dolorosa en un hospital londinense. Por
motivos religiosos rechazó todo tratamiento.
El visitante indio de mi hermana me recuerda tam­
bién a otro hombre mayor: el padre muy anciano de un
amigo mío. Alguna vez fue profesor de economía. Esta­
ba viejo y sordo desde que mi amigo era niño. Después
empezó a sufrir de incontinencia urinaria, rio en silencio
durante la boda de su hija y cuando se le pidió que dijera
unas palabras se incorporó tembloroso en su asiento y
habló de comunismo. Este hombre se halla ahora en un
asilo de ancianos. Mi amigo dice que cada año se hace
más pequeño.
Como el padre de mi amigo, nuestro visitante tendrá
que ser bañado por nosotros y no usará el inodoro. Le
hemos asignado una habitación pequeña y soleada junto
a la nuestra en la que podremos oírlo si necesita ayuda
durante la noche. Quizá algún día nos retribuya por to­
dos los problemas que nos causará, pero en realidad no
lo esperamos. Aunque todavía no lo conozcamos, es una
de las pocas personas en el mundo por las que estaríamos
dispuestos a sacrificar casi cualquier cosa.
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Dos mujeres escandalosas
Esas dos mujeres escandalosas:
si van a seguir hablando en voz alta sin parar cerca de
mí en el tren,
¡al menos podrían tener una conversación interesante
que me gustara escuchar!
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Dos borrachos en la cena
Ella estaba borracha al hacer la cena y la quemó toda.
Él estaba borracho al comerla y no le importó.
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Trasnochar
La noche está muy tranquila.
Llevo mucho tiempo leyendo.
Ahora baja por la página de mi libro
un insecto diminuto,
el único otro ser aún despierto en la casa:
¿Qué haces tú levantado tan tarde?
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Lo que puedo entender
Entiendo muchas cosas, algunos días creo incluso que en
realidad quizá no hay nada que no entienda o más bien
nada que no entendería si se me expusiera con claridad,
sea lo que sea, de cualquier disciplina, de cualquier parte
del mundo, de cualquier cultura y cualquier historia. Pero
en cuanto me digo esto caigo en cuenta de que tal vez
no es verdad. Se me ocurre que hay algunas cosas que no
entiendo por más que me esfuerzo, por ejemplo ciertos
conceptos matemáticos, o ciertas disposiciones institucio­
nales, o ciertas condiciones médicas, o ciertos procedi­
mientos burocráticos, sin importar qué tan a menudo me
las expliquen o con cuánta claridad, sean de mi propia
cultura o de otra. A veces las entiendo por un momento,
mientras me esfuerzo por entender, y luego, en cuanto
pienso en otra cosa o me retiro un rato y regreso, ya dejo
de entenderlas. E incluso si me las explican de nuevo con
la misma claridad, seguiré sin entenderlas al cabo de unos
minutos de pensar en otra cosa. Y así, después de todo,
es verdad, y debo recordármelo, que tengo dificultades
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con algunas áreas, me confunden algunas disciplinas, me
pierdo en algunos campos.
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Una mujer va con el dueño de una pista
A principios del invierno una mujer va con el dueño de
una enorme pista de carreras de autos que se halla cerca
de aquí para hablar sobre el calendario de la próxima
temporada. Es una persona amable y gentil mientras que
el dueño de la pista puede ser un hombre duro. Pero, qui­
zá en respuesta a ella y a pesar de él mismo, en la reunión
el dueño también es amable. Ella acude con él porque su
hija quiere casarse en el jardín trasero del hogar familiar,
donde creció, y éste queda cerca de la pista, separada de
la casa tan sólo por un ancho arroyo y un área bosco­
sa. La mujer y su hija están listas para decidir la fecha
de la ceremonia. Les gustaría saber cuál es el calenda­
rio de la pista para ver si el dueño puede asegurar que
haya una tarde libre de carreras o pruebas. De ese modo
programarán la ceremonia para que se lleve a cabo esa
tarde, cuando la pista esté tranquila. Pero lo que tratan
de evitar no es únicamente el ruido de la pista. Si la cere­
monia tuviera lugar en un día de carreras, entonces, en
los breves intervalos entre los anuncios de los altavoces
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y el rugido de los motores, los aficionados a las carreras
podrían ser distraídos por los votos nupciales de la joven
y por la música que suena a través de los árboles.
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Índice
De Desglose (1986)
Lo que ella sabía, 9
El pescado, 10
Mildred y el oboe, 11
El cuñado, 12
Cómo W. H. Auden pasa la noche en casa
de un amigo:, 14
Madres, 15
En una casa sitiada, 17
Visita al marido, 18
La espina, 20
Empleo en la ciudad, 23
Dos hermanas (I), 25
La madre, 28
Amor seguro, 29
Problema, 30
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De Casi nada de memoria (1997)
Jack del campo, 33
Los ratones, 35
La treceava mujer, 37
Los gatos en la sala de recreación de la cárcel, 38
La pecera, 42
Nuestra amabilidad, 43
Un desastre natural, 45
Acuerdo, 47
Desacuerdo, 49
Reiterar, 50
La otra, 51
Una amiga mía, 52
Vete, 54
Una segunda oportunidad, 56
Casi nada de memoria, 58
Cómo a menudo tiene razón, 61
Lo que siento, 62
Cosas perdidas, 64
Desde abajo, como vecina, 65
Las bisabuelas, 66
Ética, 67
La salida, 69
Un puesto en la universidad, 70
La carrera de los motociclistas pacientes, 71
Afinidad, 74
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De Samuel Johnson está indignado (2001)
Amigos aburridos, 77
Traición, 78
Una lección de Heródoto, 80
Prioridad, 81
Compañera, 83
Propósito de Año Nuevo, 84
Interesante, 86
El momento más feliz, 88
Doble negativa, 89
Honrar el subjuntivo, 90
Qué difícil, 91
Se turnan para usar una palabra que les gusta, 92
Mir el Hessiano, 93
Historia oral (con hipo), 95
Correcto e incorrecto, 97
Especiales, 98
Egoísta, 99
Mi marido y yo, 101
Lejos de casa, 102
Compañía, 103
Finanzas, 105
La transformación, 106
Dos hermanas (II), 108
Joven y pobre, 111
Dinero, 112
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De Variedades de inquietud (2007)
Un hombre de su pasado, 115
Mi perro y yo, 116
Culta, 117
El concurso del buen gusto, 118
Colaboración con una mosca, 120
Buenos momentos, 121
Temas prohibidos, 123
Mano, 125
La oruga, 126
Flatulencia, 129
Conocer tu cuerpo, 131
Distracción, 132
Variedades de inquietud, 134
Veinte esculturas en una hora, 137
Nietszche, 139
La madre de su madre, 140
La beca, 142
Por sesenta centavos, 143
¿Cómo debo llorarlos?, 145
Cómo ella no podía conducir, 149
Los extraños, 151
La mosca, 153
Entrada de índice, 154
Casi concluido: ¿cuál es la palabra?, 155
Un hombre diferente, 156
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De Ni puedo ni quiero (2014)
Pelo de perro, 159
Cuento circular, 160
Contingencia (contra necesidad) 1, 161
Contingencia (contra necesidad) 2: de vacaciones, 162
La mala novela, 163
Observación de limpieza, 164
Emociones negativas, 165
Discernimiento, 167
Ödön von Horváth sale a caminar, 168
En el tren, 169
La gata Molly: historia y conclusiones, 170
Conversación breve (en la sala de abordaje
del aeropuerto), 173
Depósito de equipaje, 174
Esperando el despegue, 177
Su cumpleaños, 178
Mi amigo de la infancia, 179
Su pobre perro, 180
Mujer anciana, pescado viejo, 182
Dos exalumnos, 183
Escribir, 184
Agradecimiento equivocado en el teatro, 185
Sentada con mi pequeña amiga, 186
La buscadora de oro de Goldfields, 187
La vieja aspiradora se sigue apagando, 190
Flaubert y el punto de vista, 191
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Cuentos inéditos
(Algunos de) Sus hábitos alcohólicos, 195
Una breve noticia de hace mucho tiempo, 196
Envejecer, 197
Ángulos, 198
Reclamo de fama #1: Mi relación con Ezra Pound, 199
Conversación antes de la cena, 201
Todos lloraban, 203
Padre entra en el agua, 206
Miedo a envejecer, 207
Gramsci, 208
El padre de Helen y sus dientes, 209
Aquí en el campo, 210
¿Qué tan triste?, 214
Mejorando mi alemán, 215
Sólo un poco, 216
Al final de la tarde, 217
Carta al padre, 218
Momento de fastidio conyugal #3, 219
Momento de fastidio conyugal #5, 220
Maestro constructor, 221
Cosas nuevas en mi vida, 222
De mala gana, 225
En el tren a Stavanger, 227
Nuestro vecino joven en su pequeño auto azul, 229
Pearl y Pearline, 231
Estornudos en el tren, 233
Ese hombre odioso, 235
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La tarde de una traductora, 237
La otra ella, 239
Los sonidos de una tarde de verano, 240
El visitante, 241
Dos mujeres escandalosas, 243
Dos borrachos en la cena, 244
Trasnochar, 245
Lo que puedo entender, 246
Una mujer va con el dueño de una pista, 248
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Lydia Davis (1947, Massachusetts) alterna su labor
como escritora con la traducción y la docencia –es
profesora de creación literaria en la Universidad de
Albany–. Apasionada de la obra de Samuel Beckett,
la autora se ha visto también influenciada por Joyce,
Eliot, Dostoyevski o Nabokov. Es autora de seis
libros de relatos breves, entre los que destacan The
Thirteenth Woman and Other Stories (1976), Break It
Down (1986) y Varieties of Disturbance (2007). En 2013
obtuvo el prestigioso Man Booker International Prize.
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Títulos en Narrativa
LA CORAZONADA
Barry Gifford
NEFANDO
Mónica Ojeda
CAMERON
Hernán Ronsino
LOS ACCIDENTES
Camila Fabbri
PAJARITO
Claudia Ulloa Donoso
LAS INCREÍBLES AVENTURAS
DEL ASOMBROSO EDGAR ALLAN POE
INFRAMUNDO
LA OCTAVA PLAGA
TODA LA SANGRE
CARNE DE ATAÚD
MAR NEGRO
DEMONIA
LOS NIÑOS DE PAJA
Bernardo Esquinca
LOS QUE HABLAN
CIUDAD TOMADA
Mauricio Montiel Figueiras
UNA NIÑA ESTÁ PERDIDA EN SU SIGLO
EN BUSCA DE SU PADRE
APRENDER A REZAR EN LA ERA DE LA TÉCNICA
CANCIONES MEXICANAS
EL BARRIO Y LOS SEÑORES
JERUSALÉN
HISTORIAS FALSAS
AGUA, PERRO, CABALLO, CABEZA
Gonçalo M. Tavares
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AUSENCIO
Antonio Vásquez
LODO
EL HOMBRE NACIDO EN DANZIG
MARIANA CONSTRICTOR
¿TE VERÉ EN EL DESAYUNO?
Guillermo Fadanelli
EL VÉRTIGO HORIZONTAL
LA CASA PIERDE
EL APOCALIPSIS (TODO INCLUIDO)
¿HAY VIDA EN LA TIERRA?
LOS CULPABLES
LLAMADAS DE ÁMSTERDAM
Juan Villoro
LAS TRES ESTACIONES
BANGLADESH, OTRA VEZ
Eric Nepomuceno
PÁJAROS EN LA BOCA Y OTROS CUENTOS
DISTANCIA DE RESCATE
Samanta Schweblin
TIEMBLA
Diego Fonseca (editor)
LA INVENCIÓN DE UN DIARIO
Tedi López Mills
EN EL CUERPO UNA VOZ
Maximiliano Barrientos
PLANETARIO
Mauricio Molina
OBRA NEGRA
Gilma Luque
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JAULAS VACÍAS
LOBO
LA SONÁMBULA
TRAS LAS HUELLAS DE MI OLVIDO
Bibiana Camacho
EL LIBRO MAYOR DE LOS NEGROS
Lawrence Hill
NUESTRO MUNDO MUERTO
Liliana Colanzi
IMPOSIBLE SALIR DE LA TIERRA
Alejandra Costamagna
LA COMPOSICIÓN DE LA SAL
Magela Baudoin
JUNTOS Y SOLOS
Alberto Fuguet
FRIQUIS
LATINAS CANDENTES 6
RELATO DEL SUICIDA
DESPUÉS DEL DERRUMBE
Fernando Lobo
PROFESORES, TIRANOS Y OTROS PINCHES CHAMACOS
EMMA
EL TIEMPO APREMIA
POESÍA ERAS TÚ
Francisco Hinojosa
Nínive
Henrietta Rose-Innes
OREJA ROJA
Éric Chevillard
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AL FINAL DEL VACÍO
POR AMOR AL DÓLAR
REVÓLVER DE OJOS AMARILLOS
CUARTOS PARA GENTE SOLA
J. M. Servín
LOS ÚLTIMOS HIJOS
EL CANTANTE DE MUERTOS
Antonio Ramos Revillas
LA TRISTEZA EXTRAORDINARIA
DEL LEOPARDO DE LAS NIEVES
Joca Reiners Terron
ONE HIT WONDER
Joselo Rangel
MARIENBAD ELÉCTRICO
Enrique Vila-Matas
LA COMPAÑÍA
CONJUNTO VACÍO
Verónica Gerber Bicecci
LOS TRANSPARENTES
BUENOS DÍAS, CAMARADAS
Ondjaki
PUERTA AL INFIERNO
Stefan Kiesbye
BARROCO TROPICAL
José Eduardo Agualusa
25 MINUTOS EN EL FUTURO.
NUEVA CIENCIA FICCIÓN NORTEAMERICANA
Pepe Rojo y Bernardo Fernández, Bef
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ciento
cincuenta
cuentos
cortos
de Lydia Davis
se terminó de
imprimir
y encuadernar
en octubre de 2019,
en los talleres
de Litográfica Ingramex S.A. de C.V.,
Centeno 162­1,
Colonia Granjas Esmeralda,
Alcaldía Iztapalapa,
Ciudad de México.
Para su composición tipográfica se emplearon las familias Bell MT de 11:14 y
Steelfish de 37:37 y 30:30. El diseño es de Alejandro Magallanes.
El cuidado de la edición estuvo a cargo de Dulce Aguirre.
La impresión de los interiores se realizó sobre papel Cultural de 75 gramos.
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